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Cesar Vidal - Isías Analizado

Isaías es un profeta destacado del Antiguo Testamento, conocido por su ministerio extenso y su estilo literario único. A pesar de las disputas sobre la autoría del libro que lleva su nombre, se argumenta que todo el texto es obra de Isaías, evidenciado por la consistencia en el lenguaje y la temática. Su ministerio se desarrolló en un contexto político turbulento, donde advirtió a Judá sobre las consecuencias de confiar en potencias extranjeras como Asiria en lugar de en Dios.

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Cesar Vidal - Isías Analizado

Isaías es un profeta destacado del Antiguo Testamento, conocido por su ministerio extenso y su estilo literario único. A pesar de las disputas sobre la autoría del libro que lleva su nombre, se argumenta que todo el texto es obra de Isaías, evidenciado por la consistencia en el lenguaje y la temática. Su ministerio se desarrolló en un contexto político turbulento, donde advirtió a Judá sobre las consecuencias de confiar en potencias extranjeras como Asiria en lugar de en Dios.

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ADRIANA TOREA Y HECTOR SPACCAROTELLA

Santa Fe 762 Río Gallegos Cel 02966 15631336

ISAÍAS
Analizado por Cesar Vidal

Isaías, el hombre y su libro


Isaías es uno de los personajes más prodigiosos de todo el Antiguo Testamento. En relevancia
teológica, sólo Moisés con la Torah y David a través de los salmos pueden rivalizar con él. Incluso
los otros profetas mayores -Jeremías, Ezequiel y Daniel no llegan a su altura en términos estilísticos
y temáticos. Tampoco en la prolongación de su ministerio profético.

Isaías fue un residente de Jerusalén aunque no está claro cómo era su familia. Sí sabemos que
estaba casado y que su esposa era denominada “la profetisa” (8. 3), quizá porque compartía el
ministerio profético con él. lo cierto es que, aunque sea poco conocido, en la Biblia aparecen en
varias ocasiones -incluido en la iglesia primitiva (Hechos 21: 9) mujeres que tenían el don de la
profecía.
También tuvo Isaías dos hijos que, significativamente, tenían nombres que resaltaban el anuncio
profético. Uno de ellos se llamaba Shear-Yashúb (un remanente volverá) y otro Maher-Salal-Hash-
Baz (pronto para el saqueo, rápido para el botín).
Consideraciones aparte sobre lo que pensarían los hijos, ambos nombres tenían un significado obvio
ya que apuntaban a la desgracia que se dibujaba en el horizonte del reino de Judá, pero también a
la esperanza de que un resto se vería salvado del desastre. Como diría Isaías, no sólo él sino también
sus hijos eran “señales” de Dios (8: 18) y la sensación que se tiene es que toda la familia al completo
tenía existencias que giraban sobre el ministerio profético. Nada de eso, por cierto, llevó a Isaías a
la soberbia. Lejos de ser como ciertos personajes que gustan de aparecer fotografiados en
periódicos y revistas como familias modelo, Isaías jamás se permitió caer en semejante
exhibicionismo espiritual. Seguramente fue así porque, como señala el capítulo 6, nunca se le escapó
la realidad de que era un pecador, de que no tenía mérito alguno y de que si podía hacer algo era
porque Dios, previamente, lo había purificado por pura gracia y lo había llamado.
Como en tantas ocasiones, en el trato de Dios con los hombres todo es gracia inmerecida y los que
piensan que hacen méritos y se ganan la salvación con ellos simplemente no saben nada y discurren
por el mismo camino siniestro que el fariseo de la parábola de Jesús (Lucas 18: 9-14).
Si juzgamos a partir de 1: 1 tenemos que concluir que el ministerio de Isaías se extendió durante
una parte del reinado de Uzías -quizá cuando quedó leproso y su hijo se convirtió en corregente (2
Reyes 15: 5; 2 Crónicas 26: 21)- todo el de Ajaz y Ezequías y posiblemente una parte de el de
Manasés. Estaríamos hablando, por lo tanto, de una dilatadísima carrera profética que habría
comenzado en torno al 740 a. de C. -quizá antes- y que habría concluido quizá con posterioridad al
687 d. de C. Si Isaías tenía en torno a 25 o 30 años a la muerte de Uzías, habría nacido en torno al
770-765 a. de C. Por lo tanto, su vida habría sido dilatada llegando a octogenario o incluso más.

AUTORÍA DEL "LIBRO DE ISAÍAS"


ADRIANA TOREA Y HECTOR SPACCAROTELLA
Santa Fe 762 Río Gallegos Cel 02966 15631336

Desde el siglo XIX, algunos autores han insistido en atribuir a Isaías sólo los capítulos 1-39 del
libro considerando que del 40 al final corresponderían a otro autor. No sólo eso. En las últimas
décadas, algunos consideran que no toda la primera parte de Isaías se correspondería a él y que
incluso la segunda podría estar relacionada con una pluralidad de autores, por supuesto, sin
identificar.
La realidad es que los argumentos dados al respecto nunca me han resultado convincentes y que,
por el contrario, veo notables razones para atribuir todo el libro a Isaías. En primer lugar, se
encuentra el hecho de la similitud de lenguaje y de estilo en todo el libro. La erudita israelí Rachel
Margalioth publicó en 1964 un libro titulado The Indivisible Isaiah (El Isaías indivisible) donde
mostraba cómo todo el libro era obra de un solo autor. Lo cierto es que hay multitud de expresiones
que sólo encontramos en el libro de Isaías tanto si nos referimos a los primeros 39 capítulos o a los
que comienzan en el 40. Por ejemplo, denominar a YHVH el Santo de Israel es peculiar de Isaías y se
usa el término 12 veces en la primera parte y 13 en la segunda. Lo mismo puede decirse expresiones
propias sólo de Isaías como “no me deleité” (lo hafatstí) en 1: 11; 65: 12 y 66: 4; “no se alzarán” (bal-
yakumu) en 14: 21 y 43: 17; todo hombre se volverá (ish panah) en 13: 14; 53: 6; “he derribado” (ve-
orid) en 10: 13; 63: 6, etc.
Lógicamente, el libro de Isaías es muy rico en expresiones y no sorprende teniendo en cuenta los
años de ministerio del autor, pero su primera y su segunda parte son propias de un solo escritor y
tienen paralelos que no se encuentran en el resto del Antiguo Testamento.
Por otro lado, hay más argumentos que apuntan a Isaías como autor. En ninguna parte del texto
hay referencias a otro escritor sino que el encabezamiento del libro de Isaías es claro al mencionar
sólo al profeta (1: 1). De manera semejante, los documentos del mar Muerto no muestran laguna
ni separación entre los 39 primeros capítulos y los siguientes. En cuanto al Nuevo Testamento,
atribuye a Isaías las dos partes del libro (Mateo 3: 3 cita de Isaías 40: 3; 8: 17 de 53: 4; 12: 17-8 de
42: 1, etc).
Quizá los judíos anteriores a Jesús, Jesús y sus primeros seguidores judíos estaban equivocados,
pero, sinceramente, no creo que fuera así. De hecho, resulta difícil de creer que los judíos
conservaran el nombre de profetas como Miqueas, Abdías o Nahum cuyos libros son muy breves y
olvidaran al de una pieza literaria tan extraordinaria como los últimos capítulos de Isaías.
La realidad es que todo el libro se debe a un solo autor, un profeta extraordinario llamado Isaías

