Edificaré Mi Iglesia
Edificaré Mi Iglesia
PASTOR
Asambleas de Dios
13/03/2025
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LA IGLESIA NACIONAL
“Edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra
ella”.ꟷ JESÚS
Mateo 16:18
¿Por qué predicamos el evangelio? ¿Con qué fin predicamos y oramos, sacrificando nuestros
bienes, nuestro tiempo y nuestras fuerzas?
Nuestro blanco debe ser comprendido por todos – misioneros, pastores, maestros y miembros
de la iglesia local- en fin, todos los participantes de la fe evangélica deben definir bien las
finalidades de sus esfuerzos. A la primera vista la pregunta parece demasiado sencilla. Sin
embargo, si la hiciésemos a pastores y misioneros evangélicos por todo el mundo ¡cuán
distintas las respuestas que recibiríamos!
Sin duda algunos contestarían que su propósito es el de convertir a los paganos al cristianismo
y mejorar sus condiciones sociales para todos puedan disfrutar de mayor felicidad y salud.
Otros dirían que su propósito es el de salvar a las almas. Y habría quienes explicarían que su
blanco es el de testificar a toda criatura para así apresurar el reino del Señor Jesucristo. Todos
estos objetivos son dignos, pero ninguna es completamente adecuada. Entonces ¿cuál es el
blanco verdadero?
Cristo anunció su propósito: “edificaré mi iglesia”.
El apóstol pablo declaró que Jesús “amó a la iglesia y se entregó por ella”. El apóstol también
describió sus propias labores y afirma que lo que él sufría lo sufría por la iglesia (Col. 1:24). No
hay mejor blanco que el indicado en el Nuevo Testamento. Por tanto definimos nuestro objeto
como sigue:
Es nuestro propósito establecer una iglesia conforme al modelo presentado en el Nuevo
testamento.
El blanco que proseguimos, y los medios que empleamos para alcanzar el blanco, están entre
estrechamente relacionados. De modo que si no tenemos el blanco bien definido,
posiblemente erraremos en la elección de los medios empleados y no lograremos el verdadero
fruto de nuestras labores. Ni decirse tiene que para alcanzar el ideal de una iglesia
neotestamentaria, tendremos que seguir métodos neotestamentarios.
La importancia de tener el blanco bien definido se ilustra por el caso siguiente: hace algunos
años, unos misioneros fueron enviados a cierto país por un grupo de creyentes interesados
principalmente en anunciar a Jesús como el salvador a todo el mundo lo más pronto posible.
Se basaban en las palabras de Jesús en que decía que el evangelio habría de ser predicado a
todas las naciones por testimonio antes de su retorno. Impulsados por el ardiente deseo de
apresurar el regreso de nuestro Señor y tomando en cuenta que esta gran comisión había de
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ser cumplida antes del segundo advenimiento, acordaron que los misioneros no deberían
quedar en ninguna ciudad por un periodo largo, sino más bien, deberían andar de ciudad en
ciudad y quedarse en cada lugar solamente lo suficiente para dar el testimonio de Jesús, el
Salvador. Siguiendo este plan, los misioneros no se preocupaban mucho por conservar los
resultados de sus esfuerzos. No se quedaban en un lugar el tiempo necesario para establecer
una iglesia, ni para instruir a los nuevos creyentes para que pudiesen desarrollarse en las
actividades que les correspondían.
El resultado de tal proceder era muy desanimador, pues después de años de esfuerzo muy
pocos resultados permanentes quedaron. Habían predicado en muchas ciudades pero sin
establecer iglesias. Habían pasado por alto la grande verdad que aunque el evangelizar es
importante; el objetivo principal del evangelismo es la formación de la iglesia; es decir, de un
pueblo llamado del mundo para gozar una relación especial con el Señor Jesucristo. En el plan
de Dios, la iglesia misma es el agente más poderoso para el evangelismo. Por fin, el grupo
misionero al cual nos hemos preferido, examinó la situación. Vio el motivo de fracaso, y adapto
sus métodos para alcanzar un nuevo objetivo: el establecimiento de la iglesia del Señor
Jesucristo.
Cuando una misión tiene como objetivo primario el mejoramiento social del pueblo.
Usualmente de mucha importancia al desarrollo de instituciones como colegios, hospitales y
proyectos agrícolas. Todo proyecto e institución que tiene por fin el mejoramiento del pueblo
es digno de nuestro apoyo, pues es el deseo de todo cristiano verdadero ver el progreso de su
patria en todo sentido.
Sin embargo, estos dignos proyectos son productos secundarios de la labor misionera y no el
centro o razón fundamental de nuestras actividades, si es que tomamos el nuevo testamento
como modelo. Al no entender eso claramente, estableceremos instituciones fuertes pero por
regla general la iglesia misma quedara débil, sin el vigor necesario para hacer frente a una
crisis, como la de una invasión comunista del país en que la iglesia queda privada de los fondos
y ministros del extranjero. Tal iglesia privada de la ayuda del extranjero con la cual se había
acostumbrado a mantenerse, raras veces puede sostenerse sola. Solamente la iglesia que ha
echado raíces en el suelo nacional como planta aclimatada a su propio ambiente podrá
sobrevivir tales dificultades.
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A veces servía la casa de un nuevo creyente como el lugar de reunión para la iglesia naciente.
Otras veces conseguía el uso de una sinagoga o de una escuela para ese fin. Los creyentes se
congregaban a horas señaladas para adorar a Dios y recibir instrucción en la doctrina cristiana.
Al pasar el tiempo, ancianos y diáconos eran escogidos de entre el número para proveer la
dirección y ministerio necesarios para la grey y para llevar a cabo la labor de la evangelización.
Por ejemplo, el apóstol Pablo se quedó en tesalónica solamente unas pocas semanas y sin
embargo dejo una iglesia establecida en aquella ciudad.
(Hch.17:1,2; 1Tes. 1:1; 5:12.)
Trabajó en Éfeso, ciudad principal de Asia menor, durante dos años enseñando en la escuela
de uno, Tirano. Como resultado de su estancia allí, toda Asia (menor) tuvo la oportunidad de
escuchar el evangelio. Su discurso de despedida a los ancianos de Éfeso (Hch. 20:18-35) revela
admirablemente la relación que debe existir entre un misionero y una iglesia que ha fundado.
El apóstol solía quedar por un tiempo limitado en una ciudad o región, pero cuando partía del
lugar dejaba una iglesia organizada que podía mantenerse y activarse en la propagación del
evangelio sin más ayuda de afuera que una visita o carta del apóstol. Evidentemente el apóstol
Pablo no creía que fuera necesario pedir que las iglesias en Jerusalén y Antioquia le enviasen
ministros para llenar los pastorados de las iglesias que él había establecido.
Tampoco encontramos un solo caso de que pidiera ayuda monetaria de las iglesias de
Antioquia o de Jerusalén para el sostén de los pastores o para la construcción de edificios para
las nuevas iglesias.
Descubrimos que en una ocasión el apóstol reunió ofrendas de las iglesias nuevas para
socorrer a la iglesia madreen Jerusalén cuando aquella región fue azotada por el hambre. ¡Qué
comentario más elocuente de la eficacia de los métodos neotestamentarios! ¡Y cuán lejos nos
hemos desviado de ese ideal por seguir métodos modernos!
Vemos, pues, que la iglesia neotestamentaria era primeramente una iglesia que se propagaba
a si misma; es decir, tenía dentro de sí la vitalidad suficiente para poder extenderse por toda la
región y también evangelizar a los distritos vecinos. En segundo lugar, se gobernaba a si
misma; es decir, era gobernada por hombres capacitados por el Espíritu Santo-hombres
escogidos de entre los convertidos de la misma iglesia. En tercer lugar, era una iglesia que se
sostenía de por sí; es decir, no tenía que depender de ayuda monetaria del extranjero para
poder sufragar los gastos de la obra.
Creemos que en cierto sentido la iglesia neotestamentaria era una iglesia “nacional” o “criolla
“del país donde se establecía. En este mismo sentido, deseamos el desarrollo de una iglesia
“nacional” en nuestro territorio de tal manera que echara sus propias raíces en el país y podrá
florecer sin necesidad de depender desmedidamente de fondos y obreros del extranjero. Creo,
sin embargo, que esta declaración merece ser aclarada. Al decir que deseamos una iglesia
nacional establecida en el país, no nos proponemos establecer una iglesia nacionalista en el
sentido que solamente los ciudadanos del país puedan gozar de sus beneficios y participar de
sus actividades, y que todo extranjero sea excluido; sino más bien, queremos decir que la
iglesia no debe depender del extranjero en cuanto a ministros y fondos.
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A nuestro parecer un espíritu nacionalista con tendencias a excluir a creyentes y ministros de
otras nacionalidades, no concuerda con el espíritu de Cristo. Los cristianos de hoy no deben
permitir que el espíritu nacionalista influya en ellos hasta olvidar que en el cuerpo de Cristo no
hay diferencia entre el judío y el gentil y que el amor de Jesucristo no conoce fronteras
nacionales.
Tomando en cuenta que las iglesias de la época apostólica no dependían del extranjero, sino
les bastaban sus propios recursos locales, ¿Qué se diría hoy de una iglesia que forzosamente
tiene que depender de la ayuda del extranjero para poder existir?
Es bien sabido que hay iglesias en los campos misioneros que después de veinte años de
existencia, todavía no pueden sostener a sus propios pastores.
Hemos sabido de una iglesia que después de decenios de existencia, se encontró en la
necesidad de apelar a la Misión de su denominación para que se le enviara otro pastor
misionero cuando el saliente tuvo que dejar la obra a causa de las debilidades de la vejez.
Parece evidente que tal proceder está muy lejos del ejemplo apostólico.
¡Otra pregunta todavía más escudriñadora!
¿En qué circunstancia se encontraría nuestra obra si la misión, que hasta ahora nos ha dado su
apoyo, por motivo de alguna emergencia se encontrara en la necesidad de retirar sus
misioneros y los fondos que hasta ahora hemos recibido? ¿Sería ello un golpe mortal a nuestra
iglesia? O ¿podrían sobrevivir en tales circunstancias? No es netamente una pregunta teórica,
puesto que en años recientes varios países han cerrado sus puertas al trabajo del misionero y
las iglesias han sido privadas de los fondos del extranjero. En cierto país, una de las misiones
paso por una crisis financiera y tuvo que reducir radicalmente el sostén de sus pastores. Esto
dio por resultado que varios pastores no encontraron los medios de sostenerse y tuvieron que
dejar su iglesia y buscar empleo en el comercio. Todo eso dio como resultado capillas
abandonadas y congregaciones dispersas y en muchas localidades la iglesia dejó de existir. En
tal caso, la conclusión es casi inevitable de que algo hacía falta en la vida de aquella iglesia.
Seguramente podemos afirmar que Dios no desea que la iglesia de ningún país dependa de
una misión extranjera a tal grado que cuando su ayuda es quitada, la iglesia nueva se debilita y
muere.
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manera que llena la necesidad del africano, del chino y del indio. De modo que en todo lugar
de la tierra donde la semilla del evangelio es sembrada legítimamente, se producirá una iglesia
nativa y neotestamentaria. El Espíritu Santo obra con igual facilidad en un país como en otro. El
suponer que una iglesia nueva en cualquier región debe quedar siempre bajo el cuidado de
una misión que provea para toda sus necesidades, es un insulto inconsciente al pueblo que
deseamos servir, y al mismo tiempo es evidencia de que nos hace falta fe en Dios y en el poder
de su evangelio.
