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Capitulo 20

Sucesiones

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CAPÍTULO 20 LA DINÁMICA DEL PROCESO SUCESORIO

CONTENIDO

I. ETAPAS EN LA ADQUISICIÓN DE LA HERENCIA 1


1. Fases del proceso adquisitivo 1
2. Apertura de la sucesión 1
3. Vocación y delación 3
4. Adquisición de la herencia 4
II. LA HERENCIA YACENTE Y SU ADMINISTRACIÓN 7

I. ETAPAS EN LA ADQUISICIÓN DE LA HERENCIA

1. FASES DEL PROCESO ADQUISITIVO

En el complejo fenómeno sucesorio —desde que se inicia, con el


fallecimiento del causante, hasta su consumación, con la adquisición por el
sucesor de las titularidades transmisibles de aquél— se pueden distinguir
distintos momentos o fases, que pueden coincidir en el tiempo o producirse
de forma sucesiva; pero siempre, incluso cuando acaecen simultáneamente,
cada uno de ellos conserva su autonomía jurídica y genera sus propios
efectos. Tales fases o momentos son los siguientes: apertura de la
sucesión, vocación a la herencia, delación de la herencia y
adquisición del conjunto de titularidades transmisibles del
causante.

2. APERTURA DE LA SUCESIÓN

Fallecida una persona, los bienes y derechos a ella pertenecientes quedan


sin titular, por ello se abre un periodo en el que se busca resolver quién o
quiénes van a recibir las relaciones de que era titular activo o pasivo el
difunto; en definitiva, se abre la sucesión en la herencia de la persona
fallecida.

En nuestro Derecho positivo, los únicos hechos que determinan la apertura


de la sucesión son la muerte y la declaración de fallecimiento. Cuando
el hecho determinante es la muerte de una persona, la sucesión se abre en
el momento mismo de la muerte. Esta idea la expresa el artículo 657 del
Código civil, cuando dice que “los derechos a la sucesión de una persona se
transmiten desde el momento de su muerte”. Por ello, la certeza del hecho
de la muerte y la fijación del momento preciso en que ocurre es de gran
trascendencia, pues el llamado a la herencia hade sobrevivir al causante, y
es en ese momento cuando ha de tener capacidad para suceder. El medio
de prueba de la muerte es la inscripción de la defunción en el Registro
civil. A tal efecto, el artículo 81 de la Ley del Registro civil establece que
“la inscripción hace fe de la muerte de una persona y de la fecha, hora y
lugar en que acontece” (art. 62 LRC de 2011). No obstante, puede dudarse,
entre dos personas llamadas a sucederse, quién ha muerto primero,
cuestión que resuelve el artículo 33 del Código civil con una presunción de
conmoriencia, al señalar que “el que sostenga la muerte anterior de una o
de otra, debe probarla; a falta de prueba, se presumen muertas al mismo
tiempo y no tiene lugar la transmisión de derechos de uno a otro”.

La apertura de la sucesión se produce también por la declaración de


fallecimiento (art. 196 Cc). Para fijar el momento de la apertura, hay que
estar a la regla del párrafo segundo del artículo 195, a cuyo tenor, toda
declaración de fallecimiento expresará la fecha a partir de la cual se
entienda sucedida la muerte, salvo prueba en contrario.

La determinación del lugar de apertura de la sucesión es importante a los


efectos de fijar la competencia de los Tribunales en todo proceso relativo a
la misma. A pesar de ello, el Código civil no lo señala, pero el artículo 52.4º
de la Ley de Enjuiciamiento Civil dice que “en los juicios sobre cuestiones
hereditarias, será competente el tribunal del lugar en que el finado tuvo su
último domicilio y si lo hubiere tenido en país extranjero, el del lugar de su
último domicilio en España, o donde estuviere la mayor parte de sus
bienes, a elección del demandante”.

Además, la apertura de la sucesión puede dar lugar a la adopción de una


serie de medidas dirigidas al aseguramiento de los bienes de la herencia y
de los documentos del difunto, a través de la intervención judicial de la
herencia y de la administración del caudal hereditario (arts. 790 a 805
LEC).

3. VOCACIÓN Y DELACIÓN

La vocación es el llamamiento que se hace, una vez abierta la sucesión, a


todas aquellas personas que, en abstracto, pueden ser sucesores del
causante. En consecuencia, tienen vocación a la herencia las personas
designadas principal o subsidiariamente en el testamento, los
parientes del causante dentro del cuarto grado y el Estado, en
cuanto estos últimos están llamados por la ley. Ha de tenerse en
cuenta, por ejemplo, que el testamento puede declararse nulo o que, aun
siendo válido, los en él designados pueden repudiar la herencia o quedar
incumplida la condición suspensiva a la que se sometió el llamamiento, y
que, dentro de los llamados por la ley, no suceda el primero en el orden
legal. Ante estas u otras posibilidades, cualquiera de ellos, en abstracto,
puede ser sucesor del causante. Todas estas personas, por consiguiente,
tienen vocación hereditaria.