Isaías y su tiempo
La época en que Isaías desarrolló su ministerio profético fue especialmente convulsa. Durante el
reinado de Uzías, Judá siguió una agresiva política exterior en el curso de la cual sometió a filisteos
y árabes y recibió tributo de los ammonitas. Buena parte de ese éxito derivó sin duda de su gasto
armamentístico y de sus obras militares (2 Crónicas 26: 15).
Los continuos triunfos precipitaron a Uzías en la soberbia hasta el punto de que acabó leproso como
un castigo directo de Dios (2 Crónicas 16: 18-21). Semejante circunstancia, en torno al 750 a. de C.,
obligó a Uzías a dejar de aparecer en público mientras su hijo Jotam se convertía en regente.
Jotam siguió la línea de gobierno de su padre lo que convirtió a Judá en el estado más poderoso y
próspero de entre los pequeños reinos de la zona y lo situó al frente de la coalición anti-asiria cuando
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en el 743 a. de C., el monarca asirio Tiglat-pileser III invadió Siria. En este período, concretamente
antes de la muerte del rey leproso, Isaías comenzó su ministerio profético.
La coalición anti-asiria se cuarteó pronto y Samaria -es decir Israel- en alianza con Siria se lanzó sobre
Judá. La acción de un Israel enfermo de autosatisfacción (Isaías 9: 10) parecía inteligente puesto que
Judá era una presa fácil, pero, en realidad, constituyó un enorme error que sólo facilitó el ataque de
Asiria. Isaías era consciente de que el reino de Israel estaba sentenciado (7: 8) y él mismo no se
referiría a él dado su próximo final (28: 1-4).
En el 735 a. de C., el rey Jotam murió y fue sucedido por su hijo Ajaz. A esas alturas, Asiria había
extendido su poder por toda la zona por la fuerza de las armas. En Israel, accedió al trono un
usurpador llamado Pekah (737-2 a. de C.) que se convirtió en caudillo del movimiento anti-asirio.
Aprovechando que Asiria estaba implicada en una campaña en el este, Pekah de Israel, Rezín de
Siria y las ciudades filisteas de Ascalón y Gaza se unieron contra Asiria.
Ajaz de Judá hubiera querido mantenerse al margen del conflicto, pero no pudo. No sólo eso. Israel
y Siria invadieron el territorio de Judá lo que provocó el pánico de Ajaz y de su pueblo (Isaías 7: 2).
La opinión de no pocos judíos fue que la única manera de salvarse de aquella situación era solicitar
la ayuda de Asiria.
En torno al año 735, Isaías se dirigió al rey de Judá para infundirle calma, pero Ajaz se negó a creerlo
(7: 1-12). A fin de cuentas, Isaías utilizaba la palabra y Asiria tenía un ejército. En apariencia, era
mejor apoyarse en Asiria; en realidad, significó un desastre.
Tiglat-pileser III no necesitaba tampoco mucha invitación de Judá para acabar con Israel. En 734-2
a. de C., los ejércitos asirios llegaron a Siria y Palestina devastando todo a su paso hasta alcanzar la
frontera con Egipto.
Los asustados israelitas derribaron a su rey Pekah y colocaron en su lugar a Oseas, su asesino (732-
24 a. de C.). Un destino semejante sufrió el rey de Siria. El nuevo rey de Israel pagó tributo a Asiria
y se reconoció como vasallo lo que permitió a Tiglatpileser III conquistar Gaza y Ascalón y, de paso,
liberar a Judá de la presión de sus enemigos.
En apariencia todo había salido bien, pero sólo en apariencia. De hecho, el rey judío Ajaz acudió en
732 a. de C., a Damasco a rendir pleitesía al amo asirio. Quedó tan impresionado por su fuerza que
copió uno de los altares asirios para que fuera colocado en el templo de Jerusalén (2 Reyes 16: 10
ss) y reformó el templo siguiendo patrones aprendidos de los asirios (2 Reyes 16: 18).
Isaías había insistido mientras tanto en que ni Asiria ni la coalición anti-asiria eran la clave para la
salvación y la paz de Judá.
Acompañado por su hijo Shear-Yasub -un resto volverá- Isaías apeló al rey para que confiara en Dios.
no lo escuchó ni el rey ni su corte. Por el contrario, estaban convencidos de que la alianza con Asiria
había sido como firmar un pacto con la muerte (Isaías 28: 15).
La realidad es que no iban a tardar en darse cuenta de lo inconsistente de su orgullosa confianza
(Isaías 28: 17-18).

Isaías y su tiempo: de Asiria a Babilonia


En el año 727 a.C. Tiglatpileser III, rey de Asiria, murió y de manera casi inmediata estalló la
agitación entre los estados clientes. El rey de Israel, tras llegar a un pacto con Egipto, había dejado
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de pagar tributo a Asiria. Inmediatamente, Asiria, envió un ejército contra Israel y su capital en
Samaria.