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PROPAGACIÓN
Una iglesia local es el medio divino para la evangelización del territorio en su derredor. Aunque
Dios ha dado a ciertos varones el don especial de evangelista, sin embargo, la tarea de ganar
las almas para Cristo no está limitada a aquellos pocos hombres. Cada cristiano es un testigo
de Cristo y cada creyente debe ganar a las almas para el reino de Dios. Como en el mundo
natural, donde hay vida, también existe el poder de reproducir aquella vida. De igual manera si
nosotros hemos recibido la vida del Hijo de Dios, tendremos también el deseo de reproducir la
vida de Cristo en otros. Nos dicen que en los días del gran avivamiento en la iglesia de Corea,
que antes de recibir las aguas bautismales, el converso nuevo tenía que ganar a otro para
Cristo como prueba de la realidad de su propia conversión. Una iglesia que sabe evangelizar
será una iglesia creciente aunque le falte un ministro elocuente en el púlpito, y en cambio, un
predicador por elocuente que sea, será incapaz de hacer el trabajo que corresponde a los
miembros. Cada iglesia tiene una responsabilidad para la evangelización de todo el mundo,
pero de una manera especial es responsable por el territorio en su derredor- cuando menos
hasta la mitad de la distancia a la próxima iglesia.
IGLESIAS FILIALES
El ministerio del pastor no debe ser limitado a lo que puede hacer dentro del edificio de la
iglesia. Muchas veces creemos equívocamente que los inconversos son los que deben llegar a
la iglesia; cuando en realidad es la iglesia la que tiene la responsabilidad de llevar el evangelio
a los inconversos. Jesús dijo a sus discípulos: “Id por todo el mundo”. Los servicios en la iglesia
le dan al pastor una oportunidad de fortalecer a los creyentes y animarles a llevar a cabo la
obra de evangelización por los alrededores. El pastor mismo debe predicar el evangelio en los
pueblos y las aldeas cercanas. Eso no se debe hacer de una manera inconsecuente, sino
sistemáticamente. A la medida que se presenten las oportunidades, el pastor debe establecer
cultos de predicación y clases de Escuela dominical en las casas o en otro lugar conveniente
esperando que Dios salve a las almas y que se forme un nuevo grupo de creyentes.
El pastor debe activarse en evangelizar, y él mismo debe enseñar a su congregación cómo
llevar a cabo este trabajo importante. Pero al mismo tiempo, no se debe esperar que él lo haga
todo. Cada iglesia debe escoger de entre sus miembros los más capaces y fieles para servir
como obreros laicos. La iglesias puede dar un certificado válido por seis meses a estos obreros
laicos. Este certificado consta ante las autoridades y el público que el obrero ha sido
autorizado por la iglesia a desempeñar sus actividades.
La junta oficial de la iglesia asigna a cada obrero laico su lugar de predicación. Los diáconos
pueden servir como obreros laicos si las circunstancias los permiten, pero se debe entender
que la iglesia puede nombrar a otros miembros además de los diáconos. Los maestros de la
Escuela Dominical de la iglesia principal pueden prestar una ayuda valiosa formando clases de
niños y adultos en el nuevo local. Las hermanas de la iglesia y los miembros de la Sociedad
Juvenil pueden poner su parte con un testimonio o un canto.
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Se debe recordar que tanto el lugar de la predicación como el obrero laico encargado quedan
bajo la administración del pastor y la junta oficial de la iglesia principal. Los obreros locales no
deben considerarse independientes del gobierno de la iglesia. Los certificados para obreros
laicos son otorgados por la iglesia y no por la organización nacional y por tanto queda
claramente indicado que el obrero laico está sujeto a la autoridad de su pastor y de la iglesia
principal.
Los conversos en los nuevos lugares de predicación necesitaran recibir instrucciones para
prepararse para el bautismo en agua. Si el punto de predicación queda cerca de la iglesia
matriz, los convertidos recibirán su instrucción allí, pero si la distancia es mucha, será
necesario proveerles la instrucción en su misma localidad, tal vez por medio del mismo obrero
encargado.
Pasando el tiempo, el grupo nuevo puede desarrollarse en una iglesia. Para organizar el grupo
nuevo como una iglesia, el obrero laico debe consultar con su pastor, el cual también tendrá
que consultar con las autoridades regionales de la obra. Es posible que al organizar la nueva
iglesia, los miembros deseen que el obrero laico que les ha servido y les ha llevado al
conocimiento de Cristo, siga sirviéndoles como pastor. Si tal arreglo es bien recibido por todos,
se requerirá instrucción especial para el obrero nuevo.
La iglesia principal debe dar oportunidad por lo menos una vez al mes a los obreros laicos a dar
sus informes en los cultos, pues servirá esto de gran estímulo. También debe proveer clases de
instrucción para ellos a fin de que puedan desarrollar su capacidad ministerial.
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Con el paso de los años, esta iglesia ha producido cuando menos treinta pastores, los cuales
actualmente trabajan en la obra del Señor. A la vez, la iglesia ha podido mantenerse en un
estado saludable de crecimiento. El espíritu evangelístico caracteriza a esa iglesia y la medida
que unos van al Instituto para prepararse para la obra de Dios, otros toman su lugar y llenan el
vacío.
El apóstol Pablo encargo a Timoteo que se esforzara a enseñar a tales creyentes: “y lo que has
oído de mi entre muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que serán idóneos para
enseñar también a otros.”2Tim.2:2.
¿Cómo puede el pastor proveer la enseñanza necesaria para los obreros laicos? Una clase
semanal para predicadores principiantes será de gran ayuda. Se puede empezar con un curso
sobre el evangelismo personal.
Luego se puede seguir los estudios enseñándoles a hacer bosquejos sencillos para sus
mensajes. También deben recibir estudios doctrinales para enriquecer su conocimiento
bíblico. Lo más importante de todo serán sus instrucciones sobre la manera de enseñar a los
nuevos convertidos.
Se les debe enseñar a los obreros como instruir a un convertido nuevo en los puntos
fundamentales de la doctrina y de la conducta de un creyente para que esté bien fundado en
la palabra de Dios.
Esto es de mucha importancia, pues hay predicadores que pueden predicar sermones bien
trazados pero que son ineptos para colocar al fundamento sencillo y básico para una iglesia
nueva.
Además de una clase para predicadores principiantes, sugerimos que el pastor consiga la
ayuda de otros pastores o de misioneros para iniciar un curso breve de instrucciones para
obreros laicos. En un distrito rural será necesario que el curso se celebre en un tiempo
adecuado cuando los agricultores se encuentren un poco desahogados en cuanto a su trabajo.
Por regla general, dos o tres ministros deben cooperar en el curso de enseñanza.
El curso breve puede durar dos o tres semanas con clases de enseñanza durante el día como si
fuera un Instituto Bíblico. Estos estudios serán de la misma índole que los que el pastor ha
enseñado en su clase semanal. Tal vez se añadirá un estudio sobre la Escuela Dominical u otro
tema apropiado. Durante los días del curso, los obreros podrán iniciar una campaña de
evangelización por medio de la distribución de literatura evangélica y de trabajo personal. Los
servicios por la noche pueden ser de carácter evangelístico. Posiblemente varias iglesias
podrán unir sus esfuerzos para este curso de instrucción. Las iglesias podrán cooperar con
ofrendas y víveres para el sostén de los alumnos. Según nuestro concepto, tales cursos
proveen una manera excelente de estimular la obra en un distrito, pues de esta forma los
funcionarios de la iglesia, los maestros de la Escuela Dominical, y los obreros laicos aprenden a
participar activamente en la evangelización de los inconversos.
Cuando se ve en un obrero los indicios de la vocación ministerial, es bueno que él reciba
instrucción en un Instituto Bíblico durante dos o tres años. No es imposible que un obrero
desarrolle un ministerio bendecido sin haber estudiado en un Instituto Bíblico, pero sin duda
aprenderá más rápidamente y evitará muchos errores si puede disfrutar de la instrucción de
maestros preparados y espirituales.
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La preparación del obrero, por regla general, debe incluir el ejercicio práctico del ministerio.
Hemos visto que es mejor que un estudiante que no haya tenido experiencia en el ministerio
interrumpa su curso de estudios después de uno o dos años para poner en práctica las cosas
aprendidas, más bien que seguir sus estudios durante tres años sin interrupción. Su propia vida
será enriquecida por la experiencia práctica y además volverá a sus estudios con nuevo deseo y
aprecio, puesto que su experiencia en el campo de acción habrá hecho resaltar su falta de
conocimiento en la palabra de Dios y en los problemas de la iglesia.
Así que volverá a estudiar con nuevo entusiasmo y propósito. Esto también evita que el
estudiante predique solo teóricamente. La experiencia en el campo de acción es una escuela
inmejorable para el que quiere ser ministro del evangelio.
EL MINISTERIO DE EVANGELISTA
Un aspecto importante de la propagación de la iglesia es el ministerio de los evangelistas.
El verdadero evangelista es el que tiene una vocación de parte de Dios para atraer almas a
Cristo. Puede ser que a veces celebre campañas de evangelismo en las iglesias establecidas con
el fin de animar a la iglesia y ganar a los inconversos, pero se debe entender que su ministerio
principal será en los campos nuevos. La campaña evangelística de Felipe en Samaria (los Hch.8)
sirve como ejemplo de la labor de un evangelista. El objetivo de su ministerio no es
simplemente el de ganar conversos nuevos, sino de establecer una iglesia.
El evangelista no debe entrar a un campo nuevo y ganar almas para el Señor y luego dejar a los
nuevos creyentes sin pastor y sin cuidados a morir por falta de alimento espiritual, o a ser
devorados como corderos indefensos por los lobos que siempre abundan; más bien debe
proveer para la continuación de la obra. He aquí algunas ideas y métodos para guiar al
evangelista en su labor:
Algunos evangelistas principian preparando el terreno para el establecimiento de una iglesia
por medio del trabajo personal y la distribución de literatura evangélica de casa en casa. Ellos
ven la ventaja de ganar la simpatía y la confianza del pueblo antes de dar comienzo a los cultos
públicos. Este método es de valor especial en los lugres donde el prejuicio religioso y el
fanatismo mal disponen el ánimo del pueblo en contra del evangelio. Debemos recordar que
no es necesario siempre conseguir un edificio o alquilar un salón para poder empezar los
servicios. Muchas veces es mejor principiar servicios de predicación en casas particulares o al
aire libre, cuando la autoridad civil así lo permite, más bien que en un salón propio.
Algunos evangelistas han obtenido muy buenos resultados celebrando su campaña de
evangelización al aire libre. Empiezan por conseguir un solar o sitio bastante amplio en un
lugar céntrico donde se instalan las luces, un alto parlante, y una plataforma provisional antes
de anunciar las conferencias. En unos casos ni asientos se han podido suplir para los oyentes y
sin embargo la gente ha quedado de pie durante varias horas escuchando la palabra de Dios.
Cuando el evangelista tiene la habilidad suficiente para llevar a cabo con éxito esta clase de
campaña, varias ventajas resultan. No hay duda que muchos que no entrarían a una capilla
protestante debido a prejuicio social o religioso, escucharan al aire libre.
Resulta también que los mismos nuevos convertidos pronto reconocerán la necesidad de tener
un templo o capilla donde puedan congregarse y asumirán con mejor voluntad de
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responsabilidad de conseguir un lugar de reunión más permanente. Así que desde el principio
se colocara el fundamento de una iglesia responsabilizada en el asunto del sostén propio.
Personalmente tenemos conocimiento de varias iglesias que tuvieron su principio de esta
manera.
A veces un evangelista da con un método muy propio y único para resolver los problemas de la
evangelización de las ciudades de su región. Unos evangelistas africanos han desarrollado su
propia estrategia que ha dado mucho éxito. Su plan es de reconcentrar sus esfuerzos
primeramente en los centros poblados, especialmente las ciudades donde residen los jefes o
caciques superiores. La experiencia les ha enseñado que cuando Dios da un verdadero triunfo
en la ciudad principal de la tribu, luego es comparativamente fácil entrar en los pueblos y
aldeas más pequeñas del territorio.