La delación, por el contrario, es un paso más en el proceso adquisitivo de


la herencia; consiste en el ofrecimiento efectivo hecho a alguno o algunos
de los que tienen vocación a la herencia para que la acepten o la repudien.
La delación se caracteriza por el poder que tiene el llamado de aceptar la
herencia y convertirse en heredero. Es conveniente advertir que, aunque el
Código civil hable indistintamente de “llamado” y “heredero”, sólo se
adquiere esta condición con la aceptación.

Cuando se atribuye al llamado el poder de aceptar o repudiar, se dice que


la herencia está “deferida” (cfr. art. 658). Es opinión mayoritaria en la
doctrina que ese poder constituye un derecho subjetivo, denominado ius
delationis, que ingresa en el patrimonio del titular. De ahí que, si el titular
del ius delationis fallece sin haberlo ejercitado, es decir, sin aceptar o
repudiar la herencia, pase a sus herederos el mismo derecho que él tenía
(art. 1006), como uno más de los derechos integrantes de su patrimonio. Es
la transmisión del ius delationis. Sin embargo, esta posibilidad no significa
que el ius delationis pueda ser objeto de actos de disposición, pues la
realización de un acto de este tipo, ya sea inter vivos o mortis causa,
implica aceptación de la herencia por parte del titular del derecho, con la
consecuencia de que, en este caso, lo que se transmite no es el derecho de
aceptar o repudiar, sino la herencia misma. Así lo reconoce, respecto de los
actos inter vivos, el artículo 1000.1º, pero sin que exista dificultad para su
aplicación, también, a los actos mortis causa.

4. ADQUISICIÓN DE LA HERENCIA
El proceso sucesorio culmina con la adquisición de la herencia: el sucesor
se convierte en titular de las relaciones jurídicas activas y pasivas del
causante transmisibles mortis causa.

Los sistemas de adquisición de la herencia, procedentes de las


legislaciones históricas, son el denominado romano o voluntarista y el
llamado germánico o de adquisición ipso iure.

 En el primero es preciso que el llamado manifieste su voluntad de


adquirir la herencia mediante la aceptación. Sin aceptación no hay
adquisición. La consecuencia es que, entre la apertura de la sucesión
y la adquisición, media un periodo de tiempo, más o menos largo, en
que las relaciones jurídicas integrantes de la herencia carecen de
titular; la herencia, se dice, está yacente. Ahora bien, producida la
aceptación, se entiende adquirida la herencia en el momento mismo
de la apertura de la sucesión, o sea, la aceptación opera con efecto
retroactivo.
 En el sistema germánico, la aceptación no es necesaria para la
adquisición de la herencia. La herencia se adquiere ipso iure, basta
la muerte del causante para que el llamado la adquiera sin necesidad
de declaración de voluntad alguna de aceptación. La adquisición
realizada tiene carácter provisional, ya que cabe la posterior
renuncia del heredero, renuncia que tiene efectos retroactivos,
entendiéndose que en ningún momento ha adquirido la herencia. En
este sistema, la aceptación tiene la virtualidad de convertir la
adquisición provisional, operada ipso iure, en adquisición definitiva,
pues supone una renuncia del derecho a repudiar.

Nuestro Código no resuelve de una manera clara y terminante la cuestión


del sistema por él acogido en orden a la adquisición de la herencia. Los
civilistas inmediatamente posteriores a la publicación del Código se
manifestaron favorables a la idea de que en éste imperaba el sistema
romano. Sin embargo, en al año 1944, G. GARCÍA VALDECASAS, seguido
por algún otro autor (GITRAMA, ROYOMARTÍNEZ), defendió que en
nuestro Código la adquisición de la herencia se produce conforme al
sistema germánico; opinión que ha sido contradicha por la doctrina más
reciente estudiosa del tema (ROCA SASTRE, ALBALADEJO, LACRUZ, entre
otros).
Los partidarios de la tesis germanista alegan fundamentalmente, en
defensa de su postura, el artículo 657, el cual dispone que “los derechos a
la sucesión de una persona se transmiten desde el momento de su muerte”,
y el artículo 661, acuyo tenor, “los herederos suceden al difunto por el
hecho solo de su muerte en todos sus derechos y obligaciones”. De ellos
deducen que, si desde el momento de la muerte y por el solo hecho de la
muerte se produce la sucesión en favor de los herederos, la adquisición es
ipso iure. Otro argumento en apoyo de esta solución lo encuentran en el
artículo 440, que invocan como demostrativo del traspaso ipso iure de la
posesión: “La posesión de los bienes hereditarios se entiende transmitida
al heredero sin interrupción y desde el momento de la muerte del
causante, en el caso de que llegue a adirse la herencia”.

