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El documento explora la importancia de la documentación personal en la investigación sobre la historia de los sistemas represivos y los centros de reclusión, destacando cómo estos relatos han sido históricamente silenciados. Se argumenta que la escritura y lectura en contextos de reclusión, aunque inicialmente utilizadas como herramientas de control, se transforman en medios de resistencia y esperanza para los prisioneros. Además, se presenta un dossier que compila 18 trabajos que analizan diversas tipologías documentales y su significado en la vida de los detenidos y sus familias, ofreciendo una visión complementaria a la historia oficial.

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El documento explora la importancia de la documentación personal en la investigación sobre la historia de los sistemas represivos y los centros de reclusión, destacando cómo estos relatos han sido históricamente silenciados. Se argumenta que la escritura y lectura en contextos de reclusión, aunque inicialmente utilizadas como herramientas de control, se transforman en medios de resistencia y esperanza para los prisioneros. Además, se presenta un dossier que compila 18 trabajos que analizan diversas tipologías documentales y su significado en la vida de los detenidos y sus familias, ofreciendo una visión complementaria a la historia oficial.

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Vegueta.

Anuario de la Facultad de Geografía e Historia


19, 2019, 23-29
eISSN: 2341-1112

Escrituras y lecturas en reclusión1

Writings and Readings Under Confinement

Verónica Sierra Blas


Universidad de Alcalá
LEA-SIECE
https://orcid.org/0000-0001-5328-210X
[email protected]

Guadalupe Adámez Castro


Universidad de Alcalá
LEA-SIECE
https://orcid.org/0000-0001-7511-8220
[email protected]

Aunque el camino ha sido largo y repleto de obstáculos, y haya todavía


quienes presuman de escepticismo cuando problematizan sobre su objetividad,
su conveniencia e importancia, a día de hoy ningún especialista le negaría a la
documentación personal el lugar privilegiado que ocupa y se ha ganado a pulso
entre las fuentes de investigación que pueden y deben emplearse cuando de lo que
se trata es de desentrañar con seriedad y con equidad la historia de los sistemas
represivos, y como piedra angular indiscutible de los mismos, la historia, siempre
con más sombras que luces, de los centros de reclusión.
Hasta hace apenas unas décadas, lo que hemos podido conocer y, por ello,
transmitir, del mundo penitenciario y concentracionario ha sido aquello que las
propias instituciones represivas escribían y decían sobre sí mismas, sobre el régimen
que las creó, defendió y sostuvo, y sobre quienes las «habitaron»: los vigilantes y
los vigilados, o lo que es lo mismo, los verdugos –los justicieros, los poderosos, los
triunfadores– y las víctimas –los perseguidos, los marginados, los derrotados–.
Interesó antes «el hacer y el decir del poder», sus dispositivos y técnicas, sus
agentes, sus razones, sus actuaciones e incluso sus desviaciones (Mendiola y Oviedo
Silva, 2017: 28), que la experiencia de vida de quienes poblaron la vasta geografía
de la reclusión omni tempore, cuyos escritos fueron, siglos tras siglos, silenciados,
denostados, prohibidos o destruidos. Lo que se escribió en aquellos lugares donde
1 La publicación de este dossier monográfico se enmarca en el Proyecto de Investigación «Scripta in
itinere». Discursos, formas y apropiaciones de la cultura escrita en espacios públicos desde la primera Edad Mo-
derna a nuestros días (Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, HAR2014-51883-P).