El evangelista y sus colaboradores primeramente se dedican a la oración para recibir dirección
divina en cuanto a la ciudad que debe servir como base de operaciones. Dos o tres días antes
de principiar su campaña unas treinta personas de las más espirituales de la iglesia central
buscan a Dios con ayuno y oración. Cuando creen que la hora oportuna ha llegado, el
evangelista con su grupo de obreros cristianos va a la ciudad donde se celebrara la campaña
para hacer los preparativos necesarios para los servicios al aire libre. Muy temprano el día del
domingo, centenares de creyentes de las iglesias vecinas llegan de todas direcciones. Al ver
tantos creyentes llegar de todas partes y al oír sus cantos, una inmensa muchedumbre se
acerca a darse cuenta de lo que está aconteciendo.
Uno de nuestros misioneros que fue testigo ocular de estas campañas, relata sus impresiones:
“Después de cantar dos o tres himnos, el evangelista anuncio que desearía que el jefe, el cual
había llegado al servicio por invitación especial, oyese los testimonios de los hombres y las
mujeres que habían sido libertados del pecado y la enfermedad.
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buenas nuevas de Jesús y su poder. Luego los creyentes habían orado por ella e instantemente
Dios la había sanado. Después el Señor le dio nene hermoso. Para el africano esto sería la
mejor prueba de una sanidad completa.
“Después otro hombre se dirigió al jefe, contándole cómo Dios le había liberado de la
ebriedad. Después de él, otra mujer contó cómo Dios la había sanado, habiendo sido víctima
de la locura. Ella, como el gadareno, vivía entre las tumbas del cementerio, pero Dios la libertó
y la restauró a su familia. De esta manera, hombres y mujeres dieron sus testimonios con
convicción. Los ojos del jefe y del pueblo estaban fijos en los que testificaban. Estos
testimonios constituían una prueba palpable que Cristo de cierto es el mismo hoy como ayer”.
LA COSECHA
Después de un mensaje corto, el evangelista invito a todos los que deseaban conocer a Cristo a
que pasasen adelante. En poco tiempo hubo más de 40 personas que formaron un círculo al
frente de la muchedumbre para manifestar su deseo de aceptar a Cristo como su Salvador.
Incluida entre el numero estaba la reina madre, quien renuncio a su puesto para aceptar a
Cristo. También el hermano del jefe tomo su decisión juntamente con muchos de los
principales del pueblo. El evangelista les hizo arrodillarse y mientras él trataba individualmente
con los que querían aceptar al Señor, los creyentes oraban fervientemente. Luego se hizo
oración por los enfermos. Fue para mí una experiencia inolvidable el escuchar las oraciones de
los que recientemente habían sido paganos, pero que ahora tenían el rostro iluminado con el
gozo de la salvación.
Cerca del medio día regresaron a la ciudad pero el evangelista y sus ayudantes quedaron otros
dos días para seguir con la cosecha espiritual.
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Cuando se logra ganar un gran número de nuevos convertidos en una campaña evangelística;
es absolutamente indispensable que se hagan preparativos esmerados y detallados para seguir
la campaña con visitas al hogar, para estimular a los creyentes nuevos; porque si no, una gran
parte de la cosecha se perderá. Es necesario anotar el nombre y la dirección de los nuevos
convertidos y de los amigos interesados para poder visitarles personalmente después.
Probablemente una de las mejores maneras de lograr eso es por repartir tarjetas donde se
puede apuntar el nombre y la dirección de la persona interesada. Naturalmente se debe ver
que haya un número adecuado de creyentes y obreros presentes en una campaña grande para
encargarse de estas visitas. Es probable que si la campaña se celebra en una ciudad donde no
se ha predicado antes; será necesario animar a los creyentes de las iglesias vecinas a que estén
presentes para prestar su ayuda.
Hay que entender que no es suficiente que los oyentes solamente levanten la mano en señal
de aceptar a Cristo en un culto o campaña cuando todos se sienten conmovidos.
Será necesario separar las personas interesadas de la muchedumbre para darle instrucción
especial de día en día en clases para nuevos convertidos.
Si la campaña se celebra en una ciudad grande donde hay iglesias evangélicas; se debe poner a
trabajar a los maestros de la Escuela Dominical; a los diáconos; a los obreros laicos; en fin, a
todo creyente fiel. En una ocasión de gran avivamiento y bendición; una iglesia de cierta
ciudad hizo un plano de toda la ciudad y sus alrededores. Dividió la ciudad en secciones y
repartió la responsabilidad de cada sector entre los diáconos y miembros; encargándoles
reunir a todos los interesados y convertidos nuevos en clases y cultos. El resultado al estrategia
fue que inmediatamente se establecieron tres lugares nuevos de predicación. Al año, seis de
estos puntos de predicación llegaron a ser iglesias establecidas con congregaciones nuevas.
De suma importancia es el impartir sana instrucción bíblica a los nuevos convertidos. Los que
han sido conmovidos en una campaña necesitan encontrar una base sólida para su fe en la
palabra de Dios para poder resistir en la hora de prueba. (Véase “el reglamento local” en el
apéndice). Una visita al hogar de los nuevos convertidos servirá para animarles mucho. Este
trabajo no debe estar limitado al pastor o a los diáconos; más bien cada miembro debe ser
utilizado para lograr los mejores resultados. Tales días de cosecha espiritual se deben de
aprovechar con toda diligencia para recoger la cosecha antes de que se pierda. (Véase
apéndice B).
En todo esto se debe recordar siempre que el elemento importante en la extensión de la obra
de Cristo es la presencia y operación del Espíritu Santo. Es por el Espíritu Santo que las almas
se convencen de su necesidad de la salvación.
También el mismo Espíritu Santo es el que llama a los obreros y los envía a los campos blancos.
Nosotros podemos avanzar solamente en la medida que el Espíritu Santo obra. Por tanto
consideramos de primera importancia la necesidad de mantener un ambiente espiritual,
porque sin él no habrá éxito.
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GOBIERNO PROPIO
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Hemos dicho ya que los tres fundamentos esenciales de una fuerte iglesia nacional son:
El gobierno propio; es muy vital e influye en todos los aspectos de la vida de la iglesia. Por
tanto debemos colocar ese fundamento desde el comienzo mismo de una iglesia.
Examinaremos primeramente el gobierno propio en la esfera de la iglesia local.
Nos parece fuera de orden instituir una organización nacional o regional de la obra antes de
que haya iglesias locales organizadas. En el primer siglo del cristianismo, las iglesias locales
fueron organizadas desde el principio; (Hch.6:1-6) pero pasaron muchos años antes de que se
instituyera algo correspondiente a una organización para unir las iglesias locales. Por
consiguiente, deducimos que la organización de iglesias individuales es el primer paso y es el
fundamento para todo gobierno de la iglesia.
Debemos tener cuidado de no restar importancia a la iglesia local. Las iglesias locales
representas la verdadera fuerza de una obra evangélica. En la medida que tengamos iglesias
locales activas y bien organizadas; tendremos una obra fuerte; pero si no incorporamos a los
convertidos en una iglesia, aunque haya un numero grande de creyentes particulares, no habrá
nunca una iglesia. El gobierno propio de la iglesia local ayuda a los creyentes a reconocer su
responsabilidad. Cuando aceptan a Jesucristo, se despiertan a una nueva relación con Dios.
Cuando se constituyen en iglesia, los convertidos se despiertan a una nueva relación con otros
creyentes, los miembros compañeros en el cuerpo de Cristo. Este reconocimiento de
responsabilidad da como resultado una unidad y celo para la obra, actitudes muy necesarias
para alcanzar un espíritu de sacrificio de parte de la organización. A su vez, el espíritu de
sacrificio es un elemento esencial para lograr el sostén de la obra. ¿Qué pasos daremos
entonces para establecer una iglesia local?
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persona que profesa ser cristiana sin tener alguna norma por la cual pidiésemos juzgar la
pureza de una doctrina o práctica.
Al formar una iglesia, los convertidos deben ser instruidos en la Palabra de Dios y en la vida del
cristiano de tal manera que puedan llegar a un común acuerdo y declarar con certeza: “esto es
lo que creemos y esto es lo que predicamos.” Debe haber un acuerdo completo en cuanto a las
doctrinas fundamentales. El apóstol Pablo exhortó a los corintios: “que habléis todos una
misma cosa, y que no haya entre vosotros disensiones, antes seáis perfectamente unidos en
una misma mente y un mismo parecer. (1Co. 1:10).
Los creyentes tienen que llegar a un acuerdo con respecto a la doctrina para que todos hablen
“una misma cosa “y deben tener en concepto uniforme en cuanto a lo que constituye la
conducta cristiana para que todos sean perfectamente unidos… en un mismo parecer.
“necesariamente tienen que llegar a un mismo parecer con respecto a las doctrinas de la
salvación, el pecado, el castigo futuro, el segundo advenimiento de Cristo, el sostén de la
iglesia, y varias otras doctrinas fundamentales. Tienen que ser unidos en un mismo parecer
con respecto a la actitud cristiana en cuanto a los vicios del licor y tabaco como también en
cuanto a las diversiones populares como el baile, el teatro, el juego, etc., para que la iglesia
pueda llevar en alto su testimonio limpio delante del mundo.
Además debe haber un entendimiento con respecto a los requisitos de la ley civil en cuanto al
matrimonio y cómo esto afecta la admisión de miembros nuevos a la iglesia, como también un
entendimiento en cuanto a cómo se va a tratar con un miembro que cae en el pecado y
deshonra el nombre de Cristo y la iglesia.
Jesucristo dijo a sus discípulos: “id y doctrinad a todos los gentiles…enseñándoles…
(Mt.28:19,20). Vemos, pues, que se principia la edificación y la organización de una iglesia
poniendo por base la enseñanza bíblica.
En nuestra obra en la América Central, nuestras iglesias resolvieron esta dificultad mediante la
publicación de un reglamento local para las iglesias afiliadas, el cual es un estudio de puntos
fundamentales bíblicos y sirve como base de comunión. Representa un acuerdo entre los
hermanos y las iglesias en cuanto a las doctrinas fundamentales y la norma de conducta para
miembros y también la forma de proceder en una iglesia local (Véase apéndice A).
LOS MIEMBROS
La selección de los miembros constituyentes de una iglesia y la adición subsiguiente de nuevos
miembros es algo que merece una vigilancia esmerada y la oración ferviente de parte del
evangelista o del pastor encargado, además de toda la iglesia. Cuando un evangelista está
luchando para establecer una iglesia nueva, es muy natural que desee toda la ayuda posible.
Muchas veces sucede que hay personas en la vecindad que han oído el evangelio en otro
pueblo o puede haber también pequeños grupos de miembros de otra iglesia evangélica que
por un motivo u otro no están contentos con su propia iglesia y desean juntarse con el nuevo
esfuerzo.
Motivado por el deseo legítimo de conseguir toda la ayuda posible para su nueva obra, el
obrero puede sufrir la tentación de aceptar inmediatamente la ayuda que se le ofrece sin
previo examen de los supuestos creyentes. Por regla general, al hacerlo así, sembrará la
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simiente de un fracaso futuro en su iglesia. No solo toca el asunto a la ética cristiana en cuanto
a lo correcto en recibir miembros disgustados de otra denominación, sino también pone en
duda la prudencia del obrero que echa el fundamento para su futura iglesia usando material
dudoso. Es mejor que el obrero se tome tiempo para cavar bien y edificar su casa sobre la roca.
