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Apunte Formación Cristiana 2°B 2025

El documento aborda la importancia de la Biblia en la formación cristiana, destacando su doble autoría y los diferentes sentidos de interpretación, tanto literal como espiritual. También se detalla la Liturgia de la Palabra en la misa, explicando sus componentes y la necesidad de una preparación adecuada para la celebración. Además, se presenta un resumen de la historia del pueblo de Dios desde la conquista de la Tierra Prometida hasta el nacimiento de Jesús, enfatizando la relación entre la historia bíblica y la identidad cristiana.

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Apunte Formación Cristiana 2°B 2025

El documento aborda la importancia de la Biblia en la formación cristiana, destacando su doble autoría y los diferentes sentidos de interpretación, tanto literal como espiritual. También se detalla la Liturgia de la Palabra en la misa, explicando sus componentes y la necesidad de una preparación adecuada para la celebración. Además, se presenta un resumen de la historia del pueblo de Dios desde la conquista de la Tierra Prometida hasta el nacimiento de Jesús, enfatizando la relación entre la historia bíblica y la identidad cristiana.

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Apunte de Formación Cristiana

de 2 B
°

Docente: Laura Cecilia Cantamutto

Año 2025

Nombre: _________________

(Exclusivo de uso interno)

1
Eje 1: Liturgia de la Palabra
La Biblia nos presenta el amor de Dios a la humanidad, nos ayuda a responder a su
llamado, nos enseña las verdades importantes de nuestra fe cristiana y nos cuestiona sobre
cómo vivimos y nos relacionamos con los demás.

¿Cómo leemos la Biblia?


La Biblia, a causa de su doble autoría (Dios y el ser humano), tiene distintos sentidos,
es decir, cuando leemos un relato bíblico, encontramos el sentido escrito por los autores
secundarios, los humanos y, el sentido buscado por Dios, el autor primario.
Los sentidos de la Biblia son los diferentes niveles de interpretación que pueden tener
los textos bíblicos. Estos son:
• Sentido literal: es el expresado directamente por los autores humanos inspirados por
Dios.
• Sentido espiritual: es el expresado por un texto bíblico cuando se lee a la luz del
Espíritu Santo, se trata del sentido profundo del texto, aquel querido por Dios.
Entonces, primero hay que entender el sentido literal del texto, aquello que escribieron
los autores humanos, para luego poder descubrir el sentido espiritual y entender qué es lo
que Dios nos revela a través de ese relato.
Se necesita práctica para poder hacer una lectura y distinguir con facilidad los dos
sentidos, pero es importante no quedarnos con el sentido literal, porque el sentido literal fue
escrito por personas que vivieron hace 2000 años (Nuevo Testamento) y más (Antiguo
Testamento), por lo cual, no necesariamente el sentido literal nos va a hablar a los hombres y
mujeres de la actualidad. Sin embargo, dijimos al principio que la Sagrada Escritura nos
enseña las verdades importantes de nuestra fe cristiana y nos cuestiona sobre cómo vivimos
y nos relacionamos con los demás; para poder entender eso que nos quiere decir Dios a través
de su Palabra, necesitamos entender el sentido literal, dar un paso más y, escuchar lo que nos
dice el sentido espiritual.

La Biblia en la Iglesia
La Palabra de Dios está en el centro de la vida de la
Iglesia, no se trata la Biblia de un libro más en nuestra biblioteca.
Es alimento del alma para los hijos de Dios, por eso es necesario
que todos los fieles nos acerquemos seguido a ella, en nuestra
vida cotidiana.
Es muy importante escuchar, vivir y recibir en nuestros
corazones la Palabra de Dios. Nos acercamos a ella de diferentes
formas: quizás leyéndola solos un rato, quizás escuchándola de
otro (algún familiar, algún profe), quizás en una Celebración…
Dios siempre está dispuesto a iluminarnos con su
Palabra, pero nosotros también tenemos que estar dispuestos y
abiertos a dejarnos iluminar.

2
Para leerla solos en un momento de intimidad, por ejemplo, podemos preparar el
espacio: asegurarnos de que se trate de un lugar tranquilo, sin muchas interrupciones, dejar
a un lado el celular, quizás prender alguna velita, si la tengo y, más importante, disponerse
uno mismo a escuchar a Dios. ¿Cómo? Me puedo sentar cómodamente, cerrar los ojos un
momento para serenar la mente, respirar profundo algunas veces…
También podemos escuchar y ¡celebrar! la Sagrada Escritura con otros y, de hecho,
estamos invitados a hacerlo en cada misa. Para participar de una misa, también es importante
prepararnos… Tranquilizar el cuerpo y la mente con unas respiraciones profundas,
disponerse a hacer silencio y prestar atención y, animarse a participar activamente de la
celebración.
Sin embargo, no se trata solamente de buena predisposición, sino que así como
aprendimos sobre cómo se lee la Sagrada Escritura, también hay que aprender acerca de la
Liturgia de la Palabra.

Pero primero… ¿Qué es la liturgia?


Podemos decir que la liturgia es el conjunto de signos y símbolos (acciones, objetos,
gestos) predeterminados por la Iglesia que revela una vivencia interior del encuentro con
Dios, a partir de los cuales la Iglesia se encuentra como comunidad con Dios.
Dentro de las Celebraciones Eucarísticas (las misas), encontramos dos grandes
Liturgias establecidas por la Iglesia: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la Eucaristía. En
la Liturgia de la Palabra, el Pueblo de Dios escucha con atención las lecturas de la Biblia que
previamente han sido preparadas, tal y como si fueran una carta escrita por Dios para cada
uno de nosotros. Por su parte, la Liturgia de la Eucaristía se basa en el recibimiento del
Cuerpo y la Sangre de Jesucristo.

¿Qué es la Liturgia de la Palabra?


Es el momento que le dedicamos en la misa a la proclamación
y reflexión de la Palabra de Dios. Cuanto más entendamos la
celebración litúrgica de la Palabra, más activa y profunda será nuestra
participación. Veamos de qué se trata:
En la Liturgia de la Palabra de las celebraciones realizadas los
sábados por la tarde y los domingos, se leen distintos fragmentos de
la Biblia. El lugar destinado a la proclamación de la Palabra de Dios es
el ambón.

La primera lectura
Un lector pasa a leer una lectura del Antiguo Testamento. Esta lectura nos sirve para
entender muchas de las cosas que hizo y dijo Jesús.
Al terminar, el lector dice “Es Palabra de Dios” y el resto responde “Te alabamos,
Señor”.
Salmo responsorial
Generalmente, la misma persona lee el salmo (perteneciente al Libro de los Salmos del
Antiguo Testamento) que responde a la primera lectura. El salmo está conformado por
estrofas y la respuesta las estrofas, que repiten los fieles al finalizar cada estrofa.

3
La segunda lectura
Otro lector pasa al ambón a leer un pasaje de los Hechos de los Apóstoles o de las
cartas que escribieron los primeros apóstoles (Nuevo Testamento).
Esta segunda lectura nos sirve para conocer cómo vivían los primeros cristianos y
cómo explicaban a los demás las enseñanzas de Jesús. Esto nos ayuda a conocer y entender
mejor lo que Jesús nos enseñó. También nos ayuda a entender muchas tradiciones de la
Iglesia.
Al terminar, el lector dice “Es Palabra de Dios” y el resto responde “Te alabamos,
Señor”.
Aleluya
Se canta el aleluya, que es un canto alegre que recuerda la Resurrección.
El Evangelio
Se toma un pasaje de alguno de los cuatro Evangelios y narra una pequeña parte de la
vida o las enseñanzas de Jesús. Es aquí donde podemos conocer cómo era Jesús, qué sentía,
qué hacía, cómo enseñaba, qué nos quiere transmitir. Esta lectura la hace el sacerdote o el
diácono.
Antes de empezar a leer, el sacerdote anuncia aquello que se va a proclamar: “Lectura
del Evangelio según San Mateo/Marcos/Lucas/Juan”, momento en el cual nos
persignamos, haciendo tres cruces con nuestro dedo pulgar de la mano derecha: una cruz en
la frente, otra en los labios y otra en el pecho. Realizamos esto, como un signo de que
queremos que la Palabra de Dios entre en nuestra mente, se aloje en nuestros labios para que
luego salgamos a compartirlo con los demás y, además, permanezca en nuestro corazón
como un fuego que no se apaga.
Al terminar, el sacerdote dice “Es Palabra del Señor” y el resto responde “Gloria a ti,
Señor Jesús”.
Homilía
El sacerdote, luego de leer el Evangelio, realiza la homilía, una explicación de las
Lecturas.
Profesión de fe
Todos en la Celebración recitan el Credo, en respuesta a la Palabra de Dios y,
profesando la norma de su fe, es decir, en qué creen.
Oración universal
En la oración universal u oración de los
fieles, el Pueblo ruega por todos los hombres y
mujeres (Papa, Iglesia, Estado, necesidades
diversas de la comunidad). Todos los reunidos en
la Celebración expresan su súplica con una
invocación común, que se dice después de cada
intención.
En este momento, pasan una o varias
personas a leer las intenciones de la Celebración.

