mixtura, en el cual hincó el diente con buen ánimo.
Aún rebuscaba en su falda las
miga?as sobrantes para aprovecharlas, cuando se oyeron cru?idos de catre, carraspeos,
los ruidos característicos del despertar de una persona, y una voz entre que?umbrosa y
despótica llamó desde la alcoba cercana al portal:
—¡Amparo?
Se levantó la niña y acudió al llamamiento, resonando de allí a poco rato su hablar.
—Afiáncese, señora… así… cárguese más… aguarde que le voy a batir este ?ergón…
(Y aquí se escuchó una gran sinfonía de ho?as de maíz, un sirrisssch… prolongado y
armonioso).
La voz mandona di?o opacamente algo, y la infantil contestó:
—Ya la voy a poner a la lumbre, ahora mismito… ¿Tendrá por ahí el azúcar?
Y respondiendo a una interpelación altamente ofensiva para su dignidad, gritó la
chiquilla:
—Y piensa que… ¡Aunque fuera oro puro? Lo escondería usted misma… Ahí está,
detrás de la funda… ¿lo ve?
Salió con una escudilla desportillada en la mano, llena de morena melaza, y
arrimando al fuego un pucherito donde estaba ya la cascarilla, le añadió en debidas
proporciones azúcar y leche, y volvióse al cuarto del portal con una taza humeante y
colmada a reverter. En el fondo del cacharro quedaba como cosa de otra taza. El
barquillero se enderezó llevándose las manos a la región lumbar, y sobriamente, sin
concupiscencia, se desayunó bebiendo las sobras por el puchero mismo. En?ugó
después su frente regada de sudor con la manga de la camisa, entró a su vez en el
cuarto próximo; y al volver a presentarse, vestido con pantalón y chaqueta de paño
pardo, se terció a las espaldas la ca?a de ho?a de lata y se echó a la calle. Amparo,
cubriendo la brasa con ceniza, ?untaba en una cazuela berzas, patatas, una corteza de
tocino, un hueso rancio de cerdo, cumpliendo el deber de condimentar el caldo del
humilde mena?e. Así que todomixtura, en el cual hincó el diente con buen ánimo.
Aún rebuscaba en su falda las miga?as sobrantes para aprovecharlas, cuando se
oyeron cru?idos de catre, carraspeos, los ruidos característicos del despertar de una
persona, y una voz entre que?umbrosa y despótica llamó desde la alcoba cercana al
portal:—¡Amparo?Se levantó la niña y acudió al llamamiento, resonando de allí a
poco rato su hablar.—Afiáncese, señora… así… cárguese más… aguarde que le voy a
batir este ?ergón… (Y aquí se escuchó una gran sinfonía de ho?as de maíz, un
sirrisssch… prolongado y armonioso).La voz mandona di?o opacamente algo, y la
infantil contestó:—Ya la voy a poner a la lumbre, ahora mismito… ¿Tendrá por ahí el
azúcar?Y respondiendo a una interpelación altamente ofensiva para su dignidad, gritó
la chiquilla:—Y piensa que… ¡Aunque fuera oro puro? Lo escondería usted misma…
Ahí está, detrás de la funda… ¿lo ve?Salió con una escudilla desportillada en la mano,
llena de morena melaza, y arrimando al fuego un pucherito donde estaba ya la
cascarilla, le añadió en debidas proporciones azúcar y leche, y volvióse al cuarto del
portal con una taza humeante y colmada a reverter. En el fondo del cacharro quedaba
como cosa de otra taza. El barquillero se enderezó llevándose las manos a la región
lumbar, y sobriamente, sin concupiscencia, se desayunó bebiendo las sobras por el
puchero mismo. En?ugó después su frente regada de sudor con la manga de la camisa,
entró a su vez en el cuarto próximo; y al volver a presentarse, vestido con pantalón y
chaqueta de paño pardo, se terció a las espaldas la ca?a de ho?a de lata y se echó a la
calle. Amparo, cubriendo la brasa con ceniza, ?untaba en una cazuela berzas, patatas,
una corteza de tocino, un hueso rancio de cerdo, cumpliendo el deber de condimentar
el caldo del humilde mena?e. Así que todo
mixtura, en el cual hincó el diente con buen ánimo. Aún rebuscaba en su falda las
miga?as sobrantes para aprovecharlas, cuando se oyeron cru?idos de catre, carraspeos,
los ruidos característicos del despertar de una persona, y una voz entre que?umbrosa y
despótica llamó desde la alcoba cercana al portal:
—¡Amparo?
