El Último Tren
Hugo caminaba por la vieja estación de tren abandonada, un lugar que solía visitar de
niño con su abuelo. Ahora, todo estaba cubierto de polvo y olvido. Sin embargo, esa
noche, algo le pareció distinto. El aire olía a carbón quemado y, a lo lejos, el sonido de
una locomotora retumbó en la oscuridad.
Intrigado, se acercó al andén. No había rieles visibles, pero de pronto, entre la niebla, un
tren antiguo apareció como si siempre hubiera estado allí. Las luces parpadearon y una
bocina resonó en la soledad de la estación. Hugo sintió un escalofrío cuando la puerta
del vagón más cercano se abrió sola, invitándolo a entrar.
Sin saber por qué, subió. El interior estaba iluminado por lámparas de gas y los asientos
tapizados en terciopelo parecían intactos. Avanzó por el pasillo, observando a los
pasajeros: todos vestían ropa de otra época y ninguno se movía. Era como si el tiempo
se hubiera detenido.
Cuando llegó al final del vagón, una voz lo llamó por su nombre. Se giró y vio a su
abuelo, con la misma ropa de siempre, sonriéndole desde un asiento junto a la ventana.
"Hugo, al fin llegaste", dijo con voz serena. Él sintió un nudo en la garganta. Su abuelo
había fallecido hacía años.
"¿A dónde va este tren?", preguntó con un hilo de voz.
El anciano le indicó el asiento a su lado. "A donde pertenecemos".
Hugo miró a su alrededor y sintió que algo tiraba de él. Una mezcla de nostalgia y
miedo lo invadió. Sabía que tenía que decidir: quedarse con su abuelo o bajar antes de
que fuera demasiado tarde.
Con un último vistazo, dio media vuelta y corrió hacia la puerta. Saltó del tren justo
cuando este comenzaba a moverse. Al tocar el suelo, el andén estaba vacío. No había
tren, ni luces, ni ruidos.
Pero en su mano, aún tenía el reloj de bolsillo de su abuelo, marcando la medianoche
exacta.