PARTE TERCERA:
MI AVENTURA EN LA ISLA
Así empezó mi aventura en la isla. El aspecto de la isla, cuando a la mañana siguiente subí a cubierta, había
cambiado por completo. La brisa había amainado, y, aunque durante la noche navegamos bastante, en aquel
momento nos encontrábamos detenidos en la calma a media milla del suroeste de la costa oriental, que era la
más baja. Bosques grisáceos cubrían gran parte del paisaje. En algunos puntos esa tonalidad monótona se
salpicaba con sendas de arena amarilla desde la playa y con árboles altos, parecidos a los pinos, que se
agrupaban sobre la general y uniforme coloración de un gris triste. Los montes se destacaban como rupturas
de la vegetación y semejaban torres de piedra. Sus formas eran extrañas, y el de más rara silueta, que
sobresalía en doscientos o trescientos pies a los otros, era el Catalejo; estaba cortado a pico por sus laderas y
en la cima se truncaba bruscamente dándole la forma de un pedestal.
La Hispaniola se balanceaba hundiendo sus imbornales en las aguas. La botavara tensábase
violentamente de las garruchas, y el timón, suelto, golpeaba a un lado y otro, y las cuadernas crujían, y todo el
barco resonaba como una factoría en pleno trabajo. Tuve que agarrarme con fuerza a un cabo, pues el mundo
entero parecía girar vertiginosamente ante mis ojos, y, aunque yo para entonces ya me había convertido casi
en un marino veterano, estar allí, en aquella calma, pero meciéndonos como una botella vacía entre las olas,
pudo más que el hábito que ya comenzaba a desarrollar, sobre todo con el estómago vacío, como estaba
aquella mañana.
Quizá fuera eso, o acaso el aspecto de la isla, con sus bosques grises y melancólicos y sus abruptos
roquedales y el rumor de la rompiente contra la escarpada costa; pero lo cierto es que, aunque el sol
resplandecía hermosísimo y las gaviotas pescaban y chillaban a nuestro alrededor, y sobre todo el gozo natural
a cualquiera que después de una larga travesía descubre tierra, el alma se me cayó a los pies, como suele
decirse, y la primera impresión que quedó grabada en mis ojos de aquella isla sólo me inspiraba
aborrecimiento. La mañana se nos presentó por completo dedicada a las más pesadas faenas, pues, como no
veíamos señal alguna de viento, fue necesario arriar los botes y remolcar remando la goleta durante tres o
cuatro millas, hasta que doblamos el extremo de la isla y enfilamos el fondeadero que estaba detrás de la Isla
del Esqueleto. Yo me presté de voluntario para remar en uno de los botes, donde, por supuesto, no hice
ninguna falta. El calor resultaba insoportable y los marineros maldecían a cada golpe de remo. Anderson, que
patroneaba mi bote, era el primero en jurar más alto que ninguno.
—¡Menos mal que se le ve el fin a esto! —vociferaba. Aquel comportamiento no me daba buena espina,
pues fue la primera vez que los marineros no cumplían con presteza sus deberes; no cabe duda que a la vista
de la isla las ataduras de la disciplina habían empezado a soltarse.
Mientras remolcábamos la goleta, John «el Largo» no se separó del timonel y fue marcando el rumbo.
Conocía aquel canal como la palma de su mano, y, aunque el marinero que iba sondeando en proa siempre
anunciaba más profundidad que la que constaba en la carta, John no titubeó ni una sola vez.
—Aquí se da un arrastre muy fuerte con la marejada —decía—, y este canal ha sido dragado, como si
dijéramos, con una azada. Anclamos precisamente donde indicaba el mapa, a un tercio de milla de cada orilla,
de un lado la Isla del Esqueleto y del otro la grande. La mar estaba tan clara, que podíamos ver el fondo
arenoso. Cuando largamos el ancla, la fuente de espuma que desplazó hizo alzar el vuelo a una nube de
pájaros, que durante unos instantes llenaron el cielo con sus graznidos; luego se posaron de nuevo en los
bosques y todo volvió a hundirse en el silencio.
El fondeadero estaba muy bien protegido de los vientos y rodeado por frondosos bosques, cuyos árboles
llegaban hasta la misma orilla; la costa era llana y las cumbres de los montes se alzaban alrededor, al fondo, en
una especie de anfiteatro. Dos riachuelos, o mejor, dos aguazales, desembocaban lentamente en una especie
de pequeño lago, y la vegetación lucía un verdor extraño, como una pátina de ponzoñoso lustre. Desde el
barco no se llegaba a divisar el pequeño fuerte o empalizada señalada en el mapa, porque estaba encerrado
por los árboles, y, a no ser porque aquél lo indicaba, hubiéramos podido creer que éramos los primeros que
fondeaban desde que la isla surgió de los mares.
