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FNaF Cuento Random

Un hombre en un traje morado comete un asesinato en medio de una tormenta, dejando el cuerpo de una niña en un callejón. Más tarde, una marioneta animatrónica busca a la niña desaparecida y, al encontrar su cuerpo, se queda junto a ella hasta que su alma la revive. La historia revela un oscuro secreto sobre un local de pizzería y un asesino que esconde a sus víctimas en los animatrónicos, mientras una niña atrapada en uno de ellos jura vengarse.
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FNaF Cuento Random

Un hombre en un traje morado comete un asesinato en medio de una tormenta, dejando el cuerpo de una niña en un callejón. Más tarde, una marioneta animatrónica busca a la niña desaparecida y, al encontrar su cuerpo, se queda junto a ella hasta que su alma la revive. La historia revela un oscuro secreto sobre un local de pizzería y un asesino que esconde a sus víctimas en los animatrónicos, mientras una niña atrapada en uno de ellos jura vengarse.
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El hombre corre bajo la lluvia.

Cruza un paso de cebra a toda prisa, oye el


pitido de un coche y levanta la mano en señal de disculpa. La visibilidad es
nula. Cerca del hombre retumba un trueno. Él sigue corriendo. No lleva
paraguas ni chubasquero y su traje morado está empapado. Mira su reloj, ve la
hora y maldice. Enfila un callejón y salta por encima de unos cubos de basura
que le bloquean el paso, tropieza pero se levanta enseguida y sigue corriendo.
La calle está desierta a excepción de un transeúnte despistado, que se cruza
en el camino del hombre. Este casi lo tira al suelo y sigue corriendo, esta vez
ya ni siquiera se disculpa; tiene demasiada prisa y no se da cuenta de lo que
sucede.
Cuando llega a las puertas de un local, se detiene y observa detenidamente a
una pequeña niña detenida en frente del restaurante. En una de las ventanas
se puede ver un cartel con un anuncio: “¡¡¡CELEBRACIONES Y FIESTAS DE
CUMPLEAÑOS, 50% DE DESCUENTO!!! SOLO EN FREDBEAR’S FAMILY
DINER”, y dentro del local hay varios niños corriendo y gritando cerca de una
gran caja blanca con un lazo rojo. La pequeña observa ensimismada a los
niños dentro de la pizzería; hay rastros de lágrimas secas en su cara. No oye
llegar al hombre por detrás. Este saca de un bolsillo de su chaqueta en largo
puñal afilado y se acerca a la niña lenta y sigilosamente. Ella se da la vuelta por
fin, está demasiado asustada para gritar y se limita a mirar al hombre con sus
ojos negros abiertos como platos y lágrimas cayéndole por la cara. Al acabar
con su trabajo, el hombre arrastra su cadáver a un callejón cercano. Es uno de
esos callejones sucios y descuidados, en los que uno no entra nunca porque
sabe que dentro posiblemente le espere una banda de ladrones listos para
robar a cualquier incauto que se acerque a sus territorios. Al cabo de un rato, el
hombre de morado sale del callejón sacudiéndose las manos. Los únicos
rastros que quedan tras el crimen cometido son unas pocas manchas rojas
cerca de la entrada del local y en el traje del asesino, que en ese momento
sonríe con satisfacción, y una pierna asomando de uno de los cubos de basura
de un callejón cercano.
El asesino corre varias calles más abajo, se sube a un gran coche aparcado
cerca de un parque y sale derrapando de la plaza de aparcamiento, la luna y
las estrellas los únicos testigos de su huida. La tormenta ha amainado y ahora
solo cae una fina llovizna que cubre el mundo como si de una cortina gris se
tratase, y lo único que indica que alguna vez hubo alguien por esa zona es un
ligero olor a goma quemada.

Varias horas después el cielo se ha vuelto a oscurecer y la tormenta arrecia


con más fuerza todavía, si es que es posible. Los alientos de la gente en la
calle se convierten en vaho y las ventanas del local cerca del cual se cometió el
asesinato están empañadas. Sin embargo, hay gente dentro de la pizzería:
algún que otro cliente nocturno comiendo a toda prisa, algún que otro niño
jugando mientras sus padres hablan sin darse cuenta de la hora que es.
