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Capitanes Intrepidos, Rudyard Kipling

Capitanes intrépidos, escrita por Rudyard Kipling en 1897, es una novela de aventuras que sigue la historia de Harvey Cheyne, un niño malcriado que es rescatado por un barco de pescadores tras caer al mar. La obra, que refleja la vida de los pescadores en los Grandes Bancos del Norte, se basa en la investigación del autor sobre el tema, incluyendo visitas a puertos y conversaciones con marinos. A través de sus peripecias, Harvey experimenta un proceso de maduración y aprendizaje en un entorno desafiante.

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Capitanes Intrepidos, Rudyard Kipling

Capitanes intrépidos, escrita por Rudyard Kipling en 1897, es una novela de aventuras que sigue la historia de Harvey Cheyne, un niño malcriado que es rescatado por un barco de pescadores tras caer al mar. La obra, que refleja la vida de los pescadores en los Grandes Bancos del Norte, se basa en la investigación del autor sobre el tema, incluyendo visitas a puertos y conversaciones con marinos. A través de sus peripecias, Harvey experimenta un proceso de maduración y aprendizaje en un entorno desafiante.

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Escrita durante su periodo de residencia en Estados Unidos, Capitanes

intrépidos (1897) es la única novela de ambiente americano de RUDYARD


KIPLING (1865-1936) y fue precedida de una minuciosa tarea de preparación
que incluyó visitas al puerto de Boston y al pueblo pesquero de Gloucester,
amén de conversaciones con antiguos marinos, además del pertinente
trabajo documental, a fin de adquirir un sólido conocimiento de la vida de los
pescadores de los Grandes Bancos del Norte.
Libro clásico de aventuras y relato de iniciación, la obra narra las peripecias
de Harvey Cheyne, un niño malcriado e hijo de un multimillonario, que, tras
caer al mar desde la cubierta de un lujoso vapor, es recogido por un barco de
pescadores.

[Link] - Página 2
Rudyard Kipling

Capitanes intrépidos
ePub r1.0
Hechadelluvia 02.09.13

[Link] - Página 3
Título original: Captains courageous
Rudyard Kipling, 1897.
Traducción: J. Novo Cerro.
Ilustraciones: I. W. Taber.

Editor digital: Hechadelluvia


ePub base r1.0

[Link] - Página 4
Para el doctor James Conland
Brattleboro, Vermont

I ploughed the land with horses,


But my heart was ill at ease,
For the old sea-faring men
Came to me now and then,
With their sagas of the seas[0].

LONGFELLOW.

[Link] - Página 5
LA TRIPULACIÓN DEL WE'RE HERE

DISKO TROOP, capitán.

SALTERS TROOP, su hermano, llamado tío Salters.

JACOBO BOLLER, llamado por la tripulación Pensilvania (por el Estado donde nació),
y a veces, abreviadamente, Penn o Penny. Procedía de las colonias alemanas que
todavía existen en ese Estado de la Unión. En los Estados Unidos se les llama
Pensilvania Dutch o Dutchy.

JACK EL LARGO, de sobrenombre Galway (por la ciudad de ese país donde nació), o
irlandés por su origen.

TOMÁS PLATT, llamado a veces Ohio, el nombre del barco de guerra de la marina de
los Estados Unidos donde sirvió muchos años.

MANUEL, pescador portugués.

MAC DONALD, cocinero negro, a quien muchas veces se le apoda Doctor Dan (por
Daniel), hijo de Disko Troop, llamado a veces Danny.

HARVEY CHEYNE (hijo), llamado también Harve.

LUGAR DE LA ACCIÓN: El Gran Banco de Terranova.

TIEMPO DE LA ACCIÓN: Puesto que, según Disko Troop, hace cinco años de la
catástrofe de Johnstown, y ese hecho aconteció en mayo de 1889, se deduce que la
acción ocurre en el verano (hemisferio Norte) de 1894.

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[Link] - Página 7
OBSERVACIÓN

En todos los casos, el autor reproduce la pronunciación peculiar de cada uno de los
personajes, según la región de que provienen. El traductor no ha respetado esto, pero
ha tratado, en la medida de lo posible, de conservar los símiles marineros, la
repetición de vocablos o de frases; en una palabra, lo que caracteriza el lenguaje de
los héroes de Kipling, arrancados de la realidad viva.

[Link] - Página 8
Capítulo I

La gastada puerta abierta del salón de fumar dejaba pasar la niebla del Atlántico
Norte, mientras el gran barco de pasajeros se hundía y se elevaba, sonando su sirena
para avisar a los barquichuelos de la flota de pescadores.
—Ese chico, Cheyne, es la mayor molestia de a bordo —dijo un hombre cerrando
la puerta de un portazo—. No lo necesitamos aquí. Es demasiado desvergonzado.
Un alemán de pelo blanco extendió la mano para apoderarse de un sándwich y
farfulló mientras mordía:
—Conozco esa ralea. Abunda en Amériga. Siempre digo que deberrían permitir
la imporrtación libre de desechos de cuero para correas.
—¡Bah! Realmente, no es un mal muchacho. Merece más que se le compadezca
—comentó un neoyorquino arrastrando las palabras mientras estaba echado cuan
largo era sobre los almohadones—. Desde que era una criatura lo han arrastrado de
un hotel a otro. Esta mañana estuve hablando con su madre. Es una mujer
encantadora, que no cree que pueda manejarlo. Lo llevan a Europa a que termine su
educación.
Un señor de Filadelfia, acurrucado en un rincón, comentó:
—Su educación no ha empezado aún. Ese muchacho tiene doscientos dólares
mensuales para sus gastos. Él me lo ha dicho. Y todavía no ha cumplido dieciséis
años.
—Su padrre posee varrias líneas de ferrrocarril, ¿no es así? —preguntó el
alemán.
—Sí, y, además, minas, aserraderos y barcos. Tiene una casa en San Diego y otra
en Los Ángeles. Posee media docena de líneas de ferrocarril, como también la mitad
de los bosques de la costa del Pacífico, y deja que su mujer gaste el dinero —
prosiguió cansino el de Filadelfia—. Parece que el clima del oeste no le conviene. Se
pasa la vida viajando con su hijo y sus nervios, tratando de averiguar lo que puede
divertir a su vástago. Supongo que empieza en Florida, sigue por los Adirondacks,
Lakewood, Hot Springs, Nueva York y vuelta a empezar otra vez. La verdad es que el
muchacho no parece otra cosa que un empleado de hotel de segunda clase. Cuando
vuelva de Europa no habrá quien lo aguante.
—¿Por qué su viejo no se ocupa personalmente de él? —preguntó una voz.
—El padre se ocupa de hacer dinero. Supongo que no querrá que lo molesten.
Dentro de unos pocos años advertirá su error. Es una lástima, porque, a pesar de todo,
el muchacho no es malo en el fondo, si alguien se tomara la molestia de descubrirlo.
—Mit [1] un látigo, mit un látigo —gruñó el alemán.

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La puerta volvió a abrirse, y entró por ella un muchacho alto y esbelto, de cuya
boca colgaba un cigarrillo a medio consumir, y se apoyó en el quicio de la puerta. El
color amarillo de su piel no condecía bien con su edad: su mirada era una mezcla de
irresolución, atrevimiento y picardía, sin gran capacidad intelectual. Estaba vestido
con una chaqueta roja y pantalón corto del mismo color, zapatos para montar en
bicicleta y una gorra de ciclista echada hacia atrás. Después de silbar entre dientes al
observar la compañía, dijo con una voz ruidosa y de timbre muy alto:
—¡Vaya, qué niebla espesa hay! Se oye continuamente a los botes de los
pescadores aullando a nuestro alrededor. ¿No sería genial que chocáramos con uno?
—Cierra la puerta, Harvey —dijo el neoyorquino—. Cierra la puerta y quédate
afuera. No te necesitamos aquí.

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—¿Quién me impedirá quedarme? —repuso con toda intención—. ¿Pagó usted
mi pasaje, señor Martin? Creo que tengo tanto derecho a quedarme como el que más.
Recogió unos dados que había en un tablero de damas y empezó a pasárselos de
la mano derecha a la izquierda.
—Señores, esto es un rollo. ¿No podríamos echar una partida de póquer?
Nadie le respondió. Echó una bocanada de humo y tamborileó sobre la mesa con
unos dedos bastante sucios. Después extrajo un fajo de billetes del bolsillo, como si
fuera a contarlos.
—¿Cómo está tu madre hoy? —preguntó uno de los presentes—. No la vi durante
el desayuno.
—Supongo que estará en su camarote. Casi siempre se marea. Le voy a dar
quince dólares a la camarera para que la cuide. No bajo al camarote sino cuando es
estrictamente necesario. Siento algo raro cuando paso por el antecomedor. Bueno,
ésta es la primera vez que cruzo el Atlántico.
—No te disculpes, Harvey.
—¿Quién pide disculpas? Ésta es la primera vez que me embarco, y excepto el
primer día no me he sentido enfermo. No, señor.
Golpeó la mesa con el puño dirigiendo a su alrededor una mirada triunfante y se
mojó el dedo prosiguiendo el recuento de billetes.
—Bueno, se ve que eres un hombre de primera clase. Eso se ve en seguida —dijo
el de Filadelfia con un bostezo—. Llegarás a ser una de las personalidades notables
de este país, si alguien no te lo impide.
—Ya lo sé. Soy norteamericano, en primer, en segundo, en último y en todos los
lugares. Ya se lo demostraré cuando lleguemos a Europa. ¡Uff! Se me ha acabado el
cigarrillo. No puedo fumar esos fideos venenosos que vende el camarero. ¿Tiene
alguno de ustedes un cigarrillo turco legítimo?
En aquel momento entró el jefe de máquinas, rojo, sonriente y húmedo.
—¡Eh!, Mac —gritó Harvey entusiasmado—. ¿A qué velocidad vamos?
—Más o menos, a la misma de siempre —replicó seriamente—. Los jóvenes son
tan corteses como siempre al tratar con los que tienen más edad que ellos, y éstos se
esmeran siempre en apreciar esa cortesía.
Desde un rincón se oyó una suave carcajada. El alemán abrió su cigarrera y
ofreció a Harvey un cigarro largo de tabaco muy oscuro.
—Esto es lo mejorr parra fumarr, joven amigo mío. ¿Quierres probarlo? Te
sentirrás mejor que nunca —dijo el alemán.
Harvey encendió aquella cosa desagradable con una sonrisa, sintiendo que
empezaba a avanzar en la sociedad de los adultos.
—Haría falta algo más fuerte que esto para tumbarme —comentó Harvey, que
ignoraba lo que encendía.

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—Eso lo verremos en seguida —dijo el alemán—. ¿Dónde nos encontramos
ahora, señor Mactonal?
—Nos encontramos por aquí, más o menos, señor Shaefer —terció el ingeniero
—. Estaremos en el gran banco esta noche, pero, hablando en general, nos
encontraremos ya entre los barcos pesqueros. Desde el mediodía hemos atropellado
tres botes y hundido un barco francés, lo que me parece bastante, si ustedes no
piensan otra cosa.
—¿Le gusta mi purro, eh? —preguntó el alemán al ver los ojos de Harvey llenos
de lágrimas.
—Bien, pleno sabor —respondió el muchacho entre dientes—. Parece que
hubiéramos disminuido la velocidad. Creo que voy a salir a cubierta y a fijarme en el
mapa para saber la distancia.
—Yo harría lo mismo si estuvierra en su lugar —dijo el alemán.
Harvey se arrastró sobre el puente húmedo hasta la barandilla más próxima. Se
sentía muy desgraciado; vio al camarero de cubierta que recogía las hamacas y,
puesto que se había jactado ante él de no marearse nunca, su amor propio le indujo a
dirigirse al puente de segunda clase, a la popa, que terminaba como el caparazón de
una tortuga, y que se encontraba desierto. Se arrastró hasta el extremo, donde se
erguía el mástil del pabellón. Allí se retorció en una verdadera agonía, pues el cigarro
se confabulaba con las vibraciones de la hélice que parecían torturar su alma. Sentía
que su cabeza iba a estallar; chispas de fuego bailaban delante de sus ojos; como si su
cuerpo perdiera peso y sus talones flotaran en la brisa. El mareo le provocó un
desmayo: un movimiento del barco le arrojó por encima de la barandilla sobre la
cubierta en forma de caparazón de tortuga. Entonces, una ola grande y gris que
emergió de las sombras, por decirlo así, tomó a Harvey por un brazo y lo arrastró
lejos del barco: el gran desierto verde se cerró sobre él, mientras caía en un profundo
sueño. Le despertó el sonido de un cuerno, que le recordó el que llamaba a la comida
en una colonia de vacaciones en los Adirondacks [2], donde había pasado algún
tiempo. Lentamente empezó a recordar que era Harvey Cheyne, y que se había
ahogado en medio del océano, pero se encontraba demasiado débil como para
relacionar una cosa con otra. Un olor nuevo llenó sus narices; por sus espaldas sentía
correr un frío húmedo: estaba completamente empapado como en agua salada.
Cuando abrió los ojos, comprendió que se encontraba en la cima del mar, que corría
debajo de él en colinas de plata. Se encontraba echado sobre un montón de pescado,
mirando fijamente unas anchas espaldas, envueltas en un jersey azul. —Todo ha
acabado para mí— pensó el muchacho—; estoy muerto, y éste es el encargado de
llevarme.

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Suspiró y la figura volvió la cabeza, mostrando un par de pequeños anillos de oro,
semiocultos por un crespo pelo negro.
—¡Ah! ¿Te encuentras mejor ahora? —dijo—. Sigue así, echado, flotamos mejor
de esa manera.
Con un movimiento rápido de los remos llevó el bote a un mar sin espuma, donde
se elevó hasta una altura de más de cinco metros, sólo para caer en un profundo pozo
vidrioso. Pero esas hazañas de alpinismo no interrumpieron la charla de la figura del
jersey azul.
—Menos mal que te he pescado. ¡Eh! ¿Qué? Aunque mucho mejor que tu barco
no me pescara a mí. ¿Cómo te caíste?
—Estaba enfermo —dijo Harvey— y no pude evitarlo.
—Hice sonar mi cuerno justo a tiempo. Tu barco giró un poco. Entonces te vi
caer. ¡Eh! ¿Qué? Creí que la hélice iba a hacerte pedazos, pero flotaste, flotabas hacia
mí. Te pesqué como a un gran pez. Por esta vez, no te toca morir.
—¿Dónde estoy? —dijo Harvey, que no podía comprender que se hubiera
salvado, mientras permanecía en la embarcación.
—Estás conmigo en un bote. Me llamo Manuel. Soy del velero We’re Here, de
Gloucester. Vivo en Gloucester. Pronto nos darán de comer. ¡Eh! ¿Qué?

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Parecía tener dos pares de manos y una cabeza de hierro fundido, pues no
contento con soplar por una caracola, lo hacía de pie, mientras gobernaba el bote al
mismo tiempo, y lanzaba un sonido terrible a través de la niebla. Harvey no pudo
recordar ya que estaba echado, aterrorizado por los jirones de niebla. Le pareció oír
un cañón, un cuerno y gritos. Algo más grande que el bote, pero que parecía tener la
misma vivacidad de movimientos, se colocó al lado de ellos. Varias voces hablaron al
mismo tiempo: le dejaron caer en un agujero oscuro, donde unos hombres vestidos
con impermeables le dieron a beber algo caliente, le desnudaron y le acostaron. En
seguida se quedó dormido.
Cuando se despertó escuchó la campana del vapor llamando para el desayuno,
extrañándose de que su camarote hubiera disminuido de tamaño. Al volver la cabeza
vio lo que parecía ser una cueva triangular y estrecha, alumbrada por una lámpara que
colgaba de una gran viga. Una mesa de la misma forma, al alcance de su mano, se
extendía desde la proa hasta uno de los mástiles. En el otro extremo de aquel recinto,
detrás de una vieja estufa Plymouth, estaba sentado un muchacho de casi su misma
edad, de cara ancha y rojiza, y un par de traviesos ojos grises. Estaba vestido con un
jersey azul y llevaba altas botas de goma. En el suelo se encontraban varios pares de
la misma clase de calzado, una gorra vieja y algunos pares de gastados calcetines de
lana. De los catres colgaban varios trajes de tela impermeable, negros y amarillos. El
lugar estaba tan lleno de olores como un fardo lleno de algodón. Los trajes de hule
despedían un olor tan denso que formaba una especie de fondo a otros, como el de
pescado frito, la grasa quemada, la pintura, la pimienta y el humo del tabaco, aunque
todos ellos quedaban encerrados en un olor a alquitrán y agua salada. Harvey observó
con disgusto que su cama no tenía sábanas. Yacía sobre algo formado por pedazos
sucios de tela para colchones. Además, el movimiento de la embarcación no era el
propio de un vapor. Ni se deslizaba ni cabeceaba, sino que oscilaba hacia todos lados
de una manera tonta y sin ninguna dirección como un potrillo atado a un cabestro.
Hasta sus oídos llegaba el ruido del agua; el maderamen crujía y aullaba alrededor de
él. Todas estas cosas hicieron que suspirara con desesperación y que se acordara de su
madre.
—¿Te sientes mejor? —preguntó el muchacho haciendo gestos—; ¿quieres tomar
un poco de café?
Le trajo una taza llena y le agregó melaza para endulzarlo.
—¿No hay leche? —preguntó Harvey, echando una mirada alrededor de todas las
camas, como si esperara que allí hubiera una vaca.
—¡Qué va! —dijo el muchacho—. Tampoco es probable que la probemos hasta
mediados de septiembre. El café no es malo. Lo hice yo.
Harvey lo tomó sin decir una palabra; después el muchacho le entregó un plato
lleno de trozos de carne de cerdo, que Harvey devoró furiosamente.

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—He puesto a secar tu ropa. Creo que ha encogido un poco —dijo el muchacho
—. No es como la que utilizamos por aquí. Levántate a ver si te has hecho alguna
herida.
Harvey así lo hizo, pero no pudo decir que tuviera algo roto.
—Está bien —dijo el chico de todo corazón—. Vístete y vete a cubierta. Mi padre
quiere verte. Me llaman Dan. Ayudo al cocinero y hago a bordo todo lo que los
hombres consideran mu sucio para un adulto. No hay otro grumete a bordo desde que
Otto se cayó por la borda. Era holandés y sólo tenía veinte años. ¿Cómo pudiste
caerte con aquella calma chicha?
—No estaba tan calmado —dijo Harvey secamente—. Era una verdadera
tormenta y yo estaba mareado. Supongo que debí caerme por la barandilla en la que
me apoyaba.
—Hubo un poco de marejadilla ayer y anoche —dijo el muchacho—. Pero si
crees que eso era una tormenta… —silbó asombrado—, espera a que termine este
viaje. Pero aligera. Padre te está esperando.
Como muchos otros desdichados jóvenes, Harvey nunca en su vida había recibido
una orden escueta, nunca, por lo menos, sin una larga y a veces lacrimosa explicación
de las ventajas de la obediencia y de las razones de lo que se le pedía. La señora
Cheyne vivía en un temor perpetuo de acobardarlo, lo que tal vez fuese la razón de
que ella misma estuviera continuamente al borde de un ataque de nervios. Harvey no
podía comprender por qué había de apresurarse a satisfacer los deseos de otro hombre
y así lo manifestó abiertamente.
—Que baje tu padre, si tiene tantas ganas de hablar conmigo. Necesito que me
lleve a Nueva York inmediatamente. Se lo pagaré.
Dan abrió los ojos como platos en cuanto comprendió la magnitud y osadía de
aquella broma.
—Eh, padre —gritó por la escotilla—, dice que usted puede bajar aquí, si tiene
tantas ganas de hablar con él. ¿Ma oído?
La respuesta vino en la voz más profunda que Harvey hubiera oído jamás salir de
una garganta humana:
—Déjate de tonterías, Dan; tráelo aquí.
Conteniendo la risa, Dan arrojó a Harvey sus zapatos de ciclista, que habían
perdido su forma. En el tono de aquella voz que venía de cubierta había algo que
desarmaba la reconcentrada rabia de Harvey, que se consolaba a sí mismo, pensando
que hablaría poco a poco de su fortuna y de la de su padre, durante el largo viaje
hasta Nueva York. Ciertamente, su salvación le convertiría en un héroe entre sus
compañeros. Subió a cubierta por una escalera completamente vertical y se abrió
camino hasta la popa, donde un hombre de estatura mediana, ancho de espaldas y
cuidadosamente afeitado, estaba sentado en uno de los peldaños de una escalera que

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conducía a babor. Ya no soplaba el viento; el mar parecía una balsa de aceite,
distinguiéndose en el horizonte el velamen de una docena de embarcaciones de pesca.
Entre ellas se veían pequeñas manchas negras: los botes de los pescadores. La
embarcación, con una vela triangular en el palo mayor, oscilaba alrededor del ancla;
excepto un marinero en el castillo [3], que ellos llaman casa, no parecía haber nadie a
bordo.

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[Link] - Página 20
—Buenos días, mejor dicho, buenas tardes. Has dormido todo lo que da el reloj,
jovencito —fue el saludo.
—Buenos días —dijo Harvey. No le agradó que le llamasen jovencito. Por
haberse salvado de morir ahogado esperaba más simpatía. Su madre se sentía morir
cuando veía que se mojaba los pies, pero este marinero no parecía excitarse mucho
por ello.
—Venga, cuéntanos tu historia. Ante todo, ha sido providencial para todos.
¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? Algunos, con mu mala intención, sospechan que
de Nueva York. ¿Adónde te dirigías? Claro, nos da la espina que a Europa.
Harvey dijo su nombre, así como el del vapor, y contó brevemente la historia del
accidente, terminando por pedir que se le llevara inmediatamente a Nueva York,
donde su padre pagaría cualquier cantidad que se pidiera.
—¡Hum! —dijo el hombre recién afeitado, sin dejarse impresionar por el final del
discurso de Harvey—. No puedo decir que tengamos una idea mu favorable de un
hombre, o incluso de un muchacho, que se cae de un peaso vapor durante una calma
chicha. Y muchísimo menos cuando se disculpa diciendo que estaba mareado.
—No es ninguna disculpa —gritó Harvey—. ¿Cree usted que he venido a parar a
este sucio velero porque me divierte?
—Como no estoy enterado de la clase de diversiones que te gustan, jovencito, no
puedo decir eso. Pero si estuviera en tu lugar, no hablaría mal del velero que la
Providencia eligió para salvarte. En primer lugar, es un verdadero pecado. En
segundo lugar, me ofende. Soy Disko Troop, del We’re Here, de Gloucester, cosa que
pareces ignorar.
—No lo sé y no me importa —dijo Harvey—. Agradezco que me hayan salvado y
todo lo demás, como es natural. Pero quiero que usted entienda que cuanto más
pronto me lleve a Nueva York, tanto mejor se le recompensará.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Troop levantando una de las espesas cejas, que
protegía un ojo de mirada azul suave, pero desconfiada.
—Dólares y centavos —dijo Harvey, encantado, creyendo que iba a impresionarle
definitivamente—. Pago al contado —metió la mano en uno de los bolsillos y sacó la
tripa, lo que era su manera de mostrarse magnánimo—. Ha tenido el mejor día de su
vida cuando me sacó del agua. Soy hijo único de Harvey Cheyne.
—Suerte pa él —dijo Disko secamente.
—Si usted no sabe quién es Harvey Cheyne, ignora usted muchas cosas. Bueno,
que cambien de rumbo y que se den prisa.
Harvey creía que gran parte de la población de Estados Unidos discutía y
envidiaba la fortuna de su padre.
—Puede ser que lo conozca. O puede que no. Amaina, jovencito. Tienes la panza
llena de mis provisiones.

[Link] - Página 21
Harvey oyó una risita burlona de Dan, mientras aparentaba estar muy ocupado
con una vela, cerca de la popa. Se puso rojo de indignación.
—Le pagaremos eso también —dijo—. ¿Cuándo cree usted que estaremos en
Nueva York?
—Nunca toco el puerto de Nueva York. Tampoco Boston. Veremos Eastern Point
alrededor de septiembre. En cuanto a tu padre, lamento no haber oído hablar de él; es
posible que me dé diez dólares, después de todo lo que me cuentas. Aunque,
naturalmente, es probable que tampoco lo haga.
—¡Diez dólares! Oiga usted. Yo… —Harvey metió la mano en el bolsillo,
buscando el fajo de billetes. Todo lo que sacó fue un paquete de cigarrillos, casi
deshechos por la humedad.
—Eso no es moneda de curso legal y además es malo para los pulmones. Tíralos
por la borda, chico, y hazme otro juego de manos.
—¡Me han robado! —gritó Harvey profundamente enojado.
—Según eso, ¿tendrás que esperar hasta que encuentres a tu padre para pagarme?
—Ciento treinta y cuatro dólares… me los han robado —dijo Harvey, revisando
afanosamente los bolsillos—. Que me los devuelvan.
Un curioso cambio se operó en la cara de inmóviles rasgos del viejo Troop.
—¿Cómo podías tener, a tu edad, ciento treinta y cuatro dólares en los bolsillos,
jovencito?
—Era parte del dinero para mis gastos del mes —dijo Harvey, creyendo que eso
sería un golpe definitivo de efecto, lo que ocurrió… indirectamente.
—¡Oh! ¿Así que ciento treinta y cuatro dólares son parte del dinero para tus
gastos mensuales? ¿No recuerdas haberte golpeado la cabeza contra algo duro? ¿Por
ejemplo, contra uno de los soportes de la barandilla? El viejo Hasken, del East Wind
—Troop parecía estar hablando solo—, al salir por una de las escotillas, se fue de
cabeza contra el palo mayor. Tres semanas más tarde juraba y perjuraba que el East
Wind era un barco de guerra con patente de corso, y declaró la guerra a la isla Sable,
por ser posesión del rey de Inglaterra, basándose en que las rompientes se internaban
mucho mar adentro. Lo cosieron en un saco de dormir, del que sólo asomaban los
pies y la cabeza. Así pasó todo el resto del viaje. Ahora está en Essex, jugando con
muñecas de trapo. Harvey rechinó los dientes de rabia, mientras Troop seguía su
perorata, como si tratara de consolarlo:
—Lo sentimos mucho por ti, nos das mucha pena. Tan joven como eres. Creo que
vale más que no hablemos del dinero.
—¡Claro está, porque ustedes me lo robaron!
—Te está bien empleado. Nosotros te lo robamos, si eso te sirve de consuelo.
Ahora, hablemos del viaje de regreso. Suponiendo que pudiéramos hacerlo, que no
podemos, no estás en situación de volver a tu casa, y en cuanto a nosotros, acabamos

[Link] - Página 22
de llegar al banco para ganarnos el pan. Nosotros no vemos ni la mitad de cien
dólares al mes, y muchísimo menos para gastos particulares. Si tenemos buena suerte,
estaremos otra vez en casa alrededor de la primera semana de septiembre.
—Pero, pero… ahora estamos en mayo. Yo no puedo estar aquí sin hacer nada,
sólo porque usted necesita pescar. Le digo que eso es imposible.
—Mu cierto y mu justo. Mu justo y mu cierto. Nadie pretende que pases ese
tiempo sin hacer nada. Hay muchas cosas que tú puedes hacer, puesto que Otto se
cayó por la borda en Le Have. Sospecho que no pudo agarrarse bien durante una
tormenta que nos sorprendió por allí. De todas maneras, nunca regresó para negarlo.
Apareciste, como llovido del cielo, lo que es muy interesante para todos nosotros. Me
parece, sin embargo, que hay muy pocas cosas que no puedas hacer. ¿No es así?
—Puedo hacer que usted y su tripulación lamenten esto en cuanto lleguemos a
puerto —dijo Harvey con malísima intención, murmurando vagas referencias acerca
de los castigos que esperan a los que se dedican a la piratería, ante lo cual Troop casi
sonrió.
—Excepto hablar. Eso sí que sabes hacerlo. A bordo del We’re Here nadie te pide
que hables más de lo que tú mismo tengas ganas. Abre los ojos y ayuda a Dan a hacer
lo que se le mande y todo lo demás, y te daré, ya sé que no lo vales, diez dólares y
medio por mes, pagaderos al final del viaje. En total serán treinta y cinco dólares. Un
poco de trabajo te despejará la cabeza. Mientras tanto, puedes contarnos todo acerca
de tu papá, tu mamá y tu dinero.
—Ella está a bordo del vapor —dijo Harvey, cuyos ojos se llenaron de lágrimas
—. Lléveme en seguida a Nueva York. —¡Pobre mujer! ¡Pobre mujer! Sin embargo,
cuando estés de nuevo con ella, olvidará todo esto. Somos ocho hombres a bordo del
We’re Here. Si volviéramos ahora, serían más de mil quinientos kilómetros,
perderíamos la temporada de pesca. La tripulación no lo consentiría, aunque yo
estuviera dispuesto a hacerlo.
—Pero mi padre compensará esas pérdidas.
—Lo intentará. No dudo que lo intentará —dijo Troop—, pero la pesca de toda la
estación es el pan de ocho hombres. Y tú estarás más saludable cuando te reúnas con
tu padre en otoño. Vete a proa y ayuda a Dan. Como ya te he dicho, recibirás diez
dólares y medio, naturalmente, como el resto de la tripulación, al final del viaje.
—¿Quiere usted decir que tendré que limpiar cazos y platos y todas esas cosas?
—preguntó Harvey.
—Eso y muchas otras cosas más. No tienes derecho a quejarte, jovencito.
—¡No lo haré! —gritó Harvey, golpeando furiosamente la cubierta con el pie—.
Mi padre le dará a usted diez veces lo que vale este sucio cajón de pescado, si usted
me lleva, sano y salvo, a Nueva York. Además, usted ya tiene ciento treinta y cuatro
dólares míos a cuenta.

[Link] - Página 23
—¿Queeé? —preguntó Troop, cuyos duros rasgos fisonómicos se
ensombrecieron.
—¿Que cómo? Lo sabe muy bien. Además, pretende usted que yo haga trabajos
serviles. —Harvey estaba muy orgulloso de emplear el adjetivo tan adecuadamente
—. ¡Y hasta el fin del viaje! Le digo a usted que no lo haré. ¿Me entiende usted?
Troop observó sumamente interesado el extremo del palo mayor, mientras
Harvey, dando vueltas alrededor de él, pronunciaba su arenga.
—¡Calla! —dijo finalmente—, intento ver mi responsabilidad en este asunto. Es
una cuestión de buen juicio.
Dan se acercó ocultamente y asió a Harvey por el codo. —No sigas metiéndote
con mi padre de ese modo— rogó a Harvey—. Le has llamado dos o tres veces ladrón
y él no es hombre que aguante eso de nadie.
—¡No lo haré! —exclamó Harvey casi a gritos, sin preocuparse de los consejos
de Dan, mientras Troop meditaba todavía.
—Tu actitud no es agradable —dijo finalmente, bajando la vista hasta donde se
encontraba Harvey—. No te lo reprocho lo más mínimo, jovencito, así como tampoco
tú me lo reprocharás a mí, cuando se te haya pasado ese ataque de bilis. ¿Entiendes
bien lo que te digo? Diez dólares y medio por mes como segundo grumete a bordo
del velero, pagaderos al fin de la estación, por enseñarte y por recuperar tu salud. ¿Sí
o no? —¡No!— gritó Harvey—. Lléveme de vuelta a Nueva York o le demostraré…
Nunca recordó exactamente lo que ocurrió después. Estaba tirado al lado de la
borda, agarrándose la nariz, que sangraba, mientras Troop le contemplaba
serenamente.
—Dan —dijo a su hijo—, la primera vez que vi a este jovencito no me gustó
nada: cosas que se deben a los juicios apresurados. Nunca te dejes llevar por un juicio
apresurado. Lo siento por él, pues veo que está mal de la cabeza. No es responsable
de los calificativos que me ha aplicado, así como de sus otras afirmaciones, ni
tampoco de arrojarse por la borda, pues ahora estoy convencido de que se tiró él
mismo. Sé bueno con él, Dan, o te daré a ti el doble de lo que le he dado a él. Los
coscorrones aclaran la mente. ¡Deja que él mismo se quite todo eso de la cabeza!
Troop se dirigió solemnemente al castillo, donde descansaban él y sus hombres,
dejando a Dan que consolara a aquel desdichado heredero de treinta millones de
dolares.

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Capítulo II

—Te lo advertí —dijo Dan, mientras caían las gotas espesas y frecuentes sobre las
planchas de madera de la cubierta, oscuras y grasientas—. Mi padre no hace las cosas
a la ligera, pero te lo tenías bien merecido. ¡Vamos, qué disparate hablar así! —los
hombros de Harvey subían y bajaban acompasadamente, mientras trataba de ahogar
los sollozos—. Sé lo que te pasa. La primera vez que mi padre me pegó fue también
la última. Ocurrió durante mi primer viaje. Te hace sentir enfermo y solo. Lo sé.
—Así es —sollozó Harvey—. Ese hombre es un loco o está borracho, y… no
puedo hacer nada.
—No digas eso de mi padre —murmuró Dan—. Es enemigo de la bebida y…
bueno, él me dijo que tú estabas loco. ¿Cómo diablos se te ocurrió llamarle ladrón?
Es mi padre. Harvey se levantó, se secó la nariz y contó la historia del desaparecido
fajo de billetes.
—No estoy loco —terminó diciendo—. Sólo que tu padre nunca ha visto junto
más de un billete de cinco dólares, mientras que el mío podría comprar un velero
como éste todas las semanas, sin notar el gasto.
—No sabes cuánto vale el We’re Here. Tu padre debe de tener dinero a montones.
¿Cómo lo ganó? Padre dice que los locos no pueden contar una historia en serio.
Dímelo.
—Con minas de oro y otras cosas en el Oeste.
—He leído algo acerca de esa clase de negocios. ¿En el Oeste dices? ¿Anda por
ahí con una pistola y un poni, como en el circo? A eso le llaman el salvaje Oeste. He
oído decir que sus espuelas y sus sillas de montar son de plata maciza.
—Sí que eres tonto —dijo Harvey, a quien las observaciones de Dan divertían a
pesar suyo—. Mi padre no necesita caballos. Cuando tiene que hacer sus viajes,
utiliza su propio coche.
—¿Cómo? ¿De caballos?
—Un vagón particular para él, por supuesto. Supongo que habrás visto alguno en
tu vida, ¿no?
—Slatin Beeman tiene uno —dijo Dan midiendo cuidadosamente sus palabras—.
Lo vi en Boston. Tres negros lo preparaban para el viaje —Dan quería decir que
limpiaban las ventanillas—. Pero Slatin Beeman, el dueño de aquel coche, posee casi
todos los ferrocarriles del Estado de Long Island. También dicen que ha comprado
casi la mitad del Estado de New Hampshire, que ha construido un cerco alrededor de
su propiedad y la ha llenado con tigres, leones, osos, búfalos y caimanes. Slatin
Beeman es millonario. Sí, he visto su vagón, ¿y qué?
—Mi padre es lo que se llama un multimillonario. Tiene dos coches propios. Uno

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lleva mi nombre, el Harvey, y el otro el Constance, por mamá.
—Espera —le interrumpió Dan—. Mi padre nunca me deja jurar, pero supongo
que tú puedes hacerlo. Antes de seguir adelante di que te caerás muerto si no es
cierto.
—Naturalmente —respondió Harvey.
—Así no vale. Di: que me muera si no es cierto.
—Que me muera aquí mismo, si no es rigurosamente cierto todo lo que he dicho.
—¿También lo de los ciento treinta y cuatro dólares? Te oí cuando hablabas con
mi padre y temí que te fuera a tragar una ballena como a Jonás.
Harvey protestó hasta ponerse colorado. A su manera, Dan era un joven despierto;
al cabo de un interrogatorio de diez minutos, se convenció de que Harvey no
mentía… al menos no mucho. Además, se había comprometido con el más terrible
juramento que conocen los muchachos y sin embargo seguía viviendo, aunque su
nariz tenía un color rojo pronunciado, y seguía apoyado en la barandilla, contando
maravillas y más maravillas.
—¡Jo! —dijo Dan con un suspiro que le salió de lo profundo del alma, en cuanto
Harvey hubo acabado de hacer el inventario del coche que llevaba su nombre.
Entonces su ancha cara reflejó un sentimiento de maligna satisfacción—. Te creo,
Harvey. Por primera vez en su vida, mi padre ha cometido un grave error.
—Seguro que sí —dijo Harvey, meditando sobre una pronta venganza.
—Se va a volver loco. A mi padre no le gusta equivocarse en sus juicios —Dan se
reclinó y se palmeó el muslo—. No empeores el asunto poniéndote terco, Harvey. —
No quiero que me derribe otra vez de un golpe. Ya sabré saldar cuentas con él.
—No he conocido a ningún hombre que saldara cuentas a mi padre. Pero te
pegará otra vez, con toda seguridad. Cuanto más grande sea su error, más probable es
que lo haga. Pero, eso del oro y pistolas…
—Nunca dije una palabra acerca de pistolas —le interrumpió Harvey, que se
sentía todavía obligado por el juramento.
—Cierto, no has dicho una palabra acerca de eso. Dos coches particulares, uno
con el nombre de tu madre y otro con el tuyo. Doscientos dólares para gastos
particulares. ¡Y un golpe que te arrojó hasta la barandilla por no querer trabajar por
diez dólares y medio al mes! Ha sido la mejor pesca de la temporada —dijo Dan,
riéndose a carcajadas.
—Entonces, ¿tenía razón? —preguntó Harvey, que creía haber encontrado a
alguien que le tenía un poco de simpatía—. Estabas equivocado. La mayor
equivocación de todas las equivocaciones posibles. Sígueme o te ganarás una buena y
yo otra por ponerme de tu parte. Mi padre siempre me da a mí el doble por ser su hijo
y porque no le gustan los favoritismos. Supongo que tendrás una rabia loca contra él.
A mí me pasa lo mismo muchas veces. Pero es un hombre justo. Todos los tripulantes

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de los barcos de pesca lo reconocen.
—¿Eso te parece justicia? —dijo Harvey indicando su aplastada nariz.
—Eso no es nada. Deja que la pérdida de sangre te despeje un poco la cabeza. Lo
hizo por tu bien. Por otra parte, no puedo ser amigo de alguien que cree que él o yo o
cualquiera de los tripulantes del We’re Here es un ladrón. De ninguna manera somos
ratas de muelle, sino pescadores, y hemos navegado juntos durante más de seis años.
No te equivoques en ese punto. Ya te he dicho que mi padre no me deja jurar. Dice
que son palabras vanas y me castiga por ello. Pero si yo pudiera repetir lo que dijiste
sobre tu padre y de su fortuna, diría lo mismo de tus dólares. No sé lo que tenías en
tus bolsillos cuando puse a secar tu ropa, porque no me fijé. Pero puedo decir, usando
las mismas palabras que acabas de pronunciar, que ni mi padre ni yo sabemos nada de
ese dinero. Y éramos las únicas personas a bordo. ¿Vale? ¿Qué te parece?

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Ciertamente, la hemorragia nasal había aclarado las ideas de Harvey, aunque es
probable que la soledad del mar tuviera tambien algo que ver con ello.
—Está bien —dijo. Bajó la vista confundido—. Me parece que para una persona a
quien acaban de salvar de morir ahogado, no me he portado como si estuviera muy
agradecido.
—Bueno, estabas bajo el influjo de lo que te había ocurrido y te pusiste a hacer y
decir tonterías —observó Dan—. De todas maneras, las únicas personas a bordo
éramos mi padre y yo. El cocinero no cuenta.
—Debería haber pensado que pude perder el dinero de otra manera —dijo Harvey
como si hablara consigo mismo—, en lugar de llamar ladrón a toda persona que se
pusiera por delante. ¿Dónde está tu padre?
—En el castillo. ¿Para qué lo quieres ahora?
—Ahora lo verás —dijo Harvey y se dirigió tambaleándose a los escalones que
conducían hasta allí, pues todavía no se le había despejado la cabeza. Se detuvo junto
a la campana del barco, colgada frente al timón, delante del cual se levantaba la casa,
pintada de chocolate y amarillo. Troop estaba ocupado con un cuaderno de notas y
tenía entre las manos un enorme lápiz negro, al que daba, de cuando en cuando,
enérgicas chupadas.
—No me he portado del todo bien —dijo Harvey sorprendido de su propia
suavidad.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó el capitán—. ¿Te has metido con Dan?
—No, se trata de usted.
—Estoy aquí para escucharte.
—Bien, yo…, yo he venido para retirar lo que dije —continuó Harvey hablando
rápidamente—. Cuando se salva a un hombre de morir ahogado… —se le
atragantaron las palabras.
—¿Eh?, todavía haremos un hombre de ti, si sigues por ese camino.
—De ninguna manera debería insultar a la gente.
—Cierto y justo. Justo y cierto —dijo Troop mientras sus labios dibujaban lo que
podría considerarse como el espectro de una sonrisa.
—He venido a decirle que lo lamento mucho —otra vez tuvo que tragar saliva.
Troop, haciendo un esfuerzo, se levantó lentamente del cajón sobre el que estaba
sentado y extendió su enorme mano.
—Suponía que te iba a hacer mucho bien; esto demuestra que no estaba
equivocado en mis juicios —una carcajada reprimida llegó desde el puente hasta sus
oídos—. Es muy raro que me equivoque en mis juicios —aquella mano de gigante se
cerró sobre el brazo de Harvey, dejándole insensible hasta el codo—. Adquirirás un
poco más de fibra, antes de que hayamos terminado contigo, jovencito. No pienso
nada malo de ti por ninguna de las cosas que han pasado. No eras del todo

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responsable. Vete a lo que tienes que hacer, que nadie te hará daño.
—Estás completamente blanco —dijo Dan, cuando Harvey llegó nuevamente a
cubierta.
—No me lo parece —respondió Harvey poniéndose colorado hasta las orejas.
—No me refería a eso. Oí lo que decía mi padre. Cuando él asegura que no piensa
mal de un hombre, se ha entregado a sí mismo. No le gusta equivocarse en sus
juicios. ¡Ja! ¡Ja! Cuando mi padre se ha formado un juicio, antes arriaría la bandera
delante de los ingleses que cambiarlo. Me alegro de que se haya decidido por tomar
ese rumbo. Mi padre tiene razón cuando dice que no puede llevarte de vuelta a casa.
Aquí nos ganamos el pan. Dentro de media hora estarán de vuelta los hombres como
tiburones tras de una ballena muerta.
—¿Para qué?
—Para comer, claro está. ¿No te dice el estómago la hora que es? Tienes mucho
que aprender todavía.
—Supongo que sí —asintió Harvey tristemente, mirando los montones de cuerda.
—Es un primor —dijo Dan con gran entusiasmo, interpretando equivocadamente
la mirada de Harvey—. Espera hasta que se hinche nuestra vela mayor y nos
dirijamos a puerto con el cargamento completo. Aunque antes tendremos mucho que
hacer —e indicó con el dedo hacia la oscuridad, hacia la escotilla abierta entre los dos
mástiles.
—¿Para qué es eso? Está vacío —dijo Harvey.
—Tú y yo y unos cuantos más tendremos que llenarlo. Ahí se guarda el pescado.
—¿Vivo?
—Claro que no, primero tiene que estar muerto y quedar plano como una mesa y
hay que salarlo. En la bodega tenemos cien barriles de sal. Y no hemos hecho más
que empezar.
—¿Dónde están los peces?
—Dicen que en el mar; en los botes rogamos nosotros —respondió Harvey
repitiendo un refrán de pescadores—. Anoche llegaste tú con cuarenta de ellos.
Indicó con el dedo hacia un espacio cerrado con maderas en la borda.
—Tú y yo tendremos que hacer eso cuando haya terminado la pesca. Dios quiera
que se llenen los depósitos esta noche. He visto esta cubierta tapada con quince
centímetros de pescado, que había que limpiar. Seguimos trabajando hasta que creo
que nos abríamos a nosotros mismos en lugar de los pescados, de tanto sueño que
teníamos. Ahí vienen —Dan miró hacia afuera, donde se distinguían una docena de
botes que remaban en dirección al barco, sobre aquel mar brillante que parecía de
seda.
—Nunca he visto el mar desde tan bajo —dijo Harvey—. Es muy bonito.
El sol, que estaba entonces en su punto más bajo del horizonte, daba al agua una

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coloración purpúrea con destellos de oro en las crestas de las grandes olas,
adquiriendo tonos azules y verdosos en sus puntos más profundos. Parecía como si
cada embarcación de pesca atrajese hacia sí sus propios botes, mediante invisibles
cadenas. Las pequeñas figuras en cada uno de los botes remaban como si fueran
juguetes movidos por un mecanismo de relojería.
—Parece que han tenido suerte —dijo Dan, con los ojos semicerrados—. Manuel
ya no tiene sitio para un pez más. Parece un nenúfar flotando en aguas quietas.
¿Verdad?
—¿Quién es Manuel? No entiendo cómo puedes distinguirlo a esa distancia.
—Es el último bote hacia el Sur. Es el que te encontró anoche —dijo Dan
indicando la dirección con el dedo—. Manuel rema a la manera de los portugueses; es
imposible confundirlo. A la derecha está Pennsylvania: es muchísimo mejor de lo que
podría juzgarse por la manera como rema. Parece traer buena carga. Otra vez a la
derecha, fíjate lo bien que reman todos ellos, está Long Jack. Mira cómo tiene los
hombros: parece jorobado. Es de Galway, pero vive al sur de Boston, donde viven
casi todos, y como la mayoría de Galway son buenos en un bote. A lo lejos, hacia el
Norte, le oirás cantar dentro de un momento, está Tom Platt. Fue marinero en el viejo
Ohio, el primer barco de guerra de la marina de Estados Unidos que dobló el cabo de
Hornos. No habla de otra cosa, excepto cuando canta. Pero tiene mucha suerte
pescando. ¡Ahí está! ¿Qué te dije?
Un sonido melodioso llegó desde el bote situado al Norte, a través de las aguas.
Harvey oyó que alguien cantaba sobre los pies y manos frías de alguien, y después:

Bring forth the chart, the doleful chart,


See where them mountings meet!
The clouds are thick around their heads,
The mists around their feet. [4]

—Trae el bote lleno —dijo Dan riéndose—. Si empieza a cantar: ¡Oh capitán!,
quiere decir que está lleno hasta los topes.
La voz continuó.