Seguramente requerirá más tiempo, pero el ministro tendrá el gozo de ver su obra firme
cuando desciendan las lluvias.
El autor no desea hacer resaltar las diferencias entre las denominaciones evangélicas o excluir
de la comunión cristiana a ningún hijo verdadero de Dios, pero es menester reconocer la
necesidad de un acuerdo común entre los miembros de una iglesia en cuanto a doctrina y los
ideales que proseguimos para que podamos trabajar unánimes y armoniosamente en la iglesia.
Creyentes con procedencia de otros grupos deben ser examinados con cuidado a fin de
descubrir si defienden doctrinas equívocas.
El admitir como miembros a personas con ideas erróneas con respecto al castigo al castigo
futuro, el sábado, etcétera, dará como resultado el debilitamiento de la estructura espiritual
de la iglesia. Debe haber, por ejemplo, un entendimiento bien definido acerca del sostén de la
iglesia. Es posible que dichos creyentes no se sientan responsables en cuanto a pagar los
diezmos, puesto que se han acostumbrado a que otros lleven la carga financiera de la obra y
no ven la necesidad del sostén propio de la iglesia.
Posiblemente les faltan ideas claras y maduras con respecto a la norma de santidad que la
iglesia debe mantener. Si tales creyentes son recibidos como miembros activos de la nueva
congregación, seguramente el pastor tendrá un conflicto más tarde cuando él principie a
enseñar a los nuevos conversos con respecto a las normas y doctrinas bíblicas. Entonces el
pastor se encontrará en apuros cuando el miembro que él recibió prematuramente principie a
socavar el trabajo del mismo pastor y a oponerse a sus enseñanzas. Como creyente de más
experiencia, el miembro contrariado puede ejercer una influencia sobre los nuevos conversos,
de modo que si él les dice, por ejemplo, que no es necesario dar diezmos, bien puede suceder
que él deshaga la labor del pastor en este particular.
A demás no verá la necesidad del ejercicio de la disciplina de un miembro desviado puesto que
nunca ha sido enseñado con respecto a la importancia de este aspecto de la vida cristiana. Así
que, sin ser intolerante y mezquino, es necesario que el pastor sepa seleccionar con cuidado
las piedras de fundamento de su iglesia futura.
Debe instruir a los futuros miembros en las verdades esenciales para el buen desarrollo de la
iglesia, y solamente los que estén plenamente doctrinados deben ser admitidos como
miembros activos de ella.
Claro es que debe haber una tolerancia en cuanto a las diferencias de opiniones sobre
interpretaciones particulares de puntos no fundamentales, pero al tratar de doctrinas y
prácticas básicas de nuestra iglesia, no podemos menos que insistir que haya acuerdo
completo.
En cuanto a la decisión sobre quiénes podrían ser recibidos como miembros, el pastor o el
evangelista no debe tomar tan importante decisión sin consultar con los demás. El pastor no es
dueño de la iglesia y la decisión con respecto a los que serán recibidos como miembros no
debe ser su prerrogativa exclusiva. La iglesia la forman todos los creyentes y por tanto es de
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todos ellos. No se debe exigir que la iglesia acepte como miembro a uno que los hermanos no
crean sincero, y por consiguiente, cuando un miembro deshonra la norma de la iglesia
cometiendo un pecado, la iglesia es la que debe disciplinarlo en vez de ser ello la acción del
pastor solamente. (Mt. 18:15-17). También ayuda en el desarrollo del ambiente de solidaridad
y de responsabilidad si los miembros tienen la oportunidad de dar su aprobación en cuanto a
los nuevos miembros.
Cuando una iglesia está en proceso de ser organizada, los convertidos pueden ser examinados
por el pastor en cooperación con unos dos o tres de los miembros más estables y espirituales.
Después de que la iglesia haya sido organizada, y los funcionarios elegidos, el deber de
examinar a los nuevos conversos corresponderá al pastor en unión de los funcionarios elegidos
para representar a la iglesia.
Habiendo llegado a un acuerdo en cuanto a la doctrina, los métodos de trabajo y los objetivos
de la iglesia, ésta, compuesto de los miembros cuyos nombres aparecen en la lista de
miembros, principiará a ejercitar su autonomía por medio de sus decisiones y elecciones. La
iglesia es autónoma en su esfera local y puede resolver sus propios problemas, mientras no
infrinja los derechos o las prerrogativas de otra iglesia local o contravenga los principios
aprobados por la unión de las iglesias, o sea, la organización nacional de las iglesias. La iglesia
elige a sus propias autoridades (Hch. 6:1-6). Las autoridades así elegidas, son responsables
primeramente a Dios y luego a la congregación que las ha escogido.
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éste no debe defraudar a su congregación pasado por alto dichos representantes, sin darles la
consideración debida.
El pastor no tiene derecho de poner nuevos nombres en la lista de miembros, ni de borrar
nombres de la lista a su gusto. Tampoco puede declarar vacante el puesto de un diacono sin el
previo consentimiento de la iglesia, aunque en algún caso necesario, pudiera pedir que un
diacono renunciara cuando éste no pudiera o no debiera seguir desempeñando su cargo. En
otras palabras, el pastor no debe manifestar un espíritu de dictador en su dirección espiritual
de la iglesia; más bien debe establecer relaciones amorosas y cooperativas con los miembros
de la iglesia.
Al pastor le corresponde tomar la iniciativa de establecer estas relaciones armoniosas. Debe
celebrar sesiones cada mes con la junta oficial para tratar los asuntos de la iglesia. Debe haber
un orden establecido en las deliberaciones. Hay ciertos asuntos que casi siempre requerirán
atención: por ejemplo, el entrevistar a los candidatos para el bautismo en agua, la disciplina de
miembros descarriados, las necesidades financieras de la iglesia, etc. El pastor debe evitar la
costumbre de tratar privadamente con uno o dos miembros de más influencia o prestigio de la
junta oficial en vez de reunir a todos. Tal costumbre le acarreará dificultades serias.
Aun cuando todo parezca seguir normalmente en la iglesia, el pastor no debe dejar de reunir la
junta oficial. Muchas veces los miembros sabrán de dificultades que él mismo desconoce. El
pastor debe dar oportunidad a todos los funcionarios de la iglesia a presentar los problemas y
expresar sus opiniones. Las decisiones no deben ser tomadas por el pastor solo ni por ningún
otro miembro del cuerpo oficial, sino por la votación de todos. Reconocemos que la decisión
de la mayoría es la que rige: sin embargo en cualquier asunto de gravedad, el pastor debe
procurar llegar a una decisión unánime de parte de la junta oficial. Si se descubre que los
miembros de la junta oficial no están de acuerdo sobre algún punto, es mejor postergar la
decisión para dar lugar a más estudio y oración y para conseguir más datos relacionados al
asunto bajo discusión. Decisiones impuestas contra la voluntad de una minoría considerable de
la junta oficial, crearan dificultades en el gobierno de la iglesia.
Aun cuando no haya ningún asunto de gravedad para discutir, de todas maneras se debe
reunir la junta oficial para la oración. Nada mejor hay para establecer la unión entre los
funcionarios de la iglesia y su pastor que el reunirse para discutir los problemas de la iglesia y
orar juntos para el adelanto de la obra. Feliz el pastor que aprende bien esta lección y sabe
trabajar en armonía con la junta oficial.
Los primeros diáconos fueron escogidos como ayudantes de los Apóstoles para que éstos
quedasen libres de las exigencias del trabajo material (Hch.6:1,6). Los diáconos son elegidos
por la iglesia y por tanto, son representantes de ella. Por regla general, en nuestras iglesias los
diáconos sirven también como consejeros del pastor quien es el guía espiritual de la iglesia. Los
diáconos no deben considerarse independientes del pastor, pero deben manifestar un espíritu
cooperativo, activándose en la obra del Señor.
Es motivo de mucho desanimo para todos cuando una iglesia encomienda ciertos trabajos a
sus funcionarios y éstos no cumplen. Un miembro que está demasiado ocupado con sus
propios asuntos de tal modo que no puede asistir a las sesiones de la junta oficial, o no hace el
esfuerzo para hacerlo, no puede desempeñar debidamente el puesto de diacono. Sería mejor
en tal caso que dicho funcionario renunciara al puesto para dar lugar a otro quien tomaría un
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interés sincero en desempeñar sus obligaciones. De otra manera, ni el mismo diacono trabaja,
ni otro puede hacerlo.
En muchas de nuestras iglesias, los diáconos tienen un ministerio espiritual además de velar
por el bienestar material de la iglesia. Tenemos los ejemplos bíblicos de Esteban y Felipe,
ambos escogidos como diáconos, pero quienes más tarde desarrollaron ministerios
espirituales. Los diáconos en nuestras iglesias por regla general, sirven como miembros de la
comisión de disciplina, y en muchas ocasiones también ayudan al pastor en el ministerio de la
palabra y en cuidar a los puntos de predicación anexos a la iglesia central. Sin duda, en tal caso
el ministerio de un diacono es muy parecido al de un “anciano” en la iglesia primitiva.
En cuanto a las elecciones, es probable que especialmente en las primeras elecciones
generales de la iglesia, ella necesite cierta dirección y consejo. El presidente de la sesión debe
explicar a la congregación los requisitos bíblicos para el puesto de diacono.
(1Tim.8:8, 13; Hch.6:1,6). Si se trata de nuevos creyentes, un estudio bíblico sobre el asunto
dado con anticipación, será muy beneficioso. Es bien sabido que una congregación no muy
madura en la experiencia cristiana, muchas veces escogerá a personas por motivo de
preferencia personal, más bien que por sus cualidades espirituales. Por tanto, es aconsejable
que haya una comisión encargada de presentar candidatos, a la que el presidente pueda
explicar más claramente los requisitos para el puesto y hacer preguntas escrutadores acerca
de los candidatos propuestos. Por tanto, se sugiere que la iglesia elija una comisión encargada
de proponer a los candidatos para elección. Se deben nombrar más candidatos que el número
requerido de funcionarios para que haya suficientes nombres para hacer una selección entre
ellos.
También es provechoso que el presidente juntamente con la comisión nombrada al efecto
explique a cada candidato los requisitos para que éste pueda retirar su nombre si por acaso
cree que no va a poder cumplir con ellos. La misma junta oficial de la iglesia no debe servir
como comisión encargada de proponer candidatos, puesto que podrá perpetuarse en los
puestos. Cierta iglesia ha establecido una regla que requiere que un miembro de la junta oficial
no puede seguir en el mismo puesto durante más de tres años consecutivos sin un año de
descanso. En esta manera se dará oportunidad a que otros hermanos se desarrollen en el
ministerio y la responsabilidad del diaconado.
LA DISCIPLINA DE MIEMBROS
El alto privilegio de la autonomía lleva consigo ciertas responsabilidades serias. La iglesia local
que procura gobernarse según el modelo del Nuevo Testamento se hace responsable
automáticamente para mantener el orden y la norma bíblica en la congragación. Sin duda uno
de los aspectos más difíciles del gobierno propio es el de la disciplina de los miembros. La
Biblia contiene exhortaciones con respecto a este asunto. (Véase Mt. 18:15-17; Gá. 6:1; Ro.
16:17; 1 Co. 5:12; 2 Tes. 3:6; Tito. 3:10,11).
Es la responsabilidad de una iglesia ejercer una vigilancia sobre las almas de los miembros. La
responsabilidad principal para esta vigilancia descansa sobre el pastor y la junta oficial. Cuando
se sabe que un miembro de la iglesia ha empeñado el buen testimonio de ella por hechos
indignos de un creyente, es la responsabilidad del pastor y junta oficial investigar el asunto y
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tomar una decisión en nombre de la iglesia. Es muy natural, y así sucede con la mayoría de
nosotros, que no nos gusta encarar a una persona con sus faltas, puesto que nunca sabemos
cuál será su reacción. Muchas veces los miembros de la congregación también pueden ser
afectados desfavorablemente. A causa de este peligro, muchos pastores más bien se han
refugiado en la oración pensando que sería mejor confiar en Dios que tratar el asunto. Han
creído que sería mejor manifestar un espíritu amable y no ofender a nadie.
