ARRIVADENEIRA FLUYENS
The Spectrum
HERMENÉUTICA, VERDAD Y VIDA
ESTUDIO INTRODUCTORIO
Por
LUCIANO ESPINOSA
Cuando los hombres, teniendo la oportunidad de hacer el mal deciden abstenerse, debe uno preguntar si es
honestidad o estupidez.
Dos deberes tendría el verso: ser largo como una legua e innumerable como una década. Debería narrar, contados y
descritos en la simplicidad de uno a uno y en la multitud incomprensible del todo, cada uno de los incontables
movimientos del mar. Ya todo lo demás ha sido escrito y se haya en aquella biblioteca que en sus anaqueles guarda
la memoria reposada de Homero y se extiende hasta Verlaine. ¿Qué importa a fin de cuentas que su largura sea tan
inmensa como desde la orilla escueta, inmenso es el mar? Pero debe ser también como una década, como aquella
que debiera contarse hacia atrás; buscando los minutos en las horas, y en los segundos y milisegundos las incontables
variaciones de la realidad. Debería, -en una palabra-, narrar al hombre y al río, aquellos de Heráclito, que nunca serán
los mismos; y narrar, una y otra vez, de mil y una forma diferentes, la misma noche y los mismos árboles y a nosotros,
los de antes, que siempre seremos los mismos. ¿Qué más podría encarar en la multiplicidad del tiempo una letra o
una secuencia de ellas? ¿Qué más podría ser un verso que crece conforme la memoria de los hombres viejos se
pierde? No podría ser de otra manera, pues el verso debería siempre encarnar aquellos deberes. Pero ya no hay quien
sea capaz de contener al océano y a la década. Ya nadie narrará lo que les pasa a todos y lo que le ocurre a uno, pues
ya nadie ha salido de su casa en la noche interminable a esperar tu mirada; y nadie, en la inmensidad del ansia, te
esperará un poco más, que un tiempo cualquiera.
TABLA DE CONTENIDO
Pág.
PRIMERA PARTE
Lección I 70
Lo real y lo ideal
Lección II 73
Pensamiento y conciencia
Lección III 75
Conciencia e imaginación
Lección IV 77
Imaginación e idea
Lección V 79
Idea e idea
SEGUNDA PARTE
Lección I 82
Eros y Fileos
Lección II 84
Fileos y Ethos
Lección III 87
Ethos y polis
Lección IV 89
Polis y Iuris
Lección V 91
Eros y Eros
Pág.
TERCERA PARTE
Lección I 95
Arte y Vida
Lección II 100
Vida y oficio
Lección III 104
Oficio y sueño
Lección IV 106
Sueño y vida
Lección V 108
Vida y vida
NOTAS FINALES 111
PRIMERA PARTE
LECCIÓN I
LO REAL Y LO IDEAL
En cuanto desaparecieron los últimos restos del barco que se hundió, Karl, no tuvo nada más de que sujetarse.
Inmediatamente sintió que el frío del agua penetraba hasta sus huesos. Era el año de 1942 y se hallaba en un viaje
de negocios. Trabajaba como vendedor de las máquinas Hollerith, “ideales para computar judíos”. El último
reporte que escuchó decía que se encontraban atravesando el Mar del Norte. Lo único que lograba ver era el
oscuro azul de la noche diluyéndose en la movilidad de la niebla. Sus dientes golpeaban por el temblor de todo su
cuerpo. Pensaba que su cabeza no aguantaría más y se reventaría. De pronto, a lo lejos vio un bote salvavidas.
Nadó rápido y subió en él. Pero una vez allí se dio cuenta de que con él, había cinco personas ya, y la capacidad del
bote era de cuatro. Allí estaban, un marinero; una mujer de unos treinta años con un niño en brazos de unos dos;
y un hombre mayor, de unos sesenta y cinco, que por el clériman, parecía sacerdote… Al instante, una tensión
brutal cubrió el ambiente; era un campo de batalla, se miraban unos a otros pensando en qué hacer, en si arrojarían
a alguien al agua.