No corría el menor soplo de aire, y el silencio sólo era roto por el rugido de las olas al romper, a media
milla de distancia, en las largas playas rocosas. Un olor pestilente de agua estancada cubría el fondeadero
como de hojas y troncos podridos. Vi que el doctor olfateaba con desagrado, como si olisquease un huevo
poco fresco. —Ignoro si habrá por aquí algún tesoro —dijo—, pero apuesto mi peluca a que es lugar pródigo
en fiebres.
Si el comportamiento de la tripulación había empezado a inquietarme ya en los botes, cuando regresaron
a bordo se hizo claramente amenazador. Tendidos en cubierta, en pequeños corrillos, discutían en voz baja. La
más ligera orden era recibida con torvas miradas y ejecutada de la peor gana. Hasta los marineros leales
parecían contaminados, pues no había ninguno a bordo que pudiera servir de modelo a los demás. El motín se
palpaba en el aire como la inminencia de una tormenta.
Y no éramos nosotros tan sólo quienes barruntábamos el peligro. John «el Largo» se afanaba corriendo
de corrillo en corrillo, dando consejos y tratando de mostrarse lo menos amenazador posible. Hasta se excedía
en solicitud y diligencia, deshaciéndose en sonrisas y halagos. Si se daba una orden, allí estaba él en un
periquete, muleta en ristre, con el más animoso «¡listo, señor!», para cumplirla. Y cuando no había nada que
hacer, entonaba una canción tras otra, como para ocultar la tensión reinante. De todos los signos de amenaza
que se leían en la actitud de la tripulación aquella tarde, la ansiedad de John «el Largo» me pareció el más
grave. Volvimos a reunirnos en el camarote para celebrar consejo.
—Señor Trelawney —dijo el capitán—, no puedo ya arriesgarme a dar ninguna orden, pues se negarían a
cumplirla, ante lo cual sólo quedan dos soluciones, a cuál peor: Si no soy obedecido y trato de obligar a un
marinero, creo que la tripulación se amotinaría; y si, por el contrario, callo ante la rebeldía, Silver no tardará en
darse cuenta de que hay gato encerrado, y nuestro juego quedará al descubierto. Pues bien, sólo podemos
confiar en un hombre.
—¿Y quién es él? —preguntó el squire.
—Silver, señor —respondió el capitán—, que tiene tanto interés como vos o yo en suavizar las cosas.
Evidentemente el comportamiento que venimos observando muestra que entre ellos hay claras
desavenencias. Si damos ocasión a Silver, él no tardará en apaciguar a los más levantiscos. Y yo propongo
precisamente que se le proporcione tal ocasión. Demos a la tripulación una tarde libre para que
desembarquen a su antojo. Si desembarcan todos, nos apoderaremos del barco y nos haremos fuertes. Si
ninguno decide ir a tierra, en ese caso nos defenderemos desde los camarotes… y que Dios nos ayude. Y si sólo
unos cuantos desembarcan, bien, Silver los traerá de regreso y más mansos que corderos.
Decidimos seguir las indicaciones del capitán. Se repartieron pistolas a todos los hombres seguros; a
Hunter, a Joyce y a Redruth se le puso al corriente de lo que pasaba, y recibieron la noticia con menos sorpresa
y mejor ánimo de lo que cabía esperar; después el capitán subió a cubierta y les habló a los marineros:
—Muchachos —les dijo—, la jornada ha sido muy dura y este calor es insufrible. Creo que bajar a tierra
vendría bien a más de uno. Los botes están ahí, podéis usarlos y pasar la tarde en la isla. Media hora antes de
la puesta del sol os avisaré con un cañonazo.
Pienso que la tripulación, en su obcecación, se figuraba que bastaría con desembarcar para dar de
narices con los tesoros que allí hubiera, pues su enemistad se disipó en un instante y prorrumpieron en un
«¡Hurra!» tan clamoroso, que resonó en el eco desde las lejanas colinas e hizo levantar de nuevo el vuelo de
los pájaros que volvieron a cubrir la rada.
