La filosofía nace en Jonia, preguntándose por el arkhé de la physis, una especie de elemento
primordial e inmanente que explica y al que se reduce la multiplicidad del mundo que
conocemos y experimentamos. En la polis de Mileto, florecerá la primera escuela filosófica, la
de los naturalistas milesios, que postulan un arkhé material adoptando así una postura que
hoy, podemos calificar de monista materialista.
1. Los monistas jonios. El primer filósofo milesio fue Tales, quien identifica el arkhé con el
agua, quizá, según Aristóteles porque todas las cosas parecen nutrirse de lo húmedo. Tales,
reduce toda la multiplicidad del mundo a un principio común accesible a la razón del que todas
las cosas son estados cambiantes.4
El segundo representante fue Anaximandro. Frente a Tales, sostiene que el arkhé no puede ser
una clase particular de materia: el agua es uno de los contrarios cuyas recíprocas invasiones
hay que explicar. Anaximandro presenta una concepción más compleja del arkhé como previo
a toda lucha de contrarios. El arkhé sólo puede ser lo ápeiron (lo ilimitado, indeterminado,
principio material capaz de ser todas las cosas, pero que de suyo no es nada). De lo ápeiron se
segregan infinitos mundos que cíclicamente se reintegran en la masa originaria.
El último representante de la escuela de Mileto fue Anaxímenes. Su postura puede entenderse
como una especie de síntesis entre los planteamientos de Tales y Anaximandro. Para
Anaxímenes el arkhé es el aire, una clase particular de materia que al mismo tiempo todo lo
envuelve y delimita. Anaxímenes distingue dos procesos físicos, la rarefacción y la
condensación, por medio de los cuales el aire da lugar a la totalidad del mundo que
conocemos y percibimos.
Otro autor jonio, pero no perteneciente a la escuela de Mileto (esta llegó a su fin en el siglo V
a. c), es Heráclito. Tuvo fama de oscuro. Puede considerarse un monista dialéctico para quien
“la guerra es la madre de todas las cosas”. Todo está inmerso en una incesante lucha entre
fuerzas y elementos contrarios, pero esa lucha de contrarios constituye una unidad en
armonía. Otorga primacía al fuego, parece entenderlo como un símbolo del estado de todas las
cosas en el mundo. El cambio no es caótico, hay una razón universal que lo gobierna.
2. Las escuelas monista y dualista de la Italia meridional. La sociedad pitagórica, fundada por
Pitágoras en el siglo VI a. C., destaca al iniciar el proceso de racionalización de la physis por
medio de la búsqueda de proporciones numéricas. A los pitagóricos, dice Aristóteles, debió de
impresionarles el descubrimiento de que los intervalos musicales pudieran expresarse
numéricamente a partir de la longitud de las cuerdas que los producen. Parece ser que los
pitagóricos se representaban los números como dotados de magnitud: el uno es el punto; el
dos, la línea; el tres, la superficie; el cuatro, el volumen. Estos cuatro primeros números
naturales suman 10 y dan lugar al tetraktys, figura que tenían por sagrada. La naturaleza, se
torna inteligible al recibir un significado matemático.
La otra escuela que vamos a destacar es la de Elea, fundada quizás por Jenófanes, quien lleva a
cabo una crítica del antropomorfismo característico de las representaciones griegas de la
divinidad. Sin embargo, la gran figura del eleatismo es Parménides. La doctrina de Parménides
sostiene que el ser, lo ente, es. Cuando algo empieza a ser puede que venga del ser, entonces
ya es, por lo que no empieza a ser; si viene del no ser entonces es nada, y como de la nada no
puede surgir nada, entonces tampoco empieza a ser.
Por tanto, el movimiento es ilusorio. De este razonamiento deduce los atributos del ser, que
sólo puede ser eterno, uno, continuo, indivisible, etc. De entre los epígonos de Parménides
destaca Zenón por las paradojas que formuló (como la de Aquiles y la tortuga) en contra de la
multiplicidad y el devenir.
3. Los filósofos pluralistas. Pretendían salvar los fenómenos conservando las bases del
eleatismo. Proponían un arkhé constituido por una multiplicidad de elementos primordiales
que se combinan en un universo cambiante en el que coexisten la inmutabilidad y el devenir.
Empédocles, niega el vacío y considera que de la nada no puede generarse nada, pero admite
la realidad del cambio sobre la base de su distinción de los cuatro elementos: agua, aire, tierra
y fuego. Mezclados en diferentes proporciones, dan lugar a la totalidad de la physis. Además,
postula dos fuerzas eternas que se suceden y dan lugar a una teoría coherente de los ciclos del
mundo: el Amor une las especies elementales y tiende a la estabilidad; el odio las separa y
tiende a la dispersión.
Anaxágoras sostiene que todo se genera como consecuencia de la mezcla de infinitos
principios a los que da el nombre de “semillas” y que Aristóteles llama “homeomerías”
(“partes iguales”). Fue el primero en distinguir un principio inteligente en el origen, el Nous, sin
el cual la materia no podría descomponerse en procesos ordenados. El Nous es la más sutil de
todas las cosas. Sólo actúa en el origen: los fenómenos particulares obedecen a causas
mecánicas.
El atomista Demócrito reduce el universo material a infinitos corpúsculos infrasensibles que
reciben el nombre de “átomos” en alusión a la indivisibilidad. Los átomos carecen de toda
cualidad que no sea la extensión y sólo se diferencian entre ellos en su figura (como A de N), su
orden (como AN de NA) y su posición (como N de Z). Según Demócrito, los átomos están
dotados de movimiento intrínseco. De sus choques y composiciones resultan por azar infinitos
mundos perecederos.
En el repaso que hemos hecho por las doctrinas de los filósofos presocráticos, se nos pone de
manifiesto diferentes maneras de concebir racionalmente la naturaleza que hoy en día se
pueden considerar vigentes: el monismo de los filósofos jonios y la escuela de Elea, el dualismo
de los pitagóricos y el pluralismo de Empédocles, Anaxágoras y Demócrito.