Entre
Entre
Clara no recordaba cómo había terminado en aquel grupo de redes sociales sobre literatura,
pero agradecía al destino cada día por haber aceptado la invitación. Fue allí donde vio el primer
comentario de Alba: un párrafo minuciosamente escrito, lleno de pasión y referencias a autoras
que ambas amaban. No pasó mucho tiempo antes de que Clara dejara una respuesta, y desde
entonces, los intercambios de mensajes se volvieron constantes, como latidos acompasados
en un solo ritmo.
Vivían en ciudades diferentes, a casi mil kilómetros de distancia, y el océano no era su único
obstáculo. Clara era reservada, calculadora y siempre encontraba una excusa para no
arriesgarse. Alba, en cambio, era el opuesto perfecto: espontánea, apasionada, y cada semana
sugería un nuevo plan para verse en persona, aunque sus trabajos y estudios lo complicaban.
La primera videollamada duró apenas quince minutos, pero desde entonces, hablar cada noche
se convirtió en una especie de ritual. Las horas se esfumaban entre risas, confesiones y
sueños compartidos, aunque ninguna se atrevía a decir en voz alta lo que sus miradas a través
de la pantalla transmitían.
Una noche, mientras hablaban sobre sus ciudades, Alba propuso algo diferente: “¿Y si ambas
vamos describiendo lo que nos rodea? Quizás así podamos sentirnos más cerca.”
Clara sonrió tímidamente, sabiendo que no había barreras físicas para ese amor que crecía
entre las coordenadas de sus latitudes.
Una noche, cuando Clara se preparaba para su ritual de siempre, notó que Alba no había
enviado su mensaje de buenas noches. Un pequeño nudo se formó en su estómago, pero
intentó convencerse de que quizás solo estaba ocupada. Sin embargo, el silencio de Alba se
extendió durante días. Clara dejó de dormir bien, repasando cada mensaje y cada
conversación, buscando algún indicio de lo que había hecho mal.
“Clara, he estado pensando mucho en esto. La verdad es que no quiero ser solo una imagen
en una pantalla. Quiero que esto sea real, pero me doy cuenta de que no puedo esperar
eternamente. Me han ofrecido una oportunidad en un proyecto literario en mi ciudad, y sería
absurdo decirte que es solo una casualidad. En realidad, alguien me habló de ti y me buscó
para escribir sobre amores a distancia. Necesito saber si tienes la misma certeza que yo,
porque me estoy arriesgando como nunca antes. Si aún me quieres ver, estaré en la cafetería
que te mencioné. Si no… esta será mi última carta”.
Clara sintió cómo su corazón se aceleraba. Había leído ese mensaje tres veces antes de
entenderlo completamente. ¿Alguien sabía de ellas? ¿Todo esto era un juego para un
proyecto?
Al día siguiente, se encontraba en un tren con destino a la ciudad de Alba. Durante todo el
viaje, repasó las palabras de aquel correo, intentando discernir la verdad en el torbellino de
dudas y emociones que había despertado en ella.
Al llegar a la cafetería, la vio sentada en una mesa al fondo, rodeada de libros. Alba levantó la
mirada y sus ojos se encontraron. Clara sintió que todo el mundo se detenía.
Alba la miró con una mezcla de arrepentimiento y valentía. “Sí… pero solo al principio. Y
después, fuiste tú, solo tú, la que convirtió este proyecto en mi vida.”
Clara la miró, sintiendo la verdad en sus palabras, aunque sus dudas no habían desaparecido
por completo.
“Lo que tú quieras”, respondió Alba, tomando su mano con una sinceridad palpable.
En aquel instante, entre dudas y certezas, Clara supo que arriesgarse sería la única manera de
descubrir si aquel amor podía vencer las distancias y las barreras inesperadas que la vida
había interpuesto entre ellas.
Clara respiró hondo, aún con la mano de Alba entre las suyas, y sintió cómo una mezcla de
nostalgia y desconfianza la llenaba. Se dio cuenta de que, por más fuerte que fueran sus
sentimientos, no estaba lista para lanzarse sin reservas.
“Alba, me importas. Mucho. Pero siento que necesito un poco de tiempo… y claridad”, dijo
finalmente, con una voz suave pero firme. Alba soltó su mano, aunque no dejó de mirarla con
esa expresión que tanto la había cautivado en las llamadas y mensajes compartidos.
“No tienes que decidir ahora”, respondió Alba, aunque una sombra de tristeza pasó por sus
ojos. “Puedo esperar, pero dime qué necesitas de mí”.
Clara asintió, agradecida por esa comprensión. “Quiero que sigamos hablando, como antes.
Pero necesito que esto crezca de verdad, sin atajos ni proyectos de por medio. Quiero
conocerte a ti, no a la historia que alguien pueda escribir”.
Alba sonrió, esta vez con una sinceridad que la hizo parecer aún más humana, más accesible.