4
Trabajo Práctico: Liturgia de la Palabra
1) Releer acerca la Liturgia de la Palabra
2) Realizar una guía o “machete” en una hoja aparte en la cual escribas a mano los
momentos, en orden cronológico, de los Ritos Iniciales y de la Liturgia de la Palabra,
con aquellas palabras claves que te ayuden a disponerte en el encuentro de Jesús. Así
mismo, tienen que estar presentes las respuestas ya establecidas.
La idea de esta guía es que sea bien práctica y te acompañe en las distintas
Celebraciones que tengas. ¡Hacelo lo más prolijo que puedas!
Ojo, no escribas definiciones ni textos largos, que sea algo bien accesible a la vista.
3) Presentá la guía en la clase del día _________________________ y guardala bien hasta
fin de año, cuando la vamos a completar con la Liturgia de la Eucaristía y los Ritos de
Conclusión.

Criterios de evaluación:
• Presentación en tiempo y forma.
• Responsabilidad a la hora de traer los materiales necesarios y de trabajar en clase.
• Capacidad de síntesis.
• Utilización de vocabulario y conceptos aprendidos en este Eje.
• Trabajo completo, con todos los momentos solicitados.

¡Mucha suerte!

5
Eje 2: Historia del Pueblo de Dios,
desde la Conquista de la Tierra Prometida
hasta el nacimiento de Jesús
La Biblia, historia de un pueblo
Para conocer bien a una persona es necesario conocer no solo la historia personal de
ella, sino también la historia de su entorno. Por eso, encontramos que, para conocer a Jesús,
es necesario conocer la historia de su pueblo. Al mismo tiempo, si nosotros somos parte de
la Iglesia, entonces conocer acerca de la historia del pueblo de Dios, es conocer también
nuestra propia historia…
En la Biblia, conjunto de libros sagrados, vamos a encontrar la historia tanto de Jesús,
como la de su pueblo. Hagamos este recorrido, ya iniciado por ustedes el año pasado, por las
distintas etapas de la historia del pueblo de Dios…

Etapa de los Patriarcas

Dios llama a Abraham, el primero de los patriarcas, para pedirle que deje su país y se
dirija a la tierra que Él le mostrará. Abraham fue padre de Isaac, Isaac fue padre de Esaú y
Jacob. Jacob tuvo 12 hijos que dieron origen a las 12 tribus de Israel.
Algunos clanes o tribus descendientes de los patriarcas tuvieron que emigrar a Egipto
para sobrevivir.

6
Etapa de la Esclavitud en Egipto
Etapa del Éxodo
Etapa de la Conquista

Los israelitas permanecieron en Egipto 400 años. Al principio, los israelitas vivían
pacíficamente, pero más tarde fueron hechos esclavos por el faraón de Egipto y utilizados
como mano de obra para la construcción de las grandes obras públicas.
De todos los israelitas, Dios escogió a Moisés, y desde una zarza ardiente le comunicó
que debería liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto. Así, guiado por Moisés el pueblo fue
liberado, celebraron la primera Pascua y caminaron por el desierto durante 40 años hasta
llegar a la tierra prometida.
En el monte Sinaí, Dios le entregó a Moisés los 10 Mandamientos, con los que se sellaba
la Alianza de Dios con su Pueblo.

La Etapa de la Conquista comienza con la llegada a la Tierra Prometida. Después de


40 años de peregrinación por el desierto, guiados por Moisés, los israelitas finalmente
llegaron a las fronteras de la Tierra Prometida, Canaán. Moisés no pudo entrar en la tierra
debido a una orden de Dios, así que el liderazgo pasó a Josué, su fiel servidor. Josué fue
instruido por Dios para llevar al pueblo a través del río Jordán hacia la tierra que había sido
prometida a Abraham y sus descendientes. Este evento marcó el comienzo de una nueva fase
en la historia del pueblo de Israel, ya que se preparaban para asentarse y establecerse en la
tierra que consideraban su herencia divina.

7
“Después de la muerte de Moisés, el servidor del Señor, el Señor dijo a Josué, hijo de Nun y
ayudante de Moisés:
«Mi servidor Moisés ha muerto. Ahora levántate y cruza el Jordán con todo este pueblo, para
ir hacia la tierra que yo daré a los israelitas. Yo les entrego todos los lugares donde ustedes
pondrán la planta de sus pies, como se lo prometí a Moisés. El territorio de ustedes se
extenderá desde el desierto y desde el Líbano hasta el Gran Río, el río Eufrates, y hasta el
Gran Mar, al occidente. Mientras vivas, nadie resistirá delante de ti; yo estaré contigo como
estuve con Moisés: no te dejaré ni te abandonaré. Sé valiente y firme: tú vas a poner a este
pueblo en posesión del país que yo les daré, porque así lo juré a sus padres. Basta que seas
fuerte y valiente, para obrar en todo según la Ley que te dio Moisés, mi servidor. No te
apartes de ella ni a la derecha ni a la izquierda, y así tendrás éxito en todas tus empresas.
Que el libro de esta Ley nunca se aparte de ti: medítalo día y noche, para obrar fielmente en
todo conforme a lo que está escrito en él. Así harás prosperar tus empresas y tendrás éxito.
¿Acaso no soy yo el que te ordeno que seas fuerte y valiente? No temas ni te acobardes,
porque el Señor, tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas».” (Jos 1, 1-9)

La primera gran ciudad que


encontraron los israelitas fue
Jericó, una fortaleza bien
defendida. Según la Biblia, Dios
instruyó a Josué a llevar al ejército
de Israel en un curioso asedio:
marchar alrededor de la ciudad
una vez al día durante seis días y
siete veces el séptimo día, al sonar
las trompetas, las murallas de
Jericó se derrumbaron
milagrosamente, permitiendo a
los israelitas tomar la ciudad. Esta
victoria inicial no solo fue crucial
en términos militares, sino que
también sirvió para fortalecer la fe
del pueblo en la promesa de Dios
y en el liderazgo de Josué.
Tras la conquista de Jericó y
otras ciudades importantes, Josué
procedió a dividir la tierra entre
las doce tribus de Israel. Este
proceso de distribución de tierras
fue guiado por el sorteo y la
consulta a Dios, asegurando que
cada tribu recibiera su porción
justa. Las tribus de Rubén, Gad y
la media tribu de Manasés

8
recibieron tierras al este del Jordán, mientras que las otras tribus se establecieron en la tierra
al oeste del Jordán. Esta distribución permitió a cada tribu establecerse, cultivar la tierra y
comenzar a construir una vida estable en su nueva patria.
La conquista de Canaán no fue un proceso sencillo ni rápido. A pesar de las victorias
iniciales, los israelitas enfrentaron resistencia continua de los pueblos cananeos que
habitaban la tierra. Además, surgieron conflictos internos entre las tribus, ya que cada una
buscaba establecerse y proteger sus propios intereses. La unificación bajo un liderazgo
centralizado se complicaba debido a la estructura tribal de Israel. Josué y otros líderes
tuvieron que trabajar arduamente para mantener la unidad y el propósito común entre las
tribus.
Después de la muerte de Josué, Israel entró en un período en el que no tenía un
liderazgo centralizado fuerte. Dios levantó jueces para liderar y defender a las tribus en
tiempos de crisis. Estos jueces eran líderes carismáticos que guiaban a los israelitas en la
batalla contra sus enemigos y también les recordaban su fidelidad a la Alianza con Dios. Sin
embargo, este período también estuvo marcado por ciclos de desobediencia a Dios, opresión
por parte de los enemigos, arrepentimiento y liberación. Este ciclo recurrente subrayó la
necesidad de un liderazgo más permanente y estable, lo que eventualmente llevó al
establecimiento de la monarquía en Israel.
Esta etapa de la conquista es crucial en la historia del pueblo de Dios porque estableció
las bases para la identidad nacional de Israel y su relación continua con Dios. La lucha por
la Tierra Prometida y los desafíos que enfrentaron moldearon la fe y la cultura del pueblo
israelita.