De pronto, se ve un movimiento brusco. El gran lazo rojo que envolvía la caja
blanca se ha caído, o se ha desatado. De su interior sale una figura alta y
delgada, una especie de marioneta negra sin hilos. Su rostro, una máscara
blanca con ojos negros, mejillas sonrosadas y una boca sonriente; luce dos
botones sobre su fina caja torácica, y sus largos brazos y piernas negras
muestran rayas blancas. Los escasos niños del local la saludan con evidentes
muestras de alegría, excepto un niño más grande que otros, que, enfurruñado,
se mete en el baño.
La marioneta ignora a los niños que la aclaman y mira a su alrededor,
buscando algo. Cuando no lo encuentra, pregunta con una voz ligeramente
chirriante y poco audible:
-¿Dónde… niña… pulsera… verde?
La mayoría de los chiquillos niega con la cabeza, indicando que no lo saben,
pero dos chicas, aparentemente gemelas por su parecido, enmudecen y
retroceden lentamente hacia una esquina de la habitación.
La marioneta no se da cuenta de este movimiento involuntario, así que, tras
comprobar que nadie sabe nada de la niña perdida, sale a la calle. Mira a su
alrededor y ve el charco oscuro; se teme lo peor. Peina las calles cercanas con
la esperanza de encontrar a la pequeña a pesar de que la lluvia esté
estropeando sus circuitos, cuando ve la sombra de algo que parece una pierna
en un callejón sucio y apartado. La luz de una de las farolas cercanas alarga la
sombra y hace que parezca el pie de un adulto; sin embargo, la marioneta no
se deja engañar por esta ilusión óptica y va a buscar a la niña.
Se arrastra a duras penas por el suelo, su mecanismo demasiado estropeado
ya para que sea capaz de volver al restaurante por su cuenta. Cuando ve el
cuerpo de la chica tirado descuidadamente en medio de unos cubos de basura,
se tumba a su lado y abraza el cadáver. Acaricia el corto pelo negro de la niña,
le cierra los ojos oscuros y observa la pulsera verde que luce en su muñeca.
Sabe que ya no puede hacer nada, ni por la niña ni por ella misma, así que se
queda ahí tumbada esperando el fin.
De repente, el cuerpo de la niña comienza a relucir suavemente, como si
quisiera darle aliento al robot. Una especie de presencia asciende, un ser
etéreo e incorpóreo, la misma esencia de la pequeña, su alma. La aparición
reluciente sube un poco más, mira a su alrededor y fija su atención en el
animatrónico, ya inmóvil. Emite un pulso de luz más fuerte que los anteriores y
se abalanza sobre la criatura de metal, que, repentinamente, se levanta.
La animatrónico se dirige lentamente de vuelta a la pizzería, como si nada
hubiera pasado. Pasa cerca de una farola, y la luz de esta ilumina su rostro.
Luce dos rayas azules, como lágrimas, y lleva pintalabios.
El día de mi cumpleaños, mis padres me llevaron al Freddy Fazbear’s Pizza
Place. Era todo un lujo, con sus globos, sus pizzas deliciosas, sus fiestas
increíbles, todos aquellos carteles en las paredes anunciando nuevos juegos y
productos. Y estaban los animatrónicos, claro. Eran el distintivo de Fazbear
Entertaiment; todo el mundo los conocía. Distintos restaurantes repartidos por
todos los Estados Unidos, famosos por los robots diseñados y construidos por
los geniales amigos: William Afton y Henry Emily. Habían tenido sus fallos,
claro, pero, ¿no los tiene cualquiera? Y, de todos modos, aquellos modelos
eran viejos, ahora ya no se usaban trajes de resortes, ahora se utilizaban
robots únicamente, para prevenir el riesgo… Aquello de los accidentes con el
niño cuya cabeza quedó atrapada en la boca de Fredbear o de la niña que salió
un momento fuera del restaurante y no se volvió a ver eran solo habladurías,
leyendas urbanas… ¿no?
