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Análisis de la Criminalidad en Costa Rica

Costa Rica, a pesar de ser considerado un país pacífico con bajos índices de criminalidad en América Latina, enfrenta un debate amplio sobre las causas de la violencia y la inseguridad, que incluyen factores socioeconómicos y la percepción de un Estado débil. El presidente Rodrigo Chaves ha optado por delegar responsabilidades en el Legislativo y Judicial para abordar la violencia, en contraste con enfoques más autoritarios en la región. La creciente inseguridad ha generado un clima de pánico moral, afectando especialmente a los jóvenes de sectores marginados, y plantea la necesidad de fortalecer las instituciones y considerar la militarización en el análisis de la seguridad pública.

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Análisis de la Criminalidad en Costa Rica

Costa Rica, a pesar de ser considerado un país pacífico con bajos índices de criminalidad en América Latina, enfrenta un debate amplio sobre las causas de la violencia y la inseguridad, que incluyen factores socioeconómicos y la percepción de un Estado débil. El presidente Rodrigo Chaves ha optado por delegar responsabilidades en el Legislativo y Judicial para abordar la violencia, en contraste con enfoques más autoritarios en la región. La creciente inseguridad ha generado un clima de pánico moral, afectando especialmente a los jóvenes de sectores marginados, y plantea la necesidad de fortalecer las instituciones y considerar la militarización en el análisis de la seguridad pública.

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CRIMINALIDAD EN COSTA RICA

La Criminalidad, violencia, inseguridad y orden social como problemática cultural, social y


política en Costa Rica, en este país se reporta uno de los índices de criminalidad más bajos
de América Latina. Mientras tanto, se denomina a Costa Rica como un país pacifico y ha
sido reconocido como tal en el índice de Paz Global.

La gran importancia social que tiene para Costa Rica la criminalidad y la violencia no
representa ninguna excepción en comparación regional, aunque la forma de la
problematización y las circunstancias sociales e históricas son distintas; en ese sentido, el
discurso público de los países vecinos cambia mucho por las circunstancias fundamentales.

El debate público sobre las causas y los culpables del problema, constatado dentro del
discurso sobre criminalidad, es muy amplio y se expresan diferentes opiniones más o
menos racionales. Se tematizan posibles causas socio-económicas, así como el deterioro de
los valores o de la fe insuficiente en Dios, o se imputa a “los pobres”, a la juventud, a la
televisión, al egoísmo y al individualismo de tener la culpa. Por lo tanto, hay cuatro temas
engranados y caracterizados como dominantes, los cuales están relacionados claramente
con la idea de una historia y de una identidad propia, pero tienen finalmente consecuencias
claras para las opciones de actuación política y de orden social. Se trata en este caso
primeramente de un debate sobre criminalidad y desigualdad social; segundo de una
construcción social, tanto vinculada por partes con el anterior como independiente, donde
hay un contraste social entre un “nosotros” y los “otros” criminales; tercero, la narración de
que la criminalidad es un fenómeno causado por extranjeros; y cuarto, de acusación muy
común frente a un Estado pasivo y con órganos incapaces; es decir, demasiado débiles. La
corriente narrativa más difundida y dominante sobre las causas de criminalidad, en la
mayoría de las aportaciones para el discurso, es el elemento autoexplicativo: la relación
entre pobreza, desigualdad y el problema de la criminalidad; esta corriente narrativa
engloba tres enunciados tipificables y frecuentemente relacionados. Segundo, se menciona
en los enunciados la lucha contra la pobreza y la política social, por lo general, como
evidente sobre un procedimiento más duro.

Las causas del problema de la criminalidades importante, porque exige una actuación
política y activa, ya que la acusación contra el Estado y la policía es una y otra vez
mencionada, pues estos no son suficientemente emprendedores contra la criminalidad, y la
justicia está frecuentemente al lado de los criminales y no al lado de las víctimas. También
esta corriente narrativa no es poco contradictoria –presenta una disputa por la
interpretación– pero es muy dominante en todas las fuentes. Solamente en los documentos
del ámbito político esta corriente narrativa se expresa de manera más sutil, de tal manera
que los políticos por supuesto no declaran culpable a la política en general, pero sí expresan
implícitamente o explícitamente que los otros partidos y gobiernos hicieron demasiado
poco en la lucha contra la criminalidad en el pasado.

El presidente Rodrigo Chaves ha adoptado un enfoque notablemente distinto para enfrentar


los desafíos de seguridad. En lugar de abogar por medidas de fuerza directa, Chaves ha
apostado por la delegación de responsabilidades, confiando en los poderes Legislativo y
Judicial para abordar el persistente problema de la violencia. Este apartado aborda la
estrategia de delegación de responsabilidades de Chaves, explorando las razones detrás de
esta decisión y evaluando cómo ha influido en el afrontamiento del país ante el año más
violento de su historia.