La validez de una Historia radicará siempre en una condición de confiabilidad. Condición que, -extrañamente-, suele
depender más de la credibilidad que de la prueba, pues nos fiamos más de quien nos contó la historia que de la
búsqueda del dato objetivo. Quizá por esto atribuyamos tanto sentido a aquella descripción que diera Álvaro d’Ors,
cuando dijo que “La Historia no es el estudio de los hechos, sino el estudio de los libros”. ¿Cuántos libros ha leído
usted? -Tres, cuatro-… ¿Tres de cien que se han escrito sobre un tema determinado? ¿Y si otro cualquiera ha leído
otros tres con opiniones diferentes sobre ese mismo tema, quién tendrá la razón? ¿En cabeza de quién residirá la
historia? -Acaso, ¿en lo que nunca se escribió? O es que, ¿habrá una austeridad mayor, que la que se otorgó a la
historia respecto de la realidad? ¿Habrá un lienzo más infinito que el de Penélope? ¿Será ese lienzo, que se teje
infinitamente en el día e infinitamente se desteje en la noche, la metáfora homérica para explicar la historia? ¿Será la
historia como pensaba Emilio Bastidas, como una mujer?, ¿cómo una mujer que entra en la noche en el vagón de un
tren y que por la excitación que trae la noche y las sombras propias de la oscuridad, la vemos hermosa, pero al día
siguiente cuando la luz devela sus formas, nos percatamos de su fealdad?, ¿Será la historia, patria y matria como
pensaba Boris Berenzon Görn? ¿Será todo esto una vía de acceso al pensamiento y no a la realidad?
Vamos a suponer, por ejemplo, que la anterior versión del hundimiento, nos ha llegado por intermedio de Karl, y en
consecuencia, pensamos que la versión que poseemos es tan nuestra como de él. Pero si presumimos la verdad de
esta historia, -para ser justos-, deberíamos suponer también, la posible verdad de cada una de las versiones. Incluso
podríamos aceptar parte de verdad en cada una de ellas y hasta la falsedad de todas. En todo caso debemos
preguntar: ¿cuáles de todos los hechos probablemente acaecidos, hacen parte de la realidad y cuáles, de la
imaginación?
Realidad e imaginación, una dualidad que sustentada en la posibilidad de ver sin entender, se presenta como una
doble sustancia que nos permite pensar que un ignorante entra en una habitación y aunque no sabe qué cosa es ese
objeto plano y rectangular que emite luces y sonidos, no por ello, -o sea, por su falta de entendimiento-, se le va a ir
encima hasta chocar con él… Es como si finalmente, Descartes tuviera razón: “una cosa es la realidad pensada y otra,
la realidad real”. ¿Desea la realidad real ser interpretada, entendida, aprehendida, -en una palabra-, develada?… El
ignorante reconoce, sin duda, la existencia del objeto, así carezca de los elementos necesarios para pensar con certeza
en su consistencia. Lo mismo nos sucedería a muchos si ingresamos en un laboratorio de química donde hay una
cantidad de “frascos” y sustancias. No por el hecho de no saber sus nombres, utilidades y características, vamos a
echárnoslos encima desconociendo que están ahí y pueden afectarnos. Podría sucedernos, incluso, como a aquel
Cíclope “de muchas palabras” que, atacado por Odiseo, perdió el ojo y cuando los demás cíclopes vinieron en su
auxilio y le preguntaron: ¿quién te ha hecho esto?, el cíclope desesperado gritaba el nombre con el cual Odiseo,
