El Perro Del Extrano Rabo - Mercedes Ballesteros
El Perro Del Extrano Rabo - Mercedes Ballesteros
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Mercedes Ballesteros
ePub r1.0
Titivillus 14.07.2024
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Título original: El perro del extraño rabo
Mercedes Ballesteros, 1953
Retoque de cubierta: Titivillus
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A mi hermano Manuel.
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PRÓLOGO
Antes de enfrentar al lector con la primera página del relato quiero decir
alguna cosa, más que nada para disfrutar de ese placer inenarrable que tiene
para todo autor hablar de su propia obra.
Esta novela es un relato realista. Conozco el auge que ha alcanzado en los
últimos tiempos esta clase de literatura y he Intentado poner mi granito de
arena en la magna obra de llevar la vida a los libros. Al terminar la novela, sin
embargo, me invade un vago desconcierto. La cruda realidad que yo retrato
no se parece ni poco ni mucho a la cruda realidad retratada por la literatura
contemporánea. He transitado por el planeta Tierra en la misma época que los
novelistas de hoy y, sin embargo, no he vislumbrado las pasiones abyectas
que —por lo leído— atenazan a buena parte de los seres. La gente que me ha
salido al paso no se retuerce de angustia al borde de la locura o del crimen. El
Destino que yo he visto «trabajar» no arrastra a la gente a la depravación y al
vicio, sino que la golpea jovialmente en el hombro, como un buen amigo que
nos saliese a esperar a la estación de Valladolid.
Tengo que confesar noblemente que en mi novela aparecen bellos paisajes
de Italia, y señoras linajudas, y servicios de té de porcelana de Sajonia, y
criados de frac, y un Monseñor y una bella puesta de sol a la orilla del
Mediterráneo.
En las ciudades que he visitado, ya fuese durante la guerra o a raíz de ella,
siempre he encontrado pájaros no beligerantes que cantaban en las ramas de
los árboles y niños gordinflones comiendo peladillas. En los suburbios he
presenciado de cerca la vida de gentes miserables, tal vez ladrones, que
entraban en las tabernas a emborracharse con bullicioso júbilo, Y en el campo
he oído, al amanecer, el caramillo del pastor llamando a su rebaño, que no
dejaba oír el chapoteo de los cerdos en el chiquero.
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He visto sufrir y he sufrido, pero ni lo uno ni lo otro me ha producido
asco.
Creo firmemente que es más fácil encontrar gente feliz y honesta que
desdichados y delincuentes. Y la única vez que tuve la poca fortuna de que
me presentaran a un asesino, que había matado a su mujer, pude notar que sus
maneras corteses y su humor excelente nada tenían que envidiar a los del
resto de los señores sin antecedentes penales, lo que lejos de llevarme a la
conclusión de que los hombres que están de mal humor es por no haber
matado a sus mujeres, me hace pensar que esos asesinos tan enterizos, que se
portan como tales en todos los actos de su vida, no son más que invenciones
de los novelistas.
Por todo esto me he dado cuenta de algo importante, pero que ya
sospechaba: de que la vida no es una novela. Para que una novela pueda llevar
tal nombre necesita que se aten nudos, que se cierren ciclos, que los hechos y
los sentimientos discurran dentro de un orden que no puede ser sino el
literario. En la vida no se ata ningún nudo, no se concluye nada. Todo es ir
emprendiendo caminos que no llegan nunca a ninguna parte o contrayendo
pasiones que no tienen jamás punto final sino, en todo caso, puntos
suspensivos o que se diluyen en el signo etc., etcétera. Por eso este libro
tampoco es una novela, no me duele confesarlo, por que con ello sumo un
argumento a mis propias creencias.
Tengo que insistir sobre el primer punto. En el relato que empieza en la
página próxima no encontrará el lector nada tremendo ni indecente, pero, no
por ello deja de ser un relato realista. Todo, absolutamente todo, ha sido
sacado de la cantera de la vida, de esa vida auténtica, que, digan lo que digan,
es bella, apasionante y jugosa.
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I
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mucho menos de alborozo. Yo me atrevería incluso a afirmar que es una de
las emociones más penosas que pueden experimentarse.
María Luisa era repulsivamente guapa. Podrían haberse tolerado sus ojos
azules, su estatura excesivamente esbelta para su edad; pero lo que ya
resultaba intolerable era que, encima, tuviese tirabuzones.
Mientras me paseaba por mi cuarto recitando el «musa muse», etc., etc.,
no podía apartar de la imaginación la escena de por la tarde.
María Luisa y Gabriel habían salido juntos de casa. Yo los había visto
desde la ventana. Y lo peor no era eso, sino que, al salir, entraron en la
farmacia de enfrente y se pesaron. ¡Se habían pesado juntos! Luego siguieron
calle abajo hasta que doblaron la esquina y los perdí de vista. ¿Para siempre?
Algo dentro de mí me decía que mi conducta con respecto a Gabriel tenía que
cambiar radicalmente. Le devolvería los tomos de Julio Verne que me había
prestado, acompañados de una fría nota, apenas cuatro líneas, en la que le
daría a entender que nuestros proyectos de aprender el alemán juntos podían
darse por cancelados. ¡Ése sería el patético final de una pasión que había
durado más de tres semanas!
Tal vez volviésemos a vernos algún día; quizá nos encontrásemos en un
viaje por los Cárpatos, cuando ambos fuésemos unos ancianos de más de
treinta años, y él entonces sentiría la nostalgia de lo que pudo haber sido…
¿Qué quedaba en mi alma del loco amor que me había llevado a regalarle a
Gabriel mi colección de cromos Nestlé? Sólo cenizas.
Había llorado tanto que los ojos me pesaban como dos patatas. Tuve, sin
embargo, valor para mirarme al espejo. Me vi y me estremecí. Mi imagen, a
lo que más se parecía era a una foto de pasaporte. Fue en ese momento
cuando comprendí que no me quedaba otro camino que la ciencia, tal vez,
andando el tiempo, cuando Gabriel esperase en la antesala de un dentista, sus
ojos tropezarían con una revista de la Universidad de Filadelfia, en la que
vendría mi retrato: «La sabia investigadora a la que se le acaba de conceder el
Premio Nobel».
¡Estudiar, estudiar hasta que me estallase la cabeza! Pero ¿qué? ¿Ciencias
o letras? Por un lado, pensé, las letras son más fáciles; pero las ciencias son
más impresionantes. La aureola que envuelve a «la famosa novelista» no es
tan enjundiosa como la que rodea a «la ilustre bacterióloga».
Sólo me atormentaba el tiempo perdido. ¿No sería demasiado tarde?
Había malgastado trece largos años en mil necedades. Mi pasado de frívolas
francachelas a base de partidos de tenis y excursiones a la sierra se me
aparecía como un borrón en mi vida. ¿No habría desperdiciado en mil
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banalidades los mejores años de mi juventud? Pero todavía estaba a tiempo,
tal vez. Con una voluntad de hierro aun podía enderezar mi vida antes de ser
una anciana.
II
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No creo que los caballeros cruzados, que oraron camino del Santo
Sepulcro a la cruda luz del siglo XII, tuviesen tan acendrada unción como la
que me embargaba a mí cuando le prometí a San José dedicar mi vida a la
ciencia y ofrecerle una limosna de cinco pesetas.
Había llegado el verano, duro y seco, con su vocerío plebeyo que se
entraba a borbotones por las ventanas abiertas, convirtiendo en descarada
intemperie el interior de la casa, ese mismo interior que había sido durante el
invierno recatado e íntimo. Se notaba el verano en el ruido, en el polvo, en los
carritos de helados que llegaban a la plaza como pequeños paquebotes que
atracaran a un muelle. Se notaba el verano en los novios de las criadas que
esperaban en la esquina las tardes de los domingos.
En los barrotes del mirador iba mustiándose la palma del Domingo de
Ramos, requemada por el sol.
Tengo marcados aquellos veranos con un nudo en el corazón. Cada día
que pasaba se iba acercando la fecha de los exámenes: «SO4 H2». «Carpo,
metacarpo, falange, falangina y falangeta». «¡A Fabila se lo ha comido un
oso!». Y el patético abismo de la Preceptiva Literaria.
Se encendían una a una las bombillas de la verbena próxima con tentador
aspecto de Paraíso perdido. Y los puestos de horchata, con su olor fresco de
alpargata mojada, eran también otro puerto de ventura cuyas delicias había
que aplazar hasta después de los exámenes. Porque nunca se sabe cómo puede
caer una horchata —casi siempre, mal— y no era cosa de comprometer el
curso por una apendicitis.
—¿Quieres venir con nosotros a la terraza del Goya? —me propuso por
teléfono María Luisa—. Vamos toda la pandilla.
Me quedaban ánimos para emitir ese sonido áspero, que luego he sabido
que se llama una risa sardónica. ¡Cine, sí, cine! Eso se quedaba para las niñas
incultas, con tirabuzones, que aprendían francés y piano por todo aprender;
pero no para las mujeres con voluntad de hierro que nos habíamos propuesto
escalar la cima del saber humano.
Como me urgía recorrer en el menor tiempo posible el agrio camino de la
ciencia, decidí, a mitad de abril, hacer dos años en uno, o, dicho en términos
técnicos: «echar fuera tercero y cuarto» en una sola convocatoria. Para tal
empeño, el único sistema era examinarse por libre. ¡Dramáticos privilegios de
la libertad! Luego he leído, en enjundiosos tratados de sociología, que la
libertad se presta a desenfrenos y desórdenes sin cuento. Uno de ellos, sin
duda, es este de examinarse de un golpe de catorce asignaturas. Pero yo,
como les sucede a la mayoría de los pueblos, me deslumbré ante el espejuelo
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de la palabra libertad, sin comprender, como tampoco lo comprenden los
pueblos, que a veces puede significar esclavitud y servidumbre.
Una mañana de junio, por fin, me vi frente a la cruda realidad. Al bajar
por la calle de los Reyes, rumbo al Instituto del Cardenal Cisneros, iba
rezando con fervor: «Padre nuestro que estás en los cielos —un cuerpo
sumergido en el agua pierde de su peso…— como nosotros perdonamos a
nuestros deudores…».
El vocerío de los estudiantes rebotaba en las paredes sucias de los pasillos,
y un bedel bajito, subido a un banco, repartía las papeletas a los que acababan
de examinarse. Los chicos arrebataban el papel blanco y lo miraban ansiosos.
La mañana se presentaba muy dura.