9
Etapa de la Monarquía
Etapa de la División

La Etapa de la Monarquía comenzó con la insistencia


del pueblo de Israel en tener un rey, como las naciones vecinas. Ungir: Aplicar aceite
Hasta ese momento, Israel había sido guiado por jueces, líderes sobre una persona o un
objeto como signo de
temporales que surgían en tiempos de crisis. Samuel, el último
consagración, elección o
de los jueces y también el primer profeta, fue quien ungió al bendición divina. En la
primer rey de Israel, Saúl, siguiendo la instrucción de Dios. Biblia, ungir simboliza
Saúl, conocido por establecer el poder militar de la monarquía, que Dios aparta a alguien
aunque comenzó su reinado con éxito, rápidamente se desvió para una misión especial.
de los mandatos divinos. Esto llevó a su rechazo por parte de
Dios.

“Un día antes de la llegada de Saúl, el Señor había hecho a Samuel esta revelación:
«Mañana, a la misma hora, te enviaré a un hombre del país de Benjamín; tú lo ungirás como jefe
de mi pueblo Israel, y él salvará a mi pueblo del poder de los filisteos. Porque yo he visto la
aflicción de mi pueblo, y su clamor ha llegado hasta mí».” (1Sam 9, 15-17)

Después del fracaso de Saúl, Dios eligió a David, un joven pastor de Belén, para ser
el nuevo rey. David es considerado uno de los más grandes reyes de Israel. Conocido por su
valentía (mostrada en la derrota de Goliat) y su devoción a Dios, David unificó las tribus de
Israel y estableció Jerusalén como la capital del reino. Durante su reinado, David consolidó y
expandió el territorio israelita, estableciendo el poder económico de la monarquía, y su
reinado se caracteriza por un fuerte sentido de justicia y una profunda relación con Dios.

10
“Entonces Samuel preguntó a Jesé: «¿Están aquí todos los muchachos?».
El respondió: «Queda todavía el más joven, que ahora está apacentando el rebaño».
Samuel dijo a Jesé: «Manda a buscarlos, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que llegue
aquí».
Jesé lo hizo venir: era de tez clara, de hermosos ojos y buena presencia.
Entonces el Señor dijo a Samuel: «Levántate y úngelo, porque es este».
Samuel tomó el frasco de óleo y lo ungió en presencia de sus hermanos. Y desde aquel día, el
espíritu del Señor descendió sobre David. Samuel, por su parte, partió y se fue a Ramá.”
(1Sam 16, 11-13)
“Hace ya mucho tiempo, cuando aún teníamos como rey a Saúl, eras tú el que conducía a
Israel. Y el Señor te ha dicho: «Tú apacentarás a mi pueblo Israel y tú serás el jefe de Israel».”
(2Sam 5, 2)

David fue sucedido por su hijo Salomón, quien es


Idolatría: Dar culto o
conocido por su sabiduría y por construir el primer Templo en adoración a dioses falsos,
Jerusalén, un centro espiritual y nacional para el pueblo de imágenes o cualquier
Israel. Salomón, quien estableció el poder religioso de la cosa en lugar del único
monarquía, expandió aún más el reino y estableció relaciones Dios verdadero. En la
Biblia, la idolatría es vista
diplomáticas con otras naciones, trayendo una era de paz y
como una traición a la
prosperidad. Sin embargo, hacia el final de su reinado, Salomón Alianza con Dios.
se desvió de los caminos de Dios, permitiendo la idolatría
influenciada por sus muchas esposas extranjeras.

“Y si vas por mis caminos, observando mis preceptos y mis mandamientos, como lo hizo tu
padre David, también te daré larga vida».” (1Re 3, 14)
“Cuatrocientos ochenta años después que los israelitas salieron del país de Egipto, en el cuarto
año del reinado de Salomón sobre Israel, en el mes de Ziv –que es el segundo mes– Salomón
comenzó a construir la Casa del Señor.” (1Re 6, 1)

La etapa de la monarquía es fundamental para entender la historia de Israel, ya que


durante este período se establecieron estructuras políticas, sociales y religiosas que
influenciaron profundamente la identidad y fe del pueblo de Dios.

La Etapa de la División del reino de Israel se produjo después de la muerte del rey
Salomón, alrededor del año 930 a.C. El reino se dividió debido a una combinación de factores,
vinculados con conflictos internos y la insatisfacción del pueblo con el gobierno centralizado
y las cargas fiscales impuestas por Salomón. Estas últimas generaron descontento entre las
tribus del norte. Roboam, hijo de Salomón, asumió el trono y rechazó las peticiones de alivio
fiscal del pueblo, lo que llevó a las diez tribus del norte a rebelarse y separarse. Estas tribus
proclamaron rey a Jeroboam, un antiguo oficial de Salomón, estableciendo así el Reino del
Norte, conocido como Israel, mientras que las tribus de Judá y Benjamín permanecieron
leales a Roboam, formando el Reino del Sur, conocido como Judá. Esta división debilitó
significativamente a ambos reinos, haciéndolos vulnerables a las amenazas externas.

11
Reino del Norte (Israel) → 10 tribus → capital: Samaria → rey Jeroboam

Reino del Sur (Judá) → 2 tribus → capital: Jerusalén → rey Roboam

El Reino del Norte, con su capital en


Samaria, tuvo una existencia turbulenta y llena
de conflictos. Jeroboam, el primer rey del Reino
del Norte, introdujo prácticas de idolatría para
evitar que su pueblo viajara a Jerusalén en Judá
para adorar en el Templo, temiendo que esto
pudiera debilitar su poder. Los sucesivos reyes
de Israel, en su mayoría, continuaron con estas
prácticas idolátricas, alejándose de los mandatos
de Dios. Esto llevó a una constante inestabilidad
política, con numerosos golpes de estado y
cambios de dinastía. Finalmente, en el año 722
a.C., el Reino de Israel fue conquistado por los
asirios, y gran parte de su población fue
deportada, marcando el fin de este reino.
El Reino de Judá, con su capital en
Jerusalén, tuvo una historia más estable en
comparación con el Reino del Norte, en gran
parte debido a la continuidad de la dinastía
davídica (del rey David). Aunque algunos reyes
de Judá también cayeron en la idolatría, hubo
varios reyes justos y reformadores como
Ezequías y Josías, que intentaron restaurar la adoración a Yahvé y eliminar las prácticas
idolátricas. Judá sobrevivió como reino independiente más tiempo que Israel, pero
finalmente sucumbió a las fuerzas de Babilonia. En 586 a.C., Jerusalén fue conquistada, el
Templo fue destruido y muchos judíos fueron llevados al exilio en Babilonia.
Durante la época de la división, Dios levantó a numerosos profetas para advertir,
guiar y consolar a su pueblo. En el Reino del Norte, profetas como Elías y Eliseo desafiaron
directamente a los reyes y denunciaron la idolatría. En Judá, profetas como Isaías y Jeremías
llamaron a la nación al arrepentimiento y predijeron la eventual destrucción y exilio debido
a la desobediencia. Estos profetas también ofrecieron esperanza, hablando de un futuro
regreso del exilio y la restauración del pueblo de Dios.
La división del reino tuvo consecuencias duraderas para la historia del pueblo de Dios.
La caída del Reino del Norte dispersó a las diez tribus, muchas de las cuales se asimilaron en
otras culturas y nunca regresaron como una entidad unificada. El reino de Judá, aunque
restaurado después del exilio babilónico, nunca recuperó completamente la autonomía y
permaneció bajo el dominio de potencias extranjeras. Esta división y las experiencias del
exilio y retorno marcaron profundamente la identidad y la teología de Israel, preparando el
camino para el período del Segundo Templo y las esperanzas mesiánicas que culminarían en
la llegada de Jesús.