“Entonces, no te preocupes. No hay proyecto, no hay libros, solo nosotras.”
Pasaron semanas intercambiando correos y llamadas más pausadas, esta vez sin promesas ni
planes acelerados. Clara necesitaba construir su confianza desde el comienzo, y Alba, aunque
frustrada en ocasiones, respetaba su ritmo. Empezaron a compartir pequeños detalles,
historias de la infancia, sueños y miedos que antes no se atrevían a contar. El amor que alguna
vez pareció una historia fugaz comenzó a transformarse en algo real y tangible, aunque aún
separado por la distancia.
Finalmente, después de meses de encuentros virtuales y de una relación que parecía más
sólida con cada conversación, Clara se dio cuenta de que había construido algo valioso, paso a
paso. Y esta vez, cuando abordó un tren hacia la ciudad de Alba, lo hizo con la certeza de que
se estaba entregando a un amor que, aunque incierto, había florecido a su propio ritmo.
¡Maravilloso! Vamos a continuar esta historia con más realismo, explorando la relación de Clara
y Alba en todas sus facetas: desde los momentos más dulces hasta los más complicados,
como la vida misma.
A partir de aquel encuentro, Clara y Alba comenzaron una relación que, aunque imperfecta, era
lo más auténtico que ambas habían experimentado. Desde la distancia y los esporádicos
viajes, entre días normales y noches de confesiones, fueron construyendo una vida juntas, en
la que cada conversación parecía entrelazarse con sus pasados y sus luchas familiares.
Alba era la primera en enfrentar sus demonios: su familia, que nunca había aprobado su
orientación, consideraba su vida como una “fase” que debería superar. Cada visita a casa era
una batalla silenciosa, una danza en la que esquivaba comentarios hirientes y preguntas que
no quería responder. Clara escuchaba estas historias con el corazón apretado, buscando las
palabras adecuadas para reconfortarla. Sabía que no podía cambiar la situación de Alba, pero
podía ser el refugio que ella necesitaba.
Por otro lado, Clara también tenía su propio equipaje emocional. Era la única hija de una madre
sobreprotectora que jamás la había imaginado enamorada de otra mujer. Contarle sobre Alba
fue uno de los momentos más difíciles de su vida, y aunque su madre trató de entenderla, el
camino no fue fácil. Entre lágrimas y silencios incómodos, Clara sentía que debía luchar por su
derecho a ser amada como cualquiera, a pesar de la resistencia de quienes la rodeaban.
Los problemas familiares no eran lo único que tenían que enfrentar. La distancia era otro
obstáculo. Cada vez que se despedían en la estación de tren, se aferraban a la promesa de
que se volverían a ver, aunque los días sin tocarse se volvieran semanas y los abrazos se
reemplazaran con llamadas nocturnas.
Al mismo tiempo, estos encuentros eran mágicos y cada vez más íntimos. Su primera noche
juntas fue un torbellino de nervios y ternura. Clara, con su forma meticulosa de controlar todo,
se encontró completamente vulnerable y segura en los brazos de Alba. Y Alba, que siempre
había sido tan libre, se dio cuenta de que aquel momento era tan sagrado que jamás podría
expresarlo en palabras. Fue la primera vez de muchas, y aunque con el tiempo perdieron la
timidez, jamás perdieron la magia de sentirse verdaderamente vistas.
Con el paso de los meses, aprendieron a discutir y reconciliarse. Clara, con su necesidad de
orden, a veces no entendía la espontaneidad de Alba, que seguía proponiendo viajes y
aventuras a última hora. Alba, en cambio, a veces sentía que Clara ponía demasiadas barreras,
y eso la frustraba. Hubo peleas en las que pensaron que todo terminaría, silencios incómodos y
lágrimas. Pero siempre, después de cada discusión, volvían a encontrarse, dispuestas a ceder
un poco por el bien de la otra.
En una de esas reconciliaciones, Alba decidió sorprender a Clara llevándola a la azotea de un
edificio donde habían visto el atardecer en una de sus primeras citas. Allí, bajo el cielo
estrellado, se prometieron que lucharían por este amor, por difícil que fuera.
Con el tiempo, fueron superando sus diferencias, construyendo recuerdos y enfrentando cada
problema como un equipo. Su amor no era perfecto, pero había aprendido a convivir con los
errores, las cicatrices y las alegrías compartidas. Porque, a pesar de todo, sabían que aquello
que habían comenzado entre coordenadas y latitudes se había convertido en su hogar.
Cuando Alba les habló de Clara, la noticia fue recibida con una mezcla de resignación y
decepción. Sus padres la querían, pero no sabían cómo aceptar lo que veían como un “desvío”
de la vida que habían imaginado para ella. Las cenas en familia se llenaban de comentarios
indirectos: “¿Y ya pensaste en el futuro? ¿En lo que dirá la gente?”, preguntaba su padre. Alba,
intentando ser paciente, mantenía la calma, pero con cada comentario, sentía que una parte de
ella se cerraba.