—¿Qué, a ti también te han cateado? —me preguntó un estudiante al ver
mi gesto contrito.
—Todavía no —contesté—. Aun no han llamado mi número.
Iba perdiendo pie en la venturosa probabilidad de conseguir un
«sobresaliente»; pero aun me quedaba la esperanza de un decoroso «notable».
Me fui a un rincón a repasar algo. Pero ¿por dónde empezar? En aquel
momento me hubiese urgido releer, aunque sólo fuese una vez, unas cuatro
mil páginas. Ojeé un programa, luego otro. Comprendí que no sabía nada de
nada, que la cabeza me había dejado de funcionar por completo como si se le
hubiese acabado la cuerda. En cambio, el corazón me picoteaba en el pecho
como una gallina que se hubiese venido allí a comer su avena.
—¿Tú también vas a examinarte? —pregunté a un chico que reconocí
como amigo de uno de mis hermanos. Me hubiese alentado compartir la
angustia con un conocido.
—No. Yo soy oficial. A los oficiales nos califican por las notas del curso.
—¡Ah, ya! Yo voy libre.
¡Libre! ¡Qué palabra más perversa! Fue entonces cuando comprendí y
medí todo el alcance de una frase aprendida en la lección XXI de Historia
Universal: «¡Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!».
III
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a la que apenas conocíamos— ni la playa «bañada por las aguas del
Mediterráneo», que decía el Beadeker, ni el régimen de vida que nos
esperaba, del que no teníamos la menor noticia. Lo verdaderamente
maravilloso era que, al paso, teníamos que transbordar de tren a tren en París,
y por lo tanto hacer uso de la escalera «roulante» de la estación del Quai
d’Orsay. Nuestros hermanos mayores, que ya conocían París, nos habían
ponderado de tal modo esta escalera «roulante» —el recuerdo más vivo que
les quedó de su temporada de quince días en Francia— que llevábamos años
soñando con que el destino nos brindase la ocasión de poner nuestros pies en
ella. Y he aquí que tante Marina, con su invitación, nos abría las puertas de
semejante paraíso.
Pero, antes de seguir, debo hacer algunas aclaraciones acerca de la
personalidad de tante Marina. En primer lugar no era tía nuestra, sino pariente
lejana de algún bisabuelo o cosa así; en segundo lugar, no era francesa, sino
uruguaya, viuda de un italiano, y si se hacía llamar tía en francés y escribía
toda su correspondencia en este idioma, era sólo porque hacer otra cosa le
hubiese parecido poco distinguido.
Tenía cerca de ochenta años y era seca, autoritaria, a veces brusca y a
menudo iracunda. Era, en fin, como suelen ser todas las personas que poseen
un corazón tierno y sensible.
No pertenecía a esa clase de viejos malvados que durante años y años
ciernen sobre su parentela el «bocatto de cardinale» de una futura herencia y
que al final dejan su dinero a una institución pía. No: tante, noblemente, había
hecho saber a todos sus presuntos herederos que se disponía a legar sus bienes
a una fundación destinada a socorrer a jóvenes artistas necesitados.
De hecho la institución ya funcionaba, pues rara era la tarde en que no se
sirviese abundante condumio a todo artista que por allí pasase a pedir un
consejo de índole profesional. En realidad no precisaban consejos, sino
bocadillos, y tante Marina tenía la rara habilidad de hacerles creer que ella se
creía que buscaban su apoyo moral y su punto de vista crítico, al tiempo que
les colmaba de apoyo alimenticio.
No eran distinguidas estas meriendas. No: era lo único que no era
distinguido en aquella casa. Benedicta Pía —la vieja doncella con nombre de
Papa, todavía más pagada del buen tono que la propia tante— censuraba lo
que ella llamaba desdeñosamente merendolas. Fue entonces cuando mi
hermano y yo aprendimos la diferencia que va de merienda a merendola,
diferencia muy a favor de la merendola. Por eso preferíamos las tardes en que
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se recibía a «esa chusma de bohemios», a las tardes en que venía a casa
Monseñor.
Antes de partir para Italia se nos dieron severas instrucciones sobre el
modo de comportarnos. Deberíamos atenernos a todas las reglas de la buena
educación. La educación, nos dijeron, no era una disciplina como la
Geografía o la Física, que bastaba con saberlas. La educación —ahí radicaba
su mayor dificultad— había que usarla. Sobre todo si se iba invitado a casa
ajena.
Estas recomendaciones, y otras muchas sobre los peligros de beber agua
fría estando sofocados, etc., etc., las oíamos a medias, entre una nebulosa,
obsesionados como estábamos con la gozosa probabilidad de que al cambio
favorable de la lira podríamos comprar al menos tres bicicletas para cada uno.
Pero más adelante la realidad nos hizo ver las cosas tal como eran: la
educación consistía en comer verduras. Hasta entonces —grave error el
nuestro— habíamos creído que se podía ser muy bien educado comiendo
huevos fritos.
Y por si fuera poco, tante se las arregló para convencernos de que
entregásemos nuestros ahorros para ayudar a las necesidades de la guerra con
Abisinia, lo cual nos colocó, a mi hermano y a mi, en una posición económica
colindante con la miseria. Este extremo complacía mucho a tante Marina, ya
que ella sustentaba la creencia de que el dinero corrompe a la juventud.
Nosotros, por nuestra parte, no dejábamos de mirar con secreta envidia a los
jóvenes corrompidos que se sacaban del bolsillo billetes de cinco liras para
comprar helados.
Pero cuando tocamos de cerca las amarguras de la auténtica miseria fue
con ocasión de la «Mostra dei primitivi».
Durante años y años la palabra «mostra» significaría para mi hermano y
para mí la sima del infortunio humano, una palabra cargada de recuerdos
degradantes.
IV
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Baliva. Entre tantas tentaciones se encontraba el anuncio de la «Mostra dei
primitivi», del 4 al 14 de agosto. En Roma.
A nosotros nos gustaba el arte. Celosos del propio prestigio habíamos
ocultado la cosa como una vergüenza entre nuestros amigos de Madrid; pero
en las mismas puertas de la Ciudad Eterna nos creíamos autorizados a
exteriorizar hasta los repliegues más inconfesables de nuestras almas. Todo
esto nos indujo a hacer un plan. Costase lo que costase, teníamos que visitar
la «mostra». Claro que al decirlo no calculamos que «lo que costase» excedía
con mucho de nuestras posibilidades, ya que, como antes dije, habíamos
destinado el grueso del capital común a fines bélicos.
Conseguir el permiso de tante Marina para ir a Roma no fue difícil. Ella
se mostraba, en esto de los permisos, mucho más liberal de lo que habíamos
esperado. Liberalidad que llevó a mi hermano a extrañas reflexiones.
—Eso es que está harta de habernos convidado —me dijo un día.
No era cierto. De la legión de sobrinos y sobrinas, más o menos
auténticos, nosotros fuimos siempre sus predilectos. ¿Por qué? Porque éramos
los únicos chicos delgados de toda su extensa parentela, y a tante no le
parecían distinguidos los niños gordos. No, no estaba harta, ni mucho menos.
Lo que pasaba es que mi hermano sustentaba la teoría de que la gente siempre
está arrepintiéndose de lo que hace y que más tarde o más temprano todo el
mundo acaba por estar descontento de sus decisiones. Pero esto eran
prejuicios debidos a sus lecturas de la historia del pueblo israelita, estado de
espíritu que más adelante superó.
Conocíamos Roma como Madrid. Lo que quería decir que nos podíamos
perder en Via Veneto lo mismo que nos perdíamos en la calle de la Montera.
Lo difícil, sin embargo, de perdernos en lugar extranjero estribaba en el
idioma. Porque nosotros hablábamos correctamente el italiano, pero era un
italiano que los italianos no entendían.
Cada vez que fracasábamos en nuestras tentativas de comunicarnos con
algún transeúnte, mi hermano decía: «Son turistas alemanes». Pero a mi
parecer no estaba convencido de ello y lo decía sólo para mantener la moral.
—Debe ser por aquí —dije yo.
—Tú nunca has tenido el sentido de la orientación.
—En las ciudades antiguas, sí.
—El don de la orientación es igual para todas las ciudades, sean antiguas
o no.
Seguimos la ruta indicada por mí, doblamos una esquina y ¡por fin! nos
encontramos frente a algo conocido. El frescor ruidoso de la fontana de Trevi
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nos devolvió la tranquilidad. Miramos al viejo genio fluvial que la preside
como si se tratase de un tío nuestro.
Conocíamos la antigua superstición que atribuye a la famosa fuente cierto
don sobrenatural. El viajero que arroja a sus aguas una moneda de cinco
céntimos tiene asegurado el volver a Roma.
Ya había cumplido yo el rito cuando me di cuenta de que Arturo, como
preso de un extraño delirio, arrojaba puñados de calderilla a las aguas.
—¿Para qué haces eso?
—Déjame. Es un sistema nuevo.
Interrumpió por fin la lluvia de oro —algo así me había parecido a mí— y
contempló la fuente en silencio. Me pareció que rezaba.
—¿Por qué has hecho eso? —volví a preguntar más apremiante.
—Por nada.
Se veía claro que quería guardar el secreto. Tuve que echar mano de la
palabra.
—Schivolá.
Mi hermano me miró contrariado. Ante la palabra schivolá no podía
guardarse ninguna clase de secreto. Estaba convenido y se cumplía
rigurosamente desde la creación del reglamento de las palabras misteriosas.
Hubo de confesar:
—He pensado —dijo— que cinco céntimos sirven para volver algún día a
Roma, pero sin determinar cuándo, y bien pudiera ser que hasta los ochenta
años no volviésemos aquí. Estoy seguro de que tirando quince liras podremos
venir todos los veranos.
—¿Lo hiciste también en nombre mío?
—Sí.
Aprobé el sistema, que me pareció excelente, y, ya más tranquilos,
pudimos continuar nuestro camino.
Por fin encontramos a un transeúnte italiano —que por cierto resultó ser
un estudiante portorriqueño— que nos comprendió y nos encaminó al palacio
donde se celebraba la «Mostra».
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dársele cierto estilo militar a todo, aunque se tratase de algo tan genuinamente
pacifista como son esas madonnas del 1300 italiano, tan candorosas y fúlgidas
entre el oro y el azul arrobado de sus cielos.
Al pie de pértigas y gallardetes se encontraba la garita donde se vendían
las entradas. Fue en ese momento cuando medimos el alcance de nuestro
infortunio. Ni aun habiendo reservado las quince liras dilapidadas en la
fontana de Trevi hubiéramos podido afrontar el gasto exorbitante que suponía
presenciar la «Mostra dei primitivi». Treinta liras cada entrada. Total, sesenta
liras.