Pero, volviendo a mi cumpleaños: mis padres organizaron maravillosamente
todo el evento. Hubo tarta, regalos, vinieron todos mis amigos y estuvimos
jugando un buen rato; incluso - no sé cómo – Bonnie vino a nuestra mesa a
traernos camisetas con su cara y pequeños pastelitos piratas de Foxy. Todo
tenía una pinta estupenda, y realmente no tengo ni idea de cómo se complicó
tanto el día; mi cumpleaños; mi último cumpleaños.
Todo empezó cuando uno de los empleados del local vino a avisarnos (a mí y
a mis mejores amigos) de que pronto iba a empezar la atracción principal del
cumpleaños. Estábamos escondidos en la cueva de Foxy, aprovechando su
ausencia, para contarnos secretos y hacer el tonto, así que no sabíamos nada
del desarrollo de la fiesta. No teníamos ningún motivo en especial para
desconfiar de él: un empleado, a ojo de unos veinte a treinta años, con su
uniforme morado y el logo de Fazbear Entertaiment en la pechera. Aunque, en
realidad, el uniforme reglamentario era azul. Nosotros, al oír la noticia de la
atracción principal, nos emocionamos tanto que dejamos de prestar atención a
cualquier otra cosa; al fin y al cabo, los colores del traje original y el de este
hombre se parecían mucho. Él nos dijo que tendríamos que esperar en el
cuarto de la limpieza a petición de mis padres, algo que me resultó n tanto
extraño teniendo en cuenta la cantidad de veces que estos me habían repetido
que evitara meterme en sitios cerrados, por mi claustrofobia. Sin embargo,
todos mis amigos estaban emocionadísimos por la idea, y acabaron
contagiándome su entusiasmo. La única que faltaba era Susie, que se había
ido corriendo a algún lado hace un rato, y no la habíamos vuelto a ver.
De camino al cuarto de limpieza, Fritz y Jeremy se enzarzaron en una
discusión sobre la supuesta sorpresa. Al poco tiempo, Gabriel también se unió
a la conversación.
- ¡Seguro que es una tarta gigante!
- ¡No, los animatrónicos bailarán con nosotros!
- No creo… Seguro que tiene algo que ver con los payasos que vimos en la
puerta, ¿os acordáis?
- Yo digo que haremos una pelea de globos de agua, ¡seguro!
- ¿Tú qué opinas, Cas?
¡Que tontos fuimos! No había ninguna tarta gigante, los animatrónicos no nos
esperaban en ningún lado; de hecho, al verlos, nuestro guía pasó de largo.
¡Cual fue nuestra sorpresa cuando, al entrar al cuarto de la limpieza, vimos a
Susie atada en el suelo y con la boca tapada!
Ninguno de nosotros se movió ni emitió ningún sonido; estábamos tan
chocados que no podíamos hablar. Únicamente Fritz fue lo bastante rápido
analizando la situación pero, cuando abrió los labios para gritar y pedir ayuda,
el hombre de morado le dio un golpe en la nuca con un bate de béisbol que no
teníamos ni idea de dónde lo había sacado. Mientras Fritz caía al suelo, me
dedicó una mirada enloquecida, llena de odio y un no sé qué oscuro que hizo
que me recorriera un escalofrío.
El hombre de morado nos ató como a Susie: bien atados, sin la menor
posibilidad de escape; los nudos eran fuertes y estaban bien hechos, ni
siquiera un adulto habría podido deshacerlos. Cuando nuestro captor se
aseguró de que no podíamos escapar, nos tapó la boca con unos paños sucios
y malolientes. De todas formas, a ninguno de nosotros le apetecía intentar
gritar después de ver lo que le pasó a Fritz. Se volvió, buscando algo. Cuando
volvió a darse la vuelta, le vi la cara e intenté recordar todos los detalles: ojos
oscuros y almendrados, pelo castaño claro despeinado asomando por debajo
de su maltrecha gorra morada; tenía una nariz puntiaguda, pero no demasiado
larga, los labios finos, y la cara pálida, a excepción de un rubor de excitación
que se le extendía por las mejillas y la nariz. Su cara era ovalada; tenía las
facciones afiladas y pómulos prominentes. No esperaba poder denunciarle
cuando saliéramos de aquella escobera, si es que salíamos; incluso en esos
momentos de máxima tensión, y a pesar de mi corta edad, presentía que
ninguno de nosotros saldría con vida. Si realizaba tan detallado examen de su
aspecto, era porque, muy en el fondo, tenía la esperanza de vengarme de este
monstruo.
