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Alfonso Domingo - El Enigma de Tina

La novela 'El enigma de Tina' de Alfonso Domingo, ganadora del LIX Premio de Novela Ateneo-Ciudad de Valladolid, narra la historia de Julián Montes, un prisionero en el Penal San Miguel de los Reyes durante la posguerra española. En un ambiente de desesperanza y temor, Julián es llamado a una reunión donde un comandante de la Guardia Civil le ofrece un trato: su vida y la de su hermano a cambio de información sobre un fusilamiento ocurrido años atrás. La obra explora temas de traición, lealtad y la lucha por la supervivencia en un contexto de represión política.

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Alfonso Domingo - El Enigma de Tina

La novela 'El enigma de Tina' de Alfonso Domingo, ganadora del LIX Premio de Novela Ateneo-Ciudad de Valladolid, narra la historia de Julián Montes, un prisionero en el Penal San Miguel de los Reyes durante la posguerra española. En un ambiente de desesperanza y temor, Julián es llamado a una reunión donde un comandante de la Guardia Civil le ofrece un trato: su vida y la de su hermano a cambio de información sobre un fusilamiento ocurrido años atrás. La obra explora temas de traición, lealtad y la lucha por la supervivencia en un contexto de represión política.

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Alfonso Domingo

El enigma de Tina
LIX PREMIO DE NOVELA ATENEO CIUDAD DE VALLADOLID

La novela El enigma de Tina, de Alfonso Domingo, resultó ganadora del LIX Premio
de Novela Ateneo-Ciudad de Valladolid, que fue convocado por el Ateneo de
Valladolid y patrocinado por el Excelentísimo Ayuntamiento de Valladolid.
Para Carmen Estévez,
mi amor, a quien tanto debe esta novela.
«La muerte de una mujer hermosa es, sin duda, el tema más poético del mundo».

EDGAR ALLAN POE, La carta robada, 1844

«Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe
ser la verdad».

ARTHUR CONAN DOYLE, El sabueso de los Baskerville, 1902

«Mientras ustedes no sean dueños de su alma, no lo serán de la mía».

RAYMOND CHANDLER, El largo adiós, 1954


CAPÍTULO 1

Cadáveres vivientes

5 de junio de 1939

Penal San Miguel de los Reyes, Valencia.

La llamada le sacó del sopor. La había oído lejana, pero clara, destacando
entre los gorjeos de los pájaros y un silencio de párpados pesados. No eran aún las
ocho de la mañana, la hora del desayuno. Como todos los presos, Julián Montes
llevaba levantado desde las seis, cuando se tocaba diana, a la que seguía el
recuento y el aseo. Hasta que llegaba el momento de ingerir el cazo de malta
aguada con algunas trazas de azúcar, muchos echaban un sueño, apoyados o
sentados en los camastros. En ese cuchitril del antiguo convento, y ahora penal de
San Miguel de los Reyes, era mejor dormitar o ver la realidad con los ojos
entreabiertos. Así no se distinguía la miseria de aquellas sucias paredes llenas de
letreros y humedad, ni los rostros de sus compañeros, vencidos como él. Aunque
de todo, lo peor era verse desfilar por el patio levantando el brazo con el saludo a
la romana, imposición cuya desobediencia acarreaba terribles consecuencias. Sobre
la vida de aquellos encerrados se trenzaban los hilos del destino —designios de los
vencedores—, que a algunos liberaba de aquella tela de araña, condenaba a otros a
largos años de cárcel y otorgaba la muerte a una buena parte frente al pelotón de
fusilamiento.

Se hablaba poco, el aire cargado de gravedad. Era inútil decir nada, aunque
siempre hubiera quien se desfogara por la boca, acusando a unos u otros,
demandando pelea. Era lo extraño, pues allí reinaba la parquedad, las sentencias,
las frases cortas y afiladas. Se imponía el mutismo, penitencia voluntaria frente a
las canciones y músicas de los victoriosos, que hendían el aire, salían por las
radios, los altavoces, llegaban de la calle augurando un tiempo sombrío,
triunfalismo agresivo sin coto ni freno.

Eran las consecuencias de haber sido derrotados en esa guerra que, tal y
como muchos vislumbraban ahora, estaba perdida de antemano. Demasiado
tiempo había durado aquella frágil y baqueteada república. Lo de menos ahora era
quién tenía la culpa, si el presidente Azaña, si los sucesivos jefes de gobierno, si los
comunistas, socialistas o anarquistas o el abandono de las potencias occidentales.
Todos habían dado lo mejor de sí, juventud diezmada en los campos de batalla.
También habían caído en el otro lado, y ahora los triunfadores dictaban su justicia
a hierro y fuego sobre los derrotados que no habían podido escapar.

Allí, en ese universo detenido, se vivía siempre pendiente del nombre


voceado que en cualquier momento podían realizar los carceleros. Era mejor no
pensar en ello, adormecerse, pasar entre la rendija de los días y las noches con los
ojos curvos, como si filtrando la luz todo hiciera menos daño, las visiones de los
otros, las conversaciones sobre los llamados el día anterior, que no volvían, o sus
últimas voluntades, los encargos a los demás. Así había sido desde la ratonera del
puerto de Alicante, y luego Albatera. Julián había asistido a la desaparición de
centenares de personas, ritmo que parecía ir en descenso.

Ahora, una vez por semana, el «día de la saca», una veintena larga de presos
eran llamados a Paterna para ser fusilados. En la prisión, por las informaciones de
los que trabajaban en la oficina, en algunas ocasiones se sabía quiénes «iban
p’alante» el fatídico día. En las celdas, entonces, se mantenía el secreto entre los
reclusos, para no amargar antes de tiempo al que iba a ser sacrificado. Cuando era
llamado por su nombre con la coletilla «con todo», ya se sabía lo que significaba.

Así que una vez que oyó su nombre por segunda vez, más claro y nítido,
acercándose, Julián Montes cerró los ojos, como si la hondura de aquella oscuridad
pudiera tragarlo y salir de allí mágicamente. O encontrar en ese instante la clave
para escapar de la muerte, esa visión genial que caracterizaba a algunos héroes de
sus novelas policíacas preferidas. Pero aquello no era una novela. Estaba
condenado a la pena capital y en cualquier momento podría ejecutarse la sentencia.
Era probable que ese momento hubiera llegado. La flojera le ascendió por las
piernas, mientras el carcelero pronunciaba de nuevo su nombre en la puerta de la
celda, donde los compañeros, que dormitaban o miraban por la ventana esperando
el desayuno, se habían vuelto hacia él con las típicas miradas de despedida.

—Julián Montes, te llaman —bramó la voz tras de la puerta—. Los demás, al


fondo.
Por fin abrió los ojos y se incorporó del camastro. Señaló sus pocas
pertenencias a los compañeros de infortunio, y fue a quitarse la gastada chaqueta
que portaba, cuando el carcelero, ya con la puerta abierta, le espetó:

—No hace falta que hagas testamento. Aún no ha llegado tu hora, Montes.
Alguien quiere verte.

Aquel carcelero no era de los peores. Si le hubiera tocado el Piernas, de


seguro no le habría dicho nada hasta más tarde, dejando que su corazón se
achicara y temblara al andar por el corredor pensando que le esperaba el último
momento.

Normalmente, las llamadas no significaban nada bueno —las denuncias e


identificaciones podían acarrear palizas o incluso la muerte— pero las palabras del
guardián le tranquilizaron. Al menos, de momento, su madre no perdería a
ninguno de los hijos ya sentenciados. Ella no se lo merecía: toda la vida había
luchado por sacar adelante a la familia, junto con su padre, que había fallecido en
un accidente en el tiempo de la república. Otro de los hijos había muerto en el
frente, alcanzado en un bombardeo. Los dos que le quedaban se pudrían en la
cárcel, y sobre ellos pendía la condena a muerte, lo que había hecho envejecer a
aquella mujer, blanqueado por completo su pelo, arrugado su cara y achicado su
cuerpo, acusando en él el golpe del destino. Todo eso pasaba por la cabeza de
Julián mientras llegaba, escoltado por dos funcionarios, los ojos semicerrados,
como acostumbraba, al despacho donde le habían llamado, un mal aire cortándole
el costado. A pesar de estar próximo el verano sentía las mañanas húmedas y
frescas o tal vez se debiera a la escasa y pobre alimentación.

—Esperen fuera, no entren hasta que les llame.

La figura que había dado la orden a los guardias aguardaba sentada detrás
de la mesa, iluminada parcialmente por el flexo. Montes pasó al interior y se quedó
de pie. Abrió un poco los ojos intentando vislumbrar aquel rostro, saber si lo
reconocía, y qué oscura amenaza se escondía tras esa voz acostumbrada al mando.

—Siéntese, haga el favor, ¿un cigarrillo?

—No gracias, no me sentaría bien.

—Ah, olvidaba que aún no ha desayunado. Tómese ese café, es para usted.

Aquello pintaba realmente mal. Tanta amabilidad no podía ser buena. Y el


café, allí dispuesto en la mesa. Detrás de aquellas zalamerías se escondía una oferta
de traición, estaba seguro. Pero, por otra parte, el aroma de aquel café con leche,
calentito y humeante, le tentaba de manera imposible de rechazar. Antes de que el
hombre maduro, vestido de civil —un traje en el que no se encontraba a gusto—,
pudiera decirle nada más, Julián acercó la mano y cogió el vaso. Echó un azucarillo
y se bebió la mitad de un trago. Aunque no era bueno, distaba mucho de la bazofia
que les daban en la prisión.

—Se preguntará cuál es la razón de estar aquí. Quién soy yo y cuál es el


asunto. En un momento le pondré al corriente. Pero antes dígame, ¿tiene usted
delitos de sangre?

—Supongo que ha visto mi expediente, así que lo que le podría contestar lo


sabe de sobra: no me acusan de ninguna muerte.

—Ya…

—Me condenan por apresar derechistas, enemigos camuflados… No soy


responsable del destino que corrieron. Jamás fusilé a nadie ni participé en ningún
paseo. Era mi deber como policía. Antes fui periodista, y eso por lo visto también
es peligroso. Y tiene razón, me pregunto quién es usted y por qué me ha hecho
llamar.

—Creo que tiene usted derecho a saberlo. Se lo contaré, pero tanto mi


nombre, mi cargo, como lo que hablemos aquí, no debe conocerlo ninguna
persona, ni siquiera de su familia. De ello depende que usted salga con bien de esta
cárcel y además, que a su hermano le sea conmutada la pena de muerte. Voy a
ofrecerle un trato.

Eso era. Ya había puesto las cartas sobre la mesa. Buscaban delatores entre
los acusados a la pena capital, creyendo que ellos, que tenían la vida que perder,
delatarían a amigos o correligionarios.

—Si es para traicionar a mis compañeros, no hace falta que siga. Ya sabe la
respuesta. Devuélvame a la celda. Arrostraré mi suerte.

—No vaya tan rápido, Montes, no sea usted tan gallito… Lo que me interesa
es otra cosa. Saber qué pasó con una persona fusilada en enero de 1937 en
Valencia. Quiero conocer las circunstancias. Estar seguro de su muerte y de que no
están a mi alcance los responsables de su crimen. A cambio lograré que le
conmuten la pena de muerte a usted y a su hermano, y que se la dejen en varios
años de cárcel. Habrá indultos, y saldrán ustedes pronto, podrán atender a su
madre…

La mención de su madre originó la primera reacción del encerrado. La


mirada se afiló y endureció, los labios se contrajeron y la furia asomó a su ceño. Era
evidente que aquel hombre sabía de él y de su familia. Y que parecía tener poder.

—Puede hacer usted lo que quiera. No quiero arreglos con los que deciden
sobre la vida y la muerte…

—Pare usted ahí el carro y la propaganda, no se me soliviante, no le


conviene. Personalmente puede resultarme odioso, y supongo que es sentimiento
recíproco, pero no he venido aquí a pelearme con usted. No tengo tiempo de
andarme con bobadas. Le estoy haciendo una oferta generosa, la toma o la deja.
Información sobre la certeza y las circunstancias de un asesinato que ocurrió en su
zona.

Julián Montes guardó silencio y asintió con la cabeza. El otro siguió.

—Su cadáver no ha aparecido. Un rumor afirma que esa persona puede


estar viva y escondida en algún lugar. O haber marchado al extranjero. No lo
creemos, pero tenemos que despejar esa última incógnita. Lo más probable es que
fuera fusilada, en cuyo caso quiero saber todos los detalles y el lugar donde yace
sepultada. Es posible que sus ejecutores hayan sido ajusticiados por los mismos
rojos. Entre ellos un tal «Chileno», una bestia sanguinaria.

Julián siguió mudo. Sabía de quien hablaba aquel individuo. Durante unos
momentos no pronunció palabra, hasta que aquel hombre misterioso preguntó:

—¿Y bien?

—¿Y si esos responsables del fusilamiento no están muertos?

—Estamos prácticamente seguros de que los que dieron la orden han huido
a Francia. No tendrá que delatar a nadie aquí. Aunque tengo mis sospechas, quiero
certidumbres. Saber quién fue, por qué motivos, y cómo se produjo todo. Venga,
¿no le intriga? Usted fue un sabueso de los sucesos, ¿me equivoco?

Ráfaga poderosa, a Julián Montes le asaltó el nítido recuerdo de aquella


temporada en El Mercantil Valenciano, periódico de izquierdas, de los más leídos,
donde se había iniciado en el periodismo en las notas policiales y de sucesos. Eso
fue antes de la revolución. Luego había engrosado la plantilla de Fragua social, el
periódico de la FAI. En aquellos tiempos de frenesí había imaginado, en el poco
tiempo libre que tenía, una novela social sobre los bajos fondos valencianos,
situada en el puerto y barrios marginales, y cómo la revolución los había
transformado. Afortunadamente, no había pasado de la intención. A la vez que
una parte de su mente se alejaba en el recuerdo, otra retomaba dolorosamente el
presente: aquel hombre parecía conocerlo, había estudiado a fondo su expediente.
Razón de más para sospechar.

—Cuénteme. No sé cuál es el asunto.

—Eso está mejor.

Hubo una pausa teatral. El preso abrió algo más los ojos, aflojó el ceñudo
entrecejo.

—Me llamo Juan Manzanedo, soy comandante de la Guardia Civil. De


momento es lo único que debe saber. Estoy al frente de esta investigación. Antes de
seguir quiero que entienda que debe cumplir lo que acordemos. De ello depende la
vida de su hermano, supongo que le importará más que la suya. De momento, la
pena capital está suspendida. Usted será el responsable de que se ejecute.

Julián calló. Era un duro esfuerzo. La sangre le pedía lo contrario, rechazar


aquella culpabilidad, gritando a la cara de aquel comandante que los únicos
asesinos eran ellos, los que fusilaban, pero un sentido de prudencia le hizo
morderse los labios. No estaba en disposición de replicar. No había cumplido 35
años, pero parecía más viejo que su interlocutor, que sin duda pasaba de los
cuarenta. Con barba, la mirada hundida, que destacaba aún más su nariz aguileña
y ropas gastadas, su aspecto ofrecía un doloroso contraste con aquel hombre,
afeitado con pulcritud y que desprendía olor a loción Flöid.

—Tiene que saber que siempre cumplo lo que prometo —siguió el


comandante, con tempo estudiado—. Le ofrezco dos vidas por la información de
un suceso pasado sin comprometerle. Usted también querrá que en sus filas no
haya indeseables.

—¿Puedo pensarlo?

—Tiene unos minutos para hacerlo. No es conveniente que le vuelva a


llamar. Sus amigos sospecharían, y es lo último que pretendo.
Julián apuró el café que le quedaba. Si volvía a la celda, al menos había
conseguido beber algo mejor que el brebaje intragable de la cárcel.

—Ahora sí que le acepto ese cigarrillo.

Extrajo un cigarrillo del paquete de Lucky que le alcanzó Manzanedo. Esos


cigarrillos eran un lujo que le recordaron tiempos pasados, cuando era policía. De
Fragua social había pasado a comandar una sección de estadística de la CNT. La
llamada sección de estadística se dedicaba a labores de contraespionaje, limpieza y
vigilancia de partidos y organizaciones del Frente Popular, en especial el PCE y el
PSOE. A veces colaboraban con el temido SIM, el Servicio de Información Militar
republicano, otras entraban en competencia.

El comandante le encendió el pitillo y Julián sintió como aquel humo


relajante entraba por sus pulmones. Dio dos grandes caladas. Entonces se fijó en
una novela policíaca de alguno de los carceleros que reposaba en una mesa cerca
del perchero y de un desvencijado armario: Garland el misterioso. La conocía, la
había leído, le gustaba Antonio Trent, ladrón de buenos sentimientos, el personaje
de Wyndham Martyn. ¿Qué habría hecho Trent ante aquel personaje, Manzanedo
el misterioso, que le tentaba? Fumar, de seguro, como él. Su organismo se había
acostumbrado al final de la guerra a una buena dosis de tabaco, y llevaba privado
de él varios meses. El guardia civil notó el efecto del cigarrillo sobre el reo.
Consecuencias de la nicotina, su cuerpo se aflojaba y una sensación de leve mareo
y de borrachera le subía desde los pies a la cabeza. Montes no sabía cuál de
aquellas sensaciones le embriagaba más, si la física del tabaco o la posibilidad de
cambiar su anunciado destino.

—Quédese con el paquete. Quedan dos o tres.

—Sería difícil de explicar a los compañeros de celda. Sólo cogeré uno más,
puedo explicar que lo he distraído. ¿Qué es exactamente lo que quiere saber?

—Eso quiere decir que acepta. Sabia decisión…

—Si no tengo que delatar a nadie. Y con la condición de que además de


conmutarnos la pena, a mi hermano y a mí nos den un pasaporte para poder
abandonar el país.

—Eso no puedo prometérselo. Pero intentaré hacer algo si usted cumple a


conciencia su parte.
Era promesa incierta, similar a las que él había hecho, en su época de policía,
en el interrogatorio a sospechosos o cómplices de la rebelión militar para ganarlos
para su campo o al menos, obtener la información deseada. Y como en otros
tiempos los detenidos por él, no tenía mucha elección. Así que hizo un gesto de
asentimiento con la cabeza, para no tener que oír su propia voz aceptando un trato
de aquel fascista. Aún no estaba preparado para aquello. Su cerebro buscaba
excusas que le libraran del sentimiento de componenda con los enemigos. Era su
madre, más que su hermano, la causa por la que había aceptado.

—Permítame una pregunta: ¿le sucede algo en los ojos?

—Puede definirlo como alergia a la realidad. No hay mucho que ver aquí.
Manías, lo único en lo que uno puede ser libre.

—Pues tiene usted que despertar, lo necesito con los ojos y los oídos
abiertos. En la cárcel puede encontrar personas con información y usted sabe
sonsacarla. Me da igual cómo la obtenga, quién le informe y dónde esté, pero
espero resultados que pueda comprobar.

Por la mente de Julián pasaron, veloces, varios pensamientos. Su cerebro se


había sacudido del letargo, había vuelto a la vida; su cuerpo, bajo el efecto del café
y el cigarrillo, bienestar inesperado, trabajaba a velocidad de vértigo. Había sido
policía, sabía interpretar el lenguaje no hablado. Aquel asunto no era normal, había
algo oculto. No hubieran recurrido a él si lo hubieran podido investigar de otra
manera. Algo le decía que aquello, más que oficial, era un empeño de alguien con
mucho poder, algún pez gordo del nuevo régimen estaba involucrado. Un jerarca
que habría perdido a un familiar, a un padre o hermano, en extrañas
circunstancias, traicionado o vendido por alguien de su clase.

—Aún no me ha dicho quién es el fusilado y qué información tienen de él.

El comandante de la Guardia Civil cogió un cigarrillo, lo encendió y le


alargó una página del periódico ABC. Era de hacía varios días. En aquella hoja
estaba subrayada una noticia: «Detenido el asesino de varios personajes famosos».

—Es lo único que se ha publicado, lo hicimos para ver si alguien se iba de la


lengua y quería hacer méritos. Pero ya no saldrá ninguna noticia más.

Mientras el recluso empezaba a leer, Manzanedo el misterioso se tomó unos


segundos. Se levantó, dio unas caladas a su pitillo y habló, mirando a la ventana, al
vacío, al pasado.
—Fusilado no, fusilada. Supongo que habrá oído hablar de Tina de Jarque.
Una de las vedettes más famosas y explosivas de su época. Una mujer de bandera.

***

Otoño de 1922

Todo había ido tan rápido… Tan rápido como se deslizaba el paisaje camino
de Alemania, aquellos campos ordenados, aquellas granjas francesas, tan distintas
de las españolas, aún en lo común, las caballerías, los mulos y bueyes, y tantas
vacas…

Su madre, sentada enfrente, dormía a ratos, y Tina, con los ojos abiertos,
miraba por la ventanilla con la actitud lejana de quien imagina, nerviosa y
excitada. Con dieciséis años cumplidos, no era la primera vez que salía de España.
Aquellos paisajes eran conocidos, visiones infantiles, imágenes fugaces que
recordaba junto a las palabras de su padre, con el que había recorrido algunas
ciudades europeas —París, Berlín, Bruselas, La Haya—, alma itinerante del circo.
Su espíritu alentaba en la joven Tina, y aunque hacía siete años que había muerto,
en aquel viaje estuvo más presente que nunca. Le vinieron recuerdos de aquellas
funciones, donde lo que más admiraba era esa capacidad de Tonitoff para
cambiarse tanto de vestimenta como de maquillaje. Era un actor, un transformista,
un artista en el arte de hacer reír. Alguien que ensayaba con obsesión, y que hasta
que no perfeccionaba la rutina no estaba satisfecho. Aun así, a veces se permitía la
improvisación. Para Tina, aquellos momentos, admirando a su padre en el
escenario, empapándose de público y de sus reacciones, contemplando sus gestos,
sus palabras, sus movimientos, eran música celestial. Siempre supo que aquel
primer viaje europeo había sembrado las semillas de lo que luego llegaría a ser su
vida, que allí estaban las claves de lo que vendría: un viaje entre el placer estético,
el esfuerzo, los ambientes artísticos, el siempre desconcertante público, el dinero y
la disipación.

El de ahora era también un viaje largo, que daba para mucho. Su presencia,
su joven belleza, atraía las miradas masculinas de los compañeros de viaje, tanto
del compartimento como los que se cruzaba en los pasillos o en el vagón
restaurante. Constantina, su madre, estaba siempre atenta. Ya sabía del mundo y
de los deseos de los hombres, y no tenía de ellos muy buen concepto. Acudía
siempre al quite, cuando veía algún peligro, y enseguida conseguía que el pollo
pera se lo pensara mejor antes de continuar con su conquista. Porque algunos, al
enterarse de que la joven actriz viajaba a Alemania a rodar una película, lo
intentaban como si ser artista fuera sinónimo de frivolidad y desenfreno. Pero allí
estaba ella, remarcando el buen hacer de su hija, que sabía y estudiaba idiomas, lo
que corroboraba una novela en alemán y un diccionario. Al final aquellos libros
que portaba disuadían a aquellos viajeros que pensaban, al menos, matar las horas
muertas enamorando a una joven actriz con su brillante conversación. Varios lo
habían intentado en el pesado viaje desde Madrid a París y alguno más lo
intentaría en el trayecto entre París y Berlín.

—¿Pero de qué le va a servir el idioma si las películas no se oyen? —


preguntaba el compañero de viaje, un poco amoscado por la actitud de Tina, que
no le daba carrete y volvía tras una sonrisa, a su obra en alemán.

—Es igual, pero habrá que entenderse con el director, el productor… Saber
lenguas nunca está de más —decía Tina.

—Y qué lo digas, Tinita, acuérdate de tu padre, sabía hacer reír en cinco


idiomas —punteaba el diálogo la madre.

—¿Qué sabe usted sobre esa obra que está leyendo? —preguntó de pronto
en un francés con acento, un anciano que había subido en París.

—¿Es usted alemán?

—No, ruso. Exiliado. Voy a visitar a unos parientes en Alemania, ¿le gusta a
usted Tolstoi?

—Leí Anna Karenina y me encantaría interpretarla —respondió Tina en su


buen francés. De siempre se le dieron bien los idiomas. Tenía oído.

—Pero, ¿por qué lee El cadáver viviente?

—Bueno, es por la película que voy a hacer en Berlín, Bigamia. Hago el papel
de una cantante gitana que tiene un romance platónico con Fiódor, el protagonista.
Él a su vez está casado con Liza, pero le gusta escaparse con los gitanos. ¿Conoce la
obra?

—Y todas las de Leon Tolstoi, soy ruso. También le conocí a él. Fuimos
vecinos.

Tina abrió los ojos. Todos los demás compañeros del vagón, incluida su
madre, se eclipsaron y de repente sólo hubo ojos para aquel hombre, bastante
maduro, con porte de aristócrata arruinado, elegante dentro de su vestido negro,
apoyado en un bastón de madera con empuñadura de plata.

—¿Qué sabe de esa historia? —insistió el ruso.

—Bueno, por lo que sé, la esposa de Fiódor tiene a su vez otro romance
platónico con Karenin, el mejor amigo de su marido. Karenin corresponde al amor
de Liza, pero son incapaces de fugarse o incluso de caer en la tentación de amarse,
a menos que Fiódor le conceda el divorcio a Liza. Por su parte, Fiódor no puede
presentar la demanda de divorcio sin manchar mi honor, es decir, el honor de la
cantante gitana.

—Así que decide suicidarse…

—Justo en ese momento estoy, cuando escribe un mensaje, contando por qué
se mata. Qué pena…

—Bueno, aún le queda bastante para morirse. La cantante gitana, es decir, el


papel de usted, interviene en ese instante y le impide que se arroje al río. Le
convence para huir juntos y buscar una nueva vida, dejando que su esposa siga
con la suya. Fiódor abandona la ropa a las orillas del cauce, con el mensaje del
suicidio en un bolsillo del pantalón. Las autoridades, todo el mundo, creen que se
ha ahogado, los primeros Liza y Karenin, que se casan enseguida. Dos nuevas
parejas comienzan una nueva vida, cuatro personas en busca de la felicidad. Pero
como si fuera un castigo por el engaño urdido, a Fiódor se le tuercen las cosas.
Comete la primera equivocación, al no cambiar de nombre. Y la relación no va bien
con la cantante gitana: se pelean y se separan, no llegan a casarse. Fiódor vuelca su
frustración en la taberna, con el vodka. «¡Soy un cadáver!», grita y arma alboroto,
tirando vasos. Algo dentro de él le incita a protestar contra su destino. Lo que
consigue es que su identidad salga de nuevo a la luz, por lo que de inmediato, Liza
es arrestada por bigamia. ¿Adivina usted cuál es el final de Fiódor?

—No, no, cuénteme, por favor…

—Desesperado, Fiódor se pega un balazo en la cabeza, y se convierte en un


cadáver real. Fin de la farsa. Lo que empezó como engaño se acabó convirtiendo en
verdad. Aunque la historia real no fue exactamente así.
—¿No?… ¿La conoce usted?

—Leon se basó en la historia de Gimer, un alcohólico que simuló su propio


suicidio y fue sentenciado a cumplir su pena en Siberia. El Teatro del Arte de
Moscú intentó poner la obra en escena, pero Tolstoi daba largas, inventaba
pretextos. Tenía sus razones. Alguien le había contado a Gimer que Tolstoi había
escrito una obra de teatro sobre su historia, y cuando cumplió su condena, se
presentó en su casa de Yásnaya Polyana. Tolstoi vio su desamparo total, se hizo
cargo de él, le convenció para que dejara la bebida y le consiguió trabajo en el
tribunal donde lo habían condenado. Como había devuelto a la vida y a la
sociedad a Gimer, Leon dejó la obra en el cajón, donde durmió muchos años.

—Pero finalmente salió a la luz…

—Ahí, señorita, tengo una versión directa de la historia. Yo era un pequeño


terrateniente. En 1908 me enteré en la ciudad de la muerte de Gimer. Aquel día
volví a mis propiedades y pasé por la casa de mi vecino. Tolstoi estaba en la cama,
con fiebre. Le comenté el hecho, apuntillando: «ahora el cadáver está muerto de
verdad», esperando una réplica inteligente o divertida. Pero su reacción me
sorprendió. Tolstoi había olvidado por completo a Gimer, lo que había hecho por
él, e incluso la obra de teatro que había escrito. Se lo recordé, por lo que yo sabía de
años atrás. Tolstoi se sorprendió: «Estoy muy contento de que haya escapado de
mi pensamiento para dar lugar a otra cosa. Pero en algo le voy a corregir. Todos
somos cadáveres vivientes, arrastramos la muerte en nuestras espaldas hasta que
ésta nos posee de verdad, y entonces pasamos a ser cadáveres reales. Yo a veces
me siento como tal, un cadáver indultado sin saber cuando acabará la farsa, el
engaño y cuando emergerá la verdad».

Se hizo un silencio. Tanto su madre como los otros ocupantes del vagón, un
español y un francés, se habían desentendido de la conversación hacía rato y
miraban aburridos por la ventanilla.

—Ya ve usted, cadáveres vivientes. Eso decía el viejo Tolstoi, que en gloria
esté. Muchos pensaron que el nombre de Fiódor era por Dostoievski pero en
realidad se trataba de Fyodorov, un filósofo místico ruso que pensaba que la
humanidad debía unirse para aprovechar las fuerzas de la ciencia y poder
conseguir resucitar a todos los muertos. Nada más ni nada menos que ganar la
batalla a la muerte. El viejo Tolstoi le dio la vuelta al filósofo. La guerra está de
antemano perdida.
Aquella conversación la dejó pensativa. Se le quedó grabada por mucho
tiempo. Todos parecían cadáveres en aquellas películas donde había que vocalizar
y desgañitarse, además de hacer muchos aspavientos, precisamente porque las
películas aún eran mudas en aquella época, la era del automóvil y el
cinematógrafo.

***

1906 sería un año de alegría y cambio para aquella familia, alma y cuerpo de
circo. Hija de Antonio Jarque y Constantina Castro, el 27 de enero nació
Constantina y las cosas marchaban para los Jarque, con casa en la calle Montañans,
al pie de Montjuic, cerca del Paralelo, en esa Barcelona de principios del siglo xx.
Trabajo no faltaba. Desde hacía años, los circos acogían en sus filas a la extensa
familia Jarque, dinastía antigua de trapecistas y equilibristas, también payasos.
Vida ambulante, las más de las veces, otras asentada por temporadas en circos
estables, como el Alegría, de la Ciudad Condal, tres mil espectadores en la plaza de
Cataluña, o el Tívoli, más tarde el Olimpia.

Vida endogámica la del circo. Siempre se encontraba pareja en miembros de


otras familias de la troupe, roce del trabajo y los avatares, sin tiempo para establecer
vínculos duraderos con alguien de fuera del ambiente. En ese universo se
aseguraba la permanencia del veneno del espectáculo, de hacer soñar o reír a los
espectadores, público al que agradaban porque, en el fondo, lo conocían bien,
sabían de sus problemas y de la necesidad de olvidarse de ellos, aunque fuera por
unas horas.

El abuelo, Santiago Jarque, ya había sido popular, como clown, con el


nombre de Santiaguini. Tuvo familia numerosa con la abuela Kamila Ecuyere
Isabel. De diez hijos, murieron cuatro a los pocos años, pero los seis restantes
destacarían en las pistas. La hermana mayor, María del Pilar, belleza escultural y
torneada, trabajaba como trapecista de equilibrio. A los veintitrés años, en 1895, se
casó con un payaso y saltador, Humberto Guillaume, de una célebre familia
circense, que haría famoso luego el nombre de Antonet. Otra de las hermanas,
Miquela Jarque, gimnasta aérea, se especializó en ejercicios de fuerza dental. Casó
con Càndit Bárcena, un pintor rápido de cuadros de gran tamaño, al óleo. Tuvieron
cuatro hijos, que acabarían en el espectáculo del circo por ley natural: tres niñas
que trabajarían la acrobacia y un niño que continuaría la tradición de payaso.
Consuelo Jarque, también gimnasta aérea, se casó con Pietro Briatore, un gran
artista circense de afamado nombre. Trabajaron el malabarismo sobre caballos, al
igual que los tres hijos que tuvieron, un niño y dos niñas. Otra hermana, Kamila,
de una gran belleza, destacó como trapecista de gran vuelo aéreo. Finalmente,
Casimiro, el hermano más pequeño, montó un número espectacular sobre el
alambre, aunque era asimismo buen malabarista, antipodista y director de circo.

Pero de todos los hermanos de la familia Jarque, fue el padre de Tina,


Antonio, el que más descollaría. Con el nombre de Tonitoff, y como todos los
grandes payasos, creó su personaje, un clown de cara blanca, un tipo inédito y
original: rasurado de cabeza, un solo mechón de cabellos al aire, provocador,
hirsuto, en la mitad de la coronilla, una raya vertical en la comisura de los labios.
Tenía un rostro flexible, que utilizaba con la eficacia de un mimo excepcional. Con
boca de pliegues caídos dotaba al rostro un gesto agridulce, de amargo desdén. Esa
mueca desdeñosa fue signo distintivo, que otros imitaron inspirándose en su
máscara. A lo que sumaba la utilización de un atractivo maquillaje, desarrollado
para agrandar las facciones y retorcer las proporciones. Su cabeza era una máscara
trazada con tres líneas. Aquel tipo de chino, vestido con mucha riqueza, era
siempre aclamado.

Su guardarropa era de una extraordinaria variedad. Salía a la pista con trajes


deslumbrantes, de gran estilo, y esa cuidada apariencia realzaba su interpretación.
Era muy cumplido con las mujeres y continuamente estaba solicitado por las
damas. Tuvo varias aventuras amorosas que se comentaban en los camerinos, para
desesperación de su esposa Constantina.

Tina rememoraba aquellos números de su padre, así como algunas de sus


palabras. Quería que se acostumbrara al circo y tuviera largas y esbeltas piernas.
En uno de sus primeros recuerdos nítidos, aún con menos de cinco años, su padre
la suspendió en el aire por los pies, cabeza abajo.

—¿Pero por qué le haces eso a la niña? —protestaba su madre.

—Para que aprenda a ver el mundo al revés. Este mundo está tan loco que
hay que verlo cabeza abajo para que tenga sentido.

A la edad de diez años, Tina era ya una joven gimnasta, con brazos y piernas
firmes, bien torneadas, y su mundo era el del circo, con sus hombres y mujeres
singulares. Entre esas historias trenzadas en el que se iluminaban trozos del
pasado, de gloria en los escenarios, Tina comenzó a empaparse del ambiente de las
representaciones, del siempre desconcertante público. Su debilidad, al igual que la
de otros miembros de la familia, después de su padre, fue Antonet. Primero, antes
de conocerlo, oyó historias sobre su tío, que escuchaba con la pasión infantil de un
maravilloso cuento de aventuras, un viaje jalonado de triunfos y actuaciones ante
personajes importantes, reyes, príncipes, gobernantes, artistas, pintores…

Humberto Guillaume, Antonet, llegó a ser una estrella en el mundo de los


payasos. Había nacido en Brescia, un pueblo de la Lombardía, en el seno de una de
las grandes familias circenses italianas, los Guillaume. Humberto, espoleado por su
padre, llegó hasta Barcelona y el Circo Alegría, donde actuaba con gran éxito, en
1884, el clown Bébé: su hermano César Guillaume, trece años mayor que él.

Humberto tenía la chispa en los ojos. Esa chispa mezcla de ambición por
agradar al público y conquistarlo, por hacer cosas diferentes, que asombraran. En
1889 comenzó su carrera, cuando su hermano lo tomó como augusto, con diecisiete
años. Era además buen saltador. Se elevaba por encima de un grupo de cuarenta
soldados, con bayoneta, que disparaban en esos momentos los fusiles al aire: ¡Pum!

Tras cumplir el servicio militar, se casó con María Pilar Jarque, aquella
hermosa trapecista que había conocido en el circo. Haciendo pareja con Tonino
debutó en el Circo Price, de Madrid. Después, los dos actuaron en Barcelona y más
tarde marcharon a América del Sur. Seis años después se separaron porque
Antonet quería unirse con su cuñado Tonitoff, Antonio Jarque.

Olfateadores de nuevos tiempos, los clowns, al principio del siglo xx,


desarrollaron las bases definitivas del cara blanca y el augusto, con grandes dúos
que potenciaban el contraste entre las dos figuras. Un secreto, si acaso, necesario
para el éxito: la máscara del augusto sintonizaba con su carácter y su variedad
rivalizaba con la repetitiva cara del clown blanco, máscara elegante. Antonio de
Jarque, Tonitoff, era un hombre alto, tocado por un sombrero redondo, modelo
jipijapa, una gran flor en la solapa de su chaqué, y un bigote poblado y rubio.
Calzaba botines afilados con tacón, y portaba un bastón fino y liviano. Parecía un
paseante feliz de balneario que enarbolara su mejor sonrisa al encontrarse un
grupo de conocidos. Exudaba simpatía y su presencia y su cara inducían a los
demás a la risa.

Antonet era el augusto, el que terminaba empapado o con la cara embarrada


de crema, el perdedor perpetuo, en esa pulsión vital con el clown Tonitoff, fino,
distinguido en el humor, con un punto de ironía. Los payasos podían cambiar de
papel a lo largo de su carrera. Los caras blancas, cuando morían, eran sucedidos
por sus augustos. Este sistema se respetaba y evitaba los celos entre payasos que
debían estar bien compenetrados para producir la risa del público. A su padre y a
su tío todo les iba muy bien hasta el año 1904, cuando de regreso de una gira por
Sudamérica, Tonitoff pensó en asentarse una temporada en Barcelona, tener un
hijo. Aprovechando esa circunstancia, Antonet planteó la cuestión.

—Verás, Antonio, estoy cansado de ser augusto. Quiero ser clown, creo que
ahí puedo hacer algo, darle mi toque personal. No quiero parar quieto ahora. Creo
que puedo hacer un buen clown, al menos lo voy a intentar.

Antonet tenía del clown un alto concepto. Creía que debía poseer una
elegancia y una fantasía que no preocupaban mucho a los clowns de aquellos
tiempos. Así que —a regañadientes de él— se separó de Tonitoff y se juntó con el
augusto belga Little Walter.

Tonitoff se unió a Seiffert, con el que continuó haciendo giras por los
escenarios europeos, llevando a su esposa y a su hija. Desde los tres años, Tina
vivió fuera de España. Los Jarque pasaron por Italia, Francia, Alemania y Holanda,
hasta que en 1914 las cosas en el continente se torcieron, con el estallido de la Gran
Guerra. Primero pudieron regresar Tina y su madre, mientras que su padre,
enfermo de tuberculosis, tuvo que quedarse, retenido.

Por fin a principios de 1915 volvió Tonitoff, pero ya muy tocado y débil,
aunque siguió actuando hasta el día de su muerte, ocurrida el 23 de noviembre de
1915, en la pista del Circo Tívoli. Antonio Jarque, el famoso Tonitoff, murió
echando sangre por la boca.

Aquella enfermedad terrible, aún con poca y mala cura, la había contraído
en algún infame lugar de aquellos escenarios, de aquellos países, pensó y dijo
siempre Constantina, y fue fundamental para apartar a su hija de los cargados
ambientes del circo. Durante su adolescencia, muerto ya su padre, su madre le fue
inculcando las reglas para triunfar y la necesidad de una completa higiene, algo
casi enfermizo a lo largo de toda su vida. Había que actuar ante el público, que
para eso pagaba, pero lo más lejos posible de él, de sus toses, de sus gérmenes, de
su miseria en suma.

Tina, que había acompañado a sus padres por Europa, se había criado en
ambientes modernos, entre criadas y amas, con pulcritud alemana. Había pasado
por Berlín, Bruselas y La Haya. Fruto de aquellas estancias hablaba bien el francés
y dominaba el alemán. Con doce años había conocido y practicado el nudismo,
veraneado en Schevenigen, cerca de la capital holandesa, donde existía un
solárium y zonas nudistas, y donde se había acostumbrado a ver los cuerpos
desnudos no como algo pecaminoso sino como algo bello y natural.

Pero ella no seguiría aquel mundo de pistas ambulantes, de personajes


singulares e historias divertidas. Primero lo intentó como mecanógrafa, para lo que
estudió en una academia cerca de su casa. Era una jovencita alta y hermosa, que
destacaba. Espoleada por una apuesta con sus amigas, se presentó a un concurso
de belleza en el Teatro Novedades, que ganó, y ahí empezó todo. Luego debutó en
el Edén Concert como canzonetista para pasar al Lyon d’Or e iniciar su carrera, una
carrera que podía empezar así o por la etapa de chica de revista, o suripanta,
corista de largas piernas y anchas y deslumbrantes sonrisas.

—¡Si estás hecha para esto, Tinita! —le decía su madre y alguna de sus tías al
verla actuar, o cuando ensayaba números en el salón de la casa familiar.

—Desde luego, es mucho menos cansado y esforzado que el circo —decía


Consuelo.

—Y si triunfas, niña, tendrás mucho más dinero y fama —añadía Miquela—.


Eso hay que cogerlo al vuelo, agarrarlo por los dientes, como yo te he enseñado.

—Sí, sí, le hemos enseñado muchas cosas, pero ninguna le ha servido de


mucho. Todo eso de la revista y la canción lo ha sacado ella de dentro.

—De algo le tenía que servir el haber nacido en familia artística.

—Bueno, esto de la revista no es tan divertido, pero también puedes viajar


mucho. Eso sí, cuidadito con los pulpos, ya sabes, hija —aconsejaba Miquela.

—Uy, tías, no hay cuidado. He tenido ocasión de conocer a más de un fresco,


pero a esos «neveras» se les ve venir de lejos y con hacerse a un lado y dejarles
pasar, no hay atropello.

Y aunque comenzó a prepararse en canto y en baile, a Tina le siguieron


fascinando los payasos, sobre todo Antonet, al que iba a ver en Barcelona siempre
que podía, acompañado de su tía María Pilar o sola, con alguna de las compañeras
de las academias en las que se afanaba en el cultivo de las bellas artes,
declamación, música, teatro…

***
Tras un viaje agotador de tres días llegaron a la gran estación berlinesa. Tal y
como había prometido el productor, un asistente alemán les esperaba con un cartel
y, una vez que descargaron el baúl con el equipaje, les condujo a un pequeño
hotelito donde se alojarían aquella temporada.

Le sorprendió la monumentalidad de Berlín, capital que en su memoria


estaba mitificada por la infancia y adolescencia. En cada rincón, en cada plaza,
buscaba esos espacios vividos recordando las palabras de su padre sobre las
personas, el carácter común:

—Con los alemanes es muy sencillo. Hay que saberse la norma. Si te sabes la
norma y la aplicas, funciona. En el humor no fallan. El fracaso les da una risa
nerviosa, como si le tuvieran miedo. Por eso son tan estruendosos, sus carcajadas
parecen un huracán a plazos. Y por eso se ríen tanto de las tortas del augusto.
Público exigente para la perfección técnica, sobre todo de malabaristas, trapecistas,
caballistas, equilibristas, y muy infantil con los payasos. Y muy educados, eso
también…

Tina tenía una ventaja que hacía bajar la guardia de aquellos teutones, que
encontraban una imagen dulce en aquella cara, joven y risueña: su estatura. Era
una espiga morena de largas piernas, con un toque oriental, que aparentaba tener
más años de los que tenía. En su maquillaje destacaban sus ojos negros en aquella
piel morena, tan diferente del resto de las actrices, rubias y de ojos claros. Ese
exotismo y poderío les fascinaba. Ella notaba esas miradas, y a su manera, las
explotaba con ingenuidad. La suya era una actitud que se abría al mundo, curiosa
y divertida, con ganas de aprender. Había llegado milagrosamente a aquel
universo y pretendía quedarse allí, en aquella carrera a la que parecía estar
destinada. Pero por eso había que aprender paso a paso, el trabajo siempre como
norma, según le remachaba su madre, Constantina, confidente y amiga, isla de
refugio para calmar los nervios, una balsa de ánimo y fuerza en los momentos
clave, que tenía la experiencia del mundo del circo y un temple fuera de lo común.

A Constantina Castro, una gallega de El Ferrol que había conocido a


Antonio Jarque, Tonitoff, en una de las giras del clown y se había enamorado
locamente de él, no le espantaban ni le impresionaban las grandes capitales
europeas, si acaso le entraba tristeza, tristeza de otro tiempo en el que las había
conocido con su idolatrado marido, así como el triunfo en los grandes circos. A
pesar de haber pasado ya siete años desde su muerte en Barcelona, tenía aún muy
presente su pérdida, y recordaba a menudo anécdotas de aquellos primeros días,
cuando entraban en alguno de aquellos impresionantes cafés:

—Me acuerdo de que en un café como este, en París, cerca del Nouveau
Cirque, Picasso nos invitó a su mesa. Tu padre le comentó que le había visto con
Rosita de Oro en Barcelona, y aquello le pareció formidable. Bebía y fumaba como
un condenado, y quería saber como era la vida detrás de las bambalinas. Me temo
que le decepcionamos un poco. Ya sabes, tu padre, cuando no estaba en el
escenario, tiraba más bien a triste y serio, a poeta, aunque a veces tenía su punta de
gracia:

«Verá usted, señor Picasso, nuestra vida, aparte de lo que puede ver en el
circo, se basa en lo mismo que la suya, sólo que a otro nivel» —le decía al pintor—.
«Es talento y ensayo detrás de la intuición. Ideas y trabajo que visten lo que uno
lleva dentro. Sólo que nuestro triunfo es la risa y, aunque deje durante días un
buen regusto, eso es algo tan efímero que jamás podrá trasmitirlo ningún cuadro,
por más exacto que sea. Los payasos se suelen olvidar de un circo a otro. Si ese es
nuestro fracaso, esa es su gloria. Usted puede perpetuar una sensación de disfrute
y, por eso, al final, será mucho más famoso que nosotros».

Tonitoff era un excelente clown, aclamado por público y crítica, según


remarcaba su viuda. Con su pareja mítica, Antonet, durante cuatro años, de 1900 a
1904, había recorrido buena parte de Europa. A veces Constantina llegaba a sentir
unos injustificados celos:

—«¡Parece que estés casado con él en vez de conmigo!», ya ves, Tinita, le


decía yo, y no sabes ahora lo que me arrepiento. Pero es que a veces se me hacían
pesadas las horas de ensayos y ensayos, o incluso, las horas del discurrir, donde
durante horas decían lo primero que se les ocurría, lo primero que pensaban, para
desecharlo al momento, sustituida la primera idea por otra mejor. Y otra, y otra
más. Y así hasta que yo me iba a mis quehaceres, aburrida de tanto ingenio.

En Francia, trabajaron en el Circo Plège; en Rusia, en el Circo Cineselli; en


Alemania, en el Circo Schumann con sus caballos, malabaristas, ciclistas,
tragasables, funambulistas. Los circos rusos eran los más famosos en el mundo
entero y eran frecuentados por las clases altas. La celebridad mundial de Tonitoff
se cimentó en esta larga estancia en Rusia, pero sobre todo después de su actuación
en el Circo Berekov, que actuaba en el Nouveau Cirque de París.

Tras Rusia y París, vino Roma. En el gran circo de la capital italiana, Tonitoff
creó una compañía estable de cuatro payasos. Antonet, que hacía de augusto,
recorría la pista en un sentido con la máquina, mientras Tonitoff se dedicaba a
pedalear en sentido contrario sobre el monociclo. Su madre había contado la
escena tantas veces, que Tina tenía de aquel espectáculo una imagen impactante
guardada en un paisaje indefinido: en el fondo la arena del redondel circense se
deslizaba aquella fantasía de gracia y color, estelas que dejaban flotando en el aire
aquellos hombres magníficos, siempre a punto de chocar, de caerse,
maravillosamente hábiles, diciendo frases que hacían brotar la risa y daban al
espectáculo una tensión que se revolvía en una hilaridad compulsiva del público.
Antonet, el augusto, se sometía a la disciplina alocada de Tonitoff, que le exigía
cada vez más, hasta conseguir caídas inverosímiles, acrobacia sobre ruedas que le
desmadejaba en actitudes de total resignación, glorificador del desastre. En el sutil
desarrollo, las tartas que le lanzaba el cara blanca producían un sentimiento de
fatalidad, solo superado al final por una jugada maestra, que dejaba al clown por
tierra, el augusto triunfante. Sólo un minuto, el tiempo en el que el otro se
levantaba y le perseguía…

Estas y otras anécdotas desfilaban de vez en cuando por la mente y la boca


de Constantina, que las recreaba con nostalgia. Cuando hablaba de Roma y del
circo de Italia, a su madre se le llenaba la cara de lágrimas. Una noche mágica
asistió el propio rey Víctor Manuel, que les felicitó por su trabajo y que asistiría
luego con varios miembros de la familia real en varias ocasiones.

—¡Qué noches! Aquellos cuatro payasos, Grock, Beby, tu tío Antonet y tu


padre, pedaleando en las bicicletas, subiéndose al alambre, haciendo todo lo que
sabían hacer hasta conseguir que el público se retorciera de risa, algunos hasta se
meaban. Estuvimos casi dos años en Roma, fue magnífico…

Añoranza del tiempo joven y prometedor, la vida en disfrute y alegría, la del


trabajo constante y el aprecio. Otros tiempos, claro, antes del desarrollo de los
teatros de varietés y el cinematógrafo. Pero si los tiempos quitaban, los tiempos
traían. Y allí estaba ella, Tina, para demostrar de lo que podía ser capaz. Esponja
para bailes y nuevos ritmos, sin dejar la canción, ahora empezaban a dar fruto los
cursos de canto, la educación de la voz, los dineros gastados en academias y
maestros particulares de su madre en aquella Barcelona de la Primera Guerra
Mundial.

Aquel viaje a Alemania, para interpretar su pequeño papel en Bigamia, de un


director de reciente fama en su país, Rudolf Walther-Fein, era una auténtica prueba
de fuego. Era una bomba a punto de estallar, estaban convencidos agentes y
representantes. En la Ciudad Condal había sido convencida por el productor
Miguel de Miguel, que buscaba estrellas sureñas para el cine germano —era la
única cantante en España que sabía algo de alemán—. Fue en una cena homenaje al
cuplé cuando el productor se lo ofreció, y dos semanas después, cumplidas las
formalidades y los contratos para tres intervenciones en las próximas películas de
la productora Aag, partió Tina hacia Alemania, que en aquel entonces vivía la
efervescencia de la República de Weimar, tras la defenestración del Káiser y el
Reich alemán, consecuencias de la derrota de la Primera Guerra Mundial.

—Ya ves, tuvimos que irnos a España por la Gran Guerra y ahora estamos
de vuelta —le decía Constantina a su hija.

—Sí, pero sin papá —respondía ella.

—Ya lo sé, hija, ya lo sé, me acuerdo mucho de él. Por eso precisamente
tienes que hacerlo bien. Tu padre estaría muy orgulloso de ti, como lo estoy yo. Ya
sabes, las carreras nunca se saben hasta dónde llegan, pero hay que empezarlas con
fuerza, con alegría y con suerte. Y de eso tú tienes un rato.
CAPÍTULO 2

Un caso misterioso

Aunque la visita le había dejado un sabor amargo y le había revuelto por


dentro, Julián siguió con su táctica habitual durante el resto del día: dormitar en la
celda o recostarse en las paredes del patio, contemplarlo todo con los ojos
entornados, práctica que le había dejado en la cara un rictus arrugado y una
imagen de topo, reconcentrada e ida, horadando en los túneles de sus recuerdos.
Necesitaba pensar, concentrarse. Ante las preguntas de sus compañeros de celda,
informó que había sido requerido para una identificación. Era habitual en aquellos
días que llegaran comisiones de pueblos e incluso otras ciudades preguntando por
detenidos a los que se les había achacado la desaparición de algunas personas. A
menudo eran pistas basadas en comentarios, rumores, o simples venganzas de
quienes ahora querían el ojo por ojo y el diente por diente. Incluso se había dado el
caso de acusar a alguien de asesinato y tras su fusilamiento, aparecer más tarde la
presunta víctima, vivita y coleando, en otra ciudad.

Una denuncia por parte de alguien rencoroso, tuviera o no razón, podía ser
fatal para el que aún no había sido juzgado y agravar la condena. En su caso, ya no
importaba. Estaba juzgado y condenado a la pena capital. Otros no habían tenido
tanta suerte en el campo de Albatera, identificados por los falangistas que los
dejaban después con un tiro en la nuca al borde de la cuneta, sin posibilidad
siquiera de juicio amañado.

—No me pudieron achacar otros crímenes, pero comenzaron a preguntarme


cosas, por eso tardé tanto —explicó para justificar el tiempo transcurrido, más de
una hora—. Eso sí, les pude robar un cigarrillo. Si conseguimos cerillas, lo
compartimos.

San Miguel de los Reyes era prisión mayor pero también caserón grande,
con aire del antiguo monasterio que había sido, el que le daban los dos patios
interiores, el grande y el pequeño —donde se hallaban las dependencias del
penal—, separados por la iglesia, de paredes grises. Desde las ventanas se veía la
huerta, tormento del encerrado, que imaginaba a los venturosos mortales que
gozaban de libertad. En las paredes lucían las colgaduras clásicas de la cárcel:
maletas, petates, sacos, improvisados armarios de quien poco tenía. Unas cuantas
celdas se hallaban en el primer piso, mientras que en los superiores dormían la
mayoría de los penados en corredores habilitados para tal fin. Enmarcados por
cubiertas de zinc, voladizo de presidio, en cada uno de esos galpones se acostaban
como podían, en una atmósfera cargada, casi irrespirable, unos doscientos
cincuenta presos, en dos filas, arrimados a las paredes. Pocos había, afortunados
mirados con envidia, que poseían una colchoneta.

La rutina siguió sus habituales pasos, horas de silencios punteadas por


conversaciones amargas y sentencias lapidarias: desesperanzas del acorralamiento.
La palabra y el caminar representaban las únicas expansiones permitidas en el
patio, lugar donde se intercambiaban mensajes, donde corrían bulos y noticias
inciertas, los miedos y las expectativas de los encerrados rebotando como pelotas
en los muros, volviendo a los grupos, magnificadas, deformadas, círculo vicioso y
viciado que sólo lograba aumentar el tormento.

Dentro de aquel ambiente, una lucha sorda tenía lugar en la cabeza y el


cuerpo de Julián Montes. Las ideas habían dejado paso al pragmatismo, pero no
sin secuelas. Un temor irracional lo invadió, creencia de que los demás iban a notar
su componenda, su acomodo, lo adivinarían en los rictus de su cara, en lo huidizo
de la mirada. Traición lo llamarían, sin entrar en detalles. Se quebró, lo quebraron,
dirían antes de olvidarle para siempre. Y él no se lo merecía. Había luchado desde
muchos años atrás, había escrito en los periódicos y desempeñado luego tareas
más oscuras, que no le gustaban. Quizá había sido eso. El detenerse al borde de la
tentación, el conocer los oscuros recovecos del ser humano, sus derrotas más
sombrías. No había matado, pero había visto cosas en la guerra que prefería
olvidar. Dentro de la escala de las decepciones, la mayor era la de ver quebrarse a
un compañero, doblegarse al poder. Se sentía doblemente derrotado; y del
suicidio, que había acariciado, le libraba la imagen de su hermano y de su madre,
lo único que ahora le importaba. Pero también se juró que nunca claudicaría. Sería
un personaje ambiguo, pero con lealtad final a la causa. Preferiría la tortura a
colaborar en la prisión o muerte de algún compañero.

En las horas del patio, Julián se mantenía silencioso, la línea de los ojos como
bandera, tic de los que se habían vuelto para adentro o la razón les había
abandonado, fuera recurso último, argucia para intentar rebaja de la pena o mejor
trato. En todos los casos, las locuras, fueran ficticias o reales, no servían de nada,
pero ayudaban a aquellas personas a soportar el infortunio, la tortura de la espera
ante el destino final del paredón.

Pero un día, como si fuese el primero de un largo amanecer, Julián Montes


comenzó a abrir los ojos y los oídos. Nadie allí se sorprendió. En algún momento
tenía que reaccionar, salir de aquella zona de sombras, interesarse por el mundo y
lo que ocurría alrededor. Milagros —o hechos sorprendentes para aquellos que no
creían— se habían dado. Gente que salía con aval, condenados a muerte que eran
conmutados a 20 años, rebajas de condena de quince o diez, detalles de piedad a lo
que se sumaría —se decía— un indulto con motivo del cumpleaños del Caudillo o
la celebración de su alzamiento. Parecía que lo único a lo que no renunciaba el ser
humano era a la esperanza. Ahora, Julián tenía un objetivo. El nombre de una
persona, encerrada como él en alguna de las cárceles de Valencia, que sabía de un
drama vivido en aquella ciudad dos años antes. La verdad es que él no se había
enterado de aquel caso, ocupado en aquel momento como estaba en hacer
reportajes para la revolución. Luego, cuando a mitad de 1938 desempeñó el puesto
de jefe de una sección de policía, sólo recordaba vagamente que alguno de los
compañeros había citado en una ocasión el fusilamiento de una vedette y de su
amante que huían con un botín en joyas.

Repasó la página del periódico que le había dejado el guardia civil. A


menudo los reclusos guardaban hojas de periódicos atrasados, de aquella prensa
que no era la suya, y a la que daban un buen fin: en los retretes normalmente no
había mucho papel. En aquellos recortes de diarios atrasados, que se leían por
puro aburrimiento, de vez en cuando los reos encontraban nombres de conocidos o
parientes, y entonces guardaban la página, como un trofeo o un asidero con la
realidad. Allí venía. El 2 de junio de 1939 una brigada policial llegada desde
Cataluña había detenido en Valencia a varias personas acusadas de monstruosos
crímenes. Entre ellos figuraba un tal Juan Cots Vidal, de Alcoy, acusado de
asesinar a la vedette Tina de Jarque y al gerente de la compañía de tranvías, al que
habría robado los zapatos para calzárselos él. Aquella era la clase de cosas que
ahora pregonaban los periódicos.

No conocía al tal Cots, ni siquiera le sonaba. Se habían movido por lugares


distintos, realizando diversos cometidos. Para localizarle, tenía que seguir la lógica
del presidio, llegar a él por motivos creíbles y, mientras cavilaba como hacerlo,
empezó a sospechar que era vigilado. Y lo era, desde luego, al igual que los más de
diez mil presos que se hacinaban en un penal en el que malamente cabrían más de
600. Los funcionarios de prisiones, y los guardias desde las torretas, ejercían una
vigilancia que podía calificarse de todo menos discreta en aquel recinto, remedo de
cuartel, donde todo se realizaba a toque de corneta o silbato: las formaciones, los
recuentos, la salida al patio, las comidas. Imposible saber si alguno de aquellos
carceleros le vigilaba de cerca, ejerciendo una presión constante y efectiva.

Llegó a una conclusión más dolorosa: era él mismo el que se vigilaba, el que,
tras el sopor y la indolencia de varias semanas, se había despertado a la suspicacia
y al ardid. Empezó a preguntarse por qué, precisamente a él, le habían propuesto
aquel trabajo. Cuál era la razón última. Por más que ahora le pareciera extraño, no
se lo había preguntado a aquel facha. Sabía que tenía que haber planteado la
cuestión, pero, consciente o inconscientemente, no lo había hecho, lo que le
producía desasosiego. Había sido elegido por haber sido policía de la CNT y tener
un hermano con categoría de rehén.

En realidad, y salvados sus escrúpulos, estaba decidido, en el fondo, a hacer


todo lo posible por salir de allí. No sin lucha, debatiéndose entre la colaboración
con los verdugos y sus propias ideas. Su instinto de supervivencia se imponía. La
capacidad de odio del ser humano era ilimitada. Al igual que la venganza. Una
conclusión sacada de las novelas policíacas a las que se había aficionado desde su
paso por la cárcel en 1934, donde había ido por sabotaje y rebelión, además de por
delitos de imprenta. En aquellas horas muertas, para entretenerse, comenzó a leer
los manoseados libros de un compañero de celda, y poco a poco aquellos mundos
sórdidos comenzaron a engancharle, así como la lógica detectivesca. Algunos
personajes le caían bien y a otros los detestaba, pero de todos sacaba alguna frase o
moraleja, que se convirtieron, más tarde, en su decálogo profesional y en
socorridas muletillas que enriquecían sus reportajes de sucesos, cuando ejerció de
periodista. Entre los que le molestaban, en una mezcla de atracción y repulsión,
estaba el clasista y odioso Philo Vance, personaje de S. S. Van Dine, conocedor del
mundo del arte y especulador con contradicciones: todo el mundo tiene algo que
ocultar, era su aportación. Él, muy pronto entraría en esa categoría.

—¿Quién puede dar avales en Alcoy? —preguntó a uno de los presos que
conocía—. No por mí, sino por mi hermano, que trabajó allí en el textil una
temporada. Necesito saber si se puede recurrir a alguien.

—Yo no conozco, pero indagaré. Sé que los de Manises están casi todos en el
patio pequeño. Quizá los de Alcoy se hayan reagrupado en un mismo pabellón.

También comentó, como por azar, la noticia del periódico:

—Si no nos creíamos nuestros diarios, como para fiarse de éstos —respondía
el compañero de la misma forma que él pensaba.
Al día siguiente le dijeron que en la galería sexta se habían concentrado
varios de Alcoy. Gracias a las redes de la prisión, y aunque la documentación
hubiera desaparecido, quemada en el puerto de Alicante, todos sabían a cual
organización pertenecían. Alcoy había sido de la Confederación, la mitad de sus
obreros estaba en la CNT.

—Necesito hablar con alguien que estuviera en el textil —preguntó a un


compañero en aquella galería.

—Alguno hay, ¿para qué lo quieres?

—Para ver qué posibilidades de aval tiene mi hermano, estuvo trabajando


allí en una fábrica. Ahora está en la militar de Montolivet.

—¡Vaya cosa! Mucho mejor si te lo falsifican. Hay dos mujeres que


frecuentan Albatera, allí sí que necesitan los avales.

Tejía sus hilos, cuando días después se encontró con la persona que buscaba.
La jornada anterior, la de la saca, habían llamado a uno de los reclusos de la celda,
Quim Oliver, que acudiera «con todo». Los demás se despidieron de aquel
luchador, que partió con entereza de ánimo y aún tuvo tiempo de decir que si
pudieran, que lo vengaran. Un nuevo penado entró a ocupar el puesto que había
dejado libre Quim. Eran doce, como los apóstoles, según decía alguno siempre,
bromeando.

—¿De dónde eres?

—Alcoyano.

—Hombre, uno de Alcoy, Montes. ¿No estabas buscando a alguno de allí?


Pues aquí lo tienes.

—Bueno, hace tiempo que no estoy por allí. He pasado estos tres años en
Valencia.

—¿Y allí, no estarías por casualidad en el textil?

—En efecto, compañero, era urdidor mecánico.

—¿Como te llamas? —preguntó por inercia Julián.


—Joaquín Cots Vidal. Del sindicato desde el 30.

Aquel era el mismo apellido de la noticia de prensa. Lo habían trasladado a


su celda, y en aquel traslado vio Julián la mano del comandante Manzanedo. No
sabía si aquella era la causa de la muerte de Quim, si había acelerado el proceso o
simplemente había aprovechado la circunstancia. También representaba un aviso
que le estaba destinado. Al igual que una potencia exterior y vengativa, la condena
podía caer en cualquier momento sobre él. Alguien, poderoso, en el exterior de
aquella prisión, hacía y deshacía vidas, como un dios niño juguetón y antojadizo
según los vientos de su capricho.

—¿Cots Vidal? He leído hace poco ese nombre. ¿No han detenido a un
hermano tuyo por matar a una famosa artista?

Joaquín Cots dudó. Optó un momento por permanecer callado, pero luego
pensó que volverían a preguntárselo. Era mejor enfrentar el hecho.

—No, no tengo hermanos. Si te refieres a lo del periódico, no sé por qué me


llaman de otra manera. Y por qué lo han sacado ahora. Llevo detenido desde el
final de la guerra, pero me interrogaron por ese asunto a mediados de mayo. Yo
sólo detuve a Tina de Jarque por orden del Comité Nacional de la CNT. No me
gusta hablar de ese asunto. Alguien le tuvo que ir con el cuento a esos cabrones en
el campo de concentración, para intentar librarse. También entre nosotros hay
ratas.

Lo decía como aviso a navegantes y destinado a todo el que pudiera oírle.


Julián sabía que tendría que ganarse poco a poco su confianza.

—Comprendido, pero necesito hablar con alguien de Alcoy. No por mí, yo


estoy condenado a muerte y no creo que me salve, pero por mi hermano, que está
menos incriminado.

Desde aquel momento, y con la excusa de los avales para su hermano,


comenzaron a hablar en el patio.

—¿Y dices que tu hermano trabajó en Alcoy? —preguntaba el recién llegado.

—Un año. Francisco Montes. También se afilió al sindicato.

—Allí lo estábamos prácticamente todos los que trabajábamos en el textil y,


la verdad, ese nombre no me suena.
Joaquín Cots no hablaba de su papel en la CNT, donde había sido vocal en la
secretaría regional de la federación del textil. A pesar de estar entre compañeros,
nunca convenía remarcar la importancia de la posición alcanzada. En la cárcel
había cien ojos y oídos. La prudencia era norma habitual.

—¿Y cómo está el asunto de los avales? Sé de algunos patronos que los están
dando.

—Es normal. Les salvamos la vida a todos. A cambio de esa salvaguarda


ingresaron en el sindicato. Les incautamos las empresas, pero a la inmensa
mayoría les dimos buenos empleos en las oficinas, con un sueldo. Ahora, si son de
buena ley, tienen que hacer lo que puedan por ayudarnos.

—¿Alguien te ha avalado?

—Sí, un patrono, gerente de la sociedad Guillén y Vidal. Pero no sé si podría


hacerlo por tu hermano. ¿Sabes en qué sociedad estuvo trabajando?

—En la que empecé yo antes de venirme a estudiar, «La Alcoyana». La


verdad es que a los que salvamos deberían ahora devolvernos el favor. Pero
muchas veces no es así.

Joaquín Cots calló. Él no había sido un duro durante la guerra, a pesar de su


empleo como policía en Valencia. Se había limitado a requisar un piso de la calle
Sorní y unos muebles de su anterior casero. Él y su hermana Dolores protegieron a
un médico cirujano, José María Semper, durante toda la guerra, cirujano que había
prometido interceder en su favor.

Pasaban los días. Julián cimentaba su relación con el recién llegado. Sus
camas estaban al lado. Hablaban de cualquier tema. En algunos momentos, Julián
volvía a la táctica de los ojos entornados. A su lucha con un mundo derrotado
sumaba las dudas sobre toda aquella historia y su grado de implicación con los
verdugos. Miraba hacia dentro, donde su inteligencia trabajaba sin descanso
buscando una salida. Necesitaba ese aislamiento. Luego volvía a tirar la red.

—Compañero, ¿a ti dónde te trincaron?

—En Albatera, a donde nos habían conducido desde el puerto de Alicante —


respondía Joaquín Cots—. Soy de los que se creyeron lo de los barcos y cayeron en
la ratonera.
—Yo también estuve en esa ratonera y ahora estamos a merced de esos
perros. Al menos alguno nos hemos llevado por delante.

—Bueno, la verdad es que yo no me ensucié las manos de sangre. Puedo


decirlo claro.

—¡Venga, hombre! Todos sabemos lo que ha sido la guerra. Y más siendo


policía.

—He hecho lo que se me ordenaba, y he cumplido como el primero. Pero


afortunadamente no he tenido que pegar un tiro a nadie. De eso me salvé.

—Entonces, ¿por qué te acusan de lo de Tina?

—Estaba destinado en la comisaría de Trinitarios y participé en su


detención, la entregamos al comisario Gonzalo Fernández junto con los que la
acompañaban, ese fue todo mi papel.

—Yo también tuve que detener gente, fascistas, especuladores,


aprovechados, de todo. Y algunos acabaron en el paredón. No me arrepiento,
aunque, como siempre pasa, hubo excesos, compañeros que se tomaron la justicia
por su mano. Demasiada rabia acumulada y demasiado trigo no limpio.

Joaquín se había quedado repentinamente serio, callado.

—Como aquel cabrón, el Chileno, al que liquidaron los Pellicer al principio


de la guerra —Julián insistía, viendo el efecto de sus palabras—. Hubo algunos
como él. Gracias a aquella escoria, los fascistas tienen ahora la excusa para
liquidarnos. Aunque me temo que lo hubieran hecho igual. Esos cabrones no son
mejores que el Chileno.

—¿Qué sabes tú de el Chileno? —preguntó Cots entonces, intrigado.

—Lo que me contó mi hermano, que militó en la Columna de Hierro, donde


había ingresado el Chileno, un anarquista asturiano que había empezado con
atracos para la CNT y se perdió en el hampa. Cumplía condena en Valencia y la
revolución lo liberó, como otros muchos, del penal. Aquel animal sanguinario y
avaricioso se cavó su propia tumba. Robó, expropió, asesinó en los primeros meses
y logró amasar una fortuna en nombre de la organización. Hasta que algunos
compañeros le pararon los pies, le juzgaron sumariamente con un compinche, El
Xiquet de Gata, les pegaron dos tiros y les dejaron en el camino de Benimarlet con
un cartel colgado en el que se decía la razón de la ejecución.

—Sí, fue ordenado por los mismos hermanos Pellicer al frente de la


Columna de Hierro. El Chileno ya había cometido muchos desmanes, incluso se
metió con su abuelo, que era de clase acomodada. Aunque algunas de las cosas que
han pasado se le han achacado al Chileno, no todo es culpa suya. Sé de tenderos y
comerciantes que le acusan de haber asaltado sus negocios, y la verdad es que ni
podían identificar a los milicianos que lo hicieron.

—Eso es verdad. En el último interrogatorio me preguntaron por el Chileno


y su grupo.

—¿Cómo?

—Lo que oyes. Andan buscando en qué crímenes participó, sobre todo en
enero del 37.

Joaquín Cots se había quedado rígido, tenso.

—¿Quién te lo preguntó?

—Un comandante de la Guardia Civil, no hace mucho, como una semana.

—¿Te dijo su nombre?

—¿A ti te lo ha dicho alguna vez alguno de estos cabrones cuando nos


interrogan?

—¿Y qué le dijiste?

—Nada, no podía decirle nada. Sé que el Chileno no pudo ser, no estaba


entre los vivos en enero del 37. Yo no era policía todavía, pero tampoco les iba a
decir dónde me encontraba entonces y lo que hacía. Ya tienen demasiada
información de cada uno… ¿Acaso tú sabes algo de eso?

—Algo sé, compañero. Y con lo que me acabas de decir deduzco que no


están seguros de qué pudo ocurrir en el caso de Tina de Jarque. Así que si te lo
vuelven a preguntar, no sueltes nada. Como dices, conocen demasiadas cosas ya…

—Tú debes saber lo que pasó con esa tal Tina. Si no fuiste tú y no fue el
Chileno, alguien tuvo que ser.
—No sé quién pudo hacerlo. Pero las órdenes vinieron de arriba, del Comité
Nacional, vino uno con nosotros a detener al grupo, Manuel Báez.

—Entonces estarás tranquilo. Si no participaste…

—Eso, como sabes, aquí da igual. Me dijeron que acabaron fusilándola más
tarde, supongo que en el picadero de Paterna.

—¿Y allí la enterraron?

—Ni idea. El que puede saberlo es Armand Guerra, el director de cine


libertario que trabajó con ella en su última película. Sé que luego anduvo
indagando…

—¿Trabajó con ella?

—La dirigió en una película, Carne de fieras, creo que se llamaba.

—¿Era esa que bailaba desnuda ante unos leones…? Nadie logró verla, pero
se habló mucho de ella.

—Por lo que yo oí aquellos días la bailarina era francesa, una tal Marlene.
Eso lo contaba Armand Guerra en un libro que publicó en el 38.

—Ahora que lo dices, me acuerdo de ese libro aunque no lo leí.

—Yo tampoco, pero alguien de mi grupo sí y lo comentó. Armand Guerra la


conocía y fue a preguntar por ella, pero ya era demasiado tarde.

Manuel Báez y Armand Guerra, dos nombres, dos pistas. El toque de


corneta atronó el penal. Había que formar para el recuento y la cena, prepararse
para otra noche negra de sueños e incertidumbres.

A lo largo de los días siguientes, se siguió afianzando la relación entre Julián


Montes y Joaquín Cots. Hasta que Montes, en el patio, oyó otra vez aquella fatídica
voz del carcelero que le llamaba.

—¡No te preocupes todavía, rojillo, aún no ha llegado tu hora! —le dijo el


funcionario de prisiones—. Esta vez te trasladan a la cárcel Modelo. Están
concentrando allí a los condenados a muerte. Recoge tus cosas, que aún no te
despides del mundo. En dos horas salís para allá, cuando llegue el furgón.
Por un instante, Montes pensó que aquel sádico jugaba con él y en realidad
sí iba a ser fusilado. Seguramente ya habían averiguado lo que necesitaban saber y
habían prescindido de él. Pero los nombres que luego siguió gritando el carcelero
eran de reclusos acusados con penas menos severas.

—No te preocupes, Julián, la Modelo no es peor que esto. Yo vengo de allí


—a su lado, Joaquín Cots le intentaba dar ánimos.

—Bueno, quién sabe si nos volveremos a ver. Voy a escribir un mensaje para
mi madre, para que sepa de mí. Te agradezco los nombres de los patronos de
Alcoy, mi madre ha pedido los avales, a ver si surten efecto. Aunque me voy sin
saber en realidad qué fue lo que pasó con Tina de Jarque.

—¿Ha dicho dos horas, no? Y tus cosas las recoges enseguida. Aún tenemos
tiempo, te contaré lo que yo sé…

Si fuertes eran las maneras de la represión, descarnadas formas que


apabullaban y aplastaban, las respuestas de los vencidos tenían que ver con el
ingenio y la ayuda mutua. A las puertas del penal, niños y jóvenes vendían cerillas
y tabaco, cigarrillos sueltos o picadura hecha de colillas, sustitutiva de muchas
cosas, el hambre la primera, además de calmar los nervios. Al salir, escoltado por
la Guardia Civil para subir a los camiones de traslado con algunos prisioneros,
Julián dejó caer al suelo, con disimulo, una caja de cerillas. Otros lo hacían con un
paquete de tabaco vacío, en cuyo interior, en una minúscula nota escrita a lápiz,
informaban de lo indispensable a las familias: me juzgan tal día. Montes había
escrito en un papel de fumar, con la letra tan fina y pequeña como le era posible,
un mensaje para su madre. Uno de los mozalbetes que vendían tabaco puso su pie
sobre la caja de fósforos. Después, cuando el camión se marchara, la recogería con
cuidado e iría a la dirección indicada. Su madre, como las otras familias que
recibían así algún mensaje de sus presos, daría al mensajero lo que pudiera, unos
céntimos o un pan.

«No te preocupes, madre, ni por mí ni por Antonio. Ahora no te lo puedo


explicar, pero he sabido que no nos van a fusilar de momento. Hay esperanzas, así
que anímale y dile que pronto saldremos libres. Que confíe en mí».

***
La Modelo lucía un estado lamentable, al igual que las otras cárceles, con
instalaciones deterioradas y sucias, tiempo de hacinamiento que se sumaba a los
avatares de la guerra pasada, donde había albergado a otros reclusos, los que
ahora tenían la sartén por el mango. Las paredes mostraban su catálogo de
desconchados, y hasta aquella parte de la dirección a la que le habían conducido
dejaba traslucir malos cuidados. El guardia golpeó con los nudillos en la puerta de
un despacho y abrió a continuación. El comandante Manzanedo esperaba sentado
en el sillón del director de servicios donde hicieron entrar a Julián Montes, el
último de los reclusos trasladados. Esa entrada sorprendió un tanto al guardia
civil, que dejó un libro que tenía en las manos y lo ocultó bajo un periódico, pero
no tan rápido para que el anarquista no se percatara de que era una novela
policíaca, la famosa tapa amarilla de la colección oro de la editorial Molino le había
delatado. Así que era él, y no un carcelero, el que leía aquellos libros. Aquel
hombre, además de misterioso, era singular.

—Siéntese. Espero que haya obtenido ya alguna información relevante.

Esta vez no le ofrecía ni café ni cigarrillos. El tiempo de la cortesía había


pasado.

—Poca. Creo que lo sabe usted casi todo. Quién la detuvo y por orden de
quién. Aunque en el penal hay algunos de Madrid, nadie los conoce o sabe algo de
esos nombres que me facilitó.

Montes se refería a un documento que uno de los enviados de Manzanedo le


había hecho llegar a una celda de castigo, donde le habían encerrado días atrás por
un motivo nimio. Era la copia de las investigaciones de dos policías franquistas de
Sevilla sobre la creación en Madrid de la columna de milicias Andalucía-
Extremadura, de la CNT, y su cuartel en el convento de Santo Domingo. Durante el
día que permaneció en la soledad de aquella celda —eso sí, habían tenido la
deferencia de dejarle dentro un bocadillo, un termo de café con leche y unos
cigarrillos— se dedicó a empollarse aquel informe y sobre todo sus nombres.

Básicamente lo que decía es que la columna no fue constituida hasta


mediados de agosto de 1936, cuando llegaron a Madrid los anarquistas
significados huidos de Sevilla, Huelva y Badajoz, y empezó realmente a funcionar
con una estructura seria. A finales de mes se constituyó el primer comité, integrado
por Carlos Zimmerman, Piñeiro Zambrano —andaluz emigrado a la capital,
militante de primera fila del sindicato de la construcción de Madrid, junto con
Cipriano Mera y Teodoro Mora—, Francisco Royano, Nieves Núñez y Abel
Domínguez.

Al amparo de esos primeros días se juntaron allí muchos de los que nadaban
a gusto en los ríos revueltos de un Madrid y una España inmersos en la vorágine
de la Guerra Civil. Dos brigadillas se dedicaban a buscar recursos con
incautaciones, recursos que se sumaban al millón de pesetas fruto de los saqueos
de la retirada de Andalucía de bancos como el Español de Crédito de Constantina.

Las brigadillas, sin muchos escrúpulos, se encargaban de los registros y la


detención de personas de derechas, algunas de las cuales fueron eliminadas. Con la
llegada de anarquistas de peso, que reorganizaron el cuartel, muchos de aquellos
elementos marginales, del mundo de la delincuencia, emigraron a la zona de Jaén.
Quedaron entre otros, José Pérez Pareja el ditero, Juan Arenas el chato arenas —todos
con antecedentes como pistoleros y atracadores antes de la guerra, afirmaba el
documento— bajo las órdenes de Abel Domínguez. En contacto con ellos, Serapio
Gutiérrez Martínez el Guitarrista, que por ser de Madrid y vivir en el barrio de
Salamanca conocía numerosos domicilios de personas de orden.

Serapio Gutiérrez Martínez, que tocaba habitualmente para figuras como


Vicente Escudero, el bailarín, tenía inquina contra la clase alta, la de los caseros,
porque le habían desahuciado con su mujer e hijos. Así que se había hecho de la
CNT y, según el informe, en los primeros tiempos había vestido mono, pañuelo
rojo al cuello y pistola al cinto. Luego fue también jefe de la guardia del cuartel. Se
citaban otros nombres como Felipe Salas y algunas mujeres, y entre los asesinatos
de los que se acusaba a varios miembros del cuartel se citaba el de la artista Tina de
Jarque, fusilada junto con el contador de la columna, Abel Domínguez.

—Cuando la detuvieron en su casa de Madrid, estaba con un tal Álvaro de


Retana, según contó la criada —le informaba Manzanedo—. El tal Retana es un
buen pájaro. Pásmese: escritor de novelas de un erotismo pervertido, figurinista,
mariquita, rojo… ¡Y funcionario del Tribunal de Cuentas! Le echamos el guante y
está acusado de pedir objetos religiosos a Ángel Pedrero, el poderoso y corrupto
jefe del SIM, ahora a buen recaudo esperando juicio y castigo por sus crímenes.
Algunos de estos objetos que empleó luego con fines sacrílegos ese Retana los tenía
aún en su casa. Tina de Jarque se rodeaba de compañías poco recomendables.
Supongo que serían esos ambientes de la farándula. Interrogué en la cárcel de
Porlier a ese individuo, pero dijo que no la vio más a partir de entonces. Temía que
le detuvieran a él también, porque en ese momento era considerado desafecto, pero
luego, por la documentación que tenemos, se acabó ofreciendo al SIM. No me fío
de él.
Aquello había sonado como una confesión —la confirmación para Montes
de que no tenían nada claro a qué jugaba aquella vedette—, pero enseguida el
comandante se rehízo.

—Me interesa el proceso que le hicieron. Por qué la condenaron


verdaderamente, si fue por espía o por otra causa. Y cuáles eran las circunstancias.
Qué tipo de relación la unía a ese tipejo, Abel Domínguez. Creo que se lo dejé bien
claro. Si usted no coopera o esto no avanza, nuestro acuerdo tampoco.

Era una amenaza precisa, contundente, rubricada incluso con un gesto de


levantarse, tal vez para salir del despacho, o intimidar desde la altura. Pero el
motivo, según dedujo Montes, era ocultar aquella novela en cuya lectura había
sido casi sorprendido. El anarquista aguantó la sonrisa y comenzó a hablar lenta,
pausadamente, sin dirigirse a él, la mirada perdida más allá, traspasando la
materia de aquel cuerpo que había vuelto a sentarse, que olía a tabaco y a colonia
Álvarez Gómez, olor de mando. Si aquello hubiera sido una escena de las novelas
de Nero Wolfe, el cultivador de orquídeas, el detective, en este caso él, le hubiera
comentado el cambio de fragancia, del mentol al limón. Pero el momento no era
propio para agudezas.

—¿Por qué no le propuso el trato a Joaquín Cots, el que la detuvo? Él podía


tener más información o forma de obtenerla.

—Precisamente por haber participado en la detención no me fío tampoco de


él. No tiene su formación y sus recursos y no sé su grado de implicación. Necesito
datos, hechos, que no tenga encima más sospechas sobre lo que me cuenten.

—Vaya, no se fía usted de nadie. Yo lo tengo muy difícil con los pocos datos
que tengo y un solo testimonio. Por lo que parece, uno de los responsables, el tal
Abel Domínguez, pensaba fugarse con la paga del batallón y un saco de joyas.
Parece ser que estaba liado con la vedette.

—¿Eso es todo lo que ha averiguado de Cots? Eso ya lo sabemos, es lo que


declaró en la comisaría, cuando le interrogamos.

—Cots no sabe mucho más, sólo los vio juntos cuando estaban detenidos, y
Tina juraba que no tenía nada que ver con él, que se había liado porque quería huir
a Francia y que no participaba del saqueo. Pero lo que ocurrió sólo lo conoce el
Comité Nacional que la condenó por ladrona y agente de la Quinta Columna:
Marianet y los demás.
A pesar de que la decepción podía hacer que el guardia civil se echara atrás
en el acuerdo, Montes no pensaba darle toda la información que tenía. No muy
ducho en las artes del disimulo, pensó que su cara, sus gestos, podían traicionarle.
Bonita posición, la suya. Se sintió como el traidor perfecto, como el típico
confidente, jugando a varias bazas, siempre dando algo y guardándose cosas. Justo
el tipo de sujetos que detestaba, las sabandijas que no podía soportar cada vez que
salían en las novelas policíacas. El guardia civil era un tipo astuto, se veía que algo
le daba vueltas a la cabeza.

—¿No me estará ocultando información?

—¿Por qué motivo? —Montes contestó rápido, para disipar dudas y ofrecer
verosimilitud—. Usted dijo que en cuánto supiera lo sucedido haría que nos
conmutaran la pena. ¿Por qué iba a ocultarle algo?

—Yo fui sincero, Montes. Quizá he sembrado pájaros en su cabeza. Pero


recuerde a su hermano, no lo olvide nunca. Ni a su pobre madre.

Aquello crispó a Montes. Su mandíbula se contrajo, rechinó los dientes.


Manzanedo lo advirtió, pareció convencerse.

—¿Por qué una mujer como ella, se liaría con un tipo así? —preguntó el
comandante para desviar la tensión.

—¿Tiene usted alguna foto de ella?

—¿Y para qué la quiere?

—Simple curiosidad. Su cara me suena vagamente, los ambientes de la


farándula no eran mi especialidad.

Surgió un silencio incómodo. El comandante Manzanedo dudaba de acceder


a su petición. Quizá pensara que Montes tenía una idea viciosa en la cabeza. Las
prisiones eran duras y frías, con tantos hombres, se echaba de menos cualquier
presencia femenina, aunque fuera en fotografía. La imaginación era la única
libertad de la que disponían los reclusos.

—Llevo una conmigo. Pero no se la puede quedar. Mírela un rato tan sólo.

Manzanedo levantó el periódico y de la novela que había dejado bajo el


diario extrajo la foto, que le servía de guardapáginas. Con un rápido vistazo,
Montes supo que el libro era de Agatha Christie, pero no pudo averiguar el título.
El comandante volvió a poner el periódico encima, tapándolo. Julián cogió la foto
que el otro le adelantaba. Tina estaba vestida de lujo y fantasía, en la apoteosis de
una revista. Sus carnes morenas asomaban entre telas y brillos enmarcados por
plumas. La vedette sonreía, risueña, y sus ojos resaltaban en el conjunto.

—Tenía usted razón, aunque no es mi tipo, es muy guapa. Para hacer perder
la cabeza a cualquiera, más si no pertenece a esos ambientes.

Montes seguía mirando la fotografía, tal vez para aprendérsela de memoria


y que su imagen le acompañara luego en la fría celda.

—No sé por qué se liaría con Abel, tendrán que preguntar en Madrid, donde
se conocieron.

—Hemos hablado con su criada. Según ella, fue por miedo. Pero tal vez
había algo más. Nunca me creo la primera explicación.

—El miedo hace cometer errores, desde luego, pero si fue condenada a
muerte debía ser porque estaba implicada. Aquí, con esa pose y esa cara, parece
que no ha roto un plato, que lo único que rompía eran corazones masculinos. Pero
lo que me han contado es que era espía y que participaba de la estafa. Aunque
usted no lo crea, en la zona republicana no se mataba sin más.

—Ya. Zarandajas. Ha caído en mis manos el original de una novela titulada


Seducción que habla de Tina de Jarque y su triste historia con Abel Domínguez.
Según el libro, fue Tina quien le sedujo cuando Abel iba persiguiendo a un
miembro de la Quinta Columna y llamó a su casa.

—¿Y quién lo escribió?

—Eduardo de Guzmán, un periodista de los suyos, anarquista, el director


del diario Castilla Libre durante la guerra. No le dio tiempo a escapar como sus
compinches del Consejo Nacional de Defensa y cayó prisionero en Alicante. Entre
sus pertenencias en Albatera tenía una maleta que contenía ese manuscrito, que le
requisamos. A simple vista hay muchos errores, Guzmán habla de oídas o mezcla
cosas en su imaginación, pero querría disipar cualquier duda. Por ejemplo, habla
de que se conocieron tras la batalla de Guadalajara, pero esa batalla fue meses
después de que salieran de Madrid.