—Todavía si fuese una película —dije yo, con cierta entereza de ánimo—
podrías entrar tú solo y luego contármela; pero con los primitivos no puede
hacerse eso. Es asunto que hay que ver personalmente.
—Ni aun así podríamos arreglarlo. Tenemos sólo doce liras —contestó mi
hermano hurgando en sus bolsillos.
Hurgó un poco más y sólo logró encontrar una goma, un lápiz despuntado,
una estampa de San Blas algo arrugada —pero que así y todo le preservaba de
morir atragantado— y una canica.
—Doce liras —recalcó en un tono que significaba también estamos
perdidos.
—¿Qué hacemos?
—Eso estaba pensando yo.
—¿Qué?
—Que algo tenemos que hacer.
—¿No nos dejarían entrar sin pagar?
—No creo.
—Podríamos probar, sin embargo. Tal vez exista una especial tolerancia
para chicos extranjeros materialmente hambrientos de arte, como nosotros.
—No lo creo.
En efecto. No existía ninguna ley que amparase a chicos extranjeros en
nuestras circunstancias. Nos lo dijo la taquillera muy gentilmente.
—Se me ocurre un subterfugio.
Yo estaba acostumbrada a recelar de todo lo que mi hermano había
llamado a lo largo de su vida subterfugios. Casi nunca daban ningún
resultado.
—¿Cuál?
—Podríamos pedir limosna.
—¿Nosotros?
—Sí: tú y yo, nosotros dos. Juntos o separadamente. ¿Por qué no?
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—¿Qué diría tante si se enterase?
—No se enteraría nunca.
—Hay muchos extranjeros —siguió mi hermano, al que había animado mi
silencio absorto que tomó por aprobatorio—. Puede incluso que nos diesen
libras o dólares.
Al final de la avenida se perfilaba la pareja que parecía haber sido creada
para el caso. Un matrimonio de ingleses o americanos, que acababa de bajar
de un coche y que «chorreaba opulencia y boato», según observó Arturo, se
acercaba a la puerta de la «Mostra».
—Ahora o nunca.
—¿Qué decimos?
—¡Cualquier cosa! ¡Qué sé yo! «Per l’amore de Dio», o algo así.
Ya estaban allí, a nuestro lado. De cerca eran altos, altísimos, gigantescos.
Nunca he vuelto a ver a nadie tan alto en mi vida. Parecía que el simple hecho
de que nuestras voces llegasen a la altura de sus orejas era punto menos que
imposible. Los dos al tiempo improvisamos una demanda de socorros más
bien patética:
—«¡Per la vostra salute!» —dijo Arturo con el rostro encendido y un
hilillo de voz tan débil que no le oyeron.
—«Signore… per favore…» —rogué yo sin poder agregar ninguna otra
palabra.
Nos miraron de reojo desde su inmensa altura, como esperando que les
repitiésemos aquello que no habían oído. Pero no repetimos nada. Volvimos
la espalda y echamos a andar a toda prisa en opuesta dirección.
—¿Por qué abandonaste el campo? —me reprochó mi hermano al cabo de
unos instantes.
—Por lo mismo que tú. No quería seguir arrastrándome detrás de esos
puercos judíos.
—Si, debían de ser judíos. Los judíos no dan nunca nada, aunque vean a
un niño llorando de hambre y de frío.
—Debimos haber escogido a alguna viejecita. Las viejecitas suelen ser
más misericordiosas.
—O un viejo. Yo he oído hablar mucho de nobles ancianos que han
socorrido…
Arturo no pudo terminar su frase. La viva estampa del noble anciano
dispuesto a gastarse su fortuna en aliviar las necesidades económicas de los
muchachos extranjeros, salía en ese momento de la «Mostra». Un hálito de
bondad le envolvía. Parecía que de un momento a otro iba a empezar a tirarles
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migas de pan a los pájaros. Desechando pasados derrotismos nos decidimos a
abordarle:
—«Vogliamo…» —comenzó Arturo.
—«Desideriamo…» —continué yo.
—«¡Ecco!» —prosiguió mi hermano alentado por la mirada atenta del
caballero, que muy bondadosamente, tal como lo habíamos esperado, se
disponía a escucharnos—. «Siamo due fratelli estranieri…».
—«Poveri» —agregué yo, para llevar la conversación por los derroteros
que nos interesaban.
—«¡Poverísime!» —apoyó Arturo, cargando las tintas tal vez con exceso.
Entonces el anciano se acercó para mirarnos con más detenimiento.
—No nos encuentra lo bastante pobres —dije por lo bajo a Arturo.
—Yo sí parezco pobre —se envaneció él, y mostró ostensiblemente un
roto en la manga de su jersey.
El amable caballero seguía observándonos. Creí conveniente darle más
detalles de nuestra situación:
—«Nel mezzo del camin de nostra vita…» —le dije.
Fue entonces cuando el noble anciano levantó su bastón en señal
amenazadora, y en un tono que jamás hubiésemos esperado de él, nos llenó de
improperios.
Su conferencia fue pronunciada de modo tan acalorado que se nos
escaparon buena parte de las palabras, pero comprendimos claramente el
sentido. Hablaba de la depravación de la juventud de nuestros días y de las
mil artimañas empleadas por los chicos granujas para apartarse del buen
camino y hundirse en la depravación y el vicio.
Cuando nos replegamos, ordenadamente, todavía el viejo malvado seguía
echando pestes.
Nuestro largo camino hasta la estación me recordaba en cierto modo ese
cuadro de Meissonier que representa la vuelta de Napoleón de la campaña de
Rusia. Todo fue silencio y desolación en nuestros espíritus.
Llegamos a Anzio casi de noche. Tante tenía visita y no la vimos hasta la
hora de cenar. Para explicar el estado de depresión que nos embargaba nos
quejamos de dolor de cabeza.
—¿No habréis cogido la malaria? —nos preguntó tante Marina, alarmada.
—No —negamos convencidos. Nuestro mal era de índole más profunda.
Al día siguiente, hacia las doce de la mañana, habíamos empezado a
recobrar un mínimo de ilusión por la vida. A esa hora se nos anunció que
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vendría a almorzar el Professore Benedetti. A la una y cuarto llegó el propio
Professore Benedetti. Tante nos mandó llamar para presentarnos.
Pero el Professore no era un desconocido para nosotros. Se trataba
precisamente del presunto noble anciano de la víspera: del mismísimo viejo
malvado.
Mi hermano, que se crecía en los momentos difíciles, me ordenó por lo
bajo:
—No somos los mismos, ¿sabes? De ninguna manera somos los mismos.
VI
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de jugar a los bolos con los niños Farrara, gordos y obtusos, o a tomar helados
bajo el frívolo toldo de casa Gariglio.
Necesitábamos, y en cierto modo esperábamos lo inesperado. Es curioso,
pero casi siempre sucede que lo que con más certeza se aguarda es lo
sorprendente. Siempre hay una señal, un presentimiento que nos avisa de la
inminencia de lo que tan erróneamente llamamos inesperado. Así pasó aquella
tarde con el perro del extraño rabo.
Sacudidos por la violenta impresión de lo que de ahí en adelante
llamaríamos «la galopada sobre el mar», ansiábamos que se presentase en
nuestro camino algo fabuloso, algún hecho que precisase nuestro arrojo o
nuestra caridad, algo, en fin, que nos pusiese en el trance de demostrar hasta
dónde llegaba nuestro desinterés, nuestra osadía y nuestra grandeza de alma.
Tal vez leprosos a los que curar, huérfanos a punto de ahogarse a quienes
socorrer, o quizá únicamente capitanes piratas que nos solicitasen para
enrolarnos en arriesgadas empresas marítimas.
Vino a llenar esta necesidad el perro del extraño rabo.
La tarde caía a golpes, a empellones, como sucede a veces en las ciudades
de la costa italiana. El sol se oculta detrás de una montaña picuda para volver
a asomar la oreja de nuevo en un resplandor cárdeno que parece un incendio
entre unas ruinas de la época de Tito; torna a escabullirse a espaldas de una
roca y todavía brilla de nuevo en la plata del mar en un momento en el que ya
no se sabe si es sol o si es luna. Un contraluz lívido dibuja la silueta de una
inglesa alta y flaca que juega en la orilla con un foxterrier.
Volvíamos a Casa sin hablar. Saludamos al pasar a algunos amigos, pero
sin detenernos. Ni Zulema, la guatemalteca de habla empalagosa que tanto
conmovía a Arturo, logró detenerle. Íbamos como posesos, como guiados por
una fuerza misteriosa. Luego, más adelante, comprendimos que nos arrastraba
el destino, que nos arrastraba hacia el perro aquel que tenía un extraño rabo.
Iba anocheciendo, y con la brisa de la noche venía del mar un fresco olor
a algas y a sal. Por el camino veíamos a todos los vendedores ambulantes ya
de espaldas, de retirada: el uno con sus globos de colores, cansados del día de
sol, que se le apoyaban en el hombro como niños dormidos al volver del
paseo; la viejecilla de voz ronca, que media hora antes voceara caramelos, se
alejaba con paso diligente de bruja medieval hacia el barrio alto donde vivía;
el chico de los helados tomaba el camino del puerto empujando su carrito y
dando puntapiés a una cáscara de sandia para hacer más excitante el largo
recorrido.
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Un vendedor, sin embargo, no se había movido de su puesto. Al no poder
dar salida a su mercancía a lo largo de la jornada esperaba apurar las últimas
oportunidades y aguardaba. No tardaría en convencerse de que había hecho
bien en aguardar. Porque Arturo y yo íbamos a entrar en el área favorable
marcada por su horóscopo.
Aquel hombre, un napolitano que parecía un murciano que a su vez
hubiese parecido un napolitano —o sea, que reunía en un solo individuo la
expresividad de gestos y la riqueza de vocabulario de dos razas afines—
vendía perros. Mejor dicho, vendía un solo perro. A la incierta luz del
atardecer sólo se podía observar en el animal una cualidad favorable: era
pequeño. Una viva nostalgia de nuestros perros, gatos, galápagos y tortugas
abandonados en Madrid nos subió al corazón como un sollozo. Sentimos de
pronto la espantosa desolación de la soledad mezclada con el aguijón de la
culpa. ¿Cómo habíamos podido resistir hasta ahí sin ningún animal propio?