El capitán era demasiado astuto para seguir en cubierta. Desapareció como por ensalmo y dejó a Silver
organizar aquella expedición. Y creo que obró muy cuerdamente, porque de haber permanecido allí no hubiera
podido seguir fingiendo que desconocía la situación, que saltaba a la vista. Porque Silver se reveló como el
verdadero capitán de aquella tripulación de amotinados. Los marineros fieles —y pronto se demostró que aún
quedaban algunos— debían ser muy duros de mollera, o, más bien, lo que seguramente ocurría es que todos
se hallaban, unos más y otros menos, descontentos de sus cabecillas, y unos pocos, que en el fondo eran
buena gente, ni querían ir ni hubieran permitido que se les llevara más lejos. Porque una cosa era hacerse los
remolones y no cumplir las órdenes, y otra bien distinta apoderarse violentamente de un navío y asesinar a
unos inocentes. Se organizó la expedición. Seis marineros quedaron a bordo y los trece restantes, entre ellos
Silver, embarcaron en los botes.
Entonces fue cuando se me ocurrió la primera de las descabelladas ideas que tanto contribuyeron a
salvar nuestras vidas. Porque pensé que, si Silver había dejado seis hombres a bordo, era evidente que
nosotros no podríamos hacernos con el barco y defenderlo; y, por otra parte, siendo seis, tampoco mi
presencia hubiera servido de mucha ayuda. Y se me ocurrió desembarcar también. Y, sin pensarlo dos veces,
me descolgué por una banda y me acurruqué en el castillo de proa del bote más cercano, en el mismo
momento en que empezó a moverse. Nadie hizo caso de mi presencia, y el remero de proa me dijo: —¿Eres tú,
Jim? Agacha la cabeza. Pero Silver, que iba en otro bote, miró inmediatamente hacia el nuestro, y gritó
preguntando si yo estaba allí; y desde aquel momento empecé a arrepentirme de mi decisión.
Las dos tripulaciones competían por llegar los primeros a la costa, pero mi bote, que era más ligero que el
otro, tomó delantera y atracó antes junto a los árboles de la orilla. Yo me agarré a una rama para saltar fuera y
procuré desaparecer lo antes posible en la espesura, pero en ese momento oí la voz de Silver, que con los
demás se encontraba a cien yardas de distancia: —¡Jim!, ¡Jim! —me gritó.
Esto hizo que yo aligerase aún más el paso, como es lógico imaginar; y saltando por entre las ramas como
alma que lleva el diablo, corrí tierra adentro hasta que no pude más de cansancio.
XIV. El primer revés
Tal satisfacción me produjo el haber conseguido despistar a John «el Largo», que hasta empecé a sentir un
cierto gozo al contemplar aquel paisaje extraño que me rodeaba.
Había cruzado en mi carrera un terreno pantanoso, poblado de sauces, juncos y exóticos árboles de
ciénaga, y me encontraba entonces en un calvero de dunas, como de una milla de ancho, salpicado aquí y
allpor algún pino y una serie de árboles con retorcidos troncos que a primera vista parecían robles, pero cuyo
follaje era más pálido, como el de los sauces. Al otro extremo del arenal se alzaba uno de los montes con dos
picos escarpados que resplandecían bajo el sol.
Por primera vez sentí el placer de explorar. La isla no estaba habitada; mis compañeros se habían
quedado muy atrás, y ante mí no palpitaba más que la vida salvaje de misteriosos animales y extrañas plantas.
Anduve vagando sin rumbo bajo los árboles. A cada paso descubría plantas en flor que me eran desconocidas;
vi alguna serpiente, y una de ellas irguió de improviso su cabeza sobre un peñasco y escuché su silbido áspero
como el de un trompo al girar. ¡Si hubiera sabido que se trataba de un enemigo mortal y que aquel sonido era
el famoso cascabel!
Después fui a dar a un extenso bosque de árboles como aquellos parecidos al roble —más tarde supe
que eran encinas— y que crecían como zarzas muy bajas a ras de la arena, constituyendo un espeso matorral.
El bosque se extendía bajando desde lo alto de una de las grandes dunas y ensanchándose y creciendo en
altura hasta la ribera de la ciénaga; los juncos cubrían ésta y a través de ella el más cercano de los riachuelos se
filtraba hasta el fondeadero. La ciénaga exhalaba una espesa niebla que irisaba la luz del sol y la silueta del
Catalejo se dibujaba borrosa a través de la bruma.
De pronto escuché como un aletear entre los juncos, y vi un pato silvestre que levantaba el vuelo con un
graznido y en un instante todo el pantano fue cubierto por una nube de patos en la inmensa espiral de su
vuelo. Deduje que alguno de los marineros debía estar acercándose por aquel lado, y no me equivoqué, pues
no tardé mucho en oír un rumor lejano y el débil sonido de algunas voces que iban acercándose; agucé el oído
intentando averiguar quiénes eran y, sobresaltado por el temor, me escondí bajo la encina que más cerca tenía
y, allí agazapado, todo oídos, casi sin respiración, aguardé.