—Leí aquel diario y al compañero Guzmán, pero no le conozco en persona.


Entonces el guardia civil soltó la bomba.

—Es fundamental saber qué hizo Tina. Cuál fue su verdadera implicación. Y
si para eso hay que preguntar a los miembros del Comité Nacional, que
permanecen en Francia, vaya pensando en la fuga, en unos días. Le orquestaremos
un escape para cubrirle las espaldas, pero lo demás es responsabilidad suya. No
me interesa cómo cruce ni que mecanismos utilice. No le seguiremos. Eso sí,
dispondremos una cita en una ciudad francesa, y si no aparece, ya sabremos a qué
atenernos con su hermano.

Aquellas palabras hicieron que Julián abriese los ojos de inmediato. El giro
final le resultó sorprendente. Daba profundidad al argumento, posibilidades de
desarrollo. Y, a la vez, le despertó una sensación de peligro indefinido. Aquello
que le estaba sugiriendo aquel hombre podía ser una trampa, no sabía de qué
naturaleza.

—Haga sus contactos —siguió Manzanedo, mientras con la mano abierta


indicó al preso que su momento de disfrute con la fotografía había acabado—. En
poco tiempo tendrá un traslado y será el momento. Recibirá mis instrucciones un
día antes.

—¿Es buena? —Montes dejó la fotografía en la palma de la mano del


guardia civil.

—¿A qué se refiere?

—A esa novela.

Por primera vez desde que Manzanedo entró en su vida, Montes disfrutó
con el desconcierto del guardia civil. Lo vio mirar al lugar donde había dejado la
novela policíaca. Gozando de cada una de sus palabras, Julián habló despacio.

—Me refiero a la que me acaba de decir hace un momento, la del compañero


Guzmán. Si me deja leerla, tal vez tenga alguna pista de la que tirar. A mí siempre
me ha gustado leer. Me encantan las novelas policíacas —dijo con intención.

—No, no merece la pena, puede confundirlo —respondió Manzanedo tras


un par de segundos, ya repuesto—. Usted céntrese en la realidad, en la verdad. La
muerte es una cosa muy seria.

«Y tanto», pensó Julián. Por eso los vencedores aplicaban la pena capital con
tanta profusión. Eran gente seria, los fascistas, con sonrisa de chacal. Así al menos
le pareció el comandante Manzanedo cuando se levantó y en el último momento le
ofreció un cigarrillo.

—Tenga. Relájese, para sus nervios. Ya verá que en esta película no somos
los malos.
CAPÍTULO 3

La fuga

Melilla 1929

Cuando Abel Domínguez llegó a Melilla, en el buque de la Trasmediterránea


que lo transportaba, junto con otros legionarios reclutados y enganchados, según
costumbre, por cinco años, la ciudad le pareció fascinante, con ese aroma de
frontera que exudaba ya antes de llegar al puerto.

En lo alto, amenazante y soberbio, se contemplaba el monte Gurugú, que


daba personalidad a aquel paisaje africano, a cuyos pies se extendía la ciudad de
Melilla, con sus partes vieja y nueva, bien diferenciadas.

Las piedras de Melilla vieja, tostadas por el sol desde hacía siglos, le trajeron
aromas exóticos, no muy diferentes a los de Ceuta, en cuyas cercanías, en el
campamento de Dar Riffien, había realizado el duro entrenamiento de la Legión.
Con atención siguió las explicaciones que daba un cabo veterano señalando el
Mantelete, el barrio moro, el zoco comercial, con tiendas de artículos para los
indígenas, y algún disimulado burdel con hetairas de pelos negros como el carbón
y profusión de ladillas. Por ese barrio había comenzado el primer intento de
desahogo de la plaza, aproximación al mar y al campo, expansión cerrada por la
muralla y la puerta de Santa Bárbara, después continuada con la construcción de
un gran muro, balcón al mar y a la vida marinera. Allí se desarrollaba la vida de
cafés, freidurías, despachos consignatarios y el nuevo puerto —que había
sustituido al antiguo muelle de Florentina— ocupando toda la extensión ganada al
mar. En el malecón se veían los barcos atracados y los cargaderos del mineral de
hierro de las minas del Rif —propiedad, entre otros, del conde de Romanones,
como Abel sabía de haberlo leído en la publicaciones anarquistas—, que los
soldados españoles iban a defender con su sangre, esa que se había derramado
generosa contra las cabilas rebeldes de Abdelkrim desde 1922, cuando el desastre
de Annual, y había continuado hasta la pacificación en 1927, tras el desembarco y
la campaña de Alhucemas dos años antes.

El legionario veterano reconocía que la ciudad había cambiado. La industrial


Melilla había subido hasta el cerro de Camellos y el fuerte de Cabrerizas altas,
cuyo polvorín había explotado en 1928 produciendo un desastre sin precedentes,
con varios muertos y decenas de heridos, aún tristemente recordado. La vieja
Melilla se trasformaba, quería dejar de ser una ciudad medieval perdida entre las
murallas, presidio y castigo para funcionarios, soldados y familias, que aquí
penaban el destierro de la patria, rodeados de hombres hostiles, de otra cultura,
raza y religión.

Esa era su realidad, legionario en una plaza con permanente actividad


militar, clave en las guerras de Marruecos. No disfrutó mucho de la ciudad. A los
pocos meses había sido destinado a un fuerte amurallado, Rostrogordo, en Dar
Drius, uno de los puestos del interior del Protectorado que cubría la ruta por el
interior hasta Ceuta. La tropa y su vida diaria y cuartelera, de guardias e
instrucción, de severa disciplina, se le indigestó desde el primer momento. Tenía
marcado en las venas el rechazo al espíritu de autoridad, como había rechazado a
su padre, a su familia. Al principio de su infancia, que él recordara, no había sido
así, pero desde que empezó a tener uso de razón, allí en Salteras, pronto empezó a
no acatar los dictámenes paternos. Don Abel Domínguez Ramos, terrateniente con
varios cortijos, casado con Dolores Pallarés Fernández, hermana de un industrial
catalán que había levantado en el pueblo cordobés de Cabra un imperio oleolícola,
no era ni mejor ni peor que los ricos propietarios de la época. Con fincas rentadas,
con aparceros o jornaleros en las suyas propias, las que explotaban, llevaban un
buen nivel de vida, señoritos de casino, los hijos en las organizaciones de la Iglesia
o, incluso los que mostraban disposición, en la banda de música de Nuestra Señora
de la Oliva, patrona del pueblo, a tiro de piedra de Sevilla.

Cuando nació Abel, en 1905, Salteras, en el Aljarafe sevillano, era pueblo


grande, más de 1500 almas, devotas según condición. De pequeño, su pelo rubio,
sus ojos claros y su cara dulce le granjearon el apelativo de «angelito», con el que le
denominaban las beatas que visitaban a su madre. Abel fue a la escuela, ayudó en
la parroquia como monaguillo y se apuntó a la banda de música en 1913. Allí
estuvo seis años, en los que la música y la flauta constituyeron su pasión,
completada con el interés lector suscitado por un maestro republicano. Por ahí
llegó su deriva: la filosofía y la política le provocaban muchas preguntas que
desembocaron en desencuentros y discusiones violentas con el padre. La madre
mediaba, intentaba comprender al hijo único, conseguía levantar sus castigos y
consentía en sus caprichos. El enfrentamiento fue creciendo, alimentando una
inquina sorda en el pecho del mozo que, cuando podía, se escapaba a Sevilla.
Lecturas y amistades fue haciendo entre los miembros de un ateneo republicano,
donde también pescaban socialistas y federales, y cuya biblioteca el joven Abel
devoró con avidez. Del batiburrillo se intuyó socialista libertario, antiautoritario,
alimentado ya por el abismo que lo separaría para siempre de su familia, de la vida
del pueblo.

La ruptura se consumó tras el saqueo que, en un descuido de su progenitor,


hizo en su despacho. Le sustrajo cinco mil duros que fueron a parar a la causa de la
revolución. De esa manera, por la puerta grande, entró Abel Domínguez Pallarés
en el sindicato anarcosindicalista, y también en la FAI, pero ese robo le condujo a
hacer algo que en principio no entraba en sus planes: alistarse en la legión
extranjera, creada hacía poco por Millán Astray. Fue condición impuesta por el
padre para no denunciarlo, una vez descubierto el latrocinio. Pero aunque su
progenitor pensara que allí iba a cambiar, Abel ya estaba marcado por la fiebre del
mundo nuevo, por la consecución de un universo en donde, al final, no existieran
banderas, familias, ni por supuesto, ejércitos. Algunas veces, en ese fuerte de Dar
Drius, cuartel y frontera, se acordaba de aquella infancia, libre en el pueblo, por los
campos y los olivares, feliz como sólo lo son los niños.

***

15 de junio de 1939

—Se escapará en el próximo traslado, dentro de unos días. Lo conducirán


con otros presos, pero lo dejarán el último, frente a un guardia civil, al que usted
apartará en un descuido. Le insisto encarecidamente en la necesidad de no herir a
ningún funcionario del cuerpo. No le cerrarán del todo las esposas y los tiros que
le lanzarán serán de fogueo. Se esconderá en la ciudad y saldrá lo antes posible de
España por sus propios medios, por la frontera francesa, utilizando sus contactos,
sobre los cuales no le voy a preguntar. No tendrá dinero, para que sus compañeros
no sospechen. Tampoco podrá ir a ver a su madre, ni pedir ayuda a personas
conocidas. Su casa estará vigilada.

Manzanedo le había recibido fumando uno de sus Luckys, pero no le había


ofrecido ninguno. Esta vez la excusa para sacarlo de la cárcel Modelo había sido
testificar en uno de los múltiples consejos de guerra que se sucedían sin descanso
condenando a muerte a socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos varios.
Los franquistas aplicaban con ellos la democracia de la muerte, pensaba Julián.
Conocía a algunos a los que juzgaban. En un mismo saco habían metido a
compañeros que habían tenido responsabilidades en la conducción de la guerra y
simples soldados, gente del común a la que acusaban con idéntica inquina. Los
había visto allí, en el banco de los acusados, todos revueltos, con la mirada y el
aspecto de los derrotados: ropas desgastadas, barba y desaliño.

En el juicio le habían preguntado por su cadena de mando. Respondió cosas


que ya conocían y se evadió como pudo de las preguntas que podían comprometer
a otros. No era normal que en los consejos de guerra se llamara a algún testigo, y
mucho menos, como en este caso, de alguien que estaba condenado a muerte. Una
vez que declaró ante el tribunal, le hicieron salir y le llevaron a una estancia de los
juzgados militares. No se sorprendió al ver allí al comandante de la Guardia Civil.
Tal vez había sido Manzanedo quien había movido sus hilos para poder charlar
con él con tranquilidad. Esta vez no ocultó la novela policíaca que tenía sobre la
mesa: El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie. Sin preámbulos, ni siquiera
un saludo, el comandante empezó una larga perorata. Estaba claro que le había
dado vueltas al plan. Julián le oía con resignación: no podía hacer otra cosa.

—Creíamos que el Comité Nacional de la CNT se quedaría en el sur de


Francia, pero no ha sido así. El llamado Movimiento Libertario en el exilio ha
instalado delegaciones en Perpignan y Toulouse para ayudar a los miles de
refugiados que han acabado en los campos de internamiento franceses, pero ese
debe ser sólo un lugar de paso para usted. Su objetivo es localizar a algunos
militantes libertarios del Comité Nacional, como su secretario Mariano Rodríguez
Vázquez, su célebre Marianet, que se ha trasladado a París con la plana mayor. No
sólo se ha concentrado allí el Comité Nacional, sino también el peninsular de la
FAI y el de las Juventudes Libertarias. Es decir, están todos, al menos los que
tenemos identificados entre los que se han escapado: Germinal de Souza, Germinal
Esgleas, Francisco Isgleas, García Oliver, Pedro Herrera, Horacio M. Prieto, Serafín
Aliaga… Sabemos que forman el Consejo General del Movimiento Libertario.

Mientras Manzanedo hablaba, Julián Montes se percató de que el


Movimiento Libertario, como otras organizaciones y partidos republicanos en el
exilio, estaba infiltrado. Tenía que ser más precavido que nunca. No se podía saber
con certeza quién tenías al lado, así le conocieras desde hacía años. Lo más
probable es que la Policía o la Guardia Civil comunicaran a sus agentes infiltrados
quién era Montes y qué tipo de misión llevaba. Alguien de esos traidores, en algún
momento, le vigilaría. Debía andar con pies de plomo.

—Tiene que entrevistarse con algunos miembros del Comité Nacional y


saber lo que pasó en el juicio que hicieron a Tina de Jarque. Por qué se la condenó,
qué papel tenía en esta historia. Si Abel Domínguez era su amante y cuáles fueron
los pormenores de todo. Tenemos la certeza de que está muerta, pero siempre
puede haber un pequeño margen para el error… o los milagros. Que se librara de
la muerte y se ocultara en algún lado, donde perdiera la memoria.

El propio comandante Manzanedo era consciente de la fragilidad de ese


razonamiento y su tono de voz sonaba hueco, impostado. En el fondo, significaba
lo contrario de lo que decía.

—Sí, ya sé que parece inverosímil, pero una persona llamó hace poco
diciendo que a Tina no la habían matado, que estaba escondida en una finca en el
campo, donde se había refugiado malherida y con la razón perdida tras el
fusilamiento.

—¿Y comprobaron quién era y por qué lo decía?

—Naturalmente, pero hablaba de algo que había oído, no supo decir en qué
finca, apenas vagamente la zona.

—Siempre hay gente con mucha imaginación…

—Otra persona escribió una carta desde Valencia a la madre de Tina


diciéndole que no estaba muerta, que había conseguido salir del país por la
frontera francesa, donde la esperaban.

Julián Montes calló. No eran esas sus noticias, pero tampoco tenía la
confirmación absoluta de la muerte. No había podido hablar con nadie que hubiera
presenciado el fusilamiento y supiera el lugar del enterramiento. Ante el gesto de
incredulidad del anarquista, el guardia civil siguió:

—La carta no tenía remite, pero estaba dirigida a la casa de Tina, a la madre,
así, con esas letras, quién fuera no conocía su nombre pero sí su dirección en la
calle Alcalá. ¿Por qué alguien hace esas cosas? Me lo he preguntado. No creo que
sea mala sangre, sino tal vez lo contrario, querer dar una esperanza, vaya usted a
saber. Aunque si fuera la madre lo que yo querría conocer es dónde se encuentra
su cuerpo.
Montes se mordió la lengua. También las familias de los republicanos
asesinados en la zona franquista querrían saber dónde estaban los cuerpos de los
suyos, donde los enterraron.

—Ahora están saliendo muchas historias de los que se salvaron en el último


momento del paredón, o que los hirieron y no les dieron el tiro de gracia… Y
también de gente escondida.

Los dos se quedaron pensativos, como sopesando posibilidades. La vida y la


muerte danzaban unidas en la guerra, cara y cruz de la misma moneda, que
arrojada al aire, dibujaba extrañas combinaciones donde todo era posible.

—Para llegar al Comité Nacional —rompió el silencio Manzanedo, una vez


más—, deberá pasar por el delegado en los campos de internamiento, creo que es
un tal Juan Manuel Molina, Juanel, que reside en Toulouse. Allí tendremos usted y
yo una cita en un hotel, el hotel Toulouse, dentro de quince días exactos. Estaré
una semana. En cuanto supimos que los peces gordos se habían ido a París, pensé
en abortar la operación. Pero me convencieron. Tal vez usted, libre en España y en
el sur de Francia, consiga saber más cosas…

Montes anotó enseguida el dato. Manzanedo se lo había dicho sin duda para
que lo supiera, para que no perdiera de vista que había alguien por encima de él
que lo controlaba todo. Sí, ¿pero quién? ¿Y por qué? ¿Qué relación tenía con Tina?
¿Tal era su poder que para averiguar el suceso permitía la libertad de un hombre
condenado?

—Así que no me decepcione y no se deje detener en España. No podría


realizar la misión y ya sabe lo que eso significa.

La amenaza quedó flotando en la habitación, junto con el humo del Lucky,


al levantarse el comandante.

—Sí, lo sé. Que el verdugo ejecutará la sentencia. Y no será venganza, dirán,


sino justicia —dijo con rabia.

—Si quiere se la dejo —señaló Manzanedo la novela policíaca—. Yo ya la he


leído. Dicen que su final es de los más sorprendentes de Aghata Christie. Pero la
verdad, yo descubrí antes de las últimas páginas que el asesino era el narrador.
Aunque me confundió un poco, todo hay que decirlo. En vez del mayordomo era
el doctor, íntimo amigo de la familia… Un buen golpe de tuerca, ¿no?, una
excepción en ese tipo de novelas. Ya no te puedes fiar ni de los autores
consagrados.

—Entonces no merece la pena —contestó Montes antes de abandonar la


estancia—. Ya la ha destripado, ¿para qué…?

«¡Qué hijo de puta!», pensó Montes. Aquel cerdo era vengativo y rencoroso,
eso no se hacía. Contar el final de una novela policíaca, qué retorcido. Una mala
pécora. Pero aparte de la venganza novelística, lo que era cojonudo, por no
denominarlo de otro modo, era que aquel fascista le conminara a escapar y le
pusiera los medios. Qué mal olía todo aquello, qué mal se sentía. Los viejos
temores, el miedo a ser descubierto y a ser utilizado, alcanzaron una peligrosa
dimensión. Atrapado, como su admirado Antonio Trent en El verdugo espera, una
novela que volvería a releer ahora si pudiera. Y cuyo final no contaría a nadie, ni al
mismísimo Manzanedo, por más que le odiara.

En la Modelo, tras los primeros días de adaptación y ubicación, a Julián


Montes no le había resultado difícil conseguir los nombres de los que en Valencia
le podían ayudar en la salida de España. Decidido a la evasión que le iban a
facilitar, su preocupación pasaba por hacerse con documentación falsa que pudiera
esgrimir en su viaje hacia Barcelona y la frontera, y no delatar con sus movimientos
a aquellos que iban a ayudarle. Sólo dos personas en la cárcel sabían sus planes.

—He comprobado que la mejor manera de fugarse es aprovechando los


traslados —decía Montes a aquellos compañeros esgrimiendo un fino alambre que
se había agenciado para practicar la apertura de las esposas—. Creo que me
quieren trasladar donde mi hermano, a Montolivet, me lo han soplado en las
oficinas. Si lo hacen, no lo pensaré dos veces. Mejor que me peguen un tiro que
esperar la muerte como un corderito.

Unos días después llegó la orden. La mañana del traslado a la prisión


militar, Julián Montes pensó que algo iba mal cuando comprobó que las esposas
recién colocadas no cedían y que tenía que emplearse a fondo con el alambre.
Estaba encorvado, simulando un dolor de estómago, para que los agentes que les
escoltaban no supieran lo que estaba haciendo. Al fin logró zafarse de una de ellas,
dio un empujón al guardia civil y, en una cuesta, saltó del camión que transportaba
a una veintena de penados. Aquellos tiros que oyó silbar a su lado, buscando su
cuerpo, no eran de fogueo, sino demasiado reales. En cualquier caso, no le
acertaron y protegiéndose primero con los accidentes del terreno y luego en unas
chabolas construidas entre el campo y las huertas, logró despistar a sus
perseguidores. Algunas caras se habían asomado a las ventanas cercanas, la gente
se levantaba. Ocultó las esposas con la mano en un bolsillo y corrió como un
poseído hasta que no pudo más y caminó con paso rápido por aquellas calles,
respirando una agridulce sensación de libertad. Se registraba ya cierto movimiento
por las calles, obreros y oficinistas partían ligeros hacia sus trabajos, en el fresco y
la humedad de la mañana. Entre ellos no extrañaba su atuendo, mísero en
territorio de míseros, pero si quería continuar con sus planes debía llegar cuanto
antes al centro de Valencia.

Tardó más de una hora, metiéndose por calles tortuosas, dando rodeos para
evitar un posible seguimiento, para llegar a aquella frutería donde encontraría
ayuda. Era muy temprano, lo que ayudaba. Julián se arrimó a la puerta metálica y
golpeó con los nudillos. Lo hizo dos veces y después calló. Varios minutos
después, un hombre joven abrió las cerraduras y miró con precaución. Detrás
escondía una pistola. Era Leoncio Sánchez.

Leoncio Sánchez era frutero de día e impresor clandestino de noche. Entre


los compañeros cenetistas se decía que con su pequeña imprenta falsificaba todo lo
falsificable con el sello de excombatiente, de la Falange, del ejército o de lo que
hiciera falta, y con esta documentación muchos anarquistas pudieron llegar a la
frontera y cruzarla en los primeros meses.

Montes hizo un gesto y se acercó, pronunciando el apodo de un compañero


que Leoncio conocía bien. Aun pensando en una encerrona, Leoncio le hizo pasar y
miró tras él. Julián enseguida le dijo quién era y le puso al corriente de su fuga y de
parte de quién venía en la cárcel. Entonces distinguió, en la penumbra del fondo,
otra figura con otra pistola en la mano. Tras un rato vigilando la calle, hicieron
pasar al huido a la trastienda y de allí a un sótano, donde trabajaban tres jóvenes.
Uno de ellos salió a vigilar fuera y Leoncio, con la pistola cerca, comenzó a
interrogar al evadido, que aún tenía las esposas colgando de una mano.

—Logré zafarme la mano de una de ellas, por eso pude empujar al guardia y
saltar. Estoy condenado a muerte, mi hermano también está en la cárcel. Necesito
salir de España, compañero. Una documentación y un poco de dinero, para llegar a
Barcelona y la frontera. También me gustaría ayudar a mi hermano. Es posible que
ahora tomen represalias contra él y ejecuten la condena a muerte.

Montes buscaba realizar una variante del plan, aunque no sabía si podría
llevarse a cabo. Que la organización liberara, con papeles falsos, a su hermano, y
huir de inmediato los dos a Francia, con lo que aquel fascista se quedaría con un
palmo de narices y sin saber lo que necesitaba. Nunca se había fiado de aquel
guardia civil. Quizá estaba ensayando la manera de infiltrarse en el Comité
Nacional, y después de aquella extraña misión iba a utilizarle como infiltrado en el
Movimiento Libertario, amenazándole con descubrirlo ante los suyos. No, del
enemigo nunca había que fiarse, no podía estar en sus manos.

Los dos jóvenes que trabajaban en aquella imprenta clandestina le miraban


con ojos concentrados y serios. Él, de estar en su lugar, habría hecho lo mismo.
Como si pudiera escrutar sus pensamientos, sabía que aquellos compañeros
intentarían comprobar que no era un infiltrado o un traidor.

—Te conozco, compañero —dijo de pronto uno de ellos—. Tú nos diste una
charla en las Juventudes Libertarias al comienzo de la guerra. Has cambiado, pero
te he reconocido. Eras periodista.

En la ingenuidad de aquellas palabras, Julián sintió su propia situación. Pero


el joven no se refería a su interior, sino a su estado físico, ahora más deteriorado. El
tiempo, aquel infinito tiempo, no pasaba en balde.

—Más que la guerra, lo que nos cambia es la cárcel. En apariencia, en el


encierro no corre tanto el tiempo como en libertad, pero por dentro es peor, va más
rápido, mina más. Pegando tiros, en la refriega, con el peligro, a pesar de todo, uno
vivía, pero en la prisión nos vamos muriendo mucho más ligeros. ¿De qué
agrupación eres?

—De Ruzafa.

—Me acuerdo de aquella charla. A menudo me pregunto que se ha hecho de


nuestros jóvenes libertarios.

—Seguimos luchando por la causa, a pesar de haber perdido la guerra.


Todos tenemos nuestro sitio en la pelea.

Las falsificaciones de documentos habían sido asumidas por los jóvenes


libertarios, esos que habían estado a punto de combatir, o habían tenido algunos
meses de guerra, y habían asistido al derrumbe y la derrota final. Ahora, esos
mismos jóvenes, organizados por los responsables que habían conseguido salir de
los campos de prisioneros, habían empezado la lucha en la clandestinidad,
montando empresas, realizando atentados económicos y organizando las líneas de
fuga. Eran las mujeres las que servían de enlaces entre el sindicato, las cárceles y
los campos y las que llevaban entre sus ropas la documentación que luego pasaban
a los presos con cien triquiñuelas.
—Está bien, compañero —dijo Leoncio—. Hay que obrar con rapidez. Lo
primero, quitarte esas esposas, conseguirte otra ropa, esta la quemaremos. Luego
hay que cortarte el pelo, teñirlo de negro, afeitarte la barba, dejar solo el bigote y
hacerte una foto. No hay cosa que más les joda a estos fascistas que se le escapen
las presas que habían marcado para matar. Te felicito por tu arrojo, Montes,
aunque a partir de ahora tendrás que irte acostumbrando a un nuevo nombre. Por
ejemplo, Manuel Oliva Sánchez. Vamos a ver cuando podemos tener todo listo
para sacarte de aquí. Hoy dormirás en el sótano, aunque no es lo más conveniente,
pero en un par de días te sacaremos a otro refugio, y cuando la documentación esté
lista podrás marchar. Calculo que en una semana.

—¿Se podría hacer algo por mi hermano? Intentar sacarlo con papeles falsos,
o de otra manera…

—Tu fuga los habrá puesto sobre aviso. Intentaremos ver como está la
situación.

No era comprobación baladí para los responsables cenetistas. No sólo por si


podían hacer algo, sino por saber si realmente había componendas. Se empezaba a
sospechar de delaciones, se habían producido algunas detenciones y todos creían
ver los fantasmas de la traición por todas partes.

Mientras Leoncio salía a abrir la frutería y a tomar las disposiciones


oportunas para alertar a Esteban Pallarols, el máximo responsable anarquista,
Julián Montes comenzó su transformación. Con las manos liberadas, una vez
limados los bordes de la esposa, con una palangana y los útiles de aseo que le
llevaron se cortó y afeitó la barba y se tiñó pelo y bigotes de color negro. El proceso
de transformación en Manuel Oliva Sánchez había comenzado.

***

Dar Drius, 1931

Aquello no podía durar. Durante cerca de tres años había seguido la


consigna que se había propuesto de no significarse, si acaso ir haciendo labor de
zapa en la primera bandera, entre los hermanos de armas más proclives a la
llamada de la revolución social, propagar poco a poco las ideas. En marzo de 1931
fue ascendido a cabo. Un mes después, con la proclamación de la república, por fin
pudo ir destapándose, recibir periódicos por correo, hablar sin tener que ocultarse.
Ese cambio de actitud no pasó inadvertido. Los mandos sospecharon pronto de
aquel legionario que leía y escribía tanto. La vigilancia sobre él se redobló desde
que en octubre de ese año, para conmemorar el día del ejército, en un certamen
literario, presentó «Patria, deber y disciplina en sus nuevos aspectos», trabajo
dirigido al resto de la tropa que, sin embargo, sólo llegó a la mesa del comandante.
El informe del mando al coronel jefe de la legión fue tajante: «El escrito está pleno
de rebeldía e indisciplina, nacido de los conceptos francamente comunistas y
antimilitaristas en que lo basa, razón por la cual no se leyó a la fuerza de la
bandera y quedó en mi poder. Según informes recabados, parece que pertenece a la
FAI y tiene una conducta amoral y rebelde».

«PATRIA, DEBER Y DISCIPLINA

en sus nuevos aspectos.»

Para vosotros, hombres de un día que sepultasteis en un «nada importa su


vida anterior» el fracaso de vuestra vida. A vosotros, bebedores del champaña del
dolor, piruetistas de la vida, cómicos del azar, que libasteis la copa del dolor sin
sentir el batir de alas de la embriaguez de vuestra misma tragedia. (…)

La rebelión o indisciplina nace de la injusticia y nunca habrá ejército más


disciplinado que aquel que goce de la máxima libertad. Si, cómo dijo Calderón, «en
batallas tales los vencidos son traidores y los vencedores leales», ved como quien
hoy es traidor mañana adquiere caracteres de héroe, merced a un simple cambio
político y quienes castigaron su rebeldía son los mismos que le elevan a la
categoría de mártir. La vida no es otra cosa que verse a sí mismo no
traicionándonos en nuestras convicciones. (…)

Los sufrimientos nos han regenerado, brindamos el tributo a nuestras vidas


si es preciso por el reinado de la justicia y del derecho, levantando sobre las ruinas
de la España imperialista otra nueva España donde impere la Libertad sin
misticismo, tanto en el corazón de los que obedecen como en la conciencia de los
mandatarios.

Legionarios, «¡Viva España Libre!», «¡Viva la República!», «¡Viva la


Legión!».

A partir de entonces, a su alrededor se tejió una red que empezaba por los
oficiales de servicio, seguía con los suboficiales y terminaba en legionarios
escogidos, ejerciendo una vigilancia sutil que se extendía asimismo a los que le
trataban.

Y aquello, efectivamente, estalló. El 29 de octubre abandonó la guardia en la


puerta principal del fuerte y, sin el fusil y el machete reglamentario, que dejó en el
cuerpo de guardia, se paseó por el poblado del campamento, con cierto aire de
provocación ante sargentos y oficiales e incluso frente al bar La Peña donde los
legionarios se gastaban su soldada jugando a las cartas.

El resultado fue un mes de arresto, recluido y aislado del resto de la fuerza,


que se encargó de realizar, de malos modos, un teniente y un sargento, con los que
Abel forcejeó e intercambió insultos. En el informe oficial del incidente se insistía
en que era un individuo peligroso y rebelde. Se inició el procedimiento por
abandono del servicio. Ingresado en el calabozo del fuerte de Rostrogordo, fue
depuesto de su empleo «por hacer mal uso de las divisas propagando actos e ideas
contrarias a la disciplina» y se decretó procesamiento en prisión preventiva hasta
que, en febrero de 1932, el juez le encausó por sedición e insulto a un oficial. Le
interceptaron los periódicos La Tierra y Mundo Rojo, que repartía a cinco
legionarios, y le intervinieron las cartas. En una dirigida a otro legionario, Pedro
Sánchez Marín, lamentaba que a él y los demás les hubieran molestado por su
causa. Le recomendaba que procurara leer a los precursores del ideal: «Las
persecuciones que se sufren por el ideal se verán algún día coronadas por el éxito»
y le pedía que le mandara sus cosas, sobre todo libros, papel y objetos de escritorio.
«En el periódico El libertario de ideal anarquista he escrito artículos sobre el Tercio
¡Ay el día que llegue la hora de la justicia! Pedro, Periquillo, tienes que aprender a
odiar a los oficiales, a esos césares de espuela y sable que crearon el pelotón y los
tormentos para el castigo de sus hermanos».

Dos meses más tarde, en abril de 1932, fue trasladado a la cárcel pública de
Melilla por causar baja en el cuerpo. El juez lo procesó por sedición en el fuerte
Rostrogordo y le impuso una pena de 6 años y 1 día de prisión. Tras su etapa de
legionario, comenzaba su vida de preso.

***
En la estancia umbría del sótano, a salvo de miradas u oídos indiscretos,
Julián Montes recibió la visita de Esteban Pallarols, el que estaba al frente, de facto,
del Comité Nacional cenetista dentro de España. Pallarols, que no había cumplido
los veinticinco, había conseguido escapar de Albatera con órdenes de libertad
falsificada. El responsable cenetista se había informado sobre él y en apariencia no
dudaba de su fuga.

—Menuda la que liaste. Han estado más de dos días buscándote, peinando
varios barrios. Aún hay más policía de la normal en las estaciones.

—Tengo que salir de España. Si queréis, puedo llevar un mensaje al Comité


Nacional en Francia…

—En realidad el Comité Nacional es el que está aquí, aunque ahora lo


llamamos Junta Nacional del Movimiento Libertario, nos centramos en la ayuda a
los represaliados, la liberación de presos y la reorganización de la CNT.

—¿Y entonces, en Francia…?

—En París han creado el Consejo General del Movimiento Libertario, algo
de momento inoperante. Te ayudaremos, compañero, pero tendrás que cumplir a
rajatabla lo que convengamos. No sólo es tu pellejo, sino el de muchos compañeros
el que se puede poner en peligro. Puedes ir haciendo un informe sobre las cárceles,
quizá eso allí les pueda interesar. Y desde luego, nos interesa a nosotros que no se
olviden como las estamos pasando aquí.

Julián, que sí podía contar, y mucho, del mundo de las cárceles, desconocía
qué estaba pasando en España y en el exilio. Pallarols le puso en antecedentes.

—Hemos pensado mandar a Francia a dos miembros del Comité Nacional,


para que cuenten a Germinal Esgleas, que ha sucedido a Marianet después de su
accidente mortal, la fuerte represión que estamos viviendo en el interior, con las
ejecuciones masivas. Cada día caen decenas de libertarios en Madrid, Barcelona y
Valencia. El Consejo General del Movimiento Libertario tiene que acudir en
nuestro auxilio. Habría que tratar de que los sindicatos y los partidos republicanos
franceses cambiasen su actitud hacia nosotros y presionen a Franco para que deje
de fusilar.

—Entonces, es cierto que Marianet ha muerto.

—El 18 de junio pasado.


—En la cárcel algunos pensaban que era un bulo —dijo Julián, que de pronto
cayó en la cuenta de que sin duda lo sabía Manzanedo y sin embargo no le había
comunicado nada.

Tal vez los responsables anarquistas no habían difundido la noticia para no


desmoralizar más al personal, por más que Marianet hubiese sido muy criticado en
la última parte de la guerra.

—Ya lo sabe todo el Movimiento Libertario.

—¿Y cómo fue?

—Por lo visto, ahogado en el río Marne.

Aquella era una mala noticia para sus planes. La muerte del máximo
responsable cenetista durante la guerra no era demasiado lógica, aunque pudiera
haber sucedido así. Sin ir más lejos, Galo Díez, conocido anarquista vasco y
miembro del Comité Nacional, había muerto ahogado en la playa del Saler en el
38, después de una congestión.

—No sabemos mucho más. Hay rumores de todo tipo. Marianet le había
escrito a principios de junio a Juanel, el delegado de CNT en los campos de
concentración, que se pusiera en contacto conmigo para que le diéramos
importante información sobre el interior de España.

Días antes, mientras permanecía en el sótano de la frutería, Julián había


asistido a una escena insólita. Leoncio había recibido un envío de tres paquetes de
cajas de tornillos. Disimulados entre las piezas, se hallaban envoltorios con
monedas antiguas de plata, del siglo xix. El envío provenía de Esteban Pallarols,
que ante la escasez de dinero y después de que un compañero, Ramón de las
Casas, le informara del escondrijo en una tumba del cementerio de Alcañiz,
decidió ir a por el botín, 400 amadeos de plata, procedentes de una requisa, para
atender a las necesidades más perentorias de la organización.

—Es necesario que insistas a Juanel sobre las penurias por las que
atravesamos y en qué situación nos encontramos. Tenemos que evacuar a
libertarios con responsabilidades huidos de Albatera y escondidos. Existe la
posibilidad de salvar más vidas a cambio de dinero. Necesitamos su ayuda para
sobornar a algunos funcionarios. Pero hay que actuar rápido.

—De acuerdo, lo transmitiré. ¿Podréis hacer algo por mi hermano?


—Lo intentaremos, Montes. De momento, nuestros informes son que han
aumentado la vigilancia sobre él. Lo tienen en una celda individual. Sin duda
esperan que hagamos algo. Cualquier intento de evasión o de liberarlo de la cárcel
sería un suicidio. Estamos evaluando si falsificar una orden de libertad, pero
deberíamos hacerla coincidir con alguna otra de verdad, es muy arriesgado,
podríamos perder nuestros contactos en la cárcel. Nos ocuparemos de ello en lo
posible. Tu presencia aquí lo complica todo, así que prepárate para una inminente
salida.

Julián Montes se percató de que no era tan importante como otros libertarios
y que si caía, no era una gran pérdida para la organización, que guardaba a buen
recaudo a los que consideraba imprescindibles. Aquello, lejos de importarle, en
esos momentos le favorecía. Recibió la documentación falsa y dinero para poder
viajar hasta Barcelona y más tarde hacia la frontera pirenaica. Oficialmente como
parte de su disfraz, pero secretamente complacido, se compró dos novelas
policíacas. No desentonaban en el ambiente y servían de distracción. Compró La
casa a medio camino, de Ellery Queen y La liga de los asustados, de su último
descubrimiento, Nero Wolfe, el detective creado por el escritor norteamericano Rex
Stout. Para él era una buena literatura, por lo sagaz de la trama, la agudeza de los
diálogos y la ágil narración: aunque sus ideas políticas no le gustaran, admiraba la
capacidad indagatoria de aquel grueso detective tacaño, amante de las orquídeas y
de la cerveza, de la que engullía al menos diez litros diarios. Así, acompañado de
sus héroes novelescos y con misión ambigua, Julián enfrentó los próximos pasos de
su historia. Tenía nombres, personajes reales, una trama real, unos enigmas. Y la
acción. Quien le iba a decir que él mismo iba a vivir una auténtica novela.

Corrían los últimos días de junio de 1939.


CAPÍTULO 4

En plena locura

Madrid, 1923

Aquel hombre se acercó despacio, con el habano en la boca, seguridad de


ademanes y gestos: una cara de mediana edad en la que destacaban la nariz
aguileña y los labios carnosos. Con gafas y las primeras entradas, no era
especialmente atractivo, pero detrás de él se adivinaba todo un mundo de lujo,
dinero y poder. Llevaba mirando mucho rato, imantado por su belleza: Con 17
años, Tina, de naturaleza exuberante, aparentaba alguno más. Aquella era la
primera visita que hacía, con una amiga, Emeteria Molino, la Molinillo, al Nuevo
Club, elegante local de moda al estilo de París o Londres. Tras su regreso de
Alemania había debutado como canzonetista en el Romea. La primera vez que había
actuado en la capital de España había sido hacía dos años, y en aquel entonces, un
periódico, El Sol, había escrito un suelto que ella se había aprendido de memoria:

«El 28 del 4 del 21, en el Romea, de Madrid, Emilia Práxedes, Emilia


Bracamonte y Tina de Jarque. Tina ha sorprendido por su belleza, la pureza de su
dicción y las espléndidas toaletas que luce. Trátase de una artista que consiguió el
premio Mi Careme, en Barcelona, que tiene una vocación decidida por el género al
que se dedica y que tiene todas las condiciones para ser una estrella».

—Eres muy guapa.

Es lo primero que dijo aquel hombre cuando llegó a la mesa.

—Gracias —dijo ella sin querer dar conversación pero tampoco ser
antipática.

—Eso fue lo que pensé cuando te vi en el Romea. Guapa y además,


talentosa. Eres un brillante en bruto, aunque habría que pulirte un poco para que
refulgieras mucho más.

Tina se echó a reír.

—¿Usted cree? Tengo estudios de ballet y canto. Además de mecanografía,


sé francés, inglés y me defiendo en alemán, aún estoy en los principios de mi
carrera. Ya he hecho varias películas en Alemania, ahí donde me ve.

—¿Y qué es lo que querrías conseguir?

—Me gustaría tener un coche, un hotel en Biarritz, alhajas, en fin, lo normal


en estos casos —dijo riendo.

El galante caballero también se echó a reír. Sabía que todos los hombres
tenían su precio, fuese cual fuese. Y las mujeres, desde luego, más previsibles.

—Tuviste suerte. Nunca voy a espectáculos como los del Romea, no tengo
tiempo. Pero me hablaron de lo bien que lo hacías y de tu belleza. Al natural,
brillas más.

Tina no sabía donde meterse, halagada en lo profundo, pero sabiendo que


aquel hombre dominaba la palabra y el espacio escénico, lo que no era muy
cómodo. Parecía diseccionarla de alguna manera con la mirada, como si realmente
la estuviera acariciando tras el vestido. Se adivinaba su lujuria, disfrazada de
voluptuosidad.

—También tu amiga es muy guapa —repartió los piropos.

—Gracias —respondió la Molinillo, que no sabía donde meterse. Quería


dejar el campo libre a Tina, pero se había quedado ante las miradas suplicantes de
su nueva amiga. Aquella velada se prolongó varias horas, en las que corrió el
champán francés, invitación de la misteriosa figura, que a pesar del empeño de las
dos jóvenes, escamoteó su nombre durante toda la noche. Al salir a la calle, acudió
enseguida su chófer, solícito. Tras dejar a la Molinillo, que seguía con los ojos y la
boca abiertos, en pasmo de sorpresa, la llevó al hotelito donde se hospedaba.

—¡Buenas noches, Tina!

—Usted sabe mi nombre, pero yo no conozco el suyo —era incapaz de


tutearle, aunque él lo hacía con ella.
—Ya lo conocerás. Nos seguiremos viendo.

A la mañana siguiente, el portero llamó a su puerta con insistencia. Al abrir,


Tina se encontró con un hombre agitado que llevaba una mueca de sorpresa en la
cara:

—¡Señorita Tina! Hay un chófer con un coche en la puerta esperando. ¡Ha


preguntado por usted, y dice que el coche es suyo!

—Pero, ¡bueno!, tiene que ser un error.

—Pues jura y perjura que el coche es de usted y que está a su servicio.

Fue entonces cuando se acordó de aquel seductor de la noche anterior.


Desde luego, aquel hombre sabía tratar a las mujeres. Ella sabía que le gustaba, si
no, no se hubiera llevado tantas molestias para invitarla y acompañarla.

Tina se vistió con rapidez y descendió hasta la acera. Y allí estaba el flamante
y reluciente automóvil, de marca Erskine, con un conductor de librea —el mismo
que la había llevado la última noche—, recibiendo la mirada de admiración y
envidia de los viandantes. Aún no se veían tantos coches en la capital de España.
Durante un buen rato, y ante la mirada alelada del portero y de las mujeres del
servicio que se habían asomado, Tina no pudo articular palabra. Leyó con la boca
abierta la nota que le tendía el chófer, junto con unas flores y un paquete:

—Me llamo Juan March Ordinas. Ruego que acepte este regalo y que reserve
este fin de semana para cenar conmigo. Manuel estará a su servicio mientras usted
encuentre un buen conductor.

Las flores eran rosas, varias decenas. El paquete contenía una cartera y
dentro de ella, un collar y una pulsera, la libreta de una cuenta corriente y la
propiedad de un chalé en Biarritz. Tina no sabía qué hacer, si gritar, saltar, reír, o
rechazar todo aquello. No hacía un año que había decidido iniciar carrera en el
mundo artístico, creía en sus condiciones y cualidades. Empezaba a abrirse paso en
aquel complicado mundo del espectáculo y de la noche a la mañana, un hombre se
había vuelto loco con ella y le regalaba riquezas y propiedades. Y sin ser realmente
famosa.

—¿Así que es usted el chófer de don Juan March? —preguntó a Manuel.

—Uno de los dos que tiene. Don Juan es uno de los mayores hombres de
empresa de España. Y de los más ricos —contestó con un guiño inequívoco.

Desconcertada, Tina no acertaba qué decir, y le entró una risa floja.

Fue la primera sorpresa de Juan March. La otra sería el espectacular


recibimiento que le preparó aquella noche en su suite habitual del hotel Palace. El
banquero recibió a Tina con una copa de champán y una sonrisa de oreja a oreja.
Había ordenado una cena exquisita, con ostras, rosbif, deliciosos consomés, vol au
vent de champiñones, trufas, dulces y variados postres. El servicio del hotel, su
ayudante de cámara y sus sirvientes estaban extrañados. Fastos así no le habían
visto nunca. Alguna vez había sido generoso con las cocottes que subían a su
habitación, práctica casi diaria —podía llegar a interrumpir una reunión dos veces
para acostarse con mujeres, profesionales de lujo o algunas queridas de la clase
media fáciles de impresionar—, pero jamás había ordenado tal arrebato culinario, a
lo que se sumaba aquel exuberante despliegue de flores. Había ordenado perfumar
su habitación, el dormitorio y la cama con costosas esencias importadas. Todos a
su alrededor se preguntaban quién sería la diosa a la que dedicaba tal homenaje.
Alguien verdaderamente importante, una mujer conocida, o alguna belleza
extranjera sin par a la que quisiera impresionar antes de acostarse con ella, fin
último de todos sus desvelos, que, hasta el momento, no le habían costado ni
tantos trabajos ni tanto dinero. Después de sus «conquistas», sus empleados
podían atisbar una sonrisa en la cara de aquel depredador nato que parecía estar
siempre pensando más allá de su mirada. Era mirada de pájaro carroñero, al
acecho del brillo dorado, decían sus enemigos, ave rapaz que simplemente elegía
la presa sobre la que se abatiría su codicia. Y era igual con las mujeres. Lo que
quería, lo tomaba. No estaba dispuesto a aceptar una negativa, y había reducido el
asunto a algo mecánico, en el que el precio, siempre que no fuera desorbitado, no
era ningún inconveniente.

Lejos de la expectación que con su propia conducta había levantado entre los
que le rodeaban y servían, las dudas que en aquel momento asaltaban a Juan
March se centraban en la elección del traje, la corbata y hasta la ropa interior. Todo
su dinero y su poder lo respaldaban en aquel intento, pero pretendía tal vez un
imposible. Acostumbrado a las profesionales, Juan March, quizá por primera vez
en su vida, había decidido sentir el placer de la conquista: quería seducir a su
invitada.

Aunque podía suponer el nerviosismo de Tina ante aquel encuentro, Juan


March no imaginaba cuál era la última causa que lo producía. Lo descubriría más
tarde, tras la opípara cena, regada con buen champán francés, que Tina bebió, para
no desairarlo: no estaba acostumbrada aún a las burbujas, según le decía.

—Pues tendrás que hacerlo, una mujer como tú flotará en el éxito, vivirá
entre burbujas. El triunfo te está destinado. Yo sé distinguirlo a golpe de vista, en
hombres y mujeres: nunca me equivoco. Acuérdate de lo que te digo.

Tina se reía con aquellas ocurrencias. Le entraba una risa que le aflojaba
entera, fruto de la bebida y la lisonja. Todo ayudaba. Le había dado las gracias por
aquellos regalos que le habían hecho flotar durante todo el día, donde no pudo
concentrarse en nada. Menos mal que no tenía función hasta el lunes siguiente.

—¿Y siempre eres así cuando te gusta una mujer? —ya en el tuteo,
preguntaba ingenua esperando encontrar una declaración del amor eterno,
palabras que estaban impresas a fuego en las mentes de las jovencitas románticas.

El banquero sonreía. Estaba disfrutando. Hacía tiempo que no sentía las


delicias de aquella sensación embriagadora. Tina sólo tenía ojos para él, y aunque
sin duda se había informado de quién era, en realidad él disfrutaba creyendo que
realmente la estaba seduciendo. Era ese poder supremo, que no había sentido
nunca cuando lo hacía con dinero.

—¿Tú qué crees?

—Que sabes mucho detrás de esas gafas. Conoces como tratar a una mujer.
Me has colmado de regalos que harían enloquecer a cualquiera. Pero yo tengo
también un regalo para ti. Lo más valioso que poseo.

March pensó si con aquella metáfora Tina hablaba de su corazón o su


cuerpo. Tardó aún un buen rato en saber a qué se refería. Tras los besos y las
caricias, desembarazados ya de la incómoda ropa que se interponía entre los dos,
en aquella mullida cama, entre los vapores del champán que le hacían chispear los
ojos, Tina le dijo:

—Espero que no me duela mucho. Serás delicado, ¿verdad?

Durante unos segundos, Juan March no dio crédito a lo que oía. La


excitación, aquel sentimiento parecido al amor que lo había tomado y que lo había
erotizado desde la cabeza a los pies, pareció descender y atenazarle hasta el sexo.
Pero la mirada de Tina, abierta, invitadora, tan distinta de las mujeres a las que
pagaba, le hizo reaccionar. Aquella mujer le iba a entregar su virginidad. Algo que
jamás había sospechado. No sólo le ofrecía su cuerpo, sino ser iniciada en el amor,
en el sexo. Nunca antes el banquero había sentido algo parecido: era una sensación
de poder total. Mejor que el dinero, más embriagadora.

Así enardecido, entró con toda la delicadeza de la que fue capaz en el cuerpo
de Tina. Aquella era una flor que se abría para él. Según la creencia de la época, la
mujer establecía una relación muy especial con el primer hombre que la había
poseído. En la cabeza de las jóvenes que fantaseaban con su primera noche de
pasión existía aquel convencimiento. Aunque la primera experiencia amorosa fue
algo frustrante para Tina, la cosa se arregló después, cuando Juan March volvió a
poseerla, tras vaciar entre los dos otra botella de aquel caro champán francés.
Cierto que la cabeza le daba vueltas, pero eso la enajenaba. A ella y a March, que
aún repitió otra vez al amanecer.

—Ha sido inolvidable —le dijo antes de levantarse—. Verdaderamente


inolvidable. Hacía tiempo que no gozaba tanto.

Y lo decía preparado para comerse el mundo a continuación. Había sido


droga poderosa. March no se arrepintió nunca de aquellas noches, y tampoco Tina,
que no se había hecho ilusiones con el millonario y hombre de negocios. A partir
de entonces lo vería de vez en cuando, e incluso sospecharía que un viento
favorable animaba sus proyectos cuando lo tenía detrás.

Pero no le hacía falta. No es que cantara aún demasiado bien, pero tenía
simpatía natural y un físico envidiable, con largas piernas, mirada exótica y piel
oscura. Por eso se habían fijado en ella los productores alemanes, y había tenido
papeles en dos películas más tras Bigamia. Tras esa experiencia, siguió haciendo
cine en España. Aún el sonoro no había irrumpido en la pantalla y el
cinematógrafo, invento elegante, se movía entre la gesticulación de los actores y los
letreros explicativos del diálogo y la acción.

***

Madrid, verano de 1948

—¿Cómo dice que se llama? ¿Manuel Oliva? Tiene usted mucha suerte de
poder escribir. A mí no me dejan.
Se lo había dicho a Montes con fatalidad, más que con queja. Álvaro Retana
era, sin duda, un personaje en aquella trama. Ya no principal, sino un secundario
de peso, necesario para navegar en aquellos ambientes artísticos que él apenas
había llegado a conocer, ni siquiera cuando trabajaba de periodista antes de la
guerra, acotado al ramo de los sucesos, ambientes sórdidos, nada propicios al
encanto y lujo de las vedettes de revista. No sabía realmente qué podría contarle
Álvaro Retana, aquel amigo de Tina, pero necesitaba hablar con él. Lo había
nombrado Manzanedo al principio de toda la aventura. Y no había sido fácil
localizarlo. Recordó que el guardia civil, años atrás, había mencionado que aquella
figura de la novela sicalíptica y las variedades era, pura ironía, funcionario del
Tribunal de Cuentas. Allí, con su nombre falso y haciéndose pasar por un antiguo
compañero de profesión periodística, preguntó por su paradero.

—Ha tenido suerte —le dijo un funcionario al que le había remitido el


ujier—. Vive en la calle Orellana. Es buena persona y ahora necesita que le echen
una mano. Aquí, entre los compañeros, no se olvida que cuando llegó la guerra y
algunos funcionarios fueron despojados de sus cargos por los rojos, él secundó de
buena gana una colecta mensual por los supendidos con cierto carácter
vergonzante. Y lo hizo valientemente, diciendo que era igual del color político que
fueran, pero que no podían quedarse en el desamparo. Quizá por eso le
consideraron desafecto luego a él también y en los primeros tiempos de la guerra
las pasó canutas. De lo que pasó después, sinceramente, no sé nada.

Gracias a ese funcionario, Julián Montes localizó su domicilio, donde llamó


una mañana tras decir a la portera que era un antiguo colega. Le abrió una mujer
desconfiada, que le informó que Álvaro Retana estaba en la cama, convaleciente de
un ataque de asma. Una voz trémula preguntó desde un cuarto interior.

—Un momento, haga el favor… —dijo la mujer, que acudió a la llamada que
la solicitaba.

Desde la puerta entreabierta, aguzando el oído, Montes escuchó la


conversación en sordina. Aunque el piso era modesto, se veían detalles de buen
gusto, como tapices y jarrones.

—Es un periodista que quiere hablar contigo.

—Hoy no estoy presentable, Chola. ¿De qué quiere hablar conmigo?

—Se lo preguntaré.
—¿De qué quería hablar con Alvarito? —le preguntó de vuelta.

—De Tina de Jarque. Estoy haciendo un reportaje sobre ella.

Tras el consiguiente viaje, Montes recibió el recado.

—Mi hermano dice que si puede ser dentro de dos días, a las cinco, en el bar
Chicote. Estará ya mejor y le llevará algunas cosas de las que escribió sobre ella.

No, nunca se sabía que podía dar de sí una entrevista. Quizá, animado por la
conversación, el novelista pudiera pronunciar en algún momento el nombre de
quien le interesaba: el misterioso amante que esperaba a Tina fuera de España.

Con una carpeta bajo el brazo, Álvaro Retana había aparecido en la puerta
del bar, pero a Julián le costó reconocerlo. Había visto una fotografía suya, hacía
tiempo, en una manoseada novela de la colección Novelas de hoy, en las que
publicaba sus libros «sicalípticos», según la moral burguesa de la época. Pero aquel
hombre que tenía delante no era, desde luego, el mismo. La vida le había colocado
más años en los hombros, que pesaban hasta el punto de hacerle aparecer
levemente encorvado, largo como era. Montes descubrió que aún tenía el síndrome
de la cárcel, de la que acababa de salir, maldito para toda su vida, pero vivo,
habiendo arrostrado las penurias del encierro con gran dignidad y estado de
ánimo. De una manera sorprendente había eludido el paredón tras conseguir la
intervención en su favor del papa Pío XII, que logró que le conmutaran la pena de
muerte por la de 30 años de prisión. Esta petición al pontífice fue realizada por el
escritor falangista Tomás Borrás, marido de Aurora Jauffrett, la Goya, que Retana
había encumbrado en sus crónicas antes de la guerra y para la que había escrito
alguno de sus más famosos cuplés.

El anarquista identificó el estrago que en los seres humanos producía una


estancia prolongada privados de libertad, con amenazas constantes sobre la vida,
una existencia que ya, incluso libre, nunca sería igual.

Por eso no le había extrañado que Álvaro Retana prefiriera quedar en un


lugar público como Chicote. El local debía traerle momentos gloriosos de su vida,
al menos de su última época antes de la guerra. Montes apreciaba esa característica
en el escritor: vivía el pasado con intensidad, y en sus ojos se asomaba un brillo
distinto cuando recordaba sus años de esplendor, que habían sido también de
desenfreno en todos los órdenes. Famoso y aplaudido, sus ingresos le permitían el
lujo de tener permanentemente a la puerta de su casa un simón, un coche de
caballos cubierto, con cochero de librea al pescante. Ahora, con los recuerdos aún
frescos en su mente, se enfrentaba a la niebla difusa del quehacer cotidiano, de
lograr sobrevivir en un mundo abiertamente hostil.

A aquel hombre castigado repitió su empeño de periodista que quería


realizar un reportaje de homenaje a la desaparecida figura.

—¡Ah, Tina, Tinita, Tina! ¡Qué mala suerte tuvo! Sí, el suyo fue un caso de
mala suerte. Sí, ya sé, podemos hablar de maquinaciones marxistas y todo eso, la
trampa que le tendieron, pero en realidad fue mal fario. Aunque permítame que le
diga que me parece raro que los periódicos del régimen quieran publicar algo
sobre Tina de Jarque.

—¿Y por qué razón?

—Porque según se dijo en el Madrid de entonces, la fusilaron cuando huía


con una maleta llena de joyas, por valor de diez millones. Iba a embarcarse en un
barco alemán en el puerto de Alicante con su amante. Aunque la fusilaran los rojos,
eso no da buena prensa. Si hubieran querido encumbrarla a la categoría de mártir,
ya lo habrían hecho en La causa general, donde, por cierto, me metieron a mí sin
razón.

—¿Qué quiere tomar?, le invito —dijo Montes para congraciarse. Lo que


acababa de decirle no le cuadraba. No hubo ningún barco alemán en Alicante, ni
en 1937 ni los dos años siguientes, como él muy bien sabía. Era otra cortina de
humo o un rumor interesado.

—¡Uff! Hacía tanto tiempo que no entraba aquí… No sé, me gustaría un


combinado, algo fuerte, incluso picante. Para hablar de Tina y de aquel tiempo,
sería necesario un Yacaré, un Jockey Club o un Uzcudun, sí, justo, ese sería el más
idóneo tratándose de Tina. Aquí hemos estado tantas veces en esos años… Pero
ahora valen tres pesetas los corrientes y un duro los cocktails especiales, una
enormidad para lo que se gana, sería un abuso. En otros tiempos yo siempre
invitaba a mis amigos, hoy no puedo permitírmelo.

—No se preocupe. Déjeme. No todos los días se conoce a alguien famoso


como usted.

Mientras Julián alzaba la mano, Retana hizo un gesto indefinido, de rechazar


el cumplido o de que no era cierto. Aunque tenía varios camareros, Perico Chicote
estaba siempre en la barra, atendía y daba conversación a muchos clientes. El
barman reconoció al escritor y le saludó con una gran sonrisa sin preguntarle
donde se había metido todo aquel tiempo. Debía saber de su estancia en la cárcel,
los periódicos habían aireado su detención varios años antes. Otra cosa no, pero
Chicote estaba siempre bien informado.

Se sentaron en una mesa del fondo, desde donde se distinguía el local y toda
su fauna. Las fulanas, los caballeros que iban a buscarlas, los estraperlistas, algún
apoderado de toreros y algún periodista de los diarios del régimen.

—Mire, toda esa canalla… Siempre ha sido así, no solo en este bar, en
muchos… ¡Ah, qué tiempos! Ahora me dicen que aquí, además de famosos del
cine, se puede encontrar penicilina, e incluso otras cosas. A pesar de los secretas,
que empiezan a caer por aquí dentro de un par de horas, cuando esto se anima. En
eso será distinto, pero en lo demás, los mismos crápulas, las mismas mujeres.

—Sabe usted mucho de estos ambientes. Sin duda ha gozado…

—Lo que siento es que el tiempo haya casi extinguido mis viejos ardores.
Voy camino de ser un viejo virtuoso, ya que no puedo ser un joven pecador. La
virtud, al igual que los cuervos, gusta de anidar en las ruinas. Porque cambian las
modas y las formas, pero no se engañe, el vicio permanece. Aunque ahora esté más
escondido. Es un buen lugar para encontrar historias, pero no le pregunte a
Chicote, él no suelta prenda, a pesar de que por aquí pasa todo el Madrid
interesante. ¿Usted no es de Madrid, verdad?

—No, de un pueblo de Valencia. Estoy aquí ahora ganándome la vida como


buenamente puedo. Me depuraron, pero ya pagué. Me han prometido una
oportunidad en varios periódicos si les llevo una buena historia, por eso pensé en
la de Tina de Jarque. Sabía que ustedes eran amigos y conseguí su dirección, leí
que trabajaba en el Tribunal de Cuentas y allí me la dieron.

Montes notó la cara de desconfianza del escritor. Había cometido un error.


Retana no era tonto. Un hombre en la posición que acababa de relatarle no tendría
dinero para invitarle a un cocktail. Pero aparentó creérselo.

—¡El Tribunal! Sí, he intentado volver y hasta he escrito una solicitud, pero
no creo que me dejen. Los que cortan hoy el bacalao quieren que las personas como
yo se mueran de hambre. He intentado mover todos mis contactos para que, al
menos, me dejen escribir de estrenos, pero ni El caballero audaz ni Tomás Borrás, ni
todos esos prebostes católicos a los que he escrito han podido hacer nada. Está
usted hablando con alguien que está en la lista negra.

Perico Chicote apareció con los dos combinados en la barra. Uno de los
camareros se los llevó a la mesa.

—Cortesía de la casa, invita don Pedro Chicote, por los buenos tiempos.

Álvaro se levantó, inclinó la cabeza en dirección al barman con una amplia


sonrisa de agradecimiento. Acto seguido levantó la copa y lanzó un brindis:

—¡Por Tina, por Tinita! Por las veces que me he acordado en estos últimos
años, allá donde estaba, de los días que vivimos juntos.

Chicote, desde la barra, brindó con la coctelera en la mano y luego volvió a


sus quehaceres.

—Dura la cárcel, ¿no? Yo también estuve preso después de la guerra,


afortunadamente poco tiempo —se permitió Julián un guiño, despreciando el
peligro que pudiera suponer aquel comentario: quería ganárselo. Pensó que era
mejor hacerlo con cierta dosis de sinceridad.

—A mí me encerraron en abril del 39 denunciado por el marqués de


Portazgo, al que yo no conocía, pero que tenía hechos que ocultar de su vida
pasada que yo sí sabía.

—Les daba igual las razones. A mí me acusaron de colaborar con el SIM, lo


que era falso… —mintió Montes.

—También a mí me acusaron de algo parecido. Bueno, sin duda lo habrá


usted leído, que mandé a Ángel Pedrero, el jefe del SIM, una carta pidiéndole una
custodia para incrustarla por un lado un reloj y por otra un retrato de la Chelito,
un cáliz para poner tres rosas con la bandera republicana y una imagen de un niño
Jesús para vestirlo de miliciano y ponerle un fusil al hombro. La escribí aconsejado
por alguien de la propia policía, porque sabía que iba a detenerme el propio SIM.
¡En buena hora! Ni Pedrero me contestó, ni yo iba a hacerlo. Pero dio igual. Eso me
condenó y me pudo costar la vida.

—Sí, leí que le habían incautado a usted objetos de culto al final de la guerra.

—Pura falacia. A las 24 horas de mi detención, en los primeros días de abril


del 39 me habían desvalijado la casa, con todos mis muebles, comprados con mi
dinero, ganado honradamente. Y desde luego, ni había custodia ni niño Jesús. ¿Y
usted estuvo preso mucho tiempo?

—No demasiado. Afortunadamente me llegó un indulto. Pasé por varias


cárceles de Levante, pero pude sobrevivir. Y aquí me tiene. Pero aún me acuerdo
de aquellos funcionarios que cuando leían la lista de los que iban a fusilar lo hacían
lentamente, regodeándose. Primero el nombre, pongamos José, y todos los Josés
con un nudo en la garganta, luego, varios segundos después, el apellido…

—¡Eso lo he vivido yo también! ¡Diecisiete veces viví ese tormento,


esperando que me picaran cualquier día!

—¡Shss!, baje la voz…

—Ya veo que ha estado usted en la trena y sabe lo que eso significa. Yo pené
nueve años en diversas prisiones, pero la más dura, donde pasé dos años fue el
fuerte San Cristóbal, en Pamplona, un lugar lúgubre, siniestro, con aquellas
montañas oscuras rodeándolo, siempre chorreando agua, como si todo llorase.
Hasta el sol, cuando salía de entre la niebla, parecía raquítico, sin fuerza, era
distinto al de otras regiones de España. A veces el viento dispersaba la niebla en la
que vivíamos envueltos casi todo el año, pero el sol lucía frío y desganado, como si
nos considerara indignos de prestarnos su fuerza y su calor. Entraba en el pabellón
por los once balcones de las celdas exteriores y aunque lo hiciera frío y desdeñoso,
eso era todo un honor de que no disfrutaban otros departamentos del penal. A
pesar de ese sol fue un lugar horrible para mi asma, sufrí mucho, y se me agravó la
lesión que tengo en la columna debido a una caída en mi infancia. En las paredes,
colgadas de unos clavos, nuestras ropas semejaban fantasmas, espectros, como sus
dueños. Nuestra vida giraba en torno al patio. Éramos tantos, y aquello era tan
húmedo y oscuro que se agradecía ver una raja de cielo, como un toldo azul, sobre
un espacio hacinado.

Retana dibujaba la estructura carcelera en el aire. En todas las prisiones por


las que había pasado había escrito un cuaderno con los datos de los carceleros y de
los compañeros de celda, así como las condiciones y eventos de los que había sido
testigo, desde torturas y palizas mortales hasta los nombres de los que «picaban» y
desaparecían un día, camino del paredón y cómo lo habían hecho. Era un libro que
pensaba escribir y publicar fuera de España con el título de Entre rejas. Montes
también se abismó oyendo a Retana y recordando aquellos tiempos. Su hermano
aún penaba en la cárcel de Valencia.
—Todo el panorama al alcance era un rectángulo adoquinado de 90 pasos de
largo por 25 de ancho —describía Álvaro—, encajonado entre cuatro edificios de la
fortaleza, un ataúd gigante cuya tapa era la bóveda celeste. En ese espacio de
ochocientos metros cuadrados aproximadamente teníamos que airearnos más de
dos mil reclusos. Tocábamos a medio metro por barba, pero aliviaba algo que no
salían los numerosos enfermos y los destinados en varias labores, que resistían en
sus departamentos. Con el tiempo, la concentración bajó, los últimos años éramos
menos y tocábamos a más patio. Yo hacía todo lo que podía, e incluso compuse
«La Pepa», un chotis sobre una figura que nos acompañaba siempre y que los
compañeros cantaban como último homenaje al que iba a morir.

Montes sabía lo que quería decir aquel apodo, mote común de la muerte,
aún presente en aquellos días. El hombre que Julián contemplaba, esa figura
envejecida y vencida, pero digna, nada tenía que ver con aquella criatura de la
noche y los excesos de no hacía muchos años. Hombre excesivo en sí mismo,
Álvaro Retana había sido un poco de todo: escritor, autor de cuplés, dibujante,
figurinista. Suyos eran los imaginativos diseños de trajes de las grandes figuras de
la revista, bailarinas y vedettes, vestuario y figurines para cabaré y music-hall en
donde se traslucía su buen gusto e innovación, atrevimiento de líneas y colores, en
telas y cortes. Retana, que había nacido en alta mar, frente a las costas de Ceilán,
cuando sus padres viajaban a Filipinas, era de familia noble e hijo del político y
escritor Wenceslao Retana, que fue gobernador de Huesca y de Teruel, académico
de la Historia además de inspector general de policía en Barcelona durante la
época de Primo de Rivera. Su propio padre retiraba de la circulación en la Ciudad
Condal las novelas plagadas de «anomalías de alcoba» que publicaba su hijo, con
quien no sintonizaba. Niño bien madrileño y precoz autor de letras de cuplés
célebres, Álvaro se inmortalizaba en poses provocadoras, vistiendo quimono
bordado de rosas, o ataviado con un batín blanco de trabajo, cejas depiladas y
aspecto facial acentuando el andrógino aniñamiento de sus facciones. Tenía una
mirada inteligente y divertida en esa cara de luna llena: le gustaba apurar la vida,
ese efímero arrebato.

Aunque destacaba como novelista —uno de los mejores escritores de


novelas eróticas de su tiempo, escritas la mayoría entre 1917 y 1922, alguna de las
cuales le sonaba a Julián—, letrista y periodista, también era músico, un loco del
jazz, introductor de esa música burbujeante que en la imaginación de la época se
asociaba a la libertad sexual, y que a Tina le encantaba. Era fácil encontrarlo en los
clubs de moda, asistiendo a la actuación de cantantes de jazz norteamericanos, a los
que alojaba en su casa.
Maestro de la literatura ambigua, al igual que su propia sexualidad —se
decía que era bisexual y libertino—, en sus exitosas y divertidas novelas mostraba,
como en un abanico de plumas, los vicios de una sociedad decadente y sofisticada,
andrógina y chic de principios del siglo xx, fauna galante y frívola entre la que se
encontraban cocottes, aristócratas homosexuales, vividores y perversos de todo tipo
y condición. Ese era el caldo de cultivo en el que ya se desenvolvía Tina de Jarque
como una más de las artistas del espectáculo, según le contaba el novelista
depurado, mientras Montes, con oficio antiguo, garabateaba notas en un cuaderno.

—¿Sabe usted que cuando la detuvieron yo estaba en su casa, trabajando con


ella? Estábamos haciendo unos cuplés para su estreno en Barcelona. Yo me refugié
en su casa algunos días, a mi piso de Francisco Silvela no podía volver, entonces
estaba considerado desafecto, me escondía en el piso de la escuela de música que
tenía con José Casanova, pero el piso fue alcanzado en un bombardeo, entonces me
dijo Tina que durmiera en su casa, total, así preparábamos mejor los números. Ella
quería huir a Barcelona. Entraron a registrar… Pobre Tina, quién nos iba a decir a
nosotros que aquel sería el principio del fin.

Pausa para dar un sorbo al cocktail, que entonaba el cuerpo y el espíritu.

—¿Y quién la detuvo?

—Eran anarquistas, de las milicias andaluzas o algo así. Yo sólo los vi esa
vez. Al tal Abel Domínguez, el que la secuestró, nunca le ví.

—¿Y no habló más con ella?

—Dos veces, por teléfono, pero debía de estar vigilada. A Tinita le debo
muchas cosas, la última el que me salvara de los milicianos. Intenté avisar a
alguien, sin éxito. Ella me advirtió que no me acercase de nuevo a su casa. Y eso
hice.

Evocaba Retana y se ralentizaba, hasta que se percataba de haber caído en la


emoción.

—No hubo más, aquella fue la última vez, y a decir verdad, no me acuerdo
de la primera vez, cuando nos conocimos, en los felices años 20, en Madrid. Debía
ser hacia mediados de 1923 o 1924, creo que en un homenaje a una cupletista,
Cándida Suárez. Yo andaba entonces liado con Lina Valery, fue mi segundo
matrimonio experimental. Tina acababa de volver de Alemania, donde había hecho
algunas películas. Era una guayaba, como decíamos en aquella época, ya sabe, el
vértigo de las burbujas y el charlestón. Al poco de volver le ofrecieron participar en
La mala ley, en 1924, ya comenzada la dictadura de Primo de Rivera. Aquella
película no se escapaba de los clichés del costumbrismo típico. Yo la ayudé con el
vestuario, hacía un papel de reparto. La dirigió Manuel Noriega que adaptó una
comedia de Manuel Linares Rivas. Nada digno de mención, aunque era un alegato
contra la injusticia de una «mala ley» que protegía a los hijos manirrotos y
desaprensivos, esos que yo conocía bien de mis noches de juerga.

En la foto que había sacado Retana de su carpeta, se podía ver el elenco del
film: Tina se codeaba con Fernando Díaz de Mendoza, Pepe Isbert y Gonzalo F. de
Córdoba, según venía escrito por detrás.

—Eran buenos tiempos, a pesar de todo. Yo iba por las mañanas al Tribunal
de Cuentas, por las tardes escribía en casa hasta muy tarde, salvo que tuviera un
estreno por la noche. Y nunca llegaba tarde al Tribunal, estaba a las diez de la
mañana, como un clavo. Mientras mandaba el espadón de Primo, a pesar de todo,
la vida nocturna y frívola estaba animada.

Retana miró al periodista, que ni se inmutó, y siguió adelante.

—Era divertida, esponjosa, apabullante, delicada. Nada retorcida.


Coincidimos muchas noches, los dos gozábamos con el ambiente frívolo.

Otra pausa, otra mirada. Retana parecía jugársela, o incluso, sospechó


Montes, le echaba un anzuelo, para ver de qué pie cojeaba. Acertó. El escritor sacó
fotos de Tina de la carpeta.

—Supongo que no se escandalizará por lo que digo, ¿no? Hay tanto mojigato
ahora…

—Ya —cortó Montes—. Entonces, conoció crápulas, gente adinerada, en esos


ambientes, tantas fiestas… ¿Tuvo algún amante?

—Varios. De alto y bajo copete. Además de aquella locura que le entró por
Uzcudun. Pero no le voy a decir nombres, a toro pasado, con ella muerta no me
parece elegante.

—Lo comprendo. Lo decía simplemente para dar una nota de color. Siempre
se ha dicho que Tina tenía amantes aristocráticos y de grandes fortunas.

—Bueno, pero sobre todo, Tina trabajaba. Aparte del cine, que daba
prestigio y elevaba el caché, Tina actuaba como canzonetista en los teatros de
Madrid, donde empezaba a ser popular y a conocer al personal que por ellos
bullía. Enseguida nos hicimos amigos, como con Tórtola Valencia o las que
pululaban en esos ambientes iniciando la carrera o llevaban temporadas, mire,
mire, aquí están Emilia Práxedes, Raquel Meller, Conchita Piquer, Mercedes Serós,
Margarita Carvajal, Custodia Romero, la Venus de bronce… Precisamente con
Custodia compartió Tina el protagonismo de su segunda película en España, La
medalla del torero, en 1925, dirigida por José Buchs y basada en la canción «El
relicario».

—No la vi.

—No es que se perdiera mucho. El argumento del melodrama era barroco y


mezclaba intrigas amorosas con aromas taurinos y aristocráticos en un folletín de
final romántico, con paternidades ocultas y perdones postreros cristalizados en
una medalla. Tina hacía el papel de Lolita Zúñiga, hija del marqués de los
Almenares, enamorada del torero José García, «el Algabeño», que sufrió una
cogida en el rodaje, lo que fue explotado como reclamo publicitario…

—¿El Algabeño?

—El mismo que murió después en la guerra alistado en el bando nacional,


en las tropas de Queipo. Pero entonces nadie andaba en la política.

Julián Montes se decía, una vez más, que no convenía demostrar prisa,
aunque el peligro fuera que Retana se perdiera entre sus recuerdos y evocaciones.
Se veía que disfrutaba. Ya que él no podía hacerlo, al menos que alguien contara la
historia. Una historia que guardaba escrita con párrafos detrás de las fotos, quizás
indicaciones para las imprentas de las revistas en las que ampliamente colaboró,
como La Vida, Crónica y Flirt.

—Algún día, cuando pueda, escribiré algo sobre ella. Contaré, por ejemplo,
como pronto se corrió, de boca en boca, uno de sus números en el Romea, al
principio de su carrera. En él aparecía, como una estatua clásica, prácticamente
desnuda y pintada de blanco, Venus imposible en lo alto de una columna griega.

Álvaro recordaba ese momento, en su cabeza la seguía viendo, asistiendo al


milagro: Tina aguantaba inmóvil las miradas imantadas del público, conteniendo
la respiración, sabiendo que decenas de ojos se deslizaban por su cuerpo como
caricias imposibles. Era tanta la sensualidad que desprendía su figura, tanto el
erotismo de su pose que, sin quererlo, se escapaban suspiros y silbidos de
admiración. Pero no sólo era su cuerpo, sino su voz y su baile, sus movimientos, y
su arrolladora simpatía los que se impusieron en las alegres producciones de los
teatros madrileños de la época.

—Fue pionera en muchas cosas, en el jazz, en el nudismo… En 1932 posó


desnuda, entre dos sesiones de music-hall. Era una de las primeras grandes estrellas
que lo hacían. Un desnudo elegante, nada procaz, Tina no era chabacana, como
otras. Pero ya sé que eso no lo va a poder publicar.

Retana continuó evocando, sin que Julián Montes pudiera evitarlo —y en el


fondo tampoco quisiera, imantado por la palabra del escritor represaliado—, todo
un mundo de Madrid perdido ya para siempre que él nunca llegó a conocer: las
tardes ilustres del Trianon, del Teatro Rey Alfonso, las noches de las revistas
miniaturas del café del hotel Palace, las glorias del Romea y del Maravillas con el
empresario José Luis Campúa de capitán. Retana componía letras y diseñaba trajes,
ocupaciones que complementaban sus ingresos como funcionario del Tribunal de
Cuentas. En un catálogo, Retana presentaba a las vedettes sus sofisticados modelos
y, a partir de los gustos de cada una, se realizaban los cambios.

La empresa contrataba a Retana para que confeccionase los figurines con


arreglo a los cuales los modistos vestían a las estrellas, vicetiples y chicas del coro.
Las primeras figuras debían abonar directamente a Retana el importe de esos
figurines, mientras que los de las vicetiples y el coro se los pagaba directamente la
empresa. Pero cobrarles a las vedettes era tarea ardua, como muy bien sabía su hijo
Alfonso, que siempre tenía que hacer varios viajes hasta que le pagasen.

Representantes, letristas, músicos, arreglistas, modistas, todos trabajaban


para la artista, y esta cobraba del empresario, por lo cual alrededor de ellas se
agitaba una cohorte profesional a la que había que sumar los periodistas y los que
ejercían el galanteo, hombres que eran calificados con diversas categorías de
insectos: moscones, moscardones, garrapatas, avispas…

«Arreglo y enseño, cobro seis pesetas a las artistas por instrumentar y


armonizar sus números para orquestina de seis instrumentos y cuatro a los
autores. Puedo poner en solfa el tarareo de una melodía. Por poder hacer, puedo
hacer casi todo, tocar varios instrumentos, dirigir ensayos. Menos bailar…».

Retana imitaba al maestro Monreal. El músico era gracioso, destilaba la


ironía y la retranca de quien había visto y padecido miserias, tenía ojitos
chispeantes de los que gustaban trabajar con mujeres, con artistas: llevaba la
música y el espectáculo en las venas.

—El primer bombazo de Monreal fue «El capote de paseo», con letra de
Hernández Mir y mía, estrenado, todo hay que decirlo, sin mucha gloria por Tina,
aunque luego triunfó con ella Mercedes Serós.

Cosas de la levadura, a veces los buenos ingredientes no lograban el premio


y variando la voz y el palmito, la figura que lo canta, cuaja el éxito.

—Pero el reconocimiento de Tina llegó en el año 1926, el del triunfo


incontestable, cuando comenzó a ser conocida como una verdadera artista. Yo
asistí a su eclosión, lo merecía. Como si el título fuera premonitorio, el 17 de abril
de 1926 estrenó Vamos a empezar en el Teatro Romea. Luego, actuó en otros teatros
como la Latina, el Martín o el Maravillas. Junto con ella, Isabelita Ruiz, una belleza
más baja y delgada, otro tipo de mujer, que bailaba divinamente y con la cual
congenió pronto. Entre las dos hacían un número del maestro Guerrero,
«Charlestón», que desde que se estrenó, tuvieron que repetir en todas las
funciones, hasta tal punto gustó su interpretación. En esta foto se las ve a las dos,
mano a mano…

A Retana le fascinaba esa ingenuidad mezclada con provocación. Lo decía


de vuelta de aquel tiempo, aterrizando.

—Además de fotografías, le he traído algunos recortes de aquella época. De


las cosas que he podido conservar.

Había conservado muchas, era cierto, fetichista irredento: postales, revistas,


carteles, imágenes de un tiempo pasado y glorioso, donde Retana, cual moderno
Petronio, oficiaba como pontífice de la modernidad, del buen gusto.

Montes leyó en voz alta un párrafo de una crónica de Retana sobre Tina:
«Ha llegado al arte frívolo como fina intérprete. Con una voz acariciante, presencia
escultural y fuerte elegancia, que complementa con adornos fantásticos y
esplendorosos atavíos, tras su etapa del cuplé, se ha coronado como vedette y reina
de la revista».

—En Barcelona, la revista tenía un estilo más internacional —siguió Retana,


agradeciendo el homenaje de oír a otro sus propias palabras—, sin argumento, más
cómica y con espectaculares números musicales. En Madrid gustaba la revista más
popular, con ligero argumento, castiza, picante, atrevida, con espléndidas mujeres.
Aquí una figura como la de Tina gustaba. ¡Qué noches! Me acuerdo de lo que me
decía, de la voz de coqueta que ponía: «¡Ay Alvarito! Dime otra vez eso de que
levanto los espíritus en los espectadores más alicaídos, con interpretaciones
exquisitas, nada vulgares». Había aprendido mucho. Algo le habíamos enseñado
en aquel tiempo: el arte de la sinuosidad, de la sutileza, de despertar y avivar el
deseo, sin actitudes procaces. Puro deleite. Y yo le contestaba:

«Tina, eres una belleza racial, mezcla de valquiria del norte y gitana sureña,
ideal para la canción española con voz afinada y mímica medida. Lo que yo
necesito para que interpretes, con toda la gama de matices, un número frívolo,
“Las tardes del Ritz”. El público se va a interesar y seguro que va a tararearla. El
maestro Monreal ha compuesto la música para mi letra.

Yo me voy todas las tardes

a merendar al hotel Ritz

y tras el té suelo hacer mis diabluras

con un galán que está loco por mí.

Juntos a bailar salimos

nos enlazamos con pasión

y al final tengo que decirle


toda llena de miedo y rubor:

¡Ay, por favor

no me baile usted así

ay no, por Dios

que me siento morir!

Tenga usted en cuenta que mira mamá

y si se fija más va a regañar

¡Ay, suélteme,

no me oprima usted más!

Pues le diré, si me quiere asustar

que soy cardíaca y por esta razón


no debo llevarme ninguna emoción

Ay yo no sé

lo que pasa por mí

pero ya ve

que me siento feliz.

Siga apretando, aunque mire mamá

y si se irrita ya se calmará.

¡Ay que placer

es bailar un fox-trot

con un doncel
que nos habla de amor!

—¿Y por qué no se va fuera de España? —preguntó Montes—. Aquí no tiene


mucho qué hacer.

Montes sabía que en la época de la dictadura de Miguel Primo de Rivera su


popularidad y sus alardes libertinos le habían puesto en el punto de mira de la
campaña contra la pornografía en la que sufrió numerosos procesos, al igual que
escritores como Emilio Carrere, Joaquín Belda, Artemio Precioso, Jose María
Carretero, el Caballero Audaz, y Antonio de Hoyos y Vinent. Se prohibió una
colección de novelitas galantes, entre las que se encontraba una pieza de Valle-
Inclán en la que el dictador se sintió retratado. El proceso afectó al divino marqués
de Bradomín y la cohorte que le seguía, la plana mayor del decadentismo español
encabezada por Belda, Precioso y Retana. Casi todos, menos Valle-Inclán y Retana,
se fueron a París. Retana fue condenado por delitos de imprenta y además de
varias estancias en el «abanico» de la cárcel Modelo, lo desterraron un año a
Barcelona.

—No, nunca me fui, nunca me iré. No quise salir de Madrid ni siquiera


durante la guerra, cuando habría podido. Incluso, ya rehabilitado por la república,
le supliqué al general Miaja que mediara ante el presidente del Tribunal para que
no me desplazara.

Retana iba y volvía al pasado, se alimentaba de él. Revivía aquellos últimos


días de los felices años veinte, el final de un ciclo. Cansado de tanta persecución, a
raíz del último de sus múltiples procesos, al salir de la cárcel hizo una declaración
pública en la que se arrepentía de sus novelas libertinas y prometía borrar su
pasado literario. Acto seguido solicitó la protección del duque de Vistahermosa y
otros elementos de la Liga contra la Pública Inmoralidad. En su decisión, ejemplo
camaleónico de adaptación a los tiempos, también pesó el que su único hijo
Alfonso había salido del colegio de frailes donde se educaba y vivía con su padre,
que no le quería dar mal ejemplo. Tampoco le sirvió de mucho. Su pasado, en la
España franquista, seguía siendo un lastre del que era difícil desprenderse.

En los avatares de la conversación, Julián Montes no pudo despejar ninguna


de sus dudas, la primera si el novelista tuvo en algún momento un romance con
Tina, y quién era el amante importante de la vedette. Mientras dejaba que el
multifácetico novelista apurara su copa, su mirada se deslizó hacia el periódico de
la mesa. Abierto por la sección de espectáculos, leyó una actuación del bailarín
Vicente Escudero con Serapio Gutiérrez. Algo le decían esos nombres, sí, ¿pero
qué? Volvió a elevar la vista para ver la cara de Retana.

Retana había hablado mucho y aventado los recuerdos, pero no le había


proporcionado el dato que iba buscando. Seguro que podía contarle más. Como si
le leyera el pensamiento, el exnovelista más guapo del mundo replicaba:

—Debería usted hablar con varios amigos y compañeros de Tina. Uno es


Alady, el cómico, que la trató antes y durante la guerra, y también María Caballé o
sobre todo Isabelita Ruiz, una amiga de Tina de toda la vida, una vedette menudita
pero con mucho salero. Eran las «Tres gracias de 1928». Alady viene de vez en
cuando por Madrid, lo alterna con Barcelona. Isabelita creo que está en la
Argentina o en el Brasil, trabajando, es lo que me han dicho, no sé si tiene previsto
volver a este erial artístico. Ella le podía contar muchas historias de aquellas giras
por América, cuando ella, la Caballé y Tina eran estrellas de la compañía del sagaz
empresario Eulogio Velasco, el hombre que elevó la revista a la categoría de arte y
que las contrató en octubre de 1926 para su gira americana con En plena locura.

—¿Esa Isabelita que era tan amiga suya también actuó con ella en la guerra?

—No, afortunadamente Isabelita se libró de vivir y de pasar lo que hemos


pasado los demás. Tuvo la suerte de irse en las primeras semanas. La Caballé está
retirada, le mataron a un hijo en los primeros días. Aún no lo ha superado, apenas
habla.

—Entonces, no queda nadie para que me cuente esa época de Ámerica, salvo
usted. Seguro que conoce muchas historias de aquellos tiempos. Hábleme de ese
Velasco.

—Velasco, ¿cómo le diría?, fue un visionario en su época. Había visto el


enorme potencial de aquella joven. Como una flor, la hermosura de Tina
comenzaba a abrirse en todo su esplendor. Tenía algo más de veinte años, pero su
estatura, sus formas y su piel de color canela le daban un exotismo que atraía: eran
imanes sus piernas, torneadas por el esfuerzo y el ejercicio, a lo que se sumaba su
voz, capaz de matices y registros y su sonrisa, la simpatía arrolladora de quien aún
quiere comerse el mundo y una capacidad de trabajo sin límite, fruto de la
disciplina circense que siempre había observado en casa y en su familia… ¡Ah,
Eulogio Velasco! Le voy a contar cosas suyas, lo conocí y le traté, escribí sobre sus
revistas, aunque creo que podrá usted hablar con él, salvo que haya muerto en la
guerra, que yo no lo he oído…

***

Eugenio Velasco, murciano, se había iniciado en la pasión de su vida en


1904, cuando era un joven casi imberbe y junto a su hermano Francisco y un grupo
de amigos, se propuso representar en Valencia La reina mora. A partir de entonces
hizo de todo en el teatro y las variedades: empresario, dramaturgo, libretista y
director de escena. Antes de cultivar la revista, sus negocios teatrales eran el
género chico, la zarzuela y la opereta. Empezó su compañía con su hermano y, tras
llenar teatros en Málaga, Buenos Aires, La Habana y otras capitales americanas, en
1922 se propuso demostrar que en España se podía hacer algo semejante a los
espectáculos de gran lujo que se veían en el mundo. Entonces se vino a Madrid, al
Apolo y montó Arco Iris, de Borrás y de Belloch con las bellas Eugenia Zúffoli y
María Caballé como cabezas de cartel, triunfo sonado.

