Capitanes Intrepidos, Rudyard Kipling
Capitanes Intrepidos, Rudyard Kipling
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Rudyard Kipling
Capitanes intrépidos
ePub r1.0
Hechadelluvia 02.09.13
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Título original: Captains courageous
Rudyard Kipling, 1897.
Traducción: J. Novo Cerro.
Ilustraciones: I. W. Taber.
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Para el doctor James Conland
Brattleboro, Vermont
LONGFELLOW.
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LA TRIPULACIÓN DEL WE'RE HERE
JACOBO BOLLER, llamado por la tripulación Pensilvania (por el Estado donde nació),
y a veces, abreviadamente, Penn o Penny. Procedía de las colonias alemanas que
todavía existen en ese Estado de la Unión. En los Estados Unidos se les llama
Pensilvania Dutch o Dutchy.
JACK EL LARGO, de sobrenombre Galway (por la ciudad de ese país donde nació), o
irlandés por su origen.
TOMÁS PLATT, llamado a veces Ohio, el nombre del barco de guerra de la marina de
los Estados Unidos donde sirvió muchos años.
MAC DONALD, cocinero negro, a quien muchas veces se le apoda Doctor Dan (por
Daniel), hijo de Disko Troop, llamado a veces Danny.
TIEMPO DE LA ACCIÓN: Puesto que, según Disko Troop, hace cinco años de la
catástrofe de Johnstown, y ese hecho aconteció en mayo de 1889, se deduce que la
acción ocurre en el verano (hemisferio Norte) de 1894.
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OBSERVACIÓN
En todos los casos, el autor reproduce la pronunciación peculiar de cada uno de los
personajes, según la región de que provienen. El traductor no ha respetado esto, pero
ha tratado, en la medida de lo posible, de conservar los símiles marineros, la
repetición de vocablos o de frases; en una palabra, lo que caracteriza el lenguaje de
los héroes de Kipling, arrancados de la realidad viva.
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Capítulo I
La gastada puerta abierta del salón de fumar dejaba pasar la niebla del Atlántico
Norte, mientras el gran barco de pasajeros se hundía y se elevaba, sonando su sirena
para avisar a los barquichuelos de la flota de pescadores.
—Ese chico, Cheyne, es la mayor molestia de a bordo —dijo un hombre cerrando
la puerta de un portazo—. No lo necesitamos aquí. Es demasiado desvergonzado.
Un alemán de pelo blanco extendió la mano para apoderarse de un sándwich y
farfulló mientras mordía:
—Conozco esa ralea. Abunda en Amériga. Siempre digo que deberrían permitir
la imporrtación libre de desechos de cuero para correas.
—¡Bah! Realmente, no es un mal muchacho. Merece más que se le compadezca
—comentó un neoyorquino arrastrando las palabras mientras estaba echado cuan
largo era sobre los almohadones—. Desde que era una criatura lo han arrastrado de
un hotel a otro. Esta mañana estuve hablando con su madre. Es una mujer
encantadora, que no cree que pueda manejarlo. Lo llevan a Europa a que termine su
educación.
Un señor de Filadelfia, acurrucado en un rincón, comentó:
—Su educación no ha empezado aún. Ese muchacho tiene doscientos dólares
mensuales para sus gastos. Él me lo ha dicho. Y todavía no ha cumplido dieciséis
años.
—Su padrre posee varrias líneas de ferrrocarril, ¿no es así? —preguntó el
alemán.
—Sí, y, además, minas, aserraderos y barcos. Tiene una casa en San Diego y otra
en Los Ángeles. Posee media docena de líneas de ferrocarril, como también la mitad
de los bosques de la costa del Pacífico, y deja que su mujer gaste el dinero —
prosiguió cansino el de Filadelfia—. Parece que el clima del oeste no le conviene. Se
pasa la vida viajando con su hijo y sus nervios, tratando de averiguar lo que puede
divertir a su vástago. Supongo que empieza en Florida, sigue por los Adirondacks,
Lakewood, Hot Springs, Nueva York y vuelta a empezar otra vez. La verdad es que el
muchacho no parece otra cosa que un empleado de hotel de segunda clase. Cuando
vuelva de Europa no habrá quien lo aguante.
—¿Por qué su viejo no se ocupa personalmente de él? —preguntó una voz.
—El padre se ocupa de hacer dinero. Supongo que no querrá que lo molesten.
Dentro de unos pocos años advertirá su error. Es una lástima, porque, a pesar de todo,
el muchacho no es malo en el fondo, si alguien se tomara la molestia de descubrirlo.
—Mit [1] un látigo, mit un látigo —gruñó el alemán.
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La puerta volvió a abrirse, y entró por ella un muchacho alto y esbelto, de cuya
boca colgaba un cigarrillo a medio consumir, y se apoyó en el quicio de la puerta. El
color amarillo de su piel no condecía bien con su edad: su mirada era una mezcla de
irresolución, atrevimiento y picardía, sin gran capacidad intelectual. Estaba vestido
con una chaqueta roja y pantalón corto del mismo color, zapatos para montar en
bicicleta y una gorra de ciclista echada hacia atrás. Después de silbar entre dientes al
observar la compañía, dijo con una voz ruidosa y de timbre muy alto:
—¡Vaya, qué niebla espesa hay! Se oye continuamente a los botes de los
pescadores aullando a nuestro alrededor. ¿No sería genial que chocáramos con uno?
—Cierra la puerta, Harvey —dijo el neoyorquino—. Cierra la puerta y quédate
afuera. No te necesitamos aquí.
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—¿Quién me impedirá quedarme? —repuso con toda intención—. ¿Pagó usted
mi pasaje, señor Martin? Creo que tengo tanto derecho a quedarme como el que más.
Recogió unos dados que había en un tablero de damas y empezó a pasárselos de
la mano derecha a la izquierda.
—Señores, esto es un rollo. ¿No podríamos echar una partida de póquer?
Nadie le respondió. Echó una bocanada de humo y tamborileó sobre la mesa con
unos dedos bastante sucios. Después extrajo un fajo de billetes del bolsillo, como si
fuera a contarlos.
—¿Cómo está tu madre hoy? —preguntó uno de los presentes—. No la vi durante
el desayuno.
—Supongo que estará en su camarote. Casi siempre se marea. Le voy a dar
quince dólares a la camarera para que la cuide. No bajo al camarote sino cuando es
estrictamente necesario. Siento algo raro cuando paso por el antecomedor. Bueno,
ésta es la primera vez que cruzo el Atlántico.
—No te disculpes, Harvey.
—¿Quién pide disculpas? Ésta es la primera vez que me embarco, y excepto el
primer día no me he sentido enfermo. No, señor.
Golpeó la mesa con el puño dirigiendo a su alrededor una mirada triunfante y se
mojó el dedo prosiguiendo el recuento de billetes.
—Bueno, se ve que eres un hombre de primera clase. Eso se ve en seguida —dijo
el de Filadelfia con un bostezo—. Llegarás a ser una de las personalidades notables
de este país, si alguien no te lo impide.
—Ya lo sé. Soy norteamericano, en primer, en segundo, en último y en todos los
lugares. Ya se lo demostraré cuando lleguemos a Europa. ¡Uff! Se me ha acabado el
cigarrillo. No puedo fumar esos fideos venenosos que vende el camarero. ¿Tiene
alguno de ustedes un cigarrillo turco legítimo?
En aquel momento entró el jefe de máquinas, rojo, sonriente y húmedo.
—¡Eh!, Mac —gritó Harvey entusiasmado—. ¿A qué velocidad vamos?
—Más o menos, a la misma de siempre —replicó seriamente—. Los jóvenes son
tan corteses como siempre al tratar con los que tienen más edad que ellos, y éstos se
esmeran siempre en apreciar esa cortesía.
Desde un rincón se oyó una suave carcajada. El alemán abrió su cigarrera y
ofreció a Harvey un cigarro largo de tabaco muy oscuro.
—Esto es lo mejorr parra fumarr, joven amigo mío. ¿Quierres probarlo? Te
sentirrás mejor que nunca —dijo el alemán.
Harvey encendió aquella cosa desagradable con una sonrisa, sintiendo que
empezaba a avanzar en la sociedad de los adultos.
—Haría falta algo más fuerte que esto para tumbarme —comentó Harvey, que
ignoraba lo que encendía.
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—Eso lo verremos en seguida —dijo el alemán—. ¿Dónde nos encontramos
ahora, señor Mactonal?
—Nos encontramos por aquí, más o menos, señor Shaefer —terció el ingeniero
—. Estaremos en el gran banco esta noche, pero, hablando en general, nos
encontraremos ya entre los barcos pesqueros. Desde el mediodía hemos atropellado
tres botes y hundido un barco francés, lo que me parece bastante, si ustedes no
piensan otra cosa.
—¿Le gusta mi purro, eh? —preguntó el alemán al ver los ojos de Harvey llenos
de lágrimas.
—Bien, pleno sabor —respondió el muchacho entre dientes—. Parece que
hubiéramos disminuido la velocidad. Creo que voy a salir a cubierta y a fijarme en el
mapa para saber la distancia.
—Yo harría lo mismo si estuvierra en su lugar —dijo el alemán.
Harvey se arrastró sobre el puente húmedo hasta la barandilla más próxima. Se
sentía muy desgraciado; vio al camarero de cubierta que recogía las hamacas y,
puesto que se había jactado ante él de no marearse nunca, su amor propio le indujo a
dirigirse al puente de segunda clase, a la popa, que terminaba como el caparazón de
una tortuga, y que se encontraba desierto. Se arrastró hasta el extremo, donde se
erguía el mástil del pabellón. Allí se retorció en una verdadera agonía, pues el cigarro
se confabulaba con las vibraciones de la hélice que parecían torturar su alma. Sentía
que su cabeza iba a estallar; chispas de fuego bailaban delante de sus ojos; como si su
cuerpo perdiera peso y sus talones flotaran en la brisa. El mareo le provocó un
desmayo: un movimiento del barco le arrojó por encima de la barandilla sobre la
cubierta en forma de caparazón de tortuga. Entonces, una ola grande y gris que
emergió de las sombras, por decirlo así, tomó a Harvey por un brazo y lo arrastró
lejos del barco: el gran desierto verde se cerró sobre él, mientras caía en un profundo
sueño. Le despertó el sonido de un cuerno, que le recordó el que llamaba a la comida
en una colonia de vacaciones en los Adirondacks [2], donde había pasado algún
tiempo. Lentamente empezó a recordar que era Harvey Cheyne, y que se había
ahogado en medio del océano, pero se encontraba demasiado débil como para
relacionar una cosa con otra. Un olor nuevo llenó sus narices; por sus espaldas sentía
correr un frío húmedo: estaba completamente empapado como en agua salada.
Cuando abrió los ojos, comprendió que se encontraba en la cima del mar, que corría
debajo de él en colinas de plata. Se encontraba echado sobre un montón de pescado,
mirando fijamente unas anchas espaldas, envueltas en un jersey azul. —Todo ha
acabado para mí— pensó el muchacho—; estoy muerto, y éste es el encargado de
llevarme.
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Suspiró y la figura volvió la cabeza, mostrando un par de pequeños anillos de oro,
semiocultos por un crespo pelo negro.
—¡Ah! ¿Te encuentras mejor ahora? —dijo—. Sigue así, echado, flotamos mejor
de esa manera.
Con un movimiento rápido de los remos llevó el bote a un mar sin espuma, donde
se elevó hasta una altura de más de cinco metros, sólo para caer en un profundo pozo
vidrioso. Pero esas hazañas de alpinismo no interrumpieron la charla de la figura del
jersey azul.
—Menos mal que te he pescado. ¡Eh! ¿Qué? Aunque mucho mejor que tu barco
no me pescara a mí. ¿Cómo te caíste?
—Estaba enfermo —dijo Harvey— y no pude evitarlo.
—Hice sonar mi cuerno justo a tiempo. Tu barco giró un poco. Entonces te vi
caer. ¡Eh! ¿Qué? Creí que la hélice iba a hacerte pedazos, pero flotaste, flotabas hacia
mí. Te pesqué como a un gran pez. Por esta vez, no te toca morir.
—¿Dónde estoy? —dijo Harvey, que no podía comprender que se hubiera
salvado, mientras permanecía en la embarcación.
—Estás conmigo en un bote. Me llamo Manuel. Soy del velero We’re Here, de
Gloucester. Vivo en Gloucester. Pronto nos darán de comer. ¡Eh! ¿Qué?
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Parecía tener dos pares de manos y una cabeza de hierro fundido, pues no
contento con soplar por una caracola, lo hacía de pie, mientras gobernaba el bote al
mismo tiempo, y lanzaba un sonido terrible a través de la niebla. Harvey no pudo
recordar ya que estaba echado, aterrorizado por los jirones de niebla. Le pareció oír
un cañón, un cuerno y gritos. Algo más grande que el bote, pero que parecía tener la
misma vivacidad de movimientos, se colocó al lado de ellos. Varias voces hablaron al
mismo tiempo: le dejaron caer en un agujero oscuro, donde unos hombres vestidos
con impermeables le dieron a beber algo caliente, le desnudaron y le acostaron. En
seguida se quedó dormido.
Cuando se despertó escuchó la campana del vapor llamando para el desayuno,
extrañándose de que su camarote hubiera disminuido de tamaño. Al volver la cabeza
vio lo que parecía ser una cueva triangular y estrecha, alumbrada por una lámpara que
colgaba de una gran viga. Una mesa de la misma forma, al alcance de su mano, se
extendía desde la proa hasta uno de los mástiles. En el otro extremo de aquel recinto,
detrás de una vieja estufa Plymouth, estaba sentado un muchacho de casi su misma
edad, de cara ancha y rojiza, y un par de traviesos ojos grises. Estaba vestido con un
jersey azul y llevaba altas botas de goma. En el suelo se encontraban varios pares de
la misma clase de calzado, una gorra vieja y algunos pares de gastados calcetines de
lana. De los catres colgaban varios trajes de tela impermeable, negros y amarillos. El
lugar estaba tan lleno de olores como un fardo lleno de algodón. Los trajes de hule
despedían un olor tan denso que formaba una especie de fondo a otros, como el de
pescado frito, la grasa quemada, la pintura, la pimienta y el humo del tabaco, aunque
todos ellos quedaban encerrados en un olor a alquitrán y agua salada. Harvey observó
con disgusto que su cama no tenía sábanas. Yacía sobre algo formado por pedazos
sucios de tela para colchones. Además, el movimiento de la embarcación no era el
propio de un vapor. Ni se deslizaba ni cabeceaba, sino que oscilaba hacia todos lados
de una manera tonta y sin ninguna dirección como un potrillo atado a un cabestro.
Hasta sus oídos llegaba el ruido del agua; el maderamen crujía y aullaba alrededor de
él. Todas estas cosas hicieron que suspirara con desesperación y que se acordara de su
madre.
—¿Te sientes mejor? —preguntó el muchacho haciendo gestos—; ¿quieres tomar
un poco de café?
Le trajo una taza llena y le agregó melaza para endulzarlo.
—¿No hay leche? —preguntó Harvey, echando una mirada alrededor de todas las
camas, como si esperara que allí hubiera una vaca.
—¡Qué va! —dijo el muchacho—. Tampoco es probable que la probemos hasta
mediados de septiembre. El café no es malo. Lo hice yo.
Harvey lo tomó sin decir una palabra; después el muchacho le entregó un plato
lleno de trozos de carne de cerdo, que Harvey devoró furiosamente.
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—He puesto a secar tu ropa. Creo que ha encogido un poco —dijo el muchacho
—. No es como la que utilizamos por aquí. Levántate a ver si te has hecho alguna
herida.
Harvey así lo hizo, pero no pudo decir que tuviera algo roto.
—Está bien —dijo el chico de todo corazón—. Vístete y vete a cubierta. Mi padre
quiere verte. Me llaman Dan. Ayudo al cocinero y hago a bordo todo lo que los
hombres consideran mu sucio para un adulto. No hay otro grumete a bordo desde que
Otto se cayó por la borda. Era holandés y sólo tenía veinte años. ¿Cómo pudiste
caerte con aquella calma chicha?
—No estaba tan calmado —dijo Harvey secamente—. Era una verdadera
tormenta y yo estaba mareado. Supongo que debí caerme por la barandilla en la que
me apoyaba.
—Hubo un poco de marejadilla ayer y anoche —dijo el muchacho—. Pero si
crees que eso era una tormenta… —silbó asombrado—, espera a que termine este
viaje. Pero aligera. Padre te está esperando.
Como muchos otros desdichados jóvenes, Harvey nunca en su vida había recibido
una orden escueta, nunca, por lo menos, sin una larga y a veces lacrimosa explicación
de las ventajas de la obediencia y de las razones de lo que se le pedía. La señora
Cheyne vivía en un temor perpetuo de acobardarlo, lo que tal vez fuese la razón de
que ella misma estuviera continuamente al borde de un ataque de nervios. Harvey no
podía comprender por qué había de apresurarse a satisfacer los deseos de otro hombre
y así lo manifestó abiertamente.
—Que baje tu padre, si tiene tantas ganas de hablar conmigo. Necesito que me
lleve a Nueva York inmediatamente. Se lo pagaré.
Dan abrió los ojos como platos en cuanto comprendió la magnitud y osadía de
aquella broma.
—Eh, padre —gritó por la escotilla—, dice que usted puede bajar aquí, si tiene
tantas ganas de hablar con él. ¿Ma oído?
La respuesta vino en la voz más profunda que Harvey hubiera oído jamás salir de
una garganta humana:
—Déjate de tonterías, Dan; tráelo aquí.
Conteniendo la risa, Dan arrojó a Harvey sus zapatos de ciclista, que habían
perdido su forma. En el tono de aquella voz que venía de cubierta había algo que
desarmaba la reconcentrada rabia de Harvey, que se consolaba a sí mismo, pensando
que hablaría poco a poco de su fortuna y de la de su padre, durante el largo viaje
hasta Nueva York. Ciertamente, su salvación le convertiría en un héroe entre sus
compañeros. Subió a cubierta por una escalera completamente vertical y se abrió
camino hasta la popa, donde un hombre de estatura mediana, ancho de espaldas y
cuidadosamente afeitado, estaba sentado en uno de los peldaños de una escalera que
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conducía a babor. Ya no soplaba el viento; el mar parecía una balsa de aceite,
distinguiéndose en el horizonte el velamen de una docena de embarcaciones de pesca.
Entre ellas se veían pequeñas manchas negras: los botes de los pescadores. La
embarcación, con una vela triangular en el palo mayor, oscilaba alrededor del ancla;
excepto un marinero en el castillo [3], que ellos llaman casa, no parecía haber nadie a
bordo.
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—Buenos días, mejor dicho, buenas tardes. Has dormido todo lo que da el reloj,
jovencito —fue el saludo.
—Buenos días —dijo Harvey. No le agradó que le llamasen jovencito. Por
haberse salvado de morir ahogado esperaba más simpatía. Su madre se sentía morir
cuando veía que se mojaba los pies, pero este marinero no parecía excitarse mucho
por ello.
—Venga, cuéntanos tu historia. Ante todo, ha sido providencial para todos.
¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? Algunos, con mu mala intención, sospechan que
de Nueva York. ¿Adónde te dirigías? Claro, nos da la espina que a Europa.
Harvey dijo su nombre, así como el del vapor, y contó brevemente la historia del
accidente, terminando por pedir que se le llevara inmediatamente a Nueva York,
donde su padre pagaría cualquier cantidad que se pidiera.
—¡Hum! —dijo el hombre recién afeitado, sin dejarse impresionar por el final del
discurso de Harvey—. No puedo decir que tengamos una idea mu favorable de un
hombre, o incluso de un muchacho, que se cae de un peaso vapor durante una calma
chicha. Y muchísimo menos cuando se disculpa diciendo que estaba mareado.
—No es ninguna disculpa —gritó Harvey—. ¿Cree usted que he venido a parar a
este sucio velero porque me divierte?
—Como no estoy enterado de la clase de diversiones que te gustan, jovencito, no
puedo decir eso. Pero si estuviera en tu lugar, no hablaría mal del velero que la
Providencia eligió para salvarte. En primer lugar, es un verdadero pecado. En
segundo lugar, me ofende. Soy Disko Troop, del We’re Here, de Gloucester, cosa que
pareces ignorar.
—No lo sé y no me importa —dijo Harvey—. Agradezco que me hayan salvado y
todo lo demás, como es natural. Pero quiero que usted entienda que cuanto más
pronto me lleve a Nueva York, tanto mejor se le recompensará.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Troop levantando una de las espesas cejas, que
protegía un ojo de mirada azul suave, pero desconfiada.
—Dólares y centavos —dijo Harvey, encantado, creyendo que iba a impresionarle
definitivamente—. Pago al contado —metió la mano en uno de los bolsillos y sacó la
tripa, lo que era su manera de mostrarse magnánimo—. Ha tenido el mejor día de su
vida cuando me sacó del agua. Soy hijo único de Harvey Cheyne.
—Suerte pa él —dijo Disko secamente.
—Si usted no sabe quién es Harvey Cheyne, ignora usted muchas cosas. Bueno,
que cambien de rumbo y que se den prisa.
Harvey creía que gran parte de la población de Estados Unidos discutía y
envidiaba la fortuna de su padre.
—Puede ser que lo conozca. O puede que no. Amaina, jovencito. Tienes la panza
llena de mis provisiones.
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Harvey oyó una risita burlona de Dan, mientras aparentaba estar muy ocupado
con una vela, cerca de la popa. Se puso rojo de indignación.
—Le pagaremos eso también —dijo—. ¿Cuándo cree usted que estaremos en
Nueva York?
—Nunca toco el puerto de Nueva York. Tampoco Boston. Veremos Eastern Point
alrededor de septiembre. En cuanto a tu padre, lamento no haber oído hablar de él; es
posible que me dé diez dólares, después de todo lo que me cuentas. Aunque,
naturalmente, es probable que tampoco lo haga.
—¡Diez dólares! Oiga usted. Yo… —Harvey metió la mano en el bolsillo,
buscando el fajo de billetes. Todo lo que sacó fue un paquete de cigarrillos, casi
deshechos por la humedad.
—Eso no es moneda de curso legal y además es malo para los pulmones. Tíralos
por la borda, chico, y hazme otro juego de manos.
—¡Me han robado! —gritó Harvey profundamente enojado.
—Según eso, ¿tendrás que esperar hasta que encuentres a tu padre para pagarme?
—Ciento treinta y cuatro dólares… me los han robado —dijo Harvey, revisando
afanosamente los bolsillos—. Que me los devuelvan.
Un curioso cambio se operó en la cara de inmóviles rasgos del viejo Troop.
—¿Cómo podías tener, a tu edad, ciento treinta y cuatro dólares en los bolsillos,
jovencito?
—Era parte del dinero para mis gastos del mes —dijo Harvey, creyendo que eso
sería un golpe definitivo de efecto, lo que ocurrió… indirectamente.
—¡Oh! ¿Así que ciento treinta y cuatro dólares son parte del dinero para tus
gastos mensuales? ¿No recuerdas haberte golpeado la cabeza contra algo duro? ¿Por
ejemplo, contra uno de los soportes de la barandilla? El viejo Hasken, del East Wind
—Troop parecía estar hablando solo—, al salir por una de las escotillas, se fue de
cabeza contra el palo mayor. Tres semanas más tarde juraba y perjuraba que el East
Wind era un barco de guerra con patente de corso, y declaró la guerra a la isla Sable,
por ser posesión del rey de Inglaterra, basándose en que las rompientes se internaban
mucho mar adentro. Lo cosieron en un saco de dormir, del que sólo asomaban los
pies y la cabeza. Así pasó todo el resto del viaje. Ahora está en Essex, jugando con
muñecas de trapo. Harvey rechinó los dientes de rabia, mientras Troop seguía su
perorata, como si tratara de consolarlo:
—Lo sentimos mucho por ti, nos das mucha pena. Tan joven como eres. Creo que
vale más que no hablemos del dinero.
—¡Claro está, porque ustedes me lo robaron!
—Te está bien empleado. Nosotros te lo robamos, si eso te sirve de consuelo.
Ahora, hablemos del viaje de regreso. Suponiendo que pudiéramos hacerlo, que no
podemos, no estás en situación de volver a tu casa, y en cuanto a nosotros, acabamos
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de llegar al banco para ganarnos el pan. Nosotros no vemos ni la mitad de cien
dólares al mes, y muchísimo menos para gastos particulares. Si tenemos buena suerte,
estaremos otra vez en casa alrededor de la primera semana de septiembre.
—Pero, pero… ahora estamos en mayo. Yo no puedo estar aquí sin hacer nada,
sólo porque usted necesita pescar. Le digo que eso es imposible.
—Mu cierto y mu justo. Mu justo y mu cierto. Nadie pretende que pases ese
tiempo sin hacer nada. Hay muchas cosas que tú puedes hacer, puesto que Otto se
cayó por la borda en Le Have. Sospecho que no pudo agarrarse bien durante una
tormenta que nos sorprendió por allí. De todas maneras, nunca regresó para negarlo.
Apareciste, como llovido del cielo, lo que es muy interesante para todos nosotros. Me
parece, sin embargo, que hay muy pocas cosas que no puedas hacer. ¿No es así?
—Puedo hacer que usted y su tripulación lamenten esto en cuanto lleguemos a
puerto —dijo Harvey con malísima intención, murmurando vagas referencias acerca
de los castigos que esperan a los que se dedican a la piratería, ante lo cual Troop casi
sonrió.
—Excepto hablar. Eso sí que sabes hacerlo. A bordo del We’re Here nadie te pide
que hables más de lo que tú mismo tengas ganas. Abre los ojos y ayuda a Dan a hacer
lo que se le mande y todo lo demás, y te daré, ya sé que no lo vales, diez dólares y
medio por mes, pagaderos al final del viaje. En total serán treinta y cinco dólares. Un
poco de trabajo te despejará la cabeza. Mientras tanto, puedes contarnos todo acerca
de tu papá, tu mamá y tu dinero.
—Ella está a bordo del vapor —dijo Harvey, cuyos ojos se llenaron de lágrimas
—. Lléveme en seguida a Nueva York. —¡Pobre mujer! ¡Pobre mujer! Sin embargo,
cuando estés de nuevo con ella, olvidará todo esto. Somos ocho hombres a bordo del
We’re Here. Si volviéramos ahora, serían más de mil quinientos kilómetros,
perderíamos la temporada de pesca. La tripulación no lo consentiría, aunque yo
estuviera dispuesto a hacerlo.
—Pero mi padre compensará esas pérdidas.