Copyright: © 2019 ULPGC. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos
de la licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar (by-nc-nd) Spain 3.0. 23
Escrituras y lecturas en reclusión

se privó de libertad a millares de hombres y mujeres a lo largo de la historia hasta


que se dotó de dignidad y credibilidad a sus relatos –sin distinción: desde un diario
hasta una nota minúscula camuflada o un rasguño hecho sobre una pared– fue
«una novela colectiva cuyos distintos capítulos fueron redactados en paralelo –
prácticamente en todo el mundo–, pero una novela en la que los individuos
encarcelados no eran más que los copistas, puesto que el verdadero autor era la
institución penitenciaria» (Artières, 2005: 136).
Las escrituras carcelarias o concentracionarias suelen tildarse de «rebeldes»
o «subversivas», de «combativas» y «provocadoras». Muchas, efectivamente,
lo fueron y lo son, pero no debemos olvidar que, lejos de esta concepción
romántica, el disponer hoy de esta documentación privada se debe también a la
instrumentalización que las instituciones represoras hicieron de ella al considerarla
parte o, mejor dicho, producto, del «sistema panóptico», especialmente a partir del
siglo xix: escribir sobre uno mismo –para sí mismo o para otros– fue una práctica
incentivada y permitida en muchos centros de reclusión porque constituía un
eficaz método de sometimiento, de adoctrinamiento, de vigilancia y de castigo.
El panóptico funcionaba así gracias a la escritura sin necesidad de su pesada
arquitectura y devenía en un ente esencialmente gráfico (Foucault, 1978).
Ahora bien, al margen de ese dirigismo y determinismo de quienes
detentaron el poder y ejercieron la represión, se alzan el pensar y el sentir de
cada prisionero/a, y con él, sus necesidades, sus expectativas, sus objetivos. Es
precisamente en el fuero interno de los presos/as donde la «máquina grafómana»
(Artières, 2005) que se pone en marcha en los centros de reclusión por imperativo
de «los de arriba» se acaba volviendo en contra de sus creadores, y la escritura
(y la lectura con ella) se termina convirtiendo en un refugio, en un arma, en una
esperanza de futuro. Entender este giro, como intentamos demostrar en el Grupo
de Investigación LEA (Lectura, Escritura, Alfabetización) y en el Seminario
Interdisciplinar de Estudios sobre Cultura Escrita (SIECE) de la Universidad de
Alcalá2 (Castillo y Sierra, 2005; Castillo, 2006a y 2006b; Sierra, 2016; Adámez,
2017) sólo ha sido posible cuando los egodocumentos se han empezado a tener
en cuenta como objetos valiosos en sí mismos (Amelang, 2005: 17), como reflejos
del «yo» que escribe y/o lee y, por extensión, de la sociedad al que esos «egos»
pertenecen –por más que el encierro, como sabemos, pretenda su exclusión–, y
no sólo como representación de aquellos lugares donde estuvieron presos/as sus
autores/as.
La inclusión de los documentos personales de los prisioneros/as como
fuentes de investigación –independientemente de la época y del lugar en el que
hayan sido producidos– supuso un vuelco historiográfico sin precedentes por
cuanto puso sobre la mesa, al darles la palabra a los que hasta entonces se les
había negado, una visión tan contraria como complementaria a la conocida hasta
el momento, nacida de y en la subjetividad (Presser, 1958, citado por Dekker,
2002: 14), fruto de la experiencia íntima vivida por los que fueron confinados

2 Sobre los trabajos y actividades desarrollados por el Grupo LEA y el SIECE en la Universidad de
Alcalá puede consultarse su página web: http://www.siece.es/, así como su blog: http://grafosfera.
blogspot.com/.

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(sobrevivieran o no a la misma) o por quienes les acompañaron en su penar, que


