El genio de la taza de té y sus miedos
El genio de la taza de té y sus miedos
De Lucas se podía decir cualquier cosa, menos que fuera un niño valiente. Todos sabían que
era amable, educado y muy divertido. También era inteligente, muy aplicado en el colegio y
amoroso con sus padres, pero cuando se trataba de valentía nadie lo volteaba a ver. A sus
nueve años de edad, según pensaba él cada tanto, poseía el récord mundial del niño de
primaria con más miedos acumulados. Muchas veces había escuchado a varios adultos decir
que era normal que los niños le tuvieran miedo a muchas cosas que, conforme crecían, iban
perdiendo importancia hasta desaparecer. Él, sin embargo, no solo tenía una cantidad
asombrosa de terrores que lo atormentaban sin parar, sino que también estaba seguro de que
no se irían cuando por fin creciera. De hecho, a veces se atrevía a pensar que sus temores
crecerían con él, haciéndose más y más grandes conforme él también lo hacía.
Su lista de miedos era tan larga, que ni siquiera puedo intentar escribirlos todos en estas
páginas, o de lo contrario terminaría creando una enciclopedia enorme y demasiado robusta
como para que nadie, niño o adulto, se anime a leerla. Lo que sí puedo hacer es ofrecerles un
breve resumen, porque Lucas era tan aplicado y ordenado, que incluso con sus miedos sentía
la necesidad de hacer listas para tenerlo todo correctamente organizado. Si alguien le hubiera
llegado a preguntar alguna vez sobre sus miedos más grandes, más profundos y terribles, sin
ninguna duda hubiera mencionado los tres que encabezaban su lista. En primer lugar, estaba
el miedo a las alturas, descubierto en un viaje familiar en el que había intentado subir a una
de las atracciones de un parque de diversiones. El segundo era el miedo a las tormentas, que
había surgido en él luego de ver una película en la que un barco se hundía en la tempestad.
Y por último pero no menos importante, estaba el miedo a Nelson, el bravucón con cara de
matón, que era como Lucas llamaba secretamente al niño de su escuela que se dedicaba a
molestarlo siempre que podía.
Muchos habían sido los años en los que Lucas, haciendo uso de su gran inteligencia, había
aprendido a vivir con sus temores, soportando cada tanto los escalofríos que le provocaban
los truenos y relámpagos, o las náuseas que sentía cuando se montaba en algún ascensor, o
los pellizcos y empujones que Nelson el bravucón con cara de matón le daba siempre que
lograba escapar de la atenta mirada de un profesor. Sin embargo, cuando sus padres le dieron
la noticia de que por fin, después de tanto tiempo, tendría un hermanito menor, Lucas supo
que debía hacer algo para resolver su pequeño gran problema. En todas las películas y
comiquitas que había visto, siempre salía retratado un hermano mayor fuerte y valiente que
protege a su hermanito de todos los males, y aunque él quería ser eso para su hermanito (o
hermanita) que venía en camino, ¿cómo podía llegar a serlo con tantos miedos en su lista?
De inmediato, como siempre hacía cuando tenía una duda especialmente fuerte, recurrió al
único lugar que podía ayudarle a conseguir algunas respuestas: la biblioteca de su padre.
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Como buen profesor que era, su padre no solo usaba lentes y corbata, sino que tenía también,
en el último piso de su casa, una enorme habitación con paredes altas llenas de libros, muchas
ventanas y un escritorio enorme, en el que casi siempre solía haber alguna taza de té o café
olvidada. Desde que tenía memoria, Lucas solía ir a esa habitación con su padre para que éste
le leyera, antes de dormir, las más hermosas historias, siempre cargadas de magia y aventuras.
Así mismo, su padre solía llevarlo ahí cada que él tenía una pregunta, enseñándole, por el
camino, que siempre que tuviera una duda habría un libro específicamente diseñado para
responderla. Cuando Lucas quiso saber sobre los planetas del sistema solar, su padre lo llevó
a la biblioteca y le enseñó un enorme y hermoso libro ilustrado que le aclaró todas sus dudas,
así como también le leyó una enciclopedia sobre la historia más antigua de su país, un tema
que se había tocado en clase y que el niño no había entendido muy bien. Siempre, pero
siempre, Lucas iba a esa habitación junto a su padre, pero esta vez de la que les hablo, decidió
ir solo por primera vez.
Cuando estuvo seguro de que sus padres se habían quedado profundamente dormidos, tomó
la luz de noche que su madre siempre solía dejar encendida antes de darle las buenas noches,
y salió de su habitación con mucho cuidado, tan silencioso como una sombra, pues sabía que,
si lo descubrían levantado a esas horas tan altas, terminaría castigado y no podría completar
su misión. Los pasillos estaban tan oscuros que daba miedo, pero Lucas se aferró a su luz y
continuó su camino sin dudar. Cuando llegó a la biblioteca, colocó la luz sobre el escritorio
y de inmediato empezó a busca algún libro que pudiera ayudarlo a volverse el niño valiente
que necesitaba ser para su hermanito o hermanita. Como había tantos libros diferentes en
aquel lugar, Lucas había pensado que le costaría bastante encontrar aquel que necesitaba,
pero resultó que, después de unos pocos minutos de búsqueda, finalmente lo halló.
—Historias mágicas sobre estrellas y deseos—Lucas leyó el título en voz alta, y aunque no
podía estar del todo seguro, algo muy dentro de él le dijo que aquello era justamente lo que
necesitaba. Emocionado, se acercó a la silla más cercana, y luego de ponerse cómodo, abrió
el libro y comenzó a leer.
Se trataba de una colección de historias divertidas con muchos dibujos y colores, en las que
se contaban, de forma breve, las experiencias que distintas personas en distintas partes del
mundo habían tenido al pedir un deseo a la estrella más brillante del anochecer. Aquello le
llamó tanto la atención, que en tan solo unos pocos minutos terminó por leerse todo el libro
por entero. Una vez lo hubo terminado, se acercó a la ventana más próxima y, para su enorme
sorpresa, encontró justamente lo que el libro describía: una estrella grande y brillante, una
que destacaba por encima de todas las demás y que, según las historias, sería capaz de
conceder cualquier deseo que se le pidiera, siempre y cuando fuera un deseo puro y sincero,
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nacido directamente del corazón. Al pensar en ello, Lucas no pudo evitar dudar, porque,
siendo sincero ¿cómo podía una estrella conceder un deseo? No obstante, sus ganas de ser el
hermano mayor perfecto eran tan grandes, que decidió dejar de lado sus dudas y simplemente
confiar.
—Estrella brillante, estrella fulgurante, la más hermosa que veo en esta noche radiante,
ojalá pudiera obtener que mi más grande deseo me quisieras conceder. Nacido de mi
corazón, hoy lo digo con mi voz, y el deseo es tener toda la valentía que algún día me faltó…
Aunque no era una instrucción como tal, algo que se repetía en todas las historias que acababa
de leer eran las rimas divertidas y sólidas como una roca, por lo que al menos supo que aquel
paso lo había cumplido a la perfección. Lo que seguía luego de pedir el deseo no lo tenía muy
en claro, pero definitivamente no esperaba nada parecido a lo que terminó sucediendo. Y es
que de pronto fue como si una mano invisible, por la razón que fuera, pretendiera arrancar la
estrella del cielo, pues ésta empezó a sacudirse sin parar, hasta el punto en que, ante los
asombrados e incrédulos ojos de Lucas, empezó a caer rápidamente en dirección a la
habitación en la que él estaba, de pie y sin poder moverse debido a la impresión que todo
aquello le causaba.
Para cuando el niño pudo reaccionar, la estrella ya se había convertido en una esfera de luz
plateada y enorme, que seguía cayendo sin parar cada vez más rápido, por lo que Lucas se
dio media vuelta y echó a correr para refugiarse detrás de la silla en la que se había sentado
antes. Escasos segundos después, la estrella entró como una flecha a través de la ventana por
la que el niño había estado mirando, y para más sorpresa, sin romper ni un poco el cristal.
Agachado como estaba en su improvisado escondite, Lucas sintió cómo la estrella pasaba
rosándole el cabello para irse a estrellar justo dentro de la taza de té a medio terminar que su
padre, como casi siempre, había dejado olvidada sobre su escritorio. Todavía asustado y muy
sorprendido, permaneció un buen rato agachado, como esperando que se armara el desastre
que se debía armar en una biblioteca cuando nada menos que una estrella caía en ella. Pero
como tal cosa no llegó a pasar nunca, eventualmente se puso en pie y fijó toda su atención en
la taza de té, de la que en aquel momento surgía un extraño y al mismo tiempo hermoso
resplandor plateado que no hacía sino cambiar constantemente, aumentando o bajando su
intensidad e iluminando casi todas las superficies del lugar. Incluso, hasta le llegó a parecer
que alguien cercano hablaba al mismo tiempo que la luz de la taza cambiaba.
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— ¿Hola?—llamó, temiendo lo que la otra voz pudiera contestarle—. ¿Hay alguien ahí?
No obtuvo ninguna respuesta, pero cuando se dio cuenta de que la luz de la taza cambiaba
más rápido al oír su voz, dejó que su propia curiosidad lo condujera hacia ella, de pronto
ansioso por descubrir cómo se veía una estrella recién caída del cielo. Por supuesto, antes de
aquel momento nunca se había atrevido siquiera a imaginar cómo se veía una estrella, pero
si alguien le hubiera hecho la pregunta, probablemente habría dicho que sería algo así como
una bola de luz muy brillante, como un sol en miniatura o algo parecido. Aquella, sin
embargo, parecía ser una noche llena de sorpresas, porque cuando finalmente se acercó lo
suficiente a la taza de té para ver lo que había dentro, se dio cuenta de que estaba realmente
muy pero que muy equivocado…
Cuando Lucas se dio cuenta de que la cosa que había dentro de la taza de té podía hablar,
dejó de gritar, pero no porque hubiera querido, sino porque la impresión de descubrir que
algo como aquello tenía voz, lo dejó mudo de golpe. Se trataba de una criatura extrañamente
parecida a un hombre de negocios, pues vestía traje, corbata e incluso lucía unos lentes de
montura redonda que lo hacían ver más serio y formal. El único problema, claro, es que era
tan diminuto como una figura de acción, como un muñeco, y eso sin contar el brillo plateado
que constantemente despedía su cuerpo. De hecho, puede que lo único normal en toda aquella
situación fuera el té en el que aquella cosa parecía estar tan cómodamente instalada.