—Lo intentará. No dudo que lo intentará —dijo Troop—, pero la pesca de toda la
estación es el pan de ocho hombres. Y tú estarás más saludable cuando te reúnas con
tu padre en otoño. Vete a proa y ayuda a Dan. Como ya te he dicho, recibirás diez
dólares y medio, naturalmente, como el resto de la tripulación, al final del viaje.
—¿Quiere usted decir que tendré que limpiar cazos y platos y todas esas cosas?
—preguntó Harvey.
—Eso y muchas otras cosas más. No tienes derecho a quejarte, jovencito.
—¡No lo haré! —gritó Harvey, golpeando furiosamente la cubierta con el pie—.
Mi padre le dará a usted diez veces lo que vale este sucio cajón de pescado, si usted
me lleva, sano y salvo, a Nueva York. Además, usted ya tiene ciento treinta y cuatro
dólares míos a cuenta.
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—¿Queeé? —preguntó Troop, cuyos duros rasgos fisonómicos se
ensombrecieron.
—¿Que cómo? Lo sabe muy bien. Además, pretende usted que yo haga trabajos
serviles. —Harvey estaba muy orgulloso de emplear el adjetivo tan adecuadamente
—. ¡Y hasta el fin del viaje! Le digo a usted que no lo haré. ¿Me entiende usted?
Troop observó sumamente interesado el extremo del palo mayor, mientras
Harvey, dando vueltas alrededor de él, pronunciaba su arenga.
—¡Calla! —dijo finalmente—, intento ver mi responsabilidad en este asunto. Es
una cuestión de buen juicio.
Dan se acercó ocultamente y asió a Harvey por el codo. —No sigas metiéndote
con mi padre de ese modo— rogó a Harvey—. Le has llamado dos o tres veces ladrón
y él no es hombre que aguante eso de nadie.
—¡No lo haré! —exclamó Harvey casi a gritos, sin preocuparse de los consejos
de Dan, mientras Troop meditaba todavía.
—Tu actitud no es agradable —dijo finalmente, bajando la vista hasta donde se
encontraba Harvey—. No te lo reprocho lo más mínimo, jovencito, así como tampoco
tú me lo reprocharás a mí, cuando se te haya pasado ese ataque de bilis. ¿Entiendes
bien lo que te digo? Diez dólares y medio por mes como segundo grumete a bordo
del velero, pagaderos al fin de la estación, por enseñarte y por recuperar tu salud. ¿Sí
o no? —¡No!— gritó Harvey—. Lléveme de vuelta a Nueva York o le demostraré…
Nunca recordó exactamente lo que ocurrió después. Estaba tirado al lado de la
borda, agarrándose la nariz, que sangraba, mientras Troop le contemplaba
serenamente.
—Dan —dijo a su hijo—, la primera vez que vi a este jovencito no me gustó
nada: cosas que se deben a los juicios apresurados. Nunca te dejes llevar por un juicio
apresurado. Lo siento por él, pues veo que está mal de la cabeza. No es responsable
de los calificativos que me ha aplicado, así como de sus otras afirmaciones, ni
tampoco de arrojarse por la borda, pues ahora estoy convencido de que se tiró él
mismo. Sé bueno con él, Dan, o te daré a ti el doble de lo que le he dado a él. Los
coscorrones aclaran la mente. ¡Deja que él mismo se quite todo eso de la cabeza!
Troop se dirigió solemnemente al castillo, donde descansaban él y sus hombres,
dejando a Dan que consolara a aquel desdichado heredero de treinta millones de
dolares.
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Capítulo II
—Te lo advertí —dijo Dan, mientras caían las gotas espesas y frecuentes sobre las
planchas de madera de la cubierta, oscuras y grasientas—. Mi padre no hace las cosas
a la ligera, pero te lo tenías bien merecido. ¡Vamos, qué disparate hablar así! —los
hombros de Harvey subían y bajaban acompasadamente, mientras trataba de ahogar
los sollozos—. Sé lo que te pasa. La primera vez que mi padre me pegó fue también
la última. Ocurrió durante mi primer viaje. Te hace sentir enfermo y solo. Lo sé.
—Así es —sollozó Harvey—. Ese hombre es un loco o está borracho, y… no
puedo hacer nada.
—No digas eso de mi padre —murmuró Dan—. Es enemigo de la bebida y…
bueno, él me dijo que tú estabas loco. ¿Cómo diablos se te ocurrió llamarle ladrón?
Es mi padre. Harvey se levantó, se secó la nariz y contó la historia del desaparecido
fajo de billetes.
—No estoy loco —terminó diciendo—. Sólo que tu padre nunca ha visto junto
más de un billete de cinco dólares, mientras que el mío podría comprar un velero
como éste todas las semanas, sin notar el gasto.
—No sabes cuánto vale el We’re Here. Tu padre debe de tener dinero a montones.
¿Cómo lo ganó? Padre dice que los locos no pueden contar una historia en serio.
Dímelo.
—Con minas de oro y otras cosas en el Oeste.
—He leído algo acerca de esa clase de negocios. ¿En el Oeste dices? ¿Anda por
ahí con una pistola y un poni, como en el circo? A eso le llaman el salvaje Oeste. He
oído decir que sus espuelas y sus sillas de montar son de plata maciza.
—Sí que eres tonto —dijo Harvey, a quien las observaciones de Dan divertían a
pesar suyo—. Mi padre no necesita caballos. Cuando tiene que hacer sus viajes,
utiliza su propio coche.
—¿Cómo? ¿De caballos?
—Un vagón particular para él, por supuesto. Supongo que habrás visto alguno en
tu vida, ¿no?
—Slatin Beeman tiene uno —dijo Dan midiendo cuidadosamente sus palabras—.
Lo vi en Boston. Tres negros lo preparaban para el viaje —Dan quería decir que
limpiaban las ventanillas—. Pero Slatin Beeman, el dueño de aquel coche, posee casi
todos los ferrocarriles del Estado de Long Island. También dicen que ha comprado
casi la mitad del Estado de New Hampshire, que ha construido un cerco alrededor de
su propiedad y la ha llenado con tigres, leones, osos, búfalos y caimanes. Slatin
Beeman es millonario. Sí, he visto su vagón, ¿y qué?
—Mi padre es lo que se llama un multimillonario. Tiene dos coches propios. Uno
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lleva mi nombre, el Harvey, y el otro el Constance, por mamá.
—Espera —le interrumpió Dan—. Mi padre nunca me deja jurar, pero supongo
que tú puedes hacerlo. Antes de seguir adelante di que te caerás muerto si no es
cierto.
—Naturalmente —respondió Harvey.
—Así no vale. Di: que me muera si no es cierto.
—Que me muera aquí mismo, si no es rigurosamente cierto todo lo que he dicho.
—¿También lo de los ciento treinta y cuatro dólares? Te oí cuando hablabas con
mi padre y temí que te fuera a tragar una ballena como a Jonás.
Harvey protestó hasta ponerse colorado. A su manera, Dan era un joven despierto;
al cabo de un interrogatorio de diez minutos, se convenció de que Harvey no
mentía… al menos no mucho. Además, se había comprometido con el más terrible
juramento que conocen los muchachos y sin embargo seguía viviendo, aunque su
nariz tenía un color rojo pronunciado, y seguía apoyado en la barandilla, contando
maravillas y más maravillas.
—¡Jo! —dijo Dan con un suspiro que le salió de lo profundo del alma, en cuanto
Harvey hubo acabado de hacer el inventario del coche que llevaba su nombre.
Entonces su ancha cara reflejó un sentimiento de maligna satisfacción—. Te creo,
Harvey. Por primera vez en su vida, mi padre ha cometido un grave error.
—Seguro que sí —dijo Harvey, meditando sobre una pronta venganza.
—Se va a volver loco. A mi padre no le gusta equivocarse en sus juicios —Dan se
reclinó y se palmeó el muslo—. No empeores el asunto poniéndote terco, Harvey. —
No quiero que me derribe otra vez de un golpe. Ya sabré saldar cuentas con él.
—No he conocido a ningún hombre que saldara cuentas a mi padre. Pero te
pegará otra vez, con toda seguridad. Cuanto más grande sea su error, más probable es
que lo haga. Pero, eso del oro y pistolas…
—Nunca dije una palabra acerca de pistolas —le interrumpió Harvey, que se
sentía todavía obligado por el juramento.
—Cierto, no has dicho una palabra acerca de eso. Dos coches particulares, uno
con el nombre de tu madre y otro con el tuyo. Doscientos dólares para gastos
particulares. ¡Y un golpe que te arrojó hasta la barandilla por no querer trabajar por
diez dólares y medio al mes! Ha sido la mejor pesca de la temporada —dijo Dan,
riéndose a carcajadas.
—Entonces, ¿tenía razón? —preguntó Harvey, que creía haber encontrado a
alguien que le tenía un poco de simpatía—. Estabas equivocado. La mayor
equivocación de todas las equivocaciones posibles. Sígueme o te ganarás una buena y
yo otra por ponerme de tu parte. Mi padre siempre me da a mí el doble por ser su hijo
y porque no le gustan los favoritismos. Supongo que tendrás una rabia loca contra él.
A mí me pasa lo mismo muchas veces. Pero es un hombre justo. Todos los tripulantes
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de los barcos de pesca lo reconocen.
—¿Eso te parece justicia? —dijo Harvey indicando su aplastada nariz.
—Eso no es nada. Deja que la pérdida de sangre te despeje un poco la cabeza. Lo
hizo por tu bien. Por otra parte, no puedo ser amigo de alguien que cree que él o yo o
cualquiera de los tripulantes del We’re Here es un ladrón. De ninguna manera somos
ratas de muelle, sino pescadores, y hemos navegado juntos durante más de seis años.
No te equivoques en ese punto. Ya te he dicho que mi padre no me deja jurar. Dice
que son palabras vanas y me castiga por ello. Pero si yo pudiera repetir lo que dijiste
sobre tu padre y de su fortuna, diría lo mismo de tus dólares. No sé lo que tenías en
tus bolsillos cuando puse a secar tu ropa, porque no me fijé. Pero puedo decir, usando
las mismas palabras que acabas de pronunciar, que ni mi padre ni yo sabemos nada de
ese dinero. Y éramos las únicas personas a bordo. ¿Vale? ¿Qué te parece?
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Ciertamente, la hemorragia nasal había aclarado las ideas de Harvey, aunque es
probable que la soledad del mar tuviera tambien algo que ver con ello.
—Está bien —dijo. Bajó la vista confundido—. Me parece que para una persona a
quien acaban de salvar de morir ahogado, no me he portado como si estuviera muy
agradecido.
—Bueno, estabas bajo el influjo de lo que te había ocurrido y te pusiste a hacer y
decir tonterías —observó Dan—. De todas maneras, las únicas personas a bordo
éramos mi padre y yo. El cocinero no cuenta.
—Debería haber pensado que pude perder el dinero de otra manera —dijo Harvey
como si hablara consigo mismo—, en lugar de llamar ladrón a toda persona que se
pusiera por delante. ¿Dónde está tu padre?
—En el castillo. ¿Para qué lo quieres ahora?
—Ahora lo verás —dijo Harvey y se dirigió tambaleándose a los escalones que
conducían hasta allí, pues todavía no se le había despejado la cabeza. Se detuvo junto
a la campana del barco, colgada frente al timón, delante del cual se levantaba la casa,
pintada de chocolate y amarillo. Troop estaba ocupado con un cuaderno de notas y
tenía entre las manos un enorme lápiz negro, al que daba, de cuando en cuando,
enérgicas chupadas.
—No me he portado del todo bien —dijo Harvey sorprendido de su propia
suavidad.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó el capitán—. ¿Te has metido con Dan?
—No, se trata de usted.
—Estoy aquí para escucharte.
—Bien, yo…, yo he venido para retirar lo que dije —continuó Harvey hablando
rápidamente—. Cuando se salva a un hombre de morir ahogado… —se le
atragantaron las palabras.
—¿Eh?, todavía haremos un hombre de ti, si sigues por ese camino.
—De ninguna manera debería insultar a la gente.
—Cierto y justo. Justo y cierto —dijo Troop mientras sus labios dibujaban lo que
podría considerarse como el espectro de una sonrisa.
—He venido a decirle que lo lamento mucho —otra vez tuvo que tragar saliva.
Troop, haciendo un esfuerzo, se levantó lentamente del cajón sobre el que estaba
sentado y extendió su enorme mano.
—Suponía que te iba a hacer mucho bien; esto demuestra que no estaba
equivocado en mis juicios —una carcajada reprimida llegó desde el puente hasta sus
oídos—. Es muy raro que me equivoque en mis juicios —aquella mano de gigante se
cerró sobre el brazo de Harvey, dejándole insensible hasta el codo—. Adquirirás un
poco más de fibra, antes de que hayamos terminado contigo, jovencito. No pienso
nada malo de ti por ninguna de las cosas que han pasado. No eras del todo
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responsable. Vete a lo que tienes que hacer, que nadie te hará daño.
—Estás completamente blanco —dijo Dan, cuando Harvey llegó nuevamente a
cubierta.
—No me lo parece —respondió Harvey poniéndose colorado hasta las orejas.
—No me refería a eso. Oí lo que decía mi padre. Cuando él asegura que no piensa
mal de un hombre, se ha entregado a sí mismo. No le gusta equivocarse en sus
juicios. ¡Ja! ¡Ja! Cuando mi padre se ha formado un juicio, antes arriaría la bandera
delante de los ingleses que cambiarlo. Me alegro de que se haya decidido por tomar
ese rumbo. Mi padre tiene razón cuando dice que no puede llevarte de vuelta a casa.
Aquí nos ganamos el pan. Dentro de media hora estarán de vuelta los hombres como
tiburones tras de una ballena muerta.
—¿Para qué?
—Para comer, claro está. ¿No te dice el estómago la hora que es? Tienes mucho
que aprender todavía.
—Supongo que sí —asintió Harvey tristemente, mirando los montones de cuerda.
—Es un primor —dijo Dan con gran entusiasmo, interpretando equivocadamente
la mirada de Harvey—. Espera hasta que se hinche nuestra vela mayor y nos
dirijamos a puerto con el cargamento completo. Aunque antes tendremos mucho que
hacer —e indicó con el dedo hacia la oscuridad, hacia la escotilla abierta entre los dos
mástiles.
—¿Para qué es eso? Está vacío —dijo Harvey.
—Tú y yo y unos cuantos más tendremos que llenarlo. Ahí se guarda el pescado.
—¿Vivo?
—Claro que no, primero tiene que estar muerto y quedar plano como una mesa y
hay que salarlo. En la bodega tenemos cien barriles de sal. Y no hemos hecho más
que empezar.
—¿Dónde están los peces?
—Dicen que en el mar; en los botes rogamos nosotros —respondió Harvey
repitiendo un refrán de pescadores—. Anoche llegaste tú con cuarenta de ellos.
Indicó con el dedo hacia un espacio cerrado con maderas en la borda.
—Tú y yo tendremos que hacer eso cuando haya terminado la pesca. Dios quiera
que se llenen los depósitos esta noche. He visto esta cubierta tapada con quince
centímetros de pescado, que había que limpiar. Seguimos trabajando hasta que creo
que nos abríamos a nosotros mismos en lugar de los pescados, de tanto sueño que
teníamos. Ahí vienen —Dan miró hacia afuera, donde se distinguían una docena de
botes que remaban en dirección al barco, sobre aquel mar brillante que parecía de
seda.
—Nunca he visto el mar desde tan bajo —dijo Harvey—. Es muy bonito.
El sol, que estaba entonces en su punto más bajo del horizonte, daba al agua una
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coloración purpúrea con destellos de oro en las crestas de las grandes olas,
adquiriendo tonos azules y verdosos en sus puntos más profundos. Parecía como si
cada embarcación de pesca atrajese hacia sí sus propios botes, mediante invisibles
cadenas. Las pequeñas figuras en cada uno de los botes remaban como si fueran
juguetes movidos por un mecanismo de relojería.
—Parece que han tenido suerte —dijo Dan, con los ojos semicerrados—. Manuel
ya no tiene sitio para un pez más. Parece un nenúfar flotando en aguas quietas.
¿Verdad?
—¿Quién es Manuel? No entiendo cómo puedes distinguirlo a esa distancia.
—Es el último bote hacia el Sur. Es el que te encontró anoche —dijo Dan
indicando la dirección con el dedo—. Manuel rema a la manera de los portugueses; es
imposible confundirlo. A la derecha está Pennsylvania: es muchísimo mejor de lo que
podría juzgarse por la manera como rema. Parece traer buena carga. Otra vez a la
derecha, fíjate lo bien que reman todos ellos, está Long Jack. Mira cómo tiene los
hombros: parece jorobado. Es de Galway, pero vive al sur de Boston, donde viven
casi todos, y como la mayoría de Galway son buenos en un bote. A lo lejos, hacia el
Norte, le oirás cantar dentro de un momento, está Tom Platt. Fue marinero en el viejo
Ohio, el primer barco de guerra de la marina de Estados Unidos que dobló el cabo de
Hornos. No habla de otra cosa, excepto cuando canta. Pero tiene mucha suerte
pescando. ¡Ahí está! ¿Qué te dije?
Un sonido melodioso llegó desde el bote situado al Norte, a través de las aguas.
Harvey oyó que alguien cantaba sobre los pies y manos frías de alguien, y después:
—Trae el bote lleno —dijo Dan riéndose—. Si empieza a cantar: ¡Oh capitán!,
quiere decir que está lleno hasta los topes.
La voz continuó.
—Ése es Tom Platt. Mañana te contará todo sobre el Ohio. ¿Ves aquel bote azul
detrás de él? Es mi tío, el hermano de mi padre. Si la mala suerte anda perdida por el
banco, seguramente él la encontrará. Mira lo suavemente que rema. Apostaría mi
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sueldo y la parte que me toca de las ganancias, a que algo le ha picado y que le ha
picado bien.
—¿Qué le ha picado? —preguntó Harvey, que empezaba a interesarse.
—Generalmente lo hacen las fresas, otras veces son las calabazas, si no son los
limones o los pepinos. La mala suerte de ese hombre es capaz de paralizarte. Ahora
subiremos el bote a bordo. ¿Es cierto lo que acabas de decirme que nunca has movido
una mano para trabajar en toda tu vida? Debes sentirte muy mal. ¿No es cierto?
—Intentaré hacer algo de todas maneras —repuso Harvey valientemente—. Sólo
que todo es tan terriblemente nuevo…
—Entonces agarra esa polea. ¡Ahí! ¡Detrás de ti!
Harvey asió una cuerda y un gancho de hierro que colgaba de uno de los estays [6]
del palo mayor, mientras Dan arrollaba otra que se ataba a algo que él llamaba
«perigallo», y que no era más que una combinación de poleas, mientras Manuel se
acercaba al velero. El portugués se sonreía de manera brillante, gesto que Harvey
aprendería a conocer más tarde. Con una horquilla de mango corto empezó a arrojar
el pescado en el depósito de cubierta.
—Doscientos treinta y uno —gritó.
—Dale el gancho —dijo Dan, y al oír esto, Harvey se lo entregó a Manuel. Lo
afirmó en un lazo en la popa del bote, agarró el pedazo de cuerda que le ofrecía Dan,
lo sujetó en la proa y subió al velero.
—¡Tira! —gritó Dan. Y Harvey así lo hizo, asombrándose de lo fácil que era
levantar el bote—. ¡Para! ¿Crees que es un pájaro que tiene su nido en el cruce del
camino? —dijo riéndose.
Harvey se detuvo, pues el bote se encontraba ya por encima de su cabeza.
—¡Más bajo! —gritó Dan, y mientras Harvey lo dejaba descender lentamente, el
primero lo inclinó con una sola mano, hasta que vino a quedar al lado del palo mayor
—. No pesan casi nada cuando están vacíos. Lo has hecho bastante bien para ser un
pasajero. Tienes mucho que aprender todavía como marinero.
—¡Ah! —dijo Manuel, extendiendo su mano morena—. ¿Estás mejor ahora?
Anoche, a estas horas, los peces trataban de pescarte. Ahora, tratas tú de pescarlos a
ellos. ¡Eh! ¿Qué?
—Le estoy muy… muy agradecido —farfulló Harvey. Metió la mano en el
bolsillo, pero recordó que, desgraciadamente, no tenía dinero para ofrecer. Cuando
conoció mejor a Manuel, el solo recuerdo del error que pudo haber cometido le hacía
asomar los colores a la cara y sentirse inquieto.
—No hay razón para que me lo agradezcas —dijo Manuel—. ¿Cómo podía dejar
yo que flotaras y flotaras, recorriendo todo el banco? Ahora, eres un pescador. ¡Eh!
¿Qué? Se inclinó rígidamente hacia adelante y hacia atrás para desentumecerse.
—Hoy no he limpiado el bote. Tuve demasiadas cosas que hacer. Danny, hijo,
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límpialo en mi lugar.
Harvey avanzó inmediatamente. Aquello era algo que bien podía hacer por el
hombre que le había salvado la vida. Dan le tiró un estropajo, y Harvey empezó a
limpiar, con poca destreza pero con mucha voluntad.
—Revisa los estribos. Sácalos. Se corren en esas ranuras —dijo Dan—.
Límpialos bien y ponlos aparte. Nunca dejes uno de ellos húmedo o sucio. Nunca
sabes cuándo te hará más falta. Aquí está Long Jack.
Una corriente de peces plateados voló desde el bote hacia el depósito de cubierta.
—Manuel, toma la polea. Yo me encargaré de las tablas. Harvey está limpiando el
bote de Manuel. El de Jack está encima de él.
Harvey levantó la vista de su trabajo y observó otro bote que se encontraba
exactamente por encima de su cabeza.
—Es como esos juguetes de cajas, que se meten las unas dentro de las otras. ¿No
te parece? —preguntó Dan, mientras colocaba un bote dentro de otro.
—Se desenvuelve como pez en el agua —dijo Long Jack, que era de Galway,
tenía barba gris y grandes labios, y se inclinaba de un lado a otro como lo había
hecho Manuel. Por la escotilla Disko gritó algo mientras los otros podían oír cómo
mascaba el lápiz.
—Ciento cuarenta y nueve y medio. Mala suerte para ti, Discobolus —dijo Long
Jack.
—Me estoy matando para llenarte los bolsillos. Pon que ha sido una mala pesca.
El portugués me ha derrotado.
Otro bote golpeó contra el costado del velero y más pescado fue a parar al
depósito.
—Doscientos tres. ¡Déjame ver al pasajero!
El que hablaba era un hombre aún más largo que el de Galway. Su cara tenía un
aspecto curioso, debido a una cicatriz que le cruzaba desde el ojo izquierdo al ángulo
derecho de la boca.
Como no encontraba otra cosa que hacer, Harvey se dedicó a limpiar todos los
botes en cuanto llegaban a cubierta; sacaba las tablas donde se apoyan los pies y las
colocaba en el fondo del bote.
—Lo hace muy bien —dijo el individuo de la cicatriz, cuyo nombre era Tom
Platt, y vigilaba con ojo crítico la actividad de Harvey—. Hay dos maneras de hacer
todas las cosas. Una de ellas es la de los pescadores: empezar por el fin y dejar todo a
medio hacer. La otra…
—La otra es lo que hicimos en el viejo Ohio —le interrumpió Dan, metiéndose en
el grupo de pescadores con una tabla con patas—. Sal de aquí, Tom Platt, y déjame
poner esto en su sitio —apretó uno de los extremos de la tabla en dos ranuras de las
amuras [7] y se agachó a tiempo para evitar un golpe del marinero.
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—Esto también lo hacíamos en el Ohio. ¿Ves, Danny? —dijo Tom Platt riéndose.
—Creo que le echaron mal de ojo, pues no llegó a puerto. Sé quién encontrará sus
botas colgando del palo mayor, si no nos deja solos. ¡Vete! Tengo que hacer. ¿No lo
ves?
—Danny, te pasas tirado todo el día, durmiendo sobre las cuerdas —dijo Long
Jack—. Eres el colmo de la desvergüenza. Estoy convencido de que antes de una
semana habrás echado a perder nuestro nuevo sobrecargo.
—Se llama Harvey, para que lo sepas —contestó Dan, que tenía en la mano dos
cuchillos de extraña forma—. Y para entonces valdrá más que cinco pescadores de
almejas de Boston —colocó artísticamente los cuchillos encima de la mesa, y admiró
el efecto, inclinando la cabeza.
—Creo que son cuarenta y dos —dijo una vocecilla fuera de la embarcación.
Se produjo un coro de carcajadas, cuando otra voz respondió:
—Entonces, al menos por esta vez, mi suerte me ha traicionado, pues creo que
son cuarenta y cinco.
—Cuarenta y dos o cuarenta y cinco. He perdido la cuenta —añadió la vocecilla.
—Son Penn y el tío Salters contando su pesca. Todos los días sucede lo mismo.
Esto es mejor que ir al circo. Fíjate en los dos.
—¡Subid de una vez! —gritó Long Jack—. Debe de estar muy húmedo ahí,
muchachos.
—Dijiste que eran cuarenta y dos —exclamó el tío Salters.
—Bueno, los contaré otra vez —dijo la voz humildemente.
—¡Paciencia, oh Jerusalén! —exclamó el tío Salters, retrocediendo.
—No puedo entender lo que ha inducido a un granjero como tú a embarcarse.
Casi me ha desfondado.
—Lo siento, señor Salters. Me embarqué debido a una enfermedad, una dispepsia
de origen nervioso. Usted mismo me lo aconsejó.
—¿Por qué no os ahogaréis tú y tu dispepsia en el abismo de la Ballena? —rugió
el tío Salters, que era un hombrecillo gordo—. ¿Ya estás otra vez? ¿Has dicho que
eran cuarenta y dos o cuarenta y cinco?
—Pues verá usted, señor Salters, lo he olvidado. Voy a contar de nuevo.
—No es que te parezca que fueran cuarenta y cinco. Tengo cuarenta y cinco —
dijo el tío Salters—. Cuéntalos bien, Penn.
Disko Troop salió del castillo.
—Salters, entra en seguida el pescado —dijo con tono autoritario.
—No nos eche usted a perder el espectáculo, padre —suplicó Dan—. Esos dos
acaban de empezar ahora.
—¡Válgame Dios! Los agarra con la horquilla uno por uno —aulló Long Jack,
mientras el tío Salters empezaba a trabajar furiosamente y el hombrecillo del otro
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bote llevaba la cuenta haciendo rayas con el cuchillo en la madera del bote.
—Esto fue lo que pesqué la semana pasada —dijo con una mirada acusadora,
indicando con el dedo la última marca.