engañosamente se había presentado: “fue Nadie” -decía-, “fue Nadie”. Esta diferenciación esencial, semejante a
aquellos postulados de ciertas escuelas filosóficas, nos devuelve al tan reiterado ejemplo de la silla. La silla que reposa
en una habitación. Un ciego entra y con la punta del pie choca con ella. La silla se aleja y su ruido no revela nada
distinto a cualquier otro objeto que ha golpeado contra el suelo. El ciego ha quedado en imposibilidad de saber con
qué chocó, pero a su vez, ha quedado con la certeza absoluta de haber chocado… “La silla está ahí”, -diría Husserl;
“junto a la puerta o a la ventana”, -diría Sartre; “es independiente de mi”, -diría Heidegger; independiente, en tanto
que trascendente, -añadiremos aquí; para decir que si ella está ahí, yo estoy en otra parte… Esa incomunicabilidad,
traducida por Descartes, como singularidad, ya que prueba que “esa silla es algo que no soy yo”, a su vez, nos revela
nuestro modo de habérnosla con el mundo, de lidiar con él… Una vez el ciego, -digamos-, entra en esa habitación y
choca, la intuición le revelará que en esa habitación hay un objeto, -no digo una silla-, sino un objeto que ocupa un
lugar en el mundo. Por su parte, lo que le permitiría a alguien endilgarle unas características a ese objeto es el
pensamiento; y son, en tanto, características que están en mí. ¿Pasa esto solamente con el ciego? -Acaso, ¿no todos
somos ciegos frente a tantas cosas? ¿Tendrá razón Sartre cuando decía que no todos los objetos ingresan al
pensamiento, es decir, que no todo lo que nos rodea necesita ser pensado? ¿Será que existe esa consciencia posicional
y esa refleja?
Es probable que todas estas dualidades se resuelvan fácilmente si volviéramos al camino no tan deseado por algunos
postmodernistas de agrio intelecto. Ese camino que es la metafísica de Aristóteles nos enseñará claramente, que lo
real es que en esa habitación existe un objeto; y lo ideal, es que ese objeto es una silla.
Hay ciertos nadaísmos que intentan plantear la tesis de que la realidad no existe, y en consecuencia, sostienen que
debe el hombre dudar de ella. Pero si ella no existe, tampoco nosotros. ¿Cómo llamar entonces, a esa sustancia
compartida?, ¿sustancia que nos hace pensar que ella y nosotros existimos? -Aquí la llamaremos realidad-, sin
importar de qué está hecha, pues por mucho que ahondemos en ese problema, reconocemos claramente que el
problema fundamental no es ese, es decir, no es saber qué son las cosas, sino, qué hacer con ellas… No se duda de la
realidad porque dudar conlleva el peligro de colisionar, de chocar, de golpearse con ella. De lo que se duda es del
pensamiento, -“él puede engañarnos”-. Por eso, en el ejemplo propuesto, debemos dudar de que ese objeto sea una
silla, básicamente, dudamos de todas las características que lo hacen aparecer como tal y dudamos de todas las
características que nos faltan para entenderlo. Aunque en estricto sentido, dudar de este modo no equivale
rigurosamente a dudar de la silla, sino a dudar de nosotros mismos.
Dudar de nosotros sin dudar de la realidad no conlleva un embarazo más para la filosofía, es algo sumamente simple,
equivale a pensar que todo trabajo del conocimiento no se hace en las cosas, sino, en nuestro entendimiento.