actuó, en buena medida por ser obra tantas veces de «los de abajo» (Sharpe, 1993),
como correctivo a la «historia oficial», construida al calor de los intereses del
poder (fuese cual fuese éste), y que consiguió sembrar la duda sobre muchas de
las «verdades» (¿o deberíamos decir más bien todas?) aceptadas y consensuadas
por la comunidad científica (y no sólo) (Plummer, 1989).
El papel que la Historia de la Cultura Escrita ha tenido en este cambio de
paradigma ha sido y sigue siendo fundamental, tanto en este como en otros
campos. Enraizada en su interés por conocer quiénes han podido y quiénes no
acceder a lo largo de los siglos a las capacidades de escribir y de leer, y por tanto
han tenido o no la oportunidad de dejar huella en la historia (Castillo, 2005: 23
y 24), y derivada de la atención prestada a todos los documentos sin distinción
–más allá de jerarquías categóricas y principios de procedencia– para comprender
más y mejor la sociedad que los produce, usa y conserva (o elimina) (Petrucci,
1998: 15), la Historia social de la escritura y de la lectura ha apostado con fuerza
por los escritos cotidianos u ordinarios (Fabre, 1993 y 1997) y ha encontrado en
ellos un filón que, gracias al diálogo generoso y rico que ha mantenido con otras
disciplinas –como es inherente a ella (Gimeno, 2005: 125) y bien refleja este dossier,
donde convive con la Historia de la Literatura, la Historia Pública, especialmente
en relación al análisis, gestión y reconstrucción de la Memoria Histórica, la
Antropología, la Sociología, la Lingüística, los Estudios de Género, la Historia de
las emociones o las Humanidades Digitales–, ha abierto numerosas puertas no
sólo a novedosos métodos de trabajo y a nuevas perspectivas de investigación,
sino también a nuevos sujetos históricos, entre los que se encuentran los hombres
y mujeres «infames» (Foucault, 1991).
Este dossier empezó a gestarse en el seno de un taller que coordinamos en
el xiii Congreso de la Asociación de Historia Contemporánea que, bajo el título
La Historia, ¿Lost in Translation?, se celebró en la Facultad de Humanidades de
la Universidad de Castilla-La Mancha, Campus de Albacete, entre el 21 y el 23
de septiembre de 2016 (González, Ortiz y Pérez, 2017). Junto a algunas de las
comunicaciones que se presentaron a dicho taller –cuyo objetivo era ahondar en
los usos, funciones y significados que adquirieron la escritura y la lectura en los
espacios de reclusión en el siglo xx y que seleccionamos para su publicación–,
quisimos incluir algunas otras colaboraciones que pudieran dotar a la obra
final, fruto del intenso debate que tuvo lugar durante el citado encuentro, de un
carácter más pluridisciplinar y transnacional, y temporalmente más amplio, y
este que ofrecemos aquí es el resultado de esa labor de búsqueda y recopilación
cuidadosa que realizamos: un total de 18 trabajos cuyos autores/as, de distintas
generaciones –y con trayectorias, por ello, muy dispares–, se han formado en
áreas diferentes y especializado en épocas distintas (desde el siglo xviii al xxi),
y proceden de universidades y grupos de investigación que desarrollan sus
actividades en España, Italia, Francia, Noruega, Portugal y Argentina.
En esos 18 trabajos, los autores/as trazan un completísimo mapa del universo
gráfico de la reclusión repasando las numerosas tipologías documentales fruto del
encierro: cartas familiares y tarjetas postales, avales y cartas de súplica, cartas en
capilla, diarios, memorias y autobiografías, periódicos manuscritos clandestinos,
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Escrituras y lecturas en reclusión

tatuajes, grafitis, recetarios de cocina, poemas y otras composiciones literarias;