Parecía increíble.
Pero he aquí que el destino nos deparaba un inmediato remedio a tan
angustiosa situación. Allí estaba el pequeño perro del extraño rabo. Aunque, a
decir verdad, esta última circunstancia no la notamos sino más tarde, minutos
después de haberlo adquirido por cincuenta liras, y cuando ya su anterior
propietario había desaparecido para siempre de nuestra vida.
—¿No notas algo raro en el perro? —me preguntó Arturo, que era el que
lo llevaba en brazos.
Lo miré con atención y palpé la piel ligeramente áspera.
—No noto nada. ¿A qué te refieres?
—Me refiero al rabo.
La luz del escaparate de una confitería cayó de lleno sobre nuestro
infortunio. Un rabo enorme, un rabo desproporcionado y como postizo,
pendía del diminuto cuerpecillo.
Mientras Arturo y yo observábamos despavoridos la fabulosa cola, él, a su
vez, nos miraba con sus ojos de viejo astuto. Hacíamos esfuerzos por no
recordar ciertas fábulas en las que el demonio toma la figura de determinados
animales.
Por fin descubrimos que lo más raro del perro aquel es que no era un
perro.
—Es un renard —descubrí yo, con vocabulario femenino.
—A los renards, cuando tienen la carne dentro, se les llama zorros.
—Eso.
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Habíamos comprado una alimaña. ¿Hasta qué punto era correcto
presentarse en casa de una anciana tía, donde se está invitado, siendo
portadores de una alimaña? Pronto supimos hasta qué punto, no.
VII
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—Porque… ya le queremos —respondió Arturo, interpretando el sentir de
ambos.
Y tenía razón: ya le queríamos. El período de tiempo que necesitábamos
usualmente para encariñarnos con cualquier animal vivo nunca había
excedido del cuarto de hora. La idea de tener que desprendernos de él, de
tener que vivir en adelante sin Enrique (yo le había puesto el nombre de
Enrique en un bautizo de urgencia, necesario para legalizar su personalidad y
afianzar su situación dentro de la casa) nos parecía imposible de afrontar.
—Por esta noche que duerma en la carbonera —concedió tante, que según
Arturo se portó en aquella ocasión, frente a los aspavientos de Benedicta,
como un verdadero caballero.
Respiramos con más sosiego. No era el indulto; pero al menos significaba
una tregua, una esperanza.
A la una de la madrugada, cuando todos dormían, salí de mi cuarto,
descalza para no hacer ruido. Una sombra avanzaba por el pasillo. Era Arturo,
descalzo, también, que, como yo, se dirigía a la carbonera. Mi hermano
llevaba un vaso de agua en la mano y un plátano. Yo llevaba otro vaso de
agua y otro plátano.
Enrique no apreció nuestro gesto tal y como lo habíamos esperado. En un
momento vació los dos vasos con un rápido movimiento de su extraño rabo y,
además, mordió a Arturo en el dedo gordo cuando trataba de hacerle comer
un plátano. Debo decir que mi hermano, como un nuevo Mucio Scevola, no
profirió un grito.
—¿Crees que estará rabioso?
—No lo sé. Por si acaso ponte agua de colonia en la herida.
A la mañana siguiente, cuando nos levantamos, no quedaba rastro de
Enrique. Nos quejamos a tante de lo que suponíamos una baja maniobra de
Benedicta Pía, a espaldas de su ama, e incluso del cartero. Pero después se
pudo aclarar que no había habido intención culpable. Enrique, por si solo,
había abierto un boquete en la pared de la carbonera que daba al jardín y
había escapado.
—Lo echaremos mucho de menos.
Y fue verdad. Durante mucho tiempo echamos de menos al feroz Enrique,
que, tal vez, de haberse sometido a la domesticidad, de haberse dejado ganar
por nuestro amor, pudo convertirse en un amable compañero. Echamos de
menos lo que pudo haber significado en nuestra vida aquel perro del extraño
rabo.
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VIII
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Pasaron los días. Veíamos a Pedro unas veces en bici, por la carretera de
Nettuno, otras pilotando un pequeño balandro o tirándose desde un trampolín
del Club Náutico. En fin, haciendo esas cosas que sólo hacen los héroes.
Tante, que no solía olvidarse de los deberes sociales, sacó de nuevo la
conversación.
—¿No habéis convidado a vuestro amigo?
—Todavía no.
—¿Decís que es ese chico moreno, el del grano?
Una llamarada de indignación me quemó el pecho.
En ese momento odiaba a tante; me parecía una de esas pérfidas
tricoteuses que presenciaban las ejecuciones en la plaza de la Concordia. Era
cierto que Pedro, en aquellos días, tenía un grano en la frente, pero resultaba
ofensivo identificarle por su único defecto, por la única mácula en una
fisonomía perfecta, y no tener en cuenta sus muchas excelencias.
Una nueva llamarada, más intensa que la anterior, volvió a hacerme el
mismo recorrido entre pecho y espalda. Acababa de darme cuenta de algo
trascendental: «Ella entonces se dio cuenta de que le amaba», había leído yo
en algunas novelas. Eso, eso era lo que había sucedido. Al verle cruelmente
motejado, injustamente vilipendiado, salieron a flote los recónditos
sentimientos de mi corazón. Eso, ese íntimo repeluzno que me había
producido oír hablar de él desdeñosamente no podía tener más que un
nombre: amor.
Desde ese momento una vida nueva comenzaba para mí, una vida nueva
que borraba mi pasado íntegramente. ¿Qué emociones me reservaba el
porvenir? Yo no podía precisar cuáles ni de qué clase porque me era
imposible adivinar los hechos que estaban a punto de acaecer, sobre todo lo
referente al concurso de baile.
Arturo y yo estábamos convencidos de que nunca en la vida nos podría
pasar nada más vejatorio que lo de la «Mostra dei primitivi»; pero no
tardaríamos en saber que son insondables los abismos del dolor humano y que
no existe poder capaz de calcular hasta dónde llega la capacidad de
sufrimiento de un alma templada en la adversidad. Todo ello sería con
ocasión del concurso de baile.
Si en los primeros días el hecho de acercarnos a Pedro y afrontar su
glacial indiferencia nos parecía enormemente trabajoso, a partir de la
revelación íntima de mis sentimientos la tarea se presentaba doblemente
ardua. Ahora ya no era sólo Arturo el que opinaba que las cosas podían
suceder del modo más humillante a base de que Pedro, negándose a estrechar
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su mano, le dijese: «Caballero, no sé quién es usted. No estamos
presentados», o algunas otras palabras igualmente afrentosas. Yo, que hasta
entonces había considerado el punto de vista de mi hermano exagerado y
cobarde, y que me resistía a creer que la cosa tuviese que acabar en un duelo o
cosa por el estilo, me sumé a sus escrúpulos y decidí no dar un paso hacia él.
En una conferencia sobre Baudelaire, a la que me habían dejado asistir
amparada bajo mi escaso conocimiento del francés, había oído contar algo
referente a cierta mujer madura que perseguía al poeta con su apasionado
amor y a la cual Baudelaire, por su parte, trataba con sarcástico desdén.
Tender mi mano a Pedro me parecía que hubiese significado colocarme en
una actitud análoga, vergonzosa y por demás ruin. Si yo hiciese una cosa así,
si osara presentarme y abordarle, estaba segura de que me despreciaría para
siempre.
Así, pues, Arturo y yo, cada cual por distintas razones, decidimos
mantener una actitud pasiva y, en mi caso, digna.
IX
Llevábamos más de quince días en Anzio cuando tante nos llamó al orden
para censurar lo que ella llamaba nuestra conducta «poco menos que
volteriana».
—No habéis recibido el sacramento de la confesión ni una sola vez, que
yo sepa.
—El caso es que… hemos pecado poco —razonó Arturo haciendo frente a
la situación en un tono que yo juzgué ligeramente teñido de soberbia.
—¡Poco! ¡Poquísimo! —se escandalizó tante—. Está el mundo tan
corrompido que todavía le parece que no peca bastante. ¡Poco!
Se incorporó en su butaca, buscando los impertinentes que tenía en una
mesita al alcance de la mano, y nos miró a través de sus cristales como puede
mirar una dama puritana a unos malvados que apalean a un gato.
—¿Y tú? —se dirigía a mí en voz aguda y colérica—. ¿Tú tampoco has
cometido ninguna falta?
Nunca tante Marina me había hablado tan duramente. Ni tante ni nadie.
Sentí que podía echarme a llorar de un momento a otro, y tal posibilidad me
irritaba y me cortaba el aliento.
—¡Contesta!
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—El que esté libre de culpa que tire la primera piedra —fue la única
respuesta que se me ocurrió para arreglar las cosas.
—¿Qué dices? ¿Pero qué has dicho? ¿Pero te crees que puedes hablar así
a tu tía?
—Perdona, tante —intervino Arturo—; pero debes creernos. Desde que
estamos aquí hemos pecado poquísimo, como quien dice nada. En casa
pecábamos más porque, como es natural, teníamos más confianza.
—Sí —agregué yo, que encontraba el razonamiento muy en su punto—.
No se puede pecar mucho en una casa donde no se tiene confianza. En Madrid
dábamos malas contestaciones, hurtábamos…
—¿Eh? ¿Qué hurtabais? ¿Qué estáis diciendo?
—Hurtábamos lápices —aclaró Arturo—. Sólo lápices.
Tante se levantó de su butaca y volvió a mirarnos a través de los
impertinentes. Sin ser demasiado alta llevaba la cabeza tan erguida sobre su
cuello emballenado, que podía aparentar un porte y una altivez
impresionantes. Era la imagen de la Justicia dispuesta a castigar la
depravación y el vicio.
Estaba trepidante, como un automóvil con el motor en marcha antes de
arrancar. Los dijes de sus pulseras tintineaban como diminutas campanillas, y
una gruesa cadena de oro brincaba sobre el muaré de su pecho agitado por
santa cólera. Recordamos al verla la información que nos habían dado
nuestros hermanos sobre ella, y que habíamos tomado por insidiosa. «Es una
vieja iracunda», nos habían dicho.
—La maldad no consiste sólo en hacer el mal a sabiendas, sino en
confundir el bien con el mal. Eso fue lo que perdió a Babilonia.
La oratoria tiene siempre el poder de impresionar a las masas, y aunque
las masas, en aquel caso, fuésemos únicamente mi hermano y yo,
empezábamos a sentirnos impresionados y culpables. Parecía que, de un
momento a otro, iba a comenzar a caer el fuego del infierno sobre nuestras
cabezas.
