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10 Historias de Infidelidad: 1. Amanda: No Amada

La obra '10 historias de infidelidad' de Alberto Castillo Pérez presenta una serie de relatos sobre la traición y las complejidades de las relaciones amorosas, donde los personajes exploran sus emociones y dilemas en un cuarto de hotel. A través de diálogos íntimos, se abordan temas como el deseo, el rencor y la búsqueda de conexión en medio de la infidelidad. Cada historia revela diferentes perspectivas sobre el amor y la deslealtad, mostrando la fragilidad de los vínculos humanos.

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10 Historias de Infidelidad: 1. Amanda: No Amada

La obra '10 historias de infidelidad' de Alberto Castillo Pérez presenta una serie de relatos sobre la traición y las complejidades de las relaciones amorosas, donde los personajes exploran sus emociones y dilemas en un cuarto de hotel. A través de diálogos íntimos, se abordan temas como el deseo, el rencor y la búsqueda de conexión en medio de la infidelidad. Cada historia revela diferentes perspectivas sobre el amor y la deslealtad, mostrando la fragilidad de los vínculos humanos.

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10 historias de infidelidad

De Alberto Castillo Pérez

Espacio: Un cuarto de hotel de paso

Esta obra puede hacerse con sólo un actor y una actriz, quienes pueden

representar a todos los personajes. Si el director así lo desea, podría usar tantas

otras parejas de actores como lo desee. El orden de las escenas puede ser

alterado sin problema alguno, del mismo modo se pueden usar dos espacios (o

más) como cuartos de hotel o hacer al público caminar de un cuarto a otro para

descubrir lo que sucede dentro. El límite es la imaginación.

1. Amanda: No amada.

Amanda entra al cuarto llena de miedo, él la anima poco a poco, se sienta en la

cama y la llama. Ella se cubre la cara, está hecha un manojo de nervios. Se besan

y acarician.

Amanda: No. Mejor no. (Intenta irse y vuelve) Mejor sí. (Se aleja de nuevo) Creo

que no. (Duda) ¿O sí? Mejor lo dejamos en esto.

Luis: Como quieras.

Amanda: ¿No te importaría?

Luis: Sí me importaría, pero no vamos a hacer nada que no quieras.


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Ella se le va encima y lo besa apasionadamente. De pronto se detiene.

Amanda: Se va a dar cuenta.

Luis: ¿No dices que no se fija en ti?

Amanda: Sí, pero… ¡yo no se mentir!

Luis: Con estar a solas me basta. Nunca me imaginé que te fijaras en alguien

como yo.

Amanda: ¿Por qué?

Luis: No te hagas. Eres hermosísima, la mujer más bella que he visto en mi vida.

Mucha gente entra a tu tienda nada más por verte.

Amanda: (Avergonzada) No inventes.

Luis: Por eso entré, y vi más de un par de moscardones que también lo hicieron.

Amanda: ¿Así me ves?

Él asiente.

Amanda: Él nunca se dio cuenta.

Luis: ¿Estará ciego?

Amanda: Antes no lo estaba.

Luis: ¿Lo quieres?

Amanda: ¿Te importa?

Luis: Curiosidad.

Amanda: Ya no.

Luis: ¿Por qué?

Amanda: Estuve enferma una temporada.

Luis: Dejaste de ir a la tienda casi seis meses.

Amanda: ¿Lo notaste?


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Luis: (Asiente) Volviste con un gesto de gran tristeza.

Amanda: (Se toca el vientre señalando un embarazo) Lo perdí a los cinco meses.

Lo había deseado mucho.

Luis: Lo siento.

Amanda: Él no lo quería, fingió que lo aceptaba por mí, pero nunca estuvo a mi

lado. Y no quiero decir junto a mí, sino a mi lado. ¿Entiendes? Después me

deprimí y dejó que me fuera hasta el fondo. Ahora que lo pienso, quizá deseaba

que me muriera.

Luis: Eso que dices es muy duro. Tal vez sólo pensó que estabas triste.

Amanda: ¿Solidaridad masculina? Si yo te viera encerrado en un cuarto día y

noche, a oscuras, y notara que te bebes una botella de vodka cada tarde y que no

hablas con nadie y casi no comes, pensaría que estás algo más que triste. Él no

se dio cuenta, no vio nada.

Luis: O no quiso ver.

Amanda: No me he podido volver a acostar con él desde entonces.

Luis: ¿Entonces es por rencor?

Amanda: (Niega con la cabeza) Me sentí deseada.

Luis: Te deseo.

Se acerca y la besa. Ella le responde, comienzan a quitarse la ropa. Amanda se

separa un poco para desvestirse.

Amanda: Le tengo rencor. No puedo acostarme con alguien sintiendo rencor. ¿Me

entiendes?

Luis: Te entiendo.

Luis la sigue cubriendo de besos. Ella se acuesta y cierra los ojos para sentir.
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Amanda: Es horrible entregarse a alguien que te abandona, que te ve morir y no

hace algo para evitarlo, que sólo tiene tiempo y deseos de sentarse frente a la tele

y ver las noticias, que se lamenta de las tragedias en el mundo y no es capaz de

ver lo que pasa en su propia cama. ¿Tú sí me entiendes?

Luis: Yo sí te entiendo. Te entiendo muy bien.

La luz va bajando poco a poco hasta que se hacerse un oscuro.

2. Mario: Abandonado.

En la habitación se encuentra solo un hombre. Está inquieto, fuma. Toma su

teléfono celular y marca.

