CAMBIAR DE ACERA
¡Qué bueno que conducir un Tesla empiece a dar vergüenza! Quizá sea un principio en el sentido de un
comienzo, pero también en el sentido de una moral. A las empresas grandes, hasta ahora, les importaba poco
su reputación porque no vivían de ella, de la reputación, sino de las ventas. A los bancos y a las grandes
marcas en general les traía al pairo su buen nombre porque habíamos llegado a depender de ellas hasta el
punto de que no había forma de darles la espalda. O eso creíamos. Eso creía seguramente Elon Musk : que
su poder era tan grande como el de un dios pagano, un Zeus tronante, un héroe del capitalismo salvaje. Por
mucho que nos azotara, en fin, seguiríamos atados a sus productos hasta el fin de los tiempos. Pero resulta
que de repente, comprarse un Tesla es de imbéciles. Muchos de los que lo compraron antes de que fuera de
imbéciles han colocado en las ventanillas un cartel solicitando disculpas a sus contemporáneos. Están
ustedes dusculpados, pero permanezcan atentos a la pantalla. No sé precipiten en su próxima adquisición.
Lean bien la etiqueta.
Resulta que el consumidor tiene poder. El de autocastigarse, por ejemplo, que es un poder inverso. Un poder
masoca diríamos. Hay que darle la vuelta al rollo. No soy muy optimista al respecto (aún hay gente
convencida de que la Tierra es plana) , pero vislumbro síntomas de cambio. Démonos tiempo, y hagámoslo
en la convicción de que no nos conviene amar a quien nos hiere. Las bolsas de valores, que son lista (o
astutas , si a ustedes les gusta más) , han empezado a darse cuenta de que votar a Trump era de gilipollas. De
ahí su caída. Perciben que los EEUU pueden entrar en recesión y se ponen a cubierto. Cuando las ratas
abandonan el barco, es porque hay una vía de agua. Trump ha abierto un boquete en su propio yate y en el
de sus amigos. El otro día se vio obligado a realizar, en la mismísima Casa Blanca, un anuncio del Tesla.
Parecía un tendero enumerando las virtudes del género. No se puede caer más bajo, o sí, ya veremos. Hay
gente que cuándo acaba con todo lo que tiene a su alrededor empieza a devorarse a sí misma.
Insisto, no soy muy optimista, pero que la ciudadanía cambie de acera al pasar por delante de un
concesionario de esos coches eléctricos alienta mi esperanza. La humanidad todavía es capaz de reaccionar
ante determinados atropellos.
JUAN JOSÉ MILLÁS, 14-03-25
HIJOS DE SUS PADRES
Es curioso, y demoledor, el modo en el que los dichos nos retratan como sociedad y como individuos.
Decimos de alguien que es un “hijo de su madre” como ofensa, ofendiendo de paso a su progenitora sin
conocerla. Sin embargo, llamar a alguien “hijo de su padre” es un término generalmente elogioso con el que
aludimos al parecido entre tronco y rama precisamente porque los conocemos. O sea, que, en el tuétano del
idioma español, las madres son malas y los padres buenos por defecto. La realidad, por supuesto, es que los
padres pueden ser tan excelentes, pésimos o regulares como las madres, y viceversa. Y que los hijos salen
cada uno a su manera y no nos pertenecen ni a unos ni a otras. Perdíase una en esas disquisiciones
semióticas para no volverse loca al conocer las desgraciadísimas historias de dos padres y dos hijos que,
lejos de ser parábolas ni pesadillas, son estos días portada de los periódicos.
En la primera, un padre lleva a juicio a su hija tetrapléjica de 24 años para impedir que reciba la eutanasia
que ella misma solicitó y obtuvo por unanimidad de los expertos, apelando a una supuesta y eterna tutela
paterna. En la segunda, un padre que denunció a su hijo de 14 años por agredirle ve cómo, semanas después,
su criatura mata, presuntamente, junto a otros dos menores, a la cuidadora del piso tutelado donde la Justicia
lo había internado para intentar reconducirlo. No me gustaría estar en el pellejo de ninguno. Sea cual sea el
final de ambos, será tristísimo. Uno tendrá que convivir con el puñal en el alma de que su hijo adorado es un
homicida. El otro, con la culpa de haber obligado a su adorada hija a vivir sin desearlo con tal de no dejarla
irse. El próximo 19 de marzo es San José, día del padre. Tiene su aquel que los progenitores tengan de
patrón a un hombre que no fue el padre biológico de Jesús de Nazaret, pero lo educó y cuidó como si lo
fuera. O sea, que hizo lo que pudo. Como casi todos y todas. Porque los hijos lo son de sus padres y sus
madres, pero no son suyos. Y lo único seguro es que, de haberlo, el infierno está en la tierra.