Una voz ya más clara contestó a la que primero había oído, y reconocí la voz de Silver, que, respondiendo
a alguna cuestión, se explayaba en un largo comentario sólo de vez en cuando interrumpido por el otro.
Por el tono parecía que ambos se expresaban con enfado, y aun casi con ira; pero no pude entender nada
de lo que decían. Después se callaron, y creo que tomaron asiento, pues no los sentí acercarse más y hasta las
aves se calmaron y volvieron a posarse sobre la marisma.
Entonces me di cuenta de que estaba faltando a mi deber, ya que, si había sido tan insensato como para
saltar a tierra con aquellos filibusteros, lo menos que se me exigía era sorprender sus planes y conciliábulos, y
por tanto mi deber era acercarme a ellos lo más posible, escondido en aquella maleza tan propicia y escuchar.
Fui guiándome por el rumor de sus voces y por la inquietud de los pájaros que aún volaban alarmados por el
ruido que hacían aquellos dos intrusos.
Arrastrándome a cuatro patas avancé procurando no hacer el más pequeño ruido; y al fin, espiando por
un hueco de la maleza, los vi en una pequeña barranca muy verde, junto a la ciénaga, toda rodeada de árboles;
allí estaban John «el Largo» y otro marinero. El sol les daba de lleno. Silver había arrojado su sombrero al suelo
junto a él, y su enorme, lisa y rubicunda faz, perlada de sudor, se enfrentaba al otro con lastimera expresión:
—Compañero —le decía—, si no fuera porque creo que vales tanto como el oro molido, oro molido, tenlo
por seguro, si no te hubiera cogido tanto cariño como a un hijo, ¿tú crees que yo estaría aquí previniéndote? La
suerte está echada y lo que tenga que ser será. Y lo único que quiero es salvarte el cuello. Si alguno de esos
perdidos supiera lo que te estoy diciendo, ¿qué sería de mí? Dime, Tom, ¿qué sería de mí?
—Silver —exclamó el otro. Y observé que no sólo su rostro estaba encendido, sino que su voz temblaba
como un cabo tenso—, usted es ya viejo, y es honrado, o al menos tiene fama de serlo, y tiene dinero, lo que
no suele pasar a muchos pobres navegantes, y es valiente, o mucho me equivoco. ¿Y con todo eso pretende
usted hacerme creer que esa gentuza puede arrastrarlo a la fuerza? No puede usted seguirles. Tan cierto como
que Dios nos está viendo, que antes me dejaría yo cortar el brazo derecho que faltar a mi deber. Un ruido
extraño interrumpió sus palabras. Por fin había descubierto yo a uno de los marineros leales. Y no tardaría en
saber de otro. Porque de pronto, en la lejanía, sobre la ciénaga, se escuchó un grito de furia. No tardó en
oírse otro. Y a éste siguió un espeluznante y prolongado alarido. La cortadura del Catalejo devolvió el eco
varias veces; las bandadas de aves se levantaron de nuevo, oscureciendo el cielo con su vuelo; y, antes de que
aquel grito de muerte dejase de resonar en mis oídos, de nuevo cayó el silencio sobre la marisma y sólo el batir
de alas de las aves que volvían a posarse y el fragor de la lejana marejada turbaba el enmudecimiento de aquel
desolado lugar.
Al escuchar aquel alarido, Tom se puso en pie de un salto, como un caballo picado por la espuela; pero
Silver ni pestañeó. Se quedó sentado, apoyado en su muleta, y con los ojos tan fijos en su acompañante como
una serpiente que se dispone a atacar. —¡John! —exclamó el marinero, tendiéndole la mano. —¡Fuera esas
manos! —gritó Silver, saltando hacia atrás con la ligereza y seguridad del mejor gimnasta. —Como usted
quiera, John Silver —dijo el otro—. Pero es su mala conciencia la que le hace tenerme miedo. Dígame, ¡en el
nombre de Dios!, ¿qué ha sido ese grito? —¿Eso? —repuso Silver sin dejar de sonreír, pero más alerta y
receloso que nunca, con las pupilas fijas en Tom, tan brillantes como pedazos de vidrio clavados en aquel
rostro—.
¿Eso? Me figuro que ha sido Alan. Y al oír estas palabras, el pobre Tom pareció recobrarse. —¡Alan! —
exclamó—. ¡Pues que descanse en paz su alma de buen marino! Y en cuanto a usted, John Silver, lo he tenido
mucho tiempo por compañero, pero ya no quiero seguir siéndolo. Si he de morir como un perro, que sea
cumpliendo mi deber. Habéis matado a Alan, ¿no es verdad? Pues ordene que me maten a mí también, si
pueden. Pero aquí me tiene usted. Atrévase.