Los israelitas lograron aguantar tres años, pero en 722, Sargón II tomó la capital y los deportó a un
exilio perpetuo. El reino de Israel había desaparecido y sus moradores nunca regresarían a su tierra.
A decir verdad, pasarían a convertirse en la leyenda de las diez tribus perdidas.
Mientras tanto en Judá, Ajaz fue sucedido por su hijo Ezequías (c.715-687 a. de C.). Ezequías era
consciente de la pésima situación espiritual de Judá e impulsó una reforma que tuvo como primer
acto una limpieza del clero (2 Crónicas 29: 3-36).
Inteligentemente, Ezequías se mantuvo al margen de la rebelión contra Asiria. Lamentablemente,
el nuevo rey no supo imponerse a los deseos del pueblo. Pronto quedó de manifiesto que la reforma
espiritual no pasaba de algunos retoques cosméticos que no llegó al corazón de las gentes.
Por añadidura, para buena parte de los judíos, la sumisión a Asiria -a la que se pagaba un elevado
tributo- era intolerable y en el 720, dos años después de la caída del reino de Israel, pareció surgir
una oportunidad de convertir sus sueños en realidad.
El reino de Etiopía, cuya capital era Napata, invadió Egipto e inauguró la XXII Dinastía, la de los
denominados faraones negros. Inmediatamente, el nuevo señor de Egipto envió emisarios a los
países vasallos de Asiria para que se alzaran contra su dominio. Filistea, Moab, Edom y Judá se
unieron en una coalición anti-asiria. Una vez más, la carne se imponía sobre el espíritu e Isaías no
pudo dejar de tocar la trompeta de alarma.
Original como siempre en su manera de anunciar la verdad, Isaías comenzó a recorrer las calles de
Jerusalén semidesnudo, como si fuera un esclavo, señalando así el futuro que esperaba a Judá de
persistir en su enloquecimiento nacionalista.
En un primer momento, pudo parecer que Isaías estaba equivocado. A decir verdad, Sargón II no
reaccionó frente a los rebeldes. Incluso en el 705, fue sucedido por su hijo Sennaquerib y, como era
habitual, en el proceso de sucesión, las naciones sometidas se alzaron contra el opresor.
En el 703, Merodac-Baladán se rebeló en Babilonia y con la ayuda de Elam consiguió establecerse
como rey independiente. Inmediatamente, envió mensajeros a Judá y Ezequías lo recibió sin
ocultarle nada, un gesto que sólo sirvió para excitar los deseos de Babilonia.
La reacción de Isaías fue inmediata. De la manera más directa, afeó al rey lo que había hecho y
profetizó que algunos de sus descendientes serían eunucos en el palacio del rey de Babilonia, un
vaticinio que tuvo trágico cumplimiento siglos después (39: 5-7). Ezequías no escuchó. Mientras
enviaba embajadores a Egipto (30: 1-7; 31: 1-3), se alzaba contra Asiria. El pueblo de Judá respondió
con una verdadera oleada de entusiasmo nacionalista volviendo la vista a las armas en lugar de a
Dios (22: 8-11).
Isaías anunció que el resultado sería el desastre porque la fuerza nunca otorga la seguridad que sólo
puede proceder de Dios (29: 13-16). El profeta no pudo ser más claro: la coalición internacional
encabezada por Egipto concluiría en un desastre (30: 5-17). Para Isaías, la única garantía de
bienestar estaba en volverse a Dios (30: 15) y no en implicarse en alianzas militares (31: 3).
La disyuntiva que planteaba Isaías era clara. El pueblo de Judá debía escoger entre las obras de la
carne y la fe en Dios. Lo primero conduciría a un desastre nacional; lo segundo constituía la única
alternativa verdadera (7: 9).
Sólo el que creyera no sufriría la angustia (28: 16). Sólo el único Dios era garantía (26: 13). Aquellos
que, por el contrario, buscaban su seguridad en el rey, en el ejército, en los gobernantes… se verían
dramáticamente defraudados.
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Como era de esperar, Sennaquerib comenzó una serie de campañas para acabar con los rebeldes.
Tras aplastar a los babilonios y elamitas, en el 701, se lanzó sobre Siria y Palestina. Los egipcios
enviaron un ejército para enfrentarse con los asirios, pero fue derrotado en Ekrón y Sennaquerib se
encaminó entonces hacia Judá.
Aterrado por lo que se aproximaba, Ezequías envió unos emisarios al rey asirio mientras estaba en
Laquish. Sennaquerib deseaba el pago de un oneroso tributo, pero también dar un escarmiento a
Jerusalén. La capital judía debía capitular. Se trataba de una exigencia que Ezequías no podía
aceptar, pero que tampoco podía impedir. De hecho, los asirios cercaron la ciudad advirtiendo de
lo que le sucedería (2 Reyes 18: 17 ss).
Ante esa situación desesperada, Isaías volvió a dirigirse al rey. Jerusalén estaba aterradoramente
sola. No había fuerzas ni aliados ni poder humano alguno que pudiera salvarla. Sin embargo, si tenía
fe lograría verse libre de aquella desgracia. Una vez más, la contraposición entre fe y obras quedó
más que de manifiesto. Las obras humanas sólo habían arrastrado a Judá al desastre; la fe podía
salvar el reino.
Fue entonces cuando tuvo lugar un hecho prodigioso que reivindicó la predicación de Isaías. Una
plaga -quizá una epidemia de peste- diezmó al ejército asirio a las puertas de Jerusalén. Sennaquerib
no tuvo más remedio que retirarse, como había anunciado Isaías, y, al llegar a su capital, Nínive, fue
asesinado por sus hijos (2 Reyes 19: 36-7).
Desde el año 701 a. de C., Judá siguió siendo un reino vasallo de Asiria. Esarhaddón, hijo de
Sennaquerib (681-669 a. de C.) comenzó la conquista de Egipto que concluyó Asurbanipal (669-633).
Para entonces, Asiria había llegado a la culminación de su poder.
Sin embargo, el tiempo volvería a confirmar los anuncios de Isaías. Asiria desaparecería de la escena
internacional y Babilonia se convertiría en la nueva amenaza contra el reino de Judá.
Isaías no se equivocaría en sus anuncios. Por el contrario, vez tras vez quedaría de manifiesto que
se había referido a una realidad con décadas de antelación. Pero su mensaje -como veremos en
otras entregas- se proyectaba hacia un futuro más lejano y relevante.

El profeta Isaías y su mensaje


Aunque los discursos y los escritos de Isaías no aparecen colocados en orden cronológico sino
sistemático ese orden nos permite comprender perfectamente los énfasis del profeta.
Su primer capítulo constituye un alegato de primer orden contra el reino de Judá y la religión que
practican, pero también una advertencia seria para multitud de sociedades a lo largo de la Historia.
Isaías indica (1: 2) como hasta el cielo y la t ierra son testigos de que las criaturas de Dios se han
rebelado contra El.
Demostrando una inteligencia menor que la de aquellos animales que conocen a su amo, los
habitantes del reino de Judá carecen hasta de ese mínimo conocimiento (1: 3).
De nada ha servido que la crisis nacional haya sido creciente y haya golpeado en todas direcciones
(1: 5-8). A lo sumo hay algunos que se vuelcan en la religión nacional sin darse cuenta de que sus
ritos y ceremonias no sólo no acercan a Dios sino que provocan Su asco (1: 11-14).
Por paradójico que pueda parecer para muchos, Isaías está señalando no sólo que la religión no
salva al ser humano sino que incluso lo puede alejar de Dios.
A decir verdad, en esas ocasiones la gente extiende las manos hacia Dios, pero no les va a servir de
nada (1: 15).
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La única salida para la crisis es volverse a Dios y dejar que limpie los pecados, rojos como la grana,
hasta dejarlos blancos como la lana (1: 18).
Lamentablemente, en medio de esa sociedad azotada por la crisis, ese paso sólo lo ha dado un
“resto” pequeño (remanente) sin el que la sociedad de Judá:

• sería semejante a la de Sodoma y Gomorra (1: 9).


• Porque no cabe engañarse, la sociedad es como una prostituta (1: 21)
• donde los homicidas campan por sus respetos (1: 21),
• lo valioso ha perdido su valor (1: 22),
• abunda el soborno y falta la justicia (1: 23)
• y todo se encamina hacia el juicio de Dios (1: 24-25)
• en el que el culto a las imágenes en santuarios no servirá de nada (1: 29)
• y los poderosos arderán como estopa (1: 31).