Manuel hizo una seña a Dan, quien, inclinándose sobre la borda, amarró uno de
los extremos del bote, mientras el portugués hacía lo mismo del otro lado. Los demás
empezaron a tirar valientemente, levantando el bote con el hombre y todo lo que
contenía.
—Uno, dos, tres, cuatro…, nueve —dijo Tom Platt contando con su mirada
experimentada—. ¡Penn! Tú ganas.
Dan dejó que la cuerda corriera en la polea, y el granjero cayó sobre el puente, en
medio de un torrente de su propio pescado.
—¡Esperad! —rugió el tío Salters—. ¡Esperad, que me he equivocado en la
cuenta!
No tuvo tiempo de seguir protestando. Se le subió por la borda y le arrojaron
sobre cubierta lo mismo que a Pennsylvania.
—¡Cuarenta y uno! —exclamó Tom Platt—. ¡Derrotado por un granjero! ¡Vaya
un marinero estás hecho!
—No estaban bien contados —dijo arrastrándose fuera del depósito de pescado
—. Estoy deshecho.
Sus gruesas manos estaban hinchadas y había en ellas manchas de un color
purpúreo claro.
—Algunos encuentran todas las herramientas malas —dijo Dan como si se
dirigiera a la luna, que acababa de salir—. Aunque tengan que buscarlas
especialmente. Por lo menos así me parece a mí.
—Y otros —dijo el tío Salters— viven tan ricamente sin necesidad de trabajar y
se burlan de los que son de su propia sangre.
—¡A sentarse! ¡A sentarse! —exclamó una voz que todavía no había oído Harvey
a bordo. Disko Troop, Tom Platt, Long Jack y Salters se dirigieron hacia proa en
cuanto lo oyeron. El pequeño Penn se inclinó sobre sus redes de fondo y de pescar
bacalao, que estaban enredadas. Manuel estaba tirado cuan largo era sobre cubierta.
Dan entró en la bodega; Harvey le oía martillar en unos toneles.
—Es la sal —dijo cuando volvió—. En cuanto hayamos terminado de comer,
empezaremos a salar. Tom Platt y mi padre trabajan juntos; ya los oirás discutir.
Nosotros somos la segunda tanda: tú, yo, Manuel y Penn, la juventud y hermosura de
a bordo.
—¿Qué me importa eso? Tengo hambre.
—Dentro de un minuto habrán terminado de comer. ¡Sniff! Huele bien hoy. Padre
siempre embarca buenos cocineros que aguanten a su hermano. Ha sido buena pesca
la de hoy, ¿eh? —y señaló el depósito lleno de bacalao hasta arriba—. ¿Qué
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profundidad habéis tenido, Manuel?
La luna había empezado a rielar sobre las tranquilas aguas cuando los hombres
más mayores volvieron a popa. El cocinero no necesitó llamar a la segunda tanda.
Dan y Manuel bajaron por la escotilla y se sentaron a la mesa antes que Tom Platt, el
último y más parsimonioso de los viejos, hubiera acabado de limpiarse la boca con la
mano. Harvey siguió a Penn y se sentó frente a un plato de fritura de lenguas y
vejigas de bacalao, pedazos de carne de cerdo y patatas, una hogaza de pan caliente y
una taza de café negro y fuerte. Aunque tenían mucha hambre, esperaron, mientras
Pennsylvania rezaba. Entonces empezaron a tragar en silencio hasta que Dan tomó
aliento a poco de sorber su café y le preguntó a Harvey cómo se sentía.
—Bastante lleno, pero creo que todavía me queda sitio para otro trozo.
El cocinero era un tipo enorme, negro como el carbón, que se diferenciaba de los
hombres de su raza que Harvey había conocido en que no hablaba, contentándose con
sonrisas y movimientos de cabeza, con los que quería invitar a los pescadores a seguir
comiendo.
—¿Ves, Harvey? —dijo Dan golpeando con el tenedor sobre la mesa—, es como
yo te decía. Los hombres jóvenes y guapos de a bordo, como yo, como tú, Manuel y
Pennsy, somos la segunda tanda. Comemos después que han terminado los primeros.
Son peces viejos, pequeños y arrugados. Por eso se les sirve primero, cosa que no
merecen. ¿No es cierto, doctor?
El cocinero inclinó la cabeza en señal de asentimiento. —¿Sabe hablar?—
preguntó Harvey en voz muy baja. —Lo bastante para sus necesidades. No es que le
oigamos hablar mucho. Su lengua materna es un tanto curiosa. Viene del cabo
Breton, donde los granjeros hablan una especie de dialecto escocés de andar por casa.
Esa región está llena de gente de color, cuyos antepasados huyeron de Estados
Unidos durante la guerra civil. Todos hablan, como los granjeros de allí, una
jerigonza incomprensible.
—Eso no es escocés —dijo Pennsylvania—. Es galés. Por lo menos así lo he
leído en un libro.
—Penn lee muchas cosas. La mayor parte de lo que dice es cierto, excepto
cuando cuenta la pesca. ¿Eh?
—¿Cree tu padre lo que dicen acerca de la pesca sin contarlo él mismo? —
preguntó Harvey.
—Claro. ¿Para qué va a mentir un hombre por unos bacalaos más o menos?
—Había una vez un hombre que mintió acerca de lo que había pescado —dijo
Manuel—. Mentía todos los días. Decía siempre que había pescado cinco, diez,
veinticinco peces más de lo que era realmente.
—¿Dónde ocurrió eso? —preguntó Dan—. No era ninguno de nuestros
pescadores.
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—Era un francés de Anguille.
—Sí, pero esos franceses nunca cuentan. Es evidente por qué no saben contar. Si
algún día te encuentras uno de sus anzuelos blandos, comprenderás la razón, Harvey
—dijo Dan con profundo desprecio.
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una revista, tomándose todo el tiempo necesario para ello. El cuerpo de Manuel, un
poco inclinado, estaba inmóvil como si fuera una estatua, pero sus largos brazos
agarraban el pescado sin detenerse un instante. El pequeño Pennsylvania trabajaba
valerosamente, pero era fácil ver que carecía de la resistencia física necesaria. Una o
dos veces Manuel tuvo tiempo para ayudarlo sin interrumpir el suministro. Otra vez
el portugués aulló por haberse quedado prendido entre sus dedos un anzuelo francés.
Se fabrican de metal blando para poder darles forma nuevamente, pero a menudo
ocurre que el pez se escapa con él y es atrapado después en otra parte. Ésta es una de
las muchas razones por las que tripulantes de los barcos pesqueros de Gloucester
desprecian a los franceses.
Abajo, en la bodega, el ruido que producía la sal al frotársela sobre la carne, que
estaba viva pocas horas antes, parecía el zumbido de un molino: melodía de fondo
que se agregaba a la de los cuchillos en la mesa, al corte y la caída de las cabezas, los
hígados que caían en el barril y las entrañas que volaban por encima de las amuras, el
¡craash! del cuchillo del tío Salters quitando las espinas de cuajo y el golpe sordo que
producían los pescados abiertos cayendo en el barril.
Al cabo de una hora, Harvey hubiera dado todo el oro del mundo por un poco de
descanso; el bacalao fresco y húmedo pesa mucho más que lo que uno se puede
imaginar. Le dolía la espalda de pinchar pescado. Pero por primera vez en su vida
sintió que era un hombre en un grupo de ellos, dedicados al trabajo, de lo cual se
enorgulleció, prosiguiendo su actividad adustamente.
—¡Cuchiiillo! —gritó finalmente el tío Salters. Penn se encogió, jadeando, y
mientras Manuel arreglaba la pila para tener el pescado más cerca de la mano, Long
Jack se inclinó sobre las amuras. Silenciosamente, como si fuera una sombra,
apareció el cocinero, recogió un montón de espinas y cabezas y se fue.
—Colas y cabezas para el desayuno —dijo Long Jack mojándose los labios.
—¡Cuchiiillo! —repitió el tío Salters, blandiendo la herramienta plana que
utilizan los que estiban el pescado.
—Mira a tus pies, Harvey —gritó Dan.
Harvey vio media docena de cuchillos colocados en una pieza de madera cerca de
la escotilla. Los repartió entre los pescadores, colocando en su lugar los que se habían
desafilado.
—¡Agua! —gritó Disko Troop.
—El tonel está en la proa y el cazo a un lado. ¡Date prisa, Harvey! —exclamó
Dan.
Volvió en seguida con un tazón lleno de un líquido marrón que degustaron como
si fuera néctar y que aflojó las mandíbulas de Disko y de Tom Platt.
—Esto es bacalao —dijo Disko—. No son higos de Damasco ni lingotes de plata.
Te lo he dicho siempre que nos ha tocado navegar juntos.
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—Lo que debe haber sido seis o siete veces —respondió Tom Platt secamente—.
Una buena estiba es una estiba, sea como sea; hay una manera buena y otra mala de
hacerlo. Si tú hubieras visto cuatrocientas toneladas de hierro colocadas en…
—¡Eh! —gritó Manuel, reanudando su trabajo, sin detenerse hasta que el depósito
provisional de cubierta quedó completamente vacío. En cuanto el último pescado
bajó por la escotilla, Disko se retiró con su hermano. Manuel y Long Jack se
dirigieron a proa, y Tom Platt se detuvo sólo el tiempo suficiente para cerrar la
escotilla. Medio minuto más tarde Harvey oyó profundos ronquidos, mientras
observaba extrañado a Dan y Penn.
—Esta vez lo he hecho un poco mejor, Danny —dijo Penn, cuyos párpados se
cerraban de puro sueño—. Pero supongo que mi deber es ayudarte a limpiar.
—No lo consentiría por nada del mundo —dijo Dan—. Vete a dormir, Penn. No
tienes por qué hacer el trabajo de los grumetes. Harvey, trae un balde de agua. Penn,
lleva estos hígados al barril donde los guardamos antes de irte a dormir. ¿Podrás
mantenerte despierto el tiempo necesario? ¿Eh?
Penn se llevó el pesado canasto con los hígados de pescado y los arrojó en un
barril con tapa de bisagras que había junto al castillo de proa, y luego desapareció en
seguida del camarote.
Los grumetes tienen que limpiar después de salar, y además, les toca la primera
guardia en el We’re Here, si hace buen tiempo.
Dan limpió enérgicamente la mesa, la desarmó y la dejó para que se secara; luego
limpió los cuchillos ensangrentados con estopa y los afiló en una pequeña muela.
Harvey, siguiendo sus instrucciones, arrojaba las espinas y tripas por la borda.
En cuanto cayeron los primeros, un espectro de un color plateado claro se elevó
audazmente sobre las aguas aceitosas, produciendo un efecto horrible. Harvey
retrocedió gritando, pero Dan se limitó a reírse.
—Orcas —le explicó, pidiendo cabezas de pescado—. Saltan de esa manera
cuando tienen hambre. Su aliento apesta como una tumba. ¿Eh?
Llenó el aire un olor horrible a pescado podrido cuando se hundió aquel fantasma,
produciendo en el agua burbujas que parecían de aceite.
—¿No habías visto nunca a esos animales? Las verás a centenares antes que
termine el viaje. ¡Oye! Es bueno tener otra vez un muchacho nuevo a bordo, Otto era
demasiado viejo y además era holandés. Todo el día estábamos peleando. No me
hubiera preocupado de él si hubiera hablado en cristiano. ¿Tienes sueño?
—Estoy muerto de sueño —dijo Harvey cayéndose hacia delante.
—No puedes dormirte cuando estás de guardia. Levántate y fíjate si están
encendidas las luces de posición. Estás de guardia ahora, Harvey.
—¡Bah! ¿Qué es lo que puede ocurrirnos? La noche está muy clara. Zzzzz.
—Dice padre que es entonces cuando ocurren cosas imprevistas. El buen tiempo
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induce al sueño, y antes de que te des cuenta de ello, un barco de pasajeros te ha
cortado en dos. Después, diecisiete caballeros con botones de bronce en el uniforme
levantan la mano para jurar y perjurar que tus luces estaban apagadas y que había una
niebla muy espesa. Harvey, me caes bien, pero si cabeceas una vez más, voy a
despertarte con una soga.
La luna, que hace ver muchas cosas raras en los bancos, iluminó a un joven
esbelto con bombachos y jersey rojo que se tambaleaba al correr por el encumbrado
puente de un velero de setenta toneladas, mientras otro muchacho corría detrás de él,
como si fuera un verdugo blandiendo una cuerda a la que había hecho varios nudos,
bostezando y cayéndose de sueño.
El azotado timón crujió suavemente, y la vela mayor se movió un poco llevada
por la suave brisa; aquella miserable procesión continuó. Harvey protestó, amenazó,
rogó y, finalmente, se echó a llorar. Dan, cuyas palabras se le trababan en la lengua,
habló de la belleza del deber cumplido mientras manejaba la cuerda, dando tantos
golpes a los botes como a Harvey. Por último, el reloj de a bordo dio las diez de la
mañana. En cuanto sonó la última campanada Penn subió a cubierta. Encontró dos
muchachos, desplomados uno sobre el otro, al lado de la escotilla principal, tan
profundamente dormidos, que tuvo que, literalmente, llevarlos rodando él mismo a
sus respectivos catres.
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Capítulo III
Aquél fue un sueño profundo de esos que aclaran la mente, los ojos y el corazón, y
después del cual uno se levanta con unas ganas furiosas de desayunar. Vaciaron en un
santiamén un gran plato de hojalata lleno de pescado, que el cocinero había guardado
la noche anterior. Limpiaron los platos y las tazas de los comensales de la primera
tanda, que ya habían salido a pescar, cortaron carne de cerdo para la comida del
mediodía, baldearon la cubierta, llenaron las lámparas de su provisión de
combustible, entregaron en la cocina el agua y el carbón y arreglaron la despensa
donde se guardaban las provisiones. Hacía un tiempo espléndido: claro y suave.
Harvey respiró a pleno pulmón aquel aire reconfortante.
Durante la noche se habían acercado otros veleros. Todo el ancho mar azul estaba
lleno de velas y de botes. A lo lejos, en el horizonte, el humo de algún barco de
pasajeros, cuyo casco era invisible, manchaba el azul profundo; hacia el Este, los
juanetes [9] de un gran velero producían un cuadrado blanco sobre él. Disko Troop
estaba fumando en cubierta, mientras con un ojo observaba los otros veleros que se
encontraban a su alrededor, y con el otro la pequeña vela que servía de veleta y estaba
colocada en el extremo superior del palo mayor.
—Cuando padre se pone a reflexionar de esa manera —dijo Dan en voz muy baja
—, está pensando por toda la tripulación. Apostaría mi jornal y la parte que me toca a
que pronto anclaremos en algún banco. Padre conoce el bacalao y sabe dónde
encontrarlo, y la flota también sabe que padre sabe. ¿Ves cómo se acercan uno a uno,
como si no buscaran nada especialmente, pero espiándonos? Ahí está el Prince
Leboo, de Chatham. Desde anoche, se está acercando furtivamente. ¿Ves aquel otro
que tiene un remiendo en la mayor y un nuevo foque? Es el Carrie Pitman, del oeste
de Chatham. No creo que conserve mucho tiempo las velas que tiene, a menos que
tenga mejor suerte que durante la temporada anterior. No hace gran cosa, excepto
dejarse llevar por la corriente. Con ese velero no hay ancla que aguante. Cuando mi
padre fuma y deja escapar el humo en espirales, como lo hace ahora, es que está
estudiando el bacalao. Si le hablamos se pondrá furioso. La última vez que lo hice me
tiró una bota a la cabeza.
Disko Troop miraba hacia adelante, la pipa entre los labios, sin ver nada. Como
había dicho su hijo, estudiaba el bacalao, equilibrando los hábitos migratorios de la
especie con su conocimiento y su experiencia del gran banco. Aceptaba la presencia
de los otros veleros como un cumplimiento a su capacidad. Pero como consideraba
que el homenaje era suficiente, quería alejarse y echar ancla donde estuviera
completamente solo, hasta que fuera tiempo de dirigirse a La Virgen y pescar en los
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estrechos de aquella ciudad flotante. Disko Troop pasó revista al tiempo que había
hecho en los últimos días, a las tormentas, a las corrientes, a la provisión de alimento
y a otras cuestiones caseras desde el punto de vista de un bacalao de diez kilos. De
hecho, durante casi una hora fue un verdadero bacalao, con el aspecto de uno de esos
peces. Después se sacó la pipa de la boca.
—Padre —dijo Dan—, hemos terminado nuestro trabajo. ¿Podemos salir en el
bote? El tiempo parece bueno para pescar.
—Que no salga con esa ropa de colorinches, ni tampoco con esos zapatos que
tienen un color como de pan mal tostado. Dale ropa apropiada.
—Padre está de buen humor. Con eso queda todo arreglado —dijo Dan
encantado, arrastrando a Harvey, mientras Troop recogía una llave—. Padre guarda
mi ropa de repuesto donde él pueda controlarla, pues madre cree que yo no la cuido.
Revolvió dentro de un armario y en menos de tres minutos Harvey estaba vestido
con botas altas de goma que le cubrían los muslos, un jersey azul muy espeso,
zurcido en los codos, y una chaqueta de tela impermeable.
—Ahora sí que pareces un pescador —dijo Dan—. ¡Apresúrate!
—Manténte cerca y no te alejes mucho —dijo Troop—, y no te dediques a visitar
toda la flota. Si alguien te pregunta lo que yo pienso hacer, di la verdad, pues no lo
sabéis.
A popa del velero se encontraba un bote rojo pequeño, que llevaba una
inscripción: Hattie S. Dan tiró de la amarra y se dejó caer suavemente, mientras que
Harvey se descolgó de una manera bastante complicada.
—Ésa no es manera de meterse en un bote —dijo Dan—. Si hubiera un poco de
oleaje seguro que te hubieras ido de cabeza al fondo. Tienes que aprender a hacerlo.
Dan colocó los toletes [10], se sentó en el banco delantero y se dedicó a observar
cómo trabajaba Harvey. Éste había remado, al estilo de las mujeres, en los lagos de
los Adirondacks, pero había una diferencia fundamental entre las embarcaciones que
utilizó allí, especialmente destinadas al deporte, y la actividad que se le exigía ahora.
No se movían del sitio y Harvey gruñía.
—¡Corto! Tienes que remar más corto —dijo Dan—. Si se te encalla el remo
vamos a volcar. ¿No es una maravilla? Es mío también.
El bote estaba escrupulosamente limpio. Tenía un ancla pequeña, dos depósitos de
agua y unas sesenta brazas de hilo de pescar muy fino. Debajo del banco de Harvey
había un cuerno de hojalata, un mazo de aspecto desagradable, un arpón y un bastón
corto de madera. Había un par de rollos de hilo, provistos de plomadas muy pesadas y
anzuelos dobles para bacalao, estaban colocados cuidadosamente a un lado del bote.
—¿Dónde está la vela y el mástil? —preguntó Harvey, en cuyas manos
empezaban a aparecer callos.
Dan se rió.
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—Los botes de pesca no llevan velas. Hay que remar, aunque no hace falta que
despliegues tanta energía. ¿No te gustaría que fuera tuyo?
—Supongo que mi padre me regalaría uno o dos si se lo pidiera —contestó
Harvey.
Hasta aquel momento había estado demasiado ocupado como para acordarse de
su familia.
—Claro. Olvidaba que tu padre es millonario. Aunque ahora no te comportas
como si lo fueras. Pero un bote y todo lo demás —Dan hablaba como si fuera una
ballenera—, cuesta un montón de dinero. ¿Crees que tu padre te lo regalaría como si
fuera un juguete?
—No me extrañaría nada. Sería casi lo único que no le he pedido hasta ahora.
—Pues debes ser un hijo muy caro de mantener. No manejes el remo así. El golpe
debe ser más corto, puesto que el mar nunca está enteramente tranquilo y puede
golpearte el remo de vuelta…
¡Bum! El extremo del remo golpeó a Harvey bajo la mandíbula, tirándolo hacia
atrás.
—Precisamente eso era lo que quería decirte. Yo también tuve que aprender, con
la única diferencia de que tenía ocho años cuando me dieron las primeras lecciones.
Harvey volvió a ocupar su puesto con la mandíbula dolorida y un gesto como si
estuviera profundamente ofendido.
—Padre dice que no vale la pena enojarse por estas cosas. Según él, es por
nuestra culpa si no sabemos manejarlas bien. Vamos a quedarnos aquí. Manuel nos
indicará la profundidad.
El portugués se encontraba a una milla de distancia, pero levantó tres veces la
mano cuando Dan puso verticalmente uno de los remos.
—Treinta brazas —dijo Dan, mientras fijaba una almeja salada en el anzuelo—.
Ponla como yo lo hago, Harvey, y que no se te enrede el sedal.
La de Dan estaba ya desde hacía tiempo en el agua, antes de que Harvey hubiera
aprendido a poner el cebo y arrojar las plomadas. El bote navegaba a la deriva
suavemente. No valía la pena anclarlo mientras no estuvieran seguros de encontrarse
sobre una región de pesca abundante.
—¡Ahí va! —gritó Dan, mientras caía sobre Harvey un diluvio de gotas,
provocadas por los desordenados movimientos de un enorme bacalao—. ¡El palo!
¡Está ahí mismo, Harvey, lo tienes debajo de tus mismas narices! ¡Rápido!
Evidentemente, al mencionar el palo, Dan no se refería al cuerno, por lo que
Harvey entregó a Dan el mazo. Su compañero atontó primero al pez con un golpe
dado científicamente y extrajo el anzuelo con el bastón corto, que él llamaba «palo
marinero». Luego Harvey notó un tirón en el sedal y empezó laboriosamente a
recogerlo.
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—¡Pero cómo! ¡Si son fresas! —exclamó—. ¡Mira!
El anzuelo tenía prendido un ramo de fresas, rojas por un lado y blancas por el
otro, perfectas reproducciones del fruto de la tierra, sólo que no tenían hojas, y que el
tallo estaba cubierto de légamo.
—¡No las toques! ¡Tíralas! No…
La advertencia llegó demasiado tarde. Harvey las había separado del anzuelo y las
admiraba.
—¡Ay! —gritó, pues le ardían los dedos como si hubiera tocado cardos.
—Ahora ya sabes lo que significa cuando decimos que el fondo está lleno de
fresas. Dice padre que excepto el pescado nada debe tocarse con las manos desnudas.
Golpéalas contra las amuras y tíralas por la borda y pon un nuevo cebo. De nada te
sirve que te mires las manos. Todo eso está incluido en el jornal.
Harvey sonrió al recordar sus diez dólares y medio por mes y se preguntó lo que
diría su madre si pudiera verle inclinado sobre la borda de un bote de pesca en medio
del Atlántico. Recordó que la buena señora sufría una verdadera agonía cada vez que
salía a remar por el lago Saranac, a propósito de lo cual se acordó de que él mismo
solía reírse de su ansiedad. De repente, el sedal pareció escapársele de entre las
manos, arrancando los círculos de lana que, supuestamente, debían detenerlo.
—Debe pesar mucho. Dale cuerda, según lo que pida —gritó Dan—. Yo te
ayudaré.
—No hace falta —repuso Harvey, mientras procuraba que no se le escapara el
sedal—. Es el primero que pesco… ¿Será una ballena?
—Posiblemente un halibut —Dan observó el agua y sacó a relucir el mazo, listo
para cualquier eventualidad. A través de las aguas verdosas se distinguía algo blanco
de forma ovalada—. Apostaría mi jornal y la parte que me toca a que ha de pesar más
de cien. ¿Tienes todavía ganas de sacarlo tú solo? Los nudillos de las manos de
Harvey sangraban por lugares donde se habían golpeado contra la borda; tenía la cara
con un color azul purpúreo, mezcla de excitación y de cansancio; le caía el sudor en
gruesas gotas y casi le cegaban las luminosas ondas que se formaban alrededor del
sedal. Los dos muchachos se cansaron antes de que pescaran definitivamente a aquel
halibut, que durante veinte minutos dominó al bote y a ellos. Pero, finalmente,
pudieron meterlo en la embarcación.
—Suerte de principiante —dijo Dan, secándose el sudor de la frente—. Pesa sus
cien libras.
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Harvey observó aquel enorme ejemplar marino de color gris moteado, con un
orgullo inexpresable. Muchas veces había visto aquel pez en los mostradores de
mármol, en las ciudades, pero nunca se había preocupado de averiguar cómo llegaba
hasta allí. Ahora lo sabía: todas las fibras de su cuerpo le dolían de fatiga.
—Si padre estuviera aquí —dijo Dan mientras recogía el sedal—, te diría lo que
significa todo esto. Los peces son cada vez más pequeños y tú has ido a pescar el
halibut más grande que podríamos encontrar en este viaje. ¿Te fijaste que la pesca de
ayer era toda de bacalaos grandes, pero ninguno de estos bichos? Si padre estuviera
aquí, te explicaría en seguida el porqué. Dice también que todo tiene su motivo en el
banco y que se puede interpretar mal o bien. Padre conoce muy bien estas aguas.
Mientras hablaba, alguien disparó una pistola en el We’re Here e izaron un saco
de patatas en el aparejo del trinquete.
—¿Qué te dije? Llama a toda la tripulación. A padre se le ha ocurrido alguna
cosa. De lo contrario, no interrumpiría la pesca a esta hora del día. Recoge los
sedales, Harvey. Tenemos que remar de vuelta.
El viento les favorecía sobre un mar tranquilo, cuando a una milla de distancia
sonaron gritos de socorro, procedentes de donde se encontraba Penn, cuyo bote
giraba alrededor de un punto fijo, como si fuera una gigantesca chinche de agua. El
hombrecillo se levantaba y bajaba con singular energía, pero al final de cada
maniobra su bote daba una vuelta y volvía a la posición anterior.
—Tendremos que ayudarle. De lo contrario es capaz de echar raíces aquí —dijo
Dan.
—¿Qué le pasa? —preguntó Harvey.
Para Harvey, éste era un mundo nuevo, donde no podía imponer sus normas a los
mayores, sino que tenía que preguntar humildemente. Además, el mar era
terriblemente grande y monótono.
—Se le ha enganchado el ancla. Penn siempre las pierde. En este viaje ya ha
perdido dos y eso que tenía fondo de arena. Padre dice que si pierde otras más, le dará
la piedra. Eso sería un tremendo disgusto para Penn.
—¿Qué es dar la piedra? —preguntó Harvey, que tenía una vaga idea, nacida de
la lectura de novelas, según la cual debía de ser un antiguo castigo, como hacer pasar
a un marinero por debajo de la quilla.