Luz Sánchez Mellado, El País
13-03-25
Proteger a los menores del alcohol.
Tras siete meses de alegaciones y enmiendas, el Gobierno presentó este martes su proyecto de ley sobre el
consumo de alcohol. El alcohol es la sustancia psicoactiva más consumida por los españoles. Según el
último estudio del Ministerio de Sanidad, de 2022, dos de cada tres personas habían bebido alcohol en los 30
días anteriores a la encuesta y un 9% lo había hecho a diario. La ley está especialmente enfocada a reducir el
consumo entre los menores, cuyas cifras son alarmantes: según ese ministerio, el año pasado tres de cada
cuatro estudiantes de secundaria consumieron alcohol alguna vez y un 20% de ellos se había emborrachado
en el último mes. Ante ese panorama, la ley propone un endurecimiento sin precedentes de la publicidad y la
venta de alcohol. Para empezar, se plantea prohibir el consumo a los menores en todo el territorio nacional
—ahora depende de la regulación autonómica—, restringir la venta incluso a adultos (en entornos
frecuentados mayoritariamente por menores, como centros educativos) y limitar drásticamente los anuncios
de bebidas alcohólicas en la vía pública.
En los cambios introducidos en el documento definitivo con respecto a lo anunciado el pasado agosto se
aprecia la voluntad del Ejecutivo de que la ley salga adelante donde anteriores iniciativas (tres hasta ahora)
naufragaron. Así, las empresas podrán seguir defendiendo un consumo responsable de alcohol —aunque
cada vez más estudios dudan de que exista tal cosa— y se retira al vino y la cerveza de la prohibición de
publicitar variantes de graduación 0,0º. Sería deseable que la norma no despertara una oposición virulenta en
su tramitación parlamentaria pese a los factores en su contra. Por un lado, la defensa de una idea de la
cultura española que tolera, cuando no mitifica, el consumo de alcohol. Por otro, los intereses económicos en
juego. España es el segundo mayor productor de cerveza de la Unión Europea y el tercero mundial de vino.
Además, la hostelería española sostiene en el alcohol —barato y accesible— una parte de su modelo de
negocio, especialmente el orientado al turismo de masas. La prioridad, sin embargo, ha de ser la salud
pública. En especial, la de los menores. Para la Organización Mundial de la Salud, el alcohol es una droga,
un factor determinante en más de 200 enfermedades y provoca cada año tres millones de muertes en todo el
planeta. El actual debate es similar en muchos aspectos al que tuvo lugar con las leyes antitabaco,
especialmente la de 2010. Pese a las críticas, su resultado fue una caída del tabaquismo y un efecto positivo
en la salud de los españoles. Muchos comportamientos que eran normales antes de esa ley parecen increíbles
para buena parte de los ciudadanos de hoy. Ojalá en el futuro suceda lo mismo con el alcohol.
(El País 13-3-25)
Historia de una escalera (y un ascensor roto)
Lo reflejó Buero Vallejo en Historia de una escalera, una obra que estos días vuelve al Teatro Español,
donde se representó por primera vez en 1949: el ascensor social no funciona, y nacer en una u otra región,
incluso en distintos barrios de la misma ciudad o familias diferentes de un mismo edificio, puede determinar
las oportunidades que va a tener una persona a lo largo de su vida. Se debe a la riqueza —no solo
económica, también cultural— de la que partimos. Un niño cuyos padres sean universitarios va a tener una
base diferente a la de quien nazca en una familia donde nadie haya superado la secundaria: los hábitos de
lectura de este menor, por ejemplo, serán casi con toda seguridad diferentes y, conforme avance en la
enseñanza, es probable que vea que sus compañeros tienen una formación superior a la suya, aunque hayan
estado juntos en clase. Tampoco serán iguales sus aspiraciones: quien ha nacido en una familia rica, cultural
o económicamente hablando, querrá y podrá llegar más alto que quien viene de un hogar humilde, que
tendrá limitaciones mayores. Aunque la educación sirve, idealmente, para romper esas barreras de
desigualdad, hay otros factores que marcan las posibilidades de ascender de clase social, pues la
meritocracia y el trabajo no lo es todo. En los últimos días se ha compartido en mi círculo de Instagram una
publicación que refleja este hecho. Se trata de una captura de Google Maps con el tiempo que se tarda en
hacer un desplazamiento: 50 minutos en coche frente a más de dos horas en transporte público. La imagen
llevaba unas irónicas comillas: “Todos tenemos las mismas 24 horas”.