LECCIÓN II
PENSAMIENTO Y CONCIENCIA
En cuanto el barco empezó a llenarse de agua, algunos subieron a los botes, otros, en medio del caos, intentaron
otras medidas, y otros más, simplemente, no alcanzaron a tomar ninguno, -no había botes para todos. Bertha se
apresuró a subir al bote, era la única esperanza que tenía, llevar a su hijo en brazos le impedía cualquier maniobra
en el agua. Su bote fue de los primeros en partir, pero quizá, por culpa del marinero, fue succionado al momento
del hundimiento devolviéndolo casi al lugar inicial. Fue allí cuando se percató que alguien nadaba rápido hacia
ellos. -Nos va a hundir, pensó. Vio que se trataba de un hombrecito. Lo vio subir al bote sin ningún reparo, sin
siquiera pedir perdón o solicitar permiso. Lo vio decidido a quedarse; altanero, dispuesto a todo por el derecho a
un lugar que ya para él, por haber sido el último en llegar, estaba perdido…
La realidad es más o menos como un bodegón que han puesto sobre una base para que podamos pintarlo. Lo miramos
un segundo y clavamos la mirada en el papel para dar el primer trazo, pero cuando levantamos los ojos de nuevo, ya
nos lo han quitado. Todos los trazos que damos de ahí en adelante ya no están sacados de la realidad, sino de la
imaginación, de un bodegón que ya no existe más que en el pensamiento, que se alimenta permanentemente del
recuerdo y que cada vez que se lo piensa, está más atravesado por la niebla del tiempo. Esto hace que nos
preguntemos: ¿cómo nos recordarán los hombres del futuro? Nietzsche en su Anticristo advierte qué hay “hombres
que nacen póstumos. Mis lectores no han nacido todavía, mi libro no es para el hoy” -añade-, “ni para el mañana, es
un libro para el pasado mañana”. Pero no sólo Nietzsche había empeñado la esperanza, también Beethoven confiaba
más en su obra que en aquellos a quienes, remotamente, pudiera ir dirigida. Pensaba que los hombres del futuro
serían los depositarios de su música... ¿Nos recordarán, sabrán que vivimos en una época que creímos memorable?
¿Habrá pensado Odiseo que sería recordado por haber caminado con gigantes, por vivir en la época de Héctor,
domador de caballos, por pelear en los tiempos de Aquiles? ¿Se cruzaría ese pensamiento por la mente de Odiseo así
como sucedió con Platón cuando dijo: “agradezco a Dios por haber nacido en la época de Sócrates”? Nunca lo
sabremos, -quizás otros-… Pero nosotros estamos condenados a la incertidumbre. Es una incertidumbre que depende
absolutamente del pensamiento que ha penetrado la vida, pues no hay pasado, sino memoria, no hay futuro, sino
posibilidad y no hay presente, sino pensamiento.
Si un hombre cualquiera al que llamaremos Juan, hace diez años discutió con su tío Pedro y en esa discusión, Juan
gritó y ofendió gravemente a Pedro, es probable que Juan pensara en ese momento, que era justo lo que Pedro
merecía por su comportamiento. Pero vamos a suponer que dos años después, Pedro le hizo un regalo a Juan y Juan
se arrepintió del comportamiento que en el pasado tuvo con Pedro y de la manera en que lo ofendió. Luego pasaron
tres años y Pedro le pidió a Juan que le devolviera el regalo o que lo demandaría por ello. Entonces Juan recordó
cuando ofendió a Pedro cinco años atrás y se sintió a gusto por haberlo ofendido. Incluso pensó, que debió haberlo
ofendido más. Al día de hoy, Pedro se ha mostrado arrepentido con Juan, le ha dado una suma de dinero para reparar
el daño y le ha pedido perdón por lo acontecido. Juan ha vuelto a creer en Pedro y ha vuelto a sentir un malestar por
haberlo ofendido en el pasado. ¿Cómo hubiera narrado Juan esa ofensa en los diferentes momentos aquí
mencionados? ¿Qué sentirá Juan en el futuro sobre la ofensa pasada cuando Pedro vuelva a atacarlo? ¿Cómo Juan
recordará a Pedro?
Guardamos las cosas en la conciencia y, lo que era lo mismo, será siempre diferente… Es como si las cosas reposaran
o simplemente, transcurrieran con demasiada lentitud, la misma lentitud de la tortuga. Los hombres, convertidos en
el Aquiles de los de Elea, queremos volver una y otra vez a alcanzarla, pero pronto empezamos a pensar que tal cosa
es imposible, ella ya se ha ido como el río de Heráclito o la noche de Unamuno; y nosotros, como el hombre
desesperado de Neruda, ya no somos los mismos… Así se explica que en el mundo haya menos hechos que versiones
y que, en consecuencia, al no encontrar refugio en la realidad, un buen asidero, sea cualquier historia…
Espantoso el tiempo como el manantial de las horas fluye en sentido inverso… La memoria sólo es el alfarero del
tiempo, su demiurgo inventor.