Este primer texto de Isaías -no por nada el primero- resulta de una extraordinaria relevancia.
En una sociedad donde de manera casi institucionalizada, todos marchan apartándose de Dios;
donde el latrocinio y la corrupción son generalizadas; donde los que deberían dar ejemplo no lo dan
y donde la religión no es sino la tapadera falsa de la inmoralidad cuando no su excusa, la única salida
es volverse a Dios pedir perdón por unos pecados que son ya tan llamativos como el color escarlata
y comenzar una nueva vida.
Es cierto que esa posición sólo la tiene un grupo pequeño -un resto- y que, muy posiblemente, todo
acabará en un juicio de Dios sobre esa sociedad.
No es menos cierto, sin embargo, que el mensaje del profeta será el de:
conversión para evitar esa catástrofe y lograr una restauración nacional.

Profecía de Isaías y Emmanuel


La sociedad del reino de Judá estaba enferma espiritualmente y sólo un reducido resto parecía darse
cuenta de ello. El juicio de Dios vendría antes o después y se llevaría todo por delante. Sin embargo,
Isaías no era un catastrofista.
El segundo capítulo de su libro constituye un anuncio de juicio vinculado a la esperanza de un
futuro mejor.
• Habrá un día en que los pueblos convertirán las espadas en rejas de arado y las lanzas en
hoces (2: 4) -un texto que figura a la entrada de la ONU, pero que los primeros cristianos
consideraron cumplido en ellos-
• pero antes Dios ajustará las cuentas a los que cayeron en prácticas como la adivinación (2:
6),
• el culto al dinero o a la fuerza (2: 7)
• y el culto a las imágenes (2: 8).

Todas esas prácticas son espiritualmente aberrantes y serán objeto del juicio de Dios. En ese
momento, la soberbia de los seres humanos será abatida y las imágenes a las que han rendido culto
serán retiradas por Dios y la gente deseará esconderse en cavernas para librarse del juicio divino (2:
16-21). La crisis nacional será terrible (c. 3) hasta tal punto que no habrá hombres suficientes para
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las mujeres y que éstas estarán dispuestas a cuidar a los que queden sólo para no estar solas (3: 1),
un fenómeno trágico que, por ejemplo, sufrió la Unión soviética tras la Gran guerra patria.
A esa situación estaba llegando Israel por la sencilla razón de que era como una viña -un símil que
volvió a utilizar Jesús ocho siglos después- que, a pesar de los enormes cuidados de su dueño, no
había respondido dando el fruto que cabía esperar (5: 1-7). El camino para llegar a tan lamentable
situación lo revela Isaías con una sucesión de ayes:
• La acumulación inmobiliaria (5: 8-9),
• el alcoholismo (5: 11 ss),
• la injusticia (5: 18 ss),
• la mentira y la desinformación (5: 20);
• la soberbia que no escucha (5: 21);
• el soborno (5: 22-23)

… todas esas conductas habían llevado a Judá a la situación deplorable en que se encontraba.
Podría pensarse sin mucho esfuerzo que repetir un mensaje como ése vez tras vez -convertíos o lo
que acabara sobreviniendo será un terrible juicio de Dios- tiene un efecto de enorme desgaste sobre
cualquiera.
Isaías podía ser un hombre fuerte -todo lleva a esa conclusión- pero no era una piedra y en
determinadas situaciones debió pensar que su misión era demasiado áspera e ingrata.
En esa situación se entiende el capítulo 6. En el año en que murió el rey Uzías, Isaías tuvo una
visión de Dios mientras visitaba el templo. Lo primero que sintió Isaías -y es lógico- fue la
sensación de su insignificancia pecaminosa (6: 5).
Una de las maneras obvias en que puede distinguirse si una visión sobrenatural es cierta o no es
precisamente esa sensación.
Cuando, lejos de apreciar su verdadera naturaleza, alguien afirma que Dios se le ha revelado y no
siente el enorme contraste entre él y Dios -como, por ejemplo, le pasó a Pedro (Lucas 5: 8)- es que
ha sido víctima de un engaño propio o ajeno.
Por el contrario, la experiencia de Isaías señalaba lo absurdo que era pensar que uno puede tener
méritos ante Dios y que la salvación no es puro regalo (6: 6-7). Además impulsaba a proclamar el
mensaje por muy duro que fuera, tanto que podría incluso implicar el endurecimiento general de la
nación (6: 8-13).
Precisamente llegados a este punto Isaías introduce una porción de su libro que se conoce
convencionalmente como el libro de Emmanuel -o Inmanuel- y que ha hecho correr ríos de tinta.
Esta parte tiene además un contexto histórico claro, la alianza de Israel y Siria para atacar a Judá. La
situación era ciertamente angustiosa y fue entonces cuando Isaías recibió la orden de, acompañado
de su hijo Sear Yasub (Un resto volverá), dirigirse al encuentro del rey Acaz. Debía comunicarle un
mensaje de esperanza e incluso ofrecerle la posibilidad de pedir una prueba al mismo Dios (7: 10-
11).
Las pruebas de Dios me recuerdan ocasionalmente al “juego de las siete y media” ( Se trata de un
juego de baraja española de 40 cartas, denominado indistintamente siete y medio o siete y media.
En cada una de las manos o apuestas cada jugador compite contra la banca; el objetivo es intentar
sumar siete y medio o el número más cercano posible, sin sobrepasar dicha cantidad). Algunos se
pasan ridículamente pidiendo a Dios pruebas incluso para cruzar la calle mientras que otros carecen
de la fe elemental como para hacerlo alguna vez. Fue el caso de Acaz.
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En ese momento preciso, Isaías pronunció un oráculo especialmente extraño. Extraño porque
apuntaba a un cumplimiento futuro indefinido. De hecho, lo único que se sabe es que para cuando
el niño fuera destetado, ya no existiría la amenaza que tanto angustiaba al rey. En otras palabras,
los problemas de hoy, por terribles que parezcan, pasarán y cualquiera se percatará de que su
importancia es relativa.
Extraño porque el niño que nacería llevaría un nombre peculiar: Inmanuel, es decir, “Dios con
nosotros”.
Extraño finalmente porque su nacimiento… su nacimiento haría correr ríos de tinta en cuanto a la
condición de su madre. Durante siglos, judíos y cristianos se han enzarzado acerca de la palabra
que, en las traducciones cristianas, se vierte como virgen y, en las judías, como muchacha o joven.
En realidad, la palabra significa “doncella”, un término que no es el estrictamente específico para
una joven virgen, pero que, en aquella época como en muchas de la Historia de España o de otras
naciones, presupone a alguien que no ha tenido nunca relaciones sexuales.
De manera bien significativa, la traducción de los LXX y el evangelista Mateo fueron así de exactos
aunque sus traductores no lo hayan sido tanto. Ni los LXX ni Mateo utilizaron la palabra “parzenios”
-la específica para virgen- sino “parzenos”, el término que se utilizaba para una doncella, aunque
ésta, dadas las costumbres de la época, fuera presumiblemente virgen. De manera nada
sorprendente, el pasaje fue vinculado por algunos rabinos con el mesías y tiene lógica porque ¿qué
tendría de particular que una mujer como otra cualquiera se quedara embarazada?
Pero la visión del futuro no llevó a Isaías a perder de vista la realidad del día. Isaías se refiere a la
amenaza asiria -una amenaza tras la que estaba la acción del mismo Dios (7: 18-24)- pero vuelve
otra vez a proyectarse más allá del presente.
Habría un día en que el pueblo de Judá sumido en las tinieblas sería alumbrado por una luz
resplandeciente (9: 1-2).
La razón -¡una vez más!- sería extraña. Nacería un niño, sería dado un hijo y su nombre sería
Admirable -un nombre típico de Dios- Consejero, Dios fuerte (El-Guibor), Padre eterno y Príncipe de
Paz (9: 5). No deja de ser curioso el pasaje, sobre todo, porque el título de El-Guibor lo usa para
referirse al propio YHVH el mismo Isaías (10: 21).
En otras palabras, como en Isaías 7: 14, en este pasaje -que, por ejemplo, el Targum consideró que
se refería al mesías- el niño aparece curiosamente nombrado como el mismo YHVH. Esa sería en
realidad la esperanza de Israel más allá del amargo presente.
Ese mesías procedería de la estirpe davídica y un día consumaría toda la Historia poniéndole fin (11:
1 ss). Sería entonces cuando se vería que Dios es la salvación (12: 2) y la gente podría sacar agua del
pozo de la salvación (12: 3). Sería entonces cuando en medio de Sion pasearía el Santo de Israel, es
decir, el propio YHVH (12: 6). Sin duda, se trata de anuncios que van mucho más allá de los que
pronunciaron otros profetas.
Durante siglos, el pueblo de Israel consideró que ese “libro de Inmanuel” era un encadenamiento
de referencias al mesías y dejó huellas en diversos textos. El cambio interpretativo se produjo -y no
del todo- sólo cuando los seguidores de Jesús lo identificaron con Inmanuel y, por lo tanto, con el
mesías, Hijo de Dios y Dios con nosotros.
Compréndase que resulte difícil no ver en estos pasajes las referencias más navideñas de toda la
primera parte de la Biblia. La realidad puede ser mala e incluso dejar ver que será peor, pero la luz
del mundo no es otra que El.Guibbor, el mesías, el Inmanuel. El es nuestra gran y única esperanza.
ADRIANA TOREA Y HECTOR SPACCAROTELLA
Santa Fe 762 Río Gallegos Cel 02966 15631336

