Se denomina período helenístico, helenismo o periodo alejandrino (Ἑλληνισμός en griego
clásico; Ελληνιστική περίοδος en griego moderno; Hellenismus en latín) a una etapa de
la Antigüedad mediterránea posterior a la Grecia Clásica, sus límites son las muertes
de Alejandro Magno (323 a. C.) y de Cleopatra VII y Marco Antonio (30 a. C.).[2] Le sigue el
predominio del Imperio romano conseguido por su conquista del Egipto ptolemaico, que
significó el final del último gran Estado helenístico.[3][4] El término helenístico viene del
verbo hellazein, que significa «hablar griego o identificarse con los griegos» y se refiere a las
sociedades influenciadas por la cultura griega después de las conquistas de Alejandro Magno.
Debe distinguirse de helénico, que se refiere directamente a pueblos de etnia griega y que
proviene de la palabra griega antigua Hellás (Ἑλλάς), que se usaba para referirse al territorio
propiamente griego.[5]
Después que el Reino de Macedonia conquistó al Imperio aqueménida en 330 a. C.,
desintegrándose poco después,[6] se establecieron reinos helenísticos en Asia
Occidental (seléucidas y atálidas), Balcanes (antigónidas), Norte de África (Egipto ptolemaico)
y Asia del Sur (grecobactrianos e indogriegos).[7] Las principales dinastías surgidas fueron los
seléucidas, antigónidas y ptolemaicos.[8] Así, vastos territorios acostumbrados a ser gobernados
por oficiales persas que hablaban arameo pasaron a ser gobernados por nobles macedonios
greco parlantes.[9] Esto resultó en la afluencia de colonos griegos y la exportación de su cultura
e idioma a estos nuevos reinos, creando un espacio cultural que llegaba hasta el subcontinente
indio. Estos nuevos reinos también fueron influenciados por las culturas indígenas, adoptando
prácticas locales cuando se consideraban beneficiosas, necesarias o convenientes. Así, el
helenismo representa una fusión entre la cultura griega clásica y las de Asia y África.[10] Dicho
sincretismo en creencias religiosas y rituales fue alentado por los gobernantes helenos para
legitimar su poder ante los locales.[11]
Como resultado surgió el griego koiné (κoινή, «común»), una versión simplificada del
dialecto ático, que se convirtió en la lengua franca de esa parte del mundo gracias a que se
instaló un sistema educacional que adoctrinó a los hijos de los aristócratas locales en la
filosofía, matemáticas, ciencias naturales, ideales de belleza y orden y reverencia por el
atletismo que tenían los griegos.[9] Al mismo tiempo, ciudades clásicas
como Atenas, Esparta o Tebas, entre otras, entraron en decadencia[12] y el centro cultural del
mundo griego pasó de Atenas a Alejandría y en menor medida Pérgamo, Antioquía del
Orontes, Siracusa[5] Seleucia del Tigris[13] y Rodas.[14] El impacto fue tal que siglos después,
escritores griegos y romanos relataban que el griego era una lengua muy usada en Egipto, Siria
e incluso lejano Oriente, que las obras de Homero, Eurípides o Sófocles se leían por toda Asia,
especialmente entre la nobleza persa, y los habitantes de India, Bactriana y
el Cáucaso adoraban a los dioses olímpicos.[14]
Se fundaron numerosas ciudades que siguieron el modelo de las polis (ciudades-estado)
clásicas, con constituciones escritas, ciudadanía limitada y edificios públicos, incluidos templos,
gimnasios, mercados y bibliotecas basadas en la arquitectura griega.[9] Sin embargo, los
grandes y ricos reinos establecidos por los sucesores de Alejandro Magno, junto a
la monarquía de Siracusa, desplazaron a las polis como las principales unidades políticas. Así, la
cultura política basada en asambleas de ciudadanos que debatían la política de su ciudad y la
defendían como soldados a tiempo parcial fue reemplazada por una dominada por reyes
gobernantes y hombres de negocios.[5] El sentimiento de lealtad patriótica a la polis fue
suplantado un cosmopolitismo sin fidelidad a ningún Estado en particular.[15] En consecuencia,
los ciudadanos se volvieron más individualistas, lo que se ejemplifica en el surgimiento de
escuelas filosóficas centradas en la vida personal y de las religiones mistéricas.[5] A nivel
religioso, la ética pasó a quedar cada vez más en mano de distintas escuelas filosóficas, hubo
nuevas interpretaciones para los dioses olímpicos o se los identificó con foráneos, y se
introdujo un culto extranjero que satisfacía las necesidades que los ritos tradicionales no
podían cumplir.[16]
Los eruditos e historiadores están divididos sobre qué evento señala el fin de la era helenística.
Existe una amplia gama cronológica de fechas propuestas que han incluido la conquista final
del corazón del mundo griego por la República romana en el 146 a. C., después de la guerra
aquea, la derrota del Egipto ptolemaico en Accio en el 31 a. C., después de la muerte
de Adriano en el 138,[17] o el traslado de la capital de Roma a Constantinopla por Constantino el
Grande en 330.[18] Sin embargo, la mayoría de los eruditos y arqueólogos lo fechan en el 31 o
30 a. C..[19]