Y diciendo esto, aquel valiente dio la espalda al cocinero y echó a andar hacia la playa. Pero no estaba
destinado a ir muy lejos. Dando un grito, John se agarró a la rama de un árbol, se quitó la muleta y la lanzó con
la más tremenda violencia; el insólito proyectil zumbó en el aire y golpeó a Tom de punta contra la nuca; éste
alzó sus brazos, abrió su boca en un sordo gorjeo y cayó a tierra.
Nunca supe si aquel golpe brutal había acabado o no con él, lo que parecía seguro porque sonó como si
hubiera roto la columna vertebral. Pero de cualquier forma Silver no dio tiempo a averiguarlo, y con la agilidad
de un mono, dando un salto, se abalanzó sobre aquel cuerpo caído y en un segundo hundió por dos veces su
cuchillo, hasta la empuñadura, en su carne. Desde mi escondite escuché los jadeos con que acompañó cada
uno de aquellos golpes.
Nunca he sabido verdaderamente lo que es un desmayo, pero en aquella ocasión durante unos instantes
el mundo se desvaneció para mí y todo empezó a darme vueltas como un carrousel en la niebla: Silver y los
pájaros, y la alta silueta del Catalejo, todo giraba ante mis ojos como un mundo patas arriba y oía lejanas
campanas mezcladas con voces retumbar en mis oídos.
Al volver en mí, aquel monstruo se había incorporado, llevaba la muleta bajo su brazo y se había calado el
sombrero. A sus pies yacía Tom inmóvil sobre las matas; poco reparó en él su asesino, que se limitó a limpiar el
cuchillo tinto en sangre con un manojo de hierbas. Nada había cambiado en el bosque: el sol continuaba
brillando inexorable sobre la brumosa marisma y en la alta cumbre de la colina; apenas podía yo entender que
allí se había cometido un asesinato y que una vida humana había sido cruelmente segada ante mis propios
ojos. En aquel momento John sacó de su bolsillo un silbato y lanzó al aire varios toques que atravesaron la
espesura ardiente.
Yo no sabía qué podía significar aquella señal; pero volvió a despertar mis temores. Si llegaban más
piratas, no tardarían mucho en descubrirme. Ya habían sacrificado a dos de los mejores; después de Tom y
Alan, ¿acaso no sería yo el siguiente?
Salí de mi escondrijo y empecé a retroceder, arrastrándome tan deprisa y en silencio como pude, hacia la
zona más despejada del bosque. Mientras huía, no dejé de escuchar los gritos de los piratas que se llamaban
entre sí y los del viejo Silver, lo que me indicaba cuán cerca estaban, y el peligro me dio alas en mi huida. En
cuanto me vi fuera del bosque, corrí como jamás en mi vida lo había hecho, sin atender qué dirección tomaba,
ya que lo único que me importaba era alejarme de aquellos asesinos; y conforme corría también aumentaba
mi miedo, hasta convertirse en una especie de histeria.
Me sentía perdido sin remedio. Cuando el cañonazo, que yo esperaba ya oír de un momento a otro,
sonara, ¿tendría yo valor para bajar hasta los botes y regresar junto a aquellos malvados a los que imaginaba
aún manchados de la sangre de sus víctimas? El primero que me encontrase ¿no me retorcería el cuello como
a un pájaro? ¿No sospecharían ya algo debido a mi ausencia? Todo había terminado, pensé. ¡Adiós a la
Hispaniola, adiós al squire, al doctor, al capitán! Sólo veía ante mí dos caminos: o morir de hambre en aquella
isla o perecer a manos de los amotinados.
Mientras mi cabeza se perdía en estos pensamientos, yo no cesaba de correr, y, sin darme cuenta, me
había acercado a la ladera de la colina de los dos picachos, en aquella parte de la isla donde las encinas crecían
más espaciadas y sus troncos centenarios se parecían más a los árboles de las grandes selvas. Mezclados con
ellas había algunos inmensos pinos, cuyas copas alcanzaban alturas de más de cincuenta y hasta setenta pies.
El aire allí se sentía más fresco y puro que junto a la ciénaga. Y fue allí donde vi algo que me heló la sangre en
el corazón.
XV. El hombre de la isla
De repente, por la ladera de aquel monte, tan escarpada y pedregosa, oí caer unas piedras que rebotaron
contra los árboles. Instintivamente me volví hacia aquel sitio y vi una extraña silueta que se ocultaba, con gran
rapidez, tras el tronco de un pino. Lo que aquello pudiera ser, un oso, un mono, o hasta un hombre, no podía
decirlo a ciencia cierta. Parecía una forma oscura y greñuda; es todo cuanto vi. Pero el terror ante esta nueva
aparición me paralizó.