Velasco derrochó una fortuna, y no ahorró en lujos y plumas, pedrería y


atrezo, para que sus esculturales coristas y vicetiples, y sobre todo las vedettes,
dejaran deslumbrados al personal. Le costó setenta mil duros, que le produjeron
después más de 700.000 pesetas. No siempre fue así, en ocasiones perdió dinero,
pero con elegancia.

Otro de los pilares de sus espectáculos fue la introducción de un elemento


capital en el arte frívolo: las chicas del coro. Afirmaban los agudos e irónicos
cronistas de la época que el coro nunca había tenido tanta importancia desde la
tragedia griega. Para otros, era la belleza, garbo y elegancia de los elementos
femeninos, así como la labor oportuna y eficaz de los actores. Las actrices como
María Caballé afirmaban con aplomo a los periodistas que el éxito se debía al lujo
desplegado.

—El libro era una cosa extraordinariamente delicada, pero de poco hubiera
servido si Velasco no hubiese vertido sobre él aquella fastuosidad de ensueño, que
fue la que, en realidad, deslumbró al público.

Velasco, un poco redicho, añadía al plumilla:

«Aquí estábamos acostumbrados a revistitas muy graciosas, pero que se


montaban con un puñado de duros. En cuanto se hizo algo superior a todo aquello,
la gente gozó de lo lindo, testimoniándonos de modo inequívoco su
complacencia».

También, claro está, los centímetros de carne que las chicas del coro, tiples y
vicetiples, enseñaban. En un momento de la obra se deslizaba una escena en la que
una o varias chicas aparecían, aunque eso sí, brevemente, sin vestidura ninguna o
con un minúsculo tanga. Eran desnudos artísticos, nada procaces, y nadie
protestaba por el atrevimiento. El desnudo era defendido por la mayoría de las
artistas, que preferían hablar de belleza y no de algo «sicalíptico».

En plena locura, el siguiente espectáculo de Velasco, donde había echado la


casa por la ventana, fue precisamente, para Tina de Jarque, lo que expresaba el
título. Su consagración y elevación desde entonces a la categoría de gran vedette.
Estrenada en el Teatro Victoria Eugenia de San Sebastián, el 7 de octubre de 1926, y
tras una gira por provincias, la compañía partió hacia tierras americanas: Nueva
York, La Habana, México, Cartagena de Indias, Caracas y Río de Janeiro, con una
apuesta de éxito seguro. Su triunfo en ambas orillas del Atlántico se debió a
números como el tango «Desgraciao», el fox-trot «Las niñas del serrucho» y temas
insinuantes como el de «Entre bohíos», con unos plátanos anudados a la cintura,
un homenaje del número que había popularizado Josephine Baker, artista a la que
Tina admiraba y a la que había conocido en Barcelona.

***

Cárcel de Melilla, 1932

Victoria Grande, cárcel en lo alto, infierno de sol y sal. La enorme fortaleza


de piedra, con gruesas rejas en las ventanas y rodeada por el mar, se levantaba en
el viejo barrio de la alcazaba melillense, en una loma desde la que se divisaba con
amplitud el puerto y la agrupación de casas y edificios que habían ido ascendiendo
a través de los años por la cuesta. Aún se erguía imponente, dominando la plaza:
había sido parte fundamental de la defensa de la ciudad, edificada en 1736, junto el
fuerte de Victoria Chica, a su vera, un poco más abajo. Tras la ampliación de su
superficie había dejado de formar parte del cinturón defensivo y más tarde se
había destinado a cárcel. Desde que Melilla se había convertido en provincia, con
la república, tenía el carácter de prisión provincial.

Allí, en ese recinto de renegridos muros y desgastados suelos de ladrillo


rojo, se mezclaban presos políticos y comunes y también moros, algunos con el
caftán característico; la limpieza dejaba mucho que desear. La sarna y otras
enfermedades eran consecuencia del hacinamiento y la falta de higiene, como los
jergones manchados, la falta de ventilación en verano, el frío del invierno a través
de aquellos ventanucos mal cerrados. Todos los reclusos padecían con aquello,
pero la falta de limpieza era lo peor para un hombre como Abel, nacido con la
obsesión del aseo, inculcado.

Aquella fortaleza, parecida a las gaditanas, construida en piedra ostionera y


con rocas y desechos de las minas del Gurugú, era demasiado permeable a la
humedad y a la sal. Tenía un patio central con soportales donde se asomaban las
celdas y en su centro los reos paseaban o tomaban el sol dos horas al día, fauna
variable de diversos perfiles humanos; los ladrones, los asesinos o violadores,
algún homicida, y los presos sociales, sobre todo los anarquistas. Dentro de las
celdas, en los allí encerrados se alternaban todas las secuencias de la cárcel, con sus
altibajos: soledad, miseria, angustia, solidaridad.

Había sido enviado a Victoria Grande cuando hubo cumplido, en el


calabozo del fuerte de Rostrogordo, los cinco años que marcaban su enganche en la
legión. Abel Domínguez, al ser considerado un agitador peligroso, condenado por
sedición, gozaba de una celda individual, pegada al muro exterior, casi sobre el
foso de la entrada, con ventana alta abierta al este. Por aquella ventana, a cuyo
marco conseguía encaramarse entre las rejas del muro, veía el mar, azul, o gris
plomizo, mate o brillante, pero siempre lejano.

El rancho carcelario era traído en unos grandes barreños y peroles, parecidos


a los que usaban las lavadoras de ropa. Allí aparecía la pitanza y si el envase era
penoso, el aspecto de aquella masa de comida —compuesta las más de las veces de
garbanzos revueltos, con fideos y arroz, lentejas con patatas desechas y pegadas,
sopas insulsas de fideos— echaba para atrás a cualquier paladar, que sólo a fuerza
de necesidad le hincaba el diente después de servírsela en su escudilla. No dejaban
utilizar el tenedor, ni el cuchillo, apenas una cuchara de romo mango. Otras veces
servían arenques salados, tal vez como refinada expresión de tortura, porque los
presos se pasaban las horas siguientes con la boca sedienta y pidiendo agua a
gritos.

Al fondo del pasillo se encontraba el baño con regadera, lavabo y el


sanitario, un agujero en el suelo con marcas para los pies. Sólo había una cama por
celda y no existía un solo mueble para guardar la ropa. Los presos se agenciaban
del almacén cajas de embalaje, de fruta u otros productos y con eso se
improvisaban asientos, mesas o incluso, como Abel, estanterías donde ponían dos
o tres libros, los que les permitían. En aquel momento Abel leía una novela de
aventuras, El conde de Montecristo, de Dumas, prestada en el Ateneo Libertario. En
un registro rutinario, y argumentando que esa lectura podía ser perjudicial y traer
malas ideas, don Eleuterio, uno de los guardianes más duros, le requisó la novela
entre grandes protestas de Abel y un forcejeo que fue cortado en seco por el
funcionario, que le propinó un empujón y un fuerte golpe contra la caja de madera,
que se quebró.

—Al menos léalo usted hombre, a ver si se civiliza un poco. ¿Qué teme de
ese libro? ¿Qué pueda escaparme como Edmundo Dantés y vuelva a vengarme de
usted? ¿Qué puede esperarse de alguien tan mezquino que intenta controlar los
sueños?

Los carceleros, algunos de la ciudad y otros destinados, cumplían con su


trabajo; unos eran más benevolentes, normalmente los ya hechos a la vida de la
ciudad fronteriza y otros, los de fuera, más rígidos, como contrariados de estar en
aquel rincón perdido. Pero de entre todos, uno era el más temible, el más odiado y
a la vez del que más se burlaban los presos cuando podían: don Eleuterio, flaco,
esquelético, amarillo, antiguo guardia civil, de humor endemoniado. No había
turno suyo que no estuviera jalonado de amenazas o problemas, maldad
personificada que según los propios reclusos, le envenenaba. Algunos le llamaban
el Alacrán y sólo esperaban ver el momento en el que él mismo se clavara el
aguijón. Estaba en todo momento presto a chivarse, a la denuncia. Con él, Abel
siempre tuvo problemas, el de las lecturas el primero. Con lo único que transigía
era con los libros de ciencia o historia antigua, pero era inflexible con las novelas o
folletos que le olían a revolución o a relajación de las costumbres.

Las reformas penitenciarias de la república, desarrolladas por Victoria Kent,


como muchas otras cosas de la península, llegaban más tarde a Melilla o en
algunos aspectos, ni siquiera lo habían hecho. Eso sí, como pensaba con ironía
Abel, se habían apresurado a escribir, sobre la puerta de entrada, el lema de la
nueva Dirección General de Prisiones, «Odia el delito y compadece a los
delincuentes».

Desde aquella celda, con el mar de fondo y los sonidos de la ciudad que se
colaban por el ventanuco, Abel escribía, mandaba artículos de temas doctrinarios a
La revista blanca y a El Libertario, o sobre la actualidad a La voz del campesino:

«Ni con la reforma agraria, ni con ninguna ley por amplia que sea en sus
alcances, quedarán satisfechos nuestros anhelos. Aspiramos a algo más noble, más
elevado; a la reivindicación obrera con todos sus derechos, y eso jamás podrán
concederlo las leyes capitalistas. La libertad y la tierra han de serles arrebatadas
por la violencia y la lucha, y no por las leyes. Queremos que la tierra, patrimonio
común de todos los seres, vuelva a poder de quienes la trabajan; que el campesino
deje de ser explotado».

En los medios anarquistas comenzaron a comentarse sus escritos. La Escuela


Racionalista de Melilla le encargó un folleto sobre «La familia y el anarquismo»
que publicó en 1932. Fueron dos años de lecturas, escritos, peleas con funcionarios
y de mirar al mar, sabor salobre en el paladar. Abel llegó a pensar que cumpliría
allí toda su condena, los seis años, pero se equivocó. En la primavera de 1934, junto
con otros reclusos, le trasladaron a la península, en un barco de la
Transmediterránea, el que hacía la línea Málaga-Melilla. Su destino fue Almería, y
allí encontró menos rigor que en la plaza norteafricana, menos funcionarios
avinagrados y más compañeros anarquistas. Ya se sabía que no había mal que más
de cien años durase. Y desde allí, desde detrás de esos muros, veía como cada vez
estaba más cerca la anhelada revolución social.
CAPÍTULO 5

Una orgía dorada

La sirena del buque anunció la inminente salida, los últimos acompañantes


enfilaron el portón y, desde el muelle, agitaron las manos. Lentamente, el navío
comenzó la maniobra de partida. Tina, como el resto de la compañía, miraba desde
cubierta cómo se alejaba el puerto y las montañas de aquella ciudad norteña. Las
giras comenzaban con el tren hacia Santander o La Coruña y el embarque en
aquellas grandes construcciones flotantes, varios pisos de camarotes, con
comedores, salas de juego y un pequeño salón para espectáculos, con piano, donde
ensayaba la compañía por las mañanas para no perder entrenamiento. El Cristóbal
Colón, de la compañía Transatlántica, unía la península con Cuba, México y Nueva
York. En aquel viaje, desde Santander, transportaba unos dos mil pasajeros aunque
tenía capacidad para mil más entre la primera, la segunda clase y los sollados. La
mayor parte era gente que emigraba, a veces familias enteras, que se asomaban a
las cubiertas inferiores. Ella, como una buena parte de la compañía, en primera
clase —técnicos y coristas en segunda—, los veía desde las terrazas superiores.
Durante la semana larga que tardaba la embarcación en llegar a los puertos
americanos, Tina practicaba sus pasiones favoritas: tomar el sol, cuando podía casi
sin ropa, leer, ensayar números con el piano y perderse mirando el horizonte. La
rutina hacía que hasta las comidas fueran en algún momento iguales, con lo que se
quejaba el estómago, aunque más cuando el mar estaba picado, las olas
encrespadas, y el viento azotaba con lágrimas salobres la cubierta y los cristales de
camarotes y comedores casi vacíos.

En el barco convivían gentes de todo tipo, aunque separados por las barreras
de las clases, que condenaba a los que emigraban al interior del barco, hacia sus
vientres poco sociables, mal ventilados, cargados de sujetos solitarios y de jefes de
familia que protegían a hijas adolescentes de miradas y roces inoportunos. Incluso
en la primera clase, las casadas recelaban de las mujeres que reían algo más fuerte
y viajaban sin pareja, como las estrellas de la revista. Los pollos pera de dinero que
iban al nuevo mundo por variadas razones intentaban sin éxito enredarse con
cualquiera de las vedettes, pero ante el juego de estas, que se dejaban invitar pero
no prosperaban en el galanteo, iban descendiendo de objetivos hasta seducir a
alguna chica del coro más sensible a sus demandas. La compañía, como una gran
familia, tenía algunos vicios comunes. El primero era el del cotilleo, que afectaba a
los diversos grupos de amigos que se formaban en cada gira. Gente que acababa
congeniando por sus afinidades, que podían ser jugar a las cartas, el gusto por
determinado tipo de música o una procedencia parecida.

Con los primeros fríos del invierno, Nueva York, aquel noviembre de 1926,
se les apareció a todos como una meca de cielos limpios que se veían recortados
entre aquellas inmensas torres, los famosos rascacielos, hormigueros gigantes que
el hombre había construido venciendo a la ley de la gravedad y al vértigo. De
todas las artistas, la que más había viajado era Tina, y aun así, aquella ciudad la
sobrecogió un poco. A pesar de su buen inglés, aprendido en su adolescencia
europea, nunca pudo pensar en Nueva York nada más que como un lugar de paso,
una ciudad que había que conquistar como se conquista una fortaleza, con tesón y
esfuerzo viril. Allí había muchas cosas que ver y admirar, e incluso empaparse,
como aquella música de jazz que se podía escuchar en decenas de clubs. «Llegará
un día, se dijo, en el que haré un espectáculo moderno, vibrante, rítmico, con esa
música».

El público les premió con un éxito que les supo dulce. Hasta finales de año
permanecieron en la ciudad neoyorkina, con momentos emocionantes, como la
celebración de la nochebuena en familia. Su madre, que la acompañaba, como era
casi habitual en las vedettes solteras, se dedicó a organizar con las otras madres, las
de la Caballé y la Ruiz, aquella mágica noche. Rodeados de nieve, bombillas en las
calles, y comiendo pavo, entonaron villancicos y canciones españolas y pasaron
con nostalgia aquellos días.

—Pronto dejaremos el invierno —decía Velasco—. En un mes estamos en


Cuba, y allí nunca hace mal tiempo. Salvo que nos agarre un ciclón.

En aquel viaje, el momento más difícil de su vida como empresario, según


reconoció siempre el propio Eulogio Velasco, fue cuando la compañía llegó a Cuba,
en febrero, un día antes del célebre ciclón que devastó toda la isla y que quizá, por
no ocurrir en la temporada habitual, hacia el principio del verano, pilló a la isla
desprevenida. Desde el hotel Nacional, donde se habían hospedado, vieron como
el mar se encrespaba, su color se tornaba grisáceo, casi negro, del color de las
nubes que avanzaban con fuerza amenazadora. El viento rugía y se llevaba ropas y
objetos por el aire, las hojas de las dobladas palmeras, a punto de romperse,
barrían el suelo y las olas saltaban por encima del malecón, lo que impedía la
circulación de vehículos, incluidas las ambulancias. Fueron horas de angustia y de
zozobra, sin poder dormir, con velas, cortada la electricidad, muchas de las
mujeres de la compañía intentando dormir juntas, los hombres aprovechando la
coyuntura, ofreciendo su hombro y su cuerpo para luchar contra el aire frío que se
colaba por todas partes, corrientes de imposible control.

El amanecer les trajo imágenes desoladoras, que fueron ampliándose con lo


que se iba conociendo, la destrucción de barrios, miles de tejados arrojados por el
aire, desparramados, tapias y tabiques derribados, decenas de muertos y muchos
heridos, según se decía y propagaba por la capital. Ante la consternación general
de La Habana, Eulogio Velasco se apresuró a cursar cables a distintos países, pues
veía que allí no tenían nada que hacer. Pero se equivocaba. Cuando comenzaban
los preparativos del embarque, el empresario español recibió una llamada del
general Machado, el dictador cubano:

—Usted, señor Velasco, no debe abandonarnos en estos momentos. Empiece


su temporada en el Teatro Nacional, tal y como lo había pensado, y vea de poner
un poco de alegría en ese dolor que nos abruma. Por razones políticas le ruego que
se quede. Hágalo.

El ruego era casi una orden, y naturalmente, la revista de Velasco se quedó.


Dio la primera función a beneficio de los damnificados, con asistencia del propio
Machado y, a partir de ese momento, por ese primer gesto o la calidad y alegría
que trasmitía el espectáculo, aquello fue un continuado éxito, que duró semanas. El
general Manuel Machado, dictador según sus opositores, que le acusaban de tener
las manos manchadas de sangre, acudió varias veces más. Las malas lenguas
decían que le tenía cautivado una de las tres vedettes.

—Desde luego, ese no está por mis huesos —decía Tina, que tampoco sentía
ninguna atracción por el dictador cubano. Su corazón estaba inquieto y otra era la
causa. Además de aquel cambio favorable para la compañía, la estancia en Cuba
había traído un aliciente inesperado para Tina. Habían tenido una visita en el
camerino. La del púgil español Paulino Uzcudun, que estaba en la isla para
celebrar varios combates, como parte de una gira con otros boxeadores españoles.
En el primero, Paulino había dejado KO en el primer asalto a Martin O’Grady. El
eufórico boxeador había asistido a la revista en palco de gala y después había
bajado a felicitar a las vedettes. Tina, que nunca había asistido a un combate de
boxeo, se quedó impresionada con aquel hombre bien parecido, musculoso, de
sonrisa afable y noble mirada, que se ganaba la vida a golpes en los rings de varios
países. Fue en su camerino cuando se encontraron sus ojos por primera vez,
cuando se azoraron los dos, cuando sus miradas comenzaron, como al azar, un
juego que demandaba continuación.

Y naturalmente, aquello no acabó ahí. Paulino la invitó a comer, y pasearon


luego por la isla, sintiendo una atracción que crecía por momentos, viviendo un
tiempo extraño, de burbuja en una burbuja, de isla dentro de la isla, romance
rápido, tropical, quizá no destinado a ir mucho más allá.

Paulino partía pronto para Nueva York. El Toro Vasco comenzaba su


proyección mundial. En una de las mecas del boxeo, en el Madison Square Garden,
debutó frente al danés Knute Hansen, que, según los entendidos, poseía la mejor
derecha del momento. Uzcudun desarrolló en el combate una gran sabiduría
pugilística que acabó con su fama de pegador de fuerza: venció brillantemente a
los puntos, por técnica y, al cabo de los diez asaltos, estaba tan fresco que hizo una
serie de ejercicios gimnásticos sobre el cuadrilátero, para terminar con sus saltos de
especialista sobre el cuello. El público premió con una gran ovación el comienzo de
su leyenda, que continuó aumentando, durante un tiempo, a pesar de los
peligrosos golpes bajos recibidos dentro y fuera del cuadrilátero, entre otras cosas
por su negativa a nacionalizarse norteamericano.

Todas esas cosas se las contaba Paulino a Tina por carta, que recibía más o
menos cada dos semanas, en las estancias de las giras, en México, Cartagena de
Indias, Caracas, Río de Janeiro y Buenos Aires. Tina le contestaba y, en aquel
trasiego postal, los amantes hacían planes para cuando llegaran a España y
pudieran, por fin, tener tiempo para ellos solos.

Al que primero hechizaba Velasco, con su buen trabajo y su gusto, era a la


compañía. Todos los componentes de aquel grupo, fueran hombres y mujeres,
estaban sujetos a su seducción, no más que un sueño, instante mágico que deberían
vivir los artistas, creer primero para hacer gozar después. El empresario disponía
de una envidiable resistencia moral y física, porque lo mismo atendía a la
confección del vestuario, que a los números bailables, asistía a los ensayos de libro
y música, indicando lo que no digeriría el público con visión clara: quería
insinuación, no procacidad. Ensayaba hasta el agotamiento, rara vez se
conformaba con lo hecho, perfeccionista hasta el desmayo, una de sus claves para
el triunfo: no suponer nada, ni dejar nada al azar.

—Yo tengo la visión de lo que es un cuadro, una fiesta de color —decía,


ufano, en noches en las que el alcohol desataba su lengua—. Debe ser por mi tierra,
llena de luz. Llevo esto en la retina como una preocupación pictórica constante. Es
la esencia de mi trabajo. Puedo decir que todo mi ser lo corroe un empastelao de
colores. Así, cuando me encierro en mi casa y medito, lo que hago es poner en
orden los colores. Y entonces la imaginación, como el verso rubeniano, cabalga…
Pero esa intuición no se mantiene sola, a lo camaleón, requiere una sensibilidad
que nace de los viajes, de la contemplación artística, de la emoción sentida ante la
naturaleza.

También ocurría que le llegaba el descontento, él mismo crítico implacable.


Era un creador, viviendo en ocasiones en permanente estado de gracia: nunca
escribía guion ni tomaba apuntes, y si estaba inspirado, repentizaba. La revista
animada por aquel mago convertía los escenarios en delirios de brillos, telas,
plumas, perfumes, belleza moderna, al alcance de quien pudiera pagar la entrada y
entrar en ese mundo maravilloso, en el que desfilaban mujeres ataviadas con
lujosos trajes de seda, con lentejuelas que relumbraban como su sonrisa, que
quedaba siempre flotando, un instante más, en la retina. Era la gracia y la magia
del exotismo. En medio de aquellas diosas modernas, entre la locura llamada de un
«caos dadaísta» se alzaba, pletórica en el centro de un escenario guajiro, Tina de
Jarque, moviéndose con los aires de los sones cubanos, la gracia y la audacia
unidas en su cintura, donde bailaban, como caídos del árbol y recién recogidos, un
cinturón de «platanitos», resaltando, amarillos y jugosos, sobre su morena piel que
podría ser de mulata.

«Entre bohíos»

Platanitos vendo yo

acabados de coger,

pruébelos,

tengo el plátano pintón


el que gusta a la mujer

mírelo,

uno solo peladito

tengo para regalar

cómanle con cuidadito

que se puede indigestar.

Cómprenlos caballeros

y así pueden obsequiar

a la que quiera fruta

que si esta prueba

de otra no querrá más…


Entre plumas, y ajorcas y collares, que colgaban de su cuello y de los
tobillos, Tina semejaba una deidad primitiva, en una estampa que impactaba en el
inconsciente profundo del espectador, que sólo intuía de dónde venía esa
sensación que le arrebataba como el sonido de los tambores, avanzando por debajo
de la piel. Tina, con su color de bronce y el fulgor primigenio de sus ojos, atizaba el
fuego con mohines de gracia y desparpajo. Delicada dentro de la fuerza que
exudaba, fina y elegante, armónica, aportaba una belleza que se mezclaba con el
decorado que la enmarcaba, y destilaba una sensibilidad, una sutileza que persistía
como un perfume tropical y que se expandía por las filas de butacas, donde su
sensualidad hacía estragos.

Tina guardó en su álbum aquella crítica que le hicieron en Caracas. Corría el


año de 1927, y aún la compañía debía visitar Río de Janeiro y Buenos Aires.

«En esa misma revista Tina de Jarque cambia de maquillaje y hace una
futurista prodigiosa. No es la chica del gato ni la joven de la radio. Es la futurista
que nació a consecuencia de la guerra. La pervertida de antes. La mujer que ha
terminado por desaparecer de su psicología el sentimiento y deja tras de sí
cualquier pena amorosa. Al levantarse la cortina, Tina de Jarque, recortada su
silueta sobre un alegórico tema de color, un alarde de líneas, de elegancias, en una
fastuosa combinación de luces, parecía en realidad la encarnación de una Eva
mecánica, futura. Se agudiza en relieves imborrables. Entre líneas melódicas y
colorido plástico, entre plumas, sedas y perfumes, todavía permanece en el
recuerdo la viva ligereza que sobre los escenarios constituye la galería psicológica
con que Tina de Jarque enriquece las mil y una noches de un cuento de revista».

***

8 de febrero de 1928

Bajo las bombillas que iluminaban la pista del circo, se distinguían grupos
de hombres y mujeres, arracimados, como conjurados.

—Te mueres de viejo y la revista hay que estar modificándola diariamente.


Cada psicología femenina, cada artista, necesita algo que le «vaya», algo que en
realidad le «siente». Hay que adivinarlo, desarrollarlo y buscar el equilibrio con las
demás figuras del elenco. La revista hay que revisarla continuamente. ¿Que una de
las estrellas es María Caballé? Puede hacer un tipo madrileño, castizo: hay que
escribirle una escena y un número de ese corte. ¿Que entra Tina de Jarque? Algo
onduloso, voluptuoso, que vaya en su línea. ¿Que se van? Quitar esas escenas.
¿Que entran otras? Sustituirlas. Y que luego diga la gente: «¡Qué animal es el autor
de esta cosa!». Con una locomotora, un bombero y un abanico no hay forma de
hacer algo homogéneo…

Tomás Borrás, letrista de En plena locura pontificaba sobre la teoría de la


revista, resaltando que era el único género teatral en el que el autor no ejercía de
rey, sino como un modesto cortesano. Ante un auditorio compuesto por
periodistas, amigos de la farándula y de las chicas que iban a ensayar en el Price,
otorgaba el mérito de la obra al empresario, al mago Velasco.

—Sobre el autor, como sobre el resto de los elementos que la integran, está
un taumaturgo a cuya tiranía omnipotente hay que someter la música y la
literatura. Yo aquí, lo llamaría «brujo». Porque, tiene, como un alquimista que
hubiese encontrado la piedra filosofal, el don de transformarlo todo en oro, en este
caso belleza. Mi labor ha sido allegar los materiales que el brujo solicitaba: la idea
de un número, la estructura de un cuadro, el diálogo de una escena, el cantable que
rellenase unas melodías. Él es como el coctelero: toma los ingredientes, los mezcla
y sirve una bebida exquisita. Pero ninguno de los elixires puede, en justicia, decir
con orgullo: el cóctel soy yo.

Eran casi las dos de la madrugada: la compañía Velasco se disponía a


ensayar varias horas ante el inminente estreno de dos días más tarde. Un mes
antes, el 6 de enero de 1928, habían desembarcado en Santander desde América, y
ya habían perdido parte del color de los trópicos, y desde luego, todo el calor. Era
noche cerrada, frío que en mes de febrero cortaba el aliento y el ánimo en aquel
Madrid capitalino del millón y medio de habitantes, y que los presentes en el Circo
Price combatían con cafés calientes y algunos —los que no ensayaban— con copas
de coñac.

En el local parecían flotar aún los olores de la última representación circense,


ecos de público infantil, risas y gracias de payasos, que se perdían entre el trajín de
técnicos, modistas, electricistas, que iban de un lado a otro en peregrinaciones
aparentemente sin sentido. La intrusión de los artistas de la compañía Velasco, en
esas horas, en ese escenario insólito —pálidos, habitantes de la noche—,
contrastaba con todo lo que les rodeaba, esas pistas que dentro de poco se
transformarían en un sueño de luces, colores y formas rutilantes: era la revista, y
aún tenía esa palabra prestigio como sinónimo de magia, de lujo, de exaltación de
los sentidos de la vista y oído, la belleza como bandera.

Mientras se preparaban las chicas del coro, las vedettes y los actores hacían
corro con Borrás y los periodistas e invitados, entre los que se encontraba Álvaro
Retana, que ya firmaba sus crónicas con el nombre de Carlos Fortuny, abandonado
de momento el oficio de novelista galante y atrevido. No han acudido muchos, a
pesar de la fama de crápulas y noctívagos de los plumillas de la farándula. Un
ensayo, todos lo saben, es tedioso y aburrido. Ni siquiera para ver caras bonitas.
Hasta el momento del ensayo general, con vestuario, no podrán ver piernas y
escotes generosos. Aprovechaba el libretista y ante ese escogido auditorio, seguía
su perorata:

—El verdadero artífice de En plena locura es Eulogio Velasco, que ha paseado


el buen gusto de España por toda América, de Nueva York a Buenos Aires, desde
hace veinte temporadas. De Velasco podría decir muchísimas cosas, pero sólo voy
a hablar de dos: la primera es que ha logrado una fórmula de revista que, sin
perder alegría ni modernidad pueden gustar y saborear todos los públicos, y la
segunda, que Velasco ha preferido el camino difícil de crear todo lo que integra su
repertorio. Su vaso, como el de Musset, podrá ser pequeño, pero él bebe en su
vaso.

—¿Y creen que el público va a apreciar todo eso? —preguntaba un incisivo


colaborador de revistas teatrales mirando a las vedettes. Pero la Caballé, la Ruiz y la
Jarque —que fueron llamadas por la crítica de entonces las «Tres gracias de
1928»— no querían perderse en disquisiciones. Preferían dejar al autor del libreto,
que iba embalado.

—Esperemos que lo hagan, porque de su actitud depende ahora que


Velasco, en vez de volver a América, de donde le solicitan, o de emprender la larga
gira por Europa que tiene preparada, siente sus reales entre nosotros. Aquí haría
falta un teatro de la revista, de la frivolidad perfumada, que presentan orgullosas
las grandes capitales del mundo. Sólo Velasco podría mantenerlo sin recurrir a
servidumbres extranjeras.

Mientras, en la parte trasera del escenario se iban colocando las coristas.


Parecían mayores de lo que eran, aunque su actitud fuera de chivatas escolares
frente a las que la noche anterior habían roto la armonía del conjunto. «Por esa y la
otra pagamos todas» decían en voz baja, pero no lo suficiente para que no se oyera
el comentario, y enseguida surgía la réplica a continuación, marisabidillas de
verbena con borboteo continuo, rumor de fondo. Estaban en su salsa, sacando su
verdadera naturaleza que luego esconderían, esa labia castiza y agridulce, capaz de
soltar una fresca al lucero del alba, que ponía en solfa a los señoritos y a quien se
pusiera por delante. No eran tan humildes, las chicas del coro, cada quien tenía ya
su abrigo de pieles, no era cosa de ir desabrigadas en ese frío invierno.

Desde el borde de la pista, en la semipenumbra que dejaba el círculo de las


bombillas, varios espectadores —actores, periodistas, amigos— contemplaban a las
señoritas del coro. Pero aunque las chicas se sentían doblemente observadas y
mandaban miradas de soslayo, no tenían tiempo ni para galanteos ni miradas
curiosas, nerviosas por la dureza de los ensayos y la inminencia del estreno. Más
tranquilas, junto al escenario, en sitio prominente, como presidencia de honor, las
vedettes, arropadas con sus soberbios abrigos, aduladas por su cohorte,
comentaban, con desparpajo y prosopopeya, sin las pullas y despellejes que harían
en círculos más íntimos, la actualidad teatral de Madrid, el homenaje a los Álvarez
Quintero, o el último estreno en el Maravillas, punteado por comentarios
evocadores de su gira americana.

Era normal tanta tranquilidad. Se sabían la obra de memoria, representada


más de cien veces, frente a las coristas, todas nuevas en esta revista. Las coristas
eran siempre las primeras bajas en las tourneés; iban quedándose, en grupos o una
a una, desparramadas por los países exóticos y tropicales del nuevo mundo. Unas
lograban buen casamiento, otras buen mantenimiento; había quien derivaba a
satisfacer el capricho de los indianos, quien era seducida por el trajín de las
modernas urbes, o encontraba parientes y amigos que las acogían con generosidad.
Por eso, para este estreno en Madrid todas eran nuevas, chicas llegadas al calor de
la fama de la función, y es por eso que eran necesarios los ensayos.

Eulogio Velasco, ágil y decidido, subió al escenario y se hizo el silencio


dentro y fuera de las pistas. Tomás Borrás lo hizo tras él: decían del libretista que
parecía un figurín romántico, la cabeza erguida, el perfil recortado y afilado, los
labios resecos de tanto hablar, la voz inflada y callosa. Abajo, el grupo de insectos
—periodistas, invitados— agitaba sus élitros y aguijones en sordo murmullo.
Velasco dio unas palmadas.

—Música, maestro. Prepárense chicas, prevenidas para la evolución.

El asunto tenía su aquel. Era un paso difícil, y para realizarlo se colocaron en


semicírculo. Iban vestidas con ropas modestas, de ensayo, más bien cómodas,
extremo que mezclado con la pobreza de la luz daba un tono grisáceo y subrayaba
las arrugas e imperfecciones de los rostros, el sueño acumulado en algunos
párpados. El piano y las palmadas de Velasco empezaron a caldear la desnuda
escena y las chicas mostraron una alegría contagiosa, expurgadora de miedos. La
impaciencia acumulada provocó el error. Cuando de pronto surgió la señal, las
primeras ya habían iniciado la evolución del paso de charlestón con las piernas
arriba, agitando graciosamente las manos y la cabeza, con una risa nerviosa, que
arrastró a las demás, mientras llegaba el crescendo de la melodía y el instante justo
en el que tenían que realizar el movimiento.

—¡No, no, no y no! —gritaba la voz nasal y acatarrada, de Velasco—. ¡Al


mismo tiempo, todas a un tiempo! ¿Cuántas veces os lo voy a decir, criaturas…?
¿Pero es que no hablo en castellano?

El músico, entusiasmado, no había oído la interrupción y continuaba su


melodía, a la que acompañaba cual balancín o metrónomo, moviendo el tronco y la
cabeza. Velasco le avisó con aspavientos y voces, hasta que el piano calló. Entonces
se volvió a oír la voz del mago, emergiendo del silencio, con cierta guasa y cabreo
interno.

—¡Otra vez! Cada una a su sitio. Y os advierto que, si esto sigue así, vamos a
estar hasta las seis de la mañana. Yo no tengo prisa… ¡Otra vez!

Se aburrían las vedettes. A este ritmo nos va a dar la noche de nuevo,


pensaban, ya que todas tenían que ensayar las entradas y el acompañamiento de
sus números. Comenzó la serie de las repeticiones, la aburrida y monótona sesión
de trabajo, para sincronizar giros, corregir defectos, lograr que aquello, que parecía
envarado, se deslizara en el estreno como una maquinaria bien engrasada. Y en los
intentos, una y otra vez, se pusieron en marcha todas las variantes de la
equivocación, para desespero de Velasco y aburrimiento de insectos. Siempre
había unas primeras y unas últimas, alguna que se adelantaba o se rezagaba,
demasiado pendiente de no equivocarse, mirando a las otras, en vez de mirar al
público enarbolando una sonrisa en la cara por bandera. Caían las piernas, se
desparramaban lejos de sus marcas, o no conseguían igualar la inclinación de los
cuerpos, el ángulo variaba de unas otras, y movían la cabeza que debía ser como
una estatua o «como si tuvieran tortícolis», según explicaba Velasco. Los nervios
hacían que el busto no fuera tan flexible y que se atropellaran, o agitaran los
hombros, sin hincar rápidamente las rodillas en tierra, o levantándose antes de
tiempo, o equivocándose de mano…
—¿Pegro es que no hablo en castellano? —decía también la maestra Lou que
ayudaba a Velasco en la coreografía y las evoluciones. Con ese acento del midi
parisién, provocaba risas más que imponía rigor. Y continuaba:

—Atensión: cuando yo cuente cuatgro, entgráis todas. Vamos a vegr, uno, dos,
tgres…

Y Velasco interrumpía:

—Déjelo usted, Lou, ¿no ve que no saben matemáticas?… No saben ni


contar…

Las risas se habían contagiado ya a las vedettes, también a los periodistas y


todos reían francamente, lo que hacía que las suripantas del coro, de miedo y
nervios, soltaran la risa exageradamente, para que se viera que lo hacían mal por
pura gracia y afán de entretener al auditorio, que no por torpeza absoluta.

La verdad es que un ensayo era aburridísimo, aunque fuera con chicas


jóvenes y guapas, como las del Price, comentaba entre sí reporteros e invitados,
aburridos y con ganas de terminar el café con leche o la copa de coñac y volverse a
casa. Todo, seguro, se vería mucho mejor en el estreno.

***

Teatro Price, 11 de febrero de 1928

El estreno, lleno absoluto. La expectación, traducida en un hervor de


murmullos, acallada al levantar el telón. La maravilla empezaba. Luz tamizada que
daba paso a la música de Benlloch y Granados, a los decorados de Manuel
Fontanals y los hermanos Tarazona. Bajo la dirección escénica de Eulogio Velasco,
el libreto de Tomás Borrás enhebraba los números y los dotaba de profundidad
literaria y evocadora. Todo era un sueño sin fin, pura fantasía en veintiún
soberbios cuadros, cada uno sin desmerecer del anterior: ritmos agitados,
chulaperías de la capital, cadencias de Oriente, aires de las Antillas, perfumados y
soñadores, tangos argentinos y flamenquerías gitanas. En una sala transformada al
efecto, con las columnas y el techo transparentes, las artistas desfilaban por el
pasillo que separaba los palcos del paraíso. El Rey, en su palco, y Primo de Rivera
en otro, se dejaron llevar por la gran acogida del público, que premiaba con
continuos aplausos y repeticiones de números, y felicitaron a la compañía y al
empresario Eulogio Velasco, que según calificó la prensa y la crítica teatral,
derrochaba sentido de la plasticidad, lujo, lentejuelas y plumas, perlas en telas
delicadas y fastuosas, un verdadero atracón de fantasía, color y belleza.

«Cuadro egipcio», «Entre bohíos», con su rumba, «El paraíso de las aves»,
«Un pedazo de España», «Fantasía granadina», «Tango escenificado»,
«Interpretación del cabaré», y la apoteosis final. En aquella buena locura, todo se
conjuró para un éxito arrebatador: las vedettes María Caballé, Tina de Jarque, e
Isabelita Ruiz, las tiples, las vicetiples, el coro de las suripantas, el lujo de
decorados y vestuario, la gran música y el buen libreto, la pasión y el humor de
Luis Bori, el mejor bailarín de los cómicos, el mejor cómico de los bailarines. Tina,
con coro, interpretó el fox-trot «Los bombones» y encandilaba a quienes la
escuchaban cantar con picardía y esos ojos abiertos e invitadores:

Vengo a darle un bombón,

vengo a endulzar su paladar.

Son de plátano, de nuez o de melón;

no es alusión.

No los sabe usted comer, no.

Póngaselos aquí y apriete,

notará en el paladar un no sé qué


que yo si sé.

¡Pruebe la crema del bombón,

dese amigo un atracón!

¡Pruebe que repetirá

y me lo agradecerá!

Velasco aprovechó el éxito de En plena locura que no se había estrenado en


Madrid, para enganchar, algo más de un mes después, con el siguiente espectáculo
que tenía preparado, de sugerente título, La orgía dorada, que rubricó su éxito
anterior, lo que supuso recorrer los principales teatros de provincias y una nueva
gira. Uno de sus números más famosos fue el pasodoble «Soldadito español». Tina
lo cantaba desnuda, envuelta en una bandera que la envolvía voluptuosamente:

Soldadito español, soldadito valiente

el orgullo del sol es besarte en la frente…

Y otro, «La rumbera», creación de Tina de Jarque, tal y como aparecía


ilustrado en álbumes de fotos, letra incluida:

Esta es la rumba, rumba del ¡Ay, ay, ay!


Cosa mejor no he visto, porque no l’hay

Pero que nanai

¡Ay Amadeo!

Aguanta, aguanta el mareo

aunque se mueva el vapor

para babor

para estribor.

No me mires, no me mires, ay

que me da, me pongo mala, ay.

Vamos pa Mairena,
vamos pa Morón,

vamos pa Bollullos

¡de la Mitación!
CAPÍTULO 6

Amores de ida y vuelta

Madrid, 1928

Desde que Tina recibió el cablegrama de Paulino, en la primera semana de


abril, diciéndole que desembarcaría en San Sebastián el día 15, le atenazó un
manojo de nervios. Por más que intentaran calmarla su madre Constantina, amigas
y compañeras como Isabelita Ruiz y María Caballé, a partir de ese momento vivió
pensando en el reencuentro. Aún tenían semanas de funciones, y luego la
compañía gozaría de quince días de descanso en junio, antes de comenzar la gira
por tierras americanas a la que se había resistido en principio Velasco, pero que
finalmente haría por rentabilidad y prestigio: en el otro lado del Atlántico se
acordaban de En plena locura, así que había que aprovechar el tirón con La orgía
dorada.

Aquel hormigueo en la boca del estómago, aquella falta de apetito, ese no


estar a gusto en ningún sitio, quedarse mirando al techo o al vacío, pareció
calmarse cuando al día siguiente de llegar, Paulino llamó por teléfono, aparato al
que Tina miraba con frecuencia, y sobre el que se abalanzaba al primer timbrazo,
sin percatarse de las miradas de su madre, que sabía de sobra lo que le pasaba a su
hija, sentimiento que se agudizaba cada vez que recibía carta de él en esos catorce
meses desde que se conocieron en La Habana.

—Las distancias son muy malas, si lo sabré yo, Tinita. Lo que de cerca puede
durar un rato o un suspiro, se eterniza si hay tierra de por medio. Contra el amor
imaginado no se puede luchar.

Tras aquella llamada, Tina respiró, la cara iluminada. Paulino le comentó


que iría muy pronto a Madrid, donde su agente negociaba su próximo combate por
el título mundial con Bertozzolo, en cuanto pasara en Donostia unos días con su
madre, familia y amigos. Todos querían homenajearle, abrazarle, y no podía hacer
un desaire a sus paisanos y la gente que le quería. A partir de entonces, todas las
mañanas, Paulino iba a San Sebastián a llamarla, ya que en el caserío de su madre
no había teléfono. La echaba de menos. Aunque las negociaciones sobre el combate
se demoraban, Paulino no pudo más y decidió ir a verla.

Bajó entonces la presión y Tina se sintió flotar. Hasta sus compañeros, en la


función, se lo notaron. «¿Qué tienes, Tinita, que irradias gracia y frescura?» —le
decía Bori— «¿Qué dieta es esa?».

—La dieta del amor —respondía Isabelita Ruiz, que estaba en el ajo.

Descendió de aquella nube cuando Paulino le confirmó que vendría el


siguiente domingo y entonces todo fue ya paroxismo. Habían convenido que iría a
esperarlo a Burgos. Él no quería que fuese, para evitarle las molestias de una noche
de viaje, pero Tina se empeñó y como el cómico Luis Bori, amante de la velocidad
tanto como de los chistes, tenía un buen coche, le propuso que la llevara. Tras la
última función del sábado, a las dos de la madrugada, se marcharon Tina, Bori y su
mujer. A las ocho de la mañana, después de toda la noche sin dormir —ella
incapaz, dando conversación a Bori, mientras la mujer del cómico dormía
plácidamente en los asientos traseros— llegaron a Burgos, al hotel Londres, lugar
de la cita.

Cuando los tres, espantando las brumas del sueño, se disponían a


desayunar, oyeron el ruido de un motor que rompía el silencio de domingo de la
mañana burgalesa.

—¡Ahí está Uzcudun! —exclamaron, y se fueron hacia la puerta.

Un Paulino Uzcudun elegantemente vestido, sonriente, acompañado de su


amigo Juanito Oyarzábal, avanzaba hacia ellos. Lo primero fue un abrazo cálido
entre Tina y Paulino, un beso en los labios de algunos segundos que a ellos se les
hizo corto y a los demás largo, mientras miraban con esa sonrisa bobalicona de
quien asiste al reencuentro de dos amantes. Tras despegarse, llegaron las
presentaciones y los saludos de rigor, antes de sentarse a la mesa.

Tina no ocultaba su satisfacción. Parecía una niña pequeña, feliz, sin


importarle nada más. Bori preguntó cuánto se quedaría en España y el púgil,
dirigiéndose en realidad a Tina, contestó:

—¿Sabes cuándo me voy? Pues de aquí a veinte días.


Una mueca de desilusión asomó a la cara de la vedette. Por carta y por
teléfono le había dicho que se iba a quedar varios meses.

—Es broma. No hagas caso, voy a estar hasta septiembre. Tengo que esperar
un cable de América.

Paulino decía que venía también con mucho sueño. Llegaban los camareros.
El desayuno fue pródigo en café con leche y pan con manteca. El boxeador pidió
además panecillos y un par de huevos.

Emprendieron el viaje a Madrid. Tina cambió su plaza con el amigo de


Paulino, que viajó en el coche con Bori y su mujer. Como Paulino no conocía el
camino, el cómico iba delante. De vez en cuando, chiquillos traviesos con
máquinas poderosas, se lanzaban a un duelo de velocidad. Tanto Tina como la
mujer de Bori fueron incapaces de decir nada ante esa pugna masculina. Uzcudun
intentaba adelantar a Bori en la estrecha carretera, mal asfaltada y con baches,
mientras que el actor procuraba no dejarlo pasar. La competición duró decenas de
kilómetros y ya cerca de la capital, al llegar a una cuesta antes de Buitrago, los
frenos del coche de Bori no obedecieron. El cómico se dio cuenta del peligro, y con
serenidad se fue hacia la cuneta, con tan mala suerte que, debido a la velocidad y a
la fuerza centrífuga, el coche volcó.

En el otro auto, Tina lanzó un grito y Uzcudun, con la preocupación en la


mirada, paró el vehículo de un frenazo. Los dos llegaron corriendo, Tina llorando,
cuando ya los tres ocupantes del coche salían por las puertas, afortunadamente sin
sufrir ningún percance.

—No ha sido nada, no ha sido nada —proclamaba Bori.

—Menos mal, ya creía que estabais muertos o malheridos —se lamentaba


Tina con la alarma en el semblante y en la voz.

Entonces sucedió la anécdota, recreada y contada después a la prensa de la


capital, que la publicaría al día siguiente. Paulino cogió en volandas el coche y lo
levantó como cualquier cosa. Ante la mirada fascinada de las dos mujeres y la cara
de sorpresa de Bori, que probaba a ayudarle, el coche volvió a su posición natural.

—¡Señores, que fuerza tan asombrosa! Yo empujaba solamente del tapón —


decía el cómico.

Unos hombres que pasaban en un camión y presenciaron la faena, dieron


vivas, entusiasmados. No habían pasado ni cinco minutos.

Tina trocó el llanto en risa. Era una risa nerviosa, alborozada. Se lo hubiera
comido a besos allí mismo, hubiera hecho el amor con él en el campo, pero iban
con retraso. Tenían que llegar a Madrid, comer e ir a los toros. Luego esperaban las
funciones de La orgía dorada antes de poder pasar la noche con aquel hombre
excepcional.

Luis Bori, con el coche polvoriento, llegó a las tres y media a las puertas del
hotel Palace. Detrás, en el otro auto, Paulino y Tina. Apenas bajaron, fueron
rodeados por una multitud de chóferes y de gente atraída por los rostros
populares. Recibimiento cordial y sencillo al que se sumaron algunos periodistas y
fotógrafos que se habían enterado de la llegada de la vedette y el púgil. Tina se
trasladó al coche de Boris y los dos famosos se esfumaron velozmente cada uno en
una dirección para evitar tantos apretujones.

A pesar del despiste, dos periodistas de La Voz se infiltraron en la habitación


de Paulino, una soleada suite frente al Ritz. Allí se encontraron una mesa puesta
con dos humeantes platos de consomé. Enseguida aparecieron Juanito Oyarzábal y
luego Paulino en albornoz, recién salido del baño.

—¡Hombre, hasta en la sopa! No puedo conversar con ustedes. Precisamente


he querido venir sin avisar para ahorrarme tabarras. Ya no puedo resistir tanto
aplauso, tanto abrazo, tanto escribir unas líneas de salutación, tanto de hablar de
allá y acullá. Estoy sin comer. Y sin vestir.

Comenzó a devorar la sopa y luego, sin mediar palabra, mientras el


fotógrafo Alfonso preparaba sus máquinas, atacó un buen pedazo de carne asada
rodeado de patatas.

—Oiga, pollo, les he dicho que ahora no quiero nada con ustedes.

—¿Es que tiene usted prisa?

—Claro que la tengo. Como que son las cinco menos cuarto y he de ir a los
toros.

—¿Le gustan?

—Más que nada… después del boxeo y las mujeres. Pero a las mujeres sólo
puedo verlas. Se ven pero no se tocan, como les dicen a los niños. Yo soy, debo ser,
para estas cosas, un niño.

Y lo es, sin duda, pensaba el periodista Ángel Cruz. Era ingenuo, voraz y
caprichoso, como un bebé. Un bebé de más de cien kilos que lo haría puré con una
sola de sus manos. Pero ahora sorbía zumo de naranja. Y se peinaba. El periodista
era de la vieja escuela, sabía torear y recrear una conversación que en realidad
había sido mucho más sosa.

—¿Estará usted contento con la recepción en Donostia?

—Más que contento. Mucho cariño y mucha gente. Y mucha satisfacción en


tenerme por paisano. Y sobre todo mi madre, que estaba algo malucha, catarro o
así tiene, y que me dio muchos besos. Unos besos que tenía yo ganas de volver a
catar.

—¿Es que añora usted a la familia?

—Allá lejos, en ese mundo de tantas vibraciones, en ese país en el que la


efectividad parece que devora a los afectos como es Norteamérica, la familia de la
patria lejana queda a veces un poco borrada; pero todos los días, en cualquier
momento propicio, en un instante de meditación, surge potente, enredada en el
recuerdo de algo ¡Y si viera usted lo que sirve de consuelo!

—¿Y ahora, en Madrid?

—Vengo a distraerme, nada más. Pero no rehúyo nada por sistema. Si


alguien me llama, y me llama bien, contesto.

—¿Se entrena usted igual que antes?

—Exactamente igual que cuando salí de Europa. En algunos detalles he


cambiado. Pero no afecta nada a la preparación, que es racional, encauzada y sobre
todo, metódica. Que nada sirve si no tiene la protección de una vida ordenada,
algo anacoreta, que yo, como habrá usted visto, sigo con rigor. En Europa el boxeo
no se lleva con la seriedad que en Norteamérica, donde el entrenamiento es casi
una religión.

—¿La técnica de usted ha mejorado?

—Nada. Sigue teniendo su entraña en la táctica mejor, en la de dar. En la de


dar cuanto más, mejor. Aparte de que esta, que es la más útil de las tácticas, es la
que más gusta en Norteamérica. Y en todos los sitios.

El reportero recordaba sus ataques en tromba al comienzo de su carrera,


imprecisos, pero llenos de fuerza, acometidas vibrantes que ocultaban sus defectos
y con los que ganaba sus combates por KO en los dos primeros asaltos. Con el
tiempo su técnica se reposó, buscando el golpe seco, duro, dejando el ataque en
línea recta, para acomodarse a todas las posturas y direcciones. Mientras se vestía,
el periodista le arrancaba confesiones sobre los púgiles del momento, algunos
rivales como Tunney y Dempsey y sobre su mejor combate.

—El que hice más a placer, el que tuve con Heeny; el que me quitaron contra
Godfrey, el enemigo más considerable; el peor, el que hice con Risko, con mi brazo
derecho lesionado.

Y Paulino, que había salido vestido como un perfecto gentleman, reía,


enseñando su dentadura aurífera en la que había colocado parte de sus 227.000
dólares ganados.

—Trece combates he hecho. Siete he ganado por KO y tengo aspiraciones


legítimas, no imaginarias. Todo en un año y medio.

El periodista elogiaba los medios físicos de atleta completo: fuerza,


velocidad, flexibilidad.

—Eso ha sido sólo el comienzo. Volveré a pelear por el título mundial —


respondía a una última pregunta sobre su tournée por América.

En el Teatro Price, la empinada escalera que conducía a los camerinos era


como nunca camino de trasiego. En la segunda función del domingo, tras la cena,
Tina se sentía cansada y nerviosa. Casi se durmió ante el espejo con la barra de
carmín sobre los labios. No tenía el ánimo para bromas o chanzas de los
periodistas. Paulino estaba en la sala, iba a subir a los camerinos y ella sin vestirse,
llegando tarde a todos los números. Además de no dormir en la noche pasada y las
emociones del viaje, el vuelco del coche de Bori, la corrida de toros y la cena en el
hotel Nacional, había tenido una función de La orgía dorada por la tarde y
numerosos asaltos de los reporteros, que no la dejaban en paz. Siempre era
simpática y amable con ellos, pero esta noche no estaba para nadie. Esa noche, más
que nunca, era la estrella, la mujer donde se posaban todos los ojos. Todos
conocían su romance con el boxeador. Por la puerta del camerino, abierta de par en
par, asomaban periodistas, compañeros, amigos, que se fijaban un momento en su
figura, atareada con el maquillaje, e intentaban una imposible conversación porque
ella tenía que concentrarse en lo que hacía. Al lado, un jarrón con lilas, era la época.
Sobre la estrecha cama turca se distinguía un colorido revoltijo oriental de
almohadones y cretonas.

Tina entraba, salía, se revolvía y no encontraba las cosas.

Pasaba Bori:

—¿Lo has visto en el palco número 3?

Pasaba Isabelita Ruiz:

—¡Y qué ovación le han dado!

Pasaba la francesa Lou, a la que el amour le ponía tierna, con las erres más
gangosas:

—¿Va a subig?

Pasaba un locutor, muy emocionado. Y las segundas tiples también, y los


tramoyistas.

Recordando aquella noche, los periodistas se lucieron:

«Al concluir el primer acto se escucha un rumor distante, oleada de


murmullos, tableteo de aplausos; la expectación se puede cortar con un cuchillo, y
de pronto, como si no ocurriese nada, Uzcudun el formidable, el epatante
transatlántico del boxeo mundial, fondeó en el saloncillo.

Ved al famoso bárbaro. Su rostro es un obús: dos ojillos bajo dos cejas que
son cepillos de dientes, una nariz, un respingo, cuya ternilla es un yunque; un
pecho como un frontón, dos grúas por brazos, unos pies anchos de elefante y dos
manos. ¡La gloria de España! Que se las echa atrás, adelante, sin saber dónde
colocarlas a la postre. Y toda la carne a la vista, bañada en un tono de cobre que
atemoriza. Uzcudun está muy contento; no podía ser de otra manera. Sonríe con
una sonrisa de siempre, sonrisa de púgil, sonrisa fría, igual de placentera ante el
elogio amigo que ante el guantazo rival. Aprieta todas las manos que le tienden
como el que regala prospectos de propaganda. Todos se miran la suya y hubiesen
querido que se la dañara, pero Uzcudun está muy bien educado y viste un elegante
terno inglés, indiscutible».
—Es bonito esto.

—¿Te gustó? —preguntaba Tina.

—Estáis todos muy bien. ¡Como en La Habana! ¡Tengo un sueñazo! ¡No he


descansado ni un instante!

Las preguntas seguían su estela como flechas disparadas.

—¿Y va usted a boxear, Paulino? —le preguntaba una vicetiple con los ojos
desorbitados de admiración.

El hombrote sonreía con su boca de oro. Su mentón avanzaba igual que un


espolón de combate.

—Sí, combatiré contra Bertozzolo pronto; no sé si en Madrid, en Barcelona o


en San Sebastián. Estaré tres meses descansando y luego, a Nueva York.

—¿Ya sabe usted inglés? —le interrogaba Velasco.

Paulino, como un niño a quien preguntaban la lección, iniciaba un


chapurreo incoherente. Se percató pronto, se sonrojó y dijo en español:

—No lo hacía para darme postín, ¿saben?

Concluyó el entreacto. Paulino volvió al palco. Se escuchó otra ovación. El


mismo interés en todas las miradas. El coloso «sale, bambolea su facha de
rascacielo humano», saludaba.

Al final de la función, Tina y Paulino acabaron sentados en la cama turca del


camerino de la vedette. En la puerta seguía el desfile de vicetiples, coristas y
periodistas. Al fin uno se atrevió a preguntar, señalando al grupo de admiradoras
que desfilaban:

—¿Y esto, Paulino, a qué se debe?

Uzcudun miró extrañado. Tina hizo como que se ruborizaba y bajó los ojos.

—A que somos amigos desde hace catorce meses.

—Pero, ¿hay amores, campeón?


—Amistad nada más. Hasta dentro de seis años no pienso cambiar de vida.
Tina de Jarque, que es muy simpática, tuvo la gentileza, con Boris y su esposa de ir
a esperarme a Burgos en su auto. Almorzamos en el hotel de Londres y nada más.

—Y, ¿usted Tina?

—Estoy contenta. Hemos estado en los toros, a los dos nos gustan mucho.
Hemos cenado juntos. Conocí a Paulino en La Habana, en el año 1927. Yo era
siempre una admiradora de Uzcudun, y conste, que no lo he visto boxear, ni me
gusta el boxeo, pero lo admiraba y un día vino al teatro a ver la función, y desde
entonces somos los mejores amigos. Hacía ya catorce meses que no nos veíamos.
Nosotros no tenemos, por ahora, más que una sincera amistad.

—¿Cómo ha encontrado usted a Uzcudun?

—Mucho mejor que la última vez.

Una amiga decía:

—Ahora hasta tiene todos los dientes de oro.

—Natural, está en La orgía dorada —respondía alguien el chascarrillo.

Aquella noche, nada más llegar a la habitación del hotel Palace —


afortunadamente en otro piso y otro ala que la de Juan March—, Tina se encerró en
el baño. Cuando salió, se encontró a Paulino, desabrochada la corbata, derrumbado
en la cama. El campeón dormía como un niño y a su vera se acurrucó.
Recuperarían aquella noche. Los días siguientes se perdieron de todo y de todos, y
se dedicaron a su amor. Cuando Paulino se marchó de vuelta a San Sebastián, Tina,
más enamorada que nunca, siguió dándole vueltas a una idea que le rondaba en la
cabeza. Debía firmar la gira con Eulogio Velasco en fechas próximas. Sentía que
aquel era un momento crucial en su vida. Ante ella se abrían dos caminos, el del
trabajo y el del amor. Tenía que elegir, aunque su corazón ya se había decidido.

***

Era Tina mujer rumbosa, de corazón de oro, que no dudaba en ayudar a


quien fuera su amigo. Hacía algunos años, al principio de su carrera, en Madrid,
había conocido y se había hecho amiga de Emeteria Molino, la Molinillo una vedette
de segundo plano, hija de una cupletista apodada la Molinete y nieta de la Molina,
una bailaora. La Molinillo pujaba también por el triunfo, pero la naturaleza no le
había concedido voz. Intentaba descollar en el mundo del cuplé, un mundo cruel
que enseguida le señaló con el dedo del fracaso. Emeteria encontró entonces
acomodo en bolos por muchos pueblos y algunas pequeñas capitales de provincia,
donde empezó a precipitarse en los delirios de la absenta y alcoholes varios. Desde
aquella primera época, cuando Tina comenzó a despegar, y la Molinillo, como su
reverso, a hundirse en espectáculos cada vez peores, en lugares del llamado género
ínfimo, llevada y traída por representantes que casi eran chulos, se vieron cada vez
menos. Tina, entre gira por España o viaje a las Américas, la iba a ver y la socorría
en lo que podía. Ella sabía que aquellos dineros que le daba la infeliz correría a
bebérselos.

Y se fue bebiendo su vida, sorbo a sorbo, perdiendo casa y ahorros. Acabó


su periplo en la Ribera de Curtidores, junto a la cabecera del Rastro, en un vetusto
piso de la viuda de un traspunte de la gran actriz María Guerrero, habitación de
alquiler que desembocaba en un patio de corredor. Tina de Jarque, triunfadora en
su profesión, corría con todos los gastos: el alquiler, la comida, los vestidos, las
visitas del médico y las medicinas que ya no podían hacer prácticamente nada en
un caso como aquel de cirrosis cabalgante. A lo que se añadía el empeño de la
vedette fracasada en curarse con aguardiente o anís, las bebidas más baratas.

Un día, a mediados de verano de 1928, los médicos comunicaron a Tina de


Jarque que los momentos de su amiga estaban contados y que se aproximaba al
final de su vida. Emeteria Molino, en un instante de lucidez, con la certera noticia
de la muerte que le aguardaba en pocas horas, quiso despedirse de este mundo
como si fuera el último acto de su espectáculo, resucitando otras jornadas gloriosas
en los teatros de pueblo. Extrañamente serena, pidió confesión, y tras ella la
extremaunción, paso necesario para poder encarar con tranquilidad el último rito,
perdonada en sus pobres pecados. Aquella despedida tenía mucho de patético,
pero ninguno de los presentes quiso contrariarla en su última voluntad. Para ello
Tina había traído sus joyas y vestidos, profusión de lentejuelas, lamés, perifollos,
brillos de colores y plumas, pedrería falsa pero relumbrante. Y también sus polvos
de maquillaje, con los que retocó para la ocasión a Emeteria, a la que vistió a con
sus mejores galas.

—Comencé a beber por un amor contrariado —le decía a Tina, no se sabía


como última confesión o advertencia del destino—, y eso me ha matado. ¡Qué
vida! ¿Te acuerdas de aquella vez, con Juan March? Ahí ya supe que yo no iba a
tener suerte en la vida, que el triunfo no se había hecho para mí, hermana del
fracaso…

Una vez vestida y asistida, la Molinillo se sentó en un sillón, como una reina
efímera, rodeada de cestas de rosas y claveles. Cerca había un viejo piano, que la
casera, la viuda del traspunte, conservaba como recuerdo de una joven hija muerta
de tuberculosis pulmonar. Siguiendo los deseos de la vieja vedette, el padre
Valentín Pérez Ramos, inquilino del piso superior —músico y poeta—, escolapio
exclaustrado, sacerdote en la parroquia de Santa Cruz y director de un grupo
escolar, se dispuso a acompañarla en su última función, asistido por Hugolina, «la
Hugo», su ama de llaves, que también había ayudado a Tina a vestir a su
maltrecha amiga.

Iba apagándose la Molinillo, que la vida parecía írsele detrás de cada


compás del chotis de «Las castigadoras», interpretada por el clérigo en el viejo
piano. Era música que el padre Valentín, de tanto oírla, se sabía de memoria y que
había atacado con brío. La Molinillo, ya hilo de voz, cantó:

Con la falda muy cortita, muy cortita,

ajustadita,

luciendo el talle,

y el pelito muy cortito, muy cortito,

voy muy airosa por la calle.

Hubo un respiro, un momento de silencio. La cantante, moribunda, cobraba


nuevos impulsos para reanudar el chotis en un sobrehumano esfuerzo, el último,
intentando con picardía flirtear acaso con la muerte, que ya iba viniendo.
Un chaval

me dijo ayer jovial:

¡Qué bombón

para una indigestión!

Le miré

y así le contesté:

a mí tú

si acaso de vermú.

No era baladí la última estrofa, sino quizá el último rito, el recuerdo de un


añorado Cinzano rojo o Martini blanco. Con cara de gusto, soñadora, expiró y cayó
su cabeza de lado, con una sonrisa, como adormecida, bajo la mirada de todos,
pajarillo sin aire. Ofrecía un aspecto impactante, allí, sin vida, en medio de tanto
brillo y pluma. Eran las once de la noche, tal y como se oyó en un reloj cercano.
Tina de Jarque cerró los ojos de la fallecida y la besó con cariño en la frente. La
señora viuda, que sollozaba muy quedo, se arrodilló, mientras el presbítero
cambiaba el tercio hacia el Ave María de Schubert.

Así se lo contó el sacerdote al niño José Baró Quesada, que quizá bajo su
influencia, muchos años después, imaginó un final redondo en el que la Hugo
pronunciaba una deliciosa oración fúnebre: «Intercede, buen Dios por el alma
generosa, aunque empapada en vino, de la Molinillo, sin que te importe el olor del
aliento, ábrele la puerta del cielo y acógela en tu seno. Amén».

—Nunca moriré así —dijo Tina, en voz baja, como una confesión—. Nunca
el amor me llevará a esto.

—Nadie sabe cuándo ocurrirá nuestra muerte, ni cómo. Ese es el gran


misterio del ser humano —sentenció el sacerdote con los últimos acordes de la
música.

***

El amor y la muerte danzando siempre juntos, pensaba Tina camino de la


casa de Álvaro Retana en Torrejón de Ardoz, donde llegó a media mañana. Si en su
piso de Manuel Silvela 12 Retana tenía múltiples habitaciones, cada una con un
nombre, como el gabinete Marqués de Sade, el salón César Borgia o la sala
Madame de Pompadour, decoradas con cuadros, muebles y todo tipo de lujos
modernos, en su casa de Torrejón destacaban unas rejas con volutas, envidia de los
lugareños, y un patio de 400 metros cuadrados que había arreglado con azulejos y
baldosas andaluzas, fabricados por una firma sevillana.

En ese enorme caserón, en la calle del Cristo, Álvaro Retana invitaba los
fines de semana generosamente a sus amigos, gente de toda condición. Por allí
pasaban los «pistoleros», como se decía en el argot, jóvenes apuestos que iban a la
caza de las mujeres que acudían a la academia de Augusto Figueroa 9, regentada
por José Casanova, aliado de Retana. Retana daba a estos apuestos efebos un duro
para que fueran a los cabarés como el Bataclán para invitar a las jóvenes que
querían triunfar y convencerlas de que acudieran a la academia e invirtieran en
buenas letras y música que podían proporcionarles el éxito en sus futuros
números. También acudían a Torrejón admiradores del polifacético artista,
periodistas, escritores amigos, elementos de la farándula y del cotilleo, una variada
fauna que sembraba fantasías en las mentes de sus vecinos, que creían firmemente
que allí tenían lugar orgías y depravaciones sin cuento.

Era sábado, y aunque Álvaro siempre estaba en pie a las once, dejaba que
sus invitados durmiesen hasta el mediodía, en el que se juntaban a comer y a
despellejar a todo bicho viviente con cierta notoriedad en los ambientes
madrileños. Álvaro nunca desayunaba, y siempre estaba inventando algo,
maquinando o escribiendo, cuando no tenía interlocutores con los que seguir una
amena e inteligente conversación. Tina se había presentado allí conduciendo su
vehículo. Necesitaba hablar con alguien, y Álvaro, Alvarito, era el confidente
perfecto. Tenía fama de ser el confesor laico de las vedettes, en cuyos camerinos
entraba sin ningún problema mientras las divas estaban ocupadas en su aseo o
acicale personal, en actitudes que no hubieran dejado ver a ningún otro hombre.
«Lo que no contarían a nadie, esos secretos inconfesables, se lo contaban a la
manicura, a la peluquera, a la mujer de la limpieza», escribió en una ocasión. De
allí, de esas intimidades él sacaba material para sus novelas, y aunque a veces
alguna de las famosas se enfadara, Retana tenía la precaución de no citarla con su
nombre. En el fondo, todas acababan sintiéndose complacidas, más aún el
narcisista de Álvaro.

Asunción, la criada, abrió la puerta e hizo pasar a Tina. Enseguida llegó


Álvaro, que supo interpretar la cara de la vedette. Hacía mucho tiempo que habían
gozado en aquella misma casa de un fin de semana de amor, algo que, de común
acuerdo, no volvió a repetirse.

—Tienes pena de amores. Conozco esa cara.

Tina sonreía misteriosa.

—¿Ya estás trabajando?

—Aún no había empezado. En esta vida uno tiene que luchar por lo que
ama —seguía el novelista—. Ya ves, yo trabajo a veces hasta quince horas diarias,
vivo entregado a la fiebre de producir, no puedo permanecer ocioso, no rabio, no
deseo nada de los demás y creo en un dios todopoderoso, aunque no es el mismo
de los santurrones y puritanos. Y cuando no estoy escribiendo, estoy pintando
figurines o haciendo letras para canciones.

La vedette le miraba con sus grandes ojos. Había traído con ella su recién
comprado caniche, que revoloteaba alrededor de sus piernas.

—¡Quieto, Chusky, no me lamas los tobillos, que me pones floja! Pues sí, de
eso quería hablarte, Alvarito. Estoy enamorada. Y no sé qué hacer.

Ataviado con su batín blanco de trabajo, con el que parecía un doctor, debajo
casi desnudo, tan sólo con sus calzoncillos y calcetines, y sus zapatos de charol,
Retana escuchaba a Tina con su aspecto aniñado.

—¡Ah, el amor! Lo único importante, después del trabajo. Yo he tenido


amantes, pero cuando me casaba, aunque fuera experimentalmente, como yo
decía, he apostado por esa relación, y lo he hecho tres veces, con Lina Valery, con
Luisa de Lerma, la madre de mi hijo, y con Nena Rubens: tú las conoces. Sabes que
tengo fama de ser un depravado y todas esas cosas que pregonan los que me
critican, pero no tengo tiempo para ocuparme de maledicencias. Si me he
sumergido en ciertos ambientes de chulánganos, mariquitas, transformistas y
demás era porque eran el material para mis novelas. Hay que probar de todo. Yo
respeto a todo el mundo y sus inclinaciones, pero soy mucho menos lanzado y
pervertido de lo que todos piensan que es Álvaro Retana.

—¿Qué te voy a contar? De mí, como de la mayoría de las vedettes, se creen


que somos devorahombres o mantenidas de lujo, hoy con uno, mañana con otro,
dependiendo de las joyas que nos regalen. No digo que no las haya así, pero yo soy
como las demás mujeres, quiero casarme y tener hijos, y también trabajar en lo que
sé hacer.

—Me visto y vamos a dar un paseo. Lo normal es que lo haga con mis
invitados al anochecer, cuando salimos a caminar por la carretera, ante los ojos de
los del pueblo, que no sé qué piensan de nosotros, yo con mi batín y un bastón,
todos hablando a voces y dando grandes risotadas. Pero no quiero que nadie nos
oiga aquí o nos interrumpa.

Fueron pues a pasear por las calles del pueblo. Sin darse cuenta casi,
llegaron a las tapias del cementerio.

—Vamos aquí. No es que sea morboso, pero seguro que no hay nadie. Y
aunque creas lo contrario, es el mejor lugar para hablar de amor.

Tina lo siguió. No le hacía mucha gracia el lugar, aún presente el recuerdo


de la muerte de la Molinillo, pero lo que quería era contarle lo que sentía.

—No sé qué hacer. Ya sabes, por la prensa, de mi amistad con Uzcudun. Me


he enamorado de Paulino, pero no sé si tenemos futuro. Él con sus combates, a mí
que no me gusta el boxeo y yo con las variedades.

—Acuérdate de la Goya y de Ricardo Torres, Bombita. Él pretendió que ella


dejara el teatro y ella que el otro dejara los toros. Se acabó un romance que dio
amenísimos reportajes en la prensa —dejó Retana el detalle erudito para ilustrar
casos parecidos.

—Él se lo va a decir a su madre. Pero dice que será imposible mientras yo


siga actuando. Me propuso que lo dejara todo y que fundáramos un hogar.

—O sea, que te quiere acaparar. Será un duro golpe para la revista de este
país.

—Quiero tener hijos, una familia. Soy muy admirada y deseada por muchos
hombres, pero no me van a dar lo que yo quiero. Tú sabes que soy muy sencilla, en
el fondo echo de menos un mundo fuera del teatro, donde no tenga siempre que
fingir y representar mi papel de mujer fatal.

—Con Uzcudun, ahora, no sé si vas a lograrlo. La sociedad vasca no es como


la andaluza, o incluso la madrileña, más tolerantes. No piensan bien de estas cosas
de la frivolidad.

—Pero entonces, ¿no voy a poder cambiar nunca? ¿No podré enamorarme?

—Claro, olvida lo que te he dicho. Como te dije, hay que luchar por lo que
uno quiere en esta vida. Si quieres dejarlo y ser ama de casa, prueba. También se
ha dado el caso de vedettes que se retiraron y luego volvieron.

—Esa es también mi duda, el sacrificio. No sé si voy a poder eliminar ese


gusanillo de actuar ante el público.

—Eres artista y eso lo vas a llevar hasta la muerte, hablando, por cierto, del
sitio en el que estamos. También te voy a hacer una confidencia, Tinita. Si estás
presente el día que me muera, por favor, haz que todos se cercioren que estoy
realmente muerto al cerrar la tapa. Me da pavor despertarme en un ataúd. Ya ves,
me pasa lo mismo que a Lord Byron y a otros grandes hombres.

—¡Ay Alvarito! Eso me recuerda el viaje a Alemania que hice en el año 22,
cuando hice mis primeras películas. Un viejo ruso que encontré en el tren,
hablando de mi papel en Bigamia decía que en el fondo todos somos cadáveres
vivientes, y que tomamos nuestro papel de verdad cuando se acaba la vida. Pero
nunca como ahora me he sentido así. El amor me eleva, me conmueve, me hace
cometer locuras, estoy todo el día pensando en él.

—El amor es lo mejor del mundo, es por lo que merece la pena vivir, por lo
que tiene sentido la muerte. Sin amor no somos nada. Aunque a veces, un poco de
sexo también ayuda. ¿Cuándo ha sido la última vez que has hecho
«chupichusqui»? Bueno, es una palabra que le debo a una de mis mujeres. Quiero
decir, Tinita, intenta hacerlo con otro hombre. Si no puedes, si te revuelve el
estómago, entonces ríndete y lucha por el boxeador. Lo que yo te diga no servirá
de nada.

***

Aunque era un viaje pesado que llevaba casi nueve horas, Tina de Jarque
enfiló la carretera de Irún con la fuerza y la ilusión de ver a Paulino y comentarle la
decisión que había tomado. No se iría de gira con la compañía Velasco, otra vez a
América, para poder estar juntos. Aquí tendría siempre trabajo y podrían
acompasar sus ritmos entre Madrid y San Sebastián, hasta decidir cual sería el
mejor lugar para establecerse. Sí, esos eran sus planes, y con las alas que da el
amor, Tina se presentó conduciendo su Erskine tras hacer noche en Burgos. Iban a
pasar unos días, en los que harían excursiones, rememorando esos días en La
Habana, cuando iban a cualquier paradisíaca playa desierta.

Llegó un poco cansada a la ciudad norteña, en medio de una brisa suave y


agradable que mitigaba el calor que había sufrido en el trayecto en aquellos días
finales de julio. La primera dificultad surgió cuando, tras hospedarse en el hotel
María Cristina, intentó ver a Paulino en la casa donde se entrenaba para su
próximo combate del 15 de septiembre. Uno de los dos managers de Paulino, que le
abrió la puerta, fue tan directo como poco galante. Ni siquiera la invitó a pasar.

—Paulino está corriendo por la playa, luego tiene gimnasio, aparatos y


combate con sparring. No debes molestarlo. No queremos que se desconcentre.

—Pero habíamos quedado en vernos, me dijo que viniera. Estaré sólo unos
días, no molestaré. Tan sólo quiero verlo y hablar con él.

—No podemos permitir que te vea, ni siquiera cinco minutos. Sería peor. No
te podría sacar de la cabeza y eso lo debilitaría tanto como si os dejamos pasar dos
o tres días juntos. No puede ser.

Los intentos de Tina resultaron, a la larga, infructuosos. Ni siquiera el otro


manager, que salió a la puerta, le autorizó a que le hablara por teléfono.

—Esto del boxeo es así, no es nada frívolo, preparar un combate de los pesos
pesados es muy duro, y Paulino tiene que estar al cien por cien. Si tanto le quieres
y quieres lo mejor para él, espera hasta el día 15, el día del combate.

Aquellos hombres estaban decididos. Habían levantado una muralla


alrededor del boxeador, y Tina comprendió entonces aquel sentimiento que se
había levantado en algunos ambientes del boxeo y medios vascos y que la habían
definido como mala compañía para el púgil. Si además, a Paulino se le ocurría
perder, su condena social sería inapelable. En el fondo, definían la situación.
Paulino tenía que saber que Tina vendría, y si se dejaba aislar así, si no se imponía
a su equipo técnico, ella no podía hacer nada. Le parecía humillante esperar allí
hasta el día 15 del mes siguiente, casi siete semanas. Tentada estuvo de pasar a
Biarritz, y de avisar a Juan March, por si estaba por allí, pero el despecho y la
desilusión asomaron a su cara. No se quedaría, y tampoco anularía su gira con
Velasco.

Intentó hablar con Juanito Oyarzábal, el amigo de Paulino, y tras algunas


idas y venidas, al final lo logró. Le dejó una nota para el púgil, y arrancó a aquel
rostro ceñudo la promesa de que se la pasaría a Uzcudun, para que se comunicara
con ella. Nunca supo si se la dio o no. Antes de que Paulino diera señales de vida,
un mes antes del combate Tina partió hacia tierras americanas.

Otra vez el barco, el vértigo de la gira que empezaba con la travesía


oceánica. Pudiendo ser sedante para su corazón, el mar sin embargo le recordaba
veladas pasadas con Uzcudun, y ella entonces se metía en el trabajo, en volver a
ensayar los números de La orgía dorada, hablar con Eulogio y las otras vedettes,
almas gemelas que le contaban los estragos del amor en aquella profesión y cómo
el éxito y el triunfo estaban hechos para no tener amarras. Eran mujeres de
carácter, María Caballé, Isabelita Ruiz, y todas sabían del peligro de enredar su
corazón, acostumbradas como estaban a halagos y requiebros amorosos. Al final,
todo se quedaba en las compañías, acaso en la farándula, amores epistolares, al
dorso de postales de los números de la revista en la que se veían más lucidas.

—Yo también he tenido muchas desilusiones en mi vida, Tina —le decía


Eulogio Velasco—. La mayor, tenerme que ir de Madrid. Esa ciudad, ese país, no
está preparado para lo que me gustaría hacer, para lo que sé que puedo hacer, un
gran teatro estable de variedades. La vida es así, Tina, si te dedicas al espectáculo.
Siempre hay que estar apostando. A veces se gana, otras se pierde. En el amor es
parecido.

En 1928 aquella aventura americana acabó en Río de Janeiro. Tina aprovechó


para aprender ritmos brasileños, en especial la samba y bailar con las vedettes
brasileñas. En el Teatro Recreio, cuyo empresario era Antônio Neves, Ary Barroso
puso música a la revista de Olegario Mariano Laranja da China. Fueron varios
espectáculos. Las primeras figuras eran Mesquitinha, Aracy Cortes, Tina de Jarque,
Isabelita Ruiz, Olga Navarro, en una pléyade de grandes estrellas. El 25 de octubre
de 1928 Tina de Jarque se separó de la compañía Velasco en Brasil, en Río de
Janeiro, para ir a impresionar películas a los Estados Unidos, a Nueva York, donde
se encontró con Paulino Uzcudun, que aún permanecería allí boxeando y
dirimiendo títulos y bolsas, una buena temporada. Por segundo año consecutivo
pasaba la navidad y el fin de año en la ciudad de los rascacielos. «Esto va a ser una
constante», le decía Tina a su madre, que veía que cuando no rodaba en los
estudios le invadía un extraño desasosiego. Paulino estaba en aquella ciudad, a
poca distancia de ella, pero pareciera que entre los dos se encontrara un extenso
océano de por medio.

En abril de 1929, terminado su trabajo en tierras americanas, Tina y su


madre volvieron a Europa en el transatlántico Îlle de France desde Nueva York. El
Îlle de France era un transatlántico francés de la Compañía Générale
Transatlantique, el primer buque de línea que dio un vuelco a la decoración
interior, celebrando el estilo moderno, basado en los postulados del Art-Decó. El
navío estaba recién estrenado, pues había comenzado su funcionamiento el año
anterior, con el primer viaje entre el Havre y Nueva York. En los enormes salones,
elegantes pasajeras fumaban cigarrillos y lucían abanicos de plumas, y los
pasajeros paseaban alrededor de las amplias cubiertas al sol.

Tenía un lujoso comedor de primera clase, un gran hall de entrada que


alcanzaba cuatro cubiertas, una galería de tiro, un equipado gimnasio, e incluso un
tiovivo. Las cabinas disponían de camas en vez de literas. La créme de la créme
internacional de la política, la aristocracia, los negocios, el teatro, el cine, las artes y
los deportes se peleaban por embarcar en el buque. A pesar de ese lujo y
refinamiento que le rodeaba, ajena a él, Tina volvía triste, melancólica,
contemplando largo tiempo el mar, esa infinitud. Constantina no podía ayudarla a
superar la melancolía. Aunque su segunda gira había sido productiva en lo
artístico y lo económico, su corazón todavía andaba desacompasado por su último
encuentro con Paulino, un mes antes. Había sido muy breve, en el bar del hotel de
Nueva York donde se hospedaba Uzcudun, vigilados por manager y cuidador, que
habían vuelto a imponer al púgil lo que consideraban mejor para él, es decir, su
alejamiento de la vedette. Tenía que conseguir olvidar a Paulino, algo en lo que
pensar en el viaje de vuelta a España. Aquel océano era una buena cura. Mirando
aquellas olas, a bordo de aquel buque que la devolvía a Europa con su madre, Tina
pensó que, como a veces en la vida, había que volver a empezar de nuevo.

Recomponerse, volver a sonreír, a dejar hablar y bailar al cuerpo, alegría que


había que contagiar en todos y cada uno de los números de la revista. Ya era hora
de dar un paso adelante y poner en marcha alguna de las ideas que había tenido en
los últimos años. Sí, montaría una compañía y un espectáculo, una revista de jazz,
alegre y divertida, fina, elegante, con un punto de melancolía. Acaso como se
sentía su corazón. Había triunfado en su carrera, pero no en el amor. La vida,
seguro, le daría otra oportunidad.

***

«No me hice artista ni por necesidad ni por vocación. Me hice artista a los
quince años por una apuesta y para demostrarles a ciertas amigas mías, que me
tenían una hincha de locura, que yo realizo siempre lo que me propongo. Así que
me presenté al concurso del Teatro Novedades, y gané. Me propuse ser vedette y…
¡Voilà! Si mañana me propusiera realizar una excursión al Polo Norte o a la selva
virgen, pues es natural que la realizara, ¡pues no faltaba más! Claro es que después
de todo, y antes de nada, de algo hay que vivir, y en el teatro no se vive mal,
sabiéndolo llevar con un poquito de paciencia… y mala intención». Así he
respondido a las preguntas de una revista, me llevo bien con los reporteros, les doy
lo que quieren y me dan popularidad, cariño, lo que necesito en esta profesión,
donde me desenvuelvo bien.

Y sin embargo, ¡qué difícil el amor, qué difícil la vida! Sé que soy envidiada,
deseada por muchos hombres, adorada incluso, pero no he tenido suerte en el
amor. La primera pasión fue la más corta, y aún me dejó un perfume de irrealidad,
de cuento de hadas. Juan March me conquistó con una generosidad que no volvió
a repetir. Hubo algo, sí, una chispa, que me hacía disculpar aquel cuerpo y aquella
cara afilada. Fueron dos noches en las que nos amamos, y luego Juan March siguió
a lo suyo y yo a lo mío, y aunque nos vimos varias veces más, ya éramos solo viejos
amigos, examantes, compañeros de viaje. Él sólo vivía para sus negocios, la mujer
no era más que un receptáculo para su deseo. Cuando se pasaba, pasabas, todo era
muy rápido. Aun así le estoy agradecida. Nunca me forzó a nada que no quisiera
hacer.

En un universo masculino como este, sujeto a los caprichos y deseos de los


hombres, la voluntad de anteponer la carrera artística al amor pasa siempre
factura. Por un lado aleja los posibles amores profundos y atrae a un sinfín de
candidatos a amantes, hombres que saben de lo efímero y pasajero, siempre
viajando, del carácter del amor de las vedettes. Ay Alvarito, cómo me ilustraste en
este punto. Si tuve alguna ilusión contigo, pronto se me quitó, lo que tardé en
advertir lo que te gustaban los excesos.

Y amé, claro, aquí y allá, a ratos, buscando iguales, gente exquisita, hasta
que llegó Paulino y llegaron las dudas, las certezas. Y una vez más, la desilusión.
Escrito estaba que si triunfaba en mi carrera no me iba a sonreír el amor en la vida,
y quizá esa sea toda la paradoja de mi suerte. Paulino y su ambiente me
rechazaban invocando profesionalidad, en el fondo temerosos del poder de la
mujer, de que yo pudiera elegir también. El escenario, la canción, el baile, un
parlamento picante han sido los lugares donde he volcado ese mundo de ternura y
placer que llevo dentro, en el fondo fiel por naturaleza a quien habría de amarme,
al elegido, que aún no ha aparecido, y quizá no lo haga nunca.

Y lo peor es el resabio del gusto, el saber que el amor es el mejor estado del
mundo y la imposibilidad de poseerlo permanentemente, efímero y fugaz, amor
que no he conseguido atrapar, mejor así, con muchos amigos, pero sin anclajes.
Una vez que se ha experimentado, ya es imposible olvidarlo. Sólo el mero hecho de
haber disfrutado de esa sensación hace que merezca la pena el desamor y la
travesía de desiertos sentimentales. Sola, sí, aunque me pese, porque yo fui
concebida para el amor, y a él me ofrendo y me entrego en cuerpo y alma cuando
es menester. Porque la vida, ya lo dice mi madre, es demasiado corta y nunca
sabemos cuándo se acaba.
CAPÍTULO 7

Paz y guerras

5 de julio de 1939

Julián Montes pasó la frontera por Andorra burlando a la Guardia Civil


primero y a la Gendarmería francesa después. Aquello no fue lo más difícil, sino la
ascensión de los Pirineos, que superó con dificultad. Los meses de cárcel lo habían
debilitado. Los contactos libertarios de Barcelona, que ya habían empezado a
coordinarse con la red de evasión de Francisco Ponzán, lo pusieron en manos de
un pasador que en aquella marcha no le dejaba beber agua y se veía continuamente
obligado a esperarle. Aunque se aferró durante horas a su equipaje —en el que
había incluido dos novelas más compradas en Barcelona—, tuvo que desprenderse
de todos los libros por consejo del guía. Allí quedaron, en la montaña, en el hueco
de una roca, con todo el dolor de su corazón, La liga de los asustados, de Rex Stout,
Detective por correspondencia, de Raymond Chandler, La casa a medio camino, de
Ellery Queen y Santuario, de William Faulkner.

Tras la bajada y un día de reposo, de pueblo en pueblo, andando por la


noche, en ocasiones en camiones de mercancías, sorteando a los gendarmes que
mandaban a los españoles a los campos de internamiento, había conseguido llegar
a Toulouse. Capital del departamento del Alto Garona y de la región Mediodía-
Pirineos, a 90 km de los Pirineos españoles, Toulouse era la cuarta ciudad de
Francia después de París, Marsella y Lyon. Como si fuera un símil de los azarosos
y difíciles tiempos que corrían, Julián se encontró la urbe traspasada por un fuerte
vendaval. Pero no era el mismo aliento que lo había acompañado en el descenso de
los Pirineos, viento del Oeste, húmedo y fresco, con el espíritu del Atlántico, sino
que este era bronco, cálido y seco: el austral, propio del verano. Se le conocía
también como «el viento de la locura», o «el viento del diablo». Algo de eso tenía,
por la gran fuerza que podía alcanzar, barriéndolo todo a su paso, secando la tierra
y arrancando árboles y vegetación. Entre las ventoleras localizó la sede de la CNT
y se presentó en aquel caserón del 4 de la rue Belfort preguntando por Juanel.

Fue este precisamente el que le informó sobre aquel viento, cuando lo


hicieron pasar a su despacho. Montes se presentó con su verdadero nombre, que
no era el que se leía en su documentación. El vendaval batía las contraventanas con
fuerza y su silbido se metía por todos los huecos.