Todas estas observaciones, todos estos pensamientos cruzaron por mi mente
en un segundo. Después de eso ya no tuve tiempo de pensar nada más. El
pánico se apoderó de mí y dejé de razonar; era como un animalito arrinconado,
lo único que oía era mi instinto de supervivencia.
Todo ocurrió demasiado rápido. Vi un brillo en la mano del hombre, un filo
puntiagudo; vi gotas de sangre por todos los lados; sentí un dolor agudo en la
zona de mi corazón. El resto es historia.
Al cabo de un rato, sentí más que oí a mis padres y a los de mis amigos gritar
nuestros nombres por toda la pizzería; supe que se acercaban a la escobera
donde habíamos estado prisioneros; supe también que no nos encontrarían allí,
que el pérfido hombre morado nos había escondido bien.
De repente, de alguna forma extraña, la conciencia volvió a mis miembros,
solo que esta vez ya no eran mis miembros; vi, como a través de una máscara,
unos brazos mecánicos moviéndose a mis órdenes. Entonces supe dónde nos
había escondido nuestro asesino. Estábamos dentro de los animatrónicos.
Por primera vez, empecé a sospechar que, a lo mejor, los tan hablados
accidentes no eran solo leyendas, que todo estaba planeado de antemano.
Entonces, con un último chirrido triunfal, las piezas encajaron en mi cabeza.
Era el copropietario del local, William Afton, el asesino. ¿Quién si no tendría la
osadía de cometer tal crimen en un local lleno de gente, y esconder a las
víctimas en los animatrónicos tan queridos por la gente?
Al mirar a mi alrededor vi a los demás animatrónicos con la cabeza gacha y
una especie de resplandor extraño en los hasta ahora inertes ojos. Comprendí
que ellos también habían juntado las piezas del puzle, y que ellos también
ansiaban venganza.
Puede que ahora, al estar atrapada en un cuerpo mecánico, me resulte más
fácil llegar hasta Afton. Puede que estar dentro del animatrónico solo me ponga
las cosas más difíciles. Pero me vengaré. Juro que me vengaré.
Elizabeth miró con cautela a ambos lados del pasillo antes de salir de la
pequeña habitación en la que se encontraba. Ligeramente agachada y con las
manos alrededor de la cabeza, corrió sigilosamente por el desierto corredor.
Las paredes de metal oscuro se cernían a ambos lados de la niña. Ella, nada
más salir del cuarto de limpieza, avanzó hasta otra puerta situada un poco más
lejos. La abrió lentamente. Al otro lado se encontraba la principal atracción del
Circus Baby Pizza World: la misma Circus Baby.
Su vestido rojo intenso contrastaba con su pálida piel, y su cara metálica
estaba cuidadosamente pensada para parecerse a los payasos de los circos
típicos. Unos preciosos zapatos rojos relucientes, un cinturón y dos coletas de
pelo anaranjado completaban la creación.
Baby estaba sosteniendo un micrófono en la mano, pero parecía desactivada.
Su torso estaba inclinado hacia adelante, y sus párpados, cerrados.
Ocasionalmente, pequeños brillos de luz azulada se podían intuir entre
pequeñas fisuras en sus articulaciones; sin embargo, esta parecía ser la única
señal de vida de Baby en ese momento.
Los ojos verde pálido de Elizabeth brillaron con admiración. Circus Baby era
su creación favorita de todas las de su padre (aunque Ballora le parecía
preciosa y elegante); sin embargo, él nunca la dejaba acercarse a la robot.