Se levantó la niña y acudió al llamamiento, resonando de allí a poco rato su hablar.
—Afiáncese, señora… así… cárguese más… aguarde que le voy a batir este ?ergón…
(Y aquí se escuchó una gran sinfonía de ho?as de maíz, un sirrisssch… prolongado y
armonioso).
La voz mandona di?o opacamente algo, y la infantil contestó:
—Ya la voy a poner a la lumbre, ahora mismito… ¿Tendrá por ahí el azúcar?
Y respondiendo a una interpelación altamente ofensiva para su dignidad, gritó la
chiquilla:
—Y piensa que… ¡Aunque fuera oro puro? Lo escondería usted misma… Ahí está,
detrás de la funda… ¿lo ve?
Salió con una escudilla desportillada en la mano, llena de morena melaza, y
arrimando al fuego un pucherito donde estaba ya la cascarilla, le añadió en debidas
proporciones azúcar y leche, y volvióse al cuarto del portal con una taza humeante y
colmada a reverter. En el fondo del cacharro quedaba como cosa de otra taza. El
barquillero se enderezó llevándose las manos a la región lumbar, y sobriamente, sin
concupiscencia, se desayunó bebiendo las sobras por el puchero mismo. En?ugó
después su frente regada de sudor con la manga de la camisa, entró a su vez en el
cuarto próximo; y al volver a presentarse, vestido con pantalón y chaqueta de paño
pardo, se terció a las espaldas la ca?a de ho?a de lata y se echó a la calle. Amparo,
cubriendo la brasa con ceniza, ?untaba en una cazuela berzas, patatas, una corteza de
tocino, un hueso rancio de cerdo, cumpliendo el deber de condimentar el caldo del
humilde mena?e. Así que todomixtura, en el cual hincó el diente con buen ánimo.
Aún rebuscaba en su falda las miga?as sobrantes para aprovecharlas, cuando se
oyeron cru?idos de catre, carraspeos, los ruidos característicos del despertar de una
persona, y una voz entre que?umbrosa y despótica llamó desde la alcoba cercana al
portal:—¡Amparo?Se levantó la niña y acudió al llamamiento, resonando de allí a
poco rato su hablar.—Afiáncese, señora… así… cárguese más… aguarde que le voy a
batir este ?ergón… (Y aquí se escuchó una gran sinfonía de ho?as de maíz, un
sirrisssch… prolongado y armonioso).La voz mandona di?o opacamente algo, y la
infantil contestó:—Ya la voy a poner a la lumbre, ahora mismito… ¿Tendrá por ahí el
azúcar?Y respondiendo a una interpelación altamente ofensiva para su dignidad, gritó
la chiquilla:—Y piensa que… ¡Aunque fuera oro puro? Lo escondería usted misma…
Ahí está, detrás de la funda… ¿lo ve?Salió con una escudilla desportillada en la mano,
llena de morena melaza, y arrimando al fuego un pucherito donde estaba ya la
cascarilla, le añadió en debidas proporciones azúcar y leche, y volvióse al cuarto del
portal con una taza humeante y colmada a reverter. En el fondo del cacharro quedaba
como cosa de otra taza. El barquillero se enderezó llevándose las manos a la región
lumbar, y sobriamente, sin concupiscencia, se desayunó bebiendo las sobras por el
puchero mismo. En?ugó después su frente regada de sudor con la manga de la camisa,
entró a su vez en el cuarto próximo; y al volver a presentarse, vestido con pantalón y
chaqueta de paño pardo, se terció a las espaldas la ca?a de ho?a de lata y se echó a la
calle. Amparo, cubriendo la brasa con ceniza, ?untaba en una cazuela berzas, patatas,
una corteza de tocino, un hueso rancio de cerdo, cumpliendo el deber de condimentar
el caldo del humilde mena?e. Así que todo