Los defensores de la tesis romanista refutan los razonamientos de la


doctrina germanista e invocan a su favor los siguientes preceptos y
argumentos:

 El artículo 657 no significa que desde el momento de la muerte del


causante la herencia se adquiera ipso iure, sino que la muerte de la
persona es el modo normal de abrirse la sucesión, y que desde ese
momento se transmite el derecho a suceder o ius delationis.
 El artículo 661 no debe interpretarse aisladamente, su interpretación
debe hacerse en armonía con los demás preceptos que integran el
sistema. En este sentido, podríamos pensar —indica LACRUZ— que
dicho precepto se limita a señalar, de una parte, cómo toda la
energía del fenómeno sucesorio radica en el momento inicial de la
muerte del causante, de tal modo que, entonces, se produce la
vocación de todos los llamados, y, de otra parte, cómo, merced al
efecto retroactivo de la aceptación, las relaciones jurídicas del
causante no quedan vacantes en momento alguno, pues aquel efecto
lleva la adquisición al momento del fallecimiento de éste.
 El artículo 440 tampoco constituye un argumento favorable a la
adquisición ipso iure. Es cierto que, según este precepto, la posesión
de los bienes hereditarios se entiende transmitida al heredero sin
interrupción y desde el momento de la muerte del causante, pero
este efecto se produce “en el caso de que llegue a adirse la
herencia”, es decir, sólo si hay aceptación, y, en virtud de la
retroacción de los efectos de ésta al momento de la muerte del
causante, la posesión de los bienes hereditarios se entiende
transmitida desde ese momento.
 Según el artículo 988, “la aceptación y repudiación de la herencia
son actos enteramente voluntarios y libres”. Los términos utilizados
por la norma significan la necesidad de una declaración de voluntad
libremente emitida, por parte del llamado, de adquirir o no adquirir
la herencia deferida.
 El artículo 989 reconoce que los efectos de la aceptación (la
adquisición de la herencia) se retrotraen siempre al momento de la
muerte del causante. Enel sistema germánico, de adquisición ipso
iure, la retroacción de los efectos de la aceptación resulta imposible,
ya que el heredero adquiere automáticamente la herencia por el
hecho de la muerte del causante. Como dice ROCASATRE, “la
retroacción de los efectos de la aceptación y el traspaso ipsoiure e
inmediato de la herencia por la sola delación son conceptos
absolutamente incompatibles”.
 El artículo 1005 regula la interpellatio in iure o facultad que tienen
los interesados en la herencia (p. ej., sucesores subsidiarios,
acreedores del causante o del llamado, etc.) de instar al llamado
para que se pronuncie sobre la aceptación o no de la herencia. Esta
regla resultaría absurda si se pensara que el Código acoge el sistema
de adquisición inmediata de la herencia, pero adquiere pleno sentido
en un sistema romanista.
 Las mismas observaciones cabe hacer respecto del artículo 1006,
que se ocupa de la transmisión del ius delationis, y, en general, de
todos los preceptos de los que se deduce la existencia de este
derecho en el Código, ya que presupone partir de la imperiosa
necesidad de la aceptación por parte del llamado, o de quien le
sucede en esa situación, para adquirir la herencia.

En definitiva, hay que decir que, a tenor del Código civil, la adquisición de
la herencia tiene lugar con la aceptación y desde la muerte del causante. El
hecho de que el “con” y el “desde” puedan no estar situados en un mismo
tiempo real se salva mediante la retroacción de efectos. Si se acepta la
herencia, se adquiere ésta y la cualidad de heredero desde la muerte del
causante. Si se repudia la herencia, se estima no adquirida ésta ni la
cualidad de heredero en ningún momento.

II. LA HERENCIA YACENTE Y SU ADMINISTRACIÓN

En un sistema como el nuestro, en que la adquisición de la herencia se


produce por la aceptación del llamado, la consecuencia —como antes
quedó dicho— es que, entre la apertura de la sucesión y la adquisición,
media un periodo de tiempo, más o menos largo, durante el cual las
relaciones jurídicas integrantes de la herencia carecen de titular; se dice
entonces, con terminología procedente del Derecho romano, que la
herencia está yacente.