documentos todos ellos redactados en los soportes más variados que podamos
imaginar, cuyas características reflejan la permisividad o prohibición de las
distintas prácticas de escritura analizadas y la escasez generalizada de materiales
escriturarios en los centros de reclusión, considerados como bienes básicos
dotados de gran valor y por los cuales los prisioneros/as llegaron a pagar precios
y trueques desorbitados.
Encontramos así, junto a tintas elaboradas con diversas estrategias (limón,
vinagre, fluidos corporales, técnica del ahumado, etc.), una infinita gama de
cartulinas y papeles de muy distinta categoría –desde servilletas, envoltorios,
papel de fumar o papel higiénico hasta papel membretado y timbrado–, trozos
de tela, de madera, de piedra, de zinc, muebles u objetos que se tienen a mano o
se fabrican, los muros, suelos, paredes, techos y puertas de las celdas, galerías y
barracones e incluso la propia piel.
Al mismo tiempo que han trazado este vasto paisaje de las escrituras en
reclusión, los autores/as se han preocupado también de señalar las funciones
y significados que la cultura escrita adquiere en la vida de los detenidos/as y
de sus familias, así como de analizar el papel que la misma juega en la gestión
cotidiana de los establecimientos de castigo –y en la consecución de los objetivos
de los represores– que se eligen como escenarios y que, aunque distintos por
sus emplazamientos geográficos y sus temporalidades –a saber, las cárceles
europeas del Antiguo Régimen, los lager de la I Guerra Mundial y los campos de
prisioneros de la II Guerra Mundial, las prisiones y los campos de concentración
de la España franquista y de la última dictadura militar argentina, los campos
de internamiento franceses, los gulag soviéticos, los campos de exterminio nazis
o los centros penitenciarios malayos–, las muchas similitudes que presentan nos
permiten componer una obra coral que nos hace entender al empastar unas y otras
voces cómo entre rejas y alambradas escribir y leer fueron sinónimos de esperanza
y de vida.
Junto a todo ello, si algo ponen de manifiesto los trabajos que en estas
páginas se dan cita es la dificultad que entraña encontrar esas huellas escritas
de la privación de libertad que nos dan la posibilidad de «leer» y «descifrar» los
espacios de reclusión desde el «yo» –que siempre es, en realidad, un «nosotros»–.
Se trata de documentación que, salvo algunas excepciones, se encuentra dispersa
y que presenta, por ello, unas problemáticas que deben tenerse presentes para
poder interpretarlas con rigor y obtener de ellas todo lo que pueden dar de sí, que
roza lo infinito, pues en su mayoría se trata de producciones que sobreviven a sus
autores/as y a sus motivaciones iniciales, y que siguen teniendo hoy una función
pública de testimonio y de memoria.
Como el lector/a podrá comprobar, algunos de estos documentos que
los autores/as de este dossier analizan proceden de archivos públicos, donde
conviven con otros documentos «oficiales» generados por las instituciones
represoras y forman parte de los expedientes de los prisioneros/as. Otras veces
se trata de documentos que reposan en los archivos familiares (que han ido
pasando de generación en generación como si de una reliquia cuasi sagrada

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se tratara), en distintos archivos particulares (atesorados por Fundaciones,