12
“Ajab mandó buscar a todos los israelitas y reunió a los profetas sobre el monte Carmelo.
Elías se acercó a todo el pueblo y dijo: «¿Hasta cuándo van a andar rengueando de las dos
piernas? Si el Señor es Dios, síganlo; si es Baal, síganlo a él.» Pero el pueblo no le respondió ni
una palabra. Luego Elías dijo al pueblo: «Como profeta del Señor, he quedado yo solo, mientras
que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta. Traigamos dos novillos; que ellos se elijan
uno, que lo despedacen y lo pongan sobre la leña, pero sin prender fuego. Yo haré lo mismo con
el otro novillo: lo pondré sobre la leña y tampoco prenderé fuego. Ustedes invocarán el nombre
de su dios y yo invocaré el nombre del Señor: el dios que responda enviándome fuego, ese es
Dios». Todo el pueblo respondió diciendo: «¡Está bien!».
Elías dijo a los profetas de Baal: «Elíjanse un novillo y prepárenlo ustedes primero, ya que son
los más numerosos; luego invoquen el nombre de su dios, pero no prendan fuego». Ellos tomaron
el novillo que se les había dado, lo prepararon e invocaron el nombre de Baal desde la mañana
hasta el mediodía, diciendo: «¡Respóndenos, Baal!». Pero no se oyó ninguna voz ni nadie que
respondiera. Mientras tanto, danzaban junto al altar que habían hecho.
Al mediodía, Elías empezó a burlarse de ellos, diciendo: «¡Griten bien fuerte, porque es un dios!
Pero estará ocupado, o ausente, o se habrá ido de viaje. A lo mejor está dormido y se despierta».
Ellos gritaron a voz en cuello y, según su costumbre, se hacían incisiones con cuchillos y
punzones, hasta chorrear sangre. Y una vez pasado el mediodía, se entregaron al delirio profético
hasta la hora en que se ofrece la oblación. Pero no se oyó ninguna voz, ni hubo nadie que
respondiera o prestara atención.
Entonces Elías dijo a todo el pueblo: «¡Acérquense a mí!». Todo el pueblo se acercó a él, y él
restauró el altar del Señor que había sido demolido: tomó doce piedras, conforme al número de
los hijos de Jacob, a quien el Señor había dirigido su palabra, diciéndole: «Te llamarás Israel», y
con esas piedras erigió un altar al nombre del Señor. Alrededor del altar hizo una zanja, como
un surco para dos medidas de semilla.
Luego dispuso la leña, despedazó el novillo y lo colocó sobre la leña. Después dijo: «Llenen de
agua cuatro cántaros y derrámenla sobre el holocausto y sobre la leña». Así lo hicieron. El añadió:
«Otra vez». Lo hicieron por segunda vez, y él insistió: «Una vez más». Lo hicieron por tercera
vez. El agua corrió alrededor del altar, y hasta la zanja se llenó de agua.
A la hora en que se ofrece la oblación, el profeta Elías se adelantó y dijo: «¡Señor, Dios de
Abraham, de Isaac y de Israel! Que hoy se sepa que tú eres Dios en Israel, que yo soy tu servidor
y que por orden tuya hice todas estas cosas. Respóndeme, Señor, respóndeme, para que este
pueblo reconozca que tú, Señor, eres Dios, y que eres tú el que les ha cambiado el corazón».
Entonces cayó el fuego del Señor: Abrazó el holocausto, la leña, las piedras y la tierra, y secó el
agua de la zanja. Al ver esto, todo el pueblo cayó con el rostro en tierra y dijo: «¡El Señor es Dios!
¡El Señor es Dios!».” (1 Re 18, 20-39)

13
Etapa del Destierro
Etapa Persa

La Etapa del Destierro, también conocida como el exilio babilónico, comenzó cuando
el Reino de Judá fue conquistado por el Imperio Babilónico bajo el rey Nabucodonosor II. La
ciudad de Jerusalén fue sitiada, su Templo fue destruido, y una gran parte de la población
judía fue deportada a Babilonia. Este evento marcó un punto de inflexión traumático en la
historia de Israel, ya que no solo perdieron su hogar y su lugar sagrado de adoración, sino
que también se vieron obligados a vivir en una tierra extranjera bajo el dominio de un poder
pagano.

Destrucción del Templo de Jerusalén


En Babilonia, los exiliados judíos enfrentaron el desafío de mantener su identidad y
fe en medio de una cultura y religión extranjeras. A pesar de estar lejos de su tierra natal,
muchos judíos se adaptaron y prosperaron en su nuevo entorno. Sin embargo, el exilio fue
también un tiempo de profunda reflexión y renovación espiritual. Profetas como Ezequiel

14
y Daniel emergieron durante este período, proporcionando guía y esperanza a los exiliados.
Ezequiel, por ejemplo, tuvo visiones que reafirmaban la presencia de Dios con su pueblo
incluso en el exilio, mientras que Daniel demostró que era posible ser fiel a Dios aun en un
entorno hostil.
Durante el exilio, los profetas no solo advirtieron sobre el juicio debido a la
desobediencia, sino que también ofrecieron mensajes de esperanza y restauración. Jeremías,
que había profetizado sobre la caída de Jerusalén, también habló de un futuro en el que Dios
haría un nuevo pacto con su pueblo. Isaías proclamó la eventual liberación y regreso a la
tierra prometida. Estas profecías jugaron un papel crucial en mantener la fe y la esperanza
entre los judíos exiliados.

“Porque así habla el Señor: Una vez que se hayan cumplido setenta años para Babilonia, yo los
visitaré y realizaré en favor de ustedes mi promesa, haciéndolos volver a este lugar. Porque yo
conozco muy bien los planes que tengo proyectados sobre ustedes –oráculo del Señor–: son
planes de prosperidad y no de desgracia, para asegurarles un porvenir y una esperanza.
Entonces, cuando ustedes me invoquen y vengan a suplicarme, yo los escucharé; cuando me
busquen, me encontrarán, porque me buscarán de todo corazón” (Jer 29, 10-13)

El exilio babilónico terminó cuando el Imperio Persa, liderado por Ciro el Grande,
conquistó Babilonia. Ciro permitió a los judíos regresar a su tierra natal y reconstruir el
Templo de Jerusalén, decretando el Edicto de Ciro. Este acto de liberación fue visto como un
cumplimiento de las promesas proféticas y un signo de la fidelidad de Dios. Los judíos
regresaron en varias oleadas, enfrentando la difícil tarea de reconstruir no solo el Templo
sino también su sociedad y su vida religiosa.
El período del exilio tuvo un impacto duradero en la
Sinagoga: Lugar de
identidad y la teología del pueblo judío. La experiencia del exilio
reunión y oración en la
y la restauración fortaleció su fe en un Dios que no estaba tradición judía, dedicado
limitado por el espacio y que podía actuar en cualquier lugar. al estudio de la Escritura y
Además, el exilio impulsó el desarrollo del judaísmo como una la celebración de la fe.
religión centrada en las Escrituras y la sinagoga, en lugar de
únicamente en el Templo.