“Me pregunto por qué”, pensó Elizabeth, mirando al animatrónico. Su pelo
rubio onduló cuando torció la cabeza para ver mejor, y su camisa rosa –
siempre perfectamente planchada por su madre – se arrugó ligeramente
cuando la niña se puso de puntillas para mirar a Baby en los ojos cerrados.
En ese momento se oyeron pasos fuera de la habitación. Asustada, Elizabeth
miró a su alrededor: el único escondite posible era detrás de unas estanterías
situadas a la derecha de la puerta. La pequeña se apresuró a meterse en el
hueco entre la madera y la pared. Justo a tiempo. Alguien entró en la
habitación; o más bien, varias personas – Elizabeth oyó claramente dos voces
hablando. En una de ellas reconoció a su padre, pero no tenía ni idea de quién
podía ser el otro hombre. Su escondite estaba un poco apartado de la entrada,
así que sólo pudo oír fragmentos de su conversación: “… el escenario está…
otro… todo debe estar… parado… Circus Baby… ¡con cuidado!”. Esto último lo
dijo su padre.
Elizabeth se movió un poco a la derecha para oír mejor lo que decían; al
moverse, enganchó con la falda la esquina de alguna caja. En ese momento,
los dos hombres habían parado un momento para coger el aliento. El sonido de
la tela al ser rasgada se oyó perfectamente en el momentáneo silencio que
había caído en la pequeña sala.
La niña se tapó la boca, horrorizada, y se quedó congelada, intentando no
mover ni un solo músculo. Demasiado tarde. Unos pasos apresurados se
oyeron en la habitación. Unos momentos más tarde la enfadada cara de su
padre asomó por el hueco en la estantería por el que había estado espiando.
- ¡Elizabeth! ¡¿Qué haces aquí?! ¡Te dije que te mantuvieras alejada de Circus
Baby! – la voz incrédula y cabreada de su padre resonó en la habitación con
una claridad espeluznante.
- Mr. Afton, ¿qué está pasando? ¿Mr. Afton? – la voz del empleado (tenía que
ser un empleado, Elizabeth veía su gorra morada del uniforme) sonaba
claramente confundida.
Su padre tomó un respiro y soltó el aire lentamente para serenarse.
- No ocurre nada, Wilson. Mi hija se ha equivocado de puerta y ha entrado en
la habitación equivocada – dijo con voz tranquila. – Vamos a casa, ¿vale, Lisa?
Elizabeth frunció el ceño.
- No, papi. Yo solo quería…
- Encontrar algo de comer – su padre terminó la frase por ella,
interrumpiéndola.
Elizabeth negó con la cabeza.
- Pero, papi… - volvió a intentarlo.
Su padre la cogió de la mano y la sacó de la habitación, mirándola de esa
manera tan especial que tenía para indicar: “Luego hablaremos, ahora calla”.
La niña cerró la boca y movió la cabeza, esta vez afirmativamente.
Al salir de la habitación, su padre la miró con preocupación.
- Lo siento por haberte gritado antes, Lisa. Estaba un poco asustado, ¿sabes?
En la habitación de Baby hay cables y herramientas peligrosas. No quiero que
te hagas daño con nada, sobre todo desde… - se le quebró la voz.
La pequeña tragó saliva. En casa nunca hablaban de eso, pero desde la
muerte de su hermano Evan hace unos meses, a papá se lo notaba más
cansado. Seguía siendo el padre cariñoso y atento que había sido siempre, era
solo que ahora estaba como más apagado y triste. El nuevo restaurante que
planeaba abrir acarreaba bastante trabajo, lo cual no ayudaba mucho a la en
general deprimente atmósfera en casa. Sin embargo, intentaba mostrarse más
positivo con sus hijos, incluso el nuevo animatrónico estrella del restaurante,
Circus Baby, había salido de una idea suya, de Elizabeth. Era su propio
animatrónico, y papá lo había construido pensando en ella. Esa era una de las
razones de su fascinación con Baby.