Él: (Dejando un mensaje) Te estoy esperando. Llevo casi una hora esperándote

donde siempre. ¿Qué onda? Llámame porque me estás pensar cosas que no

quiero pensar. ¿Llámame, sí? Te quiero.

Cuelga. Toma el teléfono y lo revisa como para comprobar que tiene señal y

funciona bien. Intenta calmarse, pero poco a poco entra de nuevo en un estado de

ansiedad. Llama de nuevo por teléfono, cuando nota que no le responden cuelga.

Él: ¡Puta madre! ¡Llama, llama, llama!

Vuelve a marcar. Espera a que le den señal para dejar un mensaje.

Él: Soy yo por enésima vez. ¿Por qué me haces esto? ¿Merezco que me trates

así? Si lo merezco explícame por qué al menos. ¿O estás con alguien más? Si

estás con alguien más nada más dímelo y ya. Yo voy a entender, ya ves que
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siempre he sido muy comprensivo, muy pero muy comprensivo y paciente. Te

estoy esperando.

Cuelga y espera. Ahora manda mensajitos, una y otra vez. Lo hace con mucha

furia. Vuelve a marcar, en esta ocasión le contestan, al principio no lo puede creer.

Él: ¿Chaparrita? ¿Dónde estás? Me tienes aquí como tonto esperándote. Donde

siempre, en eso quedamos, no te hagas. ¿Por qué no? ¡No me quieras ver la cara

de estúpido! ¡Por qué no vienes y me lo dices frente a frente! ¿Por qué no

puedes? ¿No me merezco esa consideración? (Suave) Chaparra, no te portes así

conmigo. Yo nunca te haría algo así. Te puedo entender lo que quieras, sí, puedo

aceptar hasta que termines conmigo cuando quieras, pero no así. Por supuesto

que lo sabía cuando comenzamos, lo hablamos hasta el cansancio. No te estoy

pidiendo nada que no quieras dar. Nunca te he exigido nada. Ven, por favor. Estoy

en donde siempre, el cuarto que nos gusta, te compré unos chocolatitos para

después, de los rellenos de cereza… Me dijiste que ya lo sabía. Estabas casi

segura. ¿Y por qué ahora te importa? Yo nunca te hablo de ella, no existe cuando

tú y yo estamos en nuestro mundo propio. ¡Soy tu pendejo o qué! A mí me vale

madres lo que piense, crea o se imagine ese pendejo! ¡Vienes ahora o voy y yo

mismo se lo digo! Yo no estaba así, tú me estás poniendo así. ¿Por qué ya no me

quieres? Tiene que haber una razón. A uno no deja de querer a una persona nada

más porque sí. ¿Ah, así nada más? Tú me trajiste a este hotel, tú me dijiste que

jamás habías cogido tan rico como conmigo, tú me dijiste que estabas feliz con

nuestra relación así, tú, tú tú. ¡Y ahora me sales con esos escrúpulos! ¡Puta!
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¡Puta! Eso es lo que eres, ¡una puta! (Para este momento ella ya ha colgado) Él se

sienta abatido en la cama.

3. María Luisa: Olfativa

Han terminado de hacer el amor. Ambos se recuestan y hacen sonidos de

satisfacción. El se pone con la cara hacia abajo, brazos y piernas extendidas,

comunica de ese modo el estado de plenitud en el que se encuentra. Ella se

recarga sobre él y lo huele constantemente. Se queda con su olor y cierra los ojos

para disfrutarlo aún más.

María Luisa: Cuando estoy con él me acuerdo de tu olor, intento que se me quedé

aquí, en algún lugar entre la nariz y el cerebro. Si pudiera haría como el de la

novela esa y me llevaría un frasquito con tu aroma para olerlo siempre que fuera

necesario. Tal vez hasta podría ponérselo. (Él está muy cansado como para

reaccionar, apenas saca una mano y con ésta hace el ademán de una pistola que

le dispara). Ya lo sabes. (Ella se recuesta y lo vuelve a olfatear). Si me hubiera

acostado con él antes de casarnos nunca habríamos llegado al altar. Supongo que

habría sido mejor que ponerle el cuerno. Pero igual no te habría conocido. O sí, y

tú y yo ya estaríamos casados. (El saca de nuevo la mano y juguetonamente con

un dedo dice que no. Ella le avienta la mano) Yo lo quería mucho, lo quiero, en

aquel momento incluso lo deseaba. Imagínate, once meses de novios de manita

sudada, apenas unos fajes , pero siempre con la ropa puesta. No quería perderlo,
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tenía miedo de que si nos acostábamos antes perdería el interés en mí y lo puse a

prueba. La primera noche, después de la boda, entramos al cuarto y nos quitamos

la ropa el uno al otro. Lo abracé y… sentí por primera vez el olor de su sudor, ese

olor que despide sólo cuando está excitado sexualmente. No sabía por qué tenía

ese aroma, culpé a las largas horas de fiesta, la comida, las bebidas. En unas

semanas me di cuenta de que ese era su aroma natural, que le pertenecía, que

formaba parte de él y que no había manera de eliminarlo, no con baños, ni

jabones, ni con desodorantes. No sé si huela mejor o peor que otros, es sólo que a

mí ese olor me repugna. Es algo que va más allá de mí misma y que no puedo

controlar. No lo disfruto, cuando estoy con él tengo que pensar en otra cosa, hacer

mi cabeza a un lado, pensar en… otra cosa (se refiera a quien la acompaña). En

cambio tú… (Lo vuelve a olfatear). ¿Crees que estoy loca? (Espera una

respuesta. Evidentemente él se ha dormido hace ya un rato. Ella se viste y sale

del sitio)

4. Marco. Oportunista

Marco despierta, se da cuenta que está solo y sonríe. Comienza a vestirse.