—Es una piedra grande que se utiliza en lugar del ancla. Naturalmente, es posible
ver siempre si un bote lleva una piedra en lugar de ancla. Toda la flota sabe lo que eso
significa. Le tomarían el pelo de una manera terrible. Penn se sentiría como un perro
al que atan una lata a la cola. Es tan sensible… ¡Hola! ¡Penn! ¿La has atascado otra
vez? No hagas nada. Acércate y mantén la caña de pescar derecha.
—No se mueve —dijo el hombrecillo jadeando—. No se mueve de ninguna
manera, a pesar de que he intentado todo lo posible.
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—¿Qué es eso que tienes en la proa? —preguntó Dan, indicando un armatoste
formado por remos e hilo de pescar, unido todo ello por una mano inexperta.
—¡Oh! ¿Eso? —dijo Penn muy satisfecho de sí mismo—. Es un cabrestante como
el que usan los marinos españoles. El señor Salters me enseñó a hacerlo, pero ni
siquiera eso ha conseguido mover el bote.
Dan se inclinó sobre la borda para ocultar una sonrisa; tiró una o dos veces de la
caña y el ancla empezó inmediatamente a producir el efecto deseado.
—Súbela, Penn —le dijo riéndose—, o se atascará de nuevo.
Se alejaron mientras Penn examinaba atentamente el ancla, cubierta de algas, con
sus grandes ojos azules, en los que brillaba una expresión patética y mientras se
deshacía en frases de agradecimiento.
—Ahora que me acuerdo de ello, Harvey —dijo Dan cuando se hubieron alejado
lo suficiente para que Penn no pudiera oírlos—, ese hombre no está del todo loco. De
ninguna manera es peligroso, aunque se le han reblandecido los sesos. ¿Lo entiendes?
—¿Es cierto eso o se trata de alguno de los juicios de tu padre? —preguntó
Harvey inclinándose para tomar los remos. Comprendía que empezaba a aprender a
manejarlos fácilmente.
—Esta vez padre no se ha equivocado. Es cierto que Penn está loco. Bueno, no
exactamente, mejor diría yo que es una manía inofensiva. Fue así (estás remando
bastante bien, Harvey)…, te lo voy a decir, pues tienes derecho a saberlo. Según
cuenta padre, en otro tiempo era predicador de la secta de los moravos y se llamaba
Jacob Boller. Vivía con su mujer y cuatro hijos, en algún punto de Pennsylvania. Un
día fue con toda su familia, seguramente en un campamento al aire libre, a una
reunión religiosa y se quedaron a pasar la noche en Johnstown. ¿Te suena el nombre?
Harvey reflexionó un momento.
—Sí, creo que sí. No sé de qué. Me suena igual que el Ashtabula [11].
—En las dos sucedieron graves catástrofes, por eso te suena. Aquella noche en
que Penn y su familia se quedaron en un hotel en Johnstown fue cuando la ciudad fue
arrasada. Se rompió un dique y toda la ciudad quedó inundada. Las casas chocaban
unas con otras y se hundían. He visto las ilustraciones que publicaron los periódicos:
son terribles. Penn vio que se ahogaba su familia antes de que pudiera comprender lo
que ocurría. En aquel momento se nubló su cerebro. Cree que algo le pasó a
Johnstown, pero por la salvación de su alma no puede recordar lo que es. Y ahora
vagabundea por ahí sonriendo y admirándose de todo. No sabía quién era o lo que
había sido. De esa manera tropezó con el tío Salters, que se encontraba de visita en la
ciudad de Allegheny. La mitad de la familia de mi madre está esparcida por toda
Pennsylvania. El tío Salters suele ir en el invierno. El tío Salters medio adoptó a
Penn; sabiendo de sobra lo que pasaba, lo trajo al Este y le dio trabajo en su granja.
—¿Cómo es eso? Oí el otro día que tu tío llamaba granjero a Penn, cuando
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chocaron los dos botes. ¿También tu tío Salters es granjero?
—¡Granjero! —exclamó Dan—. No hay agua suficiente entre el punto en que nos
encontramos y el cabo Hatteras para lavar el barro de sus botas. Es el eterno granjero.
Le he visto sacar un cubo de agua del mar cuando estaba anocheciendo, y empezar a
jugar con la espita del balde como si fueran las ubres de una vaca. Ya ves si será
granjero… Entre él y Penn hacían todo el trabajo de la granja, que creo que estaba
situada cerca de Exeter. Esta primavera el tío Salters se la vendió a un tonto de
Boston que quería construirse una casa de verano y le sacó un montón de dinero. Los
dos locos se dedicaron a vagabundear por los alrededores, hasta que la iglesia, a la
cual había pertenecido Penn, la de los moravos, encontró donde estaba y escribió al
tío Salters. Nunca supe lo que querían exactamente, pero lo cierto es que el tío se
puso furioso. Creo que pertenece a la iglesia episcopaliana, pero los puso verdes,
como si fueran baptistas. Dijo que él no entregaría a Penn a una maldita congregación
morava de Pennsylvania o de cualquier otra parte. Vino entonces a casa de padre,
llevando a rastras a Penn (eso fue ya hace dos años), diciendo que Penn tenía que
dedicarse a pescar por razones de salud. Supongo que se imaginó que los moravos no
vendrían al barco a buscar a su perdido hermano. Mi padre estaba conforme, pues el
tío había sido pescador durante más de treinta años, excepto el tiempo en que se
dedicó a inventar abonos patentados. Puso la cuarta parte del dinero necesario para
aquel viaje. A Penn le hizo tanto bien, que padre tiene ya la costumbre de llevarlo.
Dice padre que algún día se va a acordar de su mujer y de sus hijos y de Johnstown y
que entonces morirá. No se te ocurra mencionar esa ciudad o esas cosas a Penn, pues
el tío Salters es capaz de arrojarte por la borda.
—¡Pobre Penn! —dijo Harvey—. Viéndolos cómo discuten, no se me hubiera
ocurrido que el tío Salters cuidara de él.
—Yo también estimo mucho a Penn; a todos nos cae bien —dijo Dan—.
Debíamos haberle remolcado, pero antes quería contarte todo eso.
Se encontraban ahora muy cerca de la goleta, y los otros botes habían quedado un
poco más atrás.
—No es necesario subir los botes hasta después de la cena. Empezaremos a salar
en seguida. ¡Poned la tabla, muchachos!
—Más profundo que el Abismo de la Ballena —dijo Dan, mientras preparaba las
cosas para salar—. Fíjate en la cantidad de embarcaciones que se han acercado desde
esta mañana. Todos esperan a ver qué rumbo toma padre. ¿Lo ves, Harvey?
—A mí me parecen todos iguales.
Ciertamente para una rata de tierra las goletas que cabeceaban alrededor parecían
todas cortadas por el mismo patrón.
—Sin embargo no lo son. Aquel sucio, con bauprés alto, es la Hope of Prague. Su
capitán es Nick Brady, el hombre más canalla de todo el banco. Así se lo diremos en
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cuanto lleguemos a Main Ledge. Más allá se encuentra la Day’s Eye. Pertenece a los
Jeraulds. Es de Harwich. Tienen mucha suerte. Según padre son capaces de sacar
pesca de un cementerio. Aquellos otros dos son el Margie Smith, Rose y Edith S.
Walen, todos del mismo puerto que nosotros. Mañana veremos el Abbie M. Deering,
¿verdad, padre? Todas están dejando los bancos de Queereau para venirse aquí.
—No veremos muchas embarcaciones mañana, Danny —cuando Troop le
llamaba así, era porque estaba satisfecho—. Estamos demasiado apretados —dijo,
dirigiéndose a la tripulación, cuando estuvieron todos a bordo—. Dejaremos que
pongan una carnada grande y pesquen poco.
Miró el depósito; era curioso observar la poca altura que alcanzaba aquel día el
pescado. Excepto el halibut de Harvey, nada pasaba de cincuenta libras.
—Espero que cambie el tiempo —agregó.
—Pues tendrá que cambiarlo usted, Disko; no veo nada que me haga pensar que
variará —dijo Long Jack recorriendo el horizonte con la mirada.
Sin embargo, una hora y media más tarde, mientras estaban todavía ocupados en
la salazón, la niebla cayó sobre ellos «entre pez y pez», como acostumbran decir. Se
acercaba continuamente en jirones dando vueltas y esparciéndose en vapores sobre
las aguas incoloras. Los pescadores dejaron de salar sin decir una palabra. Long Jack
y el tío Salters soltaron el ancla, crujiendo el cabrestante mientras se arrollaba la
cuerda de cáñamo. Finalmente tuvieron que ayudar también Manuel y Tom Platt. El
ancla hizo un ruido como si se quejara y quedó en su sitio. La vela mayor se hinchó
cuando Troop la sujetó.
—Orza el foque y el trinquete —dijo el capitán.
—¡Suéltala! —gritó Long Jack, mientras aseguraba el foque. Los otros
desprendían la virola del trinquete, que hacían un alegre ruido como de cascabeles.
Crujieron las vergas de la mayor cuando el We’re Here quedó en posición favorable
al viento, cortando su proa la blanca espuma.
—Detrás de la niebla viene el viento —dijo Troop.
Todo era maravilloso para Harvey. Pero lo que sobrepasaba la capacidad de su
imaginación es que no se oía ninguna orden, excepto un gruñido de cuando en cuando
de Troop, que terminaba con «¡Eso está muy bien, hijo mío!».
—¿No has visto nunca levar un ancla? —preguntó Tom Platt a Harvey, que
miraba embobado la húmeda tela del trinquete.
—No. ¿Adónde vamos?
—Detrás del pescado y a anclar allí donde abunde, como verás muy pronto, antes
de que pases una semana a bordo. Ahora todo es nuevo para ti, pero la verdad es que
nosotros nunca sabemos con qué nos vamos a encontrar. Por ejemplo, mírame a mí,
Tom Platt. Nunca se me hubiera ocurrido…
—Es mucho mejor que catorce dólares al mes y una bala en la barriga —dijo
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Troop desde el timón—. No te des esos aires.
—Es mejor, si cuentas los dólares y los centavos —replicó el marinero—. Pero no
pensábamos en ello cuando manejábamos los cabrestantes del Miss Jim Buck, fuera
del puerto de Beauside, con el Fuerte Maçon cañoneándonos por la popa y una
tormenta deshecha mar afuera. ¿Dónde estabas tú entonces, Disko?
—Pues por aquí o los alrededores —contestó Disko—, ganándome el pan y
esquivando los barcos dedicados al corso. Siento mucho no poderme imaginar cómo
te metiste en esos trances, Platt. Supongo que saldremos con bien, que tendremos el
viento que necesitamos y que veremos otra vez Eastern Point.
Desde proa llegaba un ruido incesante de palmadas y parloteo que se mezclaba
con el martilleo de los chorros de espuma sobre el castillo de proa. Del aparejo caían
pegajosas gotas; los tripulantes recorrían la parte de la cubierta que estaba bajo el
viento, excepto el tío Salters, que en la escotilla principal se curaba las manos llenas
de picaduras.
—Creo que habría que desplegar más velamen —dijo Disko, echando una mirada
a su hermano.
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—Me parece que no serviría de nada. ¿Para qué? —repuso el granjero marinero.
El timón giró imperceptiblemente entre las manos de Disko. Unos segundos más
tarde una ola azotó transversalmente la embarcación, golpeó al tío Salters y le mojó
de pies a cabeza. Se levantó sacudiendo el agua y se dirigió hacia proa, consiguiendo
sólo que le pillara una nueva ola. —Padre le hace recorrer así toda la cubierta— dijo
Dan—. El tío Salters se cree que la cuarta parte que tiene metida en este negocio son
las velas y por eso las cuida. Ya van dos viajes que padre le hace lo mismo. ¡Vaya! Le
pega donde duele.
El tío Salters se había refugiado cerca del palo del trinquete, pero aun allí, una ola
le subió hasta las rodillas. La cara de Disko era tan inocente como el círculo de la
rueda del timón.
—Me parece que se moverá más fácilmente si hacemos lo que te decía, Salters —
dijo Disko como si no hubiera visto nada.
—Ponle tu foque volante —rugió la víctima, a través de un chorro de finas gotas
de agua—. Lo único que quiero es que no me eches la culpa, si pasa algo. Penn, vete
abajo y tómate el café. Deberías tener más sentido común y no andar por cubierta con
este tiempo.
—Ahora tomarán café y jugarán a las damas hasta el día del juicio —dijo Dan,
mientras el tío Salters acompañaba a Penn—. Me pregunto si estaremos así mucho
tiempo. No hay nada en el mundo más ocioso que una tripulación que no tiene nada
que pescar.
—Me alegro de que lo hayas dicho, Danny —gritó Long Jack, que estaba dando
vueltas buscando algo con que distraerse—. Me olvidaba completamente de que
tenemos un pasajero a bordo. No hay derecho de que esté sin hacer nada el que no
conoce todas las vergas. Tráelo, Tom Platt, y le enseñaremos lo que debe saber.
—Esta vez no me toca a mí —gruñó Dan—. Tendrás que arreglártelas tú solo.
Padre me enseñó con una cuerda en la mano.
Durante una hora, Long Jack hizo recorrer a su víctima toda la embarcación de un
extremo a otro, enseñándole las cosas que «todo hombre debe saber a bordo, sea
ciego, esté borracho o dormido».
El velamen de una embarcación de sesenta toneladas con un palo de trinquete no
es cosa muy complicada, pero Long Jack tenía el don de expresarse. Cuando deseaba
llamar la atención de Harvey sobre las drizas, lo hacía sujetando la nuca del
muchacho y concentrando su atención sobre ella durante medio minuto. Insistió en la
diferencia entre la popa y la proa, frotando la nariz de Harvey sobre el botalón. El
extremo de cada verga quedó fijado en la cabeza de Harvey mediante la punta de la
cuerda que Long Jack no soltaba de las manos.
La lección hubiera sido más fácil si la cubierta hubiera estado despejada, pero
parecía que allí había sitio para todo y para cualquier cosa, excepto para una persona.
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En proa se encontraba el cabrestante con su palanca, y las cuerdas de cáñamo,
obstáculos muy desagradables para saltar sobre ellos. Cerca de la escotilla se
encontraban la chimenea de la estufa y los depósitos, donde se guardaban los hígados
de los bacalaos. Más allá de éstos, hacia popa, estaba la escotilla principal, que
ocupaba todo el espacio que no era estrictamente necesario para las bombas y las
mesas de salar. Venían después los botes, el castillo y el botalón principal de unos
veinte metros de largo, con sus horquetas, que dividía todo longitudinalmente, debajo
del cual había que pasar, para lo cual era necesario agacharse.
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Naturalmente, Tom Platt no pudo evitar entrometerse: siguió aquella procesión,
dando largas e innecesarias descripciones de las velas y verga del Ohio.
—No te preocupes de lo que dice. Escúchame a mí, inocente. Tom Platt, esta
cáscara de nuez no es el Ohio. Lo único que haces es confundir al chico.
—Será un ignorante toda la vida si se le empieza a enseñar así —rogó Tom Platt
—. Dale una oportunidad de conocer algunos principios generales. Verás, Harvey. La
navegación de vela es un arte que yo te enseñaría si estuviéramos ahora en la cofa del
trinquete del…
—Ya lo sé. Hablarías hasta que el pobre estuviera muerto. ¡Silencio, Tom Platt!
Bueno; después de todo lo que te he contado, Harvey, ¿cómo izas el trinquete?
Tómate tiempo para responder.
—Tiraría de eso —respondió Harvey, indicando hacia sotavento.
—¿Qué es eso? Por la dirección que indicas debe de ser el Atlántico Norte.
—No, el botalón. Entonces agarro aquella cuerda, que usted me mostró allí
atrás…
—Eso no es forma de hacerlo —estalló Tom Platt.
—¡Silencio! El chico está aprendiendo y todavía no conoce bien los nombres.
Sigue, Harvey.
—¡Claro, es el rizo! Fijaría la polea en el rizo y luego bajaría…
—¡Baja la vela! ¡Chico! ¡Más bajo todavía! —exclamó Tom Platt, cuyo instinto
profesional sufría un verdadero martirio.
—Arriaría las drizas de arriba —prosiguió Harvey. Estos nombres se le habían
quedado grabados en la memoria.
—Pon la mano encima —dijo Long Jack. Harvey obedeció.
—La bajaría hasta que aquel nudo en la garra, no, se llama garrucho, quedase
sobre el botalón. Entonces la ataría como usted me dijo y levantaría nuevamente las
drizas. —Te has olvidado de los anillos de amura, pero con el tiempo aprenderás.
Existe una razón para cada verga que se encuentra en el barco. Si no fuera así, la
tiraríamos por la borda. ¿Comprendes lo que te digo? Estoy tratando de meterte
dólares y centavos en el bolsillo, polizón, para que cuando hayas aprendido, puedas
navegar de Boston a Cuba y decir que te lo ha enseñado Long Jack. Ahora,
recorreremos todo el barco. Yo diré el nombre de cada cosa y tú pondrás la mano
sobre ella.
Long Jack empezó. Harvey, que se sentía bastante cansado, se dirigía lentamente
a cada cosa que se le nombraba. Un golpe con una cuerda, que le dio en las costillas,
casi le deja sin aliento.
—Cuando seas dueño de un barco —dijo Tom Platt severamente—, podrás
pasear. Mientras tanto, corre en cuanto oigas una orden. ¡Hazlo otra vez, para que
estés seguro!
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Harvey estaba excitado con el ejercicio y la última parte le cansó realmente. Era,
sin embargo, un muchacho de gran viveza natural, hijo de un hombre de
excepcionales dotes intelectuales y de una mujer de gran sensibilidad. Poseía un
temperamento resuelto, que la condescendencia sistemática había convertido casi en
la obstinación de una mula. Observó a los otros hombres y se fijó en que nadie, ni
siquiera Dan, se reía. Evidentemente, aunque le hería en lo hondo, era el método
corriente a bordo. Tragó aquella advertencia con una boqueada y una mueca. La
misma inteligencia que desplegaba para aprovecharse de su madre le hizo ver que a
bordo nadie, excepto quizá Penn, permitiría la menor estupidez o abuso. Muchas
cosas se comprenden por el simple tono. Long Jack nombró una media docena de
cosas, mientras Harvey bailaba sobre el puente como una anguila a la que la marea ha
dejado en seco, sin apartar la mirada de Tom Platt.
—Muy bien. Muy bien hecho —dijo Manuel—. Después de comer te mostraré
una goleta, que he hecho yo, con todo el velamen completo. Así aprenderás.
—Lo has hecho de primera para ser… un pasajero —dijo Dan—. Padre acaba de
reconocer que pronto valdrás en sal lo que pesas, si no te ahogas antes. Eso es mucho
para que lo diga padre. Cuando nos toque la próxima guardia, te enseñaré más cosas.
—¡Más alto! —gruñó Disko, observando cómo la niebla se enredaba alrededor de
los palos. Tres metros más allá del botalón del foque no se veía nada, mientras
proseguía la larga y solemne procesión de pálidas olas que murmuraban y se besaban
las unas a las otras.
—Ahora te mostraré algo que Long Jack no sabe —exclamó Tom Platt, sacando
de un cajón un escandallo [12] batido y ahuecado por uno de los extremos, que rellenó
con grasa de carnero que sacó de un cuenco. Luego se dirigió a proa.
—Te enseñaré cómo volar la paloma azul. ¡Sooo!
Disko hizo algo con el timón para que disminuyera la velocidad de la
embarcación, mientras Manuel, con la ayuda de Harvey (un Harvey muy orgulloso),
arrió el foque sobre el botalón. El escandallo cantó una canción de bajo profundo
cuando Tom Platt lo hizo girar rápidamente.
—¡Date prisa! —dijo Long Jack, impaciente—. No nos encontramos más que a
veinticinco millas de distancia de Fire Island y en una niebla. No es ningún secreto
saber hacer eso.
—No seas envidioso, Galway.
La sonda fue volando a caer muy lejos del barco, por delante de la goleta, que
avanzaba lentamente.
—Largar la sonda es un arte, aunque algunos no lo crean —dijo Dan—, cuando
de ello depende el trabajo de una semana. ¿Qué profundidad calculas, padre?
Disko sonrió. Estaban en juego su habilidad y su honor en aquel rumbo que había
tomado alejándose de la flota, así como su reputación de marino experto que conocía
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a ciegas el banco.
—Serán sesenta, si no me equivoco —replicó mirando la brújula.
—Sesenta —exclamó Platt halando las agujas húmedas.
El velero adquirió velocidad otra vez.
—¡Iza! —exclamó Disko después de un cuarto de hora—. ¿Cuánto calculas? —
murmuró Dan y observó orgullosamente a Harvey.
Pero Harvey estaba engreído con sus propios triunfos como para dejarse
impresionar en aquel momento por los de otro.
—¡Cincuenta! —dijo su padre—. Sospecho que nos encontramos sobre el banco
verde, donde la profundidad es de cincuenta a sesenta.
—¡Cincuenta! —gritó Platt. Apenas podían verle a través de la niebla—. Estamos
apenas a un metro, como las granadas del Fuerte Maçon.
—Pon el cebo, Harvey —dijo Dan buscando hilo de pescar en el carrete.
La goleta parecía deslizarse a través de la niebla, mientras su vela delantera
oscilaba violentamente. La tripulación esperaba, observando cómo pescaban los dos
grumetes.
—¡Vaya! —exclamó Dan al sentir que su sedal era arrastrado por encima de la
batayola, llena de marcas—. Por todos los diablos, ¿cómo podría saberlo padre?
Ayúdame, Harvey. Se trata de un pez gordo.
Recogieron el hilo y echaron sobre cubierta un bacalao de ojos saltones, que
pesaba veinte libras. Se había metido el anzuelo hasta el estómago.
—¡Cómo! Está enteramente cubierto de cangrejos —exclamó Harvey, dándole
vuelta.
—¡Pon el gran Hook-Block! —dijo Long Jack—. Disko, más vale que eches una
mirada por debajo de la quilla.
Haciendo saltar un chorro de agua, bajó el ancla. Todos se dedicaron a pescar,
ocupando cada uno su puesto en las amuras.
—¿Se pueden comer? —preguntó Harvey, mientras sacaba otro bacalao cubierto
de cangrejos.
—Claro. Cuando están así de asquerosos es que han estado apiñados por millares,
y cuando muerden de esa manera, es que tienen hambre. No te preocupes de cómo
pones el cebo. Morderán el anzuelo aunque estuviera vacío.
—¡Esto es genial! —gritó Harvey subiendo otro, que abría la boca y salpicaba el
agua a su alrededor—. ¿Por qué no pescamos siempre desde aquí, en lugar de utilizar
los botes?
—Se puede hacer, hasta que empecemos a salar. Después, las cabezas y
desperdicios ahuyentarían a los peces hasta Fundy [13]. Se considera anticuado pescar
con los botes, a menos que se conozcan estos mares tan bien como padre. Creo que
esta noche pescaremos al arrastre. Esto es más duro para la espalda. ¿No es cierto?
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Era un trabajo como para romper todos los huesos de la espalda, pues en un bote
el agua aguanta el peso del pescado hasta el último momento, por lo que, por decirlo
así, el pescador se encuentra frente a él. Pero los pocos pies de altura de las amuras de
la goleta lo convierten en un peso muerto que hay que levantar. Por otra parte, la
continua inclinación sobre la borda producía calambres en el estómago. Pero era un
deporte excitante y furioso, mientras duró: un gran montón de pescado yacía sobre
cubierta cuando los peces dejaron de morder el anzuelo.
—¿Dónde están Penn y el tío Salters? —preguntó Harvey sacudiéndose el
impermeable de babas de bacalao y enrollando su sedal imitando cuidadosamente a
los otros.
—Vete a buscar un poco de café y fíjate.
Bajo la amarillenta luz de la lámpara, completamente inconscientes de la
existencia de peces o del estado del tiempo, estaban sentados los dos hombres con un
tablero de damas entre ellos. El tío Salters gruñía a cada movimiento de Penn.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó el primero, mientras Harvey en el primer peldaño
de la escalera llamaba a gritos al cocinero.
—Mucho pescado y lleno de cangrejos —dijo Harvey repitiendo las palabras de
Long Jack—. ¿Cómo va la partida?
Penn abrió la boca.
—No es culpa de él —replicó el tío Salters—. Penn es completamente sordo.
—Estaban jugando a las damas, ¿no es verdad? —preguntó Dan cuando Harvey
apareció a popa con el café humeante—. Eso nos quita el trabajo de baldear la
cubierta esta noche. Padre es un hombre justo. Tendrán que hacerlo ellos.
—Y dos jóvenes que yo conozco tendrán que poner carnada a una o dos tiras de
red de arrastre mientras ellos limpian —dijo Disko, fijando el timón.
—¡Vaya! Creo, padre, que prefiero limpiar.
—No lo dudo. Pero no lo harás. Hay que empezar a salar. Penn cortará mientras
vosotros dos ponéis el cebo.
—¿Por qué rayos esos dos malditos muchachos no nos avisaron que habíais
descubierto un banco? —dijo el tío Salters de mal humor mientras se colocaba en su
lugar a la mesa—. Dan, este cuchillo no corta ni manteca.
—Si no os despierta el ruido de la pesca, creo que sería mejor que tomarais un
chico para servicio exclusivo —dijo Dan, tanteando su camino en la oscuridad hacia
la red de arrastre que se extendía a barlovento del castillo—. ¡Harvey! ¿Por qué no
vienes y me ayudas a colocar el cebo?
—Hay que poner la carnada que haya —dijo Disko—. Creo que los restos
servirán muy bien para eso.
Quería decir que los muchachos debían utilizar como cebo los mejores pedazos
de las tripas del bacalao, lo que era mucho mejor que manejar con las manos
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desnudas los pequeños barriles de cebo. La red consistía en sedal, provisto de
anzuelos grandes por cada metro; era una verdadera hazaña examinar cada uno de
ellos, ponerle su correspondiente cebo y luego lanzarla desde el bote de tal modo que
se mantuviera separada de la embarcación. Dan trabajaba en la oscuridad, sin
necesidad de mirar, mientras que los dedos de Harvey se quedaban prendidos en las
púas de los anzuelos, por lo que lamentaba su suerte. Pero los anzuelos volaban en las
manos de Dan como el hilo en el regazo de una anciana que hace encaje.
—Cuando todavía no sabía caminar del todo, ya ayudaba a poner cebo en las
redes de arrastre —dijo—, pero de todas maneras es un asunto sucio. ¡Padre! —gritó
en dirección a la escotilla, donde Disko y Platt estaban dedicados a salar—. ¿Cuánto
cree que necesitaremos?
—Unos tres. ¡Daos prisa!