Aun así, aunque al principio luchó por entender, el amor por su hija fue más fuerte que sus
prejuicios. La madre de Clara comenzó a investigar, a leer y a preguntarse por qué este cambio
la incomodaba tanto. Con el tiempo, llegó a la conclusión de que el miedo que sentía era más
por los prejuicios de los demás que por sus propios sentimientos. Temía que Clara sufriera, que
la sociedad la juzgara y la tratara mal.
Cuando finalmente conoció a Alba en persona, la madre de Clara vio a una joven con ojos
llenos de amor por su hija, y, aunque aún sentía cierta incomodidad con la situación, decidió
que su papel era apoyar a Clara, ayudarla a encontrar su felicidad y protegerla del mundo.
Sabía que no podía comprenderlo todo, pero también sabía que el amor por su hija superaba
cualquier barrera.
¡Vamos a profundizar en cómo Alba y Clara gestionaron estas complejas situaciones tanto en
su vida personal como en sus relaciones familiares!
Alba mantuvo una tregua silenciosa con su familia: aceptaba sus comentarios sin discutir, pero
dejó claro que no cambiaría su vida ni su amor por Clara para agradar a nadie. Su
independencia emocional creció, y aunque aún sentía el dolor del rechazo, comenzó a
entender que el amor propio y la validación interna eran claves para no depender de la
aceptación familiar. En su vida con Clara, esto significó aprender a no llevarse los conflictos
familiares a la relación, creando una barrera emocional que le permitía cuidar su vínculo
amoroso sin que la desaprobación de su familia lo contaminara.
Sin embargo, cada vez que sentía esa frustración, Clara se recordaba a sí misma que su
madre estaba intentando comprender, y eso ya era un gran paso. Decidió enfocarse en lo
positivo y, en lugar de evitar el tema, optó por hablar de Alba en momentos tranquilos,
compartiendo detalles de su relación que mostraran cuán genuino y significativo era su amor.
Esto ayudaba a que su madre viera a Alba no como una amenaza, sino como una persona que
hacía feliz a su hija.
A nivel personal, Clara también tuvo que trabajar en su propio miedo al rechazo, que a veces
se manifestaba en inseguridades dentro de la relación. Aunque sabía que su madre la
apoyaría, temía que algún día su aceptación pudiera cambiar. Empezó a asistir a terapia para
lidiar con estos miedos y aprendió a fortalecer su autoestima. Esto no solo la ayudó a gestionar
su relación con su madre, sino también a ganar confianza y evitar que los comentarios
familiares la hicieran dudar de sí misma o de Alba.
Establecieron acuerdos para que sus experiencias familiares no afectaran su relación. Por
ejemplo, decidieron no hablar de los comentarios negativos de la familia de Alba cuando
estaban juntas, a menos que fuera algo realmente importante. Y cuando Clara necesitaba
conversar sobre la incertidumbre o las dudas de su madre, Alba escuchaba sin juzgar,
mostrándole que era un espacio seguro donde podía expresarse.
Juntas, Clara y Alba encontraron una forma de equilibrar sus vidas familiares y su relación,
sabiendo que, aunque los desafíos continuaban, su amor les brindaba un refugio y la fuerza
para enfrentarlos. No era fácil, y a veces el peso de la desaprobación y los prejuicios familiares
las agobiaba. Pero en cada obstáculo, se recordaban a sí mismas por qué habían elegido estar
juntas: porque, a pesar de las dificultades, habían encontrado en el amor de la otra un hogar
que ninguna familia podía negarles.
Relaciones con los amigos
Afortunadamente, tanto Clara como Alba tenían algunos amigos cercanos que las apoyaban
incondicionalmente, y su amistad fue fundamental para sobrellevar las presiones familiares y
los prejuicios sociales. Con ellos, podían ser auténticas y expresar sus preocupaciones y
alegrías sin temor a ser juzgadas.
Clara tenía a Lucía y Raúl, dos amigos de la universidad que habían estado a su lado durante
años. Cuando les habló de Alba, ambos reaccionaron con entusiasmo, felices de verla
enamorada y apoyándola sin reservas. Lucía incluso se volvió amiga de Alba rápidamente y se
convirtió en su confidente, alguien con quien Alba podía hablar de sus miedos y frustraciones.
Por su parte, Raúl, siempre protector, le recordaba a Clara que debía estar preparada para
cualquier reto, animándola a no dar marcha atrás y a enfrentar con valentía su historia de amor.
Alba, en cambio, contaba con un grupo más reducido. Desde que se había revelado
abiertamente sobre su orientación sexual, algunos de sus viejos amigos se habían alejado,
incapaces de aceptar la relación. Sin embargo, conservaba a Marta, su mejor amiga desde la
adolescencia, quien siempre había sido un pilar en su vida. Marta la animaba a luchar por su
relación y era quien la escuchaba cada vez que Alba sentía que su familia no la comprendía.