Partidos y Asociaciones) o en los llamados archivos de la escritura y de la
memoria popular (gracias a los cuales resulta posible paliar la negligencia de los
gestores de la memoria pública, que no han considerado ni consideran dignos
de salvaguardar los documentos personales de los ciudadanos/as de a pie)
(Antonelli, 1999; Castillo y Monteagudo, 2000).
No faltan tampoco las publicaciones de testimonios del cautiverio realizadas
por los propios presos/as, por sus familiares y amigos o por especialistas, ni las
obras contemporáneas que recopilan documentos personales de los prisioneros/
as –casi siempre con fines médicos y/o psiquiátricos–, como las sobradamente
conocidas de Cesare Lombroso o Leo Spitzer (Lombroso, 1996 [1888]; Spitzer, 1976
[1921])-. Junto a ello hay que destacar la documentación que se obtiene de los
«archivos virtuales», dado que cada vez son más los repositorios documentales
a los que los investigadores/as podemos acceder de manera gratuita a través de
Internet (páginas web, blogs, redes sociales…); o las que constituyen vestigios
arqueológicos resultado de las excavaciones que se han desarrollado y desarrollan
en los edificios y lugares de la reclusión, y que, en ocasiones, cuando dichos
espacios se destruyen o se abandonan, son el último aliento que de ellos y de la
historia de quienes los poblaron nos queda.
Además, las peripecias que caracterizan cada una de las historias que
las escrituras carcelarias y concentracionarias narran exigen por parte de los
especialistas una mirada atenta y contrastada, en la que no puede obviarse la
combinación de esta documentación con otras fuentes que puedan rellenar
posibles lagunas, comprobar datos, matizar informaciones, neutralizar
influencias (la de la propaganda, entre otras) o tamizar la presencia de
condicionantes externos (la censura, por ejemplo) e internos (la autocensura o el
analfabetismo, sin ir más lejos), entre las que las emanadas de la administración
(civil, militar, judicial), las fuentes legislativas, las hemerográficas, las literarias
y las fuentes orales se perfilan como las preferidas, por ser también las más
idóneas, por lo autores/as que colaboran en este dossier.
Igualmente, quien se adentre en la vida y la muerte de los establecimientos
de castigo que los documentos personales de los presos/as representan, deberá
hacerlo teniendo en cuenta el distinto nivel sociocultural de quienes escriben, el
estado emocional en el que se encuentran cuando lo hacen, si se trata de escrituras
realizadas durante o después de la privación de libertad, y en lo que, más allá
de la supervivencia, desean conseguir y transmitir hacia los suyos y hacia el
futuro. Leamos el trabajo que leamos de los que aquí se recopilan, sacaremos en
conclusión que escribir y leer constituyen para los prisioneros/as una terapia
para hacer frente a la reclusión y a todos los trastornos físicos y psíquicos que la
misma comporta. Interiorizar lo que se está viviendo/sufriendo es una forma más
de defenderse, así como un medio de dotar al día a día de un cierto raciocinio y
«normalidad» que resultan imprescindibles para resistir y de los cuales se obtiene
la fuerza para denunciar el sufrimiento derivado de la violencia sistemática a la
que los internados/as son sometidos continuamente.
La resistencia, a su vez, se conecta en todos estos documentos del encierro
con la necesidad de salvaguardar la identidad individual y, al tiempo, con la de
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Escrituras y lecturas en reclusión

crear una cohesión comunitaria que actúe como barrera protectora y haga posible
reconstruir, al otro lado de los cerrojos, los vínculos con los seres queridos que los
muros rompen. La «lucha por escrito» rehumaniza el mundo deshumanizado de la
reclusión y permite recuperar el control sobre el tiempo y, lo que es más importante,
sobre la memoria, pero, sobre todo, obra el milagro de establecer una conexión
con la vida, y es esta conexión la que convierte cada acto de escritura y lectura en
un verdadero y eficaz «acto de resiliencia» (Cyrulnik, Manciaux, Vanistendael y
Lecomte, 2010).
Esperamos que el lector/a pueda descubrir todas las historias resilientes que
este dossier reúne y que, gracias a las mismas, conozca ese otro lado de los centros
de reclusión que pocas veces se conoce y/o se cuenta: el de la intimidad de la que
nacieron los testimonios que las tejen y destejen, y que, aunque tan sólo hace unas
décadas que han empezado a tenerse en cuenta, hoy resultan ya imprescindibles
para los especialistas en este y en otros muchos temas si de lo que se trata es de
construir una historia inclusiva, democrática y global, acorde con los valores y
necesidades de nuestro mundo.
Sólo nos queda agradecer a los autores/as el tiempo y esfuerzo que han
dedicado durante tantos meses a sus artículos, a los evaluadores/as que los han
juzgado sus sugerencias y recomendaciones para mejorarlos y a la dirección
de esta revista su confianza en nosotras al aceptar nuestra propuesta y darnos
la oportunidad de seguir contribuyendo a rescatar la historia y la memoria de
quienes sufrieron la represión y tuvieron que callar su dolor, independientemente
de su género, de su edad, de su tiempo, de sus lugares de procedencia o de su
mayor o menor dominio gráfico.

BIBLIOGRAFÍA

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Verónica Sierra Blas, Guadalupe Adámez Castro

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