Poder Social y Dinámicas en El Salvador
Poder Social y Dinámicas en El Salvador
El Salvador constituye un sistema social dependiente, donde una minoría privilegiada impone sus intereses en la
configuración de la sociedad produciendo así la marginación de las grandes mayorías populares. Ahora bien, si las
mayorías se han sometido históricamente a los dictámenes y exigencias deshumanizantes de unos pocos, no ha sido por
un innato conformismo o falta de aspiraciones, sino porque esa minoría ha tenido y en buena medida sigue teniendo un
poder real sobre el resto de los salvadoreños, ya sea como autoridad legal, como modelo moral, como poseedora de los
recursos necesarios para la supervivencia al interior del sistema o, en último caso, como poseedora de los mecanismos
coercitivos para “mantener el orden”.
Sería un error no ver el poder más que en el ámbito de lo político y de los grandes acontecimientos sociales, aunque ese
sea su terreno por su excelencia. El poder se da en todos los aspectos de la vida humana, y desde el punto de vista de la
psicología social, puede resultar mucho más importante analizar su papel en la configuración de la vida cotidiana, en los
mecanismos de las rutinas, que en los acontecimientos excepcionales. El poder opera en las relaciones entre padres e
hijos, entre maestros y alumnos, entre patrones y trabajadores. En todos estos casos, los unos tienen poder sobre los
otros.
El poder permite a quien lo posee imponer su voluntad a los otros, como subraya la definición clásica de Webber, y ello
pasando por encima de motivaciones personales y razones sociales, a las que incluso llega a moldear. En última
instancia, el poder representa la razón más decisiva, el motivo más perentorio del quehacer humano, lo que no significa
la razón más valiosa o el motivo más auténtico. Frente al poder de la razón esta la razón del poder, y el poder como
razón.
La contraposición del poder con la razón, no debe llevarnos a confundir el poder con la violencia física. No todo poder es
violento, y las más de las veces se logra el sometimiento sin recurrir a la coerción física.
El poder representa un factor crítico, y ello desde un doble punto de vista: por un lado, en cuanto nos involucra a
nosotros mismos en aquello que pretendemos comprender, sesgando interesadamente nuestro análisis; por otro, en
cuanto puede constituir el factor crítico que decida la determinación del comportamiento o comportamientos
analizados, escondiéndose en ocasiones en otros elementos cuya importancia queda así ideológicamente aumentada.
El objeto del presente estudio es el de definir y delimitar el papel del poder en la determinación de la acción humana.
Estas dos formas no son excluyentes, sino inclusivas. Es más, la acción inmediata del poder con frecuencia se articula
sobre la base de sus determinismos mediatos.
El papel mediato del poder reside tanto en la conformación del orden social de un sistema cuanto en la configuración de
un mundo de realidad que encuentra y asume cada individuo a través de los procesos de socialización primaria. Los
sistemas sociales son el resultado de un balance de fuerzas en la confrontación de los intereses propios de cada grupo;
los grupos con más poder imponen a los demás sus intereses, y el dominio se extiende precisamente en la misma
medida en que su poder desborda al poder de los demás en las diversas áreas de las relaciones sociales.
Las instituciones sociales formalizan las rutinas tipificadas entre tipos de actores sociales; pero la configuración de esas
rutinas en el proceso de externalización depende del poder de los actores. La institucionalización supone la
consagración de aquellas actividades que mejor respondan en una circunstancia concreta a los intereses de los grupos
que disponen de mayor poder. Así, la activación de las rutinas institucionalizadas supone la realización de un dominio
social: en la medida en que las personas aceptan las normas de esas rutinas establecidas, y las incorporan como su
mundo en la socialización, se someten a los intereses sociales impuestos a través del poder. El dominio social asi
ejercido queda naturalizado al abrigo de las instituciones sociales establecidas en un sistema que se ofrece a las
personas y la mayoría interioriza como presupuestos incuestionables.
Las instituciones fundamentales de una sociedad (la familia, la escuela, el trabajo), definen y limitan lo que las personas,
cada persona en concreto, pueden o no pueden hacer, y ello en forma diferenciada. El poder define de antemano los
comportamientos requeridos y por tanto, las acciones posibles al interior de cada uno de estos ámbitos sociales.
Además de este influjo básico, configurador del sistema y en parte interiorizado por las personas como principios y
valores a través del proceso de socialización (lo que constituye el control social) está el influjo inmediato del poder en la
determinación de cada comportamiento. Este poder es el más visible, aunque no siempre sea el más profundo, y tiene
lugar en todas las relaciones, interpersonales o intergrupales.
Uno de los aspectos más importantes del poder, es su tendencia a ocultarse, incluso a negarse como tal, es decir, como
poder y a presentarse como exigencia natural o razón social. Así, aparecerá que los comportamientos son posibilitados y
requeridos porque corresponden a las exigencias de la naturaleza humana o porque son considerados socialmente
valiosos, y no porque respondan a los intereses dominantes o porque sean convenientes a los objetivos de quienes se
benefician del sistema social establecido. Como dice Foucault, “el poder es tolerable solo con la condición de
enmascarar una parte importante de sí mismo”. El poder se transforma en valor que a su vez justifica al poder, negando
su influjo o su existencia misma. El poder se esconde en los propios mecanismos que genera.
1-se da en las relaciones sociales el poder se da dondequiera haya relaciones sociales, sea entre personas o entre
grupos. El poder no es un objeto o una cosa que se posea en abstracto y no hay que confundirlo con las cosas en las que
se basa o que usa instrumentalmente; se trata de una cualidad de alguien, persona o grupo, en relación con otras
personas o grupos. El poder constituye un fenómeno social, no meramente individual.
La naturaleza relacional del poder significa que las relaciones sociales tienen con frecuencia un carácter de opresión y
conflicto, y que la relación misma es determinada, al menos en parte, por la asimetría en la que emerge el poder. Si los
unos se imponen a los otros es porque disponen de poder, es decir, porque en la relación los unos son capaces de
imponerse a los otros al menos en el ámbito en el que se establece la relación.
2-se basa en la posesión de recursos uno de los sujetos de la relación, persona o grupo, posee algo que el otro no
posee o que lo posee en menor grado. De ahí que el poder surja precisamente en una relación de desequilibrio respecto
a un determinado objeto: uno de los miembros de la relación es superior en algo a otro. Pero ello mismo indica que el
poder es concreto, en el sentido de que se proyecta sobre determinado ámbito: se tiene poder ante otro en ciertos
aspectos o áreas de la vida social, pero no necesariamente en otros.
El poder esta diseminado por todo el entramado de la vida social y la diversa posesión de recursos proporciona poder
diferenciado de unos hacia otros y de unas a otras áreas. Es importante subrayar que el poder generado por la posesión
de ciertos recursos es mayor y más amplio, es decir abarcador de más ámbitos de la vida, que la posesión de otros
recursos. En nuestra sociedad, quienes disponen de amplios recursos económicos obtienen un poder sobre casi todos
los tipos de relación social que no puede ser funcionalmente equilibrado por la posesión de otros recursos, al menos no
por aquellos de orden intelectual o moral.
3-produce un efecto en la misma relación social este efecto se da tanto sobre el objeto de la relación como sobre las
personas o grupos relacionados. El resultado más obvio del poder está en el comportamiento de los involucrados en la
relación: la obediencia o sumisión de uno, el ejercicio de la autoridad o del dominio del otro. El poder configura así el
quehacer de personas y grupos. Pero además, el poder genera una realidad actualizada a través de ese quehacer: la
realidad de lo que las personas mismas son.
Estos tres elementos esenciales del poder deben integrarse en su definición, independientemente de que se enfatice
más uno u otro.
La definición más famosa y conocida en las ciencias sociales sobre el poder es la que formulo Webber el poder
consiste en “la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y
cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad”. En esta definición, quedan claros tanto el aspecto relacional del
poder como su efectividad; no así el elemento de los recursos, al que se concede menor atención.
Proponemos aquí una definición de poder que representa una ligera variante de la definición weberiana y que supone la
simple integración de los tres elementos esenciales ya mencionados Poder es aquel carácter de las relaciones sociales
basado en la posesión diferencial de recursos que permite a unos realizar sus intereses, personales o de clase, e
imponerlos a otros.
De esta definición se siguen dos notas importantes. En primer lugar, el poder es inherente a toda relación social. Esto
quiere decir que el poder esta presenten los niveles más ínfimos de la escala social, allá donde los recursos son mínimos
y también en los niveles más altos. Esto no quiere decir ni mucho menos que todos los poderes sean equiparables. Lo
que si quiere decir, es que la Variable del poder debe ser considerada en cada caso en su concreción social e histórica y
por tanto, que puede darse en todos los ámbitos de la vida social, cualquiera sea su carácter e importancia.