El Código civil no regula sistemáticamente la situación de herencia


yacente, pero da por supuesta su existencia en el artículo 1934, al
disponer: “La prescripción produce sus efectos jurídicos a favor y en contra
de la herencia antes de haber sido aceptada y durante el tiempo concedido
para hacer inventario y para de liberar”.

La herencia, mientras se mantiene esta situación, es un patrimonio que


carece transitoriamente de titular, pero que necesariamente lo tendrá en el
futuro, pues en último término lo será el Estado, en defecto de sucesores
testamentarios o legítimos. Esta es la razón por la que el patrimonio
hereditario conserva su unidad a pesar de la falta de titular actual. Ante la
transitoria falta de titular del caudal hereditario, el problema más
importante que plantea la herencia yacente, desde el punto de vista
práctico, es el de proveer a su administración y representación en beneficio
no sólo del futuro titular, sino también de los terceros interesados en la
conservación del caudal relicto (p. ej., acreedores o titulares de otros
derechos). A pesar de ello, el Código civil no establece reglas generales de
administración y liquidación de la herencia yacente.

El problema se resuelve cuando el propio testador nombra los


administradores de la herencia.

También el Juez puede ordenar la intervención del caudal hereditario y


disponer lo que proceda sobre su administración, con arreglo a lo
establecido en los artículos 797 a 805 de la Ley de Enjuiciamiento Civil,
bien de oficio: cuando el causante hubiera fallecido sin testar y sin
ascendientes, descendientes o cónyuge del finado o persona que se halle en
una situación de hecho asimilable, ni de colaterales dentro del cuarto
grado, o cuando tales personas estuvieran ausentes, o alguno de ellos sea
menor o tenga capacidad modificada judicialmente y carezca de
representante legal (vid. arts. 790.1 y 791.2 LEC); bien a instancia de
parte, en los siguientes casos (art. 792.1 LEC):

1º Por el cónyuge o cualquiera de los parientes que se crea con


derecho a la sucesión legítima, siempre que acrediten haber
promovido la declaración de herederos abintestato ante notario, o se
formule la solicitud de intervención del caudal hereditario al tiempo
de promoverla declaración notarial de herederos.

2º Por cualquier coheredero o legatario de parte alícuota, al tiempo


de solicitar la división judicial de la herencia, salvo que la
intervención hubiera sido expresamente prohibida por disposición
testamentaria.

3º Por la Administración Pública que haya iniciado un procedimiento


para su declaración como heredero abintestato.

La administración judicialmente intervenida, regulada en la Ley de


Enjuiciamiento Civil, se aplica también a la administración de la herencia
del nasciturus en el tiempo que medie hasta que se verifique el parto o se
adquiera la certeza de que éste no tendrá lugar (art. 965 Cc).

Además, el Código civil contempla otros supuestos particulares de


administración de la herencia yacente, como son: el de la institución de
heredero bajo condición suspensiva (arts. 801 a 804 Cc), y el de la
institución en favor de persona incierta, pero que por algún evento puede
resultar cierta en el futuro por datos que el testador exprese (art. 750 Cc).
Estos supuestos se estudiarán más adelante, en los lugares oportunos.

En defecto de una administración establecida por el testador, por la ley o


judicialmente intervenida, el llamado o llamados a la herencia están
legitimados para realizar actos de mera conservación o administración
provisional de los bienes hereditarios, sin que ello signifique aceptación
tácita de la herencia (art. 999.4Cc). A pesar de ello, el llamado a la
herencia —afirma LACRUZ— no es un representante del caudal ni está
pasivamente legitimado para ser demandado, en realidad se trata de un
gestor de negocios sin mandato, pero su vocación hereditaria, el hecho de
que los bienes ya no son del difunto, de que han de ser administrados y de
estar llamado a suceder, le conceden una preferencia en la gestión de los
negocios hereditarios, de manera que podrá excluir de ella a cualquier
extraño o heredero de grado inferior.

Cuando no exista persona alguna que represente a la herencia yacente, por


no haberse producido ninguno de los supuestos en los que, como acabamos
de ver, se establece su ordenada administración, reiterada jurisprudencia
concede legitimación pasiva a la herencia yacente (que no es persona) y a
los llamados a ella todavía no aceptantes frente a las reclamaciones
judiciales formuladas por los acreedores y, en general, por los que tienen
un derecho que ejercitar contra el patrimonio hereditario (entre otras, cabe
citar las siguientes sentencias del Tribunal Supremo: 21 de junio de 1943,
10 de noviembre de 1981, 20 de mayo de 1982,20 de septiembre de 1982,
12 de marzo de 1987 y 21 de mayo de 1991). Se trata de evitar las
consecuencias perjudiciales que puedan sufrir quienes son titulares de
pretensiones contra la herencia mientras se hallan en espera de la decisión
del llamado.

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