— ¿Entonces? ¿Vas a decirme por qué gritas o voy a tener que obligarte? No soy mucho de
dar consejos, niño, pero te aseguro que no te conviene para nada hacerme enojar.
— ¿Puedes hablar?—fue lo primero que Lucas alcanzó a decir en cuanto pudo recuperar la
voz.
Desafortunadamente aquello hizo enojar al pequeño hombrecito dentro de la taza de té, quien
de inmediato y sin ningún reparo, se puso a gritar:
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— ¡Nunca me habían ofendido tanto en toda mi vida, y eso que he vivido bastante! ¡¿Qué si
puedo hablar, dices?! ¡Claro que puedo hablar! ¿O qué te crees que soy, un muñeco?
—Caíste del cielo cuando yo pedí un deseo, así que creí que eras…eso, una estrella que
cumple los deseos.
Todavía sin entender demasiado de lo que estaba pasando, Lucas continuó con sus preguntas:
— ¿Un genio? ¿Y qué acaso los genios no vienen en lámparas que tienes que frotar?
—Pues mira, sí, en ocasiones sí—respondió Gin—. Pero esa es una historia un poco más
complicada de lo que parece, y la verdad ahora mismo no tengo mucho tiempo. Así que si
fueras tan amable de pedir tu deseo ahora mismo…bueno, te lo agradecería bastante
— ¿Uno solo?—preguntó Lucas—. ¿Qué acaso los genios no cumplían tres deseos?
Con un suspiro de exasperación y una cara de profunda molestia y frustración, Gin, el genio,
dio un poderoso salto hasta quedar sentado graciosamente justo en el borde de su taza de té.
Una vez así, cruzó las pequeñas piernitas de forma muy elegante, y tras mirar a Lucas de
arriba abajo, explicó:
—Debes entender que hay dos formas de conseguir que un genio te conceda un deseo. Si de
casualidad y por pura buena suerte encuentras una lámpara o algún objeto en el que un genio
se haya atascado, cosa que sucede más a menudo de lo que crees, el genio en cuestión estará
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obligado por las leyes mágicas más antiguas a concederte tres deseos antes de poder por fin
ser libre.
—La que has utilizado hoy—respondió el genio—. Si pides un deseo con todo el corazón a
la estrella más brillante de la noche, tus palabras llegarán hasta la central mágica de los
deseos, donde te concederán un genio particular para cumplir un solo deseo y nada más, el
más importante y grande de todos. Ahora, si fueras tan amable…
— ¿Cómo debo hacerlo?—cada vez más emocionado ante la posibilidad de conseguir aquello
que tanto deseaba, Lucas no quiso esperar ni por un segundo más—. ¿Cómo debo pedir mi
deseo?
Luego de regresar al interior de la taza con una asombrosa pirueta con la que no derramó ni
una sola gota del té que había dentro, el genio cruzó los brazos sobre el pecho y por fin
respondió:
—Esa parte es muy fácil, en realidad. Solo debes tomar la taza y frotarla con las manos
mientras pides tú deseo en voz alta. Luego tendrás que apartarte y dejar que yo haga el resto.
Tras dejar nuevamente la taza sobre el escritorio, Lucas dio tres pasos hacia atrás y
permaneció muy atento, pues no se quería perder ni un solo detalle de lo que pasara a
continuación. Por suerte para él no tuvo que esperar demasiado, ya que apenas unos segundos
más tarde empezó la magia de verdad. Primero, de la taza de té surgió una poderosa luz
plateada que fue creciendo más y más, hasta que llenó toda la biblioteca y el niño tuvo que
cerrar los ojos. Cuando los volvió a abrir, se quedó sorprendido al ver el cambio tan drástico
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que Gin, el genio, había sufrido. Ya no se mostraba como un pequeño hombrecito con traje
de negocios, sino como una criatura enorme, con brazos muy fuertes y rostro serio. Vestía
accesorios brillantes y telas de hermosos colores, y aunque era tan alto que casi llegaba hasta
el techo, de la cintura hacia abajo era únicamente de un extraño humo azulado que se perdía
dentro de la taza de té.
Cuando el genio habló, lo hizo también con una voz muy distinta, mucho más grave y
asombrosa, más sin embargo no fue aquello a lo que Lucas le prestó más atención, pues en
cuanto vio que de las manos de Gin comenzaban a salir unas luces de colores, se preparó para
una nueva y maravillosa demostración de magia. Amarillo, azul, dorado y verde fueron
algunos de los muchos hilos de colores que de pronto surgieron entre las manos del genio,
quien empezó a manipularlos hasta mezclarlos en una sola esfera de luz radiante que se iba
haciendo más y más grande…hasta que se extinguió. Cuando Lucas se fijó mejor, se dio
cuenta de que el genio había regresado a la forma de antes, y de que únicamente había hecho
aparecer tres pequeñas esferas de cristal, como metras, en las que nadaban muchos y muy
hermosos colores.
—Es mi trabajo, no tienes por qué darme las gracias—respondió el genio, muy seguro de sí
mismo y creyendo, seguramente, que lo había hecho muy bien. Sin embargo, cuando se dio
cuenta de la expresión que se había quedado grabada en el rostro de Lucas, preguntó—: ¿Qué
pasa? ¿No estás contento?
Tras pensar muy bien lo que diría, asegurándose de no herir la sensibilidad de un genio tan
malhumorado como Gin, Lucas se aclaró la garganta, y un poco temeroso, respondió:
—Lo que pasa es que…bueno, no entiendo qué es esto—y señaló las esferas de cristal, que
en todo aquel tiempo no habían dejado de brillar—. Mi deseo era ser valiente, y no sé cómo
estas…estas cosas, me van a ayudar con eso. Y yo de verdad, de verdad necesito ser un niño
valiente, porque pronto voy a tener un hermanito o hermanita, y tengo que ser un hermano
mayor que…que…
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Pero no pudo seguir hablando, porque las lágrimas que de pronto se habían apoderado de sus
ojos, se lo impidieron. La verdad es que estaba sumamente asustado con todo el asunto,
porque su hermanito o hermanita llegaría muy pronto, y acababa de agotar el único recurso
que tenía para convertirse en el hermano mayor fuerte y valiente que necesitaba ser para no
decepcionar a sus padres, ni a ese bebé que venía ya en camino. Temeroso de lo que pudiera
pasar ahora que acababa de descubrir que ni la magia podía ayudarlo, Lucas se echó a llorar
desconsoladamente, y siguió haciéndolo durante un buen rato, hasta que de pronto sintió que
unas manitos, pequeñas y muy suaves, le secaban las lágrimas una por una…
Cuando levantó la vista, se dio cuenta de que el genio había hecho flotar la taza de té muy
cerca de su rostro, lo suficientemente cerca, de hecho, como para poder consolarlo con aquel
gesto tan tierno y por completo inesperado.
—Lucas, si hay algo que quiero que entiendas antes de irme, es que si decides ser valiente,
debes decidirlo por ti mismo, porque quieres, no porque creas que debes probarle a alguien
más que puedes serlo—le dijo el genio, con un tono de voz mucho más suave y amable que
el que había estado usando hasta el momento—. Además, debes confiar en ti mismo antes de
hacer cualquier otra cosa. Y en la magia. Confía en la magia, ten fe en ella, porque suele
actuar de formas tan extrañas que podrías llegar a sorprenderte…
Antes de que Lucas pudiera decir nada, el genio se convirtió de nuevo en la estrella que había
caído del cielo, y luego de dar un par de vueltas por toda la habitación, atravesó la misma
ventana de antes y regresó a su lugar, en lo alto del cielo. Tras limpiarse las lágrimas y
quedarse mirando un rato por la ventana, Lucas se fijó en el escritorio y se dio cuenta de que,
en ese corto periodo de tiempo, varias cosas más habían sucedido. Primero, se dio cuenta de
que la taza de té, por arte de magia, había vuelto por sí sola a posarse sobre el escritorio, de
nuevo sin derramar ni una sola gota de su contenido. Además de eso, a un lado de las metras
que el genio le había dado, encontró un trozo de papel que parecía ser una carta del genio.
Intrigado a más no poder, Lucas la tomó y comenzó a leer:
Lucas
No puedo decirte qué son exactamente las tres metras que te dejé, porque a veces la magia
tiene su encanto en lo extraño, en lo curioso, y es mejor disfrutar las cosas sin más, sin
necesidad de encontrarles alguna explicación. Solo voy a decirte que cada una de ellas
cuenta una historia muy especial, de unos personajes que conocí hace mucho y a los que tú
te pareces de cierta forma; espero y puedan ayudarte en tu camino. Cuando te sientas
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preparado para usarlas, solo asegúrate de romperlas contra el suelo y recuerda, confía en
ti mismo y en la magia. Pero sobre todo en ti mismo.
Con cariño
Gin, el genio.
Lucas nunca supo a ciencia cierta cuantas veces leyó y volvió a leer la carta del genio, pero
una vez hubo entendido lo que quería decir, ya no hizo falta darle ningún repaso más.
Emocionado y mucho más tranquilo que antes, se guardó el trozo de papel como recuerdo y
tomó con mucho cuidado las tres metras. Luego de dejar todo en la biblioteca tal y como lo
había encontrado, regresó a su habitación y se preparó para conocer la primera historia. No
sabía qué se iba a encontrar, así como tampoco sabía a qué personajes pertenecían aquellas
historias, pero en realidad no importaba. Si lo que había dentro de aquellas cosas podía
ayudarlo a ser el niño valiente que tanto deseaba ser, estaba dispuesto a enfrentarse a lo que
hiciera falta. Además que, si lo pensaba con detenimiento, desde ya se sentía un poco más
valiente, porque, ¿cuántos niños de su edad pueden presumir de haber conocido al genio
dentro de la taza de té?