En segundo lugar, las personas y los grupos mantienen entre si multiplicidad de relaciones que involucran aspectos muy
diversos de la existencia y se apoyan en diferentes recursos. De ahí surge posibilidad de complejos diferenciales de
poder; quien domina en una relación puede ser a su vez dominado en otra.
El control social sobre determinados recursos críticos se convierte en la base de un poder social casi universal, se
extiende a casi totalidad de las relaciones sociales.
El paradigma jurídico: asume la perspectiva formal del sistema social. Desde este punto de vista, el poder es un objeto
social del que dispone el estado como gerente del bien común y que distribuye entre los miembros de la sociedad a fin
de poner en ejecución las exigencias y reglas del sistema establecido. El maestro es por tanto un adulto que recibe un
poder sobre el alumno, mediante la obtención de un título legal y el nombramiento al cargo de profesor. El poder
significa en este caso que el maestro constituye un representante de la ley y que a él le corresponde enunciar las
prescripciones que deslindaran el bien del mal para el alumno. El poder genera la obediencia y negativamente, la
posibilidad de la transgresión. Una y otra serán sancionadas, aunque el énfasis se centrara en castigar la transgresión.
Por ejemplo, el poder del maestro según este paradigma, se agota en el ámbito de la escuela, en la imposición del orden
y la disciplina al alumno y en la correspondiente sanción. Fuera de la escuela, el maestro carece de poder, no es su
“jurisdicción”.
El paradigma estratégico: asume la perspectiva de los actores involucrados en las relaciones sociales. El poder no es un
objeto ni una institución ni una potencia; es más bien una situación estratégica que surge con cada relación social, en la
medida en que esa relación presente una desigualdad de fuerzas. Por ello, el poder se está produciendo a cada instante
y en todos los puntos del entramado social donde se establecen relaciones. El maestro no recibe un poder sobre el
alumno; es la relación misma entre el adulto y el niño la que da origen a su poder, por la diferencial de recursos y fuerzas
disponibles de uno y otro para la relación escolar.
El poder genera un importante saber social: es el maestro el que sabe lo que hay que hacer, lo que es bueno y lo que es
malo, como aplicar las normas y ello porque es el mismo maestro el que con su poder ha establecido esas normas y ha
definido los ámbitos disciplinarios. Pero el saber así generado por el poder adquiere una autonomía funcional, que a su
vez se convierte en nueva fuente de poder. Desde la perspectiva del paradigma estratégico, el poder del maestro se
centra en la administración y ordenamiento mismo de las acciones; no tanto en poner límites a lo que se puede hacer
cuanto en establecer lo que se debe hacer y en regular como se debe hacer.
Es el paradigma jurídico el que normalmente se utiliza para analizar el funcionamiento y efectos del poder, y esa
perspectiva tiende a cosificar su naturaleza. Por el contrario, el paradigma estratégico obliga a examinar el poder en la
especificidad de cada relación social o conjunto de relaciones sociales concretas.
El paradigma jurídico, por su misma definición del poder como algo que se posee, tiende a asumir una perspectiva
vertical, jerárquica, sobre las relaciones de poder, y de ahí que su interés se centre en el sometimiento a la ley o en la
obediencia a la autoridad. Por el contrario, el paradigma estratégico, al considerar que el poder surge en cualquier
relación social, tiende a examinarlo desde una perspectiva horizontal, lo que lleva a analizar el efecto del poder en la
formación de actitudes o en los comportamientos más diversos. Por ello, el paradigma estratégico se presta mucho más
adecuadamente que el paradigma jurídico para explorar el funcionamiento del poder a todos los niveles, para seguir los
procesos de acumulación del poder desde sus orígenes, para examinar los movimientos de cambio social desde la base o
la construcción de alternativas sociales desde “los marginados de la tierra”.
Tipos de poder
Si se acepta el paradigma estratégico, se podría afirmar que habrá tantos tipos de poder cuantos tipos de relaciones se
produzcan en una sociedad. Los mismos elementos esenciales del poder permiten establecer una clasificación de las
formas del poder según los sujetos de la relación, según el objeto de la relación y los recursos involucrados y según el
efecto obtenido. Los analistas sociales del poder tienden a privilegiar algún criterio que resulte en una tipología más
sencilla. Veremos así, tres tipologías. La tipología se refiere al modo en que se ejerce el poder
French y Raven. Definen al poder como la influencia que un agente social puede ejercer sobre la persona, y entienden la
influencia como la producción de un cambio psicológico. No diferencian la influencia del poder. El agente social puede
ser una persona, una norma o un grupo. French y Raven plantean su concepción del poder con los esquemas teóricos de
Lewin, según los cuales la personalidad es caracterizada como un campo de fuerzas; la influencia seria entonces una
fuerza inducida en el campo vital de la persona que produce algún cambio, y el poder sería una influencia potencial.
En la relación entre el agente social y la persona, los autores distinguen cinco bases del poder, es decir, cinco formas
potenciales de influencia: el poder de recompensa (basado en la percepción de p de que o puede mediar sus
recompensas), el poder coercitivo (basado en la percepción de p de que o puede mediar sus castigos), el poder legítimo
(basado en la percepción de p de que o tiene el derecho de presribirle su conducta), el poder referente (basado en la
identificación de p con o) y el poder experto ( basado en la percepción de que o tiene algún conocmiento especial o
experiencia especial).
En todos los casos se asume que cuanto mayor sea la base de poder del agente social, mayor será su poder sobre la
persona. Consideran también que la extensión del poder (a que aspectos de la vida puede llegar) es siempre limitada,
aunque en general, la extensión del poder referente es la más amplia.
A pesar de su gran aceptación, esta tipología plantea serios problemas. El primero, es la vinculación inmediata de poder
con la influencia. Con esta estrecha vinculación y casi identificación se eliminan del ámbito del poder aquellas
determinaciones que no involucren cambio, pero que no por ello resultan menos impuestas sobre la persona. Todo acto
de influencia supone un poder, pero no todo poder se canaliza en influencia, entendida como la producción de un
cambio en alguien. El poder puede actuar sin que ello suponga un cambio en la persona afectada.
Un segundo problema, es el del psicologismo. Al identificar poder con influencia potencial, es decir con “cambio
psicológico”, parecería que el camino del poder pasa necesariamente por la conciencia de las personas. Hay poderes
sobre los que no se tienen conciencia y que no por ello dejan de ser reales, así como hay ejercicios de poder que
necesitan ser percibidos para producir su efecto. Así todas las formas de poder objetivo aunque no consciente quedarían
excluidas de la tipología de French y Raven, llevando incluso a la convicción ideológica de que no existen.
Kelman distingue tres procesos de influjo social: la sumisión, la identificación y la interiorización. Cada una de ellas se
caracteriza por una serie de condiciones antecedentes y consecuencias diversas.
- la sumisión se da cuando un individuo acepta el influjo de otra persona o grupo porque espera conseguir así
una respuesta favorable de ellos (conseguir un premio o evitar un castigo)
- la identificación se da cuando un individuo realiza la conducta característica de otra persona o grupo porque
la asocia con una buena relación con esa persona o grupo
- la interiorización se da cuando un individuo acepta una forma de comportarse inducida por otros porque es
congruente con su sistema de valores.
Kelman supone que cada uno de estos tipos de influencia denota una diferente vinculación del individuo con el sistema
social, y por tanto, constituye una forma peculiar de integrarse socialmente. La sumisión se refiere a la integración a
través de reglas o normas del sistema. La identificación hace referencia a la integración a través de roles del sistema en
que está anclada la propia autodefinición de la persona. La internalización se refiere a la integración a través de los
valores del sistema, de los cuales el individuo participa.
La sumisión de Kelman estaría relacionada con la internalización moral más superficial, aquella que lleva a las personas a
conformarse con las normas morales porque se saben vigiladas y sujetas a castigos; la identificación se relacionaría con
la internalización empática, que lleva a actuar moralmente por la conciencia sobre el impacto de las propias acciones en
los demás; finalmente, la internalización de Kelman estaría en relación con la adopción de conceptos y perspectivas
morales cognoscitivamente elaboradas, que lleva a las personas a actuar por propia convicción.
Estaríamos ante una concepción del poder como propiedad del todo social más que de las personas o grupos, que a su
vez recibirían ese poder como representantes o agentes del sistema social. Sometimiento, identificación e
internalización constituirían tres formas de plegarse al poder del sistema.