Tener a alguien de su círculo de toda la vida que la apoyara la hacía sentirse menos sola, como
si, a pesar de las dificultades, hubiera una parte de su pasado que siempre permanecería a su
lado.
Para Alba, enfrentar esos prejuicios también era una lucha, pero una a la que ya estaba
acostumbrada desde hacía tiempo. A veces, trataba de bromear sobre el tema
Clara tenía a Lucía y a Raúl, amigos de la universidad, quienes siempre la habían apoyado
incondicionalmente. Lucía, una persona de espíritu libre y muy empática, rápidamente se hizo
amiga de Alba y se convirtió en un puente de confianza entre las dos. Por su parte, Raúl,
protector y siempre atento, a veces temía por los desafíos que Clara pudiera enfrentar, pero
también la animaba a ser valiente y auténtica. Ambos amigos la motivaban a vivir su amor sin
esconderse, y le recordaban constantemente que su felicidad era lo más importante.
Alba, en cambio, había enfrentado la pérdida de algunas amistades desde que se declaró
abiertamente. Sin embargo, Marta, su mejor amiga desde la adolescencia, se mantuvo a su
lado en todo momento. Marta era su confidente, la persona que le recordaba que su valor no
dependía de la aceptación de los demás y que estaba bien sentirse vulnerable. Alba encontró
en ella un apoyo profundo, y Marta también desarrolló una buena relación con Clara,
animándolas a seguir adelante y ofreciendo su hogar como un espacio seguro para la pareja.
Con sus amigos, Clara y Alba podían ser ellas mismas, celebrar su relación y encontrar el
respaldo que a veces les faltaba en otros espacios. Estos vínculos de amistad les daban
fuerzas para enfrentar las dificultades y les recordaban que no estaban solas en su camino.
Prejuicios sociales: enfrentar el mundo juntas
Sin embargo, fuera del círculo de amigos, los prejuicios sociales eran una constante. Aunque
Alba y Clara habían decidido no esconder su relación, sabían que el entorno no siempre era
acogedor. Cada vez que caminaban de la mano por las calles de su ciudad o se mostraban
cariño en público, percibían miradas de desaprobación y escuchaban murmullos que intentaban
ignorar, pero que a veces les resultaban dolorosos.
Para Clara, al principio estos momentos eran una fuente de ansiedad. Aunque amaba
profundamente a Alba, a veces soltaba su mano cuando sentía que estaban siendo
observadas, temerosa de provocar más rechazo o comentarios hirientes. Estas situaciones le
generaban un conflicto interno entre sus deseos de vivir libremente su amor y el miedo al juicio
social.
Alba, por su parte, había enfrentado estos prejuicios durante años y había aprendido a
sobrellevarlos. En ocasiones, trataba de restarle importancia con humor, diciéndole a Clara que
la mejor respuesta era mostrarse aún más cariñosas en público. Pero en el fondo, los
comentarios y las miradas también le dolían, especialmente cuando pensaba en su familia y en
los sueños de aceptación que aún no podía alcanzar.
A pesar de estas dificultades, con el tiempo Clara y Alba desarrollaron su propio sistema de
apoyo emocional. Decidieron enfrentarse a los prejuicios como equipo, sin esconderse pero
también sin exponerse más allá de lo que cada una se sintiera cómoda. Establecieron un
acuerdo de respeto mutuo: Clara aprendería a resistir la tentación de soltar la mano de Alba, y
Alba respetaría cuando Clara prefiriera ser más discreta en ciertos momentos.
Esto las ayudó a construir una relación basada en la comprensión y la adaptación. Aprendieron
a fortalecer su amor frente a las adversidades y a recordarse a sí mismas que el verdadero
valor de su relación estaba en lo que compartían, en la confianza mutua y en la autenticidad de
su amor.
Un amor resiliente
Con cada obstáculo, tanto familiar como social, Clara y Alba crecían juntas, forjando una
relación resiliente. En sus encuentros con amigos, en los cafés y en los parques, y hasta en los
momentos en que se enfrentaban al juicio externo, su amor florecía en su propia libertad y se
volvía más fuerte. Aprendieron que las miradas de desaprobación y los comentarios no eran
capaces de destruir lo que habían construido: un amor basado en el respeto, la empatía y el
apoyo mutuo, que las hacía sentir, más que nunca, que habían encontrado en la otra un hogar.
Escapadas al horizonte
El tren avanzaba con suavidad, y el paisaje cambiante del campo pasaba como un suspiro por
la ventanilla. Clara apoyaba la cabeza en el hombro de Alba, mientras sus dedos jugaban
distraídamente con los de su pareja. Aquella escapada de fin de semana no había sido
planeada con semanas de antelación. De hecho, Alba había decidido sorprenderla solo tres
días atrás.