—Joder, Montes, pareces que has traído la furia de la tremolina. Los


franceses, que se vuelven insoportables, bueno, cualquier cosa les vuelve
insoportables, dicen que este austral los vuelve locos, con sus ráfagas y torbellinos.
Nada se queda quieto. No me extraña, el viento se comporta tal y como va todo.

Tras la victoria de Franco, Toulouse era la sede del Gobierno republicano en


el exilio. Se conocía como «la 5ª provincia catalana» y era la ciudad, junto con
Montpellier, con mayor número de españoles. Unos veinte mil se habían
concentrado en la ciudad, entre ellos muchos políticos, funcionarios y militares, lo
que representaba la décima parte de la población. Aún andaba organizándose la
resistencia antifranquista desde las sedes de partidos y sindicatos, en un escenario
mejor, desde luego, que los campos de internamiento en el que habían sido
confinados más de un cuarto de millón de refugiados que entraron en territorio
francés entre el 28 de enero y el 9 de febrero de 1939, durante la retirada de
Cataluña. Desde la primavera de 1936, la ciudad de Toulouse había sido solidaria
con la República española, acogiendo niños que huían de la guerra. Por todas
partes, esquinas y plazas, se oía hablar castellano, mezclado con el catalán y
francés, maremágnum de activo hormiguero.

La reflexión sobre el viento no era rara en Juanel, un anarquista con vena


literaria que admiraba a Dostoievski, Papini y Anatole France y tenía fama,
además, de íntegro y puro entre los libertarios.

—Pero para ser justos, a pesar de que el Gobierno francés nos trate como a
apestados, hay muchos franceses que nos ayudan. Lo veo cada vez que voy a los
campos. Aunque tenemos fama de «comecuras» y ladrones, divulgada por la
derecha más reaccionaria, hay gente que se desvive por nosotros.

Lo decía también por propia experiencia. La casa de verano en la que se


había establecido, en Nimes, con su mujer y sus dos hijos, desde que había
conseguido salir de los campos de internamiento, pertenecía a monsieur Rumillac,
un francés con inquietudes intelectuales que conocía de Barcelona y que se la había
cedido. Julián había tenido suerte. No era fácil localizarle. Juan Manuel Molina,
Juanel, hacía continuos viajes a los campos y paraba poco en la rue Belfort. En
aquella sede ya se empezaban a manifestar las diferencias ideológicas entre los
partidarios de Federica Montseny y Esgleas y los de la CNT del interior —la
colaboración de los cenetistas en el Gobierno de la República empezaba a pasar
factura—, a los que Juanel se sentía más unido. Montes había oído hablar muy bien
de Juanel dentro de la Confederación. Había nacido en Jumilla, pero había
emigrado a la capital catalana donde se había hecho anarquista. Era un gran lector
y tenía un carácter sensible. Le dolía todo el sufrimiento de los campos de
internamiento, no sólo el de los anarquistas, pero era un hombre de gran carácter
que no vacilaba en hacer lo que consideraba un deber. Y deber era ayudar en todo
lo que pudiera a quien lo necesitara, a través del SERE, servicio de ayuda a los
refugiados españoles, del que era delegado. Julián, además de entregarle el
informe sobre la situación penitenciaria y las peticiones de ayuda de la Junta
Nacional, le contó a Juanel su huida de Valencia, su entrevista con Leoncio
Sánchez y Pallarols.

—Compañero, tú que eres de Barcelona, y sabes el destino de muchos


libertarios, quizá sepas dónde puedo encontrar a Manuel Báez. Tendría que darle
noticias de un amigo suyo que encontré en la cárcel.

—Alguien me dijo que está por Burdeos, intentando embarcar hacia


Centroamérica con su familia. Pero también me han dicho que le han visto en
París. No puedo decirte, Montes, la verdad.

Julián mostró a Juanel su deseo de marchar a la capital francesa. Debía


entregar al Consejo General del Movimiento Libertario un informe parecido al que
le había facilitado sobre las cárceles de Levante.

—Además, hablo francés más o menos y en los suburbios de París tengo


parientes, emigrantes allí desde hace años —mintió—. Quiero emigrar a México o a
Cuba, se ha dicho que habría fondos para fletar un barco.

—Mucho se habla de esos fondos, se dice que muchos millones de francos,


pero no estoy tan seguro. No se sabe bien de qué cantidad exacta disponemos,
quien la maneja, y si nos valdrá de mucho. Aquí, en Francia, nadie sale sin la
bendición de los comunistas, que controlan el embarque hacia México.

—¿Aún seguimos igual con ellos?

—Son la nueva inquisición, hacen interrogatorios a los refugiados y si tienen


sospechas de que son libertarios, los dejan en tierra. Sólo han salido dos barcos, con
gente de su confianza. El cónsul, un tal Gamboa, es un pájaro de cuenta, un
comunista soterrado.

—¿Pero no podemos fletar un barco nosotros?

—Es difícil, Montes, falta de todo. Cuando llegues a París insiste con los
miembros del Consejo Libertario. Tienen que hacer algo o nos pudrimos esperando
la próxima guerra. Aún hay mucha gente en los campos de internamiento, son más
bien campos de hacinamiento.

Juanel se levantó, tenía que salir. Pero antes de estrecharle la mano y


desearle suerte, pareció intuir las preocupaciones de su interlocutor.

—Si no tienes sitio para dormir lo puedes hacer aquí, hay una habitación con
camastros. Por la noche sale todos los días un tren a París, cógelo cuando estés
listo. Supongo que no tienes documentación ni dinero para el billete.

Julián asintió al estrechar su mano.

—Baja al sótano, que los compañeros encargados de los salvoconductos y


pasaportes te hagan cédulas que coincidan con tu documentación española. Dile al
tesorero que te dé el dinero del billete, y algo más para comer y dormir y fírmale
un recibo. ¡Salud!

Julián Montes vio el cielo abierto. La suerte parecía favorecerle.

—¡Salud! Y una última pregunta: ¿Sabes dónde localizar a Armand Guerra?

—Me temo que en algún cementerio de París. Pero los compañeros te lo


contarán. Yo tengo tarea con el informe que me has traído.

Con aquella respuesta del responsable del comité de ayuda se esfumaba, de


un plumazo, la posibilidad de hablar directamente con alguien que podía conocer
los pormenores del final de Tina de Jarque. La felicidad nunca es completa, la vida
está siempre algo descuadrada, era ilustración que sabía bien por propia
experiencia. Ahí ninguna novela policíaca le había enseñado nada. Mientras en el
piso inferior le sacaban la foto para el pasaporte falsificado y un pase provisional
de las autoridades francesas, Montes preguntó sobre la muerte de Armand Guerra.

—¿No sabías, compañero, que murió el pasado marzo, cuando aún no había
acabado la guerra? ¿No os llegó esa noticia? —le respondió uno de los que
trabajaban en la documentación.

«Llegaban tantas», pensó Julián Montes, y cada uno estaba además en lo


suyo en esas horas inciertas, que era normal que algunas se perdieran en el camino.

—Ya sabes, en marzo era el tiempo de la descomposición —contestó él—.


Estábamos más pendientes de otras cosas. Yo, desde luego, no me enteré. Sabía
quien era por la prensa confederal pero nunca lo traté. Lo que pasa es que él es de
Liria, un pueblo de Valencia, y yo soy de cerca, conocí a gente de su familia. ¿Y
cómo murió?

—En el metro de París, sin ver el final de la guerra, aunque ya lo podía


presentir. Cayó fulminado cuando iba a la embajada de España a conseguir
documentación. Eso es lo que leímos aquí, venía en un periódico francés, creo que
era El Libertaire.

Julián Montes reconstruyó los detalles con la información que recordaban


los compañeros. El artículo contaba la muerte de aquel hombre delgado, de físico
angulado y ojos de fuego, que parecía llevar las ideas en la sangre, y que
declamaba con cultura y pasión. Armand Guerra o José María Estívalis,
revolucionario y viajero, había estado en Rusia durante la revolución bolchevique,
en Alemania durante la República de Weimar, en Turquía durante las luchas que
terminaron con el régimen feudal, en Egipto, en Grecia… También periodista,
estaba afiliado al Sindicato de Artes Gráficas y realizó películas en varios países.

La muerte le había llegado el 10 de marzo de 1939, cuando iba a conseguir


sus papeles, y aunque se vislumbrara la derrota de la Guerra Civil, al menos de eso
se había librado. Era también una víctima de aquella guerra, y su desenlace,
producido por una ruptura de aneurisma, había sido incubado en las prisiones del
SIM republicano, en la checa de la calle Muntaner 321, en Barcelona. De allí salió
en agosto de 1938 en mal estado, arruinada la salud y bajo de ánimo, muy tocado
por una estancia de cuatro meses en aquellas oscuras celdas, en manos de los
comunistas, los ganadores de la pugna de mayo de 1937 con la CNT. De nada le
había valido una estancia de dos semanas en el Hospital Clínico de Barcelona y
luego en el hotel Bristol. Antes, había conseguido trasladar a su compañera Isabel
Anglada, a su madre y a su hija Vicenta de pocos años a París, a finales de 1937,
donde vivían en la miseria. Tras salir de la checa, Armand quiso desplazarse hasta
la capital francesa para hacerse cargo de ellas.
—La jefatura del SIM se negó a indemnizarle y además le traspapeló su
pasaporte. No pudo trasladarse entonces a Francia, a pesar de que insistió con
Marianet. Hasta que logró pasar, estuvo de aquí para allá, escribiendo artículos y
reportajes, y dando conferencias sobre Durruti, lo que más o menos podía hacer.

Cuando se evacuó Barcelona, Armand se hallaba en Blanes, cerca de la


frontera, en Gerona. Embarcó en un buque italiano haciéndose pasar por un
marinero de ese país, ya que dominaba el idioma con soltura, y desembarcó en
Sete, desde donde burló el internamiento en los campos franceses y logró llegar
hasta París en febrero de 1939, para reunirse con su compañera y su hija. Los
últimos artículos los había publicado en París, dos días antes de morir, sobre las
causas del desastre, que él atribuía a la abdicación de la fuerza libertaria en mayo
del 37 en Barcelona.

Pensando en las muertes de Marianet y Guerra se derrumbó por fin en un


camastro que le cedieron en el sótano. Cuando se levantó, Montes salió a la calle y
lo primero que hizo fue tomar un café con leche y pan —aquello era otro café,
desde luego, otro pan—, que le llenó el estómago, como el alma, de un moderado
optimismo. El viento austral había amainado, pero aún llegaban, de pronto,
ráfagas furiosas, bofetadas calientes y terrosas. Los franceses, que no se fiaban,
decían que aún no se le había visto la cola. A pesar de ese ambiente algo
desapacible, deambuló unas horas por la ciudad. Salió a la avenida Jean Jaurès,
paseó por los muelles del río, por la plaza Wilson, lugar de reunión de los
españoles, visitó la amplia plaza del Capitolio, donde estaba el ayuntamiento y
caminando con placer, desembocó frente a Saint-Sernin, la mayor basílica románica
de Occidente.

Huyendo del viento se internó en el casco antiguo de la ciudad, donde pasó


por mercados coloristas y callejuelas bordeadas de viviendas, con reflejos italianos
en su estilo Renacimiento. Por las avenidas se desparramaban los cafés animados y
los restaurantes de ambiente cálido. Delicada y sutil mezcla de piedra, ladrillo rosa
—la llamaban la Ciudad Rosa por el color dominante en los edificios— y tejas rojas
en los barrios antiguos, la ciudad se hacía encanto líquido en los muelles del
Garona y los puentes sobre el río, encanto enturbiado ahora por el viento que daba
un aspecto terroso a la atmósfera.

Cerca del río Garona y el canal del Midi, según se había informado, se
encontraba el hotel Toulouse, lugar de la cita con Manzanedo. No entró enseguida.
Estuvo vigilando el lugar, asegurándose de que nadie podría reconocerle. Por fin
cruzó la puerta giratoria y demandó en la recepción. El señor Lucio Rodríguez se
alojaba allí, pero había salido en esos momentos. Julián lo esperó en la cafetería,
hojeando un periódico y tomándose su segundo café de la mañana con delectación.
No le importaba gastarse en eso más que en comida los francos de la pequeña
suma que le habían proporcionado en la rue Belfort.

De pronto, vio algo que lo dejó atónito. En la sección de sucesos de aquel


periódico del medio sureste aparecía una noticia a una columna con el ataque de
un león a una bailarina, Marlene Grey, que bailaba desnuda ante las fieras en un
circo de Marsella. El ataque, que le había producido graves heridas, no había
podido ser evitado por el domador, Georges Marck, que también había resultado
herido, aunque de menor gravedad. No podía ser otra, tenía que ser la misma
actriz de Carne de fieras. Durante un rato estuvo cavilando sobre si acudir al
hospital de Marsella donde la francesa estaba internada. Quizás ella, o el domador,
conocerían algún dato revelante sobre Tina de Jarque. Enseguida desechó ese
pensamiento. Eran franceses, estaban de paso en España cuando hicieron la
película, no tenían amistad con Tina y salieron pronto de un país en guerra. Pero la
casualidad de aquella noticia lo sumió en un cierto desasosiego. No creía en Dios, y
tampoco en las casualidades, aquello no admitía ninguna interpretación salvo la
del azar. Rechazaba que las cosas y los sucesos tuvieran un orden oculto, un
significado. Además, de tenerlo, aquella noticia del periódico, ¿qué significaría?
Que había peligro… No había que ser un detective muy listo para deducirlo. El
que juega con fuego se quema. La belleza no se puede confrontar con lo salvaje,
son categorías diferentes.

Una hora después, sus ojos, asomados al borde de las páginas de un diario
que comprendía más o menos, impactada su mente aún por la noticia sobre
Marlene que había leído, vieron aparecer por la puerta al guardia civil. Manzanedo
se había vestido de paisano, de una manera algo extraña, entre turista y refugiado.
Pero habría algo que siempre delataría a hombres como él, pensó Montes, igual
que a ellos les perseguiría el complejo de obreros. El comandante también lo
divisó, pero no hizo ningún ademán. Recogió su llave, se acercó a la cafetería como
buscando a alguien y dejó que Montes vislumbrara el número de su habitación.
Allí fue a visitarlo el anarquista al poco rato.

—No me dijo usted que Marianet había muerto cerca de París, donde se han
trasladado muchos de los que integraban el Comité Nacional. Eso va a dificultar
las cosas.

—¿De qué hubiera servido que se lo contara? Pero sí están en París otros
miembros del Comité Nacional, a alguno de ellos podrá llegar y conseguir la
información que nos interesa.

—Quizá las respuestas no estén aquí o, al menos, no todas. Habrá preguntas


que será difícil responder. Por mucho que investigue en Francia, saber lo que
ocurrió pasa por conocer los últimos meses en Madrid de los dos, de Tina y Abel.
Por qué se hicieron amantes, como todo parece indicar. Quién sedujo a quién. Y de
quién fue la idea de huir con un saco de joyas requisadas y la paga del batallón.
Habría sido un golpe perfecto para el ejército de Franco, el de usted. Pero no sé por
qué, no le satisface esa explicación.

—Es demasiado obvia.

—Ya. Lo que yo pienso es que sabe bien lo que pueden producir las guerras,
el cambio en las personas, lo que saca de dentro que jamás podíamos haber
sospechado.

Montes parecía reflexionar en voz alta, más que dialogar con Manzanedo.
Por un momento, las miradas de los dos se encontraron. Cualquiera de ellos podía
hablar de personas que habían conocido, en circunstancias que jamás hubieran
imaginado, haciendo cosas que en otras situaciones hubieran sido impensables. La
guerra, qué vértigo, qué tobogán en el corazón del ser humano.

—Para saber la verdad tendríamos que haber conocido como era Tina de
Jarque. Tenía una pista, la del director de cine que rodó su última película con ella,
Armand Guerra, de la CNT, que la conocía bien y sin duda sabía algo de su final,
pero murió en marzo pasado en París. No es fácil averiguar lo que pasó en un
asunto así, parece tan lejos, de un pasado remoto, aunque apenas hayan pasado
dos años. La gente no quiere saber nada de la guerra perdida, vive un presente
muy complicado.

—Vaya, de ese tal Guerra no me había dicho nada, pero bueno, le


comprendo —respondió Manzanedo condescendiente, tal vez porque estar en
territorio enemigo le hacía ser más contemporizador—. Cada uno tiene sus propios
métodos de investigación. Lástima que no pueda tirar de ese hilo. Y es lástima
también que yo no pueda acompañarle. Siempre quise conocer París, saber si la
fama que tiene vale tanto la pena.

Se hizo un silencio que empezaba a ser incómodo. Una ráfaga de viento


alborotó las contraventanas en el momento justo. El ruido hizo renacer la
conversación.
—Así que ese viaje lo tendrá que hacer solo. Yo no sé si pasaré de nuevo a
Francia, la situación internacional está cada vez más tensa. Por eso le conmino a
que se dé prisa. Puede que usted quiera desaparecer ahora, pero debe pensar en su
hermano. Hemos autorizado visitas de su madre. Puede usted escribirla. En dos
semanas, nos veremos aquí. Si no aparece a la tercera semana, sabremos a qué
atenernos. Ya sabe que siempre cumplo mi palabra.

—Lo sé. Como con las esposas y los tiros de fogueo.

—En cuanto a lo primero, un incomprensible fallo. El guardia se equivocó


de preso. Usted lo arregló muy bien, ya me di cuenta después. El fuego desde
luego era real, pero no le tiraron a dar. Teníamos que dar la impresión de que
querían hacerlo. Yo mismo vigilé la operación, iba en uno de los coches de detrás.
Era usted un blanco muy fácil. Si hubiéramos querido, estaría usted muerto.

—Y así estaré si los compañeros me ven con usted, si sospechan siquiera. No


sé si podré regresar en ese tiempo. Tal y como están las cosas, todo es
impredecible.

—No es el único que se la juega en esta historia. Hay muchos por encima de
mí que me defenestrarían a la mínima. Esperaré dos semanas. Mientras tanto
aprovecharé para darme una vuelta por los alrededores.

—Yo que usted no lo haría. Supongo que estará aquí con varias misiones,
entre ellas espiarnos. Pero ahora no está usted en España, bajo su régimen.
Eliminarle aquí es muy fácil. Basta con una palabra o que alguien se percate de sus
intenciones. No es que usted me importe, es más bien querencia a mi familia.

—Vaya Montes, está usted irónico. Se ve que lee novelas policíacas inglesas.
Por eso no se preocupe. Intente cumplir su parte del trato. Yo me ocupo de la mía y
de mi pellejo. ¿Qué, no quiere un pitillo?

—No gracias. Aquí fumo del mío —dijo Julián Montes al enfilar la puerta.

—Lo que yo decía, un hombre con carácter. Un español equivocado, pero a


fin de cuentas, un español. Está usted en una posición difícil. Creo conocer un poco
a las personas con las que trato. Sé, no me diga por qué, que usted ya no piensa
como antes, que ha empezado a tener dudas. De sus ideas, de la causa.

—Son malos tiempos, pero pasarán.


El viento había comenzado a soplar otra vez con fuerza. Se oía, nítido, su
ronco ululato tras los cristales. Tal vez atraído por el sonido, Manzanedo miró por
la ventana. Montes siguió sus ojos. En la calle, los transeúntes se refugiaban
enfrente, en un bistrot.

—Malos tiempos y malos vientos —corrigió Manzanedo—. Es el austral, ya


me lo han contado en la recepción. A los franceses les vuelve locos. Es peor que la
tramontana. La verdad es que tengo ganas de volver a España. Ya sabe, como decía
un cómico, como fuera de casa, en ninguna parte.

—Hasta los malos vientos terminan alguna vez.

—Para venir peores. No se engañe, Montes, pronto vendrá un gran huracán


y lo barrerá todo. Por eso no estaré mucho tiempo. Si me pilla, que sea en mi tierra,
no en esta en la que hablan como el culo. ¿Tiene dinero para París?

—El suficiente. Y si no lo tuviera, a usted sería la última persona del mundo


a la que acudiría. Una cosa es nuestro acuerdo, mal que me pese, y otra es aceptar
dinero de su parte. A mí no me va a coger por ahí.

—¡Estupendo, Montes, menos gasto!

—Por cierto, hablando de gasto y de esfuerzo, ya que estamos en terreno


neutral, dígame una cosa: ¿Quién está detrás de todo esto? Es decir, ¿quién tiene
tanto interés, y tanto poder para mandarlo aquí? Ha dicho que algunos de sus
mandos no ven esta operación con buenos ojos, por lo que la orden tiene que venir
de muy arriba… ¿Quién es el que se toma tantas molestias?

—Siempre hablo de más, es uno de mis defectos. Pero ese es un dato que no
puedo darle, lo siento. Y créame, es mejor para su seguridad. Esa información no le
serviría de nada, e incluso le perjudicaría, sobre todo si se enteran sus compin…
Quiero decir, sus correligionarios.

—Que no se van a enterar nunca, ¿no? Ese fue el acuerdo. Nunca debí fiarme
de usted. Supongo que conmigo no recurrirá al chantaje.

—Le disculpo ese tono, pero no siga por ahí. ¿Por quién me toma? Soy un
español antiguo, como ustedes. Di mi palabra y la cumpliré. Pero no me pida que
revele algo que no está en mi mano.

Julián Montes cargaba su mirada de desprecio. No sabía por qué había


creído que Manzanedo le aclararía aquel misterio que le rondaba desde el principio
de la historia. El guardia civil cortó aquel momento difícil.

—Como veo que no le agrada especialmente el diálogo, y no vamos a hablar


de política o filosofía, lo mejor será que nos despidamos. Le deseo suerte en el
desempeño de su misión. Espero que nos volvamos a ver. Si por casualidad no
pudiera regresar en las dos semanas convenidas, puede escribirme a España, al
Ministerio de la Gobernación, en Madrid. La carta, seguro, me llegará. No creo que
haga falta recalcar lo que usted se juega. Y tome, un regalo, le he traído algo que
sin duda estimará, sabiendo de sus gustos. Esta vez no le contaré el final.

El paquete contenía cinco novelas policíacas: La liga de los asustados, de Rex


Stout, Detective por correspondencia de Raymond Chandler, Una pistola en venta de
Graham Greene, Diez negritos, de Agatha Christie y Cosecha roja, de Dashiell
Hammett. Por un instante, al alcanzarle aquellos libros, y al ver los dos primeros,
el anarquista pensó que el guardia lo había hecho seguir incluso en el paso de los
Pirineos, de donde había recuperado aquel botín abandonado. No era así, por
supuesto, y en aquel gesto, Montes apreció la inteligencia de su interlocutor, que
sabía que aquello no lo rehusaría. Tal vez tenía los mismos gustos. Tuvo un atisbo
de simpatía, pero lo desechó enseguida.

—Yo ya las he leído. No sé si le pegan mucho esos libros a un anarquista.


Creo que milita en el bando equivocado. A menos que sea un eterno rebelde, pero
eso es sólo una intuición, no quiero ofenderle.

—No ofende quien quiere, sino quien puede. De todas maneras, gracias. Las
novelas sí se las acepto. Las noches aquí son muy solitarias, y me aburro de hablar
de política. Me vendrán bien además para el viaje a París. Aunque tengamos
gustos parecidos, nuestras convicciones son radicalmente diferentes. No tengo
nada personal contra usted, salvo que pertenece a un régimen que odio con todas
mis fuerzas, y que me gustaría haber borrado de la faz de la tierra. Seguramente en
otras circunstancias nuestra relación no habría sido la misma, y podríamos discutir
de novela policíaca. Pero ahora nos separan demasiados muertos.

—Usted lo ha dicho, demasiados. Ha habido mucha sangre. En cuanto a lo


otro, es probable que en otras circunstancias nuestra relación sería distinta, pero
para eso tendríamos que estar en el mismo bando. El destino lo dispuso así.
Cuídese de los huracanes. Soplarán con fuerza. Mejor estar lejos. Se salvó de la
guerra de España, no tiente otra vez a la suerte.
La entrevista parecía haber acabado, pero Montes no quería dejar las cosas
así. Ya no estaba entre las garras del guardia civil y quiso desquitarse.

—¿Nunca ha dudado usted? ¿Tiene tanto odio acumulado que nunca ha


pensado en lo monstruoso del régimen que defiende y representa? ¿O está tan
manchado de sangre que se le ha vuelto el corazón negro? Usted supone que yo
dudo, que me he vuelto tibio en mis convicciones. Quizá algunos de mis
compañeros no estuvieron a la altura y acabaron traicionando sus ideas, pero si
hay alguien que ha asesinado sin freno y con saña han sido ustedes. Nunca podré
pensar de otra forma.

Manzanedo tensó los músculos de su cara. Incluso su cuerpo pareció


quedarse rígido. Todas las venas de su rostro se hincharon y lo tiñeron de color
rojo. Sus puños se crisparon.

—¡No me joda, Montes! ¡No me provoque! ¡Aunque usted no lo crea, no


todos somos fascistas asesinos! También en mi bando hubo mucha gente que no
estuvo a la altura, que tiene aún demasiado odio. Es curioso lo del odio. Lo dejas
suelto y contamina a unos y otros, y las ideas quedan relegadas a un segundo
plano. Yo he hecho la guerra, pero puedo asegurarle que no he fusilado nunca a
nadie. He visto barbaridades, como usted, pero yo siempre aposté por el orden.
Siempre he creído en la ley y que todo el mundo debe sujetarse a ella. Si no,
caemos en la barbarie.

Los dos hombres se miraban frente a frente. Parecía que en cualquier


momento se fueran a lanzar al cuello. Se oía su respiración, entre los silbidos del
viento. El anarquista hizo un gesto de que no merecía la pena seguir hablando.
Sonrió levemente. Había triunfado en su pequeña venganza sacando al guardia
civil de sus casillas.

—Definitivamente, este viento crispa los nervios —dijo Montes enfilando la


puerta—. Que tenga buen viaje de vuelta. Cuanto antes lo haga, mejor.

Quizá fue un gruñido o una palabra ininteligible lo que el anarquista


escuchó a sus espaldas. Cuando salió de aquella habitación, Montes empezó a
sospechar que, a pesar de todo, le caía bien Manzanedo. Fue sólo un momento,
porque enseguida se lo quitó de la cabeza. Justo el tiempo que tardó en cruzar la
puerta y enfrentarse a ese viento inmisericorde que lo golpeó en la cara y que le
hubiera llevado la gorra de no tenerla sujeta fuertemente con las manos. Se alejaba
camino de la rue Belfort, cuando tuvo un presentimiento. Quizá la idea le había
surgido con la imagen de los libros. Dobló la esquina y dio la vuelta entera a la
manzana. Primero, entre aquel viento que arrastraba tierra y papeles, comprobó
que nadie lo seguía. Los peatones que circulaban lo hacían velozmente, tapándose
la cara con las manos para que nada les entrara en los ojos, sujetando gorras y
sombreros, desapareciendo rápido en los portales. Pegado a la acera, lo que no era
muy buena opción en un día como aquel, donde se desprendían tejas y trozos de
cornisa, anduvo hasta guarnecerse en el bistrot de enfrente desde cuyas ventanas
podía atisbar la fachada del hotel. Confiaba en que el guardia civil no lo hubiera
visto. Si lo que sospechaba era cierto, Manzanedo saldría al poco, y tal vez podría
seguir sus pasos y descubrir si tenía otros confidentes.

Pidió otro café y mientras entretenía la espera, empezó a hojear aquellas


novelas. Comenzó con Un pistolero en venta, de Graham Greene. La solapa
informaba que el protagonista era Raven, un pistolero al que pagan para matar al
ministro de Guerra. Cuando lo hace, disparando una conflagración, descubre que
el que se lo ha encargado lo ha engañado pagándole con moneda falsa. Intentando
eludir a la Policía y localizar al agente que lo traicionó, se siente en la doble piel del
cazador y el cazado. Raven —sumamente sensible sobre su labio leporino— es un
hombre insensible pero con una decencia oculta y un sentido personal de justicia.
Mather, detective leal de policía que persigue a Raven, tiene muchas de las mismas
características.

Aquello le pareció curioso. Cazador y presa. Así se sentía él. ¿Lo habría
elegido el astuto Manzanedo? No era tan torpe como parecía. Y ese paralelismo
entre el pistolero Raven y el detective Mather… ¿Quería sugerir algo? Quizá
aquella novela contenía una especie de mensaje. La abrió. Lo único que contenía
era un sobre con una moderada cantidad de francos y una nota: «Los billetes son
auténticos. Lo entenderá cuando lea la novela».

Montes volvió a la vigilancia. Cuando ya empezaba a curiosear los otros


libros, le pareció distinguir una sombra detrás de la ventana del comandante. Unos
minutos antes, en el hotel había entrado una figura, apenas entrevista, pero que
podía ser un español, con su gorra característica y sus hechuras. Cuando veinte
minutos después vio a aquel español salir del edificio, no lo dudó. Aquel hombre,
que ahora miraba a todos lados, se había entrevistado con Manzanedo. Procuró
grabar sus facciones en su cerebro. Pagó rápido y se propuso seguirlo, sin duda era
uno de los agentes infiltrados de los franquistas. Tal vez, caviló, fuera alguien
como él, al que el guardia civil hubiera sometido a un procedimiento similar.

Contrariamente a lo que pensaba, aquel viento austral lo ayudó. El hecho de


que todo el mundo se cubriera la cara y anduviera deprisa, refugiándose de vez en
cuando en los portales, facilitó el seguimiento. Montes se había guardado los libros
en la cazadora.

Según iba encaminándose a la sede de la CNT, dudaba qué hacer. Aquel


individuo entró en el 4 de la rue Belfort. Era de la misma camada, tendría que
moverse con pies de plomo. Al poco se coló él también: no era muy lógico
permanecer en la esquina de la calle, desafiando al viento que seguía soplando con
fuerza.

Intentando descubrir quién era aquel tipo, y sin tener muy claro si
denunciarlo o no, Montes pidió ver a Juanel, pero había salido.

—¿Compañero, querrás avisarme cuando vuelva? Estaré abajo, voy a ver a


los compañeros del sótano.

Dos compañeros, vestidos con una bata azul, trabajaban en sus papeles.
Según le había dicho uno de ellos con un fuerte acento maño cuando se hizo las
fotos, era una situación provisional. No era recomendable tener allí ese taller, pero
de momento no habían encontrado un lugar fiable. Así que trabajaban en una
especie de hueco grande en el sótano, donde se descendía por una escalera de
madera. Salvo los responsables, nadie allí se llamaba por su nombre. Valía el
genérico de «compañero», salvo que hubiera un conocimiento anterior.

—¿Qué, compañero, otra vez por aquí?

—Ya ves, Toulouse parece muy grande, pero con este viento…

—Sí, es molesto para andar al aire libre… Si vienes a por los papeles ya
sabes que tardaremos, hay que hacer las cosas bien y se tardan de uno a dos días.

—Ya, ya, no era para meteros prisa, es que no sé dónde ir, estoy esperando
que regrese Juanel, me han dicho que volverá pronto. Y quería también
preguntaros cómo me puedo agenciar un arma, una pistola.

Se oyeron pasos en la escalera.

—Eso es difícil, compañero. Tendría que autorizarlo un responsable.


Nosotros sabemos de papeles, pero no de fuscas.

Julián quiso terminar la frase que había empezado. Tal vez ya había
regresado Juanel y venían a buscarle.

—No me pillarán de nuevo. Me han dicho que a muchos de los que detienen
los deportan o los meten en un campo de castigo. Antes de volver a España
deportado me pego un tiro. Y me llevo a algún fascista por delante.

—¿Tanta necesidad tienes? —dijo entonces una figura en la puerta.

Julián se volvió y se le heló la sangre. La pregunta la había hecho la persona


a la que había seguido hasta allí.

—¿Y tú quién eres?

—Eliseo Melis, de la regional catalana. Como tú, también quiero pasaje para
México. Tendré que ir a París.

—Melis, ¿eh? No te conozco.

—Ni yo tampoco, compañero. Pero decías que buscabas una pistola y yo


puedo proporcionártela.

Nadie en la cámara decía nada. Los ojos abiertos, la escena demandaba


resolución.

—¿O quieres que hablemos en otra parte?

—Por nosotros nada, eh.

Llegó Juanel en el ínterin, y bajaron a avisar a Julián, que agradeció la


interrupción y alejarse de aquel individuo. Necesitaba pensar en los pasos a dar,
pero más que nunca necesitaba un arma. Fue lo primero que le pidió al
responsable.

—Tengo que proteger el informe sobre los presos que llevo al Consejo
Libertario. Prefiero que me la proporcionéis vosotros que aceptar ofertas de
compañeros que no conozco, ¿alguien sabe algo de ese Melis?

—No, ¿por qué?, tampoco hemos dudado de ti… ¿Deberíamos? Los dos os
habéis escapado de las garras del franquismo. Y no te conocemos más. Tú puedes
ser un soplón tanto como él. Aunque traigas mensajes e informes del interior. Él ha
dicho que escapó convenciendo a la Policía de que sería un infiltrado, y ha
propuesto al comité ser agente doble o que le den pasaje para México. Aún no se
ha decidido nada. Pero eso sí, tomo nota de que Melis va armado y que puede
proporcionar pistolas… Perdona, tengo que terminar unas cosas antes de
marcharme a Nimes, hace días que no veo a mi mujer ni a mis hijos. Por cierto,
¿esos libros? —dijo señalando los que asomaban en los bolsillos de la cazadora de
Montes.

—Los compré aquí, en un mercadillo. Me harán compañía en el viaje a París.


Me gusta leer.

—A mí también, a ver…

Julián le enseñó las novelas. Juanel, que tenía pasión por la literatura, los
hojeó durante un rato.

—Lástima. Mi fuerte no es la novela policíaca —dijo algo decepcionado—.


¿Y están bien?

—No pude encontrar otra cosa —respiró Montes recogiendo los libros—. Ya
te diré lo que me han parecido si nos volvemos a ver.

Cuando salió de hablar con Juanel, y vista la dificultad de conseguir el arma,


Montes buscó otras alternativas. Durante dos días pululó por tugurios y bajos
fondos, hasta que consiguió una Astra 300 del nueve corto, despojo del Ejército
republicano. La compró con parte del dinero que le había facilitado Manzanedo,
cosa que en el fondo, divertía al anarquista. Aquel día, después de recoger la
documentación y despedirse de los compañeros, marchó a la estación para tomar
el tren nocturno hacia la capital francesa. Había intentado con discrección saber
algo más de Melis, donde paraba, pero sin éxito. Sería tal vez por su fijación, pero
antes de abordar aquel expreso, por un momento creyó ver al confidente en el
andén. Entre gorras y sombreros, sin embargo, era difícil la precisión. Lo buscó
luego sin éxito por el tren, la pistola bien agarrada en el bolsillo de su chaqueta. A
aquel traidor parecía que se lo había tragado la tierra.

Truncada la posibilidad de hablar con Armand Guerra, sólo le quedaba la


opción de intentar localizar a alguno de los anteriores miembros del Comité
Nacional, en París, ciudad a la que llegó tras viajar en tres trayectos intermedios,
durante dos días, para no levantar sospechas. Después de la muerte de Marianet,
los hombres más significados de la CNT luchaban por hacerse con el control del
sindicato y garantizarse el exilio en un país americano. La CNT intentaba utilizar
los escasos recursos que para eso le había facilitado el SERE, organismo de ayuda a
los refugiados españoles, controlado por Juan Negrín y conseguir otros fondos del
JARE, organismo que controlaba Indalecio Prieto. Había muchos españoles
refugiados en París, la mayor parte del estamento administrativo, judicial y
político del Gobierno republicano y el catalán. Militares, gobernadores, alcaldes,
nomenclatura de los partidos, pululaban por restaurantes, parques y jardines,
plazas y bulevares, haciendo colas interminables ante consulados de naciones
sudamericanas, a las que pedían el visado. Había una obsesión, abandonar Francia.
Ya se hablaba de la inminencia de una guerra con Alemania, no se sabía si llegaría
al final del verano.

Seguía la incógnita de los fondos de la organización, de su capacidad para el


flete de un buque. Quien controlaba los fondos controlaba el aparato, y Julián
Montes pronto se percató de que ahora, lo que importaba, era el control de la caja.
Por eso seguramente había muerto Marianet, en esa extraña muerte, ahogado,
víctima de una congestión, dudas que se filtraban desde diversos círculos de
refugiados libertarios, la versión oficial del sindicato en entredicho. Según la
tendencia de la fuente se comentaban las sospechas de que fuera un infiltrado
comunista, o al menos un colaborador debido a un chantaje: Marianet disponía de
fondos de requisa, joyas y obras de arte, cosa de la que no estaba del todo
informado el Comité Nacional.

Era un asunto del que no se hablaba, pero cuyas sospechas gravitaban aún
sobre la máxima cúpula de la Confederación. En marzo de 1937 las autoridades
republicanas dieron orden de busca y captura contra Joaquín Ascaso, hasta hacía
poco responsable del Consejo de Aragón. Lo acusaban de saquear joyas y enviarlas
a Francia con dos miembros del Comité Nacional que habían sido detenidos en la
frontera. Estos dos miembros, —Montes empezaba a sospechar quién había sido
uno de ellos—, habían hecho el trabajo por encargo directo de Marianet, sin
conocimiento del resto del Comité Nacional. Tras la detención, que dejaba en muy
mal lugar a los órganos de la Confederación, Marianet había llamado a Ascaso
para que se responsabilizara de lo ocurrido y no manchara a la CNT, declarando
que esas joyas eran para comprar maquinaria y armamento para el Consejo de
Aragón. Marianet llegó a prometer a Ascaso que con García Oliver en el Ministerio
de Justicia, el asunto sería solucionado enseguida.

Los comunistas tendrían a Marianet absolutamente cogido y encogido


amenazándole con revelar los pormenores de aquel escándalo, y desde entonces la
CNT se había doblegado a los intereses de Negrín y los suyos. Bien lo supo Ascaso
cuando el Gobierno de Negrín, un día después de disolver el Consejo de Aragón,
ordenó a la Policía su búsqueda y detención por ese asunto que parecía olvidado.

Julián Montes empezó a atar cabos. Aquella oscura operación había


sucedido en el primer trimestre de 1937, y tal vez aquellas joyas fueran las
confiscadas por Abel a las que se sumaban las de Tina de Jarque. Que fueran un
seguro para un responsable anarquista con pocos escrúpulos o un recurso de la
organización para comprar armas en el extranjero poco importaba ya. Alguien se
había aprovechado de aquellas joyas, que como una maldición, iban pasando de
mano en mano.

Fue la casualidad la que hizo que Montes supiera de aquel asunto, como
casualidad —destino lo llamaban algunos de sus novelistas policíacos preferidos—
fue que antes de contactar con los responsables del Consejo del Movimiento
Libertario, en uno de aquellos cafés cercanos que servían como punto de
encuentro, se encontrara con Juan García Oliver. El local donde Montes había
entrado a tomarse un petit café au lait se encontraba en una pequeña placita que se
abría casi enfrente del número 24 de la estrecha rue Sainte Marthe, sede de los
organismos libertarios españoles en la capital francesa. Julián Montes conocía a
García Oliver de su etapa de ministro de Justicia republicano, cuando lo entrevistó
en una ocasión. Le había acompañado en un viaje a la Escuela Popular de Guerra
de Paterna. Cuando esperaba en la antesala de su despacho en Valencia, comenzó a
oír exabruptos que provenían de la boca del ministro, que vociferaba detrás de la
puerta. Así se había enterado, por esa explosión, del turbio asunto de las joyas.

Aquel compañero le caía bien. De García Oliver se podrían decir muchas


cosas, pero no que no fuera activo. Era un hombre de acción así como de
pensamiento e ideas. En algunos medios confederales se le criticaban algunas
actitudes, como ese afán de destacar que tenía en ocasiones, pero a Montes
precisamente eso no le desagradaba. Muchos de los anarquistas de entonces
ocultaban su propia mediocridad, su falta de ideas, excusándose en el anonimato
de la causa y se sentían a gusto allí donde no destacaba nadie.

Juan García Oliver tardó unos instantes en reconocer a Julián Montes, pero
después le estrechó su mano con fuerza.

—Hola Juan, es una alegría verte vivo y con salud. Acabo de llegar de
España, me escapé de la cárcel, donde estaba condenado a muerte. Traigo un
mensaje de la Junta Nacional del Movimiento Libertario para el Consejo Nacional
y un informe sobre las cárceles y los presos libertarios.
—Tendrás que hablar con Germinal Esgleas, ahí enfrente. Yo no pinto nada
ahí. De hecho ya dimití de mi puesto en el Consejo General del Movimiento
Libertario. Desde la muerte de Marianet, él es, junto con Isgleas y Federica, quien
controla el cotarro.

—Me enteré de la muerte de Marianet cuando salí de la cárcel, y luego en


Francia me han dado más detalles, pero hay cosas que no cuadran. Yo mismo, en
Valencia, durante la guerra, en el Comité Nacional, lo acompañé una vez a nadar a
la playa. Aparte de que me han dicho que no hubo autopsia.

—Dicen que si un corte de digestión, no sé, compañero. Yo también tengo


mis dudas. Marianet era buen nadador y se contaba de él la proeza de haber
cruzado a nado el puerto de Barcelona, desde la Barceloneta hasta la Puerta de la
Paz.

García Oliver le contó lo que sabía. Fue una sorpresa para el exministro de
Justicia la comunicación de Isgleas sobre el fallecimiento del que fuera
todopoderoso responsable de la CNT durante la guerra. Oliver acompañó a Isgleas
a la pequeña estación del pueblecito de Marne. Los dos, junto con otros
compañeros, se dirigieron a pie a la casita en la que yacía Marianet a punto de ser
llevado a enterrar. Se inició la marcha hasta el cementerio y descendieron el ataúd
en una fosa recién abierta. Ni una palabra de despedida. Los que lo acompañaban
cuando se ahogó, Horacio Prieto, Serafín Aliaga, Delio Álvarez y su compañera
Conchita, permanecieron callados. Isgleas y Esgleas también.

—No iba yo precisamente a pronunciar ninguna palabra. No dije nada, no


me habían encargado el responso y no intervine —se justificaba García Oliver ante
Montes—. Estaba enfrentado orgánica e ideológicamente a Marianet y a muchos de
su cohorte del Comité Nacional. Cuando me explicaron el accidente, más de uno
como yo se quedó mudo de estupor. Ninguno de los presentes hizo el gesto de
tirarse al río al aparecer burbujas en el lugar en que se hundió, al parecer atrapado
entre hierbas. Nadie se tiró a salvarlo, a echarle una mano, dicen que porque nadie
sabía nadar. Allí se quedó bastante tiempo después, hasta que acudieron
socorristas de la Cruz Roja que lo hallaron lejos de donde se sumergió. Fue inútil la
respiración artificial que intentaron.

—Esas dudas sobre su muerte son las mismas que se tienen en el interior,
por más que Marianet, en el fondo, ya no le cayera bien a nadie dentro de la CNT
—respondió Julián—. Su entreguismo a Negrín en los últimos tiempos de la guerra
fue muy criticado. He oído aquí cosas crueles de su muerte. Como que le pesaba
mucho el riñón, que se lo había cubierto demasiado… Que a quién se le ocurría
meterse así en un río… En el interior se habla de todo, y en Francia todo el mundo
se pregunta qué pasa con los fondos del sindicato. Somos muchos los que
queremos salir de esta ratonera, donde pronto o temprano se liará la gorda.

—Sobre los fondos no sé mucho. Lo que me han dicho es que a pesar de lo


que se decía, no había más de un millón de francos. A lo que hay que añadir el del
comité de ayuda, que, antes de disolverse, repartió entre todas las organizaciones.
Diego Martínez Barrio nos dio a Horacio Martínez Prieto y a mí dos medios
millones, para la CNT y a la FAI. Recibimos el dinero en el despacho y a la salida
se lo dimos a Germinal Esgleas. Yo no quiero saber nada ni que me acusen de
apropiarme o mangonear esos fondos.

Ahí acabó la conversación con García Oliver, que no le gustaba tocar estos
temas ni estar mucho tiempo fuera de su casa. Había sido padre hacía muy poco y
disfrutaba con su nueva situación. Se excusó con Montes, pero tenía que irse.

—¡Enhorabuena! Me alegro. Los hijos son siempre una alegría.

—¡Salud, Montes! No sé si nos volveremos a ver por aquí. A mí me


comunicaron ya el refus de séjour, las autoridades francesas están muy incómodas
conmigo. Tanto como yo con ellas. Me voy, pero no por donde todo el mundo.
Intenté que me dieran visado para México o Chile, pero al final ha sido Suecia, me
marcho con mi mujer y mi hijo en una semana. Si quieres largarte de esta ratonera
piensa que quizá los caminos más largos son los más cortos.

La críptica frase dejó a Julián pensativo. Desde que se había torcido la


guerra, los que combatían se habían hecho más retorcidos. Y desde que se había
perdido, y los que no habían muerto o estaban presos se hallaban en el exilio, las
cosas en la Confederación habían degenerado también. Se había vuelto a tiempos
de clandestinidad, de malentendidos, de sospechas, de desconfianzas, de grupos
afines, entre los que él hallaba no la confianza en el triunfo de las ideas, que
llegaría tarde o temprano, sino la amargura de la derrota, el resentimiento contra el
mundo.

El encuentro con Esgleas en la sede cenetista no fue demasiado cordial.


Desconfiado, no le aclaró nada de los fondos. Recogió el mensaje y el informe sobre
los presos, sin ocultar suspicacias sobre Juanel, a quien Julián le había dejado otro
informe igual y otra petición de ayuda.
—Va por ahí como representante del Comité de Pallarols, y tiene unas ideas
un poco peregrinas sobre cómo hay que actuar en la clandestinidad. En fin, ¿qué se
dice en el interior?

—Entre otras cosas, se habla de las joyas de Marianet —a Montes le


sorprendió su propia salida—. Incluso alguien que conocí en la cárcel habla de que
podían ser las joyas que se incautaron a Abel Domínguez y Tina de Jarque.

Lo había soltado como un órdago a la grande, para sopesar la reacción, pero


Esgleas ni se inmutó. Era un ser frío y calculador. La suya, más que de mus, era
una cara de póquer.

—No sé de lo que me estás hablando. Si es algo del Comité Nacional, lo


sabrán Horacio Martínez Prieto. O Delio Álvarez, Serafín Aliaga, Rueda Ortiz,
algunos de ellos se encuentran por aquí. Y respecto a los fondos para marcharse a
América, nosotros tenemos muchísimo menos de lo que se ha dicho, apenas seis
millones de francos devaluados. Trabajamos con el SERE y el JARE. No les vamos
a dejar que saquen sólo a su gente, ni a Negrín ni a Prieto, allá con sus luchas,
Negrín vendiendo aviones adelantándose al otro.

—Sé que algo se ha cobrado. Me lo contó García Oliver.

—¿Aún no se ha largado? Parece que quiere irse a Suecia. Y fundar también


un partido político. Esta es una época de pruebas. Debemos resistir los malos
tiempos.

—¿Y Manuel Báez? ¿Sabes dónde puedo localizarlo?

—¿Manuel Báez dices? El andaluz… Antes estaba con el Comité Regional de


Cataluña, pero hace mucho tiempo, desde que no es miembro del Comité
Nacional, que no lo veo. Creo que pasó la frontera en la retirada, pero quizá esté en
el sur. ¿Le conoces?

—Conozco a un compañero con quien estuvo trabajando en Valencia,


durante la guerra.

—Pues pregunta por ahí, en la primera planta, a ver si alguien te da razón.


Creo que hace poco llegó un enviado del Comité Regional de Cataluña, tal vez
sepa por donde anda.

—¿Se llama Melis ese compañero?


—La verdad es que no lo sé. Oí el otro día que había llegado alguien, pero
no pregunté el nombre, comprenderás, tengo mucha faena… ¿Algo más?

Montes se despidió taciturno. Intentó saber algo tanto de Baéz como de


Melis en el Comité Regional de Cataluña, pero nadie parecía conocer nada. Le
remitieron a los lugares de reunión de los libertarios que se movían en París y
suburbios, y las reuniones dominicales. Había llegado hasta su objetivo pero las
pistas que podía seguir no eran nada fáciles. En realidad, en aquel tiempo no había
nada fácil.

Tiempos arduos, de defecciones y traiciones, de secretos y botines, la gran


traca de la Segunda Guerra Mundial acercándose, las masas de los refugiados
intentando el acomodo en un país con una situación complicada, los dirigentes
republicanos, de los partidos y sindicatos, iniciando un exilio de final incierto.
Futuro aún más sombrío para los que no eran privilegiados y no podían irse, ni
regresar a España, hacinados aún muchos en los campos de internamiento cerca de
la frontera, otros, más afortunados, en granjas y obras públicas. Aunque poco a
poco salían en los barcos, con visados, miles de españoles atestaban todavía la
capital francesa. Los grupos de republicanos españoles se reunían en locales de
partidos afines, y en el caso de los libertarios, de tabernas o casas del pueblo que
controlaban los sindicatos. Julián Montes siguió su periplo por los lugares del
exilio anarquista. Pocos estaban en su sitio, descolocados por el vértigo de la
historia, la guerra perdida aún muy reciente, con sus estragos. Franco seguía
fusilando impunemente. Y entre los miles de sentenciados a muerte y aún no
ejecutados estaba su hermano, quien de seguro le escupiría a la cara si supiera su
misión oculta.

***

Almería, 1934

El patio de la prisión de Almería aparecía repleto, los reclusos al sol, en las


horas de recreo. Aquí y allá se repartían los grupitos. Los gitanos cerca de las
paredes, porque por allí sus familiares, burlando la guardia, les hacían llegar el
tabaco, la mojama y otros productos con un pequeño atado de tela. En una
esquina, los políticos, cercanos, pero no juntos, libertarios por un lado y
comunistas y socialistas por otro. El grupo libertario sufría altibajos. Siempre había
un pequeño número, deportado de otras plazas, a lo que se unía
circunstancialmente, presos de redadas provinciales o locales. En aquel febrero de
1934, en pleno bienio negro, allá fueron a parar una veintena de muchachos de las
Juventudes Libertarias de Adra. Dentro de la cárcel, entre los libertarios
deportados desde Melilla, se encontraba Abel Domínguez. Entonces era un joven
de 29 años, un revolucionario puro. Purgaba condena y compartía celda con otro
anarquista almeriense, Carlos Cueto. Abel fue la figura de referencia en aquel
mundo de jóvenes libertarios que veían en él un ejemplo a seguir. Abel conocía a
miembros de la CNT andaluza y escribía en los periódicos y revistas anarquistas
como La Voz del campesino o La revista blanca. A menudo estaba con un libro entre
las manos. En aquel momento leía uno sobre la teoría de la relatividad, curioso
impenitente, abierto a todo lo que pudiera significar progreso y conocimiento,
según él, «las alas de la libertad».

—Y eso de la teoría de la relatividad, ¿qué es? —le preguntaba el joven


libertario Antonio Vargas.

—Pues verás, significa que el tiempo y el espacio son conceptos relativos.


Que dependiendo de la velocidad, así se comporta el tiempo. Dos observadores
que se mueven con velocidad cercana a la de la luz, casi al lado uno de otro,
medirán diferentes intervalos de «tiempo» y «espacio» para describir el mismo
suceso. Dicho en otras palabras, la percepción del espacio y el tiempo depende del
sistema y del estado de movimiento del observador.

—¿Cómo?

—Me temo que es difícil de comprender, pero si aceptamos que los


componentes de la materia son espacio-temporales, si una de las dimensiones
atadas a ellos se alarga, la otra debe de acortarse. Pero no os preocupéis, de
momento, hasta que la tierra no alcance la velocidad de la luz, todo seguirá igual.

No parecía que aquellos razonamientos calaran en su auditorio juvenil.

—Para que lo entendáis. Cuando estás en brazos de una mujer hermosa, en


una comunión sublime, una hora te parece un minuto. Pero si estás con una mujer
fea, horrible, un minuto con ella te parecerá una hora. Esa es mi teoría de la
relatividad. Casi se podía decir que el tiempo es un concepto filosófico. Y que
depende de tu estado de ánimo.
—¿Y cómo dices que se llama el fulano ese que ha inventado la teoría?
¡Quillo, tanto discurrir para llegar a eso! —reían los libertarios.

Además de lecturas y comentarios, discusiones tan vitales como políticas —


en las que se colaba la ciencia y los descubrimientos sobre el universo—, otra
actividad que dirigía Abel era la de organizar un improvisado coro que cantaba
canciones libertarias. No sólo «A las barricadas», que casi nadie se sabía bien, sino
sobre todo «Hijos del pueblo».

—Pero vamos a ver, lo vuestro no son cuerdas vocales, sino sogas.

Estallaban las risas.

—¿Qué creéis, que cantar no es de hombres? ¡Cantar es un ejercicio vital,


moldea el cerebro, el cuerpo vibra, es una maravilla! ¡Cantemos a la libertad, a la
fraternidad, a lo más noble del ser humano, venga gandules, con brío!

Y los anarquistas cantaban. Elevaban su voz al viento, dejaban que los


demás reclusos les miraran con ojos entre divertidos y recriminatorios. En aquellos
tiempos, marzo del 34, los presos de la CNT presionaban para que el Gobierno
radical-cedista aplicara la amnistía que había prometido a las organizaciones
obreras. Ante lo que se consideraba inminente, urgía que muchos presos
libertarios, procesados como comunes, pasaran a la categoría de políticos para que
pudieran beneficiarse de la medida.

—Tenemos que conseguir la amnistía para todos. ¡O todos o ninguno! —se


oía en las asambleas del patio.

—¡Si es preciso iremos a la huelga de hambre! ¡No consentiremos


discriminación en este sentido!

El colectivo libertario decidió adoptar la huelga de hambre como recurso


para presionar a las autoridades. Cosa que disgustó interiormente a algunos a los
que la comida de la cárcel no les parecía tan mal, tanto en cantidad como en
calidad.

—Todo es relativo, compañeros, ya sabéis —ilustraba Abel con cierta


experiencia en el tema, veterano de otras cárceles y otras huelgas de hambre—.
Pensad en el ayuno como si estuvierais con una mujer bonita. Así las horas
parecerán minutos, se pasará más rápido el tiempo y no se oirán rugir las tripas. Y
lo decía hincando el diente a aquel libro que aunque no era demasiado grueso,
debía tener su enjundia.

La verdad es que el truco no funcionó demasiado. A los dos días las tripas
elevaban un concierto que hubieran podido seguir en coro, si no hubieran
abandonado las prácticas de canto. Los minutos parecían horas, y la huelga fue
perdiendo efectividad ante algunos desmayos al quinto día y ante la certeza de que
no habría amnistía, ni para unos, ni para otros.

—No hemos perdido —resumía Abel—. En cualquier caso el ayuno sienta


bien al cuerpo y despeja la mente. Como sabéis, todo es relativo.
CAPÍTULO 8

Un león cansado

París, 15 de julio de 1939

Aunque no confiara mucho en obtener resultados, Julián Montes, con


constancia de sabueso, visitaba casi todos los días la sede cenetista de la rue de
Sainte-Marthe. Los responsables de emigración sólo consideraban los casos de los
militares con familia, a los que les conseguían un pasaje en alguno de los buques
que salían desde el puerto del Havre para Centroamérica. No se había planteado
qué haría si consiguiera una plaza. Le dolía dejar atrás a su hermano y a su madre.
Eso era tanto como matarlos, borrarlos dentro de su corazón. No había conseguido
tampoco ningún progreso en el asunto de Tina de Jarque. Pasaban los días y su
información se limitaba a lo que le había contado Cots Vidal en la cárcel, hacía algo
más de un mes, sobre la detención de Tina. Un mes, qué vértigo. En aquel tiempo
había conocido a Manzanedo, escapado de España y llegado a París. Ese trayecto
que se había inciado en una frutería de Valencia, una casa de Barcelona, el paso de
los Pirineos, luego la ciudad de Toulouse y la capital de Francia. Todo aquel
periplo parecía estar ya muy lejano. Como si fuera de otra época, como si en
realidad hubiera cambiado de planeta. El paisaje en el exterior se había
transformado y aunque sus ideales eran los mismos, también lo había hecho en el
interior.

Lo que sí despertaba en él de vez en cuando era su espíritu detectivesco,


indagatorio. En la sede cenetista, viendo un ejemplar reciente de Le Libertaire se le
ocurrió consultar el periódico con la noticia de la muerte de Armand Guerra. Tal
vez habría una pista para encontrar a alguien que lo conociera, o a su mujer, algún
hilo del que tirar. Acudió a la redacción de la publicación anarquista francesa y allí
le facilitaron un número del 16 de marzo. Su empeño acabó dándole resultado.
Contó que era un amigo de juventud de un pueblo cercano, y localizó al redactor
de la noticia, un francés hijo de españoles, de quien pudo obtener la información
deseada, la dirección de la viuda de Armand Guerra, en un barrio en el sureste
parisino.

Aquel piso del 46 de la avenue Herbillon, en el barrio de Saint-Mandé era


modesto, como el barrio en el que estaba enclavado. Julián Montes se presentó en
la puerta mediada la tarde de un caluroso día de agosto.

—¿Quién es?

—Soy amigo, un periodista español. Busco a la viuda del compañero


Armand Guerra, estoy escribiendo un artículo sobre él. Lo conocí en su pueblo
hace muchos años.

Cuando Isabel Anglada abrió la puerta, detrás de su figura dolorida y


vestida de negro, Julián Montes distinguió a una chica de unos cinco años sentada
en una mesa, dibujando con un lápiz sobre una página de periódico. Una mujer
mayor, vestida también de oscuro, y con el pelo cano, cosía a su lado.

—La verdad es que no sé en qué puedo serte de ayuda. Desde que murió no
me encuentro muy bien, tal vez sea mejor que hables con los compañeros del
sindicato. Creo que no me hace bien recordarle tanto.

Julián sonrió, comprensivo, y puso su mejor cara de duelo.

—Con ellos ya he hablado. Te acompaño en el sentimiento. Será un


homenaje a su figura. No estaré mucho tiempo, sólo quiero que me cuentes, si
puedes, algunos detalles. Escribo para una revista cinematográfica francesa. Soy de
un pueblo cercano a Liria, en la infancia fuimos a la misma escuela.

Quizá fuera esa mentira, contada con convicción, o la mención del cine, el
caso es que la viuda de Armand Guerra le invitó con un gesto a que pasara.

—Señora… con permiso —saludó a la suegra de Armand Guerra, que


musitó alguna palabra inaudible. Se la veía muy vieja, con el cansancio en los
huesos y el alma. Julián adivinó que no estaba lejos de la muerte.

El piso no era muy grande, y se notaba que los caseros no lo cuidaban


demasiado. Los papeles pintados amarilleaban y todo parecía gastado y viejo.
Como la mesa, un par de sillas o el sofá en el que fue invitado a sentarse. En lo alto
de una cómoda se advertía un montón de papeles, una máquina de escribir y un
frasco con polvos blancos. A Montes se le fue la vista hacia la máquina. Él también
había tenido una parecida, empeñada por su madre tras la guerra para poder
comer.

—Es de lo poco que conservo de José María. Eso y sus escritos —dijo la
viuda del cineasta como si adivinara su interés—. ¿Cuándo dices que lo conociste?

—Cuando teníamos diez años, yo vine al pueblo de Liria con mis padres y
fuimos a la misma escuela. Él era de los mayores. Luego mi familia se mudó
buscando trabajo, y ya no volvimos a vernos. Pero siempre pensé que José María
Estívalis llegaría a ser algo en el mundo del cinema o en periodismo.

—¿Y qué es lo que querías preguntarme?

—Bueno, yo también pertenezco a la Confederación, al Sindicato de Artes


Gráficas. Algunos compañeros me hablaron de Armand… Al principio no sabía
que lo conocía, hasta que no me enteré de su apellido verdadero… José María
dirigió una película y varios documentales al principio de la guerra, y quería
escribir un artículo sobre él para una revista francesa. Además, creo que ya hizo
aquí una película hace años, sobre la Comuna.

—Bueno, la película fue un encargo. Es decir, Carne de fieras, que es a la que


te debes de referir, y que empezó a rodar casi a la vez que estalló la guerra. Gracias
a eso pudimos vivir los primeros meses del 36, hasta que José María nos pudo
sacar primero a Valencia, por los bombardeos de Madrid, ya sabes, y luego a
Francia. Llegamos en noviembre de 1937, él consiguió los pasaportes en Valencia y
nos acompañó hasta aquí, alquilamos este piso. Luego se volvió a los pocos meses
y no volvimos a saber más hasta casi el final de la guerra, cuando apareció ya
enfermo.

—¿Y sabes si escribió algún artículo sobre ese rodaje?

—Sí, algo escribió en su libro A través de la metralla, que se publicó en


Valencia en 1938. Pero no tengo ningún ejemplar. Si quieres algunos artículos, él
trajo algunas copias cuando llegó. No te los puedo dejar, pero si quieres te los
enseño.

—Sería de agradecer. Serviría para ilustrar el artículo con algún párrafo


literal.

La viuda de Armand Guerra se metió en la otra habitación, donde se veía


sólo una cama grande y rebuscó en una maleta colocada debajo. Montes pensó en
dónde dormiría la vieja, quizá en aquel sofa donde él se sentaba. La niña le miraba
con ojos abiertos.

—¿Y tú como te llamas?

Lejos de responderle, la niña bajó la mirada y se concentró en lo que estaba


haciendo.

—Nena, contesta al señor como te he enseñado —se oía desde la habitación


la voz de la madre.

—Me llamo Vicenta, señor —contestó al cabo de varios segundos la chiquita


con voz baja, metida para dentro.

—Tienes unos ojos muy bonitos…

—¡Qué pena, compañero! La nena era una pasión para José María. La
llamaba así, su nena. Sólo pudimos disfrutar de él veinte días desde que llegó de
España, venía muy casado y enfermo. Pero a pesar de eso se fue con la nena un día
a pasear por el bosque de Vicennes, y también la llevó al parque zoológico que está
aquí cerca, cuando supo que en la entrada había un compañero anarquista que les
dejaba pasar gratis.

—¿Y qué te gusta más del zoológico?, ¿las fieras, los elefantes?

—Los leones… Papi decía que conocía a uno y fuimos a verlo… —decía la
niña, ya menos cohibida—. Luego lo dibujé.

—Las cosas de José María. Precisamente, hablando de su última película,


decía que era uno de los leones de Georges Marck, que estaba ya viejo y cansado y
el domador lo donó al zoológico para que no sufriera en la gira que estaban
haciendo. Nos encontramos con él y la actriz a principios del año 38, en un teatro
de París, en un acto de apoyo a los antifascistas españoles, antes de que José María
volviera a Valencia… Mira, estos son los artículos.

Mientras cogía los recortes, que como una reliquia, le alargaba la viuda del
cineasta, Julián Montes sopesó por un momento contarle lo que había leído sobre
Marlene Grey y el ataque que había sufrido de las fieras en un circo cerca de
Marsella. Pero no quería impresionar a la chiquilla.

—Así que un león de Carne de fieras… Una película extraña, con aquella
mujer bailando… Parece maldita —Julián bajó la voz—. Dicen que fusilaron en
Valencia a Tina de Jarque, por espía y ladrona. Supongo que Armand, digo José
María, lo sabría, porque también estaba en Valencia.

—Ahora, ahora te digo… —Isabel Anglada tampoco quería hablar delante


de la niña—. Aquí, en los artículos habla de varias cosas de las que hizo esos meses
y lo que pensaba de Durruti y de mayo del 37… Los últimos los hizo aquí, con
aquella máquina… Vicentita, hija, tenías que dormir un poco la siesta. Madre,
llévela a la cama… Puedes seguir leyendo lo que quieras o apuntar cosas del libro.

Montes comenzó a borronear las páginas de la libreta que llevaba. La madre,


aquella mujer mayor, arrugada y encorvada, suspiró, dejó lo que estaba haciendo,
acompañó a la niña a la otra habitación y cerró la puerta.

—Los leones eran muy fieros. Me acuerdo de una vez que fui al rodaje, ya
había empezado la guerra, y precisamente ese día estuvo a punto de suceder una
desgracia, hacía mucho calor, los leones estaban hambrientos y nerviosos y
atacaron a esa francesa que hacía de bailarina.

Era curiosa la mente femenina, pensó Montes. Podía recordar perfectamente


cualquier otro detalle, pero no el nombre de otra mujer, un nombre fácil que habría
oído muchas veces.

—¿Marlene Grey?

—Sí, esa. No sé si José María me dijo que fuera al rodaje para que no me
pusiera celosa o para que viera realmente aquel número, desde luego era
impactante. Allí conocí también a Tina de Jarque, por cierto… ¿Y qué más quieres
saber? José María viajó por muchos países, era fantástico cuando me hablaba de
todos aquellos sitios…

—¿Es cierto que fusilaron a Tina por espía y por querer sacar un botín de
joyas? Porque hay otros que me han dicho que en realidad no ha muerto…

—Bueno, yo creo que sí murió, si no José María no habría estado tan


afectado. Yo no sé por qué la mataron, se habló de esas cosas, de que era de
derechas, fascista, pero sí sé que a mi marido le disgustó mucho esa muerte. Le
hubiera gustado haberla salvado o al menos interceder en su favor. Decía que la
pobre no tenía maldad para haber hecho las cosas de las que la acusaron, que no
tenía esa malicia, pero que su fama de mujer fatal y amante de banqueros y
aristócratas había obrado en su contra.
—¿Qué banqueros y aristócratas?

—¡Ay, yo qué sé! Es lo que se decía. Nadie la creyó y se aturulló en sus


declaraciones. Cuando él llegó a preguntar por ella, ya la habían fusilado.

—¿Y cómo supo Armand que estaba detenida?

—Por una carta que le escribió una amiga de ella, Isabel creo que se llamaba.
Yo la recibí y se la entregué a Armand cuando llegó a Valencia de uno de sus viajes
a los frentes, a rodar películas sobre la gesta del pueblo, como él decía. En ella le
rogaba la amiga que intercediera por Tina, porque había salido de Madrid rumbo a
Barcelona y no había llegado, tenía que estar detenida en alguna parte, en Valencia
o Castellón, que es de donde llamó por última vez a su madre.

—¿Y eso cuándo fue? Quiero decir, la carta…

—Creo que hacia mediados de enero. Sé que él salió a preguntar al Comité


Nacional, pero justo la habían sacado ese día. No sé si hubiera podido hacer algo
por ella, esa guerra fue una locura. A mí desde entonces se me ha metido el miedo
en el cuerpo, ya nada volverá a ser como antes…Todos los detalles se los contó
Armand a esa amiga por carta.

—¿Y sabía dónde la fusilaron? ¿La vio muerta?

—No, no, yo esas cosas no las sé. Armand, desde que escribió esa carta no
habló más del asunto, al menos conmigo. Se veía que le desagradaba
profundamente. Decía que había sido cosa de la puñetera guerra, que se llevaba
por delante culpables e inocentes.

Isabel Anglada calló. Julián Montes pensó que su interés le había hecho
sospechar. Volvió a preguntar por los últimos rodajes del cineasta en los frentes,
sus Estampas guerreras y su labor durante el tiempo de guerra. Ella habló de lo que
sabía, desde su llegada a París hasta la vuelta a España con una misión que había
acabado con la oscura detención en Barcelona por los comunistas, donde había
empezado a perder la salud y la vida. En ese punto se quedó callada. Julián pensó
que la conversación había acabado, que debía dejar que esa mujer espantara los
recuerdos.

—Cuando llegó, él si era un león cansado…

Montes permanecía mudo, la mano inmóvil sobre la libreta de notas. Isabel


Anglada se ensimismó mirando la cómoda.

—¿Sabe lo que llevo peor?

Julián hizo un leve gesto negativo, pero no podía afirmar que la viuda de
Guerra se percatara de ello. En realidad, parecía estar hablando para ella misma.

—El silencio. Cuando estaba aquí, por las tardes, o las mañanas, a cualquier
hora escribía en la máquina. Era un sonido que me gustaba, que siempre me ha
gustado.

La mujer hizo una pausa ensoñadora. Julián no osaba interrumpirla.

—Cuando Armand tecleaba, yo sabía que estaba viviendo. Lo último que


escribió fue un guion de una película policíaca, dos días antes de morir. Ahí está, al
lado de la Hispano-Olivetti, una de las pocas cosas que nos trajimos de España.
Como en todo lo suyo, un adelantado. En esa película se exponían todas las pistas
y luego era el público el que decidía el final. Tal vez algún día, alguien lo haga,
pero fue él quién lo pensó y escribió primero.

Era inevitable. Montes imaginó que aquel era el guion de la propia historia
que él investigaba. Hasta ahora no había hecho más que recopilar pistas, y aún
nadie, ni él mismo, se podía hacer una idea clara de las tres preguntas básicas de
todo relato policíaco: ¿Por qué?, ¿quién? y ¿cómo? A las que había que añadir
alguna más: ¿Cuál era la razón por la que los franquistas le habían encargado el
caso? ¿Quién estaba detrás? ¿Quién era el misterioso amante de Tina?

—La máquina, su frasco de bicarbonato al lado para soportar los dolores de


estómago que tuvo toda su vida, pero sobre todo en la guerra. Eso y sus palabras
escritas, es todo lo que me ha dejado. Ya no hay más que vacío. Todo se ha
derrumbado, todo se ha ido. Sus sueños, los míos… Y su vida.

Isabel Anglada se calló. Se hizo un silencio espeso. Nadie era capaz de decir
nada. Parecía que el tiempo se había detenido en aquella pequeña habitación.
Pasados un par de minutos, Montes carraspeó e hizo volver, de donde estuviera, a
la viuda de Armand.

—¿Y dónde lo conociste? ¿En el sindicato? —Montes preguntaba para salir


de aquel momento.

—Mi madre y yo cosíamos en Alcalá de Henares, cuando vino allí a rodar


algo. A mí me fascinó ese mundo del cine y aquel director nervioso y enérgico. Y
parece que a él le gusté yo. Fue un flechazo. Me dijo que se casaría conmigo, que
volvería. Pasaron meses, y cuando yo ya estaba desesperada porque creía que lo
que me había pasado era un sueño, volvió y nos casamos. Vino Vicenta, la nena,
pero duró poco nuestro sueño. La guerra, la muerte, el miedo… ¿Crees que será
peor todavía? ¿Qué habrá otra guerra mundial?… Si entran los alemanes no sé lo
que voy a hacer… Tendré que quemar sus escritos, sus artículos, sus guiones…
Armand estuvo en Alemania y escribió contra los nazis, temo las represalias. Yo
me moriría, pero tengo que vivir por la nena…

—Ya se ha dormido —la madre de Isabel abrió en ese momento la puerta de


la habitación.

Julián quería marcharse. No era capaz de seguir hablando con aquella mujer.

—Veinte días. Sólo duró eso desde que llegó a París. Él me decía que los
comunistas lo habían matado en las cárceles de Barcelona, estuvo preso también en
un barco. No sólo le quebraron el cuerpo, sobre todo le quebraron el alma.

Julián estaba paralizado. Hacía tiempo que había dejado de escribir en su


libreta.

—Iba a ver si podía arreglar los papeles, para que nos concedieran la
estancia, el sejour. Salía del metro, de la estación Faidherbe. Cayó en la calle, a las
nueve menos diez. Aquí lo pone… ¿Sabes hablar francés?

En el papel de la prefectura de París que la viuda le enseñó, Julián leyó que


había caído en la calle Faubourg Saint Antonie 184, enfrente del hospital Saint
Antonie, donde lo llevaron y donde al poco era ya cadáver.

—El entierro fue íntimo. Unas pocas personas. No dejé ir a la nena, se quedó
en casa con la abuela, le dije que su padre se había ido a un viaje largo, y hasta casi
un mes después, ante su insistencia, no le conté lo que había pasado, que ya no iba
a volver, que había muerto. Hoy me aventaste los recuerdos, no quiero, no me hace
bien. Tengo que seguir adelante, no puedo estar pensando en él todo el tiempo.

Julián Montes lo entendió y se despidió de aquella familia rota. Cuando


salió, tenía un nudo en la garganta.

La conversación con la viuda del cineasta anarquista había conseguido


conmover los cimientos de algunas certezas que Montes tenía de aquel asunto. La
vedette, esa Tina de Jarque que sólo había visto una vez en fotografía, le resultaba
ahora un misterio insondable. No le había prestado mucha atención, pero su
cerebro deductivo y amante de la verdad trabajaba en todo momento buscando las
contradicciones de la historia, los puntos débiles. Había creído que se trataba de
una artista frívola de las variedades, de una mantenida de lujo de grandes
capitalistas, quién sabía lo que había hecho aquella mujer con el infeliz de Abel. En
esto no era muy diferente de la opinión de otros compañeros libertarios. Pero
ahora emergía otra Tina distinta, con matices, informaciones que provenían de un
compañero que la conocía y la había dirigido en su última película. A eso se añadía
el sigilo con que el régimen franquista llevaba a cabo la investigación, como si
tampoco creyeran la versión de que había sido acaparada por un rojo que al final,
la había llevado a la ruina utilizándola como tapadera. No sólo se trataba de
averiguar aquel cierre de novela policíaca, sino que la resolución de aquel enigma
le atañía directamente.

Tendría consecuencias sobre su familia, y también sobre sus propias


convicciones. Si los compañeros del Comité Nacional la habían condenado sin
razón, habría sido otro más de sus errores. Los responsables de la CNT no habían
estado a la altura en toda la guerra, y aquel era un asunto más, pero no un asunto
baladí. Había además joyas por medio. ¿Hasta qué punto esas joyas habían servido
a la causa? ¿Hasta qué punto el fin justificaba los medios? Esa siempre había sido
una diferencia entre comunistas y anarquistas. Al final, como en todas las novelas
policíacas, se mostraban los elementos más importantes de la condición humana.
Allí danzaban, con la muerte, la ambición, el poder, el dinero y el sexo.
Demasiados elementos, demasiadas pistas, demasiadas cosas que lo atañían. Y la
realidad le traía muchos más elementos de preocupación. En aquella novela de la
vida, no había ningún escritor, ningún guionista, como el loco de Armand Guerra,
que pudiera escribir un argumento coherente, ni ningún público que decidiera la
solución final. Todo era absurdo, espeso, difícil. Y, de momento, él podía hacer
poco. O nada.

***

El Libertaire, 16 de marzo de 1939

ARMANDO GUERRA (Cantaclaro) ha muerto


Hemos recibido hoy una penosa noticia. Nuestro camarada Armand Guerra,
del cual habíamos publicado un artículo la semana pasada bajo la firma de
Cantaclaro, ha muerto súbitamente el viernes pasado. La muerte le ha sorprendido
en el metro y ha sucumbido de una ruptura de aneurisma.

Armando Guerra era un viejo militante del movimiento anarquista español.


Bajo la monarquía había conocido la prisión en numerosas ocasiones, e incluso
últimamente las checas del SIM, donde su independencia de espíritu lo había
conducido. Armando Guerra había colaborado en la SOLI y la CNT. Había sido
también artista dramático y cineasta.

Deja en la más completa indigencia a su compañera y un hijito.

Lamentable drama que se suma además a las miserias del exilio.

***

Hubo un momento, en aquel mes de agosto de aquel fatídico año de 1939,


cuando los vientos de guerra soplaban con fuerza en Europa, en el que todo
pareció acelerarse, salvo el resultado de sus pesquisas. Había buscado a varios de
los miembros del Comité Nacional que condenaron a Tina de Jarque y Abel
Domínguez, y no había obtenido éxito. A pesar de que había disfrazado su interés
con el intento de buscar plaza en los barcos que se fletaban para Centroamérica,
pensó que sus preguntas habían comenzado a levantar suspicacias entre los
responsables anarquistas. Como buen policía, sabía el momento de levantar el pie
del acelerador. Fantaseaba con qué es lo que hubiera hecho cualquiera de los
protagonistas de aquellas novelas policíacas que le gustaba leer. Los detectives o
delincuentes de Edgar Wallace, el astuto ladrón Antonio Trent de V. Williams o el
inspector retirado Nick Dickins, de Nueva York, de las novelas de E. Ph.
Oppenheim, cada uno con sus características: astucia, habilidad, deducción,
estudio de la naturaleza humana.

Pero ninguno se había enfrentado a un dilema como aquel, ni estaba tan


atado de pies y manos. La investigación le resultaba ya muy difícil y hasta la
propia supervivencia en el ambiente del exilio era complicada. El dinero que le
habían proporcionado en Valencia, primero el sindicato, y después en Toulouse
Manzanedo, se había acabado. Para sobrevivir realizó trabajos esporádicos,
descargando camiones de fruta en los mercados y de peón albañil en la
construcción, pero aquello no daba mucho de sí. No sólo era lo duro que resultaba,
sino la incertumbre de los próximos pasos a dar. A la deriva de los días y las horas,
se sentía vacío, perdido y desorientado, con ganas de mandar todo a paseo,
sintiendo la presión del tiempo, la difícil situación de la familia que había dejado
detrás, la impotencia de no poder modificar su situación, tan lejos y sin recursos, la
falta de sintonía con sus compañeros. No sólo era lo que se percibía en las calles, el
polvorín en el que se había convertido Europa. Algo se le estaba rompiendo por
dentro, y Julián se sorprendió un día mirando el espejo de la entrada de su pensión
con los ojos entornados. Aquella visión lo sacudió. ¿Cuándo había empezado de
nuevo con aquel tic? No podía continuar en aquel punto muerto. Salió a
deambular por las calles, imponiéndose una reacción, una decisión, algo que lo
hiciese avanzar hacia alguna parte.

No hacía más que dar vueltas a ese callejón sin salida en el que se
encontraba cuando la sensación de ratón atrapado en una trampa se materializó de
pronto aquella noche, a la vuelta de varias horas de errático caminar. Se le había
hecho tarde, con lo que incurriría en las iras de la patrona. Al llegar a la calle
donde vivía, en una modesta pensión al norte del barrio de Montmartre, en el patio
de Batignolles, la silueta de un hombre se interpuso en su camino. Casi por instinto
miró hacia atrás, hacia el callejón que tenía a sus espaldas, buscando un escape,
momento en el que otra figura salió de las sombras y le metió una pistola en las
costillas, impidiéndole girar.

—Quieto. Queremos hablar contigo. Haces demasiadas preguntas,


compañero. Si es que lo eres.

Julián Montes se quedó clavado. El individuo que había surgido delante de


él, una figura menuda tocada con una gorra a lo apache parisino se acercó y le
palpó a conciencia. Encontró la pistola que guardaba en el bolsillo de la chaqueta y
una cartera donde llevaba su documentación y los pocos francos que, por
precaución, llevaba encima. El resto lo tenía guardado en un hueco en el talón del
zapato y en un escondrijo en aquella cochambrosa habitación que compartía con
un músico.

—Vaya, así que también llevas artillería. Del nueve corto. Un poco
desconfiado, ¿no? Si te cogen los gendarmes o los de la Sureté, te enchironan
seguro.

—Desde que conseguí fugarme de la cárcel de Valencia, donde me esperaba


el paredón, juré que no me volvían a coger vivo si podía evitarlo.
—¿Qué pone en sus papeles? —preguntó el que le apuntaba por detrás.

—Manuel Oliva Sánchez. De Valencia.

—Ya. Este se llama así como yo soy Pío XII. Avanza, con las manos a la vista.
Camina hasta esa luz y párate antes de llegar a la esquina.

El farol de la calle iluminaba los adoquines en un círculo que se difuminaba


en los bordes, en cuyo límite se detuvo, como ante un precipicio, siguiendo la
imperiosa acción del arma que le empujaba. Querían verle bien y que él, de
momento, no pudiera distinguir sus caras. Pero aquel tiempo obró a su favor.
Montes pensaba a velocidad de vértigo. Alguno de los que había contactado en
aquellos días había comenzado a sospechar de él, necesitaban estar seguros. Era
normal. Llevaba menos de dos semanas en París y ya había visto a mucha gente.
Había visitado todos los cafés y la mayoría de los garitos donde se juntaban los
anarquistas, por no hablar de las oficinas del sindicato.

—¿Quién cojones eres? ¿Por qué preguntas tanto por los miembros del
anterior Comité Nacional?

—¿Quiénes sois vosotros? Si sois compañeros, ¿por qué no lo preguntáis a la


cara en vez de parapetaros detrás de las pistolas?

Aquello tenía que venir de arriba. El hecho de que hubiera llegado a París
con un mensaje de los responsables del interior de España, en vez de facilitarle el
trabajo, lo había puesto en el punto de mira. No cuadraba que anduviera
preguntando tanto por ahí. Él sabía de aquel riesgo, conocía a los confederales, era
uno de ellos. Hubiera hecho lo mismo. Más, como sabía ahora, que en el
Movimiento Libertario, al igual que el resto de organizaciones antifranquistas,
había confidentes. Por un momento pensó que aquellos hombres podían ser
agentes de Manzanedo. Todo era posible.

—Responde rápido o los que no vamos a responder somos nosotros.

—Me llamo Julián Montes. En la Confederación desde el 28, Sindicato de


Artes Gráficas. Periodista.

—¿Y de ahí te viene esa mala costumbre de preguntar? ¿Dónde trabajabas?

—Fui redactor de Fragua social durante la guerra.


—¿De la FAI? ¿Qué pretendes? ¿A quién buscas, y para qué?

—En la cárcel alguien me habló de Manuel Báez, del Comité Nacional. Lo


buscaba porque quiero salir de Francia y marcharme a México, y quizá él pueda
hacer algo.

—¿Quién? ¿Quién te habló?

—Joaquín Cots Vidal, de Alcoy.

—¿Eres amigo de él?

—Sí. Me contó que conocía a Báez de un asunto en el que estuvieron juntos.


Ahora, le acusan de ese asunto, tal vez le carguen el mochuelo. Para más señas, la
muerte de una vedette.

Aquella fue una palabra mágica. Julián pudo sentir, sin verlo, como aquel
hombre se sorprendió. Fueron unos momentos de leve desconcierto. Incluso sintió
como temblaba imperceptiblemente la mano con la pistola que lo encañonaba. Pero
aquello duró muy poco.

—¿Y qué sabes tú de eso?

—Algo. Pero no creo que sea ocasión de que os lo cuente aquí, en medio de
la calle, bajo esta farola. Podría venir alguien, o incluso, la Policía. Dejadme bajar
las manos, compañeros, y vamos a hablar a un sitio más tranquilo, por ejemplo ahí,
a mi pensión.

—De acuerdo, pero no te hagas el listillo. Aún no hemos comprobado nada.

Julián sonrió para sus adentros. Recobró la compostura. En aquel momento


notó el sudor que empapaba sus axilas. Una leve brisa húmeda, proveniente del
lejano río Sena y que se había infiltrado por las callejas, refrescó su cara, empapada
de sudor. Era un viento tibio, pero aquel pequeño frescor de la evaporación se
agradecía.

—Mira cómo suda. Tiene el susto metido en el cuerpo. No me huele a trigo


limpio. Incluso puede que se lo haya hecho encima —exclamó el otro compañero,
que permanecía expectante, con la pistola de Julián en la mano.

—Cualquiera sudaría si le meten una pistola en los riñones.


El viento seguía soplando, leve hilillo que le movía los cabellos.

—Recuerdo al compañero Cots —dijo el hombre que tenía a la espalda y que


había bajado la pistola—. Hicimos juntos un viaje, a Barcelona, un hombre más
bien callado. Como a mí, lo de las pistolas nos viene grande, las llevamos por
necesidad. Pero no hay que fiarse de nadie en estos tiempos. Perdimos la guerra
por ser demasiado confiados.

—¿Puedo bajar las manos?

—Puedes. Pero hasta que no estemos seguros no te devolvemos el arma y


tus documentos, por cierto, bien falsificados. Adivino que es el maño de
Toulouse… Vamos a tu habitación. Hay algo que debes saber, al menos hasta lo
que yo conozco.

—¿Por ejemplo?

La figura que había permanecido oculta salió a la luz y le miró a la cara.

—Soy Manuel Báez. Yo detuve a esa vedette.


CAPÍTULO 9

Aventuras del jazz

La patrona que regentaba aquella pensión se había ido ya a la cama, de


donde salió con evidente malhumor para abrir la puerta. Iba a protestar por la
presencia de los dos hombres que le acompañaban cuando Montes le dijo en su
francés macarrónico:

—Segrá seulement un moment, Madamme Sourignat. Nous avons besoin de parler


un petit peut, et après, mes amis sortirons.

La mujer que regentaba aquel establecimiento era viuda de un socialista, y


allí recalaban militantes de partidos de izquierda y sindicalistas, con la excepción
de un músico, trompetista en un club de jazz, con quien Montes compartía cuarto.
Ahora estaba tomada por los españoles: anarquistas, socialistas y republicanos, la
amalgama forzosa del exilio. La pensión no era gran cosa, pero la patrona
mantenía la limpieza, no hacía preguntas y procuraba mantener alejada a la
Policía. A cambio, los huéspedes soportaban su humor de perros, sus diatribas
sobre cualquier cosa que la enfureciera —había días que casi todo— y procuraban
no despertarla a partir de las diez de la noche. Había un tema que era tabú: aquella
mujerona de greñas grises odiaba a León Blum. Aunque muchos de los que
estaban en pupilaje pudieran ser de la misma opinión, se guardaban mucho de
pronunciar aquel nombre, aunque fuera para denigrarlo. Madame Sourignat
estallaba como un volcán. No por política, la mujer era práctica. Parecía tener la
exclusiva de la animadversión hacia el dirigente socialista francés, que en su
opinión, había llevado a la ruina a su marido —y por ende a ella, obligada a poner
aquella pensión—. Lo del Frente Popular francés, las contradicciones y bandazos
de su gobierno, le traía al pairo. Aunque nadie en realidad supiera la verdad de
aquello, los huéspedes no indagaban. Quizá era el único lugar en todo París donde
no se hablaba de León Blum.

—Simpática la mujer, ¿eh? Las malas lenguas dicen que su marido se quitó
de en medio porque no podía soportar su genio y su mal humor —dijo Montes a
sus acompañantes. Estos, con una mueca, le dieron a entender que ya lo sabían,
por lo que Julián no insistió.

—Comparto habitación con Eugenie, trompetista de jazz, que es el único que


tiene una copia de la llave porque viene tarde y además es francés, de los españoles
no se fía tanto. Pasad, dentro podemos hablar con tranquilidad.

El de la gorra entró en primer lugar, seguido de Montes y Báez.


Inmediatamente abrió la puerta del váter y del lavabo, antes de darse una vuelta
por la estrecha habitación.

—Es lo primero que me sorprendió de los franceses —añadió Montes—.


Tienen el meadero lejos de los lavabos. Bueno, la verdad es que nos llevan ventaja.
En España no podemos decir lo mismo. Allí ni siquiera hay baño dentro de la
habitación en la mayoría de las pensiones.