And naow to thee, 0 Capting,


Most earnestly I pray.
That they shall never bury me
In church or cloister gray. [5]

—Ése es Tom Platt. Mañana te contará todo sobre el Ohio. ¿Ves aquel bote azul
detrás de él? Es mi tío, el hermano de mi padre. Si la mala suerte anda perdida por el
banco, seguramente él la encontrará. Mira lo suavemente que rema. Apostaría mi

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sueldo y la parte que me toca de las ganancias, a que algo le ha picado y que le ha
picado bien.
—¿Qué le ha picado? —preguntó Harvey, que empezaba a interesarse.
—Generalmente lo hacen las fresas, otras veces son las calabazas, si no son los
limones o los pepinos. La mala suerte de ese hombre es capaz de paralizarte. Ahora
subiremos el bote a bordo. ¿Es cierto lo que acabas de decirme que nunca has movido
una mano para trabajar en toda tu vida? Debes sentirte muy mal. ¿No es cierto?
—Intentaré hacer algo de todas maneras —repuso Harvey valientemente—. Sólo
que todo es tan terriblemente nuevo…
—Entonces agarra esa polea. ¡Ahí! ¡Detrás de ti!
Harvey asió una cuerda y un gancho de hierro que colgaba de uno de los estays [6]
del palo mayor, mientras Dan arrollaba otra que se ataba a algo que él llamaba
«perigallo», y que no era más que una combinación de poleas, mientras Manuel se
acercaba al velero. El portugués se sonreía de manera brillante, gesto que Harvey
aprendería a conocer más tarde. Con una horquilla de mango corto empezó a arrojar
el pescado en el depósito de cubierta.
—Doscientos treinta y uno —gritó.
—Dale el gancho —dijo Dan, y al oír esto, Harvey se lo entregó a Manuel. Lo
afirmó en un lazo en la popa del bote, agarró el pedazo de cuerda que le ofrecía Dan,
lo sujetó en la proa y subió al velero.
—¡Tira! —gritó Dan. Y Harvey así lo hizo, asombrándose de lo fácil que era
levantar el bote—. ¡Para! ¿Crees que es un pájaro que tiene su nido en el cruce del
camino? —dijo riéndose.
Harvey se detuvo, pues el bote se encontraba ya por encima de su cabeza.
—¡Más bajo! —gritó Dan, y mientras Harvey lo dejaba descender lentamente, el
primero lo inclinó con una sola mano, hasta que vino a quedar al lado del palo mayor
—. No pesan casi nada cuando están vacíos. Lo has hecho bastante bien para ser un
pasajero. Tienes mucho que aprender todavía como marinero.
—¡Ah! —dijo Manuel, extendiendo su mano morena—. ¿Estás mejor ahora?
Anoche, a estas horas, los peces trataban de pescarte. Ahora, tratas tú de pescarlos a
ellos. ¡Eh! ¿Qué?
—Le estoy muy… muy agradecido —farfulló Harvey. Metió la mano en el
bolsillo, pero recordó que, desgraciadamente, no tenía dinero para ofrecer. Cuando
conoció mejor a Manuel, el solo recuerdo del error que pudo haber cometido le hacía
asomar los colores a la cara y sentirse inquieto.
—No hay razón para que me lo agradezcas —dijo Manuel—. ¿Cómo podía dejar
yo que flotaras y flotaras, recorriendo todo el banco? Ahora, eres un pescador. ¡Eh!
¿Qué? Se inclinó rígidamente hacia adelante y hacia atrás para desentumecerse.
—Hoy no he limpiado el bote. Tuve demasiadas cosas que hacer. Danny, hijo,

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límpialo en mi lugar.
Harvey avanzó inmediatamente. Aquello era algo que bien podía hacer por el
hombre que le había salvado la vida. Dan le tiró un estropajo, y Harvey empezó a
limpiar, con poca destreza pero con mucha voluntad.
—Revisa los estribos. Sácalos. Se corren en esas ranuras —dijo Dan—.
Límpialos bien y ponlos aparte. Nunca dejes uno de ellos húmedo o sucio. Nunca
sabes cuándo te hará más falta. Aquí está Long Jack.
Una corriente de peces plateados voló desde el bote hacia el depósito de cubierta.
—Manuel, toma la polea. Yo me encargaré de las tablas. Harvey está limpiando el
bote de Manuel. El de Jack está encima de él.
Harvey levantó la vista de su trabajo y observó otro bote que se encontraba
exactamente por encima de su cabeza.
—Es como esos juguetes de cajas, que se meten las unas dentro de las otras. ¿No
te parece? —preguntó Dan, mientras colocaba un bote dentro de otro.
—Se desenvuelve como pez en el agua —dijo Long Jack, que era de Galway,
tenía barba gris y grandes labios, y se inclinaba de un lado a otro como lo había
hecho Manuel. Por la escotilla Disko gritó algo mientras los otros podían oír cómo
mascaba el lápiz.
—Ciento cuarenta y nueve y medio. Mala suerte para ti, Discobolus —dijo Long
Jack.
—Me estoy matando para llenarte los bolsillos. Pon que ha sido una mala pesca.
El portugués me ha derrotado.
Otro bote golpeó contra el costado del velero y más pescado fue a parar al
depósito.
—Doscientos tres. ¡Déjame ver al pasajero!
El que hablaba era un hombre aún más largo que el de Galway. Su cara tenía un
aspecto curioso, debido a una cicatriz que le cruzaba desde el ojo izquierdo al ángulo
derecho de la boca.
Como no encontraba otra cosa que hacer, Harvey se dedicó a limpiar todos los
botes en cuanto llegaban a cubierta; sacaba las tablas donde se apoyan los pies y las
colocaba en el fondo del bote.
—Lo hace muy bien —dijo el individuo de la cicatriz, cuyo nombre era Tom
Platt, y vigilaba con ojo crítico la actividad de Harvey—. Hay dos maneras de hacer
todas las cosas. Una de ellas es la de los pescadores: empezar por el fin y dejar todo a
medio hacer. La otra…
—La otra es lo que hicimos en el viejo Ohio —le interrumpió Dan, metiéndose en
el grupo de pescadores con una tabla con patas—. Sal de aquí, Tom Platt, y déjame
poner esto en su sitio —apretó uno de los extremos de la tabla en dos ranuras de las
amuras [7] y se agachó a tiempo para evitar un golpe del marinero.

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—Esto también lo hacíamos en el Ohio. ¿Ves, Danny? —dijo Tom Platt riéndose.
—Creo que le echaron mal de ojo, pues no llegó a puerto. Sé quién encontrará sus
botas colgando del palo mayor, si no nos deja solos. ¡Vete! Tengo que hacer. ¿No lo
ves?
—Danny, te pasas tirado todo el día, durmiendo sobre las cuerdas —dijo Long
Jack—. Eres el colmo de la desvergüenza. Estoy convencido de que antes de una
semana habrás echado a perder nuestro nuevo sobrecargo.
—Se llama Harvey, para que lo sepas —contestó Dan, que tenía en la mano dos
cuchillos de extraña forma—. Y para entonces valdrá más que cinco pescadores de
almejas de Boston —colocó artísticamente los cuchillos encima de la mesa, y admiró
el efecto, inclinando la cabeza.
—Creo que son cuarenta y dos —dijo una vocecilla fuera de la embarcación.
Se produjo un coro de carcajadas, cuando otra voz respondió:
—Entonces, al menos por esta vez, mi suerte me ha traicionado, pues creo que
son cuarenta y cinco.
—Cuarenta y dos o cuarenta y cinco. He perdido la cuenta —añadió la vocecilla.
—Son Penn y el tío Salters contando su pesca. Todos los días sucede lo mismo.
Esto es mejor que ir al circo. Fíjate en los dos.
—¡Subid de una vez! —gritó Long Jack—. Debe de estar muy húmedo ahí,
muchachos.
—Dijiste que eran cuarenta y dos —exclamó el tío Salters.
—Bueno, los contaré otra vez —dijo la voz humildemente.
—¡Paciencia, oh Jerusalén! —exclamó el tío Salters, retrocediendo.
—No puedo entender lo que ha inducido a un granjero como tú a embarcarse.
Casi me ha desfondado.
—Lo siento, señor Salters. Me embarqué debido a una enfermedad, una dispepsia
de origen nervioso. Usted mismo me lo aconsejó.
—¿Por qué no os ahogaréis tú y tu dispepsia en el abismo de la Ballena? —rugió
el tío Salters, que era un hombrecillo gordo—. ¿Ya estás otra vez? ¿Has dicho que
eran cuarenta y dos o cuarenta y cinco?
—Pues verá usted, señor Salters, lo he olvidado. Voy a contar de nuevo.
—No es que te parezca que fueran cuarenta y cinco. Tengo cuarenta y cinco —
dijo el tío Salters—. Cuéntalos bien, Penn.
Disko Troop salió del castillo.
—Salters, entra en seguida el pescado —dijo con tono autoritario.
—No nos eche usted a perder el espectáculo, padre —suplicó Dan—. Esos dos
acaban de empezar ahora.
—¡Válgame Dios! Los agarra con la horquilla uno por uno —aulló Long Jack,
mientras el tío Salters empezaba a trabajar furiosamente y el hombrecillo del otro

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bote llevaba la cuenta haciendo rayas con el cuchillo en la madera del bote.
—Esto fue lo que pesqué la semana pasada —dijo con una mirada acusadora,
indicando con el dedo la última marca.
Manuel hizo una seña a Dan, quien, inclinándose sobre la borda, amarró uno de
los extremos del bote, mientras el portugués hacía lo mismo del otro lado. Los demás
empezaron a tirar valientemente, levantando el bote con el hombre y todo lo que
contenía.
—Uno, dos, tres, cuatro…, nueve —dijo Tom Platt contando con su mirada
experimentada—. ¡Penn! Tú ganas.
Dan dejó que la cuerda corriera en la polea, y el granjero cayó sobre el puente, en
medio de un torrente de su propio pescado.
—¡Esperad! —rugió el tío Salters—. ¡Esperad, que me he equivocado en la
cuenta!
No tuvo tiempo de seguir protestando. Se le subió por la borda y le arrojaron
sobre cubierta lo mismo que a Pennsylvania.
—¡Cuarenta y uno! —exclamó Tom Platt—. ¡Derrotado por un granjero! ¡Vaya
un marinero estás hecho!
—No estaban bien contados —dijo arrastrándose fuera del depósito de pescado
—. Estoy deshecho.
Sus gruesas manos estaban hinchadas y había en ellas manchas de un color
purpúreo claro.
—Algunos encuentran todas las herramientas malas —dijo Dan como si se
dirigiera a la luna, que acababa de salir—. Aunque tengan que buscarlas
especialmente. Por lo menos así me parece a mí.
—Y otros —dijo el tío Salters— viven tan ricamente sin necesidad de trabajar y
se burlan de los que son de su propia sangre.
—¡A sentarse! ¡A sentarse! —exclamó una voz que todavía no había oído Harvey
a bordo. Disko Troop, Tom Platt, Long Jack y Salters se dirigieron hacia proa en
cuanto lo oyeron. El pequeño Penn se inclinó sobre sus redes de fondo y de pescar
bacalao, que estaban enredadas. Manuel estaba tirado cuan largo era sobre cubierta.
Dan entró en la bodega; Harvey le oía martillar en unos toneles.
—Es la sal —dijo cuando volvió—. En cuanto hayamos terminado de comer,
empezaremos a salar. Tom Platt y mi padre trabajan juntos; ya los oirás discutir.
Nosotros somos la segunda tanda: tú, yo, Manuel y Penn, la juventud y hermosura de
a bordo.
—¿Qué me importa eso? Tengo hambre.
—Dentro de un minuto habrán terminado de comer. ¡Sniff! Huele bien hoy. Padre
siempre embarca buenos cocineros que aguanten a su hermano. Ha sido buena pesca
la de hoy, ¿eh? —y señaló el depósito lleno de bacalao hasta arriba—. ¿Qué

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profundidad habéis tenido, Manuel?
La luna había empezado a rielar sobre las tranquilas aguas cuando los hombres
más mayores volvieron a popa. El cocinero no necesitó llamar a la segunda tanda.
Dan y Manuel bajaron por la escotilla y se sentaron a la mesa antes que Tom Platt, el
último y más parsimonioso de los viejos, hubiera acabado de limpiarse la boca con la
mano. Harvey siguió a Penn y se sentó frente a un plato de fritura de lenguas y
vejigas de bacalao, pedazos de carne de cerdo y patatas, una hogaza de pan caliente y
una taza de café negro y fuerte. Aunque tenían mucha hambre, esperaron, mientras
Pennsylvania rezaba. Entonces empezaron a tragar en silencio hasta que Dan tomó
aliento a poco de sorber su café y le preguntó a Harvey cómo se sentía.
—Bastante lleno, pero creo que todavía me queda sitio para otro trozo.
El cocinero era un tipo enorme, negro como el carbón, que se diferenciaba de los
hombres de su raza que Harvey había conocido en que no hablaba, contentándose con
sonrisas y movimientos de cabeza, con los que quería invitar a los pescadores a seguir
comiendo.
—¿Ves, Harvey? —dijo Dan golpeando con el tenedor sobre la mesa—, es como
yo te decía. Los hombres jóvenes y guapos de a bordo, como yo, como tú, Manuel y
Pennsy, somos la segunda tanda. Comemos después que han terminado los primeros.
Son peces viejos, pequeños y arrugados. Por eso se les sirve primero, cosa que no
merecen. ¿No es cierto, doctor?
El cocinero inclinó la cabeza en señal de asentimiento. —¿Sabe hablar?—
preguntó Harvey en voz muy baja. —Lo bastante para sus necesidades. No es que le
oigamos hablar mucho. Su lengua materna es un tanto curiosa. Viene del cabo
Breton, donde los granjeros hablan una especie de dialecto escocés de andar por casa.
Esa región está llena de gente de color, cuyos antepasados huyeron de Estados
Unidos durante la guerra civil. Todos hablan, como los granjeros de allí, una
jerigonza incomprensible.
—Eso no es escocés —dijo Pennsylvania—. Es galés. Por lo menos así lo he
leído en un libro.
—Penn lee muchas cosas. La mayor parte de lo que dice es cierto, excepto
cuando cuenta la pesca. ¿Eh?
—¿Cree tu padre lo que dicen acerca de la pesca sin contarlo él mismo? —
preguntó Harvey.
—Claro. ¿Para qué va a mentir un hombre por unos bacalaos más o menos?
—Había una vez un hombre que mintió acerca de lo que había pescado —dijo
Manuel—. Mentía todos los días. Decía siempre que había pescado cinco, diez,
veinticinco peces más de lo que era realmente.
—¿Dónde ocurrió eso? —preguntó Dan—. No era ninguno de nuestros
pescadores.

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—Era un francés de Anguille.
—Sí, pero esos franceses nunca cuentan. Es evidente por qué no saben contar. Si
algún día te encuentras uno de sus anzuelos blandos, comprenderás la razón, Harvey
—dijo Dan con profundo desprecio.

Always more and never less,


Every time we come to dress. [8]

Long Jack gritó a través de la escotilla, y al oírlo la segunda tanda abandonó la


mesa inmediatamente.
La sombra de los mástiles y de los aparejos, con la vela que nunca se plegaba,
oscilaba de un lado para otro en la cubierta, que se movía suavemente impulsada por
las olas, a la luz de la luna. La pila de pescado a popa parecía un chorro de plata
líquida. Disko Troop y Tom Platt se movían entre los barriles de sal. Dan entregó a
Harvey una horquilla y lo condujo hasta el otro extremo de la mesa, donde el tío
Salters tamborileaba impaciente con el mango del cuchillo. A sus pies tenía un barril
con agua salada.
—Con la horquilla pasas el pescado a mi padre y a Tom Platt. Ten cuidado de que
ése no te saque un ojo con el cuchillo —dijo Dan, metiéndose en la pila—. Yo pasaré
la sal. Penn y Manuel se encontraban en el depósito, con el pescado hasta las rodillas,
manejando el cuchillo. Long Jack, con un canasto a sus pies y las manos enguantadas,
se encontraba frente al tío Salters, mientras Harvey observaba la horquilla y el barril.
—¡Ahí va! —gritó Manuel, agachándose para recoger un pescado, agarrándolo
con un dedo debajo de una de las agallas y con otro por el ojo. Lo colocó en el
extremo de la mesa; brilló la hoja del cuchillo, al hacer un ruido como si desgarrase
algo: el pez, abierto de la cabeza a la cola, cayó a los pies de Long Jack.
—¡Ahí va! —gritó éste, haciendo un movimiento con su mano enguantada. El
hígado del bacalao cayó en el canasto. Otro movimiento y la cabeza y las entrañas del
animal salieron volando; el pescado vacío siguió hasta el tío Salters que resoplaba
estrepitosamente. Se oyó otro ruido como si desgarrara alguna cosa: la espina voló
por encima de las amuras. El pescado, descabezado, limpio y chato, cayó en el barril,
haciendo saltar el agua salada en la boca de Harvey, abierta por el asombro. Después
del primer grito, los hombres permanecieron en silencio. El bacalao se movía a lo
largo de la línea como si estuviera vivo; mucho antes de que Harvey hubiera dejado
de admirarse de la habilidad manual desplegada, estaba lleno el barril.
—¡Tíramelo! —gruñó el tío Salters, sin volver la cabeza, y Harvey empezó a
mandar los pescados en grupos de dos y tres por la escotilla.
—¡Eh! Utiliza la horquilla. ¡Tíralos juntos! —gritó Dan—. No los esparzas. El tío
Salters es el mejor estibador de la pesca que hay en toda la flota. Fíjate cómo lo hace.
Parecía como si aquel hombrecillo redondo estuviera empeñado en cortar hojas de

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una revista, tomándose todo el tiempo necesario para ello. El cuerpo de Manuel, un
poco inclinado, estaba inmóvil como si fuera una estatua, pero sus largos brazos
agarraban el pescado sin detenerse un instante. El pequeño Pennsylvania trabajaba
valerosamente, pero era fácil ver que carecía de la resistencia física necesaria. Una o
dos veces Manuel tuvo tiempo para ayudarlo sin interrumpir el suministro. Otra vez
el portugués aulló por haberse quedado prendido entre sus dedos un anzuelo francés.
Se fabrican de metal blando para poder darles forma nuevamente, pero a menudo
ocurre que el pez se escapa con él y es atrapado después en otra parte. Ésta es una de
las muchas razones por las que tripulantes de los barcos pesqueros de Gloucester
desprecian a los franceses.
Abajo, en la bodega, el ruido que producía la sal al frotársela sobre la carne, que
estaba viva pocas horas antes, parecía el zumbido de un molino: melodía de fondo
que se agregaba a la de los cuchillos en la mesa, al corte y la caída de las cabezas, los
hígados que caían en el barril y las entrañas que volaban por encima de las amuras, el
¡craash! del cuchillo del tío Salters quitando las espinas de cuajo y el golpe sordo que
producían los pescados abiertos cayendo en el barril.
Al cabo de una hora, Harvey hubiera dado todo el oro del mundo por un poco de
descanso; el bacalao fresco y húmedo pesa mucho más que lo que uno se puede
imaginar. Le dolía la espalda de pinchar pescado. Pero por primera vez en su vida
sintió que era un hombre en un grupo de ellos, dedicados al trabajo, de lo cual se
enorgulleció, prosiguiendo su actividad adustamente.
—¡Cuchiiillo! —gritó finalmente el tío Salters. Penn se encogió, jadeando, y
mientras Manuel arreglaba la pila para tener el pescado más cerca de la mano, Long
Jack se inclinó sobre las amuras. Silenciosamente, como si fuera una sombra,
apareció el cocinero, recogió un montón de espinas y cabezas y se fue.
—Colas y cabezas para el desayuno —dijo Long Jack mojándose los labios.
—¡Cuchiiillo! —repitió el tío Salters, blandiendo la herramienta plana que
utilizan los que estiban el pescado.
—Mira a tus pies, Harvey —gritó Dan.
Harvey vio media docena de cuchillos colocados en una pieza de madera cerca de
la escotilla. Los repartió entre los pescadores, colocando en su lugar los que se habían
desafilado.
—¡Agua! —gritó Disko Troop.
—El tonel está en la proa y el cazo a un lado. ¡Date prisa, Harvey! —exclamó
Dan.
Volvió en seguida con un tazón lleno de un líquido marrón que degustaron como
si fuera néctar y que aflojó las mandíbulas de Disko y de Tom Platt.
—Esto es bacalao —dijo Disko—. No son higos de Damasco ni lingotes de plata.
Te lo he dicho siempre que nos ha tocado navegar juntos.

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—Lo que debe haber sido seis o siete veces —respondió Tom Platt secamente—.
Una buena estiba es una estiba, sea como sea; hay una manera buena y otra mala de
hacerlo. Si tú hubieras visto cuatrocientas toneladas de hierro colocadas en…
—¡Eh! —gritó Manuel, reanudando su trabajo, sin detenerse hasta que el depósito
provisional de cubierta quedó completamente vacío. En cuanto el último pescado
bajó por la escotilla, Disko se retiró con su hermano. Manuel y Long Jack se
dirigieron a proa, y Tom Platt se detuvo sólo el tiempo suficiente para cerrar la
escotilla. Medio minuto más tarde Harvey oyó profundos ronquidos, mientras
observaba extrañado a Dan y Penn.
—Esta vez lo he hecho un poco mejor, Danny —dijo Penn, cuyos párpados se
cerraban de puro sueño—. Pero supongo que mi deber es ayudarte a limpiar.
—No lo consentiría por nada del mundo —dijo Dan—. Vete a dormir, Penn. No
tienes por qué hacer el trabajo de los grumetes. Harvey, trae un balde de agua. Penn,
lleva estos hígados al barril donde los guardamos antes de irte a dormir. ¿Podrás
mantenerte despierto el tiempo necesario? ¿Eh?
Penn se llevó el pesado canasto con los hígados de pescado y los arrojó en un
barril con tapa de bisagras que había junto al castillo de proa, y luego desapareció en
seguida del camarote.
Los grumetes tienen que limpiar después de salar, y además, les toca la primera
guardia en el We’re Here, si hace buen tiempo.
Dan limpió enérgicamente la mesa, la desarmó y la dejó para que se secara; luego
limpió los cuchillos ensangrentados con estopa y los afiló en una pequeña muela.
Harvey, siguiendo sus instrucciones, arrojaba las espinas y tripas por la borda.
En cuanto cayeron los primeros, un espectro de un color plateado claro se elevó
audazmente sobre las aguas aceitosas, produciendo un efecto horrible. Harvey
retrocedió gritando, pero Dan se limitó a reírse.
—Orcas —le explicó, pidiendo cabezas de pescado—. Saltan de esa manera
cuando tienen hambre. Su aliento apesta como una tumba. ¿Eh?
Llenó el aire un olor horrible a pescado podrido cuando se hundió aquel fantasma,
produciendo en el agua burbujas que parecían de aceite.
—¿No habías visto nunca a esos animales? Las verás a centenares antes que
termine el viaje. ¡Oye! Es bueno tener otra vez un muchacho nuevo a bordo, Otto era
demasiado viejo y además era holandés. Todo el día estábamos peleando. No me
hubiera preocupado de él si hubiera hablado en cristiano. ¿Tienes sueño?
—Estoy muerto de sueño —dijo Harvey cayéndose hacia delante.
—No puedes dormirte cuando estás de guardia. Levántate y fíjate si están
encendidas las luces de posición. Estás de guardia ahora, Harvey.
—¡Bah! ¿Qué es lo que puede ocurrirnos? La noche está muy clara. Zzzzz.
—Dice padre que es entonces cuando ocurren cosas imprevistas. El buen tiempo

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induce al sueño, y antes de que te des cuenta de ello, un barco de pasajeros te ha
cortado en dos. Después, diecisiete caballeros con botones de bronce en el uniforme
levantan la mano para jurar y perjurar que tus luces estaban apagadas y que había una
niebla muy espesa. Harvey, me caes bien, pero si cabeceas una vez más, voy a
despertarte con una soga.
La luna, que hace ver muchas cosas raras en los bancos, iluminó a un joven
esbelto con bombachos y jersey rojo que se tambaleaba al correr por el encumbrado
puente de un velero de setenta toneladas, mientras otro muchacho corría detrás de él,
como si fuera un verdugo blandiendo una cuerda a la que había hecho varios nudos,
bostezando y cayéndose de sueño.
El azotado timón crujió suavemente, y la vela mayor se movió un poco llevada
por la suave brisa; aquella miserable procesión continuó. Harvey protestó, amenazó,
rogó y, finalmente, se echó a llorar. Dan, cuyas palabras se le trababan en la lengua,
habló de la belleza del deber cumplido mientras manejaba la cuerda, dando tantos
golpes a los botes como a Harvey. Por último, el reloj de a bordo dio las diez de la
mañana. En cuanto sonó la última campanada Penn subió a cubierta. Encontró dos
muchachos, desplomados uno sobre el otro, al lado de la escotilla principal, tan
profundamente dormidos, que tuvo que, literalmente, llevarlos rodando él mismo a
sus respectivos catres.

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Capítulo III

Aquél fue un sueño profundo de esos que aclaran la mente, los ojos y el corazón, y
después del cual uno se levanta con unas ganas furiosas de desayunar. Vaciaron en un
santiamén un gran plato de hojalata lleno de pescado, que el cocinero había guardado
la noche anterior. Limpiaron los platos y las tazas de los comensales de la primera
tanda, que ya habían salido a pescar, cortaron carne de cerdo para la comida del
mediodía, baldearon la cubierta, llenaron las lámparas de su provisión de
combustible, entregaron en la cocina el agua y el carbón y arreglaron la despensa
donde se guardaban las provisiones. Hacía un tiempo espléndido: claro y suave.
Harvey respiró a pleno pulmón aquel aire reconfortante.
Durante la noche se habían acercado otros veleros. Todo el ancho mar azul estaba
lleno de velas y de botes. A lo lejos, en el horizonte, el humo de algún barco de
pasajeros, cuyo casco era invisible, manchaba el azul profundo; hacia el Este, los
juanetes [9] de un gran velero producían un cuadrado blanco sobre él. Disko Troop
estaba fumando en cubierta, mientras con un ojo observaba los otros veleros que se
encontraban a su alrededor, y con el otro la pequeña vela que servía de veleta y estaba
colocada en el extremo superior del palo mayor.
—Cuando padre se pone a reflexionar de esa manera —dijo Dan en voz muy baja
—, está pensando por toda la tripulación. Apostaría mi jornal y la parte que me toca a
que pronto anclaremos en algún banco. Padre conoce el bacalao y sabe dónde
encontrarlo, y la flota también sabe que padre sabe. ¿Ves cómo se acercan uno a uno,
como si no buscaran nada especialmente, pero espiándonos? Ahí está el Prince
Leboo, de Chatham. Desde anoche, se está acercando furtivamente. ¿Ves aquel otro
que tiene un remiendo en la mayor y un nuevo foque? Es el Carrie Pitman, del oeste
de Chatham. No creo que conserve mucho tiempo las velas que tiene, a menos que
tenga mejor suerte que durante la temporada anterior. No hace gran cosa, excepto
dejarse llevar por la corriente. Con ese velero no hay ancla que aguante. Cuando mi
padre fuma y deja escapar el humo en espirales, como lo hace ahora, es que está
estudiando el bacalao. Si le hablamos se pondrá furioso. La última vez que lo hice me
tiró una bota a la cabeza.
Disko Troop miraba hacia adelante, la pipa entre los labios, sin ver nada. Como
había dicho su hijo, estudiaba el bacalao, equilibrando los hábitos migratorios de la
especie con su conocimiento y su experiencia del gran banco. Aceptaba la presencia
de los otros veleros como un cumplimiento a su capacidad. Pero como consideraba
que el homenaje era suficiente, quería alejarse y echar ancla donde estuviera
completamente solo, hasta que fuera tiempo de dirigirse a La Virgen y pescar en los

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estrechos de aquella ciudad flotante. Disko Troop pasó revista al tiempo que había
hecho en los últimos días, a las tormentas, a las corrientes, a la provisión de alimento
y a otras cuestiones caseras desde el punto de vista de un bacalao de diez kilos. De
hecho, durante casi una hora fue un verdadero bacalao, con el aspecto de uno de esos
peces. Después se sacó la pipa de la boca.
—Padre —dijo Dan—, hemos terminado nuestro trabajo. ¿Podemos salir en el
bote? El tiempo parece bueno para pescar.
—Que no salga con esa ropa de colorinches, ni tampoco con esos zapatos que
tienen un color como de pan mal tostado. Dale ropa apropiada.
—Padre está de buen humor. Con eso queda todo arreglado —dijo Dan
encantado, arrastrando a Harvey, mientras Troop recogía una llave—. Padre guarda
mi ropa de repuesto donde él pueda controlarla, pues madre cree que yo no la cuido.
Revolvió dentro de un armario y en menos de tres minutos Harvey estaba vestido
con botas altas de goma que le cubrían los muslos, un jersey azul muy espeso,
zurcido en los codos, y una chaqueta de tela impermeable.
—Ahora sí que pareces un pescador —dijo Dan—. ¡Apresúrate!
—Manténte cerca y no te alejes mucho —dijo Troop—, y no te dediques a visitar
toda la flota. Si alguien te pregunta lo que yo pienso hacer, di la verdad, pues no lo
sabéis.
A popa del velero se encontraba un bote rojo pequeño, que llevaba una
inscripción: Hattie S. Dan tiró de la amarra y se dejó caer suavemente, mientras que
Harvey se descolgó de una manera bastante complicada.
—Ésa no es manera de meterse en un bote —dijo Dan—. Si hubiera un poco de
oleaje seguro que te hubieras ido de cabeza al fondo. Tienes que aprender a hacerlo.
Dan colocó los toletes [10], se sentó en el banco delantero y se dedicó a observar
cómo trabajaba Harvey. Éste había remado, al estilo de las mujeres, en los lagos de
los Adirondacks, pero había una diferencia fundamental entre las embarcaciones que
utilizó allí, especialmente destinadas al deporte, y la actividad que se le exigía ahora.
No se movían del sitio y Harvey gruñía.
—¡Corto! Tienes que remar más corto —dijo Dan—. Si se te encalla el remo
vamos a volcar. ¿No es una maravilla? Es mío también.
El bote estaba escrupulosamente limpio. Tenía un ancla pequeña, dos depósitos de
agua y unas sesenta brazas de hilo de pescar muy fino. Debajo del banco de Harvey
había un cuerno de hojalata, un mazo de aspecto desagradable, un arpón y un bastón
corto de madera. Había un par de rollos de hilo, provistos de plomadas muy pesadas y
anzuelos dobles para bacalao, estaban colocados cuidadosamente a un lado del bote.
—¿Dónde está la vela y el mástil? —preguntó Harvey, en cuyas manos
empezaban a aparecer callos.
Dan se rió.

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—Los botes de pesca no llevan velas. Hay que remar, aunque no hace falta que
despliegues tanta energía. ¿No te gustaría que fuera tuyo?
—Supongo que mi padre me regalaría uno o dos si se lo pidiera —contestó
Harvey.
Hasta aquel momento había estado demasiado ocupado como para acordarse de
su familia.
—Claro. Olvidaba que tu padre es millonario. Aunque ahora no te comportas
como si lo fueras. Pero un bote y todo lo demás —Dan hablaba como si fuera una
ballenera—, cuesta un montón de dinero. ¿Crees que tu padre te lo regalaría como si
fuera un juguete?
—No me extrañaría nada. Sería casi lo único que no le he pedido hasta ahora.
—Pues debes ser un hijo muy caro de mantener. No manejes el remo así. El golpe
debe ser más corto, puesto que el mar nunca está enteramente tranquilo y puede
golpearte el remo de vuelta…
¡Bum! El extremo del remo golpeó a Harvey bajo la mandíbula, tirándolo hacia
atrás.
—Precisamente eso era lo que quería decirte. Yo también tuve que aprender, con
la única diferencia de que tenía ocho años cuando me dieron las primeras lecciones.
Harvey volvió a ocupar su puesto con la mandíbula dolorida y un gesto como si
estuviera profundamente ofendido.
—Padre dice que no vale la pena enojarse por estas cosas. Según él, es por
nuestra culpa si no sabemos manejarlas bien. Vamos a quedarnos aquí. Manuel nos
indicará la profundidad.
El portugués se encontraba a una milla de distancia, pero levantó tres veces la
mano cuando Dan puso verticalmente uno de los remos.
—Treinta brazas —dijo Dan, mientras fijaba una almeja salada en el anzuelo—.
Ponla como yo lo hago, Harvey, y que no se te enrede el sedal.
La de Dan estaba ya desde hacía tiempo en el agua, antes de que Harvey hubiera
aprendido a poner el cebo y arrojar las plomadas. El bote navegaba a la deriva
suavemente. No valía la pena anclarlo mientras no estuvieran seguros de encontrarse
sobre una región de pesca abundante.
—¡Ahí va! —gritó Dan, mientras caía sobre Harvey un diluvio de gotas,
provocadas por los desordenados movimientos de un enorme bacalao—. ¡El palo!
¡Está ahí mismo, Harvey, lo tienes debajo de tus mismas narices! ¡Rápido!
Evidentemente, al mencionar el palo, Dan no se refería al cuerno, por lo que
Harvey entregó a Dan el mazo. Su compañero atontó primero al pez con un golpe
dado científicamente y extrajo el anzuelo con el bastón corto, que él llamaba «palo
marinero». Luego Harvey notó un tirón en el sedal y empezó laboriosamente a
recogerlo.

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—¡Pero cómo! ¡Si son fresas! —exclamó—. ¡Mira!
El anzuelo tenía prendido un ramo de fresas, rojas por un lado y blancas por el
otro, perfectas reproducciones del fruto de la tierra, sólo que no tenían hojas, y que el
tallo estaba cubierto de légamo.
—¡No las toques! ¡Tíralas! No…
La advertencia llegó demasiado tarde. Harvey las había separado del anzuelo y las
admiraba.
—¡Ay! —gritó, pues le ardían los dedos como si hubiera tocado cardos.
—Ahora ya sabes lo que significa cuando decimos que el fondo está lleno de
fresas. Dice padre que excepto el pescado nada debe tocarse con las manos desnudas.
Golpéalas contra las amuras y tíralas por la borda y pon un nuevo cebo. De nada te
sirve que te mires las manos. Todo eso está incluido en el jornal.
Harvey sonrió al recordar sus diez dólares y medio por mes y se preguntó lo que
diría su madre si pudiera verle inclinado sobre la borda de un bote de pesca en medio
del Atlántico. Recordó que la buena señora sufría una verdadera agonía cada vez que
salía a remar por el lago Saranac, a propósito de lo cual se acordó de que él mismo
solía reírse de su ansiedad. De repente, el sedal pareció escapársele de entre las
manos, arrancando los círculos de lana que, supuestamente, debían detenerlo.
—Debe pesar mucho. Dale cuerda, según lo que pida —gritó Dan—. Yo te
ayudaré.
—No hace falta —repuso Harvey, mientras procuraba que no se le escapara el
sedal—. Es el primero que pesco… ¿Será una ballena?
—Posiblemente un halibut —Dan observó el agua y sacó a relucir el mazo, listo
para cualquier eventualidad. A través de las aguas verdosas se distinguía algo blanco
de forma ovalada—. Apostaría mi jornal y la parte que me toca a que ha de pesar más
de cien. ¿Tienes todavía ganas de sacarlo tú solo? Los nudillos de las manos de
Harvey sangraban por lugares donde se habían golpeado contra la borda; tenía la cara
con un color azul purpúreo, mezcla de excitación y de cansancio; le caía el sudor en
gruesas gotas y casi le cegaban las luminosas ondas que se formaban alrededor del
sedal. Los dos muchachos se cansaron antes de que pescaran definitivamente a aquel
halibut, que durante veinte minutos dominó al bote y a ellos. Pero, finalmente,
pudieron meterlo en la embarcación.
—Suerte de principiante —dijo Dan, secándose el sudor de la frente—. Pesa sus
cien libras.

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Harvey observó aquel enorme ejemplar marino de color gris moteado, con un
orgullo inexpresable. Muchas veces había visto aquel pez en los mostradores de
mármol, en las ciudades, pero nunca se había preocupado de averiguar cómo llegaba
hasta allí. Ahora lo sabía: todas las fibras de su cuerpo le dolían de fatiga.
—Si padre estuviera aquí —dijo Dan mientras recogía el sedal—, te diría lo que
significa todo esto. Los peces son cada vez más pequeños y tú has ido a pescar el
halibut más grande que podríamos encontrar en este viaje. ¿Te fijaste que la pesca de
ayer era toda de bacalaos grandes, pero ninguno de estos bichos? Si padre estuviera
aquí, te explicaría en seguida el porqué. Dice también que todo tiene su motivo en el
banco y que se puede interpretar mal o bien. Padre conoce muy bien estas aguas.
Mientras hablaba, alguien disparó una pistola en el We’re Here e izaron un saco
de patatas en el aparejo del trinquete.
—¿Qué te dije? Llama a toda la tripulación. A padre se le ha ocurrido alguna
cosa. De lo contrario, no interrumpiría la pesca a esta hora del día. Recoge los
sedales, Harvey. Tenemos que remar de vuelta.
El viento les favorecía sobre un mar tranquilo, cuando a una milla de distancia
sonaron gritos de socorro, procedentes de donde se encontraba Penn, cuyo bote
giraba alrededor de un punto fijo, como si fuera una gigantesca chinche de agua. El
hombrecillo se levantaba y bajaba con singular energía, pero al final de cada
maniobra su bote daba una vuelta y volvía a la posición anterior.
—Tendremos que ayudarle. De lo contrario es capaz de echar raíces aquí —dijo
Dan.
—¿Qué le pasa? —preguntó Harvey.
Para Harvey, éste era un mundo nuevo, donde no podía imponer sus normas a los
mayores, sino que tenía que preguntar humildemente. Además, el mar era
terriblemente grande y monótono.
—Se le ha enganchado el ancla. Penn siempre las pierde. En este viaje ya ha
perdido dos y eso que tenía fondo de arena. Padre dice que si pierde otras más, le dará
la piedra. Eso sería un tremendo disgusto para Penn.
—¿Qué es dar la piedra? —preguntó Harvey, que tenía una vaga idea, nacida de
la lectura de novelas, según la cual debía de ser un antiguo castigo, como hacer pasar
a un marinero por debajo de la quilla.
—Es una piedra grande que se utiliza en lugar del ancla. Naturalmente, es posible
ver siempre si un bote lleva una piedra en lugar de ancla. Toda la flota sabe lo que eso
significa. Le tomarían el pelo de una manera terrible. Penn se sentiría como un perro
al que atan una lata a la cola. Es tan sensible… ¡Hola! ¡Penn! ¿La has atascado otra
vez? No hagas nada. Acércate y mantén la caña de pescar derecha.
—No se mueve —dijo el hombrecillo jadeando—. No se mueve de ninguna
manera, a pesar de que he intentado todo lo posible.

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—¿Qué es eso que tienes en la proa? —preguntó Dan, indicando un armatoste
formado por remos e hilo de pescar, unido todo ello por una mano inexperta.
—¡Oh! ¿Eso? —dijo Penn muy satisfecho de sí mismo—. Es un cabrestante como
el que usan los marinos españoles. El señor Salters me enseñó a hacerlo, pero ni
siquiera eso ha conseguido mover el bote.
Dan se inclinó sobre la borda para ocultar una sonrisa; tiró una o dos veces de la
caña y el ancla empezó inmediatamente a producir el efecto deseado.
—Súbela, Penn —le dijo riéndose—, o se atascará de nuevo.
Se alejaron mientras Penn examinaba atentamente el ancla, cubierta de algas, con
sus grandes ojos azules, en los que brillaba una expresión patética y mientras se
deshacía en frases de agradecimiento.
—Ahora que me acuerdo de ello, Harvey —dijo Dan cuando se hubieron alejado
lo suficiente para que Penn no pudiera oírlos—, ese hombre no está del todo loco. De
ninguna manera es peligroso, aunque se le han reblandecido los sesos. ¿Lo entiendes?
—¿Es cierto eso o se trata de alguno de los juicios de tu padre? —preguntó
Harvey inclinándose para tomar los remos. Comprendía que empezaba a aprender a
manejarlos fácilmente.
—Esta vez padre no se ha equivocado. Es cierto que Penn está loco. Bueno, no
exactamente, mejor diría yo que es una manía inofensiva. Fue así (estás remando
bastante bien, Harvey)…, te lo voy a decir, pues tienes derecho a saberlo. Según
cuenta padre, en otro tiempo era predicador de la secta de los moravos y se llamaba
Jacob Boller. Vivía con su mujer y cuatro hijos, en algún punto de Pennsylvania. Un
día fue con toda su familia, seguramente en un campamento al aire libre, a una
reunión religiosa y se quedaron a pasar la noche en Johnstown. ¿Te suena el nombre?
Harvey reflexionó un momento.
—Sí, creo que sí. No sé de qué. Me suena igual que el Ashtabula [11].
—En las dos sucedieron graves catástrofes, por eso te suena. Aquella noche en
que Penn y su familia se quedaron en un hotel en Johnstown fue cuando la ciudad fue
arrasada. Se rompió un dique y toda la ciudad quedó inundada. Las casas chocaban
unas con otras y se hundían. He visto las ilustraciones que publicaron los periódicos:
son terribles. Penn vio que se ahogaba su familia antes de que pudiera comprender lo
que ocurría. En aquel momento se nubló su cerebro. Cree que algo le pasó a
Johnstown, pero por la salvación de su alma no puede recordar lo que es. Y ahora
vagabundea por ahí sonriendo y admirándose de todo. No sabía quién era o lo que
había sido. De esa manera tropezó con el tío Salters, que se encontraba de visita en la
ciudad de Allegheny. La mitad de la familia de mi madre está esparcida por toda
Pennsylvania. El tío Salters suele ir en el invierno. El tío Salters medio adoptó a
Penn; sabiendo de sobra lo que pasaba, lo trajo al Este y le dio trabajo en su granja.
—¿Cómo es eso? Oí el otro día que tu tío llamaba granjero a Penn, cuando

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chocaron los dos botes. ¿También tu tío Salters es granjero?
—¡Granjero! —exclamó Dan—. No hay agua suficiente entre el punto en que nos
encontramos y el cabo Hatteras para lavar el barro de sus botas. Es el eterno granjero.
Le he visto sacar un cubo de agua del mar cuando estaba anocheciendo, y empezar a
jugar con la espita del balde como si fueran las ubres de una vaca. Ya ves si será
granjero… Entre él y Penn hacían todo el trabajo de la granja, que creo que estaba
situada cerca de Exeter. Esta primavera el tío Salters se la vendió a un tonto de
Boston que quería construirse una casa de verano y le sacó un montón de dinero. Los
dos locos se dedicaron a vagabundear por los alrededores, hasta que la iglesia, a la
cual había pertenecido Penn, la de los moravos, encontró donde estaba y escribió al
tío Salters. Nunca supe lo que querían exactamente, pero lo cierto es que el tío se
puso furioso. Creo que pertenece a la iglesia episcopaliana, pero los puso verdes,
como si fueran baptistas. Dijo que él no entregaría a Penn a una maldita congregación
morava de Pennsylvania o de cualquier otra parte. Vino entonces a casa de padre,
llevando a rastras a Penn (eso fue ya hace dos años), diciendo que Penn tenía que
dedicarse a pescar por razones de salud. Supongo que se imaginó que los moravos no
vendrían al barco a buscar a su perdido hermano. Mi padre estaba conforme, pues el
tío había sido pescador durante más de treinta años, excepto el tiempo en que se
dedicó a inventar abonos patentados. Puso la cuarta parte del dinero necesario para
aquel viaje. A Penn le hizo tanto bien, que padre tiene ya la costumbre de llevarlo.
Dice padre que algún día se va a acordar de su mujer y de sus hijos y de Johnstown y
que entonces morirá. No se te ocurra mencionar esa ciudad o esas cosas a Penn, pues
el tío Salters es capaz de arrojarte por la borda.
—¡Pobre Penn! —dijo Harvey—. Viéndolos cómo discuten, no se me hubiera
ocurrido que el tío Salters cuidara de él.
—Yo también estimo mucho a Penn; a todos nos cae bien —dijo Dan—.
Debíamos haberle remolcado, pero antes quería contarte todo eso.
Se encontraban ahora muy cerca de la goleta, y los otros botes habían quedado un
poco más atrás.
—No es necesario subir los botes hasta después de la cena. Empezaremos a salar
en seguida. ¡Poned la tabla, muchachos!
—Más profundo que el Abismo de la Ballena —dijo Dan, mientras preparaba las
cosas para salar—. Fíjate en la cantidad de embarcaciones que se han acercado desde
esta mañana. Todos esperan a ver qué rumbo toma padre. ¿Lo ves, Harvey?
—A mí me parecen todos iguales.
Ciertamente para una rata de tierra las goletas que cabeceaban alrededor parecían
todas cortadas por el mismo patrón.
—Sin embargo no lo son. Aquel sucio, con bauprés alto, es la Hope of Prague. Su
capitán es Nick Brady, el hombre más canalla de todo el banco. Así se lo diremos en

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cuanto lleguemos a Main Ledge. Más allá se encuentra la Day’s Eye. Pertenece a los
Jeraulds. Es de Harwich. Tienen mucha suerte. Según padre son capaces de sacar
pesca de un cementerio. Aquellos otros dos son el Margie Smith, Rose y Edith S.
Walen, todos del mismo puerto que nosotros. Mañana veremos el Abbie M. Deering,
¿verdad, padre? Todas están dejando los bancos de Queereau para venirse aquí.
—No veremos muchas embarcaciones mañana, Danny —cuando Troop le
llamaba así, era porque estaba satisfecho—. Estamos demasiado apretados —dijo,
dirigiéndose a la tripulación, cuando estuvieron todos a bordo—. Dejaremos que
pongan una carnada grande y pesquen poco.
Miró el depósito; era curioso observar la poca altura que alcanzaba aquel día el
pescado. Excepto el halibut de Harvey, nada pasaba de cincuenta libras.
—Espero que cambie el tiempo —agregó.
—Pues tendrá que cambiarlo usted, Disko; no veo nada que me haga pensar que
variará —dijo Long Jack recorriendo el horizonte con la mirada.
Sin embargo, una hora y media más tarde, mientras estaban todavía ocupados en
la salazón, la niebla cayó sobre ellos «entre pez y pez», como acostumbran decir. Se
acercaba continuamente en jirones dando vueltas y esparciéndose en vapores sobre
las aguas incoloras. Los pescadores dejaron de salar sin decir una palabra. Long Jack
y el tío Salters soltaron el ancla, crujiendo el cabrestante mientras se arrollaba la
cuerda de cáñamo. Finalmente tuvieron que ayudar también Manuel y Tom Platt. El
ancla hizo un ruido como si se quejara y quedó en su sitio. La vela mayor se hinchó
cuando Troop la sujetó.
—Orza el foque y el trinquete —dijo el capitán.
—¡Suéltala! —gritó Long Jack, mientras aseguraba el foque. Los otros
desprendían la virola del trinquete, que hacían un alegre ruido como de cascabeles.
Crujieron las vergas de la mayor cuando el We’re Here quedó en posición favorable
al viento, cortando su proa la blanca espuma.
—Detrás de la niebla viene el viento —dijo Troop.
Todo era maravilloso para Harvey. Pero lo que sobrepasaba la capacidad de su
imaginación es que no se oía ninguna orden, excepto un gruñido de cuando en cuando
de Troop, que terminaba con «¡Eso está muy bien, hijo mío!».
—¿No has visto nunca levar un ancla? —preguntó Tom Platt a Harvey, que
miraba embobado la húmeda tela del trinquete.
—No. ¿Adónde vamos?
—Detrás del pescado y a anclar allí donde abunde, como verás muy pronto, antes
de que pases una semana a bordo. Ahora todo es nuevo para ti, pero la verdad es que
nosotros nunca sabemos con qué nos vamos a encontrar. Por ejemplo, mírame a mí,
Tom Platt. Nunca se me hubiera ocurrido…
—Es mucho mejor que catorce dólares al mes y una bala en la barriga —dijo

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Troop desde el timón—. No te des esos aires.
—Es mejor, si cuentas los dólares y los centavos —replicó el marinero—. Pero no
pensábamos en ello cuando manejábamos los cabrestantes del Miss Jim Buck, fuera
del puerto de Beauside, con el Fuerte Maçon cañoneándonos por la popa y una
tormenta deshecha mar afuera. ¿Dónde estabas tú entonces, Disko?
—Pues por aquí o los alrededores —contestó Disko—, ganándome el pan y
esquivando los barcos dedicados al corso. Siento mucho no poderme imaginar cómo
te metiste en esos trances, Platt. Supongo que saldremos con bien, que tendremos el
viento que necesitamos y que veremos otra vez Eastern Point.
Desde proa llegaba un ruido incesante de palmadas y parloteo que se mezclaba
con el martilleo de los chorros de espuma sobre el castillo de proa. Del aparejo caían
pegajosas gotas; los tripulantes recorrían la parte de la cubierta que estaba bajo el
viento, excepto el tío Salters, que en la escotilla principal se curaba las manos llenas
de picaduras.
—Creo que habría que desplegar más velamen —dijo Disko, echando una mirada
a su hermano.