—Mañana temprano iréis a confesaros.
—No sabemos los nombres de los pecados en italiano —dijo Arturo.
—En la gramática que estudiamos —apoyé yo— no vienen pecados.
—No importa; os podéis confesar con el padre Carrasco, un benedictino
colombiano.
—¡No! —rugimos a un tiempo mi hermano y yo.
Al padre Carrasco lo habíamos visto bañarse en el mar y decidimos que
por nada del mundo nos confesaríamos con un sacerdote al que hubiésemos
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visto flotando entre dos calabazas. Hacerlo nos parecía que bordeaba el
sacrilegio.
Pero todo podía arreglarse. Iríamos a Roma, a la basílica de San Pedro,
donde hay confesores para todas las lenguas.
Aquella tarde no se habló más que de nuestra redención moral, porque
tante tenía que posar. Desde hacía seis días un pintor uruguayo la estaba
retratando. Yo no creo que todos los artistas que rodeaban a tante Marina
fuesen carne de presidio, como le oí opinar una vez, que creía que no la oía
nadie, a Benedicta Pía; pero sí debo decir que este José Anzuleta era un
miserable. Estaba reproduciendo sobre el lienzo la imagen de una mujer
bellísima que podía tener algo así como treinta años menos que tante. Ella
parecía no notarlo y alababa al artista, al tiempo que le hacía servir abundante
merienda. Para colmo de descaro el condenado pintor pintaba a gran
velocidad, y aquella tarde dio por concluida su obra en un santiamén. Arturo y
yo vimos cómo, cuando aun no se había secado la firma en el lienzo, tante le
entregó su estipendio.
José Anzuleta se marchó haciendo reverencias y ponderaciones, y tante
volvió a la sala donde estaba el cuadro. Al poco nos mandó llamar.
—¿Qué os parece? —nos preguntó.
—Mal —contestó Arturo, lacónico como un joven lacedemonio.
—¿Mal, por qué?
—Porque no se parece nada.
—¿Ah, sí? ¿Encuentras que no se parece nada?
—Las joyas sí se parecen —tercié yo para suavizar un poco la situación.
—Pero yo… —me miró a mí esta vez—, ¿yo no estoy parecida?
—Creo que no —contesté.
Nos quedamos los tres en silencio, la mirada fija en el cuadro. Era un
lienzo enorme, de colores violentos, en el que brillaban los ojos de tante como
dos canicas verdes.
—Sin embargo, Anzuleta es un gran pintor —insistió aún tante Marina—.
¿Qué es lo que encontráis? ¿Creéis que me ha hecho demasiado joven y
guapa?
En este momento fue cuando empecé yo a pensar que Arturo era un chico
valiente y noble hasta la estupidez.
—Sí; muchísimo más joven y más guapa.
—Y tú, ¿qué dices?
—Yo creo que alguna vez habrás sido así de joven y de guapa y que bien
pudiera servirte el retrato como si fuese de aquella época.
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Volvió otro lapso de silencio. Arturo, nervioso, se rascaba la cabeza con
un cortapapel.
—¡Es verdad! —dijo al fin tante, dando media vuelta y abandonando la
contemplación del cuadro.
Luego nos miró con una mirada intensa y extraña, que nunca he olvidado,
y apoyó sus enjoyadas manos en nuestros hombros.
—Estoy contenta —dijo—. Al fin y al cabo sois unos chicos virtuosos.
Cenamos en silencio. A los postres tante hizo llamar a su doncella.
—Benedicta Pía —le dijo—. Mañana, temprano, coja usted el retrato que
acaba de pintarme ese artista y déselo al cartero.
Por segunda vez se hacía alusión al cartero con relación a menesteres que,
al parecer, habían de serle ajenos. No preguntamos nada, como es natural.
Antes de marcharme, a dormir me acerqué a mi hermano para hablarle de
algo importante.
Yo había dicho la verdad, no recordaba haber cometido ninguna falta
digna de confesarla nada menos que en San Pedro.
—¿No me podrías tú dar algún pecado tuyo? —rogué a Arturo.
—Acuérdate del robo de plátanos la noche de Enrique —me recordó él.
Respiré. Ya tenía pecado. Ya podía entrar tranquila en la casa paterna del
orbe cristiano.
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ya, en el que podía leerse «Mostra dei pri». El resto de la palabra se había
caído en un jirón de papel.
—¿Te acuerdas? —me preguntó Arturo con la voz que emplean los
actores a los que se les encomienda el papel de Macbeth, para invocar la
sombra de Banquo.
Yo no tuve fuerzas para contestar. Hacia un calor espantoso y Roma
resultaba una ciudad inmensa, inacabable y, por si fuese poco, enclavada
sobre siete colinas a cual más empinada. Sólo pude suspirar.
—He oído decir —siguió Arturo— que cuando se vive mucho tiempo en
el extranjero se siente una tristeza especial, llamada «nostalgia de la Patria».
Era justo la frase que faltaba para quitarme los pocos ánimos que me
quedaban. El aire era plomizo, denso; se hundían los zapatos en el asfalto
hirviente como en un mar de lava; del Sur venía el sofocante sirocco como
una bufanda de lana.
—¿Queda muy lejos el Vesubio? —pregunté a mi hermano.
Aquella mañana habíamos leído en el periódico la noticia de que en
Ferrara un mendigo había muerto de calor en la calle. De pronto tuve la
seguridad de que me sucedería a mí lo mismo.
—Espera —dije a Arturo, apoyándome en una columna de mármol
refrescante—. No puedo más.
Y rehaciéndome un poco agregué:
—Si me muero, toma un «taxi».
No sé si fue que Arturo ya me dio por muerta o qué, pero el caso es que,
abandonándome por unos instantes, le vi cruzar la plaza y volver al momento
con un «taxi».
—¿A dónde vamos? —me preguntó cuando me hube desplomado en el
fresco asiento de gutapercha.
—A San Pedro.
Comprendí que en aquellas circunstancias precisaba más que nunca de los
auxilios de la confesión.
Poco a poco se fueron disipando las ansias de la agonía, comencé a
encontrarme perfectamente bien y no volvimos a acordarnos del mendigo de
Ferrara. Una nueva angustia, de distinta índole, nos atenazaba el espíritu.
—¿Cuánto habrá que darle de propina?
—No sé… una cosa proporcionada.
—¿Qué crees tú que será una cosa proporcionada?
—Pues eso, ni poco ni mucho.
—Supongamos que marca veinte liras.
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De pronto se hizo una luz. En alguna parte habíamos oído hablar del diez
por ciento.
—El diez por ciento de veinte liras son veinte céntimos, dijo mi hermano,
con esa osadía para los cálculos matemáticos propia de los chicos dotados
para el latín y las Bellas Artes.
—Para quedar bien démosle veinticinco.
Al llegar a San Pedro el «taxi» marcaba trece liras.
—Como no hay moneda fraccionaria para darle trece céntimos, obremos
con largueza y démosle quince.
Han pasado los años, innumerables acontecimientos políticos y sociales
conmovieron al mundo durante el tiempo transcurrido: guerras,
revoluciones… calamidades y azotes sin cuento han atormentado a la
humanidad desde aquella fecha a la que me estoy refiriendo, y, sin embargo,
cada vez que se habla delante de mí de los desmanes de que es capaz la clase
proletaria cuando empuña los mandos del poder, no puedo por menos de
recordar a aquel chófer de Roma, y lo que nos dijo aquel chófer con respecto
a la propina. Hay cosas que quedan como grabadas con fuego en la memoria.
Cuando traspusimos el umbral de la Basílica nos sentimos como debió
sentirse Andrea Doria, perseguido por sus enemigos, y acogido al amparo de
la Santa Sede. Al menos eso fue lo que dijo Arturo en aquella ocasión, aunque
yo luego no haya encontrado comprobación histórica de semejante hecho.
El interior de San Pedro, que ya nos había impresionado la primera vez
que lo visitamos, nos deslumbró esta vez. No era sólo la sede egregia de la
Cristiandad, el monumento portentoso del arte renacentista, y todo cuando se
sabe sobre ello. Era, además, un lugar a donde no pueden entrar los choferes
de «taxi» diciendo insultos en dialecto napolitano.
—¿Crees que nos confesará el Papa?
—No me parece probable. El Papa sólo confesará a reyes y a príncipes.
—Sin embargo, San Pedro es como si dijéramos su parroquia.
Mientras disipábamos estas dudas acerca de los deberes impuestos por el
pontificado, avanzábamos por la nave central de la Basílica. A ambos nos
llamó la atención una cosa extraña. De los confesonarios salía una enorme
caña ante la cual algunos fieles se arrodillaban devotamente y recibían en la
cabeza un ligero golpe que les propinaba el confesor. Un sacristán nos
informó de que ese era el sistema seguido para obtener la absolución de los
pecados veniales.
Como el hurto de plátanos teníamos la certidumbre de que entraba de
lleno en el áspero campo de los pecados capitales, nos confesamos por el
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sistema antiguo, y ya íbamos a abandonar el templo cuando vi que Arturo se
postraba ante una de las cañas y recibía su correspondiente coscorrón.
—¿Qué has hecho?
—Me reservé un pecado venial —me explicó.
Le miré con envidia contenida. Salimos a la plaza sin hablar. Fue Arturo
el que me propuso:
—Si quieres podemos pecar un poco y volver a entrar.
Así fue como nos pasamos la mañana saliendo y entrando en la Basílica y
recibiendo innumerables cañazos. El pecado de urgencia ideado para tal fin
consistía en decir palabras feas, naturalmente en español, a los transeúntes.
Todo fue muy bien hasta que tropezamos con una familia española que
entendió nuestros insultos y estuvo en un tris que no se tomara la penitencia
por su mano.
Cuando volvimos a casa se nos informó de que aquella noche llegaría
Williams.
XI
Yo había oído decir que el tiempo era bálsamo capaz de amortiguar los
más agudos dolores del corazón; pero en los días transcurridos tenía sobrados
motivos para estar quejosa del tal bálsamo. Mi amor hacia Pedro continuaba
con la misma intensidad que en el punto de partida.
Desde las ventanas que daban al jardín de nuestra casa se divisaba la
habitación de Pedro, en el hotel Negresco, y más de una vez le vi asomarse,
con mirada desdeñosa, con la expresión de un joven lord Byron cansado de la
vida y de los placeres. Otras veces se pasaba largos ratos tumbado en una
butaca ojeando papeles. ¿Cartas de amor? ¿Apuntes de Derecho Político? He
aquí una duda que los años no han disipado.