Mientras el inquieto individuo de la gorra investigaba en la maleta y en la


mesa las pertenencias de Montes, este invitó a sentarse a Báez en la única silla libre.
La otra, ocupada con ropa, se la ofreció al otro compañero, mientras él se sentó en
la cama.

—Por supuesto, puedes husmear lo que quieras —dijo con ironía.

—Comprende, compañero, no nos fiamos de nadie. Espero que no te


importe, tenemos que estar seguro de quién dices que eres. ¿Y este retrato?

—Mi madre y mi hermano. Justo unos días antes del principio de la guerra.
Es la única foto que salvé en el puerto de Alicante y en el campo de Albatera, me
ha acompañado en todas las cárceles por las que he pasado.

La mención de la foto le trajo a Montes el recuerdo de la fotografía de Tina


que le enseñara Manzanedo. Así que aquel individuo era el que la había detenido,
la había tenido delante como estaba ahora ante él, preguntándole.

—¿Y en cuál conociste a Joaquín Cots?

—En San Miguel de los Reyes. Coincidimos en la misma celda. Yo había


leído que habían detenido al asesino de la vedette Tina de Jarque y coincidían sus
apellidos. Por eso le pregunté.

—¿Y qué te dijo?


—Que él había sido uno de los que la habían detenido, pero que se había
limitado a entregarla.

—¿Sabes lo que pudo contar a la Policía?

—Según él, no mucho. Citó a algunos del Comité Nacional, pero echó la
culpa de la muerte de Tina al Chileno, el matón de la columna de hierro que había
muerto meses antes.

—Bien por Joaquín… ¿Y no te contó nada más?

—Sí, me contó lo de las joyas y la detención en la frontera. Sabía que aquel


asunto acabó mal.

Manuel Báez guardó silencio unos instantes. Aquel era un tema serio que lo
incomodaba.

—Las puñeteras joyas… Mira que soy andaluz aunque no soy supersticioso.
Pero cuando algo está «salao», no hay nada que hacer. Le dije a Marianet que yo no
quería ocuparme del asunto, pero él, erre que erre. En la hora que se me ocurrió
decir que conocía al cabrón del Abel Domínguez.

—¿Ese no era el amante de Tina?

—¿Y estos libros? —interrumpió el otro en aquel preciso momento,


chafando el desarrollo de aquella conversación que iba bien encaminada para
Montes.

—Son novelas policíacas. Las llevé en el viaje desde Valencia, como parte del
disfraz. Me escapé de la cárcel en un traslado y los compañeros de Valencia me
proveyeron de buena documentación y un poco de dinero hasta llegar a la
frontera. He salvado el pellejo por poco, estaba condenado a muerte.

—Ya, sabemos que trajiste informes del interior para el Consejo General del
Movimiento Libertario…

Durante cerca de dos horas, Julián fue sometido a una serie de preguntas
para despejar cualquier duda sobre él y su presencia en París.

—Sabemos que tenemos un topo, es decir, un puto traidor, y tenemos


nuestras sospechas. Todas las precauciones son pocas. ¿Para qué quieres saber lo
qué pasó con las joyas? ¿Qué te contó Joaquín Cots?

—Que tú y el tesorero, Isidro Sancho habíais sido encargados por Marianet


de sacar de España las joyas de Tina y otras provenientes de requisas para
conseguir armamento.

Julián largó el envite con convicción. Manuel Báez estaba perplejo, sin
pestañear, y Montes dedujo de su hieratismo que había dado en el clavo.

—Era el tiempo en el que las columnas se convertían en brigadas del nuevo


ejército popular y la CNT no quería estar a merced de los comunistas y socialistas
que nos habían negado el pan y la sal en los primeros momentos. Pero algo salió
mal. Fuisteis detenidos por un pelotón del PSUC a punto de pasar la frontera. El
escándalo que se organizó fue mayúsculo. Marianet llamó a Joaquín Ascaso, el
responsable del Consejo General de Aragón, para que se responsabilizara del
asunto, declarando que era para conseguir materiales, mercancías y vehículos para
el consejo, y así exonerar al Comité Nacional y a la CNT.

—¿Y tú cómo sabes tanto? Porque no me creo que el tal Cots hile tan fino…

—Además de periodista, fui policía. De la sección de estadística. Yo creo que


todo esto lo saben otros compañeros.

—Más o menos fue así. El asunto pareció calmarse e Isidro y yo volvimos un


mes después a Valencia. Ya habían pasado dos meses desde que se fusiló a Tina y
los que iban con ella. Luego algunos miembros de las Juventudes Libertarias han
opinado que fuimos demasiado duros con Abel. Pero, ¿qué se podía hacer? Él sabía
lo que se estaba jugando.

—¿Y por qué se condenó a Tina, Báez? ¿Por ladrona, por espía? ¿Por seducir
a un responsable, que además manejaba joyas?

—Que era derechista, no hay duda. Además, fue amante de aristócratas y


banqueros, el director del Banco Urquijo, entre otros. Y de ese chalado de
Uzcudun, que se ha puesto ahora del lado de los fascistas. El hecho es que se iba
con Abel, con joyas requisadas y la paga de la columna Andalucía. Cuando la
detuvimos llevaba puestas unas alhajas, un collar de brillantes y una pulserita de
oro. Dijo que todo había sido una imposición de Abel, que la tenía secuestrada,
pero luego su madre tenía joyas escondidas en un tiesto en Barcelona…

—O sea, que tenía amantes ricos.


—Desde luego, ya te digo, nobles y banqueros. Y guardaba una bandera
monárquica firmada por el dictador Primo de Rivera.

—¿No hubo ninguna duda sobre ella?

—No, ¿para qué dudar…? Entre nosotros, yo no creo que fuera espía, no sé
como decirte, no tenía dotes. Puede que para seducir sí, pero para andar de acá
para allá con misiones, no. Y creo que pudo volver loco al garañón de Abel. Tanto
como para desertar con ella y llevarse un buen botín. Se llegó a decir que las joyas
tenían un valor de diez millones de pesetas. No fue tanto, desde luego, pero tenían
un gran valor, a lo que hay que sumar las que escondía ella en Barcelona, con su
madre.

—¿Y Abel? ¿Qué dijo de ella?

—Siguió su versión, hasta tal punto estaba seducido que dijo que todo había
sido culpa suya, que ella había huido por miedo, miedo de él, entonces, ¿cómo se
va con él?

—Quizá no pudo.

—Yaaa…

—¿Y es seguro que fue fusilada? ¿Tú estabas presente?

—No, no estuve presente, pero es tan seguro como que hemos perdido la
guerra… Te pareces al Armand Guerra, que luego estuvo preguntando por esa
pájara.

—¿Y qué decía Armand?

—Leyó incluso sus declaraciones. Dijo que había estado muy desafortunada,
pero que no creía que fuera una ladrona. A él también lo debió de camelar cuando
hizo la película… Pero, ¿por qué te interesas tanto por esa fascista?

—Bueno, no me gustaría que le cargaran el muerto, en este caso la muerta, al


compañero Joaquín. Él y yo hablamos mucho del asunto en la cárcel, ya sabes, en
algo se tiene que entretener uno. Curiosidad de periodista, si quieres, o de amante
de las novelas policíacas. Cots pensaba que si fue juzgada tenía que haber un
documento y que si ese documento se encontraba él sería fácilmente exonerado.
—No hay documento, ya sabes que no se estila en la Confederación revelar
ciertas cosas. Este caso, te lo puedo asegurar, fue un verdadero consejo de guerra,
ya está cerrado. Punto. Para la CNT y para mí. Y también para ti, si eres quien
dices ser. A pesar de todo lo que me has dicho sobre Cots y las cosas que pasaron,
no me fío de ti. ¡Vámonos, compañero! Espero que seas más discreto a partir de
ahora.

—Antes de que te vayas, por favor, te quería preguntar otra cosa…

No hubo más revelaciones. Báez, irritado, quería zanjar el tema. A Montes le


hubiera gustado preguntarle sobre cómo era Tina, qué pensaba en realidad de
aquella vedette, que a él le parecía tan guapa como ingenua, pero estaba claro que
Manuel Báez no tenía de ella muy buena opinión, a menos que aquellas
acusaciones fueran en realidad una justificación para una condena. Pero cerrado en
banda el exmiembro del Comité Nacional, cambió de tercio e indagó por la
posibilidad de un pasaje en uno de los buques que partían hacia México.

—Vete a ver al comité, yo no puedo hacer nada. Me marcho en unos días


con mi familia a México. ¡Salud!

Cuando salió Baéz, seguido del otro compañero, que le lanzó una mirada no
muy amistosa, Montes se tiró en la cama, el corazón acelerado. Luego, pasados
unos minutos, él también enfiló la puerta y acudió al garito donde tocaba la
trompeta su compañero de habitación, Eugenie. Allí, con un cigarrillo, amarrado a
la barra, entre el humo que se expandía por el local en volutas caprichosas, como
las ondas de esa música extraña que él había descubierto, el jazz, daba vueltas a la
historia que le había tocado vivir, sus recovecos y trampas. Una cantante, ataviada
a la moda americana, cantaba con desgarro y ritmo pegadizo. Era imposible seguir
lo que decía la canción. Bebía de la cerveza en pequeños sorbos, dejando que el
alcohol, el tabaco y la música se infiltraran en la sangre, aplacando el temor de
posibles represalias contra su hermano. Había algo que le reconcomía, y era,
aunque lo negase, la imposibilidad de resolver el misterio.

Tras la conversación con Báez, otra pista se había cerrado, otra posibilidad
que no podría seguir. Ahora que empezaba a tener dudas razonables sobre el papel
de Tina en el asunto. Para avanzar realmente en la resolución del caso tendría que
volver a España y eso era imposible. Ahora sí que había llegado a un callejón sin
salida. Tal vez algún día volvería, resolvería. Pero ya el destino de sus pasos no
estaba en sus manos. «Vaya mierda. Estoy pensando como un sabueso, un
detective, me estoy dejando influir por las novelas, por el ambiente de misterio.
Esto sí que no tiene sentido». Era mezcla explosiva la curiosidad, el alcohol, el
tabaco, mezclado con el ambiguo y embriagante sentimiento de traición, de
traspasar los límites.

Aquella noche, de vuelta a la habitación con Eugenie, que le había invitado a


otra cerveza, sintiendo las piernas de goma —hacía tanto tiempo que no bebía, que
el alcohol le había afectado— cayó redondo en la cama. Tuvo un sueño movido,
delirio onírico que parecía premonitorio. En él se veía como uno de los detectives
de sus novelas policíacas, realizando la investigación en España, preguntando a
unos y otros, sacando conclusiones. Y sin embargo, no llegaba al premio final. A
punto de resolver el enigma, se despertó, angustiado, empapado en sudor. Le costó
reconocer la habitación de la pensión, identificar aquel ronquido de su amigo
músico. Cuando volvió a su ser, quizá influido por la visión de la cantante, se
quedó pensando un rato sobre aquella vedette, Tina de Jarque ¿Habría sido de la
Quinta Columna o era una víctima más de aquella sinrazón? Pensó que le hubiera
gustado conocerla, comprobar de qué pasta estaba hecha, si era una criatura de
lujo para ricos, una artista o ambas cosas a la vez. O simplemente una mujer
intentando vivir y seguir su camino en un mundo difícil. Luego, tras lavarse y
secarse la cara, volvió a sumergirse en el sueño y la negrura de la noche.

***

Barcelona, 1948

Aquel Alady era gracioso y amable también fuera del escenario. Pero al
preguntar por Tina, su rostro se tornó serio, afligido.

—Sí, así como estamos usted y yo, hemos estado Tina y yo muchas veces en
este camerino. Era una buena compañera, un pedazo de pan. No se merece lo que
le pasó. Yo lo supe porque me lo contó Armand Guerra, en Alicante. Yo entonces
andaba refugiado con una compañía de la Guardia Republicana. ¡Tantas veces he
estado con ella en su camerino o el mío! La vi y actué con ella varias veces en los
primeros meses de guerra, los más peligrosos. Una experiencia.

Con Alady, que actuaba en un teatro del Paralelo se había fingido periodista,
pero hubiera dado lo mismo que se presentara como investigador privado o
policía. A aquel hombre no le costaba nada hablar de su buena amiga.
—Prefiero recordarla en el escenario y aquí, en estos ambientes. Yo ya la
conocí de muy vedette, con buen camerino, lo que medía la importancia de la
artista.

Y Alady, como filósofo de lo abstracto, quizá una faceta destilada de su


análisis cómico y vital, se explaya hablando del camerino, lugar donde se
consumía mucho del tiempo pasado en el teatro, antes y después de los ensayos,
concentrado en silencio antes de los estrenos, los nervios libres, luego,
refugiándose con los fieles, saludando a muchedumbres en el caso del éxito y
lidiando con miradas de conmiseración cuando el fracaso era evidente. Allí, en la
sordidez del camerino, se consumía la curiosidad por saber si la obra triunfaría y
qué iban a decir el público y la crítica. El camerino era laboratorio, sala de espera,
lugar de reflexión y celebración, rincón para guardar la soledad y las penas,
siempre confrontándose con la imagen del espejo, esa a la que en el fondo, ningún
artista podía engañar, a pesar del ego y los halagos interesados.

—Ya ve usted, yo aún lo comparto, menos mal que en esta ocasión es con
Lepe, un gran amigo, y tenemos espacio para los dos. Ya sabemos, son malos
tiempos. En mis principios también era un poco así, lo que pasa es que éramos más
jóvenes. El camerino siempre desmerece la imagen de los artistas, es la cruz de la
cara que representa el escenario, donde brillan las pinturas de los decorados y todo
es nuevo y rutilante, desde las telas hasta las luces. Las vedettes como Tina, con más
espacio, tenían siempre detalles para adornar: un ramo de flores, fotos de sus
padres, el gran Tonitoff con sombrero y flor gigante en el ojal, su madre
Constantina, los dos mirándola desde aquellas fotografías, seguros de su éxito.
Aquí, ya ve, apenas lo justo para dejar tus cosas, cambiarte y asearte un poco.

Julián Montes pensó en cómo había cambiado a todos aquel tiempo. Hasta
Alady parecía acusar aquel período de miedo y muerte, de destrucción. Se dejó
envolver por la voz con suave acento catalán del humorista. Aún quedaba rato
para la función. También Alady, otro de los personajes de aquel drama, parecía
revivir cuando hablaba del pasado. Aquella época no tan lejana donde conoció a
Tina.

Madrid, agosto de 1929

Juan Carcellé tronaba desde el auricular con su voz cantarina y animosa:


—¡Alady! Tengo una cosa buena para usted. Se trata de hacer un espectáculo
con Tina de Jarque, que ha llegado de América y piensa hacer una revista con
música de jazz. ¡Hay para ganar muchos duros! Ella será la empresaria, yo sólo le
ayudo como representante.

Juanito Carcellé, el Águila de las varietés, según lo había bautizado Alady, le


había hecho ganar mucho dinero, pero sobre todo, le había dado a conocer a
multitud de públicos. El humorista había llegado a cobrar 14 pesetas por función,
cuando el sueldo de un obrero era de dos o tres pesetas diarias. Por eso, Alady
confiaba plenamente en su olfato, y sólo por reflejo, pidió algún detalle más de la
revista.

—Pues algo parecido a lo que hicisteis con la Yankee, aunque el espectáculo


parece mejor, con más calidad… Ya le daré detalles. O se los dará la propia Tina.
Algo de jazz, esa música de los americanos que hace furor en los escenarios chic…
Usted iría en mejores condiciones que con la Yankee… Por eso le he llamado.
Póngase en camino. Pasado mañana le espero en mi despacho.

Carcellé era sí: dicho y hecho. Hombre de palabra, siempre con un cigarrillo
de anís medio apagado y una sonrisa en la boca. A Alady trabajar con Tina le
agradaba y ya llevaba mucho tiempo en el Palace de Barcelona. Necesitaba nuevos
estímulos. Así que se despidió del Palace y al día siguiente tomó el expreso para
Madrid. Durante el viaje repasó su relación con Tina, a la que había conocido en
Barcelona años atrás y como a todos, le había deslumbrado su belleza
extraordinaria. Entonces estaba contratada por Eugenio Velasco, compañía en la
que hizo furor por su simpatía, su don de gentes, y ese saber estar en el escenario
que sin duda le venía de familia. En aquellos tiempos su madre no se perdía sus
actuaciones. Allí la vio alguna vez Alady, entre bambalinas y el camerino, y
siempre la saludaba con cortesía. Él también había frecuentado esos ambientes
antes de dar el salto a los teatros. Alady, abreviatura de Aladino, su primer nombre
artístico, fue un hallazgo de Santiago Rusiñol, el pintor. Sus primeros pasos los dio
en la modalidad de chansonnier, a lo Maurice Chevalier, aunque también cantaba
cuplés y tonadillas de manera original, introduciendo amenos parlamentos que le
decantaron poco a poco a la faceta de humorista.

Tras acomodarse en una pensión de la Gran Vía, y visitar al Águila de las


varietés, que le contó poco más, Alady se presentó por la tarde en el Teatro
Avenida, lugar de los ensayos de la compañía. El espectáculo se llamaba Revuette
Jazz-Tina de Jarque, y Alady conoció enseguida a sus compañeros de reparto. El
elenco era variopinto: Tina de Jarque, Alady, hermanas Cortesinas, The ocho
Metropolitan Girls, la estilista argentina Mariela, la bailarina Natacha, el bailarín
negro Buby Curry y la orquesta excéntrica de ocho profesores Melodians
Sincopated Orchestre.

—Hola Alady —Tina le besó y le cogió por el brazo nada más llegar—. Ven,
te voy a presentar a los otros miembros de mi compañía, la he llamado Fémina.
¿Verdad que es bonito?… Aparte de los Sincopated, que están afinando
instrumentos… Mira, la estilista Mariela, argentina. Se dobla como si fuera de
goma, ¡una artista! Y de circo sé un rato. Por allí está calentando la bailarina
Natacha… Tiene cara de zíngara. ¿Verdad? Todas tan guapas, tan hermosas. Y
números uno en lo que hacen. Con casi todos he trabajado no una, sino varias
veces. Estas son las hermanas Cortesinas…

Todas ensayaban los pases escénicos, cada una en su papel. Las hermanas
Cortesinas, Angélica y Ofelia, eran españolas de origen italiano. Habían nacido en
Valencia, y hablaban a la perfección el griego. Como en otros casos, triunfaron
fuera de España antes de hacerlo dentro. Empezaron su carrera desde muy niñas,
en París, actuando después en Europa y Oriente, que recorrieron, al igual que
luego América, en esa ocasión con Harry Fleming. Formaron parte de las beldades
del empresario José Luis Campúa en el Romea, donde se habían hecho famosas en
España. Hermanas de Helena Cortesina —antigua danzarina de fantasía, actriz,
directora de cine y mujer del escenógrafo Fontanals—, habían comenzado
formando un trío para bailar un repertorio refinado, y ya como dúo se convirtieron
en vedettes.

Parecían telépatas, o casi gemelas, pues pensaban casi lo mismo de todo, y


hablaban igual, un pensamiento, un alma, dividido en dos cuerpos, los giros,
palabras, idénticos, espejo de dos reflejos. Era la suya una belleza cosmopolita, de
ojos negros y húmedos, propios de bayaderas orientales, labios rojos y sonrientes.
Interpretaban artísticas danzas de sabor egipcio, esas danzas sensuales que se
desplegaban entre velos, con movimientos del vientre y las caderas, que remataban
con arabescos que ellas calificaban de helénicos.

Angélica, la más pequeña de las dos hermanas, poseía una admirable y


potente voz, y su deseo era dejar aquellas revistas de varietés e ingresar en una
compañía de zarzuela, algo serio. Ofelia, la mayor, parecía no secundarla en esto, a
pesar de esa similitud de gestos, gustos y gastos.

Se vestían en escena de blanco o de negro, tocadas con una especie de


peinetas que no eran españolas, aunque lo recordasen: más bien ibéricas, de una
civilización lejana y antigua, peinados con resonancias de dama de Elche, que les
daba un aspecto de deidades orientales o micénicas.

El escenario, tras el número de las hermanas Cortesinas, cambiaba de música


y número. Sonaban las trompetas y los clarinetes. Arrancaba un ritmo la orquesta.
Un bailarín negro flexionaba las piernas y danzaba.

—Uno de los números fuertes, el charlestón —le contaba Tina a Alady que
debía saber todas las cosas para cuando tuviera que intervenir, presentar a los
artistas, soltar una gracia—. El maestro Villajos ha escrito y vamos a estrenar «Yo
no quiero ir a escuela» y otras magníficas piezas. Da bien para lucirse… Y este es
Buby Curry, el mago del charlestón. Se hizo rico bailando, luego se hizo
empresario, se compró un automóvil y se arruinó con las mujeres de todos los
garitos de las capitales de Europa. Tiene ya unos años, pero aún parece de mimbre.

El negro Buby Curry, además de un artista muy dúctil, era un hombre que
hacía mucha gracia y conectó enseguida con Alady, como conectaba enseguida con
los cómicos, que reconocían en él a un igual, más que a un bailarín de revista. Ya
era viejo. En su juventud fue uno de los negros que consiguió grandes éxitos
bailando el charlestón, esa variedad del fox-trot que hizo furor en Estados Unidos
durante la década de los 20. A pesar de su edad y sus excesos, aún podía bailar con
soltura aquel ritmo frenético y alegre caracterizado por la supremacía de la sección
de viento sobre los demás instrumentos, especialmente el trombón y el clarinete.
Aquella danza popular con música rítmicamente sincopada en compás de cuatro
se bailaba como baile de salón o de espectáculo reflejando alegría y creatividad. El
ritmo del charlestón era una baza de éxito casi segura, aún seguía disponiendo del
favor del público europeo que lo había visto difundirse después de la Gran Guerra,
aunque al hacerse tan famoso, había perdido parte de su exuberancia original.
Alady había visto como triunfaba el charlestón en Barcelona, con la revista El sobre
verde.

—Es fácil —decía Buby con su voz y su español de acento puertorriqueño—.


Se utilizan patadas y pasos como el Susy Q y el giro sobre un pie tocándose el talón
del otro y aplaudiendo. También se camina un paso al frente tocando el suelo,
regreso y atrás, mientras los brazos se mueven como un péndulo.

Y lo hacía como un autómata, pero con esa gracia innata de los negros al
moverse con cualquier clase de ritmo. Alady sabía —y luego el propio Buby se lo
confirmó— que en los cabarés de Europa, Buby Curry había sido uno de los
bailarines más demandados para estas exhibiciones. Hizo mucho dinero e incluso
se compró un automóvil y montó una empresa de espectáculos. Pero se enamoraba
de bellas y frívolas tanguistas con las que se pulía la fortuna ganada. Con lo poco
que le quedaba compró un perro alemán, con el que pretendía recuperar su dinero
en las carreras. Pero el animal estaba demasiado gordo para eso. Y continuó
bailando y perdiendo dinero en compañías de mala muerte. Cuando no tenía ni
cinco para pagar la cuenta del hotel donde vivía, decidió no abandonar la
habitación. Buby y su perro estuvieron encerrados sin probar bocado ni salir a
tomar el sol. Ya se había convertido en su inseparable compañero, eran como
gemelos. Parecía que se entendían casi sin decir palabra, por gestos de la cara.

Buby explicaba:

—Una noche que tenía tanta hambre, recordando a mis ancestros, que sin
duda debían ser caníbales, decidí comerme al perro, que, como digo, ya era como
un hermano para mí. Esperé que se durmiera para lanzarme sobre él y darle un
mordisco. Pero el perro, que estaba tan famélico como yo, debía pensar lo mismo.
¡Nunca le había visto con una cara tan agresiva! Yo lo miraba y con esta cara tan
fea le enseñaba los dientes, igual que él me los enseñaba a mí. Entonces le decía:
«Al primer mordisco que me des yo te daré otro más fuerte». Vaya noche de
perros, los dos sin pegar ojo, enseñando los dientes a la menor amenaza. Menos
mal que a la mañana siguiente sonó el teléfono para ofrecerme este contrato. Os lo
juro, o el perro me comía a mí o yo le comía a él».

Era fantástico y divertido, aunque todos supieran que contaba


probablemente las mismas historias cuando llegaba a una compañía. Y a pesar de
tener una cara castigada, aún gustaba a las mujeres. Y las mujeres a él. Seguían
siendo su perdición. Sólo que ahora no guardaba mucho dinero para no
despilfarrarlo con las que le encandilaban, las bailarinas de tango. Continuamente
se estaba ofreciendo para bailar tangos además del charlestón y el claqué, sus
especialidades. Si en el charlestón sólo se veían sus piernas moverse a velocidad de
vértigo y su sonrisa kilométrica, cuando bailaba claqué era como un pájaro, algo
zancudo, eso sí, pero a fin de cuentas un ave que picoteaba con sus dos patas
enormes. Cuando tangueaba lo hacía con la fuerza de un leopardo y la flexibilidad
de una serpiente.

Asistían también al ensayo dos personajes singulares. El polifacético Álvaro


Retana —que ahora firmaba sus crónicas y artículos como Carlos Fortuny— y el
humorista y cómico Miguel Mihura. Álvaro miraba imantado esa demostración del
negro, mientras Mihura, como una esponja, no se perdía ripio de aquella figura
que le había inspirado para incluirle como personaje en una de las comedias que
estaba escribiendo, Tres sombreros de copa. Aquel sombrero de copa que Buby
manejaba con manos gráciles, flotando sobre su cabeza, pasando a cualquier de sus
manos, haciendo mil cabriolas, suave en sus movimientos como caricias de mujer,
podría dar mucho juego. De momento, ya le había proporcionado el título.

Álvaro Retana, personaje del mundo frívolo, escritor, periodista y letrista,


era amigo de Tina desde hacía años, tal y como le contaba la vedette a Alady. Como
otras muchas vedettes, la Jarque también se hacía los trajes con Retana, porque
aquel dandi era un gran figurinista. Un hombre de estilo, gusto y sofisticación.

Tina presentó a Alady a los dos escritores. Alady hizo una graciosa
reverencia.

—Alvarito, el otro día tu hijo, Alfonsito, vino a cobrarme los figurines de los
trajes. Le di las sesenta pesetas. Dice que de eso, por el encargo de pintar fondos y
cobrar a las artistas, se lleva una peseta que tú le das. Aunque yo creo que se lleva
también otras recompensas. No veas como se le abren los ojos cuando entra en los
camerinos.

—Normal, Tina, aún no se le ha ido del todo el aire de los franciscanos, ha


salido hace poco…

—Bueno, bueno, ya va perdiendo el pelaje. Al principio se quedaba


paralizado, cuando veía a las coristas en los camerinos, ensayando y quitándose los
modelos. Pero creo que ahora, que ya ha aprendido algo del pícaro de su padre,
hasta le gusta tener que venir varias veces a cobrar. Las chicas le gastan bromas y
él encantado. Aunque dice que más que Laura Pinillos en el Eslava, la que más
veces le hace ir al camerino, en el Pavón es «Nuestra señora de los muslos». Me ha
contado que le recibe diciendo: «¡Aquí está Retanita queriendo cobrar los recibos
de su padre! Pues quizá hoy tengas suerte».

—No es nadie la Gámez.

—Sí, vaya con la Leandra. Bueno, os dejo, tengo que contarle el espectáculo a
Alady.

—Le he visto en varias revistas y es usted muy bueno, provoca la risa y la


sonrisa, y eso es muy difícil —se despedía Mihura dándole la mano.

—La cuestión es reír —contestaba él—. La vida de por sí ya está llena de


preocupaciones y malos ratos. Todo lo que sea proporcionar a la vida motivos de
alegría, es una buena labor. Yo vine al mundo para olvidar penas. Para ello uso un
humor tonto que a nadie molesta ni zahiere, porque lo que digo son bobadas.

Al igual que en otros espectáculos, Alady aportaba una elegancia y un oficio


que iba más allá de su bombín o sus guantes blancos, aspas de molino al viento por
delante de su cara risueña, irrumpiendo en escena con una retahíla de frases,
bromas, chistes amables, entonando las estrofas de un cuplé, engarzando dichos
del repertorio, agudezas, pasos de baile, desparpajo y arte de la improvisación:

—Hoy he ido a ver a mi jefe y le he dicho que necesito que me suba el


sueldo, porque me he casado.

—¿Y qué te ha dicho?

—Que él no es responsable de las desgracias que ocurren fuera del trabajo.

Alady, gran improvisador y conductor de la revista, tenía en ella su caldo de


cultivo. Cada día era distinto. Dialogaba con el director de la orquesta, con los
músicos, con el público, dominaba los parlamentos, destilaba ironía, abría su
borboteo de frases, unas veces con la rapidez de un atropellado con aparente
yuxtaposición de ideas y torbellino de palabras, otras fingiéndose un ente
inoperante, ingenuo y despistado.

«El ganso del hongo» salvaba las interrupciones con habilidad y gracejo.
Además de ese sombrero de hongo ladeado, su indumentaria habitual la
componían unos guantes blancos y una gardenia de papel en el bolsillo del
esmoquin, siempre impecable.

—Yo no le doy importancia a mis trajes, el que se la da es el sastre que me


los cobra.

Unas veces se triunfaba y otras no. Así era la magia del teatro, la emoción de
saber si el público aplaude y quiere un espectáculo preparado durante semanas,
acumulando en él destrezas y sabidurías, o por el contrario, aquello no le
complace. Nunca sabe uno si aquel, el de las primeras pruebas o estrenos, es el
público adecuado, porque esa era la clave. Cualquier gran espectáculo podía
naufragar si no se llevaba a los escenarios adecuados. El error de Tina fue
comenzar la gira por el norte, al principio del otoño. El estreno tuvo lugar en
Valladolid, donde la compañía llegó en tren el 26 de septiembre de 1929. El salón
Pradera, otrora local de éxitos para las revistas de Madrid, recibió aquellos
números de revuette jazz con cierta frialdad.
No mejoró mucho el ambiente en el Pereda, de Santander, en Burgos,
Zaragoza o San Sebastián. Contribuyó a ello un temporal que azotó el Cantábrico
durante casi dos semanas. En aquellas ciudades norteñas, hostigadas por la lluvia
y el mal tiempo, los pocos espectadores que llegaban necesitarían calderas de agua
hirviendo para entrar en calor. Aquel espectáculo, a pesar de la música, nada fría, y
del ardor y la belleza que derrochaba Tina y sus artistas, no triunfó. Todos lo
vieron claro tras el paso por aquellas tres ciudades. Además, San Sebastián era
especialmente gafe con Tina. Todos recordaban allí su romance con Paulino
Uzcudun, y le achacaban el reciente fracaso del púgil al no poder conquistar el
título mundial de los pesos pesados, lo que se traslucía en indiferencia y vacío. En
realidad ella no había tenido nada que ver. Fue su manager el que le hizo pelear por
una bolsa que equivalía a la astronómica cifra de un millón y medio de pesetas,
enfrentándose con el alemán Max Schmeling, sin tiempo de restablecerse de una
fractura de codo que había sufrido en un entrenamiento.

Alady sabía, como toda la compañía, que aquel amor y su fracaso habían
afectado bastante a la Jarque que, sin embargo, intentaba recuperarse al formar su
propia compañía, un espectáculo que ahora parecía diluirse, llevado por las aguas
de la tormenta. En San Sebastián, en el hall del hotel, mientras la lluvia caía por los
ventanales, Alady se encontró a Tina, que miraba ausente la borrasca, evocadora.
Temiendo despertarla de una ensoñación, Alady no se atrevió a interrumpirla,
pero cuando hacía ademán de seguir su camino ella se percató de su presencia.

—Tina, el tiempo no acompaña mucho —le dijo Alady—. Quien sabe con
semejante temporal cuantos se aventurarán hasta el teatro. Quizá debimos
empezar por el sur.

Fuera, los viandantes que se aventuraban a desafiar a la tormenta tenían que


hacer frente no sólo a la lluvia, sino a los charcos que se habían formado en la calle.
Algunos saltaban, las gotas rebotando arriba en el paraguas, abajo salpicando
pantalones y zapatos.

—Tal vez, ¿quién podía saber? Los espectáculos de Velasco se estrenaban en


Barcelona o San Sebastián, eran buenos termómetros.

—Pues aquí el mercurio está bajo mínimos.

Alady hizo un gesto para hacerse perdonar el chiste fácil. Un rayo, seguido
por un trueno, sobresaltó un momento a Tina y le borró la cara de queja.
—Y algunos fenómenos están bajo máximos…

—No sigas, Alady, no nos vaya a caer ahora el diluvio.

—Sí, sí, mejor no provocar. Lo que está claro es que no conseguimos


emocionar. Quizá en Andalucía, con sol y calor en el cuerpo, en Barcelona o en
Madrid, con públicos más entendidos… Tinita, ¿crees que merece la pena seguir?

—Tienes razón. Esta aventura no ha sido una gran idea. Y además, no soy
buena para los negocios. Me dejo llevar por lo que yo quiero hacer, y lo que está
claro es lo que el público quiere de mí.

Las gotas de agua, como carrera de lágrimas, se deslizaban por el cristal. De


repente se ralentizaban y detenían, recuperando fuerza, luego se unían a otras y
acababan cayendo en desenfrenada carrera.

—Qué cosa, las carreras de las gotas de agua. Nadie sabe quién va a ganar o
quien se queda en el camino, absorbida por otra. Como la vida.

Quién sabía a lo que se refería, pensó Alady. Tina, moza bien plantada, con
criterio musical, pasión por lo que hacía y buen oficio, no tenía sin embargo la
picardía de los empresarios. Era persona sin malicia, sin dobleces. Había sido
buena compañera siempre y por eso el cómico le dijo lo que, por otra parte, era
evidente.

—Si paras ahora no tendrás grandes pérdidas. Ya sabes lo que se dice: más
vale triunfo chico que, por apostar, derrota grande.

—La verdad es que ha sido un auténtico lujo trabajar así. El espectáculo se


ha montado a mi manera y a la compañía la he elegido yo. Pero España aún no está
preparada para el jazz. Como experiencia está bien. Han sido unas vacaciones
alegres. Y tampoco perderé mucho. Además, La Voz de su Amo me ha propuesto
grabar un disco con algunas de las canciones del espectáculo, y quiero hacerlo
contigo, las hermanas Cortesinas y también con la Yankee. Grabaremos «Yo no
quiero ir a la escuela» y «Súbeme al tubo», de Bolaños, Jofre y el maestro Villajos.
Pero eso será cuando vuelva a Madrid. De momento, me marcharé de viaje a
Francia.

De San Sebastián, donde se disolvió la compañía, Tina pasó a Biarritz, a su


hotelito, aquel que le había regalado Juan March, con quien no se veía desde hacía
tiempo y al que vio durante dos días, en los que se dejó ver también por el casino.
Y luego viajó a París. Necesitaba olvidar el fracaso y vivir un poco la locura de la
capital de Francia. Tina buscaba otros aires. El fracaso de su revista de jazz, la
impulsó una vez más, a cruzar el Atlántico. Aún no había acabado 1929, un año
que el mundo había calificado como nefasto.

***

Siempre el desarraigo, en tierras y corazones, siempre de paso, como si fuera


el sino maldito del triunfo. Todo tiene su precio. A veces pienso en una vida
corriente, modesta, un marido y unos hijos con los que vivir la vida, lejos de viajes,
lugares y personas, lejos de brillos y lentejuelas, de champán y aplausos, de
zalameros que buscan tu cama como si fueras un trofeo de caza, de bambalinas, y
sonrisas estúpidas, y camerinos llenos de flores pero vacíos de amor. Soledad y
silencio es lo que queda después de todos los éxitos, detrás de cada recorte de
periódico, de cada halago, sea o no interesado. Soledad y silencio, y por mucho
dinero y muchos contratos eso es lo que me espera una vez que pase mi estela, que
mi cuerpo y mi palmito ya no atraigan a los hombres, que vengan otras más
guapas y jóvenes que yo, con mejor voz, y que me desbanquen, que triunfen en los
mismos escenarios que yo he triunfado, como yo triunfé en los de las que ya
pasaron. Soledad y silencio cuando ya no esté mi madre, cuando ya no pueda ser
siquiera como ella, con una hija a la que cuidar en la vida, de la que preocuparme.
Es el mar, esa inmensidad, ese azul interminable, con la sensación de vértigo
infinito, quien me pone melancólica. Es ese océano, que he cruzado varias veces en
busca del amor o en busca del olvido, quien me serena y a la vez me abisma, me
entristece pero me hace recapacitar, pensar si no es ésta vida ya para una persona
como yo, que ansía, mucho más que el triunfo o los laureles, un poco de amor. De
amor auténtico, de amor bonito, no ese que buscan los que me ofrecen joyas y
brillantes, que se acaba con varias sesiones de cama, cada cual habiendo
conseguido lo suyo. No, ese amor como el que sentí con Uzcudun al principio, una
persona sencilla, en el fondo, como yo, que buscaba la felicidad en las cosas
corrientes, aunque los dos estábamos encadenados a un destino, a un trabajo, a una
posición en la vida, y a un tiempo. Porque sabemos de lo efímero del triunfo y de
la gloria, y de cómo pasa todo tan rápido.

Por eso ansío un amor sencillo, duradero, que no se proponga metas ni


ambiciones, que me tome cual soy, cual hubiera sido si no hubiera abandonado los
estudios de mecanógrafa para dedicarme a la canción y al espectáculo. Es irónico,
como diría mi amigo Alvarito, que quien seduce a más hombres en España esté al
fin y a la postre, triste y sola, sin perrito que me ladre siquiera —bueno para eso
está Chusky, pero afortundamente no ladra mucho—, es para reírse. El bueno de
Alady piensa que tal vez no pongo demasiado empeño, que asumo mi papel de
mujer fatal fuera del escenario, que no frecuento otros ambientes más que los de la
farándula o la alta sociedad. Él está casado, como el bueno de Bori, con mujeres
con las que son felices, que les siguen, les cuidan, les miman y les dan hijos. Pero
con las mujeres es distinto. Si te casas, te retiras o te retiran, ese es el único dilema
al fin y a la postre, y… ¿por qué no puedo yo tener una familia igual que los demás
y cantar como yo sé, y bailar…? Hay todavía mucho machismo en España, bien lo
sabemos las mujeres a pesar del voto que dicen que nos darán si algún día llega la
república.

Es esa vieja leyenda de los payasos que lloran por dentro mientras tienen
que hacer felices a los demás, bien lo sé por mi padre, que en gloria esté, el bueno
de Tonitoff, buena cara ante todo, el público lo nota si estás triste, me decía, es
mejor estar cabreado, eso siempre se lleva mejor. En el circo bien saben de estas
cosas, son sabios: no están en la primera línea de los sueldos, como nosotras, son
más modestos, y aunque trabajen igual o más, a cambio forman familias, esas
troupes que van juntas de un circo a otro, de una ciudad a otra, incluso de un país a
otro. Ah, el mundo del circo. Podía haber seguido en él, habría tenido futuro como
trapecista, o antipodista, ese mundo a mis pies que siempre me contaba el bueno
de mi padre Antonio o mi tío Casimiro. Estos pies que vuelven a cruzar el charco,
y sentir la soledad, y volver a intentarlo todo. Quién sabe. Tal vez conozca a
alguien, algún día, del que me enamore y se acabe todo esto, y pueda casarme e
incluso tener hijos, por qué no, aún no soy tan vieja. ¿Qué dices tú, mar infinito?
¿Tendré o no esa oportunidad? ¿O me disolveré en la vida como se disuelven en tu
seno las gotas de agua de los ríos?
CAPÍTULO 10

Va a dar que hablar

Río de Janeiro, 17 de septiembre de 1930

Frente a aquel público enfurecido, Tina pensó que el título iba a resultar
profético. Nunca pensó que una de las peores noches de su vida iba a tener lugar
en aquella ciudad, en la que llevaba diez meses. El público chillaba, silbaba,
lanzaba improperios, insultaba. No admitía llamadas a la tranquilidad, y recibía
hostilmente a quien saliera al escenario. Detrás de las cortinas reinaba el miedo.
Ese Vai dar do falar era el segundo espectáculo desde que había aceptado volver a
América, a Brasil, en su tercera gira americana. Había llegado a Río a finales de
diciembre de 1929, con su madre e Isabelita Ruiz y pronto se puso a ensayar. La
primera revista se llamaba Dámelo, con música de Vasseur Augusto y Ary Barroso.
El estreno, en el Teatro Sala de juegos, se produjo el 24 enero de 1930. El reparto
era internacional, de calidad: Aracy Cortes, Isabel Ruiz, Juvenal Fuentes, Palitos,
Mesquitinha, Tina de Jarque, Zaira Cavalcanti.

Desde el estreno hasta el 17 marzo, tuvo 150 representaciones, un gran éxito.


La revista era una jubilosa celebración del carnaval, elogiada por la prensa, en
especial la marcha que le daba título. Después de varias funciones en los teatros de
variedades y un mes de vacaciones, con muchas de las artistas de Dámelo que
habían triunfado, se montó la revista Vai dar o que falar, tal vez con una dosis de
provocación no calculada. Le precedió una gran divulgación publicitaria. En ella se
destacaba que los efectos de luz eran dignos de las revistas de París, Nueva York y
Londres. El público aguardaba expectante.

El empresario Antônio Neves, amante del show-business y de la revista, armó


un espectáculo de primera, contratando a un elenco internacional, con Zaíra
Cavalcanti, Eva Stachino, Sara Nobre, Olga Navarro, Lia Binatti, Tina de Jarque,
Palitos, Manoelito Teixeira y el barítono Sylvio Vieira. Junto con ese elenco
actuaban 30 chicas y 20 chicos. Con partituras de Ary Barroso y Augusto Vasseur,
la calidad musical del espectáculo estaba garantizada. Pero el empresario, no
dándose por satisfecho, invitó a Carmen Miranda para cantar algunas canciones, lo
que aumentó aún más las expectativas del público e hizo que todas las entradas del
Teatro João Caetano, en la plaza de Tiradentes, en Río de Janeiro, vendidas a tres
mil reis, se agotaran rápidamente. En la reventa alcanzarían un precio diez veces
mayor.

A las ocho menos cuarto del día 17 de septiembre, bajo la batuta de Augusto
Vasseur, la orquesta inició la obertura del espectáculo. Enseguida surgieron los
primeros aplausos, ante un público receptivo y entregado, que gozaba con los
números cantados, los sketches, los cuadros y fantasías. Como colofón de ese primer
acto, una vez que ya habían salido todas las vedettes, Carmen Miranda hizo su
primera entrada y al final de su canción fue aclamada.

Nada hacía presagiar, después de ese primer acto en el que salieron a


saludar actores y autores, y hasta el personal técnico, lo que se iba a desarrollar a
continuación. Los cuadros se sucedían con aplausos generales. La revista estaba
agradando. Los nervios de cualquier estreno se iban calmando, todo parecía ir
sobre ruedas.

Pero al principio del segundo acto, cuando llegó una escena que
representaba un determinado lugar de Río, aquella realidad resultó chocante. Al
público no le gustó. Empezó un sordo murmullo, y las primeras protestas desde
todas las esquinas. Y se elevó una pitada estridente que irrumpió por todo el
teatro, el patio de butacas, las plateas, los palcos, las galerías. El cuadro causante de
la manifestación hostil de la asistencia se llamaba «Mangue» y reproducía con
perfecta fidelidad una zona de burdeles de la ciudad. Y eso que las mujeres no
aparecían. Bastó la multitud masculina característica, chulos y gigolós por las
aceras, el vaivén de los hombres paseando bajo el círculo de luz de las lámparas de
colores de los burdeles para provocar el tumulto. El realismo de la escena, que no
había sido prohibida por la censura, chocó a los espectadores y les causó una
violenta manifestación de desagrado.

La confusión era general. Los artistas, desconcertados, empezaban a


amedrentarse. Nadie entendía ni se entendía. Los espectadores querían invadir el
escenario, requerían el importe de sus entradas y a duras penas la Policía
conseguía contenerlos.

En esto, el responsable de la letra, Marques Porto, apareció en el escenario.


Estaba pálido, aunque tranquilo. Quiso hablar, pero el público no lo permitió. En
medio de los pitos, las voces y los abucheos, en una de las mayores demostraciones
de enfado y desagrado por parte del público carioca, se retiró sin conseguir calmar
los ánimos.

«¡Inmorales! ¡Depravados!» —eran los gritos de un teatro enfurecido, en


medio de una pitada ensordecedora.

El público contestaba y hubo algo más que palabras, sopapos y asonada. Lo


bastante para asustar a los caballos cedidos por la Policía Militar para dar más
realismo a la escena.

—¡Entra Carmen, entra! —pedía el regidor a gritos.

Pero Carmen Miranda estaba paralizada, descontrolada, llorando


compulsivamente en medio de las vedettes. Entre las artistas, arreboladas, nadie
sabía qué hacer. Tina de Jarque, junto con las demás figuras, intentaba convencer a
la diva para que saliera a cantar.

—Si no nos saca ella, no nos saca nadie —decía Tina a las demás—. Y luego
vamos todos, derrochando simpatía y sonrisas.

El comediante argentino Palitos se enfrentó al furor del público,


prometiendo que el cuadro «Mangue» sería retirado de la obra. Carmen Miranda,
espoleada por los compañeros del elenco, volvió al escenario y consiguió cantar
sus otros números, «Pra você gostar de mim» y «Taí». Luego apenas un número de
samba en la que salió toda la compañía. Nadie tenía cuerpo para mucho después
de aquella gran bronca. Cuando el público abandonó el teatro, y ante las caras de
funeral de actores, artistas y técnicos, Marques Porto, el autor de la letra, intentó
poner buena cara y no dejarse abatir.

—¡Ahora sí, soy un autor teatral! ¡Esto ha sido mi verdadera consagración!


—proclamaba, no se sabía si con entusiasmo etílico.

La obra fue interrumpida y la compañía se deshizo aquella misma noche. El


espectáculo no prosiguió y algún crítico comentó aquel récord de duración:
nacimiento y muerte en la misma función. Lo cierto es que los autores no iban con
la moral vigente en las vísperas de la Revolución de 1930, dando realmente
«mucho que hablar…».

De aquella experiencia salió escaldada Carmen Miranda, que juró que no


volvería a la revista, al menos en Brasil, hasta que se le pasara el mal rato. Diez
días más tarde, el 3 de octubre de 1930, comenzó la revolución que dio el poder a
Getulio Vargas un mes después. A principios de 1931 Tina vuelve, como anuncian
algunos periódicos, a Madrid, donde piensa actuar, pero no es hasta marzo cuando
en los mentideros de los diarios se da por hecho que se propone formar una
compañía. En ese tiempo, compra un piso en el número 199 de la calle Alcalá, antes
de llegar a la Plaza de Ventas, el final de Madrid. En él vivirá junto con su madre.
El 14 de abril les sorprende la proclamación de la república.

—¡Dios, ahora esto! No sé, no sé que pasará con todo este jaleo político —
dice Constantina—. En todo el mundo no hay más que revoluciones.

—La gente parece contenta y con la alegría, la gente va a divertirse. Un poco


de libertad no creo que sea malo.

—Esto traerá problemas, ya lo verás. Yo ya he visto como comenzaba una


guerra y muchos tumultos y revoluciones. Desconfío de estos tiempos tan
revueltos, no pueden traer nada bueno.

***

—Tina me contó aquella aventura americana con pelos y señales —


remachaba Alady a un Julián Montes con el disfraz y las maneras de reportero, que
las anotaba en su libreta, suplicando al cómico en ocasiones que no fuera tan
rápido, eficaz en su papel, pero también porque estaba interesado.

—Y sin embargo, volvió cansada, decía que no tenía muchas ganas de volver
a América. Que lo que le gustaría es casarse y tener hijos. La vi distinta, en algunas
cosas parecía más mujer, más madura. Nos vimos bastante en ese tiempo, por
septiembre del 1931, cuando actuó en el Poliorama, de Barcelona, junto con las
hermanas Cortesinas. Además de canciones de su repertorio incorporó esos nuevos
ritmos aprendidos en Brasil, la bossa nova, la samba, ritmos calientes de culturas
cercanas que eran muy bien acogidos y que interpretaba estupendamente, daba
gusto mirarla. Durante ese mes en Barcelona aprovechó también para visitar a su
familia, a sus tíos, que seguían ganándose la vida con sus habilidades en el
trapecio, la pista o moviendo los pies, me parece que Casimiro y Miquela aún
andan por ahí, actuando, a ellos les podía preguntar, pero yo no sé, la verdad,
como localizarlos.
A veces coincidíamos en Madrid o en Barcelona, incluso una vez viajamos
juntos en el tren. Yo le tenía mucho aprecio, me gustaba su compañía, no era como
otras vedettes de las revistas, siempre muy llana, muy sencilla. Un mes después, en
Madrid, estrenó la obra La sal por arrobas de Guerrero, Luna y Antonio Paso, con la
que tuvo un moderado éxito, se mantuvo en cartel durante un mes. Y luego, en
noviembre y diciembre, tuvimos los dos un vértigo de actuaciones, ella en el Teatro
Eslava y en espectáculos montados en el Teatro Maravillas del empresario Manuel
Hidalgo.

—Y en aquel tiempo, ¿no se enamoró de nadie?

—Yo creo que, por mucho que dijera, no tenía tiempo. Se le iba la vida en
ensayos y luego en las actuaciones, llegábamos a dar tres funciones diarias, ¿sabe
usted lo que es eso? Agota a cualquiera. Yo ahora, con las dos diarias, ya me quedo
para el arrastre, así que figúrese usted entonces. Esto es para la gente joven. Y eso
que yo no tengo que cantar ni bailar como ella. Ahora sí, cuando triunfaba,
triunfaba. Recuerdo, en febrero de 1932, el éxito que consiguió con ¡Como están las
mujeres! de Francisco García Loygorri y el maestro Pablo Luna.

En el camerino entró Lepe, que oyó las últimas palabras de Alady. También
había conocido a Tina, y trabajado con ella. Enseguida se sumó a la conversación.
En el mundillo, todos se sabían repertorios propios y ajenos en aquel mundo
endogámico.

—¡Ah, el fandango, menudo escándalo! ¡Ay, Tinita, cómo era, qué belleza! ¡Y
qué espectáculos aquellos! Miles de espectadores la admiraron rodeada de «ocho
tiples desnudas» para cantar con acento tropical la «Milonga del Pango»:

Es un banano muy dulse,

ese banano panguito,

sobre todo si se coge madurito.

Y una vez que en los dedos


se deja preparadito,

es su sabor en los labios

exquisito.

—Y el coro de esculturales muchachas —seguía Alady—, que confirmaban


las excelencias del banano, en el estribillo, cantando, con redoble de tambor:

Pango, pango,

para bailar este baile

hay que mover el fandango.

—Ahora ni pensar en esas cosas. Y no se crea que Tinita era procaz, ni


mucho menos. Cantaba de maravilla, cualquier cosa, tenía una voz que se
adaptaba a todo. El público premiaba con grandes aplausos su mímica, sus gestos
y sus movimientos nada insinuantes ¿Te acuerdas, Alady, de aquella nueva
versión de Las corsarias, en el 33, en el Teatro Martín?

—Qué noche, como para olvidarse…

—¿Las corsarias?

—Sí, ahora sería muy difícil por no decir imposible ¿Usted no la vio?
Entonces no puede saber de qué estamos hablando. El argumento trataba de la
desaparición misteriosa de hombres solteros a manos de un sindicato femenino,
establecido en varias islas de la Oceanía, para hacerles prisioneros del matrimonio.
Tina era la corsaria Coralina y con sus encantos, seducía a fray Canuto con una
«danza neoyorquina llena de sensualidad» porque ella era «briosa y ardiente», o
algo así, dijo la prensa. Lo que hubiera dado ella por atrapar a un buen hombre
que la quisiera de verdad y no para abusar, porque chulos y gente de alto copete
tuvo un rato detrás de ella.

—¿Cómo cuales?

—Bueno, era lo que se decía, pero a mí no me contó de ninguno en concreto.

Las miradas de los tres se cruzaron en un momento, con destellos de


desconfianza. Los cómicos reculaban. No querían soltar prenda, ni hablar mal de
una compañera muerta, o tal vez lo que sabían no les convenía decirlo.

—¿Y luego, hasta la guerra? —retomó rápido Montes la conversación.

—Que yo recuerde —responde— Aladió, hizo Mujeres de fuego, Por si las


moscas…

—También —apuntaba Lepe— La de armas tomar, y en 1934, Son… naranjas


de la China y Pecatta mundi, un estreno de Carlos Arniches y Jacinto Guerrero. Yo la
conocí mucho, era muy simpática. Fígurese, la primera vez que yo trabajé con ella
fue en el 26, con aquella revista de Vamos a empezar. Hemos hecho reportajes juntos
para revistas… La última vez que la vi fue en la guerra, en agosto, en un festival
donde actuó también aquella francesa que bailaba frente a los leones.

—Se puede decir que los dos la hemos conocido desde el principio de su
carrera hasta el final —completaba Alady—. En esa época de la que estamos
hablando hizo Las de los ojos en blanco, en el Teatro Martín, con música del maestro
Alonso. Allí hicieron furor varios números, como el fox trot, «La picardía ingenua»
y el magistral pasodoble de la «Horchatera valenciana». Yo la presenté algunas
veces en esas temporadas, en las funciones de beneficios que se hacían, para tal o
cual artista, o para causas benéficas, con unos popurrís, me llamaba siempre que
podía para que presentara su número. Incluso una vez me invitó a visitar su
granja. Sí, como lo oye, a Tinita le dio un aire y se metió a granjera. Mi mujer me
decía: claro, como no tiene hijos, anda enredada en estas cosas… Pero ahora nos va
a perdonar, porque va quedando poco para la función y tenemos que prepararnos,
hemos cambiado algunos pasos de la rutina y tenemos que ensayarlos. ¿Quiere
quedarse? Así sabremos si pueden caer bien. De la guerra y lo que pasó, o al menos
de lo que yo sé, de lo que me contó Armand Guerra, que me lo encontré en
Alicante una vez, hablamos otro día, si no le parece mal.

***

«Hay que pensar en la vejez» se titulaba el reportaje de la revista Estampa en


octubre de 1934, que sorprendía a los lectores con una visión inédita de la artista
Tina de Jarque, metida a granjera de una explotación modélica. El redactor, que
visita la granja, una finca en Ciudad Lineal, encuentra a la diva enfundada en un
mono de trabajo, entre bruscos aleteos, dándole de comer a las gallinas.

—La gallina es el animalito más delicado… ¡Los desvelos que me han


costado estas dos Leghor! Hay que cuidar mucho que coman siempre a una hora
fija… Lo dicen así todos los tratados de avicultura… (…) Hay que vivir siempre
pendientes de ellos… Y que mimarlos más, mucho más, que al más mimado de los
autores… Pero los mayores sobresaltos me los han dado los cerditos… Figúrese
usted que compré catorce para la reproducción, y nada más comprarlos se me
murieron doce… No sé cómo su muerte no me costó también la muerte a mí… Y,
¡cómo habrían envidiado entonces a los doce cochinos algunos románticos
enamorados, que aseguraron que se morían por mí, sin lograr siquiera acelerar los
latidos de mi corazón…!

El periodista, con razón, encuentra que una vedette propietaria y directora de


una granja es algo graciosamente pintoresco. Comenta admirado que los
espectadores del Teatro Martín no pueden imaginarse a Tina de Jarque más que
cantando ese delicioso cuplé de «La picardía ingenua», en Peccata mundi.

Y, sin embargo, he aquí a Tina de Jarque, olvidada de la frivolidad y


gravemente atareada en el cuidado de sus gallinas, sus gazapos y sus cerditos. (…)

—Todo esto no puede improvisarse —dice la vedette—. Hay que estudiar


mucho… Que los gallineros y las cochiqueras estén siempre limpios y
desinfectados… Y cuando alguna hembra está en condiciones de ser pronto madre,
que para ella sean las mejores comidas… Y que no se le dé ningún golpe, ni el
macho la maltrate… Porque también hay en los cerdos galanes de esos que les dan
«marcha» a las hembras… Tendré corresponsales míos en todo el mundo…
Estableceré un servicio de transportes de ganado por avión… Y cuando ya nadie se
acuerde de la artista Tina de Jarque, la granjera Tina de Jarque habrá conquistado
una gran reputación universal…

Números, dinero… Tina de Jarque tiene ya calculado, peseta a peseta, el


desarrollo económico del negocio. Pero mientras llega ese día, hay que seguir en el
teatro. Y esta tarde, en el teatro, tiene Tina de Jarque ensayo a las tres. Va al
tocador. Otra vez las barras de lápiz negro y rouge. Otra vez la lluvia de Tabú en el
perfumador… Y la música del maestro Alonso… «Las de los ojos en blanco»… Un
fox precioso… Otra canción alegre y desenfadada… Una frase de intencionada
expresión…

La granja fue una de las mayores preocupaciones de Tina durante aquellos


últimos y difíciles años de la república. Mientras se sucedían los gobiernos de
derecha, incapaces de sustraerse a los efectos de la revolución de octubre y los
escándalos del estraperlo, Tina seguía actuando en espectáculos y revistas en las
que cantaba cuplés, sambas, jazz o ritmos tropicales. En enero de 1935, en Las
noches de Montecarlo, con Blanquita Suárez, hizo un número de jazz-band y vodevil.
Hasta agosto compartió escenario con todas las estrellas del momento, desde la
Yanquee, Celia Gámez, Raquel Meller, Margarita Carvajal, en el Maravillas, Eslava,
Latina, Apolo, Romea…

ABC, 12 de septiembre de 1935

TINA DE JARQUE, IMPOSIBILITADA DE ACTUAR

La bella vedette Tina de Jarque, tan aplaudida por el público de Madrid, se ve


imposibilitada de reanudar su actuación en esta temporada hasta reponerse de un
contratiempo que ha sufrido durante su veraneo. La gentil artista, durante su
estancia en Luchón, hizo una excursión al famoso pico de la Maledetta, en los
Pirineos, teniendo la desgracia de caer del caballo que montaba y lesionarse de
cuidado en una pierna. Aunque los temores de complicación grave han
desaparecido, la lesión tardará en curarse por completo más de dos meses. Tina de
Jarque ha tenido, por ello, que rescindir los compromisos de actuación que tenía
contraídos.

Deseamos que la bellísima vedette pueda reanudar pronto sus éxitos ante el
público.
Eso es lo que se publicó en los periódicos. Lo que no salió es que Tina había
pasado por Biarritz y se había encontrado con Juan March. Como siempre, había
sido un encuentro fugaz. Encontró al financiero absorbido por los problemas y
nervioso ante la situación política española. Luego, decidió ir a la montaña, hasta el
infausto día de la excursión a caballo.

La recuperación llegó en Navidad. Tina y su madre brindaron porque el


nuevo año cambiara la racha. Buscaba otro éxito como aquellos de las revistas de
Velasco. Necesitaba seguir siendo una de las vedettes mejor pagadas del país. Y el
país, en medio de convulsiones sociales y políticas entraba en un año que sería
decisivo para su historia: 1936.

***

Prisiones de Melilla, Almería, Chinchilla, Sevilla. Cárceles. Rejas. Encierros


del cuerpo, acorralamiento del espíritu, o lo que aliente dentro de los cuerpos, en la
cabeza, gobernando los impulsos, a veces sucumbiendo a los instintos, el ser
humano responsable de los excesos, solos o en sociedad. Sociedad que nos recluía
ahí cuando los revolucionarios queríamos corregir los desequilibrios existentes, el
que unos tuvieran demasiado para disfrutar con tren de lujo y otros tan poco, que
no les llegaba para vivir. Y había que hacerlo por la fuerza, a punta de pistola, de
los lugares donde se concentraba el odioso dinero del capital, esos bancos que
chupaban la sangre del obrero, como los antiguos prestamistas, los patronos y sus
negocios que se asentaban sobre la explotación de la clase obrera. Claro que el
orden, el poder, el dinero, tenían su cuerpo represivo en el andamiaje del Estado, la
Policía, la Guardia Civil, el Ejército —bien lo sabía yo con mis años de Legión—,
que velaban por la propiedad de los que lo tenían todo. A veces, aquellos esbirros
nos detenían, se salían con la suya, nos juzgaban y condenaban a años de cárcel,
incluso nos mataban con la ley de fugas. Contra aquella canalla había que luchar a
muerte, sin treguas ni concesiones. Y cuando el luchador caía e iba a la cárcel,
había que tener el ánimo en alto, combativo, organizando la evasión.

Un camino jalonado de esos intentos de fuga, el último, el de Chinchilla,


fallido tras provocar un incendio que se saldó con un recluso muerto, tiroteado por
los guardias que tardíamente se percataron de que tres presos se deslizaban por la
muralla del castillo con la ayuda de una cuerda hecha de mantas y sábanas. Allí
fue la prisa, la impaciencia por esa amnistía que nunca llegaba y que finalmente, y
a pesar de aquella fuga, me alcanzó, decretada por el Gobierno del Frente Popular
en el 36. Y luego, ya de vuelta en Sevilla, haciéndome de nuevo a una libertad que
era difícil de digerir, esa libertad que nunca debieron de haberme quitado, la
libertad de esos señoritos a los nunca ya perteneceré. Volví a Salteras, para ver
sobre todo a una ahijada, lo único que me unía a aquel lugar. Pude ver a mi madre,
cara bañada en lágrimas, pero no me conmovieron sus ruegos, como tampoco hizo
mella en mí el ofrecimiento de mi padre de olvidar lo pasado si me olvidaba de mis
ideas. Era él el que me había condenado a la legión primero, y luego a la cárcel, y
eso no se lo podía perdonar.

En Sevilla me nombraron secretario de los sindicatos. Pero yo quería hacer


algo más que la labor organizativa. Y organicé un atraco. Escogimos la oficina
bancaria, en la calle Moratín, la agencia de préstamos del Banco Hipotecario y la
víctima, el procurador Felipe Cubas, amigo de mi padre. Fue la primera vez que en
Sevilla se asaltó un banco por dos veces. Le cogí el gusto a hacer ahuecar la guita a
los capitalistas, tal y como decían los compañeros. Aunque en realidad fue
despecho. Habíamos llegado a las dos y media, tres compañeros a cara descubierta,
con pistolas. Nos fuimos pronto, quizá por los nervios, y no nos llevamos todo el
dinero, tan sólo cinco mil pesetas. Pero cuando salimos y contamos el dinero, nos
dimos cuenta de que faltaba una caja de seguridad, así que convencí a mis
compañeros de volver. Sabíamos que allí se guardaba mucho más dinero. Y una
hora después, cuando todos los empleados y el propio director aún comentaban lo
que había pasado, volvimos a entrar con las pistolas en la mano. No se me olvidará
la cara que pusieron. Hice que esa vez se tumbaran todos en el suelo. Nos llevamos
otras cuatro mil pesetas de la caja, además de vaciar la cartera del director y un
amigo suyo que había acudido: otras dos mil pesetas. Y salimos tan campantes,
guardando las pistolas y sin correr, por la calle.

El suceso fue la comidilla de toda la FAI de Sevilla. No importó que días


después, uno de los empleados me reconociera en un bar de la Alfalfa y me
detuvieran. Estuve preso mientras salía el juicio, pero ya los compañeros se habían
movilizado. Ninguno de los empleados, ni el propio director, me reconocieron ante
el juez. Dijeron que llevábamos gafas de sol y máscaras. Y he vuelto a la luz, he
salido a la libertad para participar de ese mundo nuevo que tiene que llegar, ya lo
estoy sintiendo, la revolución social que nos libere y que acabe con las cárceles
para siempre.

Siento la sangre hervir, he esperado mucho tiempo, demasiado. He


imaginado muchas veces en las celdas de las cárceles lo que podría haber sido mi
vida, las sendas que habría recorrido, mis avatares y aventuras en todos estos años.
Le he dado cien vueltas a la venganza, aunque sepa que es plato que no satisface el
hambre de libertad. Nadie puede saber lo que padece el ser humano encerrado
durante años detrás de esas rejas. Qué mundos se hace, qué quimeras diseña, qué
pensamientos le sirven para soportar el encierro, a qué andamiajes se ata para no
caer, para no desfallecer, a qué esperanzas se aferra, y con qué fuerza. Mis asideros
han sido siempre los libros, las palabras, las ideas.

Pero aquello ya ha pasado. Es ahora la necesidad de hacer la que me


embarga, la obligación de moverse, de agitar, de destruir lo podrido. Es la hora de
utilizar las manos, la fuerza, tanto como el cerebro.

Es la hora de la acción.
CAPÍTULO 11

Tambores de guerra

El 8 de mayo de 1936 se estrenó en Barcelona La verdad por delante. El reparto


de la obra era extenso y de calidad: como primeras vedettes figuraban Maruja
Tomás, Mercedes Vecino y Tina de Jarque. Además, estaban arropadas por actores
y humoristas como Carlos Garriga, Ignacio León y Alady. Juanito Carcellé, el
empresario, había montado la compañía en Madrid, pero temeroso ante el
ambiente crispado que se respiraba, preludio de la rebelión y del estallido
revolucionario que se dispararía a partir del 18 de julio, debutó en el Teatro
Cómico del Paralelo. Quizá el turbulento estado de cosas influyó en el escaso éxito,
o más bien esa suerte extraña de los teatros, que a unos da y a otros quita. Era igual
que la revista se montara con dignidad, sin escatimar recursos y con un reparto de
primeras figuras, si no conseguía el favor del público. Asuntos del espectáculo y
del componente azaroso del triunfo, una evanescente mezcla de tema,
presentación, desarrollo e intérpretes. Había química o no la había. Nadie sabía la
razón, en ocasiones la inversa se imponía: un montaje discreto y sólo hilvanado,
por extrañas razones pasaba la prueba de fuego del estreno y se convertía en gran
éxito. Bien lo sabía Tina desde la experiencia de Río de Janeiro. Una bronca o
silbidos en el debut condenaban a la revista. Había otra cosa peor: la indiferencia.
El público venía a divertirse y pagaba por ello. Si no le agradaba lo visto, la obra
iba languideciendo, la falta de entusiasmo se contagiaba.

«Cuando una obra cae malamente en su estreno y unos pocos días sucesivos,
poco pueden hacer los artistas, por más que se esmeren al máximo en las
variaciones», pensaba Alady. Ni él mismo, maestro consumado de la
improvisación, pudo mejorar la función. «Casi siempre es peor el remedio que la
enfermedad», sentenciaba ante Juanito Carcellé, que se preguntaba por las razones
del batacazo.

Algo se podía sentir, flotaba en el aire, miedos en erupción libre que no


propiciaban un ambiente proclive a la alegría de la revista. Para que el desastre no
fuera completo, y recuperar algo del dinero invertido, finalizada la programación
antes de lo previsto en el Paralelo, el Águila de las varietés montó una compañía de
variedades modernas con Tina de Jarque —que cantaba sus canciones picantes—,
Alady, el fonético Ruddy Wood, el pianista Mates, y la vedette Conchita Rey, una
de aquellas mujeres que hacían furor entre los madrileños por su sex-appeal y su
belleza, y otras grandes figuras como Estrellita Castro para debutar en el Teatro de
la Zarzuela de Madrid en julio de 1936.

Carcellé había imaginado y montado el espectáculo, y reunido un magnífico


conjunto artístico. Sólo que el país se deslizaba ya por senderos de sangre, no de
música. La compañía debutó el 12 de julio, y pronto el éxito inicial se perdió en el
aire.

«La bellísima vedette Tina de Jarque ha debutado en el Teatro de la Zarzuela


para reforzar el cuadro de variedades que actúa en el mismo. La elegante tiple
interpretó algunas canciones de su nuevo repertorio, obteniendo una entusiasta
acogida del público que la hizo salir a escena muchas veces entre grandes
aplausos».

Fueron dos días, apenas un comentario en las páginas de espectáculos, quizá


pagado por el propio Carcellé. El público había ido desapareciendo, retrayéndose
ante la situación de conflicto social y político que como una gran tormenta
veraniega, amenazaba el cielo de la capital: su tensión se dejaba sentir sobre todos
los aspectos de la vida. Pero fue a raíz del asesinato de Calvo Sotelo, el día 14,
cuando no sólo el patio de butacas y los palcos, sino el propio camerino de Tina,
siempre lleno de admiradores de las altas esferas, se despobló. Se vivía pendiente
del periódico y de la radio, y lo que menos buscaban, incluidos los miembros de la
compañía, eran las noticias sobre el estreno.

A partir del 18 de julio, con las noticias de la sublevación militar, las


funciones siguieron en el Teatro de la Zarzuela, como en el resto de los teatros de
Madrid, dando una falsa apariencia de que no sucedía nada grave. Unos y otros
ejecutaban el rito de la función como si vivieran en un espacio y tiempo especiales,
una rara burbuja.

ABC

Informaciones y noticias teatrales


Hoy lunes, 6:45 horas, última tarde de despedida de Estrellita Castro, Tina
de Jarque y el actual programa. A las 10:30 festival monstruo. Homenaje de
despedida a Estrellita Castro, quien lo dedica a los heroicos aviadores filipinos
Calvo y Arnáiz, interviniendo el ilustre escritor Ramos de Castro, la Shirley
Temple española, Tina de Jarque, hermanas Torres, Ruiseñor Navarro, hermanos
Díaz, Mary Domínguez, Fernandino d´Alvy, Manot and Bony, Mario Gabrón, la
Asturianita (la maravilla sin brazos), Orquesta X, Niño Utrera, Sabicas, Alady,
Piruletz, Estrellita Castro y hasta cien artistas. ¡Colosal acontecimiento!

El lunes 20 fue la tarde de la despedida, el último día antes de que se


interrumpieran durante un tiempo las representaciones. Nadie estaba en lo que
estaba. Las noticias, mezcladas con los bulos, corrían entre número y número. Se
había constituido un nuevo gobierno y se intentaba un pacto con los rebeldes,
gobierno que duró un suspiro. El cuartel de la Montaña estaba sitiado, se
registraban duros combates, el general Goded en Barcelona se había rendido, era
cuestión de horas que la rebelión fracasara. O triunfara. O que aquello acabara en
guerra civil. La mente de los pocos que acudían, como de los artistas, estaba fuera
de la sala, preguntándose qué estaba pasando en Madrid y en el resto de España,
todo el mundo pendiente de cualquier novedad, de lo que decía la radio, alerta a
cualquier movimiento. Fuera del teatro se había desatado la locura y ya nada sería
igual.

A pesar de lo que ocurría, los no marcados por la política buscaban, tal vez
por inercia, la vuelta a la normalidad, de que todo se zanjara en una gran crisis
pero que el país volviera a la senda del diálogo. Ya se había ido demasiado lejos,
sin embargo. En aquel ambiente crispado, también se había postergado el rodaje de
una película que había comenzado el 16 de julio. Se titulaba Carne de fieras y en
realidad había comenzado a fraguarse un mes antes.

A mediados de junio del 36, Arturo Carballo, propietario del cine Doré y
Andrés Rojas, el gerente, hablaban en la calle, en la puerta del local, cuando vieron
pasar un coche con el reclamo de un curioso espectáculo: una venus rubia y
semidesnuda desafiando a los leones. El auto, sensación en las calles madrileñas,
impresionaba: a los lados llevaba dos carteles a tamaño natural de Marlene Grey,
con un minúsculo tanga, amenazada por las garras de las fieras. La chiquillería
seguía al vehículo, que desfilaba por las calles ante las miradas asombradas de los
transeúntes en aquel verano donde comenzaba a apretar el calor. Los carteles
anunciaban que aquella beldad francesa se enfrentaba desnuda a los feroces leones
en las pistas del Circo Price. El empresario del Doré y su gerente, que también era
el pianista, buscaban elementos para atraer gente al cine, un edificio de estilo
modernista, habitual en los cinematógrafos de principios de siglo. Ya habían
pasado los tiempos de los felices años veinte, cuando el cine era famoso y el
negocio próspero. Incluso el propio Arturo Carballo había dirigido Frivolinas, en
abril de 1927, integrada por diversos números de las revistas de Eulogio Velasco
sin esquema argumental y acompañado de música y sonidos en directo.

—Hablando de atraer al público, tengo que ir a ver ese espectáculo —le dijo
el empresario a su gerente.

—Desde luego, una película en que una mujer así se desnuda ante los leones
sería digna de verse —respondía Rojas.

Arturo Carballo había tenido una inspiración y quería confirmarla asistiendo


a la función pregonada por las calles. Y así fue, en efecto. Le impresionó el
espectáculo de aquella atractiva mujer danzando con su desnudez frente a los
leones, ofreciendo su cuerpo a la inmolación, interpretando el mito vivo de la bella
y la bestia, movilizando energías muy profundas entre los espectadores, de
mayoría masculina. Antes de continuar con el plan que había comenzado a
concebir, quiso hablar con el empresario del circo, Manuel Sánchez Rexach, al que
conocía bien. Por él se enteró que la bella artista francesa había venido a Madrid
para explotar su espectáculo en las barracas de las verbenas. La huelga de la
construcción la había hecho refugiarse temporalmente en el circo. Marlene Grey,
para ejecutar su número, contaba con el domador Georges Marck, cuyo cuerpo
estaba marcado con cicatrices en muchos lugares y que vigilaba los menores
movimientos de las fieras mientras Marlene bailaba.

—Yo creo que a esa mujer le gusta, de alguna manera le excita —le dijo
Sánchez Rexach a Carballo—. Digo, lo de exhibirse ante los leones. Lo curioso es
que Marlene no tiene la menor necesidad, desde un punto de vista económico, de
meterse en esta aventura. Procede del cinema. Según dice, en los estudios
franceses, su figura es bien conocida. El año pasado ganó en Trouville, sobre
cincuenta y siete concursantes, el premio a la bañista más bella y mejor presentada
en maillot, me enseñó el recorte de prensa.

—¿Y es soltera?

—No, está casada con uno de los miembros de la troupe, el hombre


autómata, un americano larguirucho.

—Se me ha ocurrido producir una película que incluya este espectáculo, un


melodrama urbano.

—Tendrás que darte prisa. De aquí creo que van al Teatro Maravillas una
semana más y vuelven a Francia.

—Ahora tengo que dar con alguien que pueda escribir un argumento y
dirigirla, y que sea rápido además. Hay que aprovechar el éxito. Y creo que tengo
al hombre adecuado.

Arturo Carballo sabía lo que decía. Era un veterano empresario del


espectáculo. En 1915 impulsó la producción de películas de carácter popular desde
Condal Films, en compañía del director Juan María Codina. Tres años después,
Carballo logró ganar en Barcelona una curiosa apuesta de rapidez en la realización,
haciendo una película en una noche, unas escenas de la pasión.

El destino trenzó sus hilos. Carballo pudo localizar a Armand Guerra, a


quien había conocido once años antes, cuando el cineasta tenía el proyecto de
dirigir una película sobre Luis Candelas, el bandido de Madrid y buscaba un
productor. Carballo estaba entusiasmado con aquel proyecto, pero no pudo
encontrar el dinero necesario y Guerra se buscó otros productores para realizarla.
Ahora Carballo tenía los recursos y convenció al director para comenzar lo antes
posible la aventura. El propietario del cine Doré sabía que el anarquista podía
escribir a toda prisa un argumento para rodar la película con la premura que
requería. El contrato que firmó para dirigir Carne de fieras se hizo a nombre de
Armand Guerra Estívalis, y Carballo no perdió el tiempo. Consultó con su amigo
Eulogio Velasco, que le sugirió el nombre de Tina de Jarque. No sólo era popular y
famosa como vedette, sino que ya había actuado en otras películas. Además de la
experiencia, podía cantar e interpretar un número musical, un aliciente más.

Mientras Carballo completaba el reparto, Armand Guerra desarrolló el


argumento de Carne de fieras en el ambiente del mundo del espectáculo. Sin
pretenderlo, recreaba una historia cercana para Tina, la de los amores entre un
boxeador y una vedette. Pablo, el protagonista, era un púgil enamorado de su
esposa Aurora, una artista de cabaré, que mantenía una relación adúltera con un
cantante. Cuando el púgil sorprende a los amantes, solicita el divorcio y entra en
una profunda depresión que le hará perder un combate de boxeo. Es entonces
cuando conoce a Marlene, artista de variedades, que baila desnuda en una jaula
con cuatro leones, unida sentimentalmente con su compañero de trabajo, el
domador Marck. Pablo propone matrimonio a Marlene, pero esta no se atreve a
dejar al domador. Como consecuencia, Marck intenta agredir a Pablo, quien no se
aparta de Marlene y acude cada día a su espectáculo. Pablo es objeto de otro
ataque que la Policía atribuye al domador. Pero gracias a la intervención de
Perragorda (un niño al que Pablo había salvado de morir ahogado en el retiro y al
que había acogido en casa) se descubre al verdadero agresor: Lucas, el criado del
domador, obsesionado con la belleza de Marlene y celoso del boxeador. Final feliz
para los enamorados, que adoptan para siempre al pequeño Perragorda.

El reparto se completó con actores que en ese momento estaban en la capital


de España. Pablo Álvarez Rubio, que hacía el papel del boxeador, había regresado
al país después de actuar con éxito en versiones en castellano de algunas
producciones norteamericanas, en las que había destacado la interpretación del
«loco» en la versión de Drácula de Tod Browning. El año anterior había intervenido
junto a Juan de Orduña en El cura de aldea, de Francisco Camacho. Alfredo
Corcuera, actor que interpretaba el papel de «Picatoste», el amigo del boxeador, era
un veterano del cine mudo, de películas como Curro Vargas, de José Buchs, uno de
los más prestigiosos cineastas de la época. Antonio Galán, en el papel del amante
de Aurora, era un barítono de zarzuela que debutaba en esta película, seguramente
debido a ser un pupilo de Andrés Rojas, el músico y productor ejecutivo, en cuya
casa estaba alojado o más bien refugiado. El papel de Lucas, el criado del domador,
se lo reservó Guerra para él, ya que tenía experiencia como actor de su etapa en
Francia. Por sugerencia de Marlene Grey, Carballo ofreció un pequeño papel sin
parlamento al marido, al larguirucho hombre autómata Jack Sidney, que hace de
árbitro en un combate de boxeo. Por fin todo estuvo listo. El viernes 16 de julio de
1936, Armand Guerra y su equipo técnico comenzaron a rodar exteriores en la casa
de fieras de El Retiro. Fuera de allí, muy pronto, los seres humanos iban a rivalizar
en ferocidad con las alimañas.

Dos días más tarde, Armand Guerra acababa de regresar a su casa, tras un
día de duro trabajo, rodando exteriores en El Retiro desde las siete de la mañana
hasta la caída de la tarde. Cuando se disponía a acostarse, la radio de un vecino
confirmó un rumor extendido desde la tarde del sábado: el ejército se había
sublevado contra el legítimo Gobierno de la República.

El día siguiente, domingo, Armad Guerra llamó a sus ayudantes para


notificarles que el rodaje se suspendía hasta nueva orden. En plena exaltación,
junto con otros miembros de su sindicato, acudió al asedio al Cuartel de la
Montaña por parte de las organizaciones obreras y fuerzas gubernamentales. Dos
días después, tras la toma del cuartel y la rendición de sus últimos defensores,
empezó a planear cómo servir mejor a la causa, realizando un documental para
reflejar el valor del pueblo. Fue entonces cuando el propio sindicato de actores de
CNT decidió que debía continuar el rodaje de la película, dado que de ese trabajo
dependía la alimentación de muchas familias, cuyos jóvenes se habían movilizado.
Así que Armand Guerra, dominando las ansias que tenía de marchar a rodar los
campos de batalla, aceptó reanudar el trabajo, a pesar de las dificultades e
inconvenientes que iban incrementándose a medida que avanzaban los días: falta
de transporte, requisados coches y camiones para la guerra, actores secundarios y
figurinistas que dejaban el rodaje para ir a la sierra de Guadarrama a combatir.

En aquellos días de rodaje de Carne de fieras, todo estaba alborotado, la


incertidumbre de la guerra asomando en la cara de cada uno, actores y técnicos,
radicalizando a todos, unos eufóricos, los otros achantados, metidos hacia adentro,
un poco idos. Hasta los leones parecían saber que algo muy gordo se había
desencadenado a su alrededor. Era posible que olieran el miedo, y por eso
estuvieran tan nerviosos. Puede que fueran los tiros, que se oían por doquier, o las
primeras dificultades de abastecimiento ante el acaparamiento de alimentos que
había vaciado literalmente muchas tiendas.

La guerra había traído también, aunque se manifestaba de forma incipiente


y caprichosa, un cambio de las estructuras. Se hablaba de revolución por todas
partes y las primeras consecuencias eran obvias. Las diferencias entre los técnicos y
los actores habían desaparecido, ya todo el mundo estaba alzado, se hacían las
cosas rápido y sin hablar mucho, los actores apenas comentaban cosas, salvo
asuntos de la escena. Había miradas tristes y algunas prisas y desencuentros, pero
la película marchaba, y se hacía evidente que el director no veía llegado el día de
acabar, con ganas de marcharse al frente e ilustrar el sacrificio de los trabajadores
luchando contra el fascismo.

Andrés Rojas, el hijo del pianista, diecisiete primaveras, estaba fascinado por
Tina. Acompañaba a su padre a los rodajes y se quedaba imantado mirando las
escenas, sobre todo los números musicales de la vedette y sus largas piernas.
Parecía embelesado cuando Antonio Galán, el amante de Tina en la película, tenor
de zarzuela, les deleitaba en los tiempos entre toma y toma, con una romanza que
la vedette, a veces, continuaba. Tina sospechaba que Antonio Galán era de Falange,
y por sus comentarios, sabía que se quería pasar al otro bando, pero de momento
no podía hacerlo.

—Tina, en esta guerra hay que camuflarse. Y no correr riesgos. Mira que
tenemos una vida y una voz, y si nos la quitan, nunca podremos cantar.

En el rodaje quedó patente una cierta rivalidad entre Marlene Grey y Tina
de Jarque. Aparecían juntas en varias escenas, en El Retiro y el cabaré de verano,
pero a Tina le molestaba ese aura de avanzada que se le había otorgado. En España
había sido ella la primera en enseñar los senos y no se dejaba impresionar por la
francesa. Además de la competencia femenina, se sumaba lo que Tina definía como
sus entusiasmos verbales revolucionarios, tonteos continuos con Armand Guerra
hablando en francés, como si ella no supiera.

—Yo soy adúltera en la ficción y ella, que es pura en la película, lo es en la


realidad. Esta sí le pone los cuernos con facilidad a su marido.

Pero a pesar del pique, Tina quiso ver una escena en las que la francesa
desafiaba a aquellos leones rugientes. Y lo hizo un día que pudo ser fatídico, en los
estudios cinematográficos de la plaza Conde de Barajas, en pleno centro de
Madrid. Era a primeros de agosto, en plena ola de calor sofocante en la capital, que
era aún mayor en la superficie iluminada por las luces. Los leones, un macho y tres
hembras, empezaban a acusar la falta de comida que les producía irritación. Y no
sólo ellos. Las tomas avanzaban a trompicones por los continuos cortes de luz. El
domador, Georges Marck, urgía a Armand Guerra a filmar cuanto antes, ya que
barruntaba el esfuerzo que suponía para él dominar a unas fieras nerviosas dentro
de la jaula, con luces y gente moviéndose de un lado a otro.

Todo pareció componerse cuando al fin, el director dio la orden de motor.


Los leones estaban en su puesto, con algunos trallazos al aire del domador.
Entonces surgió desde el fondo negro, en lo alto de la escalera, la figura de
Marlene, desnuda de cintura para arriba y con una falda oscura y transparente.
Avanzó despacio hasta el lugar marcado. Sabía que se encontraba a un par de
metros del alcance de las garras de los felinos. Allí, tras algunas evoluciones, se
quitó la falda, dejando debajo un minúsculo tanga y emergió como una diosa
rubia, con un golpe de melena. Sus dos pechos, con los pezones erectos, desafiaban
a las bestias, a los que se ofrecía apenas a unos palmos de distancia. Su mirada no
se posaba en las fieras, sino que iba más allá, como si estuviera actuando para sí,
más que ante un asombrado público que contenía el aliento. Y la verdad es que
todos allí lo contenían. Los técnicos, los eléctricos, los cámaras, el tomador del
sonido, Armand Guerra y algunas personas que como Tina, observaban desde
detrás, en las sombras del plató. Puede que los ojos masculinos se fijaran en la
figura de la francesa, que, como la víctima presta a ser inmolada, bailaba su última
danza ante aquellos colmillos y garras, pero lo cierto es que el conjunto ofrecía una
atracción hipnótica. Una música lejana, en un gramófono, seguía pretendidamente
las evoluciones de la danzante, que no al revés. Pero lo que menos importaba era si
Marlene se movía al ritmo de la música o si la música estaba destinada a calmar los
nervios de los leones. Marlene era una cristiana sacrificada en el circo, una nativa
ofrendada por su tribu al rey de la selva, una exploradora sorprendida en plena
noche. Marlene era todo eso y mucho más: el erotismo contra la fuerza bruta y
bestial, el sueño imposible, la asociación entre el peligro y el placer, lo suave contra
lo áspero, lo líquido frente a lo rígido. El domador permanecía detrás, atento a
cualquier movimiento peligroso de los leones, que miraban también a la danzarina
con una especie de rigor fascinado. Marlene, haciendo elipses, daba vueltas
alrededor del domador, encarándose durante algunos segundos con cada una de
las fieras, que amagaban un gesto y un rugido.

Marck intuyó el peligro cuando nada más pasar delante de Marlene, una
leona avanzó hacia las rejas saltando con agilidad y haciendo que se escapara una
exclamación detrás de la jaula. La francesa se había entretenido en una lenta
evolución, un brazo arriba y otro hacia el suelo, y el domador avanzó con la estaca
y el látigo. Todo fue tan rápido que ni siquiera se movieron los dos milicianos que
tenían listo su fusil por lo que pudiera ocurrir. Aunque se había hablado de la
posibilidad de disparar ante un ataque, todos sabían que era complicado hacerlo
con la seguridad de acertar en los animales y no en los humanos. Así que la
consigna del fortachón del látigo era que dispararan al aire y que atronaran el
espacio si la situación se desmandaba y él no conseguía hacerse con el control de
las fieras. Ante el avance del domador, que hendía el palo y la tralla en el aire
buscando la piel del felino, la leona hizo un quiebro pero no reculó. Plantaba cara.
Tina, desde el fondo, reprimió un grito, como algunos de los técnicos.

—Derrière, derrière, derrière moi! Vite!

La francesa parecía no darse cuenta del peligro. Miró a la leona fijamente,


sorprendida en su postura con las piernas abiertas y los brazos en la figura que
había compuesto.

—Ne m´as-tu pas entendu? Derriére, Vite!