Lukes. Intenta establecer una diferencia más clara entre poder e influencia. Para Lukes hay un poder que no se ejerce a
través de la influencia así como hay formas de influencia que no suponen poder, pero hay también modalidades en que
poder e influencia se identifican. Poder e influencia serian dos conjuntos que parcialmente intersectan y el criterio
principal de diferenciación lo constituiría el conflicto de intereses. Según este autor, la relación de poder supone siempre
un conflicto de intereses mientras que la influencia puede darse sin conflicto entre los sujetos de la relación. La
intersección parcial de poder e influencia establece cinco modalidades de poder:
La tipología de Lukes se centra en la relación entre sujetos (personas o grupos), sobre todo en cuanto expresa o no un
conflicto de intereses. Sin embargo, presenta también algunos problemas. Resulta difícil aceptar que hayan formas de
influencia que no supongan algún tipo diferencial de los recursos poseídos por los sujetos y una vez que existe este
diferencial, la acción del poder es ineludible. Otra cosa es que ese tipo de diferencial y de acción del poder no suponga
conflicto de intereses entre las personas involucradas.
El poder no es un dato abstracto, una cosa que este ahí como un objeto más en el mundo circundante; por el contrario,
el poder es activo, operante y su presencia produce continuas consecuencias históricas en las relaciones humanas.
El producto central del poder es la dominación social: uno de los sujetos de la relación, persona o grupo, se impone al
otro. Imponer significa poner encima. Al imponerse se produce una dominación: el uno se vuelve dueño, señor del otro.
De este modo, mediante el poder, uno de los sujetos de la relación se vuelve señor, mientras que el otro se vuelve
dominado, pierde dominio sobre sí mismo, es privado de su libertad.
En psicología social, la acción del poder ha sido examinada predominantemente en uno de los polos de la relación (el
sujeto sobre el cual se ejerce el dominio) y en una sola dirección (su respuesta hacia la acción del poder). El
planteamiento presupone la integración del individuo al sistema social establecido, aunque no necesariamente su
adaptación a él. De ahí que el dominio se examine las más de las veces como la respuesta a un imperativo interiorizado,
ya sea a través de las normas sociales, de los modelos o roles de comportamiento o, finalmente de los ideales y valores.
Este presupuesto sitúa al sistema como un marco de referencia no cuestionado: la sociedad, el grupo social, la autoridad
son los presupuestos para el estudio de los procesos de obediencia y conformismo, pero no están sometidos a su vez a
interrogación. De este modo, se asumen como un punto de partida “natural”, ideologizando el carácter del poder al
ignorar su naturaleza histórica y relativa: el poder deja de ser así una relación constitutiva entre dos sujetos, para
convertirse en una “cosa”, un objeto mediante el cual uno de los sujetos tiene que condicionar su comportamiento a los
designios del otro
En general, se suele calificar como conformista aquel comportamiento que pretende cumplir las expectativas normativas
del grupo tal como las percibe el individuo. Hay que subrayar el carácter subjetivo de esta definición de conformismo: lo
que se subraya es la intención del individuo frente a lo que percibe como las exigencias del grupo. No se trata por tanto
de enfatizar la adecuación objetiva, sino la educación intencional, subjetiva.
1- la concordancia o acuerdo entre el comportamiento del individuo con una norma y criterio
2- que esa norma sea la propia del grupo del que el individuo forma parte
Así definido, todo comportamiento que se atuviera a las normas del sistema social en que se produce sería un
comportamiento conformista. De ahí que los analistas del conformismo suelen añadir un tercer elemento para calificar
un comportamiento conformista: el que el comportamiento individual muestre un cambio, una variación debida a la
presión grupal, y que esa variación sea hacia una mayor congruencia entre la conducta del individuo y las normas de su
grupo.
Si se aceptan estos elementos, un acto conformista supondría: a- que se produzca un cambio en el comportamiento
habitual . b- que ese cambio es el resultado de la exigencia o presión del grupo; c- la direecion del cambio es hacia una
mayor congruencia con las normas del grupo.
Al incluir el cambio como parte del conformismo, resulta más fácil verificar empíricamente si las acciones de presión
ejecutadas por el grupo tienen o no un efecto en el comportamiento del individuo; si hay cambio y no se puede atribuir
a otra causa, es que hay efecto, es decir, se produce conformismo.
Eliminado el cambio de la definición del conformismo, parecería que se elimina el aspecto crítico de tensión entre el
individuo y el grupo, es decir, el efecto precisamente del poder en lo que tiene de imposición de uno hacia otro. Esto se
ha tratado de resolver distinguiendo entre convencionalismo y conformismo. El convencionalismo seria aquel tipo de
comportamiento congruente con las normas grupales, pero que no representa una exigencia conflictiva para el
individuo; el conformismo, por el contrario, sería el mismo comportamiento congruente con las normas del grupo, pero
cuya realización presentaría exigencias conflictivas al individuo. Así, el convencionalismo seria la congruencia sin
conflicto y, por tanto, sin cambio, mientras que el conformismo supondría la congruencia tras el conflicto, y por
consiguiente, con cambio.
Varios autores establecen una distinción entre uniformidad y conformismo. Ambas constituyen formas de semejanza
social; pero mientras la uniformidad se basa en la aceptación por parte del individuo de que es deseable ser y actuar
como los demás, y por tanto, no supondría presión grupal, el conformismo se basa en el sometimiento del individuo a la
exigencia de ser como los demás ante la presión grupal.
Estos enfoques apuntan a dos aspectos distintos del conformismo: uno es el aspecto externo o conductual y otro el
aspecto interno o vivencial. Una cosa es el sometimiento externo y otra la sumisión interna. El sometimiento externo de
por si no supone más que la aceptación publica y manifiesta, bien sea formulada verbalmente bien sea ejecutada
conductualmente, de la exigencia grupal; la sumisión interna supone el acuerdo de la persona con la norma o el
comportamiento requerido. Si solo se diera sometimiento externo, queda claro que la conformidad del comportamiento
con la norma habría que referirla al poder del grupo o a la presión ejercida sobre el individuo. En caso de sumisión
interna, habrá congruencia entre el grupo y el individuo, aunque circunstancialmente esa congruencia pudiera no
manifestarse en el comportamiento externo. Pero si se manifestara sometimiento externo y hubiera también sumisión
interna, el conformismo no requeriría de una presión grupal inmediata. De este modo podrían distinguirse cuatro
posibles casos con respecto al conformismo:
Willis y Hollander han propuesto un modelo bidimensional, que distingue entre el conformismo propiamente dicho, que
definen como un cambio mayor o menor del comportamiento hacia la congruencia con la exigencia grupal, y la
independencia, entendida como una autonomía respecto a las expectativas normativas del grupo. En un extremo, se
encuentra el conformismo absoluto, consistente en “el cambio máximo y completo en la dirección de mayor
congruencia”. Mas hay una segunda dimensión, que apunta a la relación del individuo hacia las normas o expectativas
grupales, una relación que los autores califican de dependencia o independencia. En un extremo de dependencia,
estarían aquellas personas que asumen la norma o exigencia grupal como criterio para su comportamiento; en el otro
extremo, estarían aquellas que, pese a conocer las normas o exigencias grupales, no las consideran como criterio o
marco de referencia para su comportamiento. Así, estaría la independencia absoluta, que sería “una carencia absoluta
de cambio de las respuestas previas a la exposición y las respuestas posteriores”. Solo cabe hablar de conformismo o
inconformismo cuando las normas o expectativas del grupo constituyen un criterio para la persona, no cuando el
individuo prescinde o se muestra totalmente independiente frente a ellas.
MODELOS DE CONFORMISMO
el conformismo como rasgo de la personalidad, como producto de la presión grupal, como asunson de un rol social y
como acto rutinario de obediencia.
Desde un marco psicoanalítico, Erich Fromm señala que el conformismo constituye el tipo de solución adoptada por la
mayoría de los individuos en la sociedad contemporánea para hacer frente a las presiones sociales y por la angustia
desencadenada por el eventual ejercicio de la propia libertad. El conformismo, más que un rasgo de la personalidad,
constituye un mecanismo de defensa que supone la pérdida de la propia personalidad: “el individuo deja de ser el
mismo; adopta por completo el tipo de personalidad que le proporcionan las pautas culturales, y por lo tanto se
transforma en un ser exactamente igual a todo el mundo y tal como los demás esperan que él sea”. El conformista
autómata suprime cualquier tipo de pensamiento crítico, apenas se atreve a experimentar pseudo-sentimientos, es
decir, emociones asignadas convencionalmente, y somete su voluntad a las decisiones que le son sugeridas desde
afuera. Por paradójico que pueda parecer, el conformista “se halla dispuesto a someterse a aquellas nuevas autoridades
capaces de ofrecerle seguridad y aliviarlo de la duda”.