Claro es que la oración es importante, y es muy necesaria cuando uno tiene que tratar con
esos asuntos, pero la oración sola no solucionará un problema que requiere decisión y acción.
Pablo oraba en tales casos, pero también hacia más que orar. Oraba y también actuaba.
(1Co.5). nunca debemos sentir otra cosa que amor hacia aquellos que han faltado a Dios.
Cuando un padre corrige a su hijo, no es una prueba de que no le ama; más bien, la corrección
es prueba de su amor. Así en la iglesia, no sería una manifestación de amor hacia Dios ni a la
persona descarriada si la dejamos seguir su carrera y arruinar el buen nombre de la iglesia y
peligrar su vida espiritual sin darte una palabra de amonestación o corregirle más seriamente,
según el caso. El pastor no es digno de su alta vocación, si deja de cumplir un deber solamente
porque no le es agradable. Si pasamos por alto estas cosas, el testimonio del evangelio será
afectado.
La gente inconversa creerá que a pesar de nuestra predicación y nuestro testimonio de una
vida limpia, somos indiferentes, y en nada diferimos de los que no son salvos. Por tanto, por
amor a la iglesia, por amor también al alma del miembro descarriado, y por amor a las almas
no convertidas que nos están observando, debemos cumplir con nuestra solemne
responsabilidad. Hagámoslo con oración; hagámoslo con amor; seamos misericordiosos para
que obtengamos misericordia, pero cuando los intereses del reino de Dios lo exijan, cobremos
valor y actuemos.
Cuando corre la noticia de que un miembro de la iglesia ha caído en pecado, el pastor debe
hablar primeramente con el individuo acusado y si no puede éste aclarar el asunto, el pastor
debe reunir a la junta oficial y hacer una investigación. (Véase Mt.18:15-17). El acusado debe
ser llamado a la sesión. Si él niega su culpabilidad, se debe darle la oportunidad de comprobar
su inocencia y no tenerle por culpable hasta no encontrar una evidencia positiva de su culpa.
Una vez hallado culpable el acusado, la junta oficial tratará con él según la gravedad del
asunto.
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debido, la decisión de la junta oficial debe ser anunciada a toda la iglesia para que la iglesia
entienda y ore por el que ha cometido la falta y le ayude a recobrar su vida espiritual.
A la misma vez, esto le hará reconocer la gravedad de su falta. En todo esto, es menester que
se manifieste el espíritu de amor y misericordia.
Se ve pues, que los pastores y funcionarios de la iglesia deben ser hombres de integridad,
caracterizados por la misericordia, el valor, y la justicia. Deben ser imparciales, sin favoritismo,
y sin tolerancia del pecado. La importancia de las disciplinas para el crecimiento y la estabilidad
de la iglesia es sumamente grande. Dios honrará a la iglesia que le honra a Él y a su Palabra.
LA DECISON FINAL
A veces surge una circunstancia en la cual los diferentes elementos de una iglesia no pueden
llegar a un acuerdo completo. A veces el pastor y la junta oficial no pueden armonizarse en
cuanto a la mejor manera de resolver un problema. Otras veces una parte considerable de los
miembros no estarán de acuerdo con el pastor y la junta oficial. Por regla general, si el pastor
puede lograr la armonía entre los miembros de la junta oficial, la iglesia les seguirá. Pero esto
requiere tiempo y paciencia. Como se ha dicho ya, es aconsejable evitar una acción precipitada
y no insistir en adoptar una decisión cuando las emociones están agitadas. Es mejor postergar
la decisión y dar lugar para que los ánimos se calmen y un juicio más sano puede prevalecer.
Algunos pastores, al insistir en su propio punto de vista, han dividido a congregaciones,
causando grandes dificultades que pudieran haber sido evitadas con un poco de paciencia.
Aun en esta parte el pastor tiene una gran responsabilidad de enseñar a la iglesia y llevar la
dirección de tal manera que todo sea hecho bajo la dirección suprema del Espíritu Santo y
conforme a la Palabra de Dios. Así que cuando resulte un desacuerdo que no puede ser
resuelto por la acción de la junta oficial, puede llevar el asunto a la iglesia en sesión de
negocios, (compuestos de los miembros activos según el reglamento de la iglesia local) y la
cuestión será discutida y llevada a votación. La decisión de la mayoría será final en los asuntos
locales.
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LA ORGANIZACIÓN ECLESIASTICA
NACIONAL.
Hasta aquí hemos tratado de las responsabilidades y las relaciones derivados del gobierno de
la iglesia local. Examinemos ahora el gobierno de las iglesias cuando éstas se constituyen en
una organización nacional. Hemos dicho que no debemos instituir la organización nacional
antes de establecer el gobierno en las iglesias locales, puesto que la organización nacional
debe existir como fruto de las iglesias locales y en beneficio de ellas. La organización nacional
debe brotar de las raíces de las iglesias locales y debe existir porque estas iglesias la necesitan
nunca por ser impuesta o exigida sin el consentimiento y la participación de ellas mismas.
Debemos recordar siempre que no existe una forma de gobierno perfecto, aún entre las
iglesias. Cualquier forma de gobierno eclesiástico lleva consigo sus peligros, puesto que las
debilidades humanas están siempre con nosotros.
La forma episcopal de gobierno (el gobierno por obispos), lleva consigo el peligro que se
establezca una jerarquía eclesiástica que en fin buscará sus propios intereses y procurará
mantenerse en el puesto de autoridad. La historia de la Iglesia Católica Romana demuestra el
peligro inherente en el gobierno eclesiástico centralizado y totalitario. El concepto de que el
gobierno de la iglesia dirigida por el papa es infalible ha sido el resultado de elevar este
sistema de gobierno centralizado y totalitario a su conclusión lógica y final. Como no han
admitido la posibilidad de error del elemento humano en el gobierno de la iglesia, ha emanado
un sistema de doctrina y práctica muy alejado de la enseñanza del Nuevo Testamento.
Por otra parte, el sistema democrático de gobierno también tiene sus peligros. Mientras que el
pueblo cristiano ande cerca de Dios, es más acertado el confiar que toda la iglesia podrá
entender e interpretar correctamente la voz del Espíritu, que poner la confianza en que un
solo hombre o un pequeño grupo de hombres oirán y seguirán la voz de un pueblo, lleno de
del Espíritu, puede hacerse oír, el Espíritu Santo puede corregir abusos y tendencias
equivocadas. En la medida que el pueblo cristiano no desvía de su contacto con Dios y pierde
su percepción espiritual, aumenta el peligro de ser guiado por la sabiduría humana y ser
influenciado por los deseos populares. En tales circunstancias, la voz del pueblo no es la voz de
Dios, como tampoco lo es la voz del Papa.
Algunos buscan evitar estos peligros deshaciendo toda forma de gobierno en la iglesia. Sin
embargo, esto no es una solución adecuada. Varios pasajes de las Sagradas Escrituras enseñan
claramente que debe haber gobierno en la iglesia local por medio de los ancianos y diáconos;
además hay precedente para el gobierno en una escala mayor. Las mismas necesidades que
requieren que la iglesia local tenga su propio gobierno indican también que debe haber alguna
forma de gobierno para unir entre sí las distintas iglesias locales y conservar la unidad de
doctrinas y prácticas. En la época apostólica existían no solamente iglesias locales como las de
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Jerusalén y Éfeso, sino también las iglesias de Judea y Asia, lo que indica que las iglesias en un
país o distrito formaban la iglesia (2Co.8:1; 9:2; 1Tes.2:14).
Hay quienes creen que el gobierno de la iglesia debe ser limitado exclusivamente a la esfera de
la iglesia local y que cada iglesia debe funcionar como una entidad independiente. Es la
opinión del autor que las iglesias locales deben funcionar como autónomas en su esfera local,
pero que más allá de esta esfera, la iglesia existe también como el cuerpo de Cristo y que hay
nexos y relaciones entre las iglesias que las unen. Por ejemplo, el ministerio de los apóstoles
no fue ideado para llenar la necesidad de una iglesia local solamente, sino fue un ministerio
entre las iglesias que servía a una o a muchas según la ocasión lo requería. Tal como el
creyente individual necesita hallar su lugar en la iglesia local como miembro, así la iglesia local
necesita reconocer que ella misma forma una parte de la iglesia universal y especialmente de
aquella parte de la iglesia establecida en su propio distrito o provincia.
Pequeños grupos de creyentes que no tienen contacto con otras iglesias pueden desanimarse
y quedar inactivos. La comunión cristiana con otras iglesias aviva el ánimo de los creyentes,
produce el gozo del Espíritu Santo, y estimula la actividad cristiana.
La unión y la comunión tienden a corregir tales anomalías. El contacto con otras iglesias sirve
para conservar un equilibrio espiritual en la congregación local.
Tercero. La organización de las iglesias de un distrito o provincia permite llevar a cabo ciertos
proyectos que serían más allá del alcance de una iglesia local sola. Esos proyectos incluyen la
extensión de la iglesia a los distritos no evangelizados, el establecimiento de centros de
instrucción para obreros cristianos, y la elección y el sostén de ministros aptos para servir a las
iglesias como evangelistas, maestros, y sobreveedores quienes verán por los proyectos
necesarios al avance y la manutención de la obra de Dios.
Dios es el autor del orden. Aun en la esfera material, él ha organizado los planetas y ha
ordenado las estaciones. En la naturaleza misma vemos que las criaturas dependen las unas de
las otras para su existencia. En la sociedad humana Dios ha instituido la familia como una
entidad social organizada, y la organización de los gobiernos de las naciones fue instituida con
su aprobación. Él ordenó la organización de la nación israelita cuando las responsabilidades del
gobierno llegaron a ser demasiado pesadas para Moisés; le asignó setenta ancianos del pueblo
para ayudarle en el gobierno de la nación. Los apóstoles organizaron la iglesia en Jerusalén con
la elección de sus siete diáconos. El Espíritu Santo ha puesto en la iglesia el ministerio y el don
de gobernaciones (1Co.12:18).
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El libro de los Hechos no nos presenta en una forma clara un plan de organización detallado
para el gobierno de las iglesias; sin embargo, encontramos ciertos principios fundamentales.
Veamos ahora en qué manera la iglesia apostólica resolvió los problemas que afectaban no
solamente a una iglesia local sino todas las iglesias de aquella época.
Al esparcirse el evangelio por todo el imperio romano, y al establecer iglesias entre los
gentiles, se suscitaron problemas graves de largo alcance los cuales una sola iglesia local no
podía haberlos resuelto. Parece que las congregaciones de creyentes judíos y prosélitos habían
continuado la observancia de las leyes y los ritos establecidos por Moisés. En cambio, las
congregaciones gentiles establecidas por el apóstol Pablo y Bernabé habían sido enseñadas
que la salvación dependía sencillamente de la fe en Cristo. Los creyentes no habían sido
sometidos al rito de circuncisión y a los demás requisitos de la ley de Moisés.
Cuando los creyentes judíos oyeron que los gentiles habían sido aceptados en la comunidad
cristiana sin la circuncisión y sin haber sido instruidos en la ley de Moisés, se escandalizaron y
principiaron a corregir lo que a ellos les parecía una falta grave en la instrucción espiritual de
los gentiles. Estos enseñaron a las iglesias gentiles que, además de aceptar a Cristo sería
necesario para obtener la salvación seguir las ordenanzas de la ley de Moisés y hacerse
prosélitos al judaísmo. Pablo y Bernabé vieron la enseñanza de tales creyentes judaizantes
como una amenaza a la doctrina de la salvación por fe en Cristo. Una divergencia de opinión
sobre una doctrina básica así resultó y ninguna iglesia individual era capaz de resolver el
problema.