“Necesitamos un respiro”, le había dicho mientras Clara luchaba con las facturas del alquiler.
“Déjalo todo en mis manos. Solo avísame si prefieres playa o montaña”. Clara había escogido
la montaña, y ahora ambas viajaban hacia un pequeño pueblo en el norte, donde un amigo de
Alba les había conseguido una cabaña apartada.
Cuando llegaron al pueblo, Clara quedó fascinada. Las calles empedradas y el aire fresco las
recibieron como una invitación a desconectar. Alba había planeado cada detalle. Tenía una lista
de rutas de senderismo, un picnic preparado y una pequeña chimenea en la cabaña que
prometía noches cálidas.
“Es hermoso, Alba”, dijo Clara, abrazándola por detrás mientras miraban el paisaje desde el
porche de la cabaña. Alba sonrió. “Quería que fuera especial, algo solo para nosotras”.
Esa noche, después de una larga caminata por un bosque de pinos, Alba sacó una sorpresa
más: una pequeña caja que contenía una pulsera de plata con un dije en forma de estrella.
“Para que recuerdes que incluso en los días nublados, siempre hay algo que brilla”, dijo Alba
mientras se la colocaba a Clara. Clara, emocionada, no pudo evitar besarla y agradecerle por
su capacidad de hacerla sentir siempre valorada.
Aunque Alba era detallista y siempre buscaba formas de hacerla sentir especial, Clara también
se había comprometido a cultivar su propia independencia. Había días en los que prefería estar
sola, incluso durante sus escapadas. En una tarde de aquel viaje, decidió explorar el pueblo por
su cuenta mientras Alba se quedaba en la cabaña leyendo.
Clara caminó entre las calles estrechas, observando a los lugareños y perdiéndose en
pequeños comercios de artesanías. En uno de ellos, encontró un cuaderno con una cubierta de
cuero que le recordó a Alba. Pensó en cómo ella siempre estaba escribiendo, canalizando sus
emociones en poemas. “Quizá esto le inspire”, pensó Clara mientras lo compraba.
Pero no todo en su relación era tan perfecto como el paisaje. Había momentos en los que las
inseguridades de ambas salían a flote, como nubes que intentaban oscurecer el cielo
despejado. Durante una conversación al atardecer, Clara confesó algo que llevaba tiempo
guardando. “A veces siento que me esfuerzo por ser suficiente para ti. Eres tan… increíble,
Alba. Y yo, no sé, siento que me falta algo”.
Alba, sorprendida, tomó las manos de Clara. “Clara, ¿de dónde viene eso? Eres todo lo que
quiero, todo lo que necesito. Pero si te sientes así, debemos trabajar juntas para que lo veas
también”. Clara asintió, aliviada de haberlo dicho, pero sabiendo que el trabajo no terminaría
ahí.
Por su parte, Alba también tenía sus propios temores, aunque los compartía menos. Había
veces en las que sentía que no era capaz de ofrecerle a Clara la estabilidad que merecía. “¿Y
si no puedo darle lo que busca?”, se preguntaba en silencio. Pero en cada escapada, en cada
momento compartido, encontraba nuevas razones para confiar en que su relación era fuerte.
Ambas entendieron que la clave estaba en comunicar sus miedos, en lugar de guardarlos. Así
que decidieron establecer pequeños rituales para fortalecer su vínculo y enfrentar sus
inseguridades. Cada noche, antes de dormir, dedicaban unos minutos a compartir algo positivo
que el día les hubiera traído y algo que les preocupara. Este espacio se convirtió en una
especie de terapia mutua, donde podían expresar sus sentimientos sin miedo al juicio.
Además, Clara retomó la idea de escribir, no para ocultarse, sino para enfrentarse a sí misma.
A veces le leía a Alba fragmentos de lo que había escrito, y otras simplemente lo guardaba
como una conversación consigo misma. Alba, por su parte, se animó a hablar más de sus
propias dudas y a permitir que Clara la apoyara, en lugar de cargar sola con sus temores.
El viaje de regreso
Cuando el fin de semana terminó, Clara y Alba abordaron el tren de regreso. Estaban cansadas
pero felices, con el corazón lleno de nuevas experiencias. Clara, con la cabeza recostada en el
hombro de Alba, miró por la ventana mientras los paisajes se sucedían. En un susurro, dijo:
“Gracias por este viaje. Y por recordarme que juntas podemos con todo”. Alba la miró con
ternura y respondió: “Gracias a ti por quedarte conmigo, incluso cuando las cosas no son
fáciles”.
En ese momento, ambas supieron que no necesitaban más que su complicidad, su amor y la
voluntad de crecer juntas para superar cualquier obstáculo.