Esa misma noche, ya en casa, Elizabeth se sentó en su sillón favorito y se
quedó mirando a su familia. Cuando era una niña, hacía esto muy a menudo; le
encantaba observar a la gente e intentar adivinar sus sentimientos, problemas
situaciones... La divertía, y la hacía sentirse como una adivina. Pero hace ya
mucho que no lo intentaba.
“Nunca es demasiado tarde para nada...” pensó para sus adentros.
Empezó por su hermano mayor, Michael. Desde la muerte de Evan, se le veía
asustadizo y como arrepentido de algo. ¿Podía ser porque vio el accidente con
sus propios ojos y no pudo hacer nada para ayudar a Evan? Ese día estaba en
la pizzería. Elizabeth no quería ni imaginarse lo ocurrido, ¿cómo podía Michael
soportar los recuerdos?
La niña apartó la mirada de su hermano y se centró en su madre. Ella también
estaba muy triste estos días, pero no lo demostraba de una forma tan clara
como Michael y su padre. En realidad, seguía con su vida de una manera más
o menos normal, pero su desesperación se translucía en largos períodos de
inactividad, horas y horas sentada viendo la televisión o mirando al techo.
Ahora mismo estaba leyendo un libro sobre la superación de pérdidas.
Elizabeth suspiró y miró a su padre.
Él era, probablemente, el más difícil de “leer” de todos, por su actitud positiva,
una fachada que enmascaraba la profunda tristeza que sentía tras la pérdida
de su segundo hijo. Se le notaba cansado, pero esto la pequeña llevaba
notándolo desde hace ya varias semanas, desde el comienzo del proyecto
“Circus Baby”.
Elizabeth bostezó y se estiró en el sillón. Su madre se levantó, la cogió en
brazos y la abrazó fuertemente mientras la llevaba escaleras arriba. “No soy
una niña pequeña, tengo seis años”, quiso decir Elizabeth, pero se le cerraron
los ojos y se quedó dormida.
Tres días después
Elizabeth no podía parar de dar saltitos en el sitio. Por fin era el día, por fin era
el día, por fin era el día... Hoy era la inauguración del Circus Baby Pizza
World... Hoy por fin podría ver a Circus Baby, no a escondidas, sino en el gran
escenario, cantando, bailando y ofreciendo helado...
En el coche, la niña comenzó a tararear uno de sus temas favoritos. Su padre
sonrió. Era una sorpresa, y ella todavía no lo sabía, pero había incluido esa
canción en el repertorio programado para el evento.
- Solo, Lisa – dijo, mirando hacia el asiento de atrás de reojo, - te pido por
favor que a pesar de todo no te acerques a Baby... No demasiado...
- No te preocupas, papi, no me pasará lo que le pasó a – se mordió la lengua.
- No me pasará nada, prometido.
Cuando llegaron al local, vieron a muchos niños esperando con sus padres
fuera de la puerta, todos emocionados, chillando y riendo. Cuando vieron a
William Afton con su hija pequeña, le abrieron en paso por entre la marea de
gente. De repente, nadie hablaba. William sacó una pequeña llave dorada del
bolsillo, la introdujo en la cerradura, le dio la vuelta y, clic, abrió la puerta.
Elizabeth entro corriendo junto con los otros niños, y enseguida fue a ver a los
animatrónicos. Estaban todos en el escenario, listos y preparados para su
primer espectáculo: Ballora, la más alta de todos, se encontraba atrás, con los
brazos estirados, los ojos cerrados y sosteniéndose en equilibrio sobre una
pierna. Funtime Fredy y Funtime Foxy se encontraban a ambos lados de
Ballora, pero más por delante. Se hallaban inclinados hacia sí, preparados para
el comienzo. Y ahí, delante de todos, se hallaba la misma Circus Baby,
espléndida en su vestido rojo, con el micrófono en la mano.
De repente, todas las luces se apagaron, y una tenue música comenzó a
sonar. La melodía fue aumentando de volumen, y, en el punto álgido, se
encendió un foco. Y después otro. Y otro. Y otro. Poco a poco, los focos
repartidos alrededor del escenario fueron iluminando a los animatrónicos, que
empezaron a cantar y bailar.