¿Qué curso siguió la iglesia primitiva para llegar a una decisión sobre ese asunto tan
importante? ¿a quiénes correspondía la voz de autoridad?. Al examinar la manera en que la
iglesia primitiva resolvió este problema, descubriremos también ciertos principios
fundamentales que nos pueden servir de guía.
Vemos que la iglesia tenía que tomar una decisión sobre un problema de doctrina y de
maestros falsos.
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Después, Santiago hizo un resumen de la discusión y presentó una propuesta a la asamblea,
(vv.14, 21) la cual gozó de la aprobación general, (vv.22-25) y los presentes hicieron constar en
un acta sus decisión para que sirviese como guía a las iglesias gentiles (vv.28, 29). Certificaron
por escrito a los obreros aprobados (vv.25-27); desaprobaron la falsa doctrina y a los maestros
falsos (v.24), y eligieron a hombres, encargándoles una comisión especial en el nombre de la
iglesia entera (vv.22-25). Además declararon que el Espíritu Santo les había dirigido en su
decisión (v.28). Un informe de sus decisiones fue enviado a las iglesias (vv.23, 30).
Algunos se han opuesto a las decisiones y las vocaciones en las asambleas celebradas para
tratar asuntos de negocios de la iglesia, considerando que tal actuación es demasiado ‘’carnal”
para una iglesia espiritual. Creen que sería mejor que un dirigente inspirado dijera a los demás
lo que debieran hacer o que el Espíritu Santo diera un mensaje profético para guiar a la iglesia.
Parece que tales objeciones carecen de base. En aquella ocasión la iglesia gozaba de la
dirección inspirada de los apóstoles. También las iglesias estaban acostumbradas al ministerio
de los profetas que hablaban bajo inspiración del Espíritu Santo.
Cuarto. Ninguna persona por sí sola dictó la decisión la cual fue adoptada por acuerdo de la
asamblea general.
Sexto. Dieron su aprobación a los hombres de buen carácter y de enseñanza sana y rechazaron
a los falsos maestros.
Séptimo. Escogieron a algunos hombres de su número y les dieron una comisión especial.
Décimo. Levantaron las actas de la reunión y las distribuyeron entre las iglesias.
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Aquí, pues, tenemos los principios que nos servirán de guía para resolver los problemas que
pueden originarse en nuestras iglesias. Debemos reunir a los representantes de las iglesias, y
especialmente a los elementos afectados por el problema. Ningún individuo debe ordenar a
los demás en cuanto a lo que se debe hacer, sino que todos deben tener oportunidad de
expresar su opinión. Durante tales discusiones podremos confiar en que el Espíritu Santo nos
dará la palabra de sabiduría para guiar nuestros pensamientos. Bajo la dirección del Espíritu
Santo, el Señor ayudará a la asamblea llegar a un acuerdo.
Según las necesidades lo indiquen, se puede escoger a ciertos hombres para llevar a cabo una
comisión especial en beneficio de todas las iglesias. Parece justificada la conclusión que como
la iglesia local de Jerusalén escogió algunos hombres de su número para llevar a cabo una
comisión especial (Hch.6:1-6) y como el conjunto de iglesias en el concilio de Jerusalén
seleccionó y comisionó a ciertos hombres para aclarar su posición doctrinal a las iglesias entre
los gentiles, que también hoy día un grupo de iglesias puede constituirse en un concilio y
comisionar a hombres aptos de entre ellas mismas para llevar a cabo proyectos necesarios y
beneficiosos al conjunto de las iglesias.
Prácticamente la iglesia hoy requiere tales hombres comisionados: hombres que pueden servir
como evangelistas en regiones nuevas; hombres con aptitud para dirigir, para aconsejar y
ayudar a las iglesias en sus problemas internos; hombres que velarán por ciertos distritos y
animarán a los grupos pequeños y débiles para que puedan llegar hacer iglesias; hombres que
podrán servir como secretarios y funcionarios para el conjunto de iglesias al fin de facilitar la
distribución equitativa de fondos. El concilio también puede encomendarles la responsabilidad
de llevar a cabo ciertos proyectos para el provecho de la iglesia en el intervalo entre sus
sesiones.
El territorio que el concilio debe abarcar será decidido, tomando en cuenta la geografía, las
fronteras nacionales, y la diferencia de idiomas. Hay poco provecho en procurar la
organización de iglesias como una entidad que son distanciadas por los motivos mencionados
a tal grado que no puede prácticamente mantener comunión. Cuando la distancia, el lenguaje,
o las fronteras nacionales impiden la unión de las iglesias en un solo concilio, es recomendable
que las iglesias tengan su propio concilio regional.
De la misma manera que los miembros de una iglesia local pueden llegar a un acuerdo en
cuanto a la norma de la iglesia local, así también los representantes de las iglesias deben
reunirse para ponerse de acuerdo con respecto a los principios que servirán de guía para el
desarrollo de las iglesias en su región. Cada iglesia local debe ser representada en el concilio
por su pastor y delegado debidamente elegidos por ella misma. Estas conferencias o concilios
llegan hacer la asamblea anual de asuntos de negocios para la dirección de la obra en el país.
A medida que la obra se extiende, el país puede ser dividido en diferentes secciones. Cada
sector puede tener varias iglesias entre cinco y diez o aún más. Estas iglesias pueden celebrar
reuniones de confraternidad cada tres o seis meses según las circunstancias lo permitan.
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el presbítero será también el pastor de una de las iglesias de la sección, no necesitará de
sostén de otra fuente. Por la misma razón, el número de las iglesias bajo su vigilancia debe ser
limitado; de otro modo o tendría que descuidar a su propia iglesia para atender a las demás o
no podría vigilar debidamente la obra de la sección.
Debemos recordar que la autoridad final no descansa en los hombres que han sido escogidos
para llevar a cabo cierta comisión, sino en el concilio que los escogió. La autoridad suprema del
Concilio nacional reside en el concilio mismo.
Esta autoridad se expresa por las decisiones y las elecciones cuando está en sesión, y se delega
en un sentido restringido a los funcionarios elegidos para llevar la responsabilidad cuando el
concilio no está en sesión. En el intervalo entre sesiones, la autoridad del concilio descansa en
los funcionarios en la manera siguiente:
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Primero. La iglesia local con su junta oficial o directiva, la cual administra los asuntos de la
congregación local; y
El Concilio General (la organización nacional) no existe con el fin de usurpar la autoridad propia
de las iglesias locales, ni de quitarles sus derechos y privilegios bíblicos; los funcionarios de la
organización nacional sirven a las iglesias en una capacidad consultativa y cooperativa-
recomiendan y aconsejan, pero no exigen. Por consiguiente, un funcionario de la organización
nacional no tiene derecho de dictar a un pastor local o a una iglesia local cómo deben resolver
sus problemas. Los funcionarios ejecutivos pueden prestar su ayuda y consejo espiritual.
La decisión verdadera y final es algo que pertenece a la iglesia local y debe ser hecha por ella
misma. Sin embargo su autonomía no es una soberanía sin límite. Por ejemplo, una iglesia local
no tiene derecho de aportar medidas que sean contrarias a los acuerdos de la organización
nacional que representa el conjunto de las iglesias, ni debe invadir la autonomía de otras
iglesias locales. Para explicar más ampliamente, siendo que el Concilio General tiene el
derecho de aprobar o desaprobar a los ministros, una iglesia local no tiene prerrogativa de
instalar como pastor a un ministro que haya sido desaprobado por la organización nacional.
Tampoco se le puede permitir la enseñanza de una doctrina no aprobada por las iglesias en
general, ni que se sigan prácticas perjudiciales a la moral de la iglesia nacional.
En esto la relación de una iglesia local con la organización nacional es semejante a la relación
de un miembro de una iglesia local a su iglesia, y en ambos casos es menester mantener la
norma de conducta y de sana doctrina que armonizan con el grupo con que está afiliado.
No es difícil percibir que si una iglesia local quisiera instalar como pastor a un ministro que
haya sido disciplinado a causa de la inmoralidad, que la actuación de esta iglesia tendría un
resultado debilitador en las demás iglesias, pues los resultados de su actuación tienen alcances
mucho más allá de la esfera local.
La autonomía de la iglesia local es limitada por los derechos de las demás iglesias. Las iglesias
tienen derecho de exigir que otra que es asociada con ellas mantenga las mismas normas. Se
puede ver entonces que la soberanía de una iglesia local se limita voluntariamente cuando
esta iglesia desea asociarse con otras iglesias y formar un solo cuerpo con ellas. Estas iglesias
son autónomas, pero no son independientes porque son miembros del mismo cuerpo. Como
el principio básico forense lo explica: “un derecho termina donde otro empieza”. Así que las
iglesias locales son autónomas pero no tienen la libertad de dañar a las demás iglesias
actuando en un sentido contrario a ellas.
Por otro lado, los funcionarios que representan a la organización nacional deben tener mucho
cuidado de no violar las prerrogativas de las iglesias y de no imponerles una decisión forzada. A
la larga, el ruego y la súplica, respaldados por las Escrituras, tienen más fuerzas que las
exigencias humanas y darán mejores resultados.
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EL SOSTEN DE LOS FUNCIONARIOS
Al organizar a las iglesias en un Concilio, se debe hacer provisión para el sostén financiero de
sus funcionarios correspondientes. Cómo se logrará esto depende por regla general de que si
el Concilio desea que los funcionarios dediquen todo su tiempo a estas labores. Si no, el
superintendente (presidente) y las demás autoridades pueden seguir con sus pastorados y
limitarán sus viajes a las iglesias a ocasiones especiales y llamadas de emergencia. El presbítero
de cada región se encargará de velar por las demás necesidades de las iglesias. Este sistema
tiene mucho que le favorece puesto que no impone una obligación financiera grande sobre las
iglesias y además sirve para evitar el peligro de una organización nacional demasiado
centralizada.
En cambio, la experiencia nos ha enseñado que el pastor que también tiene que servir como
funcionario de una organización nacional, no puede atender debidamente ni a la una ni a la
otra. De modo que por regla general, las exigencias del puesto de superintendente, cuando
menos, requieren que éste dedique todo su tiempo a cumplir con las responsabilidades de su
puesto.
En nuestra iglesia, los pastores de las iglesias sostienen a los funcionarios por medio del
diezmo de sus propias entradas, el cual mandan a la oficina central para el sostén de la obra.
En los Concilios, se aumentan las entradas de la oficina central por medio de ofrendas
especiales de las iglesias o por el diezmo de las entradas generales de las iglesias locales según
sea decidido.
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EL SOSTEN FINANCIERO DE LA
IGLESIA
Al procurar regresar al ejemplo del Nuevo Testamento en nuestra labor de fundar iglesias en el
capo misionero, por ningún lado encontramos un problema más difícil que el del sostén
financiero de la iglesia. El problema es arduo no tanto porque el sostén financiero de la iglesia
es de por sí difícil, sino, en gran parte, debido a los métodos usados por las misiones al
establecer las iglesias.
Aunque parezca extraña, las dificultades en este respecto que han resultado en ciertas
regiones hoy, existen en gran parte por la magnanimidad equivocada de los misioneros que
colocaron los fundamentos de la obra. Veamos por un momento el tremendo problema a que
el misionero tenía que hacer frente. Se encontraba casi solo en un territorio inmenso. Al
principio ni amigos ni creyentes tenía para ayudarle en su trabajo. Se sentía triste y afligido al
ver las multitudes sin Cristo y los pueblos y las aldeas innumerables sin el evangelio. Además,
los convertidos que aceptaban al Señor muchas veces eran desechados por su propio pueblo.