La Etapa Persa en la historia del pueblo de Dios comenzó cuando el Imperio Persa,
liderado por Ciro el Grande, conquistó Babilonia. Este evento marcó un cambio significativo
para los judíos exiliados en Babilonia. Ciro el Grande, conocido por su política de tolerancia
religiosa y administrativa, emitió un decreto que permitía a los pueblos conquistados,
incluidos los judíos, regresar a sus tierras de origen y reconstruir sus templos. Este edicto
permitió que los judíos comenzaran a regresar a Jerusalén y marcó el inicio del período
conocido como el retorno del exilio.
El retorno a Jerusalén se produjo en varias oleadas. La primera fue liderada por
Zorobabel, quien se centró en la reconstrucción del Templo de Jerusalén. La construcción
del Segundo Templo fue un proyecto crucial que restauró un centro espiritual y cultural
para los judíos. A pesar de la oposición y los desafíos de los pueblos vecinos, el Templo fue
finalmente completado en el 516 a.C. Durante este tiempo, el profeta Hageo y el profeta
Zacarías animaron al pueblo a continuar con la obra y a mantener su fe en Dios.

15
Más tarde, figuras como Esdras y Nehemías desempeñaron roles vitales en la
restauración no solo del Templo, sino también de la vida religiosa y social en Judá. Esdras,
un escriba y sacerdote, llevó a cabo una serie de reformas religiosas, enfatizando la
importancia de la Ley de Moisés y promoviendo la pureza religiosa y cultural. Nehemías,
por su parte, fue nombrado gobernador y se encargó de reconstruir los muros de Jerusalén,
protegiendo así la ciudad de amenazas externas. Ambos líderes trabajaron para reforzar la
identidad judía y asegurarse de que las prácticas y tradiciones religiosas se mantuvieran
vivas.

“Esdras era un escriba muy versado en la Ley de Moisés, que había sido dada por el Señor,
el Dios de Israel. Como la mano del Señor, su Dios, estaba con él, el rey le concedió todo lo
que pedía. El séptimo año del reinado de Artajerjes, subieron a Jerusalén un buen número
de israelitas, de sacerdotes, de levitas, de cantores, de porteros y de empleados del Templo.
Esdras llegó a Jerusalén en el quinto mes del séptimo año del reinado de Artajerjes. Él había
decidido salir de Babilonia el primer día del primer mes, y llegó a Jerusalén el primer día del
quinto mes, porque la mano bondadosa del Señor, su Dios, estaba sobre él. Esdras se había
dedicado de todo corazón a investigar la Ley del Señor, a practicarla, y a enseñar en Israel
sus preceptos y sus normas.” (Esd 7, 6-10)

“Entonces dije: «Ustedes ven en qué lamentable situación nos encontramos. Jerusalén esté
en ruinas y sus puertas incendiadas. ¡Reconstruyamos las murallas de Jerusalén, y no
seremos más objeto de oprobio!». Luego les expliqué cómo la mano bondadosa de mi Dios
había estado sobre mí y también les comuniqué las palabras que me había dicho el rey.
«¡Vamos, dijeron ellos, pongámonos a trabajar!». Y emprendieron esta buena obra con toda
decisión.” (Ne 2, 17-18)

La etapa persa dejó un legado duradero en la historia judía. El retorno del exilio y la
reconstrucción del Templo renovaron el sentido de identidad y misión del pueblo de Dios.
La influencia persa también introdujo ciertos elementos culturales y administrativos que
perduraron en la vida judía. Este período preparó el terreno para el desarrollo del judaísmo
del Segundo Templo y estableció las bases para las expectativas mesiánicas y la llegada de
Jesús. La política de tolerancia religiosa y apoyo a la restauración judía bajo los persas fue
vista por muchos judíos como una manifestación de la providencia divina en la historia de
su pueblo.

16
Los profetas de la actualidad
Ya vimos, a partir de varios casos concretos que, a lo largo de la historia del pueblo de
Dios, los profetas cumplían diversas misiones: anunciaban, denunciaban, ayudaban… Hoy
día, la Iglesia es la que sigue cumpliendo misiones proféticas: anuncia el mensaje de
Salvación de Dios, denuncia las injusticias y ayuda a las personas que las padecen.
La Iglesia constantemente a la Por ejemplo…
anuncia humanidad el mensaje
amoroso de Salvación de
Dios.
Todos los bautizados tienen la
responsabilidad de dar a
conocer este mensaje a través
de palabras y acciones.
La Iglesia las situaciones injustas que no Por ejemplo…
denuncia han sido queridas por Dios y
que han sido provocadas por
algunas personas.
La Iglesia actuando para remediar estas Por ejemplo…
ayuda situaciones injustas.
El servicio a los necesitados
siempre ha formado parte de
la Iglesia.
La Iglesia plantea que todos los cristianos estamos llamados a ser profetas… Vos, ¿cómo podés
ser profeta?
Animate a pensar en 5 ejemplos de los tipos de ayuda que podés dar en tu casa, en el colegio,
con tus amigos… para cumplir tu misión profética.

1.

2.

3.

4.

5.

17
Etapa Griega
Etapa Romana

La Etapa Griega en la historia del pueblo de Dios comenzó con la conquista de


Alejandro Magno en el 332 a.C. Alejandro, en su ambición de crear un gran imperio, derrotó
al Imperio Persa y se apoderó de sus territorios, incluida Judea. Su política de helenización,
que promovía la cultura griega en todos los territorios conquistados, tuvo un impacto
significativo en la región. Alejandro permitió cierta autonomía a los judíos y respetó su
religión, pero la influencia de la cultura griega comenzó a permear en la vida judía.
Tras la muerte de Alejandro Magno, su imperio se dividió entre sus generales, y Judea
cayó inicialmente bajo el control de los Ptolomeos de Egipto y luego de los Seléucidas de
Siria. Durante el dominio seléucida la helenización se intensificó, especialmente cuando su
rey intentó imponer las costumbres y la religión griegas a los Profanación: Acto de
judíos, prohibiendo prácticas religiosas judías y profanando el deshonrar o tratar sin
Templo de Jerusalén al dedicarlo a Zeus. Esta opresión llevó a respeto algo sagrado.
una fuerte resistencia por parte de los judíos.
La revuelta de los Macabeos fue una respuesta directa a la persecución religiosa bajo
el dominio seléucida. En 167 a.C., Matatías (un sacerdote judío) y sus hijos, liderados por
Judas Macabeo, iniciaron una rebelión contra los seléucidas. Esta revuelta, que combinó
fervor religioso y tácticas militares astutas, logró recuperar Jerusalén y purificar el Templo
en 164 a.C., evento conmemorado por la festividad de Janucá. La victoria de los Macabeos
resultó en la instauración de la dinastía asmonea, que gobernó Judea con una independencia
considerable durante aproximadamente un siglo.

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“El sucesor de Matatías fue su hijo Judas, llamado Macabeo. Todos sus hermanos y los que
habían seguido a su padre le prestaron apoyo y combatieron con entusiasmo por Israel. El
extendió la gloria de su pueblo y se revistió de la coraza como un héroe; se ciñó sus armas de
guerra y libró batallas, protegiendo al ejército con su espada. Fue como un león por sus
hazañas, como un cachorro que ruge ante su presa. Persiguió implacablemente a los impíos y
entregó a las llamas a los perturbadores de su pueblo. Los impíos se acobardaron ante él,
temblaron todos los que hacían el mal, y gracias a él se logró la salvación. Puso en aprieto a
muchos reyes, alegó a Jacob con sus proezas, y su memoria será eternamente bendecida.
Recorrió las ciudades de Judá, exterminó de ellas a los impíos y apartó de Israel la ira de Dios.
Su fama llegó hasta los confines de la tierra, y congregó a los que estaban a punto de perecer.”
(1Mac 3, 1-9)

Bajo los asmoneos, Judea experimentó un período de independencia y expansión


territorial. Sin embargo, la influencia de la cultura helenística no desapareció por completo.
Algunos sectores de la sociedad judía, especialmente entre la élite, continuaron adoptando
costumbres griegas, lo que provocó tensiones internas entre los helenizantes y los
tradicionalistas. Esta dicotomía interna afectó la política y la vida religiosa de Judea.
La helenización dejó una marca duradera, visible en el idioma (el griego koiné se
convirtió en una lengua común) y en aspectos culturales y filosóficos que persistieron hasta
la época del Nuevo Testamento. La etapa griega fue un período de grandes desafíos y
cambios para el pueblo de Dios, marcado por la lucha por mantener la identidad y la fe
judía frente a la poderosa influencia de la cultura griega. La resistencia contra la helenización
y las victorias de los Macabeos son testimonio del espíritu de lucha y la devoción de los judíos
a su religión y tradiciones.