La publicación tiene cerca de 22.000 me gustas y pretende reflejar las diferencias de unos y otros para
movernos. Físicamente, pero no solo, pues está acompañada de un mensaje que va más allá: “El punto de
partida no es el mismo cuando hay diferencias en el acceso a educación, al transporte, a salud y a otros
derechos básicos”. Y añade: “El tiempo escasea para quien enfrenta barreras económicas, sociales o
estructurales”. Son estas barreras las que fijan el tipo de vida que tenemos hoy. No todos pueden vivir en las
grandes ciudades y cerca de sus lugares de trabajo y, por tanto, no todos tienen las mismas oportunidades. Si
hay algo que agrava esta situación es el contexto actual de las grandes urbes: en los últimos años han crecido
tanto que se está expulsando a sus vecinos. El aumento del turismo de masas y la proliferación de las
viviendas de alquiler turístico —las legales, pero sobre todo las que no lo son— dificultan que quien trabaja
en el centro de una ciudad pueda vivir en ella. Esto, sumado a la escalada de precios de venta y alquiler, a la
escasez del mercado y a la falta de nuevas construcciones, hace que el número de inmuebles a los que puede
acceder una persona con un sueldo medio sea casi inexistente o que prácticamente sea una infravivienda,
como comentaba Daniel Fez en una publicación en TikTok, que ironizaba sobre un piso de 25 metros por
58.000 euros: “Un castillo con nevera”, decía. Estas personas, por tanto, solo pueden permitirse vivir en las
afueras de la ciudad, lo que supone que ocupen varias horas al día en sus desplazamientos, que serán
mayores si se mueven en transporte público, ya que las ciudades no lo han mejorado a la par que iban
creciendo.
Queremos una sociedad en la que el éxito dependa del talento de uno y de su esfuerzo y no de la familia en
la que haya nacido, pero para eso hay que reconocer antes que el ascensor social está roto y que no hay visos
de que se arregle, salvo que se garantice que el acceso a una educación de calidad y que las opciones de
aspirar en una carrera profesional no dependan de dónde se nace. Hasta entonces, las 24 horas del día serán
diferentes para unos y otros, pues solo podrán gestionarlas a su gusto quienes vivan y hayan nacido en el
código postal correcto.
José Nicolás 28-2-25 EP
SI YO FUERA HOY ADOLESCENTE, TAL VEZ TAMBIÉN SERÍA ANTIFEMINISTA
El feminismo ha llegado demasiado lejos, tanto que se está discriminando a los hombres. Si estás de acuerdo
con la frase anterior, no estás solo: la mitad de los españoles comparte una opinión que además es ya
mayoritaria entre los hombres, y creciendo. Especialmente entre los más jóvenes, alertaba el CIS hace un
año, y ese es el dato más chocante: que los chicos que han nacido y crecido en una sociedad cada vez más
concienciada en materia de igualdad, se estén volviendo antifeministas.
Tampoco hace falta una encuesta para confirmar lo que cualquiera ve en su entorno, ya sea en el trato
directo con adolescentes o en redes sociales: la misoginia se abre paso. Algunos lo verán en su propia casa,
con sus hijos, los amigos de estos o los mensajes que reciben. Quienes se dedican a la enseñanza lo ven a
diario. Esta misma semana, cuando intenten hacer en clase actividades por el 8 de marzo y encuentren más
alumnos que no participan, rechazan o directamente sabotean, a menudo repitiendo frases hechas y chistes
tomados de youtubers.
La verdad, yo los comprendo, no puedo decir otra cosa. No digo que tengan razón, al contrario: están
profundamente equivocados. Pero me cuesta juzgarlos o culparlos, que es lo fácil desde la superioridad
moral de quienes nos sabemos en el lado bueno. Tampoco les quito importancia, ni creo que haya que
desentenderse en la confianza de que ya se les pasará cuando maduren. Me pongo en su lugar, me veo yo
con catorce, quince, dieciséis años, en un mundo como el actual, y pienso que también podría ser yo uno de
ellos, un chaval antifeminista. De hecho, cuando leo que la mitad de adolescentes y jóvenes suscriben
posiciones machistas, yo veo el vaso medio lleno: ¡pocos son! Lo asombroso es que no sean más.