LECCIÓN III
CONCIENCIA E IMAGINACIÓN
En cuanto subió al bote, vio que en él había un marinero intentando remar rápido para alejarse del hundimiento.
También vio a una mujer de unos veintitantos. -Inicialmente iba sola, -dijo el cura-, pero en cuanto vio que podía
correr peligro porque no había suficientes botes, se aferró a una niña que parecía extraviada, luego aseguró que
era su hija. Un rato después vio que un cuarentón nadaba hacia ellos intentando alcanzarlos. El marinero remaba
más rápido intentando alejarse del hombre, sabía que podía hundirlos. Al fin los alcanzó, subió con brusquedad.
No le importó nada, sólo velaba por su propia vida. -Casi nos hunde al subirse. En cuanto se acomodó todos
sentimos la tensión por el hombre, su actitud era amenazante. Ni siquiera nos dio la oportunidad de buscar una
solución que no obligara un sacrificio. A partir de allí, todos empezamos a mirarnos como enemigos.
Todo conocimiento, al exigir un cognoscente, es una apropiación consciente de las cosas. Pero todo conocimiento, a
su vez, exige a la mente, la arbitrariedad suficiente para llenar los espacios vacíos, mezclando, en una confusión
irresoluble, la realidad con la imaginación. Se trata de economía. Es una opción natural por lo más fácil; lo más ligero;
lo más light; o sencillamente, en términos de Kant, es la opción por lo amanual; lo que tenemos cerca; a la mano. Y
es que no se trata de desconfianza, pues lo amanual no es una opción justificada en la desconfianza por lo novedoso;
sino que se trata de una imposibilidad, aquella que nos asiste frente a lo desconocido. ¿Debemos aspirar a conocer lo
desconocido?, y en consecuencia, ¿a esperar lo inesperado?
Acaso, ¿no era Heráclito el que decía que “si uno no espera lo inesperado nunca lo encontrará”? ¿Y no decía también
que, “es imposible de encontrar e impenetrable”? ¿Cómo puede uno encontrar lo inencontrable?… O es que, ¿no
sabemos todos acerca de la inmensidad de la noche? ¿No era por ello que Hesíodo se refería a Zeus como el que no le
teme a nada, excepto a la noche? ¿Será qué hay tanto para pensar en la noche interminable, que corremos el riesgo
de dejar de ser nosotros mismos?
Schopenhauer pensaba que entre más me represento al mundo, más me encuentro yo, pues la representación no es
sino, la manifestación de la voluntad que desea y el deseo no es nada distinto que la forma que toma el mundo de
nuestras representaciones… Por eso Descartes invitaba a incluir en todos nuestros pensamientos, una especie de
genio que incomodara la credulidad absoluta en nosotros mismos. Es algo así como que, entre más creemos, más
debemos dudar. ¿Pero cómo hacerlo?
¿Se tratará de actitudes mentales? Quizá, pues esa finalización perfecta del conocimiento al que han llamado La
verdad, no es sino, un desvelamiento en el cual creemos; y la hermenéutica, lo contrario, un desvelamiento en el cual
no creemos... En aquel mito platónico de los velos y el sol podemos ver claramente esta dualidad entre aletheuein y
hermeneuein. Aletheuein es quitar el velo y creer que lo que vemos es el mundo y hermeneuein es quitar el velo y
dudar de lo que vemos, pues nos vemos a nosotros mismos. Actitudes mentales, -dijimos-, después de todo, toda
búsqueda del conocimiento conlleva una fe en él, pero toda mejoría intelectual, conlleva una duda; una, que implica
una desconfianza en nosotros mismos. Se trata, entonces, de aprender para después desaprender, pues no puede
desaprender quien no ha aprendido.