Me sentía acorralado; a mis espaldas, los asesinos, y ante mí, aquella cosa informe y que presentía al
acecho. Me pareció, sin embargo, mejor enfrentarme a los peligros que ya conocía, que a ese otro ignorado.
Hasta el propio Silver me resultaba ahora menos terrible que ese engendro de los bosques; así que, dando
media vuelta y sin dejar de mirar a mis espaldas, empecé a retroceder en dirección a los botes.
Entonces vi de nuevo aquella figura, y vi que, dando un gran rodeo, pretendía sin duda cortarme el
camino. Yo estaba totalmente exhausto; pero, aunque hubiera estado tan fresco como al levantarme de la
cama, comprendí que no podía competir en velocidad con aquel adversario. Aquella criatura se deslizaba de
un tronco a otro como un gamo, y, aunque corría como un ser humano, sobre dos piernas, era diferente a
todos cuantos yo había visto, porque corría doblando la cintura. Entonces me fijé y vi que se trataba de un
hombre.
Empecé a recordar tantas historias como había escuchado acerca de los caníbales. Y hasta estuve tentado
de pedir socorro. Pero el hecho de que fuera un ser humano, por salvaje que fuese, me tranquilizó en cierta
forma; y el miedo a Silver volvió a crecer en la misma medida. Me quedé, pues, parado, imaginando alguna
manera de escapar, y, mientras meditaba, el recuerdo de la pistola, que conmigo llevaba, relampagueó en mi
cabeza. Esa seguridad en mi defensa hizo crecer en mi corazón el valor, y me decidí a enfrentarme con aquel
misterioso habitante, y con paso decidido eché a andar hacia él.
Estaba oculto tras otro árbol; pero debía espiar todos mis movimientos, porque, tan pronto como
empecé a avanzar, salió de su escondite y se dirigió hacia mí. Luego vaciló un instante, pareció dudar, pero de
nuevo avanzó, y finalmente, con gran asombro y confusión por mi parte, cayó de rodillas y extendió sus manos
como en una súplica. Yo me detuve.
—¿Quién eres?
—le pregunté. —Ben Gunn —respondió con una voz ronca y torpe, que me recordó el sonido de una
cerradura herrumbrosa—. Soy el pobre Ben Gunn, sí, Ben Gunn; y hace tres años que no he hablado con un
cristiano. Me acerqué y pude comprobar que era un hombre de raza blanca, como yo, y que sus facciones
hasta resultaban agradables. La piel, en las partes visibles de su cuerpo, estaba quemada por el sol; hasta sus
labios estaban negros, y sus ojos azules producían la más extraña impresión en aquel rostro abrasado. Su
estado andrajoso ganaba al del más miserable mendigo que yo hubiera visto o imaginara. Se había cubierto
con jirones de lona vieja de algún barco y otros de paño marinero, y toda aquella extraordinaria colección de
harapos se mantenía en su sitio mediante un variadísimo e incongruente sistema de ligaduras: botones de
latón, palitos y lazos de arpillera. Alrededor de la cintura se ajustaba un viejo cinturón con hebilla de metal,
que por cierto era el único elemento sólido de toda su indumentaria. —¡Tres años! —exclamé—. ¿Es que
naufragaste? —No, compañero —dijo—. Me abandonaron. Yo ya había oído esa terrible palabra, y sabía qué
atroz castigo encerraba, muy usado por los piratas, que abandonaban al desgraciado en una isla desolada y
lejana tan sólo provisto de un saquito de pólvora y algunas municiones.
—Me abandonaron hace tres años —continuó—, y he sobrevivido comiendo carne de cabra, moras y
ostras. Un hombre tiene que vivir con lo que encuentre. Pero, ay, compañero, me muero de ganas de comer
como los cristianos. ¿No llevarás encima, aunque sólo sea un trozo de queso? ¿No? Llevo tantas noches
soñando con queso, y una buena tostada, y cuando me despierto sigo aquí.
—Si alguna vez consigo regresar a bordo —le dije—, tendrás todo el queso que quieras, por arrobas.
Mientras yo hablaba, él palpaba la tela de mi casaca, me acarició las manos, miraba mis botas y no dejó de
mostrar, durante todo el tiempo que estuvimos hablando, la más infantil de las alegrías por hallarse con otro
ser humano. Pero al oír mis últimas palabras, se quedó perplejo, mirándome asombrado.