Sin nostalgia tipo “yo fui a EGB”, lo cierto es que ser chico era más fácil en mi adolescencia. Era una
mierda, sí, pero era una mierda fácil. Te daban un manual de instrucciones, modelos a seguir, patrones
reproducidos por el cine, los medios y la sociedad en general. Te proponían una forma de ser hombre que
hoy sabemos chunga, fuente de no poco sufrimiento y en la que muchos solo encajaban a hostias; pero el
camino a seguir estaba más o menos claro. Eso te daba seguridad en una edad que es pura inseguridad,
cuando buscas tu lugar en el mundo y un grupo al que pertenecer, construyes tu identidad, necesitas la
aprobación de los demás, lleno de dudas y miedos… La adolescencia, vaya.
Ahora ponte en el lugar de un adolescente de hoy. A la incertidumbre propia de la edad le sumas o le
multiplicas la incertidumbre generalizada del tiempo que les ha tocado, y las incertidumbres propias de un
cambio radical de época. También en lo que a la condición masculina se refiere: la demolición acelerada de
un modelo de hombre, sin que esté del todo acabado el reemplazo. Añádele la rebeldía propia de la edad,
que se dirigirá siempre hacia lo establecido (y en España el feminismo es institucional hace años: el 8M se
celebra en colegios e institutos con la misma pasión que el día de la Constitución o el día de la comunidad
autónoma). Y no te olvides de todo lo demás: redes sociales donde la conversación está secuestrada,
gobernantes (mujeres incluidas), partidos y medios que legitiman el pensamiento más reaccionario, un viraje
global hacia posiciones ultraderechistas, y en general un desconcierto en cuyas aguas revueltas pescan los
más vivos.
Hoy nos fijamos en que los más jóvenes se están volviendo misóginos, pero es que también se están
volviendo racistas, xenófobos, homófobos y ultraderechistas, pues la revancha política y cultural te vende el
pack completo, y el feminismo solo es una de sus bestias negras. No los culpemos a ellos (ni tampoco
culpemos al feminismo por sus supuestos excesos o sus divisiones), y mejor comprendamos su malestar de
fondo y sus necesidades, para así darles otra respuesta. Estamos a tiempo.
Isaac Rosa. [Link]. 7/03/25
HAZ LO QUE QUIERES
No soy la única profesora que se ha encontrado con la sospecha de estar corrigiendo trabajos hechos con
Inteligencia Artificial (en concreto, con Chat GPT, la más reconocible de todas las IA). Cuando te topas con
redacciones de estructura y sintaxis muy similares a los que reproduce cualquier consulta en Chat GPT no te
queda otra que dudar. Unos párrafos sin digerir, lenguaje plano, reiteraciones con progresivos aumentos en
extensión y, sobre todo, ausencia de esas locuciones pomposas que tanto usan los estudiantes. Es muy difícil
explicar, en una sociedad que premia la inmoralidad, que hay que tirar con lo que uno sabe hacer, sin hacer
trampas.
A cada avance tecnológico le sigue un remedio; un tipo de programa crea la necesidad de otro tipo de
programa más complicado, más voluminoso, para luchar contra las consecuencias del primero. Más y más
código gastando, más y más electricidad para sustituir funciones pensadas para el disfrute de los humanos
como, por ejemplo, escribir. No entiendo que alguien utilice la IA para escribir, o para pensar en qué
dibujar. No entiendo que tu propia creatividad sea tan limitada que necesites un tacatá virtual para no caerte
al suelo. No sé cuántos de mis alumnos se habrán ayudado de la IA, ni cuántos de los alumnos de la
universidad, del instituto, del colegio, estarán echando mano de este atajo. Sé qué consecuencias va a tener,
porque sé que ningún avance científico ha tenido un punto y final. Ha habido —y hay— puntos y aparte. Sé
que nos volveremos un poco más tontos, y mucho más manejables. Quien te da atajos y facilidades suele
querer algo de ti. Es muy difícil mantener la cabeza fría y saber cuándo la tecnología es un regalo y cuándo
una condena.
He leído La historia interminable en más de 14 ocasiones (a partir de un momento dejé de contar las
relecturas) y siempre que tengo una duda vital recuerdo la inscripción que Bastian, en la segunda mitad del
libro, encontraba en el Auryn. “Haz lo que quieras”, decía. Es muy difícil hacer lo que uno quiera; para
empezar, hay que saber qué se quiere. Meditar sobre las frases y las palabras es meditar sobre la existencia
misma, es decir, hacerse preguntas. Quien se hace preguntas es humano. Escribir es una actividad humana.
No es difícil ver qué se saca de no hacerse preguntas y dejar que otros hallen las respuestas por ti.
JIMINA SABADÚ
El País, 10/03/2025