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UN DRAGÓN CON PLUMAS DE ORO
Sir Bravos el valiente era, de todos los caballeros del rey, el peor. O al menos al principio de
su historia lo había sido, pues antes de ganarse el apodo de “El valiente”, había tenido que
soportar las burlas de todos los demás aprendices de caballeros, quienes sin ninguna
vergüenza lo llamaban el feo, el enano, el tonto o, el peor de todos, el cobarde. Y es que,
siendo sinceros, había que admitir que Sir Bravos sí que había sido alguien bastante cobarde.
Pequeño para su edad, demasiado delgado y con muchos granos en el rostro, el pequeño
Bravos había crecido dentro de los muros del palacio, criado por una pareja entregada al
servicio del rey. Su madre, una talentosa costurera capaz de hacer las más hermosas prendas
con un simple retazo de tela, era la encargada de confeccionarle todos los atuendos que el rey
lucía en las ceremonias a las que asistía, que eran muchas. Su padre, por otro lado, era el
hombre más valiente que Bravos jamás había conocido, pues como jefe de la guardia real,
era el encargado de proteger a su majestad el rey y a todos los súbditos, asegurándose de que
ningún villano o monstruo pretendiera perturbar la paz del reino. Con unos padres tan
ejemplares, tan trabajadores y sobre todo tan valientes y admirados por todo el reino, e
incluso por el mismísimo rey, quien estaba encantado de tenerlos cerca, Bravos había
creciendo creyendo que, en cuanto tuviera la oportunidad, sería tan exitoso como ellos. De
hecho, había terminado por creer que, más que un deseo, era su deber proseguir con el legado
tan brillante de la familia…por lo que se llevó una sorpresa enorme, y una desilusión todavía
más grande, cuando descubrió que en su destino aquello parecía no estar escrito.
En cuanto Bravos tuvo la edad necesaria, su padre, convencido que su hijo seguiría sus pasos,
lo inscribió en la academia real de caballería, que básicamente era una escuela donde se
educaban a todos los jóvenes del reino que pretendían llegar a ser, en algún momento, parte
de la guardia real. Pese a que Bravos logró aprobar con muy buena puntuación el examen de
ingreso, que consistía en una carrera de obstáculos muy difícil y peligrosa a través de los
terrenos del castillo, en cuanto empezaron las clases quedó muy en claro que aquello no había
sido sino un golpe de suerte, nada más. En realidad, el niño no era muy malo, o al menos no
lo era en todas las pruebas. A veces corría muy lento, pero eso era fácil de corregir, así como
también lo débil de sus brazos, que con el ejercicio y cuidado necesarios seguramente podrían
llegar a ser tan fuerte como se necesitaba que fueran. El verdadero problema llegaba cuando
Bravos se veía obligado a enfrentarse a su mayor temor en el mundo entero: las alturas. Podía
ir muy bien en cualquiera de las pruebas, podía ser muy veloz y ágil, pero cada vez que le
tocaba enfrentarse a algún obstáculo de altura, el pobre jovencito se quedaba paralizado de
miedo, con el corazón latiéndole a mil por hora y el estómago revuelto.
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— ¡Vamos Bravos!—le gritaban los compañeros que, a diferencia de aquellos que lo
molestaban siempre, sí que se habían hecho sus amigos—. ¡Sigue, que vais muy bien!
Animado por las palabras de sus amigos, Bravos intentaba con toda sus fuerzas hacer lo que
debía, pero ni siquiera lograba dar dos pasos cuando se quedaba de nuevo paralizado, muerto
de miedo. Así fue durante mucho tiempo, hasta que un día, el caballero encargado de
entrenarlo a todos lo apartó de los demás estudiantes para hablar muy seriamente con él.
— ¿Sabéis, pequeño? Tal vez esto no sea para vos—le dijo en voz baja, cuidando de que los
demás no lo escucharan—. Quizá sería bueno que intentarais alguna otra cosa. Odio
decíroslo, pero si tenéis mucho miedo nunca podréis llegar a ser un verdadero caballero.
—Si para la próxima clase no lográis superar ese obstáculo, tendré que expulsaros, Bravos.
De verdad lo siento, pero esas son las reglas.
Esa tarde, Bravos volvió a su casa tan triste como nunca antes lo había estado. Cuando sus
padres le preguntaron qué había pasado, el niño les contó la historia por completo, y aunque
su padre prometió que hablaría con el instructor para que le diese una oportunidad más,
Bravos le pidió que no lo hiciera. De alguna forma que ni él mismo entendía del todo, muy
dentro de su pecho algo le decía que aquella era una situación que debía resolver por sí
mismo, solo tenía que encontrar la forma de hacerlo. Por lo que fue una suerte que, poco
antes de tener que volver a enfrentarse a la misma prueba de antes en las clases para ser
caballero, escuchara la leyenda del dragón emplumado que concedía deseos.
Una tarde, mientras caminaba por los pasillos del palacio intentando decidir qué hacer,
escuchó que dos damas de la corte hablaban de una leyenda que, según ellas creían, había
resultado ser cierta. Según lo que Bravos escuchó, en la montaña más alta del norte del reino
había una criatura magnifica, un dragón cuyas plumas eran de oro valioso y brillante, que
podían hacer muy rico a cualquiera que lograse llegar hasta su nido y pudiera arrancarle un
par sin terminar tan quemado como un trozo de carne a la parrilla. Pero aquella no fue, ni de
lejos, la parte que más le interesó al jovencito, pues poco después de que las damas se
separasen para ir cada una por su camino, una le dijo a la otra que dentro de la leyenda había
escondido un tesoro mucho mayor. Y es que si alguien, quien fuera, dejaba las plumas de oro
de lado y lograba robar el huevo más grande del nido del dragón, este se vería obligado a
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usar su magia para concederle nada menos que tres deseos, y así poder recuperar a su cría.
Por su puesto, ante la posibilidad de obtener por arte de magia cualquier cosa que uno quisiera
en el mundo, algo como un par de plumas de oro quedaba olvidado.
Fue tanta la impresión que aquella historia causó en Bravos, que antes de poder arrepentirse
tomó la decisión de perseguir aquella leyenda, encontrar al dragón y robarle el huevo de su
nido para que éste le concediera, por fin, el deseo de ser el caballero más valiente del reino,
uno que no le tuviera miedo ni a las alturas ni a nada en el mundo. Sabía, pese a lo joven que
era, que aquella sería una tarea difícil además de peligrosa, por lo que se aseguró de ir bien
preparado. Como había crecido bastante en aquellos últimos años, no le fue difícil encontrar
una de las viejas armaduras de su padre que pudiera quedarle. Tras tomar la espada que le
habían asignado en la academia y ensillar su caballo, partió a toda velocidad a la que
seguramente sería la aventura más grande de toda su corta vida. Durante el trayecto, claro,
fueron muchas las veces en las que el miedo a punto estuvo de hacerlo retroceder, pero como
tenía muy en claro lo que quería lograr al conseguir aquel deseo, perseveró como nunca antes
lo había hecho.
Tal como lo decía la leyenda, el dragón era real. Y lo más impresionante de todo, sí parecía
estar cubierto por cientos de plumas de oro, que brillaban intensamente bajo la radiante luz
del sol. Era, en realidad, la criatura más hermosa que Bravos había visto hasta el momento,
y probablemente la más espectacular que vería nunca. Parecía una serpiente gigante y muy
larga, con un par de alas magnificas como de murciélago que se hallaban dobladas sobre sí
mismas. Su nido consistía en un hoyo poco profundo justo en medio de la cima de la montaña,
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donde el dragón, que hasta el momento no había reparado en la presencia de Bravos, le hacía
suaves caricias a los cuatro huevos que tenía acunados entre sus patas delanteras.
Al ver los huevos de los que hablaba la leyenda, la parte más importante y emocionante de
la leyenda, Bravos sintió que estaba a punto de explotar de alegría. Cuidando de no hacer el
más mínimo ruido para así no alertar a la bestia, se acercó un poco más y comenzó a mirar
los huevos, tratando de encontrar aquel con el que conseguiría su deseo. Después de buscar
un poco, terminó encontrándolo, pues destacaba entre todos los demás no solo por su tamaño,
sino también porque, extrañamente, parecía estar hecho de oro y joyas. Sin embargo, pese a
que había encontrado su tesoro, Bravos no actuó de inmediato. Se quedó mirando la forma
en la que el dragón (que en realidad debía de ser una hembra, una dragona) acaricia y mimaba
a sus crías, y de pronto se dio cuenta de que no podía hacer aquello para lo que había ido
hasta ahí. Se había esforzado para llegar hasta donde estaba, sí, pero eso no le daba derecho
de apartar a una madre de su hijo, únicamente por el deseo egoísta de conseguir lo que quería.
Hacer algo como aquello sería actuar de una forma muy malvada que después de todo no iba
con los principios de un verdadero caballero, así que decidió regresar por donde había venido
y tratar de encontrar alguna otra forma de lograr lo que necesitaba…
Solo había dado dos pasos cuando, a sus espaldas, la dragona rugió furiosamente.
La impresión de descubrir que la dragona, después de todo, podía hablar, fue enorme, aunque
no tanto como el miedo que le causó descubrir que estaba a punto de convertirse en un
caballero rostizado. De forma muy lenta, y con las manos en alto para demostrar que no
pretendía atacar ni nada por el estilo, Bravos se dio la vuelta hasta quedar una vez más frente
a frente con la dragona, quien se había levantado sobre sus cuatro patas y los miraba con
expresión furiosa, seguramente pensando que Bravos, como tantos otros, sí pretendía llevarse
sus crías y obligarla a cumplir su deseo.
