DIAGNÓSTICO DE PRÁCTICAS DEL LENGUAJE PARA 3°A ENRO
PROFESORA: AYELÉN MÁNDOLA
UN IMPOSTOR LLAMADO SALMONEO
Salmoneo era uno de los hijos del rey Eolo, rey de Eólida (luego conocida como Tesalia) y de la
reina Enáreta.
Cuando su padre murió, Salmoneo quiso ser el nuevo rey, pero, ¡qué problema!, el heredero
era su hermano Sísifo. Pero como Sísifo en ese momento estaba lejos, a él no le importó nada,
usurpó el poder y logró gobernar unos cuantos años.
Un día Sísifo volvió. No crean que era un pobre muchacho, víctima de la ambición de su
hermano. La verdad, la gente le tenía bastante respeto, por no decir que preferían tenerlo lejos.
Lo consideraban el peor pícaro del mundo. La cuestión es Sísifo no se quedó cruzado de brazos
y se las arregló para que el usurpador fuera desterrado de Tesalia.
Una vez fuera de su patria, en un lugar mucho más al este y no muy cerca de su antiguo reino,
Salmoneo construyó una nueva ciudad, a la que –con toda humildad-llamó Salmone.
Sus súbditos lo odiaban. Y con razón. Él los trataba como si fuesen seres muy inferiores. No
los trataba: los maltrataba. Un día determinó que él era un dios. Les decía (y creía) que era
todopoderoso y que tenían que reverenciarlo como a una divinidad. Pero no cualquier dios.
Como a Zeus, el padre de todos los dioses. Y decretó que, en adelante, los honores que antes le
rendían a Zeus, se los debían a él, en su altar.
Sentado en el templo, con su ropa más fastuosa, se dispuso a esperar que hombres y mujeres
le llevaran ofrendas, sacrificaran animales en su honor, se arrodillaran y le rezaran.
Pero la gente no aceptó tan rápidamente la imposición. Siempre había adorado a Zeus y no
podían cambiar de golpe la costumbre.
Tampoco querían ofender a su nuevo dios y ser castigados, ya que sabían perfectamente que la
cólera de Salmoneo podía ser terrible.
Decidieron entonces acercarse a él, aunque a una distancia prudente y, en vez de darle flores
y frutos, le hablaron.
-Zeus lanza rayos-musitó temerosamente uno-. Si pudiéramos ver tus rayos….
-Salmoneo, divino rey, aunque sea, muéstranos cómo haces sonar los truenos-pidieron otros muy
ceremoniosamente (y con cierta maldad, por qué no reconocerlo).
-Si eres Zeus, debes lanzar rayos y truenos-le exigieron al fin, ya más envalentonados.
El monarca estaba “entre la espada y la pared”, pero no lo reconoció. Se puso de pie, los miró
fijo-cosa que asustó a más de uno- y se retiró a sus aposentos privados entre molesto y
preocupado.
Pronto se le ocurrió un truco que él consideró muy ingenioso: tomó un montón de calderos de
bronce y, con cuerdas de cuero, los ató a su carro. Hizo una prueba. Recorrió a toda velocidad
un camino apartado.
Tal como esperaba, los cacharros, con el trote de los caballos, saltaban para todos lados y
chocaban entre sí y con el piso también: era un bochinche tremendo. Ya tenía los truenos, solo
le faltaban los rayos.
Sentado bajo un enorme roble, pensó y pensó, ¿Qué es un rayo? Algo que cae desde arriba y
que quema lo que toca. ¿Cómo se hace un rayo? Eso es cosa de Zeus. De pronto, se le encendió
la lamparita(más bien la antorcha, porque en esos tiempos lamparitas no había. Y de electricidad,
en general no entendían gran cosa porque, sino, hubieran sabido qué era un rayo).
El resultado de sus cavilaciones fue el siguiente: dejó su palacio y, en su coche, con los calderos
atados, se lanzó a recorrer a toda velocidad las calles de la ciudad.
Mientras sonaba todo ese batifondo, lanzaba antorchas fabricadas con hojas de roble. Algunas
de ellas, al caer, quemaban a los súbditos, esos atrevidos que lo habían desafiado. ¡Se lo
merecían!
Mientras tanto, en el monte Olimpo, donde habitaban los dioses, Zeus observaba azorado toda
la escena. ¿Qué hace ese loco? ¡Pretende pasar por mí! Y con unos trucos que !Ni hablar! Qué
bochorno! ¡Qué atrevimiento! Ya no respetan ni a los dioses.
De muy mal humor, Zeus abandonó su trono y se paró en el punto más alto que encontró. Desde
allí, afinó la puntería y le lanzó un rayo. Un verdadero rayo. Y también unos truenos, porque el
rayo es más rayo si va precedido de unos buenos truenos.
Y así fue como el castigo de Zeus alcanzó a Salmoneo, su carro y toda la ciudad. Para que
aprendieran a no ser soberbios.
El castigo de Chi´hi
Cuando la provincia de Santa Cruz todavía
no existía, y las comunidades tehuelches
eran dueñas absolutas de la tierra, el agua
y el viento que a todos visita, existió un
niño llamado Chi´hi.
De ojos negros y redondos como dos
bolitas de vidrio, muy menudo y bajito,
compensaba su falta de tamaño con una
gran movilidad. Siempre de aquí para allá
y de allá para aquí, tenía un defecto
incorregible: se llevaba con él cosas que eran de otros. Era tan amigo de lo ajeno, que pronto la
gente se acostumbró a decir, cuando faltaba algo: “Fue Chi´hi, él se lo llevó”.
Pasó el tiempo, y el muchacho creció. Un día se puso de novio. ¡Se iba a casar con la hija del
Lonko! Nunca había dejado de robarse lo que le llamaba la atención, pero como ya todos se
habían acostumbrado y, además, era simpático y servicial, su mala costumbre era tolerada y casi
aceptada. Hasta por el cacique, que ahora permitía que se casara con su hija.
Todos se apuraron a hacerle buenos regalos a la pareja, para que su nuevo hogar tuviera todo.
Tantas cosas les dieron, que el futuro suegro les tuvo que prestar una carreta para que las
transportaran.
Pero Chi´hi era un ladrón. Siempre lo había sido. Porque sí, y no por necesidad. Y no se pudo
resistir. Desapareció con todos los regalos. Hasta la carreta se llevó.
La novia no pudo soportar el abandono y la vergüenza. Con su vestido de novia, se arrojó desde
un peñasco muy alto.
En ese momento, el cielo se oscureció como si fuera noche cerrada, truenos ensordecedores y
rayos interminables estremecieron la tierra, y el viento sopló y sopló sin tregua durante días, y
una tormenta de lluvia y granizo se desencadenó en toda la región.
No demasiado lejos de la toldería, con gran dificultad se desplazaba una carreta. Apenas podía
avanzar por el viento y la lluvia. Era Chi´hi, con todos los regalos robados. En medio de la
oscuridad, se abrió paso una centella de un color nunca visto. Cayó sobre la carga y su portador,
que se convirtieron en cenizas.
La tormenta, entonces, se detuvo.
Cuando los vecinos de la toldería-que habían visto todo desde lejos-se acercaron, comprobaron
que había quedado nada. En eso, vieron que entre los restos carbonizados se movía algo. Era
un ratoncito: menudo, muy movedizo, con sus ojitos negros y brillantes iba por las cenizas, de
aquí para allá y de allá para aquí. En forma lastimera, como lamentándose, decía: “¡chi´hi,
chi´hi!” Y así, con sus grititos de dolor y arrepentimiento, se escabulló por los pastizales.