La Etapa Romana en la historia del pueblo de Dios comenzó en el 63 a.C. cuando el


general romano Pompeyo el Grande conquistó Jerusalén y anexó Judea como parte del
Imperio Romano. Esta conquista marcó el fin de la independencia judía lograda bajo los
asmoneos y el inicio de un período de dominación extranjera. Los romanos administraron
Judea inicialmente a través de gobernadores locales, permitiendo cierta autonomía, pero con
el tiempo, incrementaron su control directo. Herodes el Grande, un rey cliente de Roma, fue
nombrado rey de Judea y gobernó con mano dura desde el 37 a.C. hasta su muerte en el 4
a.C. Su reinado se caracterizó por grandes proyectos de construcción, incluido el
expansionismo y embellecimiento del Templo de Jerusalén, pero también por la represión
y la crueldad.
La vida bajo el dominio romano presentó numerosos desafíos para los judíos. Los
impuestos elevados y la presencia militar romana generaron tensiones y resentimientos.
Además, aunque los romanos permitieron la práctica de la religión judía, intervinieron en
asuntos del Templo y en el nombramiento de sumos sacerdotes, lo que exacerbó las
divisiones internas. La sociedad judía de la época estaba marcada por la diversidad de
movimientos religiosos y políticos, incluidos los fariseos, saduceos, esenios y zelotes, cada
uno con su visión de cómo debería ser la vida bajo el yugo romano y la correcta práctica del
judaísmo.
En este contexto de dominio romano y tensión social, nació y predicó Jesús de
Nazaret. Jesús proclamó el Reino de Dios, compartiendo la Buena Noticia a numerosas

19
personas a través de enseñanzas, milagros y, sobre todo, su
testimonio de amor y salvación. Sin embargo, su creciente
influencia fue vista con preocupación tanto por las
autoridades religiosas judías como por los romanos. En el
año 30 d.C., Jesús fue arrestado y crucificado por orden del
procurador romano Poncio Pilato. Después de la
resurrección de Jesús, sus discípulos continuaron su obra
y, así, la Buena Noticia se expandió rápidamente por el
Imperio Romano.

Trabajo Práctico:
La Historia de Salvación a la Luz de la Fe
1) Releer lo trabajado en la carpeta y el apunte en este Eje 2.
2) Realizar una línea del tiempo (mejor si es en hoja apaisada u horizontal) en la cual
estén las siete Etapas que trabajamos este año de la Historia de Salvación.
3) Anotar en cada una de las Etapas en la línea del tiempo tres conceptos claves y las
personas que toman más protagonismo (en cada Etapa).
4) Por último, anotar en cada Etapa, ¿qué crees que nos enseña, a nosotros hoy, cada
Etapa acerca de Dios y nuestro vínculo con Él?
Recomendación: hacer los puntos 3 y 4 en lápiz para luego de corregir, dejarlo bien asentado en lapicera.

Criterios de evaluación:
• Responsabilidad a la hora de traer los materiales necesarios y de trabajar en clase.
• Respuestas pertinentes a las consignas.
• Presentación en tiempo y forma.
• Capacidad de reflexión.
• Capacidad de síntesis.

¡Mucha suerte!

20
Eje 3: Las 7 Alianzas entre Dios y la humanidad
En toda la Biblia es esencial el concepto de alianza. De hecho, toda la Sagrada Escritura
narra la historia de la alianza de Dios con la humanidad. El término “alianza”, por su
etimología, significa la unión de dos o más partes para conseguir un objetivo común; un
pacto bilateral por lo que cada parte asume unas obligaciones mutuas. Sin embargo, una
alianza es algo más que un simple contrato entre las partes; la alianza establece unos vínculos
que sobrepasan el mero pacto, une a las partes en una relación familiar. Los contratos se
firman para delimitar qué pertenece a cada uno y, se rompen cuando una de las partes
incumple lo pactado. Por su parte, las alianzas unen personas de un modo permanente.
El concepto de alianza en la Biblia hace referencia a la relación entre Dios y los
hombres, en el cual siempre es Dios mismo quien toma la iniciativa y exige una bilateralidad,
es decir, en las distintas alianzas que se narran en la Biblia se hace hincapié más en la relación
mutua que en los compromisos mismos.
Esta alianza es una iniciativa de Dios por puro amor a la humanidad, ya que no es un
pacto entre iguales. Incluso, la gran particularidad de la alianza de Dios con la humanidad
es que esta alianza y sus promesas se mantienen a pesar de las continuas infidelidades del
género humano.
La alianza de Dios une a las personas en una unión perpetua.
El número 7 en la Biblia simboliza la plenitud, por lo que en la Sagrada Escritura se
pueden distinguir, como no podía ser de otro modo, siete alianzas entre Dios y la humanidad.
Cada una de estas alianzas se establecen a través de un mediador y, aunque cada alianza
refleja una promesa de Dios hacia toda la humanidad, cada una de ellas toma la forma de
una relación social más amplia.

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La primera alianza que aparece en la Biblia es la alianza de Dios con Adán. En hebreo,
el nombre de Adán hace referencia a la totalidad de la raza humana, por lo que esta primera
alianza es única y, de ella, surgen todas las demás alianzas. Cuando Dios crea al hombre,
establece con él una alianza, un pacto, aunque estas palabras no se mencionan explícitamente
en la escritura. Dios se manifiesta en la creación, la cual pone el servicio del hombre para que
la cuide. Con esta alianza se establece una relación armónica entre el ser humano y la
naturaleza, entre el hombre y la mujer, entre el creador y la humanidad y Dios, a cambio,
pide obediencia.
Sin embargo, esta primera pareja rompe la alianza, por lo cual es expulsada del paraíso
y pierde la familiaridad con Dios. A pesar de esto, tras esta caída, Dios promete la salvación
anunciando un mesías.
La segunda alianza, que es la primera que aparece de forma explícita en la Biblia, es
la que se realiza tras el diluvio. La humanidad se ha corrompido y está llena de maldad y de
violencia, por lo cual Dios la castiga con el diluvio, después del cual le promete a Noé también
la salvación y un nuevo orden en el mundo. Esta promesa es sellada con una alianza de Dios
con Noé y su familia.
La tercera alianza es con Abraham y su tribu. Dios llama a Abraham, a quien promete
la tierra de Canaán y una descendencia innumerable; una alianza y una promesa que se
extiende a su estirpe y que se confirma posteriormente en Isaac y en Jacob, su descendencia.
En un primer momento lo único que se le pide a Abraham es la fe en la promesa que Dios se
compromete a cumplir. La fe de Abraham se manifiesta en su obediencia a Dios saliendo de
su tierra y, años después, en su disposición a la hora de sacrificar a su hijo.
Posteriormente, se renueva esta alianza entre Dios y Abraham: Dios pide ser
reconocido como el único dios. De este modo, Abraham se convierte en el jefe de una tribu
que será el origen del pueblo de dios.
La cuarta alianza es la que se recoge en el libro del Éxodo y, la central en la concepción
de alianza del pueblo de Israel. Los descendientes de Abraham, de Isaac y de Jacob vivían
esclavos en Egipto y, piden a Dios su liberación. Dios envía a Moisés para liberar a su pueblo
y llevarlo a la tierra prometida en la alianza con Abraham, Isaac y Jacob. Tras 10 plagas contra
Egipto, la última de ellas culmina con la liberación de los israelitas de la esclavitud.
Su pueblo ya en libertad, Dios sella una alianza con Israel, que tiene como mediador a
Moisés. En el Sinaí, las 12 tribus que tenían su origen en la alianza de Dios con los patriarcas
son elevadas a una nación consagrada a Dios. Este les da su protección y bendición y la
conservación de la tierra prometida y, su pueblo, vive de acuerdo con normas dadas por
Dios.
La quinta alianza es la alianza con David, a partir de la cual Dios le promete una
dinastía eterna, extendiéndose a todas las naciones por medio de Israel. El rey David vive en
un gran palacio en Jerusalén y decide construir un templo a Dios pero, Este, por medio del
profeta Natán rechaza esa propuesta. A cambio, ofrece a David una alianza; en ella, Dios
promete de modo incondicional, sin pedir nada a cambio, que David será el fundador de una
dinastía que reinará por siempre.
La sexta alianza es con el hijo de David, Salomón, heredero de las promesas de la
alianza de su padre, será adoptado como hijo propio de Dios. Por otro lado, el templo que el
rey David quería construir finalmente lo construye su hijo Salomón. El templo era, para los
pueblos extranjeros, el centro de su vida y de su religiosidad, porque allí guardaban a sus