Como dijo el poeta: “el peso de los años se mide en la tristeza” y por eso, la madurez no es sino, saber disimularla. La
tristeza es una representación del mundo, es decir, es una parte de la imaginación. La imaginación es guardar en la
memoria lo que hemos visto; la tentativa por copiar en el papel el bodegón ausente. La hermenéutica tiene algo de
todo esto. Ella es una actividad, un hacer algo con aquello que creemos saber, con aquello en lo que confiamos. Es en
algún modo, igual que la actitud de los hombres fuertes, que saben qué hacer con su tristeza, porque son dueños de
ella.
LECCIÓN IV
IMAGINACIÓN E IDEA
El marinero era un hombre corpulento, más bien joven, acostumbrado a lidiar con las batallas del mar. Cuándo
Karl le preguntó por lo ocurrido, contestó: -Yo vi muy poco. Mientras bajaba la balsa algunas personas subieron en
ella. Vi una mujer, una niña pequeña que no sé qué relación tenía con la mujer; un cura viejo y a usted, un idiota
que se montó después, justo cuando ya nos habíamos alejado del hundimiento. Por poco nos hunde a todos. Fue
tan tonto que hasta se le ocurrió intentar pelear conmigo, cómo si alguien más pudiera sacarlos de allí.
Irremediablemente, lo que vemos, lo pensamos; y lo que pensamos, queremos verlo, pues como ya había dicho
Descartes, “el conocimiento avanza porque puede ser probado en la realidad”. Pero reconozcamos también su
proceso inverso, que mira la realidad y la desintegra en ideas… “Nada hay en el intelecto que no haya pasado antes
por los sentidos”, -dijo Santo Tomás en De veritas-, “excepto el intelecto mismo”, -añadió-. Esta forma tan leibnitziana
de ver el conocimiento y sus dos procesos, llamados abstracciones y concreciones, no son sino, esa relación que nos
obliga a pensar que estamos en el mundo y debemos hacer algo con él. Los concrecionistas, creen que entendemos
las cosas porque tenemos ideas; y los abstraccionistas, al contrario, creen que tenemos ideas porque vemos las cosas,
las vemos en sus partes, casi que, como diría Platón, en formas geométricas. ¿Formas geométricas? Así es, pues,
¿cómo es posible que veamos un árbol donde no hay un árbol? Por ejemplo, en una pintura, en una foto, en un cuadro.
Este es el asunto de fondo, que no es poca cosa, pues va sobre una pregunta trascendental: ¿existen las cosas
determinadas, no objetualmente, cómo anotamos antes, sino como entidades determinadas? O sea, ¿cuándo veo un
ave, realmente veo el ave? o, ¿lo que veo son luces y sombras, pues es en mi mente en el único lugar donde puede
existir un ave? ¿Tendría razón Schopenhauer cuando dijo que lo que hay es un ojo que ve y una mano que siente?…
No cabe duda que son preguntas difíciles, difíciles en la medida en que todas admiten variaciones y respuestas
aparentemente correctas. Lo cierto es que, en cualquiera de los dos casos, el mundo como conjunto de cosas
existentes no es mi mundo, y lamentablemente, el único lugar que habitamos es un mundo hecho de ideas, es decir,
de aquellas cosas que han sido pensadas. Todo lo demás, por más que exista en otros lugares y sea conocido por
muchos, si no ha sido por mi pensado, no existe… -Existe para otros, -dirán algunos-, pero ¿y cómo saberlo?
Si la amplitud de mi mundo es mi pensamiento, todo trabajo para ganar mundo debe ejecutarse en la tarea de ampliar
el pensamiento. ¿Cuánto mundo ha ganado un viajero idiota?