Todo hubiese quedado así, envuelto en esa aguda melancolía que Arturo
llamaba «nostalgia de la Patria», si no hubiesen acaecido los hechos
relacionados con el concurso de baile.
Aquella noche, como dije, se nos anunció la llegada de Williams, el criado
inglés, que había estado disfrutando de sus vacaciones. No sabríamos explicar
por qué, pero era el caso que esperábamos al desconocido con cierta desgana.
Nos parecía que vivir bajo el mismo techo que un súbdito de Su Majestad
Británica impondría una cierta rigidez de costumbres y nos haría conducirnos
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con ese envaramiento de los primeros días que ya empezábamos a superar.
Ahora que ya teníamos confianza con la cocinera para entrar en la cocina a
robar patatas fritas, y que Benedicta Pía comenzaba a tratarnos con menos
superioridad, he aquí que iba a entrar por la puerta un nuevo personaje cuya
conducta, no lo dudábamos, había de resultarnos repelente.
Pero ya se verá cómo las cosas sucedieron de manera distinta a la prevista.
Ya habíamos pasado de la edad en que se imagina que los seres superiores
tienen un exterior impresionante. Después de conocer a sabios galardonados
con el Premio Nóbel —a uno de los cuales habíamos visto pescar truchas en
cierta ocasión con los pantalones remangados hasta la rodilla—; después de
haber visto de cerca a la reina Guillermina de Holanda, gruesa y campechana
como cualquier tía nuestra; después, incluso, de haber estrechado la mano de
una estrella de cine, habíamos llegado a la conclusión de que la humanidad es
regularmente uniforme y poco vistosa (a excepción hecha de los domadores
de circo que, fusta en mano, conviven con tigres y leones) y que no había que
esperar nada teatral ni impresionante en el encuentro con grandes personajes.
Mas si en esta coyuntura vital se conoce a Williams, entonces el espíritu se
siente de veras conmovido ante un auténtico ser superior.
Una de las características de Williams era la de no estar nunca inactivo. Si
bien sus funciones eran humildes, no por ello su prestancia sufría el menor
desdoro. Obedecía con tanta altivez como si diese órdenes. Ver al señor
Papadachi, en el jardín contiguo, regando sus plantas y mojándose los
pantalones, era la imagen de la humillación. Ver a Williams frotando los
dorados era la imagen de la dignidad.
Resultaba más impresionante, despertaba con mayor intensidad la
emoción artística, ver a Williams limpiando una tetera de plata y dejándola
reluciente que observar a Mr. S. tratando de pintar un paisaje a la orilla del
mar y haciéndolo desastrosamente mal.
Williams hacía cosas humildes, pequeños quehaceres domésticos, pero los
hacía bien. Era la primera persona que conocíamos nosotros que lo hiciese
todo a la perfección. Semejante revelación nos llenaba de incertidumbre y de
zozobra sobre la justicia humana. En aquella época, cuando le conocimos, el
único premio que había deparado la vida a Williams había sido la ocasión de
comprar de lance un auténtico impermeable «Burbery». Por muy alto
concepto que se tenga de un impermeable «Burbery» nunca se le puede
considerar como meta suficiente en la vida de un hombre virtuoso. Algo
inmoral había en la desproporción entre la conducta de aquel criado y el favor
que le otorgaba el destino.
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Williams nos miró desde el primer momento con simpatía. Ganar su
amistad se nos hacía tan precioso como pudo ser en su tiempo merecer el
favor de Potemkin para un pobre campesino del Cáucaso.
A los dos días nos arregló los patines, a los cuatro nos ayudó a instalar un
telefonillo con dos carretes de hilo encerado. A las dos semanas nos demostró
que era nuestro amigo. Eso fue con ocasión del concurso de baile.
Particularmente para Arturo la presencia del criado estaba llena de
ventajas. La convivencia en una casa llena de mujeres le había privado
durante las primeras semanas de sostener esas conversaciones sobre mecánica
que tanto interesan a los chicos. Con Williams era otra cosa. Se entendían
perfectamente sobre muelles, tornillos y todas esas cosas que son tan
fundamentales en la vida de un varón.
Un día llegó Williams a casa con un gallo entre los brazos. Cualquier otra
persona en un trance semejante habría perdido su dignidad exterior. El no, al
contrario, parecía más señor que nunca. Porque no sé si he dicho que
Williams, el criado, era el señor más señor que puede conocerse.
—¿Qué trae usted ahí? —le preguntó Benedicta Pía. ¿Que es eso?
—Según creo se trata de un gallo —se limitó a contestar Williams. Por
nada del mundo hubiese dado una respuesta más categórica, dado que el
propio gallo no le había dicho que lo fuese, y sólo podía juzgarse por
conjeturas.
Luego siguió una conversación que nos sirvió a mi hermano y a mí para
afianzarnos en nuestra devoción por el criado. Tenía un punto de vista con
respecto a los animales tan parecido al nuestro que nos llenaba de alborozo.
—No se guisará —respondió a las insinuaciones de Benedicta—. No se
trata de un gallo de mercado, sino de un gallo de tómbola.
—No veo la diferencia de una cosa a otra —exclamó la doncella algo
descompuesta—. Un gallo siempre es un gallo.
Nosotros si la veíamos. Un gallo de tómbola se diferencia de un gallo de
mercado en que no debe perecer.
—Vivirá conmigo —concluyó Williams.
Y así fue. Percival Jones se acomodó en una pequeña terraza a la que
daba el cuarto del criada. Y desde allí, durante toda nuestra permanencia en
Anzio, voceó cada amanecer su saludo al sol.
La primera noche que durmió en casa Percival Jones, fue para mí de una
intensa emoción. A mitad de sueño me despertó el jocundo kikirikí. Con los
ojos cerrados, pero despierta, pensé en Julieta. Fui yo misma Julieta Capuleto,
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escuchando la alondra al filo del alba, henchida de amor, infeliz y tierna. ¡Qué
más da alondra o gallo para un corazón enamorado!
Por la ventana abierta entraba ese olor a caracoles que despide el mar
cuando le dejan solo.
Me incorporé en la cama, descorrí la cortina del mirador y vi un
espectáculo sorprendente. Algo pasaba. Algo extraño estaba sucediendo. La
cúpula del cielo tenía una tonalidad entre lechosa y ambarina, pero al borde
del mar las nubes se incendiaban en mil colores violentos. Yo había
presenciado el ocaso del sol algunas veces y me había impresionado, pero no
podía compararse con aquello, con aquel raro fenómeno que veían mis ojos.
El agua del mar, como traspasada de luz, irradiaba tonalidades de nácar, como
si en lugar de mar fuese luna. Una pincelada cárdena, en el horizonte,
mostraba bien a las claras que la cosa no iba en broma, que una catástrofe se
cernía sobre el planeta.
Sentí el corazón pequeñito, aterido. La idea —que nos asalta sólo
fugazmente— de que vivimos dentro de un sistema planetario siempre nos
sobrecoge y espanta. Y en ese momento se hacía tan evidente, tan viva la idea
de lo sideral que estuve casi a punto de llorar. En un segundo los celajes
cambiaron. Ya no dominaban los tonos ambarinos. Un vivo color naranja
relumbraba sobre el mundo.
No pude resistir más. Descalza corrí al cuarto de Arturo. Dormía como el
joven Alejandro antes de la batalla de Queronea, insensible al peligro.
—¡Levántate! ¡Mira!
Animosos como éramos tuvimos arrestos para salir a la terraza del
comedor. Sobre nuestras cabezas sentimos el peso tremendo del firmamento.
—Debe de ser una aurora boreal —dijo mi hermano.
Descubrimos a Williams en el jardín. En ese momento, ajeno a la
catástrofe cósmica que se cernía sobre nosotros, se ocupaba en trasplantar
unos esquejes de jacintos.
Bajamos en su busca.
—¿Qué sucede, Williams, qué pasa? —le apremiamos.
Y entonces Williams nos explicó una cosa extraordinaria, fabulosa.
Aquello venía sucediendo cada mañana durante siglos y siglos y era de
presumir que continuara pasando hasta el fin del mundo. Era un espectáculo
impresionante, un extraordinario prodigio, y se llamaba la aurora.
—Gracias, Williams —le dijimos.
—Gracias, Williams —le vuelvo a decir ahora por si en aquella ocasión
no me oyó. De todas las lecciones para gozar de la vida, que por las buenas o
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por las malas le dan a uno a lo largo de los años, la que más he agradecido es
aquella, aquella que nos dio Williams, el criado, y su gallo, el impar Percival
Jones.
XII
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ya que, con esa tolerancia especial que existe en las playas, a las «galas» del
Casino asistían incluso niños de calcetines.
Según nuestras noticias, ninguna de las fiestas precedentes había tenido la
importancia que iba a revestir la que se anunciaba para aquel domingo. Unas
hojillas de papel verde, que dejaban unos repartidores en las mesas de las
heladerías, prometían un sinnúmero de «atracciones internacionales» y
«cotillón». En aquella época no sabíamos a ciencia cierta lo que significaba la
palabra «cotillón», pero no dudábamos de que se trataba de algo
excepcionalmente elegante y divertido.
Estaba convenido que iríamos al festejo con los Farrara, que tenían una
mesa separada de antemano.
Los Farrara eran una familia particularmente gorda y, como casi todos los
gordos, joviales y comunicativos. Los padres salían poco porque se pasaban
gran parte del verano durmiendo la siesta, y tenían cuatro hijos, dos chicas
mayores, de más de veinte años, que circulaban fuera de nuestro grupo y
jugaban al tennis de la mañana a la noche para adelgazar, y dos chicos más
pequeños, Carlino y Alma, que eran nuestros amigos. Estaban siempre
comiendo, ya fuesen helados, bombones o almendras. Los bolsillos de Carlino
contenían cantidades incalculables de peladillas, que regalaba a sus amigos
con gran liberalidad.
Nos llevábamos muy bien con ellos, tal vez por eso que se dice siempre de
que los espíritus poco afines se atraen. A los Farrara los habían suspendido en
todas las asignaturas, sin fallar una. El chico, que tenía más de quince años,
contaba con ardoroso entusiasmo que su padre le había amenazado, si no
aprobaba en la siguiente convocatoria, con emplearlo como cargador de
muelle. Nunca un proyecto sobre su porvenir pudo alegrar tanto a un
muchacho. Hablaba ya de «cuando esté yo en el muelle de Génova y llegue el
“Estrella Indica” con cargamento de Calcuta…» y sus pequeños ojos de chico
torpe y candoroso se llenaban de una extraña luz.