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—Me parece que no serviría de nada. ¿Para qué? —repuso el granjero marinero.
El timón giró imperceptiblemente entre las manos de Disko. Unos segundos más
tarde una ola azotó transversalmente la embarcación, golpeó al tío Salters y le mojó
de pies a cabeza. Se levantó sacudiendo el agua y se dirigió hacia proa, consiguiendo
sólo que le pillara una nueva ola. —Padre le hace recorrer así toda la cubierta— dijo
Dan—. El tío Salters se cree que la cuarta parte que tiene metida en este negocio son
las velas y por eso las cuida. Ya van dos viajes que padre le hace lo mismo. ¡Vaya! Le
pega donde duele.
El tío Salters se había refugiado cerca del palo del trinquete, pero aun allí, una ola
le subió hasta las rodillas. La cara de Disko era tan inocente como el círculo de la
rueda del timón.
—Me parece que se moverá más fácilmente si hacemos lo que te decía, Salters —
dijo Disko como si no hubiera visto nada.
—Ponle tu foque volante —rugió la víctima, a través de un chorro de finas gotas
de agua—. Lo único que quiero es que no me eches la culpa, si pasa algo. Penn, vete
abajo y tómate el café. Deberías tener más sentido común y no andar por cubierta con
este tiempo.
—Ahora tomarán café y jugarán a las damas hasta el día del juicio —dijo Dan,
mientras el tío Salters acompañaba a Penn—. Me pregunto si estaremos así mucho
tiempo. No hay nada en el mundo más ocioso que una tripulación que no tiene nada
que pescar.
—Me alegro de que lo hayas dicho, Danny —gritó Long Jack, que estaba dando
vueltas buscando algo con que distraerse—. Me olvidaba completamente de que
tenemos un pasajero a bordo. No hay derecho de que esté sin hacer nada el que no
conoce todas las vergas. Tráelo, Tom Platt, y le enseñaremos lo que debe saber.
—Esta vez no me toca a mí —gruñó Dan—. Tendrás que arreglártelas tú solo.
Padre me enseñó con una cuerda en la mano.
Durante una hora, Long Jack hizo recorrer a su víctima toda la embarcación de un
extremo a otro, enseñándole las cosas que «todo hombre debe saber a bordo, sea
ciego, esté borracho o dormido».
El velamen de una embarcación de sesenta toneladas con un palo de trinquete no
es cosa muy complicada, pero Long Jack tenía el don de expresarse. Cuando deseaba
llamar la atención de Harvey sobre las drizas, lo hacía sujetando la nuca del
muchacho y concentrando su atención sobre ella durante medio minuto. Insistió en la
diferencia entre la popa y la proa, frotando la nariz de Harvey sobre el botalón. El
extremo de cada verga quedó fijado en la cabeza de Harvey mediante la punta de la
cuerda que Long Jack no soltaba de las manos.
La lección hubiera sido más fácil si la cubierta hubiera estado despejada, pero
parecía que allí había sitio para todo y para cualquier cosa, excepto para una persona.

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En proa se encontraba el cabrestante con su palanca, y las cuerdas de cáñamo,
obstáculos muy desagradables para saltar sobre ellos. Cerca de la escotilla se
encontraban la chimenea de la estufa y los depósitos, donde se guardaban los hígados
de los bacalaos. Más allá de éstos, hacia popa, estaba la escotilla principal, que
ocupaba todo el espacio que no era estrictamente necesario para las bombas y las
mesas de salar. Venían después los botes, el castillo y el botalón principal de unos
veinte metros de largo, con sus horquetas, que dividía todo longitudinalmente, debajo
del cual había que pasar, para lo cual era necesario agacharse.

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Naturalmente, Tom Platt no pudo evitar entrometerse: siguió aquella procesión,
dando largas e innecesarias descripciones de las velas y verga del Ohio.
—No te preocupes de lo que dice. Escúchame a mí, inocente. Tom Platt, esta
cáscara de nuez no es el Ohio. Lo único que haces es confundir al chico.
—Será un ignorante toda la vida si se le empieza a enseñar así —rogó Tom Platt
—. Dale una oportunidad de conocer algunos principios generales. Verás, Harvey. La
navegación de vela es un arte que yo te enseñaría si estuviéramos ahora en la cofa del
trinquete del…
—Ya lo sé. Hablarías hasta que el pobre estuviera muerto. ¡Silencio, Tom Platt!
Bueno; después de todo lo que te he contado, Harvey, ¿cómo izas el trinquete?
Tómate tiempo para responder.
—Tiraría de eso —respondió Harvey, indicando hacia sotavento.
—¿Qué es eso? Por la dirección que indicas debe de ser el Atlántico Norte.
—No, el botalón. Entonces agarro aquella cuerda, que usted me mostró allí
atrás…
—Eso no es forma de hacerlo —estalló Tom Platt.
—¡Silencio! El chico está aprendiendo y todavía no conoce bien los nombres.
Sigue, Harvey.
—¡Claro, es el rizo! Fijaría la polea en el rizo y luego bajaría…
—¡Baja la vela! ¡Chico! ¡Más bajo todavía! —exclamó Tom Platt, cuyo instinto
profesional sufría un verdadero martirio.
—Arriaría las drizas de arriba —prosiguió Harvey. Estos nombres se le habían
quedado grabados en la memoria.
—Pon la mano encima —dijo Long Jack. Harvey obedeció.
—La bajaría hasta que aquel nudo en la garra, no, se llama garrucho, quedase
sobre el botalón. Entonces la ataría como usted me dijo y levantaría nuevamente las
drizas. —Te has olvidado de los anillos de amura, pero con el tiempo aprenderás.
Existe una razón para cada verga que se encuentra en el barco. Si no fuera así, la
tiraríamos por la borda. ¿Comprendes lo que te digo? Estoy tratando de meterte
dólares y centavos en el bolsillo, polizón, para que cuando hayas aprendido, puedas
navegar de Boston a Cuba y decir que te lo ha enseñado Long Jack. Ahora,
recorreremos todo el barco. Yo diré el nombre de cada cosa y tú pondrás la mano
sobre ella.
Long Jack empezó. Harvey, que se sentía bastante cansado, se dirigía lentamente
a cada cosa que se le nombraba. Un golpe con una cuerda, que le dio en las costillas,
casi le deja sin aliento.
—Cuando seas dueño de un barco —dijo Tom Platt severamente—, podrás
pasear. Mientras tanto, corre en cuanto oigas una orden. ¡Hazlo otra vez, para que
estés seguro!

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Harvey estaba excitado con el ejercicio y la última parte le cansó realmente. Era,
sin embargo, un muchacho de gran viveza natural, hijo de un hombre de
excepcionales dotes intelectuales y de una mujer de gran sensibilidad. Poseía un
temperamento resuelto, que la condescendencia sistemática había convertido casi en
la obstinación de una mula. Observó a los otros hombres y se fijó en que nadie, ni
siquiera Dan, se reía. Evidentemente, aunque le hería en lo hondo, era el método
corriente a bordo. Tragó aquella advertencia con una boqueada y una mueca. La
misma inteligencia que desplegaba para aprovecharse de su madre le hizo ver que a
bordo nadie, excepto quizá Penn, permitiría la menor estupidez o abuso. Muchas
cosas se comprenden por el simple tono. Long Jack nombró una media docena de
cosas, mientras Harvey bailaba sobre el puente como una anguila a la que la marea ha
dejado en seco, sin apartar la mirada de Tom Platt.
—Muy bien. Muy bien hecho —dijo Manuel—. Después de comer te mostraré
una goleta, que he hecho yo, con todo el velamen completo. Así aprenderás.
—Lo has hecho de primera para ser… un pasajero —dijo Dan—. Padre acaba de
reconocer que pronto valdrás en sal lo que pesas, si no te ahogas antes. Eso es mucho
para que lo diga padre. Cuando nos toque la próxima guardia, te enseñaré más cosas.
—¡Más alto! —gruñó Disko, observando cómo la niebla se enredaba alrededor de
los palos. Tres metros más allá del botalón del foque no se veía nada, mientras
proseguía la larga y solemne procesión de pálidas olas que murmuraban y se besaban
las unas a las otras.
—Ahora te mostraré algo que Long Jack no sabe —exclamó Tom Platt, sacando
de un cajón un escandallo [12] batido y ahuecado por uno de los extremos, que rellenó
con grasa de carnero que sacó de un cuenco. Luego se dirigió a proa.
—Te enseñaré cómo volar la paloma azul. ¡Sooo!
Disko hizo algo con el timón para que disminuyera la velocidad de la
embarcación, mientras Manuel, con la ayuda de Harvey (un Harvey muy orgulloso),
arrió el foque sobre el botalón. El escandallo cantó una canción de bajo profundo
cuando Tom Platt lo hizo girar rápidamente.
—¡Date prisa! —dijo Long Jack, impaciente—. No nos encontramos más que a
veinticinco millas de distancia de Fire Island y en una niebla. No es ningún secreto
saber hacer eso.
—No seas envidioso, Galway.
La sonda fue volando a caer muy lejos del barco, por delante de la goleta, que
avanzaba lentamente.
—Largar la sonda es un arte, aunque algunos no lo crean —dijo Dan—, cuando
de ello depende el trabajo de una semana. ¿Qué profundidad calculas, padre?
Disko sonrió. Estaban en juego su habilidad y su honor en aquel rumbo que había
tomado alejándose de la flota, así como su reputación de marino experto que conocía

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a ciegas el banco.
—Serán sesenta, si no me equivoco —replicó mirando la brújula.
—Sesenta —exclamó Platt halando las agujas húmedas.
El velero adquirió velocidad otra vez.
—¡Iza! —exclamó Disko después de un cuarto de hora—. ¿Cuánto calculas? —
murmuró Dan y observó orgullosamente a Harvey.
Pero Harvey estaba engreído con sus propios triunfos como para dejarse
impresionar en aquel momento por los de otro.
—¡Cincuenta! —dijo su padre—. Sospecho que nos encontramos sobre el banco
verde, donde la profundidad es de cincuenta a sesenta.
—¡Cincuenta! —gritó Platt. Apenas podían verle a través de la niebla—. Estamos
apenas a un metro, como las granadas del Fuerte Maçon.
—Pon el cebo, Harvey —dijo Dan buscando hilo de pescar en el carrete.
La goleta parecía deslizarse a través de la niebla, mientras su vela delantera
oscilaba violentamente. La tripulación esperaba, observando cómo pescaban los dos
grumetes.
—¡Vaya! —exclamó Dan al sentir que su sedal era arrastrado por encima de la
batayola, llena de marcas—. Por todos los diablos, ¿cómo podría saberlo padre?
Ayúdame, Harvey. Se trata de un pez gordo.
Recogieron el hilo y echaron sobre cubierta un bacalao de ojos saltones, que
pesaba veinte libras. Se había metido el anzuelo hasta el estómago.
—¡Cómo! Está enteramente cubierto de cangrejos —exclamó Harvey, dándole
vuelta.
—¡Pon el gran Hook-Block! —dijo Long Jack—. Disko, más vale que eches una
mirada por debajo de la quilla.
Haciendo saltar un chorro de agua, bajó el ancla. Todos se dedicaron a pescar,
ocupando cada uno su puesto en las amuras.
—¿Se pueden comer? —preguntó Harvey, mientras sacaba otro bacalao cubierto
de cangrejos.
—Claro. Cuando están así de asquerosos es que han estado apiñados por millares,
y cuando muerden de esa manera, es que tienen hambre. No te preocupes de cómo
pones el cebo. Morderán el anzuelo aunque estuviera vacío.
—¡Esto es genial! —gritó Harvey subiendo otro, que abría la boca y salpicaba el
agua a su alrededor—. ¿Por qué no pescamos siempre desde aquí, en lugar de utilizar
los botes?
—Se puede hacer, hasta que empecemos a salar. Después, las cabezas y
desperdicios ahuyentarían a los peces hasta Fundy [13]. Se considera anticuado pescar
con los botes, a menos que se conozcan estos mares tan bien como padre. Creo que
esta noche pescaremos al arrastre. Esto es más duro para la espalda. ¿No es cierto?

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Era un trabajo como para romper todos los huesos de la espalda, pues en un bote
el agua aguanta el peso del pescado hasta el último momento, por lo que, por decirlo
así, el pescador se encuentra frente a él. Pero los pocos pies de altura de las amuras de
la goleta lo convierten en un peso muerto que hay que levantar. Por otra parte, la
continua inclinación sobre la borda producía calambres en el estómago. Pero era un
deporte excitante y furioso, mientras duró: un gran montón de pescado yacía sobre
cubierta cuando los peces dejaron de morder el anzuelo.
—¿Dónde están Penn y el tío Salters? —preguntó Harvey sacudiéndose el
impermeable de babas de bacalao y enrollando su sedal imitando cuidadosamente a
los otros.
—Vete a buscar un poco de café y fíjate.
Bajo la amarillenta luz de la lámpara, completamente inconscientes de la
existencia de peces o del estado del tiempo, estaban sentados los dos hombres con un
tablero de damas entre ellos. El tío Salters gruñía a cada movimiento de Penn.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó el primero, mientras Harvey en el primer peldaño
de la escalera llamaba a gritos al cocinero.
—Mucho pescado y lleno de cangrejos —dijo Harvey repitiendo las palabras de
Long Jack—. ¿Cómo va la partida?
Penn abrió la boca.
—No es culpa de él —replicó el tío Salters—. Penn es completamente sordo.
—Estaban jugando a las damas, ¿no es verdad? —preguntó Dan cuando Harvey
apareció a popa con el café humeante—. Eso nos quita el trabajo de baldear la
cubierta esta noche. Padre es un hombre justo. Tendrán que hacerlo ellos.
—Y dos jóvenes que yo conozco tendrán que poner carnada a una o dos tiras de
red de arrastre mientras ellos limpian —dijo Disko, fijando el timón.
—¡Vaya! Creo, padre, que prefiero limpiar.
—No lo dudo. Pero no lo harás. Hay que empezar a salar. Penn cortará mientras
vosotros dos ponéis el cebo.
—¿Por qué rayos esos dos malditos muchachos no nos avisaron que habíais
descubierto un banco? —dijo el tío Salters de mal humor mientras se colocaba en su
lugar a la mesa—. Dan, este cuchillo no corta ni manteca.
—Si no os despierta el ruido de la pesca, creo que sería mejor que tomarais un
chico para servicio exclusivo —dijo Dan, tanteando su camino en la oscuridad hacia
la red de arrastre que se extendía a barlovento del castillo—. ¡Harvey! ¿Por qué no
vienes y me ayudas a colocar el cebo?
—Hay que poner la carnada que haya —dijo Disko—. Creo que los restos
servirán muy bien para eso.
Quería decir que los muchachos debían utilizar como cebo los mejores pedazos
de las tripas del bacalao, lo que era mucho mejor que manejar con las manos

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desnudas los pequeños barriles de cebo. La red consistía en sedal, provisto de
anzuelos grandes por cada metro; era una verdadera hazaña examinar cada uno de
ellos, ponerle su correspondiente cebo y luego lanzarla desde el bote de tal modo que
se mantuviera separada de la embarcación. Dan trabajaba en la oscuridad, sin
necesidad de mirar, mientras que los dedos de Harvey se quedaban prendidos en las
púas de los anzuelos, por lo que lamentaba su suerte. Pero los anzuelos volaban en las
manos de Dan como el hilo en el regazo de una anciana que hace encaje.
—Cuando todavía no sabía caminar del todo, ya ayudaba a poner cebo en las
redes de arrastre —dijo—, pero de todas maneras es un asunto sucio. ¡Padre! —gritó
en dirección a la escotilla, donde Disko y Platt estaban dedicados a salar—. ¿Cuánto
cree que necesitaremos?
—Unos tres. ¡Daos prisa!
—Cada tonel de esos tiene trescientas brazas de red —explicó Dan—, lo
suficiente para tenernos ocupados toda la noche. ¡Ay! Se me ha resbalado —exclamó
metiéndose el dedo en la boca—. Te digo, Harvey, que no hay en todo Gloucester
dinero bastante para hacerme entrar a mí en un barco que se dedique exclusivamente
a la pesca de arrastre. Será muy moderno, pero prescindiendo de eso es la actividad
más idiota y monótona de toda la tierra.
—Yo no sé lo que es esto, si no es una red de arrastre —dijo Harvey secamente
—. Tengo los dedos deshechos de cortaduras.
—¡Bah! Éste es uno de los malditos experimentos de padre. No usa este sistema,
a no ser que tenga muy buenas razones para ello. Padre sabe mucho. Por eso pone el
cebo de esta manera. Cuando la recojamos, estará llena de pescado o no veremos ni
una aleta de pescado.
Penn y el tío Salters hicieron la limpieza, como Disko lo había mandado, pero de
poco les sirvió a los muchachos. En cuanto las redes estuvieron preparadas, Tom Platt
y Long Jack, que habían estado examinando el interior de un bote con una linterna,
las agarraron y las cargaron con algunas pequeñas boyas pintadas en la embarcación,
bajándola después al mar, que para Harvey estaba demasiado picado.
—¡Se ahogarán! —exclamó—. Ese bote está más cargado que un vagón de
ferrocarril.
—Ya volveremos —dijo Long Jack—. Si no nos esperáis, nos echaremos encima
de vosotros, y tendréis la culpa si se enmaraña la red.
El bote se elevó sobre la cresta de una ola y en el preciso momento en que parecía
que iba a estrellarse sobre el costado de la goleta, se deslizó sobre ella y desapareció
en la oscuridad.
—¡Quédate aquí y haz sonar continuamente la campana! —dijo Dan alcanzándole
la cuerda con la que se movía el badajo.
Harvey lo hizo con fuerza, pues comprendió que dos vidas dependían de él. Pero

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Disko, que estaba ocupado con el libro de bitácora, no parecía un asesino, y a la hora
de la cena sonrió secamente al ansioso Harvey.
—Esto no es mal tiempo —dijo Dan—. ¡Bah! Tú y yo hubiéramos podido colocar
esa red. Se han alejado sólo lo necesario para que no se enrede el cable. En realidad
no necesitan la campana.
—¡Clang! ¡Cling! ¡Clang!
Harvey siguió tañendo la campana durante una media hora, introduciendo de
cuando en cuando alguna variante en sus sones monótonos. En la borda se oyó que
alguien golpeaba. Manuel y Dan corrieron a buscar los bicheros; casi en seguida
aparecieron Long Jack y Tom Platt en cubierta, pareciendo que hubieran dejado a sus
espaldas la mitad del Atlántico Norte. Pronto les siguió el bote por los aires, que cayó
en cubierta ruidosamente.
—¡Muy bien hecho! —exclamó Platt—. Danny, llegarás a ser un excelente
marinero.
—Tendremos el placer de su compañía en el banquete —dijo Long Jack, mientras
se sacudía el agua de las botas, saltando como un elefante y pasando su brazo, que
todavía llevaba la tela de hule, por la cara de Harvey—. Somos tan condescendientes
que honraremos el segundo turno con nuestra presencia.
Los cuatro se fueron a comer. Harvey se infló de guiso de pescado y de pastel frío
y se durmió justo cuando Manuel sacó a relucir una maqueta bellísima, de unos dos
pies, del Lucy Holmes, el primer velero en el que se embarcó, y se disponía a
enseñárselo a Harvey para aleccionarle sobre las vergas. Harvey ni siquiera movió un
dedo, cuando Penn lo llevó a su litera.
—Qué triste debe ser. Debe ser muy triste —dijo Penn observando la cara de
Harvey— para sus padres, que creen que ha muerto. ¡Perder un hijo! ¡Casi un
hombre!
—Déjale, Penn —repuso Dan—. Vete a terminar tu partida con el tío Salters. Dile
a padre que yo me encargo de la guardia de Harvey, si él no manda otra cosa. Está
demasiado cansado.
—Bien hecho, chico —dijo Manuel, quitándose las botas y desapareciendo en las
negras sombras de una de las literas inferiores.
—Creo que llegará a ser un hombre de provecho. No me parece que sea tan loco
como decía tu padre, ¿eh?
Dan se rió, pero la carcajada terminó en un ronquido.
El tiempo era malo; la velocidad del viento tendía a crecer; los más viejos entre la
tripulación extremaron el cuidado durante sus horas de servicio. Las horas pasaron
tranquilamente en el castillo; los palos golpeaban y crujían al compás del mar; la
chimenea de la estufa salpicaba cada vez que entraba el agua por ella. Los muchachos
seguían durmiendo, mientras Disko, Long Jack, Tom Platt y el tío Salters, por turnos,

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iban a popa a vigilar el timón, hacia proa a fijarse si cedía el ancla o para soltar un
poco más de cable, observando al mismo tiempo la débil luz de posición.

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Capítulo IV

Harvey se despertó, el primer turno estaba desayunando, la puerta estaba rajada y


cada centímetro cuadrado de la embarcación entonaba su propia melodía. La negra
mole del cocinero se balanceaba, detrás del fogón, sobre la lumbre de la estufa, en la
tabla de madera perforada, donde se encontraban colgados los cazos y sartenes, que
vibraban y saltaban. El castillo se elevaba cada vez más arriba, suspirando,
meciéndose y temblando, para descender después rápidamente con un movimiento
ondulante parecido al de una hoz. Harvey podía oír cómo resonaba el maderamen de
proa, produciéndose una pausa antes que las aguas cortadas por la embarcación
cayeran sobre cubierta, como si alguien arrojase un balde de agua. A esto siguió el
sonido cansino del cable en el escobén [14], los gruñidos del cabrestante, una pequeña
desviación del rumbo, un movimiento como si la embarcación se aprontara a dar una
embestida y el We’re Here se preparaba para repetir todos aquellos movimientos. —
Si estuviéramos en tierra— oyó que decía Long Jack— tendríamos alguna cosa que
hacer, siempre hay algo que hacer, cualquiera que sea el tiempo. Aquí estamos lejos
de la flota, y nada tenemos que hacer, lo que es una bendición de Dios. Buenas
noches para todos.
Pasó de la mesa a su litera como si fuera una gigantesca serpiente y empezó a
fumar. Tom Platt siguió su ejemplo. El tío Salters, junto con Penn, se abrió camino
hasta la escalera, pues le tocaba guardia y el cocinero preparó la mesa para el
segundo turno.
Salió de sus literas, como los otros se metían en las suyas, estirándose y
bostezando. Comió hasta no poder más. Manuel llenó su pipa con alguna detestable
clase de tabaco, se aseguró entre el trinquete y una de las literas delanteras, puso los
pies encima de la mesa y dirigió una sonrisa indolente al humo. Dan estaba tirado en
su lecho cuan largo era, estirando un acordeón de colores chillones y llaves doradas,
cuya melodía seguía las cabezadas de la embarcación. El cocinero, que apoyaba la
espalda contra el armario, donde guardaba los pasteles (que tanto gustaban a Dan),
pelaba patatas, sin perder de vista la estufa, por si bajaba mucha cantidad de agua por
la chimenea. El olor y el aire espeso que reinaban allí, superaban cualquier
descripción.
Harvey estudió la situación; se extrañó de que no se enfermara y se metió de
nuevo en su litera, por ser el lugar más seguro y agradable, mientras Dan empezaba a
tocar No quiero jugar en tu patio, siguiendo la melodía original tan exactamente
como se lo permitían las terribles sacudidas de la embarcación.
—¿Cuánto tiempo durará esto? —preguntó Harvey a Manuel.

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—Hasta que se serene un poco el tiempo y podamos recoger la red. Tal vez sea
esta noche. Tal vez dure dos días más. ¿No te gusta? ¡Eh! ¿Qué?
—Hace una semana me hubiera vuelto loco, pero ahora no me molesta…
demasiado.
—Eso es porque en estos días te hemos convertido en pescador. En tu lugar,
ofrecería dos o tres cirios cuando llegase a Gloucester, por mi buena suerte.
—¿Ofrecer a quién?
—A la Virgen de nuestra iglesia en la colina, claro está. Ella es siempre muy
buena con los pescadores. Ésa es la razón por la que se ahogan tan pocos portugueses.
—¿Eres católico romano?
—Nací en la isla de Madeira. No soy de Puerto Rico. ¿Qué iba a ser? ¿Baptista?
¡Eh! ¿Qué? Siempre llevo dos o tres velas cuando llego a Gloucester. La santa Virgen
nunca se olvida de su Manuel.
—A mí no me parece que eso sea así —interrumpió Tom Platt desde su litera. Dio
una chupada a la pipa y encendió un fósforo, cuya luz iluminó la cicatriz de su cara
—. Está claro que el mar es el mar. Te pasará lo que deba ocurrir, lleves cirios o
petróleo, es lo mismo.
—Es bueno tener amigos en palacio —dijo Long Jack—. Pienso como Manuel.
Hace unos diez años estaba de tripulante en un barco mercante de Boston. Nos
encontrábamos frente a Minot’s Ledge con viento del nordeste, y ante todo, se nos
venía una tormenta espesa. El capitán estaba borracho, tocando con la mandíbula la
caña del timón. Me dije a mí mismo: «Si logro arrimar mi bote otra vez al muelle de
Boston les mostraré a los santos lo que es el agradecimiento». Bueno, como veis, aquí
estoy. Le di al cura la maqueta de la vieja y sucia Kathleen, que me costó hacer un
mes. El cura la colgó delante del altar. Es mejor ofrecer una maqueta, puesto que es
una obra de arte, que comprar un cirio. Puedes comprar cirios en cualquier tienda,
pero un modelo demuestra a los santos que estás agradecido, que has trabajado para
ellos.
—¿Crees tú eso, irlandés? —preguntó Tom Platt, dándose vuelta.
—¿Lo habría hecho, si no lo creyera, Ohio?
—Verás, Enoch Fuller hizo una maqueta del viejo Ohio, que ahora está en el
museo de Salem. Es muy bonita, pero no creo que Enoch lo hiciera como una
penitencia. A mí me parece que…
Así empezó una discusión que había de durar más de una hora, de la clase que
gusta a los pescadores, donde se habla dando vueltas alrededor de un círculo, sin que
al final nadie haya demostrado nada. Pero Dan los interrumpió entonando esta alegre
canción:

Up jumped the mackerel with his stripe’d back.


Reef in the mainsail, and haul on the tack; For it’s windy weather… [15]

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Al llegar a este punto, se le unió Long Jack:

When the winds begin to blow, pipe all hands together! [16]

Dan prosiguió, no sin echar una mirada de precaución hacia donde estaba Platt,
manteniendo el acordeón en posición muy baja, dentro de la litera:

Up jumped the cod with his chuckle-head,


Went to the main-chains to heave at the lead;
For it’s windy weather… [17]

Tom parecía estar buscando algo. Dan se agachó y cantó aún más alto:

Up jumped the flounder that swims to the ground.


Chuckle-head! Chuckle-head! Mind where ye sound! [18]

Una de las altas botas de goma de Platt voló a través del recinto, y fue a dar en
uno de los brazos de Dan. Desde que el muchacho descubrió que bastaba silbar
aquella melodía para ponerle furioso, existía una guerra abierta entre ellos. —
¿Pensaste que iba a darme?— dijo Dan devolviendo la bota con precisión matemática
—. Si no te gusta mi música, saca tu violín. No voy a pasarme todo el día aquí
oyendo cómo tú y Long Jack discutís acerca de velas y cirios. Toca el violín, Tom
Platt, o le enseño a Harvey esta canción.
Tom Platt se inclinó sobre uno de los cajones y sacó un violín blanco. A Manuel
le brillaron los ojos y de algún lugar detrás del palo del trinquete sacó una cosa
parecida a una guitarra, con cuerdas de metal, que él llamaba machette. —Es un
concierto— dijo Long Jack, con una sonrisa que se distinguió a través del humo del
recinto—. Un verdadero concierto, como los de Boston.

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Cayó un verdadero diluvio de gotas de agua al abrir Disko la escotilla, quien entró
llevando un impermeable amarillo.
—A tiempo, Disko. ¿Qué tal ahí afuera?
—Ya ves —dijo, mientras se caía sobre los cajones, impulsado por los
movimientos del barco.
—Vamos a cantar para poder digerir el desayuno. Tú, Disko, llevarás la voz
cantante —dijo Long Jack.
—Creo que no conozco más de dos canciones y las habéis oído ya.
Tom Platt interrumpió sus excusas, empezando a tocar en el violín una melodía
sumamente melancólica, que parecía el gemir del viento o el ruido que haría un
mástil al romperse. Con los ojos fijos en el techo, Disko entonó esta antiquísima
canción, mientras Platt daba vueltas alrededor de él e intentaba hacer coincidir en lo
posible la música con la letra:

There is a crack packet — crack packet o’ fame,


She hails from Noo York, an’ the Dreadnought’s her name.
You may talk o’ your fliers — Swallowtail and Black Ball—
But the Dreadnought’s the packet that can beat them all.
Now the Dreadnought she lies in the River Mersey,
Because of the tug-boat to take her to sea;
But when she’s off soundings you shortly will know

(Coro).

She’s the Liverpool packet — Lord, let her go!


Now the Dreadnought she’s howlin’ crost the Banks o’Newfoundland,
Where the water’s all shallow and the bottom’s all sand.
Sez all the little fishes that swim to and fro.

(Coro).

She’s the Liverpool packet — Lord, let her go! [19]

Siguieron cantando infinidad de estrofas, siguiendo el recorrido del Dreadnought


entre Liverpool y Nueva York, tan concienzudamente como si se estuviera en el
puente. Mientras tanto, el acordeón se hinchaba y el violín gemía. Tom Platt agregó
algo acerca del «duro y bruto M’Ginn, que haría entrar el barco en el puerto». Le
pidieron entonces a Harvey, que se sintió muy orgulloso por ello, que contribuyera
con alguna cosa a la diversión general, pero lo único que pudo recordar eran algunas
estrofas de El viaje del capitán Ireson, que le habían enseñado en una escuela de
vacaciones en los Adirondacks. Parecían muy apropiadas para el lugar y el momento,

[Link] - Página 67
pero apenas acababa de mencionar el título, cuando Disko golpeó enérgicamente el
suelo con el pie y exclamó:
—No sigas, chico. Todo eso es una gran equivocación, una de las peores, porque
además es una canción muy pegadiza.
—Debí habértelo advertido —dijo Dan—. Padre se enfurece cuando la oye.
—Pero ¿por qué? —preguntó Harvey sorprendido y algo ofendido.
—Todo lo que vas a decir —exclamó Disko—, todo es una gran equivocación, y
el culpable es Whittier. No tengo ninguna obligación de defender a los marineros de
Marblehead, pero, de todas maneras, la culpa no fue de Ireson. Mi padre me contó la
historia varias veces y puedo repetirla. —Por centésima vez— dijo Long Jack,
conteniendo el aliento.
—Ben Ireson era capitán del Betty, jovencito, y eso fue antes de la guerra de
1812, pero lo que es justo es justo, sea cuando sea. Se encontraron con el Active, de
Portland, al mando del capitán Gibbons, de la misma ciudad, con una vía de agua, a
la altura del faro del cabo Cod. Se había desencadenado una terrible tormenta, y el
Betty trataba de regresar lo antes posible. Bueno, Ireson se dijo que no tenía sentido
arriesgar un bote, tal como estaba el mar, pues tampoco habría fuerza humana capaz
de inducir a los marineros a hacerlo. Propuso a la tripulación mantenerse a poca
distancia del Active y esperar a que la tormenta amainara un poco. La tripulación se
negó a permanecer cerca del cabo Cod, con aquella tormenta, tuviera o no el otro
barco una vía de agua. Naturalmente, siguieron su rumbo, llevándose al capitán
Ireson. La gente de Marblehead se enojó muchísimo por haberse negado a correr el
riesgo. Además, al día siguiente, disminuyó algo la intensidad de la tormenta (nunca
se detuvieron a pensar que podía ocurrir eso) y un barco de Truro rescató a algunos
tripulantes del Active, que, en cuanto llegaron a Marblehead, contaron la historia a su
manera, diciendo que Ireson era una vergüenza para su ciudad natal, y toda la
consabida letanía. La tripulación de Ireson se atemorizó al ver el sentimiento público
contra ellos y le echaron la culpa al capitán, jurando y perjurando que Ireson era
responsable de aquel acto deshonroso. Tampoco es cierto que las mujeres de
Marblehead lo untaran de alquitrán y lo emplumaran; las señoras de Marblehead son
incapaces de tal cosa, fue un grupillo de hombres y de muchachos que lo sacaron a
pasear por la ciudad en un bote de pesca hasta que se desfondó e Ireson cayó al suelo,
diciendo que algún día sentirían lo que habían hecho. Bueno, la verdad salió a relucir
más tarde, como ocurre generalmente, demasiado tarde para que sea útil a un hombre
honrado. Vino Whittier y embadurnó con alquitrán y emplumó a Ben Ireson. Ésa fue
la única vez que Whittier se equivocó, aunque, para esa sola vez, el error fue bastante
grave. Ya se lo advertí a Dan, cuando volvió de la escuela cantando esa canción.
Naturalmente, tú no lo sabías, pero te cuento las cosas como ocurrieron realmente,
para que las recuerdes de aquí en adelante y para siempre. Ben Ireson no era la clase

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de hombre que Whittier da a entender. Mi padre le conocía muy bien, tanto antes
como después de ese asunto. ¡Cuídate mucho, jovencito, de los juicios temerarios!
Nunca había oído Harvey hablar tanto a Disko, por lo que se hundió en su litera
con las mejillas ardiendo. Pero Dan hizo notar que un muchacho sólo puede aprender
lo que se le enseña en la escuela y que la vida es demasiado corta como para estar al
tanto de todas las mentiras que circulan por la costa.
Entonces Manuel empezó a tocar aquel instrumento discordante y desagradable
que él llamaba machette y cantó algo en portugués acerca de una Nina, innocente,
que terminaba bruscamente con una fuerte sacudida. Después Disko brindó a la
compañía una segunda canción, una melodía extravagante y antigua, que todos
cantaron a coro. Ésta es una de las estrofas:

Now Aprile is over and melted the snow,


And outer Noo Bedford we shortly must tow;
Yes, out o’ Noo Bedford we shortly must clear,
We’re the whalers that never see wheat in the ear. [20]

Al llegar aquí, el violín siguió solo durante un tiempo, reiniciándose el canto otra
vez:

Wheat-in-the-ear, my true-love’s posy blowin,


Wheat-in-the-ear, we’re goin’ off to sea;
Wheat-in-the-ear, I left you fit for sowin,
When I come back a loaf o’ bread you’ll be! [21]

La canción emocionó a Harvey casi hasta las lágrimas, aunque no sabía


exactamente decir por qué. Pero fue aún peor cuando el cocinero dejó de pelar patatas
y extendió las manos para que le dejaran el violín. Apoyándose siempre en la puerta
del armario, tocó una melodía que trataba de algo malo que seguro sucedería y que no
es posible evitar, cualquier cosa que se haga. Después cantó en una lengua
desconocida, apoyando su fuerte mandíbula en el violín, mientras le brillaban los
globos de los ojos a la luz de la lámpara. Harvey salió de su litera para oír mejor.
Entre los crujidos de la madera y los golpes del agua sobre el casco, canturreaba una
canción melancólica, que parecía el ruido de la resaca, durante una niebla cerrada,
hasta que terminó con un lamento. —¡Por todos los santos! Me pone carne de gallina
— dijo Dan. —¿Qué diablos es eso?
—Es el canto de Fin M’Coul —dijo el cocinero—, cuando él iba a Noruega.
Su inglés no era torpe, sino claro y sonoro, como si proviniera de un fonógrafo.
—Por Dios, he estado en Noruega, pero nunca hice un ruido tan desagradable. Sin
embargo, suena como los antiguos cantos —dijo Long Jack suspirando.

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—Que no cante otra, sin que haya algo alegre entremedias —propuso Dan.
Empezó a tocar con el acordeón una melodía viva y pegajosa que terminaba así:

It’s six an’ twenty Sundays sence las’ we saw the land,
With fifteen hunder quintal,
An’ fifteen hunder quintal,
‘Teen hunder toppin’ quintal,
‘Twix’ old ‘Queereau an’ Grand! [22]

—¡Basta! —gritó Tom Platt—. ¿Quieres echar a perder este viaje? Eso es un
Jonás con toda seguridad, así que no lo cantes hasta que no hayamos mojado toda
nuestra sal.
—No es así. ¿No es cierto, padre? No, a menos que se cante el último verso. ¡No
puedes enseñarme nada acerca de Jonases!
—¿Qué es eso? —preguntó Harvey—. ¿Qué es un Jonás?
—Un Jonás es cualquier cosa que trae mala suerte. A veces es un hombre o un
grumete, o un cubo. Una vez conocí un cuchillo que fue un Jonás durante dos
travesías— dijo Tom Platt. —Hay toda clase de ellos. Jim Bourke era uno, hasta que
se ahogó. Nunca me hubiera embarcado con él, aunque estuviera a punto de morirme
de hambre. En el Ezra Flood había un bote pintado de verde. Era un Jonás de la peor
clase. Ahogó a cuatro hombres y de noche despedía una luz extraña.
—¿Y tú crees en eso?— preguntó Harvey, recordando lo que había dicho el
mismo Tom Platt acerca de los cirios y los exvotos.
—¿Acaso no sucederá lo que nos merecemos?
Por las literas se extendió un murmullo de disconformidad. —En tierra, sí, pero a
bordo pueden ocurrir muchas cosas— dijo Disko. —No empieces a burlarte de los
Jonases, jovencito.
—Bueno, Harvey no es ningún Jonás —interrumpió Dan—. Después de haberlo
recogido, todos los días hemos tenido una excelente pesca.
El cocinero levantó la cabeza y se rió repentinamente. Fue una carcajada extraña
y aguda.
—¡Maldición! —exclamó Long Jack—. No lo hagas otra vez, doctor. No estamos
acostumbrados.
—¿Qué tiene Harvey de malo? —dijo Dan—. ¿No es nuestra mascota y no hemos
tenido buena pesca desde que está a bordo?
—Sí —respondió el cocinero—. Ya sé eso, pero todavía no ha terminado la pesca.
—No nos va a hacer ningún daño —afirmó Dan acaloradamente—. ¿Qué quieres
decir con eso? No veo nada contra él.
—No. Pero un día, Dan, él será tu patrón.
—¿Eso es todo? —preguntó Dan plácidamente—. No lo será, de ninguna manera.

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—¡El patrón! —dijo el cocinero, señalando a Harvey—. ¡El criado! —añadió con
una inclinación de cabeza en dirección a Dan.
—Eso es algo nuevo. ¿Cuándo ocurrirá eso? —preguntó Dan riendo.
—Dentro de algunos años y yo lo veré. El patrón y el criado. El criado y el
patrón.
—Por todos los diablos, ¿cómo se te ocurre eso?
—Se me ocurre y basta. Lo saco de mi cabeza, donde puedo ver.
—Pero ¿de qué manera?
—No lo sé, pero así será.
Inclinó la cabeza y siguió pelando patatas, sin que fuera posible sacarle una
palabra más.
—Bueno —dijo Dan—. Ocurrirán muchas cosas antes de que Harvey sea mi
patrón. De todas maneras, me alegro de que el doctor no le haya tomado por un
Jonás. Sin embargo, creo que el tío Salters es el más Jonás de todos los Jonases, si se
tiene en cuenta su suerte especial. No sé si contagia, como la viruela. Debería estar en
el Carrie Pitman. ¡Por todos los santos! Creo que ese barco es capaz de hundirse en
una calma chicha.
—De todos modos, estamos muy lejos de toda la flota y también del Carrie
Pitman.
En aquel momento se oyó un ruido como si alguien golpeara en cubierta.
—Es el tío Salters y su suerte —dijo Dan cuando salió su padre.
—Se ha despejado la niebla —gritó Disko, y todos los pescadores abandonaron el
recinto para tomar un poco de aire fresco. La niebla había desaparecido, pero la mar
estaba gruesa, formando grandes olas. El We’re Here parecía deslizarse entre largas
avenidas o trincheras, que habrían hecho que se sintieran como si estuviesen en casa,
provocando una sensación de seguridad si hubieran estado inmóviles, pero cambiaban
sin descanso y sin misericordia, elevando la goleta hasta el pico más alto de mil
colinas grises, mientras el viento sacudía todo su velamen, al descender la
embarcación por la ola. Allá a lo lejos el mar estallaba en un torbellino de espuma, a
lo cual, como si fuera una señal convenida, seguían otros, hasta que los ojos de
Harvey perdían el equilibrio observando aquel entrecruzamiento de blancos y grises.
Cuatro o cinco albatros volaban en círculos, gritando cuando pasaban por la proa.
Otros dos se cernían sobre aquel desierto sin límites, de un lado para otro, hasta que
desaparecieron finalmente.
—Me parece que acabo de ver algo que se movía hacia allí —dijo el tío Salters
indicando hacia el nordeste.
—Es imposible que sea uno de los barcos de la flota —repuso Disko, enarcando
las cejas y apoyándose en el pasamano, mientras la proa se hundía en el seno de las
aguas—. Se está calmando muy rápidamente el mar. Danny, ¿por qué no subes y te

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fijas hacia dónde cae el banderín de la boya de la red?
Danny, con sus botas altas, corrió más que subió por el aparejo del palo mayor
(con gran envidia de Harvey), se afirmó en las crucetas y dejó vagar su mirada hasta
que divisó el banderín en la cresta de una ola.
—¡Ahí está! —gritó—. ¡Barco a la vista! Se nos acerca precisamente por el
Norte. Debe de ser un velero como el nuestro.
Esperaron todavía media hora más, mientras el cielo se aclaraba a trozos, entre los
que aparecía un sol enfermizo, que producía en el agua manchas de color oliva
oscuro. Sobre la cresta de una ola apareció entonces un palo de trinquete, que se
hundió en seguida, y volvió a aparecer sobre la cima de otra, mostrando esta vez la
popa, en la cual se distinguían los pescantes de un modelo anticuado para los botes.
Las velas tenían remiendos colorados.
—¡Es un velero francés! —gritó Dan—. No, tampoco. ¡Padre!
—No es francés —dijo Disko—. Salters, ésta es otra de las hazañas de tu mala
suerte.
—Tengo buena vista. Es el tío Abishai.
—Eso no puedes decirlo con seguridad todavía.
—El rey de los Jonases —gruñó Tom Platt—. ¡Ay! Salters, Salters, ¿por qué no te
quedaste en la cama durmiendo?
—¿Cómo podría haberlo sabido? —dijo el pobre Salters, mientras el velero
seguía balanceándose.
Podía haber sido el mismísimo Flying Dutchman por la suciedad, el desorden y el
abandono de cada una de las cuerdas y palo de a bordo. Su alcázar, de estilo
anticuado, tenía una altura de alrededor de un metro y medio; el aparejo, enredado y
lleno de nudos, se movía en todas direcciones como las algas en un extremo de un
muelle. Corría a favor del viento dando terribles bordadas, baja la vela de estay, para
que hiciera el papel de un trinquete más, lo que los marineros llaman la escandalosa;
el botalón se deslizaba a un costado. La botavara se levantaba como la de una antigua
fragata. El botalón de bauprés estaba reforzado, y remendado y asegurado de tal
modo que ya era imposible tocarlo; mientras se elevaba avanzando o descansaba
sobre la popa, parecía una vieja malintencionada, gorda y desaliñada, que está
empeñada en insultar a una joven decente.
—Ése es Abishai —dijo Salters—. Lleno de ginebra y de marineros de Judique,
con los juicios de la Providencia tras él y sin encontrar lugar donde anclar y sacar
buena pesca. Se dirige a Miquelon [23] en busca de cebo.
—Se hundirá antes —afirmó Long Jack—. Ese aparejo no es para este tiempo.
—No, seguro que no, o lo hubiera cambiado hace tiempo —replicó Disko—.
Parece como si pretendiera hundirnos a nosotros. ¿No está más inclinada de proa de
lo que debiera? —preguntó a Tom Platt.