La idea fundamental de Fromm es que el conformismo constituye la reacción de un tipo de personalidad (sado-
masoquista) ante el malestar psicológico (angustia, soledad) que le desencadenan la presión y demanda sociales. Se
trataría de asumir una personalidad aceptable para el sistema, es decir, las formas de pensar, sentir, querer y
comportarse exigidas por las necesidades de la sociedad en que vive el individuo.
Quizás la forma más elaborada, teórica y empíricamente, de esta concepción de conformismo sea el constructo de la
“personalidad autoritaria” desarrollado por un equipo bajo la dirección de Adorno.
El capitalismo va configurando un tipo de carácter o personalidad autoritario que es más bien [Link] un ser
humano propenso a la sumisión y adicto a formas de vida definidas y controladas por quienes detentan el poder.
Si el individuo se pliega a las exigencias de su grupo es porque, consciente o inconscientemente encuentra algo en ello
un camino conveniente para satisfacer algunas de sus necesidades. Es también innegable que ciertos tipos de
personalidades inseguras de si mismas tienden a buscar contextos sociales definidos e incluso rígidos, donde no exista
ambigüedad alguna sobre cuáles son los comportamientos requeridos, lo cual les permite manejar su inseguridad y
actuar como personas normales.
Este enfoque pone el énfasis de la explicación en la presión inmediata que ejerce la realidad mayoritaria del grupo sobre
el individuo. A este respecto, son ya clásicos los experimentos realizados por Asch.
Asch reunía en su laboratorio a un grupo de siete a nueve estudiantes universitarios para que participarán en lo se les
presentaba como un ejercicio de percepción. La prueba consistía en comparar tamaños de líneas. El objetivo era
comprobar cuantas veces el estudiante ingenuo se sometía a la presión grupal y expresaba un juicio perceptivo
claramente erróneo para asi incoporarse a la opnion unánime de los demás.
Un porcentaje elevado de personas cedia ante la discrepancia con el juicio colectivo y expresaba opiniones contrartias a
sus actitudes personales.
Crutchfield aplico el mismo experimento de Asch, pero haciendo que cada individuo actuara en una cabina individual, lo
que le permitía ahorrarse el trabajo de los cómplices y hacer que fuera la maquina la que proporcionara las respuestas
disonantes de presuntos miembros del grupo. Crutchfield pudo así examinar la presión grupal en más de 600 personas y
corroborar los resultados de Asch: un porcentaje elevado de personas cedía ante la discrepancia con el juicio colectivo y
expresaba opiniones contrarias a sus actitudes personales. Crutchfield concluyo también que el conformismo se daría
mas frente a problemas o situaciones difíciles que frente a situaciones fáciles, pero aceptando notables diferencias
individuales.
Como consecuencia de sus estudios, Asch distinguio dos formas de independencia frente a la presión grupal asi como
tres tipos de conformismo. Entre los “independientes” están aquellos que tienen confianza en si mismos y se mantienen
seguros frente a la oposición de la mayoría, y aquellos que no tienen confianza en si mismos y muestran el deseo de
admitir sus propios juicios erróneos y que la mayoría tiene razón. Entre los “conformistas” están aquellos que no
cambian mas que su comportamiento externo, es decir, se sienten dominados por la necesidad de no ser excluidos del
grupo y prefieren suprimir conscientemente su juicio discrepante; están, en segundo lugar, aquellos que llegan a
distorsionar su juicio y atribuyen su discrepancia a defectos o errores propios; finalmente están aquellos que llegarían a
distorsionar incluso su percepción, es decir, que llegarían a percibir aquello que los erróneamente le inducen a ver los
juicios de los demás miembros del grupo. Asi, pues, las formas de conformismo irían desde la simple aceptación
extriseca hasta una alteración de la percepción misma.
La conclusione s que para los seres humanos es importante sentirse parte y parte coherente de un grupo.
Pero, ¿Por qué esta necesidad de formar parte de un grupo? A la búsqueda de respuestas, Festinger formulo una
“teoría de la comparación social”, de la que su teoría de la “disonancia cognitiva” seria pariente y heredada. De acuerdo
con Festinger, las personas sentimos la necesidad de acertar socialmente, es decir de sentir que nuestro
comportamiento es razonable y que nuestra razón personal es también razón social, valida, para todos. Por ello
establecemos continuas comparaciones entre nosotros y los demás: “en la medida en que la evaluación de uno mismo
solo puede realizarse mediante comparaciones con otras personas, la tendencia a evaluarse a uno mismo es una fuente
que impulsa a las personas a pertenecer a los grupos, a asociarse con otros”.
Según Festinger, hay dos tipos de “realidad”: la realidad física, donde las cosas son o no son, son ciertas o no son sin
más; y la realidad social, donde a menudo las cosas son más complejas y frente a las cuales no existe un simple sí o no.
De ahí que, frente a las realidades sociales, los individuos tengan que tomar en cuenta a los demás a fin de encontrar la
definición adecuada a cada situación y determinar cuál es la respuesta o comportamiento debido. Todos nos hemos
encontrado alguna vez en una situación en la que no sabemos a ciencia cierta cómo actuar. En esos casos tratamos de
mirar a los demás para ver que hacen, como actúan y proceder en forma similar.
Siguiendo la línea de Festinger, Schachter realizo una serie de estudios experimentales para examinar más a fondo esa
necesidad humana de “estar con otros” y formulo “la teoría de la afiliación”. Según Schachter, las situaciones que por su
ambigüedad, novedad o dificultad generan ansiedad en los seres humanos despiertan en ellos la tendencia a vincularse
con otros, a la afiliación. En otras palabras, el autor afirma que cuando las personas nos sentimos desconcertadas o
angustiadas, buscamos la compañía de los demás, sobre todo de aquellos que pueden encontrarse en situaciones
similares. Para Schachter la razón de esta tendencia a la afiliación ante situaciones o emociones ambiguas reside en la
posibilidad que el grupo nos ofrece de evaluar la adecuación de nuestro comportamiento o de determinar cuál sería la
reacción debida.
Este modelo indica que las personas se someten a las normas grupales al asumir los roles que se les asignan en la vida
cotidiana. En otras palabras, en el desempeño de las funciones sociales que les corresponden, las personas tienden a
someterse a la totalidad de las exigencias de los roles, aunque en ocasiones sean contrarias a su propio punto de vista.
Zimbardo había estudiado los efectos del anonimato social en el comportamiento de las personas. En una serie de
experimentos, tanto en laboratorio como la vida real, Zimbardo observo que la despersonalización de un individuo al
interior del grupo lo desinhibía, facilitando así la manifestación de su hostilidad e incluso de comportamientos agresivos.
Zimbardo llego a la conclusión de que bastan unas mínimas condiciones de anonimato para facilitar el vandalismo social;
es decir, los factores situaciones tenían más importancia para predecir el comportamiento de las personas que sus
rasgos de personalidad.
Desde esta perspectiva, Zimbardo y colaboradores, decidieron examinar el efecto de un ambiente bien definido, una
prisión, en el comportamiento de las personas que entran a formar parte de él, cualquiera sea el rol que les corresponda
desempeñar, en este caso los roles de guardia y preso. Así, Zimbardo y sus colegas prepararon una especie de prisión en
el sótano de un edificio en la Universidad de Stanford, tratando de establecer el mínimo de condiciones ambientales que
reprodujeran la situación real de las prisiones. Algunas de estas condiciones fueron materiales, pero las más importantes
fueron psicosociales. Por un lado, todos los participantes en el experimento fueron despersonalizados, uniformando a
los que hicieron de guardias, proveyéndoles con gafas oscuras, porras y silbatos y uniformando así mismo a los que
hicieron de presos, cubriéndoles con un gorro la cabeza, poniéndoles una pequeña cadena en los tobillos y asignándoles
un número. Pero, por otro lado, el experimento comenzó con un máximo de realismo, ya que las personas que habían
aceptado participar fueron sorpresivamente apresadas en sus casas por la policía real del condado, y sometidas al
mismo proceso de ingreso en prisión que los presos reales.
Zimbardo y sus colegas querían apreciar los efectos de un ambiente de esta naturaleza en las personas, pero en unas
condiciones en que no quedara duda alguna de que los resultados se debían a la situación y no a los rasgos de
personalidad. Con este fin, se escogieron solo 21 de los 60 voluntarios que mostraban una mayor madurez psicológica y
una personalidad equilibrada y sana. Más aun, la asignación al rol de guardia o de preso fue realizada al azar. Así, pues,
nada había ni en la personalidad de los participantes ni en su asignación a uno u otro rol que permitiera predecir
determinado comportamiento.