A veces el nuevo convertido perdía hasta el empleo. El misionero procuraba resolver el
problema ayudando a los convertidos económicamente de una forma u otra. A veces les daba
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empleo como ayudante en la Misión. Naturalmente si ellos mostraban interés y vocación para
un ministerio espiritual, el misionero los empleaba como obreros cristianos en sus labores.
Estos obreros, así alejados de su propio pueblo, llegaban a depender del misionero para su
sostén. Cuando estos obreros levantaban congregaciones, no les enseñaban los principios
básicos de su responsabilidad financiera para la obra. El misionero recibía su sostén del
extranjero, y él sostenía al obrero. ¿Para qué pedir que los convertidos se sacrificasen para
poder sostener a su propia iglesia o pastor?
El misionero, por regla general, encontraba candidatos aptos para el ministerio entre los
estudiantes del colegio de la misión. Los creyentes adultos tenían sus obligaciones de familia y
además les era más difícil hacer los preparativos necesarios. Así que el misionero escogía a los
jóvenes a quienes podrían amoldar más fácilmente. Tenía la esperanza de que por medio de la
enseñanza y el ejemplo él pudiera hacerles desarrollar un ministerio adecuado para la
evangelización de su propio pueblo y la dirección de la iglesia. A veces tenía éxito pero con
frecuencia se encontraba con un gran obstáculo. Estos obreros se habían acostumbrado a
depender de la Misión y del misionero.
Él había tomado las decisiones y les dirigía en su labor. La Misión suplía sus necesidades
financieras. Al terminar sus estudios, estos obreros esperaban recibir su sostén de la misma
fuente. Siendo que se habían alejado de su propio pueblo, y en ciertos casos hasta habían
dejado sus costumbres, no les era muy fácil acomodarse a la vida primitiva de las aldeas;
estaban acostumbrados a un nivel de vida más alto, el cual solamente podrían mantener con la
ayuda financiera del misionero.
Así que los pastores mismos, y las iglesias que ellos levantaban, casi automáticamente se
consideraban como dependientes del misionero extranjero. Como resultado las iglesias
perdieron mucho de la iniciativa individual y el vigor de la vida espiritual que resulta de una
iglesia verdaderamente nacional o “criolla”. Al principio ni el misionero, ni el obrero, ni
tampoco los creyentes mismos entendieron los efectos debilitadores de este proceder. Más
tarde, cuando el error se hizo más palpable, tanto el misionero como los convertidos estaban
acostumbrados a estos métodos y no les era fácil cambiarlos. Así el sistema se ha perpetuado.
En nuestro propósito aquí explicar por qué se debe remediar tal caso y cómo se puede hacerlo.
Antes de seguir adelante, sería provechoso presentar los motivos porque creemos que la
iglesia debe sostenerse financieramente.
Aquí nos falta lugar para dar un estudio sobre el particular. Si el lector no está
familiarizado con esta enseñanza, sugerimos que tome su Biblia y que haga un estudio
esmerado de la materia antes de proceder en el estudio presente. Por el momento
quiero llamar la atención a un solo texto. En 1Co.9:13,14, el apóstol Pablo pone por
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ejemplo la práctica de los sacerdotes del Antiguo Testamento declarando que los que
ministraban en las cosas sagradas, del templo de allí recibían sus sostén.
Un estudio del Antiguo Testamente revela que los sacerdotes vivían de los diezmos de
la nación israelita. (El diezmo es un diez por ciento de las entradas.) Véase Nm.18:20-
21. Luego en 1Co.9:14 el apóstol dice: “Así también ordenó el Señor a los que anuncian
el evangelio que vivan del evangelio”. Quiere decir que como los sacerdotes vivían de
los diezmos del pueblo así también Dios ha ordenado que el ministro evangélico sea
sostenido por los diezmos y las ofrendas de la congregación.
No hallamos donde ni el apóstol Pablo ni otro ministro solicitará una ayuda financiera
de las iglesias de Jerusalén o de Antioquia para el sostén de las iglesias nuevas que
fueron fundadas por sus labres misioneras.
Más bien, él exhortó a los nuevos convertidos a que sostuviesen a su propia obra y a
que ellos ayudasen a sus propios pastores con ofrendas y bienes materiales.
(1Tim.5:17-18; Gá.6:6). Y aún vemos en una ocasión cuando hubo un hombre en Judea
que el apóstol Pablo recolectó ofrendas de las iglesias nuevas con el propósito de
enviárselas a los hermanos afectados de la iglesia madre en Jerusalén.
Pero alguien pondrá una objeción: ¿No trabajó Pablo con las manos para sostenerse,
en vez de levantar ofrendas de las iglesias? ¿No debiéramos seguir su ejemplo?
Contestamos: El apóstol Pablo tenía entradas de dos fuentes. El recibía ofrendas de las
iglesias como ayuda para sus trabajos misioneros. (Fil.4:16-18) En segundo lugar,
cuando no había ofrendas de las iglesias, trabajaba con sus propias manos para suplir
sus necesidades. Él explica que lo hacía a propósito: es decir, para que el evangelio no
fuese estorbado. Sin embargo, después de fundar una iglesia, exhortaba a los
creyentes a que sostuvieran a los que les servían en el Señor. Los misioneros
modernos también siguen el ejemplo del apóstol Pablo en este sentido. Por regla
general, los misioneros no reciben ofrendas de las iglesias, aunque bíblicamente
pudieran hacerlo, para evitar la mala comprensión y ser acusados de parte de los
enemigos del evangelio de explotar a los convertidos y hacer ganancia de ellos. Los
misioneros, como el apóstol Pablo lo hizo, “despojan” las otras iglesias (2Co.11:18); es
decir, las iglesias de su patria en el extranjero, para poder servir a las nuevas iglesias
que están estableciendo. Pero como el apóstol Pablo exhortó a los nuevos convertidos
a que ayudasen a sus propios pastores, así el misionero debe exhortar a las iglesias a
que sostengan a los pastores que ministran la palabra a ellos.
Si no hubiese otro motivo porque una iglesia debe sostener a su propio pastor, basta
que las Escrituras así lo enseñan y nosotros como creyentes que seguimos el modelo
del Nuevo Testamento debemos hacerlo también. Sin embargo, existen otros motivos.
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2. Una iglesia local debe sostenerse por medio de los diezmos de los miembros porque
así se llega a un plan lógico y equitativo para el sostén del misionero. Diez familias o
más que dan diezmos fielmente pueden sostener a su pastor más o menos al mismo
nivel económico que ellos mismos gozan. Debemos reconocer que el pastor y su
familia tienen más gastos que una familia corriente de la congregación, pero a medida
que su ministerio produce una congregación mayor, sus entradas también se
aumentarán correspondientemente.
una congregación que se sacrifica y trabaja para el éxito de la iglesia, por regla general
tendrá también más iniciativa en la evangelización de los inconversos y en todo lo que
toca el progreso de la obra, mientras que una iglesia que recibe todo sin poner de su
parte, pocas veces demuestra esta iniciativa.
4. También el pastor debe sentirse responsable ante su congregación más bien que antes
la Misión. Si la Misión paga su sueldo, naturalmente el obrero a sentirse responsable
ante el misionero. Pero el pastor necesita reconocer que ha sido llamado de Dios para
hacer una obra y cumplir con un deber que Dios mismo le ha encomendado más bien
que considerarse empleado por una Misión. De otra manera su ministerio puede ser
debilitado seriamente y hasta puede fracasar.
Uno tiene que pasar por la experiencia de recibir de Dios diariamente lo que necesita
para su propia vida y para su familia sin haber ningún otro medio visible de ayuda para
poder apreciar lo valiosa que es esta vida de fe. Así se fortalece la fe y se pone el
fundamento para un ministerio bendecido.
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6. Sucede que el obrero que recibe sub sostén de fondos del extranjero a veces no goza
del mismo aprecio de sus compatriotas como el que recibe su sostén de su propia
congregación. Posiblemente el público tiene al obrero que recibe su sueldo de una
Misión por empleado de una religión extranjera en lugar de un siervo abnegado de
Dios. Ha ocurrido en años recientes que ciertos ministros evangélicos han sido
acusados de ser espías solamente porque recibían su sueldo de un país extranjero. El
obrero que recibe su sostén de su propia congregación evita esa interpretación
equivocada. Las iglesias que se sostienen solas han podido sobrevivir los tiempos
difíciles cuando los fondos del extranjero han sido retirados. Aunque el obrero que
recibe su sueldo de una Misión no fuese acusado de ser un agente de un país
extranjero, sin embargo, bien pudiera ser considerado agente de una religión
extranjera que predica solamente porque le pagan.
7. Debemos también mencionar que debido al espíritu nacionalista que está hoy en
aumento en muchos países, grandes ventajas hay en que la obra sea sostenida de
fuentes locales. Aunque equivocadamente, al misionero en muchas partes lo tienen
como agente del capitalismo e imperialismo extranjero. Es el deseo de todos los
pueblos del mundo hoy en día alcanzar completa libertad e independencia. Muchos
interpretan la subvención de parte de una misión extranjera como una manifestación
del imperialismo. Por equivocada que sea esa idea, de todos modos es preferible que
la iglesia nacional no viva bajo tal sombra. También, no se puede negar que los que
sufragan los gastos son, por regla general, los que mandan. Creemos que la iglesia
nacional o “criolla”, al llegar a la edad adulta, debe estar libre para ejercer su propio
gobierno y dirección.
8. Ahora llego al último y tal vez el más poderoso motivo porque la iglesia debe
sostenerse. Si la iglesia no puede sufragar sus propios gastos, llegará el día en que no
podrá extenderse por falta de dinero puesto que todos los fondos habrán sido usados
para mantener la obra solamente. En tal caso, la iglesia se encontrará en
circunstancias que le prohibirán tomar la iniciativa en la evangelización, o en fundar
iglesias nuevas, o en entrenar o preparar nuevos obreros para el ministerio. Los fondos
de fuentes extranjeras nunca bastan para todas las necesidades de la obra. Siendo que
hay un límite en la cantidad de fondos que pueden ser enviados de un país extranjero,
inevitablemente llegará el día cuando la adición de otro obrero a la lista significará que
los demás obreros recibirán menos. Tal situación llegará hacer intolerable.
No podemos creer que la iglesia de Jesucristo deba vivir sujeta a tales limitaciones. En
cambio, cuando cada nueva congregación se encarga de la responsabilidad de su
propio edificio, y del sueldo de su pastor, no hay límites a las posibilidades de la
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expansión de la iglesia. Cada iglesia nueva será una entidad que podrá sostener y
propagarse, y a medida que nuevas iglesias se levanten, éstas asumirán la
responsabilidad de su propia obra. La verdad es que las nuevas iglesias mismas
llegarán a ser una fuente de entradas para ayudar en la extensión de la obra y de la
evangelización del país.
Ahora examinemos unos pasos prácticos que nos ayudarán a alcanzar tan loable blanco:
primeramente, los pastores mismos deben ser enseñados y convencidos de la necesidad de
establecer el sostén propio de las iglesias. Los obreros deben dar su apoyo moral a este
esfuerzo. Es preciso que ellos se convenzan del beneficio que recibirán ellos mismos, y la obra
también, siguiendo este curso de acción; entonces deben dedicarse a la tarea de verlo
realizado. Si el obrero mismo no está de acuerdo con estos principios, será muy difícil enseñar
a la congregación a cumplir su responsabilidad. Es de lamentarse que ciertos obreros, por falta
de visión, prefieren confiar en un sostén muy limitado de parte de la Misión, en vez de
depender de Dios y de su congregación. Hemos visto que cuando los obreros se animan a
lanzarse a seguir el plan bíblico, muchas veces dentro de pocos meses se encuentran en una
mejor situación financiera que cuando dependían de la Misión. La razón principal de esto es
que la congregación, por regla general, no se siente responsable de pagar el sueldo de su
pastor, cuando sabe que la Misión le da aún parte de su sostén, considera sencillamente que el
sostén del pastor le toca a la Misión y no a ella. Luego las iglesias mismas deben ser iniciadas
en el camino del sostén propio. Los misioneros y los ministros deben enseñar acerca del deber
que cada miembro tiene de dar su diezmo. Todo lo que se relaciona con este asunto debe ser
discutido con ellos.