Elizabeth y los demás niños rieron y aplaudieron, bailaron y cantaron. Y
cuando la canción terminó, comenzó otra, y así sucesivamente durante media
hora. A los treinta minutos, la música paró, las luces se apagaron de nuevo, y
la voz de William Afton se oyó por los altavoces, nítida y resonante:
- Esta canción me gustaría dedicársela a mi pequeña Lisa... ¡Por favor,
comencemos!
Se oyó un chasquido, y empezó a sonar la melodía que Elizabeth había
estado tarareando en el viaje. A la niña se le llenaron los ojos de lágrimas.
Todo el mundo empezó a aplaudir, y ella sintió como si se estuviera hinchando
como un globo, a punto de explotar de felicidad.

Cuando terminó el espectáculo, los animatrónicos fueron movidos a


habitaciones separadas para que los niños pudieran jugar con sus favoritos.
Elizabeth corrió a la habitación de Baby, con una piscina de bolas y una mesa
llena de helado. La pequeña se acercó con otros niños para admirarla. Comió
helado, jugó en la piscina, y le pareció que la vida no podía ser más bella.
De repente, la habitación se sumió en un silencio profundo. Elizabeth, que
había estado escondida entre las bolas de colores, asomó la cabeza con
cuidado. Los otros niños habían salido, llamados por sus padres para comer.
Por el rabillo del ojo, vio un movimiento en el centro de la habitación, y se dio la
vuelta, asustada. Era solo Baby. Elizabeth dejó escapar un suspiro de alivio. Se
acercó cautelosamente a la animatrónico. Esta se dio la vuelta lentamente y
miró a la niña con sus ojos azules, inertes, pero extrañamente vivos. Un ruido
como de succión se oyó en la habitación vacía; Elizabeth bajó la vista y vio que
una especie de abertura había aparecido en la tripa de Baby. De la abertura
salió un brazo mecánico, que sujetaba... un cono de helado de fresa. La niña
se acercó al helado. Era su sabor favorito, y se preguntaba cómo Baby lo había
sabido. Se acercó, vacilante, al helado que la animatrónico le ofrecía.
Todo ocurrió en menos de un segundo. Elizabeth no tuvo tiempo ni de gritar.
La garra mecánica de Circus Baby soltó el helado y la cogió a ella por la
cintura, arrastrándola a su interior. Los cables y tornillos y tuercas y metales y
pinchos del interior de Baby la hicieron sangrar. Dos trozos de metal se le
clavaron en los ojos y le perforaron el nervio, haciéndola gritar y patalear. Un
cable apresó su pie derecho y le dio una pequeña descarga. Su dedo se torció,
y luego le siguió su mano, y luego su brazo. Sus huesos se astillaron y le
perforaron la carne, desgarrando músculos, tendones y piel.
Elizabeth se revolvió. Un pincho le atravesó los pulmones, dejándola sin
respiración. Otro traspasó su estómago y páncreas, inundando su boca de bilis
amarga. La niña dejó de moverse. Torció sin querer el cuello, que se partió con
un fuerte chasquido. Elizabeth no podía sentir ni las manos ni los pies. Intentó
coger aire; solo consiguió atragantarse con la inmensa cantidad de sangre que
salía de sus pulmones destrozados. Comenzó a vomitar cascadas de sangre
con trocitos de esófago y órganos. Los sesos y el cerebro se le derramaban por
los oídos; los intestinos, por el agujero que se ensanchaba en su tripa. Su
vejiga se aflojó. Todo estaba oscuro, la cavidad del pecho de Baby se había
cerrado – o a lo mejor eran sus ojos, que dolían sin parar. O a lo mejor era por
toda esa sangre que le tapaba la vista.