Los resultados fueron sorprendentes: al cabo de seis días tuvieron que clausurar la prisión ficticia porque lo que se veía
era atemorizante. La mayoría de los sujetos ya no distinguía con claridad donde terminaba la realidad y donde
empezaban los papeles. Casi todos se habían vuelto realmente presos o guardias, sin poder separar con claridad entre la
representación del rol y su propia persona. En la práctica, todos los aspectos de su actuar, pensar o sentir cambiaron
dramáticamente.
Los cambios que se observaron fueron varios. Entre guardias y presos se fue estableciendo una especie de relación
simbiótica pervertida, de manera que la agresividad de los unos era correspondida con una creciente pasividad de los
otros, la autoridad con la impotencia, el autoengrandecimiento con el autodesprecio, el dominio con la depresión y la
desesperanza.
La estructura de la prisión, la definición de los roles de guardia y preso, eran producto del poder social. En otras
palabras, era el poder el que determinaba lo que la prisión era, lo que significaba ser guardia o preso; y a través de esa
definición, que lo es tanto material (determinismos ambientales) como simbólica (normas imperantes) se definía el
comportamiento de quienes tuvieran que asumir esos roles. Si resultados así se produjeron en la prisión experimental,
cuan poderosas deben ser las presiones situacionales hacia la brutalidad sobre los guardias reales, quienes poseen un
poder real en cantidades casi ilimitadas sobre los presos y que, a diferencia de los guardias-estudiantes, gozan de una
genuina aprobación moral por parte de la sociedad al usarlo.
Se puede concluir que la ejecución de un rol se impone con frecuencia a las características personales de quien lo
ejecuta y puede terminar convirtiéndolo en aquello mismo que tiene que representar o ejecutar.
Cabe preguntarse porque son tan poderosos los roles y/o sus correspondientes estereotipos o imágenes mentales.
Podrían darse 3 respuestas:
1- son parte del sistema social y como tales, establecen la coherencia entre el comportamiento de las personas y el
contexto social externo, lo que produce los beneficios socialmente sancionados
2- los roles tienen una consistencia interna, y su adopción arrastra la incorporación de sus exigencias; en otras
palabras, el margen que la adopción de un rol a las variaciones personales es mínimo y quien asume un rol lo
asume con un todo significativo
3- al acción termina moldeando a las personas, es decir, cada uno termina siendo aquello que hace
Las tres explicaciones tienen su parte de verdad, y por lo tanto, también su limitación.
La adopción de un rol, cualquiera sea el margen que posibilita el sello personal, demanda el conformismo externo, pero
no al sumisión interna.
La ejecución de roles sociales puede ponernos en una situación de concordancia con nuestra sociedad que nos vamos
llevando a identificarnos cada vez más estrechamente con aquellos que realizamos.
Se trata de la sumisión como la aceptación obediente del quehacer rutinario. Aquí no se trata del desempeño de un rol
predefinido sino del cumplimiento de una tarea, que puede ser nueva, en obediencia a la autoridad.
En un estudio sobre el juicio de Adolf Eichman, responsable de la muerte de miles de judíos durante la 2GM, Arendt
mantiene que el comportamiento criminal de los nazis no tiene que atribuirse tanto a una personalidad sádica, cuanto a
una actitud de obediencia a las exigencias de la autoridad establecida. Asi, la ejecución de la “solución final” pudo
constituir, para muchos de los involucrados, el simple cumplimiento de su deber, la aceptación conformista de la tarea
requerida, la realización de una rutina cotidiana que, en cuanto tal, no suponía una toma de decisiones ni un
involucramiento personal.
Los experimentos de Milgram han servido para poner de manifiesto que un marco institucional legítimamente
establecido puede proporcionar conductas inaceptables, incluso para la conciencia de la persona que las ejecuta, al
amparo del conformismo o la obediencia a la autoridad. La tesis de Milgram mantiene que, en nuestra sociedad, cuando
las personas se encuentran en el marco de un sistema social ante una autoridad reconocida, tienden a obedecerla
aunque lo que se les ordene sea en si éticamente repudiable. En otras palabras, el simple ejercicio de la autoridad, sin
apelar a otros mecanismos de poder, puede lograr comportamientos conformistas contrarios a la conciencia moral de
las personas.
En el diseño básico de los experimentos de milgram las personas eran inducidas a aplicar descargas eléctricas a otras,
actuando como maestro y alumno en una aparenta situación de aprendizaje para verificar el valor del castigo.
Milgram pudo verificar que uno de los aspectos más críticos para la ejecución del acto de obediencia requerido lo
constituía la proximidad de la víctima al actor: cuanto más cercana se encontraba más tendrían los individuos a dejar de
suministrarle las descargadas desde los niveles menos peligrosos. Otra variable que afectaría al nivel de obediencia es el
contexto institucional, la uniformidad y consistencia de las órdenes recibidas y el aislamiento del actor.
Según Milgram, los seres humanos tienen un potencial innato para la obediencia, lo que constituye un mecanismo de
supervivencia. “La esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona viene a considerarse a sí misma
como un instrumento que ejecuta los deseos de otra persona, y que por lo mismo no se tiene a si misma por la
responsable de sus actos”. La idea de Milgram es que se produce un cambio de actitud fundamental cuando la persona
deja de actuar como miembro de un sistema social. Cuando el individuo se siente parte de una estructura jerárquica,
cambia la referencia de control de su propia conciencia a las normas emanadas desde los niveles superiores. Esto es lo
que Milgram llama “estado de agente”, es decir, un estado en el que la persona ya no actúa en tanto que individuo
autónomo sino en cuanto parte de un sistema social, como miembro dependiente.
Cuando un individuo entra en el “estado de agente” se produce un cambio de su actitud: lo que cuentan no son ya los
propios fines, sino los fines impuestos por la autoridad sistémica. Esto cambia toda la percepción del proceso: lo que
importa es la correspondencia de la acción con las normas emanadas de la autoridad establecida, no la correspondencia
con otros criterios. Así pues, se produce una definición de la situación a partir de la autoridad: el individuo se siente
responsable frente a ella, no respecto al contenido de la acción que realiza.
El estado de agente ha sido preparado a través de un tipo de socialización que enfatiza y refuerza la sumisión a la
autoridad legítima. Desde la familia hasta el trabajo, el individuo crece en medio de estructuras de autoridad, que no
solo trasmiten e imponen valores concretos, sino que sobre todo trasmiten la exigencia de someterse a la autoridad sin
más.
Aplicado este modelo a la comprensión del conformismo, los experimentos de Milgram parecen indicar que la
institucionalización de la obediencia tiende a despojar al individuo de su conciencia de responsabilidad personal, lo que
convierte sus actos de obediencia, cualquiera sea su contenido, en una rutina: las personas no están realizando esto o
aquello, están simplemente obedeciendo. De esta manera el conformismo puede propiciarse también desintegrando
institucionalmente una acción en varios segmentos, cada uno de ellos sin el sentido global. Se produce así conformismo
con los designios del sistema, no tanto porque se esté o no de acuerdo con lo que se hace, sino porque se acepta el
principio y la actitud de obediencia.
El modelo de Milgram sirve para entender el convencionalismo.
En resumen toda organización social requiere de sus miembros un conformismo fundamental, y ello como exigencia
intrínseca del orden social. Ese conformismo supone el acuerdo básico de lo que ni siquiera se pone en cuestión y se vive
rutinariamente. Para dar razón de este tipo de comportamientos conformistas los modelos del rol y de la rutina
institucional parecen ser los más acertados. Ahora bien, hay personas que, por su propio carácter, resultan más
propensas a las presiones sociales, así como hay situaciones en las que es más difícil resistir las presiones hacia el
conformismo que en otras. Para esos comportamientos que suponen una particular inclinación a la sumisión o una
circunstancia particularmente propicia al sometimiento del individuo al grupo, los modelos de la personalidad y de la
presión grupal pueden ser los más adecuados.
Hablar de conformismo apunta al ejercicio de una fuerza de un poder social, que somete al hacer de uno al designo o
voluntad del otro. El comportamiento conformista puede realizarse conscientemente o sin conciencia de que hay un
sometimiento. Pero así como el que la persona no tenga conciencia de estarse sometiendo no significa que no haya un
conformismo real ante las exigencias del poder, el que el sometimiento se haga conscientemente no quiere decir que
sea voluntario; la persona puede, en efecto, plegarse a las exigencias ajenas en forma voluntaria, pero puede hacerlo
porque no tiene o no cree tener otra alternativa.
Cuantas más divisiones existan en una sociedad, cuanto más agudo sea el conflicto entre los intereses de las diversas
clases sociales que la forman, la imposición de un comportamiento uniforme respecto a las áreas cruciales para la vida
del sistema requerirá o unos mecanismos de socialización más eficaces en la transmisión de valores, normas y hábitos, o
unos mecanismos más poderosos de coerción. Lo más frecuente es que ambos procesos estén en efecto, que haya
aceptación interna y coerción externa, aunque el predominio de una u otra definirá el carácter más o menos represivo
de cada formación social.