Marco: ¿A quién le dan pan que llore? Yo salí sin ninguna mala intención. No es la

primera vez que salía solo. Mi chava odia salir con mis cuates, le parecen de

güeva, además nos tenemos toda la confianza del mundo. Pero… aquí viene el

pero. ¿Güey, qué haces cuando una vieja llega y así sin decir agua va se te lanza

y, directo en la orejita te dice: “quiero coger contigo, hoy”? ¿Qué dices? Neto,

piénsalo. Opciones: a) Sabes qué, te me antojas un buen, pero soy híper fiel, amo
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a mi chava y no le haría esto por nada del mundo. b) Sabes qué, soy un pendejo,

mi vieja nunca se daría cuenta, nadie se enteraría, pero me late la onda de la

integridad y la confianza. Es algo… chido. Tú nunca lo entenderías, cero sabes de

qué hablo. c) Va, güey. ¡Como va! Voy a hacer como que me voy a fumar un

cigarro afuera y allá te veo.

Obvio, ¿no? Cualquiera sabe que la única opción verdadera es la C. ¿Qué, güey?

O sea sé que habrá quien te diga que no, que la estoy regando, pero seguro

porque su vieja está al lado. Nadie, absolutamente nadie que tenga la oportunidad

de coger gratis, sin que nadie se entere, con una vieja buenísima y sin

consecuencias de ningún tipo diría que no por rollos de integridad, fidelidad o esas

mamadas.

Y no es que yo ande por la vida tirándole el can a cuanta chava se me pase por

enfrente. Para nada. De hecho jamás me había pasado algo así. Antes de conocer

a mi chava me pasaba a veces hasta dos semanas en blanco. Ligar no es tan fácil

como te lo ponen en las películas, las viejas se aprietan, bueno, las que le

interesan a uno. Un cuate dice que ellas cogen con quien quieren y nosotros con

quien podemos. Es la neta. Raro que a una chava se le niegue un vaso de agua.

¿Por qué? Pues… nada más porque no se debe dejar pasar la oportunidad, por

eso. No es que uno sea ojete, ni que no quiera a su novia, ni que sea inseguro y

necesite refrendar su masculinidad, no, eso es buscarle chichis a la culebra. Uno

se avienta un palo así, como yo, simplemente porque no se debe dejar pasar lo

que te regala el destino. Es regla de vida.

Sale de la habitación.
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5. Rosina. Vengativa

Entra Ella, muy decidida, tras ella viene Él. Ella viste un vestido holgado. Rosina

observa el lugar con gran frialdad. Va y toca la cama para comprobar su dureza.

Se quita la ropa interior y se acuesta en la cama. Queda claro que no va a

desnudarse. Él la mira un tanto extrañado.

Ella: ¿Vienes o qué?

Él: Ya voy. (Él comienza a quitarse la ropa, ella lo mira hacer.) ¿No te vas a

desvestir?

Ella: ¿Para qué?

Él: Es más rico, ¿no?

Ella levanta los hombros para señalar que no le importa. Él se acerca a ella e

intenta besarla, ella lo rechaza disimuladamente.

Él: ¿Cómo me dijiste que te llamabas?

Ella: ¿Para qué quieres saber? De todos modos no nos vamos a volver a ver.

Él: Igual sí.

Ella: Quedamos que no.

Él: Pero qué tal que nos quedamos con ganas de repetir.

Ella: ¿Qué tal que no?

Él: ¿Estás en mal plan o es idea mía?

Ella: ¿Le vamos a poner o no?

Él: No sé ni como te llamas.

Ella: ¿Tienes novia, no?


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Él: Te lo dije.

Ella: Y te vale madres ponerle el cuerno.

Él: Tú también tienes novio, ¿no? Y también te vale madres ponerle el cuerno.

Ella: Mis razones tengo.

Él: ¿Al menos puedo saber cómo te llamas?

Ella: ¿Cómo se llama ella?

Él: Eso que tiene que ver.

Ella: Haz de cuenta que soy ella, ponme su nombre.

Él se queda paralizado un momento, observa a Rosina con una mezcla de

sorpresa y odio.

Él: Esto ya valió madres.

Ella: ¿Esto?

Él: Se suponía que íbamos a pasar un rato chido, ¿no?

Ella: ¿Qué es para ti un rato chido?

Él: En buen plan, sexo rico sin compromisos, sin pendejadas, nomás porque nos

gustamos y nos dieron ganas.

Ella: Sin que nos importaran nuestras respectivas parejas.

Él: Estás en mal plan.

Ella: ¿Por qué? ¡Porque no quiero decirte mi nombre? Te estoy dando la

oportunidad de que hagas realidad tu fantasía, ponme como quieras, dime como

quieras. Pensé que igual querías decirme como a tu novia para, para vengarte de

algo.

Él: No la metas a ella aquí, ¿ok?

Ella: Ok.
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Él: ¿Cómo se llama tu novio?

Ella: Pablo.

Él: Dime Pablo.

Ella: Pablo. Pendejo Pablo. Pablo culero y falso, Pablo hijo de la chingada.

Él: ¡Ay, cabrón! ¿Tanto lo quieres?

Ella: Si no lo quisiera ya lo habría dejado. ¿Tanto la quieres?

Él: Ella no está aquí.