Sin que pudiera impedirlo el domador, el animal avanzó hasta llegar al


alcance de Marlene, que se había quedado petrificada, quizá en trance. Un zarpazo
certero podría acabar con aquella figura menuda y rubia. Era el miedo, pensó Tina.
El miedo puede paralizarnos. Hasta el punto que lo que emana y nos toma puede
ser el principio de la muerte, del viaje sin fin, sin poder reaccionar.

Georges Marck tuvo que emplearse a fondo. Entrando de lado, golpeó con
su larga estaca a la fiera al tiempo que lograba que el látigo impactara contra su
carne. La leona encajó el golpe, pero entonces el peligro vino del otro lado. El león,
sintiéndose el rey de su manada, y apreciando que lo que sucedía era una pelea de
hembras, rugió y se preparó para atacar. Fue el momento en el que Marlene
decidió despertar de la ensoñación y completar el movimiento que había iniciado,
como si fuera una muñeca autómata. El arabesco tuvo la virtud de situarla más
cerca del domador, que avanzó resuelto y tomó el control. El látigo volaba de un
león a otro, y la estaca iba también por el aire, marcando el territorio que no estaba
dispuesto a compartir. Al fin, los leones se calmaron y recularon. Armand Guerra y
el cámara rescataron a la bailarina, que sólo mostraba indicios de su estado de
ánimo por los ojos abiertos y un ahogo que le impedía proferir ninguna palabra. El
hombre del látigo fue reculando hasta que llegó a la puerta de la jaula. Con un giro
rápido salvó definitivamente la situación. Los leones, ante la dura realidad de los
barrotes, se tumbaron mansamente en el suelo.

—Hay que conseguir comida cuanto antes. No volveremos a rodar hasta que
las fieras hayan comido —ordenó, categórico, Armand Guerra—. Y vamos a meter
un desmayo en el guion, Marlene tiene que caer desvanecida ante los leones, eso
dará más emoción y peligro… Parrilla, llama otra vez a los del sindicato
gastronómico y úrgeles para que nos manden comida para los leones. ¡Despierta,
hombre! Al menos se habrá filmado una buena escena! ¿Cómo?

La última pregunta iba dirigida al cámara, que por señas le estaba diciendo
que no. Esa fue la última jugarreta del destino. El cámara había dejado de filmar
instintivamente cuando el león atacó. Sólo se habían registrado los primeros
movimientos, cuando la leona había arrancado. Tendrían que completar la escena.
Y ya estaban muy escasos de material. De hecho, Armand rodaba a toma única,
jugándosela en cada plano. Pero no por eso parecía nervioso. De hecho, su mente
estaba lejos de allí, con los milicianos que combatían en todos los frentes al
fascismo y cuya gesta quería retratar.

Tapada por una chaqueta de su alto esposo, Marlene aún tenía los ojos
demasiado abiertos. Tina se acercó a ella y le dio dos besos, quizá para sacudirse
de encima el nerviosismo con el que había vivido la escena. Cuando abrazó a la
francesa, aparte de percatarse de que sus pezones continuaban erectos, sintió algo
que la recorrió como un escalofrío. Como si se hubiera colado, por un momento, el
aroma de la muerte: el miedo era su heraldo. Con un pálpito que le descomponía el
cuerpo, Tina se marchó deprisa. Quería dejarlo atrás.

Aquellos días no eran buenos para ella. Estaba muy nerviosa. El empresario
Juan Carcellé, su representante, la había llamado y advertido de que era
considerada desafecta.

—Carne de fieras, carne de fieras… ¡nosotros somos la carne para estas fieras!

—Calla, hija, sé prudente. Nadie debe oírte esas cosas —le decía
Constantina, su madre.

Con la ayuda de Armand Guerra, que habló con responsables del sindicato
de espectáculos anarquista, Tina consiguió salir de la lista negra y comenzó a
actuar en los espectáculos que se montaban para lograr ayuda para los heridos,
medicinas o armas para el frente. Era una actividad frenética, actuando por la
mañana y tarde en la película, por la noche en los festivales, pero así conseguía
disipar la difusa amenaza que en caso contrario, se hubiera cernido sobre ella.

Por fin llegó, para el director, el día ansiado del último plano. Aunque no
todos los días, los leones habían podido engullir carne de burro o de caballos
muertos en el frente, hasta que se pudo acabar el rodaje, a finales de agosto. Fue
una emocionante despedida, con foto final tras las rejas. Después de actuar en
festivales de apoyo a la causa republicana, Marlene Grey, su marido Jack Sidney y
el domador Georges Marck, partieron hacia Francia en un camión donde
transportaban también sus fieras. Comenzaba el período del montaje. Armand
Guerra ya bullía y sabiéndose no imprescindible, encargó a su segundo, Parrilla, el
final del proceso de la película, para lo que le dejó un guion escrito e instrucciones
precisas. El director de cine no tardaría mucho tiempo en partir hacia los diversos
frentes de guerra, con un equipo de filmación, para registrar aquella lucha épica de
los trabajadores. En Madrid, también la guerra se dejaba sentir, aunque aún no
había llamado a sus puertas. Lo peor estaba aún por llegar.

***

Juanito Carcellé, una mañana de esos primeros días de guerra, había


telefoneado a Alady al piso que tenía en la calle de La Escosura, cerca de Quevedo.
En la calle sonaban tracas de disparos, de carreras y de gritos. Entre ese ruido de
fondo el empresario tenía que hacerse oír levantando la voz:

—¡Alady, sal de Madrid tan pronto como puedas! A ti y a Tina de Jarque los
revolucionarios les han declarado facciosos y los van a matar, ¡vete cuanto antes!
La Jarque ya está avisada.
—¿Y por qué me quieren matar a mí?

—No lo sé. Lo único que sé es que los de la FAI han venido a encargarme un
programa de variedades para un asunto benéfico, y cuando os he puesto a los dos
en la lista, ellos os han borrado. Han dicho de Tina los tramoyistas que su
camerino siempre estaba lleno de admiradores aristócratas y monárquicos. Eso le
da fama de facciosa y la han puesto en la lista negra.

Eso sólo podía significar una cosa, y los dos lo sabían. Primero eran
considerados desafectos y luego podía venir la eliminación física, al arbitrio de
cualquier milicia. El tachado no sólo era simbólico, era un aviso del que no se
podía prescindir.

—¡Caramba! —exclamó—. ¿Dónde está ese comité?

—En el paseo del Cisne…

Alady no lo pensó más y se presentó en el piso de la FAI. Preguntó por el


encargado de los programas de los festivales artísticos benéficos. Le señalaron un
hombre mal encarado vestido con un mono con correajes de los que colgaba una
pistola. Quizá eso fuera lo que espoleó al artista a hacerse el fuerte:

—Escucha, compañero: ¿por qué me has tachado del programa del festival
que hacéis en el cine Monumental?

—¡Porque eres un artista que no sabes más que trabajar para los ricos! —dijo
de repente el otro, que lo había visto venir.

—¿Por qué dices eso?

—Porque sales en esmoquin.

—¿Y por eso me vas a borrar de los programas? ¿Porque salgo en esmoquin?
Eso es una simpleza… ¿No llevan esmoquin los camareros? ¿También son
facciosos por eso?

Un tipo alto que escuchaba la conversación, tomó la palabra, con acento


barcelonés:

—Tiene razón este hombre. No es justo que porque salga a trabajar vestido
de esmoquin se lo moteje de faccioso. ¡Haciendo estas barbaridades no ganaremos
la guerra! Deja que trabaje con los otros artistas.

El peso de aquel responsable fue decisivo para que a Alady le dieran


permiso para trabajar. Lo contrario era colocarse una sentencia de desafecto, muy
peligrosa para los días futuros, llenos de furias incontroladas.

Partidos, sindicatos y comités, en aquella primera hora de la guerra,


utilizaban para sus fines a los artistas que se encontraban en Madrid. La FAI, la
CNT, Izquierda republicana, los socialistas, los comunistas, el POUM, todos hacían
y deshacían, organizaban festivales y más festivales. Y no se podía decir que no a
ninguno, en aquel tiempo de lealtades y sospechas. Entre tantos espectáculos,
Alady coincidió una noche con Tina en el Apolo. La función era a beneficio de los
heridos, mutilados de guerra y para los hospitales de sangre. Los dos hablaron de
Carcellé y de cómo habían tenido que ir al comité para que no les consideraran
fascistas.

—Yo nunca he entendido de política, Alady, lo mismo que tú, lo mío ha sido
actuar desde muy pronto, y no sé quien tiene razón o no, o si la tienen todos, no sé,
en esta tragedia de la guerra ya he perdido mucho en lo que había invertido. Mi
granja en la Ciudad Lineal fue asaltada por un comité de milicianos. Suerte tuve de
salvar un par de gallinas. No sabes qué berrinche, lo que yo he hecho por esa
granja. Y luego la llamada de Juanito. Menos mal que estaba haciendo una película
con un director anarquista, Armand Guerra, y este ha intercedido ante la CNT para
que me dejaran actuar. Bueno, y a ti, ¿cómo te va? También veo que estás en la
rueda de las funciones, no hay manera de escaparse. Si estás, mal, pero si no estás
es mucho peor.

—He llegado a trabajar en un día en veinte actos… ¿Qué te voy a contar? Y a


veces, sin poder tomar ni un bocado. Hasta el conductor del coche que me llevaba
decía que eso sí que era una explotación… Ellos que dicen que van a acabar con
ella…

—Shiss, baja la voz, ya sabes que las paredes oyen. Si no fuera por lo que es,
lo terrible de la guerra, esto sería de risa.

—Y que lo digas. Te voy a contar lo que me pasó hace poco, en una función
de estas. Unos revolucionarios armados hasta los dientes, con bombas de mano y
fusiles ametralladores nos vinieron a buscar, a los que estábamos actuando en una
actuación benéfica para que acudiéramos a un festival que habían organizado en el
cine Capitol. Eran de las JSU o de los socialistas, qué se yo, ya sabes que tampoco
entiendo mucho. Cuando llegamos, y antes de empezar, el lugarteniente del gran
jefe nos advirtió:

—Después de la función, nuestro jefe dirigirá la palabra a los asistentes. Si


cuando hable alguno de vosotros se ríe, será su última risa.

Todos actuamos con el cuerpo encogido. Al acabar el espectáculo, el


mandamás ordenó que saliéramos todos al escenario. Y aquel hombre que debía
ser una fiera en el campo de batalla, comenzó a tartamudear y a lanzar un discurso
que no se acababa nunca. Al final, en plena angustia, gritó por tiempos:
«¡Vi…vi…va la…lau… nión del pro… le… ta… ta… riado mun… dial u… nido
prác… prácticamente!».

Era para partirse. Pero estábamos más serios que enterradores, porque el
tipo que era su ayudante, acostumbrado sin duda a este tipo de situaciones, estaba
entre bastidores apuntándonos con un fusil. ¡Nunca me ha costado tanto
aguantarme la risa! ¡Ni una risa ha podido costarme tan cara!

—¡Ay Alady!, eres el único que me ha hecho reír en estos tiempos tan
trágicos. Sabes sacarle la punta a la vida.

—Me acuerdo del negro Buby Curry… Debe estar en Londres o en París…
Ese sí que era un maestro del humor, más que del jazz. Yo siempre le decía en
broma que lo suyo era hacer reír, pero que mejor no lo intentara en mi compañía,
porque yo no me podría cambiar por él bailando charlestón… Tenía un gran
sentido del humor. Era fantasioso y muy divertido.

—¡Y sentido del amor! Se había gastado todo su capital haciendo el amor…
¡Qué tiempos! No sé si volverán algún día.

—¡Por fuerza! Esta locura acabará. O al menos, se acabarán los teatros y los
artistas, a este paso, con el tute que nos dan, van a acabar con la curtura, como dice
Pastora Imperio. En estos meses de guerra, donde no sabes por donde te vienen las
bofetadas, a mí cuando me presentan una persona desconocida, en vez de decir:
«Tanto gusto», le digo: «Tanto susto»…

—¡Ay, no sigas Alady! ¡Tengo tantas ganas de que acabe todo esto!, que sea
como un mal sueño. No tengo más que miedo. Yo, que nunca lo he tenido al salir al
escenario, o a irme de gira, ahora tengo casi permanentemente mariposas en el
estómago.
***

El miedo. Emoción nueva, paralizante. Como cuando Marlene ante los


leones. Mi familia me había educado para domesticar el miedo. Mi tía María Pilar
me había enseñado algunos números del trapecio. Concentración, era su palabra.
Aprender a dejar el miedo escondido en algún lugar, concentrarse en el ejercicio,
en la posición del cuerpo, el equilibrio. Una vez que la mente se encargaba de
coordinar todos los músculos, no había espacio para el miedo. La vista, sobre todo,
enfocada en un punto lejano, siempre adelante, sin mirar abajo. Aunque era una
niña y aquellos ejercicios se hacían con red, aquel adiestramiento me sirvió
después en mis primeros pasos en la revista. Aquel, el del escenario, era otro
miedo, el miedo al público, al fracaso. No era la sensación de afrontar un peligro
físico, sino un miedo más difícil de tratar, que parecía esconderse y aparecer de
pronto, entorpeciendo, nervios que en un segundo, podían echar a perder o
deslucir un número. Aquellos temores podían tener o no la misma raíz, pero sí
tenían algo en común, y era el antídoto: el trabajo, el ensayo casi permanente,
costumbre heredada de la disciplina del circo, disciplina que había vivido siempre
en mi familia. Aún después de estrenados los números, estos se ensayaban hasta
que alcanzaban la máxima perfección.

A medida que superaba etapas, de canzonetista, con diecisiete años, cantante


de cuplés, pasando a vicetiple y después a tiple, aquel miedo se había ido
diluyendo, aflorando en momentos de estreno, en algunos lugares de gira,
escenarios con público difícil, ante apuestas arriesgadas como los espectáculos de
jazz o coreografías más avanzadas. Aquella profesión de la farándula tenía altibajos
y no todos los espectáculos triunfaban, por más amor que le pusiéramos autores,
intérpretes y empresarios. Aún actuaban elementos que tenían que ver con la
suerte o la oportunidad, con la simpatía o antipatía, con un determinado número o
canción, con algo que captaba el público y que se precipitaba como un éxito o un
fiasco. Ese era un miedo relativo, el del fracaso una vez llegados al éxito y la fama,
la necesidad de mantenerse en lo más alto, de exigirse nuevos retos y seguir
triunfando.

Algunos pequeños reveses habían provocado que adoptara una decisión


práctica de asegurarme el futuro, y para conjurar aquellos miedos de un retiro que
llegaría tarde o temprano, había invertido en la granja una porción de mis
ganancias. Otra buena parte, como muchas vedettes, la había invertido en joyas.
Dinero que se podía lucir y que era un seguro. El oro y las piedras preciosas nunca
bajaban de precio.

Aquellos habían sido mis miedos, miedos a los que siempre me había
impuesto, pero este miedo, el miedo que trae la guerra, es distinto. Es terror difícil
de controlar en muchos momentos, donde la tensión afluye a la cara y se expresa
en forma de lágrimas, un vacío se posa en la boca del estómago y entonces lo único
que quiero es salir corriendo, las piernas torpes ante ese ataque del cuerpo. Mover
los pies, me había dicho mi padre, para que se mueva el mundo debajo de ti, y eso
hacía. Cuando los nervios me comían, ponía música de jazz y ejecutaba un número
para nadie. Quizá para Isabel, la criada, que se quedaba arrobada mirándome.

Aquel miedo era difícil de espantar y cuando cesaba el arrebato, volvía con
toda su fuerza, paralizante, amenazador, intuyendo muertes y tormentos, sangre
derramada. No podía hacer nada contra él, excedía a mis posibilidades, no
desaparecía con la respiración o la concentración, con ejercicios de estirar
músculos. Me había dado cuenta de cuál era la característica de aquel miedo, lo
que lo hacía invulnerable, imprevisible, azaroso en la guadaña, loco. Era el odio.
Me parecía imposible no haberme percatado antes. Media España odiaba a la otra,
quería hacerla desaparecer.

Mi hogar, de artistas de circo, era un hogar sin estrecheces, salvo en algunas


malas temporadas, y había vivido en ese ambiente único de los artistas. Y de ahí, al
poco, el triunfo llevó a mi camerino marqueses, banqueros, aristócratas,
aventureros, actores, escritores, empresarios, políticos: gente de fama y postín me
habían requerido en amores, a veces llenando mi camerino de flores, el último el
del Banco Urquijo, compañías con las que jugaba, sin enredarme nunca, ya
desengañada del amor, aunque sin ser del todo insensible a los halagos. A veces
dejaba que mi corazón, y sobre todo mi cuerpo, disfrutara de los placeres y
entonces elegía a quien me llegara más, sin importarme grado o profesión, y
siempre con el sello de lo irrepetible, única manera de no atarme, temor tal vez a
enamorarme, a sufrir de nuevo, corazón roto que ya no es igual, aunque rehecho.

Aquellos amores pesaban ahora y eran lastres a los que se enganchaba mi


miedo. La guerra me había puesto en una situación difícil, yo que no tenía
ideología. Aunque las amistades me habían advertido que algo iba a pasar, nadie
se esperaba que aquello degenerara en guerra feroz, sin cuartel. Guerra que ahora
está en las afueras de la ciudad, en las mismas calles donde caen las bombas con su
cosecha de muertos. Estos meses pesan como años. Tras los sucesos del Cuartel de
la Montaña y la suspensión de las actividades teatrales llegó el rodaje de Carne de
fieras y enredada en ese trabajo empecé a ver todo lo que ocurría. Antiguos amigos,
admiradores, todos partidarios de los sublevados, habían huido o se habían
escondido. Circulaban rumores entre algunos de los que estaban en el rodaje, de
«paseos» y asesinatos, el alma ya en vilo, y se temía preguntar por aquellos a los
que no veías.

Juanito Carcellé había llamado y me había advertido. Estaba en la lista negra


de la CNT-FAI. Fue cuando el miedo, cada vez mayor, que había ido sintiendo en
torno mío, araña que teje su tela, se había disparado dentro de mí. Quizá habría
sido mejor hacer caso a Juanito y haber salido de inmediato para Valencia y luego
Barcelona. Pero me había quedado, yendo a buscar a Armad Guerra,
presentándome en el sindicato de actores, reivindicando mi participación en los
espectáculos populares. Conseguido aquello, ese miedo pareció contentarse y
quedarse como música de fondo, decidida ya a salir de Madrid en cuanto tuviera
oportunidad.

Después ha venido el episodio que ha conseguido amargarme y que me


duró noches y noches de lágrima y rabia. Cuando vi el aspecto desolado de mi
granja vacía y destrozada al acudir, llamada por el cuidador. Asaltada por
milicianos, apenas quedó nada tras la «requisa». De todos mis animales, los únicos
que se han conservado son las dos gallinas que me traje al piso y que están
encerradas en la cocina, el ponedero en una jaula de la despensa. Así al menos
tenemos huevos frescos, un lujo en el Madrid del asedio. Eso cuando ponen, ya
que entre los estruendos y entre los ladridos de mi caniche están las pobres en un
sinvivir, como yo.

En la granja todo desapareció, los cerdos, las gallinas neghor, los conejos,
engullidos por el estómago obrero o los mandamases, palabra que los partidarios
del orden aplican a los responsables, a los comités y organismos que se ha
multiplicado en este Madrid del caos. Con el avance de las tropas nacionales y la
huida del gobierno a Valencia, he intentado sin éxito que mi madre fuera
evacuada. Pero ella se ha negado a salir sin mí. Y yo, de momento, no veo la
manera. Se multiplican los actos para galvanizar a la población, actos para
fomentar la resistencia, y no puedo negarme. Aunque mi mente, mi ánimo, se
encuentren muy lejos de aquí y de esa causa que todos —convencidos o forzados
por las circunstancias— dicen defender hasta la muerte.

***
París, 15 de agosto de 1939

—Hola Montes.

Volvía del club de jazz al que últimamente se había aficionado cuando le


hablaba otra figura escondida en la oscuridad. Iba a tener que cambiar de hostal:
demasiada concurrencia. Aunque no era la voz de Manuel Báez, le resultó
conocida. Se asomó para intentar distinguir aquella silueta recortada en la escasa
luz del callejón. Julián vio entonces a la persona cuya sombra temía desde
Toulouse. El mismísimo Eliseo Melis.

—¿Qué quieres?

—Que charlemos un poco. Tenemos amigos parecidos.

—¿A quién te refieres?

—Lo sabes de sobra. El mío es amigo de Lucio.

Julián no contestó. Por un momento sopesó la posibilidad de ejecutar allí


mismo a Melis. Tenía la pistola en la mano, enfundada en los bolsillos de la
chaqueta.

—Me han dado un mensaje para ti. Debes mandar una carta. Sabemos que
has hecho progresos.

No sabía que lo enfurecía más, si tratar con un traidor o esa especie de plural
en el que le englobaba también. No, no estaba dispuesto a eso.

—¿Y tú quién coño eres y qué es lo que te crees?

—No te hagas el puro ahora. Estás hasta el cuello.

—Es el tuyo el que peligra.

—Yo también tengo pistola. Y recuerda a tu hermano. Tienen la sartén por el


mango. Lo mejor es darles lo que piden, así le soltarán. Yo sólo salvo mi pellejo.
Quiero emigrar a México o Cuba.
Julián Montes estaba dispuesto a que aquel confidente no quedara sin
castigo, pero no podía cazarlo sin ponerse en peligro. Se juró a sí mismo que lo
desenmascaría, que haría justicia. En él se vengaría, seguro, cuando fuera el
momento. La chulería de un traidor lo sacaba de quicio y tuvo que contenerse.

—Lo haré. Pero que no te vuelva a ver o te meto un tiro entre ceja y ceja. Los
traidores acaban siempre como tienen que acabar, tarde o temprano.

—Por si acaso, tú tampoco te acerques a mí, Montes. Tengo el gatillo fácil y


recuerda que también puedo largar. No nos conviene a ninguno.

El encuentro con Melis lo turbó. No podía quitarse de la cabeza que de


alguna manera, también él era un traidor. La historia de Abel se le superponía
como un mal sueño. No podía ser igual, no podía caer en lo mismo. Había que
acabar con aquello y advertir a los compañeros sobre Melis.

Escribió una carta en la que le explicaba a Manzanedo parte de la verdad,


pero fue incapaz de mandarla. Aquella investigación no había finalizado. Faltaba
el desenlace final de la trama, su resultado, siempre inesperado.

«Quizás algún día», pensó. Cuando España hubiera sido liberada.


CAPÍTULO 12

Caminos cruzados

Son mujeres llamativas, altas y garbosas, la morena tocada con pañuelo, la


rubia con boina de medio lado. Visten abrigos caros, pero no de visón: el momento
impone. Esplendorosas, dentro de lo que se puede en aquel Madrid sitiado, del
dolor y la muerte, la guerra presente en todos los momentos de la vida. Salvo,
quizás, en el Aquarium, en la calle Alcalá, cerca de Cibeles, café del medio
elegante, donde los peces y el agua de los inmensos acuarios, con luces de colores,
transmiten una paz y una tranquilidad que faltan en el exterior.

Han acabado de actuar en el Teatro Fuencarral y cogidas del brazo, como


otras veces, cuando se conocieron en el Teatro Martín representando Las corsarias
en el año 33, van a rematar la noche. Entonces lo hacían en la chocolatería Doña
Mariquita o en Molinero, en la calle Alcalá, tomándose un chocolate o un té,
cuando ya las calles de Madrid eran sólo el hogar de noctámbulos recalcitrantes y
serenos de servicio. El panorama, ahora, es muy distinto. El Aquarium es uno de
los pocos lugares que permanece abierto, con sus altas columnas, sus barras de
caoba, semejante al lujoso salón de un transatlántico que, eso sí, navega en aguas
difíciles, entre bombardeos y arreos de guerra. El orden natural se ha subvertido y
en las puertas y ventanas se han levantado defensas de sacos de arena, para que el
estruendo y las ondas expansivas de los obuses no destrocen los cristales que
otrora daban al exterior, a una de las más espléndidas y exclusivas terrazas de los
cafés madrileños, allí donde se daba cita la intelectualidad, la farándula, los
políticos y todo el que se preciara de importante en la capital de España. Ahora
también pasan por aquí los importantes del momento: corresponsales extranjeros,
alto personal de algunas embajadas, miembros de la Junta de Defensa, cargos
militares, jefes de milicia y los habituales desocupados de todas las guerras. Es uno
de los pocos lugares donde aún se pueden consumir licores extranjeros, eso sí, a
precios prohibitivos para la inmensa mayoría de los madrileños.

Se oyen, lejanas, detonaciones que provienen del frente de batalla. En ese 25


de noviembre, aún se lucha por Madrid, pero es asedio que ya se intuye para largo,
detenidos los facciosos a las puertas de la ciudad, una ciudad que tiene a gala no
haber cerrado ninguno de sus dieciocho teatros, aunque algunos, los de la Gran
Vía, estén en plena línea de fuego, la llamada «avenida del 15 y medio». Los
bombardeos se producen en cualquier momento, incluso en medio de las
funciones, pero no por eso la vida se detiene o se interrumpen las representaciones.
Aunque luego, a la salida, se contemple aquel paisaje de la desolación trufado con
algún muerto o herido.

Las dos mujeres, Isabelita García, vicetiple del Teatro Martín, y la famosa
vedette Tina de Jarque, se sientan en una mesa donde enseguida son atendidas por
un diligente camarero. Como es habitual, sobre ellas se centran las miradas
masculinas, la mayoría de la parroquia del bar. Entre aquellas personas, una
parece asistir a una aparición: el sevillano Abel Domínguez, responsable de
milicias, vestido con cazadora de cuero y gorro a lo Durruti, pistola en funda al
cinto. Rubio, de ojos claros, su cara, donde se aprecia el desaliño propio de los
luchadores de la libertad, luce barba de varios días. Aquel rostro grave, de
facciones agraciadas, se ha quedado deslumbrado.

—¿Quién es esa mujer? ¡Qué digo mujer, si parece una diosa! ¡Una auténtica
venus! —pregunta Abel a su compañero.

—Es Tina de Jarque —le informa José Acosta, el Abogado, su auxiliar en la


columna Extremadura-Andalucía, de la CNT—. Esa diosa, como dices, tiene
ínfulas de aristócrata, es hembra de mucho postín. Mujer de ricachones y
ambientes monárquicos.

El Abogado es más joven que él: tiene unos 24 años, es moreno y de pelo
rizado, delgado, muy bien parecido. Como todos, no se afeita en días y porta al
cuello el pañuelo rojo y negro.

—Pero, Abogado, la he visto anunciada en conciertos republicanos y hasta


en actos nuestros…

—Pura fachada, ¿tú crees que esa mujer es de nuestra causa? Semejante
belleza pica más alto, olvídate.

—¡Pues la voy a controlar mañana mismo! —anuncia Abel Domínguez—.


Esa no se nos escapa. En cuanto salga, la seguimos para ver dónde vive. Si es
desafecta, lo pagará.

—Además, dicen que todas estas cocottes de lujo tienen joyas que les han
regalado sus amantes —añade el Abogado—. Botín de lujo para la causa.

—Yo la seguiré a pie, y si coge un coche, tú y Abdón la seguís en el auto con


discreción. Vete a decirle que esté preparado.

Mientras el miliciano sale a advertir al chófer que espera no muy lejos de la


puerta, Isabelita y Tina charlan en la mesa, con aquel chocolate aguado que nada
tiene que ver con el que se bebía en Madrid antes de aquella locura de la guerra,
pero desde luego, de los pocos que se podían tomar ya en la capital, sometida a
escasez, colas y racionamiento, sombras del hambre que alcanzan a todos.

—Tenemos que irnos de aquí, Isabelita. Se lo digo a mi madre todos los días.
Hay que salir de esta ratonera. Lo que no sé es cómo. Juanito Carcellé está en
Barcelona desde hace un mes, está gestionando un estreno con cuplés y un
contrato en Brasil, en Río de Janeiro. Desde Barcelona salir será más fácil. Pero no
me dan el salvoconducto. Se ha evacuado a mujeres y niños, pero si lo pido yo, soy
sospechosa de querer pasarme al otro lado y desconfían.

—Si no fuera además por esa lata de los conciertos… Todos los días estamos
enredadas. Y en una de esas nos cae un obús… ¡Todo el centro está destrozado! A
veces no puede una andar por la calle, con tanto cascote… ¿Has tenido noticias de
él?

—¡Shisss…! Ya sabes lo que dicen los carteles —dice Tina bajando la voz—.
Las paredes oyen. No, no he tenido ninguna noticia desde que uno de sus
abogados me contactó, pero luego a ese enviado lo han detenido. Supongo que
sigue esperando en París o Suiza. El problema es pasar la frontera. Si pudiera pasar
a Francia, todo estaba hecho. Él me protegería, mandaría a alguien… En fin, eso no
sería obstáculo. Una vez en Francia podemos ir a América, a Brasil. Allí tuve un
éxito tremendo. El caso es salir.

—¡Quién sabe! Están a las puertas —esta vez es Isabelita quien baja la voz y
se cerciora de que nadie la oye cerca—. Quizá esto acabe pronto.

—No sé, tengo mucho miedo. Desde que empezó la guerra no vivo. Temo
que me va a pasar algo. A María Caballé la han herido y le han matado a un hijo.

—Sí, ha sido terrible…

Son sólo unos segundos de silencio, que cae entre ellas mientras respiran y
exhalan un leve suspiro. Tina recuerda a su compañera y amiga entrañable, y la
tragedia que le ocurrió en los primeros días de guerra, cuando, al atardecer,
asomada con su familia al balcón de su casa en la Colonia Iturbe, pasó un coche de
milicianos que les ordenó retirarse. Al no obedecer, según declararon luego,
abrieron fuego.

—Lo peor no es sólo que a ella le alcanzara una bala en el pecho, sino que
otra matara a uno de sus hijos. No he podido hablar con María, dicen que además
de herida, se ha quedado ida, es algo horrible.

—La guerra es un infierno y una locura…

—Una vez, en París, cuando tenía 8 años, una gitana me leyó la mano y me
dijo que me acecharía un gran peligro, que huyera de las guerras. Que mi vida
sería corta, pero intensa, que viviera todo lo que pudiera sin preocuparme del
futuro.

—¡Bah! Consejas de gitanas, no hay que hacerlas mucho caso —espanta


Isabelita los malos augurios—. Vamos, apura, hay que llegar a casa antes del toque
de queda. Ya sabes que a las nueve hay que estar dentro y con las luces apagadas.
¿Nos vemos mañana?

—Mañana estaré trabajando en casa con Álvaro Retana en los cuplés para el
estreno de Barcelona, les va a poner música el maestro Alberto Ruiz. Ya sabes que
tengo refugiado a Alvarito por unos días. A ver si Carcellé me da pronto una
buena noticia con lo de Brasil.

—¡Ojalá! —Isabelita iba a decir ¡Dios te oiga!, pero se contiene a tiempo.

Las dos mujeres pagan la cuenta y salen del local. Isabelita acompaña un
tramo a Tina rumbo a la plaza de Manuel Becerra. Tina ya no tiene el Erskine, y
tampoco es prudente desplazarse en aquel Madrid conduciendo un automóvil
propio, presa muy golosa para los requisadores de milicias y comités. Detrás, a
prudente distancia, las sigue Abel Domínguez, que rumia cómo va a ser el
momento de tener entre sus brazos a aquella diosa. La guerra le ha traído poder y
está dispuesto a ejercerlo, a pesar de sus creencias libertarias. En su cabeza se
mezclan sentimientos y sensaciones contradictorias. Una, la atracción sexual que
sobre él ejerce la vedette. Otra, la venganza que tiene contra las clases altas, rabia
por la huida de Sevilla primero y de Andalucía después, viendo morir a muchos
compañeros, aniquilados por los militares rebeldes, incapaces de hacer frente a sus
fusiles y a su táctica, la del terror, sucesos que, lejos de amedrentar a aquellos
desheredados, les han dotado de una determinación: la de morir matando,
haciendo todo el daño posible. En su caso, el ajuste de cuentas no es venganza de
clase, pues proviene de una familia con posibles. Pero ha elegido el camino de los
proletarios y esa furia contra los señoritos es furia también contra su familia, que
no quiere saber nada de él desde hace años, cuando tuvo que enrolarse en la legión
tras haber descubierto su padre la distracción de cinco mil duros del patrimonio
familiar para la revolución.

La ruptura ha sido total, y aunque lo siente por su madre, es sentimiento


compartido, y lo ha volcado en el folleto que ha publicado en Melilla, en la escuela
racionalista de aquella ciudad: «La familia y el anarquismo». En él afirma que la
única familia que tiene es la anarquista, la que lo ha acogido en su seno, que lo ha
cuidado y protegido en las cárceles, y a la que se debe en cuerpo y alma. Ahora hay
un enemigo que vencer y una misión que cumplir, y a eso se dedica en la
retaguardia, pagador de la columna Andalucía-Extremadura, casi cinco mil
hombres que han combatido ya en varios frentes, en alguno de los cuales casi han
sido diezmados.

Piensa en aquella misión, la de aprovisionar a la columna, y cómo ha tenido


que actuar para conseguir esos objetivos. Le ha cogido el gusto a la requisa
revolucionaria, y tampoco se le arruga el ombligo, como dice, fanfarrón ante sus
compañeros, cuando hay que dar un paseo. Ahora está en la caza, y sigue a Tina e
Isabelita, cogidas del brazo, hasta que se separan. Tina continúa hacia su casa, en
Alcalá 199. Cuando entra, Abel y los milicianos, que la siguen desde el coche, se
acercan y comprueban que su piso es el principal.

—Mañana, ya sabéis, a primera hora venís los tres, Abogado, Cantero, Pareja
y Abdón de chófer. Sin mostrar armamento, de paisano.

Abel monta en el vehículo, que enfila la dirección del cuartel general de la


columna Andalucía-Extremadura, en la calle Claudio Coello 112, el antiguo
convento de los dominicos.

***

París, 20 de agosto de 1939


La secreta angustia por las represalias que podrían ejercer sobre su hermano
—y que no podía comunicar a nadie— sólo se calmó cuando Julián Montes recibió,
semanas después, carta de su madre, mandada por terceras personas y que le llegó
a través de la Cruz Roja. Su hermano aún vivía, la condena a muerte no se había
cumplido. Tampoco parecía haber empeorado su situación. A pesar de que el reo
jamás lo hubiera consentido, su madre había apelado a la clemencia del caudillo y
quizá, hasta que este se pronunciara, aún quedaba alguna esperanza.

Los días pasaban. La guerra europea parecía precipitarse, inevitable, pero la


prioridad ahora para Julián era conseguir un trabajo, evaporado ya el dinero que
tenía. Tuvo que abandonar la pensión y dormir a salto de mata en habitaciones de
compañeros o albergues de indigentes. Por otra parte, su amigo Eugenie, al que le
unía ya una buena amistad, había sido movilizado, por lo que había desaparecido
también uno de los lazos que le unían a aquel lugar. Por fortuna, el idioma no
representó un obstáculo. Había ido mejorando su francés con rapidez, y ya lo
entendía tan bien como para conseguir un empleo en una empresa textil, aunque
en un puesto más bajo del que podía desempeñar, como urdidor, trabajando con
una devanadera donde los tejedores preparaban los hilos para las urdimbres. En
aquella empresa fabricaban por encargo especial del Gobierno francés uniformes
militares. Se esperaba de forma inminente el estallido de una nueva guerra con
Alemania y el ejército francés reclutaba a toda prisa soldados, trabajadores que
levantaran fortificaciones y obreros para las fábricas que alimentaban la
maquinaria bélica. Se hablaba de que los franceses querían reclutar miles de
hombres entre los españoles refugiados para las compañías de trabajo de
retaguardia, ante el más que probable conflicto con los alemanes.

Al poco de entrar en la fábrica, el tiempo pareció correr aún más rápido.


Montes se sorprendía en ocasiones mirando con los ojos semicerrados, como
cuando estaba en prisión, pero ahora lo hacía por una íntima sensación de vértigo,
de ser arrastrado por una velocidad imposible de controlar, un remolino que lo
engullía sin remedio. Todo parecía estar en efervescencia: el trabajo, las reuniones
con los compañeros, la posibilidad de embarque hacia Sudamérica. Hasta su
corazón se aceleró con un encuentro gozoso. Se llamaba Thérèse y trabajaba en la
misma fábrica. Todo había ido sucediendo sin darse cuenta. Su padre, viejo
combatiente de la guerra del 14, era socialista, pero simpatizaba con los
anarquistas, recordando que su padre había luchado en la Comune. El primer día
que Thérèse se lo presentó, aquel hombre de voz antigua y cavernosa le relató una
muestra del bravo coraje de su ancestro cuando sucumbió, el último de su
barricada, ante la entrada de los prusianos.
—Mais cette fois «No pasarán» les boches —le decía a Julián con un guiño,
amarrado a su vaso de vino, al final de las tardes, cuando acudía a su casa, donde
el español, por último, se fue a vivir. Aquella libertad y la naturalidad de las cosas
tenían fascinado a Montes, hasta el punto de que todo lo demás fue pasando a un
segundo plano. Dejó de frecuentar los círculos del sindicato, los mentideros del
exilio. Lo que importaba era acabar el día y volver con aquella muchacha de pelo
castaño y nariz respingona, unidos de la mano, cenar, escuchar con impaciencia
alguna de las historias o análisis políticos del padre y luego ir a la alcoba de ella,
abrazarla y perderse en sus ojos claros cuando hacían el amor, él temiendo, con
raro pudor, por los sonidos de los muelles de la cama.

—Mañana mismo traigo un poco de aceite de la fábrica y engraso el jergón,


le prometía a Thérèse todas las noches.

Pero aquel tiempo, elástico, que pasaba muy despacio durante el día y se
aceleraba por la noche, pareció de pronto ralentizarse, hacerse espeso, hasta
detenerse. De igual manera que la onda de los obuses en la guerra cuando caían
cerca. Tras el estruendo y la onda expansiva quedaba un vacío, una ausencia de
aire, de tiempo incluso. Como si la naturaleza aguardara un instante de tregua
para recomponerse. Así lo sintió Julián Montes tras el estallido de la II Guerra
Mundial, aquel 1 de septiembre de 1939. Había vivido una guerra y sabía todo lo
que significaba. Pensó, como nunca, en su madre y en su hermano. Y en su vida.
Nada volvería a ser igual, ni Europa, ni la humanidad. Comenzaba la batalla final
contra el fascismo. O lo destruían, o este les destruiría. Lo que se avecinaba iba a
ser infinitamente peor que la guerra de España. Antes de que el tiempo volviera a
correr, a recobrar su velocidad normal, aquella noche, Julián y Thérèse hicieron
varias veces el amor. Ya no importaba ni el ruido de la cama ni los sueños del
exilio en Sudamérica, ni siquiera el destino de su propia familia en una España que
había retrocedido décadas. Él sabía donde estaba su puesto y lo que tenía que
hacer.

***

El convento de Santo Domingo el Real, en la calle Claudio Coello, un edificio


de finales del siglo xix con fachada de ladrillo rojo, ofrece un aspecto discreto.
Dentro, sin embargo, el enorme caserón se extiende en multitud de galerías, patios
intermedios, huerta y cementerio de las monjas dominicas de clausura. Se ve que
ha tenido gran importancia. Allí se ha custodiado la pila bautismal de Santo
Domingo de Guzmán, recipiente de piedra blanca, considerada una joya del
románico, donde por tradición desde la Edad Media se bautizan los reyes de
España. De allí han sido expulsadas las monjas —algunas de más de 80 años—,
cuando el convento de los dominicos es asaltado y saqueado el 19 de julio,
expoliado lo que valía. Los asaltantes buscan la plata y el oro con los que está
forrada la pila, adornos repujados con esmero que representan las armas reales y
los escudos de la Orden de los dominicos. No encuentran los metales preciosos ni
los objetos sagrados, enterrados asimismo por las propias monjas. La pequeña
huerta y el jardín han sido cavados sin ningún resultado.

El 15 de agosto de 1936 se lo incauta la CNT para cuartel de la columna de


milicias Andalucía-Extremadura. La columna se ha creado días antes para agrupar
a la mayor parte de los afiliados oriundos de Andalucía y Extremadura que han
conseguido escapar de la zona ocupada por los rebeldes.

De esas milicias se ha encargado en principio a Carlos Zimmerman, figura


representativa de la CNT andaluza, de la que ha sido secretario general. Pero el
funcionamiento del cuartel anda dislocado, pues Zimmerman no puede dedicarle
la atención necesaria, tiene encomendadas misiones más importantes. Una de las
primeras cosas que hace, cuando llega con unos cuantos anarquistas, es devolver
un viejo ataúd, arrojado en el suelo, y medio abierto, al sótano de las sepulturas de
donde algún asaltante de los primeros días lo ha extraído.

Las paredes, desnudas de cuadros de santos, desaparecidas las imágenes, los


candelabros, todo lo de valor, albergan ahora carteles anarquistas, pancartas con
lemas combativos, instrucciones para cuidar eficazmente el armamento y el
reglamento de las milicias confederales confeccionado por el comité de defensa. En
las amplias dependencias, las celdas se convierten en almacenes y en habitaciones
de descanso para los responsables de la columna. Uno de los comedores se habilita
como dormitorio para las milicias, al igual que la capilla.

En la iglesia octogonal se hacen las asambleas y para todos los libertarios,


asomarse a un recinto como este es un gesto de satisfacción, la Iglesia, defensora de
los ricos, de esa derecha que quiere destruirlos, humillada. El paso de los hombres
va dejando su huella en el edificio que no está habituado a ese tipo de usos y que
se cuida lo imprescindible para que sirva de cuartel, punto de suministros y
almacén de armas para el frente. Semejante trasiego deteriora el lugar, a lo que se
suman las pintadas en las paredes y en los baños. La primera vez que Abel entra,
ya trasformado el convento, se encuentra con la gran sala de lo que ha sido la
iglesia, donde asoman las galerías enrejadas de varios pisos por donde las monjitas
seguían la misa.

—No me gustan las rejas. Parece que me siguen donde voy. ¡Malditas
cadenas!

—Yo también las odio, compañero. Pero conseguiremos abolirlas.

Aquel miliciano se presenta. Acaba de llegar del frente de Talavera. Se llama


Miguel Bernal León, pero su apodo es Pepe Pareja, natural de Arroyo del Cuarto,
al lado de Málaga, y ha luchado casi desde el principio, cuando le liberaron de la
cárcel de Alcalá de Henares y pidió un arma.

—Estuve con los primeros de la columna, un desastre, picha, un desastre.


Menos mal que ahora ya nos vamos a organizar mejor.

Pepe Pareja empieza a organizarse con Abel. Pronto son inseparables. Abel
le lleva a dormir al hotel de Ventura de la Vega que ha requisado él mismo por
procedimientos expeditivos. Ya sabe la pasión que despierta en el otro miliciano.
De alguna manera aquello le excita tanto como la caza de los quintacolumnistas.
Cuando están los dos solos adopta una actitud diferente. Se puede decir que
tontea, con la pechera abierta, o paseándose con calzoncillos del dueño de la casa,
en los cuales baila su sexo, dibujando la silueta. Allí, en su entrepierna se queda
imantada la mirada de Pepe Pareja y Abel disfruta. Y de pronto le corta, haciéndole
sentir su poder, el poder del deseo que ejerce sobre él. Le deja azorado y ardiente,
con la miel en los labios, cerca de su cara. Aquella seducción tiene un límite, y tras
varios escarceos, al final se revuelcan en la misma cama. Llevan alcohol, perfumes,
cigarrillos, y montan en el dormitorio la fiesta de su primera noche de amor. Gritan
de placer y luego contienen alientos y jadeos. Abel se muestra como un garañón
incorregible, montando a su compañero cada vez que quiere, dejándose chupar por
él. Pero no se presta a los besos que el otro le demanda. En la legión, donde se ha
iniciado, eso es considerado mariconería.

También son inseparables en el convento convertido en cuartel. Lo que


ocurre en aquel inmenso caserón no escapa de la general locura que se ha desatado
en Madrid, en España entera. Siempre hay movimiento: grupos que entran o salen,
pelotones de vigilancia, gente con suministros, milicianos que se tienden en el
patio o que animan los corredores con sus comentarios y tertulias, una chispa
anidando en todos los rostros, una palabra que corre, como la pólvora, ¡la
revolución! Allí está y aquellos hombres la están haciendo, son parte de ella. Pero
como mujer independiente y huidiza, la revolución se deja querer para escapar en
el último momento, criatura delicada naciendo entre dolores, flor que viene
acompañado del cardo de la guerra, la muerte de momento triunfando, siempre ha
sido difícil parir un mundo nuevo.

La guerra, la revolución, tiene ya sus caídos en ese toma y daca de los


primeros meses, los primeros entierros multitudinarios, luego la muerte más
cotidiana, despachada más rápidamente, no hay tiempo siquiera para lamerse las
heridas, los rebeldes arrasando en su empuje hacia Madrid. La ciudad está inmersa
en el vértigo y el caos, con la estela de los refugiados que llegan, de los evacuados
que se van, aún los «pacos», francotiradores que en la oscuridad de la noche —
impuesto el toque de queda y apagadas las luces— se cobran víctimas entre
milicianos de vigilancia o vehículos de las fuerzas del Frente Popular, o arrojan
una granada al paso de una camioneta con soldados.

No se puede propiamente hablar de checa, pero se habilita un par de lugares


de reclusión. Allí, en ese patio del convento se ha ejecutado a más de un carcunda,
tal y como se dice. Falangistas cogidos con las manos en la masa, disparando desde
los tejados o las torres de las iglesias. Desde que fue sofocada la rebelión en
Madrid, los partidarios de las fuerzas rebeldes se han alejado del hostigamiento
directo, muy expuesto ante milicianos que ya no son los de los primeros días. Pero
en aquellas jornadas de principios de noviembre, la Quinta Columna vuelve a
actuar e intenta completar dentro la labor mortífera de los que lo hacen desde las
afueras de Madrid, creyendo que ha llegado el momento del asalto final. Las
batidas y las bajas de unos y otros están a la orden del día o de la noche.
Vulnerables son sobre todo las grandes plazas y los cruces de calles cerca de sedes
obreras o cuarteles, donde se mueve la tropa.

Esa es la máxima obsesión, la bestia negra. La Quinta Columna que aguarda,


trabajando para los sublevados, socavando su resistencia, golpeando cuando
puede, anunciada imprudentemente por el general Mola en octubre de 1936. La
misión de las milicias de vigilancia de la retaguardia es erradicarla, y todos los
milicianos están pendientes, en las rondas nocturnas, de que no se enciendan luces
en las casas, ni se hagan señales luminosas en los tejados para la aviación. Más en
aquel barrio de Salamanca, cuna de facciosos, donde las porteras son ahora
dueñas, parece, de la vida y la muerte, capaces de acusar a sus señoritos, de delatar
sus idas y venidas. Porteros, porteras, criadas, la venganza servida en algunos
casos, en otros fieles a los señores de orden, lacayos con visión de futuro.

Aquella noche del 25 de noviembre, cuando Abel y sus acompañantes llegan


al convento, se encuentran con Pepe Pareja.
—¿Dónde os habéis metido? Os estaba esperando.

—La revolución nos llamaba. Estábamos localizando el objetivo, a quién


vamos a controlar mañana.

—Sí, y, ¿a quién?

—A una artista, una vedette. Debe de tener joyas —comenta el Abogado.

—Lo que está es muy buena —informa Abdón.

—De esas son las que le gustan al señorito.

Pepe Pareja mira a Abel con intención. No encuentra la mirada cómplice de


otras veces, sino unos ojos huidizos.

—Bueno, ya sabéis para mañana —recuerda el tesorero de la columna—. Tú,


Pepe, les acompañarás también. A primera hora, a las ocho, te presentas aquí para
prepararlo todo.

—Entonces, ¿vamos a casa? —pregunta entonces Pepe a Abel.

Una mirada furibunda le disuade de seguir. Cuando el resto del grupo


desaparece, Abel le recrimina.

—Podías ser más discreto. No hace falta pregonar. Y además, a veces no me


apetece. Como hoy. Así que haz lo que te dé la gana. No me esperes levantado.

—Lagarto, lagarto. Cuando te pones así te temo, se te pone una mirada… Te


entra la rabia y lo mejor es quitarse de en medio.

***

¿Y qué queda, después de todo? Queda la rabia. Una amarga, acre,


demoledora rabia ante la impotencia de no poder hacer frente al enemigo, ese
enemigo que no es sólo de ahora, sino de siempre. Los militares y los curas, los
terratenientes, los patronos, lacayos del capital, esos que sólo ven en los hombres
brazos para trabajar, fuerza bruta que explotar, esos que no ven como se consumen
esos seres que les sirven para sus propósitos de disfrutar de las cosas buenas de la
vida. Todo bendecido, eso sí, por los esbirros de la Iglesia, curas de barriga y boca
tronante y defendido por los fusiles y las bombas de los militares que nos han ido
exterminado desde el 18 de julio en Sevilla.

Queda la rabia, pero no queda sola, sino también la mancha del horror que
con su sublevación han desatado. Porque han sido ellos, los rebeldes, los que
empezaron a derramar sangre, y lo hicieron con crueldad inaudita, desmesuras del
que está acostumbrado a considerar al enemigo algo inhumano, como si no
fuéramos de la misma raza que ellos. Es violencia a la africana, que conozco
perfectamente. Esos perros han lanzado contra nosotros todo su poder de
aniquilamiento. Primero los legionarios, bien sé yo de su brutalidad, contra ella me
rebelé, por ella pené, y después los moros, aquellos a los que habían machacado
antes y que ahora están a su servicio.

Queda la rabia que de repente brota cuando veo todo lo que me he perdido,
y esa mujer ha venido a recordármelo. Exiliado del sexo, del cuerpo femenino,
acostumbrado a la cópula rápida con otros hombres, allá donde la necesidad
biológica apretaba, he apartado de mi vida al cuerpo femenino, que ahora me
llama con pasión cegadora. En esa pasión pienso caer, revolcarme, para probar
aquello de lo que he carecido, para poder comparar, para sacarme ansias y rabias
que me poseen como un mal aire metido en la cabeza.

Así pues, desatadas las furias, sólo queda la sangre, y en ella se ahogarán
nuestros enemigos de clase, sin duda, cuando llegue la hora de la victoria y
prevalezca la justicia de la historia sobre sus desmanes. Nuestra violencia
revolucionaria se queda chica comparada con la de ellos. Pero aunque los
machaquemos, aunque consigamos ganar, seguirá quedando la rabia, algo que
nunca se podrá curar del todo. Herida profunda que no tiene trato, sino la desidia
del tiempo echando arena, limando las aristas de ese sentimiento que ruge, bulle y
demanda violencia, devolver golpe con golpe, adelantarse a los acontecimientos,
acabar cuánto antes con los traidores que quedan en nuestras filas. Esos que se
emboscan en Madrid, que tienen dinero y joyas que requisar, lo que ayudará a
nuestros fines. ¿No han abierto la caja de Pandora? Pues que prueben también el
horror, la violencia y la sangre.

Que prueben la rabia.

***
Los tres milicianos, vestidos de paisano y con el pañuelo rojinegro, llegan la
mañana del 26 de noviembre en coche hasta el portal, el número 199 de la calle
Alcalá. Entran con estrépito en el portal y llaman enérgicamente en el principal
izquierda.

—¡Milicias antifascistas! ¡Abran enseguida!

Tina de Jarque y Álvaro Retana, en el salón, junto al piano, se levantan como


un resorte. Constantina, la madre de Tina, aparece en la puerta de la habitación.

—¡Virgen del Carmen! Un registro… ¡No, tú quédate quieta ahí, seguid con
lo que estabais haciendo! ¡Ya me ocupo yo de lo importante!

Aquella mujer ve llegado el momento de sus más negros temores. Con el


reflejo instintivo del peligro, entra en la habitación, saca las joyas escondidas
envueltas en un pañuelo y se reúne con la criada que, en el pasillo, no sabe si abrir
la puerta antes de que la derriben con los golpes.

—Un momento. Escóndete eso, entre la ropa. A ti no te registrarán.

Las joyas que, envueltas en un pañuelo se coloca la criada, casi al borde de


un ataque de nervios, representan todo el capital de Tina, su seguro, lo más valioso
en aquella casa.

—Si salimos con bien, serás recompensada. Y ahora abre.

—¡Ya va, ya va! —dice la sirvienta para espantar el miedo.

Se escucha el descorrer de cerraduras, tres, echadas a cal y canto. Abre la


puerta una mujer menuda, asustada, con temblor por todo el cuerpo.

—¿Quién eres? ¡Identifícate!

—Me llamo Isabel del Pozo. Soy la criada. La señora está trabajando en el
salón.

—¿Trabajando? Esto es un registro. Hay una denuncia de que aquí se


esconde un facha hijo de puta.

—Aquí no, desde luego. La patrona está ensayando.


Los milicianos entran. Detrás de ellos, la criada, en bata, no deja de temblar
de susto. Constantina espera en la puerta de la estancia.

—Y usted, ¿quién es?

—La madre de Tina de Jarque.

—Vamos a registrar el piso. Tenemos sospecha de que son desafectos y


ayudan a la Quinta Columna. Quítese de la puerta y siéntese —el que parecía el
responsable del grupo señala una silla que se ve a la entrada—. Delante de él, de
pie, Álvaro Retana y Tina de Jarque aparentan normalidad.

—Pero, ¿qué pasa? ¿A qué viene todo esto? Soy artista y estábamos
ensayando.

Los milicianos encaran aquella voz dulce y femenina, pero con presencia,
voz de artista, acostumbrada a proyectarse desde el escenario. Una mujer alta,
esbelta, de proporciones esculturales, les mira desde el centro de la habitación. Está
cubierta por una bata, un kimono japonés de seda que dibuja con elegancia el
cuerpo y deja poco a la imaginación. La melena corta, enmarca un rostro de ángel
del que destacan la fuerza e intensidad de sus ojos. Los milicianos, incómodos y
trastornados por aquella visión, hacen tiempo para salir del desconcierto. Les llega
el olor a perfume de una mujer como aquella, mil veces deseada y soñada, un
sueño siempre en brazos de otros, de señoritos de abultadas carteras, esos de
bigotitos finos, con mucho tiempo que perder…

—¿Quién eres tú? —pregunta el Abogado.

—Álvaro de Retana. Escritor, periodista republicano, autor teatral.

—Trae acá, a ver qué es eso…

—Un cuplé. También he hecho dos que ha estrenado Rosario «la Cartujana»:
«Lolita la miliciana» y «Tiros de Triana». Los artistas también estamos contra el
fascismo.

—¡Ya, ya, demasiada labia tienes tú!

Álvaro tiembla imperceptiblemente. Tina sabe lo delicado de su posición en


aquel Madrid sitiado. Había sido separado del servicio del Tribunal de Cuentas,
donde era funcionario, y aunque había recurrido, tenía la etiqueta de «desafecto a
la república». Estaba expuesto a cualquier arbitrariedad de las milicias. Por eso
Tina toma la iniciativa para desviar la atención.

—Compañeros, yo canto y actúo en los actos de la CNT-FAI, del sindicato de


espectáculos. Lo he hecho muchas veces estos meses. Precisamente ayer estuve
actuando en uno para vosotros en el Teatro Fuencarral. No soy desafecta, tengo
avales ¿queréis verlos?

—Otra que tiene demasiada labia —corta otro de los milicianos, el más
maduro, de cara redonda—. Voy a hablar con la criada a solas. No me fío un pelo.
Todo aquí huele a riqueza, a querida de lujo.

El miliciano desaparece con Isabel en la cocina y entonces el que dirige el


registro y la vedette se miran a la cara por primera vez. El hombre enmudece y la
pistola que porta con gallardía desciende con la mano, cansada ya de su peso. Tina
le mira con intención.

—Trabajamos en unos cuplés para mi próxima presentación en Barcelona.

—De momento calla y siéntate, ¡sentarse todos!

El miliciano que ha entrado en último lugar, permanece firme y estático en


la puerta de la estancia, como para evitar cualquier intento de fuga. El que
comanda el cotarro se acerca al piano y toca algunas teclas.

—Que hable más bajo, Cantero, se oye hasta aquí —dice mientras intenta
recomponer alguna canción, seguramente de la infancia.

—El piano es siempre signo de lujo, de casa de ricos.

—O de artistas. Yo me gano la vida con esto —replica Tina, que no quiere,


con su silencio, acentuar la sensación de miedo que va creciendo en su pecho.

—Ya, ya imagino como te ganas la vida.

Parece evidente que alguien la ha denunciado, y no ha servido de nada ni su


nombre ni su participación en los actos republicanos. Mira a su madre y en sus
respectivas miradas, las dos comprenden que ese instante que temían desde el
principio de la guerra ha llegado y están en peligro de muerte.

El tenso silencio, punteado por las notas que el miliciano intenta aún
arrancar del piano, es roto por la llegada de Cantero tras el interrogatorio de la
criada.

—La criada habla bien de la señora. Dice que lleva a su servicio desde que
llegó a Madrid, hace un año, que es justa, le abona su salario y ni la explota ni la
maltrata. Jura que es afecta, y la prueba es la cantidad de actos a los que acude
para recaudar dinero para milicias, hospitales y huérfanos.

—Registrad la casa —dice el responsable por fin, fuera de la mirada de


Tina—. Empezad por esos baúles de piel de ternera.

—Esos no son míos, sino de Pastora Imperio. Pastora tiene el piso en


Rosales, pero allí cayó una bomba y me llamó. Era muy peligroso vivir allí, han
evacuado el paseo. Le ayudé a irse a otro piso de unas amistades, pero es pequeño
y no podía llevar allí los baúles. Sólo tienen ropa de ella.

Lo comprueban, sacando prendas y haciendo alguna que otra gracia con


aquellos vestidos de faralaes y azabaches, que brillan como guiños de noches
remotas de éxitos y aplausos.

Momentos después, en la habitación del fondo, donde Tina guarda sus trajes
de pedrería y plumas, sus sombreros y zapatos, surge una voz que deja helados a
los habitantes de la casa.

—¡Qué hijos de puta! ¡Y sabía yo que eran fachas! ¡Y tienen las narices de
tener una bandera monárquica! ¡Muy seguros se creían aquí!

En un primer momento, Tina no reacciona. No se da cuenta del peligro que


corre, o no sabe interpretar las miradas de Retana, al que el miedo le empieza a
invadir.

—Pero eso tiene una explicación… —intenta aclarar Tina—. Esa bandera es
un recuerdo de la función que me dio la fama, En plena locura, en 1926. La del cuplé
«Soldadito español». Era cuando la guerra en África y la guardaba como otras de
mis cosas, de mis trajes de revista.

—A ver, déjame ver… —reacciona el Abogado— ¡Si está firmada nada


menos que por Primo de Rivera, el dictador! ¡Esto serviría para llevarte al paredón!

Aquella bandera ha sido el revulsivo que necesitaba, confirma su opinión de


que las vedettes son putas de alto copete de la clase parásita.
—Y hay más. Hay tarjetas del director del Banco Urquijo y de Juan March.

—El que está detrás de esos militares y aristócratas. Seguro que esos
criminales te regalaban joyas y también nos dirás que son recuerdos queridos.
Habla, ¿dónde las guardas?

—Las joyas que tenía las vendí antes de que estallara la revolución —recita
la lección aprendida Tina—. No tengo nada, lo perdí todo, hasta los animales de
una granja que criaba. La guerra ha sido una ruina para mí.

—Y más lo será. ¡Poned la casa patas arriba! ¡Huelo esas joyas! Y si no las
encontramos, tendremos que registraros uno a uno.

En otro momento y en otra situación, Álvaro de Retana se hubiera reído e


incluso habría hecho una gracia sobre ese registro personal. Era proverbial su fama
de atrevido en los ambientes del Madrid frívolo. Pero ahora, Retana no está para
bromas. Su olfato le dice que aquello puede acabar mal, muy mal, y que aquellos
milicianos vienen con un objetivo trazado. No se irán con las manos vacías.

—Señor, tengo que ir al baño, no aguanto más —pide la criada.

—No soy señor, sino compañero —responde el responsable—. A ver si te


enteras.

Isabel entra en el excusado y cierra por dentro. Quizá es ese sonido el que
dispara una idea.

—Qué curioso, Cantero. Va al baño cuando hemos amenazado con registrar


a todos.

—Sí que es curioso, Abogado —dice el miliciano plantándose en la puerta


del baño.

Todas las miradas, las de la madre, Álvaro y Tina, se han dirigido allí, lo que
no pasa inadvertido para los milicianos. El llamado Abogado hace un gesto de
mutismo con un dedo en los labios. Pero lo que supone astucia es en realidad lo
que trunca sus propósitos. No cuenta con la propia suspicacia de la sirvienta.
Sabiendo que es espiada, Isabel tiene una idea, la única que puede salvarla. Abre la
ventana. Supone que en el patio, las otras criadas estarán atentas a lo que ocurre en
el piso de enfrente con el jaleo de los milicianos. No se equivoca. La criada del piso
vecino espía por la ventana entreabierta, y se asoma al ver los gestos de Isabel. Con
el dedo en la boca como señal, intentando no romper aquel silencio, la sirvienta de
Tina saca el pañuelo con el envoltorio y con cuidado, intentando que los temblores
no la traicionen, lo arroja hacia el otro piso. Cierra con cuidado y tras utilizar el
inodoro, tira de la cadena y sale aliviada.

Al salir, Cantero le espeta:

—Me huele a traición. Desnúdate. Si no quieres que te vean tus señoras, aquí
mismo, en la puerta del baño, que yo te vea.

—¡Pero eso es denigrante! —exclama Tina.

La indignación de la vedette y de su madre por lo que podía considerarse un


atropello, encubre el sobresalto que las agita por dentro. Si descubren las joyas,
aquello puede torcerse del todo. Ya está fea la cosa, pero con el botín, no quieren ni
pensar lo que harían aquellos hombres.

—Si no, te vienes detenida al cuartel.

Isabel duda, tal y como conviene a su papel, y se desnuda con protestas.

—Mucho compañeros, compañeros, ¡guarros es lo que sois!, lo único que


queréis es ver a una mujer en cueros.

—Deprisa, no tenemos todo el día.

De haberse podido santiguar, la madre de Tina lo hubiera hecho. De todas


maneras, su oración a lo alto parece funcionar. A la criada, en bragas y sostén, no le
encuentran ninguna joya, pero la tensión no se afloja, antes al contrario sube de
tono cuando el Abogado ordena:

—Registrar el baño, palmo a palmo, hasta el depósito de la cisterna. Si no las


tiene encima, tiene que haberlas escondido allí.

Isabel, ya vestida, intenta tranquilizar con su semblante seguro a las señoras


que, con la mirada perdida y ausente, sólo esperan el grito feliz del que encuentre
el paño con aquellos pendientes y collares de brillantes, sortijas de rubíes, aquellos
adornos de oro y piedras preciosas que eran su bien más preciado.

Aquel grito no se produce, y burlados, los milicianos, que registran


concienzudamente el cuarto de baño, tienen que admitir que no hay ninguna joya
escondida.

De todos modos, la decisión está tomada. El Abogado ha decidido llevarse al


cuartel no sólo a Tina, sino también a Álvaro de Retana. Tina se empeña en
evitarlo.

—Es el autor de las canciones, con quien estaba trabajando. Mira las
partituras, son letras de cuplés… No vive en esta casa, había venido sólo al ensayo.
Y todo el mundo sabe que Retana es republicano. Incluso ha ido a los mítines con
mono de obrero.

—Pero eso sí, de seda… —se atreve a frivolizar el bohemio escritor y ángel
de la noche—. Demostrar miedo ante aquel matón puede ser mucho peor. Se lo
podemos preguntar por teléfono a la agrupación de actores de la CNT, donde
estoy afiliado. Allí me conocen bien.

—Por esta vez te libras. Pero tú no, así que prepárate, te vienes detenida al
cuartel. Allí veremos a ver lo que nos cuentas, y por qué guardabas esa bandera.

—Isabel, llama a mi amiga Isabelita García que no venga.

—¿Quién es esa? ¿La rubia de ayer? —se le escapa a Cantero, ante la mirada
de reconversión del Abogado.

Tina no contesta. Aquella frase significa que aquel registro no es casual. Van
a por ella, y el miedo comienza a subirle por las piernas. Pero no puede demostrar
temor.

—Al menos, dejarás que me cambie. No voy a salir así.

El trayecto hasta Claudio Coello lo hacen en coche, Tina chocando las


rodillas con las del Abogado, entre las sonrisas de los demás, sonrisas de cazadores
ante una presa que no puede escapar. A lo lejos se oyen las explosiones del frente
en aquel Madrid sitiado.

Pasan ante ella, como vapores de un sueño, la visión fantasmagórica de la


ciudad que se defiende del asalto de los rebeldes: las calles machacadas, los
esqueletos de los edificios alcanzados por las bombas, bombas facciosas que casi
nunca alcanzaban el barrio de Salamanca…

Algo más de diez minutos tardan en alcanzar el convento de Santo Domingo


el Real, en la calle de Claudio Coello 112, un edificio de ladrillo con un patio
delantero donde se veía una garita y sacos terreros protegiendo la entrada, una
fachada de ladrillo rojo con dos campanarios en lo alto. En el centro del frontispicio
se apreciaba el hueco donde antes se hallaba una escultura de Santo Domingo de
Guzmán y que ahora, bajada de su hornacina, yacía apartada y deteriorada en una
esquina.

En la garita, un centinela saluda a aquellos hombres, que, después de bajar


del coche, pasan un momento por el cuerpo de guardia, una dependencia a la
derecha de la iglesia, el lugar donde se decía que había estado la pila bautismal de
los reyes de España. Es un altillo sobre la iglesia, frente al altar, que ahora ocupa
un estrado.

Al entrar en el recinto, Tina siente miedo. En un rincón de la gran sala


octogonal distingue otras mujeres, vestidas con mono azul y pañuelo rojinegro al
cuello. Son las queridas de aquellos milicianos, se dice, y ninguna piedad podrá
esperar de ellas. Peor aún, sus miradas son más agresivas que las de los propios
hombres, sensibles a la belleza al fin y al cabo. En ellas ve una mirada de envidia,
de desprecio.

Un hombre joven y bien parecido, vestido con una cazadora de cuero y el


pañuelo de las milicias libertarias llega hasta ella. Se ve que tiene ascendiente sobre
los que le rodean, tal vez sea el jefe, o como los anarquistas dicen, el responsable.

—Aquí tienes a Tina de Jarque.

—Muy bien, ahora nos ocuparemos de tu caso —dice echándole una mirada
de arriba abajo, mirada de reconocimiento, de deseo, que Tina conoce bien. Ella
corresponde con sonrisa amable y seductora, lo que puede dentro de las
circunstancias.

—Pepe, ven conmigo.

El tercero de los milicianos de aquel registro, aquel de mirada más


inescrutable, el que protegía la salida, se adelanta y los dos desaparecen por una
puerta del fondo. Tina les ve alejarse, y oye la frase erizándose su piel:

—Menudas apariencias. Es todo un monumento. Bendigo el gusto del


aristócrata que se la esté tirando —dice Pepe Pareja—. Esta, la única causa que
defiende es la de nuestros enemigos, o en último caso, su vida y sus intereses.
***

Tras intentar calmar a su inconsolable madre, que, presa de un ataque de


nervios, solloza y no sabe qué hacer, a quién acudir o llamar, Álvaro Retana sale
con una maleta con sus pertenencias de la casa de Tina y busca otro refugio en
aquel difícil Madrid. Vuelve a su casa de Manuel Silvela, que aún conserva la
huella del paso de los incontrolados. Allí deja sus cosas y acto seguido se dirige a
buscar ayuda al Sindicato de Actores de la CNT. No las tiene todas consigo, y se le
hace un nudo en el estómago al pensar el riesgo al que se expone. Se ha afiliado al
sindicato impulsado por las circunstancias, para dejar sin efecto el expediente en el
Tribunal de Cuentas donde trabaja, y levantar la acusación de desafecto a la
república que lo pone en situación peligrosa. Tina le ha salvado en el registro y
ahora su amiga está en peligro de muerte. Tiene que hacer algo por ella. Se
sobrepone a su miedo, nervios desbocados corriendo por su cuerpo que le
producen algún tic descontrolado, desagües de su desazón. Necesita a alguien con
contactos y resortes dentro de la organización que pueda hacer algo por Tina.
Nadie mejor que el director de cine anarquista Armand Guerra puede intervenir en
su favor para evitar cualquier atropello. El cineasta conoce bien a Tina, con quien
hace poco filmó una película y seguro que podrá interceder.

Aún se siente en la ciudad la onda expansiva que ha producido la muerte de


Buenaventura Durruti, cuyo féretro sigue su peregrinación y duelo hasta Barcelona
para ser enterrado. Uno de los lugares donde más se siente es en el cuartel de su
columna, en la calle Miguel Ángel 29, el número contiguo al del Sindicato de
Actores. Fuera del edificio, y a pesar del frío y de la noche, se ven grupos de
milicianos fumando con rostro sombrío. Dentro del edificio se registra actividad,
aunque con el abatimiento escrito en la cara.

No está el secretario, el actor José Alted. Manuel Guerra y un tal Carolo son
los únicos que permanecen en el caserón, antiguo palacio del duque de Sotomayor
y dedicado a albergar las oficinas del sindicato desde que Durruti lo había
incautado. Ahora Durruti ha muerto, reina cierta confusión en los dos edificios,
donde se alternan las oficinas del sindicato con dependencias donde duermen los
heridos de la columna: hospital de salud y casa de los actores al mismo tiempo.

Álvaro de Retana pregunta por Armand Guerra, a quien no conoce


personalmente. Le preguntan el motivo y explica que viene para hablar con él de
parte de una común amiga, la vedette Tina de Jarque.
—¡Ah, esa! Menuda belleza. Ahora será amiga suya, pero antes, la tal Tina
era una de las cantantes preferidas de los monárquicos —le responde Carolo.

—Siempre tenía el camerino lleno de «verdes», ya sabes, los de «Viva El Rey


De ESpaña», según cuentan los tramoyistas. Pero ahora se arrima al sol que más
calienta —remacha Manolo Guerra.

—Necesitaría hablar con el compañero Armand Guerra —insiste Álvaro. Es


algo importante y que urge.

—El compañero Armand Guerra está muy ocupado rodando en el frente


una serie de «estampas guerreras» para la propaganda de las milicias de CNT,
jugándose el bigote, como el resto del equipo. Empezaron hace una semana, el 18
de noviembre. Estuvieron en los combates del parque del Oeste y el compañero
cámara, Beringola, fue herido por fuego de metralla. Desde entonces está en una
habitación de este sanatorio de actores y el médico dice que tiene para largo.

—Pero, ¿dónde está Armand ahora?

—En el frente. Según me dijo ayer por la noche, allí se duerme mejor que en
la ciudad, donde los aviones no nos dejan ni un minuto en paz. Me dejó de una
pieza con este comentario —gesticula Manolo Guerra mirando hacia la zona del
cielo más iluminada, la de la zona de Moncloa—. ¡Para huir del peligro se va al
frente! ¡Es un ser extraño y paradójico! Lo mismo tarda, o igual ni vuelve hasta la
noche o mañana.

—Entonces me voy —contesta Retana—. Pero, por favor, decidle que llame a
casa de Tina de Jarque. Es urgente.

—Descuida —dice el responsable con desgana.

***

En el cuartel, Tina espera en la gran sala octogonal de la iglesia, vigilada por


dos milicianos. Aunque aparenta tranquilidad, los nervios la devoran por dentro.
Aquello es peor que los estrenos, cuando a pesar del oficio, un pellizco le atenaza
la boca del estómago instantes antes de aparecer en público. Ahora su público no
es solo masculino. Las milicianas del fondo la miran con dureza, como si su
presencia, con aquel abrigo, fuera un insulto. Apenas va maquillada, un toque de
carmín en los labios que resalta su belleza. Debajo del abrigo, un sencillo vestido
gris. Sabe que está en peligro. La única persona que conoce dentro de la CNT-FAI,
el loco de Armand Guerra, se había ido a filmar al frente después de haber rodado
aquella extraña película, Carne de fieras. Es su única posibilidad real, ya que aquel
jefe miliciano que ha recibido a Tina no le da buena corazonada. No sabe qué es
peor, conocer que ambiciona sus joyas o su cuerpo. No debe tener mucha
experiencia el responsable con las mujeres o al menos esa impresión le ha dado y
rara vez se equivoca en esos temas. Mientras piensa, Tina se impacienta cada vez
más. ¿Cuánto más tardará aquello? ¿Qué está ocurriendo?

Aquel lugar le produce náuseas. De pronto, fija su atención en un cartel


pegado en la pared. Es el reglamento de las milicias confederadas, en el que entre
otras cosas, se consideran faltas graves la deserción y el pillaje, así como la
amenaza de que todo aquel que actúe al margen de las milicias será considerado
como faccioso y sufrirá las sanciones que el comité del batallón determine. Otros
carteles confederales hablan de la lucha del pueblo, de la necesidad de derrotar al
fascismo y de hacer la revolución, así como aplastar y erradicar a los
[Link] se siente mareada. Todo aquello es un vértigo.

—¿Podría salir a tomar un poco el aire? Me ahogo. Sufro un poco de asma —


dice a uno de los vigilantes.

—Espera, voy a avisar al responsable.

—¿Qué quiere? —pregunta de manera brusca Pepe Pareja, que ha entrado y


salido de la sala en la que está recluida Tina. Cada vez que lo hace le dirige una
mirada que la vedette siente fría, hostil… Es una de esas miradas significativas,
llenas de desprecio que parecen preguntar: ¿quién es esta puta fina? O, a mí no me
la vas dar, querida de los fascistas: tu belleza es de las que se cotizan entre los mal
llamados grandes de España.

—Salir a tomar un poco de aire fresco —se adelanta Tina—. Tengo un poco
de asma.

—Llévala al cementerio de las monjas —ordena a Serapio Gutiérrez—. Mira,


este es de los tuyos. Quiero decir, de la farándula. Es un gran guitarrista, aunque
los dedos le sirven para muchas cosas. Te va a llevar al sitio del cuartel con más
espacio, las tumbas están puestas entre flores.

La última frase es aclaración ante la cara de susto de Tina, que se percata de


la evidente mala baba que destilan aquellas palabras. El miliciano que le conduce
hasta el cementerio, después de atravesar largos pasillos y corredores, le dice
supersticioso:

—Yo no me quedaría mucho tiempo aquí. Los lugares donde hay muertos
traen mala estrella. O, como dirían los flamencos, lagarto, lagarto…

Tina sale y toma un poco de aire que al principio le sienta bien. Se aleja unos
pasos entre la vereda de vegetación que marca la calle entre las tumbas. Es al poco,
cuando después de mirar al cielo dirige su mirada a la pared del fondo. Aquellas
marcas… Se acerca y está a punto de desmayarse cuando descubre que las
manchas marrón oscuras son huellas de sangre. Allí han fusilado a alguien. Con las
piernas temblando vuelve a la puerta.

—Tienes razón. Volvamos a la sala. Mejor estar en un lugar de vivos —dice


con una voz casi inaudible.

Pero la vuelta no es mejor. Abel la espera y junto con el Abogado, la llevan a


una celda donde, bajo una luz mortecina, y sentada en una silla de madera casi
desvencijada, comienza un interrogatorio que en otras circunstancias podría haber
sido calificado de extravagante.

—Sabemos que tienes sentimientos derechistas. El poseer banderas


monárquicas lo demuestra a las claras. Eres una mantenida de la clase alta.

—Lo de la bandera ya lo he explicado. Era el recuerdo de un número de una


obra que fue un gran éxito en mi carrera. Yo sólo soy artista.

—¡Y qué artista!, de las caras. De las que tienen amoríos con los personajes
adinerados, aristócratas, militares, esos parásitos sociales. Tienes muchas fotos con
ellos…

—Me he hecho fotos con muchos admiradores. Hasta políticos, como


Indalecio Prieto.

—Me interesa más «el que te habla», ese canalla de Juan March.

—No lo sé, hace mucho tiempo que no lo veo.

—El pájaro de cuenta voló semanas antes del golpe… El muy cabrón…
Sabrás sus señas…
—No.

—Es inútil que niegues. Mira que te puede costar caro, ¿dónde está?

—No lo sé.

—Abogado, déjame a solas con ella.

El auxiliar de Abel sale de la estancia.

Tina sabe que están tentándola. No en vano los periódicos republicanos le


achacan a Juan March un papel importante en la conjura que ha acabado en el
levantamiento militar.

—Eres una desafecta. Mis compañeros quieren que te demos el paseo.

Tina se muestra incapaz de decir nada. Está paralizada. Las piernas le


tiemblan, y de no estar sentada, se hubiera ido al suelo de la flojera. La angustia le
ha hecho enmudecer. Sin embargo, algo en la cara de aquel mandamás dice que es
amenaza que no va a cumplir.

—Hay gente que me conoce y me avala —puede por fin decir.

—No te preocupes, yo no soy de la opinión de mis compañeros. Además,


sólo tienes que hacer una cosa para que no tengas nada que temer.

Tina se huele lo peor, lo más sórdido. Aquella figura le produce un


sentimiento mezclado de odio y repulsión, pero tiene que contenerse y poner su
mejor cara de circunstancias.

—Tienes que prometerme que mañana vienes a comer conmigo, a mi casa.


Bueno, a la casa que he requisado.

Tina baja la cabeza, asintiendo. Hará lo que sea necesario para salir de allí,
para volver a ver la luz del día. Al fin y al cabo, es un hombre, y sabe manejarlos.
Sólo hay que respirar y espantar el miedo, nudo de hielo paralizante que recorre el
cuerpo y se instala como huésped indeseado.

Pero no es la única en sentirse desconcertada y en peligro. A su manera,


Abel siente algo que no había previsto hasta ese momento. No acierta con las
palabras, hasta ese punto su turbación. Vive como en un sueño, flotando. Se siente
hechizado y al mismo tiempo teme romper el hechizo. Y ella, que conoce a los
hombres, se da cuenta de que la baza aún no está perdida y con la misma dulce
sonrisa afirma, segura y colaboradora:

—Ya verás que no soy desafecta.

El anarquista está seguro de que la mirada y el mohín, entre pícaro y


gracioso, con el que ha acompañado la frase, van destinados a hacerle mella. Y lo
han hecho. Se pregunta cuándo acabará aquel momento mágico, en qué pliegue del
tiempo se halla y cómo se sale de él. Fascinado por aquella cara y aquella figura,
desarmado en lo más profundo de su ser, lleno de deseo, sabe que su mundo ha
quedado trastocado. Ya había empezado a sentirlo cuando la vislumbró en el
Aquarium.

Pasa más de una hora. Una hora y un minuto en el reloj de la felicidad de


Abel. Y en ese tiempo, todo ha cambiado. La guerra, su vida, el mundo. No se
separará de aquella criatura.

—Te acompaño al coche que te llevará a casa. Te dejo bajo vigilancia hasta
mañana. Si no, mis compañeros no me lo permitirían. Tengo una responsabilidad
en esta lucha.

En un gesto que en principio achaca a un buen indicio, Abel agarra a Tina


del brazo. Si a ella el cuerpo no acababa de obedecerle del todo debido al miedo,
Abel se encuentra como borracho. El perfume y el contacto físico con aquella mujer
no lo dejan pensar bien, con la rabia acumulada con que lo hace al enfrentarse a sus
enemigos.

José Acosta, el Abogado, acostumbrado a interpretar las miradas de Abel, lo


nota desconcertado, casi ausente, como si toda la determinación de «controlar» a
Tina de Jarque, incautarse de sus joyas y castigar su desafección, se hubieran
esfumado. Lo comenta en la puerta con Pepe Pareja, que tiene aquel día una
mirada afilada, extraña.

—A ver si están camelando a nuestro contador.

—Ese león tan fiero no conoce las malas artes de las mujeres. Y esa es una
buena pájara. Todo el mundo lo dice.

No todos saben, tan bien como él, que Abel apenas ha conocido mujer,
arrastrando su juventud en las cárceles, luchando por la causa. Cuando Abel
vuelve de acompañarla, recibe los comentarios sarcásticos de Pareja.

—Vaya, parece que esa fulana te ha ablandao. Tenías mirada de cordero, tú


que no has vacilao nunca…

—Y no vacilaré cuando sea menester. Pero intuyo que es mejor no tomar de


momento una decisión precipitada.

—El Cantero y el Abogado dicen que están seguros de que la madre y la hija
ocultan algo. Esa tiene las joyas en alguna parte. No las ha vendido.

—Pues mayor razón aún para tenerla vigilada. He quedado mañana a comer
con ella.

—¿Cómo que mañana vas a comer con ella? —pregunta extrañado Pepe
Pareja—. Ya veo, intentas ser amable, que confíe en ti. Puede que trabaje para la
Quinta Columna.

Durante varias horas, hasta que no puede más, Abel escucha las opiniones
de sus compañeros, seguros de la culpabilidad de Tina. La piedad y el deseo que
pugnan por asomar a sus ojos se desvanecen un tanto, y en su lugar surgen las
ansias de desquite, el demostrar a aquella «diosa» que él no es tonto, que está en su
poder y que puede hacer de ella lo que quiera.
CAPÍTULO 13

La vida es circo

Cuando Isabel abre la puerta y se encuentra con su señora, se le ilumina la


cara:

—¡Ay señora, qué miedo he pasado por usted! —exclama la criada, incapaz
de acostumbrarse al tuteo revolucionario que marcan los tiempos. La alegría se le
corta de cuajo cuando se percata de que detrás de ella vienen también dos de los
milicianos que horas antes se la han llevado.

—No te preocupes, Isabel, estoy bien. Me han puesto bajo vigilancia.

A partir de aquel instante, apenas tiene Tina un momento a solas con su


criada. Está bajo sospecha y los milicianos no creen en la versión de las joyas
vendidas. Tarde o temprano, con la presión adecuada, tendrán la pista.

La comida se celebra al día siguiente en el piso que Abel ocupa en la calle


Ventura de la Vega. Pepe Pareja permanece en el cuarto de al lado. Cuando se abre
la puerta con el camarero del restaurante que trae las viandas y las bebidas, Abel lo
ve allí, con cara de pocos amigos, vigilante y vigilando. Tina, de espaldas a la
puerta, despliega toda la seducción de que es capaz. Siente el odio del otro
miliciano, aunque suponga otra causa, y no los celos, sentimiento terrible, que en
aquellas situaciones de guerra, fuera de control, pueden ser mortales. Pero Tina
ahora no puede pensar en eso. Ha llegado con gran presencia de ánimo,
repitiéndose mentalmente que puede salir de aquella situación comprometida,
producida por aquella bandera monárquica. En los primeros días del miedo, su
madre le había aconsejado que la quemara, pero el asunto después se había
olvidado. Ha preparado explicaciones sobre la bandera, pero ni siquiera Abel
quiere hablar del tema. Él sabe que la tiene en un puño, y piensa aprovecharse de
la situación.

Todas esas fuerzas de las que se ha armado parecen abandonarla al llegar al


piso requisado de Abel. Cualquiera que la conociera lo notaría en su cara, en ese
entrecejo levemente arrugado, en ese imperceptible temblor de piernas, ese
azoramiento de la voz. Aquello es tan mezquino que su sensibilidad se siente
atacada. Que tenga que ceder ante ese chantaje —y quién sabe los que vendrán
después— por salvar la vida, se le antoja, de pronto, excesivo. No merece la pena,
murmura para sus adentros, pero su instinto de supervivencia —y el de protección
hacia su madre— surgen incontenibles y anulan su conciencia. Hay que vivir, hay
que huir, precisamente para no verse sometida a violencias como aquellas.

A pesar de las amabilidades, como retirarle la silla para que se siente, gesto
sin duda ensayado, Tina se percata de que aquel hombre se comporta de manera
fría y calculada. Seguramente ha temperado sus impulsos iniciales, fruto de la
influencia de sus compañeros, para los que ella no es más que una facciosa a la que
hay que quitar de en medio. Así pues, tiene que ir con pies de plomo.

—Nunca he comido con una vedette, ni con alguien como tú.

«Y de no ser por esta puñetera guerra jamás lo hubieras hecho», piensa Tina,
que, por el contrario, despliega su mejor sonrisa.

—Verás que somos gente normal. Con nuestro corazoncito, desgarrado


también por la guerra. Somos personas a las que le gusta la sonrisa, el humor, la
belleza, y la guerra es lo peor que nos puede pasar, nos afecta muy profundo, aquí
dentro —dice señalando el corazón.

—Pues imagínate yo, que he perdido amigos y compañeros a manos de los


fascistas. Esos que son tus amigos y te visitaban en el camerino.

—¿Qué culpa tengo si el ambiente de la revista es así? Yo no puedo evitar


que nadie me mande flores si le gusta la función…

—Ni que te manden joyas, tampoco. Es muy raro que en estos tiempos no
hayas guardado algo para el futuro…

—Ya lo expliqué. Vendí la mayoría antes de la rebelión, porque me arruiné


con la granja que tenía en Ciudad Lineal y tuve que pagar deudas. Y lo que quedó,
se malvendió para poder comer hasta ahora. ¿Qué tengo que hacer para que os
convenzáis?

—Por ejemplo, ofrecerme tu piso para mi oficina. Así, además, conmigo allí
estarías segura. Nadie te molestaría y yo podría responder por ti.
Tina calla. Sus temores se confirman. Aquel canalla la quiere sólo para él.
Está entre dos fuegos. Si dice que no, es muy probable que Abel la deje en manos
de sus compañeros, y el paseo será inevitable. Y si dice que sí, lo que le repugna,
está por completo en sus manos. Intenta ganar tiempo.

—Pero mi casa no está acondicionada para eso… Además, allí vive también
mi madre.

—No creas que se va a instalar un cuartel… Yo solo, con mi oficina de


pagaduría. Eso sí, dormiría allí… Y si alguno de mis compañeros necesita
quedarse, que duerma en un sofá, no te molestarán.

Ya está dicho. Ella es el objetivo. El depredador ha mordido la pieza, y no la


quiere soltar.

—¿Y si digo que no? ¿Me declararás desafecta? ¿Me pegarás un tiro?

—¿Me ves capaz de hacerte algo así? ¿A ti?

—No podría dejar que vivieras en mi casa con mi madre allí. No lo


soportaría.

Es la última tentativa para retrasar lo que parece ya inevitable. Tina domina


la indignación e intenta sacar algún partido. Abel calla, con esa imagen, que ella
tan bien conoce, en los hombres que se sienten fascinados por su belleza. Pero hay
un gesto, tal vez ese entrecejo, que no le gusta nada.

—Además, quiero evacuarla, quitarle el peligro de los bombardeos de


Madrid. Quiero que se vaya a Barcelona. Yo mismo estoy preparando un número
de cuplés en Barcelona. Pero el asunto del viaje está complicado.