Dos planes, un sí
El sol comenzaba a asomarse por las cortinas del apartamento de Alba, y Clara, todavía medio
dormida, dejó que su mano buscara el calor del cuerpo de Alba. Ella ya no estaba en la cama.
Clara entreabrió los ojos y vio cómo Alba, sentada en la mesa del comedor, mordisqueaba la
tapa de un bolígrafo mientras garabateaba en una hoja de papel.
“¿Qué haces tan temprano?”, preguntó Clara con la voz aún cargada de sueño. Alba levantó la
vista y, algo nerviosa, dobló el papel rápidamente. “Solo escribo tonterías, ya sabes”, respondió,
intentando disimular. Clara sonrió y se estiró en la cama, sin sospechar que las “tonterías” de
Alba eran, en realidad, la planificación meticulosa de cómo pedirle que fuera su novia.
Lo que Alba no sabía era que Clara también llevaba semanas pensando en lo mismo.
Clara, pragmática como siempre, había decidido que un paseo al atardecer sería el escenario
perfecto para el gran momento. Había imaginado mil versiones distintas en su cabeza: ella y
Alba caminando de la mano por el parque donde habían tenido su primera cita. En su fantasía,
se detenían junto al lago, y Clara sacaba de su bolso una pequeña caja con un colgante en
forma de luna. Quería que Alba tuviera algo que pudiera llevar siempre consigo, algo que
simbolizara las noches en las que se quedaban despiertas hablando de sueños, miedos y el
futuro.
Pero había un problema: Clara no era buena con las palabras. Cada vez que intentaba ensayar
frente al espejo, terminaba tropezando con las frases, ruborizándose incluso estando sola.
“¿Por qué es tan complicado decir algo tan simple como ‘quiero que seas mi novia’?”, se
preguntaba, frustrada. Pero, al final, siempre se decía lo mismo: “Con Alba, las palabras
sobran. Ella lo sentirá”.
El plan de Alba: una noche estrellada
Alba, por otro lado, siempre había sido la más creativa y detallista. Su plan incluía una cena
sorpresa en la azotea de su edificio, decorada con luces cálidas y un playlist que Clara
adoraba. Había encargado sushi del restaurante favorito de Clara y planeaba terminar la noche
con una manta sobre el suelo, bajo las estrellas, hablando de todo y nada.
Lo que más le preocupaba a Alba no era la ejecución del plan, sino lo que pasaría si Clara no
estuviera lista. Aunque llevaban meses saliendo, Alba aún temía que Clara pudiera sentirse
presionada o insegura. A veces, ese miedo casi la convencía de postergar la idea, pero
entonces recordaba las noches en las que Clara le acariciaba el cabello mientras le susurraba
que no quería estar con nadie más. “Clara ya es mi hogar”, pensaba. “Solo quiero que lo sea
oficialmente”.
Sin que ninguna de las dos lo supiera, ambas habían elegido el mismo día para llevar a cabo
su plan. Esa mañana, Clara le envió un mensaje a Alba: ”¿Te parece si damos un paseo al
parque esta tarde? Hay algo que quiero mostrarte.” Alba, intrigada pero emocionada, respondió
rápidamente: “Claro. Pero luego tú me acompañas a la azotea, ¿vale? Tengo algo preparado.”
Cuando llegó el momento del paseo, Clara estaba más nerviosa de lo que había imaginado.
Caminaban de la mano bajo los árboles, y Alba hablaba con entusiasmo sobre un libro que
estaba leyendo, ajena a los pensamientos que inundaban la mente de Clara. Finalmente,
llegaron al lago. Clara tomó aire, soltó la mano de Alba y se volvió hacia ella.
“Alba, yo…” empezó, pero antes de continuar, Alba la interrumpió. “Espera”, dijo, sacando una
pequeña caja de su bolso. Clara la miró, sorprendida. Alba sonrió y, con un gesto de
nerviosismo, abrió la caja, revelando un anillo sencillo de plata. “Iba a esperar a esta noche,
pero siento que este momento es perfecto. Clara, ¿quieres ser mi novia?”
Clara se quedó muda por un instante, mirando el anillo y luego a Alba, quien parecía contener
la respiración. Finalmente, Clara soltó una risa nerviosa y sacó su propia caja del bolso. Alba
abrió los ojos como platos cuando Clara reveló el colgante en forma de luna.
“Esto es increíble”, dijo Clara, con lágrimas en los ojos. “Yo quería preguntarte lo mismo.”
Ambas comenzaron a reír, abrazándose mientras las palabras sobraban. En ese instante,
sabían que ambas habían llegado a la misma conclusión: estaban listas para dar el siguiente
paso.
De regreso al apartamento, Alba insistió en seguir con su plan original. “Ya que ambas hemos
dicho que sí, ¿qué te parece si celebramos como lo había planeado?” Clara aceptó encantada,
y cuando llegaron a la azotea, quedó maravillada. Las luces, la música y el sushi eran
perfectos, pero lo que más la conmovió fue el esfuerzo de Alba por hacer de esa noche un
recuerdo inolvidable.