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—Si ésa es la manera que tiene de estibar la carga, puede ocurrirle cualquier cosa
—respondió lentamente el marinero—. Si pierde la estopa [24], pronto tendrá que
poner la tripulación a las bombas de achique.
La embarcación avistada se bamboleó, viró en redondo, gimiendo como un
condenado, y quedó al pairo a distancia tal, que podían oírse las voces.
Un hombre de barba gris se asomó por las amuras y con una voz gruesa aulló algo
que Harvey no pudo entender. Pero la cara de Disko se ensombreció.
—Arriesgaría todas las vergas que tiene con tal de traer malas noticias. Dice que
nos espera un cambio de viento. A él le pasará algo peor. ¡Abishai! ¡Abishai!
Movió los brazos como si moviera una bomba, y con el dedo indicó hacia delante.
La tripulación se burló de él y se rió.
—¡Reíros cuanto queráis! ¡Os golpeará! ¡Os hundirá! —aulló el tío Abishai—. Se
viene una tormenta feroz. Preparaos para vuestro último viaje, sardinas de Gloucester.
Ya no veréis más puerto.
—Completamente loco, como siempre —dijo Tom Platt—. Me gustaría no haber
tropezado con él.
La goleta se deslizó alejándose de tal modo que ya no podía oírse, mientras el
hombre de la barba gris gritaba algo acerca de un baile en la bahía de los Toros y de
un hombre muerto a bordo. Harvey tembló. Había visto las sucias cubiertas y aquella
tripulación de horrible catadura.
—¡Es un infierno flotante! —exclamó Long Jack—. Me gustaría saber qué
fechoría ha cometido en tierra.
—Es un pesquero de arrastre —explicó Dan a Harvey—. Recorre toda la costa.
¡Oh, no! Nunca toca nuestros puertos. Faena en los del Sur y el Este —prosiguió,
indicando con un movimiento de cabeza hacia las inmisericordes costas de Terranova
—. Padre nunca me deja bajar a tierra allí. Hay multitud de locos y Abishai es el más
furioso de todos. ¿Viste su barco? Dicen que tiene más de setenta años; es el último
de las carracas [25] de Marblehead. Ya no se construyen barcos con un alcázar de ese
tipo. Sin embargo, Abishai no suele ir a Marblehead. No lo quieren allí. Va de un lado
para otro, entrampado hasta los ojos y echando maldiciones, como las que acabas de
oír. Hace años que es un verdadero Jonás. Los tripulantes de los veleros de Feecamp
le regalan licores por vender información y todo tipo de trapicheos. Supongo que está
completamente loco.
—No vale la pena sacar la red esta noche —dijo Tom Platt, con tranquila
desesperación—. Ha pasado de largo nada más que para echarnos mal de ojo. Daría
todo mi jornal y la parte que me toca por verle en la pasarela del viejo Ohio, antes de
que le diéramos algunos zurriagazos con el gato de nueve colas. Alrededor de unas
seis docenas de latigazos, que Sam Mocatta le administraría en cruz.
Aquel individuo desmelenado desapareció en el horizonte, tambaleándose como

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un borracho, seguido por las miradas de todos los tripulantes del We’re Here. De
repente, el cocinero gritó con su voz de fonógrafo:
—¡Está condenado! ¡Está condenado! Se lo digo yo. ¡Mirad!
La goleta desapareció en una clara mancha de agua sobre la que incidían los rayos
del sol, a una distancia de tres o cuatro millas. La mancha se oscureció y desapareció,
haciéndose invisible la embarcación a medida que se esfumaban las últimas
claridades. Cayó en un valle formado por las crestas de dos olas y… ya no se la vio
más.
—¡Tragados por el remolino, por el Gran Hook-Block! —gritó Disko corriendo
hacia popa—. Borrachos o no, tenemos que ayudarlos. ¡A levar el ancla! ¡Rápido!
Los pescadores atropellaron a Harvey al disponerse a izar el foque y el trinquete,
pues prescindieron del cable y levantaron de un tirón el ancla, mientras empezaban a
moverse. Esto equivale a emplear la fuerza bruta, procedimiento al que se recurre
exclusivamente en caso de vida o muerte; el We’re Here se quejó como si fuera un ser
humano. Se apresuraron a llegar al lugar donde Abishai había desaparecido, pero lo
único que flotaba todavía eran dos o tres boyas de red, una botella de ginebra y un
bote: nada más.
—Dejad esas cosas —dijo Disko, aunque nadie había pensado en recogerlas—.
No quiero tener nada a bordo que haya pertenecido al viejo Abishai. Supongo que la
goleta se hundió de repente. Debió arrojar su estopa hace una semana, y nunca se les
ocurrió achicar. Es un velero más que se ha hundido por zarpar con toda la tripulación
borracha. —¡Que Dios los tenga en su gloria!— exclamó Long Jack. —Hubiéramos
tenido que ayudarlos, aunque hubiera estado la mar gruesa.
—También yo pensé eso —dijo Tom Platt.
—¡Condenado! ¡Estaba condenado! —exclamó el cocinero—. Se ha llevado su
propia suerte consigo.
—Será una nueva novedad para contar a la flota, cuando la avistemos. ¿Eh? —
exclamó Manuel—. Si el viento lo empuja así y el barco se abre por las
ensambladuras…
Extendió las manos, haciendo un gesto, imposible de describir, mientras Penn,
sentado, lloraba de horror y piedad. Harvey no se había dado cuenta de que había
visto la muerte en alta mar, pero se sentía muy abatido.

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Dan subió otra vez a las crucetas; Disko maniobró hasta ponerse a la vista de su
propia red antes de que la niebla cubriera otra vez el mar.
—Cuando nos toca la hora, desaparecemos de este mundo rápidamente —fue
todo lo que dijo a Harvey—. Piensa en eso durante un rato, jovencito. Ésas son las
consecuencias del alcohol.
Después de comer, el tiempo se calmó lo suficiente como para poder pescar desde
cubierta. Esta vez Penn y el tío Salters pusieron todo su entusiasmo. La pesca fue
abundante y los peces grandes.
—Seguro que Abishai se ha llevado su suerte consigo —dijo Salters—. Ni
siquiera el viento ha cambiado de dirección. ¿Qué hacemos con la red? De todos
modos, me río de las supersticiones.
Tom Platt insistió en que era mucho mejor izarla y buscar un nuevo lugar donde
anclar. Pero el cocinero dijo:
—La suerte tiene dos caras. Os daréis cuenta cuando lo veáis. Yo lo sé.
Estas palabras hicieron tanta gracia a Long Jack, que convenció sobremanera a
Tom Platt, y los dos salieron juntos en el bote.
Recoger una red significa tirar de uno de los lados hacia el bote, sacar el pescado,
poner nuevo cebo en los anzuelos y volverla al mar. Es algo así como atar y desatar
ropa de un tendedero. Es una tarea larga y peligrosa, pues la pesada red, que se
mantiene difícilmente a flote, puede arrastrar consigo al bote en un instante. Pero
cuando a bordo del We’re Here oyeron a los dos bramar a través de la niebla:
«¡Oh!, capitán, ahora a vos», renacieron sus esperanzas. El bote se acercó con una
gran carga. Tom Platt pedía a gritos a Manuel que los ayudara.
—La suerte tiene dos caras —repitió Long Jack metiendo en la embarcación el
pescado con la horquilla, mientras Harvey admiraba boquiabierto la habilidad con
que el bote se había salvado de la destrucción—. La mitad no servía para nada. Tom
Platt quería subir la red y terminar de una vez, pero yo le dije: «Insisto en que el
doctor tiene una segunda visión». Entonces subimos la otra mitad de la red y estaba
llena de peces gordos. Apresúrate, Manuel, y trae un cubo de cebo. La buena suerte
anda suelta esta noche.
Los peces mordieron los anzuelos, cebados de nuevo, de los que se acababan de
sacar a sus hermanos de raza. Tom Platt y Long Jack recorrieron metódicamente la
red, mientras la proa del bote se hundía debajo de la red húmeda, quitando los
pepinos de mar que ellos llaman calabazas golpeando los bacalaos pescados contra la
borda, poniendo nuevo cebo y cargando el bote de Manuel, así hasta que oscureció.
—No quiero correr ningún riesgo —dijo Disko—. Por lo menos mientras nos
encontremos cerca del lugar donde se hundió el tío Abishai. A subir los botes.
Salaremos después de comer.
Mientras salaban, tres o cuatro ballenas de las llamadas orcas, que arrojaban

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chorros de vapor, se dejaron ver cerca de la embarcación. Trabajaron hasta las nueve
de la noche. Dos o tres veces Disko se rió al observar cómo Harvey recogía el
pescado ya cortado.
—Estás aprendiendo rápidamente —dijo Dan, mientras afilaban los cuchillos,
después que los pescadores se hubieran retirado—. La mar está bastante agitada y
todavía no te he oído quejarte.
—He estado demasiado ocupado —replicó Harvey, probando el filo de un
cuchillo—. Pero ahora que lo dices, este barco es un primera clase.
La pequeña goleta saltaba alrededor de su ancla, entre las olas de plata. Se echaba
hacia atrás con un ademán de fingida sorpresa al ver el cable tirante. Daba un zarpazo
a la cadena, como si fuera un gatito, mientras entraba agua por los escobenes,
haciendo el mismo ruido que una batería de cañones. Sacudía la cabeza, como si
quisiera decir:
«Lo siento mucho, pero no puedo quedarme más tiempo con vosotros. Me voy
hacia el Norte», y se deslizaba hacia delante, deteniéndose repentinamente, con un
tintineo dramático de todo el aparejo. «Como estaba a punto de decir…» continuaba,
con la gravedad de un borracho que entabla un coloquio con el poste de la luz. El
resto de la frase (naturalmente, el velero no hablaba, se limitaba a hacer los gestos) se
perdía en el ruido del oleaje, cuando se portaba como un cachorrillo que muerde una
cuerda, o como una mujer gorda a caballo, o como una gallina a la que se le acaba de
cortar la cabeza, o como una vaca a la que se sujeta por un cuerno, según la iba
tomando el humor cambiante del mar.
—Está rezando sus oraciones. Se parece a Patrick Henry [26] —dijo Dan.
La goleta se echó sobre un costado, discutiendo acaloradamente con el botalón de
bauprés, desde proa a popa.
«En cuanto a mí, quiero libertad o muerte». ¡Bum! La embarcación se echó sobre
la imagen luminosa de la luna, haciendo un orgulloso ademán de cortesía, que
hubiera impresionado a cualquiera a no ser por la corrección del movimiento del
timón.
Harvey se rió ruidosamente:
—¡Parece que estuviera viva!
—Es tan estable como una casa y tan seca como un arenque —dijo Dan con
entusiasmo, mientras los movimientos del barco le arrojaban a babor, envuelto en una
nube de agua—. Se defiende y no quiere que se le acerquen. ¡Fíjate! Tendrías que ver
uno de esos mondadientes nuevos, levando el ancla de una profundidad de quince
brazas.
—¿Qué es un mondadientes, Dan?
—Son los que se dedican a la pesca del arenque y la merluza. Tienen la proa y la
popa de un yate y un castillo que no cabe en nuestras bodegas. He oído decir que el

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mismísimo Burgess hizo las maquetas de tres o cuatro de ellos. A padre no le gustan,
pues son muy inestables, y además cuestan mucho dinero. Padre sabe encontrar el
pescado, pero no es un hombre moderno: no va con los tiempos. Esos nuevos barcos
están llenos de máquinas que ahorran trabajo. ¿Has visto alguna vez el Elector de
Gloucester? Es una preciosidad, aunque sea un mondadientes.
—¿Cuánto cuestan, Dan?
—Montañas de dinero. Tal vez quince mil dólares, quizá más. Tienen un baño de
oro y tienen todo lo que te puedas imaginar —Dan prosiguió luego como si hablara
consigo mismo—: «Me parece que yo también le llamaría Hattie S.».

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Capítulo V

Aquélla fue la primera de una numerosa serie de conversaciones con Dan, en el curso
de las cuales éste explicó por qué pensaba transferir el nombre de su bote al pesquero
construido por Burgess. Harvey oyó hablar mucho acerca de la verdadera Hattie, que
vivía en Gloucester. Vio un bucle de sus cabellos, que Dan, tras comprobar que los
ruegos y las buenas palabras no servían de nada, le había «pescado», cuando ella se
sentó delante de él aquel invierno en la escuela, y una fotografía. Hattie tenía catorce
años y un desprecio olímpico por los muchachos; durante todo el invierno se había
dedicado a pisotear el corazón de Dan. Todo esto se lo contó a Harvey, bajo solemne
juramento de guardar el secreto, cuando la luna iluminaba la cubierta, cuando reinaba
la más completa oscuridad, o durante una niebla cerrada; la rueda del timón detrás de
ellos gemía sobre el barco que se elevaba y descendía otra vez, mientras el mar
incansable bramaba su eterna canción. En una ocasión, cuando ambos muchachos
llegaron a conocerse mejor, se pelearon, recorriendo toda la cubierta desde proa a
popa, hasta que apareció Penn y los separó, no sin prometer que no diría una palabra
a Disko, para el que pelearse durante la guardia era peor que dormirse. Físicamente,
Harvey no podía ofrecer ninguna resistencia a Dan. Pero dice mucho en favor de la
nueva educación que Harvey recibía el que aceptara la derrota y que no intentara
ganar la pelea mediante métodos poco honestos.
Eso ocurrió después de que Dan le curara unos granos que se le habían formado
entre los codos y las muñecas, donde el jersey húmedo y el impermeable cortaban la
carne. El agua salada le escocía terriblemente, pero en cuanto estuvieron secos, Dan
los trató con la navaja de Disko y le aseguró que ahora era un verdadero pescador de
los bancos, pues esas heridas eran la marca distintiva de la casta a la que ahora
pertenecía.
Puesto que era todavía un muchacho y estaba profundamente ocupado, no se
devanaba los sesos pensando mucho. Estaba sumamente apenado por su madre, a
menudo deseaba verla y sobre todo contarle su nueva vida y la manera brillante como
progresaba en ella. Pero, por otra parte, prefería no pensar mucho sobre cómo su
madre habría superado el choque emocional de su supuesta muerte. Mas un día,
cuando estaba burlándose del cocinero, que acusaba a él y a Dan de robarle pastelillos
fríos, se le ocurrió que eso era un progreso enorme, comparado con el desprecio de
los extraños en el salón de fumadores de un barco de pasajeros. Era parte integrante
del We’re Here, tenía un lugar reconocido por todos en la mesa y una litera para él;
podía intervenir en las largas conversaciones de los días tormentosos, cuando los
otros estaban dispuestos a escuchar lo que ellos consideraban «cuentos de hadas» de
su vida en tierra. Le bastaron dos días para comprender que si relataba su vida, que

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parecía ahora tan lejana, nadie, excepto Dan, le creería, aunque la credulidad de éste
fue sometida varias veces a una dura prueba. Así que se inventó a un amigo, un
muchacho de cuya vida había oído hablar, que en la ciudad de Toledo, en el estado de
Ohio, tenía un coche tirado por cuatro ponies, y le encargaba al sastre cinco trajes al
mismo tiempo; que llevaba cosas llamadas «alemanas» a las fiestas, en las que las
niñas de más edad no pasaban de los quince años, pero todos los regalos eran de plata
maciza. Salters protestaba, afirmando que esa clase de cuentos era pecaminosa, y
quizá hasta blasfema, aunque escuchaba tan atentamente como los otros; sus críticas
indujeron a Harvey a relatar nuevas hazañas acerca de sus primos y primas, los trajes,
los cigarrillos con boquilla de oro, los anillos, los relojes, los perfumes, las cenas
íntimas, el champaña, los juegos de cartas y los hoteles. Poco a poco cambió de tono,
al hablar de su «amigo» a quien Long Jack llamaba «el niño loco» o «el bebé de oro»,
«la rémora Vanderpopa» y otros muchos apodos cariñosos. Harvey, sin quitarse las
botas de agua y apoyando los pies en la mesa, inventaba historias acerca de pijamas
de seda y de corbatas importadas, para mayor descrédito de su «amigo». Harvey era
una persona con una enorme capacidad para adaptarse, rápidos la vista y el oído para
observar todas las caras y los tonos a su alrededor. No pasó mucho tiempo sin que
supiera dónde guardaba Disko el cuadrante que le servía para tomar la altura: debajo
de su litera. Cuando estimaba la altura y encontraba la latitud con la ayuda de El
almanaque del viejo labrador, Harvey echaba a correr a la cabina y marcaba con un
clavo sobre la herrumbre de la estufa la fecha y la situación. El primer maquinista de
un barco de pasajeros no podía haberlo hecho mejor y ni siquiera un ingeniero, con
treinta años de servicio a bordo, hubiera adoptado el aire de viejo lobo de mar, con el
cual Harvey escupía primero sobre la borda, anunciaba después la posición del barco
y entonces, pero no antes, tomaba el cuadrante de las manos de Disko para guardarlo
otra vez. Hay una etiqueta para todas estas cosas.
El llamado «yugo de puerco», una carta de Eldridge, El almanaque del viejo
labrador, El piloto costero, de Blunt, y El navegante, de Bowditch, eran todas las
armas que necesitaba Disko para guiarse, excepto el escandallo, que era su ojo
derecho. Una vez Harvey casi mató a Penn, mientras Tom Platt le enseñaba por
primera vez cómo «volar la paloma azul». Aunque sus fuerzas no alcanzaban para
sondear continuamente en cualquier tipo de aguas, Disko frecuentemente le hacía
lanzar un escandallo con un plomo de siete libras. Como decía Dan:
—Padre no necesita saber la profundidad. Quiere conocer la composición del
fondo. Engrásalo bien, Harvey.
Así lo hacía Harvey y llevaba después cuidadosamente el resultado del sondeo,
fuera arena, conchillas o cualquier otra cosa, a Disko, que lo tocaba con los dedos, lo
olía y pronunciaba sus juicios. Como ya sabemos, cuando Disko pensaba en el
bacalao, pensaba como un bacalao; mediante una mezcla de instinto y experiencia,

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que siempre resultaba, llevaba el We’re Here de un punto a otro, encontrando siempre
pesca abundante, como un jugador de ajedrez con los ojos vendados mueve las piezas
de un tablero que no ve.
Pero el tablero de Disko era el gran banco, un triángulo de doscientas cincuenta
millas de lado, un desierto de olas, embozado en un húmedo manto de niebla,
alborotado por las tempestades, acosado por los hielos flotantes, surcado por las proas
de los veloces navíos de pasajeros, y adornado con las manchas blancas del velamen
de los barcos de pesca.
Durante varios días trabajaron en medio de la niebla. En todo ese tiempo, el
puesto de Harvey estaba en la campana, hasta que familiarizado con el aire espeso
salió con Tom Platt, con el corazón en un puño. Pero como la niebla no cedía y
ningún hombre puede permanecer aterrorizado durante seis horas seguidas, Harvey se
dedicó a su aparejo de pesca y al palo de atontar los peces, cada vez que se lo pedía
Platt. Remaron de vuelta, guiados por el instinto del viejo marinero y la campana de a
bordo, mientras oían el cuerno de Manuel que sonaba débilmente al lado de ellos.
Harvey soñó aquella noche con las aguas movibles que desprendían vapores
alrededor del bote, con los hilos de pescar que se perdían en la nada y con el aire que
se confundía con el mar a diez pies de distancia por debajo de sus cansados ojos.
Pocos días más tarde salió con Manuel, en un punto en el que ellos creían que había
una profundidad de cuarenta brazas, pero agotaron su provisión de cuerda sin que el
ancla encontrara fondo. Harvey se asustó terriblemente, puesto que había perdido el
último contacto con la tierra.

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—¡El Abismo de la Ballena! —dijo Manuel, mientras recogía el ancla—. Menuda
broma de Disko. ¡Vamos!
Y remó hasta la goleta, donde Tom Platt y los demás pescadores se burlaban de su
capitán, pues, aunque era la única vez, los había conducido a la región estéril de gran
profundidad que se llama «el Abismo de la Ballena». A través de la niebla buscaron
otro punto donde anclar. Esta vez Harvey también tuvo que salir con Manuel. Sus
cabellos se erizaron cuando observó algo blanco que se distinguía entre la niebla y
que se movía respirando como podría hacerlo un muerto que saliera de su tumba, a lo
que siguió un bramido, el ruido de algo que se sumerge y un chorro de agua que saltó
por los aires. Era la primera vez que veía el temido verano de icebergs: Harvey se
arrinconó en el fondo del bote, mientras Manuel se reía. También había días claros y
serenos, de tan agradable temperatura que parecía un pecado hacer otra cosa que
holgazanear con los hilos de pescar y dar de palos con un remo al desfile de peces.
Había días de vientecillo suave, en los que enseñaron a Harvey a manejar el timón de
la goleta de un punto de anclaje a otro.
Se entusiasmó cuando sintió por primera vez que la quilla respondía a su mano,
que se apoyaba en las cabillas, y que el velero se deslizaba entre los valles formados
por las olas, mientras el trinquete se recortaba como si fuera una guadaña sobre el
azul del cielo. Era magnífico, a pesar de que Disko afirmó que una serpiente se
rompería el lomo si tuviera que seguir su estela. Pero, como ocurre generalmente, el
orgullo le cegó. Tenían el viento a su favor y utilizaban la vela de estay,
afortunadamente, una que era muy vieja. Harvey, queriendo mostrar a Dan hasta qué
punto dominaba aquel arte, la afirmó demasiado rígidamente. El trinquete saltó
ruidosamente y la botavara atravesó la vela de estay, que, naturalmente, no podía
responder al golpe por la presencia del otro del palo mayor. En medio de un silencio
terrible bajaron el raque. Harvey debió dedicar muchas de sus horas libres al
aprendizaje de la aguja y el rempujo [27], bajo la dirección de Tom Platt, quien le
enseñó a reparar velas. Dan gritó de entusiasmo, pues, según dijo, él había cometido
el mismísimo error en los primeros días de su aprendizaje.
Como todos los muchachos, Harvey imitaba, uno a uno, a todos los pescadores,
hasta que aprendió la actitud especial de Disko en el timón, el ritmo de Long Jack,
cuando tiraba las redes, la manera efectiva de Manuel de remar y el paso de Tom Platt
sobre cubierta, al estilo del viejo Ohio.

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—Me gusta ver cómo se vale por sí mismo —dijo Long Jack al ver a Harvey
observar el mar, una mañana de espesa niebla—. Apostaría mi jornal y mi parte a que
es algo más que desempeñar su papel. Se cree ya un marinero hecho y derecho.
Vigílenlo ahora que está de espaldas.
—Así empezamos todos —dijo Tom Platt—. Los chicos creen siempre, hasta que
se engañan a sí mismos, que ya son hombres, hasta que mueren, desempeñando su
papel en la farsa. Yo también lo hice en el viejo Ohio. Cuando me tocó mi primera
guardia estábamos en puerto, me creía mejor marinero que Farragut [28]. Dan tiene
exactamente las mismas cosas en la cabeza. Fijaos en los dos, moviéndose como si
fueran verdaderos lobos de mar: cada pelo parece una verga, llena de alquitrán de
Estocolmo —gritó después, escaleras abajo—: creo que esta vez, aunque no sea más
que ésta, te has equivocado en tus juicios, Disko. Por todos los diablos, ¿qué te indujo
a pensar que ese chico estaba loco?
—Claro que lo estaba —replicó Disko—. Tan loco como si hubiera estado
encerrado en un manicomio. Pero me atrevo a asegurar que se ha despejado bastante.
Yo le curé.
—Por lo menos miente bien —dijo Tom Platt—. La otra noche nos contó algo
acerca de un muchacho de su misma edad, que tenía y dirigía un coche movido por
cuatro ponies, en Toledo, en Ohio, y que daba cenas a otros mozalbetes de su misma
edad. De todas maneras, era un cuento muy interesante. Conoce centenares de ellos.
—Creo que los saca de la cabeza —gritó Disko desde abajo, donde estaba
ocupado con el libro de bitácora—. Está claró que todo eso son inventos suyos. No
engaña a nadie sino a Dan, y aun éste se ríe de ello. Le he oído a mis espaldas.
—¿Habéis oído alguna vez lo que dijo Simon Peter Calhoun cuando se inventaron
el matrimonio de su hermana Hitty con Loring Jerauld y sus amigos se burlaban de
él? —dijo el tío Salters, con voz lenta desde el lado de estribor donde se encontraban
los botes.
Tom Platt fumaba su pipa guardando un silencio de desprecio; era del cabo Cod y
conocía el cuento desde hacía más de veinte años. El tío Salters prosiguió riéndose:
—Simon Peter Calhoun dijo acerca de Loring Jerauld, y tenía toda la razón del
mundo, que «a mitá de la ciudá ehtá loca y la otra tambié; y a gente me decía que ella
se había casao con un hombe rico». Simon Peter Calhoun no tenía pelos en la lengua
y hablaba siempre de esa manera.
—Por lo menos no hablaba en el alemán de Pennsylvania —replicó Tom Platt—.
Sería mejor que dejaras que alguna persona del cabo Cod contara ese cuento. Esa
familia, los Calhoun, eran todos gitanos.
—Bueno, no pretendo ser un orador —dijo Salters—. Pero voy a la moraleja del
cuento. Eso es lo que pasa con nuestro Harvey. La mitad de la tripulación está
completamente loca y la otra mitad también, y todos creen que es rico. ¡Ahí lo tienes!

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—¿Habéis pensado lo bonito que sería tener una tripulación compuesta sólo de
gente como el tío Salters? —preguntó Long Jack—. La mitad de la tripulación sería
una porquería y la otra mitad un montón de estiércol, como no dijo Calhoun, ¡él
pretende ser pescador!
La tripulación se rió discretamente del tío Salters, pues era persona de respeto.
Disko se calló, pues estaba muy ocupado con el cuaderno de bitácora, que
sujetaba con su enorme mano cuadrada con forma de hacha. Las páginas manchadas
estaban llenas de anotaciones como las siguientes:

«17 de julio. Niebla espesa y poco pescado. Nos dirigimos al Noroeste para
anclar. Así termina el día.

»18 de julio. Niebla espesa. Poco pescado.

»19 de julio. Brisa del N. E.; buen tiempo. Anclamos hacia el Este. Mucho
pescado.

»20 de julio. Domingo. Niebla y vientos ligeros. Así termina este día. Total
pescado esta semana: 3.478».

Nunca trabajaban los domingos, sino que se afeitaban y bañaban si el tiempo era
bueno. Pennsylvania cantaba himnos. Una o dos veces sugirió que si no era una
impertinencia creía que podría predicar un poco. El tío Salters casi se atraganta al oír
hablar de ello. Le recordó que no era predicador y que, por consiguiente, no debía
pensar en esas cosas.
—Si le dejamos, la próxima vez recordará a Johnstown. ¿Qué pasará entonces?
—dijo a manera de explicación.
Llegaron a un compromiso en virtud del cual Penn leería en voz alta de un libro
cuyo título era Josefo. Era un viejo volumen, sólidamente encuadernado en cuero,
que olía a cien travesías, muy grueso y que parecía una Biblia, pero enriquecido con
relatos de batallas y de sitios. Lo leyeron casi desde el principio hasta el fin. Por lo
demás, Penn hablaba muy poco. Podía pasarse tres días sin pronunciar una palabra,
aunque jugaba a las damas, escuchaba las canciones y se reía de los cuentos. Cuando
intentaban hacerle hablar, respondía:
—No quisiera parecer grosero, pero es que no tengo nada que decir. Siento que
mi cabeza está totalmente vacía. Casi he olvidado mi nombre —añadía dirigiéndose
al tío Salters con una débil sonrisa de expectación.
—¡Pues, Pennsylvania Pratt! —exclamó Salters—. La próxima vez serás capaz
de olvidarte de mí.
—No, eso nunca —afirmaba Penn, apretando fuertemente los labios—. Claro, me
llamo Pennsylvania Pratt —decía, repitiendo varias veces el nombre.

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Otras veces era el tío Salters el que se olvidaba y le decía que su nombre era
Haskins, Rich o M’Vitty, y Penn se quedaba tan contento… hasta la siguiente vez.
Era siempre muy bueno con Harvey, por el que sentía mucha lástima, tanto por
haberse perdido como por estar loco. Cuando Salters comprendió que Penn quería al
chico, respiró contento. Salters no era muy amable con los dos muchachos (creía que
era su deber mantenerlos a raya). La primera vez que Harvey, lleno de miedo, tuvo
que subir en un día de calma por el palo mayor (Dan estaba detrás de él para ayudarle
en caso necesario), consideró su deber colgar allí arriba las botas de agua de Salters,
un signo de vergüenza y burla para el velero más próximo que lo distinguiera. Con
Disko, Harvey no se tomaba ninguna libertad. El capitán le trataba como al resto de la
tripulación, diciéndole: «¿No crees conveniente hacer esto o aquello?» o «Me parece
que sería mejor que…». Había algo en aquellos labios cuidadosamente afeitados y en
los arrugados contornos de los ojos que calmaba inmediatamente cualquier ímpetu
juvenil.
Disko le enseñó los misterios de aquella carta de navegación manoseada y
arrugada, que según él aventajaba a cualquier publicación oficial. Con el lápiz en la
mano, le condujo de anclaje en anclaje, a través de toda la serie de bancos: Le Have,
Western, Banquereau, St. Pierre, Green y Grand, hablando mientras tanto con «voz de
bacalao». También le enseñó el principio en que se basaba el «yugo del puerco».
En esto Harvey sobrepasaba a Dan, pues había heredado un cerebro para los
números; muy pronto le gustó la idea de obtener informaciones mediante una sola
mirada al hosco gran banco. Para los otros aspectos de la vida marinera, su edad era
un impedimento serio. Como decía Disko, debía haber empezado cuando tenía diez
años. Dan podía poner el cebo en la red o encontrar cualquier verga en la oscuridad.
Con las manos impedidas, el tío Salters podía salar a ciegas. Podía manejar el timón
en cualquier clase de tiempo, desde casi una tormenta deshecha hasta en una brisa
que le acariciara la cara, llevando con mano suave el We’re Here al punto que se
proponía. Hacía todas estas cosas tan automáticamente como encontrar su camino
entre el aparejo o someter a su voluntad el bote. Pero no podía comunicarle todo este
conocimiento a Harvey.
Sin embargo, todavía quedaban muchas cosas de información general, que se oían
en la goleta en los días de tormenta, cuando se encerraban en el castillo o estaban
sentados en los armarios del camarote, mientras se percibía el ruido del aparejo y
cordaje en los momentos de silencio. Disko hablaba de los viajes de los balleneros en
los años cincuenta del siglo pasado, de la caza de las enormes ballenas mientras
nadaban con sus crías al lado, de aquella agonía mortal en los mares oscuros y
ondulantes y de sangre que saltaba diez metros en el aire, de botes reducidos a
astillas, de arpones con cohete que funcionaban mal y se volvían atacando a la propia
tripulación, de las operaciones de los balleneros y del conocimiento de la carne y

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grasa de la ballena, de aquella terrible helada del año 71, cuando mil doscientos
hombres debieron permanecer tres días a la deriva sobre los hielos flotantes, historias
maravillosas todas ellas…, y ciertas. Pero aún lo eran más sus historias sobre el
bacalao y de cómo discutían y razonaban sus asuntos privados allá abajo, muy por
debajo de la quilla.
Los gustos de Long Jack se inclinaban más por lo sobrenatural. Los tenía en
suspenso con historias de aparecidos que se burlan y aterrorizan a los solitarios
pescadores de almejas en la bahía de Monomoy, con aullidos de «¡Yujuuu!», de
espíritus vagabundos de las dunas que nunca han recibido sepultura adecuada, de los
tesoros escondidos en la isla Fire por los hombres del capitán Kidd [29], de barcos que
navegan en la niebla, de aquella bahía en el Maine donde ningún barco, excepto uno
extraño, echará el ancla dos veces en el mismo sitio, debido a que a medianoche una
tripulación de muertos se acerca con el ancla en la popa de su barco de anticuado
modelo, silbando, no llamando, el alma del que ha turbado su reposo.
Harvey creía que la costa este de su tierra natal, al sur de Mount Desert, estaba
poblada por gentes que sacaban a pasear sus caballos por allí e invitaba a sus
amistades a pasar allí el verano, en casas de campo con suelos de madera noble y sus
portières de Vantire [30]. Se reía de aquellos cuentos de aparecidos, aunque no tanto
como lo hubiera hecho un mes antes, pero terminaba por escucharlos sentado en un
rincón y temblando.
Tom Platt contaba su interminable viaje alrededor del cabo de Hornos, a bordo
del viejo Ohio, en los días en que todavía se utilizaba el látigo, con aquella marina
que había desaparecido tan enteramente como los animales antediluvianos, que quedó
liquidada durante la guerra civil. Les contó cómo se cargaba un cañón, cómo
producía el ruido y el humo de algo que arde cuando la bala choca contra la madera,
cómo los grumetes del Miss Jim Buck corrían trayendo baldes de agua para enfriarlos.
Contaba los episodios del bloqueo, las largas semanas anclados a la espera, durante
las cuales lo único que producía una variación era la entrada y salida de los barcos
que habían agotado su provisión de carbón (no tenían este problema los veleros); del
frío, que tenía a doscientos hombres ocupados noche y día sacando el hielo atascado
en los cables y el aparejo, mientras en el fogón reinaba una temperatura tan alta como
los cañonazos del fuerte, y la tripulación bebía cacao a cántaros. A Tom Platt no le
gustaban las embarcaciones de vapor. Su servicio terminó cuando la introducción del
vapor en los barcos era algo relativamente nuevo. Reconocía que era una invención
que demostraba una cierta inteligencia de parte de los constructores y que tenía sus
ventajas en tiempo de paz, pero esperaba ver el día en el que aparecían fragatas de
diez mil toneladas con botalones de seis metros de altura. Manuel hablaba lenta y
gentilmente acerca de las chicas bonitas de Madeira que lavan la ropa en los arroyos
de la isla, a la luz de la luna, bajo los plátanos. Contaba leyendas de santos y cuentos

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extraños de bailes o de luchas en los puertos de Terranova. Salters se refería
particularmente a la agricultura, pues aunque leía a Josefo y lo comentaba, su misión
en la vida era demostrar el valor de los abonos orgánicos, especialmente del trébol,
sobre cualquier preparado de fosfatos. En cuanto se trataba de este tema, llegaba el
insulto. Cogía de su litera libros de Orange Judd, todos grasientos, y declamaba
acerca de esta cuestión, señalando con el dedo a Harvey, para quien todo el asunto era
algo así como oír un discurso en griego. Penn se apenó tanto cuando Harvey se burló
de aquellas conferencias de Salters, que el chico decidió no hacerlo más y sufrir en
silencio. Aquello fue muy positivo para Harvey.
Naturalmente, el cocinero no se mezclaba en esas conversaciones. Generalmente
hablaba cuando era absolutamente necesario, aunque algunas veces parecía adquirir
de pronto el don de lenguas, y discurseaba, una hora por vez, mitad en galés, mitad en
inglés. Era especialmente comunicativo con los dos muchachos; nunca se desdijo de
su profecía, según la que algún día Harvey sería el patrón de Dan y él viviría para
verlo. Les contaba cómo se transportaba el correo en invierno más allá del cabo
Breton, del trineo arrastrado por perros que va hasta Coudray, del rompehielos Arctic,
que establecía la comunicación entre el continente y la isla del Príncipe Edward. Les
refería historias que su madre le había contado sobre la vida en el lejano Sur, donde
las aguas nunca se hielan. Les decía que cuando muriera, su alma iría a reposar a una
de aquellas blancas playas soleadas donde crecen las palmeras. Los muchachos
pensaban que era una idea muy extraña en un hombre que nunca había visto una
palmera. Durante cada comida le preguntaba a Harvey, y sólo a éste, si le gustaba lo
que cocinaba, lo que siempre hacía reír a carcajadas al segundo turno. Sin embargo,
todos respetaban mucho el juicio del cocinero, y en el fondo de su corazón
consideraban a Harvey como una mascota.
Mientras Harvey atesoraba conocimientos acerca de cosas enteramente nuevas
por todos los poros de su cuerpo y adquiría una salud de hierro con cada bocanada de
aire, el We’re Here seguía su camino y atendía a sus asuntos en el banco y los
montones de pescado gris plata ganaban altura en las bodegas. Ninguno de los días de
trabajo tenía nada de extraordinario, pero se acumulaban los unos sobre los otros.
Como es natural, sus vecinos vigilaban estrechamente a un hombre que tenía la
reputación de Disko. (Dan decía que le espiaban). Sin embargo, el capitán sabía cómo
darles esquinazo a través de la niebla espesa y escurridiza. Disko evitaba su compañía
por dos razones. En primer lugar, quería hacer sus propios experimentos. En segundo
lugar, le disgustaban aquellas reuniones sui generis, donde se encontraban barcos de
todas las naciones. La mayoría de ellos provenían de Gloucester, pero los había
también de Provincetown, Harwich, Chatham y otros de los puertos del estado de
Maine, pero las tripulaciones se componían de gentes de Dios sabe dónde. El riesgo
engendra la indiferencia, y si se agrega el deseo de ganancia, existen muchas

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oportunidades para cualquier accidente en la flota atiborrada de pesqueros, que como
un rebaño de ovejas se amontona alrededor de algún jefe imposible de reconocer.
—Dejad que los dos Jerauld los dirijan —dijo Disko—. Tendremos que anclar
durante un tiempo en los bancos del Este, aunque si la suerte nos ayuda no será por
mucho tiempo. Oye, Harvey, el fondo sobre el que nos encontramos ahora no es, de
ninguna manera, bueno para la pesca. —¿No?— preguntó Harvey, que estaba
sacando agua (acababa de aprender a mover rápidamente el cubo) después de haber
dedicado mucho tiempo a la salazón—. Si es así, no me importaría estar sobre un
fondo malo, aunque no sea más que para cambiar.
—El fondo que yo quiero ver es Eastern Point —dijo Dan—. Oye, padre, me
parece que no tendremos que quedarnos más de dos semanas en los bancos. Allí
encontrarás toda la compañía que desees, Harvey. Entonces sí que trabajaremos de
veras. Nadie come a su hora. Lo harás cuando tengas hambre y te dormirás cuando no
puedas tenerte despierto. Ha sido una suerte que te hayamos pescado hace un mes, si
no no tendríamos tiempo para enseñarte todo lo que debes saber para lo que nos
espera en la Virgen Vieja.
De la carta de Eldridge, Harvey comprendió que la Virgen Vieja era una serie de
bancos de arena, a los que los pescadores habían dado nombres muy curiosos, y el
punto crucial de la travesía y que allí, con suerte, mojarían el resto de la sal que les
quedaba. Harvey se extrañó de que Disko pudiese encontrar aquel lugar con la ayuda
del «yugo de puerco» y del escandallo, pues era sólo un punto sobre la carta. Más
tarde comprendió que Disko podía hacer eso y muchas otras cosas más y que hasta
podía ayudar a otros pescadores. En la cabina colgaba un gran pizarrón de 1,20 ×
1,50 metros, cuyo uso Harvey no comprendió hasta que, después de algunos días
neblinosos, oyeron el sonido de una sirena manual, movida a pedal, cuyas notas eran
tan melodiosas como la tos de un elefante que padeciera de tisis.
Habían fondeado por un momento y se movían, arrastrando el ancla, para no
perder el tiempo, cuando oyeron aquella sirena.
—Parece un velero con aparejo de cruzamen, vociferando su latitud —dijo Long
Jack.
Entre los jirones de niebla aparecieron las velas delanteras, rojas y chorreando
agua, cuando el We’re Here hizo sonar tres veces su campana, utilizando el código de
señales marítimas.
La otra embarcación, que era mayor, recogió sus gavias, entre gritos y
exclamaciones.
—Franceses —dijo el tío Salters con rabia—. Un buque de Miquelon, de Saint
Malo —añadió el granjero, que tenía muy buen ojo en el mar—. Me quedé sin tabaco
también, Disko.
—Lo mismo que aquí —dijo Platt—. ¡Eh! Retrocedezvous! Retrocedez-vous!

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Mantenez-vous alejadez! Tú, mucho bono, cabeza de estopa. ¿De dónde venís? ¿Saint
Malo? ¿Eh?
—¡Ah, ah! Mucho bono! Oui, oui! Clos Poulet. Saint Malo. Saint Pierre et
Miquelon —gritaron los pescadores del otro velero, agitando sus gorras de lana y
riéndose. Y después todos a una—: Pizagga, pizagga.
—Trae la pizarra, Danny. Lo que me extraña es cómo estos franceses llegan a
pescar algo, si no fuera por la ayuda americana.
Dan escribió con tiza las cifras en el pizarrón, después de lo cual lo colgaron del
palo mayor, a lo que siguió un coro de mercis de la otra embarcación.
—Parece muy poco amistoso dejarlos ir así sin pagar su deuda —observó Salters,
tanteando el dinero que tenía en el bolsillo.
—¿Has aprendido francés desde tu último viaje? —preguntó Disko—. No
necesito más lastre del que ya tengo a bordo y no quiero tampoco que llames a esos
«cerdos marineros» de Miquelon, como ya lo hiciste en Le Havre.
—Harmon Rush me dijo que era la manera de calentarlos un poco. El inglés
simple de Estados Unidos me basta. Estamos muy escasos de tabaco. Oye, jovencito,
¿hablas francés?
—¡Claro! —dijo Harvey audazmente y aulló—: ¡Eh, oigan!, arrêtez-vous.
Attendez. Nous sommes venant pour tabac!
—¡Ah!, tabac, tabac —gritaron los franceses, y se rieron otra vez.
—Eso los ha entusiasmado. Vamos a bajar un bote —dijo Tom Platt—. No tengo
ningún certificado de mis estudios de francés, pero conozco otra jerga que creo
servirá. Vamos, Harvey, tú serás intérprete.

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La confusión que se produjo a bordo del barco francés cuando los dos tripulantes
del We’re Here llegaron allí fue indescriptible. La cabina estaba completamente
cubierta de estampas de colores brillantes de la Virgen, de la Virgen de Terranova,
como la llaman ellos. Harvey comprobó que sus conocimientos de francés no servían
en el barco, por lo que su conversación se limitaba a inclinaciones de cabeza y gestos.
Tom Platt movía los brazos y se entendía perfectamente. El capitán le dio de beber
una ginebra que sería imposible clasificar entre las bebidas conocidas, después
aquella tripulación de ópera cómica, con sus bonetes rojos y sus cuchillos en el cinto,
le saludó como si fuera un hermano. Entonces empezaron a negociar. Tenían mucho
tabaco americano, que nunca pagaba derechos en Francia. Necesitaban chocolate y
bizcochos. Harvey volvió al We’re Here para arreglar el asunto con el cocinero y con
Disko, que era el dueño de las provisiones; a su vuelta, al lado del timón de la
embarcación francesa, se contaron las latas de cacao y los sacos de bizcochos. Parecía
un grupo de piratas dividiéndose el botín. Tom Platt volvió cargado de tabaco en
cuerda y de rollos de tabaco para mascar y fumar. Entonces aquellos joviales
marineros se perdieron en la niebla. Lo último que Harvey oyó de ellos fue un alegre
coro.

Par derrière chez ma tante


il y a un bois joli,
et le rossignol chante
et le jour et la nuit…
Que donneriez-vous, belle,
qui l’amènerait ici?
Je donnerai Québec,
Sorel et Saint-Denis [31].

—¿Cómo puede ser que esos marineros no me hayan entendido cuando yo hablé
francés y usted pudo hacerse comprender con gestos? —preguntó Harvey, después de
distribuir la compra entre los tripulantes del We’re Here.
—Lenguaje por señas —dijo Tom Platt con una risotada—. Bueno, era más o
menos algo así pero mucho más antiguo que el francés que tú conoces, Harvey. Esas
embarcaciones francesas están llenas de francmasones. Ésa es la razón.
—Entonces, ¿es usted francmasón?
—Así parece, ¿no crees? —dijo el marinero de barco de guerra llenando su pipa,
y Harvey tuvo otro de los misterios de alta mar para meditar.

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Capítulo VI

Lo que más extrañaba a Harvey era la manera despreocupada en que algunas


embarcaciones vagabundeaban por el Atlántico. Según decía Dan, las de pesca
dependían, naturalmente, de la cortesía y sabiduría de sus vecinos, pero era de esperar
que las de vapor fueran algo mejor que eso. Esto fue después de otro interesante
encuentro, cuando les dio caza durante una distancia de casi cinco kilómetros un
barco de vapor, viejo y de grandes dimensiones, dedicado al transporte de ganado,
cuyo puente estaba cubierto completamente por construcciones de madera, donde se
albergaba el ganado, y que olía como mil establos juntos. Un oficial muy excitado les
gritó con un megáfono, mientras su barco detenía su marcha, hasta que Disko,
poniendo el We’re Here a sotavento, le dijo un par de verdades al capitán.
—¿Dónde os creéis que estáis? No merecéis estar en ninguna parte. Vosotros,
marineros de gallinero, marcháis ensuciando las rutas de alta mar, sin tener maldita la
consideración para con vuestros vecinos, y tenéis los ojos en la taza de café, en vez
de en vuestras tontas cabezas.
Al oír esto, el capitán del transporte bailó sobre el puente como si le hubiera
picado una tarántula y dijo algo sobre los ojos de Disko:
—No hemos podido comprobar nuestra situación en tres días. ¿Imaginas que
podemos proseguir nuestro rumbo a ciegas?
—Yo puedo hacerlo —respondió Disko—. ¿Qué dice vuestra sonda? ¿No podéis
husmear el fondo o es que la peste a ganado no os deja?
—¿Con qué los alimentáis? —preguntó el tío Salters con desusada seriedad, pues
el olor a establo había despertado todo lo que tenía de granjero—. Dicen que pierden
mucho peso durante el viaje. No lo sé, ya sé que no es asunto mío, pero he oído decir
que las tortas de lino muy desmenuzadas y rociadas con agua…
—¡Rayos y truenos! —exclamó uno de los ganaderos de la otra embarcación, que
estaba vestido con un jersey rojo—. ¿De qué manicomio han dejado escapar a esas
barbas?
—Joven —añadió el tío Salters poniéndose de pie frente a las jarcias de proa—,
permítame decirles antes de que prosiga que…
Le interrumpió el oficial, que se encontraba en el puente de la otra embarcación:
—Disculpe —dijo—, deseo conocer mi situación. Si esa persona de aficiones
agrícolas hiciera el favor de callarse, ese percebe de ojos verde mar quizá
condescendiera a indicármela.
—Me has puesto en ridículo, Salters —dijo Disko enojado.
No podía aguantar esa manera de hablar, por lo cual, sin más ceremonias, dio la
longitud y latitud.