A veces requiere paciencia para enseñar a una congregación ya establecida muchos años que
antes no asumía esta responsabilidad, pero una vez que los miembros vean los beneficios
espirituales que resultan, ellos mismos enseñarán a los demás. Los funcionarios de la iglesia
deben servir de ejemplo a los demás miembros. Es muy importante que cuando un miembro
acepte la responsabilidad de un puesto oficial en la iglesia que él entienda que este alto
privilegio incluye la responsabilidad de ser ejemplo a los demás miembros de la iglesia en
todos estos asuntos.
Para presentar a la congregación el asunto del sostén propio, el pastor o el misionero debe dar
estudios bíblicos a la congregación. Antes de presentar el plan a la iglesia, debe discutirlo con
la junta oficial primeramente. No debe procurar imponer el plan en contra de la voluntad de
los miembros, más bien debe inspirar a los diáconos y miembros para que ellos mismos se
animen a dar los pasos necesarios para alcanzar el blanco deseado.
También es de mucha importancia que los nuevos convertidos sean instruidos con respecto a
su responsabilidad financiera inmediatamente después de su conversión y antes de que
asuman la categoría de miembro activo de la iglesia. Algunos pastores han vacilado en este
respecto y no han enseñado a los convertidos acerca de su responsabilidad financiera,
temiendo que al hacerlo así, se desanimen los nuevos creyentes. Esto es un error. El tiempo
más apropiado para enseñar al creyente es cuando su corazón es tierno hacia Dios y está
gozando del primer amor. Una vez que se haya acostumbrado a descuidar esta responsabilidad
será mucho más difícil enseñarle.
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El pastor debe ejercer un cuidado especial en establecer la confianza de la congragación en
cuanto a la manera de manejar los fondos de la iglesia. Algunos pastores no quieren que la
congregación sepa cuánto se recibe en las ofrendas por temor que la congregación crea que
está recibiendo demasiado. Por regla general, sucede lo contrario. La congregación se siente
orgullosa al saber que sostienen a su pastor adecuadamente. En cambio, si no saben lo que
está recibiendo, muchas veces creerán que sus entradas son mucho más de lo que es. Un
informe financiero debe ser entregado a la iglesia en fechas señaladas. Esto establecerá la
confianza en la buena administración y esta confianza inspira la liberalidad.
Es preciso notar que el pastor le toca sentar el ejemplo dando el diezmo de sus propias
entradas. Es imposible que pueda predicar a los demás con sinceridad lo que él mismo no
hace.
No olvidemos nunca que la entidad más importante de la obra es la iglesia local. Tengamos
cuidado en no quitarle a la iglesia su propia responsabilidad e iniciativa.
No debemos permitir que una congregación relegue la responsabilidad para su gobierno, para
la extensión de su obra o para el sostén financiero en la Misión o en la mesa directiva de la
organización nacional. Una iglesia que espera que otros hagan por ella lo que ella debe hacer
por sí misma quedará débil y raquítica, en lugar de gozar de un desarrollo normal y saludable.
En todo esto hay que recordar que el estado espiritual de la congregación influye en todo
aspecto de la obra, especialmente en el aspecto económico. Aunque sea difícil alcanzar el
sostén propio de la iglesia por medio del esfuerzo humano, no hay que olvidar que con la
bendición de Dios y el derramamiento de su Santo Espíritu, todas estas cosas son posibles. La
congregación aceptará la enseñanza con respecto al sostén de la iglesia y se animará a nuevos
esfuerzos bajo la influencia del Espíritu Santo. Tal vez se precisa una palabra de advertencia a
nuestros obreros. Si la iglesia no está gozando de un alto nivel de espiritualidad, entonces no
es el tiempo más propio para introducir el asunto del sostén propio e inaugurar cambios. Más
bien, el pastor debe orar por un derramamiento del Espíritu Santo cuando ascienda la
temperatura espiritual en la iglesia, y el ambiente esté saturado de las bendiciones del Señor,
entonces es el momento de animarles a asumir sus responsabilidades y a dar nuevos pasos.
Recuérdese que en todas estas cosas la vida espiritual de la iglesia es de primera importancia;
los métodos son secundarios.
Una última palabra de consejo al pastor que tiene que tratar el problema del sostén. Es mejor
que él enseñe el deber del diezmo a su congregación como una verdad bíblica y que lo trate
muy aparte de su propia necesidad financiera. Como un fiel ministro de Dios, debe enseñar el
diezmo a su congregación, animándola a que asuma su responsabilidad espiritual con la mira al
mejoramiento del bienestar de la iglesia misma y no para el beneficio propio del pastor. Que
enseñe la verdad pero que confíe en Dios. Dios, quien cuidó a Elías en tiempo de hambre,
también sabrá cuidar a sus ministros que le obedecen incondicionalmente y depositan su
confianza en Él.
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EL DINAMISMO DE LA IGLESIA
NEOTESTAMENTARIA
Los métodos por sí solos, por buenos que sean, no darán resultados en una iglesia. El
mecanismo del buen método debe ser acompañado del dinamismo del poder apostólico. Sin
métodos correctos un avivamiento poderoso puede apagarse o llegar a ser ineficaz. Sin el
poder espiritual, la iglesia, aunque bien organizada, tampoco puede avanzar. El mecanismo sin
el dinamismo en la iglesia puede comparase a un motor bien ajustado, listo para andar, pero al
que le falta el combustible y la chispa para poder arrancar.
En los Hechos de los apóstoles encontramos el único modelo autentico para la operación de
una iglesia neotestamentaria. Debemos recordar que las epístolas de San Pablo y los demás
apóstoles fueron escritas a iglesias que vivían en el ambiente del libro de Los Hechos y que
experimentaban los eventos allí narrados. Un estudio del libro de Los Hechos de los Apóstoles
nos revela mucho concerniente al poder que motivaba a la iglesia primitiva.
La iglesia primitiva vivía en un ambiente de oración. El libro de Los Hechos nos relata en el
primer capítulo acerca de diez días de oración; la iglesia “perseveraba en la oración” en el
capítulo dos; los apóstoles observaban “la ora de oración” en el capítulo tres, y encontramos
en el capítulo cuatro que toda la iglesia elevó la voz a Dios en oración. En todo el relato
sagrado observamos que la oración satura la atmósfera de la iglesia primitiva.
También es digno de nuestra atención el lugar predominante que se daba el Espíritu Santo en
la iglesia primitiva. Los discípulos fueron mandados a que esperasen la venida del Espíritu; en
el capítulo dos, él descendió sobre los creyentes que esperaban su llegada y ellos fueron llenos
del Espíritu.
El escritor del libro de Los Hechos tiene mucho cuidado en relatar la obra del Espíritu Santo.
Nos narra cómo descendió sobre los samaritanos, sobre los de la casa de Cornelio, y más tarde
sobre los discípulos efesios. Los apóstoles fueron inspirados por el Espíritu a hablar; los
diáconos fueron llenos del Espíritu Santo y unos llegaron a ser evangelistas; los apóstoles y los
diáconos fueron guiados a sus campos de labor y fueron dirigidos en sus actividades por el
mismo Espíritu. El Espíritu Santo hacía señales y maravillas convenciendo así a las multitudes;
impartía poder a las iglesias; inspiraba a los creyentes a una liberalidad maravillosa hasta dar
de sus bienes materiales a la obra del Señor; en general, él era el director invisible de la iglesia.
El libro de Los Hechos muy bien pudiere ser llamado Los Hechos del Espíritu Santo. Para poder
experimentar los mismos resultados de la iglesia primitiva, será necesario que nuestra iglesia
hoy día capten de nuevo el ambiente espiritual de ella. Pero alguien pondrá por argumento
que las bendiciones experimentadas por la primera iglesia pertenecían a una edad pasada y
que es imposible experimentar hoy tales cosas. Yo quisiera recalcar la verdad que vivimos en la
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misma dispensación o periodo de la gracia en el cual vivían los apóstoles. El Espíritu Santo
todavía morra en el mundo y Jesucristo es el mismo ayer, hoy y para siempre. El hecho es que
al leer las Escrituras se halla evidencia que Dios tiene el propósito de hacer una gran obra por
medio del Espíritu Santo en los días postreros del periodo de la gracia. Él ha prometido
derramar su Espíritu sobre toda carne en los últimos días.
Para animarnos, llamaré la atención al hecho de que en muchas partes del mundo hoy día se
están experimentando avivamientos y bendiciones que nos hacen recordar de los tiempos
bíblicos. Milagros del poder divino han ocurrido y millares de personas han despertado a la
verdad del evangelio y los creyentes han experimentado en una manera especial una plenitud
del Espíritu Santo.
Jesús dijo: “y sobre esta piedra edificaré mi iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán
contra ella”. (Mt.6:18).
“Y ellos saliendo predicaron en todas partes obrando con ellos el Señor y confirmando la
palabra con las señales que les seguían”. (Mc.16:20)
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EL REGLAMENTO LOCAL
El propósito de este Reglamento Local es proponer un número mínimo de normas y doctrinas
bíblicas que servirán como la base de fe y comunión entre los miembros de la asamblea local.
1. Qué nueva relación él tendrá que mantener con los demás creyentes y con el mundo
también.
Los creyentes en Jesucristo que viven en la misma comunidad, deben juntarse para
constituirse en una iglesia o asamblea local (Mt.18:17-20; Hch.8:1; 9:31).
A. LA IGLESIA
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Los símbolos usados para representar a la iglesia revelan su naturaleza espiritual.
B. LA SANTA BIBLIA
1. La biblia es:
La existencia del único Dios verdadero, Jehová, está bien definida por las sagradas
escrituras, las cuales revelan que subsiste en las tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo (Mt.28:19; 2Co.13:13; 1Jn.5:7; Deu.6:1).
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2. Dios da salvación únicamente por Jesucristo.
E. LA SANTIDAD
Dios Jehová es santo y requiere que sus hijos sean santos (1P.1:15-16; Heb.12:14)
1. Santidad significa:
2. La santidad se alcanza:
F. LA ORACIÓN
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1. Es el acercamiento del alma a Dios en comunión espiritual (Heb.10:19-22;
4:16)
4. El bautismo ene el Espíritu Santo da poder para ser fiel testigo del Señor
(Hch.1:8; 4:31)
H. LA SANIDAD DIVINA
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La segunda venida de Cristo es la esperanza más bendita y alentadora para el
creyente en todo tiempo (Tit.2:13)
J. LA CONDENACIÓN ETERNA
LOS SACRAMENTOS
3. El Bautismo se hace en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, en
obediencia al mandato del Señor (Mt.3:13-17; 28:19).
1. Este sacramento fue instituido por el Señor quien ordenó que se practicase
hasta su segunda venida ( Mt.26:26-30; 1Co.11:23-31)
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b. La sangre establece en nuevo pacto ósea la promesa divina de vida
eterna (1Co.11:24-25)
LAS CEREMONIAS
Las ceremonias son tres: la Presentación de niños al Señor, la solemnización del matrimonio y
la sepultura de muertos.
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