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dioses. En Israel, en cambio, la función del templo iba a ser completamente diferente: Dios
no puede contenerse en un templo y no necesita un edificio para permanecer. Aunque, para
el pueblo de Israel, el templo de Jerusalén sería el signo de la presencia de Dios en medio de
su pueblo. Sin embargo, la profecía de Natán señala que es la dinastía y el trono de David y,
no el templo, el signo de la presencia y protección de Dios.
Por último, la última alianza, la séptima es la nueva alianza con toda la humanidad
en Jesucristo. Dios hace una alianza nueva y eterna cuyo sello es el cuerpo y la sangre de
Cristo y, en la que se cumple todas las promesas hechas en cada una de las seis alianzas del
Antiguo Testamento.
• La alianza con Adán se cumple en Cristo porque restaura la relación con Dios rota por
el pecado. Jesús es el nuevo modelo de hombre, en el cual el pecado (todo lo que nos
aleja de Dios y su amor) no tiene lugar.
• El diluvio de Noé fue una nueva creación que anticipó la nueva creación en el
bautismo; las aguas ya no destruyen, sino que con la nueva alianza, redimen en Cristo
por medio del bautismo.
• En la alianza con Abraham, Dios promete que todas las personas serían bendecidas a
través de Abraham y su descendencia. A través de Jesús, descendiente de Abraham,
todas las personas de todo el mundo han sido bendecidas y, por la fe en Jesucristo,
todos nos hemos convertido en herederos de la promesa de Abraham. Gracias a Jesús,
todos somos hijos del mismo Padre y pertenecemos a la gran familia de Dios.
• También Cristo lleva a cumplimiento la alianza con Moisés. Cristo es el nuevo Moisés:
Moisés libera al pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto, Jesucristo libera a toda la
humanidad del pecado y de la muerte y, con su sangre, sella la nueva alianza.
Asimismo, la justicia requerida en la ley de Moisés (los mandamientos) se da en
Jesucristo; no anula la ley que da Moisés, sino que la perfecciona desde el amor: “Les
doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado,
ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13, 34).
• La quinta alianza hecha con David se cumple en la Iglesia, que es el nuevo pueblo de
Dios y donde Jesús, descendiente directo de David, es el rey y, su reinado será eterno.
Cristo, como descendiente de David, es el único y verdadero Hijo de Dios por
naturaleza.
• Por último, la sexta alianza realizada con Salomón se cumple también en la Iglesia. El
hijo de David construyó el templo a Dios, pero Cristo es el nuevo templo, que no sólo
existe en Jerusalén, sino en todos los lugares en los que se reúnen creyentes para
celebrar la Eucaristía.

23
Eje 4: Liturgia de la Eucaristía
“Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo: «He
deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque
les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en
el Reino de Dios». Y tomando una copa, dio gracias y dijo: «Tomen y compártanla
entre ustedes. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la
vid hasta que llegue el Reino de Dios». Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y
lo dio a sus discípulos, diciendo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes.
Hagan esto en memoria mía».” Lc 22, 14-19

Como cristianos, se nos hace necesario encontrarnos con Jesús, a través de muchas
posibilidades: una oración personal, una conversación con un amigo en la que reconozco a
Jesús, un acto de bondad, entre muchísimos otros encuentros. Ser cristianos, en palabras
simples, implica encontrarnos con Jesús. En esta ocasión, nos vamos a concentrar en aquel
encuentro que Jesús mismo nos enseñó: compartir juntos la mesa del altar, aquel en la que
Él está, en Cuerpo y Sangre, a través del pan y el vino. Aprendamos un poco más sobre qué
significa todo esto, para de esta forma, poder entender y, por ende, participar activamente
de las Celebraciones Eucarísticas (misas) y, nuevamente en palabras simples, poder
encontrarnos con Jesús de esta forma tan bella.
Siguiendo el mandamiento de Jesús, como leemos al final del versículo arriba
explicitado, la Iglesia ha dispuesto en la liturgia eucarística el momento que corresponde a
las palabras y a los gestos cumplidos por Él la noche antes de su Pasión.

¡Recordemos!
La liturgia es el conjunto de signos y símbolos (acciones, objetos, gestos)
predeterminados por la Iglesia que revela una vivencia interior del encuentro con
Dios, a partir de los cuales la Iglesia se encuentra como comunidad con Dios.
Dentro de las Celebraciones Eucarísticas (las misas), encontramos dos grandes
Liturgias establecidas por la Iglesia: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la
Eucaristía. En la Liturgia de la Palabra, el Pueblo de Dios escucha con atención las
lecturas de la Biblia que previamente han sido preparadas, tal y como si fueran una
carta escrita por Dios para cada uno de nosotros. Por su parte, la Liturgia de la
Eucaristía se basa en el encuentro con Jesús Eucaristía, en el cual recibimos su Cuerpo
para entrar en comunión con él y nuestros hermanos.

Teniendo estas definiciones en cuenta y, el motivo por el cual nos adentramos en estos
contenidos, veamos en detalle cada momento de la Liturgia de la Eucaristía: sus
correspondientes explicaciones y sus fórmulas ya predeterminadas de participación, que
esconden el gran misterio del encuentro entre el ser humano y Dios.
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OFERTORIO
El momento de la Liturgia Eucarística en una misa comienza con el ofertorio. En este
momento, los dones eucarísticos (pan y vino, así como lo que se reúna en la colecta) son
llevados al altar y ofrecidos (por eso el nombre de “ofertorio”) por todos los fieles a Dios.
Sobre el altar que es Cristo llevamos lo poco de nuestros dones, el pan y el vino que
después se convertirán en Jesús mismo que se da a nosotros. Por eso es importante que, en
este momento, también presentemos a Dios todas nuestras alegrías y tristezas, nuestros
sueños y proyectos, para que todo sea transformado en su amor. Generalmente,
acompañamos este momento con un canto.
Luego, el sacerdote presenta a Dios, en representación de todos los fieles, los dones
del pan y del vino que luego, por la Consagración, se convertirán en el Cuerpo y la Sangre
del Señor.
Sacerdote Oremos, hermanos, para que este sacrificio mío y nuestro, sea agradable a Dios
Padre todopoderoso.
Pueblo El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su
nombre, para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

ORACIÓN EUCARÍSTICA
Concluido el rito de la presentación del pan y del vino, inicia la Oración Eucarística.
En este momento, debemos tener nuestros corazones bien atentos, porque Jesús se está por
hacer presente en Cuerpo y Sangre. Por eso nos ponemos de pie.
Sacerdote El Señor esté con ustedes.
Pueblo Y con tu espíritu.
Sacerdote Levantemos el corazón.
Pueblo Lo tenemos levantado hacia el Señor
Sacerdote Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
Pueblo Es justo y necesario.
El sacerdote nos invita a unirnos a él, junto a los ángeles en el cielo, para alabar y
glorificar la grandeza de Dios.
Pueblo Santo, Santo, Santo es el Señor,
(suele ser Dios del Universo.
cantado) Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
A continuación, el sacerdote irá diciendo las oraciones previas a la Consagración.

