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Formación de Los Jovenes

El documento aborda la inhabitación del Espíritu Santo en el alma del justo, destacando su papel como Huésped divino que ilumina y sostiene la vida cristiana. Se menciona la promesa del don del Espíritu Santo en el contexto de la conversión y el bautismo, así como su presencia en la historia de la salvación, desde la Antigua Alianza hasta la Nueva Alianza. La inhabitación del Espíritu Santo confiere dignidad a la persona humana y transforma las relaciones interpersonales, creando una exigencia interior de vivir en el amor.
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Formación de Los Jovenes

El documento aborda la inhabitación del Espíritu Santo en el alma del justo, destacando su papel como Huésped divino que ilumina y sostiene la vida cristiana. Se menciona la promesa del don del Espíritu Santo en el contexto de la conversión y el bautismo, así como su presencia en la historia de la salvación, desde la Antigua Alianza hasta la Nueva Alianza. La inhabitación del Espíritu Santo confiere dignidad a la persona humana y transforma las relaciones interpersonales, creando una exigencia interior de vivir en el amor.
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El Espíritu Santo, Huésped divino del alma

La inhabitación
1. En una catequesis precedente había anunciado que volvería a tocar temas
relacionados con la presencia y la acción del Espíritu Santo en el alma. Temas
fundados teológicamente y ricos desde el punto de vista espiritual, que ejercen
un atractivo e, incluso una cierta fascinación sobrenatural sobre aquellas
personas que desean profundizar en su vida interior, atentas y dóciles a la voz
de Aquel que habita en ellas como en un templo y que, desde su interior, las
ilumina y las sostiene por el camino de la coherencia evangélica. En estas
almas pensaba mi predecesor León XIII cuando escribió la Encíclica Divinum
illud acerca del Espíritu Santo (9 de mayo de 1897) y, luego la carta Ad
fovendum sobre la devoción del pueblo cristiano hacia su divina Persona (18
de abril de 1902), estableciendo en su honor la celebración de una novena
especial, dirigida de modo particular a obtener el bien de la unidad de los
cristianos («ad maturandum christianae unitatis bonum»). El Papa de
la Rerum novarum era también el Papa de la devoción al Espíritu Santo, pues
sabía a qué fuente era preciso acudir para obtener la energía a fin de realizar el
bien verdadero, incluso en el ámbito social. Hacia esa misma fuente quise
atraer la atención de los cristianos de nuestro tiempo con la
encíclica Dominum et vivificantem (16 de mayo de 1986), y a ella quiero
dedicar la parte conclusiva de la catequesis pneumatológica.
2. Podemos decir que, en la base de una vida cristiana caracterizada por la
interioridad, la oración y la unión con Dios, se encuentra una verdad que
―como toda la teología y la catequesis pneumatológica― deriva de los textos
de la Sagrada Escritura y, de manera especial, de las palabras de Cristo y de
los Apóstoles: la verdad sobre la inhabitación del Espíritu Santo, como
Huésped divino, en el alma del justo.
El apóstol Pablo, en su primera carta a los Corintios (3, 16), pregunta «¿No
sabéis que... el Espíritu de Dios habita en vosotros?» Ciertamente, el Espíritu
Santo está presente y actúa en toda la Iglesia, como hemos visto en las
catequesis precedentes; pero la realización concreta de su presencia y acción
tiene lugar en la relación con la persona humana, con el alma del justo en la
que Él establece su morada e infunde el don obtenido por Cristo con la
Redención. La acción del Espíritu Santo penetra en lo más íntimo del hombre,
en el corazón de los fieles, y allí derrama la luz y la gracia que da vida. Es lo
que pedimos en la Secuencia de la misa de Pentecostés: «Luz que penetra las
almas, fuente del mayor consuelo».
3. El apóstol Pedro, a su vez, en el discurso del día de Pentecostés, tras
haber exhortado a los oyentes a la conversión y al bautismo, añade la promesa:
«Recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2, 38). Por el contexto se ve que la
promesa atañe personalmente a cada uno de los convertidos y bautizados. En
efecto, Pedro se dirige expresamente a «cada uno» de los presentes (2, 38).
Más tarde, Simón el mago pide a los Apóstoles que le hagan partícipe de su
poder sacramental, diciendo: «Dadme a mí también este poder para que reciba
el Espíritu Santo aquél a quien yo imponga las manos» (Hch 8, 19). El don
del Espíritu Santo se entiende como don concedido a cada una de las
personas. La misma constatación tiene lugar en el episodio de la conversión
de Cornelio y de su casa: mientras Pedro les explicaba el misterio de Cristo,
«el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra» (Hch 10,
44). El Apóstol reconoce, luego: «Dios les ha concedido el mismo don que a
nosotros» (Hch 11, 17). Según Pedro, la venida del Espíritu Santo significa su
presencia en aquellos a quienes se comunica.
4. A propósito de esta presencia del Espíritu Santo en el hombre, es preciso
