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Primer Encuentro de Álvaro Menén Desleal

En 'Primer encuentro' de Álvaro Menén Desleal, un hombre se prepara para recibir a visitantes de otro planeta, entrenado para actuar como embajador en un momento crucial para las relaciones interespaciales. Sin embargo, al ver la forma de los extraterrestres, siente terror y decide huir para alertar a los demás, cambiando su intención de bienvenida por la preparación para un posible conflicto. La historia explora el miedo y la percepción del otro en un contexto de encuentro intergaláctico.
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Primer Encuentro de Álvaro Menén Desleal

En 'Primer encuentro' de Álvaro Menén Desleal, un hombre se prepara para recibir a visitantes de otro planeta, entrenado para actuar como embajador en un momento crucial para las relaciones interespaciales. Sin embargo, al ver la forma de los extraterrestres, siente terror y decide huir para alertar a los demás, cambiando su intención de bienvenida por la preparación para un posible conflicto. La historia explora el miedo y la percepción del otro en un contexto de encuentro intergaláctico.
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“Primer encuentro” de Álvaro Menén Desleal

No hubo explosión alguna. Se encendieron, simplemente, los retrocohetes, y la nave se acercó a la superficie del
planeta. Se apagaron los retrocohetes y la nave, entre el polvo y los gases, con suavidad poderosa, se posó. Fue todo.
Se sabía que vendrían. Nadie había dicho cuándo; pero la visita de habitantes de otros mundos era inminente. Así,
pues, no fue para él una sorpresa total. Es más: había sido entrenado, como todos, para recibirlos. “Debemos estar preparados
—le instruyeron el Comité Cívico—; un día de estos (mañana, hoy mismo…), pueden descender de sus naves. De lo que ocurra
en los primeros minutos del encuentro dependerá la dirección de las futuras relaciones interespaciales… Y quizás nuestra
supervivencia. Por eso, cada uno de nosotros debe ser un embajador dotado del más fino tacto, de la más cortés diplomacia.”
Por eso caminó sin titubear el medio kilómetro necesario para llegar hasta la nave. El polvo que los retrocohetes
habían levantado le molestó un tanto; pero se acercó sin temor alguno, y sin temor alguno se dispuso a esperar la salida de los
lejanos visitantes, preocupado únicamente por hacer de aquel primer encuentro un trance grato para dos planetas, un paso
agradable y placentero.
Al pie de la nave pasó un rato de espera, la vista fija en el metal dorado que el sol hacía destellar con reflejos que le
herían los ojos; pero ni por eso parpadeó.
Luego se abrió la escotilla, por la que se proyectó sin tardanza una estilizada escala de acceso.
No se movió de su sitio, pues temía que cualquier movimiento suyo, por inocente que fuera, lo interpretaran los visitantes
como un gesto hostil. Hasta se alegró de no llevar sus armas consigo.
Lentamente, oteando, comenzó a insinuarse, al fondo de la escotilla, una figura.
Cuando la figura se acercó a la escala para bajar, la luz del sol le pegó de lleno. Se hizo entonces evidente su horrorosa,
su espantosa forma.
Por eso, él no pudo reprimir un grito de terror.
Con todo hizo un esfuerzo supremo y esperó, fijo en su sitio, el corazón al galope.
La figura bajó hasta el pie de la nave, y se detuvo frente a él, a unos pasos de distancia.
Pero él corrió entonces. Corrió, corrió y corrió. Corrió hasta avisar a todos, para que prepararan sus armas: no iban a
dar la bienvenida a un ser con dos piernas, dos brazos, dos ojos, una cabeza, una boca…
FIN

“Primer encuentro” de Álvaro Menén Desleal

No hubo explosión alguna. Se encendieron, simplemente, los retrocohetes, y la nave se acercó a la superficie del planeta. Se
apagaron los retrocohetes y la nave, entre el polvo y los gases, con suavidad poderosa, se posó. Fue todo.
Se sabía que vendrían. Nadie había dicho cuándo; pero la visita de habitantes de otros mundos era inminente. Así,
pues, no fue para él una sorpresa total. Es más: había sido entrenado, como todos, para recibirlos. “Debemos estar preparados
—le instruyeron el Comité Cívico—; un día de estos (mañana, hoy mismo…), pueden descender de sus naves. De lo que ocurra
en los primeros minutos del encuentro dependerá la dirección de las futuras relaciones interespaciales… Y quizás nuestra
supervivencia. Por eso, cada uno de nosotros debe ser un embajador dotado del más fino tacto, de la más cortés diplomacia.”
Por eso caminó sin titubear el medio kilómetro necesario para llegar hasta la nave. El polvo que los retrocohetes
habían levantado le molestó un tanto; pero se acercó sin temor alguno, y sin temor alguno se dispuso a esperar la salida de los
lejanos visitantes, preocupado únicamente por hacer de aquel primer encuentro un trance grato para dos planetas, un paso
agradable y placentero.
Al pie de la nave pasó un rato de espera, la vista fija en el metal dorado que el sol hacía destellar con reflejos que le
herían los ojos; pero ni por eso parpadeó.
Luego se abrió la escotilla, por la que se proyectó sin tardanza una estilizada escala de acceso.
No se movió de su sitio, pues temía que cualquier movimiento suyo, por inocente que fuera, lo interpretaran los visitantes
como un gesto hostil. Hasta se alegró de no llevar sus armas consigo.
Lentamente, oteando, comenzó a insinuarse, al fondo de la escotilla, una figura.
Cuando la figura se acercó a la escala para bajar, la luz del sol le pegó de lleno. Se hizo entonces evidente su horrorosa,
su espantosa forma.
Por eso, él no pudo reprimir un grito de terror.
Con todo hizo un esfuerzo supremo y esperó, fijo en su sitio, el corazón al galope.
La figura bajó hasta el pie de la nave, y se detuvo frente a él, a unos pasos de distancia.
Pero él corrió entonces. Corrió, corrió y corrió. Corrió hasta avisar a todos, para que prepararan sus armas: no iban a
dar la bienvenida a un ser con dos piernas, dos brazos, dos ojos, una cabeza, una boca…

FIN

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