Ella: ¿Ah? ¿Así se hace?

Él: ¿Cómo?

Ella: Así, echándole un velo encima y desapareciéndola como por arte de magia.

Él: ¿De quién hablas?

Ella: Negando.

Él: ¿Con quién hablas? Aquí sólo estamos tú y yo. Un hombre y una mujer.

Ella: Eres un ojete, Pablo. Seguramente vas a verla hoy por la tarde y vas a fingir

que nada pasó.

Él: Nada ha pasado.

Ella: Ella se va a dar cuenta de que estás raro y te lo va a decir constantemente. Y

tú vas a negar.

Él: ¿Negar qué? No he hecho nada.

Ella: Y ella va a aguzar los sentidos, va a mirar cada detalle de tus ojos, algún

cambio en tu olor, en la forma de acercártele, en tu sonrisa.

Él: Las mujeres siempre sospechan, es parte de su naturaleza.

Ella: Odio que me veas la cara de pendeja, sé que estás raro y sé por qué.

Él: No inventes, ven, ven acá. Dame un beso.


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Ella: No me toques, cabrón.

Él: Bueno, ya, ya. Al rato no digas que no soy cariñoso contigo.

Ella: Hueles a zorra.

Él: ¡Órale! ¿Te está bajando? Apenas estamos a mediados de mes.

Ella: No soy pendeja, te conozco, sé que estuviste con alguna gata.

Él: Tú no sabes nada, nomás te imaginas y me la haces de pedo como cada dos o

tres semanas.

Ella: Sé. Siento.

Él: A mí que me esculquen.

Ella: ¡Hijo de la chingada! ¿Soy tu pendeja o qué?

Él: Si tan segura estás por qué no me dejas.

Ella: ¿Eso quieres? ¿Qué te deje para que vayas a revolcarte con putas a tus

anchas?

Él: Con dejar de aguantar tus historias pendejas me conformo. ¡Estoy hasta la

madre de que me inventes cosas que nunca pasaron! ¡Quiero descansar de ti!

Ella se queda en silencio. Se mueve poco a poco, está llena de culpa. Él se ha

sentado en la cama en una pose que señala que se siente herido. Ella se acerca y

comienza a acariciarlo, al principio él la rechaza, poco a poco se va dejando.

Él: ¿Está medio cabrón el jueguito, no? ¿Qué pedo contigo y tu novio, güey?

Ella: Te vale madres

Él: Sí, me vale madres.

Ella: ¿Le ves la cara de pendeja?


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Él: Las mujeres creen lo que quieren creer.

Ella: Lo que sabemos.

Él: Nunca saben nada, creen.

Ella: Pinches hombres.

Él: Pinches hombres.

Él consigue que ella lo bese apasionadamente.

6. Raúl: Buenote y desaprovechado

Él se levanta de la cama y mira su reloj, se da cuenta de que es tarde y despierta

a la mujer que duerme a su lado.

Raúl: Ya levántate, güey.

Ella: ¡Qué pedo!

Raúl: Que te levantes, nos quedamos dormidos.

Ella: Ay, sí, qué rico

Raúl: Qué rico pero ya, urge, urge.

Ella: ¡Qué te traes güey!

Raúl: ¡Nada!

Ella: ¿Entonces por qué me tratas como puta?

Raúl: ¡No mames! ¿Quién dijo eso?

Ella: Me estás tratando como puta, güey, ya te veniste, ya quieres que me vaya.

Estaba durmiendo riquísimo.

Raúl: Es que… no me gustan estos pinches hoteles de paso, están bien para lo

que están pero… no sé, me imagino que si uno se queda acostado ahí mucho

tiempo se le suben bacterias, virus.


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Ella: ¡Qué mamada es esa! ¿Y mientras te está revolcando no?

Raúl: Es una pendejada, pero ya ves que estoy medio chiflado, tengo mis ondas.

Ella: Yo conozco bien tus ondas. No sé por qué siempre caigo.

Raúl: ¡Qué!

Ella: No te hagas pendejo.

Raúl: ¿De qué hablas güey? Si la pasamos chido. Fue… igual de rico que otras

veces… no, más rico.

Ella: Eres bien previsible, pendejo.

Raúl: ¡Uta!, mejor me callo.

Ella: Sí, mejor cállate, ojete.

Ella, malhumorada, comienza a vestirse; él, por su parte, ya está terminando de

hacerlo. Cuando está listo saca una cajetilla de cigarros y enciende uno, le ofrece

a ella, quien lo toma, lo enciende y lo fuma muy lentamente, tan lento que resulta

una provocación para él, quien reprime su desesperación porque salgan del sitio

cuanto antes.

Ella: ¿Me lo puedo fumar a gusto?

Raúl: ¿Quién ha dicho que no?

Ella: Me pareció…

Raúl: Te parecen muchas cosas que no son.

Ella: ¿Tienes que llegar temprano a casa? ¿Te regaña Vanessa?

Raúl: ¡No te digo! ¡Hace siglos que no ando con Vanessa?

Ella: ¿O con quien andes?

Raúl: No ando con nadie.

Ella: No sabes estar solo, te conozco.


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Raúl: ¿Quién habló de estar solo?

Ella: Ojete.

Raúl: ¡Ya güey! Ya bájale al mal pedo, ¿no? Vinimos a lo que vinimos y ya se

acabó, ¡tan, tan!

Ella: ¡Tan, tan! ¡A chingar a tu madre! Vete tu cabrón si tanta prisa tienes. (Él se

queda en silencio y analizando la situación) ¡Qué, güey! ¡A la chingada y

corriendito!