Isaías: ¿cuál es la nación de Dios?


En la película El Cardenal, basada en la novela del mismo nombre, se recoge una curiosa secuencia
en la que un judío enamorado de una muchacha católica, norteamericana y de origen irlandés,
pregunta al sacerdote hermano de su amada por la nacionalidad de Dios.
A fin de cuentas, a lo largo de la Historia, resulta innegable la manera en que unas naciones y otras
han pretendido contar con la ayuda directa de Dios…
El sacerdote intenta responder de la manera que lleve al judío a convertirse al catolicismo, pero lo
que éste ve a su alrededor es superior a cualquier palabra. En un momento determinado, dice con
amargura: “Dios es irlandés”.
El episodio, ciertamente revelador, pone de manifiesto una terrible realidad: el deseo de individuos
y pueblos por subordinar a Dios a sus intereses. El mismo Israel no fue ajeno a esa tentación y, de
hecho, el mensaje de los profetas es un continuo reproche a pretensiones semejantes. Muchos
súbditos de los reinos de Israel y de Judá estaban convencidos de tener una relación especial con
Dios. Esa especialidad incluía, por supuesto, la idea de privilegios políticos y económicos.
La tentación se ha repetido vez tras vez a lo largo de la Historia, pero los profetas insistieron en que
no se podía ceder a ella sustancialmente por dos razones. La primera es que Dios es soberano sobre
todo el cosmos, sobre todas las naciones y no sólo sobre Israel. Su poder es ilimitado y pedirá
cuentas incluso de aquellos que no lo reconocen o lo rechazan. La segunda es que Dios no exigirá a
Su pueblo menos que a las otras naciones. Todo lo contrario. De ella espera más porque su luz es
mayor.
Ambos principios quedan de manifiesto en esta sección del libro de Isaías dedicada a oráculos
pronunciados contra las naciones. Algunas de las características son verdaderamente notables.
Por ejemplo, Dios no se ocupa sólo por la situación rabiosamente actual que es susceptible de
angustiarnos a nosotros sino también por lo que va a suceder en un futuro más distante. En contra
de lo que dicen los que afirman que Isaías es un libro escrito por varios autores y que eso se
desprende de que la primera parte está relacionada con Asiria y la segunda con Babilonia, en este
capítulo 13, Isaías se ocupa precisamente de Babilonia. Entonces era una potencia incipiente. Lejos
de presentarla como la esperanza del futuro cuando cayera la actual Asiria, Isaías señala cómo las
mismas conductas merecen las mismas calificaciones y acarrearán las mismas consecuencias. En un
momento determinado, Babilonia seguiría el mismo camino de Asiria y así sería porque Dios no deja
de ejecutar Su juicio sobre los tiranos (14: 5 ss).
En contra de lo que pudiera pensar la primera potencia de la época, las riendas de la Historia no
están en manos de presidentes, emperadores o generales sino en las de Dios (14: 24-7).
Lo que Él decide es lo que acabará sucediendo aunque la mayoría no llegue a percatarse de ello.
Esas leyes de una Historia que está en las manos de Dios lo mismo puede aplicarse a potencias
pequeñas, pero sanguinarias como Filistea (14: 24-32), que a otras cuyo pecado principal es la
soberbia como es el caso de Moab (16: 6). Ante Dios lo mismo es un Damasco decadente (17: 1-14)
que un Egipto que parece pujante gracias a la nueva dinastía reinante, pero que no escapará del
fruto de sus acciones (c. 18-19).
A decir verdad, la única esperanza que tiene un pueblo no se encuentra en sus gobernantes, en sus
ejércitos, en sus riquezas o en su sentido patrio. En realidad, sólo aquel pueblo que esté dispuesto
a reconocer sus errores y a clamar humildemente ante Dios podrá recibir salvación (19: 20).
ADRIANA TOREA Y HECTOR SPACCAROTELLA
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Precisamente porque Dios actúa de manera imparcial, sin favoritismos, es por lo que se puede
predecir el futuro de Babilonia (c. 21), el de las prósperas Tiro y Sidón (c. 23) y, por supuesto, el de
Jerusalén (c. 22).
Ciertamente, el mensaje de Isaías es de una actualidad indiscutible aunque para muchos resultará
antipático como pocos. El que pretende que Dios tratará con favoritismo a una nación no conoce a
Dios.
Buena prueba de ello es la Historia de Israel, de Asiria, de Babilonia y, por supuesto, de España que
no ha dejado de dar tumbos desde hace siglos. Dios tiene unos principios que no doblará por nadie
porque más que éste pretenda que es “la tierra de María” o “la hija predilecta de la iglesia católica”.
Los juicios de Dios son inexorables aunque previamente sean anunciados por algún profeta.
En segundo lugar, aunque Dios nunca dejará de ejecutar Sus juicios también anuncia que existe una
vía de salida. Esa salida no gira en torno a la política, la visión social o la gestión económica. Arranca,
por el contrario, de la conversión. Incluso una nación perversa como Asiria podría encontrar
salvación si se volviera y, al afirmarlo, Isaías está repitiendo el mensaje de Jonás.
Al final, cada nación es claramente responsable de su presente, pero también traza su futuro y el de
sus hijos.