—¡Eso no es ná! Si ese es el problema, ya está resuelto. Si quieres mandar a


tu madre a Barcelona yo mismo te pongo el coche. En dos días puede salir.

Tina no espera una respuesta así. Piensa que podía obtener una semana tal
vez para maniobrar, intentar zafarse de aquel garañón o incluso huir de Madrid.

—Pero come, mujer, come. Cualquier decisión hay que tomarla con el
estómago lleno. Si lo sabré yo, que me he muerto de gusa en las cárceles de media
España.
Tina ha perdido por completo el apetito. Un nudo en la garganta le impide
tragar bien. Le atenazan los nervios y teme traicionarse a cada momento. A veces
duda si confesar y entregarle a Abel las joyas con el compromiso de que las deje en
paz, pero sabe que eso, ya, no es posible. Ha decidido dejar todo atrás, la casa, con
todo lo que contiene, sus muebles, sus cuadros, sus trajes y recuerdos. Todo,
menos las joyas, como le recuerda su madre Constantina, que aún piensa en salir
de aquel país que se ha vuelto loco y rehacer la vida en otro lugar. Al menos, hasta
que acabe todo y puedan volver. Tiene que transigir, aparentar componenda.
Quizá desde Barcelona pueda intentar la huida.

—Iré yo a acompañarla. Quiero asegurarme de que está bien instalada.

Abel afila la cara, arruga más aún el entrecejo.

—Primero tu madre, luego tú. Cualquiera pensaría que queréis huir.

—Si quieres, ven conmigo.

—Yo no puedo. Tengo obligaciones. Iros las dos. Llévate el auto y a Abdón y
al Abogao, pero dejas a tu madre y vuelves aquí o te pego un tiro… ¡Qué es broma,
chiquilla! Llevas escolta de lujo, mi reina, para que no te pase ná… Ya sabes, la
llevas y regresas, esa es la condición. Así será todo más tranquilo…

De vuelta a casa, cuando los milicianos que la acompañan enfilan la cocina,


Tina puede hablar a solas con la criada en el salón.

—Escucha Isabel. Un tal Abel, comandante de las milicias, se va a instalar


aquí, con su oficina, hasta que se convenza, él y los demás, de que soy afecta.

La mirada de Isabel es lo suficientemente explícita para que Tina le aclare:

—No he podido hacer otra cosa. Era eso o algo que no quiero ni pensar…

—Mire, señorita —contesta la criada— a ver si va a ser peor el remedio que


la enfermedad. Que se sabe cuándo los hombres entran en tu vida, pero nunca
cuándo van a salir y sobre todo cómo. No me gustan nada estos locos de la FAI…

—Este es un tiempo de locuras, nada está en su sitio. Nada es lo que parece.


No creo que me haga daño y, en cualquier caso, puede ayudarme a salir de
Madrid. Ahora tengo que preparar el viaje a Barcelona con mi madre para mañana.
No le digas nada de esto a ella, no quiero que sepa nada.
Al menos, piensa Tina, que su madre no conozca el precio que tiene que
pagar. Eso la amargaría y no la dejaría en paz en Barcelona. Y si se entera
finalmente, al menos que no esté presente.

—Si llama Álvaro Retana, dile que estaré aquí en dos días.

—Llamó hace unas horas. Dijo que no había podido localizar a Armand
Guerra, pero que le dejó recado.

En un alarde de audacia, las joyas han sido recuperadas por la sirvienta —


que ha salido con la excusa de comprar víveres—. Es situación incómoda y
peligrosa, porque los milicianos sospechan continuamente de todas y de todo, pero
que se resolverá si consiguen sacarlas de Madrid con ese viaje.

El 28 de noviembre de 1936, el coche con Abdón Torres, José Acosta, el


Abogado, y el Cantero llega a las tres de la mañana. Tina y su madre esperan ya
dispuestas, sólo con dos maletas, las de la madre, y un bolso. Las joyas van
pegadas a la piel de Constantina con esparadrapo. Su volumen es adecuado para
aquel cometido y no desentona.

Es viaje de muchas horas, tedioso y lleno de silencios entre las mujeres, en el


que el cansancio y la tensión de tantos días desembocan en sueños intranquilos de
los que se despiertan con las cabezas apoyadas la una en la otra. Al llegar el día,
cercanos ya a Valencia, otra luz y otro sol, otro aire, avivan a Tina y a su madre.
Los dos milicianos sentados delante, llevan poca conversación, y las dos mujeres
detrás, al lado del Abogado, se hablan con la mirada.

Pasan las horas y los kilómetros. El viaje a Barcelona desde Madrid, que
llevaba sus nueve horas habitualmente, se convierte, gracias al desvío por
Valencia, en un maratón de casi veinte en el que deben parar de vez en cuando por
fuerza. No sólo debido a los numerosos controles de la carretera, sino también para
aprovisionarse de combustible o comer y beber. Afortunadamente, a partir del
«levante feliz» se encuentran más establecimientos con alimentos —en Madrid
escasean— y la tensión de la guerra se relaja, hasta casi olvidarse. Tina deja a su
madre en Barcelona con las joyas, en casa de Conchita Cisneros, artista muy amiga
de Tina, que vive en la Gran Via de les Corts Catalanes, entre el frontón
Novedades y el hotel Ritz. Apenas instalada su madre, Tina, siempre vigilada de
cerca, visita a su representante, Juan Carcellé, que ha llegado de Madrid hace un
par de semanas. No le quitan la vista de encima ni un minuto. Habla de su posible
debut, del trabajo que está haciendo con los cuplés y vuelve a Madrid con la misma
compañía. La despedida de su madre es desgarradora. Ella aparenta normalidad,
sobre todo para dar ánimos a Constantina, pero está desecha por dentro. Le hace
falta toda la presencia del escenario, la respiración, para no derrumbarse allí
mismo.

—Bueno, mamá, tengo que marcharme. Estarás bien en la casa de Conchita.


No te preocupes, en unos días estaré aquí, todo saldrá bien, ya lo verás.

—¡Ay, hija, hija, ten mucho cuidado! ¡Esta maldita guerra! ¿Cuándo acabará?

—Cuando acabemos con todos los fascistas y los que les ayudan —corta en
seco el Abogado—. ¡Vamos, Tina, no tenemos todo el día, no queremos que se nos
haga de noche!

—Sí, porque todos los gatos son pardos —añade Abdón, el chófer, que había
llevado el peso de la conducción salvo algunas horas que le había relevado su
compañero.

Mientras tanto, el mismo día de la salida para Barcelona, Abel Domínguez se


instala en la casa de Tina. Aquella, piensa la sirvienta, es la cara de un hombre
terrible, con porte desafiante y mandón, a pesar de sus bellas facciones. «¡Qué Dios
nos asista!», piensa.

Allí, en el despacho de Tina, establece el anarquista la oficina de pagador de


guerra, su cargo en la columna. Eso parece justificar la cantidad de dinero que
maneja, así como joyas procedente de requisas. Varios milicianos empiezan a
frecuentar la casa, aparte de los ya conocidos, como Miguel Perdigones Sánchez,
un sevillano que se turna con el joven Abdón en las tareas de chófer. Al día
siguiente, tras una paliza de coche, llega Tina, deshecha, muerta de sueño.

—Menos mal que ha llegado, temía por usted —le dice la criada.

Aprovechando un descuido de la férrea vigilancia, Isabel le confía sus


temores en la cocina, los nervios a flor de piel.

—No sabía si la iba a volver a ver. Oí al chófer la orden que tenían de


matarla si pretendía escapar.

Tina ya conoce el peligro que la cierne. Intenta pensar con frialdad, no


dejarse llevar por la desesperación. Viendo a Abel ya instalado, Tina demora lo
inevitable un día más.
—Estoy reventada. Tengo que dormir, si no, no doy más de sí —dice antes
de retirarse a su habitación.

Aquel día Abel se acuesta en la habitación de invitados y apenas puede


dormir. La criada lo siente pasear por la habitación, inquieto, durante toda la
noche, dando vueltas alrededor de la puerta de su señora.

Es cambio profundo, resultado de la guerra y sus avatares, y predecesor de


tiempos difíciles. A fines de noviembre, cuando acaba la fase más virulenta de la
batalla de Madrid y los facciosos cambian de táctica e incrementan los
bombardeos, Abel Domínguez se ha enamorado locamente de Tina de Jarque. De
una manera ciega, irracional, Abel ya no piensa en otra cosa que en poseerla
cuanto antes, en ejercer su poder sobre aquel cuerpo que se le antoja divino.

La situación se torna angustiosa. Ningún habitante de la casa, y mucho


menos Tina, puede abandonarla a su voluntad. Dos milicianos, de la confianza de
Abel, permanecen de guardia si este se ausenta para ir al cuartel de la columna o a
alguna de sus ocupaciones. El contador de la columna aparece por la noche, con
olor a lociones caras, a perfumes sin duda requisados, y se encierra con Tina en su
dormitorio.

Al principio, Tina piensa que Abel, una vez satisfecho sexualmente, se


contentará, bajará la guardia. Por ello, se emplea para que no falte caricia,
habilidad o técnica por descubrir. Lo tiene fácil. Abel no sabe de mujeres, tal vez
algún beso, algún encuentro torpe y primerizo con prostitutas. Se desmadeja
cuando Tina le acaricia con esencias y aceites, deslizándose por su piel. Ella intenta
que su cara le sea más simpática, una cara que, aunque curtida por el sol y los
avatares de la vida, no le ha quitado un cierto aire angelical, con aquellos ojos
claros. Hay un instante en que casi lo consigue. Pero luego surge enseguida la
inseguridad de Abel, que después de bajar a infiernos de lujuria y deseo, en los que
se llega a poner la ropa de Tina, y sus bragas, no la quiere perder de su lado, en
una relación asfixiante, mórbida, insana. Abel se torna Caín. Como esas flores que
se acaban pudriendo en el invernadero. Y Tina baja a esos abismos, y si al principio
lo anota como un sacrificio, pronto parece contagiarse de la locura, enajenarse.
Como si después del espacio de esa cama el mundo no existiera: necesita olvidarse
de la muerte, que aguarda fuera, imperturbable. Una vez que sale de allí no
desaparece nada, no se esfuma, la pesadilla continúa.

Aquellos días de diciembre pasan de desigual manera para los relojes de


Abel y Tina. Semanas le parecen a ella, minutos a él. Las horas se consumen en
preparar la comida, oír la radio y en encerrarse a hacer el amor. Tina se ha
arrepentido pronto de su papel complaciente, de su pérdida de control. Esa locura
sin límites de Abel puede acabar con ella, no ve la forma de resolver la situación.
Necesita cambiar de escenario, salir de Madrid. Intenta hablarle, conseguir que él
mismo se percate. Otras veces ha tenido que proceder de forma parecida. Sólo que
en esta ocasión se le mezclan las cosas y presiente que no será fácil.

Algunas noches, Abel se sienta al piano y tienta las teclas, recuerda


canciones y ejercicios.

—No creas que soy un inculto. Estudié música. Estuve cinco años en la
banda de mi pueblo, algo sé. Luego dejé la música, fue una de las cosas que
sacrifiqué por la revolución…

—Pero dime, ¿nunca has visto una revista?… De variedades, quiero decir…
Ya sé que a mí no me has visto, pero, ¿has asistido alguna vez a un espectáculo de
varietés, a un cabaré, a una zarzuela?

—No podía permitírmelo. Cuando no estaba en la cárcel no tenía dinero. Y


si alguna vez lo he tenido, lo he gastado en otras cosas. No me gusta el género
frívolo. Ni siquiera conozco a estrellas que todo el mundo conoce. Oigo nombres,
sí, Estrellita Castro, Celia Gámez…

—No mientes a esa, creo que ya se ha largado de este infierno, encima le ha


servido que es argentina, qué suerte tienen algunas… ¿Y el circo? Supongo que sí
conoces el circo… Yo aprendí en el circo, se puede decir que nací casi en medio de
la pista. Toda mi familia ha sido de la troupe del circo: Malabaristas, trapecistas,
payasos. Mis tíos y primos, equilibristas, contorsionistas… Yo iba para eso. Mi
padre me enseñó malabares con los pies. Además de payaso, Tonitoff, mi padre,
fue antipodista, como mi tío Casimiro, utilizaba esas habilidades en algún número.
Cuando ensayaba con él me decía: «Veras, menina, no hay nada como tumbarse en
el suelo y levantar las piernas, sosteniendo un objeto imposible: una silla, un
bastón. Parece que estemos levantando la tierra», y me echaba una pelota grande
donde estaba dibujado el mundo. «Tina, vas a tener el mundo a tus pies. Pero te
voy a contar un secreto. Para poder levantar el mundo y poderlo manejar hay que
hacerlo bailar, que no se esté nunca quieto. Hay que mover los pies». Desde
entonces he movido los pies. Y hasta ahora creía que podía manejar el mundo,
llevarlo de una pierna a otra, suspenderlo en el aire, hacer que se diera la vuelta.
Pero el mundo se ha vuelto loco.
—¡No te desesperes, chiquilla! Esto se acabará tarde o temprano.
Ganaremos. Aunque la guerra ha dejado de interesarme. Sólo pienso en ti, en
nosotros. Me gustaría que pudiéramos empezar de nuevo en una tierra nueva,
alejada de la civilización y de los vicios y pecados de los hombres, de sus locuras…
Oí hace tiempo a compañeros hablar del Brasil, de la Argentina, de América. Hay
países enormes, donde poder internarse en la naturaleza y vivir de lo que produce
el campo y los animales… ¿No te gustan las granjas? Allí, en México, en Brasil, en
Argentina, podemos tener una de cientos de hectáreas.

—No me hables de granjas. Después del disgusto que me he llevado con la


mía, se me han atragantado.

Huyendo de la guerra, aquella realidad que le atenaza, causa además de la


irrupción de Abel en su vida, Tina recurre a repasar los álbumes de fotos, las
galerías familiares de la pista o sus propias giras. Ante la curiosidad de Abel, que a
veces le pregunta por alguna de las fotografías, ella despliega momentos vividos,
sueños de lejana gloria. Épocas y lugares en los que se abisma.

Pero a veces ni siquiera el pasado la alivia. Entonces se refugia en un silencio


lejano o bien en la música de alguno de los cientos de discos que tiene. Le gustan
los americanos, esa música de jazz que inquieta a Abel. Tina lo ve dar vueltas por la
casa, intentar leer algo, y sólo cuando él ya no puede más, deja el gramófono y
conecta la radio, intenta distraerse con la criada, vestirse para la cena aunque no
salga de casa, asideros para que el tiempo transcurra más deprisa, que pase la
noche y llegue un nuevo día y se resuelvan los problemas. Su instinto le dice que
hay que mover los pies. Pero allí está siempre Abel, mirándola con amor y deseo
cuando están solos, de una manera fría cuando viene algún miliciano.

—¿Y tu revolución? ¿Ya no te interesa? ¿La guerra?

—La guerra, la revolución… —contesta Abel, como si hablara consigo


mismo—. Desde que empezó no he hecho más que correr. Atravesando los pueblos
de Sevilla, volando puentes, para que no avanzara el enemigo, en retirada hasta
llegar a Madrid, siempre con los facciosos pegados a los talones, bien armados, con
suministros. Y luego, ya organizados en columna, nuestra aventura no ha ido
mejor. Mal pertrechados, con mucho valor pero ninguna estrategia, entrábamos en
los combates con el pecho por delante. Nos han venido mal dadas desde el
principio, sin aviación, sin armas automáticas, sin municiones… La guerra es un
desastre. He visto compañeros volverse lobos, egoístas y sólo pensar en su
estómago o en su pellejo. Este es un combate a muerte y va a costar mucha sangre.
Así que no me hables de guerra, ya he dado muchos tiros. Tienes razón, todo esto
es una locura. Pero yo tenía las cosas muy claras antes de encontrarte. El amor me
ha transformado. Ahora sólo te veo a ti.

—Abel, no estás en tus cabales. No es extraño, nadie está en sus cabales. Si


de verdad me quieres, ayúdame a salir de Madrid y llegar a Francia.

—Pero si tú te vas, todo dejará de tener sentido. No vale la pena vivir, ni


luchar…

—¡No sé cómo decírtelo! ¡Si no me voy, me acabarán matando tus


compañeros o cualquiera que me juzgue desafecta! Siento el peligro muy cerca. En
el circo nunca se dice, pero la mala suerte se huele, y la mala suerte es sinónimo de
desgracia. Yo huelo la mala suerte. Últimamente, desde hace unos años, no me
acaban de salir bien las cosas, pero esto es excesivo, no me lo merezco… Bueno,
nadie, ninguno nos lo merecemos —Tina rectificaba—. Lo fundamental es salvarse,
yo no tengo nada que ver con las pendencias entre unos y otros. Siempre he vivido
de mi trabajo en los escenarios, mantengo a mi madre y a dos empleados. Y sólo
quiero vivir. Salir de este agujero. Salir de la mala suerte. Algo esencial para quien
ha nacido en el circo. No quiero hacer más de augusto, ni llevarme más bofetadas.

Jugando sus bazas, Tina se dispone a representar el papel más importante de


su vida. Se juega el pellejo, así que se emplea a fondo, con el objetivo de que Abel
le ayude a cruzar la frontera y luego desprenderse de él. Nuevas caricias,
exquisitas sesiones en las que Tina utiliza todo su saber, todo aquello que les gusta
a los hombres, empezando por la felación bien hecha. Es hombre, y con esa lujuria
salvaje y nada insinuante que Tina despliega, lo tiene ligado a ella para siempre.
De alguna extraña manera, goza con aquel poder, que contrapesa el que él ejerce
sobre ella, con su vigilancia, con su constante presencia, con sus salidas de tono en
presencia de sus compinches. Sí, goza con esa sensación en lo más íntimo, cuando
más se revuelca por el barro, y se complace en salir sin ropa interior, haciéndoselo
saber a él, turbándole, encabronando a Pepe Pareja, que siempre parece de muy
mala leche cuando visita la casa. De un momento a otro, Abel tiene que acceder a
sus deseos. Y cada vez que sonríe y frente a él se quita la ropa, para sentarse
encima y tentarlo hasta sentir la fuerte erección, con la primera embestida lo anota
a la cuenta de los sacrificios. No goza nunca o si acaso cuando piensa en otros
hombres. Pero eso sí, siempre tiene que ser de espaldas a él, imaginándose otras
épocas, otros lugares.

***
El 31 de diciembre de 1936, a las doce en punto, con puntualidad macabra,
cuando termina el primer año de guerra, los franquistas envían sobre Madrid doce
cañonazos del quince y medio. Ni siquiera respetan una mínima tregua en
Navidad y Año Nuevo. Después de un corto espacio de tiempo, se reanuda el
bombardeo artillero, que continúa toda la noche. Bombardeo que causa un gran
número de muertos y heridos entre la población civil del centro de la ciudad,
anunciando lo que va a ser el nuevo año.

Algunas de esas bombas caen cerca de la plaza de Manuel Becerra, lo cual


no es usual, ya que los facciosos han declarado espacio libre de bombas el barrio de
Salamanca, circunstancia aprovechada por los partidos y organizaciones del Frente
Popular para situar allí sus sedes.

Álvaro de Retana llama por teléfono.

—Tina, ¿cómo estás?

—Bien, dentro de las circunstancias, un poco ahogada —responde Tina. Sabe


que oyen lo que está diciendo.

—No he podido localizar aún a Armand Guerra.

—De cualquier manera, que no se te ocurra venir otra vez por la casa. Estoy
bajo vigilancia.

***

Desarmado, indeciso en apariencia, dando vueltas en círculo sobre el punto


luminoso, mariposa atrapada en la claridad, acercándose a la llama que lo atrae
con su destrucción, así se siente Abel, montado en un carrusel fantástico. Es algo
que va más allá del ser, algo que se le escapa, como un pez en la mano recién
sacado del agua, montón de cerezas que no puede abarcar, sintiéndose chiquito,
corazón saliéndose del pecho, inflamado. Los pies, por encima del suelo, elevado el
cuerpo, engallado. Algo jamás sentido hasta ese instante, emoción nueva, recién
estrenada, tardía pero demoledora. Y la vida encaja de pronto, rompecabezas con
sentido, y todo se reordena, o tal vez sea el caos el que se apodera de la mente, del
cuerpo, invadiéndolo todo, sin posibilidad de oposición. Y aquello tan querido, la
revolución, el anarquismo, la guerra, dejan de tener sentido o se conforman
alrededor, de otra manera. Porque Abel descubre, con sorpresa primero, con
fascinación después y siempre arrebatado, salido de su esencia, que nunca ha
amado antes. Con Tina, Abel deja de ser virgen en todos los sentidos. Él, que se ha
negado casi todo, que siempre se ha sacrificado para la causa y renunciado al
placer, encuentra en el sexo una carencia que no sospechaba que existía. Aquel
encuentro con Tina le ha marcado: no puede manejar lo que se ha prendido en él.
Se pregunta si a Tina le pasa, se autoengaña, al mismo tiempo que como amante
novato y posesivo, la inseguridad le hace insoportable su ausencia. Descuida el
baño, y se rodea de su perfume, de su aroma. Aquella emoción es detectada por los
compañeros más cercanos. Las primeras bromas se trocan en serias críticas.
Empiezan a pensar que ha sido seducido.

—¡Está encoñao!

—Parece que lo han embrujado.

Quebrado su brío revolucionario, Abel experimenta notables cambios.


Utiliza el poder sobre Tina, él que siempre ha considerado insano el poder de un
ser humano sobre otro. Ahora lo ejerce, y es sensación de vértigo, mezclada con la
embriaguez del amor recién conocido y el sexo: no tiene un momento de paz y le
atenazan pensamientos contradictorios, pulsiones contrapuestas. No es el único
que se agita en un país convulso, nadando entre la muerte y la destrucción.

—¿Qué es lo que pasa, Abel? ¿Te estás acostando con esa pájara y se te han
desinflado ya los ardores guerreros?

—¿Qué es lo que más te molesta, Pepe, que sea facha o que sea mujer?

—¿No habías dicho que nunca ibas a estar con mujeres?

—Es que nunca las había conocido. Y no la llames pájara. Es una diosa…

—Antes lo era yo…

—Bueno, lo que sucedió entre nosotros está bien, no reniego de eso, pero he
conocido otra cosa.

—Ya, y te has convertido a la nueva religión femenina. No te confundas,


Abel. Los que somos del otro lado siempre seremos así, no lo hacemos por haber
estado privado de mujeres. Mujeres… ¿Quién las quiere? Ahora estás como un
pavo real, pero pronto te cansarás y volverás a mí, a nuestras noches. Desde que te
has trasladado aquí, las noches en el piso de Ventura de la Vega son frías y
solitarias.

Para Pepe Pareja, aquella es situación insólita. En su relación con Abel se


mezclan muchas cosas: entusiasmo revolucionario, ansias de desquite, transgresión
de las formas, pero también dudas, y cariño sincero. Si nada está en su sitio fuera,
en aquella desastrosa guerra, tampoco lo está dentro. Los celos son gusanos
roedores, que van socavando galerías, anidando en el cuerpo, desacomodándolo,
sumándose al descuadre general. Sólo los que los sufren saben del tormento que
parece no tener fin, de las trampas que se ponen a sí mismos, de la tortura que no
tiene sosiego.

Abel guarda silencio. Aquella realidad se le antoja remota. Sólo tiene ojos y
cuerpo para Tina. Había conocido mujeres antes de entrar en la Legión, y en África
visitó con otros legionarios los burdeles de Melilla, pero aquel sexo sucio le
horrorizó. El sexo entre compañeros de armas era un secreto a voces en la
compañía, pero aquello se consideraba como un escape natural ante la ausencia de
hembras. Todos eran allí muy machos.

—Pero lo peor que te está pasando es que ya no piensas con claridad.


Estamos en una guerra y esa mujer te está envenenando. Es política, de la Quinta
Columna, trabaja para nuestros enemigos. ¡A ver, si no, de qué conserva la
bandera! Esta creía que ya iban a entrar los suyos en Madrid, y aunque ahora se ha
amolao, está haciendo contigo una labor de zapa. Ya no eres el mismo.

—Eso no es verdá. Ya sabes que no me tiembla la mano cuando tengo que


apretar el gatillo.

—Tampoco te tiembla otra cosa cuando te acuestas con ella. ¡Te está
volviendo loco!

—No digas eso, controlo la situación. Si se demuestra que nos engaña, lo


pagará caro. Dejaré que tú mismo le metas dos tiros. Pero si no es así, ¿por qué voy
a dejar de disfrutar? Y no me envenena, más bien cuando sale la política, ella no
dice nada, no hace comentarios, ni mijilla. Quiere que acabe la guerra, como mucha
gente, pero no me malmete.

Para cargarse de razón, para indignarse, Pepe Pareja recuerda sobre todo el
lugar donde nació y se crio. Casas de cartón cuya altura no llegaba al metro y
medio con techos cola de brea, apiladas unas con otras. Las calles no existían,
lenguas de tierra que no llegaban a tener una anchura mayor de 80 centímetros y
que se embarraban con cuatro gotas. Barrio poblado, además de gitanos, por
simpatizantes del anarquismo, casi como ley natural.

—No se puede venir de más bajo que de donde yo vengo, el Arroyo del
Cuarto, en Málaga, una cloaca. Cuando salí de allí juré que me vengaría de los
causantes de que viviéramos como animales. Ha llegado la hora. La hora de la
revolución.

Aguantando la respiración, Isabel, la criada, escucha la conversación desde


la puerta abierta de la cocina. Lo que oye le parece terrible. Aquellos dos están
liados, y Pepe Pareja tiene un ataque de celos. Eso es muy peligroso para su señora,
para todos.

El día 30 de diciembre, el maestro Alberto Ruiz, autor de la música de los


cuplés de su próximo espectáculo, es invitado por Tina de Jarque a un almuerzo en
casa de la vedette. Oficialmente, Tina quiere expresarle su satisfacción por los
cuplés que le ha hecho para su presentación como estrella de variedades en
Barcelona: su propósito es también comunicarle su angustiosa situación, piensa el
maestro cuyo lenguaje con Tina se realiza a base de miradas. No pueden hablar ni
un instante. Isabelita García, la amiga inseparable de Tina, que asiste al almuerzo,
le dice en un aparte que desde la entrada de Abel en aquella casa no ha vuelto a
hablar a solas ni siquiera con su criada, que es de toda su confianza. La tensión se
masca, y en ella se mueve como pez en el agua Abel Domínguez, en su papel de
hombre terrible y tiránico, lo contrario de lo que sus ideas pregonan.

Tina no sabe qué hacer. Entre los nervios y los disgustos ha adelgazado, su
rostro, con sus ojeras dibujadas, están más necesitadas de maquillaje que nunca, y
su mirada más triste, más desesperanzada. «Será posible que este tío me vaya a
llevar a la ruina», piensa, pero el miedo le paraliza como un veneno, impidiéndole
reaccionar. No quiere hacerse a la idea de que está presa en su propia casa, y que
no puede contar a nadie su verdadera situación, obligada a acostarse con Abel y
bajo sospecha constante, sentida como amenaza latente. A fin de cuentas, piensa, es
él quien detiene a los otros, si no es posible que ya me hubieran dado el paseo. En
algunos momentos, sobre todo cuando Abel está fuera y ella puede pensar
tranquila, intenta planes para el escape, pero todos tienen que pasar por la puerta,
donde siempre existe vigilancia, o por el teléfono, que conectan o desconectan
ellos. Su casa se ha convertido en una jaula dorada, un depósito de joyas
requisadas, de dinero. Ella e Isabel, la criada, lo han visto en el despacho: filigranas
de oro, plata y muchas piedras preciosas desmontadas sabe Dios de qué alhajas
ajenas.

Isabel, la criada, es la única que por breves momentos burla el cerco, pero las
noticias que trae son descorazonadoras. Abel está liado con uno de los milicianos,
el que llaman Pepe Pareja, una de las presencias constantes en aquella casa.
Aquello que le cuenta la criada, el uno de enero de 1937, hace que Tina, que no
soporta más la situación, insista ante Abel Domínguez en la conveniencia de
trasladarse a Barcelona, para debutar allí. Abel da vueltas a la idea cuando recibe
una visita en su despacho de Pepe Pareja. Desmejorado, con ojeras, se percibe que
está amoscado. Los celos no lo dejan dormir. El pagador de la columna apenas lo
mira, adivina lo que le ocurre.

—¿A qué juegas, Abel? Te conozco lo suficiente para saber que te pasa algo.

—¿Pepe, tú crees que ganaremos la guerra?

—¿A qué viene eso ahora? Tenemos que ganarla. Es eso o la muerte.
Tenemos que luchar por nuestras ideas, porque este país no vuelva a ser una finca
de los señoritos que matan de hambre a los obreros…

—No me cuentes lemas y eslóganes, dime de verdad qué es lo que crees.

—Que va a ir para largo. Que nos costará, pero ganaremos. Eso sí, si
logramos trabajar juntos con las otras fuerzas. Ellos no están por la revolución, y lo
fían todo a ganar la guerra. Tendremos que militarizarnos, yo no veo mal convertir
las columnas en brigadas, ya te conté lo que nos pasó en el Monasterio de
Guadalupe, quedamos 45 de una columna de 550. Pero les hemos detenido en
Madrid, acabaremos venciéndoles… ¿Por qué esas dudas? No será esa mujer la
que te está metiendo cosas raras en la cabeza…

—No, ya te digo que ella quiere irse de Madrid. Quizá la acompañe a


Barcelona.

—¿Cómo? ¿Y tu puesto? ¿Y la columna? ¿Estás pensando en desertar?

—No, no es eso… Aunque fíjate, todo el mundo ha sacado provecho y los


más listos se han largao al levante feliz o a Barcelona, para escapar si vienen mal
dadas y hay que poner pies en polvorosa.

—Tú tampoco has ido mal servido. Tienes joyas y oro requisados… que son
del batallón.

—¿Y no te vendrías conmigo, con nosotros, a Barcelona?

—¡Eso jamás! ¡Qué me estás diciendo, Abel, no te reconozco! Te han lavado


el cerebro. Tú sabes que contigo iría al fin del mundo, pero nunca con esa mujer. Y
desertar de esta guerra… Eso puede costar la vida. Hemos jurado defender
nuestros ideales y a nuestros camaradas, no podemos dejarlos así sin más, sólo
porque te has enamorado de una facciosa y quieres seguirla. No puedes traicionar
así a la revolución. Si lo haces, atente a las consecuencias.

—Tienes razón, no sé, a veces me entra debilidad, pero se pasa.

Se hace un silencio espeso. Abel, de pronto, abraza con fuerza a Pepe Pareja.
La rabia y los celos, que bullen en la sangre del amante despechado, se difuminan
con ese abrazo. Una nueva luz alumbra su cara y la dota de vida. Su esperanza
renace. Los ojos se le humedecen mientras el corazón parece salirse del pecho.

—Perdona por haber dudado, compañero. No se repetirá, descuida. Tengo


que preparar el viaje a Málaga, a pagar a las milicias. Con la militarización vamos a
ver qué pasa, la columna se transformará en brigada, tendremos que integrarnos
como mandos en el ejército popular. En ese viaje llevamos una ametralladora. ¿Y
tú, qué misión tienes?

—Mañana salgo para Talavera, también para preparar esos cambios.

—Voy a ir primero a Valencia, al Comité Nacional, para ver cómo se va a


reorganizar la fuerza y cómo se la paga, y de ahí al frente, donde el batallón
Andrés Naranjo, cerca de Antequera.

—Salud, pues, nos vemos a la vuelta. Espero que se te haya pasado ya la


fiebre Tina de Jarque.

—Descuida, Pepe, volveremos a vernos muy pronto. ¡Salud!

El guiño y la cara melosa de Abel consiguen sacar una sonrisa a Pepe Pareja.
Isabel lo ve desfilar hacia la puerta, volviéndose complacido, mientras Abel se
asoma a despedirlo con una mueca de cariño. Como sorprendido por la visión de
la criada, Abel retorna al despacho, pero enseguida surge de nuevo y entra en la
habitación de Tina, que reposa en la cama. En su cara, ella ve que, de pronto, todo
ha cambiado. Por fin ha ocurrido.
—Nos vamos. Comienza a hacer el equipaje, salimos mañana. Primero
iremos a Valencia, allí tengo que despachar unos asuntos y conseguir gasolina y
luego proseguimos hasta Barcelona.

Aquel día, 3 de enero, el último día de Tina de Jarque en Madrid, la vedette


se empeña en pasar por el estudio de Alberto Ruiz, ensayando por última vez sus
canciones con el músico. La acompaña, fiel en su papel de dogo, Abel Domínguez.

«Qué mujer», piensa el maestro. «Aún, con todo lo que soporta encima, tiene
la gentileza de invitarme nuevamente a almorzar con ellos para el día siguiente».
Acostumbrado a trabajar en el espectáculo en contacto con las vedettes, al músico
no se le escapa que la expresión del rostro de la artista es más dolorosa que nunca.
Se adivina la gran tragedia interior que está viviendo. Alberto Ruiz siempre
recordará aquella tarde, cuando Abel, provocativo, siembra una alarma de matón
entre otras artistas y amigos que se encuentran en el estudio:

—El mejor procedimiento de reforma política es el asesinato. Una pistola


produce mejores resultados que cien discursos. Todas las revoluciones se santifican
por el crimen.

El 4 de enero de 1937, a las ocho y media de la mañana, se registra un nuevo


combate aéreo sobre Madrid. Los cazas republicanos luchan con los escoltas de las
siniestras pavas, que quieren bombardear.

A mediodía, el maestro Ruiz se encuentra con Isabelita García en el paseo de


Miguel Ángel. Está devorada por una secreta angustia.

—¡Si supieras lo que pasa! Esta mañana ha salido Tina para Valencia. Se ha
despedido de mí llorando. Va secuestrada por Abel. Antes de marcharse ha dejado
un papel escrito, con sus últimas disposiciones, por si pasa algo.

—¿Algo? ¿Qué puede pasarle?

—No sé… Pero este viaje me da miedo. No sé si volveremos a ver a Tina.


Creo que ha cometido una locura.

En el cielo se repite el combate de tres horas antes. Los mosca y chatos rusos
se enfrentan en duelo con los Heinkel 51 alemanes de la Legión Cóndor y los Fiat
italianos que escoltan a los bombarderos Junker 52. Todo Madrid asiste fascinado
al combate. Es lo que tiene aquella maldita guerra. Unos espectáculos inéditos,
batallas en el aire dignas de verse.
CAPÍTULO 14

La huida

Los coches llegan de madrugada, cuando la oscuridad y el frío se abaten


sobre las calles de Madrid, ronroneo sordo de batalla lejana, las furias y las parcas
de la guerra rumiando cómo volver a sembrar masivamente la muerte: bombas
que caen desde el cielo, y para las que malamente hay amparo en los sótanos de las
casas, además de habilitado el metro, bodegas y refugios. Los vehículos llevan los
faros pintados, para no alertar a los aviones. En el segundo, conducido por Serapio
Gutiérrez, el Guitarrista, viajan dos hombres más, José Perdigones Sánchez y José
Acosta, el Abogado. Por la ventana asoma una ametralladora, que ocupa casi todo
el asiento de atrás. Descienden el Abogado, el chófer Abdón Torres y su mujer,
María, que entran en el portal y llaman al piso de Tina. Isabel, la criada, abre la
puerta. Dentro, con las maletas hechas, aguarda Abel.

—Muy bien, Isabel. Vete a preparar café y a decirle a Tina que se levante y se
arregle. Nos vamos en cuanto claree una mijilla.

—¿Todo listo? —pregunta Abel en cuanto se marcha la criada.

—Todo —responde el Abogado—. Llevamos lo imprescindible. Nadie


sospechará. Hemos dicho que vamos a Málaga. Cuanto antes salgamos, mejor.

Abel hace una señal de silencio señalando la cocina donde la criada


comienza a preparar el temprano desayuno. Poco a poco, los sonidos lejanos de
motores parecen aumentar y pronto comienza un combate aéreo en toda regla, que
llega a su apogeo a las ocho de la mañana, con un azul luminoso, casi hiriente.

De todas formas, la partida se demora. Tina, que ha tenido un sueño


intranquilo, despertándose a menudo, está decidida a despedirse antes de su
amiga Isabel.

—No sé, he tenido un pálpito, un mal sueño. Quiero despedirme de ella y


dejarle encargada unas cuantas cosas sobre la casa. Hasta entonces, no pienso irme.
Son inútiles las súplicas e incluso las veladas amenazas de Abel por el
tiempo que van a perder.

—Ya está amaneciendo. Voy a llamar a Isabelita, y en cuanto venga y


hablemos un momento, nos iremos.

Isabel García se sorprende de la llamada y de la urgencia. Han quedado en ir


juntas a Barcelona, porque las dos han gestionado un contrato para cantar allí.
Tienen el plan de salir de España e ir a trabajar a Brasil. Claro que a Tina la
esperan. Él, en Suiza, lo ha arreglado todo. Pero en aquellos días sólo han podido
estar juntas en el tocador un par de veces, una conversación nerviosa y en voz baja,
con Abel o alguno de sus hombres esperando en la puerta, vigilada Tina en todo
momento. Por eso, cuando llega y ve todo aquel operativo, Isabel se sorprende.
Más aún cuando Tina le dice que parte hacia Barcelona y que la acompañan en el
viaje.

—Pero Tina, ¿no íbamos a ir juntas?

—Bueno, he tenido que cambiar los planes. Aprovecho el viaje de ellos a


Valencia, luego me llevarán a Barcelona. Siento que no puedas venir con nosotros,
no hay sitio en los coches. Todo se ha presentado así, de improviso…

Isabel se muestra desconcertada. En la cara de Tina ve miedo, temor


extremo, nerviosismo. No comprende aquel movimiento de su amiga. Quiere
escapar de los brazos de Abel, pero se va con él y sus secuaces, camino de
Valencia. Y aquella mujer, la del chófer… Todo es muy extraño. Como el hecho de
que no le hayan comentado nada, de que ni siquiera le den a ella, su mejor amiga,
la oportunidad de unirse a la expedición.

—Mira, Isabelita, te he escrito una carta en la que te hago algunos encargos


sobre la casa y sobre el servicio cuando yo no esté, y una autorización para que
dispongas. Por si tardo mucho tiempo en volver o me pasa algo.

—¡Pero qué te va a pasar, chiquilla! Anda, salgamos ya, que no vamos a


llegar nunca —interviene Abel, que no ve la hora de salir de Madrid—. Toma,
ponte estos pendientes de oro, son un regalo mío. No me gusta que mi reina vaya
sin las joyas que merece.

De haber sido en otro tiempo, la reacción de Tina no hubiera sido aquella:


una leve sonrisa, apenas reticencias para ponerse aquellos pendientes. A la mente
de la vedette, de su amiga e incluso la criada, que mira la escena, acude la misma
idea: «¿A quién han pertenecido aquellas joyas? ¿A quién se las han robado?».

Isabelita piensa que su primera impresión es cierta. Tina ha caído en una


trampa y además, no se le puede ayudar. La trama del destino la ha enredado en
una tela de araña donde se ha quedado pegada.

Bajan al portal. El nuevo día que se anuncia, frío y gris, trae reflejos tristes,
un día más de guerra infame. Tina lleva un vestido azul. Su imagen, con aquella
cara desolada, hecha un mar de lágrimas, quedará para siempre grabada en la
retina de su amiga, desarbolada por la impotencia. Nada puede hacer, sino
encomendarse a lo alto, pensar que la vida trae en ocasiones difíciles pruebas para
los seres humanos.

La vedette se despide de la criada, que les ha acompañado llevando una de


las maletas pequeñas. Luego, temiendo el momento, se vuelve hacia su amiga.

—¡Adiós Isabel! —dice Tina abrazándose a ella. Es un abrazo largo y


profundo. Las dos se echan a llorar. También llora la criada, incapaz de contener
las lágrimas por la emoción.

Tras alejarse el automóvil calle Alcalá abajo, Isabel parece darse cuenta del
sobre que tiene entre las manos. Lo abre, nerviosa. En él, en unas cuantas cuartillas,
en las que se ven claramente las huellas de lágrimas, Tina, en el caso de que la
sucediese alguna desgracia, le encomienda el cuidado de su madre, de la casa, y le
dice que para salvar los muebles, la ropa y las cosas de valor, además del piso, que
lo ponga a su nombre. Con ese motivo le deja una autorización expresa con su
firma. Sobre el cielo de Madrid continúa la gran batalla aérea, con multitud de
aparatos. Esa batalla se pierde en la lejanía cuando los dos coches salen de Madrid
y comienzan un viaje de muchas horas, angustias y miedos, pasando los controles
con documentación y salvoconducto.

Con el depósito lleno de gasolina y comida preparada para consumir en el


coche, las únicas paradas son las que se hacen por necesidades fisiológicas. En esos
momentos, y a pesar del frío del campo, Tina parece despertar, florecer en la
mañana radiante, absorber esos olores de tomillo, de romero, de libertad, la muerte
de momento conjurada. Todo parece nuevo, milagro anhelado, como si hubiera
cambiado de país, ninguna huella del drama y de la guerra. Es un paisaje de
huertas, la torre de un campanario y un pueblo en la lejanía, aún las naranjas y los
limones en los árboles. De tan feliz, las lágrimas le ruedan por las mejillas sin un
gemido, felicidad pura de saber que existe otro mundo, que aún la belleza y la
naturaleza no han sido borradas de la faz de la tierra.

Tina se abisma mirando por la ventanilla, por más que Abel intenta buscar la
complicidad en sus ojos. Viajes distintos, intensos ambos, vividos como
preludiador de un gran cambio, el peligro, por supuesto, siempre acechando, a
todo se acostumbra el cuerpo en esta realidad subvertida de la guerra. Hay algo
irreal en esa salida, piensa Tina, en el primero de los coches, el segundo cargado
con una ametralladora, sensación de estar en una banda de gánsteres, como una
película de James Cagney o Paul Muni. Por un lado, el alivio de no oír bombas, ni
aviones, ni machacantes sirenas. Celebra el aire libre como un pájaro que está a
punto de obtener la libertad. Sólo que permanece todavía dentro de una jaula.

A su lado Abel, también esquivo, atento a los controles, siempre cerca de su


pistola, cosa que no le da buen pálpito a Tina, que por el otro lado tiene a María, la
mujer de Abdón, el chófer. Es un dato definitivo. Todos van a desertar, y quizá por
eso la acompañan, pero por otro lado, ¿qué puede ya hacer? Confiar en el destino.
Rezar, cantar canciones fetiche, por lo bajo, aunque los otros lo noten, silencio
sepulcral que sólo se rompe al llegar a los controles, como el de Tarancón, paso
obligado. Tina se percata del nerviosismo de Abel, hasta el punto de atraer él
mismo la atención de los demás. Pero luego, esgrimiendo documentación y carnés,
con aplomo en el gesto y la mirada, Abel solventa el paso.

Con el alma en vilo, los sentidos despiertos y en alerta, el traidor se da


cuenta de que él mismo se puede condenar. Llega al límite, encara con valentía el
momento, y los guardias ven convicción, buen actor para lograr el último
propósito. Llegar a Valencia primero, y de ahí tantear si un barco en Alicante o el
viaje a Barcelona. Hay, por tanto, que proceder como si todo aquello fuera legal,
bendecido por papeles de misiones, por escolta e investigación. Pero el drama, el
desgarro de Abel, va por dentro, buscando en la mirada de los otros, viendo
también sus dudas, sintiéndose judas, traidor sin paliativos, buscando
explicaciones, torturándose. Ya está rodando la rueda del destino.

Entre ensueños de una y temores de otro, de atardecida llegan a Valencia. La


capital del levante feliz —según la habían calificado con ironía los diarios
madrileños—, se apresta a otra noche de animación y descoque. Hay trasiego y
ruido, gritos y pitidos, sonidos de frenazos y bocinas. Centenares de automóviles,
muchos requisados, cruzan veloces en una ciudad no preparada para el tráfico
urbano.

Lo comprueban cuando están a punto de sufrir un accidente al poco de


entrar en la ciudad. Comparada con Madrid, aquella urbe vive de manera
sorprendente. Mujeres que hablan y visten con desparpajo y sin pintura, sin
complejos, en los hombres cazadora con botones o cremallera y un sinfín de gorros
rusos de piel. Se distingue un movimiento casi frenético, de hormiguero hacendoso
en labores extrañas, movimiento al que todos dan la excusa de la guerra, aunque
desde luego, esté mucho más lejos que en Madrid. Un gran cartel de dos pisos en la
plaza de Emilio Castelar grita a los cuatro vientos que el frente de Teruel sólo se
encuentra a 150 kilómetros. Hay hombres armados por todas partes: muchos de los
que circulan de paisano llevan pistolas, más o menos ocultas.

La inversión del orden establecido tiene consecuencias visibles en lo


cotidiano, aunque no afecte a lo profundo, suspendido en un futuro que vendrá
después de la guerra. En Valencia, como en Madrid, se asaltan los cuarteles en julio
del 36. Fracasa el golpe, se constituye un Comité Ejecutivo Popular soberano y
comienza el proceso revolucionario, el terror para los partidarios de los
sublevados. Se sueña con cambiar el mundo, se desmoronan las instituciones del
Estado burgués republicano. Pero el proceso, donde muchos pescan en esos ríos
revueltos, sufre un giro con el traslado del Gobierno de Largo Caballero de Madrid
a Valencia el 7 de noviembre de 1936 que marca el inicio de la recomposición del
Estado en detrimento de las formas de poder populares y revolucionarias bajo la
consigna de que hay que ganar primero la guerra.

Valencia no es la capital de la república sino la sede del Gobierno y las


instituciones del Estado, porque Madrid continúa siendo la capital heroica en su
resistencia contra el fascismo. En cualquier caso, la guerra y la revolución, más la
llegada del gobierno, van a transformar la faz de la ciudad levantina, cambio
nunca visto antes, alterando la vida cotidiana, los afanes. Un cambio bronco y
rápido, ético y estético cuyo primer hito ha sido el repentino aumento de la
población. Decenas de miles se suman a sus 320.000 habitantes: refugiados,
intelectuales antifascistas, burócratas, políticos, periodistas, brigadistas
internacionales, diplomáticos extranjeros, delincuentes, espías y prostitutas de lujo
llegan a la vez a una ciudad dormida en su sueño provinciano, con su burguesía
agraria, y la transfiguran en una urbe que sobrevive en medio del caos.

Aterrizan dirigentes de los partidos y sindicatos y con ellos la lucha


partidista y las internas de cada grupo. Las embajadas siguen al gobierno en su
traslado, con su personal administrativo. La mayor y más influyente de ellas, la de
la URSS, se ubica en el céntrico hotel Metropol, en la calle Xátiva, donde entran y
salen políticos, espías y policías rusos. En el hotel Victoria, en la calle de las Barcas,
se alojan numerosos intelectuales y corresponsales extranjeros, al igual que en el
hotel Inglés. En el hotel Palace, en la calle de la Paz, se instala el congreso de
escritores antifascistas y posteriormente el Ministerio de Instrucción Pública. Los
burócratas toman posesión de los mejores palacios y pisos de la ciudad, en
contraste con una gran masa de desplazados formada por gentes del común a las
que la guerra ha dejado sin bienes ni enseres. Otros, camuflados en esa masa
humana, huyen de las levas y de los peligros del frente. A finales de diciembre,
Valencia rebosa de madrileños, contra los que algunos despotrican, causa, según se
dice, de que empiecen a subir, y sobre todo escasear los alimentos. Esos contrastes
que ha traído la llegada del gobierno hacen brotar aquello que más odian los
revolucionarios: el poder del dinero, el lujo que lo acompaña y la diversión frívola
de cabarés y antros, insulto a las clases trabajadoras y a sus sacrificios en el frente,
según pregonan los diarios comunistas y anarquistas.

Para perseguir a parásitos y aprovechados, el gobierno dicta medidas, a lo


que se suman redadas policiales, pero no consigue resolver el problema. Tabernas,
restaurantes, night-clubs, cabarés, prostíbulos, cines y salas de juego siguen con su
actividad sin camuflarse demasiado. Los espectáculos son las diversiones favoritas
de los ociosos.

En aquel burbujeante ambiente es imposible encontrar hotel. Preguntan en


varios, con la misma respuesta. Todo está lleno, a rebosar. Mientras Abel o el
Abogado descienden a preguntar, Tina hojea uno de los periódicos de Valencia en
la recepción.

—¿Qué miras con tanto interés? —demanda Abel.

—La cartelera… Ponen Morena Clara, La verbena de la Paloma, De guapo y


medio… Continúa en el Novedades la revista Las Corsarias (modernas). Virginia
Lagos, vedette, primer actor cómico Daniel Benítez. Me acuerdo cuando la hice en
Madrid, hace tres años. Es una revista que me gusta. Y en el Apolo, Estrellita
Castro y Piruletz, buenos artistas y amigos… Quizá si les pregunto a ellos podía
encontrar alojamiento.

Tina intenta salir de la compañía de Abel y sus compañeros. Piensa que si se


rodea de amigos del mundo del espectáculo aquellos temores que la devoran
remitirán y descenderá la presión de sus acompañantes, que la tienen literalmente
ahogada.

—No hay plazas en los hoteles, y no vamos a ir a una pensión de mala


muerte… Lo mejor es ir a un hotel de Castellón, está cerca. Nosotros volveremos a
Valencia, tenemos que estar aquí muy pronto por la mañana.

Leyendo aquel periódico, Tina siente el mismo miedo que en Madrid.


Grandes anuncios en algunas páginas claman contra los traidores, los espías, la
siempre perversa y pérfida Quinta Columna. Carteles como «El espía acecha,
¡cacémosle!» o «¡Silencio los charlatanes, el espía puede oíros!» aparecen impresos
con enormes letras negras. El enemigo, siempre presente, infiltrado dentro de la
ciudad, camuflado, es representado de una forma repulsiva, entre sombras, la
angustia y el miedo. Es aquella una ciudad en lucha contra enemigos interiores y
exteriores, inmersa en una guerra sin cuartel entre dos mundos y concepciones
completamente diferentes. Sin embargo, aunque el terror es durante algunos meses
un elemento omnipresente, ya se ha controlado la nefasta acción de los
«incontrolados», que han realizado registros, robos y saqueos, además de
asesinatos. Como en Madrid y en la mayoría de la España republicana, el golpe de
julio del 36 ha conseguido aflorar las ansias de desquite de los desheredados.
Mientras las instituciones del Estado se disolvían, miles de obreros y marginados
de las clases populares se tomaron su justicia sin freno frente a patrones y
autoridades que secularmente los habían explotado. Pero aquellos tiempos del
miedo han pasado y el Estado ha recuperado ya los resortes y mecanismos para
imponer el orden, detener aquellas sangrías y actividades que deshonran la
retaguardia leal.

A principios del 37 ya han desaparecido de Valencia los coches de la


calavera con sus inscripciones provocadoras, y el famoso coche fúnebre, «la Pepa»,
ya no recoge cadáveres sin nombre que, como demandaban los juzgados, luego
son fotografiados para posterior identificación.

Ya en Castellón, alojados en el hotel Martí, Abel deja allí un coche con


Perdigones y Serapio Gutiérrez y dice a María que acompañe a Tina en la
habitación, mientras Abdón, el Abogado y él vuelven a Valencia con la excusa de
estar en la sede del Comité Nacional a primera hora. Abel necesita el vértigo de esa
Valencia nocturna, de sus cabarés y antros. Aquella visita le es necesaria para
afianzarse en su decisión. El levante feliz dista mucho del heroísmo madrileño, ni
siquiera pasivo. La buena vida suele ser patrimonio de altos funcionarios, señoritos
madrileños o diplomáticos extranjeros, lujo y postín allá donde fueran, los
parásitos proliferando, haciendo carrera. Como si la guerra agudizara ese
sentimiento de hundirse en el desenfreno. «No hay que olvidar —según Abel leía
de uno de los periódicos, Adelante— que vivimos aún en un régimen capitalista, a
pesar de los controles, las incautaciones y otras zarandajas».
No es fácil erradicar a los vividores. Esta animación diurna y nocturna
sorprende a los recién llegados a la capital levantina. Los cabarés se abarrotan
desde su apertura a primera hora de la tarde, hasta el cierre mucho después de la
medianoche. Todos quieren divertirse, cada uno anda en su negocio, lo es la guerra
para todos: de la subversión del orden siempre hay gente que acaba ganando, no
es aquella una excepción. Abel y sus dos compañeros recorren varios de esos
antros, y en cada uno de ellos, Abel sonríe.

—Ya habéis visto, compañeros. ¡Vaya Babel! —dice el Abogado.

—Todos se comportan como en un caduco régimen burgués. ¿Esa es la


revolución que hay que defender? Mejor salir por piernas y con botín mientras aún
se pueda —añade Abel en voz baja.

Y por eso brindan los tres, con una botella de cava, pagada generosamente
por el contador de la columna. No deben hacerse notar, sin embargo. Tras el cabaré
Victoria acuden a una cafetería, a reponer fuerzas. Allí todavía no ha llegado la
escasez que atenazaba ya a Madrid.

Aquel desenfreno daba a Abel la justificación perfecta. Tras su decisión,


buscaba los razonamientos para explicársela. Los escrúpulos que sentía iban
disolviéndose en el nuevo convencimiento de que cada uno iba a su avío.

Duermen en el coche, algo bebidos, tapándose la cara con el diario de la FAI,


Fragua Social. En él, precisamente, se pueden leer las críticas de la prensa
anarquista contra algunos espectáculos como el boxeo, la música de cabaré y las
corridas de toros, que se hacen casi todas las semanas. Un tal Julián Montes
fustigaba ese lujerío en un artículo:

«La España de panderetas, toros y bailes es la que estamos derrotando


mediante el sufrimiento, siendo un contrasentido bien patente el mantener las
reminiscencias de este pasado repugnante. Si esto no es una verbena, se le parece
mucho. Creemos que ha llegado el momento de tomar en serio estos problemas de
la frivolidad. Da grima contemplar Valencia. Por doquier canciones, música de
radio, bullicio, alegría desbocada, palabras sin sentido, desenfado, euforia… y la
guerra no se ha ganado todavía, ni se hallan lejos los frentes, ni está despejado el
horizonte por completo… ¿Esto qué es? ¿Vivimos en un país de locos o se nos
quiere volver locos a los demás? Imitemos el ejemplo de Madrid y sirva de modelo
la moral de su retaguardia. Pesimismo, no; pero inconsciencia, tampoco; la guerra
lo exige».
***

Tras el final de la II Guerra Mundial, Julián Montes, como otros perdedores


de la guerra de España, pensó que ya era hora de volver a la patria. Había
combatido junto con los franceses libres de De Gaulle en el ejército aliado,
haciendo hincar la rodilla a los nazis incluso en la propia Alemania. Y como
muchos de sus compatriotas, de esos guerrilleros y maquis que habían liberado 16
departamentos del sur de Francia, pensaba hacerlo al frente de un ejército
vencedor para restaurar la democracia y echar a Franco. Pero pasado el envite de la
invasión del valle de Arán en 1944, aún sin acabar la contienda, y viendo que los
aliados, tras la caída de Berlín ponían más énfasis en la Guerra Fría que en acabar
con la dictadura, Julián, como otros muchos, empezó a desconfiar de la victoria
contra el régimen. Una vez más, aquellos republicanos españoles que habían
combatido en el norte de África o las montañas francesas, dando golpes de mano y
derrotando a soldados alemanes, se sentían estafados en el último momento. Había
cambiado, eso sí, la opinión de los franceses, pero una vez más, los españoles
habían hecho el Quijote. La verdad es que nadie se arrepentía de haber derrotado
al poderoso y orgulloso enemigo teutón. Cuando las planas mayores de las
organizaciones antifascistas se dieron cuenta de que el franquismo iba para rato,
destacaron enviados al interior de España para hablar con los resistentes.

Una buena parte de España sobrevivía como podía en los estrechos


cinturones del franquismo, otra parte vagaba por el mundo, unos cuantos habían
combatido en la Guerra Mundial, como él. La victoria contra los nazis en Francia le
había hecho moderar su pesimismo, que se disparó otra vez desde que entró en
España, enviado por el Comité Nacional. Era misión que había aceptado Julián
Montes para ver a su madre enferma, y saber de su hermano, aún en la cárcel.

La paz de los cementerios se había abatido sobre España y Montes cumplió a


rajatabla los mecanismos de seguridad inherentes a lo clandestino. Hacía muy
poco, en julio de 1947, que Eliseo Melis había sido abatido por las balas del
libertario Manuel Pareja, que, aunque murió en el enfrentamiento, ejecutó la
condena a muerte decretada por la Confederación, a la que había ocasionado
graves pérdidas con la detención y torturas de numerosos militantes. Montes pasó
por Barcelona, donde, entre cita y cita clandestina, tuvo tiempo de charlar con
Alady en un Teatro del Paralelo.

Ya en Madrid, Montes utilizó una camioneta falsificada con los colores y


emblemas del servicio de Correos, que no levantaba sospechas en las
inmediaciones de las estaciones, donde por seguridad, hacían muchas veces las
citas los libertarios. En la capital se demoró unos días. Julián Montes tenía buena
memoria. Recordó de qué le sonaba el nombre de Serapio Gutiérrez gracias a la
guitarra. Si no, no lo hubiera relacionado con el informe que le había pasado
Manzanedo en la celda de castigo de la cárcel San Miguel de los Reyes varios años
antes. Serapio no era un nombre tan común. Así que acudió, tras la actuación, a
visitar en el camerino al Guitarrista. Cuando le dijo que estaba allí para saber algo
de Tina de Jarque, el rostro del músico se contrajo.

—Ya dije todo lo que tenía que decir sobre ese asunto. He pasado mis años
de cárcel, obtuve un indulto y salí libre. Intento olvidar todo aquello. ¿Qué es
usted, policía? No tiene mucha pinta…

Aquel hombre había captado la rareza de aquel empeño, varios años


después de ocurrido todo, demasiado tarde para la Causa General. Julián adoptó
su disfraz más neutro. Sacó una libreta y un bolígrafo.

—Periodista. Sé que usted estuvo en el grupo que la detuvo, me lo ha dicho


un pajarito. Pero no se preocupe, eso no pienso escribirlo. No me interesa lo que
usted hizo o dejó de hacer, sino si sabe algo cierto sobre su final. Nadie se pone de
acuerdo en cómo murió y por qué, aunque parece seguro que la fusilaron.

—Eso oí decir. A mí me habían reclutado en la columna Andalucía-


Extremadura, que tenían el cuartel en Claudio Coello, pero cuando la convirtieron
en la 77 Brigada, yo me libré de ir al frente tocando en los teatros de la capital,
acompañando a los bailaores o como solista.

Era historia que no le gustaba. Bajaba los ojos, parpadeaba. Serapio buceaba
en su interior, quería salir cuanto antes, acabar con todo aquello que le traía
recuerdos. Julián Montes se percató de que sabía mucho más de lo que decía y se
arrepintió de no haber jugado la baza del policía, con más aplomo y mala leche. Lo
miró con intención.

—Yo no la detuve —rompió el espeso silencio—. La vi en el cuartel un


momento, detenida. Pero yo estaba en otras cosas.

—No es eso lo que me han contado. Sé que iba con ella y los demás en la
huida a Valencia.

El Guitarrista se quedó clavado. Aquel hombre era como un espectro de su


pasado que venía a atormentarle.

—Aquella fue una época maldita. A mí me detuvieron también los


anarquistas en Valencia. Me salvé por los pelos. Volví a Madrid y, como le he
dicho, pasé el resto de la guerra acampañando a varios artistas en conciertos y
espectáculos.

—¿Y no escuchó nada de lo que había pasado con ella?

—Dijeron que la fusilaron. Que intentaba sacar joyas con el pagador de la


tropa. Pero era algo que uno no preguntaba, no era recomendable mostrar interés
por gente así.

—¿Sabe si tenía alguna amiga, una tal Isabel?

—Ni idea —Serapio bajó los ojos de nuevo y en aquel reflejo Julián vio que
mentía.

—Si era de las variedades, pues entonces pregunte en los teatros que se
dediquen a eso. Yo sólo me dedico al flamenco.

A pesar de la agresividad soterrada que desprendía y las ganas de que el


otro desapareciera, el Guitarrista parecía clavado al sitio, como embrujado. Montes
pensó que sin quererlo, el músico había acertado en la simplicidad del
razonamiento. Si Isabel era amiga de Tina, pertenecería al mundo de la revista. No
había tantos teatros en Madrid que se dedicaran a ello. Podía volver a ver a Álvaro
Retana y preguntarle. Decidió que lo haría, a riesgo de descubrir su juego, si no
conseguía averiguarlo de otro modo. No temía que el novelista lo delatase, pero
Retana no era tonto, y tanto interés sería sospechoso, sobre todo porque
demostraba conocer algo que no cuadraba con la pantalla que había utilizado. No
podía cometer ese error, no era digno de un buen detective, y sobre todo, de un
militante clandestino que había venido a otra misión.

—Yo no sé lo que será, pero usted es periodista como yo cantante de ópera.


¡Agur! —soltó Serapio Gutiérrez, repuesto ya de la impresión que le producía
aquel turbio pasado que de pronto había regresado, antes de cerrar la puerta e
intentar dejarlo otra vez atrás.

Tras haber demandado en el Maravillas, Montes acudió al Teatro Martín. El


portero le dijo que, en efecto, Tina había actuado mucho allí antes de la guerra,
pero que preguntara al gerente. El gerente pensó un poco y creyó identificar a la
única persona a la que le había oído hablar de Tina de Jarque: Isabelita García. Le
remitió a los camerinos. Aún faltaba una hora para la función, y Julián esperó un
rato hasta que se presentó.

—Me ha dicho el gerente que me buscaba un policía para hablar de mi


amiga Tina…

—¿Isabelita García? Encantado. Estoy investigando la muerte de Tina de


Jarque y me gustaría que me contestara a algunas preguntas.

Julián Montes omitió presentar cualquier acreditación policial. Bien sabía él


que en la España franquista nadie iba a molestarse con quien decía ser policía.

—¡Cómo no! Desde luego. Todo lo que pueda hacer por la pobre Tina, que
en paz descanse… Pase, hablaremos mejor dentro, aunque no hay mucho espacio.
Espero que no le moleste que me vaya maquillando mientras tanto. La verdad es
que no sé por qué no vinieron a preguntarme antes. Yo, desde que me fui de esa
casa, de la de Tina, cuando vino su madre, me desconecté, la verdad. Pero en fin,
dígame.

—Creo que eran amigas.

—Sí, lo éramos. Conocí a Tina en el año 33, cuando se volvió a programar


una versión de Las corsarias, aquí, en el Teatro Martín, figúrese que este camerino lo
ocupó ella una vez. Yo era entonces vicetiple e hicimos amistad. Muchas noches
íbamos a Doña Mariquita o al café Molinero, en la calle Alcalá, a tomarnos un
chocolate o un té por las noches.

—O sea, que era una amiga relativamente reciente.

—Pero llegamos a ser íntimas en aquellos años. Trabajé mucho con ella, y
eso da intimidad. Me contó muchas cosas de su vida. Yo la admiraba desde que era
joven, cuando con 12 años me llevaban al Apolo. Allí conocí a las divas de la época,
como Eugenia Zúffoli, Amparo Taberner, María Caballé y Tina.

—¿Y ella tenía contactos políticos? Se dice que era monárquica, que la
acusaron de tener escondida una bandera…

—No, lo de la banderita era porque era de un espectáculo. Y de políticos


apenas. Cuando le hicieron un homenaje en el Martín, Indalecio Prieto le mandó
un ramo de flores con un broche de diamantes.
—O sea…

—No se vaya usted a creer que era amiga de los «rojos». Resulta que por el
año 35 en la revista Ahora habían hecho una encuesta a las artistas sobre qué
político le parecía más guapo, y ella había dicho que Indalecio Prieto, para
chinchar, porque desde luego, el orondo Prieto no era nada agraciado. Ella lo había
dicho por salir del paso y escoger al más feo, al más insólito, para que la dejaran en
paz. Pero el presumido de Prieto se lo creyó y le envió aquel broche espectacular.
Ella no sabía qué hacer, se reía, el escenario estaba tan lleno de flores que no
cabían, no había sitio ni para saludar.

—Así que tuvo muchos admiradores. Me habían hablado de aristócratas,


pero no de políticos del Frente Popular.

—Era una mujer que nunca se metió en política, pero tenía dinero, una finca
en Biarritz, muchas joyas, pieles. Era muy llamativa, hubo una persona que nos vio
en Aquarium, le gustó, la siguió, al otro día la detuvo, un recaudador de guerra, y
luego ya no pudo librarse de él. Le pusieron dos policías a la puerta y ya no la
dejaron vivir. Yo no podía hablar con ella, un día entré al tocador y apenas pude
intercambiar siquiera dos palabras: no había manera.

Se veía afectada a pesar de los años pasados. No eran tantos, once. Aún
estaba fresco en la memoria el asedio de Madrid y el final de su amiga del alma.

—Ay, como me acuerdo de la pobre Tina. Aunque era morena, podía hacer
de rubia espectacular. Así se puso, de vampiresa, rubia y con tirabuzones para
hacer «Cazando esposo», una pequeña pieza con letra y música de Retana y
Casanova.

Por un momento, Isabelita se pierde en la ensoñación de aquellos números.


Y le cuenta a Montes, que la mira con paciencia, algunos detalles:

—Tina salía al escenario con la ropa justa, con una caña de pescar y un
retrato suyo al final del hilo, como anzuelo. El público, casi todos hombres, se
volvía loco por coger los retratos. Lo tenía que repetir dos o tres veces, se quedaba
agotada y sin retratos:

Si eres soltero y de amor te mueres


con la mano no, con la boca sí.

Pica tu corazoncito.

Pica pronto cariño mío.

Afirman las casadas que un buen marido

es una medicina de gran valor

pues todas las dolencias se les han ido

con rapidez e ilusión

por eso un marido necesito pescar

con la mano no, con la boca sí.

—Cuando iban a coger el retrato, ella tiraba de la caña y la que se armaba…

—¿Y tenía algún amor? Sé que tenía muchos admiradores, pero amantes,
novios…

—Bueno, tuvo amores con Paulino Uzcudun, que en San Sebastián no se lo


perdonaron porque decían que había perdido el campeonato mundial por su
culpa. Una vez que fuimos a San Sebastián, que estuvimos trabajando, me dijo
Tina, no te extrañe que esta noche nadie me aplauda, no me van a aplaudir, no me
han perdonado todavía. Salimos y, efectivamente, nadie la aplaudió. Es más, le
dijeron que se cubriera un poco, que fuera un poco tapada, y así lo hizo, y al cabo,
en un entreacto entraron unos señores y nos dijeron que por favor, que nadie creía
que era Tina de Jarque y que se pusiera como ella solía hacer, es decir, un poco
ligerita de ropa. Entonces ella se enfadó mucho, y dijo: «ahora me voy a poner
como yo trabajo». En aquellos tiempos era tremendo, tuvo tal ovación que aquellos
señores que eran de no sé qué, todos de oscuro, entraron en el cuarto a felicitarla y
ella los echó con cajas destempladas porque la pobre estaba harta de tantas
tonterías.

—¿Como que tonterías?

—Había mucho mojigato. Nos habíamos ido a bañar a la playa de la Concha,


llevábamos unos trajes de baño un poco modernos, porque habíamos estado en
Biarritz, y vimos mucha gente en la playa, le dije, estos que te han conocido, ella
contestaba, no sé, todos de oscuro, qué raro y eran de no sé que cosa de las buenas
costumbres, sí, de la Liga contra la Pública Inmoralidad, ahora me acuerdo y qué
no podíamos salir así, menos mal que teníamos un albornoz para ponernos, fue el
escándalo del año en la ciudad.

—Ya, ya, pero le estaba preguntando por otros amores. Creo que picaba
alto…

—De todo tuvo. Pero ni era devoradora de hombres ni tenía mucha malicia.
De todo se reía. «No es lo mismo Tina de Jarque que dejar que se llene la tina», le
daba mucha risa a ella, había sido un comentario de Ramos de Castro. Era amiga
del maestro Luna, de Alonso, de Juan Carcellé, de García Sanchís, que le regaba su
camerino y habitación con pétalos de rosa…

Hubo un suspiro. Julián Montes sorprendió el gesto en Isabelita García, el


freno de la prudencia. Conocía sin duda cosas, pero no las iba a contar. Había
olfateado peligro, o posible maledicencia, y optó por el silencio. Y antes de que su
interlocutor pudiera replicar o realizar algún quiebro, zanjó la cuestión y se cerró
en banda.

—Si picó alto, fue porque pudo.


***

En la mañana del 5 de enero, un alborozado Pepe Pareja que vuelve de


Talavera dos días antes de lo previsto, se enfrenta a una casa vacía y a una criada
asustada.

—¿Cuándo se han ido? ¡Contesta! ¿Y con quién? ¿Se han llevado todo? ¿Será
cabronazo el mamón de Abel? ¿Y los otros? ¿Los habrá envenenado también esa
pájara de tu señora?

La criada no sabe qué hacer, qué decir. Pepe Pareja rebosa rabia: da vueltas y
vueltas escudriñándolo todo, como si aún estuvieran escondidos en alguna
habitación, o se hubieran dejado cosas en el despacho, por ejemplo las joyas
requisadas.

—¿Pero es que no sabes hablar? ¡Contesta, pasmada!

—Se fueron en dos coches, no sé decirle a dónde, yo no sé nada. En uno


llevaban una ametralladora de esas…

—Sí, sabes más de lo que aparentas. Sabes perfectamente a lo que me refiero.


Se han largado llevándose todo, no han esperado. Qué mal bicho, tu señora.
Aunque espero que no pueda disfutar de eso si puedo impedirlo. Aún estoy a
tiempo. Dime, ¿hace cuánto? ¿Ayer o antes de ayer?

El miliciano, con un gesto enfurecido, arrincona a la criada. Está a pocos


centímetros, con las manos en alto, y parece que va a empezar a golpearla.

—Ayer… Ayer…

Sale deprisa, tropezando con una silla y dando un portazo. En cuanto llega
al cuartel, avisa al responsable y desde allí, por teléfono, se da parte a Valencia, al
Comité Nacional, la sospecha fundada de que en vez de ir a Málaga, donde era su
deber, Abel Domínguez ha huido con varios compañeros y Tina de Jarque, con
todas las joyas y la paga de la columna, camino del extranjero. Y para eso tiene que
pasar por Valencia.

***
—¡Hay que acabar con esos hijos de puta! ¡Más si son frutas podridas de
nuestras filas! ¡Hay que detener a ese desgraciado y que confiese! ¡No podemos
tener a esos degenerados entre nosotros, hacen más daño que los puñeteros
fascistas!

Con el pelo ensortijado y negro, y una barba rala que acentúa su aspecto
agitanado, clama Mariano Rodríguez Vázquez, Marianet, secretario general de
CNT. Aunque en la habitación, y en el aledaño salón principal de la sede del
Comité Nacional, en el edificio requisado de la calle Grabador Esteve 4, en
Valencia, se encuentran varias personas, Marianet, cuya imagen se refleja en un
gran espejo, en la pared del fondo, parece hablar consigo mismo o un interlocutor
imaginario. Hace quince minutos que le acaban de llamar de Madrid. Son las tres
de la tarde del 5 de enero y como ocurre en otras ocasiones, los tacos, exabruptos y
maldiciones salen de la boca del secretario general de la CNT dirigidas hacia todas
partes, lo que hace que los que le oyen, las personas que están en su presencia —en
ese momento Galo Díez, Manuel Báez y Rueda Ortiz—, se paren por un momento
y contemplen cómo enrojece su cara morena, cómo las venas se le marcan en la
frente y en el cuello cuando se enfurece. Parece un toro a punto de embestir. Sus
críticos, que los tiene, dicen que por allí, por la boca, se va su fuerza, y que esa
cólera nunca aparece ante los pesos pesados del anarquismo, como Horacio
Martínez Prieto o, sobre todo, la Montseny y García Oliver, ministros del Gobierno
de Largo Caballero de la República española, la segunda, que como todo el
gobierno, habita en Valencia, en el levante feliz, donde se ha trasladado —a pesar
de la oposición cenetista— temiendo la inminente caída de Madrid.

Aún con el teléfono en la mano, Marianet empieza a dictar órdenes.

—Manuel, busca a varios agentes, de los nuestros, y prepárate para detener


a Abel Domínguez. Ese cabrón ha huido de Madrid con la paga de su columna,
Andalucía-Extremadura, y los compañeros del cuartel piensan que pasará por
Valencia, camino de Barcelona, en dos coches, junto con varios más, entre ellos un
chófer que se llama Abdón, el que le ayudaba en las labores y un tal Acosta, al que
llaman el Abogado. En uno de los coches llevaban una ametralladora, oficialmente
para Málaga.

—¿Quién llamaba? —pregunta el viejo Galo Díez, otro de los miembros del
Comité Nacional que se encontraba en la sede, trabajando en asuntos burocráticos.
—Era Piñeiro, del cuartel de la columna Andalucía-Extremadura. Un
compañero ha denunciado los manejos de ese Abel. Dicen que llevaba vida de
señorito, con las requisas, y que se ha echado una vedette de amante. Ayer dejó
dicho que se iba a pagar al batallón Andrés Naranjo de la columna a Málaga y que
volvería en dos días, pero parece que quieren tomar el camino de Francia más bien.
No sólo se ha llevado la paga, sino un montón de joyas que han requisado en su
provecho. Tiene que pasar por aquí, así que hay que dar aviso a todos los
controles.

—No hace falta —interviene Manuel Báez—. Si ese Abel Domínguez es el


que conozco, el que fuera secretario de los sindicatos de Sevilla, no hay que ir a
ninguna parte. Está en este edificio. Lo he visto entrar hace un rato en el despacho
de abastos. Y la verdad es que me he preguntado qué hacía aquí, le hacía por
Córdoba, Málaga o por algún lugar donde luchara la columna Andalucía.

—¿Pero será hijo de puta?

—Shiss, baja la voz. Voy a buscar a los policías de CNT recién nombrados a
la comisaría de Trinitarios y le cogemos con las manos en la masa. Está con alguien
más, debe ser el chófer o ese Abogado.

—¿De qué lo conoces? —pregunta Rueda Ortiz, otro de los miembros


presentes del Comité.

—De un congreso regional de Andalucía al que fui como delegado de


Cataluña. Ese Abel le da bien al gatillo, era de los expropiadores de la FAI. Ha
hecho atracos. Y creo que pasó años en las cárceles hasta que llegó la revolución.

Manuel Báez, miembro del Comité Nacional por Cataluña y amigo de


Marianet, es un sindicalista emigrado a Barcelona desde su Andalucía natal.

—¡Pues se ha podrido el matón! —sigue exaltado Marianet—. ¡Poco futuro


tendrá la revolución con gente así! ¡No queremos traidores y ladrones entre
nosotros como García Atadell! De todas maneras, avisa con discreción a los
compañeros que entretengan a esos traidores hasta que vengáis. No vamos a
permitir ahora que escapen.

La mención al socialista que había conseguido un gran botín en la


retaguardia madrileña en los primeros meses con registros, incautaciones y paseos,
no es baladí. Aquel antiguo tipógrafo, Agapito García Atadell, ensalzado incluso
en su labor por la prensa republicana, había huido con compinches, queridas y una
fortuna en joyas y dinero en un barco hacia Sudamérica. Gracias a un aviso de los
propios republicanos, había sido interceptado por los franquistas en una escala en
Las Palmas. Ahora esperaba su condena de muerte en Sevilla después de haber
protagonizado un patético e inútil arrepentimiento donde acusaba a los
republicanos de infames crímenes.

Con esa mención, algunos miembros del Comité Nacional, reunidos en el


salón principal, sentados en los sillones y el sofá, de estilo Luis XV, vuelven a sus
quehaceres. Entre la tapicería elegante en las estancias, los lujosos muebles rebosan
de papeles y de cajas de todo tipo, entre las que destacan, de pronto, algunas de
municiones. En el techo, alumbra una lámpara de cristal veneciano, que, como el
piano junto al salón, acumula polvo y parece preguntar qué hacen allí esos objetos,
en esa casa señorial que ha sido ocupada por los obreros y que, desde julio del 36,
sirve a la revolución. En la gran chimenea, de noble madera de caoba, arden
algunos leños que calientan el ambiente en una Valencia donde lo peor, en
invierno, es la humedad.

Joaquín Cots Vidal había cumplido los 36 años cuando llegó la revolución.
Le había sorprendido en Valencia, recién llegado de Alcoy, donde trabajaba como
obrero urdidor en una fábrica textil. Había nacido con el siglo, pero no fue hasta
1930, poco antes de que se proclamara la república, cuando se afilió a la central
anarcosindicalista, en la que había llegado a ocupar puestos de vocal en el
Sindicato Textil. Aquel entusiasmo contagioso de aquel tiempo en el que todo era
posible, le había hecho acudir, en aquel julio del 36, a Valencia, como algunos otros
miembros de la CNT y la FAI de su pueblo. Allí se sumó a los compañeros que,
desde los primeros momentos del golpe de los militares rebeldes, se habían echado
a la calle con algunas pistolas para impedir el triunfo de los fascistas. Tras la
consolidación del régimen republicano y el comienzo de la Guerra Civil, Joaquín
había sido destinado por la organización al reparto de carnés confederales en la
sede valenciana. Para los nuevos miembros del sindicato se expendía un carné
marrón, que no tenía nada que ver con el carné de los antiguos, en rojo y negro. La
organización temía que llegaran arribistas que venían a medrar, o peor aún,
infiltrados, que querían camuflarse sirviendo a otros intereses, e incluso a la
Quinta Columna. Por eso era importante el concurso de antiguos afiliados como él.

Cuando el Comité Nacional cenetista, trasladado a Valencia con el gobierno


—dimitido Horacio Martínez Prieto y nombrado Mariano Rodríguez Vázquez,
Marianet—, vio el sesgo que tomaban los acontecimientos en Valencia, consideró
que debía nombrar también agentes de policía. No quería dejar el control de la
calle a los policías marxistas de la «Guapa», la GPA, ni el control del espionaje o la
lucha contra la Quinta Columna a los «simios», los agentes del SIM capitaneados
por los temidos Juan Cobo y Loreto Apellániz. Durante los primeros meses
después del golpe militar, todos los partidos y organizaciones tenían sus patrullas
y sus grupos de vigilancia.

Así que a primeros de año de 1937, avalado por la organización, Joaquín


Cots Vidal, junto con los compañeros Fernando Oltra, Antonio Bordallo y Juan
Serra, fue nombrado policía, pasando a desempeñar el cargo a las órdenes del
Comité Nacional de CNT. Aquella tarde del 5 de enero, en compañía de Fernando
Oltra, viene de comer en un restaurante intervenido cuando se encuentra con
Manuel Báez a la puerta de la comisaría de Trinitarios, donde sirve, a las órdenes
del comisario Gonzalo Fernández. Joaquín conoce a Báez del Comité Nacional,
aunque como todos los recién llegados desde que se instalara en el levante el
gobierno y las cúpulas de las organizaciones antifascistas, no lo haya visto más que
alguna vez.

—Os estaba esperando, compañeros. Venid conmigo, tenemos que hacer una
detención. ¿Tenéis las pistolas listas?

—Revisadas, engrasadas y cargadas. ¿Dónde vamos?

—Al Comité Nacional. Tenemos que echar mano a un canalla de los


nuestros. Es orden directa del secretario, de Marianet. El comisario ya está
informado.

Tanto Joaquín Cots como Fernando Oltra se extrañan un poco, pero siguen a
Manuel Báez, que tiene un coche dispuesto para regresar al Comité Nacional. En el
edificio de la calle Grabador Esteve 4, la que en otro momento fuera llamada Casa
Albacar, propiedad de un industrial al que se lo han requisado, tiene su sede la
organización de la CNT durante la guerra. No sólo el Comité Local, sino el
Regional y el Nacional se alojan allí, en ese edificio con grandes espejos y salones
decorados al más puro estilo rococó francés, donde se distinguen en las paredes
retratos familiares y ovalados de muy buena pintura.

Por todos los rincones del lujoso edificio, cuyas paredes son de un finísimo
fondo de seda azul, encuadrado por líneas de oro, ahora algo desgastadas por
tanto trajín, se ubican oficinas, despachos, organismos de todo tipo donde suben y
bajan hombres más o menos uniformados, en una actividad constante que sólo
decae un poco al llegar la noche. Un cuerpo de guardia en el amplio portal vigila el
acceso al edificio y el vigilante de turno pregunta a los que acuden. Si el recién
llegado llega con el carné confederal y una orden o carta, lo remite al organismo
correspondiente. Todos dejan allí sus armas, salvo los que tienen expresa
autorización para portarlas. El miliciano avisa con los nudillos en unos cristales a
su espalda y el jefe de la guardia sale de un pequeño cuarto cerca de la portería y
acompaña al grupo. Lleva la mano en la cintura, apoyada en la pistola de la
bandolera.

—No se han movido del comité de abastos. Tal y como dijiste, puse guardia
en la puerta —dice el encargado de la vigilancia al miembro del Comité Nacional y
a la escolta que lo acompaña.

Algunas miradas de los que se cruzan con ellos por los pasillos o las
escaleras señoriales, de blanco mármol, con esculturas de bronce y ricas farolas,
demuestran cierta sorpresa, tal es la carga de gravedad y determinación que
desprenden. El grupo, compuesto ya por media docena de personas, sube a la
primera planta y llega a la oficina donde otro miembro de la guardia vigila la
puerta.

—No ha salido nadie —informa.

—Preparados, allá vamos —dice Báez mirando a los policías y a los


miembros de la guardia. Todos agarran las culatas de las pistolas. No hay que
utilizarlas, pero conviene tenerlas listas y sin seguro. Una detención es una
detención.

Dentro de aquel despacho, el responsable de abastos que atiende a los dos


hombres sentados ante él, ya sabe lo que va a ocurrir. Veinte minutos antes le han
llamado por teléfono para decirle que entretenga a las dos personas con excusas. Y
eso ha hecho. Pretextando que el asunto está complicado y que tiene que averiguar
donde hay gasolina, ha mareado a Abel y al Abogado con llamadas ficticias. Estos
esperan, un poco hastiados, deseando que el asunto se desenrede de una vez y
aquel inepto les diga donde pueden repostar.

La entrada en el despacho es rápida, apabullante.

—Compañeros, estáis detenidos. Levantad las manos —ordena, imperioso,


Manuel Báez.

A Abel Domínguez y a su acompañante se les demuda el color. Ni siquiera


hacen conato de resistir.
—¿Pero… qué pasa? —dice, más que nada por reflejo, Abel.

—De sobra lo sabes. ¡Cacheadlos, por si acaso! ¿Dónde habéis estacionado el


coche?

—En la plaza de al lado.

—¿Cómo se llama el chófer?

—Abdón, Abdón Torres.

Como si estuvieran esperando la señal, dos policías salen de inmediato para


detenerlo. Los otros han aligerado a los dos detenidos de sus pistolas.

Báez está pendiente de la mirada de aquellos hombres. Es mirada de


culpabilidad, huidiza, buscando el suelo, huyendo de los ojos, aunque intentando
parecer segura.

—¡Vamos, andando! ¡Tenéis mucho que explicar!

***

Cuando se abre la puerta y entran aquellos hombres, pistola en mano, Tina


sabe que todo se ha torcido. El mal pálpito que le acompaña desde que han salido
de Madrid se hace visible. Esa desazón, que en algún momento ha pretendido
disipar María, la mujer de Abdón, le quita el habla.

Tina, María y el chófer Miguel Perdigones llevan varias horas esperando en


esa habitación del hotel Martín, en Castellón, donde han llegado por la noche. En
todas aquellas horas de viaje, a las que se suman las horas de espera, la única
intimidad que ha tenido Tina es cuando va al baño. Debido a su insistencia, ha
conseguido hablar aquella mañana con su madre en Barcelona, en casa de Conchita
Cisneros.

—Mamá, mamá, ¿eres tú? ¡Qué alegría! ¿Qué tal estás?

—¡Ay, hija, bien, estoy muy bien, preocupada por ti! ¿Estás bien, hija mía?

—Sí, mamá, estoy bien, en Castellón, de camino para allá. ¡Mañana llegaré a
Barcelona! Espero que muy pronto pueda darte besos y abrazos.

—¡Dios te oiga! —se le escapa a Constantina—. ¿Has venido con Isabelita?

—No, mamá, ya te explicaré. He venido con Abel. No te preocupes por mí,


pronto estaremos juntas. Dale muchos besos a Conchita, sé que se está portando
muy bien contigo.

—¿Pero hija, puedes hablar? ¿Dónde estás? ¿Te pasa algo?

—Nada mamá, es la emoción. No puedo hablar, requieren la línea… ¡Adiós


mamá! ¡Te quiero mucho!

—¡Adiós hija! ¡Ay, que alegría me acabas de dar! ¡Ten cuidado!

Tras colgar, Tina se queda muda, un nudo en la garganta, el estómago y el


corazón encogidos. Intenta ser fuerte, pero sabe que al igual que sus lágrimas le
bañan la cara, su madre, Constantina, está llorando en Barcelona, a cientos de
kilómetros de allí. Quiere dar rienda suelta a las angustias que pueblan su corazón
y se mete en el baño. María, aquella mujer algo ruda y basta, pero que parece tener
buen corazón, no la sigue, a pesar de las estrictas instrucciones de Abel de no
dejarla sola ni un instante.

Tina deja de pensar en su madre. María y Miguel Perdigones esperan,


sentados en la cama y en un sillón, que Abel, el Abogado y el chófer resuelvan
unos asuntos en Valencia, tal y como han dicho. Uno de ellos es la gasolina. Pero
debe haber otros, por palabras oídas al descuido al salir ella del baño, entre
Perdigones y la mujer. Pasaporte y papeles ha creído oír Tina, y la sospecha de que
se han encontrado en dificultades se materializa de manera dolorosa al ver entrar
al grupo de policías.

—De pie, las manos a la vista, por encima de la cabeza —ordena uno de
aquellos hombres.

—Así que tú eres Tina de Jarque —dice el que parece comandar el grupo,
que ha entrado en último lugar, encarándola—. Baja las manos… ¡Vosotros no!…
Sé que no vas armada. Tú tienes más peligro con otras cosas… Apartaros, cara a la
pared. Señalad las pertenencias de cada uno. ¿De quién son esas maletas?

—Mías… —admite Tina. Voy a Barcelona a actuar, tengo un contrato.


—Ya —contesta Manuel Báez—. Registrarlas.

No tardan mucho los policías en realizar su cometido. Mientras uno vigila


con la pistola en la mano, otros dos abren las maletas y van depositando en la cama
todo lo que encuentran. Vestidos, ropa interior, útiles de aseo, maquillajes,
pijamas… En la segunda maleta, los agentes se fijan en una bolsa de cuero que
aparece entre otras prendas de ropa. En su interior encuentran algo que les llama la
atención. Enseguida avisan a Manuel Báez y le muestran un sobre con su
contenido.