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—¡Vaya un cargamento de locos! —exclamó el capitán de la otra embarcación
dirigiéndose a la sala de máquinas y arrojando un paquete de periódicos en dirección
al We’re Here—. De todos los malditos locos que me ha tocado conocer, Salters, tú y
la tripulación de ese vapor sois lo peor que he visto —dijo Disko, mientras se alejaba
del lugar el We’re Here—. Les estaba dando mi opinión acerca de esos marineros que
andan por estas aguas como chiquillo que ha perdido la niñera, y ahí tienes que
meterte tú con tus cosas de labranza. ¿No puedes separar ambas cosas?
Harvey, Dan y los otros se mantuvieron alejados de la discusión, haciéndose
mutuamente señas y divirtiéndose en grande. Disko y Salters discutieron seriamente
hasta la noche. Salters argüía que un barco dedicado al transporte de ganado era
prácticamente un corral flotante. Disko insistía en que aunque fuera así, la decencia y
el orgullo de un pescador exigían que se mantuvieran «ambas cosas separadas». Long
Jack permaneció en silencio por algún tiempo (un capitán enojado equivale a una
tripulación desgraciada), pero no pudo ya aguantar durante la comida.
—¿Para qué preocuparse por lo que dirán? —dijo.
—Contarán ese cuento durante años y años. Basta con eso —exclamó Disko—.
¡Tortas de lino rociadas con agua! —Con una pizca de sal, por supuesto— dijo
Salters impenitente, levantando la vista de la sección de agricultura de un periódico
viejo de Nueva York.
—Hiere directamente todos mis sentimientos —prosiguió el capitán.
—No veo por qué —dijo Long Jack, que se había propuesto hacer las paces—.
Escucha, Disko, ¿hay alguna otra embarcación que en esta época, con este tiempo,
habiendo encontrado un transporte, además de darle la posición, fíjate que digo
además, hubiera dejado de echar una parrafada con ellos sobre el manejo del ganado,
con un mar como el que tenemos? ¡Olvídalo! Naturalmente que ellos no lo harían.
Fue la conversación más breve que haya oído alguna vez. Nos hemos apuntado un
tanto por partida doble.
Dan le dio un puntapié a Harvey por debajo de la mesa y éste ocultó la cara en la
taza.
—Bueno —prosiguió Salters, que sentía que su honor estaba a salvo, por lo
menos, en cierta medida—. Ya dije que no sabía si era asunto mío antes de empezar a
hablar. —Eso es— asintió Tom Platt, hombre experimentado en cuestiones de
disciplina y etiqueta—. Ahí debiste hacerle callar, Disko, si creíste que esa
conversación podía conducir, a su juicio, a alguna situación inconveniente.
—Claro, ahora lo comprendo, pero no lo hice —dijo Disko, que veía ante sí una
retirada honrosa para su dignidad.
—Naturalmente que es así —dijo Salters—; para algo eres tú capitán. Me hubiera
callado ante una simple indicación tuya, no por estar convencido ni por otra cosa,
sino para dar un ejemplo a estos dos malditos muchachos tuyos. —¿No te decía yo,

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Harvey, que antes de que terminara este lío nos iban a meter a nosotros? ¡Siempre
estos malditos muchachos! Pues yo, a pesar de todo, no me hubiera perdido ese
espectáculo de circo por la mitad de las ganancias— murmuró Dan.
—Sin embargo, se deben mantener siempre las cosas separadas —dijo Disko,
mientras Salters encendía su pipa, en la que había metido tabaco finamente cortado,
poniendo una expresión como si quisiera seguir discutiendo.
—Es una virtud y una ventaja saber mantener las cosas en su lugar —afirmó
Long Jack, que todavía intentaba calmar la tormenta—. Eso es lo que encontró
Steyning, de la firma Steyning & Hare, cuando confió el mando del Marilla D. Kuhn
a Counahan en lugar del capitán Newton, que padecía de reumatismo inflamatorio,
por lo que no podía embarcarse. Le llamábamos Counahan el Navegante.
—Nick Counahan nunca se embarcó, ni siquiera por una noche, sin llevar un
barril de ron —dijo Platt, tratando de ayudar a Long Jack en su tentativa de desviar la
conversación—. Tenía la costumbre de perder el tiempo rondando por las oficinas de
los armadores de Boston, pidiendo que le nombraran capitán de un remolcador por su
linda cara. Sam Coy, el de Atlantic Avenue, convencido por sus historias, le dio de
comer durante más de un año. ¡Counahan el Navegante! Creo que hace unos quince
años que murió, ¿no?
—Me parece que son diecisiete. Murió cuando se construía el Caspar McVeagh.
Nunca pudo mantener las cosas separadas. Steyning le confió el mando por la misma
razón por la cual el ladrón se llevó la estufa encendida: no había otra cosa a mano.
Todos estaban en el banco. Counahan reunió a trompicones una tripulación como no
se ha visto otra. ¡El ron! El Marilla podía haber flotado en el que tenían almacenado a
bordo. Salieron de la bahía de Boston con viento del noroeste, con toda la tripulación
muy ocupada manejando la espita del barril. Creo que Dios tuvo misericordia de
ellos, pues si hubiera sido por las guardias o maniobras que nadie de aquella
tripulación hizo hasta que no vieron el fondo de aquel barril de quince galones…
Tardaron una semana en conseguirlo, según creía recordar Counahan. ¡Si yo pudiera
contarlo como lo hacía él! Mientras tanto, el viento seguía soplando y el Marilla, que
llevaba envergado el contrafoque, pues era verano, navegaba a toda velocidad.
Entonces Counahan, con más miedo que vergüenza, tomó el cuadrante, y entre lo que
sacó en limpio, la carta y las cosas que tenía en la cabeza, se imaginó que estaban al
sur de Sable Island. Abrieron otro barril y dejaron de pensar en el rumbo durante los
próximos días. El Marilla se abatía de un costado cuando salieron de la bahía de
Boston, y hasta entonces no se había levantado, navegando siempre inclinado. Se
extrañó aquella tripulación de que no divisaran ni algas, ni albatros, ni otros veleros,
entonces cayeron en la cuenta de que hacía quince días que navegaban y empezaron a
creer que el banco hubiese suspendido pagos. Echaron el escandallo y midieron
sesenta brazas de profundidad. «¡Ése soy yo! —exclamó Counahan—. ¡Ése soy yo,

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como siempre! Os he traído como sobre rieles hasta el banco, especialmente para
vosotros. En cuanto tengamos treinta brazas está hecho el negocio. Por algo me
llaman Counahan el Navegante». Echaron otra vez el escandallo y resultó que el
fondo estaba a noventa brazas. Al oír esto, dijo Counahan que o a la cuerda le había
dado por estirarse o el fondo del banco se había hundido. La recogieron y la echaron
sobre cubierta para contar los nudos y desenredarla. El Marilla mantenía la velocidad
y rumbo con que había salido de Boston hasta que divisaron un vapor mercante, y
Counahan se puso al habla con los tripulantes. «¿Habéis visto algún barco
pesquero?», preguntó despreocupadamente. «Hay un montón en la costa irlandesa»,
respondieron desde el mercante. «¡Váyanse a paseo! —exclamó Counahan—. ¿Qué
tengo yo que ver con la costa irlandesa?». «Entonces, ¿qué haces aquí?», preguntó el
capitán de la otra embarcación. «¡Por la cristiandad doliente! —exclamó Counahan.
Siempre decía eso cuando le faltaba el aliento y no se sentía bien—. ¡Por la
cristiandad doliente! ¿Dónde estoy?». «Treinta y cinco millas al oeste-sudoeste del
cabo Clear —dijo el del mercante—, si eso te sirve de consuelo». Counahan pegó un
salto de casi un metro y medio, según lo midió el cocinero. «¡De consuelo! —
exclamó Counahan sin dejarse conmover—. ¿Quién te crees que soy yo? A treinta y
cinco millas del cabo Clear, después de catorce días de haber salido de Boston. ¡Por
la cristiandad doliente! ¡Es todo un récord!». Ahora que me acuerdo, mi madre vive
en Skibbereen. Imaginaos, ¡qué amargura! Pero ya veis lo que resulta de no mantener
las cosas separadas. La tripulación se componía en su mayor parte de marineros de
Cork y de Kerry, excepto un yanqui de Maryland, que quería volverse, pero todos
dijeron que aquello era amotinamiento y se fueron en el Marilla hasta Skibbereen.
Durante una semana lo pasaron muy bien visitando a conocidos de los alrededores de
la vieja comarca. Tardaron veintitrés días en llegar a los bancos. Cuando estuvieron
allí, ya se terminaba la temporada, por lo que Counahan volvió a Boston, sin meterse
en ningún otro enredo más.
—¿Qué dijo la compañía de todo aquello? —preguntó Harvey.
—¿Qué podían decir? El bacalao seguía en el banco y Counahan estaba en el
muelle hablando del tiempo récord en que había atravesado el Atlántico. Se
contentaron con eso. Todo ocurrió, en primer lugar, por no apartar a la tripulación del
ron, y en segundo lugar, por no mantener la distancia conveniente entre Skibbereen y
Queereau. ¡Que el alma de Counahan el Navegante descanse en paz!
—Una vez navegaba yo en el Lucy Holmes —dijo Manuel con voz suave—: En
Gloucester nadie quería el pescado de ese barco, por lo que atravesamos el charco
para intentar venderlo a algún hombre de Fayal. Vino [32]una tormenta y no podíamos
ver bien. Arreció y seguimos hacia el Sur, a gran velocidad, nadie sabía hacia dónde.
De repente divisamos tierra y la temperatura empezó a subir. Aparecieron dos, tres
negros en un bote. Les preguntamos dónde nos encontrábamos… Bueno, ¿dónde

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creéis que estábamos?
—Gran Canaria —dijo Disko después de un momento. Manuel movió la cabeza
sonriendo.
—Blanco —aventuró Tom Platt.
—No, mucho peor que eso. Estábamos más allá de Bezagos. Aquel bote era de
Liberia. Allí vendimos el pescado. No está mal. ¿Eh?
—¿Podría esta goleta ir hasta África? —preguntó Harvey—. Podría dar la vuelta
al cabo de Hornos, si hubiera algo allí que valiese la pena ir a buscar y la despensa
aguanta —dijo Disko—. Mi padre llevó su barco, una especie de meñique de
cincuenta toneladas, creo, el Rupert se llamaba, hasta las montañas de hielo de
Groenlandia, cuando la mitad de nuestra flota iba persiguiendo al bacalao. Y lo que es
más, llevaba a su mujer consigo, supongo que para mostrarle cómo se ganaba el pan.
Yo nací en la isla de Disko. Claro está que no me acuerdo de nada. Volvimos cuando
cedió el hielo en la primavera, y me bautizaron con el nombre de aquel lugar. Creo
que fue un error ponerle ese nombre a un bebé, pero todos cometemos errores en
nuestras vidas.
—¡Claro, claro! —exclamó el tío Salters, sacudiendo la cabeza en señal de
aprobación—. Todos podemos cometer errores. Y os digo ahora a vosotros dos que
después de cometer un error, y vosotros no bajáis de cien al día, que lo mejor que se
puede hacer es reconocerlo como hombres.
Long Jack hizo un tremendo guiño a todos, menos a Disko y Salters, y se dio por
zanjado el asunto.
Se dirigieron hacia el Norte, anclando en diversos puntos, saliendo los botes casi
todos los días; recorrieron el extremo este del gran banco, a una profundidad de
treinta a cuarenta brazas, sin dejar nunca de pescar.
Allí fue donde por primera vez Harvey encontró calamares, uno de los mejores
cebos para la pesca del bacalao, pero es un animal muy temperamental. Una noche
oscura los gritos de «¡calamares!» del tío Salters los arrancaron de sus catres. Hasta
una hora y media después todos los tripulantes estaban ocupados en pescarlos con un
aparejo especial, que consistía en una pieza de plomo pintado de rojo y armada en
uno de sus extremos con varillas encorvadas hacia adentro, como las de un paraguas a
medio abrir. Por alguna razón desconocida, al calamar le gusta esa red y se mete en
ella; el pescador la iza antes de que pueda salir. Pero cuando se ve atrapado arroja
primero chorros de agua y después de tinta en la cara de su captor. Era un espectáculo
curioso ver cómo los pescadores movían la cabeza de un lado para otro para esquivar
el disparo. Cuando terminó aquella agitación todos estaban tan negros como
deshollinadores, pero en cubierta yacía un montón de calamares frescos. A los
bacalaos grandes les gusta un pedazo de tentáculo de calamar en el extremo de un
anzuelo cebado con almejas. Al día siguiente pescaron mucho y encontraron el

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Carrie Pitman, a quien contaron a gritos su buena suerte. La tripulación del otro
barco quiso negociar: siete bacalaos por un calamar de buen tamaño, pero Disko no
estaba conforme con el cambio, así que el Carrie Pitman se alejó malhumorado,
echando el ancla a una distancia de casi media milla, esperando encontrar calamares.
Disko no habló hasta después de cenar. Ordenó entonces a Dan y a Manuel que
fijaran con una boya el cable del We’re Here y que se iba a dormir con el hacha
preparada. Naturalmente, Dan repitió estas observaciones a los tripulantes de uno de
los botes del Carrie Pitman, que querían saber para qué ponían boyas, puesto que el
fondo no era rocoso.
—Padre dice que ni con un ferry se acercaría a cinco millas de vosotros —repuso
Dan alegremente.
—¿Por qué no os vais de aquí? ¿Quién os lo impide? —respondieron del otro
bote.
—Porque acabáis de poneros a sotavento, y padre no aguanta eso de nadie y
muchísimo menos de un cascarón como el vuestro que anda a la deriva cerca de él.
—Nadie va a la deriva, esta vez —dijo el otro pescador enojado, pues el Carrie
Pitman tenía la desagradable reputación de romper las cadenas del ancla.
—¿Cómo ancláis entonces? —preguntó Dan—. Es lo que mejor se os da cuando
navegáis. Y si no estáis a la deriva, ¿para qué, por todos los diablos, tenéis un nuevo
botalón de foque?
Esta observación dio en el blanco.
—¡Eh, tú! ¡Organillero portugués! Llévate tu mono de vuelta a Gloucester, y tú,
Dan Troop, vete otra vez a la escuela —fue la respuesta.
—¡Zamarra! ¡Zamarra! —aulló Dan, que sabía que uno de los tripulantes del
Carrie Pitman había trabajado en una fábrica de zamarras durante el invierno.
—¡Camarón! ¡Camarón de Gloucester! ¡Vete ya a tu tierra, novy!
Llamar novy a un hombre de Gloucester, como si fuera de Nueva Escocia, es un
insulto. Dan respondió como se merecían.
—¡Novy serás tú, escoria de Scrabble! ¡Ruina de Chatham! ¡Meteos vuestro barco
en los calcetines!
Ambos combatientes se separaron después de esta refriega, con grave pérdida de
prestigio para Chatham.
—Ya sabía lo que va a ocurrir —dijo Disko—. Ha calado ya el viento. Alguien
debería impedir que ese barco abandonara puerto. Roncarán hasta medianoche, y
cuando estemos en el mejor de los sueños empezará a ir a la deriva. Por suerte no
estamos rodeados de pesqueros. Pero no voy a levar anclas sólo por Chatham. Es
posible que ese barco aguante.
El viento, que había cedido un poco, acrecentó su velocidad al ponerse el sol, y
soplaba sin parar. Sin embargo, el mar no se movía ni siquiera para molestar el

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aparejo de un bote de pesca, pero el Carrie Pitman tenía sus propias leyes. Cuando
terminaba la guardia de los dos grumetes, oyeron que a bordo del Carrie Pitman se
producía un crac crac crac como el de una de aquellas antiguas pistolas que se
cargaban por la boca.
—¡Gloria, gloria! ¡Aleluya! —exclamó Dan—. Ahí viene padre, por la popa,
sonámbulo, lo mismo que hizo en Queereau.
Si hubiera sido otra embarcación, Disko hubiera corrido el riesgo, pero tratándose
del Carrie Pitman mandó cortar el cable, mientras éste, con todo el viento del
Atlántico Norte detrás de él, se les acercaba dando bandazos. El We’re Here, con el
foque y la vela plegada, no le concedió más espacio que el absolutamente necesario,
pues Disko no deseaba pasarse una semana buscando el cable, aunque se puso en
dirección favorable al viento, mientras el Carrie pasaba silencioso y como enojado a
merced de las corrientes y los vientos del banco.
—Buenas noches —dijo Disko, quitándose la gorra—. ¿Qué tal crece tu huerta?
—Vete a Ohio y alquila una mula —dijo Salters—. No queremos granjeros por
aquí.
—¿Queréis el ancla de mi bote? —gritó Long Jack.
—Soltad el timón y tiradlo al barro —exclamó Tom Platt—. ¡Oíd! —gritó Dan
con voz aguda y alta mientras se tenía de pie al lado del timón—. ¿Hay huelga en la
fábrica de zamarras? ¿O emplean ahora mujeres en vuestro lugar? ¡Juntaos! —
Aflojad los guardines [33] y clavadlos en el fondo— gritó Harvey.
Ésta era una broma de pescador, llena de sal marina, que le había enseñado Tom
Platt. Manuel se inclinó sobre la popa y movió el pulgar, haciendo un ademán de
desprecio, al mismo tiempo que gritaba:
—Johanna Morgan toca el órgano. ¡Ah!
Penn, aquel hombrecillo, se cubrió de gloria, gritando con su vocecilla de falsete:
—Torced un poco a la derecha. ¡Venid aquí! ¡Eh!
Aquella noche navegaron sobre la cadena del ancla, lo que Harvey encontró que
era incómodo y desagradable. Perdieron casi toda la mañana para encontrar el cable.
Pero los muchachos estaban de acuerdo en que aquel trabajo era un precio muy bajo
si se le comparaba con el triunfo y la gloria. Y con orgullo pensaron muchísimas otras
cosas que podrían haberle dicho a la desconcertada tripulación del Carrie.

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Capítulo VII

Al día siguiente encontraron más veleros que giraban lentamente del nordeste al
Oeste. Pero cuando esperaban encontrarse en los bancos de La Virgen, la niebla se
cerró sobre ellos. Anclaron rodeados por el tintineo de invisibles campanas. No se
pescaba gran cosa; a veces un bote de una de aquellas embarcaciones encontraba al
de otra y las respectivas tripulaciones cambiaban noticias. Aquella tarde, un poco
antes del crepúsculo, Dan y Harvey, que habían dormido todo el día, se lanzaron
fuera de sus literas para «pescar» pastelillos fritos. No había ninguna razón para no
hacerlo abiertamente, pero así tenían mejor gusto y además enfadaban al cocinero. El
calor y el olor de la cabina les hizo subir a cubierta, donde Disko tocaba la campana,
ocupación de la que encargó en seguida a Harvey.
—Sigue tocando —dijo—. Creo que he oído algo. Si es que vale la pena,
conviene que me encuentre donde pueda hacer falta.
La campana sonaba débilmente, y su sonido parecía perderse en la espesa niebla;
durante las pausas, Harvey oía el grito apagado de la sirena de un vapor de pasajeros:
sabía ya lo suficiente acerca del banco para comprender lo que eso significaba. Con
impresionante claridad se imaginó un muchacho vestido con un jersey de color cereza
(despreciaba ahora las chaquetas elegantes con todo el sentimiento de que es capaz un
marinero), ignorante y alborotador, que una vez dijo que sería «genial» que un
transatlántico se cargara a un pesquero. Aquel chico tenía un camarote de lujo, con
baño, agua caliente y fría, y tardaba diez minutos en elegir los platos para su comida,
escogiéndolos de un menú impreso en cartulina con bordes dorados. Y aquel mismo
muchacho, no, su hermano mayor, se levantaba a las cuatro de la mañana, cuando
todavía no había clareado, se ponía una chaqueta que chorreaba agua y que crujía y
empezaba a tocar la campana, de la que dependían muchas vidas. Una campana
mucho menor que la que utilizaba el camarero principal del transatlántico para llamar
a la mesa, mientras a poca distancia la proa de acero de diez metros de largo cortaba
las aguas a una velocidad de veinte millas por hora. Lo que más le amargaba era
pensar que en aquel vapor dormía la gente en camarotes secos y tapizados, personas
que nunca se enterarían de que habían masacrado a la tripulación de una goleta de
pescadores antes del desayuno. Harvey seguía tañendo la campana.
—Claro, han disminuido su velocidad. Han rebajado en una vuelta el número de
revoluciones de la hélice —dijo Dan soplando la caracola de Manuel—. Así se
mantienen dentro de la ley, lo que será un consuelo para nosotros, cuando estemos en
el fondo del mar. ¡Escucha!
«¡Auuu-juuu-juuu»!, aullaba la sirena. «Ding, dang, dong», hacía la campana.
«Greeee uuuuh», rugía la bocina, mientras el mar y el cielo se mezclaban en una

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niebla lechosa. En aquel momento Harvey sintió que se encontraban cerca de un
cuerpo en movimiento. Levantó la vista y allá arriba distinguió lo que semejaba la
ladera de una gigantesca roca húmeda, que parecía dispuesta a echarse sobre la
goleta. Una bella línea de olas se rizaba delante de ella, y cuando pudo ver mejor
observó una larga columna de números romanos: XV, XVI, XVII, XVIII, etc.,
pintados sobre una superficie centelleante de color salmón. Se ladeaba con un ruido
silbante. Desapareció la escala; pasó como un rayo una línea de ojos de buey,
bordeados por círculos de bronce; sobre las manos de Harvey, levantadas en un
ademán de desesperanza, pasó un chorro de vapor; a lo largo de la borda del We’re
Here corrió velozmente una ola de agua caliente; la pequeña goleta cabeceó y se
movió para todos lados en las aguas agitadas por las revoluciones de la hélice,
mientras la popa del vapor desaparecía en la niebla. Harvey estaba a punto de
desmayarse, a caer súbitamente enfermo o a hacer las dos cosas a la vez cuando oyó
un ruido como si alguien arrojara un baúl pesado sobre una acera. Hasta sus oídos
llegó una voz débil, como si proviniera de una gran distancia, que gritaba:
—¡Virad! ¡Que nos habéis hundido!
—¿Somos nosotros? —preguntó Harvey con voz entrecortada.
—¡No! Es otro bote que está más allá. Sigue tocando la campana. Vamos a ver
qué ha pasado —dijo Dan, corriendo hacia los botes.
Medio minuto después toda la tripulación, excepto Harvey, Penn y el cocinero, se
había dirigido en los botes al lugar del siniestro. A lo largo del We’re Here pasó un
pedazo del palo mayor. Apareció después un bote vacío pintado de verde, que chocó
con la borda de la goleta, como si pidiera que lo subieran. Le siguió otra cosa, que
parecía un hombre con un jersey azul, aunque no era un ser humano completo. Penn
cambió de color y contuvo el aliento de repente. Harvey se agarró desesperado a la
cuerda de la campana, pues temía que alguien los atropellase en cualquier momento;
echó a correr hacia la borda en cuanto oyó gritar a Disko al volver la tripulación.
—¡El Jennie Cushman! —dijo Dan nerviosamente—; ¡lo cortó por la mitad, lo
hundió y lo pateó! A menos de un cuarto de milla de nosotros. Padre ha salvado al
capitán. No hay nadie más, pero… estaba también su hijo. ¡Oh, Harvey, Harvey! No
puedo aguantarlo. He visto… —dejó caer la cabeza entre sus manos y sollozó
mientras los otros arrastraban a bordo a un hombre de cabellos grises.
—¿Para qué me habéis salvado? —dijo aquel hombre sollozando—. Disko, ¿para
qué me has salvado?
Disko dejó caer su pesada mano sobre el hombro del náufrago, pues sus ojos
tenían una mirada extraña y sus labios temblaban mientras observaba a la silenciosa
tripulación del We’re Here. Entonces habló Pennsylvania Pratt, que a veces era
Haskins o Rich o M’Vitty, según andaba la memoria del tío Salters. Su cara había
cambiado: ya no era la de un loco, sino la de un anciano lleno de sabiduría. Dijo con

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voz enérgica:
—El Señor da y el Señor nos lo quita. Alabado sea el nombre del Señor. Yo
era…, yo soy un ministro del evangelio. Dejádmelo.
—¿Lo eres? —preguntó el náufrago—. Entonces, ¡ruegue usted a Dios que me
devuelva a mi hijo! Rece usted para que tenga otra vez un barco, que me costó nueve
mil dólares y mil quintales de pescado que llevaba sacados de las aguas. Si hubierais
dejado que me ahogara, mi viuda habría ido al asilo, y trabajar para tener una
pensión. ¡Ahora tendré que decírselo yo!
—No tendrás nada que decirle —replicó Disko—. Será mejor que te acuestes un
poco, Jason Olley.
Cuando un hombre ha perdido a su hijo único, todas las ganancias de la
temporada y su medio de vida en menos de treinta segundos, es difícil consolarlo.
—¿Eran todos gente de Gloucester? —preguntó Tom Platt jugando con la cuerda
de amarre de uno de los botes—. ¡Oh! Eso no tiene importancia —dijo Jason,
sacudiéndose el agua de la barba—. Dentro de poco tendré que pasear en bote a los
veraneantes del este de Gloucester hasta que llegue el otoño.
Se arrastró pesadamente hasta la borda cantando:

Happy birds that sing and fly


Round thine altars, O Most High! [34]

—Ven conmigo. ¡Ven abajo! —dijo Penn, como si tuviera derecho a dar órdenes.
Las miradas de ambos hombres se cruzaron durante una fracción de segundo.
—No sé quién es usted, pero iré —dijo Jason sumisamente—. Es posible que
recupere algo…, algo de los nueve mil dólares.
Penn lo condujo hasta el camarote y cerró la puerta tras ellos.
—Ése no es Penn —gritó el tío Salters—. Es Jacob Boller y ha conseguido
recordar Johnstown. Nunca he visto una mirada así en los ojos de ningún hombre
vivo. ¿Qué voy a hacer ahora?
Oían las voces de Penn y de Jason. Después Penn salió solo; Salters se quitó la
gorra, pues Penn rezaba. El hombrecillo subió la escalera; gruesas gotas de sudor le
caían por la cara mientras observaba a la tripulación. Dan seguía sollozando cerca del
timón.
—No nos reconoce —gruñó el tío Salters—. Tendremos que enseñarle otra vez
todo, inclusive a jugar a las damas. ¿Qué me dirá a mí?
Penn habló; todos sintieron que lo hacía como si se dirigiera a extraños.
—He rezado —dijo—. Los de nuestra fe creen en el poder de la plegaria. He
rezado para pedir la vida del hijo de este hombre. Los míos se ahogaron ante mis
ojos, mi esposa, mi primogénito… y los otros. ¿Puede el hombre ser más sabio que su
Hacedor? Nunca recé por sus vidas, pero he pedido por la de éste y seguramente le

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será concedida esa gracia.
Salters miraba a Penn, como pidiéndole con los ojos que le recordara.
—¿Cuánto tiempo he estado loco? —preguntó Penn repentinamente. Sus labios se
movían convulsivamente.
—¡Vamos, Penn! Tú nunca estuviste loco —dijo Salters iniciando la terrible
discusión que, según él, se avecinaba—. Sólo un poco confuso…
—Vi cómo las casas, llevadas por la corriente, chocaron contra el puente antes de
que estallara el incendio. No recuerdo nada más. ¿Cuánto tiempo hace de eso?
—¡No puedo soportarlo! ¡No puedo! —gritó Dan mientras Harvey prorrumpía en
sollozos.
—Pues unos cinco años —dijo Disko con voz temblorosa.
—Entonces he debido estar al cuidado de alguna persona todos los días desde esa
fecha. ¿Quién es?
Disko indicó con el dedo a Salters.
—¡Nadie te ha cuidado! ¡Nadie! —exclamó el granjero y marinero, retorciéndose
las manos—. Te has ganado la vida con creces. Yo mismo te debo dinero. Además,
tienes la mitad de lo que me corresponde por este viaje, que te pertenece por los
servicios prestados.
—Veo que sois hombres buenos. Lo leo en vuestras caras. Pero…
—¡La Virgen tenga misericordia de nosotros! —murmuró Long Jack—. ¡Pensar
que ha venido con nosotros todos estos viajes! ¡Está embrujado!
La campana de una goleta sonó al lado del We’re Here y una voz gritó a través de
la niebla:
—¡Oye! ¡Disko! ¿Te has enterado de lo que le ha pasado a la Jennie Cushman?
—¡Han encontrado a su hijo! —gritó Penn—. ¡Callad y observad los maravillosos
caminos del Señor!
—Tenemos a Jason Olley a bordo —dijo Disko con voz temblorosa—. ¿No sabéis
si se ha salvado alguien más?
—Hemos encontrado a uno. Casi chocamos con él. Se encontraba sobre un
montón de maderas, que podían ser los restos del castillo. Tiene algunos cortes en la
cabeza.
—¿Quién es?
Los corazones de los tripulantes del We’re Here latían al unísono.
—Creo que es el hijo de Olley —respondió una voz pausada desde el otro lado.
Penn levantó las manos y dijo algo en alemán. Harvey hubiera podido jurar que
una luz brillante iluminaba su cara, que se dirigía hacia el cielo. La voz prosiguió:
—Nos tomasteis bastante el pelo la otra noche.
—Pues lo que es ahora no tenemos ganas de bromas —dijo Disko.
—Me lo imagino, pero lo cierto es que… cuando lo salvamos íbamos a la deriva.

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Era el Carrie Pitman, que no perdía la costumbre de derivar a pesar del ancla; una
irresistible explosión de carcajadas estalló a bordo del We’re Here.
—¿No sería mejor que nos mandaseis al viejo Olley? Queremos seguir pescando
calamares para cebo. De todas maneras, no le necesitáis para nada. Este continuo
trabajo con el cabrestante hace que nos falten manos a bordo. Ya cuidaremos de él.
Está casado con una tía de mi mujer.
—Os daré cualquier cosa que haya a bordo —dijo Disko—. No necesitamos nada,
a no ser un ancla que aguante. El joven Olley se está poniendo muy excitado y nos
causa algunas molestias. Mandadnos al padre.
Penn lo despertó del estupor que le causaba la desesperación y Tom Platt lo llevó
en el bote hasta el otro barco. Se fue sin decir una palabra de agradecimiento, sin
saber lo que había de encontrar en la otra embarcación. La niebla se cerró en seguida
sobre ellos.
—Y ahora —dijo Penn, inspirando profundamente el aire como si fuera a predicar
—. Ahora… —el cuerpo erguido cayó como una espada que entra en la vaina,
desapareció la luz de sus ojos y la voz volvió a adquirir aquel tono humilde y cantarín
de siempre—. Ahora… —dijo Pennsylvania Pratt—, ¿cree usted que es muy
temprano para una partidita de damas, señor Salters?
—Lo mismísimo, lo mismísimo que iba yo a decir —gritó Salters
apresuradamente—. Es algo tremendo, cómo puedes adivinar las cosas que se les
ocurren a los demás.
El hombrecillo se sonrojó y siguió tímidamente a Salters hacia la proa.
—¡Levad el ancla! ¡Rápido! Quiero salir de una vez de estas malditas aguas —
dijo Disko. Nunca se le obedeció más rápidamente.
—¡Por Dios! ¿Qué creéis que significa todo esto? —preguntó Long Jack,
mientras avanzaba otra vez a través de la niebla, empapado de humedad y sin haber
podido reponerse de su extrañeza.
Disko, que estaba en el timón, dijo:
—Yo creo que fue así: todo el asunto del Jennie Cushman ocurrió con el
estómago vacío…
—Él…, nosotros, vimos flotar uno de los… cadáveres —sollozó Harvey.
—Claro, eso fue como si lo sacaran del agua, como un bote que llega finalmente a
la playa; lo levantó y le hizo recordar Johnstown y Jacob Boller y todos esos
recuerdos. Al consolar a Jason se mantuvo a flote, como cuando se levanta un bote.
Pero como es débil, esos puntales no le sirvieron de gran cosa, se fue hundiendo poco
a poco y ahora está a merced de las aguas otra vez. Ésa es mi opinión.
Todos coincidieron en que Disko tenía enteramente razón. —Hubiera sido un
gran golpe para Salters si Penn hubiera seguido siendo Jacob Boller. ¿Os fijasteis en
la cara que puso el tío cuando Penn quiso saber quién había cuidado de él durante

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todos estos años? ¿Cómo está, Salters?— Duerme, duerme como un bebé —
respondió Salters dirigiéndose a popa de puntillas—. Ya no habrá más sorpresas hasta
que se despierte. ¿Habéis visto alguna vez tan patente el poder de la plegaria?
Definitivamente, arrancó al joven Olley de las aguas. Eso es lo que creo. Jason estaba
terriblemente orgulloso de su hijo, y creo que lo que ha pasado es simplemente una
advertencia para que no adore a falsos dioses.
—Hay otros igual de estúpidos —dijo Disko.
—Eso es otra cosa —replicó Salters—. Ni Penn está completamente loco, ni yo
hago otra cosa que cumplir mi deber para con él.
Aquellos hombres hambrientos esperaron tres horas hasta que Penn apareció otra
vez en cubierta. Su cara no tenía expresión alguna y no recordaba nada. Dijo que le
parecía haber soñado. Preguntó la razón por la cual estaban todos tan silenciosos y
nadie pudo explicárselo.
Durante los tres o cuatro días siguientes, Disko hizo trabajar sin descanso a su
tripulación. Cuando no podían salir debido a la niebla, los mandaba a la bodega a
acondicionar nuevamente las provisiones o la carga, para tener más espacio donde
poner el pescado. Disko les demostró que existe un arte de la estiba, que permite que
el barco navegue mejor. Así, la tripulación estuvo ocupada hasta que recobró su buen
humor. Long Jack dio a Harvey una buena paliza con una soga por «estar tan triste
como un gato enfermo por lo que ya no tenía arreglo», como explicó el de Galway.
Harvey reflexionó mucho aquellos días, cambiando ideas con Dan, quien coincidió
con él hasta tal punto que ya no robaban pasteles, los pedían.
Pero una semana más tarde los dos casi hacen zozobrar al Hattie S. al intentar
cazar un tiburón con una bayoneta vieja, montada en el extremo de un palo. La pobre
bestia había estado frotando su lomo contra el bote, pidiendo pescado. La batalla
entre los tres fue tal, que se debió a un milagro que los muchachos escaparan con
vida.
Finalmente, después de jugar a la gallina ciega en la niebla, una mañana gritó
Disko en la cabina:
—¡Rápido! ¡Chicos! Hemos llegado a una ciudad.

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Capítulo VIII

Hasta el fin de sus días Harvey no olvidaría lo que vio en aquel momento. El sol, que
no habían visto hacía una semana, acababa de levantarse sobre el horizonte. Su luz
rojiza iluminaba el velamen de tres flotas de pescadores que habían anclado en el
lugar: una por el Norte, otra por el Oeste y la otra por el Sur. Había casi un centenar
de ellos, de todos los tipos y calados. A lo lejos se encontraba un velero francés con
aparejo de cruzamen. Todos cabeceaban y se hacían cortesías los unos a los otros. De
cada velero salían botes como las abejas de una colmena superpoblada. El ruido de
las voces, de los motones [35], de las maniobras y de los remos se oía a gran distancia
sobre las aguas ondulantes. Las velas eran de todos colores: negras, gris perla y
blancas, mientras el sol se elevaba sobre el horizonte; los botes se dirigían hacia el
Sur a través de los pocos jirones de niebla que quedaban.
Los botes se reunían, formando cúmulos, se separaban, se acercaban otra vez,
yendo todos en el mismo sentido. Los pescadores se saludaban a gritos o con silbidos
y cantaban. Se manchaba el agua con los residuos arrojados por la borda.
—Es una ciudad —dijo Harvey—. Disko tenía razón. Es una ciudad.
—Las he visto más pequeñas —observó Disko—. Aquí habrá unos mil hombres.
Más allá está La Virgen —agregó indicando con el dedo un espacio vacío de color
verde donde no aparecía ningún bote.
El We’re Here se movió a lo largo del escuadrón del Norte, mientras Disko
saludaba a sus numerosas amistades con la mano. El velero ancló tan limpiamente
como un yate de carrera al terminar la estación. La flota del banco aprobaba en
silencio cualquier demostración de maestría marinera, pero un chapucero recibía un
abucheo de cada uno de los barcos.
—¡Justo a tiempo para la fiesta! —gritaron del Mary Chilton.
—¿Habéis gastado ya toda la sal? —preguntaron del King Philip.
—¡Eh, Tom Platt! ¿Vienes a cenar esta noche? —preguntaron del Henry Clay.
Las preguntas y las respuestas volaban de una embarcación a otra. Todos se
habían encontrado otras veces, cuando desde sus botes pescaban en la niebla. No hay
lugar mejor ni mayor para el cotilleo que el banco. Todos parecían conocer la historia
del salvamento de Harvey y querían saber qué tal era como marinero. Los jóvenes
bromeaban con Dan, que tenía una lengua bastante suelta, preguntando por su salud y
llamándole por los apodos más desagradables con los que se le conocía en su ciudad
natal. Los compatriotas de Manuel bromearon con él en su propia lengua. Hasta el
silencioso cocinero, montado en el botalón de bauprés, mantuvo una conversación en
galés con un amigo tan negro como él. Después de haber puesto una boya al cable,

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pues alrededor de La Virgen el suelo es rocoso, y un descuido podría romper la
cadena del ancla por rozamiento y hacer que el barco vaya a la deriva, bajaron los
botes para reunirse a los muchísimos otros que habían anclado una milla más lejos. A
una distancia prudente las goletas se balanceaban y se sumergían rítmicamente en el
agua, como los patos que vigilan a sus hijuelos, mientras que los botes se portaban
como si fueran gansos mal educados.
Al meterse en aquella confusión, donde cada bote chocaba con otro, resonaron en
los oídos de Harvey los comentarios sobre su manera de remar. Alrededor de él
sonaban haciendo ruidos como de matraca todos los dialectos e idiomas desde
Labrador hasta Long Island, incluyendo el portugúes, el napolitano, la lingua franca,
el francés y el galés. No hablaban realmente, sino que parecían hacer un ruido como
de matracas, siendo evidentemente Harvey el blanco de sus habladurías. Por primera
vez en su vida sintió vergüenza, lo que provenía probablemente de haber vivido tanto
tiempo sólo con los tripulantes del We’re Here. Ahora veía centenares de caras
nuevas, que se elevaban y descendían con los movimientos de las pequeñas
embarcaciones de pesca. Una ola, suave y susurrante, a tres estadios [36] de los
barriles, elevaba mansamente una hilera de botes de muchos colores. Por un instante,
al elevarse sobre la cresta de una ola, parecían ser una cornisa del horizonte, mientras
los pescadores hacían señas con las manos y gritaban. En seguida desaparecían los
brazos en movimiento, las bocas abiertas y los pechos desnudos, mientras que la
próxima cresta traía figuras enteramente distintas como en un teatro de títeres. El
espectáculo distraía a Harvey.
—¡Eh, cuidado! —gritó Dan moviendo los aparejos de pescar.
—Cuando te diga que eches la red, la echas. En cualquier momento pueden
aparecer los bancos de capelanes. ¿Dónde nos colocamos, Tom Platt?
Empujando por un lado, remando por el otro, saludando a un amigo por una parte
y amenazando a un antiguo enemigo por la otra, el comodoro Tom Platt llevó su
flotilla a sotavento de la masa principal; inmediatamente tres o cuatro botes
empezaron a levar anclas para hacer lo mismo con los botes de We’re Here. En aquel
momento todos se rieron a carcajadas, pues uno de los botes se apartaba a gran
velocidad de los otros, mientras el pescador que lo ocupaba intentaba vanamente
recoger la cadena.
—¡Afloja! —gritaron veinte voces—. ¡Deja que se suelte!
—¿Qué pasa? —preguntó Harvey, mientras el bote desaparecía hacia el Sur a la
velocidad del rayo—. ¿No está anclado? —Claro que lo está— dijo Dan riéndose—.
Pero la cadena del ancla no está muy segura. Se ha enredado una ballena en ella…
¡Echa la red! Harvey, ahí vienen.
Alrededor de ellos se oscureció el mar, formando ondulaciones de pececitos
plateados. En una superficie de cinco o seis acres los bacalaos empezaron a saltar

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como las truchas en mayo. Detrás de ellos tres o cuatro anchos lomos grises hacían
burbujear el agua.
Todos gritaban y trataban de izar anclas al instante para colocarse sobre el banco,
para lo que, si era necesario, se enredaban con su vecino, diciendo todo lo que se les
ocurría, manejando furiosamente sus aparejos, advirtiendo a gritos a los otros,
mientras el agua burbujeaba como la de una botella de soda que se acabara de
destapar. Los bacalaos, las ballenas y los pescadores se echaron sobre los pececillos,
que son el alimento de los primeros. Dan, manejando su aparejo, casi arrojó al agua a
Harvey. Pero en aquel tremendo tumulto notó, y nunca lo olvidó, el ojo maligno y
fijo, que parecía el de un elefante de circo, de una ballena que nadaba a flor de agua y
que, según contó Harvey, le guiñó el ojo. Las cadenas de tres botes se enredaron por
obra de estos cazadores de alta mar y fueron arrastrados más de media milla antes de
que estos caballos marinos de tiro se desprendieran de ellas.
Los pececillos se alejaron. Cinco minutos más tarde no se oía más que el ruido de
las plomadas al caer en el agua, el que hacían los bacalaos al batir el agua nadando y
el golpe con el cual los marineros atontaban al pescado al sacarlo del agua. Fue una
pesca estupenda. Harvey distinguía el cuerpo brillante del bacalao en la profundidad,
que avanzaba en grupos, sin dejar de picar los anzuelos. La ley del banco prohíbe
severamente que se coloque más de un anzuelo en cada sedal cuando los botes se
encuentran cerca de La Virgen o de los bancos del Este, pero las embarcaciones se
encontraban tan cerca las unas de las otras, que a menudo se enredaban los anzuelos.
Harvey mismo se encontró discutiendo con un amable y melenudo pescador de
Terranova, por un lado, y un ruidoso portugués, por el otro.
Peor aún era el enredo que se armaba entre las cadenas de las anclas. Cada bote se
había colocado donde le parecía mejor, dejándose llevar por la corriente o remando
alrededor de ese punto fijo. A medida que el bacalao mordía con menos intensidad,
cada uno quería levar el ancla y buscar un sitio mejor, pero cada uno se encontraba
entonces con que estaba rodeado por tres o cuatro vecinos. En el banco, cortar el
ancla de otro bote es un crimen imperdonable. Sin embargo, alguno o algunos lo
cometieron tres o cuatro veces aquel día, sin que pudiera saberse quién había sido.
Tom Platt pescó a un marinero del Maine en una vil acción y, sin muchas ceremonias,
lo arrojó en su bote, golpeándole con el remo; Manuel se vio obligado a hacer lo
mismo con un compatriota suyo. Pero también le pasó eso al bote de Harvey y al de
Penn, que hubo que transformar en botes de relevo que llevaron el pescado al We’re
Here mientras los otros sacaban todo lo que podían. Los capelanes volvieron al
anochecer, repitiéndose el clamoreo anterior; cuando era noche cerrada volvieron a la
goleta para salar, a la luz de lámparas de petróleo.