Mientras se recostaban bajo las estrellas, Clara tomó la mano de Alba y susurró: “No puedo
creer que planeamos esto al mismo tiempo. Es como si estuviéramos sincronizadas”. Alba le
devolvió una sonrisa y besó su frente. “Eso pasa cuando dos personas están destinadas a
encontrarse.”
Ambas cerraron los ojos, sintiendo que, a pesar de los nervios, las dudas y los planes
cruzados, el momento había sido perfecto. Porque, al final, lo único que importaba era que
habían encontrado en la otra a alguien con quien compartir su vida.
La noche era tranquila, el tipo de silencio que invitaba a dejarse llevar por el momento. Alba y
Clara estaban recostadas sobre la manta en la azotea, rodeadas por las luces cálidas que Alba
había colgado. El cielo nocturno era un espectáculo de constelaciones, y la suave música que
se escuchaba desde el altavoz parecía envolverlas en una burbuja privada, donde solo existían
ellas dos.
Clara estaba recostada contra el pecho de Alba, jugando distraídamente con sus dedos,
mientras el calor de su cuerpo la mantenía anclada a ese instante.
"¿Sabes?", dijo Clara, rompiendo el silencio, "nunca me había sentido tan completa como
contigo". Alba sonrió, acariciando el cabello de Clara. "Tú eres mi lugar favorito en el mundo",
respondió.
Clara se incorporó ligeramente, apoyándose en un codo para mirarla a los ojos. La luz de las
estrellas se reflejaba en la mirada de Alba, y en ese momento, Clara sintió que todo encajaba:
las dudas, los miedos, las risas y las promesas no dichas. Sin pensar demasiado, se inclinó y la
besó, un beso que comenzó suave, pero que pronto se llenó de una pasión que ambas habían
contenido durante demasiado tiempo.
Las manos de Alba se deslizaron por la cintura de Clara, atrayéndola más cerca, como si
quisiera asegurarse de que aquel momento era real. Clara, por su parte, se dejó llevar,
explorando el rostro de Alba con sus manos, trazando cada curva con una delicadeza que
hablaba de amor y deseo. Entre besos y caricias, la música pareció desvanecerse, dejando
solo el sonido de sus respiraciones entrecortadas y sus nombres pronunciados en un susurro.
"¿Aquí?", preguntó Clara, entre risas nerviosas, cuando sus labios se separaron por un
instante. Alba la miró con una mezcla de ternura y picardía. "¿Por qué no? Estamos bajo
nuestras estrellas. Es como si el universo nos diera su bendición." Clara sonrió, dejando que la
confianza y la seguridad que sentía con Alba disiparan cualquier duda.
Las manos de Clara encontraron el borde de la camiseta de Alba, y con movimientos lentos y
seguros, la deslizó hacia arriba, dejando al descubierto su piel. Alba hizo lo mismo con Clara,
sus dedos temblando ligeramente al principio, hasta que la sensación de cercanía las envolvió
por completo. Era como si cada caricia, cada beso, hablara un lenguaje que ambas entendían
sin necesidad de palabras.
Sus cuerpos se exploraron con una mezcla de timidez y curiosidad, como si fueran cartógrafas
de un territorio nuevo pero familiar. Cada roce de piel contra piel encendía una chispa, cada
mirada era un recordatorio de lo mucho que significaban la una para la otra. No había prisa,
solo el deseo de saborear cada instante, de guardar cada detalle en la memoria.
Cuando finalmente se unieron, fue con una suavidad que rozaba lo sagrado. Bajo el manto de
estrellas,
Alba y Clara encontraron una conexión más profunda, una que no solo hablaba de amor físico,
sino también de entrega emocional, de confianza y vulnerabilidad compartidas. Sus
movimientos eran una danza lenta, guiada por el ritmo de sus corazones, y cuando llegaron
juntas al clímax, lo hicieron con una sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos.
Después, Clara se acurrucó contra Alba, sintiendo el latido de su corazón como un eco del
suyo. "Eso fue...", empezó a decir, pero Alba la interrumpió, colocando un dedo sobre sus
labios. "No necesitas decir nada.
Lo sé." Ambas se quedaron en silencio, mirando el cielo estrellado, dejando que la calma las
envolviera.
En ese momento, Alba tomó la mano de Clara y la llevó a sus labios, besándola suavemente.
"Cada vez que mire las estrellas, recordaré esta noche", dijo Alba. Clara sonrió, apretando su
mano. "Y yo recordaré que estas estrellas siempre serán nuestras."
Habían cruzado una nueva frontera en su relación, una que no solo las unía más, sino que les
recordaba que, juntas, podían crear momentos tan infinitos como las estrellas que brillaban
sobre ellas.