Alma tenía dos años más que yo, lo que le proporcionaba incantables
ventajas en la vida, entre las cuales no era la menor la de usar zapatos de
tacón. ¡Todavía me acuerdo yo, a veces, de los zapatos de Alma! Porque el
caso fue que convinimos en que ella me prestaría a mí unos para ir al cotillón.
Había que hacer la cosa de ocultis, sin que se enterase tante. No fue difícil.
Antes de ir al casino entramos en casa de los Farrara. La tarea de cambiar de
calzado y de rellenar de algodón el espacio sobrante entre mis pies y los
zapatos, fue labor de pocos minutos.
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Cuando entramos en el casino yo llevaba el espíritu muy levantado.
Nuestra mesa quedaba muy cerca de la pista de baile. Al otro extremo estaba
sentado Pedro con sus amigos. Me miró cuando entramos. Es decir, no sé si
me miró a mí o a los Farrara, que los miraba siempre todo el mundo, por
aquello de que eran tan gordos. El caso fue que mi mirada se cruzó con la
suya un segundo. Era la primera vez que se producía un hecho tan
emocionante. Sentí en el corazón un malestar especial, como cuando se tiene
hipo. En un instante me imaginé todo lo que podría pasar aquella noche.
Pedro se acercaría a nuestra mesa, haría una inclinación de cabeza y me
invitaría a bailar. Todo ello a causa de los tacones altos, claro está. Mientras
el baile, me susurraría al oído…, no podía precisar el qué, pero bastaba con
que susurrase, fuese lo que fuese. En aquel instante yo rebosaba gratitud hacia
Alma. ¡Qué amiga tan buena, tan generosa, tan excepcional, que llegaba
incluso a desprenderse de sus propias armas de seducción —en este caso de
un par de zapatos— para ponerlas a la disposición de otra mujer que podía
llegar a ser, incluso, una rival!
Pero lo que sucedió aquella noche no guardaba ninguna relación con lo
que yo imaginaba mientras nos instalábamos en nuestra mesa.
XIII
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Terminada la primera parte comenzó el «cotillón» propiamente dicho.
Consistía el cotillón en el reparto de serpentinas y bolitas de papel que cada
cual accionaba como le parecía. A nuestra mesa correspondieron cuatro
serpentinas y una bolsa de bolas. Carlino creyó que la bolsa contenía algo
comestible y se hubiese comido todas las bolas si no le atajamos cuando
llevaba más que mediado el paquete. Cada uno de nosotros tiró una
serpentina. Con poca fortuna. Todas cayeron dentro del área de nuestra mesa,
una de ellas en la jarra de cup.
Y entonces sonó un gong. Todavía, cada vez que mi hermano o yo oímos
sonar un gong nos estremecemos.
Se paró la música y un sujeto con smoking anunció que iba a comenzar el
concurso de baile. Todas las parejas que deseasen inscribirse debían acercarse
al bar para apuntar sus nombres.
Un alegre bullicio acogió la noticia. Fueron muchos los asistentes que
corrieron a alistarse. Cada cual escogía su pieza predilecta, y la intensidad de
los aplausos del público había de ser lo que determinase el triunfo de los
vencedores.
Me agradó ver que Pedro no se movía de su sitio. No había bailado en
toda la noche, circunstancia que me proporcionaba una cierta tranquilidad
aunque, por otra parte, comenzase a abrigar nuevos temores. ¿Sería casado?
Yo en aquella época pensaba que los sagrados vínculos conyugales impedían,
a los hombres casados que asistían a los bailes, tomar parte activa en la fiesta.
Pero no pude pensar mucho sobre ello porque Arturo me informó, con
impresionante serenidad, que había apuntado nuestros nombres para participar
en el concurso de baile.
—Bailaremos la jota manchega —me dijo.
Sentí un escalofrío especial, un desasosiego físico que debe ser lo que los
alpinistas llaman «mal de montaña». Si Arturo me hubiese propuesto asaltar a
mano armada el Banco Nazionale, no me hubiese estremecido más.
La jarra del cup estaba vacía, y Arturo había dejado de ser el chico tímido
y poco sociable que yo había conocido durante los trece años precedentes.
Decididamente no voy a contar en detalle lo que fue aquello. Hay
recuerdos con un sabor tan ácido que no hay valor humano capaz de
evocarlos. Comprendo ahora muy bien lo que debió sentir Dickens cuando
tuvo que escribir la muerte de la pequeña Nell en su novela «Almacén de
antigüedades». Nell fue el trasunto literario de su amada Mary Hogart.
«Todas las antiguas heridas vuelven a sangrar —se quejaba a un amigo—
cuando pienso que deberé escribir eso». «Al pensar en esta triste historia me
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parece como si la pobre Mary hubiese muerto ayer». Algo análogo me sucede
en este momento. Las antiguas heridas sangran. Pero como no tengo el valor
que tuvo Dickens me limitaré a dar un sucinto resumen de los hechos.
En vista de que la orquesta no tenía a mano la música apropiada, en lugar
de la jota manchega tocó una zarda, pero este punto no cambió en nada el
desarrollo de la tragedia.
A medida que hacíamos denodados esfuerzos por salir adelante en el
difícil arte de la danza, más me afianzaba yo en mi creencia de que éramos
unos chicos especialmente dotados para el latín y la gramática. El público
sustentaba unánimemente el mismo punto de vista. Los zapatos de Alma no
hicieron más que empeorar las cosas.
Al principio no nos dimos cuenta exacta de lo que sucedía. Empeñados en
sacar el mejor partido posible de la situación, improvisábamos pasos extraños
y recorríamos la pista a pequeños saltos entre un sordo murmullo que al
principio tomamos por el rumor del mar. Pero no era el mar. Era la gente allí
congregada, que se reía a sus anchas. Debo decirlo todo, apurar hasta las
heces el amargo recuerdo. Pedro, con sus amigos —otros malvados como él
—, se sumaban al regocijo general.
Mas de pronto se produjo algo inesperado. Una voz potente, más potente
que las risas y que la zarda del demonio, resonó en el salón. Era una voz
entera, viril, como debió ser la de Josué cuando hizo detener el sol. A Arturo
y a mí nos pareció conocida, aunque no pudimos precisar a quién pertenecía.
—¡Fuego! —gritó la voz—. ¡Fuego! —repitió cuantas veces fueron
necesarias para sembrar la confusión en medio del festejo.
La gente comenzó a levantarse de las sillas y a huir del local. A los pocos
instantes todo fue silencio, soledad y pesadumbre.
—Vámonos a casa —dije a Arturo, cuando ya habíamos perdido la
esperanza de perecer entre las llamas, que era lo que verdaderamente
ansiábamos. Porque el caso fue que no había llamas por ninguna parte.
Entonces entró en el salón un personaje de sobra conocido para nosotros:
Williams. Al verlo comprendimos a quién pertenecía la voz que habíamos
querido reconocer, la voz animosa que había gritado fuego.
Se acercó a Arturo, y con serena autoridad lo llevó al lavabo y le metió la
cabeza debajo del chorro de agua fría.
—El señorito Arturo está un poco cansado —me informó con su
inalterable corrección.
—Sí —le contesté yo—. Se bebió todo el cup. Debe de ser delirium
tremens.
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Han pasado bastantes años de todo aquello. Ya dije antes cuánto nos
conturbaba a mi hermano y a mí la aparente injusticia del destino hacia un ser
tan perfecto como Williams. Más hoy, al cabo del tiempo, hemos
experimentado una de las sensaciones más reconfortantes de la vida: la
certidumbre de que las criaturas no están desamparadas y que al cabo cada
cual se lleva lo que merece. Si Williams sabía hacerlo todo tan bien, si frotaba
la plata con el mismo amor que ponía Benvenutto Cellini en cincelarla, su
virtud no podía ser estéril.
Entre la dotación de un barco que ha encontrado una masa de ámbar gris
flotando frente a las Azores se contaba Williams. Al principio recelamos si no
seria ya demasiado viejo; pero bien pensado, aun podía estar en edad de
navegar y de encontrar tesoros.
Cuando la fortuna aparece, como en este caso, flotando en medio del mar,
no hay que creer que se trata de un regalo caído del cielo sin ton ni son. Nada
de lo que cae del cielo cae sin ton ni son. Toda casualidad tiene un motivo, un
hondo y secreto motivo moral. La Providencia abandona a la deriva masas de
ámbar gris para que la fortuna llegue a manos de Williams, el criado que
hacía las cosas bien.
XIV
Pasaron los días y el agudo dolor del recuerdo se fue mitigando poco a
poco. Mi hermano y yo evitábamos toda conversación relacionada con la
danza y, desde luego, no volvimos a poner los pies en el casino. Para nosotros
era como si, en efecto, hubiese sido pasto de las llamas.
—Esta tarde estamos invitados a tomar el té en casa de Monseñor —nos
informó tante.
Monseñor vivía a las afueras de Anzio, en una quinte rodeada de huerta y
jardín. De vez en vez llegaba a casa algún cestillo con ciruelas o melocotones
que Benedicta Pía recibía con mucha reverencia.
—Son de la huerta de Monseñor —nos decía en voz baja, con esa voz que
se emplea para hablar en los templos.
Hacía tiempo que deseábamos conocer la tal quinta, de la que habíamos
oído innumerables ponderaciones, especialmente por parte de Benedicta, que,
como buena romana, sentía verdadera admiración por todo lo eclesiástico.
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Tante salía poco de casa, y cuando lo hacía, para ir de visita toda una
tarde, solía comenzar los preparativos desde la víspera. Dejaba instrucciones
de todo orden para el sinnúmero de hechos que pudiesen ocurrir
eventualmente en su ausencia. Para salir se vestía de un modo un poco
recargado, como las viejas señoras de provincias en Jueves Santo.
A las cinco de la tarde esperaba una carrozella en la puerta. Tante dio las
últimas órdenes y emprendimos la marcha.
A esa hora, el campo, sofocado por el sol, despedía un olor seco que no
lograba refrescar la brisa marina. El trote del caballo levantaba una nube
blanca de polvo, que tante esquivaba hábilmente con su sombrilla de «La
Ilustración Española y Americana».