—Cada tonel de esos tiene trescientas brazas de red —explicó Dan—, lo
suficiente para tenernos ocupados toda la noche. ¡Ay! Se me ha resbalado —exclamó
metiéndose el dedo en la boca—. Te digo, Harvey, que no hay en todo Gloucester
dinero bastante para hacerme entrar a mí en un barco que se dedique exclusivamente
a la pesca de arrastre. Será muy moderno, pero prescindiendo de eso es la actividad
más idiota y monótona de toda la tierra.
—Yo no sé lo que es esto, si no es una red de arrastre —dijo Harvey secamente
—. Tengo los dedos deshechos de cortaduras.
—¡Bah! Éste es uno de los malditos experimentos de padre. No usa este sistema,
a no ser que tenga muy buenas razones para ello. Padre sabe mucho. Por eso pone el
cebo de esta manera. Cuando la recojamos, estará llena de pescado o no veremos ni
una aleta de pescado.
Penn y el tío Salters hicieron la limpieza, como Disko lo había mandado, pero de
poco les sirvió a los muchachos. En cuanto las redes estuvieron preparadas, Tom Platt
y Long Jack, que habían estado examinando el interior de un bote con una linterna,
las agarraron y las cargaron con algunas pequeñas boyas pintadas en la embarcación,
bajándola después al mar, que para Harvey estaba demasiado picado.
—¡Se ahogarán! —exclamó—. Ese bote está más cargado que un vagón de
ferrocarril.
—Ya volveremos —dijo Long Jack—. Si no nos esperáis, nos echaremos encima
de vosotros, y tendréis la culpa si se enmaraña la red.
El bote se elevó sobre la cresta de una ola y en el preciso momento en que parecía
que iba a estrellarse sobre el costado de la goleta, se deslizó sobre ella y desapareció
en la oscuridad.
—¡Quédate aquí y haz sonar continuamente la campana! —dijo Dan alcanzándole
la cuerda con la que se movía el badajo.
Harvey lo hizo con fuerza, pues comprendió que dos vidas dependían de él. Pero
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Disko, que estaba ocupado con el libro de bitácora, no parecía un asesino, y a la hora
de la cena sonrió secamente al ansioso Harvey.
—Esto no es mal tiempo —dijo Dan—. ¡Bah! Tú y yo hubiéramos podido colocar
esa red. Se han alejado sólo lo necesario para que no se enrede el cable. En realidad
no necesitan la campana.
—¡Clang! ¡Cling! ¡Clang!
Harvey siguió tañendo la campana durante una media hora, introduciendo de
cuando en cuando alguna variante en sus sones monótonos. En la borda se oyó que
alguien golpeaba. Manuel y Dan corrieron a buscar los bicheros; casi en seguida
aparecieron Long Jack y Tom Platt en cubierta, pareciendo que hubieran dejado a sus
espaldas la mitad del Atlántico Norte. Pronto les siguió el bote por los aires, que cayó
en cubierta ruidosamente.
—¡Muy bien hecho! —exclamó Platt—. Danny, llegarás a ser un excelente
marinero.
—Tendremos el placer de su compañía en el banquete —dijo Long Jack, mientras
se sacudía el agua de las botas, saltando como un elefante y pasando su brazo, que
todavía llevaba la tela de hule, por la cara de Harvey—. Somos tan condescendientes
que honraremos el segundo turno con nuestra presencia.
Los cuatro se fueron a comer. Harvey se infló de guiso de pescado y de pastel frío
y se durmió justo cuando Manuel sacó a relucir una maqueta bellísima, de unos dos
pies, del Lucy Holmes, el primer velero en el que se embarcó, y se disponía a
enseñárselo a Harvey para aleccionarle sobre las vergas. Harvey ni siquiera movió un
dedo, cuando Penn lo llevó a su litera.
—Qué triste debe ser. Debe ser muy triste —dijo Penn observando la cara de
Harvey— para sus padres, que creen que ha muerto. ¡Perder un hijo! ¡Casi un
hombre!
—Déjale, Penn —repuso Dan—. Vete a terminar tu partida con el tío Salters. Dile
a padre que yo me encargo de la guardia de Harvey, si él no manda otra cosa. Está
demasiado cansado.
—Bien hecho, chico —dijo Manuel, quitándose las botas y desapareciendo en las
negras sombras de una de las literas inferiores.
—Creo que llegará a ser un hombre de provecho. No me parece que sea tan loco
como decía tu padre, ¿eh?
Dan se rió, pero la carcajada terminó en un ronquido.
El tiempo era malo; la velocidad del viento tendía a crecer; los más viejos entre la
tripulación extremaron el cuidado durante sus horas de servicio. Las horas pasaron
tranquilamente en el castillo; los palos golpeaban y crujían al compás del mar; la
chimenea de la estufa salpicaba cada vez que entraba el agua por ella. Los muchachos
seguían durmiendo, mientras Disko, Long Jack, Tom Platt y el tío Salters, por turnos,
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iban a popa a vigilar el timón, hacia proa a fijarse si cedía el ancla o para soltar un
poco más de cable, observando al mismo tiempo la débil luz de posición.
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Capítulo IV
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—Hasta que se serene un poco el tiempo y podamos recoger la red. Tal vez sea
esta noche. Tal vez dure dos días más. ¿No te gusta? ¡Eh! ¿Qué?
—Hace una semana me hubiera vuelto loco, pero ahora no me molesta…
demasiado.
—Eso es porque en estos días te hemos convertido en pescador. En tu lugar,
ofrecería dos o tres cirios cuando llegase a Gloucester, por mi buena suerte.
—¿Ofrecer a quién?
—A la Virgen de nuestra iglesia en la colina, claro está. Ella es siempre muy
buena con los pescadores. Ésa es la razón por la que se ahogan tan pocos portugueses.
—¿Eres católico romano?
—Nací en la isla de Madeira. No soy de Puerto Rico. ¿Qué iba a ser? ¿Baptista?
¡Eh! ¿Qué? Siempre llevo dos o tres velas cuando llego a Gloucester. La santa Virgen
nunca se olvida de su Manuel.
—A mí no me parece que eso sea así —interrumpió Tom Platt desde su litera. Dio
una chupada a la pipa y encendió un fósforo, cuya luz iluminó la cicatriz de su cara
—. Está claro que el mar es el mar. Te pasará lo que deba ocurrir, lleves cirios o
petróleo, es lo mismo.
—Es bueno tener amigos en palacio —dijo Long Jack—. Pienso como Manuel.
Hace unos diez años estaba de tripulante en un barco mercante de Boston. Nos
encontrábamos frente a Minot’s Ledge con viento del nordeste, y ante todo, se nos
venía una tormenta espesa. El capitán estaba borracho, tocando con la mandíbula la
caña del timón. Me dije a mí mismo: «Si logro arrimar mi bote otra vez al muelle de
Boston les mostraré a los santos lo que es el agradecimiento». Bueno, como veis, aquí
estoy. Le di al cura la maqueta de la vieja y sucia Kathleen, que me costó hacer un
mes. El cura la colgó delante del altar. Es mejor ofrecer una maqueta, puesto que es
una obra de arte, que comprar un cirio. Puedes comprar cirios en cualquier tienda,
pero un modelo demuestra a los santos que estás agradecido, que has trabajado para
ellos.
—¿Crees tú eso, irlandés? —preguntó Tom Platt, dándose vuelta.
—¿Lo habría hecho, si no lo creyera, Ohio?
—Verás, Enoch Fuller hizo una maqueta del viejo Ohio, que ahora está en el
museo de Salem. Es muy bonita, pero no creo que Enoch lo hiciera como una
penitencia. A mí me parece que…
Así empezó una discusión que había de durar más de una hora, de la clase que
gusta a los pescadores, donde se habla dando vueltas alrededor de un círculo, sin que
al final nadie haya demostrado nada. Pero Dan los interrumpió entonando esta alegre
canción:
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Al llegar a este punto, se le unió Long Jack:
When the winds begin to blow, pipe all hands together! [16]
Dan prosiguió, no sin echar una mirada de precaución hacia donde estaba Platt,
manteniendo el acordeón en posición muy baja, dentro de la litera:
Tom parecía estar buscando algo. Dan se agachó y cantó aún más alto:
Una de las altas botas de goma de Platt voló a través del recinto, y fue a dar en
uno de los brazos de Dan. Desde que el muchacho descubrió que bastaba silbar
aquella melodía para ponerle furioso, existía una guerra abierta entre ellos. —
¿Pensaste que iba a darme?— dijo Dan devolviendo la bota con precisión matemática
—. Si no te gusta mi música, saca tu violín. No voy a pasarme todo el día aquí
oyendo cómo tú y Long Jack discutís acerca de velas y cirios. Toca el violín, Tom
Platt, o le enseño a Harvey esta canción.
Tom Platt se inclinó sobre uno de los cajones y sacó un violín blanco. A Manuel
le brillaron los ojos y de algún lugar detrás del palo del trinquete sacó una cosa
parecida a una guitarra, con cuerdas de metal, que él llamaba machette. —Es un
concierto— dijo Long Jack, con una sonrisa que se distinguió a través del humo del
recinto—. Un verdadero concierto, como los de Boston.
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Cayó un verdadero diluvio de gotas de agua al abrir Disko la escotilla, quien entró
llevando un impermeable amarillo.
—A tiempo, Disko. ¿Qué tal ahí afuera?
—Ya ves —dijo, mientras se caía sobre los cajones, impulsado por los
movimientos del barco.
—Vamos a cantar para poder digerir el desayuno. Tú, Disko, llevarás la voz
cantante —dijo Long Jack.
—Creo que no conozco más de dos canciones y las habéis oído ya.
Tom Platt interrumpió sus excusas, empezando a tocar en el violín una melodía
sumamente melancólica, que parecía el gemir del viento o el ruido que haría un
mástil al romperse. Con los ojos fijos en el techo, Disko entonó esta antiquísima
canción, mientras Platt daba vueltas alrededor de él e intentaba hacer coincidir en lo
posible la música con la letra:
(Coro).
(Coro).
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pero apenas acababa de mencionar el título, cuando Disko golpeó enérgicamente el
suelo con el pie y exclamó:
—No sigas, chico. Todo eso es una gran equivocación, una de las peores, porque
además es una canción muy pegadiza.
—Debí habértelo advertido —dijo Dan—. Padre se enfurece cuando la oye.
—Pero ¿por qué? —preguntó Harvey sorprendido y algo ofendido.
—Todo lo que vas a decir —exclamó Disko—, todo es una gran equivocación, y
el culpable es Whittier. No tengo ninguna obligación de defender a los marineros de
Marblehead, pero, de todas maneras, la culpa no fue de Ireson. Mi padre me contó la
historia varias veces y puedo repetirla. —Por centésima vez— dijo Long Jack,
conteniendo el aliento.
—Ben Ireson era capitán del Betty, jovencito, y eso fue antes de la guerra de
1812, pero lo que es justo es justo, sea cuando sea. Se encontraron con el Active, de
Portland, al mando del capitán Gibbons, de la misma ciudad, con una vía de agua, a
la altura del faro del cabo Cod. Se había desencadenado una terrible tormenta, y el
Betty trataba de regresar lo antes posible. Bueno, Ireson se dijo que no tenía sentido
arriesgar un bote, tal como estaba el mar, pues tampoco habría fuerza humana capaz
de inducir a los marineros a hacerlo. Propuso a la tripulación mantenerse a poca
distancia del Active y esperar a que la tormenta amainara un poco. La tripulación se
negó a permanecer cerca del cabo Cod, con aquella tormenta, tuviera o no el otro
barco una vía de agua. Naturalmente, siguieron su rumbo, llevándose al capitán
Ireson. La gente de Marblehead se enojó muchísimo por haberse negado a correr el
riesgo. Además, al día siguiente, disminuyó algo la intensidad de la tormenta (nunca
se detuvieron a pensar que podía ocurrir eso) y un barco de Truro rescató a algunos
tripulantes del Active, que, en cuanto llegaron a Marblehead, contaron la historia a su
manera, diciendo que Ireson era una vergüenza para su ciudad natal, y toda la
consabida letanía. La tripulación de Ireson se atemorizó al ver el sentimiento público
contra ellos y le echaron la culpa al capitán, jurando y perjurando que Ireson era
responsable de aquel acto deshonroso. Tampoco es cierto que las mujeres de
Marblehead lo untaran de alquitrán y lo emplumaran; las señoras de Marblehead son
incapaces de tal cosa, fue un grupillo de hombres y de muchachos que lo sacaron a
pasear por la ciudad en un bote de pesca hasta que se desfondó e Ireson cayó al suelo,
diciendo que algún día sentirían lo que habían hecho. Bueno, la verdad salió a relucir
más tarde, como ocurre generalmente, demasiado tarde para que sea útil a un hombre
honrado. Vino Whittier y embadurnó con alquitrán y emplumó a Ben Ireson. Ésa fue
la única vez que Whittier se equivocó, aunque, para esa sola vez, el error fue bastante
grave. Ya se lo advertí a Dan, cuando volvió de la escuela cantando esa canción.
Naturalmente, tú no lo sabías, pero te cuento las cosas como ocurrieron realmente,
para que las recuerdes de aquí en adelante y para siempre. Ben Ireson no era la clase
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de hombre que Whittier da a entender. Mi padre le conocía muy bien, tanto antes
como después de ese asunto. ¡Cuídate mucho, jovencito, de los juicios temerarios!
Nunca había oído Harvey hablar tanto a Disko, por lo que se hundió en su litera
con las mejillas ardiendo. Pero Dan hizo notar que un muchacho sólo puede aprender
lo que se le enseña en la escuela y que la vida es demasiado corta como para estar al
tanto de todas las mentiras que circulan por la costa.
Entonces Manuel empezó a tocar aquel instrumento discordante y desagradable
que él llamaba machette y cantó algo en portugués acerca de una Nina, innocente,
que terminaba bruscamente con una fuerte sacudida. Después Disko brindó a la
compañía una segunda canción, una melodía extravagante y antigua, que todos
cantaron a coro. Ésta es una de las estrofas:
Al llegar aquí, el violín siguió solo durante un tiempo, reiniciándose el canto otra
vez:
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—Que no cante otra, sin que haya algo alegre entremedias —propuso Dan.
Empezó a tocar con el acordeón una melodía viva y pegajosa que terminaba así:
It’s six an’ twenty Sundays sence las’ we saw the land,
With fifteen hunder quintal,
An’ fifteen hunder quintal,
‘Teen hunder toppin’ quintal,
‘Twix’ old ‘Queereau an’ Grand! [22]
—¡Basta! —gritó Tom Platt—. ¿Quieres echar a perder este viaje? Eso es un
Jonás con toda seguridad, así que no lo cantes hasta que no hayamos mojado toda
nuestra sal.
—No es así. ¿No es cierto, padre? No, a menos que se cante el último verso. ¡No
puedes enseñarme nada acerca de Jonases!
—¿Qué es eso? —preguntó Harvey—. ¿Qué es un Jonás?
—Un Jonás es cualquier cosa que trae mala suerte. A veces es un hombre o un
grumete, o un cubo. Una vez conocí un cuchillo que fue un Jonás durante dos
travesías— dijo Tom Platt. —Hay toda clase de ellos. Jim Bourke era uno, hasta que
se ahogó. Nunca me hubiera embarcado con él, aunque estuviera a punto de morirme
de hambre. En el Ezra Flood había un bote pintado de verde. Era un Jonás de la peor
clase. Ahogó a cuatro hombres y de noche despedía una luz extraña.
—¿Y tú crees en eso?— preguntó Harvey, recordando lo que había dicho el
mismo Tom Platt acerca de los cirios y los exvotos.
—¿Acaso no sucederá lo que nos merecemos?
Por las literas se extendió un murmullo de disconformidad. —En tierra, sí, pero a
bordo pueden ocurrir muchas cosas— dijo Disko. —No empieces a burlarte de los
Jonases, jovencito.
—Bueno, Harvey no es ningún Jonás —interrumpió Dan—. Después de haberlo
recogido, todos los días hemos tenido una excelente pesca.
El cocinero levantó la cabeza y se rió repentinamente. Fue una carcajada extraña
y aguda.
—¡Maldición! —exclamó Long Jack—. No lo hagas otra vez, doctor. No estamos
acostumbrados.
—¿Qué tiene Harvey de malo? —dijo Dan—. ¿No es nuestra mascota y no hemos
tenido buena pesca desde que está a bordo?
—Sí —respondió el cocinero—. Ya sé eso, pero todavía no ha terminado la pesca.
—No nos va a hacer ningún daño —afirmó Dan acaloradamente—. ¿Qué quieres
decir con eso? No veo nada contra él.
—No. Pero un día, Dan, él será tu patrón.
—¿Eso es todo? —preguntó Dan plácidamente—. No lo será, de ninguna manera.
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—¡El patrón! —dijo el cocinero, señalando a Harvey—. ¡El criado! —añadió con
una inclinación de cabeza en dirección a Dan.
—Eso es algo nuevo. ¿Cuándo ocurrirá eso? —preguntó Dan riendo.
—Dentro de algunos años y yo lo veré. El patrón y el criado. El criado y el
patrón.
—Por todos los diablos, ¿cómo se te ocurre eso?
—Se me ocurre y basta. Lo saco de mi cabeza, donde puedo ver.
—Pero ¿de qué manera?
—No lo sé, pero así será.
Inclinó la cabeza y siguió pelando patatas, sin que fuera posible sacarle una
palabra más.
—Bueno —dijo Dan—. Ocurrirán muchas cosas antes de que Harvey sea mi
patrón. De todas maneras, me alegro de que el doctor no le haya tomado por un
Jonás. Sin embargo, creo que el tío Salters es el más Jonás de todos los Jonases, si se
tiene en cuenta su suerte especial. No sé si contagia, como la viruela. Debería estar en
el Carrie Pitman. ¡Por todos los santos! Creo que ese barco es capaz de hundirse en
una calma chicha.
—De todos modos, estamos muy lejos de toda la flota y también del Carrie
Pitman.
En aquel momento se oyó un ruido como si alguien golpeara en cubierta.
—Es el tío Salters y su suerte —dijo Dan cuando salió su padre.
—Se ha despejado la niebla —gritó Disko, y todos los pescadores abandonaron el
recinto para tomar un poco de aire fresco. La niebla había desaparecido, pero la mar
estaba gruesa, formando grandes olas. El We’re Here parecía deslizarse entre largas
avenidas o trincheras, que habrían hecho que se sintieran como si estuviesen en casa,
provocando una sensación de seguridad si hubieran estado inmóviles, pero cambiaban
sin descanso y sin misericordia, elevando la goleta hasta el pico más alto de mil
colinas grises, mientras el viento sacudía todo su velamen, al descender la
embarcación por la ola. Allá a lo lejos el mar estallaba en un torbellino de espuma, a
lo cual, como si fuera una señal convenida, seguían otros, hasta que los ojos de
Harvey perdían el equilibrio observando aquel entrecruzamiento de blancos y grises.
Cuatro o cinco albatros volaban en círculos, gritando cuando pasaban por la proa.
Otros dos se cernían sobre aquel desierto sin límites, de un lado para otro, hasta que
desaparecieron finalmente.
—Me parece que acabo de ver algo que se movía hacia allí —dijo el tío Salters
indicando hacia el nordeste.
—Es imposible que sea uno de los barcos de la flota —repuso Disko, enarcando
las cejas y apoyándose en el pasamano, mientras la proa se hundía en el seno de las
aguas—. Se está calmando muy rápidamente el mar. Danny, ¿por qué no subes y te
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fijas hacia dónde cae el banderín de la boya de la red?
Danny, con sus botas altas, corrió más que subió por el aparejo del palo mayor
(con gran envidia de Harvey), se afirmó en las crucetas y dejó vagar su mirada hasta
que divisó el banderín en la cresta de una ola.
—¡Ahí está! —gritó—. ¡Barco a la vista! Se nos acerca precisamente por el
Norte. Debe de ser un velero como el nuestro.
Esperaron todavía media hora más, mientras el cielo se aclaraba a trozos, entre los
que aparecía un sol enfermizo, que producía en el agua manchas de color oliva
oscuro. Sobre la cresta de una ola apareció entonces un palo de trinquete, que se
hundió en seguida, y volvió a aparecer sobre la cima de otra, mostrando esta vez la
popa, en la cual se distinguían los pescantes de un modelo anticuado para los botes.
Las velas tenían remiendos colorados.
—¡Es un velero francés! —gritó Dan—. No, tampoco. ¡Padre!
—No es francés —dijo Disko—. Salters, ésta es otra de las hazañas de tu mala
suerte.
—Tengo buena vista. Es el tío Abishai.
—Eso no puedes decirlo con seguridad todavía.
—El rey de los Jonases —gruñó Tom Platt—. ¡Ay! Salters, Salters, ¿por qué no te
quedaste en la cama durmiendo?
—¿Cómo podría haberlo sabido? —dijo el pobre Salters, mientras el velero
seguía balanceándose.
Podía haber sido el mismísimo Flying Dutchman por la suciedad, el desorden y el
abandono de cada una de las cuerdas y palo de a bordo. Su alcázar, de estilo
anticuado, tenía una altura de alrededor de un metro y medio; el aparejo, enredado y
lleno de nudos, se movía en todas direcciones como las algas en un extremo de un
muelle. Corría a favor del viento dando terribles bordadas, baja la vela de estay, para
que hiciera el papel de un trinquete más, lo que los marineros llaman la escandalosa;
el botalón se deslizaba a un costado. La botavara se levantaba como la de una antigua
fragata. El botalón de bauprés estaba reforzado, y remendado y asegurado de tal
modo que ya era imposible tocarlo; mientras se elevaba avanzando o descansaba
sobre la popa, parecía una vieja malintencionada, gorda y desaliñada, que está
empeñada en insultar a una joven decente.
—Ése es Abishai —dijo Salters—. Lleno de ginebra y de marineros de Judique,
con los juicios de la Providencia tras él y sin encontrar lugar donde anclar y sacar
buena pesca. Se dirige a Miquelon [23] en busca de cebo.
—Se hundirá antes —afirmó Long Jack—. Ese aparejo no es para este tiempo.
—No, seguro que no, o lo hubiera cambiado hace tiempo —replicó Disko—.
Parece como si pretendiera hundirnos a nosotros. ¿No está más inclinada de proa de
lo que debiera? —preguntó a Tom Platt.
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—Si ésa es la manera que tiene de estibar la carga, puede ocurrirle cualquier cosa
—respondió lentamente el marinero—. Si pierde la estopa [24], pronto tendrá que
poner la tripulación a las bombas de achique.
La embarcación avistada se bamboleó, viró en redondo, gimiendo como un
condenado, y quedó al pairo a distancia tal, que podían oírse las voces.
Un hombre de barba gris se asomó por las amuras y con una voz gruesa aulló algo
que Harvey no pudo entender. Pero la cara de Disko se ensombreció.
—Arriesgaría todas las vergas que tiene con tal de traer malas noticias. Dice que
nos espera un cambio de viento. A él le pasará algo peor. ¡Abishai! ¡Abishai!
Movió los brazos como si moviera una bomba, y con el dedo indicó hacia delante.
La tripulación se burló de él y se rió.
—¡Reíros cuanto queráis! ¡Os golpeará! ¡Os hundirá! —aulló el tío Abishai—. Se
viene una tormenta feroz. Preparaos para vuestro último viaje, sardinas de Gloucester.
Ya no veréis más puerto.
—Completamente loco, como siempre —dijo Tom Platt—. Me gustaría no haber
tropezado con él.
La goleta se deslizó alejándose de tal modo que ya no podía oírse, mientras el
hombre de la barba gris gritaba algo acerca de un baile en la bahía de los Toros y de
un hombre muerto a bordo. Harvey tembló. Había visto las sucias cubiertas y aquella
tripulación de horrible catadura.
—¡Es un infierno flotante! —exclamó Long Jack—. Me gustaría saber qué
fechoría ha cometido en tierra.
—Es un pesquero de arrastre —explicó Dan a Harvey—. Recorre toda la costa.
¡Oh, no! Nunca toca nuestros puertos. Faena en los del Sur y el Este —prosiguió,
indicando con un movimiento de cabeza hacia las inmisericordes costas de Terranova
—. Padre nunca me deja bajar a tierra allí. Hay multitud de locos y Abishai es el más
furioso de todos. ¿Viste su barco? Dicen que tiene más de setenta años; es el último
de las carracas [25] de Marblehead. Ya no se construyen barcos con un alcázar de ese
tipo. Sin embargo, Abishai no suele ir a Marblehead. No lo quieren allí. Va de un lado
para otro, entrampado hasta los ojos y echando maldiciones, como las que acabas de
oír. Hace años que es un verdadero Jonás. Los tripulantes de los veleros de Feecamp
le regalan licores por vender información y todo tipo de trapicheos. Supongo que está
completamente loco.
—No vale la pena sacar la red esta noche —dijo Tom Platt, con tranquila
desesperación—. Ha pasado de largo nada más que para echarnos mal de ojo. Daría
todo mi jornal y la parte que me toca por verle en la pasarela del viejo Ohio, antes de
que le diéramos algunos zurriagazos con el gato de nueve colas. Alrededor de unas
seis docenas de latigazos, que Sam Mocatta le administraría en cruz.
Aquel individuo desmelenado desapareció en el horizonte, tambaleándose como
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un borracho, seguido por las miradas de todos los tripulantes del We’re Here. De
repente, el cocinero gritó con su voz de fonógrafo:
—¡Está condenado! ¡Está condenado! Se lo digo yo. ¡Mirad!
La goleta desapareció en una clara mancha de agua sobre la que incidían los rayos
del sol, a una distancia de tres o cuatro millas. La mancha se oscureció y desapareció,
haciéndose invisible la embarcación a medida que se esfumaban las últimas
claridades. Cayó en un valle formado por las crestas de dos olas y… ya no se la vio
más.
—¡Tragados por el remolino, por el Gran Hook-Block! —gritó Disko corriendo
hacia popa—. Borrachos o no, tenemos que ayudarlos. ¡A levar el ancla! ¡Rápido!
Los pescadores atropellaron a Harvey al disponerse a izar el foque y el trinquete,
pues prescindieron del cable y levantaron de un tirón el ancla, mientras empezaban a
moverse. Esto equivale a emplear la fuerza bruta, procedimiento al que se recurre
exclusivamente en caso de vida o muerte; el We’re Here se quejó como si fuera un ser
humano. Se apresuraron a llegar al lugar donde Abishai había desaparecido, pero lo
único que flotaba todavía eran dos o tres boyas de red, una botella de ginebra y un
bote: nada más.
—Dejad esas cosas —dijo Disko, aunque nadie había pensado en recogerlas—.