—Mi nombre…mi nombre es Bravos—respondió el joven, con la voz temblorosa por los
nervios—. Soy aprendiz de caballero, y he venido aquí para…
—Para robar mis huevos, por supuesto—lo interrumpió la dragona—. A eso mismo es a lo
que todos vienen.
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— ¡No!—replicó Bravos, asustado—. Yo…yo no he venido a eso. Bueno, sí, al principio sí,
pero luego me he dado cuenta de que no es correcto tomar lo que no es mío, y que sería muy
egoísta separar a un hijo de su madre únicamente para cumplir mi deseo. Estaba a punto de
marcharme cuando me habéis descubierto. Os juro que digo la verdad.
Cuando la dragona se movió, Bravos pensó que había llegado su final. Imaginándose que
dentro de poco quedaría convertido en una barbacoa humana, cerró los ojos con fuerza y
esperó a que la criatura lo quemase con su aliento de fuego. Sin embargo, eso no pasó. Al
darse cuenta de que lo único que percibía era una suave y tibia brisa, abrió los ojos y se dio
cuenta de que la dragona se había acercado a él para olfatearlo. Después de un rato, se apartó,
y tras volver a su nido, dijo:
—Puedo percibir en vos honestidad y un corazón puro y bondadoso, y esas son virtudes que
siempre serán altamente recompensadas—la dragona hizo una pausa, y luego de mover con
su hocico el huevo de oro y joyas hasta que quedara fuera del nido, agregó—: Podéis llevaros
el huevo. Os lo habéis ganado.
—Este huevo no es mío. Hace muchos años ya, un aventurero que venía únicamente en busca
de mis plumas lo dejó aquí abandonado. Desde entonces se ha popularizado la leyenda de
que soy yo quien cumple los deseos, pero tal parece que es este huevo quien merece llevarse
el crédito. En su interior posee una magia que vos os habéis ganado. Insisto.
Sin poder creerse la forma tan inesperada en la que la suerte había decidido sonreírle, Bravos
se acercó lentamente y tomó el huevo de joyas que la dragona le ofrecía. Encantado con
aquella maravilla, con sus manos frotó un poco la superficie para pulirla…y fue entonces
cuando sucedió. De golpe, el huevo se abrió sin más, liberando una poderosa luz, tan brillante
que el caballero tuvo que cerrar los ojos para no quedar ciego. Del susto, el huevo terminó
resbalando de sus manos, y aunque seguramente debía de haber hecho algún tipo de ruido al
impactar contra el suelo, nada de eso pasó. Muerto de curiosidad, Bravos abrió los ojos y vio,
para su enorme sorpresa, que el huevo había quedado flotando como por arte de magia. Miró
un poco más hacia arriba, y se dio cuenta de que la luz de antes se había trasformado en un
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humo, que poco a poco fue cambiando hasta adoptar la figura de una sorprendente criatura,
muy musculosa y vestida con telas de múltiples colores.
—Mi nombre es Gin, el genio—dijo de pronto la criatura, con un vozarrón tan fuerte que
llenó todo el lugar—. Y por haberme liberado de mi encierro, ahora os concederé tres deseos.
Cualquier cosa que deseéis, yo podré hacerle realidad.
Muchas veces, claro, Bravos había escuchado historia sobre genios, hadas madrinas y todo
ese tipo de cosas que los padres suelen contarle a sus hijos antes de dormir, pero nunca se le
había ocurrido pensar que algo de todo aquello pudiera ser cierto. Estaba tan sorprendido que
le costó un poco procesar lo que había pasado, pero cuando se dio cuenta la oportunidad que
tenía delante, decidió aprovecharla.
— ¿De verdad sois un genio?—le preguntó Bravos a la criatura—. ¿De verdad podéis cumplir
cualquier deseo que pida?
—Pruébalo—pidió Bravos.
— ¿Estáis diciendo que deseáis que os pruebe que soy real?—inquirió el genio.
Cuando Bravos asintió, inmediatamente después fue testigo de la cosa más asombrosa que
habían visto sus ojos. El genio, muy concentrado en lo que hacía, dio un poderoso aplauso,
y con las chispas que salieron de sus manos fue creando una bola de luz que de pronto
explotó. Por segunda vez, Bravos tuvo que cerrar los ojos, pero cuando los volvió a abrir,
estuvo a punto de morir de miedo. La montaña, la dragona y todo lo demás había
desaparecido, y ahora únicamente se encontraban él y el genio, suspendidos en medio del
cielo, con las nubes a su alrededor y el sol por encima de ellos. Era una visión terrorífica al
principio, pero poco después Bravos le encontró la verdadera belleza y pudo empezar a
disfrutarla. Por desgracia, justo cuando se estaba acostumbrando, todo terminó. Volvieron a
la montaña, las nubes desaparecieron y la dragona regresó junto con sus huevos.
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— ¡¿Qué?!—exclamó Bravos—. ¡Eso no es justo! ¡Yo no…!
—Vos aprobasteis el uso de la palabra deseo, mi amo—lo interrumpió el genio—. Y solo eso
se necesita para activar mi magia. Para vuestro segundo intento, os aconsejo que seáis un
poco más cuidadoso, pues mis poderes actúan de una forma que ni yo mismo puedo controlar.
Sabiendo aquello, Bravos decidió ser más cuidadoso a la hora de pedir su segundo deseo. Sin
embargo, tampoco hizo falta, pues de pronto recordó lo que había ido a hacer. Gracias a toda
la impresión que le causó la dragona, había terminado por olvidar que su único deseo era ser
el caballero más valiente que hubiera visto el reino, y ahora que por fin tenía la oportunidad
de que se le hiciera realidad, no pensaba desaprovecharla. Armándose de valor respiró
profundo, se aclaró la garganta, y luego dijo:
Estaba seguro de que el genio no encontraría réplica ante aquello, pero una vez más se
equivocó. En lugar de hacer o decir algo, el genio se le quedó mirando con una cara de
confusión tan grande, que, después de un rato, Bravos no pudo evitar preguntar:
—Lo siento, amo—le dijo el genio—. Pero no puedo convertiros en algo que ya sois.
Cuando la dragona habló, Bravos apartó su mirada del genio y la centró en ella. De nuevo, la
criatura había salido de su nido, ahora para acercarse a él de una forma muy distinta a como
lo había hecho antes. Ya no lucía enfadada ni curiosa, sino…cautivada. Como si hubiera algo
en Bravos que lo hiciera merecedor de su respeto.
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—El genio tiene razón, joven caballero—siguió diciendo la dragona, aprovechando el
silencio en el que Bravos se había sumido de pronto—. Sin que os dierais cuenta, os habéis
convertido en el caballero más valiente y osado que ha visto este reino jamás, y es por eso
que no se te puede conceder el deseo. Vos mismo os habéis encargado de hacerlo realidad,
sin la ayuda de ningún tipo de magia.
—Y aun así os atrevisteis a subir la montaña más alta de todas—lo interrumpió el genio.
— ¡Pero aún sigo teniéndole miedo a las alturas! ¡Y a muchas otras cosas!—replicó el
caballero.
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—En un primer momento, podríais desear volver a casa—sugirió el genio—. Seguro que
necesitáis descansar y reponeros un poco. Ya luego podréis pensar en qué gastaros el último
deseo.
Y, sin más, eso hizo. Luego de recordarse a sí mismo que podía ser tan valiente como
necesitara, Bravos tomó el huevo mágico en el que se ocultaba el genio y montó sobre el
lomo de la dragona, quien pronto extendió sus alas y emprendió el vuelo. Por supuesto, al
principio todo aquello le dio un miedo terrible, pero cuando fue capaz de hacerlo a un lado,
se encontró disfrutando de un viaje realmente maravilloso. Al llegar al castillo, todos los que
lo vieron se quedaron sorprendidos de la valentía que había tenido Bravos, al regresar
montado nada menos que en un dragón. Todos, sin excepción, se disculparon con él por los
malos tratos, y como Bravos no tenía espacio en su corazón para algo tan dañino como el
rencor, los perdonó.
Aquel fue el inicio de una época muy próspera para el reino, pues ahora no solo contaban
con el caballero más valiente de la historia de los caballeros, sino también con una enorme
dragona, que junto a sus pequeñas crías, habían tomado la responsabilidad de cuidarlos a
todos de cualquier peligro que pudiera surgir. Nadie lo supo nunca, pero con los dos deseos
que le quedaban, Bravos se encargó de que aquella época tan buena para el reino, llena de
tanta felicidad y cosas buenas, durase por mucho pero mucho tiempo, sin percatarse de que,
al mismo tiempo, estaba forjando poco a poco su propia leyenda. La leyenda de Sir Bravos
el valiente.
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LA PIRATA QUE SE ROBÓ EL OCEANO.
Cuando Perla fue nombrada capitana del barco pirata más famoso de los siete mares, nadie
estuvo de acuerdo. Sí, era la hija del rey pirata, el marinero más temible de todos los tiempos,
pero eso no significaba que pudiera ser igual de talentosa. Su padre se había encargado de
juntar a todos los piratas del mundo en un solo grupo, una asociación de lo más organizada
en la que a cada uno se le asignaba la misión de buscar algún tesoro para luego repartirlos
entre todos. Los marineros que formaban parte de esa asociación sentían un gran respeto y
una inquebrantable admiración por Barba verde, pero no dudaron en hacerle saber lo
molestos que estaban con su decisión.
— ¡Ella no puede ser la capitana del barco!—exclamaron algunos, cuando, en una reunión,
Barba verde les hizo saber que se retiraría, y en su lugar dejaría encargada a Perla.
— ¡Es una chica, una mujer!—contestaban otros, cuando se les pedía explicación.
