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Cuarta Semana Vida y Amor

El documento reflexiona sobre el amor de Dios y su capacidad para transformar nuestras vidas, enfatizando la importancia de reconocer y vivir este amor en nuestras acciones diarias. Se destaca que la verdadera plenitud y felicidad provienen de una vida ordenada por el amor, que nos llama a ser misioneros y testigos de la fe. A través de la oración y la conversión del corazón, se nos invita a ver y compartir el amor que hemos recibido, siguiendo el ejemplo de María y otros santos.

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Cuarta Semana Vida y Amor

El documento reflexiona sobre el amor de Dios y su capacidad para transformar nuestras vidas, enfatizando la importancia de reconocer y vivir este amor en nuestras acciones diarias. Se destaca que la verdadera plenitud y felicidad provienen de una vida ordenada por el amor, que nos llama a ser misioneros y testigos de la fe. A través de la oración y la conversión del corazón, se nos invita a ver y compartir el amor que hemos recibido, siguiendo el ejemplo de María y otros santos.

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Lunes

"Han sido bien comprados" (1 Pe 1,18-21)


No olviden que han sido liberados de la vida inútil que llevaban antes, imitando
a sus padres, no con algún rescate material de oro y plata, sino con la preciosa
sangre de Cristo, cordero sin mancha ni defecto, predestinado antes de la
creación del mundo y revelado al final de los tiempos, en favor de ustedes.
Lo esencial es invisible a los ojos, dice el zorro al Principito en la historia de
Antoine de Saint-Exupéry. El amor más esencial es muchas veces invisible a los
ojos, pero por la fe es posible conocer y proclamar este amor.
"No olviden que han sido liberados de la vida inútil que llevaban antes,
imitando a sus padres", dice la primera carta de Pedro. Parafraseando,
podríamos decir: No dejes de ver el amor que ha liberado de la vida inútil que
llevabas antes. No dejes de ver el amor que hay en tu vida. Quizá algunos que
lean esto estén experimentando que no son amados o que el amor en su vida
se acabó. Es distinto pensar que algo no existe o no está, a no verlo o no
haberlo encontrado aún.
Por eso hemos de pedir una conversión de corazón. Por lo que dice Jesús:
"Bienaventurados los de corazón limpio, porque verán a Dios" (Mt 5,8). No
importa lo duras, lo complejas o incomprensibles que sean las circunstancias
de nuestras vidas, Dios está siempre. Lamentablemente, es lo que permitimos
que ensucie nuestro corazón lo que no nos permite verlo. El rencor y
resentimiento, los vicios y pecados, los apegos y amores desordenados, la
avaricia y tantas cosas más dañan el corazón. Todo esto hace olvidar el amor o
hace que no lo veamos.
No hemos sido comprados, o en otras palabras salvados, con oro o plata, ni con
lo más valioso que te quieras imaginar, sino con la entrega por amor de Cristo.
Este pasaje nos invita más que a reflexionar, a preparar el corazón con la
reconciliación, a poner los medios necesarios para limpiar el corazón y así ver
el gran amor que hay en nuestra vida.
Martes
«Si bebes no tendrás sed jamás» (Jn 4 7-34)
El pasaje de este día nos ofrece una imagen muy elocuente del amor que Dios
nos tiene. Te invito a imaginar la escena: el calor del mediodía, la sed, imagina
la frescura del agua y a Jesús que te pide: "Dame de beber". ¿Qué sientes
cuando lo ves y lo escuchas?
La oración auténtica es la que nos conduce a este encuentro entre mi sed de
amor y la sed de Dios por mi felicidad, porque yo viva una vida plena sin vacíos
ni soledades. Es también el encuentro entre dos libertades. Lo que quiere decir
es que, aunque Dios lo puede todo, también cuenta con mi libertad; Dios
seduce la libertad de la persona, no la anula.
Por eso, para recibir esa plenitud de amor que sacia mi vida, ¿qué medios
estoy dispuesto o dispuesta a poner? Ante esto me gusta recordar una frase de
San Ignacio de Loyola: «Trabaja como si todo dependiera de ti, confía como si
todo dependiera de Dios». Así podemos poner los medios y la creatividad que
podamos, y Dios se encarga del resto.
Miércoles
«El amor ha sido derramado en nuestros corazones» (Rm 5,2-5)
El amor saca a relucir nuestra misión, es decir, aquello que nos constituye. El
Papa Francisco lo expresa en Evangelii Gaudium 273:
"La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno
que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia.
Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una
misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo".
El amor nos hace a ti y a mí misioneros en nuestro entorno. Sin fe pareciera
que de las dificultades y desdichas no somos capaces de sacar nada. En
cambio, por la fe, dice el Apóstol San Pablo que no solo nos enorgullecemos,
sino:
"No sólo eso, sino que además nos gloriamos de nuestras tribulaciones; porque
sabemos que la tribulación produce la paciencia, de la paciencia sale la fe firme
y de la fe firme brota la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada".
En esta oración podemos expresarle a Dios esas dificultades y tristezas de las
que no sentimos que podemos sacar nada, y también podemos pedir la gracia
de dejarle formar en nosotros paciencia, fe firme y esperanza.
"Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestro corazón por el don del Espíritu Santo". El amor de Dios
que experimentamos en la oración sostiene nuestra vida para esperar aquello
que Dios nos promete.
Jueves
«Ser testigos de que Dios sacia nuestra sed» (Jn 7,37-38)
Las dos realidades vida-amor llegan a unirse de tal forma que parecen
confundirse y hacerse inseparables la una de la otra. Una vida que en esencia
es amor y un amor que abarca toda la vida. La auténtica felicidad, la más
grande, la constituye el invertir toda la vida amando. Vivir a plenitud coincide
con una vida plenamente fecunda, un vivir dando vida, dando la auténtica
vida-amor, haciendo de toda la vida un don.
Por eso Jesús afirma: «Quien tenga sed venga a mí; y beba».
Parafraseando el pasaje principal, Jesús diría: "El que tenga sed de vida y
felicidad que venga a mí y beba de mi amor". ¿Es actual que Dios grita estas
palabras para que todos oigan? ¿Cómo es que gritas hoy, Jesús, a tantos y
tantos que pasan sed de amor, de confianza, sed de sentir calor de hogar, sed
de sentido, etc.?
"Quien crea en mí. Así dice la Escritura: De sus entrañas brotarán ríos de agua
viva", se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en él.
Jesús gritas y llegas a otros por la disponibilidad de los que creemos. Es una
llamada a poner lo que falta en nuestros ambientes: donde experimentas que
falta amabilidad, ponerla; donde falta amor, ponerlo; donde falta confianza,
ponerla; donde falta alegría, llevar alegría. Cuando son impacientes,
incomprensivos o descorteses con nosotros, quizá más que una queja, el
cambio se dará cuando Jesús ponga esto por medio de nuestra vida.
Muchas veces es difícil creer que podemos llevar la vida, y por nuestra fuerza
no es posible, sí Jesús en nosotros, porque Dios no tiene imposibles.