CONSAGRACIÓN
Corresponde a lo que Jesús mismo hizo, en la mesa con los apóstoles en la Última
Cena, cuando «dio gracias» sobre el pan y después el cáliz de vino: su acción de gracias revive
en cada eucaristía nuestra. En este momento, entonces, el sacerdote y el resto de los
participantes de la Celebración, hace memoria de la última cena, pronunciando las mismas
palabras de Jesús. Durante la Consagración, el Espíritu Santo transforma los dones sobre el
altar (pan y vino) en el Cuerpo y la Sangre de Jesús.
Como vemos, este es un momento clave de la Celebración Eucarística, en el cual nos
arrodillamos, como signo de respeto absoluto ante Jesucristo, nos hacemos humilde y lo
adoramos.
El sacerdote pronuncia las palabras del Señor para consagrar el pan:

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Sacerdote Tomen y coman todos de Él,
porque esto es mi cuerpo
que será entregado por ustedes.
Igualmente, consagra el vino con las palabras:
Sacerdote Tomen y beban todos de Él,
porque éste es el cáliz de mi sangre,
sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por ustedes y por muchos
para el perdón de los pecados.
Hagan esto en conmemoración mía.
Este momento es de gran felicidad para nosotros: Jesús ya está ahí, presente entre
nosotros, en su Cuerpo y en su Sangre.
Sacerdote Éste es el sacramento de nuestra fe. / Éste es el Misterio de la fe.
Pueblo Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!
Para finalizar las oraciones de la Oración Eucarística, el sacerdote toma la patena, con
la Hostia consagrada, y el cáliz, con el Vino consagrado y, sosteniéndolos elevados, dice:
Sacerdote Por Cristo, con él y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.
Pueblo Amén.

RITOS DE COMUNIÓN
Una vez que el sacerdote ha dejado el cáliz y la patena sobre el altar, nos invita a elevar
nuestra oración de Dios Padre. De pie (muchas personas también elevan los brazos hacia el
cielo) rezamos el Padre Nuestro, como Jesús nos enseñó.
Sacerdote Fieles a la recomendación del Salvador y siguiendo su divina enseñanza nos
atrevemos a decir:
Pueblo Padre nuestro que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Sacerdote Líbranos de todos los males, Señor y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Pueblo Tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor
Sacerdote Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: “La paz les dejo, mi paz les doy”,
no tengas en cuenta nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia
y, conforme a tu palabra, concédele la paz y la unidad.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Pueblo Amén.

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Sacerdote La paz del Señor esté siempre con ustedes
Pueblo Y con tu espíritu.
Luego, estamos invitados a darnos fraternalmente la paz: desearles a nuestros
hermanos la paz del Señor.
El sacerdote deja caer en el cáliz una parte del pan consagrado, para que unidos al
Señor, sea alimento de vida eterna para nosotros. Mientras tanto cantamos o recitamos:
Pueblo Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
(suele ser Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
cantado) Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz.
El sacerdote se arrodilla ante la Eucaristía, toma el pan consagrado, lo eleva y lo
muestra al pueblo, invitando a todos los fieles a participar en el banquete eucarístico.
Nosotros respondemos a esa invitación desde una actitud humilde, sabiendo que como
humanos no somos perfectos, pero Dios nos ama tal cual somos y nos espera con brazos
abiertos.
Sacerdote Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los
invitados a la cena del Señor.
Pueblo Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará
para sanarme.
Llega entonces el momento del encuentro con Jesús. La celebración de la misa está
encaminada a la Comunión, es decir, a unirnos con Jesús. Celebramos la eucaristía para
nutrirnos de Cristo, que se da a sí mismo a nosotros. Lo dice el Señor mismo: «El que come
mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él» (Jn 6, 56).
El sacerdote comulga, y luego se acerca a los que quieren comulgar. Si bien parece que
somos nosotros los que nos movemos en procesión para hacer la comunión, en realidad es
Cristo quien viene a nuestro encuentro para hacernos similar a él. Nutrirse de la eucaristía
significa dejarse modificar en lo que recibimos. Cada vez que nosotros hacemos la comunión,
nos parecemos más a Jesús, nos transformamos más en Jesús. Cuando uno recibe la eucaristía
se convierte en Cuerpo de Cristo. ¡Esto es muy bello! Mientras nos une a Cristo,
arrancándonos de nuestros egoísmos, la comunión nos abre y une a
todos aquellos que son una sola cosa en Él.
El sacerdote nos muestra la Hostia consagrada, la cual nosotros
podemos recibir en la boca o en las manos. En el caso de recibir el
Cuerpo de Cristo en nuestras manos, hay que ubicar la mano hábil
debajo de la no hábil: el sacerdote deposita a Jesús en nuestra mano
no hábil para que nosotros lo tomemos con la hábil y comulguemos
¡delante del sacerdote! No me voy a pasear con Jesús, lo recibo y
comulgo allí mismo.
Sacerdote El Cuerpo de Cristo.
Pueblo Amén.
Para recapitular, entonces, los efectos de este sacramento de la Eucaristía, donde
recibimos a Jesús Eucaristía son:
• ________________ con Jesús y ________________ más a Él.

• ________________ ________________ a Jesús, nos ________________ más a Él.

• ________________ con toda la ________________, conformando entre todos el

________________ de ________________ en el mundo.

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Generalmente, durante el momento de la comunión se vive una gran alegría. Se suele
acompañar el momento cantando una canción.
Después de comulgar, nos sentamos u arrodillamos, permanecemos tranquilos y sin
distraernos porque Jesús está con vos y vos con Él. Animate a darle ese abrazo bien fuerte
que hace tiempo querías darle, contale todo lo que se le cuenta a un mejor amigo (la salud de
tu familia, el trabajo de tus seres queridos, las notas en la escuela, las cosas que te preocupan,
los sueños que tenés), contale cuánto lo amás y cuánto lo necesitas, ¡decile todo lo que siente
tu corazón y sentí ese abrazo bien fuerte!
Mientras tanto, el sacerdote limpia la patena y el cáliz que se ha usado en la celebración
de la Eucaristía.

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Trabajo Práctico: Liturgia de la Eucaristía
1) Volver a leer acerca de la Liturgia de la Eucaristía.
2) Recuperar la guía realizada en el primer Eje acerca de la Liturgia de la Palabra.
3) Continuar la guía o “machete”, sumando la Liturgia de la Eucaristía y los Ritos de
Conclusión (buscalos en el Eje 1).
Recordá que tiene que la guía tiene que ser a mano, se deben anotar en orden
cronológico los momentos de los Ritos de Conclusión y de la Liturgia de la Eucaristía,
con aquellas palabras claves que te ayuden a disponerte en el encuentro de Jesús. Así
mismo, tienen que estar presentes las respuestas ya establecidas.
La idea de esta guía es que sea bien práctica y te acompañe en las distintas
Celebraciones que tengas. ¡Hacelo lo más prolijo que puedas!
Ojo, no escribas definiciones ni textos largos, que sea algo bien accesible a la vista.
4) Presentá la guía en la clase del día _________________________ y guardala bien para
el próximo año. Para que dure más tiempo, puede servir plastificarla, ya sea con
plástico, con un folio, con cinta transparente…

Criterios de evaluación:
• Presentación en tiempo y forma.
• Responsabilidad a la hora de traer los materiales necesarios y de trabajar en clase.
• Capacidad de síntesis.
• Utilización de vocabulario y conceptos aprendidos en este Eje.
• Trabajo completo, con todos los momentos solicitados.

¡Mucha suerte!

Bibliografía:
• El Libro del Pueblo de Dios. La Biblia (Traducción Argentina). (1990). Librería Editrice
Vaticana. Disponible en https://www.vatican.va/archive/ESL0506/_INDEX.HTM
• Arquidiócesis De Córdoba. ¡Vamos a la mesa con Jesús! 2. Itinerario de Catequesis
para la ¨Primera Comunión. PPC Cono Sur.
• Rodríguez, J. (1997). Religión Católica. Tercer ciclo de Educación General Básica (7).
Buenos Aires, E.D.B.
• Brunero, P. (2008). Catequesis Escolar Ruah 1: Educación Secundaria Básica. Buenos
Aires, E.D.B.
• Brunero, P. (2008). Catequesis Escolar Ruah 2: Educación Secundaria Básica. Buenos
Aires, E.D.B.

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