Aquella fue la reunión más bulliciosa de todas las que habían tenido, pues cada quien creía
tener razón suficiente para protestar por la decisión de Barba verde, quien, de todos, era el
único que estaba seguro del talento que tenía Perla, no porque fuera su hija, sino porque ella
misma se había encargado de demostrárselo. Aunque ninguno de los demás piratas logró
convencer al jefe para que cambiara de opinión sobre su retiro, o cuando menos pusiera a
otra persona más adecuada en un puesto tan importante, todos sabían que de un momento a
otro podrían lograrlo. Para ellos, la decisión más acertada era demasiado obvia como para
que alguien tan listo como el rey pirata no se diera cuenta, sin embargo, nadie contaba con lo
astuta, valiente y aventurera que resultó ser Perla, quien había escuchado a escondidas toda
la reunión, únicamente para terminar más convencida que antes de que aquel era un puesto
que le pertenecía, uno para el que estaba preparada.
Esa misma noche, cuando todos estaban dormidos y nadie le prestaba atención, Perla salió
de la cama y comenzó a alistarse para la que seguramente sería la misión más importarse de
toda su vida como pirata, que curiosamente acababa de empezar. Bajo el resplandor plateado
de la luna, cruzó silenciosa como una sombra todo el muelle, en el que los barcos atracados
parecían enormes animales submarinos dormidos. Cuando encontró a “Tiburón de plata” el
barco que alguna vez había sido de su padre, y que ahora era su responsabilidad, tomó una
gran bocanada de aire y siguió con lo que se había propuesto. Sabía perfectamente que
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navegar ella sola en un navío tan grande como aquel era una tarea en extremo difícil, y muy
peligrosa, pero necesitaba hacerlo justo de aquella forma para probar lo que necesitaba
probar. En realidad, poco le importaba lo que los demás piratas pensaran de ella, pues hacía
aquella locura únicamente para probarse a sí misma que sí podía, y que los demás no tenían
ninguna razón.
Un par de días antes de que su padre hiciera el anuncio de su retiro, había llegado hasta ellos
la noticia de que el barco de un poderoso príncipe persa había naufragado, lanzando al mar
un montón de cofres llenos de oro y joyas. Era, hasta el momento, el tesoro más grande que
todos jamás hubieran visto, pero no se había decidido todavía quien iría a buscarlo, pues
según había oído Perla estaba ubicado en un mar verdaderamente peligroso. No tenía idea de
por qué le temían tanto al mar que ellos mismos habían navegado tantas veces, pero en
realidad no le importó demasiado. Estaba tan concentrada en cumplir la misión que ella
misma se había impuesto, que ni siquiera miró con demasiada atención el mapa que había
sacado de la oficina de su padre. Según pensaba Perla, con saber únicamente hacia dónde se
dirigía era suficiente, y fue justamente ese error el que la terminó enfrentando con uno de sus
peores miedos.
La razón por la que Perla no estaba con su madre, era también la única cosa del mar a la que
le tenía verdadero miedo: las tormentas. Una vez hace un buen par de años, cuando Perla era
tan solo una niña, el mismo barco en el que ahora se encontraba había sufrido un terrible
accidente, cuando una tormenta poderosa y como salida de la nada los había envuelto,
sacudiéndolos como si nada y lanzando a todos los tripulantes al agua. Había sido una
experiencia terrible y muy traumática, que no solo le había causado a Perla un miedo terrible
a las tormentas en general, sino que también le había arrebatado a su madre para siempre,
dejándola únicamente al cuidado de su padre, quien también había sobrevivido de milagro.
Desde entonces, cada que había hasta el más mínimo indicio de alguna tormenta, un trueno,
un relámpago o lo que fuera, Perla sentía un terrible miedo que la dejaba paralizada en su
lugar. Fue por eso precisamente que se sintió muy asustada cuando, un par de horas después
de que hubiera comenzado su camino, decidió mirar por fin el mapa con atención y descubrió
que estaba a punto de cruzar la peor zona de tormentas de todos los siete mares.
Su primer instinto, de tan asustada que se sintió, fue querer dar media vuelta y regresar por
donde había venido, pero cuando se dio cuenta de que estaba más cerca de su destino que de
su casa, supo que en realidad no era algo demasiado inteligente. En su lugar, decidió
prepararse para lo que tenía que enfrentar. Aseguró las velas, buscó todas las provisiones que
pudo encontrar, y se aferró con fuerza a cualquier superficie que pudiera evitar que cayera al
mar. Al principio, todo fue de lo más tranquilo, pero cuando empezó a ver las nubes oscuras,
y el viento comenzó a soplar su rostro, supo que el momento había llegado. Estableció la
dirección del timón, cerró con fuerza los ojos y se agarró fuertemente. Pronto, el barco
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empezó a sacudirse, las velas a ondear, y cada una de las tablas que conformaban el navío se
pusieron a temblar y crujir como si pudieran partirse en cualquier momento. Conforme el
tiempo pasaba, la cosa fue aumentando más y más. Las olas que antes habían sido pequeñas
se transformaron en auténticos monstruos enormes que casi tapaban el barco por completo.
El cielo se oscureció todavía más de lo que ya estaba, y justo cuando Perla empezaba a creer
que no podría superar aquel obstáculo…todo terminó tan rápido como había comenzado.
Mientras su corazón volvía a latir con normalidad, Perla contempló el paisaje y se dio cuenta
de que había llegado por fin a su destino…o al menos eso parecía. Había llegado a una isla
hermosa y al parecer deshabitada, en la que la arena lucía blanca y brillante, donde había
palmeras altas llenas de cocos deliciosos y otro montón de plantas y árboles frutales, tan
extraños y exóticos, que ni siquiera ella con todos los estudios que había tenido supo
identificar. Como era la última hora de la tarde, creyó que el resplandor dorado que nadaba
en el agua era el reflejo del sol que ya casi moría, pero cuando se fijó mejor, terminó
descubriendo que todo el lecho marino en aquella parte de la playa estaba cubierto de joyas,
monedas de oro, cofres llenos a rebosar y todo tipo de artículos hermosos y de mucho valor.
Acababa de encontrar el tesoro más grande de toda la historia de los tesoros piratas.
Eran tantas las cosas que tenía por recoger, que cuando por fin terminó ya había oscurecido.
En el tesoro, habían todo tipo de objetos hermosos que simplemente no podía dejarlos
abandonados. Había copas y platos de oro, zarcillos de plata, anillos de bronce, coronas con
diamantes, collares de perlas, de rubíes. Espejos con marcos dorados trabajados y muy
hermosos, cajitas con gemas preciosas y otro montón de cosas que Perla ni siquiera conocía,
pero que estaba segura de que valían muchísimo. Poco antes de partir de nuevo a casa, cuando
la noche ya había caído y en el cielo se mostraba la luna llena con una única y enorme estrella
acompañándola, Perla miró hacia arriba y de pronto se encontró pidiendo un deseo de la nada:
Por supuesto, lo había dicho sin más, pues no creía que una simple estrella pudiera concederle
un deseo, y fue por eso mismo que se sorprendió bastante con lo que terminó pasando. Apenas
un par de segundos después de que hubiera pedido el deseo, cuando ya se había montado de
nuevo en el barco y estaba a punto de emprender su viaje de regreso, la misma estrella de
antes, esa a la que le había pedido el deseo sin pensarlo demasiado, comenzó a agitarse de un
lado al otro hasta que terminó cayendo como un pequeño meteorito, como una esfera de luz
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plateada que fue haciéndose más y más grande, iluminando el agua y todo lo demás, hasta
que terminó por caer dentro de una de las copas de oro que Perla acababa de rescatar del
tesoro.
Tal y como siempre le pasaba cuando tenía que enfrentarse a una tormenta, Perla se había
quedado muy quieta en su lugar, tan paralizada por el miedo y la sorpresa que había
presenciado con bastante claridad y atención cómo la estrella caía del cielo. Hasta el
momento no se había imaginado que algo como eso pudiera pasar, pero la sorpresa fue aún
más grande cuando miró con más atención la copa en la que la estrella había caído.
Cualquiera habría podido pensar que, tras recibir nada menos que una estrella caída del cielo,
la copa cuando menos se habría prendido en fuego, pero no había pasado. En su lugar, se
mostraba más hermosa y brillante que antes, con un mar de luz azul y plateada que salía de
su interior, bañando tanto el barco como a la misma Perla de un resplandor casi mágico.
Apenas un segundo más tarde, del interior de la copa no solo empezó a salir luz, sino también
una vocecita extraña y muy curiosa.
— ¿Quién anda ahí?—preguntó Perla, llevándose la mano a su espada por si, llegado el
momento, debía defenderse—. ¿Quién eres? ¿Qué quieres?
Como si sus palabras hubieran accionado algún tipo de mecanismo, la luz que antes había
estado saliendo de la copa explotó de pronto en un enorme llamarada azul que llenó todo el
lugar, haciendo que Perla tuviera que cerrar los ojos para no quedar cegada por tanto brillo.
Cuando los abrió de nuevo, se percató de que estaba al frente de la criatura más hermosa y
sorprendente, y al mismo tiempo la más terrorífica, que jamás había visto. En un primer
momento parecía un hombre, pero cuando se fijó mejor, terminó por darse cuenta de que era
demasiado grande, demasiado musculoso y, además, parecía no tener pies, pues de la cintura
para abajo estaba hecho de un extraño humo azul que se perdía en las profundidades de la
copa. Muchas veces había escuchado Perla historia sobre genios, hadas, sirenas y seres
mágicos, pero nunca, ni en un millón de años, habría pensado que algo como aquello pudiera
ser real. Cuando la criatura cruzó los brazos por encima del pecho y habló, Perla terminó por
darse cuenta de que toda aquella escena en realidad estaba pasando, y que no era únicamente
un producto de su imaginación, que en ocasiones anteriores ya le había jugado varias malas
pasadas.
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— ¿De verdad eres un genio?—preguntó Perla, todavía sin poder creerse del todo lo que sus
ojos veían—. ¿Uno como el de las historias, de esos que conceden deseos y todo?
Con apenas el rastro de una sonrisa en sus labios, el genio asintió con la cabeza y luego
respondió:
—Exacto.