No quiero tener nada a bordo que haya pertenecido al viejo Abishai. Supongo que la
goleta se hundió de repente. Debió arrojar su estopa hace una semana, y nunca se les
ocurrió achicar. Es un velero más que se ha hundido por zarpar con toda la tripulación
borracha. —¡Que Dios los tenga en su gloria!— exclamó Long Jack. —Hubiéramos
tenido que ayudarlos, aunque hubiera estado la mar gruesa.
—También yo pensé eso —dijo Tom Platt.
—¡Condenado! ¡Estaba condenado! —exclamó el cocinero—. Se ha llevado su
propia suerte consigo.
—Será una nueva novedad para contar a la flota, cuando la avistemos. ¿Eh? —
exclamó Manuel—. Si el viento lo empuja así y el barco se abre por las
ensambladuras…
Extendió las manos, haciendo un gesto, imposible de describir, mientras Penn,
sentado, lloraba de horror y piedad. Harvey no se había dado cuenta de que había
visto la muerte en alta mar, pero se sentía muy abatido.
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Dan subió otra vez a las crucetas; Disko maniobró hasta ponerse a la vista de su
propia red antes de que la niebla cubriera otra vez el mar.
—Cuando nos toca la hora, desaparecemos de este mundo rápidamente —fue
todo lo que dijo a Harvey—. Piensa en eso durante un rato, jovencito. Ésas son las
consecuencias del alcohol.
Después de comer, el tiempo se calmó lo suficiente como para poder pescar desde
cubierta. Esta vez Penn y el tío Salters pusieron todo su entusiasmo. La pesca fue
abundante y los peces grandes.
—Seguro que Abishai se ha llevado su suerte consigo —dijo Salters—. Ni
siquiera el viento ha cambiado de dirección. ¿Qué hacemos con la red? De todos
modos, me río de las supersticiones.
Tom Platt insistió en que era mucho mejor izarla y buscar un nuevo lugar donde
anclar. Pero el cocinero dijo:
—La suerte tiene dos caras. Os daréis cuenta cuando lo veáis. Yo lo sé.
Estas palabras hicieron tanta gracia a Long Jack, que convenció sobremanera a
Tom Platt, y los dos salieron juntos en el bote.
Recoger una red significa tirar de uno de los lados hacia el bote, sacar el pescado,
poner nuevo cebo en los anzuelos y volverla al mar. Es algo así como atar y desatar
ropa de un tendedero. Es una tarea larga y peligrosa, pues la pesada red, que se
mantiene difícilmente a flote, puede arrastrar consigo al bote en un instante. Pero
cuando a bordo del We’re Here oyeron a los dos bramar a través de la niebla:
«¡Oh!, capitán, ahora a vos», renacieron sus esperanzas. El bote se acercó con una
gran carga. Tom Platt pedía a gritos a Manuel que los ayudara.
—La suerte tiene dos caras —repitió Long Jack metiendo en la embarcación el
pescado con la horquilla, mientras Harvey admiraba boquiabierto la habilidad con
que el bote se había salvado de la destrucción—. La mitad no servía para nada. Tom
Platt quería subir la red y terminar de una vez, pero yo le dije: «Insisto en que el
doctor tiene una segunda visión». Entonces subimos la otra mitad de la red y estaba
llena de peces gordos. Apresúrate, Manuel, y trae un cubo de cebo. La buena suerte
anda suelta esta noche.
Los peces mordieron los anzuelos, cebados de nuevo, de los que se acababan de
sacar a sus hermanos de raza. Tom Platt y Long Jack recorrieron metódicamente la
red, mientras la proa del bote se hundía debajo de la red húmeda, quitando los
pepinos de mar que ellos llaman calabazas golpeando los bacalaos pescados contra la
borda, poniendo nuevo cebo y cargando el bote de Manuel, así hasta que oscureció.
—No quiero correr ningún riesgo —dijo Disko—. Por lo menos mientras nos
encontremos cerca del lugar donde se hundió el tío Abishai. A subir los botes.
Salaremos después de comer.
Mientras salaban, tres o cuatro ballenas de las llamadas orcas, que arrojaban
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chorros de vapor, se dejaron ver cerca de la embarcación. Trabajaron hasta las nueve
de la noche. Dos o tres veces Disko se rió al observar cómo Harvey recogía el
pescado ya cortado.
—Estás aprendiendo rápidamente —dijo Dan, mientras afilaban los cuchillos,
después que los pescadores se hubieran retirado—. La mar está bastante agitada y
todavía no te he oído quejarte.
—He estado demasiado ocupado —replicó Harvey, probando el filo de un
cuchillo—. Pero ahora que lo dices, este barco es un primera clase.
La pequeña goleta saltaba alrededor de su ancla, entre las olas de plata. Se echaba
hacia atrás con un ademán de fingida sorpresa al ver el cable tirante. Daba un zarpazo
a la cadena, como si fuera un gatito, mientras entraba agua por los escobenes,
haciendo el mismo ruido que una batería de cañones. Sacudía la cabeza, como si
quisiera decir:
«Lo siento mucho, pero no puedo quedarme más tiempo con vosotros. Me voy
hacia el Norte», y se deslizaba hacia delante, deteniéndose repentinamente, con un
tintineo dramático de todo el aparejo. «Como estaba a punto de decir…» continuaba,
con la gravedad de un borracho que entabla un coloquio con el poste de la luz. El
resto de la frase (naturalmente, el velero no hablaba, se limitaba a hacer los gestos) se
perdía en el ruido del oleaje, cuando se portaba como un cachorrillo que muerde una
cuerda, o como una mujer gorda a caballo, o como una gallina a la que se le acaba de
cortar la cabeza, o como una vaca a la que se sujeta por un cuerno, según la iba
tomando el humor cambiante del mar.
—Está rezando sus oraciones. Se parece a Patrick Henry [26] —dijo Dan.
La goleta se echó sobre un costado, discutiendo acaloradamente con el botalón de
bauprés, desde proa a popa.
«En cuanto a mí, quiero libertad o muerte». ¡Bum! La embarcación se echó sobre
la imagen luminosa de la luna, haciendo un orgulloso ademán de cortesía, que
hubiera impresionado a cualquiera a no ser por la corrección del movimiento del
timón.
Harvey se rió ruidosamente:
—¡Parece que estuviera viva!
—Es tan estable como una casa y tan seca como un arenque —dijo Dan con
entusiasmo, mientras los movimientos del barco le arrojaban a babor, envuelto en una
nube de agua—. Se defiende y no quiere que se le acerquen. ¡Fíjate! Tendrías que ver
uno de esos mondadientes nuevos, levando el ancla de una profundidad de quince
brazas.
—¿Qué es un mondadientes, Dan?
—Son los que se dedican a la pesca del arenque y la merluza. Tienen la proa y la
popa de un yate y un castillo que no cabe en nuestras bodegas. He oído decir que el
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mismísimo Burgess hizo las maquetas de tres o cuatro de ellos. A padre no le gustan,
pues son muy inestables, y además cuestan mucho dinero. Padre sabe encontrar el
pescado, pero no es un hombre moderno: no va con los tiempos. Esos nuevos barcos
están llenos de máquinas que ahorran trabajo. ¿Has visto alguna vez el Elector de
Gloucester? Es una preciosidad, aunque sea un mondadientes.
—¿Cuánto cuestan, Dan?
—Montañas de dinero. Tal vez quince mil dólares, quizá más. Tienen un baño de
oro y tienen todo lo que te puedas imaginar —Dan prosiguió luego como si hablara
consigo mismo—: «Me parece que yo también le llamaría Hattie S.».
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Capítulo V
Aquélla fue la primera de una numerosa serie de conversaciones con Dan, en el curso
de las cuales éste explicó por qué pensaba transferir el nombre de su bote al pesquero
construido por Burgess. Harvey oyó hablar mucho acerca de la verdadera Hattie, que
vivía en Gloucester. Vio un bucle de sus cabellos, que Dan, tras comprobar que los
ruegos y las buenas palabras no servían de nada, le había «pescado», cuando ella se
sentó delante de él aquel invierno en la escuela, y una fotografía. Hattie tenía catorce
años y un desprecio olímpico por los muchachos; durante todo el invierno se había
dedicado a pisotear el corazón de Dan. Todo esto se lo contó a Harvey, bajo solemne
juramento de guardar el secreto, cuando la luna iluminaba la cubierta, cuando reinaba
la más completa oscuridad, o durante una niebla cerrada; la rueda del timón detrás de
ellos gemía sobre el barco que se elevaba y descendía otra vez, mientras el mar
incansable bramaba su eterna canción. En una ocasión, cuando ambos muchachos
llegaron a conocerse mejor, se pelearon, recorriendo toda la cubierta desde proa a
popa, hasta que apareció Penn y los separó, no sin prometer que no diría una palabra
a Disko, para el que pelearse durante la guardia era peor que dormirse. Físicamente,
Harvey no podía ofrecer ninguna resistencia a Dan. Pero dice mucho en favor de la
nueva educación que Harvey recibía el que aceptara la derrota y que no intentara
ganar la pelea mediante métodos poco honestos.
Eso ocurrió después de que Dan le curara unos granos que se le habían formado
entre los codos y las muñecas, donde el jersey húmedo y el impermeable cortaban la
carne. El agua salada le escocía terriblemente, pero en cuanto estuvieron secos, Dan
los trató con la navaja de Disko y le aseguró que ahora era un verdadero pescador de
los bancos, pues esas heridas eran la marca distintiva de la casta a la que ahora
pertenecía.
Puesto que era todavía un muchacho y estaba profundamente ocupado, no se
devanaba los sesos pensando mucho. Estaba sumamente apenado por su madre, a
menudo deseaba verla y sobre todo contarle su nueva vida y la manera brillante como
progresaba en ella. Pero, por otra parte, prefería no pensar mucho sobre cómo su
madre habría superado el choque emocional de su supuesta muerte. Mas un día,
cuando estaba burlándose del cocinero, que acusaba a él y a Dan de robarle pastelillos
fríos, se le ocurrió que eso era un progreso enorme, comparado con el desprecio de
los extraños en el salón de fumadores de un barco de pasajeros. Era parte integrante
del We’re Here, tenía un lugar reconocido por todos en la mesa y una litera para él;
podía intervenir en las largas conversaciones de los días tormentosos, cuando los
otros estaban dispuestos a escuchar lo que ellos consideraban «cuentos de hadas» de
su vida en tierra. Le bastaron dos días para comprender que si relataba su vida, que
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parecía ahora tan lejana, nadie, excepto Dan, le creería, aunque la credulidad de éste
fue sometida varias veces a una dura prueba. Así que se inventó a un amigo, un
muchacho de cuya vida había oído hablar, que en la ciudad de Toledo, en el estado de
Ohio, tenía un coche tirado por cuatro ponies, y le encargaba al sastre cinco trajes al
mismo tiempo; que llevaba cosas llamadas «alemanas» a las fiestas, en las que las
niñas de más edad no pasaban de los quince años, pero todos los regalos eran de plata
maciza. Salters protestaba, afirmando que esa clase de cuentos era pecaminosa, y
quizá hasta blasfema, aunque escuchaba tan atentamente como los otros; sus críticas
indujeron a Harvey a relatar nuevas hazañas acerca de sus primos y primas, los trajes,
los cigarrillos con boquilla de oro, los anillos, los relojes, los perfumes, las cenas
íntimas, el champaña, los juegos de cartas y los hoteles. Poco a poco cambió de tono,
al hablar de su «amigo» a quien Long Jack llamaba «el niño loco» o «el bebé de oro»,
«la rémora Vanderpopa» y otros muchos apodos cariñosos. Harvey, sin quitarse las
botas de agua y apoyando los pies en la mesa, inventaba historias acerca de pijamas
de seda y de corbatas importadas, para mayor descrédito de su «amigo». Harvey era
una persona con una enorme capacidad para adaptarse, rápidos la vista y el oído para
observar todas las caras y los tonos a su alrededor. No pasó mucho tiempo sin que
supiera dónde guardaba Disko el cuadrante que le servía para tomar la altura: debajo
de su litera. Cuando estimaba la altura y encontraba la latitud con la ayuda de El
almanaque del viejo labrador, Harvey echaba a correr a la cabina y marcaba con un
clavo sobre la herrumbre de la estufa la fecha y la situación. El primer maquinista de
un barco de pasajeros no podía haberlo hecho mejor y ni siquiera un ingeniero, con
treinta años de servicio a bordo, hubiera adoptado el aire de viejo lobo de mar, con el
cual Harvey escupía primero sobre la borda, anunciaba después la posición del barco
y entonces, pero no antes, tomaba el cuadrante de las manos de Disko para guardarlo
otra vez. Hay una etiqueta para todas estas cosas.
El llamado «yugo de puerco», una carta de Eldridge, El almanaque del viejo
labrador, El piloto costero, de Blunt, y El navegante, de Bowditch, eran todas las
armas que necesitaba Disko para guiarse, excepto el escandallo, que era su ojo
derecho. Una vez Harvey casi mató a Penn, mientras Tom Platt le enseñaba por
primera vez cómo «volar la paloma azul». Aunque sus fuerzas no alcanzaban para
sondear continuamente en cualquier tipo de aguas, Disko frecuentemente le hacía
lanzar un escandallo con un plomo de siete libras. Como decía Dan:
—Padre no necesita saber la profundidad. Quiere conocer la composición del
fondo. Engrásalo bien, Harvey.
Así lo hacía Harvey y llevaba después cuidadosamente el resultado del sondeo,
fuera arena, conchillas o cualquier otra cosa, a Disko, que lo tocaba con los dedos, lo
olía y pronunciaba sus juicios. Como ya sabemos, cuando Disko pensaba en el
bacalao, pensaba como un bacalao; mediante una mezcla de instinto y experiencia,
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que siempre resultaba, llevaba el We’re Here de un punto a otro, encontrando siempre
pesca abundante, como un jugador de ajedrez con los ojos vendados mueve las piezas
de un tablero que no ve.
Pero el tablero de Disko era el gran banco, un triángulo de doscientas cincuenta
millas de lado, un desierto de olas, embozado en un húmedo manto de niebla,
alborotado por las tempestades, acosado por los hielos flotantes, surcado por las proas
de los veloces navíos de pasajeros, y adornado con las manchas blancas del velamen
de los barcos de pesca.
Durante varios días trabajaron en medio de la niebla. En todo ese tiempo, el
puesto de Harvey estaba en la campana, hasta que familiarizado con el aire espeso
salió con Tom Platt, con el corazón en un puño. Pero como la niebla no cedía y
ningún hombre puede permanecer aterrorizado durante seis horas seguidas, Harvey se
dedicó a su aparejo de pesca y al palo de atontar los peces, cada vez que se lo pedía
Platt. Remaron de vuelta, guiados por el instinto del viejo marinero y la campana de a
bordo, mientras oían el cuerno de Manuel que sonaba débilmente al lado de ellos.
Harvey soñó aquella noche con las aguas movibles que desprendían vapores
alrededor del bote, con los hilos de pescar que se perdían en la nada y con el aire que
se confundía con el mar a diez pies de distancia por debajo de sus cansados ojos.
Pocos días más tarde salió con Manuel, en un punto en el que ellos creían que había
una profundidad de cuarenta brazas, pero agotaron su provisión de cuerda sin que el
ancla encontrara fondo. Harvey se asustó terriblemente, puesto que había perdido el
último contacto con la tierra.
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—¡El Abismo de la Ballena! —dijo Manuel, mientras recogía el ancla—. Menuda
broma de Disko. ¡Vamos!
Y remó hasta la goleta, donde Tom Platt y los demás pescadores se burlaban de su
capitán, pues, aunque era la única vez, los había conducido a la región estéril de gran
profundidad que se llama «el Abismo de la Ballena». A través de la niebla buscaron
otro punto donde anclar. Esta vez Harvey también tuvo que salir con Manuel. Sus
cabellos se erizaron cuando observó algo blanco que se distinguía entre la niebla y
que se movía respirando como podría hacerlo un muerto que saliera de su tumba, a lo
que siguió un bramido, el ruido de algo que se sumerge y un chorro de agua que saltó
por los aires. Era la primera vez que veía el temido verano de icebergs: Harvey se
arrinconó en el fondo del bote, mientras Manuel se reía. También había días claros y
serenos, de tan agradable temperatura que parecía un pecado hacer otra cosa que
holgazanear con los hilos de pescar y dar de palos con un remo al desfile de peces.
Había días de vientecillo suave, en los que enseñaron a Harvey a manejar el timón de
la goleta de un punto de anclaje a otro.
Se entusiasmó cuando sintió por primera vez que la quilla respondía a su mano,
que se apoyaba en las cabillas, y que el velero se deslizaba entre los valles formados
por las olas, mientras el trinquete se recortaba como si fuera una guadaña sobre el
azul del cielo. Era magnífico, a pesar de que Disko afirmó que una serpiente se
rompería el lomo si tuviera que seguir su estela. Pero, como ocurre generalmente, el
orgullo le cegó. Tenían el viento a su favor y utilizaban la vela de estay,
afortunadamente, una que era muy vieja. Harvey, queriendo mostrar a Dan hasta qué
punto dominaba aquel arte, la afirmó demasiado rígidamente. El trinquete saltó
ruidosamente y la botavara atravesó la vela de estay, que, naturalmente, no podía
responder al golpe por la presencia del otro del palo mayor. En medio de un silencio
terrible bajaron el raque. Harvey debió dedicar muchas de sus horas libres al
aprendizaje de la aguja y el rempujo [27], bajo la dirección de Tom Platt, quien le
enseñó a reparar velas. Dan gritó de entusiasmo, pues, según dijo, él había cometido
el mismísimo error en los primeros días de su aprendizaje.
Como todos los muchachos, Harvey imitaba, uno a uno, a todos los pescadores,
hasta que aprendió la actitud especial de Disko en el timón, el ritmo de Long Jack,
cuando tiraba las redes, la manera efectiva de Manuel de remar y el paso de Tom Platt
sobre cubierta, al estilo del viejo Ohio.
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—Me gusta ver cómo se vale por sí mismo —dijo Long Jack al ver a Harvey
observar el mar, una mañana de espesa niebla—. Apostaría mi jornal y mi parte a que
es algo más que desempeñar su papel. Se cree ya un marinero hecho y derecho.
Vigílenlo ahora que está de espaldas.
—Así empezamos todos —dijo Tom Platt—. Los chicos creen siempre, hasta que
se engañan a sí mismos, que ya son hombres, hasta que mueren, desempeñando su
papel en la farsa. Yo también lo hice en el viejo Ohio. Cuando me tocó mi primera
guardia estábamos en puerto, me creía mejor marinero que Farragut [28]. Dan tiene
exactamente las mismas cosas en la cabeza. Fijaos en los dos, moviéndose como si
fueran verdaderos lobos de mar: cada pelo parece una verga, llena de alquitrán de
Estocolmo —gritó después, escaleras abajo—: creo que esta vez, aunque no sea más
que ésta, te has equivocado en tus juicios, Disko. Por todos los diablos, ¿qué te indujo
a pensar que ese chico estaba loco?
—Claro que lo estaba —replicó Disko—. Tan loco como si hubiera estado
encerrado en un manicomio. Pero me atrevo a asegurar que se ha despejado bastante.
Yo le curé.
—Por lo menos miente bien —dijo Tom Platt—. La otra noche nos contó algo
acerca de un muchacho de su misma edad, que tenía y dirigía un coche movido por
cuatro ponies, en Toledo, en Ohio, y que daba cenas a otros mozalbetes de su misma
edad. De todas maneras, era un cuento muy interesante. Conoce centenares de ellos.
—Creo que los saca de la cabeza —gritó Disko desde abajo, donde estaba
ocupado con el libro de bitácora—. Está claró que todo eso son inventos suyos. No
engaña a nadie sino a Dan, y aun éste se ríe de ello. Le he oído a mis espaldas.
—¿Habéis oído alguna vez lo que dijo Simon Peter Calhoun cuando se inventaron
el matrimonio de su hermana Hitty con Loring Jerauld y sus amigos se burlaban de
él? —dijo el tío Salters, con voz lenta desde el lado de estribor donde se encontraban
los botes.
Tom Platt fumaba su pipa guardando un silencio de desprecio; era del cabo Cod y
conocía el cuento desde hacía más de veinte años. El tío Salters prosiguió riéndose:
—Simon Peter Calhoun dijo acerca de Loring Jerauld, y tenía toda la razón del
mundo, que «a mitá de la ciudá ehtá loca y la otra tambié; y a gente me decía que ella
se había casao con un hombe rico». Simon Peter Calhoun no tenía pelos en la lengua
y hablaba siempre de esa manera.
—Por lo menos no hablaba en el alemán de Pennsylvania —replicó Tom Platt—.
Sería mejor que dejaras que alguna persona del cabo Cod contara ese cuento. Esa
familia, los Calhoun, eran todos gitanos.
—Bueno, no pretendo ser un orador —dijo Salters—. Pero voy a la moraleja del
cuento. Eso es lo que pasa con nuestro Harvey. La mitad de la tripulación está
completamente loca y la otra mitad también, y todos creen que es rico. ¡Ahí lo tienes!
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—¿Habéis pensado lo bonito que sería tener una tripulación compuesta sólo de
gente como el tío Salters? —preguntó Long Jack—. La mitad de la tripulación sería
una porquería y la otra mitad un montón de estiércol, como no dijo Calhoun, ¡él
pretende ser pescador!
La tripulación se rió discretamente del tío Salters, pues era persona de respeto.
Disko se calló, pues estaba muy ocupado con el cuaderno de bitácora, que
sujetaba con su enorme mano cuadrada con forma de hacha. Las páginas manchadas
estaban llenas de anotaciones como las siguientes:
«17 de julio. Niebla espesa y poco pescado. Nos dirigimos al Noroeste para
anclar. Así termina el día.
»19 de julio. Brisa del N. E.; buen tiempo. Anclamos hacia el Este. Mucho
pescado.
»20 de julio. Domingo. Niebla y vientos ligeros. Así termina este día. Total
pescado esta semana: 3.478».
Nunca trabajaban los domingos, sino que se afeitaban y bañaban si el tiempo era
bueno. Pennsylvania cantaba himnos. Una o dos veces sugirió que si no era una
impertinencia creía que podría predicar un poco. El tío Salters casi se atraganta al oír
hablar de ello. Le recordó que no era predicador y que, por consiguiente, no debía
pensar en esas cosas.
—Si le dejamos, la próxima vez recordará a Johnstown. ¿Qué pasará entonces?
—dijo a manera de explicación.
Llegaron a un compromiso en virtud del cual Penn leería en voz alta de un libro
cuyo título era Josefo. Era un viejo volumen, sólidamente encuadernado en cuero,
que olía a cien travesías, muy grueso y que parecía una Biblia, pero enriquecido con
relatos de batallas y de sitios. Lo leyeron casi desde el principio hasta el fin. Por lo
demás, Penn hablaba muy poco. Podía pasarse tres días sin pronunciar una palabra,
aunque jugaba a las damas, escuchaba las canciones y se reía de los cuentos. Cuando
intentaban hacerle hablar, respondía:
—No quisiera parecer grosero, pero es que no tengo nada que decir. Siento que
mi cabeza está totalmente vacía. Casi he olvidado mi nombre —añadía dirigiéndose
al tío Salters con una débil sonrisa de expectación.
—¡Pues, Pennsylvania Pratt! —exclamó Salters—. La próxima vez serás capaz
de olvidarte de mí.
—No, eso nunca —afirmaba Penn, apretando fuertemente los labios—. Claro, me
llamo Pennsylvania Pratt —decía, repitiendo varias veces el nombre.
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Otras veces era el tío Salters el que se olvidaba y le decía que su nombre era
Haskins, Rich o M’Vitty, y Penn se quedaba tan contento… hasta la siguiente vez.
Era siempre muy bueno con Harvey, por el que sentía mucha lástima, tanto por
haberse perdido como por estar loco. Cuando Salters comprendió que Penn quería al
chico, respiró contento. Salters no era muy amable con los dos muchachos (creía que
era su deber mantenerlos a raya). La primera vez que Harvey, lleno de miedo, tuvo
que subir en un día de calma por el palo mayor (Dan estaba detrás de él para ayudarle
en caso necesario), consideró su deber colgar allí arriba las botas de agua de Salters,
un signo de vergüenza y burla para el velero más próximo que lo distinguiera. Con
Disko, Harvey no se tomaba ninguna libertad. El capitán le trataba como al resto de la
tripulación, diciéndole: «¿No crees conveniente hacer esto o aquello?» o «Me parece
que sería mejor que…». Había algo en aquellos labios cuidadosamente afeitados y en
los arrugados contornos de los ojos que calmaba inmediatamente cualquier ímpetu
juvenil.
Disko le enseñó los misterios de aquella carta de navegación manoseada y
arrugada, que según él aventajaba a cualquier publicación oficial. Con el lápiz en la
mano, le condujo de anclaje en anclaje, a través de toda la serie de bancos: Le Have,
Western, Banquereau, St. Pierre, Green y Grand, hablando mientras tanto con «voz de
bacalao». También le enseñó el principio en que se basaba el «yugo del puerco».
En esto Harvey sobrepasaba a Dan, pues había heredado un cerebro para los
números; muy pronto le gustó la idea de obtener informaciones mediante una sola
mirada al hosco gran banco. Para los otros aspectos de la vida marinera, su edad era
un impedimento serio. Como decía Disko, debía haber empezado cuando tenía diez
años. Dan podía poner el cebo en la red o encontrar cualquier verga en la oscuridad.
Con las manos impedidas, el tío Salters podía salar a ciegas. Podía manejar el timón
en cualquier clase de tiempo, desde casi una tormenta deshecha hasta en una brisa
que le acariciara la cara, llevando con mano suave el We’re Here al punto que se
proponía. Hacía todas estas cosas tan automáticamente como encontrar su camino
entre el aparejo o someter a su voluntad el bote. Pero no podía comunicarle todo este
conocimiento a Harvey.
Sin embargo, todavía quedaban muchas cosas de información general, que se oían
en la goleta en los días de tormenta, cuando se encerraban en el castillo o estaban
sentados en los armarios del camarote, mientras se percibía el ruido del aparejo y
cordaje en los momentos de silencio. Disko hablaba de los viajes de los balleneros en
los años cincuenta del siglo pasado, de la caza de las enormes ballenas mientras
nadaban con sus crías al lado, de aquella agonía mortal en los mares oscuros y
ondulantes y de sangre que saltaba diez metros en el aire, de botes reducidos a
astillas, de arpones con cohete que funcionaban mal y se volvían atacando a la propia
tripulación, de las operaciones de los balleneros y del conocimiento de la carne y
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grasa de la ballena, de aquella terrible helada del año 71, cuando mil doscientos
hombres debieron permanecer tres días a la deriva sobre los hielos flotantes, historias
maravillosas todas ellas…, y ciertas. Pero aún lo eran más sus historias sobre el
bacalao y de cómo discutían y razonaban sus asuntos privados allá abajo, muy por
debajo de la quilla.