El Apocalipsis de Isaías
En los capítulos 24 a 27 de Isaías, se contiene lo que, convencionalmente, se denomina el Apocalipsis
de Isaías.
Dado que el lenguaje es relativamente oscuro, son legión los que han intentado situar en estos
versículos un mapa de los últimos días.
En mi opinión, semejante acercamiento no pasa de ser pura especulación. Sin embargo, creo que el
texto adquiere una clara nitidez si se contempla como una reflexión expresada en un lenguaje
profundamente poético sobre la realidad que se describirá unos capítulos más adelante.
¿Qué ve poéticamente el profeta?
En primer lugar, que Dios va a ejecutar su juicio como si resquebrajara la tierra, como si fuera un
terremoto y afectará a todos sus habitantes (24: 1-6), la alegría y el consumo de antaño
desaparecerán (24: 7-12) y sólo un resto se verá a salvo (24: 13-16). Al final, la causa del desastre no
es otra que el hecho de que el pecado pesará tanto que logrará que la tierra se desplome y no pueda
levantarse (24: 20).
Semejante circunstancia es, sin duda, pavorosa, pero debería provocar un himno de gratitud entre
los que creen en Dios. Primero, porque Dios ha actuado de acuerdo con unos planes trazados desde
tiempo atrás (25: 1), segundo, porque ha protegido a los que confían en El (25: 4) y porque aunque
el impacto de los déspotas es terrible, El lo ha mitigado en relación con los que creen en El (25: 5).
El pueblo de Dios aparece claramente descrito además en el capítulo 26. Es aquella gente que actúa
con justicia, que guarda su palabra y que confía en Dios (v. 1-2). Ese pueblo será guardado en paz
porque cree en El (v. 4-5). Es el pueblo que sabe que los inicuos no deben ser tratados con suavidad
porque semejante actitud sólo sirve para que multipliquen sus maldades (v.9-10) y que es
consciente de que la mano de Dios es la que se mueve detrás de la Historia y de las vidas cotidianas
(v. 17).
Aún más. Mientras que los malvados no volverán a la vida por muy importantes que fueran (26: 14),
para los que creen en el Señor existe la experiencia de resurrección (26: 19).
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Si semejante visión puede ser un anuncio de lo que se vivirá en los últimos tiempos no es seguro,
pero que, una y otra vez, se repite este esquema a lo largo de la Historia no puede negarse.

De hecho, los capítulos siguientes nos muestran a la sociedad de los reinos de Israel y Judá viviendo
esa realidad. Veamos algunos ejemplos:
1. La corona de Israel se sentía segura (28: 1-6), pero se encontraba a unos años –quizá meses–
de desaparecer literalmente del mapa aniquilada por Asiria.
2. En Judá, podían mofarse del profeta (28: 9) preguntándole que a quién pretendía enseñar y
jactándose de que nada les haría daño porque sabían utilizar la mentira (28: 14-5), pero sus
anuncios se cumplirán.
3. En Jerusalén (c. 29) podían empeñarse en afirmar que el hecho de ser una ciudad sagrada
los libraría del desastre sin darse cuenta de lo que ya se dibujaba en el horizonte.
4. Los políticos podían esperar que la solución de todos los problemas derivaría de la ayuda
extranjera –en este caso, Egipto sin percatarse de que no sería así (c. 30-31)
5. Finalmente, la sociedad se despeñaba moralmente al no existir una justicia digna de tal
nombre (32: 1-8), al haber caído en la frivolidad la población femenina (32: 9-14) y al cerrar
todos los ojos al único camino de restauración nacional que pasa por la conversión (32: 15-
33: 24).
La veracidad de la proclamación de Isaías iba a quedar de manifiesto con notable rapidez a causa
de la invasión del reino de Judá por parte del rey asirio Senaquerib.
Se trató de una maniobra fulminante que llevó a los despiadados asirios hasta las puertas de
Jerusalén. Entonces finalmente quedó de manifiesto que no habría ayuda extranjera que salvara a
Judá y que sus élites además de corruptas eran incompetentes e incapaces.
Por supuesto, el rey judío Ezequías intentó llegar a un acuerdo, pero descubrió con angustia que
cuando se intenta apaciguar a las fieras, éstas sólo aceptan devorar todo (c. 36).
Sólo entonces, cuando el desastre era inminente, alguien recordó que una persona llamada Isaías
llevaba anunciando todo desde hacía años y algunos decidieron ir a visitarlo pidiendo el consejo que
habían rehusado durante demasiado tiempo (c. 37). El mensaje de Isaías fue claro como siempre.
Había una posibilidad de salvación si, efectivamente, aquellas obras muertas de décadas eran
sustituidas por la fe en Dios como faro y guía.
Con los asirios acampando ante Jerusalén, el rey se dirigió, finalmente, a Dios.
• El único Dios (37: 16),
• el que detesta el culto a las imágenes (37: 19),
• el único que tiene capacidad para salvar (37: 20).
Isaías le comunicó entonces un mensaje de serenidad y paz. Nada sucede en esta vida sin que Dios
lo haya planeado desde mucho tiempo atrás (37: 26-29). A El nada le pilla de sorpresa ni le toma
con el pie cambiado. El rey de Asiria estaba convencido de que tomaría Jerusalén y la arrasaría. No
sucedería así. Es cierto que en Jerusalén sólo había un resto (37: 32), pero la ciudad no caería y
Senaquerib se retiraría no por las obras de las fuerzas judías ni por la ejecución de ritos religiosos
sino gracias al Dios que escucha a los que se dirigen a El con fe.
Lo que sucedió a continuación está recogido incluso en los anales de Asiria. Senaquerib no pudo
entrar en Jerusalén y se vio obligado a retirarse. Isaías habla de una destrucción espectacular de las
fuerzas asirias llevada a cabo por un ángel (37: 36). Los historiadores prefieren hablar de una
epidemia fulminante de peste. No son incompatibles. ¿Acaso el ángel del Dios que ve todo con
antelación no pudo utilizar a unas simples ratas para acabar con un ejército rezumante de orgullo?
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Aquella inesperada –imposible– liberación no fue la única señal que recibió Ezequías. Por esa misma
época, Ezequías cayó gravemente enfermo, pero Dios preservó su vida anunciándole su
prolongación (c. 38). Y sin embargo… sin embargo, Ezequías no aprendió la lección. Como tanta
gente que tiene algún tipo de creencia en Dios, que incluso mantiene cierta práctica religiosa, que
acude a la Divinidad en tiempo de dificultad, Ezequías había decidido que, salvo en tiempos de
preocupante emergencia, no escucharía a Isaías ni viviría una vida con el corazón plenamente
entregado a Dios.
Tras verse salvado de la invasión asiria y de una dolencia mortal, Ezequías volvió a buscar complacer
al poderoso más que actuar con rectitud. Lo hizo de manera deplorable buscando el beneplácito de
Babilonia (c. 39). El anuncio de Isaías –siempre fiel a la verdad– resultó pavoroso. Llegaría un día en
que aquella potencia de segundo orden se llevaría a su tierra todo lo que Ezequías le había enseñado
(39: 6-7). La respuesta de Isaías constituye un verdadero retrato (39: 8):
• Ausencia de una guía espiritual sana
• Confianza en que la ayuda exterior remediará los males de una sociedad que no quiere
cambiar. corrupción de las clases gobernantes.
• formalismo religioso sin conversión.
• Oídos cerrados ante el mensaje de conversión del profeta, injusticia y frivolidad entre la
población donde sólo un pequeño resto confiaba realmente en Dios…

Esa sociedad iba camino del desastre, pero también fue anunciada de cuál era el remedio e incluso
tuvo oportunidad de verlo con sus propios ojos.