—¿Si consigues regresar a bordo? —repitió—. ¿Y quién puede impedírtelo? —Ya sé que tú no —le
contesté. —Puedes estar seguro —exclamó—. Lo que tú… ¿Pero ¿cómo te llamas, compañero? —Jim —le dije.
—Jim, Jim —dijo encantado—. Pues bien, Jim, si supieras la vida tan desastrosa que he llevado, te
avergonzarías. ¿Alguien podría decir al verme en este estado que mi madre era una santa?
—La verdad es que no —le contesté. —Ah —dijo él—, pues lo era, tenía fama de muy piadosa. Y yo fui un
chico honrado y piadoso, sabía el catecismo de memoria y podía repetirlo tan deprisa, que no se distinguía una
palabra de otra. Y ya ves en que he caído, Jim. Empecé jugando al tejo en las losas de los cementerios, así es
como empecé, pero luego hice cosas peores, y no obedecía a mi pobre madre, que me repetía sin cesar que
iba por el camino de la perdición, y no se equivocó. Pero la Providencia me trajo a esta isla, para que en su
soledad volviera a mi ser verdadero, y ahora soy un hombre piadoso y arrepentido. Ya nunca beberé ron… sólo
un dedal, para darme buena suerte, en cuanto tenga a mano una barrica. He hecho voto de ser honrado, y
además, Jim —y añadió bajando la voz—, … soy rico.
Imaginé que el pobre hombre se habría vuelto loco en aquella soledad y sin duda mi cara debió reflejar
ese pensamiento, porque me repitió con vehemencia:
—¡Rico! ¡Rico! Y te diré además una cosa: voy a hacer un hombre de ti, Jim. ¡Ah, Jim, vas a bendecir tu
suerte, sí, por ser el primero que me ha encontrado! Pero de pronto su semblante se ensombreció y,
apretándome la mano que tenía entre las suyas, puso un dedo amenazador ante mis ojos.
—Ahora, Jim, dime la verdad: ¿No será ese el barco de Flint? —me preguntó. Tuve en aquel instante una
feliz inspiración. Pensé que podía encontrar en aquel hombre un aliado, y le contesté al punto: —No es el
barco de Flint. Flint ha muerto. Pero voy a contarte la historia, ¿no es eso lo que quieres? Algunos de los
hombres de Flint van a bordo, por desgracia para los demás. —¿No irá uno… uno con una sola… pierna?
—dijo con voz entrecortada. —¿Silver? —pregunté. —¡Ah, Silver! —dijo él—. Así se llamaba. —Es el
cocinero; y el cabecilla, además. Me tenía todavía cogido por la mano, y, al oír estas palabras, casi me retorció
la muñeca. —Si te hubiera enviado John «el Largo» —dijo—, no daría un penique por mi vida; pero tampoco
por la tuya Resolvió que debía contarle toda la aventura de nuestro viaje y la situación en que nos
encontrábamos. Me escuchó con vivo interés y, cuando terminé, me dio unas palmaditas en la cabeza,
diciéndome:
—Eres un buen muchacho, Jim, y estáis todos metidos en un grave peligro, ¿entiendes? Pero confía en
Ben Gunn; Ben Gunn es el hombre que necesitáis. ¿Crees tú que tu squire se mostrará como un hombre
generoso si le ayudo…, si lo saco de este apuro, qué dices a eso? Le contesté que el squire era el más generoso
de los caballeros.
—Sí, pero… —dijo Ben Gunn—, no quiero decir darme un puesto de guardián y una librea nueva y cosas
así; no es eso lo que quiero, Jim. Lo que te pregunto es esto: ¿crees tú que ese caballero llegaría a darme hasta
mil libras…? Sería parte de un dinero que yo he tenido ya por mío. —Seguro que aceptará —dije—. Ya había
pensado dar una participación a todos. —¿Y el viaje de regreso a Inglaterra? —preguntó con un aire
graciosamente astuto.
—¡Sin duda! —exclamé—. El squire es todo un caballero. Y además, si nos libramos de los amotinados,
necesitaremos de ti para gobernar la goleta hasta la patria. —Ah —dijo—, eso es cierto. —Y pareció
tranquilizarse—. Ahora voy a decirte una cosa más —continuó—.