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Era un montón muy grande de peces, tanto que se quedaron dormidos en el
trabajo. Al día siguiente varios botes pescaron un poco más arriba del cabo de La
Virgen. Harvey, que estaba con ellos, pudo observar aquella maraña de algas en la
roca, que se elevaba a unos siete metros sobre la superficie del mar. El bacalao
aparecía en legiones, marchando solemnemente sobre las algas. Cuando mordían el
anzuelo, lo hacían todos juntos, y lo mismo cuando se detenían. Al mediodía se
produjo una pausa y las tripulaciones de los botes empezaron a buscar otra diversión.
Dan divisó al Hope of Prague que acababa de llegar; en cuanto aparecieron sus botes,
todos los saludaron con el grito de:
—¿Quién es el hombre más mezquino de toda la flota?
—¡Nick Braaady! —trescientas voces respondieron con entusiasmo. Parecía un
coro de órgano.
—¿Quién robó las mechas de las lámparas? —gritó Dan, contribuyendo así a la
animación general.
—¡Nick Braaady! —cantaron los botes.
—¿Quién usó cebo para hacer sopa? —preguntó un calumniador, que pretendía
permanecer en el anonimato, a un cuarto de milla de distancia.
Nuevamente todos respondieron alegremente a coro. Brady no era un hombre
precisamente mezquino, pero tenía esa fama y la flota lo exageraba al máximo.
Después descubrieron a un hombre de un velero de Truro, que, seis años antes, había
sido sorprendido mientras usaba un sedal con cinco o seis anzuelos. Naturalmente, se
le puso de apodo «Jim el gorrón». Aunque se había ocultado en otras aguas, cuando
volvió se encontró que le estaban esperando con todos los honores. Se lo dijeron en
una especie de estridente coro:
—¡Jim! ¡Oh Jim! ¡Jim! ¡Oh Jim! ¡Gorrón!
Un marinero de Beverly, con inclinaciones poéticas, que había estado pensando
en ello todo el día y que se vanaglorió de su éxito durante varias semanas, cantó: «El
ancla del Carrie Pitman no se sujeta ni por un centavo», lo que contribuyó a que los
tripulantes de los botes se sintieran completamente felices. Después preguntaron al
marinero de Beverly de dónde había sacado su inspiración, pues ni aun los poetas
inventan nada. Le tocó el turno a cada uno de los veleros y casi a cada uno de los
tripulantes. ¿Había algún cocinero por ahí desordenado o sucio? Los pescadores de
los botes cantaban sobre él o sobre su comida. ¿Estaba mal colocada la estiba de un
velero? Pues se explicaba el asunto a la flota con todo lujo de detalles. ¿Que un
marinero había robado un poco de tabaco a un compañero? Se le nombraba en
aquella reunión y el nombre pasaba de bote en bote. Los infalibles juicios de Disko,
el bote que Long Jack había vendido muchos años antes, el amor de Dan (¡cómo se
enojó al oírlo!), la mala suerte de Penn con las anclas de su bote, las ideas del tío
Salters sobre los abonos, los pecadillos de Manuel cuando estaba en tierra y la

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manera femenina de remar de Harvey, todo apareció en público. Mientras caía la
niebla alrededor de ellos como si fueran sábanas de plata, bajo el sol, las voces
sonaban como las de una fila de jueces que pronunciaran sentencia.
Los botes siguieron remando y pescando, mientras charlaban sus tripulantes,
hasta que el mar se embraveció. Se apartaron un poco y alguien dijo que si seguía la
tormenta La Virgen iba a derrumbarse. Un audaz marinero de Galway, que compartía
el bote con su sobrino, negó que eso fuera posible y se acercó remando hasta la
misma roca. Muchas voces les aconsejaron que se alejaran y hasta algunos se
atrevieron a detenerlos. Cuando las olas de suave cresta pasaron por el costado sur,
elevaron el bote cada vez a mayor altura en la niebla, dejándolo caer después en
terribles hoyos formados por las aguas absorbentes, donde el bote empezó a girar
alrededor del ancla, a una distancia de medio metro o tal vez un metro de la roca. Era
jugar con la muerte por una simple exposición de valentía. Las tripulaciones de los
otros botes los observaban con un silencio intranquilo, hasta que Long Jack se acercó
remando y, sin que lo notaran, les cortó la cadena del ancla.
—¿No oís cómo golpea? —gritó—. ¡Remad si estimáis en algo vuestras
miserables vidas! ¡A los remos!
Los dos hombres juraron e intentaron discutir mientras la corriente arrastraba el
bote. La próxima ola se frenó un poco, como un hombre que tropieza con una
alfombra. Se produjo un profundo suspiro y un rugido y La Virgen arrojó un remolino
de agua espumosa, blanca, furiosa, que se esparció por el bajío como si fuera un
espectro. Todos los tripulantes de los otros botes aplaudieron a Long Jack y los dos
marineros de Galway no dijeron una palabra.
—¿No es elegante? —preguntó Dan, moviéndose como una cría de foca en casa
—. De ahora en adelante las olas se romperán cada media hora, a menos que la
tormenta arrecie. ¿Cuál es el tiempo justo cuando actúa, Tom Platt?
—Cada quince minutos, con absoluta exactitud. Harvey, has visto lo más
importante del banco, y si no hubiera sido por Long Jack habrías tenido oportunidad
de ver dos muertos.
Se oyeron carcajadas cuando se espesó la niebla y las goletas empezaron a tocar
sus campanas. Un bergantín apareció deslizándose cuidadosamente fuera de la
bruma. Los pescadores irlandeses la recibieron con gritos de «¡Ven, cariño!».
—¿Es otro velero francés? —preguntó Harvey.
—¿No tienes ojos en la cara? —dijo Dan—. Es un barco de Baltimore que se
desplaza temblando de miedo. Le sacaremos los motones a fuerza de burlas. Me
parece que es la primera vez que su capitán se reúne con la flota en estas condiciones.
Era una embarcación negra de ochocientas toneladas, que a los marineros les
parecía una mujerona gorda. Llevaba aferrada la mayor y las velas de gavia
ondulaban en el poco viento que soplaba. Ahora bien, un bergantín era la más

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femenina de las criaturas del mar; aquella embarcación alta y que se movía como si
vacilara, con su mascarón de proa pintado de blanco y oro, parecía una mujerona
asombrada que se levanta las faldas para cruzar una calle barrosa ante las miradas y
los gritos de una turba de chiquillos mal educados. Por lo menos, su situación era
muy parecida. Su capitán sabía que se encontraba cerca de La Virgen, había oído el
ruido de las rompientes, y, en consecuencia, quería saber exactamente su situación.
Lo que sigue es sólo una débil muestra de lo que le gritaron desde los botes.
—¿La Virgen? ¿De qué estás hablando? Esto es Le Have un domingo por la
mañana. Vete a casa y espera hasta que se te pase la borrachera.
—Vete a tu casa, tortuga. Vete a tu casa y cuéntale a la gente de tu pueblo que ahí
vamos nosotros.
Media docena de voces le gritó, al inclinarse la embarcación por la popa y entrar
el agua por los escobenes:
—¡Ahí va! Se va a pique.
—¡Enderézala, hombre, enderézala!
—¡Soltad todo!
—¡Todos a las bombas!
—¡Aferrad los foques y movedla con una pértiga!
Al oír esto el capitán de la barca perdió la paciencia y comenzó a soltar toda clase
de insultos. Al instante se suspendió la pesca y el capitán tuvo que oír muchas cosas
sobre su barco y su próximo puerto de escala. Le preguntaron si estaba asegurado y si
había robado el ancla, pues, según decían, la que tenía era del Carrie Pitman. Le
dijeron que su barco era una chalana, buena para navegar por canales. Le acusaron de
tirar basura al mar para asustar a los bacalaos. Se ofrecieron a remolcarle y
presentarle la cuenta a su mujer. Un joven audaz se acercó con su bote a la
embarcación, le dio una palmada en la bovedilla y gritó:
—¡Arriba, petimetre!
El cocinero le echó encima un recipiente con cenizas, y él le respondió tirándole
cabezas de pescado. La tripulación de la barca empezó a utilizar trozos de carbón
como proyectiles, y los pescadores de los botes amenazaron con tomarla al abordaje.
Si la embarcación hubiera estado realmente en peligro se lo hubieran advertido, pero
en vista de que estaba bien lejos de La Virgen, los pescadores aprovecharon la
ocasión. Toda la broma quedó reducida a nada, cuando la roca habló otra vez, a
media milla de distancia. La atormentada barca, reconociendo su situación, izó todas
las velas disponibles para proseguir su viaje. Los pescadores creyeron que habían
ganado la batalla.
Aquella noche, La Virgen rugió terriblemente. A la mañana siguiente Harvey
observó que la flota se encontraba en un mar enfurecido y blanco de espuma. Ningún
bote bajó hasta las diez de la mañana, cuando los dos Jerauld del Day’s Eye,

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imaginándose que había amainado la tormenta, lo que no era cierto, dieron el
ejemplo. En un minuto se bajaron la mitad de los botes, que fueron sacudidos por las
olas. Troop, que no era amigo de correr riesgos, retuvo a la tripulación del We’re Here
dedicándola a limpiar y salar el pescado. Al crecer la violencia de la tormenta
tuvieron el placer de recibir a varios extraños, que se alegraban de poder encontrar un
refugio en aquel anochecer tormentoso. Ambos muchachos, provistos de linternas, se
mantenían donde podían ayudar a subir a los tripulantes de los botes de las otras
embarcaciones, observando con un ojo la ola que se venía y que induciría a aquellos
náufragos a abandonarlo todo, excepto la salvación de sus vidas. En la oscuridad se
oían gritos de «¡Bote, bote!». Lo pescaban con la pértiga, izando a un hombre medio
ahogado y un bote semidestrozado, hasta que su cubierta estuvo enteramente llena.
Durante el tiempo que les tocó de guardia Dan tuvo que subir cinco veces a la
botavara, agarrándose con los brazos, los pies y hasta con los dientes a las vergas, al
palo mismo y a las empapadas velas, mientras una gran ola barría el puente. Un bote
quedó completamente destrozado. Las olas arrojaron al pescador sobre cubierta,
donde al chocar se produjo una ancha herida en la frente. Cerca del anochecer,
cuando las crestas de las olas relucían con un color blanco plata, otro pescador,
amoratado por los golpes y con el aspecto de un aparecido, trepó hasta cubierta, con
un brazo roto, preguntando por su hermano. Para el desayuno hubo que alimentar a
siete bocas más: un sueco, un capitán de Chatham, un grumete de Hancock, en el
estado de Maine, otro de Duxbury y tres de Provincetown. Al día siguiente los barcos
de la flota cambiaron sus respectivos náufragos. Aunque nadie dijo nada, todos
comieron con mejor apetito cuando cada embarcación comprendió que no le faltaban
tripulantes. Se ahogaron sólo dos portugueses y un viejo pescador de Gloucester, pero
muchos tenían heridas o contusiones. Dos goletas habían perdido parte de sus jarcias
y el viento los había llevado tan lejos que necesitaron tres días para volver. En una de
las embarcaciones francesas, la misma en la cual Tom Platt había conseguido tabaco,
murió un marinero. En una mañana húmeda y alba, la embarcación se deslizó lejos de
las otras hacia un lugar donde el agua era profunda, con todas las velas colgando
plácidamente. Harvey observó el funeral con el anteojo de Disko. La ceremonia
consistió en arrojar por la borda un bulto de forma oblonga. Parecía que no existía
entre ellos ninguna forma de servicio de difuntos. Sin embargo, aquella noche, a
través del agua en la que se reflejaban las estrellas, cuando estaban anclados, Harvey
oyó a la tripulación francesa cantar algo que parecía un himno. Era una melodía que
sonaba muy lentamente:

La brigantine
qui va tourner,
roule et s’incline
pour m’entraîner,

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oh Vierge Marie,
pour moi priez Dieu!
Adieu, patrie;
Québec, adieu! [37]

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Tom Platt visitó el navío francés por la circunstancia de que, como él decía, el
muerto era su hermano por ser francmasón. De la conversación sacaron en limpio que
una ola había arrojado al marinero francés sobre la botavara, rompiéndole la espalda.
La noticia se esparció como un reguero de pólvora, pues contra la costumbre general,
los franceses organizaron una subasta con las pertenencias del muerto. No tenía
parientes ni amigos en St. Malo o Miquelon. Todas sus cosas se extendieron sobre
cubierta, desde su gorra roja de punto hasta el cinturón de cuero con la vaina para el
cuchillo en la parte posterior. Dan y Harvey, que se encontraban sobre un fondo de
veinte brazas de profundidad, en el Hattie S., remaron hasta la embarcación francesa
para reunirse con la muchedumbre que se había apiñado allí. Fue un trayecto largo; se
quedaron algún tiempo, hasta que Dan consiguió el cuchillo, que tenía un curioso
mango de bronce. Cuando bajaron nuevamente a su bote y remaron en medio de una
llovizna y un mar encrespado, se acordaron de que probablemente tendrían
dificultades a bordo por haber descuidado la pesca.
—Creo que no nos hará daño un poco de ejercicio para calentarnos —dijo Dan,
que temblaba dentro de su impermeable.
Remaron hasta encontrarse casi en el centro de una espesa capa de niebla que,
como es general, cayó sobre ellos sin previo aviso.
—Hay aquí una maldita marea que no permite que uno se fíe de sus instintos —
continuó—. Arroja el ancla, Harvey; pescaremos un rato, hasta que se levante algo la
niebla. Toma el plomo más pesado que tengas. Una libra no es nada en estas aguas.
Se producían burbujas en la popa del bote, donde alguna corriente irregular del
banco mantenía bien estirada la cadena del ancla. No podían ver más allá de un par de
metros: tan espesa era la niebla. Harvey se levantó el cuello y se inclinó sobre las
cuerdas con el aire de consumado lobo de mar. Ya no se asustaba de la niebla.
Pescaron un rato en silencio, encontrando que el bacalao picaba bastante bien. Dan
sacó a relucir el cuchillo y probó el filo en la borda del bote. —Es genial— dijo
Harvey—. ¿Cómo lo conseguiste tan barato?
—Debido a sus malditas supersticiones católicas —respondió Dan, mientras
jugaba con la brillante hoja del cuchillo—. Por decirlo así, no se atreven a sacarle el
hierro a un muerto. ¿Viste cómo retrocedió aquel francés cuando hice una oferta?
—Pero una subasta no es lo mismo que robarle nada a un muerto. Es un negocio
como otro cualquiera.
—Eso lo sabemos nosotros, pero no hay nada que hacer contra la superstición.
Ésa es una de las ventajas de vivir en un país progresista —dijo Dan, y entonces
empezó a cantar:

Oh, Double Thatcher, how are you?


Now Eastern Point comes inter view.
The girls an’ boys we soon shall see,

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At anchor off Cape Ann! [38]

—¿Por qué no hizo una oferta aquel hombre de Eastern Point? Compró sus botas.
¿No es progresista el estado de Maine?
—¿Maine? ¡Bah! Las personas de ese estado no saben lo suficiente o no tienen
dinero ni para pintar sus casas. Las he visto. Aquel hombre de Eastport [39] me contó
que, según el capitán del velero francés, el marinero había utilizado el cuchillo en la
costa francesa el año pasado.
—¿Para herir a un hombre? —preguntó Harvey sacando un bacalao, poniéndole
nuevo cebo en el anzuelo y arrojándolo otra vez.
—Para matarlo. Naturalmente, cuando oí eso, tuve aún mayor interés en
conseguir el cuchillo.
—¡Por Cristo! No sabía eso —dijo Harvey dándose vuelta—. Te daré un dólar
por él cuando cobre mi jornal. Mejor, te daré dos dólares.
—¿Es en serio? ¿Te gusta tanto como eso? —preguntó Dan poniéndose colorado
—. Bueno, a decir verdad, lo compré para ti, para regalártelo, pero no quise decir
nada hasta ver cómo te lo tomabas. Es tuyo y me alegro, puesto que somos
compañeros de bote y todo lo demás. ¡Agárralo!
Y le lanzó a Harvey tanto el cinto como el cuchillo.
—Bueno, Dan, escucha. No comprendo…
—Tómalo. A mí no me sirve de nada. Quiero que sea tuyo.
La tentación era irresistible.
—Dan, eres un buen muchacho —dijo Harvey—. Lo guardaré mientras viva.
—Me gusta oír eso —exclamó Dan con una carcajada de satisfacción, agregando
después, con deseos de cambiar de tema—: Parece que tu sedal ha enganchado algo.
—Supongo que se habrá enredado —dijo Harvey mientras tiraba. Pero antes se
había colocado el cinturón, sintiendo una satisfacción profunda cuando oyó cómo la
vaina chocaba con el banco del bote—. ¡Maldición! —exclamó—. Parece que nos
encontramos sobre un fondo de fresas. Sin embargo, aquí es arena, ¿verdad?
Dan se dirigió hacia donde estaba Harvey y dio un tirón al sedal para poder emitir
un juicio de experto:
—El halibut se comporta de esa manera si está de mal humor. Dale un tirón o dos.
Me parece que será mejor izarlo del todo y asegurarnos.
Tiraron juntos, asegurando cada vuelta en los cepos de los remos. El peso
invisible ascendía lentamente.
—¡Premio! ¡Oh! —exclamó Dan—, pero sus palabras terminaron en un agudo y
doble grito de horror, pues en el extremo del sedal se encontraba… el francés muerto,
que había sido arrojado al mar dos días antes. El anzuelo se había enredado debajo de
la axila derecha. El cadáver flotaba erecto y horrible, con la cabeza y los hombros por
encima del agua. Tenía los brazos atados al cuerpo y… no tenía rostro. Los

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muchachos cayeron el uno sobre el otro en el fondo del bote y allí permanecieron
mientras aquella cosa se movía a lo largo del bote, sujeta por el enredado sedal.
—¡La marea, la marea lo ha traído! —exclamó Harvey, cuyos labios temblaban,
mientras manoseaba nerviosamente la hebilla del cinturón.
—¡Oh Dios! ¡Oh Harvey! —farfulló Dan—. ¡Rápido! Ha vuelto por el cuchillo.
¡Dáselo! ¡Dáselo, deja que se lo lleve!
—¡No lo quiero! ¡No lo quiero! —gritó Harvey—. No puedo encontrar la hebilla.
—¡Rápido! Harvey, está enganchada en tu sedal.
Harvey se levantó para quitarse el cinturón, de frente a aquella cabeza que no
tenía cara y por la cual caían largos mechones de pelo húmedo.
—Todavía está sujeto a la cuerda —murmuró Dan sacando su cuchillo para cortar
el sedal, mientras Harvey arrojaba el cinto por la borda. El cuerpo se hundió
inmediatamente con un ¡ploff! sordo. Dan se puso de rodillas, más pálido que la
niebla.
—¡Volvió a buscarlo! ¡Volvió a buscarlo! He visto uno casi deshecho que quedó
prendido en una red y no me importó mucho, pero éste vino especialmente hacia
nosotros. —Ojalá no hubiese cogido el cuchillo. Entonces no se habría enganchado
en tu sedal.
—No sé si eso hubiera sido una gran diferencia. Creo que los dos tenemos susto
para diez años. ¡Oh Harvey!, ¿viste su cabeza?
—¿Si la he visto? Nunca la olvidaré. Pero, fíjate, Dan. De ninguna manera ha
podido ocurrir a propósito. Fue sólo la marea.
—¡La marea! Vino a buscar su cuchillo, Harvey. Pero si no puede ser de otra
manera. Lo arrojaron a seis millas al sur de la flota y nosotros nos encontramos a dos
de diferencia de donde están las embarcaciones ahora. Me dijeron que le habían
puesto braza y media de cadena del ancla para que se hundiera más pronto.
—Me pregunto qué habrá hecho con ese cuchillo en la costa de Francia.
—Con seguridad, algo malo habrá sido. Creo que tendrá que llevarlo hasta el día
del Juicio Final… ¿Qué estás haciendo con el pescado?
—Lo estoy tirando otra vez al mar —dijo Harvey.
—¿Por qué? Nosotros no vamos a comerlo.
—No me importa. Vi su cara al sacarme el cinturón. Puedes guardar tu pescado, si
quieres. No quiero el mío.
Dan no dijo nada, pero hizo exactamente lo mismo con su pesca.
—Creo que vale más hacer las cosas bien del todo —murmuró finalmente—.
Daría varios meses de paga por que aclarase la niebla, pues con ella ocurren cosas
raras, aparecidos y fenómenos sobrenaturales. Me alegro de que nos visitara de la
manera como lo hizo, y que no viniera paseando.
—No…, no… hables más de ello, Dan. Ya hemos pasado lo peor. Quisiera estar a

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bordo, aunque me dé una paliza el tío Salters en cuanto llegue.
—Dentro de poco empezarán a buscarnos. Dame la bocina.
Dan agarró el cuerno de hojalata que usaban para llamar a la cena, pero se detuvo
antes de empezar a soplar.
—¡Venga! —dijo Harvey—. No quiero quedarme aquí toda la noche.
—La cuestión es saber cómo lo tomará él. Un hombre de la costa me contó que
había trabajado en una goleta donde no se atrevían a tocar el cuerno, pues su capitán,
no el hombre que estaba ahora a cargo de la embarcación sino otro que la había
mandado cinco años antes, en un acceso de embriaguez había arrojado a un
muchacho por la borda, haciendo que se ahogara. Pues cada vez que soplaban el
cuerno aparecía el muchacho por uno de los costados de la embarcación gritando:
«¡Bote, bote!».
—¡Bote, bote! —gritó una voz sofocada a través de la niebla.
Ambos muchachos se asustaron otra vez, y el cuerno se cayó de las manos de
Dan.
—¡Espera! —gritó Harvey—. Es el cocinero.
—No sé lo que me hizo recordar ese cuento tonto —respondió Dan—. Claro está
que es el doctor.
—¡Dan! ¡Danny! ¡Ooooh! ¡Dan! ¡Harvey! ¡Harvey! ¡Oooh! ¡Haaarveee!
—Estamos aquí —gritaron los dos muchachos al unísono. Oían el ruido de los
remos, pero no pudieron ver nada, hasta que el cocinero, brillante de sudor, se acercó
a ellos.
—¿Qué os ha ocurrido? —preguntó—. Buena paliza os espera a bordo.
—Es lo que queremos. Eso nos consolará —dijo Dan—. Cualquier cara conocida
es bastante buena para nosotros. Hemos tenido una compañía bastante molesta.
Mientras el cocinero les pasaba un cabo, Dan le contó lo que les había ocurrido.
—Claro. Vino a buscar el cuchillo —dijo terminando el relato.
Nunca el We’re Here, a pesar de todos su movimientos, les pareció tan acogedor
como cuando el cocinero, que había nacido y se había criado en la niebla, los llevó
hasta la embarcación. Una luz cálida salía del camarote, de proa venía un olorcillo
apetitoso a comida y era algo celestial oír a Disko y demás miembros de la
tripulación, gente de carne y hueso, inclinados sobre la borda, prometerles una
soberana paliza, en cuanto estuvieran a bordo. Pero el cocinero era un negro maestro
de diplomacia. No arrimó los botes hasta proporcionar los puntos más notables del
relato, explicando, mientras efectuaba las maniobras necesarias, que Harvey era la
mascota de a bordo, que destruiría cualquier posible golpe de mala suerte. Por ello,
cuando se encontraron a bordo, los dos muchachos eran una especie de héroes de un
cuento terrorífico y todos les hacían preguntas en lugar de darles una azotaina por
meterse en líos. El pequeño Penn echó lo que casi podría considerarse como un

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discurso sobre las tontas supersticiones, pero la opinión pública estaba en contra suya
y a favor de Long Jack, que contó las más espeluznantes historias de aparecidos hasta
casi la medianoche. Ante aquellas palabras, nadie, excepto Penn y el tío Salters, dijo
nada sobre «idolatría» cuando el cocinero colocó una vela encendida, un pastel de
harina y agua y una pizca de sal en un flotador y lo depositó en el agua por la borda
para alejar al francés, en caso de que su alma no hubiera encontrado todavía la paz.
Dan encendió la vela, pues había comprado el cinturón, mientras el cocinero
murmuraba fórmulas de encantamientos, hasta que dejó de ser visible el débil puntito
de la llama.
—¿Y qué tienen que ver las supersticiones con el progreso? —preguntó Harvey a
Dan cuando iban a acostarse después de haber terminado su guardia.
—Bueno. Verás. Yo soy tan progresista como cualquiera y tan enemigo de las
supersticiones como el que más, pero cuando se trata de un marinero de Saint Malo,
que se dedica a asustar a un par de chicos por un cuchillo de treinta centavos,
entonces el cocinero puede hacer lo que le plazca. Desconfío de los extranjeros, vivos
o muertos.
A la mañana siguiente, todos, excepto el cocinero, estaban avergonzados de la
ceremonia y se pusieron a trabajar hablando entre sí por monosílabos.
El We’re Here corría una carrera codo a codo con el Perry Norman por los
últimos quintales de pescado para llenar sus bodegas. Tan iguales eran las
probabilidades de ambos veleros, que la flota se dividió en dos bandos y se cruzaron
apuestas de tabaco. Los tripulantes de ambos barcos trabajaban en las redes de pescar
o en la salazón, hasta que se caían de sueño en sus puestos, empezando antes de la
madrugada y terminando cuando ya no se veía nada. Recurrieron al cocinero para que
los ayudara, pusieron a Harvey en el depósito para que pasara la sal mientras que Dan
ayudaba a cortar. Felizmente, uno de los tripulantes del Perry Norman se torció un
tobillo al caer del castillo de proa, por lo que el We’re Here ganó la carrera. Harvey
no podía entender cómo cabía una libra más de pescado en las bodegas, pero Disko y
Tom Platt apilaban y apilaban, colocando pesadas piedras sacadas del lastre, por lo
que siempre quedaba «un día más de trabajo». Disko no les informó de cuándo se
terminaría toda la sal. A la diez de la mañana de un cierto día, empezó a izar la
mayor. Al mediodía ya estaban izadas la delantera y la gavia. Llegaron botes con
cartas para las familias de los pescadores que se quedaban todavía y enviaban su
buena fortuna. Finalmente se despejó la cubierta, se izó la bandera, derecho
concedido al velero que abandona primero el banco, se levó el ancla y empezó a
moverse. Disko, con el pretexto de hacer un favor a los que no habían tenido
oportunidad de mandar noticias a casa, recorrió con su embarcación la línea de
goletas. En realidad, era una procesión triunfal, y como hacía ya cinco años que
repetía lo mismo, quedaba demostrado que era un buen marino. El acordeón de Dan y

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el violín de Tom Platt proporcionaron la música necesaria para cantar estos versos
mágicos, lo que sólo puede hacerse cuando se ha gastado toda la sal:

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Hih! Yih! Yoho! Send your letters raound!
All our salt is wetted, an’ the anchor’s off the graound!
Bend, oh, bend your mains’l, we’re back to Yankeeland—
With fifteen hunder’ quintal,
An’ fifteen hunder’ quintal,
‘Teen hunder’ toppin’ quintal,
‘Twix’ old ‘Queereau an’ Grand. [40]

Las últimas cartas cayeron sobre el puente, atadas a pedazos de carbón; los
pescadores de Gloucester gritaron mensajes para sus mujeres y parientes, mientras el
We’re Here terminaba el desfile musical a través de la flota, al viento sus velas
delanteras con un movimiento que parecía el de la mano de un hombre que dice
adiós.
Harvey comprobó muy pronto que existía una diferencia fundamental entre el
We’re Here cuando se dirigía de un punto de anclaje a otro y el mismo velero al cortar
el mar hacia el Sur con todo el trapo desplegado. La rueda del timón pateaba aún en
el tiempo bonancible que los tripulantes llamaban «de muchachos» por permitirles
entonces manejar el timón. Sentía cómo se movía hacia delante el peso muerto en la
bodega, a cada ola; le mareaba la corriente de burbujas que dejaba la embarcación
detrás de sí.
Disko los tenía continuamente ocupados manejando las velas; cuando estaban tan
lisas como las de un yate de carreras, Dan tenía que desarrollar o aferrar las de las
gavias. En los momentos desocupados manejaban las bombas, pues el pescado
destilaba agua, lo que no mejora ni la calidad ni la estabilidad de la carga. Pero, como
ya no pescaban, Harvey tenía ocasión de observar el mar desde un punto de vista
enteramente distinto. El velero, de cubierta muy baja, estaba enlazado más
íntimamente con el ambiente en que se movía. Veían poco del horizonte, excepto
cuando se encontraban en la cima de una ola. Generalmente la embarcación parecía
moverse a codazos, a golpes y a empujones, siguiendo rectamente su camino, a través
de abismos grises, azulencos o negros, rodeados por marcos de brillante espuma. O el
velero se movía descuidadamente a lo largo de la cima de una colina formada por una
ola. Parecía como si dijera: «¿Vas a hacerme daño? Soy solamente la pequeña We’re
Here». Entonces se deslizaba suavemente hasta alcanzar su posición normal, a la
espera de un nuevo obstáculo. Hasta la persona más tonta no puede ver este
espectáculo sin notarlo, y como Harvey no era tonto, empezó a comprender y a gustar
aquel coro de ondulaciones, que caían las unas sobre las otras con un ruido incesante
como si se desgarrara algo. Comenzó a entender la prisa del viento que se deslizaba
por aquellos espacios abiertos, reuniendo como un pastor el rebaño de nubes de un
color azul purpúreo, la espléndida orgía de luces y sombras de la aurora, la
desaparición de la niebla matutina, el fulgor de la luna, la lluvia que besaba aquella

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extensa superficie desierta, el frío que se sentía al descender el sol, los millones de
pliegues ondulantes que revelaba la luz de la luna en la superficie de las aguas cuando
el botalón de bauprés estaba dirigido hacia las estrellas y Harvey iba a la cocina a
pedir rosquillas.
Pero la mejor diversión fue cuando se encargó a los dos muchachos que
manejaran el timón, bajo la mirada de Tom Platt, por lo que pudiera ocurrir. Se echó
por babor como si quisiera abrazar el azul del cielo, sobre el cabrestante; el agua que
hacía saltar el navío formó durante un momento un arco iris. Entonces las garras de
los botalones clamaron contra el palo mayor, crujieron las escotas y aullaron las
velas. Cuando el velero se metió en un abismo, tropezó como una mujer cuyos pies se
enredan en su propio vestido. Salió de allí con el foque húmedo, anhelando encontrar
las grandes luces gemelas de la isla Thatcher.
Dejaron el ambiente gris y frío del banco y vieron los destartalados transportes de
madera que se dirigían a Quebec por el estrecho de San Lorenzo y los bergantines de
Jersey cargados de sal procedentes de España y Sicilia. Encontraron un viento
nordeste favorable cerca del banco de Artimon, que los llevó al faro este de Sable
Island, espectáculo en el cual Disko no quiso perder el tiempo para marcharse de allí,
y pasaron por Western y Le Have, en el extremo norte de George. Desde allí tenían
ante sí el mar libre, por lo que dejaron que la goleta corriera todo lo que pudiera.
—Hattie está tirando del cabo —dijo Dan, confiando en Harvey—. Hattie y
mamá. El domingo próximo tendrás que contratar a un muchacho para que te avise
cuándo tienes que irte a dormir. Supongo que te quedarás con nosotros hasta que
llegue tu familia. ¿Sabes qué es lo mejor de volver a casa?
—¿Un baño caliente? —preguntó Harvey, cuyas cejas estaban blancas del agua
salada que las había mojado.
—Eso es bueno, pero una camisa de dormir es mucho mejor, puedes mover los
dedos de los pies. He soñado con esto desde que izamos la mayor. Mamá tendrá una
nueva para mí, y la lavará bien para que no se sienta la tela nueva. ¡Vamos a casa!
¡Harvey! ¡A casa! Puedes sentirlo en el aire. Nos metemos ahora en una ola de calor y
puedo sentir el olor de los laureles. Me pregunto si llegaremos a tiempo para la cena.
Un poco a babor.
Las vacilantes velas, sacudidas por el viento, daban bandazos, mientras el agua
suavizaba sus rasgos, adquiriendo un aspecto azul y oleoso alrededor del navío.
Cuando deseaban buenos vientos, caía sobre ellos una lluvia fina que tamborileaba
sobre cubierta, y detrás aparecían los rayos y los truenos, propios de mediados de
agosto. Estaban tirados sobre cubierta con los brazos y los pies desnudos, contándose
mutuamente lo que pedirían la primera vez que pudiesen comer en tierra, pues ahora
la costa se distinguía ya desde el barco. Un barco de Gloucester dedicado a la pesca
del pez espada se dejaba llevar por la corriente a un costado de ellos. Un marinero

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con un arpón, sentado en la botavara de popa, y con la cabeza descubierta y como
enyesada por la sal y la humedad, les gritó:
—¡Todo va bien! —exclamó entusiasmado, como si fuera el vigía de un gran
barco de pasajeros—. Wouvermann te espera, Disko. ¿Qué noticias traes de la flota?
Disko respondió a gritos y siguió su camino, mientras aquella feroz tormenta de
verano caía sobre ellos y los rayos estallaban en todos los ángulos del horizonte.
Reproducía en instantáneas, que aparecían y desaparecían una docena de veces por
minuto, el círculo de colinas bajas que rodea a Gloucester, la isla de Ten Pounds, las
redes de pescar y la línea zigzagueante de los techos de las casas, mientras el We’re
Here avanzaba con la proa semisumergida y las sirenas de las boyas aullaban y se
quejaban detrás de él. Entonces el fin de la tormenta se anunció en largas, aisladas y
malignas dagas de fuego, a las que siguió un rugido único; como el de una batería de
morteros. El aire sacudido por la tormenta transmitía la luz vacilante de las estrellas.
—¡La bandera, la bandera!— exclamó Disko de repente, señalando hacia arriba.
—¿Qué pasa? —preguntó Long Jack.
—¡Otto! ¡Poned la bandera a media asta! ¡Ya nos ven desde la costa!
—Lo había olvidado completamente. No tenía parientes en Gloucester, ¿verdad?
—No, sólo la muchacha con la que pensaba casarse cuando terminara la estación
de pesca.
—Que la Virgen tenga piedad de ella —dijo Long Jack, y bajó la bandera a media
asta por Otto, arrastrado mar afuera por una ola en Le Have, tres meses antes.
Disko se enjugó la humedad de sus ojos y condujo el We’re Here al muelle de
Wouvermann, murmurando sus órdenes, mientras la goleta abría camino entre los
remolcadores amarrados y los serenos de los barcos anclados lo saludaban a gritos
desde los extremos de los embarcaderos. Por encima de la oscuridad y del misterio de
aquella procesión Harvey sentía una vez más la proximidad de la costa, donde
dormían millares de personas, de donde provenía un olor a tierra mojada, y el ruido
familiar de una locomotora de maniobras, que tosía en un cobertizo de descarga.
Todas estas cosas aceleraban los latidos de su corazón y le producían una extrema
angustia, mientras las observaba de pie cerca del trinquete. Oyeron roncar al sereno
de un remolcador, semisumergido en un pozo oscuro, a cuyo lado se encontraban dos
faroles encendidos. Alguien se despertó gruñendo, les arrojó un cabo y lo aseguró en
el muelle, sobre el que sobresalían longitudinalmente grandes techos de hierro. Allí
se quedaron sin decir más.
Entonces Harvey, que se encontraba ahora cerca del timón, lloró como si se le
fuera a partir el corazón. Una mujer alta que se había sentado en una balanza subió al
barco y besó a Dan en las mejillas. Era su madre, que había visto el We’re Here a la
luz de los relámpagos. No se fijó en Harvey hasta que no se repuso un poco de la
emoción y Disko le contó la historia del muchacho. Ya amanecía cuando Harvey se

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dirigió con la familia a la casa de éste. Hasta que abrieron las oficinas de telégrafos y
pudo avisar a sus padres, Harvey Cheyne fue probablemente el muchacho más
solitario de todos los Estados Unidos. Pero lo más curioso era que ni Disko ni Dan le
despreciaban por haber llorado.
Wouvermann no estaba dispuesto a aceptar los precios de Disko, hasta que éste,
seguro de tener una semana de ventaja sobre cualquiera de los otros veleros de
Gloucester, le dio unos días de plazo para pensarlo. Todos los tripulantes se
dedicaban a pasear. Long Jack se entretenía en detener todos los tranvías que
encontraba a su paso, por principio, decía él, hasta que el conductor le dejaba viajar
gratis. Dan caminaba muy orgulloso, erguida su pecosa nariz, con un aire que a su
familia le resultaba de misterio y muy altanero.
—Dan, tendré que castigarte si te sigues portando de esa manera —dijo Troop
pensativo—. Desde que hemos llegado a tierra te portas como un insolente.
—Yo también le zurraría si fuera hijo mío —farfulló de mal humor el tío Salters,
que también vivía con los Troop, además de Penn.
—¡Eh! —exclamó Dan, jugando con el acordeón en la parte posterior de la casa,
dispuesto a saltar sobre la cerca si el enemigo avanzaba—. Padre, allá usted con sus
juicios, pero recordad que yo te lo advertí. ¡Uno de tu propia carne y sangre te lo ha
advertido! No es culpa mía si te has equivocado, pero estaré en cubierta para
vigilarte. En cuanto a ti, tío Salters, el jefe de los consejeros del Faraón no era nada
comparado contigo. Espera y verás. Te enterrarán bajo tu maldito trébol. Pero yo,
Dan Troop, me pondré tan floreciente como un laurel, pues no me he emperrado en
mi propia opinión.
Disko fumaba con toda la dignidad costera envueltos los pies en bellísimas
zapatillas de paño.
—Te estás volviendo loco como el pobre Harvey. No hacéis más que reíros
secretamente; cuchicheáis, os dais patadas por debajo de la mesa, hasta que ya no
haya más paz en esta casa —dijo su padre.
—Habrá todavía menos paz… para algunos —repuso Dan—. Espera y lo verás.
Él y Harvey se fueron en tranvía hasta las afueras de Gloucester, desde donde
caminaron a través de los bosques de laureles hasta el faro. Se tiraron sobre el
pedregal y se rieron hasta que sintieron hambre. Harvey mostró a Dan un telegrama y
ambos se comprometieron a guardar silencio hasta que estallara la bomba.
—¿La familia de los Harvey? —dijo Dan sin mover un músculo de la cara
después de cenar—. Creo que no son gran cosa, de lo contrario hubiéramos oído ya
algo de ellos. Su padre tiene algo así como una tienda en alguna parte del Oeste. Es
posible que a lo mejor le dé, como mucho, cinco dólares, padre.
—¿Qué os había dicho? —exclamó Salters—. Y tú, no escupas la comida cuando
hables, Dan.

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Capítulo IX

Cualesquiera que sean sus preocupaciones particulares, un multimillonario, al igual


que todo hombre que trabaja, debe estar al frente de sus negocios. El padre de Harvey
Cheyne se había dirigido al Este a fines de junio para salir al encuentro de una mujer
deshecha que soñaba noche y día con la muerte de su hijo en las grises aguas del
océano. La rodeó de médicos, enfermeras cualificadas, masajistas, y aun personas que
creen en la curación por medios mentales, aunque todo era inútil. La señora Cheyne
no se levantaba del lecho; sollozaba y hablaba de su hijo a todo el que quisiera oírla.
No tenía ninguna esperanza. ¿Quién podría dársela? Todo lo que necesitaba era que
se le asegurase que la muerte en el agua no produce sufrimientos. Su esposo la
vigilaba para que no quisiera ella misma intentar el experimento. El padre no hablaba
de sus propios sufrimientos. Apenas había comprendido su profundidad, cuando se
preguntó un día frente al calendario:
—¿Para qué seguir con esto?
En lo más profundo de su mente había pensado que algún día, cuando todos sus
negocios estuviesen encaminados, y su hijo hubiera concluido sus estudios
universitarios, le abriría su corazón y le dejaría a cargo de sus posesiones. Como
creen todos los padres ocupados, el muchacho se convertiría entonces en su
compañero, socio y aliado, a lo que seguirían espléndidos años de trabajos, en los que
colaborarían los dos, frenando la experiencia del uno el juego juvenil del otro. Pero
su hijo había muerto como uno de los marineros suecos de cualquiera de sus veleros,
que transportaban té. Su esposa se moría o podía ocurrirle algo peor; él mismo se
sentía pisoteado por un ejército de mujeres, de doctores y de ayudantes, harto hasta
más allá de lo razonable, por los caprichos de su pobre esposa, sin esperanza, sin
valor, para hacer frente a sus numerosos enemigos.
Había trasladado a su mujer a su nuevo palacio de San Diego, aún sin estrenar,
donde ella y el personal que la asistía ocupaban una de las lujosas alas, mientras
Cheyne, en un cuarto que parecía una galería, sentado entre un escritorio y una
mecanógrafa, que también era telegrafista, se deslizaba cansino por entre los días.
Había una guerra de tarifas entre cuatro ferrocarriles del Oeste, en la que él debería
estar interesado; una huelga devastadora colapsaba sus campamentos madereros de
Oregón, y la ley de California, que no sentía ningún aprecio por quienes la habían
creado, ahora estaba preparando una guerra abierta contra él. Generalmente habría
aceptado la batalla en cuanto se la ofrecieran y organizado una campaña cortésmente
y sin escrúpulos. Ahora estaba sentado con la mirada vacía, con el sombrero negro de
fieltro caído sobre la frente, encogido su cuerpo de gigante dentro del traje,
observando sus botas o los juncos chinos en la bahía y asintiendo distraído a las

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preguntas de su secretario, mientras abría la correspondencia.
Cheyne se preguntaba cuánto le costaría abandonar todo y retirarse. Estaba
asegurado en cantidades muy grandes y podía comprar seguros aún mayores. Entre
una de sus casas en Colorado y un poco de sociedad (lo que tendría muy buen efecto
sobre su esposa), por ejemplo en Washington, y las islas de la Carolina del Sur, un
hombre puede olvidar aquellos proyectos que habían fracasado. Por otra parte…
Se detuvo el martilleo de la máquina de escribir. La mecanógrafa observaba al
secretario, que se había puesto pálido.
Pasó a Cheyne un telegrama retransmitido desde San Francisco:

Recogido por el velero We’re Here, después de haber caído del barco.
Pasé el tiempo pescando en el banco. Todo va bien. Espero en
Gloucester, Estado de Massachusetts, en casa de Disko Troop, dinero u
órdenes. Telegrafía lo que debo hacer. ¿Cómo está mamá?

HARVEY N. CHEYNE.

El padre lo dejó caer, apoyó la cabeza en la cortina del escritorio y respiró


profundamente. El secretario corrió a buscar al médico de la señora Cheyne, quien
encontró al marido recorriendo el cuarto a grandes zancadas.
—¿Qué…, qué piensa usted? ¿Es posible? ¿Tiene esto algún sentido? Apenas
puedo entenderlo —gritó.
—Pues yo sí puedo —dijo el doctor—. Pierdo siete mil dólares al año. Eso es
todo —respondió el facultativo, acordándose de sus pacientes neoyorquinos, a los que
había abandonado a pedido de Cheyne y devolviendo el telegrama con un profundo
suspiro.
—¿Quiere usted decírselo a mi esposa? Puede ser una estafa.
—¿Para qué? ¿Con qué motivo? —dijo el doctor fríamente—. Se descubriría en
seguida. No hay duda de que es su hijo.
En aquel momento entró una doncella francesa, con imprudencia propia de una
persona indispensable a quien sólo se retiene mediante el pago de sueldos muy altos.
—La señora Cheyne dice que debe ir usted inmediatamente. Cree que usted está
enfermo.
Aquel hombre, dueño de treinta millones, bajó dócilmente la cabeza y siguió a
Suzanne. Desde la gran escalera de madera, una voz débil y de timbre muy agudo
preguntó:
—¿Qué ha pasado? ¿Qué es?
Ninguna puerta pudo absorber el alarido que resonó por toda la casa cuando su
esposo le contó a voces la noticia. —Está muy bien— dijo el doctor serenamente a la

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mecanógrafa—. Casi la única afirmación de naturaleza médica cierta en las novelas
es que la alegría no mata, señorita Kinzey.
—Ya lo sé, pero vamos a tener un montón de cosas que hacer.
La señorita Kinzey era de Milwaukee. Hablaba de manera muy franca y como
estaba colada por el secretario, le encantó la idea de que había que trabajar juntos.
Éste observaba un gran mapa de los Estados Unidos colgado de la pared.
—¡Milsom!, vamos a hacer un viaje. Vagón particular, derecho hasta Boston.
Encárguese de los arreglos necesarios —gritó Cheyne desde el descansillo de la
escalera.
—Me lo imaginaba.
El secretario se volvió a la mecanógrafa. Sus miradas se encontraron, de lo que
resultó otra historia que no tiene nada que ver con ésta. Ella le observaba
interrogante, creyéndole incapaz de resolver el problema. El secretario le ordenó que
se pusiera al telégrafo como un general que dispone sus tropas para la batalla. Se pasó
la mano por el pelo, como haría un músico, miró al techo y empezó a trabajar,
mientras los blancos dedos de la señorita Kinzey llamaban a diversas estaciones de
Estados Unidos.
—K. H. Wade, Los Ángeles. El Constance está en Los Ángeles. ¿No es así,
señorita Kinzey?
—Sí —asintió ella mientras seguía telegrafiando y el secretario observaba el
reloj.
—¿Lista? Envíe Constance y arregle horario para vagón particular que, saliendo
de aquí el domingo, llegue a tiempo para pasar a las líneas de la New York Limited
en la estación de la calle 16 el martes próximo.
Clic, clic, clic, resonaba el telégrafo.
—¿Podría usted mejorar eso?
—No en estas condiciones. Eso les da sesenta horas de aquí a Chicago. No
ganarán nada tomando algún tren especial al este de Chicago. ¿Lista?

Efectúe también arreglos de horarios con la Lake Shore & Michigan


Southern para llevar Constance a Nueva York Central, y de Hudson
River Buffalo a Albany. También con B. y A. para lo mismo de Albany a
Boston. Indispensable que me encuentre en Boston el miércoles. Tome
todas las precauciones necesarias para evitar cualquier retardo.
Telegrafío también a Canniff, Toucey y Barnes.

Firmado: CHEYNE.

La señorita Kinzey asintió con un movimiento de cabeza y el secretario prosiguió:

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—Ahora los telegramas para Canniff, Toucey y Barnes. ¿Lista?

Canniff. Chicago. Sírvase llevar mi vagón particular Constance, que


llegará a la estación de la calle 16, procedente de Santa Fe, el martes
por la tarde, y conducirlo a las líneas de la N. Y. Limited a través de
Buffalo y entregarlo a la N. Y. C. para Albany.

—¿Nunca ha estado usted en Nueva York, señorita Kinzey? Algún día iremos.
¿Lista?

Lleven vagón a Albany el martes por la tarde.

¡Eso es para Toucey!


—Nunca he estado en Nueva York, pero sabía que lo último era para Toucey —
dijo la señorita Kinzey inclinando la cabeza.
—Disculpe. Ahora, Boston y Albany; para Barnes las mismas instrucciones de
Albany a Boston. Saldrá a las tres o cinco de la tarde (no hace falta que telegrafíe
eso) y llegará el miércoles a las nueve de la noche. Con esto estamos a cubierto de
cualquier eventualidad. Wade lo hará, pero siempre conviene poner un poco en
movimiento a los directores.
—Es grandioso —dijo la señorita Kinzey con una mirada de admiración. Aquélla
era la clase de hombre que ella comprendía y admiraba.
—No está del todo mal —observó Milson modestamente—. Cualquier otra
persona hubiera perdido treinta horas y empleado una semana en estudiar el plan, en
lugar de encargar el trabajo al ferrocarril de Santa Fe hasta Chicago. —Oiga… acerca
de esa conexión con la New York Limited. El mismo Chauncey Depew no pudo
hacer pasar sus vagones por ahí— dijo la señorita Kinzey, recuperándose un poco.
—Sí, pero ahora no es Chauncey. Es Cheyne. Lo harán como un rayo.
—Aun así creo que lo mejor sería telegrafiar al chico. Por lo demás, usted sí se ha
olvidado de eso.
—Lo consultaré.
Cuando volvió con la respuesta del padre en la que se indicaba a Harvey que los
esperase en Boston a una hora determinada, encontró a la señorita Kinzey riéndose
sobre los telegramas que iban llegando. Milson se reía también, pues los frenéticos
telegramas que llegaban de Los Ángeles decían: «Queremos saber ¿por qué?, ¿por
qué?, ¿por qué? Se produce y desarrolla un malestar general».
Diez minutos más tarde Chicago apelaba a la señorita Kinzey en los términos
siguientes: «Si se está preparando el crimen del siglo, avisen a los amigos a tiempo.
Nos ponemos a cubierto».