Viernes
El amor pone orden en nuestra vida y la lleva a la plenitud (1 Timoteo 1,12-14).
Ordenar la vida implica tener algo o a alguien hacia quien dirigir esa
organización. Los padres responsables estructuran sus horarios en función de
sus hijos, así como un buen estudiante establece prioridades para alcanzar sus
metas académicas. La meta hacia la cual podemos dirigir todos esos aspectos
es la llamada a la santidad.
¿Qué significa esta llamada? El apóstol lo expresa en su primera carta a
Timoteo: «Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, quien me fortaleció, confió
en mí y me eligió para su servicio a pesar de mis blasfemias, persecuciones e
insolencias anteriores». En la experiencia de San Pablo, podemos observar un
profundo sentido de agradecimiento. En esta vivencia del amor y la vocación,
se hace evidente cómo todo se ordena.
El amor integra, unifica y planifica toda la vida espiritual y personal del ser
humano. La santidad no es más que la madurez en este amor. ¡No temas ser
santo, estar completo, ser perfecto! No te conformes con menos. No frustres el
deseo de Dios, quien desde tu creación ha querido desarrollar en ti la imagen
de Su Hijo perfecto. Se dice que agradecer es reconocer, y Pablo agradece y
reconoce enormemente lo que el amor y la gracia han logrado en su vida.
Una vida ordenada por el amor es una vida madura. Esta madurez requiere
paciencia, que es la madre de las virtudes, ya que el proceso de crecimiento es
continuo y progresivo. Que María nos ayude, en este día, a recordar el amor
para disponernos a acogerlo y compartirlo en cada momento.
Sábado
«Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lucas 1,46-56).
Cuando el amor de Jesús se convierte en el motor que impulsa nuestras
decisiones, nuestro camino y nuestra vocación, nuestra vida, al igual que la de
María, se transforma en un canto al amor. "Mi alma canta la grandeza del
Señor”; lo más profundo de mi ser se eleva en alabanza.
El canto, como señalan los músicos, no se trata solo de ejecutar instrumentos
con perfección o de realizar interpretaciones creativas. La música debe
transmitir un sentimiento y convertirse para el oyente en una experiencia. Así,
nuestra vida abrazada por el amor no presenta a Dios meramente como un
concepto intelectual. Jesús mismo dice: "El que los recibe a ustedes, a mí me
recibe" (Mateo 10,40). ¿Cómo se logra esto? María, en su Magníficat, nos da
testimonio de cómo se realiza.
«Mi espíritu festeja a Dios, mi salvador, porque se ha fijado en la humillación de
su esclava; y de aquí en adelante me felicitarán todas las generaciones. Porque
el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí; su nombre es santo».
La vida de María es, ante todo, un canto de agradecimiento, ya que descubre el
amor como un don y no como un crédito. A menudo, caemos en dinámicas
mercantiles en asuntos de amor, aprecio y cariño. Humanamente, amar lo que
resulta desagradable, lamentable, pobre o enfermo, tanto en nosotros como en
los demás, parece imposible. Así, pensamos que ser amado o valorado
depende del aspecto físico, la inteligencia o, lamentablemente, de la situación
económica.
«Porque se ha fijado en la humillación de su esclava; y de aquí en adelante me
felicitarán todas las generaciones». La experiencia de nuestra Madre, la Virgen
María, nos enseña que Dios ama lo humilde, lo pequeño, lo que nadie en este
mundo puede amar. Esto nos convierte en embajadores de ese amor (2
Corintios 5,20).
El amor no solo da vida, sino que también proyecta esa vida a través de las
generaciones, más allá de nuestra existencia terrena. "El cielo no puede
esperar", decía San Carlo Acutis. La felicidad que anhela tu corazón no puede
esperar. Por ello, este amor en nosotros se manifiesta en signos visibles:
alegría, amabilidad, compasión, paciencia y libertad, convirtiéndose en un
hermoso canto que todos pueden disfrutar.

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