Palabras compartidas
La mañana comenzó tranquila, como tantas otras. El sol se colaba tímidamente entre las
cortinas del salón, y Alba, sentada junto a la mesa, miraba la pantalla de su laptop con una
expresión pensativa. Clara, por su parte, estaba en la cocina, preparando café, pero sus ojos
no dejaban de mirar a Alba, quien parecía absorta en sus pensamientos.
“¿Sabes?”, dijo Clara, interrumpiendo el silencio, mientras se acercaba a la mesa con dos tazas
humeantes. “He estado pensando que podríamos hacer algo juntas. Algo grande.”
Clara se sentó a su lado, dejando las tazas en la mesa. “Escribir un libro. Un libro sobre
nosotras, sobre nuestras historias, sobre cómo llegamos a ser lo que somos ahora. Algo que
sea nuestro, que hable de todo lo que hemos vivido.”
Alba la miró, sorprendida. “¿Escribir un libro? Pero… ¿de qué hablaríamos? No somos
escritoras profesionales.”
Clara sonrió con ternura. “Lo sé. Pero, ¿quién mejor que nosotras para contar nuestra historia?
Las experiencias que hemos compartido, todo lo que hemos aprendido sobre el amor, la vida,
las dificultades… podemos hacerlo a nuestra manera, sin presiones, sin expectativas.”
Alba se quedó en silencio un momento, dejando que las palabras de Clara calaran hondo. En
su corazón, había algo que resonaba profundamente con esa idea. Habían pasado por tanto
juntas, que escribirlo todo de forma conjunta podría ser una forma de honrar lo que habían
construido. “¿Sabes qué? Me encanta la idea. Es algo tan… nuestro.”
Clara se acercó un poco más a ella, sus rostros casi rozándose. “Lo haremos. Juntas. Y será lo
mejor que hayamos hecho.”
El proceso creativo
La idea de escribir un libro juntas parecía al principio una fantasía, pero pronto se convirtió en
una realidad. Se sentaban cada mañana frente a la mesa de la sala, con el café preparado y
los corazones llenos de ganas de compartir sus pensamientos, de abrirse por completo una a la
otra, no solo con palabras, sino con cada historia, cada recuerdo.
El tema que eligieron fue claro: un relato sobre la importancia de la autenticidad en una
relación, sobre cómo dos personas pueden crecer, transformarse y reinventarse a través del
amor, sin perderse en el camino.
Alba escribía con una fluidez poética que reflejaba su manera introspectiva de ver la vida,
mientras que Clara aportaba una perspectiva más pragmática, pero igualmente profunda. Sus
palabras se entrelazaban, como si no fueran dos voces distintas, sino una sola, resonando en
armonía.
“Creo que es la historia de cómo nos encontramos a nosotras mismas a través del otro”, dijo
Alba un día, mientras releía un capítulo que había escrito. “Como si el amor no solo fuera lo
que sentimos, sino lo que aprendemos cuando realmente estamos dispuestas a entregarnos.”
Clara, que se había estado mordiendo el labio pensativa, asintió. “Sí. Y también sobre los
miedos. Miedos que, de alguna manera, se desvanecen cuando tienes a alguien que te
sostiene.”
Un mes después, el primer capítulo estaba listo. Ambas lo leyeron juntas, compartiendo
miradas cómplices y sonrisas nerviosas. No sabían si alguien más se sentiría identificado con lo
que estaban contando, pero en ese momento, no importaba. Lo que estaban creando era algo
suyo, algo tan genuino y sincero que ni siquiera las inseguridades podían opacar la emoción
que sentían.
“Lo hemos hecho”, dijo Clara, con una risa nerviosa. “Es raro, ¿no? Es como si una parte de
nosotras estuviera en cada palabra.”
“Es nuestro”, respondió Alba, tomando la mano de Clara. “Es nuestra historia, nuestra verdad.”
Clara sonrió, sintiendo el nudo en el estómago que siempre aparece cuando haces algo tan
importante para ti, algo que te transforma. “Entonces, ¿lo mostramos al mundo?”
Alba la miró fijamente. “No tenemos que mostrarlo aún. Pero si lo hacemos, que sea cuando
estemos listas, cuando sintamos que nuestra historia está completa.”
El libro comenzó a tomar forma, pero para ambas, el proceso fue más que solo escribir. Era un
reflejo de su crecimiento personal y compartido. En cada capítulo, descubrían algo nuevo sobre
sí mismas, sobre el otro y sobre lo que querían transmitir al mundo. Y lo mejor de todo era que,
al final, sabían que lo más importante no era el libro en sí, sino lo que habían vivido mientras lo
escribían juntas.
Alba y Clara, con el paso de los meses, se dieron cuenta de que el amor no solo se vivía en los
momentos compartidos, sino también en el esfuerzo por construir algo en conjunto. Crear,
escribir, soñando en voz alta y con la certeza de que, juntas, podían lograrlo todo.