Isaías y su ‘quinto Evangelio’


Con el capítulo 40 de Isaías comienza una nueva sección del libro que algunos han denominado el
libro del consuelo y que otros han preferido llamar el Evangelio de Isaías. Puestos a elegir yo lo
denominaría el libro de los siervos de Dios.
El inicio del capítulo 40 es un llamamiento para consolar al pueblo de Dios, un consuelo que
comenzará en lugar tan poco verosímil como el desierto. Mientras tanto el mensaje lanzado no
puede ser más realista. La carne es hierba y los seres humanos desaparecen como sucede con esas
flores que, al cabo de un día, se han marchitado (40: 7-8). Poco o nada se puede esperar de ellos.
Sin embargo… sin embargo, un día una voz surgida del desierto prepararía camino para que el propio
Dios viniera (40: 10). Sería Dios en persona el que actuaría como actúa un pastor (40: 11). Ese Dios
no tolera el culto a las imágenes porque sólo un necio pensaría en hacer una imagen para rendirle
culto (40: 18-9).
Ese Dios único que no puede ser representado y que aborrece el culto a las imágenes – el capítulo
44 es uno de los ataques más feroces y realistas escritos jamás contra esa práctica religiosa – actúa,
sin embargo, a lo largo de la Historia a través de siervos.
Algunos siervos ni siquiera saben que lo son. Creen actuar según su antojo, pero, en realidad,
cumplen con los propósitos de Dios. Sería el caso de un rey llamado Ciro que aparecería en el futuro
y que sería utilizado por Dios para castigar a Babilonia y liberar a los judíos en el destierro (41: 1-4).
Otro siervo es Israel (41: 8), un siervo al que Dios ama, pero que, históricamente, no ha estado
siempre a la altura de las circunstancias. De hecho, en 42: 18 ss, Dios se lamenta de que es ciego y
sordo y de que tuvo que castigarlo históricamente por su mala conducta (42: 20-25). Con todo, Dios
(44: 1 ss) lo exhorta a arrepentirse.
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Pero el gran siervo es el “Ebed YHVH”, el siervo mesiánico que vendrá un día. Ese siervo mesiánico
no será como muchos deseaban. Sin duda, para los judíos maltratados por Asiria, el mesías tenía
que ser un dirigente nacionalista que acabara con esos paganos que cometían la atrocidad de
inclinarse ante una imagen.
Sin embargo, el Siervo de YHVH:
• Se ocupará de las naciones (42: 1-2)
• y además no gritará ni voceará porque no quebrará la caña cascada ni apagará el pábilo
humeante (42: 3).
• De hecho, su misión buscará que incluso las islas más lejanas acepten su mensaje (42: 4).
• Ese siervo sería – (¡oh, gran escándalo para los nacionalistas judíos!) - luz para las naciones
(42: 6).
La misión de ese “Ebed YHVH”, según señala su segundo cántico, es llamar a Israel al
arrepentimiento (49: 5) – luego el Ebed YHVH no puede ser Israel – pero también ser luz para las
naciones (49: 6) porque Dios no es un nacionalista.
Este “Ebed YHVH” sería maltratado, pero no se echaría para atrás confiado en Dios. No lo haría
aunque lo golpearan en la espalda o lo escupieran (Isaías 50: 4-9). Con todo en el cuarto canto del
Ebed YHVH – Isaías 52: 13-53: 12 – quedaría establecido cómo sería su futuro de manera más que
fácil de identificar:
El Siervo de YHVH sería desfigurado en medio de su sufrimiento de tal manera que causaría pasmo
(53: 14-15).
• Considerado como un ser sin importancia, los judíos lo verían como nada (53: 3).
• Sin embargo, aunque lo considerarían como un ser condenado por Dios – (¿no es eso mismo
lo que dice el Talmud de Jesús o lo que pensó el Sanhedrín que lo condenó?) –
• lo cierto es que sería traspasado por las transgresiones de Israel (53: 4-5).

Sí, del Ebed YHVH, de un siervo que no era como el vacilante Israel, pensarían que sólo recibía un
castigo merecido de Dios, pero la realidad sería que Dios estaría descargando sobre Su siervo el
merecido castigo por los pecados. Israel erraría como una oveja extraviada, como tantas ocasiones
antes y después, pero Dios cargaría sobre el Ebed YHVH todos los pecados (53: 6). Serían
precisamente los pecados del pueblo de Isaías los que llevarían a la muerte al Ebed YHVH (53: 8).

Lo que sucedería después resultaría ciertamente llamativo. Pretenderían enterrarlo con criminales
porque como criminal había sido ejecutado, pero en la sepultura estaría con los acaudalados (53:
9).
Y aún más prodigioso: tras entregar su vida en expiación (53: 10), vería la luz, es decir, volvería a
vivir y justificaría a muchos porque, previamente, había cargado con sus crímenes (53: 11). Ese
cargar con los pecados de todos sería precisamente la marca de su grandeza (53: 12) y no el ser un
dirigente político y militar que recuperara trozo a trozo el territorio de Israel.
No puede sorprender lo más mínimo que los judíos anteriores a Jesús esperaran a un mesías
sufriente al que identificaban con el Siervo de Isaías 53. En algún caso, pensaban incluso que podría
haber dos mesías, uno sufriente y otro triunfante, pero era imposible negar la existencia de ese
siervo mesiánico. Los testimonios abundan no sólo en Qumrán, el tárgum o el Talmud.
Sólo la muerte de Jesús en la cruz provocó un serio problema a los rabinos posteriores a Yavné.
Rashí, quien comentaba un tanto molesto en la Edad Media que “el protagonista de Isaías 53 se
parecía mucho al “mesías cristiano””.
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Naturalmente, intentar sustituir al mesías por el pueblo de Israel en Isaías 53 era una tentación,
pero el texto –aparte de la interpretación judía de siglos– dejan de manifiesto que semejante
identificación resulta totalmente imposible. De hecho, cuando Israel es el siervo en Isaías no es
precisamente en el buen sentido de los cuatro cantos del mesías-siervo.
Naturalmente, el profeta era consciente –lo soportó durante años– que semejante mensaje sería
molesto para muchos. ¿Cómo iban ellos a aceptar que el mesías fuera un siervo sufriente en lugar
de un libertador al estilo de David? ¿Acaso Dios no debía suscribir su nacionalismo? Isaías llevaba
años mostrando lo errado de ese juicio.
Esta vez, lo remacha de manera innegable: los pensamientos de Dios no son los de los hombres (55:
8) y el mensaje de Dios para el género humano se resume en una afirmación bien clara:

• hay que buscar a Dios mientras todavía existe oportunidad,


• hay que invocarlo
• hay que convertirse cambiando de vida.