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Sobrepasó este telegrama otro de Topeka [41] (ni el mismo Milson sabía lo que
Topeka tenía que ver con el asunto): «No dispare, coronel. Nos rendimos».
Cheyne sonrió amargamente ante la consternación de sus enemigos cuando leyó
el montón de telegramas que le presentaron.
—Se creen que estamos en guerra. Milson, dígales que no tenemos ganas de
pelear por ahora. Comuníqueles lo que vamos a buscar. Creo que será mejor que
usted y la señorita Kinzey vengan con nosotros, aunque no es probable que me
dedique a negocios por el camino. Dígales la verdad… por esta vez.
Milson les contó verazmente lo que había ocurrido. La señorita Kinzey expresó el
sentimiento en los telegramas explicativos, terminando con la memorable sentencia:
—Tengamos paz.
A tres mil kilómetros de distancia los representantes de sesenta y tres millones de
dólares, ganados manipulando acciones ferroviarias, respiraron tranquilos. Cheyne
volaba para encontrarse con su hijo único, salvado milagrosamente. El oso iba en
busca de su cachorro y no quería encontrarse ahora con los perros de presa. Hombres
duros, que habían sacado el cuchillo para luchar por su vida como financieros,
envainaron sus armas y le desearon buen viaje, mientras otra media docena de
aterrorizados propietarios de líneas de ferrocarril levantaron la cabeza orgullosa y
contaron las maravillosas hazañas que hubieran hecho si Cheyne no hubiera enterrado
el hacha de guerra.
Los telégrafos trabajaron intensamente aquel fin de semana, pues ahora que había
desaparecido la ansiedad, los hombres y las ciudades se daban prisa en cumplir lo
ordenado. Los Ángeles llamó a San Diego y a Barstow para que los ingenieros del
Southern California estuvieran enterados y se prepararan en sus remotas cocheras.
Barstow pasó las órdenes. Albuquerque se encargó del largo trayecto entre
Atchinson, Topeka y Santa Fe hasta Chicago. Una locomotora, su ténder, un vagón de
carga y Constance deberían recorrer aquellos tres mil setecientos sesenta kilómetros.
Aquel tren tendría preferencia sobre otros ciento setenta y siete. Era necesario avisar
a sus maquinistas y al personal de vías de ese hecho. Se necesitarían dieciséis
locomotoras, dieciséis maquinistas y dieciséis fogoneros, los mejores que fuera
posible obtener. Se concedían dos minutos y medio para cambiar de locomotora, tres
para reponer carbón y dos para el agua.
Arregle a todo el personal, arregle los cambios y el abastecimiento de acuerdo
con esto, pues Harvey Cheyne tiene prisa, prisa, prisa —los telegramas decían—: Se
espera hacer sesenta y cuatro kilómetros por hora. El director de cada sección
acompañará este tren especial mientras permanezca en su respectivo territorio.
Extiendan la alfombra mágica de San Diego a la estación de la calle 16 de Chicago.
¡Rápido!
—Va a hacer calor —dijo Cheyne mientras el tren salía de la estación de San

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Diego la tarde del domingo—. Nos apresuraremos todo lo posible, querida, pero
realmente no creo que valga la pena que te pongas ya el sombrero y los guantes. Será
mejor que te acuestes un poco y tomes lo que te ha recetado el médico. Me gustaría
jugar al dominó contigo, pero hoy es domingo.
—No creas que me va a pasar nada. Estoy perfectamente. Sólo que si me saco el
sombrero y los guantes me parece que no vamos a llegar nunca.
—Trata de dormir un poco, querida, y estaremos en Chicago antes de que te des
cuenta.
—Pero no me interesa Chicago. Vamos a Boston. Diles que se den prisa.
Aquellas bielas de 1,80 metros se abrían paso a martillazos hacia San Bernardino
y el desierto de Mohave, pero allí la pendiente era demasiado acentuada para grandes
velocidades. Eso vendría más tarde. El calor del desierto siguió al que reinaba en las
colinas cuando doblaron hacia el Este, hacia Needles y el río Colorado. El vagón
crujía bajo la total y verdadera sequía y la deslumbrante luz. Tuvieron que poner una
bolsa de hielo en el cuello a la señora Cheyne, mientras el tren ascendía por aquellas
pendientes, pasando Ash Fork, hacia Flagstaff, donde crecen los árboles bajo un cielo
seco y remoto. La aguja del velocímetro avanzaba y retrocedía rápidamente, caían las
cenizas sobre el techo y un torbellino de polvo seguía a las ruedas, que giraban
velozmente. Los empleados del coche de carga estaban sentados en sus literas,
jadeantes y en mangas de camisa. Cheyne estaba entre ellos contando, por encima del
estruendo del vagón, esas viejas historias ferroviarias que todo maquinista conoce.
Les contó la historia de su hijo y cómo el mar había devuelto al que todos creían
muerto, a lo cual inclinaron las cabezas, escupieron y se alegraron con él. Entonces le
preguntaron por «ella, allí detrás» y si aguantaría que el maquinista «le diera más»
velocidad, y Cheyne dijo que sí. De acuerdo con esto, «soltaron» el gran caballo de
fuego desde Flagstaff hasta Winslow, hasta que protestó uno de los ingenieros de los
tramos.
Pero la señora Cheyne, en su lujoso tocador del vagón particular, sólo se quejó
débilmente y le pidió a su esposo que les dijera que se apresurasen, mientras la
doncella francesa, lívida de miedo, se aferraba al picaporte plateado de la puerta. Así
salieron de las secas arenas y de las rocas de Arizona, que platea la luna, hasta que
por el choque de los topes y el ruido de los frenos comprendieron que estaban en
Coolidge, cerca de la línea divisoria continental.
Tres hombres audaces y experimentados, fríos, con plena confianza en sí mismos,
de ademanes secos cuando empezaron, pálidos, temblorosos y empapados en sudor
cuando terminaron su labor, condujeron el tren desde Albuquerque hasta Glorietta,
más allá de Springer, siempre más arriba, pasando el túnel del Ratón, en el límite del
estado, de donde se dirigieron a La Junta, vieron el río Arkansas y subieron hasta
Dodge City, donde Cheyne se alegró de tener que adelantar una hora su reloj.

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En el coche-salón se hablaba muy poco. El secretario y la mecanógrafa estaban
sentados en los sillones de cuero español estampado, junto al ventanal panorámico al
fondo del vagón, mirando los durmientes, que aparecían y desaparecían como las olas
del mar, y cómo se acumulaban hacia el horizonte. Cheyne se movía nerviosamente
entre el lujo extravagante de su vagón y la dura desnudez del de carga, manteniendo
entre los labios un cigarro que no acababa de encender, hasta que los obreros se
compadecieron de él, olvidaron que era el enemigo de su tribu e hicieron todo lo que
pudieron para entretenerlo.
De noche, los grupos de lámparas eléctricas alumbraron aquel lujoso lugar de
aflicción. Cenaron suntuosamente mientras el tren vibraba como una flecha a través
del vacío del desierto. Oyeron el silbido de un tanque de agua y la voz gutural de un
hombre chino, el golpeteo de los martillos que probaban las ruedas de acero de Krupp
[42] y los juramentos de un vagabundo a quien habían encontrado escondido entre los

ejes del vagón, el ruido del carbón al caer en el ténder y el eco de sus propios ruidos
al pasar otro tren. Vieron grandes abismos, un arroyo que ronroneaba detrás de sus
huellas o rocas que parecían haberse tragado la mitad de las estrellas. En vez de las
barrancas surgieron dentadas montañas hasta los límites del horizonte y después se
deshicieron en colinas, de menor altura cada vez, hasta que finalmente divisaron las
verdaderas praderas.
En Dodge City, un desconocido arrojó por la ventanilla un ejemplar de un diario
de Kansas que contenía una especie de entrevista con Harvey, que evidentemente
había caído en las manos de un activo periodista que había telegrafiado sus resultados
desde Boston. Aquel alegre argot periodístico proporcionaba pruebas indiscutibles de
que el aparecido era su hijo, lo que consoló a la señora Cheyne por algún tiempo. El
personal del tren transmitió a los ingenieros de Nickerson, Topeka y Marcelina la
única palabra que pronunciaba aquella mujer:
—¡Rápido!
Ahora las ciudades y los pueblos aparecían a menor distancia entre sí, por lo que
cualquiera podía sentir que se hallaba entre gente.
—No puedo ver la esfera del reloj, me duelen terriblemente los ojos. ¿Qué tal lo
estamos haciendo?
—Se hace todo lo posible, mamá. No tendría sentido llegar antes que el Limited.
Tendríamos que esperar allí la combinación.
—No me importa. Necesito sentir que nos movemos. Siéntate y dime los
kilómetros que hemos hecho.
Cheyne se sentó y le explicó lo que habían recorrido hasta entonces (algunas de
las velocidades obtenidas seguirían siendo récords aún hoy). Pero aquel vagón de más
de veinte metros de longitud siguió moviéndose a través del calor con el zumbido de
una gigantesca abeja. Sin embargo, su velocidad no era suficiente para la señora

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Cheyne; la atontaba el calor, aquel calor sin misericordia de agosto; le parecía que las
manecillas de los relojes no se movían y, ¿cuándo?, ¿cuándo iban a llegar por fin a
Chicago?
No es cierto que cuando cambiaron de locomotora en Fort Madison, Cheyne
entregara al Sindicato de Obreros Ferroviarios un donativo tal que podrían luchar con
él en términos de igualdad. Pagó a los maquinistas y fogoneros, de acuerdo con lo
que él creía que merecían, y sólo su banco sabe lo que dio al equipo que simpatizó
con él. Se sabe con toda seguridad que los encargados de la última locomotora se
hicieron cargo de la operación de cambiar el tren de vías al llegar a la calle 16, pues,
finalmente, «ella» se había dormido y ¡que Dios se apiadara del que la despertara!
El especialista, que tiene un gran sueldo, y que maneja la locomotora por la línea
de la Lake Shore y Michigan Southern Limited, es un verdadero autócrata y no le
gusta que le digan cómo debe unir la locomotora a los coches. Sin embargo, manejó
el Constance como si hubiera sido una carga de dinamita, y cuando el equipo le
censuró lo hizo en voz muy baja.
—¡Bah! —dijeron más tarde los ingenieros y obreros de la línea Atchinson,
Topeka y Santa Fe—. No intentamos establecer un récord esa vez. La mujer de
Harvey Cheyne estaba enferma y no quisimos asustarla. Ahora que me acuerdo,
tardamos cincuenta y siete horas y cincuenta y cuatro minutos de San Diego a
Chicago. Puede usted decirles eso a los ferroviarios del Este. Cuando intentemos
establecer un récord se lo haremos saber.
Para la gente del Oeste (aunque esto no complacería a ninguna de las ciudades),
Chicago y Boston son dos ciudades que se encuentran la una al lado de la otra;
algunas compañías de ferrocarril fomentan esta falsa impresión. La Limited llevó
como un torbellino el Constance hasta Buffalo; los brazos de la New York Central
and Hudson River la condujeron hasta Albany, no sin que antes algunos caballeros de
largas patillas y amuletos de oro en las cadenas de sus relojes agasajaran durante el
tiempo de espera de la combinación a la esposa de Cheyne para poder hablar con éste
de negocios. De Albany, la misma Compañía completó el viaje hasta Boston, con lo
cual el trayecto de costa a costa había durado ochenta y siete horas treinta y cinco
minutos, o sea, tres días y quince horas y media. Harvey los esperaba en la estación.
Después de una emoción violenta, la mayoría de la gente y todos los jóvenes
quieren comer algo. Festejaron la vuelta del hijo pródigo, detrás de las cortinas
corridas, absortos en su gran felicidad, mientras a derecha e izquierda rugían los
trenes. Harvey comió, bebió y se explayó contando sus aventuras, todas de un tirón.
En cuanto le quedaba una mano libre, su madre la acariciaba. Su voz se había hecho
más gruesa por vivir al aire libre, las palmas de sus manos eran duras y callosas, en
las muñecas quedaban las marcas de las heridas que le habían producido su trabajo, y
sus botas de goma y su jersey azul exhalaban un suave tufillo a bacalao.

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Su padre, acostumbrado a juzgar a los hombres, le examinaba atentamente. No
sabía si el muchacho había soportado algo que dejaría sus huellas en él para siempre.
Se sorprendió cuando se le ocurrió que en realidad conocía muy poco a su hijo;
recordaba claramente una cara regordeta de jovenzuelo exigente, que se divertía en
exasperar a su padre y hacer llorar a su madre, como esas personas que constituyen la
diversión de los lugares públicos y del vestíbulo de los hoteles, donde los hijos de los
ricos juegan a burlarse o insultar a los botones. Pero este joven pescador, bien
plantado sobre sus piernas, no se burlaba, le miraba fijamente en los ojos, claramente,
sin desviar la mirada, hablando con un tono claro, sorprendente y respetuoso. Había
algo en el tono de su voz que parecía prometer que el cambio era definitivo y que el
nuevo Harvey había venido para quedarse. «Alguien lo ha hecho entrar en vereda —
pensó Cheyne—. Constance no lo hubiera consentido jamás. Tampoco creo que un
viaje a Europa hubiera dado tan buenos resultados». —Pero ¿por qué no le dijiste a
ese hombre, Troop, o como se llame, quién eras?— preguntó su madre otra vez,
después que Harvey repitió su historia por segunda vez.
—Disko Troop, mamá. El mejor hombre que haya pisado jamás el puente de un
barco. No me interesa saber quién le sigue.
—¿Por qué no le dijiste que te dejara en la costa? Tú sabes muy bien que tu padre
le hubiera recompensado con creces. —Ya lo sé, pero él creyó que yo estaba loco. Me
parece que le llamé ladrón, pues no podía encontrar mi fajo de billetes en el bolsillo
del pantalón.
—Un marinero los encontró aquella noche cerca del asta de la bandera —dijo la
señora Cheyne sollozando.
—Eso explica muchas cosas. No culpo a Troop de nada. Le dije que no quería
trabajar y mucho menos en una goleta, y… naturalmente, me dio una bofetada que
me hizo sangrar por la nariz como un cerdo degollado.
—¡Pobre hijo mío! Deben haber abusado horriblemente de ti.
—No sé exactamente. Después de aquello, tuve las cosas claras.
Cheyne se golpeó el muslo y se rió bajito. Éste iba a ser un muchacho como el
que pedía su anhelante corazón. Nunca había visto aquel relampagueo en los ojos de
Harvey.
—Y el viejo me prometió diez dólares y medio al mes. Ya me ha pagado la mitad.
Aprendí y me puse manos a la obra. Todavía no puedo hacer el trabajo de un hombre,
pero puedo manejar un bote casi tan bien como Dan, y en una niebla no me pierdo…
del todo. Puedo manejar el timón cuando el viento no es muy fuerte y poner cebo en
una red; naturalmente, conozco todas las velas y puedo pescar; conozco muy bien el
libro de Josefo, y te demostraré cómo colar el café con un trozo de piel de pescado,
y… creo que tomaré otra taza. No tenéis idea de lo que hay que trabajar para ganar
diez dólares y medio al mes.

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—Yo empecé con ocho y medio, hijo mío —dijo Cheyne.
—¿En serio? Nunca me lo habías contado.
—Tú nunca me lo preguntaste, Harvey. Algún día te lo contaré, si tienes interés
en oírme. Cómete una de estas aceitunas rellenas.
—Troop dice que lo más interesante del mundo es fijarse en cómo un hombre
pone su inteligencia en su trabajo. Es estupendo esto de tener nuevamente una
comida tan buena como ésta. Sin embargo, no creáis, a bordo se come muy bien. La
mejor comida de los bancos. Disko nos da una comida de primera clase. Es un gran
hombre. Y Dan…, su hijo, Dan es mi socio. Y estaba también el tío Salters con sus
ideas acerca de los abonos y que lee el Josefo. Todavía está convencido de que estoy
loco. No quiero olvidarme del pequeño Penn, que ése sí está realmente loco. No le
habléis nunca de Johnstown, porque… y ¡oh!, tenéis que conocer a Tom Platt y Long
Jack y Manuel. Manuel me salvó la vida. Siento que sea portugués. No habla mucho
inglés, pero es un buen músico. Me encontró cuando flotaba a la deriva y me metió
en su bote.
—Me extraña que no tengas los nervios completamente destrozados —dijo la
señora Cheyne.
—¿Por qué, mamá? Trabajaba como un caballo, comía como un cerdo y dormía
como un muerto.
La última comparación fue demasiado para la pobre señora, a cuya memoria
acudieron sus imaginaciones de un ahogado que flota en las aguas del mar. La
llevaron a su dormitorio y Harvey se sentó al lado de su padre, explicándole la
enorme deuda de gratitud que había contraído con los del We’re Here.
—Puedes estar seguro, Harvey, que haré todo lo que pueda por la tripulación. Por
lo que me dices, parece ser toda gente decente.
—Señor, son los mejores de toda la flota. Pregunta en Gloucester —dijo Harvey
—. Pero Disko todavía cree que él me curó mi locura. Dan es el único a quien he
hablado seriamente acerca de ti, de nuestros vagones particulares y de todo lo demás,
y a pesar de todo, no estoy muy seguro de que el mismo Dan me crea. ¡Eh! ¿No se
puede llevar el Constance hasta Gloucester? No me parece que mamá esté preparada
para moverse y yo estoy obligado a terminar de limpiar el pescado mañana.
Wouvermann nos compra todo lo que hemos pescado. Nosotros somos los primeros
en llegar del banco y nos dan cuatro con veinticinco por quintal. Nos mantuvimos
firmes hasta que decidió aceptar el precio. Ahora lo quieren pronto.
—¿Quieres decir que tendrás que trabajar mañana?
—Le dije a Troop que lo haría. Estoy en las balanzas y me encargo de las cuentas
—añadió Harvey sacando a relucir y observando con un aire de importancia un
grasiento cuaderno que hizo atragantar a su padre.
—Contrata a alguien que te sustituya —sugirió Cheyne para ver lo que decía su

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hijo.
—Es imposible, señor. Soy el encargado de las cuentas en la goleta. Troop dice
que tengo más cabeza para los números que Dan. Troop es un hombre muy justo.
—Bueno, supongamos que ordeno que el Constance no salga esta noche. ¿Cómo
te las vas a arreglar?
Harvey miró el reloj, que señalaba las once y veinte.
—Dormiré aquí hasta las tres y tomaré el tren de carga a las cuatro de la mañana.
Generalmente, a los hombres de la flota nos dejan viajar gratis.
—Ésa es una buena idea. Pero me parece que puedo conseguir que el Constance
llegue casi a la misma hora. Es mejor que te acuestes.
Harvey se tiró sobre el sofá, se quitó las botas a fuerza de patadas y se quedó
dormido antes de que su padre pudiera apagar las luces. Cheyne se sentó a observar
aquella cara juvenil, bajo la sombra del brazo, que se apoyaba sobre la frente. Entre
las muchas cosas que se le ocurrieron en aquel momento, una de ellas consistió en
preguntarse si habría cumplido sus deberes como padre.
«Uno nunca sabe cuándo corre el mayor de los riesgos —se dijo a sí mismo—.
Podría haber sido algo mucho peor que morir ahogado, pero no me parece que haya
sido así, no me parece. Si no es así, no tengo dinero suficiente para pagar a Troop. Y
no me parece».
A la mañana siguiente, una fresca brisa marina entró por las ventanillas del vagón.
El Constance se encontraba en la estación Gloucester al lado de trenes de carga.
Harvey se había ido a cumplir con su obligación.
—Se caerá otra vez por la borda y se ahogará —dijo su madre amargamente.
—Iremos por allí dispuestos a tirarle un cabo si eso ocurre. Nunca le he visto
trabajar para ganarse el pan —dijo Cheyne.
—¡Qué disparate! Como si alguien esperara que él…
—Bueno, de todas maneras, el hombre que le dio trabajo como grumete esperaba
eso y más de él, y creo que hizo bien.
Se dirigieron al puerto, pasando por tiendas donde se exponían impermeables de
pescadores hasta el muelle de Wouvermann, donde se encontraba el We’re Here,
todavía izada la bandera del banco, y todos los integrantes de la tripulación
trabajaban como castores bajo la gloriosa luz matutina. Disko se encontraba cerca de
la escotilla principal, vigilando el trabajo de Manuel, Penn y el tío Salters, con el
aparejo. Dan introducía los canastos mientras Long Jack y Tom Platt los llenaban de
pescado, y Harvey, con un libro de notas en la mano, representaba los intereses del
capitán ante el empleado que manejaba la balanza en el muelle cubierto de sal.
—¡Listos! —gritaban las voces de la bodega.
—¡Tirad! —exclamaba Disko.
—¡Va! —decía Manuel.

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—¡Aquí está! —coreaba Dan moviendo el cesto.
Se oía entonces la voz fresca y clara de Harvey, que anunciaba el peso.
Se había retirado ya el último cesto de pescado. Harvey pegó un salto de casi dos
metros hasta un flechaste [43], para entregar a Disko el cuaderno de notas, gritando:
«¡dos con noventa y siete y la bodega vacía!».
—¿Cuál es el total, Harvey? —preguntó Disko.
—Tres mil seiscientos setenta y seis dólares con veinticinco céntimos. Ojalá,
además de mi sueldo, tuviera parte en las ganancias.
—Bueno, no diré yo que no lo hayas merecido, Harvey. ¿Quieres ir hasta la
oficina de Wouvermann y entregarle nuestras cuentas?
—¿Quién es ese chico? —preguntó Cheyne a Dan, que estaba bien acostumbrado
a todas las preguntas de esos imbéciles inofensivos que se llaman veraneantes.
—Bueno, es una especie de sobrecargo —fue lo que obtuvo por respuesta—. Lo
pescamos en alta mar en el banco. Dice él que se cayó de un transatlántico. Ahora
está en camino de convertirse en un pescador.
—¿Vale lo que gana?
—Sí. Padre, este hombre quiere saber si Harvey vale lo que come. ¡Oiga! Si
quiere usted subir a bordo, colocaremos una escala para ella.
—Se lo agradeceré mucho. Sube, querida, no te harás daño y podrás ver las cosas
por ti misma.
Aquella mujer, que una semana antes no podía levantar la cabeza, trepó por la
escala y se asombró al encontrarse en medio del desorden que reinaba en la popa de
la goleta. —¿Tiene algún interés especial por Harvey?— preguntó Disko.
—Pues… sssí.
—Es un buen muchacho y hace lo que se le manda. ¿Sabe usted cómo le
encontramos? Creo que sufría de debilidad nerviosa o bien «se había dado un golpe
en la cabeza» cuando le subimos a bordo. Ya lo ha superado. Sí, éste es su camarote.
Está todo en desorden, pero sean bienvenidos si quieren echar un vistazo. Estos
números sobre la chimenea de la estufa son suyos y corresponden a nuestra situación.
—¿Dormía él aquí?— preguntó la señora Cheyne sentándose y examinando las
desordenadas literas.
—No. Dormía en la proa, señora. El único defecto que le encuentro, tanto a él
como a mi hijo, es que se dedicaban a robarle pastelillos al cocinero y a hacer
tonterías cuando los dos deberían estar durmiendo.
—Harvey es buen muchacho —dijo el tío Salters, descendiendo por los escalones
—. Cierto es que colgó mis botas del palo mayor y que no demuestra mucho respeto
que digamos por los que tienen más edad y saben más que él, especialmente acerca
de agricultura, pero generalmente era Dan quien lo engañaba.
Mientras tanto, Dan, interpretando algunas oscuras indicaciones que Harvey le

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había proporcionado aquella mañana, bailaba una danza guerrera sobre cubierta.
—¡Tom, Tom! —dijo en voz baja por la escotilla—. Ha venido la familia de
Harvey y padre no se entera todavía. Están reunidos como indios en el camarote. Ella
es toda una señora y cuanto Harvey contó acerca de su vida es cierto, al menos así lo
parece.
—¡Por todos los santos! —exclamó Long Jack, saliendo de la bodega cubierto de
sal y de escamas—. ¿Crees ese cuento del chico que tenía un coche arrastrado por
cuatro ponies?
—Ya sabía yo que era cierto —dijo Dan—. Venga conmigo y verá usted cómo
padre puede equivocarse en sus juicios.
Llegaron en el momento en que Cheyne pronunciaba las siguientes palabras:
—Me alegro de saber que tiene buen carácter, pues… es mi hijo.
Disko se quedó con la boca abierta. Long Jack juró y perjuró después de que la
mandíbula inferior del capitán al caer había hecho un ruido como de una puerta que
se desprende de sus bisagras. Disko miró alternativamente al hombre y a la mujer que
tenía delante de sí.
—Hace cuatro días, estando en San Diego, recibí un telegrama de Harvey y aquí
estamos.
—¿Ha venido usted en un vagón privado? —preguntó Dan—. Nos contó que
usted hacía esas cosas.
—Naturalmente, hemos venido en nuestro tren particular.
Dan miró a su padre, haciéndole numerosos gestos irreverentes.
—Nos contó que tenía un coche tirado por cuatro ponies —dijo Long Jack—. ¿Es
cierto eso también?
—Probablemente —dijo Cheyne—. ¿Es cierto eso, mamá?
—Creo que tenía uno cuando vivíamos en Toledo —respondió la madre.
Long Jack silbó.
—¡Oh Disko! —fue todo lo que pudo decir.
—Yo estaba… equivocado en mis juicios… más que los hombres de
Marblehead… —dijo Disko como si le arrancaran las palabras con un cabrestante—.
No me importa reconocer ante usted, señor Cheyne, que yo creía que el muchacho
estaba loco. Hablaba de una manera muy rara acerca del dinero.
—Así me lo contó él.
—¿Le refirió alguna otra cosa más? Pues una vez le pegué —añadió Disko
echando una mirada ansiosa a la señora Cheyne.
—¡Claro que sí! —replicó Cheyne—. Supongo que probablemente eso fue lo que
le hizo más bien que todo.
—Creí que era necesario, o que sin ese correctivo no trabajaría. No me gustaría
que creyese que abusamos de los grumetes en este barco.

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—No creemos que ocurra eso, señor Troop.
Mientras tanto, la señora Cheyne examinaba las caras: la de color marfil y
angulosos rasgos de Disko; la del tío Salters, que estaba rodeada por unas barbas
completamente agrícolas; la simple de Penn; la de Manuel, completamente iluminada
por una sonrisa tranquila; la de Long Jack, con su mueca de satisfacción, y la de Tom
Platt, señalada por una cicatriz. De acuerdo con lo que ella había visto en la vida, eran
caras feroces, pero predominó su instinto maternal y se levantó extendiendo las
manos.
—Díganme el nombre de cada uno —dijo casi sollozando—. Quiero agradecer y
bendecir a todos.
—Cielos, con eso me siento pagado cien veces —manifestó Long Jack.
Disko los presentó en su debido orden. La señora Cheyne balbuceaba frases
incoherentes. Casi se arrojó en los brazos de Manuel cuando comprendió que era el
pescador que había encontrado a Harvey.
—Pero ¿cómo había de dejar que siguiera flotando? —exclamó el pobre Manuel
—. ¿Qué hubiera hecho usted si lo hubiera encontrado en esa situación? ¡Eh! ¿Qué?
Hemos ganado un buen muchacho para nuestra tripulación y mucho me alegro de
saber que es su hijo.
—Y Harvey me contó que Dan era su socio —gritó la señora Cheyne.
Dan ya estaba bastante colorado, pero se puso de un color cereza subido cuando
la señora Cheyne le besó en ambas mejillas ante toda la tripulación. La llevaron
entonces a proa para enseñarle el castillo, donde lloró de nuevo. Tuvieron que volver
para que viera otra vez la litera de Harvey y allí se encontró al cocinero, dedicado en
aquel momento a la limpieza del hornillo, quien hizo una inclinación de cabeza como
si fuera alguien a quien hubiera esperado ver durante años. Dos pescadores a un
tiempo trataron de explicarle la vida diaria en el barco, y ella se sentó cerca del palo
del trinquete, apoyando sus manos enguantadas en la mesa grasienta. Le temblaban
los labios y gritaba de vez en cuando, mientras sus ojos no se daban reposo,
examinando la embarcación.
—¿Quién podría utilizar el We’re Here después de esto? —dijo Long Jack a Tom
Platt—. Me siento como si ella lo hubiera convertido en una catedral.
—¡Catedral! —exclamó Tom Platt burlonamente—. Si hubiera sido al menos de
la comisión de pesca… Si tuviéramos un poco de decencia y de orden para la
próxima vez que ella venga… Tuvo que subir por esa escala como una gallina, y
nosotros… ¡deberíamos haber estado formados en las vergas!
—Entonces, Harvey no estaba loco —dijo lentamente Penn a Cheyne.
—¡No! ¡Gracias a Dios! —replicó el multimillonario, deteniéndose
afectuosamente.
—Debe ser terrible estar loco. No creo que haya una cosa más terrible en el

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mundo, excepto perder a un hijo. ¿Le ha sido devuelto el suyo? Agradezcamos a Dios
por ello.
—¡Hola! —dijo Harvey observándolos benignamente desde el muelle.
—Estaba equivocado, Harvey, estaba equivocado —dijo Disko rápidamente,
levantando la mano—. Estaba equivocado en mis juicios. No hace falta que me lo
recordéis más.
—Ya me ocuparé yo de eso —dijo Dan por lo bajo.
—Supongo que ahora te irás, ¿verdad?
—No sin que antes me pague usted el resto de mi salario, si no quiere que le haga
embargar el We’re Here.
—Eso es. Me había olvidado completamente —dijo Disko empezando a contar
los dólares que todavía le debía—. Hiciste todo lo que estabas obligado a hacer y tan
bien como si te hubieran educado…
Aquí se calló, pues ni él mismo veía dónde había de terminar la frase.
—¿Cómo si lo hubieran educado fuera de un vagón privado? —preguntó Dan
maliciosamente.
—Venid, que os lo mostraré —dijo Harvey.
Cheyne se quedó a hablar con Disko, pero los otros se dirigieron en procesión al
depósito, donde se encontraba el vagón, con la señora Cheyne a la cabeza. La
doncella francesa se horrorizó de aquella invasión. Harvey mostró todo el lujo del
Constance sin decir esta boca es mía. Cierto es que los marineros observaron, sin
pronunciar tampoco una palabra, los cueros estampados, picaportes y barandillas de
plata, el terciopelo, la cristalería de mesa, el níquel, el bronce, el hierro forjado y las
maderas preciosas del continente.
—Os lo advertí, os lo advertí —repetía Harvey. Esto era la coronación de su
amplia venganza.

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La señora Cheyne ordenó que les sirvieran de comer. Para que nada falte en este
relato conviene hacer constar que después, en la casa de huéspedes, donde vivía,
Long Jack contó que les había servido la propia señora Cheyne. Los hombres que
están habituados a comer en mesas diminutas durante terribles tormentas tienen
costumbres muy limpias y delicadas, lo que sorprendió a la señora Cheyne, que no
sabía eso. Deseaba convertir a Manuel en su lacayo, tanta era la suavidad y silencio
con que manejaba la frágil cristalería y el delicado servicio de plata. Tom Platt se
acordó de los grandes días en el viejo Ohio y de las maneras de los grandes
potentados que cenaban con los oficiales. En cuanto a Long Jack, como buen
irlandés, se encargó de sostener la conversación hasta que todos hubieron perdido el
miedo.
En el camarote del We’re Here ambos padres, fumando grandes cigarros, trataban
de conocerse mutuamente. Cheyne sabía muy bien que su interlocutor era un hombre
al que no se le podía ofrecer dinero. Sabía igualmente que lo que Disko había hecho
por él no se pagaba con todo el dinero del mundo. Se guardó de hablar y esperó a ver
qué decía el capitán.
—No he hecho nada a su hijo o por su hijo, excepto obligarlo a trabajar un poco y
enseñarle el manejo del cuadrante —dijo Disko—. Tiene una cabeza mejor que la del
mío para los números.
—A propósito de cálculos —dijo Cheyne, como quien no quiere la cosa—: ¿a que
piensa usted dedicar a Dan?
Disko sacó el cigarro de los labios y con la mano lo movió a lo ancho de todo el
camarote.
—Dan es un muchacho sencillo, no me permite que piense por él. Tendrá este
modesto barco cuando me retire. De ninguna manera está ansioso por cambiar. Eso lo
sé con toda seguridad.
—¡Hum! ¿Ha estado usted alguna vez en el Oeste, señor Troop?
—Una vez llegué hasta Nueva York en un barco. No me interesan los
ferrocarriles, y tampoco a Dan. El agua salada es suficiente para los Troop. He estado
en casi todas partes, de la manera natural, claro.
—Puedo proporcionarle toda el agua salada que necesite… hasta que sea capitán.
—¿Cómo es eso? Creí que usted era una especie de rey de los ferrocarriles. Así
me lo dijo Harvey, cuando… yo estaba equivocado en mis juicios.
—Todos podemos equivocarnos. Pensé que usted sabía que soy dueño de una
línea de veleros que hacen la ruta del té de San Francisco a Yokohama. Seis de ellos
son de hierro y tienen de setecientas a ochocientas toneladas cada uno.
—¡Maldito muchacho! Nunca me lo dijo. Si yo hubiera oído eso, en lugar de sus
exageraciones acerca de los ferrocarriles y los cochecillos tirados por ponies…
—Él tampoco lo sabía.

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—Supongo que se le escaparía… una pequeñez como ésa. —No, me apode…,
digo, compré este verano la mayoría de los cargueros Blue M., la antigua línea de
Morgan y M’Quade.
Disko casi se cae desmayado en su silla, que se encontraba al lado de la estufa.
—¡Por Dios Todopoderoso! Me parece que me han tomado el pelo desde el
principio al fin de este viaje. Phil Airheart se fue de esta misma ciudad hace seis
años, no, siete, y ahora es el segundo de a bordo en el San José. Veintiséis días están
en el mar. Aquí vive todavía su hermana y lee sus cartas a mi mujer. ¿Así que es el
dueño de la línea Blue M.?
Cheyne asintió.
—Hubiera bastado una palabra para que volviera inmediatamente a puerto con el
We’re Here.
—Tal vez eso no hubiera hecho tanto bien a Harvey.
—¡Si lo hubiera sabido! Si hubiera dicho una sola palabra acerca de esa maldita
línea, le habría entendido. No volveré a fiarme nunca de mis propios juicios. Son
barcos muy buenos. Por lo menos así dice Phil Airheart.
—Me alegro de oír que esa persona los recomienda. Por otra parte, Airheart es ya
capitán del San José. Lo que quería decir es esto: ¿me dejaría usted a Dan por un año
o dos, para ver si podemos hacer un oficial de él? ¿Se lo confiaría usted a Airheart?
—Siempre es un riesgo tomar a bordo a un chico sin experiencia.
—Conozco un hombre que hizo mucho más que eso por mí.
—Es distinto. Fíjese usted que no elogio a Dan por ser mi hijo. Ya sé que un
pescador de los bancos no vale gran cosa en un velero, pero no es mucho lo que tiene
que aprender. Maneja el timón mejor que cualquier muchacho de su edad. Se lo digo.
Por otra parte, lleva mi sangre y eso basta. Lo único que lamento es que está bastante
flojo en navegación.
—De eso se ocupará Airheart. Se embarcará como grumete por un año o dos y
después lo pondremos en situación de ascender. Supongamos que usted se encarga de
él este invierno. Mandaré a buscarlo en la próxima primavera. Ya sé que la costa del
Pacífico está un poco lejos…
—¡Bah! Nosotros los Troop, los vivos y los muertos, estamos esparcidos por toda
la tierra y por sus mares.
—No me refería a eso. Quería decir que si alguna vez usted quiere ir a verlo,
dígamelo, que el viaje no le costará ni un centavo.
—Si usted se anima a caminar un poco conmigo, iremos a mi casa y le
explicaremos todo eso a mi mujer. Me he equivocado tan terriblemente en mis juicios
que todo esto no me parece real.
Se dirigieron a la blanca casa de Troop, que había costado mil ochocientos
dólares, con un bote lleno de capuchinas que había en la parte de atrás. La sala, cuyas

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cortinas estaban corridas, era un verdadero museo de cosas del mar. Allí estaba
sentada una mujer grande, silenciosa y grave, bajo cuyos ojos se notaba la línea
oscura de los que observan el mar, esperando a los que aman. Cheyne se dirigió a
ella. Se le concedió el permiso con un aire cansado.
—Perdemos anualmente cien personas, entre hombres y muchachos, en esta
ciudad, señor Cheyne —dijo ella—. He llegado a odiar el mar como si fuera una
persona viva. Dios nunca creó el océano para que los hombres anclaran en él.
Supongo que esos transportes de usted van derecho a puerto y vuelven sin más
ceremonias.
—Van tan derecho como los vientos se lo permiten. Les concedo una bonificación
por toda ganancia de tiempo. La calidad del té no mejora si permanece mucho tiempo
en las bodegas.
—Cuando Dan tenía pocos años le gustaba jugar a ser tendero. Esperé que le
diera por ahí. Pero en cuanto pudo manejar los remos de un bote, comprendí que Dios
me negaba esa satisfacción.
—Son veleros de casco de hierro con aparejos de cruzamen. Recuerda lo que Phil
escribe a su hermana.
—Nunca he pescado a Phil en una mentira, pero es demasiado aventurero, como
todos los que se dedican a recorrer los mares. Si Dan está conforme, por mí que vaya.
—Mi mujer detesta el mar —explicó Disko— y yo no sé nada de cortesías, de lo
contrario se lo agradecería a usted mejor.
—Mi padre, mi hermano mayor, dos sobrinos y el marido de mi segunda
hermana… —dijo la señora Troop, dejando caer la cabeza entre las manos—.
¿Amaría usted a algo o a alguien que le hubiera arrebatado a tantos seres queridos?
Cheyne se tranquilizó cuando llegó Dan. El muchacho aceptó el ofrecimiento con
más gusto del que podía expresar con palabras. Aquello significaba un camino seguro
a todas las cosas deseables. Pero Dan pensaba principalmente en las horas de guardia
en el puente, en el placer de mandar y en los puertos lejanos que vería.
La señora Cheyne habló en privado con Manuel acerca de la salvación de Harvey.
Parecía no dar ninguna importancia al dinero. Cuando la madre de Harvey le apuró,
dijo que aceptaría cinco dólares, pues quería comprarle algo a una chica.
—Por otra parte, ¿cómo habría de aceptar dinero, cuando tengo lo bastante para
comer y fumar? Usted no me va a obligar a aceptar dinero, lo quiera yo o no. ¡Eh!
¿Qué? Bueno, si es así, usted podrá darme todo el dinero que quiera, pero no de la
manera que piensa.
Presentó a la señora Cheyne un sacerdote portugués, que tomaba rapé y que tenía
a su cargo una lista de viudas semidesamparadas más larga que su sotana. Por ser
protestante, la señora Cheyne no podía compartir las creencias de aquel ministro del
Señor, pero acabó por respetar a aquel hombrecillo de tez oscura y lengua voluble.

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Manuel, fiel hijo de la Iglesia, se apropió todas las bendiciones que produjeron las
larguezas de la señora Cheyne. —Con esto quedo fuera del negocio— dijo Manuel—.
Ahora tengo absolución para seis meses.
Se fue a comprar un pañuelo para la chica y a destrozar los corazones de las
restantes.
Salters se fue al Oeste, mientras comenzaba la nueva estación de pesca. Se llevó a
Penn consigo y no dejó ninguna dirección. Temía que aquellos ricachos, que poseían
lujosos vagones privados, se tomasen un interés indebido por su compañero. Era
mejor visitar a los parientes del interior, hasta que no hubiera moros en la costa.
—Nunca te dejes adoptar por gente rica —le dijo a Penn cuando estaban sentados
en el tren—. Si lo haces te romperé este tablero de damas en la cabeza. Por si vuelves
a olvidarte de tu nombre, te llamas Pratt y recordarás que perteneces a la tripulación
del We’re Here con Salters Troop. Siéntate donde te encuentres y olvídate de todas
esas cosas, hasta que yo llegue a buscarte. No vayas por ahí pegado a los ojos que
estén taponados con arrugas de grasa, como dicen las Sagradas Escrituras [44].

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Capítulo X

El destino del silencioso cocinero del We’re Here fue distinto. Con sus cosas en un
pañuelo, se introdujo en el Constance. No discutió la paga y no se preocupó de saber
dónde dormiría. Como le había sido revelado en sueños, su destino consistía en seguir
a Harvey mientras viviera. Intentaron quitarle esa idea de la cabeza y persuadirle de
su error; pero existe una diferencia fundamental entre un negro del cabo Breton y dos
de Alabama. Estos dos últimos, cocinero y sirviente, respectivamente, llevaron la
cuestión ante Cheyne, quien se limitó a reírse. Supuso que Harvey necesitaría algún
sirviente de confianza y este voluntario valía más que cinco atraídos por la paga. Que
se quedara, aunque fuera un negro que se llamaba MacDonald y jurara en gaélico. El
vagón volvería a Boston, donde, si el cocinero persistía en su idea, le llevarían con
ellos al Oeste.
Cuando partió el Constance, que Cheyne odiaba en lo más profundo de su
corazón, desapareció la última señal visible de sus riquezas. El padre de Harvey se
dedicó a tomarse las vacaciones más activas de toda su vida. Para él, Gloucester era
una ciudad nueva en una tierra nueva. Se proponía conquistarla como lo había hecho
con las otras desde Snohomish hasta San Diego, territorio de donde él provenía. Se
finiquitaban negocios en aquella calle tortuosa, que era muelle y almacén de navíos al
mismo tiempo. Como un verdadero profesional, quería saber cómo se jugaba tan
noble juego. La gente le decía que los cuatro quintos del pescado que se servía los
domingos en Nueva Inglaterra venía de Gloucester, en demostración de lo cual lo
abrumaron con números: estadísticas acerca de los botes, extensión de los muelles,
capital invertido, salazón, fabricación de conservas, seguros, jornales, reparaciones y
ganancias. Habló con los dueños de las grandes flotillas, cuyos capitanes eran sólo un
poco más que empleados, y cuyas tripulaciones se componían casi exclusivamente de
suecos y de portugueses. Conferenció con Disko, uno de los pocos capitanes que eran
dueños de la embarcación que mandaban, siempre comparando notas en su amplio
cerebro. Se metía en los depósitos de venta de material usado para barcos, planteando
cuestiones con aquella alegre y libre curiosidad del Oeste, hasta que todos en la costa
ansiaban enterarse «de lo que quería saber aquel hombre». Rondaba por las oficinas
de las sociedades de seguros y de socorros mutuos, pidiendo explicaciones acerca de
las misteriosas noticias que se consignaban todos los días en sus pizarrones. Eso trajo
sobre él un diluvio de secretarios de todas las sociedades de beneficencia para viudas
y huérfanos de marineros de la ciudad. Pedían desvergonzadamente. Cada uno de
ellos deseaba conseguir más que los otros. Cheyne se tiraba de la barba y se los
mandaba a su esposa.
La señora Cheyne vivía en una casa de huéspedes cerca de Eastern Point, un

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extraño establecimiento que al parecer dirigían las personas que vivían en ella. Los
manteles eran a cuadros rojos y blancos. Los pensionistas parecían conocerse desde
hacía mucho tiempo. Si tenían hambre, se levantaban a medianoche para prepararse
emparedados calientes de queso. Al segundo día de su estancia, la señora Cheyne
bajó a desayunar tras haberse quitado sus diamantes.
—Son gente muy agradable —confesó en tono confidencial a su esposo—,
amables y sencillos, aunque la mayoría son de Boston.
—Eso no es sencillez, mamá —dijo su esposo, mirando hacia el pedregal, más
allá de los manzanos donde colgaban las hamacas—. Es otra cosa que nosotros…,
que yo no tengo.
—No puede ser —respondió la señora Cheyne tranquilamente—. En esta casa no
hay mujer que tenga un vestido que valga más de cien dólares. Nosotros…
—Ya lo sé, querida. Nosotros tenemos eso…, naturalmente que sí. Supongo que
es la moda de esta parte de los Estados Unidos. ¿Lo estás pasando bien?
—No veo tanto como quisiera a Harvey. Siempre está contigo. De todas maneras,
ya no estoy tan nerviosa como antes. —No he pasado momentos tan gratos desde que
murió Willie. Me parece que antes no sabía que tenía un hijo. Harvey será un gran
muchacho. ¿Necesitas que te traiga algo?… ¿Te pongo un almohadón debajo de la
cabeza? Bueno, Harvey y yo iremos al muelle a ver lo que hay.

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Harvey se había convertido en la sombra de su padre. Siempre se les veía juntos.
Cheyne utilizaba las pendientes como una excusa para apoyarse en los anchos
hombros de su hijo. Entonces, Harvey notó y admiró lo que nunca le había llamado la
atención en su padre: la curiosa capacidad de penetrar hasta el meollo de las cosas,
aprendiéndolas del hombre de la calle.
—¿Cómo haces para que te cuenten lo que quieres saber sin delatarte tú mismo?
—preguntó su hijo cuando salían de la tienda de un aparejador.
—He tratado con muchos hombres en mi vida y lo cierto es que uno aprende a
evaluarlos de una manera u otra. Además, me conozco también un poco —después de
una pausa, cuando se hubieron sentado en el muelle, prosiguió—: los hombres en
seguida comprenden cuándo otro ha conseguido cosas por sí mismo, y le tratan como
si fuera uno de ellos. —Eso me pasó a mí en el muelle de Wouvermann. Ahora soy
uno de la tripulación. Disko le ha contado a todos que he ganado mi pan—. Harvey
extendió las manos y se frotó las palmas—. Están otra vez suaves —dijo
lamentándose—. Tendrás que mantenerlas así durante los próximos años, mientras
sigas estudiando. Después, tendrás ocasión de endurecerlas.
—Sí, supongo que así será —dijo Harvey sin mucho entusiasmo.
—De ti depende, Harvey. Naturalmente, puedes refugiarte detrás de tu madre e
inquietarla con tus nervios y tu gran sensibilidad y todas esas farsas.
—¿He hecho yo eso alguna vez? —preguntó Harvey preocupado.
Su padre volvió la cabeza hacia donde estaba Harvey y apoyó su larga mano
sobre el hombro del muchacho.
—Tú sabes tan bien como yo que no puedo sacar nada en limpio de ti si no obras
rectamente conmigo. Puedo dejar que andes solo si eres capaz de ello, pero no me
creo capaz de manejarte a ti y a tu madre al mismo tiempo. De todas maneras, la vida
es muy corta.
—Eso no me hace parecer un gran tipo, ¿verdad?
—Probablemente, en gran parte, la culpa es mía. Pero si quieres saber la verdad,
hasta ahora no has hecho nada que valga la pena. ¿No es cierto?
—Hum… Disko cree… ¿Cuánto calculas que te he costado desde el principio,
todo junto?
Cheyne sonrió.
—No he llevado nunca cuenta de ello, pero en dinero estimo que debe estar más
cerca de los cincuenta mil que de los cuarenta mil dólares. Es posible que llegue a
sesenta mil. La nueva generación cuesta muy cara. Hay que proporcionarle muchas
cosas de las que se cansa en seguida y… es el viejo quien carga con la cuenta.
Harvey silbó asombrado, pero en el fondo de su corazón le gustaba saber que su
educación había costado tanto:
—Todo eso es dinero perdido. ¿No?