Los gustos de Long Jack se inclinaban más por lo sobrenatural. Los tenía en
suspenso con historias de aparecidos que se burlan y aterrorizan a los solitarios
pescadores de almejas en la bahía de Monomoy, con aullidos de «¡Yujuuu!», de
espíritus vagabundos de las dunas que nunca han recibido sepultura adecuada, de los
tesoros escondidos en la isla Fire por los hombres del capitán Kidd [29], de barcos que
navegan en la niebla, de aquella bahía en el Maine donde ningún barco, excepto uno
extraño, echará el ancla dos veces en el mismo sitio, debido a que a medianoche una
tripulación de muertos se acerca con el ancla en la popa de su barco de anticuado
modelo, silbando, no llamando, el alma del que ha turbado su reposo.
Harvey creía que la costa este de su tierra natal, al sur de Mount Desert, estaba
poblada por gentes que sacaban a pasear sus caballos por allí e invitaba a sus
amistades a pasar allí el verano, en casas de campo con suelos de madera noble y sus
portières de Vantire [30]. Se reía de aquellos cuentos de aparecidos, aunque no tanto
como lo hubiera hecho un mes antes, pero terminaba por escucharlos sentado en un
rincón y temblando.
Tom Platt contaba su interminable viaje alrededor del cabo de Hornos, a bordo
del viejo Ohio, en los días en que todavía se utilizaba el látigo, con aquella marina
que había desaparecido tan enteramente como los animales antediluvianos, que quedó
liquidada durante la guerra civil. Les contó cómo se cargaba un cañón, cómo
producía el ruido y el humo de algo que arde cuando la bala choca contra la madera,
cómo los grumetes del Miss Jim Buck corrían trayendo baldes de agua para enfriarlos.
Contaba los episodios del bloqueo, las largas semanas anclados a la espera, durante
las cuales lo único que producía una variación era la entrada y salida de los barcos
que habían agotado su provisión de carbón (no tenían este problema los veleros); del
frío, que tenía a doscientos hombres ocupados noche y día sacando el hielo atascado
en los cables y el aparejo, mientras en el fogón reinaba una temperatura tan alta como
los cañonazos del fuerte, y la tripulación bebía cacao a cántaros. A Tom Platt no le
gustaban las embarcaciones de vapor. Su servicio terminó cuando la introducción del
vapor en los barcos era algo relativamente nuevo. Reconocía que era una invención
que demostraba una cierta inteligencia de parte de los constructores y que tenía sus
ventajas en tiempo de paz, pero esperaba ver el día en el que aparecían fragatas de
diez mil toneladas con botalones de seis metros de altura. Manuel hablaba lenta y
gentilmente acerca de las chicas bonitas de Madeira que lavan la ropa en los arroyos
de la isla, a la luz de la luna, bajo los plátanos. Contaba leyendas de santos y cuentos
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extraños de bailes o de luchas en los puertos de Terranova. Salters se refería
particularmente a la agricultura, pues aunque leía a Josefo y lo comentaba, su misión
en la vida era demostrar el valor de los abonos orgánicos, especialmente del trébol,
sobre cualquier preparado de fosfatos. En cuanto se trataba de este tema, llegaba el
insulto. Cogía de su litera libros de Orange Judd, todos grasientos, y declamaba
acerca de esta cuestión, señalando con el dedo a Harvey, para quien todo el asunto era
algo así como oír un discurso en griego. Penn se apenó tanto cuando Harvey se burló
de aquellas conferencias de Salters, que el chico decidió no hacerlo más y sufrir en
silencio. Aquello fue muy positivo para Harvey.
Naturalmente, el cocinero no se mezclaba en esas conversaciones. Generalmente
hablaba cuando era absolutamente necesario, aunque algunas veces parecía adquirir
de pronto el don de lenguas, y discurseaba, una hora por vez, mitad en galés, mitad en
inglés. Era especialmente comunicativo con los dos muchachos; nunca se desdijo de
su profecía, según la que algún día Harvey sería el patrón de Dan y él viviría para
verlo. Les contaba cómo se transportaba el correo en invierno más allá del cabo
Breton, del trineo arrastrado por perros que va hasta Coudray, del rompehielos Arctic,
que establecía la comunicación entre el continente y la isla del Príncipe Edward. Les
refería historias que su madre le había contado sobre la vida en el lejano Sur, donde
las aguas nunca se hielan. Les decía que cuando muriera, su alma iría a reposar a una
de aquellas blancas playas soleadas donde crecen las palmeras. Los muchachos
pensaban que era una idea muy extraña en un hombre que nunca había visto una
palmera. Durante cada comida le preguntaba a Harvey, y sólo a éste, si le gustaba lo
que cocinaba, lo que siempre hacía reír a carcajadas al segundo turno. Sin embargo,
todos respetaban mucho el juicio del cocinero, y en el fondo de su corazón
consideraban a Harvey como una mascota.
Mientras Harvey atesoraba conocimientos acerca de cosas enteramente nuevas
por todos los poros de su cuerpo y adquiría una salud de hierro con cada bocanada de
aire, el We’re Here seguía su camino y atendía a sus asuntos en el banco y los
montones de pescado gris plata ganaban altura en las bodegas. Ninguno de los días de
trabajo tenía nada de extraordinario, pero se acumulaban los unos sobre los otros.
Como es natural, sus vecinos vigilaban estrechamente a un hombre que tenía la
reputación de Disko. (Dan decía que le espiaban). Sin embargo, el capitán sabía cómo
darles esquinazo a través de la niebla espesa y escurridiza. Disko evitaba su compañía
por dos razones. En primer lugar, quería hacer sus propios experimentos. En segundo
lugar, le disgustaban aquellas reuniones sui generis, donde se encontraban barcos de
todas las naciones. La mayoría de ellos provenían de Gloucester, pero los había
también de Provincetown, Harwich, Chatham y otros de los puertos del estado de
Maine, pero las tripulaciones se componían de gentes de Dios sabe dónde. El riesgo
engendra la indiferencia, y si se agrega el deseo de ganancia, existen muchas
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oportunidades para cualquier accidente en la flota atiborrada de pesqueros, que como
un rebaño de ovejas se amontona alrededor de algún jefe imposible de reconocer.
—Dejad que los dos Jerauld los dirijan —dijo Disko—. Tendremos que anclar
durante un tiempo en los bancos del Este, aunque si la suerte nos ayuda no será por
mucho tiempo. Oye, Harvey, el fondo sobre el que nos encontramos ahora no es, de
ninguna manera, bueno para la pesca. —¿No?— preguntó Harvey, que estaba
sacando agua (acababa de aprender a mover rápidamente el cubo) después de haber
dedicado mucho tiempo a la salazón—. Si es así, no me importaría estar sobre un
fondo malo, aunque no sea más que para cambiar.
—El fondo que yo quiero ver es Eastern Point —dijo Dan—. Oye, padre, me
parece que no tendremos que quedarnos más de dos semanas en los bancos. Allí
encontrarás toda la compañía que desees, Harvey. Entonces sí que trabajaremos de
veras. Nadie come a su hora. Lo harás cuando tengas hambre y te dormirás cuando no
puedas tenerte despierto. Ha sido una suerte que te hayamos pescado hace un mes, si
no no tendríamos tiempo para enseñarte todo lo que debes saber para lo que nos
espera en la Virgen Vieja.
De la carta de Eldridge, Harvey comprendió que la Virgen Vieja era una serie de
bancos de arena, a los que los pescadores habían dado nombres muy curiosos, y el
punto crucial de la travesía y que allí, con suerte, mojarían el resto de la sal que les
quedaba. Harvey se extrañó de que Disko pudiese encontrar aquel lugar con la ayuda
del «yugo de puerco» y del escandallo, pues era sólo un punto sobre la carta. Más
tarde comprendió que Disko podía hacer eso y muchas otras cosas más y que hasta
podía ayudar a otros pescadores. En la cabina colgaba un gran pizarrón de 1,20 ×
1,50 metros, cuyo uso Harvey no comprendió hasta que, después de algunos días
neblinosos, oyeron el sonido de una sirena manual, movida a pedal, cuyas notas eran
tan melodiosas como la tos de un elefante que padeciera de tisis.
Habían fondeado por un momento y se movían, arrastrando el ancla, para no
perder el tiempo, cuando oyeron aquella sirena.
—Parece un velero con aparejo de cruzamen, vociferando su latitud —dijo Long
Jack.
Entre los jirones de niebla aparecieron las velas delanteras, rojas y chorreando
agua, cuando el We’re Here hizo sonar tres veces su campana, utilizando el código de
señales marítimas.
La otra embarcación, que era mayor, recogió sus gavias, entre gritos y
exclamaciones.
—Franceses —dijo el tío Salters con rabia—. Un buque de Miquelon, de Saint
Malo —añadió el granjero, que tenía muy buen ojo en el mar—. Me quedé sin tabaco
también, Disko.
—Lo mismo que aquí —dijo Platt—. ¡Eh! Retrocedezvous! Retrocedez-vous!
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Mantenez-vous alejadez! Tú, mucho bono, cabeza de estopa. ¿De dónde venís? ¿Saint
Malo? ¿Eh?
—¡Ah, ah! Mucho bono! Oui, oui! Clos Poulet. Saint Malo. Saint Pierre et
Miquelon —gritaron los pescadores del otro velero, agitando sus gorras de lana y
riéndose. Y después todos a una—: Pizagga, pizagga.
—Trae la pizarra, Danny. Lo que me extraña es cómo estos franceses llegan a
pescar algo, si no fuera por la ayuda americana.
Dan escribió con tiza las cifras en el pizarrón, después de lo cual lo colgaron del
palo mayor, a lo que siguió un coro de mercis de la otra embarcación.
—Parece muy poco amistoso dejarlos ir así sin pagar su deuda —observó Salters,
tanteando el dinero que tenía en el bolsillo.
—¿Has aprendido francés desde tu último viaje? —preguntó Disko—. No
necesito más lastre del que ya tengo a bordo y no quiero tampoco que llames a esos
«cerdos marineros» de Miquelon, como ya lo hiciste en Le Havre.
—Harmon Rush me dijo que era la manera de calentarlos un poco. El inglés
simple de Estados Unidos me basta. Estamos muy escasos de tabaco. Oye, jovencito,
¿hablas francés?
—¡Claro! —dijo Harvey audazmente y aulló—: ¡Eh, oigan!, arrêtez-vous.
Attendez. Nous sommes venant pour tabac!
—¡Ah!, tabac, tabac —gritaron los franceses, y se rieron otra vez.
—Eso los ha entusiasmado. Vamos a bajar un bote —dijo Tom Platt—. No tengo
ningún certificado de mis estudios de francés, pero conozco otra jerga que creo
servirá. Vamos, Harvey, tú serás intérprete.
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La confusión que se produjo a bordo del barco francés cuando los dos tripulantes
del We’re Here llegaron allí fue indescriptible. La cabina estaba completamente
cubierta de estampas de colores brillantes de la Virgen, de la Virgen de Terranova,
como la llaman ellos. Harvey comprobó que sus conocimientos de francés no servían
en el barco, por lo que su conversación se limitaba a inclinaciones de cabeza y gestos.
Tom Platt movía los brazos y se entendía perfectamente. El capitán le dio de beber
una ginebra que sería imposible clasificar entre las bebidas conocidas, después
aquella tripulación de ópera cómica, con sus bonetes rojos y sus cuchillos en el cinto,
le saludó como si fuera un hermano. Entonces empezaron a negociar. Tenían mucho
tabaco americano, que nunca pagaba derechos en Francia. Necesitaban chocolate y
bizcochos. Harvey volvió al We’re Here para arreglar el asunto con el cocinero y con
Disko, que era el dueño de las provisiones; a su vuelta, al lado del timón de la
embarcación francesa, se contaron las latas de cacao y los sacos de bizcochos. Parecía
un grupo de piratas dividiéndose el botín. Tom Platt volvió cargado de tabaco en
cuerda y de rollos de tabaco para mascar y fumar. Entonces aquellos joviales
marineros se perdieron en la niebla. Lo último que Harvey oyó de ellos fue un alegre
coro.
—¿Cómo puede ser que esos marineros no me hayan entendido cuando yo hablé
francés y usted pudo hacerse comprender con gestos? —preguntó Harvey, después de
distribuir la compra entre los tripulantes del We’re Here.
—Lenguaje por señas —dijo Tom Platt con una risotada—. Bueno, era más o
menos algo así pero mucho más antiguo que el francés que tú conoces, Harvey. Esas
embarcaciones francesas están llenas de francmasones. Ésa es la razón.
—Entonces, ¿es usted francmasón?
—Así parece, ¿no crees? —dijo el marinero de barco de guerra llenando su pipa,
y Harvey tuvo otro de los misterios de alta mar para meditar.
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Capítulo VI
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—¡Vaya un cargamento de locos! —exclamó el capitán de la otra embarcación
dirigiéndose a la sala de máquinas y arrojando un paquete de periódicos en dirección
al We’re Here—. De todos los malditos locos que me ha tocado conocer, Salters, tú y
la tripulación de ese vapor sois lo peor que he visto —dijo Disko, mientras se alejaba
del lugar el We’re Here—. Les estaba dando mi opinión acerca de esos marineros que
andan por estas aguas como chiquillo que ha perdido la niñera, y ahí tienes que
meterte tú con tus cosas de labranza. ¿No puedes separar ambas cosas?
Harvey, Dan y los otros se mantuvieron alejados de la discusión, haciéndose
mutuamente señas y divirtiéndose en grande. Disko y Salters discutieron seriamente
hasta la noche. Salters argüía que un barco dedicado al transporte de ganado era
prácticamente un corral flotante. Disko insistía en que aunque fuera así, la decencia y
el orgullo de un pescador exigían que se mantuvieran «ambas cosas separadas». Long
Jack permaneció en silencio por algún tiempo (un capitán enojado equivale a una
tripulación desgraciada), pero no pudo ya aguantar durante la comida.
—¿Para qué preocuparse por lo que dirán? —dijo.
—Contarán ese cuento durante años y años. Basta con eso —exclamó Disko—.
¡Tortas de lino rociadas con agua! —Con una pizca de sal, por supuesto— dijo
Salters impenitente, levantando la vista de la sección de agricultura de un periódico
viejo de Nueva York.
—Hiere directamente todos mis sentimientos —prosiguió el capitán.
—No veo por qué —dijo Long Jack, que se había propuesto hacer las paces—.
Escucha, Disko, ¿hay alguna otra embarcación que en esta época, con este tiempo,
habiendo encontrado un transporte, además de darle la posición, fíjate que digo
además, hubiera dejado de echar una parrafada con ellos sobre el manejo del ganado,
con un mar como el que tenemos? ¡Olvídalo! Naturalmente que ellos no lo harían.
Fue la conversación más breve que haya oído alguna vez. Nos hemos apuntado un
tanto por partida doble.
Dan le dio un puntapié a Harvey por debajo de la mesa y éste ocultó la cara en la
taza.
—Bueno —prosiguió Salters, que sentía que su honor estaba a salvo, por lo
menos, en cierta medida—. Ya dije que no sabía si era asunto mío antes de empezar a
hablar. —Eso es— asintió Tom Platt, hombre experimentado en cuestiones de
disciplina y etiqueta—. Ahí debiste hacerle callar, Disko, si creíste que esa
conversación podía conducir, a su juicio, a alguna situación inconveniente.
—Claro, ahora lo comprendo, pero no lo hice —dijo Disko, que veía ante sí una
retirada honrosa para su dignidad.
—Naturalmente que es así —dijo Salters—; para algo eres tú capitán. Me hubiera
callado ante una simple indicación tuya, no por estar convencido ni por otra cosa,
sino para dar un ejemplo a estos dos malditos muchachos tuyos. —¿No te decía yo,
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Harvey, que antes de que terminara este lío nos iban a meter a nosotros? ¡Siempre
estos malditos muchachos! Pues yo, a pesar de todo, no me hubiera perdido ese
espectáculo de circo por la mitad de las ganancias— murmuró Dan.
—Sin embargo, se deben mantener siempre las cosas separadas —dijo Disko,
mientras Salters encendía su pipa, en la que había metido tabaco finamente cortado,
poniendo una expresión como si quisiera seguir discutiendo.
—Es una virtud y una ventaja saber mantener las cosas en su lugar —afirmó
Long Jack, que todavía intentaba calmar la tormenta—. Eso es lo que encontró
Steyning, de la firma Steyning & Hare, cuando confió el mando del Marilla D. Kuhn
a Counahan en lugar del capitán Newton, que padecía de reumatismo inflamatorio,
por lo que no podía embarcarse. Le llamábamos Counahan el Navegante.
—Nick Counahan nunca se embarcó, ni siquiera por una noche, sin llevar un
barril de ron —dijo Platt, tratando de ayudar a Long Jack en su tentativa de desviar la
conversación—. Tenía la costumbre de perder el tiempo rondando por las oficinas de
los armadores de Boston, pidiendo que le nombraran capitán de un remolcador por su
linda cara. Sam Coy, el de Atlantic Avenue, convencido por sus historias, le dio de
comer durante más de un año. ¡Counahan el Navegante! Creo que hace unos quince
años que murió, ¿no?
—Me parece que son diecisiete. Murió cuando se construía el Caspar McVeagh.
Nunca pudo mantener las cosas separadas. Steyning le confió el mando por la misma
razón por la cual el ladrón se llevó la estufa encendida: no había otra cosa a mano.
Todos estaban en el banco. Counahan reunió a trompicones una tripulación como no
se ha visto otra. ¡El ron! El Marilla podía haber flotado en el que tenían almacenado a
bordo. Salieron de la bahía de Boston con viento del noroeste, con toda la tripulación
muy ocupada manejando la espita del barril. Creo que Dios tuvo misericordia de
ellos, pues si hubiera sido por las guardias o maniobras que nadie de aquella
tripulación hizo hasta que no vieron el fondo de aquel barril de quince galones…
Tardaron una semana en conseguirlo, según creía recordar Counahan. ¡Si yo pudiera
contarlo como lo hacía él! Mientras tanto, el viento seguía soplando y el Marilla, que
llevaba envergado el contrafoque, pues era verano, navegaba a toda velocidad.
Entonces Counahan, con más miedo que vergüenza, tomó el cuadrante, y entre lo que
sacó en limpio, la carta y las cosas que tenía en la cabeza, se imaginó que estaban al
sur de Sable Island. Abrieron otro barril y dejaron de pensar en el rumbo durante los
próximos días. El Marilla se abatía de un costado cuando salieron de la bahía de
Boston, y hasta entonces no se había levantado, navegando siempre inclinado. Se
extrañó aquella tripulación de que no divisaran ni algas, ni albatros, ni otros veleros,
entonces cayeron en la cuenta de que hacía quince días que navegaban y empezaron a
creer que el banco hubiese suspendido pagos. Echaron el escandallo y midieron
sesenta brazas de profundidad. «¡Ése soy yo! —exclamó Counahan—. ¡Ése soy yo,
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como siempre! Os he traído como sobre rieles hasta el banco, especialmente para
vosotros. En cuanto tengamos treinta brazas está hecho el negocio. Por algo me
llaman Counahan el Navegante». Echaron otra vez el escandallo y resultó que el
fondo estaba a noventa brazas. Al oír esto, dijo Counahan que o a la cuerda le había
dado por estirarse o el fondo del banco se había hundido. La recogieron y la echaron
sobre cubierta para contar los nudos y desenredarla. El Marilla mantenía la velocidad
y rumbo con que había salido de Boston hasta que divisaron un vapor mercante, y
Counahan se puso al habla con los tripulantes. «¿Habéis visto algún barco
pesquero?», preguntó despreocupadamente. «Hay un montón en la costa irlandesa»,
respondieron desde el mercante. «¡Váyanse a paseo! —exclamó Counahan—. ¿Qué
tengo yo que ver con la costa irlandesa?». «Entonces, ¿qué haces aquí?», preguntó el
capitán de la otra embarcación. «¡Por la cristiandad doliente! —exclamó Counahan.
Siempre decía eso cuando le faltaba el aliento y no se sentía bien—. ¡Por la
cristiandad doliente! ¿Dónde estoy?». «Treinta y cinco millas al oeste-sudoeste del
cabo Clear —dijo el del mercante—, si eso te sirve de consuelo». Counahan pegó un
salto de casi un metro y medio, según lo midió el cocinero. «¡De consuelo! —
exclamó Counahan sin dejarse conmover—. ¿Quién te crees que soy yo? A treinta y
cinco millas del cabo Clear, después de catorce días de haber salido de Boston. ¡Por
la cristiandad doliente! ¡Es todo un récord!». Ahora que me acuerdo, mi madre vive
en Skibbereen. Imaginaos, ¡qué amargura! Pero ya veis lo que resulta de no mantener
las cosas separadas. La tripulación se componía en su mayor parte de marineros de
Cork y de Kerry, excepto un yanqui de Maryland, que quería volverse, pero todos
dijeron que aquello era amotinamiento y se fueron en el Marilla hasta Skibbereen.
Durante una semana lo pasaron muy bien visitando a conocidos de los alrededores de
la vieja comarca. Tardaron veintitrés días en llegar a los bancos. Cuando estuvieron
allí, ya se terminaba la temporada, por lo que Counahan volvió a Boston, sin meterse
en ningún otro enredo más.
—¿Qué dijo la compañía de todo aquello? —preguntó Harvey.
—¿Qué podían decir? El bacalao seguía en el banco y Counahan estaba en el
muelle hablando del tiempo récord en que había atravesado el Atlántico. Se
contentaron con eso. Todo ocurrió, en primer lugar, por no apartar a la tripulación del
ron, y en segundo lugar, por no mantener la distancia conveniente entre Skibbereen y
Queereau. ¡Que el alma de Counahan el Navegante descanse en paz!
—Una vez navegaba yo en el Lucy Holmes —dijo Manuel con voz suave—: En
Gloucester nadie quería el pescado de ese barco, por lo que atravesamos el charco
para intentar venderlo a algún hombre de Fayal. Vino [32]una tormenta y no podíamos
ver bien. Arreció y seguimos hacia el Sur, a gran velocidad, nadie sabía hacia dónde.
De repente divisamos tierra y la temperatura empezó a subir. Aparecieron dos, tres
negros en un bote. Les preguntamos dónde nos encontrábamos… Bueno, ¿dónde
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creéis que estábamos?
—Gran Canaria —dijo Disko después de un momento. Manuel movió la cabeza
sonriendo.
—Blanco —aventuró Tom Platt.
—No, mucho peor que eso. Estábamos más allá de Bezagos. Aquel bote era de
Liberia. Allí vendimos el pescado. No está mal. ¿Eh?
—¿Podría esta goleta ir hasta África? —preguntó Harvey—. Podría dar la vuelta
al cabo de Hornos, si hubiera algo allí que valiese la pena ir a buscar y la despensa
aguanta —dijo Disko—. Mi padre llevó su barco, una especie de meñique de
cincuenta toneladas, creo, el Rupert se llamaba, hasta las montañas de hielo de
Groenlandia, cuando la mitad de nuestra flota iba persiguiendo al bacalao. Y lo que es
más, llevaba a su mujer consigo, supongo que para mostrarle cómo se ganaba el pan.
Yo nací en la isla de Disko. Claro está que no me acuerdo de nada. Volvimos cuando
cedió el hielo en la primavera, y me bautizaron con el nombre de aquel lugar. Creo
que fue un error ponerle ese nombre a un bebé, pero todos cometemos errores en
nuestras vidas.
—¡Claro, claro! —exclamó el tío Salters, sacudiendo la cabeza en señal de
aprobación—. Todos podemos cometer errores. Y os digo ahora a vosotros dos que
después de cometer un error, y vosotros no bajáis de cien al día, que lo mejor que se
puede hacer es reconocerlo como hombres.
Long Jack hizo un tremendo guiño a todos, menos a Disko y Salters, y se dio por
zanjado el asunto.
Se dirigieron hacia el Norte, anclando en diversos puntos, saliendo los botes casi
todos los días; recorrieron el extremo este del gran banco, a una profundidad de
treinta a cuarenta brazas, sin dejar nunca de pescar.
Allí fue donde por primera vez Harvey encontró calamares, uno de los mejores
cebos para la pesca del bacalao, pero es un animal muy temperamental. Una noche
oscura los gritos de «¡calamares!» del tío Salters los arrancaron de sus catres. Hasta
una hora y media después todos los tripulantes estaban ocupados en pescarlos con un
aparejo especial, que consistía en una pieza de plomo pintado de rojo y armada en
uno de sus extremos con varillas encorvadas hacia adentro, como las de un paraguas a
medio abrir. Por alguna razón desconocida, al calamar le gusta esa red y se mete en
ella; el pescador la iza antes de que pueda salir. Pero cuando se ve atrapado arroja
primero chorros de agua y después de tinta en la cara de su captor. Era un espectáculo
curioso ver cómo los pescadores movían la cabeza de un lado para otro para esquivar
el disparo. Cuando terminó aquella agitación todos estaban tan negros como
deshollinadores, pero en cubierta yacía un montón de calamares frescos. A los
bacalaos grandes les gusta un pedazo de tentáculo de calamar en el extremo de un
anzuelo cebado con almejas. Al día siguiente pescaron mucho y encontraron el
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Carrie Pitman, a quien contaron a gritos su buena suerte. La tripulación del otro
barco quiso negociar: siete bacalaos por un calamar de buen tamaño, pero Disko no
estaba conforme con el cambio, así que el Carrie Pitman se alejó malhumorado,
echando el ancla a una distancia de casi media milla, esperando encontrar calamares.
Disko no habló hasta después de cenar. Ordenó entonces a Dan y a Manuel que
fijaran con una boya el cable del We’re Here y que se iba a dormir con el hacha
preparada. Naturalmente, Dan repitió estas observaciones a los tripulantes de uno de
los botes del Carrie Pitman, que querían saber para qué ponían boyas, puesto que el
fondo no era rocoso.
—Padre dice que ni con un ferry se acercaría a cinco millas de vosotros —repuso
Dan alegremente.
—¿Por qué no os vais de aquí? ¿Quién os lo impide? —respondieron del otro
bote.
—Porque acabáis de poneros a sotavento, y padre no aguanta eso de nadie y
muchísimo menos de un cascarón como el vuestro que anda a la deriva cerca de él.