En las poblaciones latinoamericanas ha sido característico detectar una forma peculiar de conformismo masivo, sobre
todo en los sectores más depauperados y marginales, que ha sido calificada como fatalismo. El fatalismo constituye un
conformismo básico de grupos y personas con unas condiciones deplorables de existencia y con un régimen de vida
opresor. Se trata de una característica considerada propia de ciertas culturas indígenas latinoamericanas y, en general,
del campesino, que le llevarían a aceptar espontáneamente un destino inhumano.
Asumiendo que el fatalismo constituye una actitud básica hacia la vida, podemos distinguir en el tres elementos
característicos de toda actitud: el elemento cognoscitivo o de creencias, el elemento afectivo y el elemento
comportamental.
Las principales creencias (elemento cognoscitivo) que nutren el fatalismo latinoamericano son las siguientes:
a- la vida de cada persona esta predefinida, por lo menos en sus trazos básicos, desde que nace hasta que muere:
los hechos “nos ocurren” porque “está escrito” o “se trae” para algo o no
b- la acción de cada cual, el propio comportamiento no puede cambiar ese destino fatal; son fuerzas incontrolables
las que rigen la vida de los seres humanos
c- en última instancia, es un Dios lejano y todopoderoso el que actúa a través de esas fuerzas incontrolables, el que
escribe el destino de la persona; oponerse a él seria contraria la voluntad divina, intentar corregirle la plana
a- hay que resignarse frente al propio destino, es decir, aceptarlo voluntariamente, sin criticas ni resentimientos
b- la resignación ante el propio destino supone una cierta insensibilización frente a los hechos de la vida: ni grandes
alegrías, ni grandes tristezas; lo que cuenta es aceptar el destino con dignidad
c- con todo, resulta inevitable un cierto dolor ante lo duro del propio destino: la vida es una prueba exigente y
dolorosa, y no se puede evitar un estado “adolorido” como humor de base
a- el conformismo en el sentido más estricto del término, es decir, la aceptación del propio destino. En la práctica,
someterse al propio destino significa hacer lo que se le exige y como se le exige, es decir, actuar en completa
sumisión a la voluntad y designios del amo o patrón
b- tendencia a ahorrarse todo esfuerzo innecesario, o sea, no actuar mientras no se le exija a uno. Como nada
puede cambiarse puesto que todo está predefinido, no vale la pena esforzarse, tener iniciativas, buscar cambios
c- de nada sirve tampoco lamentarse del pasado, o planificar el futuro; lo único que se puede hacer es responder a
lo inmediato, tanto para bien como para mal. Así, pues, el presentismo es la única alternativa realista cuando el
camino de cada uno ya está escrito y en nada puede cambiarse
Como puede apreciarse, el fatalismo constituye un círculo vicioso de conformismo: se aceptan las exigencias porque el
destino de uno ya está escrito, pero al no hacer nada por cambiarlo porque es inmutable, se confirma en su
inmutabilidad. Este círculo vicioso queda sellado y santificado cuando, en última instancia, el destino se remite a Dios.
Así, lo que es de hecho una realidad histórica, el producto de procesos humanos, se saca de la historia, se naturaliza y se
absolutiza remitiéndolo a Dios.
¿A qué se debe el fatalismo latinoamericano? Hay quienes parecen pensar que se trata de un rasgo propio de las
culturas indígenas y criollas latinoamericanas, como si el hecho de que así sea le diera un carácter de necesariedad que
lo explicara. Ciertas descripciones y trabajos sobre el hombre modernista atribuyen algunos rasgos del fatalismo a la
persona y cultura tradicional.
Acertadamente señala Severo Martinez Pelaez que el indígena guatemalteco es hechura de la colonia: “tal criterio
engloba todo aquello que de su cultura le fue prohibido y quitado al nativo por el régimen colonial; lo que el indígena
abandono o retuvo espontáneamente por conveniencia dentro de las posibilidades de la nueva situación; lo que trato de
retener clandestinamente como medida de defensa frente a la opresión y como expresión, abierta o velada de su
conciencia y de su odio de clase; lo que el régimen de dominación española le impuso al indígena para sujetarlo y
convertirlo en siervo; todo lo que el régimen le concedió para hacer de él un trabajador más productivo pero no
demasiado capacitado; lo que el régimen le negó culturalmente para mantenerlo en un plano de sujeción y de
inferioridad permanente”
Hay ciertos aspectos del fatalismo latinoamericano que coinciden con la descripción de las personas con un elevado
nivel de “control externo de los refuerzos”. El “externo” siente que lo que le ocurre en su vida no depende de él, sino de
fuerzas externas. Sin embargo, el “externo” no atribuye necesariamente los hechos de su vida a un destino prefigurado.
Otros aspectos del fatalismo corresponden a modelos parciales utilizados en psicología social. Así por ejemplo, la
pasividad puede constituir una modalidad de lo que Seligman ha llamado la “impotencia aprendida”. Denota la
incapacidad de la persona para lograr lo que necesita. Pero más que incapacidad se trata de una forma de inhibición
aprendida: el individuo no actúa para lograr un beneficio o evitar un mal porque ha aprendido por su propia experiencia
que lo que el hada de nada sirve; por tanto, en el fondo se trata de una verdadera impotencia. Seligman plantea que
cuando las personas aprenden que, por más que se esfuercen o trabajen, no lograran mejorar su situación, terminan por
asumir la pasividad cuando no la apatía como la mejor forma de adaptarse a lo que perciben como su destino. Con todo
resulta irónico hablar en este caso de algo aprendido; más bien habría que decir que la impotencia es una característica
impuesta al campesino a través de unas relaciones sociales en las que el poder está siempre de la otra parte.
Finalmente, el último rasgo del fatalismo para el que encontramos un modelo iluminador es el de su justificación
ideológica, es decir, remitir a Dios la determinación del destino de todos los seres humanos. Según la disonancia
cognoscitiva formulada por Festinger, los seres humanos tienen una necesidad de experimentar un mínimo de
consistencia entre lo que piensan y lo que hacen, de tal modo que, cuando se ven obligados a actuar de determinada
manera, tienden inmediatamente a buscar razones que justifiquen este proceder. Asi, el campesino impotente que
siente y experimenta su vida regida por fuerzas externas, ajenas, sobre las que no tiene ningún control, termina
remitiendo a Dios esa dependencia existencial, lo que le proporciona una explicación satisfactoria a la organización de su
vida y le justifica personalmente en su modo de actuar. Es muy posible que este elemento sea uno de los aspectos que
contribuye a la acogida que, en los momentos de crisis sociopolítica, tiene entre los sectores más humildes de las
poblaciones latinoamericanas la predicación fundamentalista de ciertas iglesias evangélicas, en particular las
pentecostales, que remiten la explicación de todos los hechos directamente a Dios, y mantienen que la única posibilidad
de cambios proviene de la acción directa del Espíritu Santo.
Utilizando estos modelos de la psicología social contemporánea, podríamos afirmar que el fatalismo lo constituye aquel
tipo de ideas y valoraciones consistentes con una experiencia de impotencia o desamparo aprendido o impuesto y que
se traduce en personalidades con un “control externo”. Sin embargo, este planteamiento apenas desborda el nivel
descriptivo inmediato y pone de manifiesto una notoria pseudoasepsia política. Por ello hay que formularse la pregunta
nuclear de la psicología social: ¿en qué medida esa forma de ser, pensar, sentir y actuar corresponde a intereses sociales
propios de la historia en que se produce? Porque, el fatalismo refleja la misma configuración ideológica de todas las
situaciones coloniales y que como profecías se cumplen a sí mismas, producen en el colonizado aquellas mismas
características de las que los colonizadores se sirven para justificar la necesidad de colonización.
Hay que preguntarse entonces ¿a quién sirve el síndrome actitudinal? Ciertamente, al campesino mismo. Se trata de una
forma de realismo, surgida de la convicción secular de que anda sirve “dar coces contra el aguijón”. El fatalismo evita al
campesino la frustración de esfuerzos inútiles, el desgaste de intentos que chocan contra el muro de la intransigencia de
las clases dominantes. En ese sentido, el fatalismo puede ser considerado como un mecanismo adaptativo, una
estrategia de supervivencia, que permite al campesino latinoamericano subsistir en condiciones totalmente
desfavorables.