Raúl: ¿No te vas a ir?

Ella: No.

Raúl se muestra impaciente.

Ella: (Ríe divertida) ¿Hace cuánto nos conocemos?

Raúl: No sé, güey, unos 8 años… ¿y eso qué?

Ella: ¿Tú crees que no sé que siempre te acuestas con varias al mismo tiempo?

Lo supe incluso cuando anduvimos “en serio”. Ya me da igual, me acuesto contigo

porque se me antoja a veces. Lo que me caga es que pienses que soy estúpida,

que no me doy cuenta que quieres aprovechar el cuarto.

Raúl: (Cínico) ¿Qué hay de malo?

Ella: Me da déntico, güey. Nada más me gustaría saber por qué, ¿por qué esas

ganas de una y otra. ¿Qué intentas demostrar?

Raúl: Así soy y ya. ¿Por qué le tengo que demostrar nada a nadie? No mames.

Ella: ¿Por qué?

Raúl: Porque, porque las viejas quieren conmigo… porque… mi chave en turno

siempre me desaprovecha. Veme, güey, yo estoy para que me aprovechen. ¿O

no?
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Ella: (Lo piensa unos segundos) Sí.

Raúl: Ando ganoso, estoy buenote, dicen. Y me gustan las mujeres, me gusta

hacerlas felices. Que se acuerden de mí y piensen : “Neto, ese güey está

desaprovechado”.

Ella: Pendejo.

Raúl: ¿Qué?

Ella: No había conocido a nadie más pendejo y más cínico que tú. (En burla)

“Desaprovechado”.

Él, ya habiendo destapado sus pensamientos, se siente más relajado, así que se

recuesta en la cama y se enciende un cigarro, le ofrece uno a ella.

Ella: ¿Ya no tienes prisa?

Raúl: No.

Ella: ¿A qué hora viene?

Raúl: (Mira su reloj) Veinte minutos.

Ella: (Tras observarlo largamente) ¿Te puedo aprovechar yo mientras? ¿No?

Raúl: Aprovéchame.

Lo besa.

7. Nora y Abraham: Mal cogidos

Se escuchan los sonidos de una pareja que hace el amor. Están en el clímax de la

pasión.
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Nora: (A punto del orgasmo) Sigue, sigue, sigue, sigue cabrón! Sigue. (Se

escucha el sonido de un largo orgasmo de ella)

Abraham: ¿Otro?

Nora: (Todavía con placer) Sí, el cuarto.

Abraham se sienta en la cama y enciende la lámpara. Mira la hora en su reloj.

Nora: ¿Qué pasa?

Abraham: Llevamos aquí dos horas.

Nora: ¿Quién piensa en el tiempo?

Abraham: Por eso: para mí son como quince minutos.

Nora: ¿Otro? No hay quinto malo…

Abraham: Déjame recuperarme.

Nora: Pobres de ustedes, se vienen una vez y quedan inhabilitados.

Abraham: No necesito venirme para sentir rico.

Nora: Eso está chido. Hay hombres obsesionados con venirse, como si fuera lo

único importante.

Abraham: Hay mujeres obsesionadas con venirse, yo conozco a una.

Nora: ¡Ahora que puedo!

Abraham: ¿En casa te descuidan?

Nora: ¿Y a ti?

Abraham: Yo pregunté primero.

Ella hace un breve silencio.

Nora: Ya lo sabes.

Abraham: No me canso de escucharlo.

Nora: ¡Y de qué sirve! Cada uno tiene su vida hecha con alguien más.
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Abraham: Eso puede cambiar.

Nora: Tienes dos hijos, cabrón, no digas pendejadas.

Abraham: Pero igual que tú, cojo mal en casa.

Nora: Uno no se casa con quien coge bien.

Abraham: ¿Ah, no?

Nora: Obvio no. Estaríamos casados tú y yo.

Abraham: ¿Entonces con quien se casa uno?

Nora: Dímelo tú.

Abraham: Tú eres la que dijo “obvio no”. No le saques.

Nora: Ya, güey, no te pongas denso: no es sexy.

Abraham: ¿Por qué tronamos? ¡Por qué nunca pensamos en casarnos!

Nora: No sé.

Abraham: Sí lo sabes.

Nora: ¡Que no lo sé! ¡Ya!

Abraham: Porque eres una intolerante.

Nora: ¿Intolerante yo?

Abraham: Ve lo que haces: no te puedo preguntar nada porque estallas.

Nora: ¡Es que no es el momento, cabrón!

Abraham: Nunca es el momento.

Nora: Bueno, ¿qué quieres? ¡Mandamos todo a la chingada y nos casamos y nos

dedicamos a coger todo el día!

Abraham: Estaría padre… pero no estaba hablando de eso..

Nora: ¡A eso van tus preguntas!

Abraham: Lo ves: intolerante.


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Nora: Sí, soy intolerante ante la falta de compromiso. ¿cómo la ves?

Abraham: Ah, eso.

Nora: ¿Te suena?

Abraham: ¿A qué le llamas falta de compromiso? ¿A que la gente no haga

siempre lo que se te pega la gana? ¿A que alguien no siga tus órdenes sin

cuestionar?

Nora: ¡Ya cabrón! ¡Basta!

Abraham: Intolerante.

Nora: ¡Falto de compromiso!

Abraham: Por eso no nos casamos.

Nora: Por eso.

Abraham: Ella no cree que le huyo al compromiso.

Nora: (Ríe) Tal vez porque no sabe que coges conmigo.