Lo demás carece de importancia.

Isaías, el retorno de Israel y el Mesías


En 1655, un erudito judío llamado Menasseh ben Israel solicitó entrevistarse con Oliver Cromwell,
el dirigente puritano que había mandado a las fuerzas del parlamento y derribado al rey Carlos I.
El judío era sabedor de que la gente con un pensamiento espiritual puritano era, a diferencia de los
católicos, muy cercana a los judíos y que, por ejemplo, en Holanda habían dado asilo a aquellos que
habían sido expulsados de España y hasta entonces habían vagado por medio mundo en busca de
refugio.
La intención de Menasseh ben Israel era conseguir que sus compatriotas recibieran una invitación
para asentarse en Inglaterra de una manera semejante. A fin de cuenta, los reformados holandeses
habían concedido libertad plena a los judíos, ¿por qué no debían hacerlo los ingleses?
Cromwell manifestó al judío que, por supuesto, veía con buenos ojos tal posibilidad, pero que
pensaba que existía una patria histórica del pueblo judío –entonces bajo el control del imperio
otomano- hacia la que debían volver sus ojos.
Menasseh se quedó más que sorprendido al escuchar aquellas palabras, pero su pasmo aumentó
cuando Cromwell lo condujo hacia una Biblia que estaba en la habitación y le mostró el pasaje del
capítulo 60 de Isaías donde se dice que los judíos serían llevados a su tierra en brazos de los gentiles.
Cromwell era un convencido protestante que creía en lo que dice la Palabra de Dios y, por lo tanto,
esperaba que, un día, los gentiles llevarían hasta su tierra a los judíos. Lo que no podía saber es que
eso acabaría sucediendo unos tres siglos después y que la organización internacional mayor de la
Historia –la ONU– sería la encargada de poner su sello legal a la situación. La Palabra de Dios encierra
multitud de ejemplos semejantes anunciando lo que nos va a deparar el porvenir.

La última porción del libro de Isaías es un hermoso llamamiento a volverse a Dios para obtener
restauración. Aclarémoslo. No se trata de un manifiesto nacionalista. Todo lo contrario. Isaías
comienza diciendo que Dios no excluirá de Su pueblo ni a los extranjeros no-judíos ni a los eunucos
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(56: 1-8). De hecho, en Su pueblo estarán judíos restaurados y a otros diferentes. Por supuesto,
antes de que suceda semejante hecho –escandaloso para muchos judíos- habrá tiempos difíciles,
tan difíciles que, en algunos casos, se pensará que aquellos justos que han muerto simplemente han
sido llevados por el Señor para evitar que contemplen horrores (57: 1-2) y, por supuesto, también
nos será dado contemplar aquellos que, aunque religiosos, incurren en abominaciones como el culto
a las imágenes (57: 3-13).
En situaciones como ésa, los profetas mostrarán que la verdadera espiritualidad no está en las
ceremonias, los ritos o las prácticas religiosas que, en realidad, para nada sirven sino en una vida
digna de la conversión (58: 1-12).
El primer paso para recibir las bendiciones de Dios pasa por reconocer que el pecado es pecado y
por no buscar justificaciones o legitimaciones para el mismo (c. 59). Cuando se cae en el error de
pensar que la religiosidad puede compensar la falta de obediencia a Dios se abren unas sendas en
las que nunca se puede encontrar la paz (59: 8) y esperando luz lo que vienen son las tinieblas y
ansiando claridad, se camina en medio de la oscuridad (59: 9).
Esa situación, una constante en la Historia del ser humano, sólo tiene una posibilidad de redención
y es la de acudir a aquel al que Dios ungirá –es decir, designará como mesías– y cuya misión sería
proclamar la Buena noticia –el término que en griego se denominó Evangelio– para vendar los
corazones desgarrados, para proclamar la liberación de los cautivos y la libertad a los presos y para
proclamar el año del jubileo del Señor, para consolar a los afligidos y cambiar la ceniza en gloria, el
luto en canto y la aflicción en manto de alegría (61: 1-3).
Ese es aquel al que sólo pueden reconocer los que previamente se han dado cuenta de que lo que
muchos consideran obras de justicia son algo tan inmundo como los paños utilizados por las mujeres
durante su menstruación (64: 5).
Suena muy duro –incluso desagradable– pero el profeta está afirmando que el ser humano puede
pensar que es justo, pero que lo que considera que lo define como tal no tiene más pureza que una
toalla higiénica usada. No, la salvación nunca puede ser por nuestras obras no sólo imperfectas sino
muchas veces retorcidas.
La salvación es un acto de pura gracia, de bondad inmerecida de Dios, que se manifiesta en su mesías
venido a restaurar y que únicamente podemos aceptar o rechazar, pero jamás comprar, merecer o
adquirir. Así quedará de manifiesto cuando ejecute su juicio al final de la Historia (compárese la
descripción del capítulo 63 con la de Apocalipsis 19: 11 ss), un juicio que será universal y que
abarcará a todas las naciones y que concluirá con la restauración de unos y con la perdición de otros
(66: 18 ss).
Isaías, a lo largo de sesenta y seis capítulos, con una demostración extraordinaria de genio literario,
al fin y a la postre, ha repetido el mensaje nuclear de todos los profetas:
1. Dios es único y Señor;
2. Pedirá cuentas en juicio a todos los seres humanos sin importarle si son de una nación, una
raza o una religión u otra;
3. Esa religión, esa nación, esa raza no salvarán a ningún ser humano;
4. La salvación es pura gracia inmerecida de Dios ejecutada a través de Su mesías;
5. Al final de los tiempos, ese mesías –al que Isaías insiste en presentar con el Ebed YHVH, el
siervo sufriente de Dios– restaurará cósmicamente no sólo a Israel sino a todos los pueblos;
6. Entonces el destino eterno de todos quedará establecido de manera irremisible y
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7. Por lo tanto, es ahora cuando hay que dar el paso de la conversión. Mañana quizá será ya
tarde.

Ese mensaje fue también el de Jesús y el de sus primeros seguidores. Sigue teniendo a día de hoy la
misma relevancia que entonces. Es el de la verdadera espiritualidad porque otras formas no son
genuinas e incluso pueden ser abominación ante los ojos de Dios. Pero ahora debemos pasar a otro
profeta.

Publicado por el escritor e historiador Cesar Vidal, entre abril y junio de 2016 en su
columna “La Voz” del diario español “Protestante Digital”. Adaptamos el texto original sin alterar
el contenido y su mensaje, solamente con fines didácticos.

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