LECCIÓN V
IDEA E IDEA
El marinero lo miró con odio. -Pensé que me arrojaría, explicó Karl. Pero en lugar de eso, con voz fuerte y cortante
dijo: -bájese, ¿no ve que está lleno? Karl estaba empapado, temblaba de frío y empezó a sentir mucho temor al ver
la cara de todos, era obvio que estaban de lado del marinero. -Pero yo no iba a bajarme, prosiguió, -era cuestión
de vida o muerte. La voz me tembló cuando dije: no, no me bajaré. El hombre dio un paso hacia Karl, fue rápido.
Con su mano derecha sujetó fuerte el remo en señal de amenaza. Estaba parado como para un duelo. Le clavó la
mirada y con voz aún más fuerte, casi gritando le dijo: -No sea pendejo, no ve que nos hundiremos si se queda ahí,
la primera ola fuerte nos enviará a todos al fondo del mar. Le digo que se baje o me veré obligado a bajarlo. Karl
no sabía que tan duro era el tipo, ni si lograría bajarlo por la fuerza. Lo que no dudó ni un segundo es que lo
intentaría. Sabía que tenía que evitar a toda costa ese enfrentamiento. Eso obligaría a los demás a tomar partido
y era claro que ayudarían al marinero. Ayudarlo a él era, en algún modo, ayudarse a sí mismos.
Hay una generosidad austera y una austeridad rigurosa, pues hay vidas como las de Séneca y las hay, como las de
Diógenes. Lo que no hay, es una pobreza que valga la pena, -ni en el pensamiento ni en la acción-. Pues, ¿quién en
ausencia de algo, puede asegurar que su vida no ha perdido algún valor? El problema de esto radica en estar seguros.
-Quiero decir-, en saber que algo nos falta. Ahora bien, ¿La falta de algo, no es, teóricamente, lo que denominamos
error o falsedad? ¿No es justamente eso, a lo que se refiere Aristóteles cuando señala que “el error es causado por
falta de información en las premisas o falta de acierto en la utilización de ellas”? Pero, ¿cómo saber que estamos en
el error? ¿Cómo ser hábiles en el compendio de información y en la utilización de las premisas?… Platón dedica todo
su Eutidemo a enseñar la técnica de la erística y Descartes, a incluir la duda en la cotidiana tarea de pensar. De este
modo, la dinámica entre la verdad como fin y la interpretación como camino o aletheuein y hermeneuein, está
mediada por la dialéctica, pues nadie enfrenta un nuevo velo hasta que no ha dudado de la veracidad del anterior. El
problema es que la confianza en lo que creemos es una actitud natural, mientras que dudar de ello, un enorme
esfuerzo. Por eso, avanzar en ese camino depende enteramente de la capacidad dialéctica de alguien. Es decir, de la
capacidad para dudar de sus propias conclusiones.
En cualquier caso, nunca sabremos que es lo verdadero y lo erróneo, lo bueno o lo útil y lo que inequívocamente
corresponde a cada quien, pues nunca sabremos cuál es la verdad definitiva, ni lo que nos conviene, ni por supuesto,
lo que nos hace falta; sólo nos convenceremos por un determinado tiempo de alguna idea y si tuviéramos la valentía
suficiente para avanzar, con total certeza, tiempo después, nos habremos convencido de otra. Este ejercicio, que
teóricamente, se explica del modo en que una idea se contrapone a otra y de la lucha entre ellas, se obtiene una
nueva, es una mímesis de la vida misma, en la cual, pensamos que algo nos falta hasta que lo tenemos y cuando lo
tenemos, el peso de llevarlo, nos revela que no nos hace falta, -y claro-, nos revela también, lo tontos que fuimos.
¿Habrá alguna vía o camino en la posibilidad de acertar? Quizá si, quizá no, en todo caso, lo dicho no nos libera de la
necesidad que tenemos del mundo, que no es nada diferente a la necesidad que tenemos de verlo. ¿Habrá alguna
manera para ver el mundo que no sea a través de ideas? ¿Habrá alguna posesión que no sea idea? ¿Cuánta austeridad
se requiere para despojarse de una idea? ¿Cuánta, para vivir en ausencia de aquellas que entorpecen?