Tal y como el genio se lo sugería, Perla comenzó a pensar en lo que quería pedir a
continuación. Por supuesto, en aquel instante su más grande deseo era superar su miedo a las
tormentas y así poder navegar con tranquilidad, pero luego de pensarlo un poco se dio cuenta
de que no alcanzaba únicamente con eso, porque, ¿qué pasaba si una vez superado su miedo,
el mar de todas formas encontraba la forma de volcar su barco? Ya no tendría miedo, pero
de todas formas correría un peligro tremendo, así que lo mejor que podía hacer era…
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—Pues…bueno, no creo que un deseo como ese sea muy bueno…
— ¡Perfecto!—exclamó Perla, sin dejar que el genio terminara de hablar—. Entonces, genio,
deseo que…
Antes de que Perla pudiera decir o hacer nada, el genio tronó los dedos con fuerza y todo su
entorno cambió drásticamente en cuestión de segundos. Técnicamente seguían estando en el
mismo lugar que antes, pero no podría haber sido más diferente. El mar a su alrededor había
desaparecido sin dejar rastro, sin que una sola gota hubiera quedado atrás, dando como único
resultado un vasto y desolado desierto, seco y sin vida, en el que los peces, estrellas de mar
y demás criaturas habían muerto asfixiados. De pronto, habían pasado de la noche a la
mañana, y el inclemente sol en lo alto del cielo parecía golpear con más fuerza todavía. En
un entorno como aquel, algo como un barco parecía ya no tener cabida porque, si no había
agua sobre la que navegar, ¿cómo podría Perla seguir siendo una pirata?
— ¿Esto es lo que podría pasar?—le preguntó Perla al genio—. ¿Así se vería todo si me
llevara el océano?
—Esto es solo una parte de lo que pasaría—respondió el genio, con una voz seria que a la
pequeña pirata le provocó escalofríos—. Las consecuencias de un deseo como el que estabas
a punto de pedir serían mucho más grande y catastróficas, y estamos a punto de verlas.
El genio chasqueó los dedos por segunda vez, y aunque en aquella ocasión el entorno cambió
también, lo hizo de una forma completamente diferente. Ya no pasaban de un escenario a
otro sin más, sino que por el camino fueron viendo varias escenas, cada una más terrible que
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la anterior. Primero, vieron un montón de pueblos pesqueros desolados, en los que las
personas pasaban mucha hambre y tristeza, extrañando muchísimo todo lo bueno que el mar
les había brindado. Luego vieron niños pequeños llorando por la sed que tenían, ciudades
enteras en las que las personas se peleaban por el agua, barcos enteros que no volvían a
navegar nunca…piratas que se veían obligados a buscar otra profesión…tesoros enteros que
se perdían…desastres naturales que se lanzaban unos sobre otros…
—Y eso, mi querida niña, es tan solo una parte de todo lo que pasaría si el mar dejase de
existir—le dijo al genio a Perla cuando, después de un buen rato, se acabó la magia y
regresaron a la normalidad—. Al igual que los demás recursos naturales del medio ambiente,
el mar es realmente importante, y es por eso que debemos cuidarlo para poder cuidarnos a
nosotros mismos también.
—No puedes superar tus miedos pretendiendo eliminarlos sin más—la interrumpió el
genio—. Ni con toda la magia del mundo puedes eliminar aquello que te da miedo, porque
si no logras superarlo, éste siempre encontrará la forma de volver a ti una y otra vez.
— ¿Entonces cómo puedo superar mi miedo a las tormentas en el mar sin desear que el mar
deje de existir?
—Si lo que te da miedo es caer al agua durante una tormenta, podrías desear que tu barco sea
el más seguro de los siete mares. De esa forma, al saber que no podrás caer, y enfrentarte una
y otra vez a las tormentas, terminarás superando tu miedo.
Sonaba tan buena aquella idea, que Perla terminó aceptando pedir el deseo que el genio le
sugería. En cuanto lo pidió, la magia del genio se transformó en un poderoso resplandor
dorado que en cuestión de segundos cubrió al barco por completo, extendiéndose hasta por
las esquinas y los recovecos más ocultos y difíciles de alcanzar. Cuando todo terminó, el
barco seguía viéndose técnicamente igual, pero de cierta forma Perla no necesitaba ninguna
confirmación visual para saber que todo había funcionado. Antes de ponerse en marcha
nuevamente y regresar a casa, tuvo que despedirse del genio, quien luego de recordarle la
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pequeña lección que acababa de enseñarle, chasqueó los dedos y volvió a convertirse
nuevamente en la estrella de antes, que con mucha luz y rapidez abandonó la copa en la que
había caído y regresó al cielo, desde donde acompañó a Perla durante su viaje de vuelta.
Al llegar a casa, le sorprendió ver que todos la estaban esperando. Por supuesto, en cada uno
de los rostros se veía la molestia que una aventura tan inesperada como la suya había causado.
El rostro de su padre, de Barba Verde, era al mismo tiempo el más molesto y el más
preocupado, pues seguramente no era nada fácil despertar una mañana y descubrir que tu hija
se había marchado en un barco, sola, queriendo ir detrás del tesoro más grande de todos,
teniendo al mismo tiempo que atravesar el camino más peligroso y extremo que un pirata
jamás había tenido que atravesar. Fueron unos segundos larguísimos, de silencios y miradas,
hasta que Perla decidió bajar y su padre corrió a su encuentro. Ella pensó que la regañaría,
aprovechando que acababa de llegar y estaban todos presentes para presenciar el carácter tan
fuerte que siempre había caracterizado al rey pirata. En su lugar, únicamente la abrazó con
fuerza.
Como si alguien hubiera encendido un reguero de pólvora, de pronto entre todo aquel grupo
de piratas comenzó a extenderse el asombro y la incredulidad, pues todos los que pensaban
que Perla únicamente había emprendido el viaje como un acto de rebeldía, ahora tenían que
aceptar que había sido un viaje mucho más serio de lo que ellos pensaban.
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— ¡Es imposible, nadie nunca había surcado esas aguas!
Como todos parecían tan interesados por escuchar la historia de Perla, Barba Verde convocó
a una reunión inmediata, donde su hija pasó al frente y habló con todo detalle de lo que había
sido su travesía, dejando de lado, por supuesto, toda la parte del genio y la pequeña ayuda
mágica que había tenido no solo para continuar su viaje, sino también para aprender la lección
tan importante que necesitaba aprender. Fueron al menos dos horas en las que todos los
piratas, quienes normalmente hacían de aquellas reuniones un alboroto enorme,
permanecieron muy atentos y silenciosos. Cuando Perla terminó de hablar, Barba Verde
intentó levantarse para intervenir, pero antes de que pudiera hacerlo, uno de los otros piratas
le tomó la delantera, y luego de aclararse la garganta, dijo:
—En nombre de todos los que alguna vez dudamos de que Perla pudiera ser una gran pirata
como su padre, queremos ofrecer nuestras más sinceras disculpas. Ahora podemos ver lo
equivocados que estábamos.
— ¡Tres hurra por Perla, la princesa pirata!—gritó alguien en medio de la multitud, y, acto
seguido, todos hicieron lo mismo:
— ¡Hurra!
— ¡Hurra!
— ¡Hurra!
A partir de aquel momento, las cosas fueron muy diferentes. Todos se dieron cuenta de que
Perla era una pirata muy valiente y talentosa, y empezaron a tratarla con el respeto que se
merecía. Ella, por su parte, comenzó a hacer viajes cada vez más seguidos, volviendo siempre
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con el barco lleno de brillantes tesoros, además de muchos marineros que se unían a su
equipo, queriendo formar parte de la popular embarcación dirigida por la primera pirata
mujer, una chica que no solo había demostrado que las mujeres eran igual de valientes y
fuertes que los hombres, sino también que los jóvenes podían aprender igual de rápido que
los adultos, y que por más miedo que pudieran sentir, solo hacía falta un poco de magia y
confianza en sí mismos para lograr superar cualquier reto.
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DAMIÁN CONTRA EL TROL DEL PUENTE
Muy cerca del lugar en el que alguna vez había vivido sir Bravos el valiente, quedaba un
reino un poco más pequeño pero igual de próspero y hermoso que cualquier otro en aquella
época. Abandhor se llamaba, y era una tierra que, según la leyenda, había sido bendecida con
magia. Todo fruto que plantasen en aquel lugar crecía sin el menor esfuerzo, al igual que el
ganado y cualquier otra cosa que a los habitantes del reino se les pudieran ocurrir. Su gente
era amable, bondadosa y siempre se había esforzado por mantener una muy buena relación
con sus reinos vecinos, estableciendo también tratos comerciales que los beneficiaban
muchísimo, y que habían dado al lugar una situación económica tan buena que casi parecía
imposible de creer. Para ello, usaban el enorme puente que conectaba el reino con sus
vecinos, asegurando la transacción de una forma segura y rápida. El puente había sido
construido mucho tiempo atrás, y llevaba tantos años ya formando parte de la vida de los
habitantes de Abandhor, que nunca nadie hubiera pensado que podría llegar un momento en
el que eso cambiaría…
Desde el momento de su fundación, Abandhor siempre había sido gobernado por la misma
familia real, un largo linaje de reyes y reinas, todos muy sabios y justos, que habían sabido
mantener la paz y guiar su pueblo a la prosperidad y la conquista de nuevos desafíos. Cuando
el príncipe Damián nació, de inmediato quedó claro que estaba destinado a ser uno de los
reyes más queridos en toda la larga historia del reino. Sus padres, quienes habían estado
gobernando durante muchos años, habían tratado por todos los medios de tener un hijo, para
concederle así el tan esperado sucesor al pueblo, ese que habría de continuar con el legado
de la familia real. Por alguna razón que nadie entendía se les había hecho bastante difícil,
hasta que una noche, al pedir el deseo a la estrella más brillante, se les había concedido el
milagro. El nacimiento del príncipe estuvo marcado por los festejos y la alegría del pueblo,
quienes al conocer la historia de su concepción, predecían también para él un futuro mágico
lleno de éxito y felicidad.