—Nadie va a la deriva, esta vez —dijo el otro pescador enojado, pues el Carrie
Pitman tenía la desagradable reputación de romper las cadenas del ancla.
—¿Cómo ancláis entonces? —preguntó Dan—. Es lo que mejor se os da cuando
navegáis. Y si no estáis a la deriva, ¿para qué, por todos los diablos, tenéis un nuevo
botalón de foque?
Esta observación dio en el blanco.
—¡Eh, tú! ¡Organillero portugués! Llévate tu mono de vuelta a Gloucester, y tú,
Dan Troop, vete otra vez a la escuela —fue la respuesta.
—¡Zamarra! ¡Zamarra! —aulló Dan, que sabía que uno de los tripulantes del
Carrie Pitman había trabajado en una fábrica de zamarras durante el invierno.
—¡Camarón! ¡Camarón de Gloucester! ¡Vete ya a tu tierra, novy!
Llamar novy a un hombre de Gloucester, como si fuera de Nueva Escocia, es un
insulto. Dan respondió como se merecían.
—¡Novy serás tú, escoria de Scrabble! ¡Ruina de Chatham! ¡Meteos vuestro barco
en los calcetines!
Ambos combatientes se separaron después de esta refriega, con grave pérdida de
prestigio para Chatham.
—Ya sabía lo que va a ocurrir —dijo Disko—. Ha calado ya el viento. Alguien
debería impedir que ese barco abandonara puerto. Roncarán hasta medianoche, y
cuando estemos en el mejor de los sueños empezará a ir a la deriva. Por suerte no
estamos rodeados de pesqueros. Pero no voy a levar anclas sólo por Chatham. Es
posible que ese barco aguante.
El viento, que había cedido un poco, acrecentó su velocidad al ponerse el sol, y
soplaba sin parar. Sin embargo, el mar no se movía ni siquiera para molestar el
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aparejo de un bote de pesca, pero el Carrie Pitman tenía sus propias leyes. Cuando
terminaba la guardia de los dos grumetes, oyeron que a bordo del Carrie Pitman se
producía un crac crac crac como el de una de aquellas antiguas pistolas que se
cargaban por la boca.
—¡Gloria, gloria! ¡Aleluya! —exclamó Dan—. Ahí viene padre, por la popa,
sonámbulo, lo mismo que hizo en Queereau.
Si hubiera sido otra embarcación, Disko hubiera corrido el riesgo, pero tratándose
del Carrie Pitman mandó cortar el cable, mientras éste, con todo el viento del
Atlántico Norte detrás de él, se les acercaba dando bandazos. El We’re Here, con el
foque y la vela plegada, no le concedió más espacio que el absolutamente necesario,
pues Disko no deseaba pasarse una semana buscando el cable, aunque se puso en
dirección favorable al viento, mientras el Carrie pasaba silencioso y como enojado a
merced de las corrientes y los vientos del banco.
—Buenas noches —dijo Disko, quitándose la gorra—. ¿Qué tal crece tu huerta?
—Vete a Ohio y alquila una mula —dijo Salters—. No queremos granjeros por
aquí.
—¿Queréis el ancla de mi bote? —gritó Long Jack.
—Soltad el timón y tiradlo al barro —exclamó Tom Platt—. ¡Oíd! —gritó Dan
con voz aguda y alta mientras se tenía de pie al lado del timón—. ¿Hay huelga en la
fábrica de zamarras? ¿O emplean ahora mujeres en vuestro lugar? ¡Juntaos! —
Aflojad los guardines [33] y clavadlos en el fondo— gritó Harvey.
Ésta era una broma de pescador, llena de sal marina, que le había enseñado Tom
Platt. Manuel se inclinó sobre la popa y movió el pulgar, haciendo un ademán de
desprecio, al mismo tiempo que gritaba:
—Johanna Morgan toca el órgano. ¡Ah!
Penn, aquel hombrecillo, se cubrió de gloria, gritando con su vocecilla de falsete:
—Torced un poco a la derecha. ¡Venid aquí! ¡Eh!
Aquella noche navegaron sobre la cadena del ancla, lo que Harvey encontró que
era incómodo y desagradable. Perdieron casi toda la mañana para encontrar el cable.
Pero los muchachos estaban de acuerdo en que aquel trabajo era un precio muy bajo
si se le comparaba con el triunfo y la gloria. Y con orgullo pensaron muchísimas otras
cosas que podrían haberle dicho a la desconcertada tripulación del Carrie.
Al día siguiente encontraron más veleros que giraban lentamente del nordeste al
Oeste. Pero cuando esperaban encontrarse en los bancos de La Virgen, la niebla se
cerró sobre ellos. Anclaron rodeados por el tintineo de invisibles campanas. No se
pescaba gran cosa; a veces un bote de una de aquellas embarcaciones encontraba al
de otra y las respectivas tripulaciones cambiaban noticias. Aquella tarde, un poco
antes del crepúsculo, Dan y Harvey, que habían dormido todo el día, se lanzaron
fuera de sus literas para «pescar» pastelillos fritos. No había ninguna razón para no
hacerlo abiertamente, pero así tenían mejor gusto y además enfadaban al cocinero. El
calor y el olor de la cabina les hizo subir a cubierta, donde Disko tocaba la campana,
ocupación de la que encargó en seguida a Harvey.
—Sigue tocando —dijo—. Creo que he oído algo. Si es que vale la pena,
conviene que me encuentre donde pueda hacer falta.
La campana sonaba débilmente, y su sonido parecía perderse en la espesa niebla;
durante las pausas, Harvey oía el grito apagado de la sirena de un vapor de pasajeros:
sabía ya lo suficiente acerca del banco para comprender lo que eso significaba. Con
impresionante claridad se imaginó un muchacho vestido con un jersey de color cereza
(despreciaba ahora las chaquetas elegantes con todo el sentimiento de que es capaz un
marinero), ignorante y alborotador, que una vez dijo que sería «genial» que un
transatlántico se cargara a un pesquero. Aquel chico tenía un camarote de lujo, con
baño, agua caliente y fría, y tardaba diez minutos en elegir los platos para su comida,
escogiéndolos de un menú impreso en cartulina con bordes dorados. Y aquel mismo
muchacho, no, su hermano mayor, se levantaba a las cuatro de la mañana, cuando
todavía no había clareado, se ponía una chaqueta que chorreaba agua y que crujía y
empezaba a tocar la campana, de la que dependían muchas vidas. Una campana
mucho menor que la que utilizaba el camarero principal del transatlántico para llamar
a la mesa, mientras a poca distancia la proa de acero de diez metros de largo cortaba
las aguas a una velocidad de veinte millas por hora. Lo que más le amargaba era
pensar que en aquel vapor dormía la gente en camarotes secos y tapizados, personas
que nunca se enterarían de que habían masacrado a la tripulación de una goleta de
pescadores antes del desayuno. Harvey seguía tañendo la campana.
—Claro, han disminuido su velocidad. Han rebajado en una vuelta el número de
revoluciones de la hélice —dijo Dan soplando la caracola de Manuel—. Así se
mantienen dentro de la ley, lo que será un consuelo para nosotros, cuando estemos en
el fondo del mar. ¡Escucha!
«¡Auuu-juuu-juuu»!, aullaba la sirena. «Ding, dang, dong», hacía la campana.
«Greeee uuuuh», rugía la bocina, mientras el mar y el cielo se mezclaban en una
—Ven conmigo. ¡Ven abajo! —dijo Penn, como si tuviera derecho a dar órdenes.
Las miradas de ambos hombres se cruzaron durante una fracción de segundo.
—No sé quién es usted, pero iré —dijo Jason sumisamente—. Es posible que
recupere algo…, algo de los nueve mil dólares.
Penn lo condujo hasta el camarote y cerró la puerta tras ellos.
—Ése no es Penn —gritó el tío Salters—. Es Jacob Boller y ha conseguido
recordar Johnstown. Nunca he visto una mirada así en los ojos de ningún hombre
vivo. ¿Qué voy a hacer ahora?
Oían las voces de Penn y de Jason. Después Penn salió solo; Salters se quitó la
gorra, pues Penn rezaba. El hombrecillo subió la escalera; gruesas gotas de sudor le
caían por la cara mientras observaba a la tripulación. Dan seguía sollozando cerca del
timón.
—No nos reconoce —gruñó el tío Salters—. Tendremos que enseñarle otra vez
todo, inclusive a jugar a las damas. ¿Qué me dirá a mí?
Penn habló; todos sintieron que lo hacía como si se dirigiera a extraños.
—He rezado —dijo—. Los de nuestra fe creen en el poder de la plegaria. He
rezado para pedir la vida del hijo de este hombre. Los míos se ahogaron ante mis
ojos, mi esposa, mi primogénito… y los otros. ¿Puede el hombre ser más sabio que su
Hacedor? Nunca recé por sus vidas, pero he pedido por la de éste y seguramente le
Hasta el fin de sus días Harvey no olvidaría lo que vio en aquel momento. El sol, que
no habían visto hacía una semana, acababa de levantarse sobre el horizonte. Su luz
rojiza iluminaba el velamen de tres flotas de pescadores que habían anclado en el
lugar: una por el Norte, otra por el Oeste y la otra por el Sur. Había casi un centenar
de ellos, de todos los tipos y calados. A lo lejos se encontraba un velero francés con
aparejo de cruzamen. Todos cabeceaban y se hacían cortesías los unos a los otros. De
cada velero salían botes como las abejas de una colmena superpoblada. El ruido de
las voces, de los motones [35], de las maniobras y de los remos se oía a gran distancia
sobre las aguas ondulantes. Las velas eran de todos colores: negras, gris perla y
blancas, mientras el sol se elevaba sobre el horizonte; los botes se dirigían hacia el
Sur a través de los pocos jirones de niebla que quedaban.
Los botes se reunían, formando cúmulos, se separaban, se acercaban otra vez,
yendo todos en el mismo sentido. Los pescadores se saludaban a gritos o con silbidos
y cantaban. Se manchaba el agua con los residuos arrojados por la borda.
—Es una ciudad —dijo Harvey—. Disko tenía razón. Es una ciudad.
—Las he visto más pequeñas —observó Disko—. Aquí habrá unos mil hombres.
Más allá está La Virgen —agregó indicando con el dedo un espacio vacío de color
verde donde no aparecía ningún bote.
El We’re Here se movió a lo largo del escuadrón del Norte, mientras Disko
saludaba a sus numerosas amistades con la mano. El velero ancló tan limpiamente
como un yate de carrera al terminar la estación. La flota del banco aprobaba en
silencio cualquier demostración de maestría marinera, pero un chapucero recibía un
abucheo de cada uno de los barcos.
—¡Justo a tiempo para la fiesta! —gritaron del Mary Chilton.
—¿Habéis gastado ya toda la sal? —preguntaron del King Philip.
—¡Eh, Tom Platt! ¿Vienes a cenar esta noche? —preguntaron del Henry Clay.
Las preguntas y las respuestas volaban de una embarcación a otra. Todos se
habían encontrado otras veces, cuando desde sus botes pescaban en la niebla. No hay
lugar mejor ni mayor para el cotilleo que el banco. Todos parecían conocer la historia
del salvamento de Harvey y querían saber qué tal era como marinero. Los jóvenes
bromeaban con Dan, que tenía una lengua bastante suelta, preguntando por su salud y
llamándole por los apodos más desagradables con los que se le conocía en su ciudad
natal. Los compatriotas de Manuel bromearon con él en su propia lengua. Hasta el
silencioso cocinero, montado en el botalón de bauprés, mantuvo una conversación en
galés con un amigo tan negro como él. Después de haber puesto una boya al cable,
La brigantine
qui va tourner,
roule et s’incline
pour m’entraîner,
—¿Por qué no hizo una oferta aquel hombre de Eastern Point? Compró sus botas.
¿No es progresista el estado de Maine?
—¿Maine? ¡Bah! Las personas de ese estado no saben lo suficiente o no tienen
dinero ni para pintar sus casas. Las he visto. Aquel hombre de Eastport [39] me contó
que, según el capitán del velero francés, el marinero había utilizado el cuchillo en la
costa francesa el año pasado.
—¿Para herir a un hombre? —preguntó Harvey sacando un bacalao, poniéndole
nuevo cebo en el anzuelo y arrojándolo otra vez.
—Para matarlo. Naturalmente, cuando oí eso, tuve aún mayor interés en
conseguir el cuchillo.
—¡Por Cristo! No sabía eso —dijo Harvey dándose vuelta—. Te daré un dólar
por él cuando cobre mi jornal. Mejor, te daré dos dólares.
—¿Es en serio? ¿Te gusta tanto como eso? —preguntó Dan poniéndose colorado
—. Bueno, a decir verdad, lo compré para ti, para regalártelo, pero no quise decir
nada hasta ver cómo te lo tomabas. Es tuyo y me alegro, puesto que somos
compañeros de bote y todo lo demás. ¡Agárralo!
Y le lanzó a Harvey tanto el cinto como el cuchillo.
—Bueno, Dan, escucha. No comprendo…
—Tómalo. A mí no me sirve de nada. Quiero que sea tuyo.
La tentación era irresistible.
—Dan, eres un buen muchacho —dijo Harvey—. Lo guardaré mientras viva.
—Me gusta oír eso —exclamó Dan con una carcajada de satisfacción, agregando
después, con deseos de cambiar de tema—: Parece que tu sedal ha enganchado algo.
—Supongo que se habrá enredado —dijo Harvey mientras tiraba. Pero antes se
había colocado el cinturón, sintiendo una satisfacción profunda cuando oyó cómo la
vaina chocaba con el banco del bote—. ¡Maldición! —exclamó—. Parece que nos
encontramos sobre un fondo de fresas. Sin embargo, aquí es arena, ¿verdad?
Dan se dirigió hacia donde estaba Harvey y dio un tirón al sedal para poder emitir
un juicio de experto:
—El halibut se comporta de esa manera si está de mal humor. Dale un tirón o dos.
Me parece que será mejor izarlo del todo y asegurarnos.
Tiraron juntos, asegurando cada vuelta en los cepos de los remos. El peso
invisible ascendía lentamente.
—¡Premio! ¡Oh! —exclamó Dan—, pero sus palabras terminaron en un agudo y
doble grito de horror, pues en el extremo del sedal se encontraba… el francés muerto,
que había sido arrojado al mar dos días antes. El anzuelo se había enredado debajo de
la axila derecha. El cadáver flotaba erecto y horrible, con la cabeza y los hombros por
encima del agua. Tenía los brazos atados al cuerpo y… no tenía rostro. Los
Las últimas cartas cayeron sobre el puente, atadas a pedazos de carbón; los
pescadores de Gloucester gritaron mensajes para sus mujeres y parientes, mientras el
We’re Here terminaba el desfile musical a través de la flota, al viento sus velas
delanteras con un movimiento que parecía el de la mano de un hombre que dice
adiós.
Harvey comprobó muy pronto que existía una diferencia fundamental entre el
We’re Here cuando se dirigía de un punto de anclaje a otro y el mismo velero al cortar
el mar hacia el Sur con todo el trapo desplegado. La rueda del timón pateaba aún en
el tiempo bonancible que los tripulantes llamaban «de muchachos» por permitirles
entonces manejar el timón. Sentía cómo se movía hacia delante el peso muerto en la
bodega, a cada ola; le mareaba la corriente de burbujas que dejaba la embarcación
detrás de sí.
Disko los tenía continuamente ocupados manejando las velas; cuando estaban tan
lisas como las de un yate de carreras, Dan tenía que desarrollar o aferrar las de las
gavias. En los momentos desocupados manejaban las bombas, pues el pescado
destilaba agua, lo que no mejora ni la calidad ni la estabilidad de la carga. Pero, como
ya no pescaban, Harvey tenía ocasión de observar el mar desde un punto de vista
enteramente distinto. El velero, de cubierta muy baja, estaba enlazado más
íntimamente con el ambiente en que se movía. Veían poco del horizonte, excepto
cuando se encontraban en la cima de una ola. Generalmente la embarcación parecía
moverse a codazos, a golpes y a empujones, siguiendo rectamente su camino, a través
de abismos grises, azulencos o negros, rodeados por marcos de brillante espuma. O el
velero se movía descuidadamente a lo largo de la cima de una colina formada por una
ola. Parecía como si dijera: «¿Vas a hacerme daño? Soy solamente la pequeña We’re
Here». Entonces se deslizaba suavemente hasta alcanzar su posición normal, a la
espera de un nuevo obstáculo. Hasta la persona más tonta no puede ver este
espectáculo sin notarlo, y como Harvey no era tonto, empezó a comprender y a gustar
aquel coro de ondulaciones, que caían las unas sobre las otras con un ruido incesante
como si se desgarrara algo. Comenzó a entender la prisa del viento que se deslizaba
por aquellos espacios abiertos, reuniendo como un pastor el rebaño de nubes de un
color azul purpúreo, la espléndida orgía de luces y sombras de la aurora, la
desaparición de la niebla matutina, el fulgor de la luna, la lluvia que besaba aquella
Recogido por el velero We’re Here, después de haber caído del barco.
Pasé el tiempo pescando en el banco. Todo va bien. Espero en
Gloucester, Estado de Massachusetts, en casa de Disko Troop, dinero u
órdenes. Telegrafía lo que debo hacer. ¿Cómo está mamá?
HARVEY N. CHEYNE.
Firmado: CHEYNE.
—¿Nunca ha estado usted en Nueva York, señorita Kinzey? Algún día iremos.
¿Lista?
ejes del vagón, el ruido del carbón al caer en el ténder y el eco de sus propios ruidos
al pasar otro tren. Vieron grandes abismos, un arroyo que ronroneaba detrás de sus
huellas o rocas que parecían haberse tragado la mitad de las estrellas. En vez de las
barrancas surgieron dentadas montañas hasta los límites del horizonte y después se
deshicieron en colinas, de menor altura cada vez, hasta que finalmente divisaron las
verdaderas praderas.
En Dodge City, un desconocido arrojó por la ventanilla un ejemplar de un diario
de Kansas que contenía una especie de entrevista con Harvey, que evidentemente
había caído en las manos de un activo periodista que había telegrafiado sus resultados
desde Boston. Aquel alegre argot periodístico proporcionaba pruebas indiscutibles de
que el aparecido era su hijo, lo que consoló a la señora Cheyne por algún tiempo. El
personal del tren transmitió a los ingenieros de Nickerson, Topeka y Marcelina la
única palabra que pronunciaba aquella mujer:
—¡Rápido!
Ahora las ciudades y los pueblos aparecían a menor distancia entre sí, por lo que
cualquiera podía sentir que se hallaba entre gente.
—No puedo ver la esfera del reloj, me duelen terriblemente los ojos. ¿Qué tal lo
estamos haciendo?
—Se hace todo lo posible, mamá. No tendría sentido llegar antes que el Limited.
Tendríamos que esperar allí la combinación.
—No me importa. Necesito sentir que nos movemos. Siéntate y dime los
kilómetros que hemos hecho.
Cheyne se sentó y le explicó lo que habían recorrido hasta entonces (algunas de
las velocidades obtenidas seguirían siendo récords aún hoy). Pero aquel vagón de más
de veinte metros de longitud siguió moviéndose a través del calor con el zumbido de
una gigantesca abeja. Sin embargo, su velocidad no era suficiente para la señora
El destino del silencioso cocinero del We’re Here fue distinto. Con sus cosas en un
pañuelo, se introdujo en el Constance. No discutió la paga y no se preocupó de saber
dónde dormiría. Como le había sido revelado en sueños, su destino consistía en seguir
a Harvey mientras viviera. Intentaron quitarle esa idea de la cabeza y persuadirle de
su error; pero existe una diferencia fundamental entre un negro del cabo Breton y dos
de Alabama. Estos dos últimos, cocinero y sirviente, respectivamente, llevaron la
cuestión ante Cheyne, quien se limitó a reírse. Supuso que Harvey necesitaría algún
sirviente de confianza y este voluntario valía más que cinco atraídos por la paga. Que
se quedara, aunque fuera un negro que se llamaba MacDonald y jurara en gaélico. El
vagón volvería a Boston, donde, si el cocinero persistía en su idea, le llevarían con
ellos al Oeste.
Cuando partió el Constance, que Cheyne odiaba en lo más profundo de su
corazón, desapareció la última señal visible de sus riquezas. El padre de Harvey se
dedicó a tomarse las vacaciones más activas de toda su vida. Para él, Gloucester era
una ciudad nueva en una tierra nueva. Se proponía conquistarla como lo había hecho
con las otras desde Snohomish hasta San Diego, territorio de donde él provenía. Se
finiquitaban negocios en aquella calle tortuosa, que era muelle y almacén de navíos al
mismo tiempo. Como un verdadero profesional, quería saber cómo se jugaba tan
noble juego. La gente le decía que los cuatro quintos del pescado que se servía los
domingos en Nueva Inglaterra venía de Gloucester, en demostración de lo cual lo
abrumaron con números: estadísticas acerca de los botes, extensión de los muelles,
capital invertido, salazón, fabricación de conservas, seguros, jornales, reparaciones y
ganancias. Habló con los dueños de las grandes flotillas, cuyos capitanes eran sólo un
poco más que empleados, y cuyas tripulaciones se componían casi exclusivamente de
suecos y de portugueses. Conferenció con Disko, uno de los pocos capitanes que eran
dueños de la embarcación que mandaban, siempre comparando notas en su amplio
cerebro. Se metía en los depósitos de venta de material usado para barcos, planteando
cuestiones con aquella alegre y libre curiosidad del Oeste, hasta que todos en la costa
ansiaban enterarse «de lo que quería saber aquel hombre». Rondaba por las oficinas
de las sociedades de seguros y de socorros mutuos, pidiendo explicaciones acerca de
las misteriosas noticias que se consignaban todos los días en sus pizarrones. Eso trajo
sobre él un diluvio de secretarios de todas las sociedades de beneficencia para viudas
y huérfanos de marineros de la ciudad. Pedían desvergonzadamente. Cada uno de
ellos deseaba conseguir más que los otros. Cheyne se tiraba de la barba y se los
mandaba a su esposa.
La señora Cheyne vivía en una casa de huéspedes cerca de Eastern Point, un
Por todo el salón, las mujeres trataban de inclinarse hacia delante para ver mejor,
a medida que las voces infantiles llenaban el aire con su canto. La señora Cheyne y
muchas otras presentes empezaron a respirar con ritmo entrecortado. Difícilmente se
había imaginado ella que hubiera tantas viudas en el mundo. Instintivamente buscó a
—¡Vaya! —dijo Dan que observaba el espectáculo por encima del hombro de
Long Jack—. Debe de haberles salido caro.
—¡Qué marmotas! Un puerto mal iluminado, Danny —dijo el hombre de Galway.
Cuando terminó se oyeron muy pocos aplausos. Las mujeres buscaban sus
pañuelos y la mayoría de los hombres contemplaban el techo con ojos brillantes.
—¡Hum! —dijo el tío Salters—. Eso te costaría un dólar o quizá dos, si quisieras
oírlo en un teatro.
—Supongo que habrá gente que pueda pagarlo. A mí me parece que es
malgastarlo… ¡Por todos los diablos! ¿Cómo ha llegado hasta aquí el capitán Bart
Edwardes?
—No fue posible impedírselo —dijo un marinero de Eastport detrás de él—. Es
poeta y tiene que decir su parte. Viene del mismo lugar que nosotros.
Este caso produjo una cierta conmoción, pues una de las mujeres se cayó hacia
atrás, moviendo nerviosamente las manos como si quisiera agarrarse a algo. La
señora Cheyne, que había escuchado con los ojos muy abiertos, levantó la cabeza y
contuvo el aliento. La madre de Dan, que se encontraba unos pocos asientos a la
derecha, observó lo que le pasaba y se dirigió rápidamente a su lado. Proseguía la
lectura. Cuando se llegó a los casos ocurridos en enero y febrero, la lectura
impresionaba profundamente a los presentes. Las pobres mujeres apretaban los
dientes.
«19 de abril. El velero Mammie Douglas, perdido en los bancos con toda
la tripulación.
»Eduard Canton, capitán, de cuarenta y tres años, casado, de esta ciudad.
»D. Hawkins, alias Williams, de treinta y cuatro años de edad, casado, de
Shelbourne, en Nueva Escocia.
»G. W. Clay, de veintiocho años de edad, negro, casado, de esta ciudad».
Otra vez se oyó un grito desgarrador y profundo, que salió de alguna parte de la
sala.
—No debía haber venido, no debía haber venido —murmuró Long Jack con un
dejo de piedad.
—No te lo tomes muy a pecho, Harvey —gruñó Dan. Esto fue todo lo que oyó su
compañero, pues en seguida se sintió sumergido en una profunda oscuridad, en la que
brillaban ruedas de fuego. Disko se inclinó hacia delante para hablar con su mujer,
que estaba sentada al lado de la señora Cheyne, rodeándola con un brazo, mientras
con la otra mano sostenía las de la madre de Harvey, que se movían como si quisieran
aferrarse a algo.
—Baje usted la cabeza, baje usted la cabeza —murmuró la mujer de Disko.
—Se le pasará en seguida.
—No puedo, no puedo, déjeme… —exclamó la señora Cheyne sin saber lo que
decía.
Algunos años más tarde, en el otro extremo de los Estados Unidos, un joven
atravesaba una calle, por la que silbaba el viento, en una niebla que ocultaba lujosas
residencias, construidas de madera que pretendía imitar la piedra. En el momento en
que se detenía sobre su caballo, un animal que hubiera sido barato si pidieran mil
dólares por él, delante de una verja de hierro, se acercó otro joven de la misma edad,
que gritó:
—¡Hola, Harvey!
—¡Hola, Dan!
—¿Qué te cuentas?
—En este viaje soy ya ese bicho que se llama segundo piloto. ¿Todavía no has
terminado esos complicados estudios tuyos?
—Estoy en ello. Te digo que la universidad es algo enteramente distinto del We’re
Here. Pero voy a meterme en eso de ser propietario definitivamente el próximo
otoño.
—¿Te refieres a nuestra compañía de vapores?
—A ninguna otra cosa. Espera hasta que empiece a atracar. Cuando yo me haga
cargo, pondré la vieja compañía bajo mis pies y la haré gritar.
—Correré el riesgo —dijo Dan con una mueca fraternal, mientras Harvey bajaba
del caballo y le preguntaba si había venido a quedarse.
—A eso he venido. Oye, ¿no anda por aquí cerca ese negro loco? Tengo que
ajustar cuentas con él.
De entre la niebla salió riéndose triunfalmente el ex cocinero del We’re Here para