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—Es capital invertido, Harvey. Espero que sea una buena inversión.
—Suponiendo que sean treinta mil dólares, los treinta que he ganado en esta
estación, serían cerca de unos diez centavos por cada cien. Eso es realmente un bajo
rendimiento —dijo Harvey sacudiendo solemnemente la cabeza. Cheyne se rió tanto
que casi cayó al agua de la pila de fardos donde estaba sentado.
—Disko ha sacado mucho más de Dan desde que su hijo tenía diez años, y
además él va a la escuela la mitad del año.
—¡Ah! A eso querías llegar.
—No. No quería llegar a ninguna parte. Es que no estoy muy contento conmigo
mismo… Eso es todo… Debían darme un par de azotes.
—Yo no puedo hacer eso, o lo hubiera hecho ya si creyera que habría de servir de
algo.
—Entonces, lo recordaría mientras viviera y nunca te lo hubiera perdonado —dijo
Harvey apoyando la mandíbula en los puños.
—Exactamente. Eso es lo que yo quería demostrar. ¿Lo comprendes ahora?
—Lo comprendo. La culpa es mía y de nadie más. De todas maneras, alguien
debería hacer algo.
Cheyne sacó un cigarro, mordió el extremo y empezó a fumar. Padre e hijo se
parecían mucho, aunque la barba ocultaba la mandíbula de Cheyne, Harvey tenía la
nariz ligeramente aguileña de su padre, sus ojos negros muy próximos y sus pómulos
muy salientes. Con un poco de pintura parda hubiera parecido un piel roja pintoresco,
salido de los libros de cuentos.
—Bueno, puedes continuar así de ahora en adelante —dijo Cheyne lentamente—
y costarme entre seis y siete mil dólares anuales hasta que tengas edad de votar.
Entonces ya podremos considerar que eres un hombre. A partir de esa fecha, vivirás a
mi costa, gastando entre cuarenta mil y cincuenta mil dólares, además de lo que te dé
tu madre. Tendrás un ayuda de cámara, un yate y una estancia de fantasía, donde
harás como si te dedicaras a la cría de caballos y jugarás a las cartas con la gente de
tu misma clase.
—¿Cómo Lorry Tuck? —le interrumpió Harvey.
—Sí, o como los dos hijos de De Vitré o el del viejo M’Quade. California está
lleno de ellos, y hablando de eso, ahí se acerca un ejemplo típico del Este.
Un brillante yate a vapor de color negro, con la superestructura de caoba,
bitácoras niqueladas, con toldos de franjas blancas y rosadas entraba en el puerto
echando humo. Llevaba la insignia de algún club de Nueva York. Dos hombres
jóvenes, vestidos con lo que ellos creían que era la vestimenta propia de marineros,
jugaban a los naipes cerca del tragaluz del salón. Un par de mujeres con parasoles
rojos y azules los contemplaban y se reían.
—No me gustaría que la brisa me pillase en ese yate. No tiene manga [45]

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suficiente —dijo Harvey críticamente, mientras el yate se acercaba lentamente a la
boya de anclaje.
—Ellos creen divertirse. Puedo darte eso y el doble si quieres. Harvey, ¿qué te
parece?
—¡Por Dios! Eso no es manera de arriar un bote —dijo Harvey, que seguía
fijándose en el yate—. Si yo no supiera soltar un cabo mejor que esa gente, me
quedaba en tierra. ¿Qué pasaría si no…?
—¿Si no qué? ¿Si no te quedases en tierra?
—El yate y la estancia y vivir a costa del viejo y meterme detrás de mamá,
cuando haya lío —dijo Harvey, cuyos ojos centelleaban.
—Bueno, en ese caso, ven conmigo, hijo mío.
—¿Por diez dólares al mes? —preguntó Harvey, cuyos ojos seguían brillando.
—Ni un céntimo más, mientras no lo valgas. Tampoco te daré más dinero hasta
dentro de unos años.
—En ese caso mejor cuanto antes que empiece barriendo la oficina. ¿No es así
como se inician los peces gordos? Naturalmente, recibiendo algo ahora…
—Ya lo sé. Todos hemos pensado lo mismo. Pero creo que podemos contratar
toda la gente necesaria para limpiar las oficinas. Cometí el mismo error: empezar
demasiado temprano.
—Un error de treinta millones de dólares vale la pena, ¿no? Correría el riesgo a
ese precio, padre.
—Perdí y gané. Te lo voy a contar.
Cheyne se tiró de la barba y sonrió mientras su mirada vagaba sobre las tranquilas
aguas. Hablaba como si no estuviera allí su hijo, quien comprendió de repente que su
padre le contaba la historia de su vida. Hablaba con voz baja, uniforme, sin gestos y
sin expresión. Era una historia por la que muchos de los grandes periódicos hubieran
pagado muchos dólares, un relato que abarca un lapso de cuarenta años, la historia
del Nuevo Oeste, que todavía no se ha acabado de escribir.
Empezaba con un chiquillo sin familia abandonado en Texas y proseguía
fantásticamente a través de cien cambios y dificultades de su vida, cambiando el
escenario de un estado del Oeste a otro, de ciudades que surgían en un mes y
desaparecían en la próxima estación, de terribles aventuras en los campamentos, que
ahora son municipios con calles cuidadosamente pavimentadas. Aquella vida
abarcaba la construcción de tres líneas de ferrocarril y la destrucción deliberada de
una cuarta línea. Hablaba de vapores, ciudades, bosques, minas y de hombres de
todas las razas, que bajo aquellos cielos tripulaban, creaban, abatían y trabajaban.
Relataba oportunidades de enriquecerse fantásticamente, que aparecían ante ojos que
no podían verlas o que se perdían por cualquier loco accidente del tiempo, a veces a
caballo, la mayoría a pie, rico ahora, pobre mañana, en continuos altibajos,

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desempeñando todos los oficios: marinero, fogonero, contratista, hotelero, agente de
tierras, político, periodista, ingeniero, viajante de comercio, vendedor de ron, minero,
especulador, ganadero o vagabundo, pero siempre alerta, buscando la realización de
sus propios fines y, así lo decía él, la gloria y el progreso de su propio país.
Habló a su hijo de la fe que nunca le había abandonado aun cuando se encontraba
al borde de la desesperación, de la fe que proviene de conocer los hombres y las
cosas. Como si hablara consigo mismo, explicó extensamente la parte que
correspondía a su valor y a sus recursos. Todo era tan evidente en la mente de aquel
hombre que nunca cambió de tono. Describió cómo había vencido o perdonado a sus
enemigos, exactamente, cómo ellos le habían vencido o perdonado a él otras veces,
cómo había suplicado, adulado e intimidado a las ciudades, las compañías y los
sindicatos, cómo se había arrastrado alrededor, a través o por debajo de montañas y
barrancas, construyendo ferrocarriles económicos, y, finalmente, cómo se había
quedado quieto mientras diversas comunidades libertinas hacían trizas los últimos
fragmentos de su reputación.
El relato mantuvo profundamente interesado a Harvey, que lo escuchaba con la
cabeza inclinada un poco hacia el costado, fijos sus ojos en la cara de su padre,
mientras oscurecía y el extremo encendido del cigarro iluminaba las arrugadas
mejillas y las espesas cejas. Harvey creía que observaba una locomotora que
atravesaba la región a toda velocidad, entre las sombras, y cuya tapa del fogón se
abría cada dos kilómetros. Pero esta locomotora podía hablar y sus palabras
emocionaban al muchacho y le sacudían hasta lo más profundo del alma. Finalmente,
Cheyne arrojó el extremo del cigarro y los dos siguieron sentados en la oscuridad,
mientras las aguas besaban los muelles.
—Nunca le había contado esto a nadie —dijo su padre.
Harvey respiró profundamente.
—¡Es lo más grande que he oído!
—Y es lo que tengo. Voy a decirte ahora lo que no pude tener. No te parecerá gran
cosa ahora, pero no quiero que necesites llegar a mi edad para darte cuenta de su
valor. Puedo manejar a la gente, y en mis propios negocios nadie me toma el pelo,
pero… pero no puedo luchar con el hombre que ha sido instruido. Lo que sé, lo he
ido aprendiendo sobre la marcha. Supongo que se me nota en seguida.
—Nunca me he dado cuenta —exclamó su hijo indignado.
—Ya llegará la hora, Harvey. Será cuando termines tus estudios. ¡Si lo sabré yo!
Conozco esa mirada cuando me dicen con ella que soy un «patán». Así se les llama a
los hombres como yo. Puedo hacerlos pedazos pero no puedo atacarlos en su propio
terreno. No digo que estén por encima de mí, pero lo cierto es que yo estoy lejos,
muy lejos de ellos. Pero tú tienes tu oportunidad ahora. Tienes que asimilar toda la
sabiduría que anda por ahí y vivirás entre gentes que harán lo mismo. Lo harán por

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unos pocos miles de dólares al mes, pero recuerda que para ti serán millones.
Aprenderás lo suficiente de leyes para cuidar lo tuyo, cuando yo haya desaparecido.
Tendrás que portarte bien con las personas decentes que podrán serte útiles más tarde.
Ante todo tendrás que guardar todos los conocimientos librescos, claros y comunes
que hayas adquirido en tus estudios. Ninguna inversión es mejor que ésa, Harvey, y
es algo que se valorará más, cada año que pase, en nuestro país, tanto en negocios
como en política. Ya lo verás.
—Sin embargo, no puedo hacerme a esa idea —dijo Harvey—. ¡Cuatro años
estudiando! Ojalá hubiera elegido el ayuda de cámara y el yate.
—No te preocupes, hijo mío —insistió Cheyne—. No haces más que invertir un
capital allí donde te proporcionará los mejores intereses. No creo que encuentres que
tu fortuna ha disminuido cuando estés pronto a hacerte cargo. Piénsalo y mañana me
dirás tu decisión. ¡Date prisa! Vamos a llegar tarde a cenar.
Como se trataba de una conversación de negocios, Harvey no creyó necesario
contársela a su madre. Naturalmente, su padre era de la misma opinión. Pero su
esposa veía lo que pasaba, tenía sus temores acerca de ellos y sentía celos. Aquel
muchacho, que no tenía muchas contemplaciones con ella, había desaparecido y en su
lugar se encontraba con un joven de cara despierta, que era extraordinariamente
silencioso y que en la conversación se dirigía particularmente a su padre. Ella
comprendía que eran asuntos de negocios y que por consiguiente estaban más allá de
su competencia. Si le quedaban algunas dudas, se disiparon cuando Cheyne fue a
Boston, volviendo con un nuevo anillo de diamantes.
—¿Qué habéis estado haciendo? —dijo su esposa con una débil sonrisa, mientras
lo exponía a la luz.
—Hablar, nada más que hablar, mamá; Harvey es un excelente muchacho.
Claro que lo era. El muchacho había establecido una especie de trato por cuenta
propia. Explicó que los ferrocarriles, los aserraderos, las tierras o las minas le
interesaban muy poco. Lo que deseaba con toda su alma era dirigir la empresa de
veleros dedicados al transporte que su padre acababa de adquirir. Si se le prometía
eso al fin de lo que él consideraba un plazo razonable, se comprometería a estudiar
seriamente y a portarse bien durante cuatro o cinco años. Durante las vacaciones
tendría acceso a todos los detalles de la línea (sólo había planteado más de dos mil
cuestiones acerca de ella), desde la caja fuerte donde se guardaban los papeles
importantes hasta el último remolcador del puerto de San Francisco.
—Trato hecho —dijo finalmente Cheyne—. Cambiarás de idea veinte veces,
antes de terminar tus estudios, pero si empiezas el asunto seriamente, tomándote el
interés necesario y no la llevas a la quiebra antes de que tengas veintitrés años, te la
traspasaré. ¿Te gusta eso, Harvey?
—No. Nunca es rentable dividir un negocio que funciona bien. Hay mucha

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competencia en el mundo. Disko dice que los de la misma sangre deben estar siempre
unidos. Su tripulación nunca le ha fallado. Según él, ésa es la razón por la que obtiene
tantos beneficios. ¡Eh! El We’re Here zarpa el lunes para George. No se quedarán
mucho tiempo en tierra, ¿no es cierto?
—Creo que nosotros también deberíamos irnos. He dejado mis negocios
pendientes entre dos oceános y supongo que ya es hora de que me reúna con ellos
otra vez, aunque me repugna hacerlo. No he tenido unas vacaciones como éstas en
veinte años.
—No podemos irnos sin antes despedirnos de Disko —dijo Harvey—; además el
lunes es el día de la Conmemoración. Quedémonos hasta esa fecha.
—¿Qué es eso de la Conmemoración? Hablaron de eso en la casa de huéspedes
—dijo Cheyne distraído, pues tampoco estaba ansioso de estropear esos días dorados.
—Bueno, hasta donde yo puedo entenderlo, se trata de un festival, donde se baila
y se canta, organizado especialmente para los veraneantes. Disko no tiene una gran
opinión de todo ello, porque recogen dinero para las viudas y los huérfanos. Disko es
un hombre muy independiente. ¿No lo has notado?
—Bueno, sí… un poco… a veces. ¿Entonces es una fiesta de la ciudad?
—No sé. Se leen los nombres de los pescadores que se han ahogado, se echan
discursos, se recitan poesías y todo lo demás. Disko cuenta que después los
secretarios de las distintas sociedades de beneficencia se van al patio posterior de la
casa y se pelean por el reparto de lo que se ha recogido. La verdadera fiesta, según él,
es en la primavera. Entonces intervienen los curas y además en esa época no hay
veraneantes.
—Ya veo —dijo Cheyne con la brillante y perfecta comprensión de una persona
que ha nacido y se ha educado en una tradición de orgullo cívico—. Nos quedaremos
hasta esa fecha y nos iremos al anochecer.
—Me parece que voy a bajar hasta casa de Disko y obligarle a que reúna su
tripulación antes de partir otra vez. Tendré que estar con ellos.
—¿De veras? —exclamó Cheyne—. Claro, yo sólo soy un veraneante tonto y
tú…
—Un pescador del banco, uno de pura sangre —gritó Harvey mientras subía a un
tranvía y Cheyne seguía soñando sus bellos sueños para el futuro.
Disko no comprendía la utilidad de esas funciones públicas donde se apela a la
caridad, pero Harvey aseguró que la gloria de aquel día no existiría para él si faltase
la tripulación de We’re Here. Entonces Disko presentó sus condiciones. Había oído
decir (es asombroso cómo se corre la voz por toda la costa) que una «actriz de
Filadelfia» iba a tomar parte en la función y recelaba que fuera a cantar El viaje del
capitán Ireson. Personalmente le caían tan mal las actrices como los veraneantes,
pero lo que es justo es justo, y aunque una vez se había equivocado en una cuestión

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de juicio (aquí Dan trató de tragarse una carcajada), él no podía consentir eso. En
consecuencia, Harvey tuvo que perder medio día tratando de explicarle a una
cantante, que tenía una alta reputación en ambas costas, el secreto del error que
pensaba cometer, y ella admitió que aquello sería muy injusto, como hubiera dicho
Disko mismo.
La experiencia le decía a Cheyne lo que iba a pasar, pero cualquier clase de
espectáculo era como la comida y la bebida para aquel hombre. Vio cómo todos los
tranvías se dirigían al Oeste, en aquella mañana cálida y brumosa, llenos de mujeres
con ligeros vestidos de verano, empleados de caras muy blancas, con sombreros de
paja, arrancados de sus escritorios de Boston, el montón de bicicletas aparcadas en la
oficina de correos, las idas y venidas de los ajetreados funcionarios, salvándose unos
a otros y el hombre con aire de importante que regaba la acera de ladrillos con una
manguera. —Madre— dijo de repente Cheyne a su esposa—. ¿Te acuerdas del
incendio de Seatle… y de la reconstrucción? La señora Cheyne asintió con la cabeza
y examinó con mirada crítica la tortuosa calle. Como su esposo, comprendía
perfectamente esas reuniones y comparaba las del Oeste con la que iba a presenciar.
Los pescadores empezaron a mezclarse con la muchedumbre cerca de las puertas del
salón de actos del ayuntamiento: portugueses con sus pintorescos bonetes azules,
cuyas mujeres no llevaban nada en la cabeza o sólo un pañuelo, marineros de Nueva
Escocia de ojos azules, hombres de las provincias marítimas, franceses, italianos,
suecos y daneses, además de las tripulaciones con permiso de los veleros que
recorrían la costa. Por todas partes se veían mujeres vestidas de luto que se saludaban
mutuamente con fúnebre orgullo, pues éste era el día que les pertenecía por entero. Se
encontraban allí ministros de diferentes credos: pastores de parroquias ricas y
extensas, que se paseaban por la ciudad pasando sus vacaciones, y otros muchos
desde el párroco de la iglesia de las colinas hasta un luterano, de grandes barbas, que
había sido marinero y que saludaba a gritos a sus antiguos compañeros. Estaban
presentes los armadores de varias líneas de veleros que contribuían ampliamente al
socorro de los necesitados, y hombrecillos cuyas poco numerosas embarcaciones
estaban empeñadas hasta los mástiles, banqueros, agentes de seguros marítimos,
capitanes de remolcadores, los que se dedican a preparar el velamen, calafateadores,
salineros, toneleros y toda la heterogénea población de la costa.
Recorrieron las filas de asientos, alegradas por los colores vistosos de los trajes de
los veraneantes, y uno de los funcionarios municipales, encargado de acomodar a los
concurrentes, se movía y sudaba hasta que todo él brilló de puro orgullo cívico;
Cheyne había hablado con él durante cinco minutos, pocos días antes, y entre ambos
existía un entendimiento completo.
—¡Hola, señor Cheyne! ¿Qué piensa usted de nuestra ciudad? (Sí, señora, puede
sentarse donde más le guste). Supongo que ustedes tendrán algo parecido a esto en el

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Oeste, ¿no?
—Claro, aunque nuestras ciudades no son tan antiguas como las de esta parte de
los Estados Unidos.
—Naturalmente. Usted debía haber estado aquí cuando celebramos el doscientos
cincuenta aniversario de la fundación de esta ciudad. Le puedo asegurar, señor
Cheyne, que la ciudad hizo honor a su nombre.
—Así oí decir. Eso es rentable. Aunque ¿qué pasa con esta ciudad que no tiene un
buen hotel?
—… Allí a la izquierda, Pedro. Allí hay sitio suficiente para ti y tu tripulación.
Tiene usted mucha razón, señor Cheyne, a todos los habitantes les pregunto lo
mismo. Se podría hacer mucho dinero con él, pero supongo que ese negocio no le
interesa a usted. Lo que necesitamos aquí es… Una pesada mano cayó sobre su
hombro y el rojizo capitán de una embarcación de cabotaje de Portland, dedicada al
transporte de carbón y hielo, le hizo dar media vuelta.
—¿Qué diablos pretenden ustedes al aplicar la ley cuando todos los hombres
decentes están en el mar? Esta ciudad está más seca que un hueso y huele peor que la
última vez que la visité. Podían habernos dejado una cantina abierta para refrescos.
—No parece que eso le haya impedido calentarse por dentro esta mañana, Carsen.
Después discutiré las razones de ello. Siéntese cerca de la puerta y piense sus
argumentos hasta que yo vuelva.
—¿Qué son los argumentos para mí? En Miquelon, el cajón de champaña cuesta
dieciocho dólares y…
El capitán se fue dando bandazos hasta su sitio, pues acababa de iniciarse un solo
de órgano que le hizo callar.
—Nuestro nuevo órgano —dijo orgullosamente el funcionario a Cheyne— nos
costó cuatro mil dólares. Tendremos que recurrir nuevamente a los permisos de venta
de bebidas de alto contenido alcohólico para poder pagarlo. Yo no quería que la parte
formal estuviera exclusivamente a cargo de los ministros de religión. Esas voces son
las de nuestros huérfanos. Mi esposa les enseña canto. Lo veré a usted más tarde,
señor Cheyne. Me necesitan en el estrado. Las voces infantiles, altas, claras y fieles,
acallaron los últimos ruidos de los que trataban de encontrar sitio.

¡Oh vosotras, obras del Señor!


¡Bendecidle,
alabadle y magnificadle por siempre!

Por todo el salón, las mujeres trataban de inclinarse hacia delante para ver mejor,
a medida que las voces infantiles llenaban el aire con su canto. La señora Cheyne y
muchas otras presentes empezaron a respirar con ritmo entrecortado. Difícilmente se
había imaginado ella que hubiera tantas viudas en el mundo. Instintivamente buscó a

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Harvey, que había encontrado a la tripulación del We’re Here en la parte posterior del
salón, colocado, como si fuera su derecho, entre Disko y Dan. El tío Salters, que
había vuelto con Penn desde Pamlico [46] la noche anterior, recibió con evidentes
muestras de desconfianza a Harvey.
—¿No se ha ido todavía tu familia? —gruñó—. ¿Qué hacen aquí?

¡Oh, aguas y mares, bendecid al Señor,


alabadle y magnificadle por siempre!

—¿Acaso no tienen derecho? —preguntó Dan—. Ha estado en el banco lo mismo


que todos nosotros.
—No con ese traje —dijo burlonamente el tío Salters.
—Cállate, Salters —terció Disko—. Harvey, quédate donde estás.
Terminado el canto, se levantó uno de los principales funcionarios de la
municipalidad, dando la bienvenida a todas las personas que habían llegado a
Gloucester, sin olvidarse de hacer notar los puntos en los cuales Gloucester era mejor
que el resto del mundo. Se aplicó después a la riqueza marítima de la ciudad y habló
del precio que hay que pagar por la cosecha anual. Más tarde se indicarían los
nombres de los muertos, que eran ciento setenta (las viudas se miraron mutuamente).
Gloucester no podía enorgullecerse de poseer grandes establecimientos industriales.
Su hijos trabajaban por lo que daba el mar; todos sabían que los bancos de pesca no
eran tierras para pastar vacas. Lo más que podían hacer los que se quedaban en tierra
era ayudar a las viudas y a los huérfanos; después de unas cuantas generalidades
aprovechó la oportunidad para agradecer, en nombre de la ciudad, a aquellos que
movidos por el espíritu de cooperación habían consentido en contribuir al acto.
—Desprecio la parte en que piden limosna —gruñó Disko—. ¡Qué se va a
imaginar la gente de nosotros!
—Si la gente no fuera tan manirrota y ahorrara algo, cuando se le presenta la
ocasión —replicó Salters—. Está claro que deberían avergonzarse. ¡Oye, chico! Vete
fijando en eso. La riqueza no dura más de una estación si te la gastas en lujos…
—Pero, cuando se pierde todo, todo —dijo Penn—, ¿qué te queda por hacer
entonces? Una vez, yo… —la mirada de sus ojos azules recorrió todo el salón como
si buscara algo que le calmara—. Una vez leí en un libro…, creo que fue una
embarcación, donde se ahogaron todos, excepto uno…, y él me dijo…
—¡Tonterías! —le interrumpió Salters—. Lee un poco menos y confía más en tu
propia cabeza y entonces podrás ganar para vivir, Penn.
Harvey, enredado entre los pescadores, sentía un hormigueo, una picazón y un
estremecimiento que empezaba en la nuca y terminaba en los pies. Además sentía
frío, aunque era un día caluroso.
—¿Es esa la actriz de Filadelfia? —preguntó Disko Troop echando miradas de

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desprecio al proscenio—. Harvey, supongo que habrás arreglado el asunto de Ireson.
Ya sabéis por qué.
Aquella mujer no cantó El viaje del capitán Ireson, sino una especie de poema
acerca de un puerto de pescadores llamado Brixham y una flotilla de embarcaciones
que pescaban con red y que luchaban contra una tormenta feroz, en plena noche. Las
mujeres del pueblo hicieron una gran fogata en el extremo del muelle con cualquier
cosa que pudiera caer en sus manos.

They took the grandma’s blanket,


Who shivered and bade them go;
They took the baby’s cradle,
Who could not say them no [47].

—¡Vaya! —dijo Dan que observaba el espectáculo por encima del hombro de
Long Jack—. Debe de haberles salido caro.
—¡Qué marmotas! Un puerto mal iluminado, Danny —dijo el hombre de Galway.

And knew not all the while


If they were lighting a bonfire
Or only a funeral pile [48].

Aquella voz maravillosa se apoderó de los presentes, estremeciendo las fibras de


sus corazones. Cuando la cantante relató cómo las olas arrojaron a los pescadores,
unos vivos y otros muertos, mientras las mujeres de la aldea llevaban los cuerpos a la
presencia de los habitantes para preguntarles si aquél era su padre o su esposo, se
podía oír la respiración de todos los presentes:

And when the boats of Brixham


Go out to face the gales,
Think of the love that travels
Like light upon their sails! [49]

Cuando terminó se oyeron muy pocos aplausos. Las mujeres buscaban sus
pañuelos y la mayoría de los hombres contemplaban el techo con ojos brillantes.
—¡Hum! —dijo el tío Salters—. Eso te costaría un dólar o quizá dos, si quisieras
oírlo en un teatro.
—Supongo que habrá gente que pueda pagarlo. A mí me parece que es
malgastarlo… ¡Por todos los diablos! ¿Cómo ha llegado hasta aquí el capitán Bart
Edwardes?
—No fue posible impedírselo —dijo un marinero de Eastport detrás de él—. Es
poeta y tiene que decir su parte. Viene del mismo lugar que nosotros.

[Link] - Página 161


El que había proporcionado esta información no dijo que el capitán Bart
Edwardes había luchado cinco años consecutivos para poder recitar su poesía en
aquella conmemoración, hasta que la comisión de fiestas, divertida y cansada por su
insistencia, había dado el permiso. La simplicidad y la felicidad de aquel anciano, que
subió al proscenio con su mejor ropa de los domingos, ganaron el corazón de los
concurrentes antes de que abriera la boca. Oyeron sin chistar las treinta y siete
estrofas de hechura casera en las que se describía, con todo lujo de detalles, el
naufragio del velero Joan Hasken, durante la tormenta de 1867. Cuando terminó,
todas las gargantas se deshicieron en bondadosos elogios.
Un periodista de Boston de esos de amplias miras se acercó al capitán para
obtener una copia del poema y una entrevista con el autor, por lo que a los setenta y
tres años de edad la vida ya no tenía nada más que ofrecer al capitán Bart Edwardes,
que había sido ballenero muchos años, constructor de buques, pescador y poeta.
—Eso es lo que yo llamo ser inteligente —dijo el hombre de Eastport—. He
tenido las hojas entre las manos mientras recitaba y puedo atestiguar que no se olvidó
de una sílaba.
—Si Dan, que está aquí, no pudiera hacer algo mejor que eso con una sola mano,
antes del desayuno, merecería que le dieran una paliza —dijo el tío Salters
manteniendo por principio el honor del estado de Massachusetts—. Reconozco que
para haber nacido en el estado del Maine, este capitán Edwardes parece bastante
culto…
—Me parece que el tío Salters se va a morir en este viaje. Es el primer cumplido
que me hace —dijo Dan burlonamente—. Harvey, ¿qué te pasa? Estás demasiado
callado y te estás poniendo de color verde. ¿Te sientes mal?
—No sé qué me pasa —respondió Harvey—. Parece como si mis vísceras fueran
demasiado grandes para mi cuerpo. Estoy todo dolorido y temblando.
—¡Qué mala suerte! Debe ser dispepsia. Esperemos hasta que lean los nombres
de los difuntos y nos iremos, justo a tiempo para alcanzar la marea.
Las viudas se acomodaron rígidamente en sus asientos como personas a las que se
va a fusilar, pues ellas sabían lo que venía ahora. Las chicas veraneantes, que
llevaban blusas rosadas y azules, dejaron de reírse sobre el maravilloso poema del
capitán Edwardes y miraron hacia atrás para ver por qué todos se habían quedado tan
callados. Los marineros avanzaron al subir a la plataforma aquel funcionario que
había hablado con Cheyne, el que empezó a leer las pérdidas de vidas del último año,
divididas en meses. Los desaparecidos durante el último mes de septiembre eran casi
todos solteros y extranjeros. La voz se eleva sobre el silencio del salón:

«9 de septiembre. Velero Florrie Anderson, perdido con toda su


tripulación.

[Link] - Página 162


»Reuben Pitman, capitán de cincuenta años, soltero, de la calle Mayor de
esta ciudad.
»Emil Olsen, de diecinueve años, soltero, de la calle Hammond de esta
ciudad. Holandés.
»Oscar Starnberg, de veinticinco años, soltero. Suecia.
»Pedro, soltero, de la casa de huéspedes de Keene en esta ciudad. Se cree
que nació en la isla de Madeira.
»José Walsh, alias Joseph Wright, de treinta años de edad, nacido en San
Juan, Terranova».

—No; es de Augusta, en el estado del Maine —gritaron varias voces.


—Se embarcó en San Juan —dijo el que leía, fijándose otra vez en la lista.
—Pues yo lo sé muy bien. Es de Augusta.
El lector hizo una corrección al margen de la lista y prosiguió:

«Del mismo velero. Charlie Ritchie, de la villa de Liverpool, en Nueva


Escocia, soltero, de treinta y tres años.
»Albert May, de veintisiete años de edad, soltero, domiciliado en la calle
Roggers, 267, de esta ciudad.
»27 de septiembre. Orvin Dollard, casado, de treinta años de edad. Se
ahogó tripulando un bote cerca de Eastern Point».

Este caso produjo una cierta conmoción, pues una de las mujeres se cayó hacia
atrás, moviendo nerviosamente las manos como si quisiera agarrarse a algo. La
señora Cheyne, que había escuchado con los ojos muy abiertos, levantó la cabeza y
contuvo el aliento. La madre de Dan, que se encontraba unos pocos asientos a la
derecha, observó lo que le pasaba y se dirigió rápidamente a su lado. Proseguía la
lectura. Cuando se llegó a los casos ocurridos en enero y febrero, la lectura
impresionaba profundamente a los presentes. Las pobres mujeres apretaban los
dientes.

«14 de febrero. Velero Harry Randolph, desmantelado cuando volvía a


puerto desde Terranova. Asa Musie, de treinta y dos, casado, de la calle
Mayor de esta ciudad, arrastrado por una ola.
»23 de febrero. Velero Gilbert Hope. Robert Beavon, de veintinueve
años, casado, de Pubnico, Nueva Escocia, desaparecido en un bote».

Su mujer se encontraba en la sala. Se oyó un grito sofocado como cuando se hiere


a un pequeño animal. La hicieron callar en seguida y la sacaron de la sala. Durante

[Link] - Página 163


varios meses había esperado contra toda esperanza, pues a menudo los pescadores
que se encontraban en los botes se salvaban en los veleros de alto bordo. Ahora
estaba segura. Harvey veía en la acera a un policía que llamaba a un coche para que
la llevase a su casa.
—Son cincuenta centavos hasta… —empezó a decir el cochero, pero el policía
levantó la mano—. Bueno, de todas maneras, voy en esa dirección. Que suba. Oye,
Alf, ¿no me echarás una multa la próxima vez que tenga los faroles apagados? Se
cerró la puerta, por lo que ya no se vio en la entrada aquella brillante mancha de luz
del sol. Harvey volvió la vista al lector, que proseguía enunciando con voz alta
aquella lista interminable.

«19 de abril. El velero Mammie Douglas, perdido en los bancos con toda
la tripulación.
»Eduard Canton, capitán, de cuarenta y tres años, casado, de esta ciudad.
»D. Hawkins, alias Williams, de treinta y cuatro años de edad, casado, de
Shelbourne, en Nueva Escocia.
»G. W. Clay, de veintiocho años de edad, negro, casado, de esta ciudad».

Así seguía la lectura. Harvey sentía como si algo le apretara la garganta; su


estómago le recordaba el día en que se cayó del vapor.

«10 de mayo. Velero We’re Here (a Harvey se le heló la sangre). Otto


Svedson, de veinte años de edad, soltero, de esta ciudad, desapareció por
la borda».

Otra vez se oyó un grito desgarrador y profundo, que salió de alguna parte de la
sala.
—No debía haber venido, no debía haber venido —murmuró Long Jack con un
dejo de piedad.
—No te lo tomes muy a pecho, Harvey —gruñó Dan. Esto fue todo lo que oyó su
compañero, pues en seguida se sintió sumergido en una profunda oscuridad, en la que
brillaban ruedas de fuego. Disko se inclinó hacia delante para hablar con su mujer,
que estaba sentada al lado de la señora Cheyne, rodeándola con un brazo, mientras
con la otra mano sostenía las de la madre de Harvey, que se movían como si quisieran
aferrarse a algo.
—Baje usted la cabeza, baje usted la cabeza —murmuró la mujer de Disko.
—Se le pasará en seguida.
—No puedo, no puedo, déjeme… —exclamó la señora Cheyne sin saber lo que
decía.

[Link] - Página 164


—Pues debe usted hacerlo —insistió la señora Troop—. Su hijo acaba de
desmayarse. Eso les ocurre cuando están en la época del crecimiento. ¿Quiere usted
atenderlo personalmente? Podemos salir por aquí. Venga usted conmigo. No llore
usted. Nosotras las mujeres debemos preocuparnos por estos hombres que están a
nuestro cuidado. ¡Venga!
Como si fueran los guardaespaldas de Harvey, los tripulantes del We’re Here se
abrieron camino entre la muchedumbre. Cuando consiguieron que Harvey se sentara
en un banco de la antesala, estaba todavía muy pálido y temblaba intensamente.
—Quiere aparentar que se encuentra mejor de lo que está por no alarmar a su
madre —dijo la señora Cheyne a modo de cumplido cuando la madre se inclinó sobre
Harvey.
—¿Cómo crees tú que un chiquillo podía aguantar eso? ¡Es horrible! No
debíamos haber venido. Es una gran equivocación, además de la maldad que encierra.
¡No… no está bien! ¿Por qué no publican esas cosas en los diarios como debe ser?
¿Te sientes mejor, querido?
Todo esto avergonzó profundamente a Harvey.
—Sí, creo que estoy completamente bien —dijo más bien con un murmullo,
tratando de ponerse de pie—. Debe ser algo que comí durante el desayuno.
—Tal vez el café —dijo Cheyne, cuyos rasgos se habían endurecido y cuya cara
parecía una máscara de bronce—. Nos iremos en seguida sin esperar el fin.
—Creo que es hora de que vayamos al muelle —dijo Disko—. Con todos esos
pescadores italianos ahí adentro, el aire no es nada bueno. Creo que a la señora
Cheyne le hará bien la brisa del mar.
Harvey afirmó que nunca se había sentido mejor en su vida. Pero hasta que no vio
el We’re Here que acababa de salir de las manos de los obreros del astillero de
Wouvermann, no perdió los sentimientos que le inundaban, que se transformaron
entonces en una extraña mezcla de orgullo y de tristeza. Muchas personas, como
veraneantes y demás, se encontraban por los alrededores, en los botes o paseando por
los muelles. Pero él comprendía las cosas desde un punto de vista diferente;
comprendía muchas cosas más que las que podía pensar. Sin embargo, sentía ganas
de echarse en un rincón y aullar por la partida del velero. La señora Cheyne lloró
durante todo el camino hasta el embarcadero. La esposa de Disko trató de consolarla
como se hace con una criatura, hasta que Dan, al que no había tratado así desde que
tuvo seis años, silbó extrañado.

[Link] - Página 165


[Link] - Página 166
La antigua tripulación (Harvey se sentía todo un lobo de mar) se embarcó en el
velero, que se encontraba entre los zarandeados botes, mientras Harvey se encargaba
de soltar las amarras. Todos querían decir tantas cosas que nadie dijo nada de
particular. Harvey encargó a Dan que no se olvidara de las botas de agua del tío
Salters, ni del ancla de bote de Penn. Long Jack recomendó a Harvey que no olvidara
sus lecciones de navegación y manejo del velamen. Pero las bromas no producían
efecto en presencia de las dos mujeres y es difícil ser chistoso cuando se interponen
entre los amigos las verdes aguas de la bahía.
—¡Iza el foque y la mayor! —gritó Disko, dirigiéndose al timón, cuando
estuvieron en posición favorable al viento—. Ya te veré otra vez, Harvey. No sé qué
pensar, pero me parece que tú y tu familia sois muy buena gente.
Pronto la goleta se encontró a tal distancia que ya era imposible oír nada, pero se
quedaron en el muelle hasta verla salir de la bahía. La señora Cheyne seguía llorando.
—Bueno, bueno, querida señora —dijo la madre de Dan—. Nosotras somos
mujeres. No es probable que sus lágrimas la consuelen. Dios sabe que a mí nunca me
han servido de nada, pero Él también conoce las justas causas de mi llanto.

Algunos años más tarde, en el otro extremo de los Estados Unidos, un joven
atravesaba una calle, por la que silbaba el viento, en una niebla que ocultaba lujosas
residencias, construidas de madera que pretendía imitar la piedra. En el momento en
que se detenía sobre su caballo, un animal que hubiera sido barato si pidieran mil
dólares por él, delante de una verja de hierro, se acercó otro joven de la misma edad,
que gritó:
—¡Hola, Harvey!
—¡Hola, Dan!
—¿Qué te cuentas?
—En este viaje soy ya ese bicho que se llama segundo piloto. ¿Todavía no has
terminado esos complicados estudios tuyos?
—Estoy en ello. Te digo que la universidad es algo enteramente distinto del We’re
Here. Pero voy a meterme en eso de ser propietario definitivamente el próximo
otoño.
—¿Te refieres a nuestra compañía de vapores?
—A ninguna otra cosa. Espera hasta que empiece a atracar. Cuando yo me haga
cargo, pondré la vieja compañía bajo mis pies y la haré gritar.
—Correré el riesgo —dijo Dan con una mueca fraternal, mientras Harvey bajaba
del caballo y le preguntaba si había venido a quedarse.
—A eso he venido. Oye, ¿no anda por aquí cerca ese negro loco? Tengo que
ajustar cuentas con él.
De entre la niebla salió riéndose triunfalmente el ex cocinero del We’re Here para

[Link] - Página 167


hacerse cargo del caballo. No permitía que ninguna otra persona se encargara de
servir a Harvey.
—Es tan espesa como en el banco. ¿No te parece, doctor? —dijo Dan
amigablemente.
Pero aquel celta, negro como el carbón, que poseía una segunda vista, no creyó
necesario contestar a Dan sin antes darle una palmada en el hombro y repetir, con su
voz de ave de mal agüero, por vigésima vez, su antigua profecía: —Patrón, criado,
patrón, criado. Dan Troop, ¿te acuerdas de lo que te dije, cuando nos encontramos en
el We’re Here?— Bueno, no diré que las cosas no parecen ser así —dijo Dan—. De
todas maneras, el We’re Here era una buena goleta. Le debo mucho a ella… y a mi
padre.
—Yo también —añadió Harvey Cheyne.

[Link] - Página 168


RUDYARD KIPLING. Bombay, 30 de diciembre de 1865 — Londres, 18 de enero
de 1936. Con seis años fue enviado a Inglaterra, a un internado en Devonshire, para
ser formado para el ingreso en la academia militar, pero sus notas no lo posibilitaron.
En 1982 regresó a la India comenzando a trabajar para «La gaceta civil y militar», en
donde escribió historias cortas; ingresó en una logia masónica con veinte años, y
publicó por primera vez con veintidós años. Más tarde, fue editor asistente y
corresponsal para Pioneer. Con lo cobrado por los derechos de sus publicaciones,
marchó en 1889 a Inglaterra, donde ya era conocido y reconocido como sucesor
literario de Dickens. En 1892 casó con una americana y marchó a vivir a los Estados
Unidos, pero allí no se encontraba satisfecho y regresó a Inglaterra, en donde
continuó su carrera literaria. A partir de 1920, comenzó su ocaso literario, y aún fue
rector de la Universidad de St. Andrews. Tres veces fue nombrado Caballero de la
Orden del Imperio Británico, y tres veces declinó el ofrecimiento. En 1907, se le
concedió el Premio Nobel de Literatura, siendo el primer inglés en conseguirlo.
Fue autor de poemas, cuentos, relatos cortos y novelas, siendo famoso por
destacar el heroísmo de los soldados británicos en la India y Birmania.

[Link] - Página 169


Notas

[Link] - Página 170


[0]
Yo araba la tierra con caballos
Pero mi alma estaba turbada
Porque el viejo mar devorador de hombres
venía una y otra vez hacia mí
Con las leyendas de los mares. <<

[Link] - Página 171


[1] Mit: con (en alemán en el original). <<

[Link] - Página 172


[2] Adirondacks: macizo montañoso al norte del estado de Nueva York. <<

[Link] - Página 173


[3]Castillo: construcción situada en la cubierta principal del buque, entre el trinquete
y la proa. <<

[Link] - Página 174


[4] «Traed ahora los mapas, los lastimeros mapas; / fijaos donde se cortan las
montañas. / Las nubes se amontonan alrededor de sus cabezas, / las lloviznas
alrededor de sus pies» <<

[Link] - Página 175


[5]«Y ahora para ti, ¡oh capitán! / Te ruego encarecidamente / que no me entierren /
en la iglesia o claustro gris». <<

[Link] - Página 176


[6]Estay: cabo que sujeta la cabeza de un mástil al pie del más inmediato, para
impedir que caiga hacia la popa. <<

[Link] - Página 177


[7]Amura: parte de los costados del buque donde éste empieza a estrecharse para
formar la proa. <<

[Link] - Página 178


[8] «Siempre más y nunca menos, / cada vez que vamos a salar». <<

[Link] - Página 179


[9]
Juanete: cada una de las vergas que se cruzan sobre las gavias, y las velas que en
aquéllas se envergan. <<

[Link] - Página 180


[10] Tolete: estacada fijada en el borde de la embarcación a la cual se ata el remo. <<

[Link] - Página 181


[11] Ashtabula: ciudad del estado de Ohio. <<

[Link] - Página 182


[12] Escandallo: parte de la sonda para calibrar el fondo del agua. <<

[Link] - Página 183


[13] Fundy: Golfo del Atlántico. <<

[Link] - Página 184


[14]
Escobén: cualquiera de los agujeros a uno y otro lado de la roda de un buque, por
donde pasan los cables o cadenas de amarra. <<

[Link] - Página 185


[15] «Saltó la caballa con su dorso rayado, / arriza la mayor y suelta la verga, / porque
el tiempo es ventoso…». <<

[Link] - Página 186


[16]«Y el tiempo es ventoso, / cuando el viento empieza a soplar, ¡soplemos todos
juntos!». <<

[Link] - Página 187


[17]«Saltó el bacalao con su cabeza locuela, / y fue hacia el obenque para tirar la
sonda / porque el tiempo es ventoso…». <<

[Link] - Página 188


[18]«Saltó la platija que nada hasta la playa. / ¡Cabeza locuela! ¡Cabeza locuela!
¡Mira dónde tiras la sonda!». <<

[Link] - Página 189


[19]«Hay un barco loco — barco loco de gran fama; / sale de Nueva York, — se
llama Dreadnought. / Hablad de barcos veloces — de cualquiera de ellos. / El
Dreadnought los derrota a todos. / Ahora el Dreadnought está en el Mersey /
esperando el remolcador que ha de llevarlo mar afuera: / pero sabrás lo que vale
cuando tenga profundidad suficiente. / Es el barco que sale para Liverpool. — ¡Oh
Señor! Déjalo seguir. / El Dreadnought atraviesa el banco de Terranova, haciendo
sonar la sirena / por donde el mar es poco profundo y el fondo es de arena. / Así dicen
todos los peces que nadan de un lado para otro. / Es el barco que sale para Liverpool.
— ¡Oh Señor! Déjalo seguir». <<

[Link] - Página 190


[20]«Ya ha pasado abril y se ha fundido la nieve; / dentro de muy poco tendremos que
salir de New Bedford. / Sí, de New Bedford tenemos que salir; / somos los balleneros
que nunca ven las espigas del trigo». <<

[Link] - Página 191


[21]«Trigo en espigas, las flores de mi amor; / trigo en espigas, nos vamos al mar; /
trigo en espigas, te dejo para que te siembren otros; / ¡cuando yo vuelva serás una
hogaza de pan!». <<

[Link] - Página 192


[22]
«¡Hace veintiséis domingos que no vemos tierra / con mil quinientos quintales / y
mil quinientos quintales. / Con mil quinientos quintales en cubierta / entre el viejo
Queereau y Grand!». <<

[Link] - Página 193


[23] Miquelon: isla de Francia, cerca de la costa meridional de Terranova. <<

[Link] - Página 194


[24] Estopa: jarcia vieja, deshilada y deshecha, que sirve para calafatear. <<

[Link] - Página 195


[25] Carraca: antigua nave de transporte de hasta dos mil toneladas, inventada por los
italianos. Se usa de forma despectiva para referirse a un barco viejo o lento. <<

[Link] - Página 196


[26]Patrick Henry: político norteamericano (1736-1799), famoso por sus dotes como
gran orador. <<

[Link] - Página 197


[27]
Rempujo: disco plano, estriado en dos direcciones, y que aplican los veleros a la
palma de la mano para empujar la aguja cuando se cosen las velas. <<

[Link] - Página 198


[28] D. G. Farragut: almirante estadounidense (1801-1870). <<

[Link] - Página 199


[29]William Kidd: pirata inglés (1615-1706) que recibió la patente de corso con la
misión de reprimir la piratería. <<

[Link] - Página 200


[30] Portières: puertas, en francés en el original. Sobre Vantire no hay datos. <<

[Link] - Página 201


[31]
«Por detrás de casa de mi tía / hay un bonito bosque / donde canta el ruiseñor / día
y noche… / ¿Qué darías, hermosa mía, / a quien lo trajera hasta aquí? / Daría Quebec,
Sorel y Saint-Denis». <<

[Link] - Página 202


[32] Fayal: isla del archipiélago de las Azores. <<

[Link] - Página 203


[33]Guardín: cada uno de los dos cabos o cadenas que van sujetos a la caña del timón
y por medio de los cuales se maneja. <<

[Link] - Página 204


[34] «Pájaros felices cantan y vuelan / alrededor del trono del Altísimo». <<

[Link] - Página 205


[35] Motón: polea. <<

[Link] - Página 206


[36]Estadio: 125 pasos geométricos, que equivalen a la octava parte de una milla. En
este caso serían unos seiscientos metros. <<

[Link] - Página 207


[37]
«La cangreja / que va a girar / rueda y se inclina / para arrastrarme. / ¡Oh, Virgen
María, / ruega por mí, Señor! / ¡Adiós, patria! / ¡Quebec, adiós!». <<

[Link] - Página 208


[38]«¡Oh Double Thatcher! ¿Cómo estás? / El Easter Point ya está a la vista. / Las
chicas y chicos que pronto veremos, / cuando anclemos en cabo Ann». <<

[Link] - Página 209


[39] Eastport: ciudad de Maine, la más oriental de Estados Unidos. <<

[Link] - Página 210


[40]«Hi, Hi, Yoho. ¡Mandad vuestras cartas! / ¡Hemos gastado toda la sal, hemos
levado el ancla! / Aferrad vuestras velas mayores, volvemos a la patria / con mil
quinientos quintales / y otros mil quinientos quintales. / Mil quinientos quintales
hasta los topes / entre Queereau y el Gran Banco». <<

[Link] - Página 211


[41] Topeka: capital de Kansas. <<

[Link] - Página 212


[42]Krupp: industria alemana de acero creada en 1811 por Friedrich Krupp, a la que
se debe gran parte de la producción de cañones para la primera y segunda guerras
mundiales. <<

[Link] - Página 213


[43]Flechaste: cada uno de los cabos delgados horizontales que, ligados a los
obenques, forman las escalas por donde la marinería sube a lo alto de los palos. <<

[Link] - Página 214


[44] Salmo 73, 7. <<

[Link] - Página 215


[45] Manga: anchura máxima de una embarcación. <<

[Link] - Página 216


[46] Pamlico: brazo de mar de Carolina del Norte. <<

[Link] - Página 217


[47]
«Sacaron la manta a la abuela; / que tembló de frío y les dijo que se fueran; /
tomaron la cuna del niño, / que no podía decirles que no». <<

[Link] - Página 218


[48] «Y mientras tanto no sabían / si encendían una fogata / o una pira funeraria». <<

[Link] - Página 219


[49]«Y cuando los botes de Brixham / salen a hacer frente a la tormenta, / acordaos
del amor que, tan ligero como / la luz, vuela hacia sus velas». <<

[Link] - Página 220

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