—¿Esta maleta es tuya? ¿Con todo lo que hay dentro?

—La maleta sí, pero ese estuche de cuero no es mío. Nunca lo había visto.

—O sea, que alguien lo metió ahí. ¿Quién? ¿Tu amante? ¿El compañero Abel
Domínguez?

—No lo sé. Ayer por la mañana salimos de mi casa, en Madrid. Cualquiera


pudo meterlo en mi maleta.

—¿Y sabes lo que contiene esa bolsa?

—Le he dicho que no es mía, así que no puedo saberlo.

Los otros detenidos, Perdigones y María, ya con las manos bajadas, miran
con semblante serio. El hombre ha sido cacheado y le han quitado una pistola que
portaba en una sobaquera de cuero. También han cacheado a la mujer, que no se
atreve a protestar. Báez desvía su mirada hacia los detenidos, para ver si
demuestran sorpresa por aquel descubrimiento que les compromete.

—¿Alguno de vosotros sabe algo de esto? Mejor que lo diga ahora.

—Acompañábamos a Tina de Jarque a Barcelona, por orden del compañero


Abel, de la columna Andalucía-Extremadura —se atreve a decir Perdigones como
tímida defensa—. Yo no tengo ni idea de lo que llevan en esas maletas, tal vez sean
sus joyas.

—¿Mías? Ya sabes que eso es imposible… —responde Tina.

—Ya, ya, lo averiguaremos pronto. ¿Qué motivo teníais cinco hombres y una
mujer para acompañar a una artista? ¿Vuestro puesto no está en Madrid, o en el
frente? ¿Tú eres Perdigones? ¿Y no sabes lo que contiene esta bolsa de cuero, con
un sobre lleno de dinero? Abulta mucho, ¿verdad?, parece una fortuna, más de
cien mil pesetas, la paga de la columna.

La sospecha que Tina que no ha querido ver en todo aquel tiempo acude con
la fuerza de la certeza. En realidad, era ella la tapadera de una huida. La vergüenza
y el miedo la bloquean. No sabe cual de los dos le hace sentir peor.

Y aún no ha acabado todo. Registrando los armarios, los policías enseguida


se topan con el saco.

—¿Y ese saco?

—De Abel —contesta rápido Perdigones—. Pero tampoco tengo ni idea. A


mí me han dejado al cuidado de Tina mientras iban a Valencia, creo que al Comité
Nacional.

Uno de los policías, Joaquín Cots, agarra el pesado saco y lo arrastra con
cierta dificultad y ruido metálico hasta subirlo a la cama. Manuel Báez desata los
nudos y lo abre. Envueltos en una funda de terciopelo descubre un revoltijo de
joyas, una auténtica fortuna: broches, brazaletes, collares, pendientes, algunas
enredadas. La visión deja imantados a todos los presentes.

—¿Estas son tus joyas?

Tina tarda en contestar, tan ida parece de pronto. El jefe de grupo tiene que
repetírsela.

—Imposible. Ya les he dicho que no tengo. Las vendí un poco antes de la


guerra.

El delegado del Comité Nacional observa aquellos pendientes, sortijas y


collares. Algunos están desmontados y aparece pedrería suelta del oro y los
engarces. Reconoce aquella manera de proceder de las requisas revolucionarias.

—¿Son tuyas? —pregunta a María.

Ella niega con la cabeza. Luce una cara compungida, a punto de llorar.
Manuel Báez supone que será la primera en contar lo que sabe de aquella sucia
historia.
—Los tres estáis detenidos. Recoged las cosas y acompañarnos con las
maletas.

—¿Dónde está Abdón? —pregunta tímidamente María.

—Ya le verás. Antes, tendréis que declarar. Este es un asunto muy grave.

Las pruebas comprometedoras están en manos de los policías. Los tres


detenidos y los que les han detenido desfilan hacia los coches. Fuera de la
habitación y en la puerta del hotel Martí, en la calle Herreros, aguardan otros
agentes. A Perdigones lo meten en el primer vehículo, escoltado, mientras que las
dos mujeres van en el segundo, vigiladas por un policía y Manuel Báez, al lado del
chófer. Quiere observar por el espejo del retrovisor que tipo de complicidad existe
entre ellas. No obtiene una respuesta concluyente. Tina, con un ataque de nervios,
ha enrojecido, mira al exterior, asustada, y no cruza los ojos con la mujer del
chófer, que sí la mira, de vez en cuando, furtivamente, quizá implorando algo.
Había pensado que su viaje a Barcelona iba a ser el mejor regalo de reyes para su
madre, y ahora siente que realmente ha sido un error salir de Madrid. Por huir de
los bombardeos y del propio Abel, se ha metido en la boca del lobo.

Camino de Valencia, la noche llega envuelta en malos presagios.


CAPÍTULO 15

El último acto

El interrogatorio tiene lugar en una sala del tercer piso del edificio de
Grabador Esteve. Los detenidos llevan confinados allí, en el sótano, desde el día
anterior. Han pasado por varios calabozos, incluidos los del ayuntamiento
valenciano. Los han separado, sin permitirles hablar entre ellos. A Tina le hacen
subir la última.

—¿Cómo conociste a Abel?

—Me vio en el café Aquarium, me siguió a casa y prácticamente me


secuestró. Por huir de él me trasladaba a Barcelona, donde próximamente actuaré
en el Apolo, con un espectáculo de cuplé que preparaba en Madrid cuando Abel
irrumpió en mi casa y en mi vida.

El que pregunta es Manuel Báez, comisionado por el Comité Nacional para


la detención de los traidores, tal y como se considera a todos los que componen
aquel grupo. El sol ya calienta y se infiltra a través de las cortinas echadas. «Deben
de ser cerca de las doce de la mañana», piensa Tina. Se imagina a su madre, pegada
a la ventana, atenta al teléfono, a cientos de kilómetros de allí, esperando su
llegada desde hace días, y la angustia se le agarra a la voz.

—¿Y por eso fuiste antes a Barcelona? ¿En el coche de Abel? ¿Qué ibas a
hacer allí? ¿Tenías alguna misión de la Quinta Columna?

—Jamás he sido política. Fui a acompañar a mi madre, con algunas


pertenencias.

—Ya. ¿Entre esas pertenencias no estaban una serie de joyas?

Tina se queda callada. Desconoce qué puede haber contado Abel y hasta qué
punto está incriminada.
—Llevabas puesto unos pendientes de brillantes y un collar…

—Me obligó a ponérmelas. Decía que una reina como yo tenía que llevarlas.
No quise contrariarle.

—Esa maleta donde ha aparecido la paga de la columna Andalucía es tuya,


¿no?

—Sí, pero no tengo nada que ver con ese dinero. No soy una ladrona.

—No, eso está claro. Haces que roben por ti. Por eso sedujiste a ese garañón
que piensa con la polla en vez del cerebro. Logras debilitar nuestra causa haciendo
desertar a un compañero, que además es el pagador de la columna y que se lleva
toda la paga, para huir con él y pasar a Francia con el dinero y las joyas.

—Eso no es cierto. Ya os he dicho para qué iba a Barcelona. Llamar allí a mi


representante, está formando un espectáculo donde van a actuar otras artistas.

—Lo localizaremos, no te preocupes. Pero la verdad es que tú misma


propusiste este viaje a Abel, ¿niegas eso?

—No, yo lo que le dije es que tenía que ir a Barcelona, a actuar. Él se ofreció


a acompañarme.

—Y tú no dijiste que no, ¿verdad?

Tina enmudece. Ahora sabe la causa de la insistencia de Abel en no


despegarse de su sombra ni un minuto y seguirla en escolta hasta Cataluña. No era
el ciego amor o, al menos, no era eso sólo. Tina era su pantalla. Jamás pensaría que
fueran a detenerles, y si así fuera, él tenía su coartada de vigilarla por facciosa y
conseguir sus joyas. Abel ha robado mucho dinero y alhajas, lo que convierte aquel
asunto en algo de gran gravedad. La acusan de traidora, de espía, y peor aún, de
estar implicada en el robo. Compone el rostro más inocente que puede, intentando
que su voz sea dulce:

—No podía, me amenazaba.

—Confiesa, será mejor. ¿Lo sedujiste para pasar a Francia?

—Yo sólo quería huir de la guerra. A él no lo he querido nunca. Compañero,


¿tú has sentido alguna vez el miedo? Yo tenía mucho miedo, sobre todo por mi
madre. Lo primero que hice cuando Abel se ofreció, fue evacuarla. No oculto que
yo quisiera marcharme, lejos de las bombas, el frente y el peligro. Yo no sabía que
Abel había ocultado ese dinero en la maleta. ¡Tenía miedo de él! Veía que manejaba
dinero, joyas, pero no me atreví a decirle nada.

—No es eso lo que dice tu amante.

—No es mi amante. No ama quien no tiene elección.

—Pero te has acostado con él, ¿no? Ese pardillo incluso cuenta algunas de
tus artes en la cama.

—Por miedo. Ha sido por miedo. Era eso o que me diera un paseo. Lo dejó
bien claro cuando me llevó a su cuartel, a Madrid. ¡Prometo que fue por miedo!
¡Jamás podría querer a ese desgraciado!

—Yo creo que harías lo que fuera por dinero, lujo o por salvar la vida. Las
cocottes de lujo como tú sois así, sólo os interesan las pesetas, sois parásitos de la
clase alta. Pero mira como te dejaron aquí, tirada.

Tina se queda callada.

—¿Qué pintaba Abel? ¿Era simplemente un juguete para tu propósito? ¿O


era algo más? ¿No colaboras también con los facciosos, esos a los que tu protector
millonario les presta dinero para comprar armamento con el que nos asesinan?

—Lo repito, no entiendo de política.

—¿Y de espionaje? ¿Entiendes de espionaje? Tú sabías que Abel debía ir a


Málaga, con la paga, entre otros, de un batallón que participa en la defensa de
Málaga. Porque Abel te habrá contado todo eso, ¿no?

—No sé nada en absoluto de ese tema.

—Pero sabías que hablaba de ir primero a Málaga y luego llevarte a ti, tienes
que haber sabido de ese viaje, de la situación en los frentes… Información valiosa
para los fascistas.

—Te repito que no sé nada de eso. Si he oído Málaga es como el que oye
Barcelona o Bilbao.
—¿Así que no sabías que ese dinero era para pagar a los compañeros de la
columna Andalucía? Te acuestas con el pagador, que tiene que ir a Málaga y no
sospechas que lleva la paga, para más inri en tu maleta. Y el saco de joyas…
¿Tampoco lo has visto? ¿Qué creías que era? Bien lo sabías, bien. Ibas a huir con él
al extranjero… Un golpe perfecto, te haces con un buen botín, las alhajas
requisadas, y además con información del frente para tus amigos fascistas.
Seguramente le has prometido que le iba a pagar muy bien el servicio tu protector
y amante, el viejo verde Juan March, el último pirata del Mediterráneo…

Tina no puede negar el conocimiento de Juan March pero admitirlo es tanto


como condenarse.

—Que conociera a March una vez no tiene nada que ver. Yo soy una artista.

—Y una espía. Como Matahari. Pero aquella acabó mal, las espías van a
parar al mismo sitio: al paredón. Que es donde vas a ir tú, las de tu calaña no
merecen mejor suerte. Ya sabemos que frecuentabas la aristocracia, algunos
compañeros nos han informado que eras también amante del dueño del Banco
Urquijo, que tenías amigos militares…

—Indalecio Prieto es amigo mío. Llamadle, veréis como me avala.

Y mientras Tina lo dice, aún le parece ver ese camerino, lleno también de
flores, y la cajita de la joyería con el broche de brillantes y la nota de Indalecio
Prieto: «A alguien que es tan amable y tiene tan buen gusto no puedo por menos
que rendirle homenaje, con el ruego de que coma alguna vez conmigo». Era
divertido aquel socialista, y buen comedor, de hecho era lo que más le gustaba,
pensaba Tina. Pero no, aquellos anarquistas no van a llamar a Prieto, el buen
comensal, ni mucho menos para decirle que tenían prisionera a Tina de Jarque, a la
que acusaban de espía facciosa.

—¡Qué bárbaro! ¡Qué humos! Así que Prieto, apuntas alto, ¿no? Te da lo
mismo, mientras tengan poder y cuartos, ¿no? Pero lo que me dices me recuerda
algo. Tus joyas. El degenerado de Abel y el Abogado dicen que están seguros de
que tienes joyas guardadas. Y mira, en eso le creemos. Si nos lo cuentas, lo
tomaremos como un gesto de buena voluntad. Te estás jugando la vida. Por mucho
que lo niegues, no nos vas a convencer de que no tienes guardado un botín en
joyas, ya sean las tuyas o requisadas por Abel.

—¡Yo jamás robaría! ¡No me hace falta!


—De eso estoy seguro. Tienes el riñón cubierto. Y más partes de tu cuerpo.
Para eso eres artista, ¿no? Tienes miles de admiradores a tus pies, esos crápulas
aristócratas y banqueros. ¡Confiesa! ¿Dónde guardas las joyas?

Tina está acorralada. Le da vueltas la cabeza. Tampoco ha comido, con un


nudo en el estómago que le ha impedido engullir un plato de arroz que le han
ofrecido hace horas. Quizás las joyas, a fin de cuentas, puedan salvarla la vida.

—Os prometo que no lo sé…

—¿Eso quiere decir que admites que están guardadas?

Tina asiente, y Manuel Báez esboza una sonrisa. Ha ganado. No es que se


enorgullezca de haber acorralado a una mujer con miedo, poco acostumbrada a la
violencia y aquellos ambientes, pero ha logrado su objetivo. Es una zorra fascista,
como dicen todos en el Comité Nacional. Una zorra fascista con miedo, capaz de
cualquier cosa. Confesará lo que sabe bajo presión.

—Jamás he sido fascista. Actúo para toda clase de públicos, he actuado en


espectáculos para vosotros. Aceleré el viaje porque no podía más. Desde que Abel
se metió en mi vida ha sido un infierno. Nada más que amenazas, me tenía
prácticamente secuestrada. No soy yo quien le ha seducido, sino quien quiere huir
de él…

—Justo saliendo con él, en su coche…

—Era la única manera. Y si hubiera encontrado mis joyas ahora podría estar
ya muerta. No me dejaba en paz. Él hizo los preparativos. En realidad, no ha
dejado de utilizarme en todo el tiempo. Para vigilarme convenció a los mandos de
la columna para trasladarse a mi piso y tener campo libre. Me ha usado como
excusa para el viaje, y ahora intenta aparecer como si le hubiera seducido con
malas artes. Pensaba más en ese botín que en mí y en la fuga con sus compinches,
yo he sido la víctima. En cuanto al dinero y a las joyas, yo nunca supe nada. Sabía
que llevaba cosas robadas en ese saco, pero, ¿qué podía hacer? Estaba atrapada. No
tenía a nadie a quién acudir, me tenía vigilada todo el tiempo, por él o por alguno
de los otros, como el Abogado, el Guitarrista o el Perdigones.

—Hablábamos de las joyas. ¿Dónde están?

—Repito que no lo sé. Las tiene mi madre en Barcelona. Si queréis vamos y


os las entrego. Además, así podéis hablar con mi representante y que os diga si es
verdad o no que iba a actuar allí, en el Apolo.

—No, guapa, tú te vas a quedar aquí, iremos nosotros a por ellas. De


momento, escribe una postal a tu madre diciéndole que nos las entregue y que
serás puesta en libertad en dos días.

Por primera vez en el transcurso de aquellas horas, Tina mira a su


interrogador con esperanza. Es una posible promesa, destinada, por supuesto, a su
completa colaboración. Pero no tiene ya otra alternativa. Le traen la postal y casi se
la dictan. En ella dice que está en la cárcel de Valencia y en cuanto se resuelva el
asunto de las joyas, la pondrán en libertad en dos días. A Tina, aquello de la cárcel,
sin ser verdad, no le hace mucha gracia. No tiene ninguna garantía.

—Nos llevaremos tu bolso. Si no hay ninguna oposición y tu madre


colabora, lo traeremos con las joyas. Hasta entonces no se tomará ninguna
resolución.

Los seis cenetistas viajan a Barcelona en dos coches. En el Comité Regional


les espera un compañero que les acompaña a la casa donde se hospeda la madre de
Tina, la de la artista Conchita Cisneros. Todos juntos llegan al piso en la Gran Via
de les Corts Catalanes. Un hombre abre la puerta. Es el novio de Conchita, Manuel
Gabriel, que hace pasar a los cinco policías, el delegado Manuel Báez y al miembro
de la regional catalana. La madre de Tina se encuentra en la salita, con Conchita
Cisneros, y se levanta alborotada al ver entrar la comitiva.

—¿Pasa algo? ¿Es sobre Tina? ¿Está bien mi hija?

—Perfectamente. Le traemos este bolso y estas llaves de parte de ella. Está


detenida acusada de un delito de estafa pero puede ser puesta en libertad en dos
días si nos da sus joyas.

Constantina está seria, muy seria. La trampa de la que han querido escapar
se ha cerrado para su hija, que está en peligro de muerte. Malditas joyas, maldita
guerra, malditos hombres. ¿Cuándo acabará todo aquello? En aquellos meses de
guerra ha envejecido diez años. Y ahora aquel golpe mortal, su hija presa, la vida
en peligro.

Tanto Conchita Cisneros como su novio y los seis hombres esperan una
palabra, una respuesta de la madre de Tina. El silencio se ve roto por una
contestación que es un soliloquio:
—Esas joyas es todo lo que ella ha trabajado en la vida, toda una carrera,
llena de esfuerzos y afanes. ¡No hay derecho!

El eco de aquellas palabras cae en vacío. Sólo se oye la voz de la anciana.


Conchita suspira, con el corazón encogido. Su novio le toma la mano, mientras la
madre de Tina retuerce un pañuelo entre sus manos, el mismo con el que se
enjugaba las lágrimas. No hay día que no se pase llorando varias horas.

—Si se las doy, ¿no le harán nada a mi hija?

—Saldrá pronto en libertad.

La mujer se levanta y camina hacia la galería, a la vista de todos. Allí, toma


una maceta, levanta la tierra y extrae una bolsa impermeable.

—Aquí están. Pero si no es verdad y a mi hija le pasa algo, esas serán joyas
malditas, manchadas con sangre que caerá sobre vosotros.

Nadie replica. Manuel Báez recoge la bolsa, la limpia un poco y la abre. Allí
está el botín que buscaban.

—Es todo lo que tenemos, nuestras únicas posesiones. Lo hemos perdido


todo en esta maldita guerra, pero lo doy por bien empleado si sirve por la vida de
mi hija. Ella no ha hecho nada. Tenía que venir aquí, a actuar.

—Sí, hemos de hablar precisamente con su representante, así que nos


vamos.

—¿Saldrá en libertad entonces mi hija?

—En dos días. ¡Salud!

Los hombres salen con rapidez dejando una onda de irrealidad en el aire. La
escena se ha desarrollado en menos de veinte minutos, aunque a todos les parece
un siglo aquel período. Luego Constantina, lenta, pero inexorablemente comienza
a llorar. Conchita Cisneros llega junto a ella y llora a su vez mientras el novio, de
pie, masculla maldiciones contra aquellos desalmados si no cumplen lo prometido.
Los lloros y la angustia se instalan en aquel piso. Si ya con la guerra y la separación
de su hija el gusano roedor de la muerte ha ido anidando y excavando sus túneles
en el corazón de Constantina Castro, aquel día comienza para ella el principio del
fin. Porque no hay noticias a los dos días, ni a la semana, ni nunca. La guerra sigue
su curso, mientras que su corazón, cada vez más herido, se va apagando poco a
poco.

***

Al arrojarme al calabozo de la comisaría de Trinitarios, pensé que era mal


fario aquello de acabar mi vida encerrado, tal y como se había pasado una buena
parte de mi juventud, esa juventud dedicada a la causa que había traicionado.
¿Cuándo fue la primera fecha de la traición? Ya ni me acuerdo. Quizá no vino en
los primeros días, con la rabia de la guerra, resistiendo en los pueblos, volando
puentes y huyendo luego del enemigo, sino en Madrid, la cómoda retaguardia,
cuando jugaba a ser juez de las vidas de otros, requisar para la organización y al
final para mí mismo. O tal vez ocurrió antes, cuando comencé a atracar, o a
practicar la expropiación social, tal y como nos gusta decir.

Sí, he disfrutado despojando a los ricos de todo lo que he podido, no sólo


objetos materiales, sino su dignidad y sus maneras. Me gusta bajar los humos a los
facciosos emboscados. Pero he ido más allá de lo que pregona nuestra justa causa,
y además empecé a pensar que aquella aventura de la revolución podría ir mal.
Por eso comencé a acumular botín, bajo el pretexto de la contabilidad del batallón.

Y luego vino mi aventura con Pepe Pareja, breve, casi a escondidas de los
demás del cuartel, porque a pesar de todo lo que pregonan o pregonamos los
anarquistas, no están bien vistos esos «excesos». Pepe me fue seduciendo, poco a
poco, y yo me complací en ello, y le tenté incluso, yo que no había conocido mujer,
salvo una triste y penosa experiencia con putas en Melilla, caí en sus redes. Quizá
ya ahí estaba perdido, ofuscado, vivía en la nube de la revolución, de subvertir el
orden, ese orden que me había condenado a años de cárcel por querer cambiar las
cosas. Sí, quizá era la euforia, la venganza contra ese ejército que me había
machacado en África, esa Legión que aborrecí, como todas las instituciones que me
recordaban a mi familia, a mi pueblo, la jodida Iglesia, los señoritos. Y al final, ha
sido esa aventura la que me ha perdido.

Digo mal. En realidad yo mismo me he perdido. Entre pistolas y requisas en


la capital de España me he ido perdiendo. La violencia, la acción, la rabia, ese
vértigo en el que estaba inmerso, me ha tomado y poseído. Atrás queda el tiempo
casi detenido de las cárceles, cuando leía a Einstein y su teoría de la relatividad,
organizaba coros libertarios o escribía colaboraciones para los periódicos
anarquistas. El tiempo y el espacio, qué misterios, pronto se pararán, todo se
parará, de la única manera posible, justicia revolucionaria, con una bala en el
corazón. Lo único que merecen los traidores.

Mi vida, bien pensado, no es más que una suma de traiciones. Por eso tal vez
fustigué tanto a los que se desviaban, a los renegados, desde mis escritos, mis
artículos en El libertario, en La Revista Blanca. Pienso ahora que era por esa causa, la
de ser un abonado a la traición. Traidor fui a mi clase, maldiciéndola, huyendo de
ella, del caserón donde reinaba mi padre, mi madre de botica e iglesia. Robando y
deshonrando a la familia, lo que merecía sin duda, pero en esa negación ya estuvo
el principio de todo, destinado a ser judas errante, pieza que nunca encaja,
legionario rebelde en una jerarquía donde lo único que valía era la disciplina hasta
la muerte. Traidor al honor militar, a la patria que borró pasados para hacer a los
hombres iguales, buscadores de la muerte, sembradores de ella, profesionales del
terror, aplicado, inmisericorde, a uno mismo. Y traidor por último a la causa,
sostén de una vida, objetivo e ideal, uno se descubre al fin terrenal y egoísta,
hedonista y degustador de placeres, no tan lejos de la clase a la que abominé,
traidor pues a mi familia y a mi casta, al ejército, por la causa, y traidor a ella por el
amor, o la lujuria, el placer del poder, de ejercerlo, de tener dinero. Traidor a Pepe,
traidor por Tina. Sí, he sido seducido, pero tanto por el cuerpo de Tina como por
su mundo, he sucumbido a los encantos de una vida regalada, que no se ha hecho
mi cuerpo sino para el disfrute, tanto tiempo retenido, combatido, aquellos fugaces
destellos de sexualidad entre hombres, el capítulo de Pepe Pareja, felizmente
olvidado, si acaso como ejemplo de poder transgredir los límites, de buscar ese
más allá del placer físico, ese equivalente a la muerte, la disolución en el placer.

Tina a veces parecía mirarme como si estuviera loco, y un poco de mis


casillas sí me ha vuelto, porque cómo comprender que se comportara tan
delicadamente conmigo, que me proporcionara tanto placer refregarme con su piel,
tomando mi pene en su boca, y luego cabalgando su cuerpo furiosamente, por
delante y por detrás, azotándole las nalgas tal y como me ha enseñado, gozo
divino, agarrándole los pechos, disolviéndome en ella. Ya todo está perdido, y en
esos delirios en los que extraño su cuerpo y sus huecos de placer me doy cuenta de
para quién he sido el peor traidor: para Tina, mi diosa. A ella he inmolado en mi
loca huida, en la podredumbre en la que he caído. Ella no se merece eso. Aunque
sólo fuera por haberla amado, todo habría valido la pena. Si supiera que ella,
aunque fuera un instante, me ha amado de verdad, por mí mismo, sería un último
consuelo, que quizá no merezco. Pero, ¿quién va a hablar bien de mí ya? ¿Quién va
a hablar de Abel Domínguez Pallarés, traidor…?
***

Hay poco que deliberar. Los miembros del Comité Nacional presentes —
Marianet, Galo Díez, Manuel Báez, Serafín Aliaga, Delio Álvarez, Rueda Ortiz,
Horacio Martínez Prieto—, tienen claro que no pueden permitirse un traidor y
ladrón dentro de sus filas. El caso del socialista Atadell está aún muy fresco.
Además, que el castigo recaiga en alguien que se ha caracterizado por defender las
ideas con su pluma y sus pistolas, sufriendo años de cárcel por la causa, es un
aviso y un escarmiento. El rostro de todos es adusto, grave, reconcentrado. Cuando
hacen pasar a Abel, según la costumbre de los anarquistas de que el acusado pueda
defenderse si está su vida en juego, le miran directamente a la cara. Abel, por su
parte, camina cohibido, mirando al suelo y al techo, paseando fugazmente la
mirada por aquellos rostros, sin atreverse a sentarse. Es consciente de la extrema
gravedad de aquel juicio, un consejo de guerra llevado a cabo por la plana mayor
de la organización que rige los destinos de la Confederación en aquellos tiempos
difíciles donde está en juego no sólo la revolución social, sino su propia
supervivencia como sindicato.

Contrariamente a lo que pudieran suponer, Abel apenas habla. No quiere


rebatir ninguna de las acusaciones que le hacen, ni polemizar con sus compañeros,
sabedor de cuál será el resultado. Está condenado y lo sabe, y no tiene ni fuerzas ni
ánimos para discutir, buscar excusas, culpar a otros, a Tina, de lo que ha intentado.
Tiene la dignidad de saberse culpable y no luchar inútilmente por una salvación
imposible. Pero, en un último intento, intenta exculpar a aquella criatura que
puede seguir la misma suerte que él.

—Tina no sabía nada de mis manejos. Es absolutamente inocente. La engañé


y utilicé, no merece pagar por algo que es exclusivamente culpa mía.

—Pobre pelele, no sé quién de los dos ha utilizado más al otro —responde


Báez.

Algunos de los miembros del Comité Nacional han asistido, en aquellos


meses de guerra, a casos parecidos de compañeros que han enloquecido,
acaparando bienes, dinero y joyas, asesinando incluso para ello. Quizá ha sido el
vértigo, la liberación de las espitas de toneles sometidos a mucha presión. La
euforia ha podido con ellos, la falta de escrúpulos contagiada por muchos de
aquellos presos sociales o comunes que han salido de las cárceles. Pero esos
compañeros, algunos con cierto tiempo de militancia, no tenían la cultura de Abel,
ni eran capaces de escribir como él. Seguramente ha sucumbido a algo más que las
tentaciones de dinero o venganza: la seducción de una vedette, de una cortesana de
lujo que seguramente trabaja para los facciosos. No es raro, con su juventud, Abel
ha pasado muchos años en las cárceles, no ha gozado de mujer y era presa fácil
para una mujer bien plantada como aquella.

—Muy caballero eso, casi diría de moral burguesa, aunque tú precisamente


has escrito en contra de esa moral hipócrita. Es difícil creer en la inocencia de una
individua como esa que ha sido amante de esos parásitos que son nuestros
enemigos de clase.

—Si lo fue o no, no lo sé. Lo que sí os puedo decir es que no me sedujo. Se


acostó conmigo no por su propia voluntad, sino forzada por la situación. Muchas
mujeres hubieran hecho lo mismo.

—Sobre todo si trabajan para la Quinta Columna y el triunfo de los


facciosos. Iba a conseguir, además de un buen botín, que desertaran siete
compañeros.

—Ni el Guitarrista ni Perdigones sabían nada. Venían como chóferes, para


turnarse en los coches, no llevaban siquiera equipaje. Ellos creían que tras Valencia,
iríamos hacia Málaga, donde, entre otras cosas, llevábamos la ametralladora.

—Eso lo comprobaremos, desde luego —truena Marianet—. Pero, ¿cómo un


hombre como tú cayó en eso, compañero?, ¿cómo acabaste con todos los vicios
burgueses que tanto fustigabas desde tus artículos en La Revista Blanca, donde
escribías junto a Federica Montseny? Yo he leído esos artículos y no te reconozco.
¿Para qué te sirvió tanto tiempo en las cárceles? Te has emputecido. Tú que eras un
hombre puro y un ejemplo para las Juventudes Libertarias, una referencia para el
sindicalismo sureño…

Abel guarda silencio. De alguna manera, desea que todo aquello acabe
cuanto antes. No puede soportar la mirada de sus correligionarios, de aquellos
compañeros a los que ha traicionado, junto con la causa. Merece la muerte.

—En recuerdo de aquellos días en los que eras un león combatiente, te


dejamos elegir. Puedes morir en el frente de batalla, combatiendo contra los
fascistas en primera línea, intentando llevarte a alguno por delante.

Abel parece pensar en aquellas palabras, o tal y como alguno de los


presentes ya sospecha, en realidad está muy lejos de allí. Pero al final regresa.

—No, he sido un traidor y sería para mí un honor que no merezco, morir en


la línea de fuego. Matadme cuanto antes, no perdáis tiempo.

***

¿Y por qué? ¿Por qué tengo que morir? Porque todo el mundo se volvió loco,
los políticos, los militares y los obreros, todos quieren matarse… Pero, ¿por qué
quieren matarme a mí, que no he hecho nada? Mira que ir a morir así, ante un
pelotón, jamás imaginé esta pesadilla, no me entró en la cabeza un final semejante.
Esta maldita guerra, esta absurda locura que me llevará por delante, yo que nunca
me metí en política, que traté igual a unos y otros, de izquierdas y derechas,
aunque en ese mundo de lentejuelas, de brillos y plumas, sea el ambiente frívolo
de los que consideran señoritos.

Toda mi vida no he hecho más que trabajar, en los escenarios, cantando,


bailando, dando placer a los demás, con belleza, armonía, sensualidad. Y eso,
ahora, ha obrado en mi contra. De qué sirve decir que hablo cuatro idiomas, peor,
si ya me han acusado de espía, de ser amiga y querida de aristócratas, de qué sirve
decir que fui de las primeras en traer el jazz, en enseñar el pecho, de seducir
cantando y bailando, aunque eso sí, me entregué pocas veces. A veces pienso que
he disfrutado tanto de la vida, de los viajes, de los países y escenarios en los que he
triunfado que algún precio tendría que pagar. Yo creía que mi precio era el amor,
porque una diva mantiene siempre una discreta niebla sobre su corazón, en la que
a veces se alternan dos hombres o pasa mucho tiempo sin ningún inquilino. En el
fondo, siempre estamos solas.

Reconozco que he sido una privilegiada, que he hecho lo que he querido en


mi trabajo y en mi vida, he elegido amante y me he dejado querer muchas veces,
me he rodeado de cosas caras y bonitas, entre ellos esa colección de brillantes en la
que basaba mi futuro y que también ha ido a parar a estos bárbaros. Pero no
merezco un final así. Sólo intenté conservar lo que era mío, bien sé yo lo que me
costó ganar aquellas piedras.

Me acusan de espía, de haber seducido al infeliz Abel. ¿Al infeliz Abel? ¡Al
infecto Abel! No se puede decir que lo haya seducido, accedí a que se acostara
conmigo. Creí que lo podría manejar, que lo peor había pasado, que si me había
escapado del paseo y las joyas estaban en Barcelona, con mi madre, pronto
podíamos escaparnos a Francia. Me equivoqué, el miedo me pudo, no me dejó
pensar con claridad, quitaba importancia a lo del dinero y las joyas que manejaban,
no creía que al final aquello me fuera a involucrar, lo había hecho por salvar la
vida. Pero cuando eres presa del miedo, cada uno tiene una reacción. A mí me
paraliza, no puedo comprender como hay gente con tantas ganas de matar. No me
deja defenderme bien, no digo lo que tengo que decir, me bloqueo. Me imagino en
la jaula de las fieras, inerme ante los leones.

¿Por él? ¿Por haber tenido aventuras con algunos banqueros, como muchas
artistas, como muchas mujeres? ¿Por eso me tienen que matar? Si estuviera liada
con el que me acusan no me habría dejado en Madrid, a mi suerte.

Nadie dará cuenta de la verdad de mi final, de mi triste destino. Ni siquiera


Álvaro Retana, Alvarito, podrá escribir lo que de verdad pasó. Ay, cómo me
acuerdo de ti, de aquellas conversaciones frívolas que teníamos sobre la muerte,
nosotros que no pensábamos de verdad en ella, que no la temíamos porque la
veíamos muy lejos. Me reía de tus temores, Alvarito, a que te enterraran sin estar
de verdad muerto y despertarte en la tumba. ¡Ay Dios! ¿Será posible que yo me
vaya a convertir en un cádaver? Dicen que ante la cercanía de la muerte pasan las
imágenes de tu vida por la cabeza. Yo repaso mi vida, mis errores, mis aciertos, la
gente a la que quise y me quiso, las cosas que no pude hacer, como tener un hijo…
Y no sé por qué me acuerdo ahora de aquel viaje a Alemania, de aquellas
conversaciones con el anciano ruso que me hablaba de que todos somos cadáveres
vivientes. Para mí, dentro de poco, se acabará la farsa y sólo seré un cadáver de
verdad ¡Ay Dios, triste de mí, qué negra suerte la mía!

Y hay algo que me enerva, que me fusilen con aquellos con los que no he
tenido nada que ver, los culpables de mi ruina. No voy a tener a nadie al lado a
quien hablar, voy a morir sola. Todos morimos solos, pero, ¿por qué la sordidez de
esta muerte? ¿Por qué tengo que morir? Yo no he traicionado a nadie. No seduje a
ese desgraciado. Si fuera a seducir tenía bocados más altos, el mismo Indalecio
Prieto bebió los vientos por mí en una ocasión, ¿por qué iba a seducir a Abel?, y
entonces la coletilla, por el botín, porque sabía lo que guardaba Abel, sus requisas.
Eso era lo último, acusarme de ladrona, cuando yo hubiera dado toda mi casa y mi
fortuna por irme fuera de España. Pero no valen razones con ellos. No se les mete
en la cabeza que yo no fui la seductora, y el que creían pardillo era en realidad un
pajarraco, al que seguramente ha vendido alguno de sus compañeros, el tal Pepe
Pareja, con el que tenía amores. Bien sé yo que esos celos son peores que los de las
mujeres. Por más que lo pienso: ¿Por qué? ¿Por qué tengo que morir? Aún soy
demasiado joven, esta guerra pasará, la gente necesitará alegría. Yo podría dársela,
llevo un mundo dentro todavía, mucha belleza.

Y morir yo es morir mi madre también, no lo resistirá mucho tiempo, yo soy


la razón de su vida. ¿Por qué? ¿Por qué tengo que morir? ¿Por qué me voy a
extinguir?

***

Los sacan juntos. Tina y María lloran, no pueden ocultar las lágrimas. Están
atados Abdón y su mujer, Abel y el Abogado. Tina está sola, con las manos a la
espalda. Sabe lo que le espera, se recoge el vestido, intenta mirar hacia lo alto.

—Mira, ligera de ropa hasta la muerte —dice un ejecutor gracioso.

—Les rogaría que no me dispararan a la cara. No me desfiguren, háganlo


por respeto, mi última voluntad.

—Coqueta, desde luego. Genio y figura.

—Basta ya, acabemos de una vez con esto… ¿Preparados? ¡Apunten! ¡Fuego!

Suena la descarga y el cuerpo de Tina cae casi encima del de Abel. Quizá por
la última advertencia, sólo varios disparos la han alcanzado, pero ninguno mortal.
Cuando el responsable de la ejecución llega hasta ella, con la pistola en la mano, no
es capaz de disparar el tiro de gracia. Con una respiración agónica, un estertor, la
vida se le va por las heridas a Tina de Jarque, mientras que nadie, allí, hace nada.
Un miliciano intenta taparla con un capote, pero queda fuera la cara, que, con los
ojos abiertos y una mueca de agonía, mira hacia el infinito azul del cielo. Esos
movimientos lo único que logran es extender la sangre que empapa su cuerpo.
Apartada de los otros, ninguno del pelotón la mira a los ojos, ninguno se quiere
llevar esa imagen de la moribunda. Saben que podría perseguirles.

Cuando Tina exhala el último suspiro, el carro de bueyes que espera en el


picadero de Paterna se pone en camino. Lleva los cuerpos fusilados y, a pesar de la
paja que absorbe la sangre, va dejando un reguero sangriento. Entre el empleado y
varios ejecutores suben su cuerpo, que cae sobre el grupo desmadejado y
empapado de sangre.
Por fin el tiempo y el espacio se han detenido.

***

En la segunda entrevista con Isabelita, fuera ya del camerino y de presión


del comienzo del espectáculo, Julián Montes había querido conocer los detalles del
final. Quedó con ella en Chicote, en la Gran Vía. Un sitio que ya conocía y donde
jamás iría a buscarlo la Policía. Buen lugar para rematar su historia. A Isabelita sin
embargo, no le gustaba. Se veía que estaba incómoda. Sabía lo que se cocía
alrededor y no quería que se la confundiera, aún más por ser de la farándula de las
variedades.

—¿Y qué pasó después de la muerte de Tina?

—Después de aquella tragedia, mucha gente creyó los rumores de que había
pretendido huir con joyas, otros no por mala fe, tuvieron miedo y se fueron
retirando. El caso es que me encontré sola en Madrid. Gracias a una persona muy
influyente, el comisario José Barchina, tengo que decirlo, aunque era republicano
se portó muy bien conmigo. Me puso un policía en Madrid día y noche para ir al
teatro, porque nadie quería ir conmigo, al Maravillas, y yo tampoco quería llamar a
nadie porque no quería perjudicarlos.

Isabelita hace una pausa. Contar lo de aquellos días parece aún afectarla.
Pero se repone y sigue.

—Estuvimos así dos años, terminé dos días antes de terminar la guerra,
repusimos Las Leandras y muchas obras, siempre de revista y de tiple, estaban entre
otros, el maestro Alonso, Conchita Rey, la Portillo, una gran actriz de carácter,
Esperancita Roy, Roberto Lindio, que era el que ponía los números, y Rafael Arcos,
que también había actuado con Tina en su última película, Carne de fieras, una que
habían empezado cuando la guerra.

Montes la dejó hablar. Como en la novela policíaca que le hubiera gustado


escribir, a la manera de Rex Stout y su astuto detective Nero Wolfe. Aquella
historia, sin embargo, tenía otra substancia, intrínsecamente española, fruto de
aquella locura que había sido la guerra.

—A Constantina, la madre la asustaron. Fueron a Barcelona, le quitaron las


joyas… ¡Pobre, lo que tuvo que pasar esa mujer! Cuando terminó la guerra yo
mandé dinero a Barcelona para que viniera a Madrid, a su casa, donde yo estuve
viviendo una buena parte de la guerra, para que no la saquearan o pasara a otras
manos. Por allí vino Álvaro Retana, la madre de Mimi Montián, Tatá, Rafael Reus,
unos cuantos artistas. Yo lo tenía todo a mi nombre, tenía la casa fabulosa en todo.
La pobre Constantina estaba ya muy mal, no se repuso de lo de Tina, de alguna
manera nos culpaba a todos los que habíamos tenido que ver con ella, yo tuve que
cortar las relaciones. Creo que su final fue fatal, pocos meses después murió en el
cuarto de la criada, con una amiga que tenía ella. Le hicieron firmar que lo donaba
todo a la criada cuando estaba inconsciente. Eso podría usted investigarlo.

—Todo se andará.

—Yo fui a buscar su tumba. Ella murió entre la carretera de Valencia a


Paterna, el 23 de enero a las 3:30 de la tarde. La fusilaron, por lo que yo me enteré
murió la pobre desangrada. Así me lo contó Armand Guerra, el cineasta anarquista
con el que había hecho esa película en la guerra. Fue a preguntar por ella cuando le
llegó una de las cartas que yo le escribí. Después, a mediados del 39, en julio, me
fui a Paterna a buscar su sepultura puesto que nadie se acordaba de ella.

Julián no pudo por menos que pensar que en aquel momento él estaba
cruzando a Francia con su derrota y su pacto a cuestas.

—No sé qué había pasado con el enterrador, pusieron uno nuevo que no
sabía nada. Yo entré con una amiga, y fue horrible, en el anochecer, aquellas
tumbas parecían tan bárbaras y brutales… Me dijeron: «estas son de invierno, estas
de verano, pero no podemos decir dónde está». Yo llevaba un ramo de flores, lo
puse en medio de todas, y me dio tal congoja que, si no me sacan, me quedo allí. La
pobre, enterrada sin un epitafio y después de que la llevaran en una carreta de
bueyes.

—¿Entonces, no encontró la tumba? ¿Y no pudo ocurrir que Tina se salvara?

—¡Ojalá hubiera sido así! Eso fue precisamente lo que dijo una persona que
llamó a la madre, que se había salvado del fusilamiento y que estaba en una finca
del campo, escondida. Todo mentira, algo cruel…

La cara de Isabelita había cambiado. A Montes no se le ocurrió interrumpir


su arrebato y la dejó flotar en la evocación.

—Aún la estoy viendo, en enero de 1937 con un trajecito azul, cuando se


marchó, que yo la despedí, nos entró una cosa, nos abrazamos y nos echamos a
llorar, porque yo no sé por qué vi que iba engañada, no se la podía ayudar y no se
podía hacer nada. Yo no fui porque no había sitio en el coche y quedaron en que
fuera otro día, porque yo también tenía contrato. Pensábamos trabajar en
Barcelona para luego irnos a Brasil. Pero a ella la esperaban, una persona que la
esperaba, en Suiza, lo tenía todo arreglado.

—¿Quién la esperaba en Suiza?

—Bueno, eso no se lo debería decir. Ahora es alguien muy influyente.

La iluminación se hizo en la mente de Julián Montes.

—¿No sería un gran banquero? ¿Alguien que ayudó al movimiento


nacional?

—No es algo que se pueda airear por ahí. Era amiga suya desde el año 22,
cuando la vio actuar en Madrid. Fueron amantes, y luego amigos, se veían muy de
vez en cuando. Pero no la avisó de lo que se iba a preparar. Tina se quedó en
Madrid. Y con ella, la mala suerte. ¡Ay, cada vez que me acuerdo!
CAPÍTULO 16

Un final de novela

Octubre de 1948

El foco, dirigido directamente a él, le cegaba los ojos. La Policía había


decidido no eliminarlo o, al menos, no de momento. Intentarían sacarle toda la
información y después, con suerte, le someterían a un consejo de guerra.
Descubrirían enseguida quién era, lo que equivalía a una condena a muerte. Una
vez se podía escapar de sus garras, dos no. No tenía más remedio que resistir y no
delatar. No había premio final, y por lo mismo, ninguna posibilidad de redención
salvo en inmolarse, sin delatar a nadie. Como defensa ante la luz, y como reflejo de
otro tiempo de cárceles, Julián Montes cerró los ojos, dejando una línea apenas que
le impediría ver cuando lo volvieran a golpear, porque de seguro no admitirían su
negativa a colaborar. Una vez, nueve años atrás, había cedido: no lo haría ahora.

Le habían detenido en la estación de Valencia, a punto de regresar a París.


Desde que había llegado de Francia le asombró la miseria que aún se vivía en el
país, con grandes contingentes de prostitutas, el hambre aún en la mente de todos,
siempre gris, vacío, una tristeza sin fin, sin sentido y sin remedio.

En esa sensación, de la que era difícil sustraerse, a pesar de que lo intentaba


con clásicos de novela policíaca, estuvo nadando unas semanas. Había llevado a
cabo su misión y se había entrevistado con miembros de varios comités regionales,
entre ellos, el último, el de Levante. Desde los tiempos de Pallarols, varios comités,
tanto nacionales como regionales se habían sucedido, y aunque uno caía, la
Confederación aún tenía repuestos para crear otro a continuación. Entre diciembre
de 1946 y marzo de 1947, fecha del último congreso confederal en la
clandestinidad, y tras un fuerte movimiento de huelgas promovido por CNT,
habían sido encarcelados más de dos mil afiliados en toda España. En octubre,
después del paso de Montes por Cataluña, se habían registrado varias caídas de
militantes, sobre todo en Barcelona.

Montes vivía a salto de mata, conjurando peligros ciertos e inciertos. Así


había vivido ese tiempo, desde el 47, cuando había entrado clandestinamente por
los Pirineos hasta el otoño de 1948, viajando por España, varias veces entre Madrid
y Barcelona. En el seno de la propia organización había fuertes disensiones entre el
exterior y el interior que auguraban una ruptura. Esa situación lo amargaba y le
hacía pensar en emigrar a América. Pero aún tenía cosas pendientes.

Después de la última entrevista, en Valencia, quiso visitar a su madre, tal


vez como despedida. Al llegar a su casa se encontró con que, tras una dolorosa
agonía —que había aguantado, como la vida, sin apenas quejarse, manchada
siempre de tristeza—, aquella mujer valiente había muerto hacía dos semanas de
una dolencia pulmonar que había debilitado y parado definitivamente su
maltrecho corazón. Se lo dijo una vecina a la que no conocía, y que, por fortuna,
tampoco le conocía a él. Calculó que cuando sucedió, él se encontraba en Madrid,
circunstancia que le apenó aún más. Sabía que aquella podría ser la última vez que
la viese en vida, y ni siquiera eso había podido realizar. El malestar no lo calmaron
ni los cigarrillos ni las copas de coñac que tomó en un bar cercano, desde el que
divisaba la puerta de la que había sido su casa. Se sonaba con el pañuelo
aparentando un catarro, porque no quería que nadie viera sus ojos. Parte de su
vida había transcurrido en aquella casa, los años más felices de su infancia, con su
hermano. Ahora pasaban ante él con ese perfume de vértigo con que nos envuelve
el pasado tras la muerte de un ser querido.

Pagó las consumiciones y empezó a vagar por las calles sin rumbo fijo. Fuera
por el alcohol ingerido, al que no estaba acostumbrado, o fruto de su estado de
abatimiento, en el que sin darse cuenta volvía a entornar los ojos, a la vuelta de una
esquina se chocó de frente con un hombre que portaba un saco. La sorpresa le hizo
saltar y abrir los ojos, para percatarse enseguida de que la cara que tenía ante sí era
conocida. Aquel hombre, con ropas gastadas y aspecto cansado era Joaquín Cots.
Se notaba que no le iban bien las cosas, como a la mayoría de los vencidos que
habían terminado de purgar años de cárcel. Lo insólito de aquel tropiezo les dejó a
los dos aturdidos. Montes reaccionó. Preguntó a Cots si se había hecho daño.

—No, compañero, no fue nada. Ya veo que te salvaste de la «Pepa» y no te


picaron. Yo acabo de salir. ¿Cómo te va? Ya veo que mejor que a mí.

—Nunca te fíes de las apariencias. Acabo de enterarme de la muerte de mi


madre. Perdona, me tengo que ir.
Montes miró a los lados y antes de que el otro le dijera algo, deslizó en su
bolsillo un par de billetes de cien pesetas. Acto seguido siguió su camino sin mirar
atrás, sabiendo que aquel viejo compañero de infortunio era incapaz de apartar de
él su mirada mientras se alejaba.

Aquel encuentro era como una señal, cerraba un círculo. Era difícil pensar en
una casualidad, aunque entrara dentro de la lógica. Pero aún faltaba algo. Una idea
acudió a su mente. Era aquella palabra que Cots había pronunciado. El
desconcierto y el corazón acelerado se mitigaron dos manzanas después, cuando
llegó a una parada de taxi. A pesar de la prevención de todos los luchadores
clandestinos —los taxistas eran a menudo confidentes de la Policía— se metió en el
primero de la fila.

—¿A dónde vamos, jefe?

—Al cementerio.

—¿Algún ser querido? Le acompaño en el sentimiento…

Atajó como pudo la conversación del taxista y durante el trayecto, se encerró


en un riguroso mutismo. Él ya no tenía nada que hacer en aquel país. Había
cumplido con su cometido y volvería al exilio, lo intentaría en América, tal vez en
México, donde también esperaba que pudiera acudir su hermano, que estaba a
punto de salir de la cárcel. Era, desde luego, el final del ciclo. Nada, tras aquella
muerte, le ataba ya a su tierra. Se lo dijo a sí mismo muchas veces, hasta llegar a la
tumba de su madre, en una tarde nubosa y desapacible. Estuvo despidiéndose de
ella, dándole un último abrazo, durante un buen rato. Después se encaminó a las
oficinas del cementerio. Necesitaba resolver el misterio de Tina de Jarque, los flecos
que aún quedaban sueltos, su novela inacabada. Necesitaba comprobar su
sospecha antes de tomar el tren de vuelta a Madrid y emprender el camino de la
frontera.

Quizá por la conmoción que le había producido la muerte de su madre —su


hermano no había podido comunicárselo, sin duda— o los últimos hechos
ocurridos, relajó la vigilancia al llegar a la estación. No podía estarse quieto. Se
levantaba del banco, fumaba, se sentaba, intentaba leer una novela policíaca. Ya se
había anunciado la llegada del expreso, cuando un agente de paisano requirió su
documentación y, sin darle tiempo a nada más, lo encañonó. No le dejó sacar la
pistola del calcetín, y con un fuerte puntapié lo derribó por el suelo. Había sido su
único descuido en ese tiempo, pero su detención hubiera ocurrido de todos modos.
Alguien lo había delatado, tal vez aquel taxista, o su propia conducta nerviosa en
el andén.

Luego todo había seguido la lógica policial. Tras un primer intento de


interrogatorio, en el que los policías sólo le «acariciaron» dos veces la cara, lo
dejaron en paz. Cotejarían después su foto con las de los archivos, así como sus
huellas digitales. Pasó varios días en un calabozo infecto, sin tabaco, con una
bazofia por comida y una mañana, escoltado, le montaron en una camioneta y le
trasladaron a la Dirección General de Seguridad, en Madrid.

Allí le introdujeron directamente en los sótanos de los interrogatorios. Poco


había podido observar. Con los golpes que le propinaron perdió pronto el
conocimiento. Tenía la lejana conciencia del paso por un colchón antes de ser
reanimado con agua y arrastrado a aquella silla. Con el calor del foco, el agua
derramada en su cara y cuello, y que empapaba su camisa, se evaporaba en un
humillo desconcertante. Eso le llevaba inmediatamente al pitillo. Lo que hubiera
dado por fumarse uno. Justo entonces una sombra se movió y unas manos
emergieron en el círculo iluminado. Llevaban una cajetilla de Lucky.

—Puede fumar si quiere. Nunca se lo niego a nadie, menos en estos trances.


Yo también fumaré para celebrar un encuentro, después de tanto tiempo. La
verdad es que ya desconfiaba que se produjera.

Era él. El comandante Manzanedo. No sabía Montes lo que aquello podía


significar, pero en su caso, nada bueno, sospechaba. Más por sorpresa que por otra
cosa, repitió aquel nombre.

—Comandante Manzanedo…

—Bueno, ya coronel, si no le importa. El destino nos enreda los pasos. Quién


me iba a decir a mí que lo iba a ver, a estas alturas. Cuando me comunicó la Policía
el nombre de la persona que habían detenido, me desplacé de inmediato con mi
equipo. Hemos pedido a la Policía que nos deje interrogarlo. Lamento el repaso
que le dieron. No pude llegar antes. Aunque usted no lo crea, no soy partidario de
estos métodos. Hacen más por el enemigo que la propia capacidad de proselitismo
de sus camaradas. El monte está lleno de huidos huyendo de palizas y maltratos.
No les dejamos elección. Yo prefiero otras formas.

Julián Montes no respondió. No le correspondía, pensó. Ya imaginaba él a


qué formas se refería. El coronel Manzanedo encendió un cigarrillo y se lo pasó.
No sabía qué pretendía con esa camaradería, pero Montes no lo rechazó.
Empezaba a pensar que tal vez tenía un triunfo en la mano y que su curiosidad y
su instinto se habían conjurado para tener algo con lo que negociar con él.

—Y bueno, ¿no me cuenta lo que pasó? ¿Dónde le pilló la Guerra Mundial?


¿Se metió en el maquis francés? Porque supongo que eso es lo que pasó, ¿no
Montes? Verá que su hermano no fue fusilado. Cumplí mi palabra ante la duda
razonable de que usted no hubiera podido cumplir su misión y no pudiera acudir a
nuestra cita. Así que en justicia divina, usted ha venido a caer en mis manos.

—¿No le llegó la carta que le escribí?

—Ninguna, Montes. Sé que usted dijo a alguien que la escribiría.

—A esa paloma mensajera le cortaron ya las alas. Melis fue ajusticiado.

—No miente usted ese caso. He logrado evitar que cayera en manos del
comisario Quintela, el amigo de Melis. Tiene una cuenta pendiente con ustedes. Él
sí que no se anda con chiquitas. Con él hablas o mueres.

—Mejor morir que vivir como un traidor.

—También los suyos tendrían que ajusticiarlo, Montes, ha colaborado con


nosotros. De alguna manera ha cometido traición.

«¡Porca miseria!», pensaba Julián. Aquel fascista se podía meter sus


opiniones por donde le cupieran. Pero no podía envalentonarse.

—Respondiéndole a lo de la Segunda Guerra Mundial, cuando invadieron


los alemanes yo, que estaba en París, me alisté en el ejército francés. Primero nos
derrotaron, pero no nos rendimos. Acabé luchando con De Gaulle por medio
mundo hasta desembarcar en Normandía y completar la liberación de Francia. Les
dimos duro a esos nazis. Compañeros míos liberaron París. Llegué a ser oficial.

—¡Vaya, un anarquista haciendo gala de galones! ¡Vivir para ver! Pero va


para atrás, le han degradado, ahora que ha entrado clandestinamente para unirse a
los bandoleros…

—No he venido para unirme a la lucha armada, sino para despedirme de mi


madre. Murió hace dos semanas.
—Mi más sentido pésame. Pero yo creo otra cosa. Al menos, es usted enlace
del exterior. Lo prueba además este papel que le hemos intervenido en las páginas
de su novela policíaca, Fer-de-lance, de Rex Stout, con esos números: 5, d, c1, f 31,
lV, (el 1º de 20, el 2º y el 3º de 25 y el 4º de 20, 5º de 40). Debe ser una clave cifrada.
Sería interesante que nos dijera que significa. ¿Y ese subrayado de las páginas?
Tanto de ese como del otro libro, El agente secreto, de W. Somerset Maughan… Me
intriga, aunque por otro lado le alabo el gusto literario. De esas fotos que guarda
en la cartera, ya he visto la de su madre y hermano, pero la otra, ¿con quiénes está?
Se ve una especie de club, quizá sea una reunión clandestina en París… Pero a su
debido tiempo. Tenemos otro asunto pendiente, usted lo sabe muy bien, el de Tina
de Jarque.

—¿Aún no consiguió averiguar lo que quería?

—Bueno, hicimos progresos. Ya ve usted, le hice caso y volvimos sobre


nuestros pasos. La criada declaró en los consejos de guerra que hicimos a
miembros de la columna Andalucía. Contó todo lo que sabía, con todos sus
pormenores, cómo Abel Domínguez la secuestró prácticamente un mes antes de
salir para Valencia, cómo salieron en dos coches, las joyas que llevaba puestas, un
collar de brillantes con un solitario y cuatro brillantes a cada lado de la cadena,
valorado en 25.000 pesetas y una pulserita de oro.

—Para ustedes, entonces, estaría claro que era su amante…

—Ella y su madre, que murió, siempre lo negaron. Y otros testimonios.


Todos afirman que fue por miedo. Y usted sabe que el miedo es el peor consejero.

—Si están tan seguros de lo que pasó, ¿por qué no la han rehabilitado como
una víctima más de la barbarie roja? Esa es la verdadera pregunta, ¿por qué se
tomaron ustedes tanto interés en saber lo qué pasó? Y aunque tuvieran la
seguridad absoluta de que fuera así, ella era una artista de las variedades, su vida
no era un ejemplo en esta España pacata y beata que han construido. Puedo
explicarme por qué, salvo una persona en concreto, no tenían al final demasiado
interés en declararla víctima de la barbarie de las hordas rojas…

—Montes, tiene usted un defecto que no ha mejorado con el tiempo. Va


usted de listo y eso aquí, en sus actuales circunstancias, puede costarle caro. Ya
puede usted empezar a cantar, hasta la Traviata. No me gustaría emplear con
usted otros métodos, por nuestra relación pasada, pero me joden los que van de
chulos.
—Bueno, la verdad es que sí puedo contarle algunas cosas, si no se atraviesa.
En cuanto al subrayado del libro, lo hago para fijarme en la construcción de una
frase. Algún día soñé que yo también escribiría novelas policíacas, por si no lo
sabía, es lo que más me gusta. Raro, quizá, ¿no? Esa novela de Rex Stout es una
maravilla. Lo que me atrae de todo es la deducción lógica, son mundos que
también he vivido, quizá no me resigno. La foto, en efecto, es de una reunión
clandestina… para oír jazz. Con mi amigo Eugenie, trompeta, muerto años más
tarde en la lucha contra los cerdos de los boches, es decir, los alemanes. Un
recuerdo que le rogaría que me devolviera. Y en cuanto a lo de Tina, ¿no
pretenderá que le diga lo que sé a cambio de nada? Aunque me torture, no sacará
nada en claro. Soy perro viejo, sé desmayarme, como mucho no volveré. Y usted se
quedará sin saberlo.

—Conozco mucho más de lo que supone. Interrogué en la cárcel varias veces


a Miguel Bernal León, alias Pepe Pareja, el que les delató por celos. No sé si conoce
que se escapó hace dos años con Ramón Vías, entre los 24 que se fugaron de la
prisión de Málaga, comunistas, anarquistas, confidentes, pero duró poco libre.
Tiene unos años de condena, tarde o temprano saldrá con libertad condicional.

—¿Esa es la oferta? ¿Es lo que gano, una pena suave?

—Ya sé yo que no va a hablar. Le juzgarán, claro, pero no le caerán muchos


años. Pasará un tiempo encerrado, no lo dudo, pero esto tiene que acabar, tarde o
temprano. No ganarán ustedes. El pueblo español no quiere más guerras. Ya pasó
una muy larga y muy mala y sólo pretende vivir en paz bajo el nuevo régimen.

—Y eso, por qué no puede decidirlo el pueblo, preguntémosle en un


referéndum, hagamos elecciones…

—No me haga reír, Montes, es usted anarquista, tampoco cree en la


democracia burguesa.

—Lo que desde luego no creo es en ustedes. Pero me gustaría tener


garantías de que eso va a ser así, de que le cuento lo que quiere saber de Tina y
acto seguido no soy juzgado por un consejo de guerra.

—El mejor aval es que no se le conocen muertes, ni ahora ni antes, en la


guerra. Fue usted periodista, policía, miembro de la CNT, organización a la que
sigue perteneciendo, pero no veo ninguna razón para que nos beneficie su
fusilamiento. Tiene un hermano que pronto cumple condena. Eso sí, le tengo que
decir que lo que prometo, cumplo. Si me cuenta lo que pasó con Tina, la verdad
final, el lugar donde está enterrada, será algo que obre en su favor. Y de lo cual no
va a tener que enterarse nadie.

Algo tenía aquel guardia civil que transmitía honradez, lo cual era
inadmisible para un anarquista. Sería seguramente un hijo de puta, pero le pasaría
lo que a él. La curiosidad lo perdía, razón por la que le gustaban las buenas
novelas policíacas. Era un desafío averiguar el enigma, los enigmas.

—¿Puedo pensarlo?

—¿Para qué, Montes, para qué? Tengo paciencia, creo que es una virtud del
buen policía. Pero en este caso no veo que tenga que beneficiarle y a mí me haría
sospechar que en realidad usted puede tergiversar la historia o maquillarla. Ya sé
que lee novelas policíacas. Si me cuenta lo que sabe —y con su actitud deduzco
que sabe el final y donde está enterrada— le juro que no será torturado.

—Una cosa, Manzanedo. Sé para quién trabaja. O trabajaba en este caso.

—Eso hace mucho más apasionante el relato. Cuanto antes comience, mejor.

—Apárteme la luz de la cara.

Obedeciendo la orden superior, la mano de un guardia civil que Montes no


había distinguido entró en el haz de luz y desvió el foco hacia el cuerpo del
detenido.

Aún tardó un rato Julián en hablar. Hizo una seña a Manzanedo de que le
dejara fumar en paz el cigarrillo. Cuando sus ojos se adaptaron a las nuevas
condiciones, comprobó que en la habitación había, además del flamante coronel,
otras dos siluetas de pie, armadas con pistolas y porras. El propio Manzanedo le
acercó un cenicero para que apagara la colilla.

—Se les pasó a ustedes una amiga de la Jarque. La única que se comunicó
con Armand Guerra y supo de primera mano su final. El cineasta llegó a preguntar
por Tina a las tres de la tarde del 23 de enero de 1937, el mismo día que la habían
sacado para fusilar. Armand Guerra fue a Paterna, y allí en el cementerio, se
encontró a Tina, muerta, junto con cuatro personas más, Abel Domínguez, José
Acosta, el Abogado, el chófer Abdón Torres y su mujer, María. Había sucedido a
las tres y media de la tarde. Los trajeron a todos en un camión cubierto con las
siglas de la CNT-FAI. En el picadero de Paterna, ese en el que ustedes han fusilado
después a muchos de los vencidos, un piquete —compuesto por algunos miembros
de la Columna de Hierro, del antiguo grupo del Chileno— fusiló al grupo, atados
de dos en dos. Sólo Tina recibió en solitario la descarga. Alguna versión señala que
también fue violada y ultrajada, pero no lo creo, nosotros no hacíamos eso. Puede
que esa impresión se desprendiera del estado del cuerpo, ya que recibió varios
tiros pero no murió inmediatamente, y casi exánime, fue desangrándose,
perdiendo poco a poco la conciencia, rodeada del resto de los ajusticiados, hasta
que expiró. Nadie fue capaz de darle el tiro de gracia. Cuando llegó Armand
Guerra, habían subido los cuerpos en un carro tirado con un caballo hasta el
cementerio de Paterna.

—Detective de pacotilla, también la criada nos contó, con menos detalles, esa
versión. Pero hemos buscado en el cementerio de Paterna. No aparecen esos cinco
fusilados. Hemos apretado las clavijas al enterrador, que hacía favores a las
familias de los ajusticiados rojos para que pudieran enterrar sus cadáveres en las
tumbas familiares. No están allí. No se haga el listillo de nuevo.

—Aunque me lo contó así su amiga Isabelita, porque incluso Armand


Guerra también lo creyó, yo sabía que no podían estar allí enterrados. Conocía lo
que pasaba esos meses en la ciudad, y probablemente fueron trasladados aquella
misma noche al cementerio de Valencia. El procedimiento era el que se había
seguido en otros casos. La «Pepa», camión fúnebre, recogía los cuerpos en Paterna
y otros lugares y tras su ronda, los depositaba en la entrada del cementerio
valenciano. Alguien tocaba el timbre a cualquier hora, y cuando era de noche, los
enterradores sabían que se iban a encontrar con cuerpos «paseados». Esa noche no
pudieron consignar los nombres de aquellas personas. Armand Guerra ya no
estaba allí, y los cuerpos, muy ensangrentados por las horas pasadas, fueron
enterrados en una fosa común, en el registro los consignaron como cinco hombres
desconocidos.

—¿Y no pudo salvarse entonces Tina? Normalmente no fallaban en ese


aspecto.

—Puede intentar exhumar la fosa que le voy a decir. Están enterrados en la


5ª derecha, cuadro 1, fila 31, letra V (el 1º de 20, el 2º y el 3º de 25 y el 4º de 20, 5º de
28-40 —Tina). Ese era el mensaje cifrado. No es ningún secreto, el mismo libro de
registro en el cementerio viene reseñado, compruebe que son cinco cadáveres de
hombres desconocidos. Si alguien puede es usted. Como también que mi pena sea
rebajada y que pueda salir de España. Me iré a América y nunca volveré a este
país, al menos hasta que no cambie.
—Quiero saber también cómo se desarrolló todo, por qué acabó allí, fusilada
con otros indeseables.

—Cuando salga de la cárcel se lo contaré. Y, por cierto, dígale al banquero


que también tuvo su parte de culpa en esta historia. Una historia triste, historia de
traidores.

Manzanedo fue a preguntar algo, pero respetó el silencio en el que se había


envuelto el anarquista, que había entornado los ojos. Se metía en su concha. El
guardia civil se levantó y dejó a su alcance el paquete de tabaco.

—Adiós, Montes. Comprobaré lo que dice. Y si es así, cumpliré mi promesa


e intercederé por usted, espero que no le caigan muchos años. Se puede decir que
le ha tocado la lotería. Yo sé que nunca dejará de estar contra el régimen, es mejor
que rehaga su vida en otra parte. A su hermano aconséjele que se vaya con usted.
En la ONU acabamos de pasar una prueba dura, ni Francia, ni Gran Bretaña, ni
Estados Unidos quieren que nos vayamos, acabaremos ganando esa batalla, hay
muchos años de régimen todavía. De hecho acabamos de anular el estado de
guerra. Aquí no hay posibilidad de vuelta atrás.

A punto de salir el guardia civil, Montes pareció despertar.

—¿Me permite una pregunta?

—Si tiene que ver con esto… Ya veré yo si se la contesto.

—Usted no conoció a Tina, ¿verdad? Quiero decir, ¿nunca la vio actuar?

—No, Montes, nunca la vi. Yo estaba como usted, en lo mío. Ni teníamos


tiempo ni dinero para esas frivolidades.

—¿Y qué piensa de ella?

—Esa es otra pregunta. ¿Qué quiere que piense? Que era una buena artista
que se llevaron ustedes por delante.

—De todas maneras, me ha contestado usted al principio. Para usted, como


para muchos de los prebostes de este régimen, era una frívola, una puta de ricos.
Por eso no la han incluido en su famosa Causa General. Pobre Tina, siempre en
tierra de nadie. Quiso ser una mujer libre pero en este país es muy difícil llegar a
serlo. Y no me refiero a ahora. Debió ser una mujer de bandera, como usted me dijo
la primera vez que nos vimos. Pero de su bandera. Aquí no tenía sitio. Como yo
tampoco lo tengo.

—Hágame caso, Montes, ha tenido mucha suerte. Empiece de nuevo, trabaje


en otro país, deje esa mierda de los sindicatos y ya verá como acaba rico. En
América los hombres emprendedores se abren camino, no en vano conquistamos
ese continente. Tiene usted madera de detective, o quizá de escritor de novelas
policíacas. Tal vez deba intentarlo. Me haría mucha gracia leer dentro de unos años
un libro suyo.

Julián Montes miró a aquel hombre con amargura. Sabía que tenía razón, al
menos en lo de la suerte. Si pudiera escapar del país no volvería jamás.

—Eso sí, antes de largarse, me contará todo, absolutamente todo, lo que


quiero saber de esta historia. A ver si me creo su novela.

***

El 21 de diciembre de 1948, ante dos enterradores municipales, el coronel


Manzanedo asiste a la inhumación de unos cadáveres de la fosa común del
cementerio de Valencia. A su lado, su ayudante se frota las manos para darse calor
en ese frío invierno. Además de las pobres bombillas de los corredores cercanos,
bulle un montón de linternas enfocando el trabajo.

—Los enterradores decían entre ellos que por qué lo tenemos que hacer de
noche, si todo es legal, y lo mismo dice el forense…

—No les faltaría razón si la discreción no fuera lo fundamental en este caso.

Tras veinte minutos, el coronel hace una señal a su ayudante, que se pega al
lado del médico forense, agachado y exhalando vapor de la boca, como todos. Han
aparecido los restos del primer cajón. Siguen los enterradores cavando con
cuidado, atentos a los gestos del médico, y apartan las maderas medio podridas. Se
aprecian los huesos del primer esqueleto. El médico se acerca. Las linternas
alumbran los restos.

—Vaya a anunciarlo.

El ayudante se encamina hacia el exterior del cementerio, donde aguarda en


un coche, con la calefacción puesta, un personaje ya entrado en los sesenta. El
banquero sale al exterior. Su respiración se evapora mientras el capitán de la
Guardia Civil le informa que los empleados municipales han comenzado a
desenterrar el primero de los cinco cadáveres que aguardan en la fosa, el primero,
señalado como de entre 28 y 40 años.

El hombre lo ve, asiente con la cabeza.

—Esperaré aquí. Tengo un termo de café y cigarros. Infórmeme cuando


estén todos.

De vuelta al lugar de la fosa común, el ayudante susurra al oído del coronel


Manzanedo.

—No creo que entre.

—Ya le dije que iba a ser duro. Es un trago.

Cuatro horas después la tarea está a punto de concluir. Se han desenterrado


cinco cajas de madera tosca, en algunos cuerpos aún se distinguen ropas, zapatos,
correajes, chaquetas. Manzanedo identifica los restos medio podridos del vestido
azul de Tina en el que aún se pueden apreciar huellas de sangre. No parece haber
duda. Con el forense judicial coincide: dos de los restos pertenecen a mujeres, una
más joven, otra, la del vestido azul, de más edad.

Es entonces cuando Manzanedo se dirige al exterior, hacia el coche del


magnate. En su interior, el hombre dormita arropado por una manta. El ruido de
los pasos del coronel de la Guardia Civil le despierta y se incorpora de inmediato.

—Parece que no hay duda. Todo lo que nos han informado, coincide.

—¡Pobre Tina! Nadie debería acabar así.

—No le aconsejo verla. Mejor que la recuerde como era en vida.

—Tiene razón.

Le sigue un silencio largo. Nadie sabe qué decir.

—Bueno, adiós, haga lo que le parezca más adecuado —dice por último el
banquero—. Haré que lo feliciten.
El mando de la Guardia Civil le da la mano, se despide. El coche arranca.

De vuelta a la exhumación, el ayudante pregunta a Manzanedo:

—¿Qué hacemos con el cuerpo de Tina? ¿Lo exhumamos aparte?

—No sé qué sería lo mejor. Tina se quedó sin familia directa, nadie puede
reclamar el cuerpo, y levantar este asunto es arriesgarse a que ensucien su
memoria. Hasta es posible que se alimente la duda de una Tina finalmente salvada
y luego retirada para siempre. Final más de novela, así no los tiene la vida.

Finalmente, y por deseo de Manzanedo tras consultar a los enterradores


municipales, trasladaron aquellos ataúdes a la 5ª derecha, cuadro 1, fila 11, letra B,
el 1º de 40 (Tina), el 2º de 20 años, el 3º de 25, el 4º de 25 y el 5º de 20 (la otra mujer).
Desde entonces están allí. No fueron afectados por la extracción de cuerpos de una
parte de la sección 5ª derecha con destino al Valle de los Caídos en 1952.

Entre el camino y los setos, una hondura rectangular sobre la tierra señala el
lugar exacto.
Epílogo

En una novela, el lector pone rostros, imagina los escenarios, recrea la acción
que se desarrolla en las páginas que está leyendo. No conviene interrumpir ese
ritual. Es por eso que algunas imágenes se guardan para el final, para satisfacer la
curiosidad lectora que puede así comparar la imagen recreada con la real, si es que
real se puede afirmar a lo que es un instante congelado en el tiempo. Este fue el
broche final a estas vidas, el cierre a las historias de cada uno de los personajes,
sean o no de ficción:

ISABELITA GARCÍA siguió actuando en la revista hasta los años sesenta, en


los teatros madrileños emblemáticos, como el Maravillas, la Latina y el Martín. En
1979 habló de su amiga Tina con Manolo Ferreras, en Radio Nacional de España.

Desposeído de su plaza en el Tribunal de Cuentas, ÁLVARO RETANA


sobrevivió como pudo, haciendo figurines para las artistas de variedades como
Celia Gámez y con esporádicas colaboraciones en la prensa, con seudónimo. En
1961 fue readmitido como censor de cuentas en el Tribunal, pero el mismo día una
nota en el BOE anunciaba su baja por haber llegado a la edad de jubilación. Unos
años después le llegó un éxito tardío, como postrera justicia poética, tras el éxito de
El último cuplé —que incluía sus canciones—, protagonizado por Sara Montiel, que
en agradecimiento le compró un piso en la calle Casino. Pudo resarcirse de sus
años de penurias económicas con los ingresos de sus obras de la sociedad de
autores y sus publicaciones. Escribió varias novelas y un par de libros sobre el
género frívolo, la canción española y sus estrellas, donde, además de utilizar su
fantástica colección de fotografías de artistas, resumía su conocimiento de aquel
mundo.

Murió en el sanatorio Zurbarán, en Madrid, en 1969, a consecuencia del


asma que padecía desde su adolescencia y que en los últimos tiempos le resultaba
insoportable. Circuló una versión apócrifa en la que se decía que había sido
apuñalado por un ladrón que entró a robar en su casa, pero como otras cosas de su
vida, también pertenece a la leyenda. Su hijo Alfonso, después de tomar medidas
para que no se despertara en la tumba, temor que siempre había obsesionado a su
padre, lo enterró en el cementerio de Torrejón, dónde Álvaro Retana quería que
reposaran sus huesos. En su testamento hacía constar que moría sin perdonar a
cuantos elementos del régimen de Francisco Franco se complacieron en
perseguirle, difamarle y desdeñarle, «con ese implacable rencor que distingue a
tantos titulados católicos, apostólicos y romanos, compostelanos y hasta del puente
de Vallecas, partidarios de restaurar la España siniestra de Felipe II (…). Si es
verdad que existe el infierno, como allí nos encontraremos todos, procuraré
hacerles imposible la vida eterna, con la colaboración especial de Satanás, que,
seguramente, será conmigo menos infame y rencoroso que ellos, a quienes me
gustará ver como les queman los cuernos».

Asimismo, pedía que todas sus novelas pasasen a dominio público, que no
se le guardara luto ni funerales, que a toda persona que fuera a contemplar su
cádaver se le obsequiara con una copa, se mostrara su rostro cubierto con un
pañuelo y envuelto su cuerpo en una sábana «pues entre ellas he pasado las
mejores horas de mi vida». A sus pies, una cinta con los colores de la bandera
española y un cartel que dijese: «MIERDA PARA LOS QUE QUEDAN».

Miguel Bernal León, alias PEPE PÉREZ PAREJA y JOAQUÍN COTS VIDAL,
salieron en libertad provisional, el primero en 1952 y el segundo en 1948. De ambos
se pierde el rastro a partir de ese momento.

A finales de julio de 1939, MANUEL BÁEZ, con su mujer y sus tres hijos,
llegaba a México en el buque Mexique —sufragado por la Junta de Auxilio a los
Refugiados Españoles (JARE)—, junto con otros más de dos mil exiliados
republicanos. Allí siguió militando en la CNT, en grupos que compartían las tesis
del interior.

JUAN MANUEL MOLINA, Juanel, colaborador del grupo de Francisco


Ponzán, adscrito a la Resistencia francesa, fue nombrado secretario de la CNT en
Francia durante la ocupación alemana. Partidario de seguir colaborando con las
fuerzas democráticas herederas de la contienda civil, se convirtió en cabeza visible
de una de las dos facciones en las que se dividió el Movimiento Libertario y se
mostró opuesto a la línea más ortodoxa de la CNT —la de Montseny y Esgleas—
que, en su opinión, sólo produciría el aislamiento del sindicato. Fue detenido
diecisiete veces y conoció varios exilios, siempre acompañado de su compañera de
vida y de ideales, Lola Iturbe, una de las colaboradoras del grupo Mujeres Libres.
En 1946 dejó trabajo y familia para entrar clandestinamente en España, donde fue
detenido junto con otros compañeros. Fue condenado a quince años de prisión, de
los que cumplió siete. Escapó de Jumilla, donde permanecía en libertad vigilada y
regresó a su exilio francés. En 1958 publicó su libro Noche de España, en el que
escribió su testimonio con una gran calidad literaria. Volvió del exilio en 1978, al
barrio barcelonés de La Verneda, donde murió en septiembre de 1984 sin abjurar
de los principios de libertad y de justicia social que siempre había defendido.

Cuando JUAN CARCELLÉ comprobó que las nuevas disposiciones del


régimen franquista en la escena sólo dejaban lugar a lo folclórico, se dedicó al
mundo del circo —fue el mítico empresario del Price de Madrid y organizó los
famosos festivales mundiales del circo—, hasta que cerró su empresa, Circuitos
Carcellé, en julio de 1978. El 30 de agosto de ese mismo año moría en Madrid, con
83 años. A lo largo de 50 años de profesión, Carcellé dio a conocer al público
español, entre otras artistas, a Concha Piquer, Imperio Argentina, Josephine Baker
y Pinito del Oro.

Carlos Saldaña Beut, ALADY aún trabajó muchas veces con Carcellé,
«Juanito Circuitos». En 1965 publicó sus memorias. Murió tres años después,
siempre dejando un regusto de risas y sonrisas hasta en sus últimos papeles,
incluidas varias apariciones cinematográficas, y después de formar una pareja
mítica en el escenario con Mary Santpere.

Tras dieciséis años gloriosos, los que van desde 1915 a 1931, en los que
EULOGIO VELASCO triunfó a ambos lados del Atlántico, en la postguerra el
empresario compró el Teatro Apolo de Madrid, reformándolo a su gusto, fastuoso
y refinado. En él siguió estrenando revistas de su estilo, hasta que una larga y
dolorosa enfermedad le hizo dejarlo. Murió el último día del año 1956 en
Alcantarilla (Murcia).

Quizá, si Tina hubiera conseguido salir de España, le hubiera esperado un


destino semejante al de su amiga ISABELITA RUIZ. Durante la Guerra Civil
española, Isabelita Ruiz emigró a América, donde permaneció hasta finales de los
años cincuenta, viviendo entre Argentina y Brasil, país en el que gozó de la
protección del presidente de la república, Getulio Vargas. En 1960 regresó a España
y dos años después a Jerez, su tierra natal, ya disipada su fama, así como su
fortuna. Trabajó de profesora un tiempo en el conservatorio municipal. Murió a los
94 años de edad, en 1996, en la residencia de las Hermanas de la Cruz. El
Ayuntamiento de Jerez de la Frontera puso su nombre a una calle.

Aunque fue dos veces campeón de Europa, PAULINO UZCUDUN nunca


llegó a ser campeón de los pesos pesados. En octubre de 1933, en Roma, con el
título en juego, se enfrentó al italiano Primo Carnera, con la presencia de
Mussolini, y perdió a los puntos. Su último combate legendario tuvo lugar en el
Madison Square Garden, de Nueva York, en 1935, contra Joe Luis, quince años más
joven que él. A pesar de su bravura, perdió por KO en el cuarto asalto, la única vez
en toda su carrera.

A su vuelta a España, comenzada la Guerra Civil, colaboró con el bando


sublevado en varias misiones, entre ellas el intento de liberar de la cárcel de
Alicante a José Antonio Primo de Rivera. Tras la guerra, como un símbolo del
régimen, se dedicó a difundir el boxeo colaborando con Vicente Gil, médico de
Franco y presidente de la Federación Española de Boxeo. Se trasladó con su mujer
al pueblo madrileño de Torrelaguna, donde vivió hasta el final de sus días. En 1966
apareció en la película de Manuel Summers Juguetes rotos, recordando sus años de
gloria. Un pasado que pronto se le difuminó. En 1976 sufrió una parálisis que le
mantuvo alejado del mundo. En los últimos años de su vida la arterioesclerosis le
obligaba a caminar con muletas y apenas recordaba nada de sus años de esplendor.
Murió en julio de 1985, a los 86 años.

MARÍA CABALLÉ se retiró de los escenarios tras la Guerra Civil para


dedicarse a su marido y a sus hijos, aunque siguió en los ambientes de la música,
ya que estaba casada con el maestro Julián Benlloch.

JUAN MARCH nunca contó a nadie su relación con Tina. Muy pocas
personas lo supieron, y tampoco lo contaron tras la muerte del magnate financiero,
en un accidente de tráfico, en 1963.

ELISEO MELIS, militante libertario detenido en los calabozos de la Policía


en Cataluña al terminar la guerra, optó por trabajar para el franquismo o ser
ejecutado. Así pasó a ser un fiel colaborador de Eduardo Quintela, jefe de Policía
de la Brigada Social en Barcelona, mientras ascendía en la organización hasta
ocupar cargos de responsabilidad. Fue causante de la detención de buen número
de anarquistas hasta 1947, cuando la CNT tuvo pruebas fehacientes de que era un
confidente y decidió eliminarlo. El 12 de julio del 47 un grupo de acción lo citó en
la plaza del Buen Suceso de Barcelona. Al ver que había sido descubierto, se
defendió a tiros. La persecución acabó en el número 3 de la calle Montealegre,
donde se refugió en el portal. Allí, en el tiroteo, fue eliminado por el militante
libertario Manuel Pareja, que a raíz de las heridas, murió varias horas después sin
delatar a ninguno de los otros miembros del comando.

CARNE DE FIERAS fue estrenada cincuenta y tres años después de ser


filmada por Armand Guerra. El milagro del tiempo se debió a una serie feliz de
hallazgos y la labor de varias personas. ARTURO CARBALLO, tras la guerra,
intentó estrenarla, pintando incluso un bañador sobre el cuerpo de Marlene, pero
ni aun así hubiera superado la censura franquista. Tras su muerte, los sobrinos del
empresario cinematográfico vendieron sus pertenencias y, al final, los rollos de la
película acabaron en un puesto del rastro, donde los compró un coleccionista
aragonés, Raúl Tartaj, que los donó a la Filmoteca de Zaragoza. Una vez que se
identificaron las latas de la película, esta se restauró en 1991 bajo la dirección de
Ferrán Alberich y la ayuda de la Filmoteca de Zaragoza. En el estreno de la
Filmoteca madrileña, en 1992, en el mismo cine Doré de Arturo Carballo, un
espectador habló de que su abuela, en una residencia, afirmaba haber conocido
como compañera de centro a Tina de Jarque, retirada de todo y de todos, con la
memoria ida hasta su muerte. El contacto sin embargo se perdió y quedó flotando
en el aire otro posible final para la historia.

Según rumores que durante la Guerra Civil llegaron a algunos de los que
trabajaron en Carne de fieras, MARLENE GREY sobrevivió a un ataque de las fieras
ocurrido en Marsella poco después, y en los años 40 actuaba en ciudades del norte
de África, aunque, como todo, también eso puede ser una leyenda.

Los escritos y papeles de ARMAND GUERRA fueron quemados por su


viuda en Perpignan, en 1942, por miedo a represalias, ante la inminente entrada de
los alemanes.

En la historia no queda registrado el paso de JULIÁN MONTES y el coronel


JUAN MANZANEDO con sus verdaderos nombres, difuminados en la niebla.
Aunque puede que Montes, después de todo, consiguiera escribir su novela.
Agradecimientos

Carlos Estévez, Amparo Llerena, Matías Alonso Blasco, Ferrán Alberich,


Isabelo Herreros, José Baró Quesada, Javier Barreiro, Alfonso Retana Tejeira,
Joaquín Elías, Manolo Ferreras, Carlos Eugenio López, Paco Cazalla, Cecilio
Gordillo, José Luis Gutiérrez Molina, Jesús Martín Tapias, Miguel Monjo (Can
Verga), Ana Giselle Robaina, Andrés Rojas, Vicenta Estívalis Anglada, Antonia
Hontalbilla, Marcos (Librería La Malatesta), José Aurelio Romero Navas, Juan
Antonio Ríos Carratalá, Servicio Documentación Radio Nacional de España,
Miguel Blanco Poveda, familia Briatore, Banda Nuestra Señora de la Oliva
(Salteras, Sevilla), Eusebio Rodríguez (Archivo Ministerio Defensa Almería),
comandante Manuel Urdiales (Archivo Intermedio de Melilla, Ministerio de
Defensa), Antonio Vargas, Gregorio Gallego, Dalia Álvarez Molina, Aurora
Molina, Carmen Bueno, Luis Antonio de Villena, Rafael Torres, Lidia Vilalta,
Arturo Rodríguez, Miguel Ángel Rivero, Leandro Martínez, Ana Marquesán
(Filmoteca de Zaragoza) y Jaap Kloosterman (Instituto Historia Social
Ámsterdam).
Archivos y documentación

Arxiu Administratiu, Barcelona

Archivo General de la Administración, Alcalá de Henares, Madrid

Instituciones Penitenciarias, Ministerio del Interior, Madrid

Archivos Provinciales de Sevilla y Cádiz

Tercio Gran Capitán, Melilla

CNT, Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid

Ministerio de Defensa, archivos de Almería y Madrid

Archivo Intermedio Militar de Melilla

Biblioteca Nacional de España, Madrid

Hemeroteca Biblioteca Nacional de España

Hemeroteca Municipal, Madrid

Archivo Histórico Nacional, Madrid

Instituto Historia Social Ámsterdam, Holanda

Biblioteca Regional, Comunidad de Madrid

Filmoteca de Zaragoza

Ayuntamiento de Paterna, Valencia

Cementerio General de Valencia


Fotografía de Tina de Jarque con dedicatoria autógrafa.
Comenzó sus actuaciones con sólo 16 años, edad con la que hizo también varias
películas en Alemania, entre ellas, Bigamia.
Abel Domínguez Pallarés, responsable pagador de la columna Andalucía de la
CNT, en la foto de ingreso en la Legión, en 1929.
Páginas del libro de registro del cementerio de Valencia donde figura la entrada de
cinco cadáveres desconocidos el 23 de enero de 1937.
Vista del cementerio de Valencia donde se halla enterrada Tina de Jarque.
En el lugar del hoyo más grande enterraron a la vedette junto a los que le
acompañaban en su huida de España.
Edición en formato digital: febrero de 2013

© Alfonso Domingo, 2013

© De esta edición: Algaida Editores, 2013

Avda. San Francisco Javier, 22

41018 Sevilla

algaida@[Link]

ISBN ebook: 978-84-9877-885-4

Conversión a formato digital: REGA

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