Ahora bien, si el fatalismo le sirve al campesino para sobrevivir, le sirve para sobrevivir en este sistema establecido de
explotación y dominación social, en el que a el le toca la peor parte. De esta manera, el fatalismo cumple una funcion
primordial en el mantenimiento incuestionado de ese sistema opresivo, que niega al campesino un futuro humano y le
somete a los intereses de las clases dominantes. El fatalismo campesino le ahorra al sistema tener que ejercer una dosis
mayor de coerción para mantener sus esquemas estructurales de organización social. La subsistencia que consigue el
campesino con el fatalismo, es primero subsistencia del sistema establecido. Y en la medida en que ese sistema requiere
su explotación, es una subsistencia contraria a los propios intereses personales y de clase del campesino.
El carácter aparentemente espontaneo del fatalismo podría inducir a creer que se trata de un fenómeno de
conformismo logrado sin la intervención del poder. Sin embargo, el funcionamiento normal del sistema establecido
supone un continuo ejercicio del poder, que se actualiza en normas, rutinas y hábitos. Cuando ese funcionamiento es
cuestionado, aflora el poder ahí presente, ahora si transformado en fuerza coercitiva y física. Las acciones de oposición
no violenta han sacado a la luz repetidas veces el poder y aun violencia oculta en el funcionamiento de la normalidad
cotidiana, que se hace violencia policial.
Otro tanto ocurre con el fatalismo. Tan pronto como, a través de los procesos de concientización el campesino
latinoamericano ha descartado la idea de que el destino que se le imponía era un designo fatal, querido por Dios, y ha
comprendido que se trataba simplemente de la consecuencia de un ordenamiento social, incluso contrario a la voluntad
de Dios, la violencia coercitiva del régimen ha reaparecido en toda su brutalidad, quizá equivalente a la del momento
inicial de su establecimiento a lo largo del periodo colonial y postcolonial.
Carlos Cabarrus concede un papel importante al proceso de concientización religiosa. Un cambio en el tipo de
predicación y de pastoral hizo posible que buena parte del campesinado salvadoreño pudiera superar ciertas creencias
religiosas alienantes, sostén de su fatalismo social. Ello supuso un cambio en su concepción sobre Dios, visto ahora ya no
como un señor lejano, todopoderoso, juez estricto contra quienes osaran contravenir sus designios, sino visto como un
padre que llama a todos los seres humanos a formar una comunidad de hermanos, en la solidaridad mostrada por Jesús.
Así, este cambio en la visión religiosa privo de su justificación al comportamiento fatalista, desbloqueando la conciencia
del campesino y permitiéndole buscar los medios prácticos para la realización de una sociedad más cristiana, solidaria y
justa. El desbloqueo de la conciencia tuvo una cierta conversión religiosa que desemboco en conversión política.
Tan pronto el campesino salvadoreño empezó a asumir una actitud activa en la determinación de su existencia, se
desencadeno una ola de violencia represiva, que no solo se abatió sobre el propio campesinado, sino también sobre la
Iglesia. De hecho, la “teología de la liberación” constituye una antítesis, teórica en cuanto reflexión ya elaborada,
practica en cuanto expresión de una vivencia comunitaria, del fatalismo latinoamericano. Los ataques contra este
movimiento popular de fe muestran hasta qué punto el poder de las clases sociales dominantes en América Latina y los
intereses hegemónicos articulados en Washington resienten no solo los movimientos insurgentes o revolucionarios de
los pueblos latinoamericanos, sino también todo aquel pensamiento que sirva para una praxis que ayude a romper las
amarras del conformismo y la dominación social.
En la vida de cualquier sociedad es relativamente frecuente que aparezcan comportamientos contrarios a los valores y
normas del sistema social. Existen dos tipos fundamentales de inconformismo práctico: uno normativo y otro sistémico.
El inconformismo normativo consiste en el quebrantamiento de hecho de alguna de las normas vigentes en un sistema
social, cualquiera su importancia y la sanción asignada, pero sin que ello suponga un rechazo al sistema social
establecido.
Inconformes normativos e inconformes sistémicos constituyen dos tipos muy distintos de subvertidores del orden
establecido. Los primeros constituyen delincuentes o rebeldes, individuos que se desvían o apartan de las normas
imperantes, pero que en lo fundamental aceptan el sistema social establecido. Por el contrario, los inconformes
sistémicos son aquellos que rechazan la organización social como un todo; su inconformismo es más político que moral,
más estructural que normativo. Se trata de revolucionarios; su quebrantamiento de las normas no estriba tanto en su
desacuerdo con las normas mismas o en el beneficio que esa infracción les pueda acarrear, cuanto en el rechazo a las
bases mismas de las que las normas provienen y cobran sentido.
Cabe distinguir dos paradigmas opuestos en la concepción del inconformismo normativo: un paradigma tradicional, que
califica al inconformista como delincuente, y un paradigma modernista, que lo califica como desviado social.
El paradigma del inconformismo como delincuente se puede caracterizar por tres notas:
- el quebrantamiento de las normas sociales constituye un fallo de orden moral, y supone la alteración de las
exigencias propias de cualquier vida humana en sociedad. Por consiguiente, se trata de un acto “malo” en sí
mismo
- en la práctica, la comprensión y el alcance de la delincuencia se hace desde la perspectiva de la ley. La ley se
convierte así en un intérprete del bien y del mal, de la normalidad y la anormalidad
- la responsabilidad de los actos delincuenciales reside únicamente en la persona, cualesquiera sean las causas
que expliquen esos comportamientos o los factores que los precipiten
El paradigma del inconformismo entendido como desviación o discrepancia social se caracteriza por tres notas
correlativas y opuestas:
- el quebrantamiento de las normas sociales consiste en un apartamiento del individuo respecto de las exigencias
de su grupo. De por sí, el acto “desviado” no indicia más que una separación de orden estadístico, una
divergencia respecto de lo que hace la mayoría, pero no algo necesariamente malo (tampoco bueno)
- la comprensión y el alcance de la desviación se hace desde la perspectiva de la estructura social, del sistema
social imperante, y de sus exigencias concretas. El quebrantamiento de las normas supone un acto
“disfuncional” para el sistema en la medida que altera el comportamiento “normal”
- la responsabilidad de la discordancia no puede achacarse solo a la persona, sino que reside tanto en la persona
como en el sistema social, y en cada caso habrá que ver cuáles son los factores principales que dan razón de la
desviación
Estos dos paradigmas asumen una imagen distinta del ser humano y la vida social, aunque ambos presuponen una
uniformidad sistémica de valores y normas. Aceptar uno y otro de estos paradigmas conduce a un diagnóstico diferente,
y por tanto, a distintas prescripciones sobre cómo enfrentar el inconformismo normativo. Es indudable que el paradigma
de la desviación da razón de una mayor variedad de comportamientos que el paradigma de la delincuencia, que solo
considera aquellas conductas contempladas por la ley. Ello mismo nos lleva a preguntarnos que determina el margen de
desviación aceptable en cada sistema social.
Enfoques teóricos
Así como distinguimos cuatro posibles modelos teóricos sobre el conformismo, podemos señalar cuatro modelos
correspondientes sobre el inconformismo.
Este enfoque afirma que toda desviación social constituye una anomalía psíquica, un “desajuste”, yu que la desviación
criminalizada, la delincuencia social, constituye el producto de una patología de la personalidad. El presupuesto es que
el conformismo social es indicativo de normalidad: el hombre mentalmente sano es el hombre perfectamente adaptado
a su grupo y a su sociedad.
Con frecuencia la visión psicopatológica sobre la desviación social ha postulado algun tupo de herencia biológica como
abse para el comportamiento anormal. Lombroso afirmaba que el “criminal nato” tenia un tipo particular de
configuración somatica y en concreto, un tipo peculiar de cráneo, con anomalías de origen degenerativo o atávico, que
recordaban a los monos. Mas recientemente, ha estado de moda postular algun tpo peculiar de conformación geenrcia
como base de ciertas desviaciones; asi se ha pretendido establecer una relación entre la posesión del grupo
cromosómico XYY y la realización de asesinatos.
No es necesario mantener el determinismo biológico para aceptar la visión psicopatológica de la delincuencia, sobre
todo si se insiste en los procesos configuradores de la personalidad en los primeros años de existencia y la insatisfacción
de necesidades básicas. Una familia desunida, material o emocionalmente insatisfactoria para sus miembros, un
ambiente poco acogedor, un indebido aprendizaje temprano, pueden contribuir a formar una personalidad proclive a
comportamientos delincuenciales. El individuo adquiere una personalidad incompatible con la observancia de las reglas
sociales o desarrolla unas necesidades que fácilmente derivan hacia formas de satisfacción socialmente inaceptables.
Este modelo fue propuesto por Merton en una reelaboracion del concepto de anomia formulado por Durkheim. Para
Durkheim anomia constituia cierta forma de desorganización social consistente en la desaparición de las regulaciones
sociales sobre las aspiraciones de los individuos, cuyo crecimiento desproporcionado llevaba a su frustración y a un
consiguiente incremento en la frecuencia de los suicidios.
