El Pozo - Juan Carlos Onetti
Planificación: Onetti estructura El Pozo con una fragmentación calculada, alternando el
presente claustrofóbico de Eladio Linacero en su cuarto con sus recuerdos y fantasías,
como la obsesión por Ana María o las aventuras en Alaska. Esta disposición no es caótica,
sino un reflejo del flujo de conciencia de un hombre al borde del colapso, donde cada
episodio (el hombro de la prostituta, el escupitajo, los debates con Lázaro) cumple una
función esencial en la exploración del fracaso y la imaginación como refugio, similar a la
economía narrativa borgeana donde nada sobra y todo simboliza.
Capacidad inventiva: Onetti reinventa temas universales como la soledad y la creación
artística desde una perspectiva crudamente existencial. Las fantasías de Linacero (la
cabaña nevada, las historias de piratas) no son meros escapes, sino metáforas de la
resistencia ante la mediocridad, comparables a los universos paralelos de Borges pero con
un tono más visceral y menos intelectualizado. El antihéroe Linacero, fracasado y lúcido,
construye mundos porque la realidad lo ahoga, una idea borgeana llevada al límite de lo
patético.
Inspiración: Mientras Borges se nutría de filosofía y literatura clásica, Onetti bebe del
existencialismo y la narrativa popular para plasmar su pesimismo. Las referencias a Huxley
o Bunin, junto a las fantasías de aventuras en el Klondike, funcionan como guiños
intertextuales que, al igual que en Borges, elevan lo marginal a categoría literaria, pero aquí
con un lenguaje más cercano al desgarro que a la erudición.
Lenguaje preciso: Onetti emplea un estilo crudo pero poético, donde frases como "la saliva
corría por su mejilla" combinan realismo sucio con imágenes memorables. Los diálogos,
cortantes y reveladores (como los intercambios con Lázaro o Ester), carecen de la ironía
refinada de Borges pero comparten su eficacia: cada palabra expone la degradación
humana sin concesiones.
Interacción con el lector: La narración genera incertidumbre al borrar los límites entre
realidad, memoria y ficción (¿Ana María murió o es una proyección?). Linacero, como los
narradores borgeanos, cuestiona su propia lucidez ("esto que escribo son mis memorias"),
pero aquí la duda no es intelectual sino existencial, invitando al lector a confrontar la
fragilidad de toda verdad subjetiva.
Temporalidad y tiempo: Onetti subvierte el tiempo lineal: el pasado obsesivo (Ana María)
invade el presente, y el calor opresivo del cuarto estanca la acción en una eternidad vacía.
Esta manipulación temporal, cercana a El Inmortal de Borges, refleja la parálisis de
Linacero, atrapado en un ciclo de derrota donde el único movimiento posible es el de su
propia escritura febril.
Mondongo.