Posiblemente, se percató de que a un porcentaje elevado de sus votantes se le terminó su


período de “luna de miel”. Se refiere al concepto de “luna de miel” como el período inicial
de gran aprobación y apoyo que experimenta un presidente o gobierno recién elegido. Se
caracteriza por una percepción pública positiva, unidad y optimismo hacia la nueva
administración. La duración de este periodo varía, y en él pueden influir factores como las
coaliciones minoritarias, la unión en torno a la bandera, las variables económicas y el
impacto de guerras o conflictos militares. Concretamente en el caso costarricense, no se
teme por la militarización, sino más bien por la conformación de un narcoestado, de no
ejecutar acciones oportunas en materia de seguridad. En esa línea, definen narcoestado
como un país en el cual el tráfico de drogas ilegales tiene una influencia significativa sobre
el gobierno, las instituciones y la sociedad en su conjunto. En un narcoestado, la
producción, el tráfico y la distribución de drogas ilegales suelen estar entrelazados con el
poder político, lo que lleva a una situación en la que los cárteles de la droga o los
traficantes tienen una gran influencia en las políticas, la economía y las estructuras sociales
del Estado. El término implica un alto grado de connivencia entre los agentes estatales y las
organizaciones de narcotraficantes, y el Estado patrocina directamente el tráfico de drogas o
se beneficia de él.

Profundizan en los factores estructurales del crimen organizado y lo definen como el


conjunto de actividades delictivas llevadas a cabo por un grupo altamente estructurado y
jerarquizado, a menudo denominado grupo delictivo organizado (GDO) o sindicato
criminal. Estas organizaciones delictivas operan como empresas, tratando de obtener el
control exclusivo de mercados delictivos específicos para ganar poder y beneficios
económicos. El objetivo último de la delincuencia organizada es el poder, más que el
simple beneficio monetario. En esta búsqueda de poder confluyen muchas variables
sociales, económicas, culturales, educativas y políticas que no pueden dejarse de lado para
concretar una estrategia que vaya más allá de revictimizar a quienes habitan en zonas
marginales. ¿Ha sido insuficiente el gobierno de Chaves en la comprensión del país y la
descomposición social que lo afecta? ¿Es posible equiparar terrorismo y crimen organizado
para proponer estrategias de combate para este último? De acuerdo con Nicaso y Danesi
(2021), la delincuencia organizada es diferente de las organizaciones terroristas, aunque
comparte muchos de sus métodos. La principal diferencia es que los terroristas tienen una
agenda basada en la ideología (religiosa, política, social, etc.); las bandas criminales no se
basan en ideologías. Desde esta perspectiva, está claro que los esfuerzos deben dirigirse al
fortalecimiento institucional del Poder Judicial y sus instancias, así como al aparato estatal
que debe respaldar a los grupos más vulnerables del país.

El contraste entre las estrategias de seguridad de Nayib Bukele en El Salvador y Rodrigo


Chaves en Costa Rica revela dos enfoques opuestos para abordar la compleja problemática
de la violencia en América Central. Mientras Bukele ha optado por medidas de mano dura,
como el encarcelamiento masivo y la militarización, con el objetivo declarado de restaurar
la paz y la seguridad, las consecuencias de estas políticas son evidentes. El aumento del
autoritarismo y la creciente preocupación por los derechos civiles son resultados tangibles
de un enfoque que, aunque ha logrado disminuir ciertos indicadores de violencia, ha
generado tensiones significativas en la sociedad salvadoreña.

En contraste, la estrategia de delegación de responsabilidades de Rodrigo Chaves en Costa


Rica ha buscado abordar el problema desde una perspectiva más equilibrada, confiando en
la colaboración entre los poderes Legislativo y Judicial. La dicotomía entre estas dos
naciones vecinas destaca la complejidad inherente a la gestión de la seguridad pública y
subraya la importancia de estrategias que no solo busquen la contención de la violencia,
sino también la preservación de los derechos fundamentales y la estabilidad social a largo
plazo. Como sostienen, la percepción de un aumento en la inseguridad en Costa Rica ha
generado un clima de pánico moral. Este fenómeno es fundamental para comprender el
surgimiento del enfoque populista en materia de seguridad y la creciente popularidad de
soluciones políticas en línea con la mano dura, una variante centroamericana de la política
de tolerancia cero. Los líderes políticos han atribuido la escalada de violencia y desorden en
el país a los sectores socialmente marginados de la sociedad costarricense. De manera
similar a lo que ocurre en El Salvador, Guatemala y Honduras, los jóvenes de bajos
recursos en áreas urbanas, frecuentemente marginados por pertenecer a las periferias, son
los más afectados por este cambio discursivo. Algunos analistas del panorama de seguridad
en Costa Rica argumentan que el país siempre ha mantenido una especie de “ejército
encubierto”. Esto sitúa a Costa Rica como un ejemplo destacado del concepto de “continuo
policial-militar” propuesto por el académico Stuart Schrader, que insta a los estudiosos de
seguridad a considerar la militarización en sus análisis, plantean que la idealización de la
abolición militar y la autodefinición de Costa Rica como una nación pacífica han ocultado
la naturaleza híbrida de su fuerza policial.

BIBLIOGRAFIA

 [Link]
86332006000100010&script=sci_arttext
 [Link]
38202024000100134&lang=es

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