Era tanto el cariño que el pueblo sentía hacia su príncipe prometido, que cada tanto el palacio
organizaba una procesión real, donde un montón de guardias y carretas sacaban al joven
príncipe por las calles principales del pueblo, para que los súbditos pudieras verlo e incluso
obsequiarle algún que otro detalle como muestra de su amor. Para cuando Damián cumplió
quince años, quedó más que claro que muy pronto estaría listo para su coronación, para el
momento en el que habría de sentarse en el trono y sustituir a sus padres en el poder. Había
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estudiado y se había preparado mucho más que ningún otro; era listo, fuerte y gentil, y fue
por eso mismo que, tras meditarlo con el concejo, su padre, el rey, decidió comenzar a
prepararlo un poco antes de lo debido, para que cuando por fin llegase el momento de ponerse
la corona supiera muy bien lo que tenía que hacer. Emocionado, Damián se propuso aprender
todo lo que pudiera, escuchar los concejos de su padre y permanecer atento a cualquier cosa
que pudiera servirle de ayuda. Fueron un par de años muy largos y difíciles, llenos de mucho
estudio, entrenamientos y otro montón de deberes a los que tenía que atender. Sin embargo,
cuando cumplió por fin los dieciocho años y se dio cuenta de lo listo que se sentía para asumir
la responsabilidad de ser rey, supo que había valido por completo la pena.
El día de su coronación fue uno de los días más hermosos que el reino de Abandhor jamás
había visto. Era como si hasta la misma madre naturaleza se hubiera puesto de acuerdo para
hacer de aquel momento el más especial de todos. El sol brillaba en lo alto, y aunque su luz
era potente, al mismo tiempo soplaba una brisa tan fresca que no dejaba al calor concretarse.
Desde muy temprano, todos los habitantes del reino se congregaron frente al palacio, ansiosos
y muy emocionados, a la espera de ver cómo su amado príncipe se convertía por fin en el rey
que habían estado esperando. Todos habían sido invitados, incluidas las criaturas mágicas de
todas partes del reino, por lo que además de humanos, hombres y mujeres, también habían
hadas, duendes, dragones, sirenas y demás. Era, tal y como se recordaría un par de años más
tarde, uno de los eventos más grandes en la historia de todo el reino.
Para cuando Damián salió por fin al balcón donde sería la ceremonia de coronación, en todo
el lugar no cabía una sola alma, pues incluso habitantes de reinos vecinos habían acudido
para presenciar el momento. El príncipe, encantado con todo el amor que su pueblo le
demostraba, sonrió y saludó desde el inicio hasta el final. Cuando la corona, brillante bajo la
luz del sol, finalmente tocó su cabeza, se levantó en el público una ovación tan grande que
parecía de otro mundo. Todos aplaudieron, algunos se pusieron a bailar en incluso uno que
otro empezó a llorar de la emoción. El recién coronado rey, por supuesto, estaba más que
feliz. Encantado con el recibimiento de sus súbditos, incluso se permitió unirse a un par de
celebraciones antes de por fin volver al palacio y caer de nuevo en la realidad. Porque la
corona no era solo un accesorio bonito y ya, sino que con ella venía también la
responsabilidad más grande de toda su vida: dirigir el reino que lo había visto nacer y crecer.
Desde siempre había sabido que ese sería un camino lleno de dificultades y retos, pero lo que
no esperaba era que las cosas se pusieran difíciles tan rápidamente.
Apenas un mes después de su coronación, cuando recién comenzaba con las tandas de
audiencias, llegó hasta el rey Damián el rumor de lo que más tarde se convertiría en la peor
racha de mala suerte e infortunios de toda la historia de Abandhor. Siguiendo la tradición de
los reyes anteriores, Damián se encontraba sentado en su trono, dispuesto a recibir a todas
las personas, plebeyas o de la corte, que quisieran acercarse hasta él para pedirle ayuda o
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hacer algún reclamo o sugerencia. Había estudiado tanto y tan bien la historia de su pueblo,
que sabía perfectamente que aquel era un momento muy importante. Sabía también que las
personas irían hasta él con todo tipo de historias, cada una más terrible o alocada que la
anterior, pero pese a todo lo preparado que estaba, definitivamente nunca hubiera esperado
que uno de los hombres más respetados del reino entrara corriendo en la sala del trono,
gritando como un enloquecido y con la ropa desgarrada.
Con el rostro colorado y cubierto de sudor, el hombre se detuvo un momento para recuperar
el aliento. Se dobló sobre sí mismo, respiró hondo varias veces, y cuando se hubo calmado
un poco, se irguió de nuevo y mirando a Damián respondió:
—Perdonadme, majestad. Sé que no ha sido correcto de mi parte entrar de esa forma, pero es
que mis ojos acaban de ver la peor de las atrocidades, y simplemente no podía esperar para
contárosla.
—Un trol, majestad—respondió el hombre—. Hace tan solo una hora, cuando iba
transportando mi cargamento de seda para vender en los reinos vecinos, mi caravana fue
interceptada por la más terrible de las criaturas, quien no solo me dio un susto tremendo, sino
que también me quitó todo lo que tenía, además de hacerme correr hasta quedar en el terrible
estado que veis ahora mismo.
— ¿Un trol?—el padre de Damián sonaba genuinamente sorprendido—. ¿Pero cómo puede
ser eso posible? Siempre hemos tenido muy buena relación con las criaturas mágicas… ¡Con
todas ellas!
Preocupado, Damián se quedó pensando un poco qué debía hacer a continuación. Aunque las
historias antiguas que había leído sobre el reino le indicaban que debía actuar de inmediato
y atacar a la criatura que se había revelado contra la corona, una pequeña pero fuerte vocecita
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en su interior le decía todo lo contrario. Al final, únicamente para estar seguro, decidió buscar
el consejo de su padre. Después de todo, él tenía mucha más experiencia:
—Aunque durante mi reinado siempre tuvimos buena relación con las criaturas mágicas, si
una de ellas ha decidido revelarse, tal vez debáis arremeter en su contra antes de que las
demás sigan su ejemplo.
— ¿Atacar?—la simple idea de hacer algo como aquello le provocaba a Damián unas nauseas
tremendas—. ¿Habéis peleado vos alguna vez con un trol, padre?
—Pues no, la verdad no—respondió el concejero—. Ahora que lo pienso, sabemos muy poco
sobre ellos, y nunca había escuchado de uno más que en leyendas y cuentos, pero si ahora
aparecen y quieren rebelarse…
Como a Damián todavía seguía pareciéndole una idea terrible eso de atacar a un trol, decidió
que lo mejor era reponer toda la mercancía que el pobre hombre había perdido, y mientras
tanto mantener viva la esperanza de que las cosas terminarían arreglándose por sí solas. Pero,
desafortunadamente, contrario a lo que el rey había querido, todo fue de mal en peor en muy
poco tiempo.
Para cuando tuvo que hacer la segunda audiencia, ya se habían esparcido por todo el reino
los rumores de que una terrible criatura se había apoderado del puente, y que no solo se
dedicaba a aterrorizar a todos aquellos que intentaba salir del reino para vender sus
mercancías, sino que también le impedía el paso a cualquier visitante que pretendiese entrar,
sumiéndolo todo en un caos y poniendo en terrible peligro los tratos comerciales que durante
tantos años se habían mantenido firmes. El dinero y la comida comenzaron a escasear, y
cuando el rey por fin abrió las puertas de su palacio por segunda vez, frente a éste se congregó
una autentica multitud, y aunque sí que había algunos que habían acudido en busca de la
ayuda del rey para otras cosas completamente distintas, la gran mayoría se había acercado
para hablar del trol y de la falta que les estaba haciendo el puente.
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—Me ha robado mis ovejas.
—A mí me quitó tres cestas llenas de frutas y verduras… ¡Y ahora no tengo nada para comer
ni para vender!
—Mi madre, que no vive aquí y que quería visitarnos por una temporada, ha tenido que salir
corriendo de esa bestia y ha terminado lastimándose una pierna… ¡Y yo no puedo salir para
ir a ayudarla, majestad!
Durante todo el día, Damián tuvo que escuchar a todos los súbditos que, asustados y molestos
por toda la situación del trol, le pedían que tomara las armas y saliera a cazar a la criatura
que tantos problemas les estaba causando. Pese a que su padre también le aconsejaba que
hiciera lo mismo, Damián seguía sintiendo que atacar al trol no era lo correcto. Sí, en parte
era porque sentía miedo de lo que pudiera pasarle, pero al mismo tiempo también sentía que
en toda aquella situación había algo más, un detalle que todos estaban pasando por alto y que
bien podría ayudar a resolver la situación sin necesidad de llegar a la violencia. Cuando por
fin llegó la hora de dormir, el rey se encontró a sí mismo dando vueltas en su enorme cama
de blancas sábanas; tenía en la cabeza demasiadas cosas para pensar, por lo que, después de
un rato, se levantó y salió al balcón para tomar un poco del aire fresco de la noche.
Sobre él, el cielo estaba tachonado de estrellas, como si alguien hubiera lanzado un puñado
de brillantina sobre una tela negra, creando así el más hermoso espectáculo de todos. La luna
brillaba llena en lo alto, más sin embargo la que se ganaba toda la atención era una estrella,
muy cercana a ella, que brillaba con especial fuerza, destacando por sobre todo lo demás.
Damián se quedó contemplándola durante un buen rato, hasta que, al recordar la leyenda que
se contaba sobre su nacimiento y el deseo que sus padres habían pedido, decidió seguir sus
pasos. Nunca había creído con especial fuerza en aquel tipo de cosas, pero estaba tan
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desesperado por resolver el problema que aquejaba a su pueblo, que estaba dispuesto a probar
cualquier cosa que pudiera ayudarlo.
—Deseo encontrar la forma correcta para solucionar el problema del trol del puente—deseó
Damián, hablando en voz alta y desde lo más profundo de su corazón.