Abraham: ¡Cabrona! ¿Y él no cree que seas intolerante?

Nora: Le gusta que yo lleve la batuta.

Abraham: Pero no te coge como yo.

Nora: Pero me obedece.

Abraham: ¿Si le ordenas que te de cuatro orgasmos casi al hilo, te obedecerá?

Nora: Lo intentará.

Abraham: ¿Lo hará?

Nora: Ya sabes que no, cabrón.

Abraham: Es cierto, uno no se casa con quien coge bien.

Nora: ¿Por qué lo dices?

Abraham: Sería un pendejo: dejaría de coger bien.


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Nora: Me gusta tu filosofía. ¿El quinto?

Abraham: Y el sexto si quieres, cabrona intolerante.

Nora: Ya veremos si cumples tus compromisos.

Comienzan de nuevo a hacer el amor.

8. Cecilia: Enamorada

Ella lo despide con un beso largo, él sale del sitio. Ella lo hace volver para besarlo

de nuevo. Él la besa y le señala su reloj diciéndole que se le hace tarde. Sale. Ella

se queda sola en el cuarto.

Cecilia: ¿Qué hago aquí? ¿Qué hago yo aquí? (Se arroja a la cama y la huele,

después cierra los ojos. Ser ríe nerviosamente) ¿Por qué tengo que sentir esto?

Ya estoy desesperada. Lo siento junto a mí, en mi piel y al mismo tiempo está

lejos y lo extraño. Quiero que vuelva, que sea mañana, que el tiempo no exista,

que nos quedemos pegados uno al otro, que nos demos un beso largo, largo que

nos ahogue despacito hasta morirnos. ¿Y si no vuelve? ¡Claro que va a volver!

¡Me ama, me ama!

¿Me debería sentir culpable? Yo no lo busqué, jamás me pasó por la mente ser

infiel, nunca miré a nadie. Siempre he sido de una sola pieza… a veces hasta el

ridículo. Pero apareció allí y me convertí en un manojo de nervios, de rubor en la

cara, de sudores incontrolables y un solo pensamiento obsesivo: es él. Él y nadie

más. Siento que abrí los ojos, que el aire me entra a los pulmones, que estoy

cubierta de piel, toda yo soy piel.


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Nunca antes sentí esto, nunca estuve enamorada, lo que sentí por Andrés no era

amor, era, amistad, apego, cariño, pero no amor. Se lo tengo que decir. No voy a

soportar mirarlo a la cara. Es mejor que seguirlo engañando. Él tampoco me

quiere, no así con esa pasión como la que vivo ahora. Lo de él es… no sé, no sé,

cada quien debe hacerse cargo de sus sentimientos y yo sólo sé que no lo amo.

Lo quiero pero no lo amo. Si él me dijera que encontró el amor no podría culparlo.

¿No es para lo que uno vive? ¿No es lo único que vale la pena en la vida? ¿Por lo

único que uno moriría con una sonrisa en los labios?

Debí decírselo antes, lo sé, pero… no lo hice y ya no puedo aguantar más. Siento

que voy a reventar, tengo ganas de gritar lo que siento, no me puedo quedar

callada., quiero gritarle al mundo lo que siento y que me juzguen si quieren, que mi

miren con desaprobación. No me importa. Lo amo, lo amo.

Ser infiel por amor no es ser infiel. Es todo lo contrario: honradez, fidelidad a sí

misma, al amado, al amor.

9. Susana y Genaro. Recuperar el primer amor.

Ambos se encuentran en espacios indefinidos y separados en los que realizan su

propio fluir de pensamiento. Sólo hasta que se encuentran y reconocen toman

posesión o “entran” en el espacio de cuarto de hotel.

Susana: Ella está aburrida, muy aburrida. Lleva 15 años viviendo bajo ese mismo

techo, encargada del hogar y sus problemas, la comida y sus problemas, los hijos

y sus problemas, el marido y sus problemas. Él se ha vuelto insoportable, grosero,

sucio, lleno de mañas. En un tipo que pasa por la casa y la ensucia, que no es
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capaz de mirar el suelo que pisa y que se echa a sus anchas en todos los

espacios que encuentra y los reclama como suyos. Es una bestia territorial que ha

olvidado lo que posee o para qué lo posee, pero tiene el terrible instinto de gruñir a

quien se acerque a su territorio. Ella no es capaz de imaginarse cómo se pudo

enamorar de este tipo, cómo pudo apasionarse por esa piltrafa iracunda en la que

se ha convertido.

Genaro: Él está cansado, es un cansancio enraizado en el fondo del alma, no se

quita por más horas de sueño que se le dediquen. No cede a diversiones, viajes,

lecturas, películas. Lo de él es un estado de agotamiento permanente. La mejor

forma de pasar el tiempo es seguir la rutina y no pensar. A veces le asalta una

pequeña inquietud que lo revive: ¿Qué habrá sido de Susana, su noviecita de

juventud? ¿Sería su vida distinta si se hubiera casado con ella?

Ella: “¿Esto es todo?”, se pregunta. “¿Es esto de lo que se trata la vida? ¿Ya

terminé?”, se dice mientras por las noches se pone cremas antiarrugas y se habla

a sí misma frente al espejo. Si tan sólo él fuera más comprensivo, si tuviera la

gentileza de poner la ropa en su lugar, de hablarle sin gritar, de dejarla en paz y no

atiborrarla con órdenes. Sí, él ha sido el mayor error de su vida. Debió hacerle

caso a Genaro, su noviecito de infancia. ¿Qué habrá pasado con Genaro? Si los

padres de ambos no se hubieran dado cuenta y hubieran hecho tamaño alboroto.