A Arturo y a mí nos pareció el trayecto excesivamente corto. A los diez
minutos de camino el coche se detuvo ante una verja y el cochero se bajó para
tocar la campanilla. Desde dentro, sin que se viese quién accionaba la puerta,
se nos franqueó la entrada y avanzamos por una pequeña rampa sombreada
por enormes castaños.
El familiar de Monseñor, con paso diligente, nos salió al encuentro.
Subimos unos escalones y entramos en la casa.
Todo allí era limpio y reluciente como en un museo. Las persianas,
entornadas, y los blancos esteres, tiesos de almidón, tamizaban la luz al
extremo de que casi no nos veíamos las caras.
No tardó en entrar el propio Monseñor, al que ya conocíamos por haberlo
visto en casa. Nos saludó muy efusivo.
—Lo vais a pasar muy bien, amiguitos —nos dijo—. Ahora, después de
tomar el té, podéis correr por el jardín y por el huerto a vuestras anchas. Allí
hay algo que estoy seguro de que os gustará.
La promesa nos llenó de ilusión. ¿A qué podía referirse? ¿Qué puede
haber en un jardín que —desde el punto de vista de una dignidad de la Iglesia
— sea motivo de agrado para dos chicos? Después de ligeras deliberaciones
llegamos a la conclusión de que sería un columpio. Pero, como se verá más
adelante, no era un columpio.
La merienda transcurrió en un clima mucho más ameno de lo que
habíamos pensado. Tante y Monseñor, lejos de hablar del Eclesiastés y del
libro de Job, como habíamos temido, departieron largo rato sobre la vuelta
ciclista a Italia, el circuito de Monza y otras competiciones deportivas, temas
en los que estaban mucho más fuertes de lo que esperábamos.
Terminada la colación o refrigerio —que era como Benedicta Pía llamaba
a las meriendas en casas de eclesiásticos—, Monseñor llamó al Padre
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Giuseppe, un curita joven y vivaz, que nos llevó al huerto.
Admiramos los árboles frutales, ponderamos las flores, todo ello muy
hermoso, pero que nos tenía sin cuidado porque lo que ansiábamos era ver
«aquello» de que Monseñor nos había hablado.
Junto a los invernaderos había una jaula y dentro de la jaula un animal
dormía pacíficamente. Verlo y reconocerlo fue cosa de un instante.
—¡Enrique!
—¡El perro del extraño rabo!
Nuestros pasos le habían despertado. Desperezándose se acercó a la tela
metálica que le incomunicaba con el mundo.
—Nos ha conocido.
—Mira cómo mueve la cola.
—¡La voz de la sangre! —comentó Arturo, dando a la frase un sentido
más amplio del que en realidad tiene.
El padre Giuseppe nos hizo un poco de historia:
—Este animalillo entró en el huerto una noche y el chico del hortelano lo
capturó con suma facilidad. ¡Como a Monseñor le gustan tanto los animales!
—ponderó el familiar, como si hablase de San Francisco de Asís.
Pero nuestro punto de vista en el asunto era diametralmente opuesto.
—¿Sabes lo que es un cuatrero? —me preguntó Arturo haciendo un
aparte.
—No.
—Es el nombre que se les da a los ladrones de ganado en la pampa
argentina.
Comprendí.
—¿Decimos que es nuestro? —consulté con Arturo.
—¡Naturalmente! El derecho romano ampara la propiedad particular.
Pero no nos valió ni el derecho romano, ni la benevolencia de Monseñor,
que estaba dispuesto a cedérnoslo. Tante zanjó el asunto haciendo una
encendida alabanza de la Providencia, que siempre disponía que las cosas
sucediesen del mejor modo posible.
Por segunda vez nos vimos cruelmente separados de Enrique, de aquel
perro que tenía un extraño rabo.
Cuando oscureció y no se podía estar en el jardín fuimos llamados al salón
y entonces se nos hizo una agradable propuesta. Unos días más tarde saldría
una expedición de muchachos que iría en autobús a visitar Assís. Monseñor se
ofrecía a apuntarnos. Contestamos aceptando. Tal como estaba nuestro
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espíritu, después del concurso de baile y de la reiterada pérdida de Enrique,
comprendimos que no sería mal sistema poner tierra por medio.
Antes de marcharnos quisimos pasar aún por aquel rincón del huerto
donde vivía Enrique. En la oscuridad de la noche brillaban sus ojillos vivaces.
Los nuestros, también.
—¡Habría sido tan amigo de Percival Jones! —exclamó Arturo con el
mismo tono empleado cierta noche por el cuervo de Poe—. Y para hacer más
patético el parecido, se alejó de allí repitiendo: ¡Nunca más! ¡Nunca más!
XV
Son muchos los lugares del mundo que pueden dejar una huella profunda
en el ánimo del viajero. Las bellezas de la naturaleza o del arte influyen, sin
duda, en el espíritu y le comunican diversas emociones. La sacudida violenta
que produce el jocundo verdor de Venecia o el recogido encanto de Santiago
de Compostela se reciben de golpe, como en un choque. El perfume místico
de Assís se filtra ligeramente, como algo ingrávido y vaporoso, como un
humo tenue y sencillo. No es la sensación de encontrar algo nuevo, sino de
recuperar algo perdido. Frente a los frescos de Giotto recibimos un hálito de
inocencia que a la vez es nuestra propia inocencia y toda la inocencia
humana, toda la albura de lo celestial.
Se baja por una larga cuesta, que ese día requemaba el sol inclemente de
la Umbría, hasta llegar a la basílica de San Francisco.
El fraile joven que pastoreaba nuestro grupo nos fue instruyendo por el
camino sobre lo que íbamos a ver, al tiempo que nos daba noticias de la vida
del Poverello. Estas noticias nos dieron la medida de nuestra incultura sobre
el santo, ya que ignorábamos que fuese en su tiempo lo que hoy llamaríamos
un muchacho de buena familia que se había hecho mendigo.
Visitamos la basílica, el claustro, los alrededores y volvimos a cenar muy
cansados. Pero no sólo cansados.
Después de ver los frescos candorosos de Giotto, de oír los suaves
milagros de San Francisco y percibir ese hálito de Paraíso tan penetrante que
emana de Assís, un cambio profundo se había efectuado en nuestras almas.
Las vanidades del mundo nos parecían de tan poca monta, los halagos y
honores del siglo ¡tan míseros al lado de la ejemplaridad franciscana!
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Los dos pensábamos lo mismo, pero Arturo fue el primero en formularlo,
cuando fuimos de visita a casa del Reverendo Pasquali, para el que teníamos
un encargo de tante.
El Reverendo Pasquali, dignidad importante en la Orden franciscana, nos
recibió después de corta antesala. Era un fraile gordísimo y enormemente
culto, que investigaba sobre los santos de la orden y reunía iconografía
especialmente de Santa Clara. El encargo de tante, del que nosotros éramos
portadores, consistía en una reproducción fotográfica de un grabado que
representaba a la santa. Agradeció el obsequio con esas muestras de gratitud
efusivas que tan bien saben hacer las personas gruesas, y que resultan en
cambio enormemente trabajosas para los delgados.
—¡Oh, mis queridos niños! —nos decía a cada momento, y se interesaba
vivamente por nosotros, por el resultado de los exámenes, por nuestras
impresiones de viaje y nos pidió noticias de tante y de nuestra familia de
Madrid. Al final, y dirigiéndose particularmente a Arturo, preguntó:
—Y decidme, ¿qué vais a ser cuando seáis mayores?
—Vamos a ser santos —respondió mi hermano.
Sí, lo teníamos decidido. Las penalidades pasadas, en nuestra nueva
existencia sólo podían tener un significado benigno: pruebas mandadas por la
Divina Providencia, pequeños escollos para que el camino de la santidad no
fuese todo él coser y cantar.
Al salir de Assís se había afianzado nuestra vocación. Ya en la carretera,
poco antes de llegar a Roma, Arturo me hizo participe de sus nuevas
reflexiones sobre el particular.
—Para ser santo no se necesita el bachillerato.
Dormimos en Roma y al día siguiente llegamos a Anzio, por la tarde.
Cenamos y pedimos permiso para salir a un cine que había al aire libre. Pero
no fuimos al cine. Tomamos otro camino, un áspero camino que Arturo
llamaba un atajo, entre espinos y yerbas olorosas. Había una luna pálida en
cuarto menguante que apenas clareaba el camino.
—Hay que correr para llegar a casa antes de que sea demasiado tarde.
Como caíamos al suelo cada seis pasos, pronto nuestros trajes parecían
harapos.
—No te importe —me animaba Arturo—, tampoco a San Francisco le
importó cambiar su manto bordado en oro por el sayal de mendigo.
Creo que tardamos casi una hora en arribar a la quinta de Monseñor, por
el lado oeste, que era por donde, según los datos de mi hermano, se
encontraban los invernaderos.
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Íbamos casi a tientas, rastreando. Arturo, de cuando en cuando, apoyaba el
oído en la tierra.
—¿Para qué haces eso?
—Lo hacen los comanches.
—Los comanches son paganos.
No lo volvió a hacer.
Al fin llegamos al punto final de la empresa. Yo fui la encargada,
haciendo escala en los hombros de Arturo, de saltar la tapia y penetrar en el
huerto. Enrique, cogido de improviso, se dejó envolver en la gabardina de
Arturo, mansamente.
—¿Tú crees —pregunté a mi hermano, cuando ya llevábamos mediada la
ruta de regreso— que es buen comienzo en el camino de la santidad robar un
animal?
—El que roba a ladrón…
—También es verdad.
Llegamos a casa y entramos por el sótano con objeto de tener una previa
entrevista con Williams. Tal como habíamos esperado, él se hizo cargo de
Enrique y lo instaló en un viejo pajar que no se usaba. Arturo y yo fuimos a
darle de comer y a despedirnos del recién llegado hasta el día siguiente.
—Buenas noches, Enrique —le dijimos—. Buenas noches, hermano perro
del extraño rabo.
FIN
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MERCEDES BALLESTEROS GAIBROIS (1913-1995) nació en Madrid,
estudió Filosofía y Letras y casó con el escritor Claudio de la Torre. Ha
estrenado varias comedias, una de las cuales, Las mariposas cantan, obtuvo el
premio «Tina Gascó».
La base de su obra literaria la constituyen sus novelas y los libros de humor,
que en ocasiones ha firmado con el seudónimo de «Baronesa Alberta». Entre
sus títulos destacan Así es la vida, Eclipse de Tierra —premio «Novela del
Sábado»—, Este mundo, La cometa y el eco, Verano, etc. También ha
obtenido varios premios de periodismo y cuentos.
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