Inmediatamente después de que el rey dijera aquello, y ante sus asombrados e incrédulos
ojos, la estrella a la que acababa de hablarle comenzó a temblar en el cielo hasta que,
finalmente, terminó cayendo. Al ver que la estrella caída ganaba velocidad y se dirigía directo
hacia él, Damián entró corriendo nuevamente a su habitación, pero como la estrella parecía
no querer despegarse de él, lo siguió dentro. Aquellos fueron unos minutos bastante
angustiantes, en los que el rey se dedicó a corretear por todo su cuarto, escapando de la
estrella caída que, después de un buen rato de torturarlo, decidió caer justo en el vaso de agua
que Damián siempre guardaba cerca de su cama, por si le daba sed en mitad de la noche.
Luego de recuperar el aliento por la pequeña maratón que acababa de correr, Damián se
acercó al vaso y se dio cuenta de que, del interior de éste, salía una luz hermosa y muy
brillante que, de un momento a otro, explotó. Asustado, el rey se echó hacia atrás y se cubrió
los ojos con su brazo para protegerlos del brillo. Cuando el peligro hubo pasado, los abrió de
nuevo y vio con enorme asombro la criatura que había aparecido en su habitación. Si se
guiaba por todas las historias que le habían contado cuando era pequeño, se podía decir que
aquel era un genio auténtico. A pesar de no provenir de ninguna lámpara mágica, tenía toda
la pinta: grande, musculoso, con ropas de colores y, en lugar de pies, un extraño humo desde
la cintura hacia abajo que se perdía dentro del vaso y parecía mantenerlo a flote.
—Saludos, majestad—dijo el genio, con una voz profunda—.Mi nombre es Gin, el genio, y
hoy he venido a cumplir vuestro más profundo deseo.
— ¿De verdad sois vos un genio como el de las historias?—preguntó Damián, tan asombrado
que no terminaba de creerse lo que sus ojos veían—. ¿De verdad podéis cumplir cualquier
deseo que os pida?
Emocionado al tener justo frente a él la resolución de todos sus problemas, Damián pensó
muy bien las palabras que elegiría para pedir su deseo. En muchas historias había leído que
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los genios a veces podían ser mentirosos y traicioneros, y no quería equivocarse y perder la
enorme oportunidad que tenía en aquel momento. Cuando por fin supo qué decir, se aclaró
la garganta y anunció:
Durante algunos segundos, pareció que el genio no entendía muy bien a qué se refería
Damián. Sin embargo, después de mirarlo por un tiempo, sonrió con mucha seguridad y, acto
seguido, chasqueó los dedos con fuerza. Al instante, el rey fue transportado por arte de magia
a un lugar lejano. Estaba tan desorientado, que al principio le costó un poco descubrir dónde
había ido a parar. Sin embargo, cuando se dio cuenta, quiso salir corriendo.
— ¡Me habéis traído al puente!—le gritó al genio—. ¡¿Os habéis vuelto loco?! ¡Sacadme de
aquí ahora mismo! ¡Os lo ordeno!
—Me sorprende vuestra actitud, majestad. Vuestro deseo fue solucionar las cosas con el trol
de la forma correcta, y para eso mismo os he traído hasta aquí.
Dejando de lado lo asustado que se sentía por el lugar en el que estaba, el rey Damián terminó
por darse cuenta de que aquellas palabras resonaban con especial fuerza dentro de él, como
si su corazón pretendiera decirle que aquella era la respuesta que había estado buscando
durante tanto tiempo. Sin embargo, sobraban todavía muchas dudas como para sentirse
tranquilo.
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—No entiendo cómo podéis decir que enfrentarme al trol no es la verdadera solución a mi
problema—dijo Damián—. Mi padre, que es mi consejero, y todos los súbditos de mi reino
esperan de mí lo que cualquiera esperaría de un rey: que sea valiente, osado, y que no le tema
a ningún conflicto.
Luego de contemplarlo en silencio con una extraña sonrisa en el rostro, el genio dijo:
—A veces, majestad, lo que los demás esperan de nosotros no es la respuesta. Hay ocasiones
en las que debemos mirar muy hondo en nuestro propio corazón para darnos cuenta de cuál
es el camino correcto.
Antes de que Damián pudiera pensar con claridad en lo que el genio acababa de decirle, el
puente bajo él comenzó a sacudirse de forma tan estrepitosa que parecía que acabaría hecho
pedazos en cualquier momento. Como pudo, el joven rey se dio la vuelta y contempló, con
horror, cómo el trol salía de debajo del puente y se plantaba frente a él. Tal como lo describían
las historias que los súbditos habían llevado hasta el trono de Damián, aquel era un ser
enorme y aterrador, con la piel gruesa y gris como la de un elefante, con el cabello de color
arena y un garrote de madera colgando de sus brazos, robustos y demasiado largos para su
cuerpo. Vestía un taparrabos viejo y mohoso, y sus ojos, verdes como el lodo, tardaron un
poco en fijarse en Damián y el genio. Cuando lo hicieron, sin embargo, su expresión se
enfureció.
— ¿Quién ser vosotros?—rugió el trol, agitando su enorme mazo por encima de su cabeza,
y hablando con una voz tan ronca que resultaba bastante difícil de entender—. ¿Qué hacer
aquí y por qué despertar a Garg?
—Eh… ¿genio?—dijo Damián—. ¿Qué se supone que haga ahora? ¿Cómo puedo resolver
el problema sin necesidad de pelear?
Armándose de valor, y sin perder de vista aquel enorme garrote que podía dejarlo aplastado
como una hoja de papel en cualquier momento, Damián dio un par de pasos al frente, y luego
de levantar la vista hacia el enorme rostro del trol, contestó por fin:
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—Saludos, mi buen amigo Garg. Yo soy Damián, primero con el nombre, rey de Abandhor.
He venido hoy para hablar con vos y tratar de solucionar de la mejor forma el problema que
nos aqueja a ambos.
— ¿Rey hablar con Garg?—repitió el trol— ¿De qué hablar rey con Garg? ¡Rey poner puente
sobre casa de Garg! ¡Rey mandar humanos a molestar a Garg mientras Garg dormía su gran
siesta!
Cuando Garg se movió, Damián se echó hacia atrás por instinto, temiendo que el trol
intentase pegarle con su mazo de madera. Sin embargo, la criatura solo pretendía hacerle
señas para que lo siguiera debajo del puente. Después de dudarlo un poco, el rey hizo lo que
el trol le pedía, y fue entonces cuando descubrió lo que en realidad pasaba, pues ahí, debajo
del puente que durante tantos años había sido el orgullo de su reino, estaba una pequeña y
aplastada casucha que, por su apariencia, se podía deducir que era mucho más antigua que el
puente, que el rey que lo había construido, e incluso puede más antigua que el reino mismo.
Ahora ya sabía Damián por qué el trol había atacado a todas las personas que pasaban sobre
el puente, pues estaba defendiendo su casa, el hogar que era suyo por derecho desde mucho
antes.
—No entiendo cómo alguien pudo no ver vuestro hogar—le dijo Damián al trol, ahora
avergonzado por todo lo que la pobre criatura había tenido que pasar—. ¿Por qué no le
dijisteis nada al rey? ¿Por qué no intentasteis impedir que construyera un puente sobre vuestra
casa?
—Garg dormir gran siesta, la gran siesta que duermen todos los suyos—respondió de
inmediato el trol—. Gran siesta durar muchos años. Cuando Garg acostarse todo bien, pero
cuando Garg despertar… ¡Puente sobre casa de Garg!
Damián se sintió tan mal y tan culpable por la terrible situación que estaba pasando el trol,
que durante mucho rato no dijo nada. Se quedó pensando en qué hacer a continuación para
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resolver aquella nueva variante del problema, sin embargo, cuando sintió sobre su hombro la
mano del genio, fue como si de pronto las palabras encontraran el camino a través de su boca.
— ¿Y ahora que se supone que haga?—se preguntó Damián—. Me siento culpable y no tengo
ni idea de cómo solucionar las cosas.
—A veces, sin darnos cuenta y sin querer, hacemos cosas que dañan a los demás a nuestro
alrededor—le dijo el genio—. Sin embargo eso no nos hace malas personas. De hecho, nos
da la oportunidad de ser mejores, de corregir los errores y solucionar lo que podamos.
—Busca dentro de ti. Ese siempre será el mejor lugar para encontrar las respuestas que
necesitas
Cuando el rey anunció, al día siguiente, que se demolería el puente para construirlo en otro
lugar completamente diferente, nadie estuvo de acuerdo. En la siguiente sesión de audiencia,
todas las quejas de los súbditos tuvieron que ver con aquel tema, pero Damián, que por
primera vez estaba realmente seguro de que estaba haciendo lo correcto, permaneció
imperturbable. Al darse cuenta de que todos estaban realmente molestos, decidió hacer una
reunión muy especial. Una mañana, teniendo a todo su pueblo congregado frente al palacio,
salió al balcón en compañía de Garg, el trol. Todos los presentes se sintieron sorprendidos y
en parte también muy confundidos, pero una vez empezó Damián a explicar por completo la
situación, todos estuvieron de acuerdo en que aquello era lo mejor que se podía hacer.
Damián estaba consciente de que el puente y todo lo que representaba era algo sin lo que su
pueblo no podía pasar mucho tiempo, por lo que se esmeró para que el trabajo pudiera estar
listo cuanto antes. Cuando lo estuvo, lo que antes había sido una ruta comercial pequeña pero
efectiva, se transformó en una especie de súper autopista que permitió el paso a muchos más
visitantes, quienes a su vez comenzaron a llevar hasta Abandhor otro montón de cosas que
enriquecieron aún más al reino. Pronto, todos olvidaron la pequeña crisis por la que habían
pasado, e incluso le hicieron a Garg y a los demás trols que fueron despertando un espacio
muy especial en sus vidas. En cuanto a Damián, solo basta decir que siguió reinando con
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justicia y amor, transformándose poco a poco en uno de los gobernantes más exitosos y
queridos en la historia de aquel pueblo.
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