Él: Él recuerda el cuerpo de Susana, la cama de Susana, las paredes llenas de

pósters de ídolos juveniles, los discos de acetato. Las frotaciones interminables y


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las mil maneras que hay para darse placer cuando uno tiene casi todo prohibido.

¿Por qué nunca llegaron al final? ¿Habrían llegado al final si no los hubieran

encontrado esa tarde?

Ella: Fui una estúpida. Debí defenderme con más ahínco, gritar, patalear,

escaparme por la ventana. Pero no lo hice. Mi madre tenía poder sobre mí. Ella

ordenaba algo y yo sabía que debía obedecer. ¿Por qué? ¿De dónde salía ese

poder que tenía sobre mí? Que sigue teniendo. La única manera de salir de su

alcance fue huir, irme lejos, a donde no pudiera llegar su poder. ¡Mira que fui tonta!

Debí haber llegado al final con Genaro. Ahora al menos tendría ese hermoso

recuerdo.

Se descubren el uno al otro, se miran primero con extrañeza, después con

sorpresa, gusto y, al final, con tristeza.

Él: Susana.

Ella: Genaro.

Se tocan como dos ciegos se tocarían para reconocerse. Habitan por primera vez

el espacio del cuarto de hotel y lo hacen como si fuesen dos adolescentes.

Él: ¿Qué habría pasado si…?

Ella: Imposible saberlo.

Él: Susana…
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Ella: ¿Sí?

Él: Quiero cambiar ese recuerdo.

Ella: ¿Cómo?

Él: Quiero cambiarlo, y en vez de recordar eso, lo que pasó, o más bien, lo que no

pasó, quiero recordarte en mis brazos.

Ella: Estoy casada. Una hija.

Él: Yo también. Dos hijos.

Hay un silencio incómodo.

Ella: ¿Servirá? ¿Se pueden de verdad cambiar los recuerdos?

Él: Claro que sí. Esta és la prueba.

Se miran fijamente y prosiguen con sus palabras, aunque ahora comunicándose

uno con la otra.

Ella: Ella se acercó a él y besó sus labios, unos labios extraños, otros labios, pero

los mismos.

Él: Él toco un cuerpo robustecido por los años, sus caderas anchas, sus pechos

grandes. Era otra, pero la misma, reconoció el olor de la quinceañera que seguía

viviendo en ella.

Ella: Susana pensó que eso no era infidelidad, porque no era sino algo que debió

ocurrir en el pasado.

Él: Genaro se dijo que eso era justicia divina porque el destino le dio una segunda

oportunidad para cumplir lo que quedó inconcluso.

Ella: Y sí, ambos cambiaron el recuerdo por uno mejor.


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10. Jessica y Fernando. Enfiestados

En la cama yacen dos personas. Las sábanas están desordenadas, hay ropa

regada por el suelo. Ella tiene el sueño inquieto, poco a poco se incorpora y, a

oscuras, tantea a su alrededor. Con la mano busca la lámpara del buró, tira los

objetos que se encuentran sobre éste, consigue encender la lámpara y al hacerlo

se queda petrificada con lo que ve. Se da cuenta de que está desnuda y busca su

ropa. Después intenta saber quién está junto a ella, para lo que tiene que mover la

cabeza de su acompañante. Al hacerlo, él se despierta.

Fernando: ¿Qué onda?

Jessica: ¿Qué pasó aquí?

Fernando: ¿De qué?

Jessica: No mames, estamos en un pinche cuarto, en una cama, encuerados.

Fernando: (Repara en su desnudez, pero no le importa) No sé güey, creo que

todavía estoy medio pedo.

Jessica: (Lo sacude) ¿Qué me diste?

Fernando: No me jales güey, eso es rudeza innecesaria. ¡Arbitro!

Jessica: No estoy jugando.

Fernando: Habla despacito, me duele la cabeza.

Jessica: ¿Qué pasó ojete? ¿Qué hago yo aquí contigo?

Fernando: No soy tu mamá, güey.


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Ella le jala los cabellos, él la empuja para quitársela de encima. Ella regresa y le

da golpes en la cabeza. Él sólo acierta a cubrirse. Cuando ella se cansa recoge

toda su ropa y comienza a vestirse. Él hace lo mismo.

Fernando: ¡Pinche loca!

Jessica: Chinga a tu madre.

Fernando: Botellita de jerez.

Jessica: Soy una pendeja, una verdadera pendeja, ¡cómo pude terminar aquí

contigo! ¡Cuidado se lo cuentas a.. alguien porque donde te vea te parto la madre!

Fernando: Todos vieron que te fuiste conmigo.

Jessica: ¡No mames!

Fernando: Sí mamo, y te consta.

Jessica: Chinga tu madre.

Fernando: Chinga la tuya.

Jessica: Algo me diste ojete, algo me pusiste en la copa porque yo jamás me

habría venido a un hotel contigo.

Fernando: Yo no te di nada güey, no me culpes de tu mala copa.

Jessica: ¿Quién me vio salir contigo?

Fernando: Todos.

Jessica: ¿Quién es todos?

Fernando: Erika, Claudia, Maritza, Pepe, Jonathan.

Jessica: ¡Jonathan! Ese cabrón es un chismoso, a esta hora ya le dijo a mi güey.

Fernando: ¿No que te valía madres?

Jessica: ¿De dónde sacas eso?