Según Merton, cada sociedad tiene una cultura para la cual ciertos fines son los mas apreicabels y deseables; esos fines
son continuamente promovidos y asi se convierten en aspiraciones comunes a todos los miembros de esta sociedad. Por
ejemplo, en la sociedad salvadoreña se propondrían y esimularian como objetivos deseables para todos el disponer de
unac asa propia, contar con refrigerador, televisor y vehiculo. Sib embargo, el actual sistema social no proporciona a
todos sus miembros los medios para lograr los fines ansiados. Esta inadecuación entre medios y fines quita valor y fuerza
a las normas que regulan la obtención de los obejtivos sociales, propiciando asi comportmaientos anomicos: la persona
que no puede satisfacer las mismas aspiraciones que la sociedad le propone como deseables, trata de encontrar
caminos “desviados”, no aceptados socialmente para lograr esas metas.
Merton señala cuatro posiubles formas “desviadas” como las personas tratan de lograr los obejtivos culturalmente
propiestos, que se contraponen a la adaptación conformista, cuando el individuo puede conseguir llegar a las metas por
los medios aceptados
- la innovación la persona deja de lado los medios legitimos y trata de obtener los objetivos culturales
mediante una serie de actividades que suponen una transgresión de las normas sociales
- el ritualismo la persona deja de ver los fines que le son inalcanzables como algo deseable para ella, o al
menos, se contenta con entrar en el juego de trabajar para conseguirlos con los medios socialmente legitimos, a
sabiendas de que no tienen ninguna esperanza de lograrlos. El ritualismo no suele ser considerado
comportamiento desviado
- el retraimiento la persona rechaza tanto los fines como los medios socialmente propuestos, saliéndose
psicológicamente del sistema social, o existinedo en sus márgenes, sin dirección ni esperanza. El retraido ha
interiorizado los fines culturlaes, pero acorralado entre la imposiblidad de obtenerlos por los medios legítimos y
la presión para no obtenerlos por medios ilegítimos, opta por eludir el conflicto acudiendo a formas escapistas:
se trata de psicóticos, parias, vagos, alcohólicos, drogadictos.
- la rebeldía la persona rechaza tanto los fines como los medios institucionalizados, pero en lugar de buscar
formas de escape individual trata de promover un sistema con nuevos fines y medios sociales más equitativos
Entonces, para Merton, la delincuencia se dará con mayor frecuencia en las clases socioeconómicas bajas de cada
sociedad, ya que carecen de los medios para lograr los fines ansiados.
Más tarde, Merton, modificaría este esquema, contraponiendo la rebeldía a las otras tres formas de desviación. Habría
entonces dos tipos de conducta desviada: la inconformista y la aberrante. La inconformista constituiría una desviación
abierta y cuestionante del sistema establecido; la aberrante, supondría el reconocimiento de la legitimidad de las
normas que viola. Así mientras el inconformista trata de cambiar las normas y apela a una moralidad superior, el
aberrante apenas busca satisfacer sus intereses particulares y escapar a la fuerza sancionadora de la sociedad
establecida. Con todo, este nuevo esquema mantiene la idea central de que la raíz de la desviación social hay que
buscarla en el desajuste entre fines sociales y medios legítimos disponibles.
Se trata de lograr los fines buscadps y ansiados por medios socialmente condenados o ilegitimos.
Se toma no solo la reacción del individuo frente a las exigencias normativas de la sociedad (Merton) sino la demanda
que puede surgir del propio grupo, y por consiguiente, la orientación que el hecho de asumir un papel al interior de un
grupo puede arrastrar.
Cloward y Ohlin mantienen que la desviación social no solo es desencadenada por la falta de medios legitimos para
lograr los fines culturalmente ambicionados, sino que tambien hay que tomar en cuenta el papel precipitante de tener
fácil acceso a los medios ilegitimos. Asi no todas las personas de las clases bajas tienen las mismas oportunidades de
aplicar los medios ilegitimos para conseguir los fines ansiados. Cohen señala que la frustración respecto a las
aspiraciones para lograr un status social propicia el establecimiento de subculturas delicnuentes, a las que las personas
se socializan. La delincuencia, por tanto, no seria una forma de alcanzar los objetivos socialmente deseables, sino que
seria el subproducto de buscar el exitop en las subculturas accesibles a cada persona
Sutherland y Cressey enuncian siete principios explicativos del proceso por el cual una determinada persona llega a
realizar una conducta delictiva:
El punto central de este enfoque se encuentra en los factores que impiden que los comportamientos desviados tengan
lugar y cuya desaparición permitirá que ocurran. En otras palabras, cuando no funcionan los controles establecidos por
la sociedad, las personas tienden a realizar conductas desviadas.
Según Reckless hay fuerzas, tanto externas ocmo internas, que impulsan a las personas hacia la desviación.
Externamente, la pobreza y las privaciones junto con el llamado de la propaganda social y las incitaciones al éxito y al
consumo constituyen fuerzas significativas que empujan hacia la delincuencia. Internamente, numerosas pulsiones,
deseos y frustraciones individuales impelen en la misma dirección. De ahí que las personas necesiten tanto controles
internos como externos y que, en su ausencia, esas fuerzas provoquen conductas desviadas.
Hirschi asume que los individuos tienen la obvia capacidad de actuar en contra de las normas sociales y mantiene que si
la mayoría no lo ahce es porque desarrollan vínculos profundos entre la persona y la sociedad. El autor distingue cuatro
de esos vínculos:
1- el apego con los demás, especialmente a las personas o grupos mas cercanos
2- un cierto interes en el comportamiento conformista, ya que la persona invierte demasiado tiempo y esfuerzo en
prepararse, desarrollar habilidades, formarse una identidad y ganarse un respeto al interior de la sociedad como
para hacerlo todo a un lado de un momento a otro
3- un involucramiento en actividades convencionales que le mantienen ocupado
4- la creencia en la validez moral de las reglas sociales imperantes
En la medida en que estos cuatro vínculos tengan fuerza, el individuo no se dejara arrastrar hacia comportamientos
delictivos.
El análisis de estos cuatro modelos pone de relieve que la desviación social es algo más que un simple apartamiento de
las exigencias normativas de un sistema social; es primero y sobre todo, un problema de poder, y ello en un doble
sentido: por un lado porque la realización de los valores y el logro de los objetivos impuestos supone unos recursos de
los que solo algunos sectores sociales disponen (tensión social) o unos comportamientos para los que solo algunos se
encuentran adecuadamente preparados (psicopatología); pero por otro lado, porque la misma definición de los
objetivos, valores y normas es realizada desde los intereses de los grupos dominantes (exigencia cultural) cuyos
miembros encuentran por tanto una coincidencia fundamental entre la dirección de sus intereses de clase y los
controles sociales (modelo del control).
De ahí se sigue que para los miembros de las clases dominantes, el margen de desviación social tiene que ser mucho
mayor para que sea considerada como desviación delictiva que para los miembros de las clases dominadas. Los
miembros de ciertas elites sociales disponen de unos créditos interminables, clasistas: parecería que las normas sociales
no se aplican a ellos, o por lo menos, a ellos se les aplican en forma peculiar. En efecto, disponen de márgenes mayores
que el resto de los mortales para coincidir o divergir, para conformarse o desviarse, sin que aquello suponga las más de
las veces su criminalización social. La razón de fondo reside en el papel del poder de que disponen, el mismo que crea la
norma, el conformismo y la desviación.
Becker señalaba que la desviación es directamente creada por la sociedad al establecer aquellas reglas que definen lo
debido y lo indebido. La desviación no es una cualidad del acto que realiza la persona, sino una consecuencia de que
otros apliquen reglas y sanciones. La desviación social es cualquier conducta considerada como desviadas por un
consenso colectivo que puede ir de un máximo a un mínimo.
Para unos la voluntad de poder es una tendencia neurótica, que busca compensaciones psicosociales, en cambio para
otros La búsqueda de poder como tendencia normal necesaria: la mayor parte de los psicólogos considera que la
búsqueda del poder constituye una tendencia normal de las personas ya que el poder les permite lograr un control
sobre el medio ambiente y maximizar sus beneficios en las relaciones sociales. el poder constituye un aspecto
fundamental del proceso vital y su búsqueda es una necesidad normal y sana de todos los seres [Link] ejercicio del
poder: el poder cambia a las personas, las mas de las veces para mal. Cuanto mas éxito tienen las personas al utilizar el
poder en sus relaciones sociales mas tienden a cambiar la visión de si mismas y de los otros y mas tienden a transformar
su valoración de la realidad mediante la magnificación propia y la devaluación de los demás.