Yo navegaba con Flint cuando él enterró ese tesoro: él y seis hombres que trajo aquí, seis marineros de
los más fuertes. Estuvieron en tierra cerca de una semana, y nosotros, entretanto, estábamos anclados en el
viejo Walrus. Un día vimos izada la señal de regreso, y vimos aparecer a Flint, pero volvía solo en el bote, y
traía la cabeza vendada con un pañuelo azul. El sol estaba levantándose y, cuando el bote se acercó, vimos a
Flint, pálido como un muerto, remando. Allí estaba, imagínatelo, y los otros seis, muertos, muertos y
enterrados. Cómo pudo hacerlo, nadie logró explicárselo a bordo. Los envenenó, luchó contra ellos, los asesinó
a traición… Pero él solo pudo con los seis. Billy Bones era el segundo de a bordo y John «el Largo» el
contramaestre, y los dos le preguntaron que dónde estaba el tesoro. «Ah», les respondió, «si queréis
averiguarlo, podéis ir a tierra y hasta quedaros allí, pero yo zarparé ahora mismo, ¡por Satanás!, en busca de
más oro». Eso les dijo. Tres años más tarde iba yo en otro barco y pasamos a la altura de esta isla.
«Muchachos», les propuse, «ahí está el tesoro de Flint; vamos a desembarcar y a buscarlo». Al capitán no le
gustó la idea, pero mis compañeros ya estaban resueltos y desembarcamos. Pasamos doce días enteros
buscándolo, y cada día que pasaba crecía su rencor contra mí, hasta que una buena mañana decidieron
regresar a bordo. «Y tú, Benjamín Gunn», me dijeron, «ahí te dejamos un mosquetón», y añadieron «y una
pala y un pico. Quédate y, cuando encuentres el dinero de Flint, todo para ti». Pues bien, Jim, tres años llevo
aquí desde aquel día, y sin probar un bocado de cristiano. Pero, mírame, dime: ¿te parece que tengo el aspecto
de uno de esos piratas? No, y eso es porque nunca lo he sido. Ni lo soy. Y al decir estas palabras, me guiñó un
ojo y me dio un pellizco. —Dile a tu squire precisamente eso, Jim —me insistió—: Ni lo fui ni lo soy. Repítele
esas palabras. Y recuerda decirle: Durante tres años él ha sido el único habitante de la isla, con sus días y sus
noches, con sus soles y sus lluvias; unas veces pasaba el tiempo rezando (dile eso) y otras acordándose de su
pobre madre, que ojalá aún viva (no te olvides de decirle eso). Pero que la mayor parte del tiempo la ha
pasado Gunn ocupado (esto es muy importante que se lo digas) con otro asunto.
Y entonces le das un pellizco, como éste. Y volvió a pellizcarme mientras me hacía un gesto de
complicidad. —Después —siguió—, después te detienes y le dices esto: Gunn es un buen hombre (repíteselo)
y pone toda su confianza del mundo, toda la confianza del mundo, no olvides machacarle esto, en un caballero
de nacimiento, y no en esos otros caballeros de fortuna, y eso que él fue uno de ellos. —Bueno —le dije—, no
entiendo ni una palabra de lo que me has dicho. Pero eso no hace al caso, pues aún no sé cómo voy a
arreglármelas para volver al barco. —Ah —dijo él—, ahí está el apuro, sin duda. Y ahí tienes un bote que yo
construí con estas manos, está debajo de la peña blanca.
En el peor de los casos podemos intentarlo cuando oscurezca. ¡Pero escucha! —dijo de pronto,
sobresaltado—, ¿qué es eso? Porque en aquel momento, aunque aún faltaba una o dos horas para la puesta
del sol, la isla entera se estremeció con el estruendo de un cañonazo. —¡Ha empezado la lucha! —grité—.
¡Sígueme! Y eché a correr hacia el fondeadero, olvidando todos mis pasados temores, y junto a mí el hombre
de la isla, al viento una piel de cabra con la que se había abrigado, corría con la agilidad de un animal. —¡A la
izquierda! ¡A la izquierda! —me decía—.
¡Siempre a la izquierda, compañero Jim! ¡Metámonos bajo esos árboles! Ahí maté yo mi primera cabra.
Ya hace tiempo que no bajan por aquí; prefieren refugiarse en los masteleros, porque temen a Benjamín Gunn.
¡Ah! Y eso es el cementerio —y creo que lo dijo con cierta intención—. ¿Ves esos túmulos? Son sepulturas.
Aquí vengo de vez en cuando a rezar, cuando supongo que debe ser domingo o que le ronda cerca. No es que
sea una iglesia, pero rezar aquí parece más solemne; y además, y diles también esto, Ben Gunn ha tenido que
apañárselas como ha podido, sin capellán, ni Biblia, ni una bandera, díselo así. Y continuó hablando mientras
yo corría, sin esperar ni recibir una respuesta. Había ya pasado un buen rato desde que escuchamos el
cañonazo, cuando oímos resonar una descarga de fusilería. Seguimos corriendo y, de pronto, a menos de un
cuarto de milla frente a nosotros, vi la Unión Jack ondeando al aire sobre el bosque.