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Fernando: Eso me dijiste cuando te pregunté si estabas segura. (La imita) “Me

vale madres lo que diga cualquier pinche hombre.”

Jessica: Yo no dije eso.

Fernando: ¿Y por qué te voy a mentir?

Jessica: Por cabrón que eres nomás. Algo me diste y ahora te haces pendejo.

¿Cómo es que no me acuerdo de nada?

Fernando: ¿Será porque empezaste a empedarte desde la hora de la comida? ¿O

por las pastas que te echaste según tú para bajarte la peda?

Jessica: (Miente) Yo no hago esas cosas.

Fernando: Güey, todos lo vieron. ¡Eres la más atascada de todos!

Jessica: Mentira.

Fernando: ¿A quién quieres engañar? Te conozco desde la prepa.

Jessica: ¿Cogimos?

Fernando: No, güey. Nomás nos quitamos los calzones para dormir más cómodos.

Jessica: Chinga tu madre.

Fernando: Chinga la tuya. Ya bájale, nadie tiene porqué decir nada. Nos vieron

salir juntos pero nada más.

Jessica: ¿Pero por qué tuve que salirme contigo? Con tu pinche fama.

Fernando: ¡Con la tuya, güey! Y ya párale de mentarme la madre. Vámonos.

Jessica: ¿A dónde?

Fernando: Cada quien a su casa.

Jessica: No me puedo ir así.

Fernando: Yo ya me voy güey, estoy crudísimo, quiero llegar a cambiarme.

Jessica: (Lo detiene) No te vayas. ¡Cabrón!


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Fernando: ¿Qué? ¿De pronto te enamoraste de mi?

Jessica: (Muy tranquila) Chinga tu madre.

Fernando: (Tranquilo) Chinga la tuya. ¿Qué quieres?

Jessica: ¿Qué le voy a decir?

Fernando: Ése es tu pedo.

Jessica: No seas ojete. No llegué en toda la noche, ve cómo estoy, apesto a

alcohol y… ¿usamos condón?

Fernando: Es como bañarse con impermeable, no chingues.

Jessica: ¡No mames! Podría quedar embarazada o haberme contagiado de algo.

Fernando: Yo ya decidí que voy a morir joven.

Jessica: Pinche irresponsable de mierda. Chinga tu madre.

Fernando: ¿Y tú qué? ¿No estabas aquí? Chinga la tuya.

Él intenta irse, ella lo detiene de nuevo.

Jessica: Ayúdame.

Fernando: ¿Cómo?

Jessica: ¿Qué hago, qué le digo?

Fernando: ¿La verdad?

Jessica: No estoy jugando.

Fernando: ¿A ti te gustaría que te mintieran?

Jessica: No, pero… depende… este caso es distinto.

Fernando: ¿Quieres que le mienta a mi cuate?

Jessica: ¿Prefieres decirle que te acostaste con su vieja?

Fernando: A mi me da igual.
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Jessica: ¿Qué hago? Llámale, dile que te fuiste a seguirla, solo, y que te quedaste

preocupado por mí, que me fui en un taxi.

Fernando: ¡Va a creer que te secuestraron!

Jessica: Prefiero eso. ¡Ándale! Llámalo, así tengo tiempo para pensar en algo.

Fernando: ¡Claro que no!

Jessica: Llámalo, güey. (Amenazante) No me conoces… cuando se me meten

malas ideas soy cabrona.

Fernando: ¡Ay sí! Muy mala. (Lo piensa) Va, pero si algo pasa le diré toda la

verdad.

Jessica: Nada va a pasar.

Él toma su celular y llama.

Fernando: ¿Pancho? ¿Qué onda? Te extrañamos ayer en la fiesta, se puso poca

madre. Todos güey, nomás faltaste tú. Sí, la chamba es sagrada. Oye, es que…

me salí como a las tres y dejé a Jessica en un taxi, de sitio claro, y nomás llamaba

para saber si llegó bien… es que en tu casa nadie contesta. (Se hace un silencio

largo) Ah, ¡órale! ¿A cuál? ¿Al Golden Dreams? Sí, puras Rumanas y Argentinas.

¡Poca madre, cabrón! ¿Cuánto toda la noche? ¡Te rayaste cabrón! (Silencio largo)

¿Y lo creerá? Por mí no hay bronca, ya sabes. Me salí a las tres, o sea que todo

tiene lógica. Sale. No hay pedo. ¡Cuándo te he fallado! ¡Órale, bye! (Cuelga)

Jessica observa a Fernando intrigada, él esboza una sonrisa cínica.

Jessica: ¡Dónde está el ojete!

Fernando: Conmigo.

Jessica: ¿Cómo que contigo? No me quieras ver la cara de pendeja.


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Fernando: Es que… ya ves como me dan las depresiones… le llamé como a las

tres y le pedí que me fuera a rescatar porque me sentía súper mal, ya ves que

hace poquito terminé con Lucía, y él es muy buen amigo. Por eso no ha llegado a

casa, está asegurándose de que no me suicide o algo así. Es que… me pongo

bien loco, me da por tomar pastas, cruzarme, tú sabes.

Jessica: ¡Que chingue a su madre!

Fernando: ¡Que la chingue!

Jessica se alista para salir del sitio, él la detiene poco antes de que abra la puerta.

Jessica: ¿Qué güey?

Fernando: Todos somos infieles, acéptalo.

Jessica: Chinga tu madre.

Fernando: Chinga la tuya.

Ambos salen del sitio.

Oscuro y FIN.
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