Los oídos y nariz de Elizabeth sangraban. Toda ella sangraba. Las uñas se le
habían desprendido de las manos en un vano intento desesperado por abrir la
puerta y salir de aquella trampa mortal. La pequeña comenzó a toser. Se
estaba ahogando más que antes. En un arranque de tos y arcadas, se encontró
con algo en la mano: algo latiente, rojo y caliente. Su corazón.
Todo esto duró nada más que unos segundos. Elizabeth estaba alcanzando y
descubriendo un nuevo plano del sufrimiento. No pudo resistir más. Perdió el
sentido. Su cabeza se inclinó hacia atrás, chocándose con un borde afilado.
Este traspasó la cabeza de la niña como si fuera mantequilla, trozos de hueso
volando en todas direcciones. Los tobillos y rodillas del ahora inerte cuerpecillo
estaban torcidos en ángulos extraños. Elizabeth había muerto.

Despierta en un sitio muy oscuro. No se ve nada. Se agita desesperada, pero


a la vez resignadamente. Nada. Solo oscuridad y nada.
Un resplandor brilla en algún sitio por una milésima de segundo. Se da la
vuelta, esperanzada. Otra vez nada. No recuerda nada. ¿Quién es? ¿De dónde
viene? ¿Por qué está aquí? ¿A quién pertenece?
Otra vez ese resplandor, esta vez dura más tiempo. Se dirige en esa
dirección, pero ¿cómo llegar si no hay ninguna dirección, si estás rodeado de
nada?
El resplandor. Ahora está más cerca. Se acerca. Se acerca. Se acerca. La
consume, hasta que no queda nada. Solo la desconcertante ceguera de un
brillo demasiado fuerte para verlo.
Elizabeth despertó con una súbita sensación de sofoco. Había soñado que
moría de la forma más dolorosa posible. Intentó mover un brazo. Se movió, qué
alivio. Pero ¿era ese su brazo? Le pareció que sí; decidió no darle más vueltas
al tema. Se estaba empezando a asustar.
Su padre entró en la habitación como buscando algo, sus movimientos
frenéticos y nerviosos. “¡Papá, estoy aquí!”, quiso gritar Elizabeth, pero ningún
sonido salió de su boca. Movió la mano dubitativamente; aquí estoy, un saludo.
Su padre no se movió. Un saltito. Ahora sí se dio la vuelta. La miró sorprendido,
y corrió a su lado. A Elizabeth le pareció extrañamente bajo. Su padre se
acercó rápidamente a su estómago. “¡¿Qué haces?!” quiso gritar Elizabeth.
“¡Estoy aquí arriba! ¡Aquí está mi cara! ¡No mires mi tripa! ¡Mira arriba!”
Su padre. Abrió su estómago. Solo que eso no debería ser posible. De
repente, por algún extraño motivo, su padre pareció chocado.
- No... No puede ser... - dijo con una extraña voz rota.
Miró a sus pies, y Elizabeth siguió la dirección de su mirada. Ahí abajo, entre
los cables de una habitación oscura se hallaba un pequeño cuerpo masacrado,
del cual lo único que se reconocía era el brillante, ahora mate y manchado de
sangre pelo de Elizabeth Afton.
Elizabeth parpadeó, confundida. Ella estaba ahí mismo, y a la vez estaba
abajo. Su corazón dio un vuelco. ¿Qué clase de locura era esta?
De repente, las últimas piezas del puzle encajaron en su cabeza. Era ella,
pero no era ella. Estaba muerta, su cuerpo estaba tirado en medio de esa
habitación, y, de alguna extraña manera, ella estaba dentro de Circus Baby.
Era ella, pero no era ella. Ahora comenzaba a comprenderlo todo. Observó
impasible a su padre mientras lloraba tirado en el suelo junto a los despojos
que antaño habían sido una niña alegre y cariñosa.
Los labios de la animatrónico ahora semihumana se estiraron maliciosamente.
William Afton, sumido en la desesperación, no se dio cuenta de la salvaje y
loca y extraña alegría que en este momento embargaba a... ¿Elizabeth?
¿Circus Baby? Era ella, pero no era ella.
Los ojos azules de Circus Baby se iluminaron de un intenso color verde.

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