recordar los modos sucesivos de presencia divina en la historia de la
salvación. En la Antigua Alianza, Dios se halla presente y manifiesta su
presencia, al principio, en la «tienda» del desierto y, más tarde, en el «Santo de
los Santos» del Templo de Jerusalén. En la Nueva Alianza la presencia tiene
lugar y se identifica con la encarnación del Verbo: Dios está presente en medio
de los hombres en su Hijo eterno, mediante la humanidad que asumió en
unidad de persona con su naturaleza divina. Con esta presencia visible en
Cristo, Dios prepara por medio de Él una nueva presencia, invisible, que se
realiza con la venida del Espíritu Santo. Sí; la presencia de Cristo «en medio»
de los hombres abre el camino a la presencia del Espíritu Santo, que es una
presencia interior, una presencia en los corazones humanos. Así se cumple la
profecía de Ezequiel (36, 26-27): «Os daré un corazón nuevo, infundiré en
vosotros un espíritu nuevo... Infundiré mi espíritu en vosotros».
5. Jesús mismo, la víspera de su partida de este mundo para volver al Padre
mediante la cruz y la ascensión al cielo, anuncia a los Apóstoles la venida del
Espíritu Santo: «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con
vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad» (Jn 14, 16-17). Pero Él
mismo dice que esa presencia del Espíritu Santo, su inhabitación en el corazón
humano, que implica también la del Padre y del Hijo, está condicionada por
el amor: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y
vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23).
En el discurso de Jesús, la referencia al Padre y al Hijo incluye al Espíritu
Santo, a quien san Pablo y la tradición patrística y teológica atribuyen la
inhabitación trinitaria, porque es la Persona-Amor y, por otra parte, la
presencia interior es necesariamente espiritual. La presencia del Padre y del
Hijo se realiza mediante el Amor y, por tanto, en el Espíritu Santo.
Precisamente en el Espíritu Santo, Dios, en su unidad trinitaria, se comunica al
espíritu del hombre.
Santo Tomás de Aquino dirá que sólo en el espíritu del hombre (y del ángel)
es posible esta clase de presencia divina ―por inhabitación―, pues sólo la
criatura racional es capaz de ser elevada al conocimiento, al amor consciente y
al goce de Dios como Huésped interior: y esto tiene lugar por medio del
Espíritu Santo que, por ello, es el primero y fundamental Don (Summa
Theol., I, q. 38, a. 1).
6. Pero, por esta inhabitación, los hombres se convierten en «templos de
Dios», de Dios-Trinidad, porque es el Espíritu Santo quien habita en ellos,
como recuerda el Apóstol a los Corintios (cf. 1 Co 3, 16). Y Dios es santo y
santificante. Más aún, el mismo Apóstol especifica un poco más adelante: «¿O
no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo que está en
vosotros y habéis recibido de Dios?» (1 Co 6, 19). Por consiguiente, la
inhabitación del Espíritu Santo implica una especial consagración de toda la
persona humana (San Pablo subraya en ese texto su dimensión corpórea) a
semejanza del templo. Esta consagración es santificadora, y constituye la
esencia misma de la gracia salvífica, mediante la cual el hombre accede a la
participación de la vida trinitaria en Dios. Así, se abre en el hombre una fuente
interior de santidad, de la que deriva la vida «según el Espíritu», como
advierte Pablo en la carta a los Romanos (8, 9): «Mas vosotros no estáis en la
carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros". Aquí
se funda la esperanza de la resurrección de los cuerpos, porque «si el Espíritu
de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel
que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros
cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8, 11).
7. Es preciso notar que la inhabitación del Espíritu Santo ―que santifica a
todo el hombre, alma y cuerpo― confiere una dignidad superior a la persona
humana, y da nuevo valor a las relaciones interpersonales, incluso corporales,
como advierte san Pablo en el texto de la primera carta a los Corintios que
acabamos de citar (1 Co 6, 19).
El cristiano, mediante la inhabitación del Espíritu Santo, llega a encontrarse
en una relación particular con Dios, que se extiende también a todas las
relaciones interpersonales, tanto en el ámbito familiar como en el social.
Cuando el Apóstol recomienda «No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios»
(Ef 4, 30), se basa en esta verdad revelada: la presencia personal de un
Huésped interior, que puede ser «entristecido» a causa del pecado ―mediante
todo pecado― , ya que éste es siempre contrario al amor. Él mismo, como
Persona-Amor, morando en el hombre, crea en el alma una especie de
exigencia interior de vivir en el amor. Lo sugiere san Pablo cuando escribe a
los Romanos que el amor de Dios (es decir, la poderosa corriente de amor que
viene de Dios) «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo
que nos ha sido dado» (Rm 5, 5).

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