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Una aproximación a los
consumos
problemáticos de La
Prevención
sustancias.
Módulo 2
Módulo 1
Módulo 2
La prevencion
Para reflexionar: ¿Qué es la prevención? ¿Cuál es su fin? ¿Qué queremos prevenir?
¿Quiénes pueden prevenir? ¿Cuáles son las estrategias para conseguirlo?
Desde que los consumos de sustancias comenzaron a entenderse como un problema
social, los abordajes para prevenirlos han sido diversos y variados. Históricamente se
han diseñado estrategias de prevención de acuerdo con el modo en que se concibe la
problemática de las drogas, por lo tanto, se trata de estrategias que parten de un enfoque
específico respecto de la temática. Al mismo tiempo, estas miradas tienen una estrecha
relación con los distintos modelos de abordaje, que si bien se pueden identificar
períodos en los que estos abordajes tuvieron mayor aprobación y difusión, son modelos
que aun en la actualidad siguen vigentes y conviven.
Fue la Dra. Helen Nowlis quien describió algunos de estos modelos en una ponencia
presentada en 1975 ante la UNESCO con el nombre de “La verdad sobre la droga”.
Modelo ético jurídico
Este modelo establece una clasificación de las sustancias en legales e ilegales, más allá
de su composición farmacológica. Está centrado en la sustancia y enfatiza las medidas
legales y penales, referidas a las sustancias prohibidas. Como “la droga” se concibe bajo
el prisma del delito, el modelo lleva a la criminalización y a la estigmatización de las
personas que toman contacto con esas sustancias, independientemente de su uso.
El eje de explicación de las adicciones se ubica en las sustancias psicoactivas ilegales,
sobre las que recaerá el nombre de drogas. Desde este enfoque se considera que el
agente causal de la adicción es “la droga”. Cualquier uso de sustancias es considerado
una adicción, ya que no se distinguen distintos modos de vinculación de los sujetos con
las sustancias (uso, abuso y dependencia). De esta concepción surge el discurso de la
droga como “flagelo”. La estrategia del modelo ético-jurídico se dirige a la reducción de
la oferta de sustancias ilegales mediante su penalización y a la reducción de la demanda
por medio de la criminalización de las personas consumidoras quienes son
estigmatizadas y tratadas como delincuentes. Podemos recordar campañas de
prevención basadas en la disuasión por medio del miedo, donde se apela a la voluntad
individual para decir “no” a las drogas.
Este modelo establece una clasificación de las sustancias en legales e ilegales, más allá
de su composición farmacológica. Está centrado en la sustancia y enfatiza las medidas
legales y penales, referidas a las sustancias prohibidas. Como “la droga” se concibe bajo
el prisma del delito, el modelo lleva a la criminalización y a la estigmatización de las
personas que toman contacto con esas sustancias, independientemente de su uso.
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El eje de explicación de las adicciones se ubica en las sustancias psicoactivas ilegales,
sobre las que recaerá el nombre de drogas. Desde este enfoque se considera que el
agente causal de la adicción es “la droga”. Cualquier uso de sustancias es considerado
una adicción, ya que no se distinguen distintos modos de vinculación de los sujetos con
las sustancias (uso, abuso y dependencia). De esta concepción surge el discurso de la
droga como “flagelo”. La estrategia del modelo ético-jurídico se dirige a la reducción de
la oferta de sustancias ilegales mediante su penalización y a la reducción de la demanda
por medio de la criminalización de las personas consumidoras quienes son
estigmatizadas y tratadas como delincuentes. Podemos recordar campañas de
prevención basadas en la disuasión por medio del miedo, donde se apela a la voluntad
individual para decir “no” a las drogas.
Modelo médico sanitario
Este modelo considera a las adicciones como una enfermedad y al adicto como un
enfermo. Ubica a las sustancias psicoactivas como agentes causales de adicción,
concebidas a la manera de un virus que infecta el organismo y que es indispensable
extirpar, en donde el sujeto queda en una posición pasiva y situado en el lugar del
huésped infectado. Por último, se concibe el contexto como el ambiente inmediato en el
que se encuentra la persona. En este modelo el uso de drogas debe prevenirse como un
problema de sanidad pública, al igual que cualquier enfermedad infecciosa. La
estrategia se dirige a la reducción de la demanda mediante la prevención específica,
evitando el consumo de sustancias tanto legales como ilegales y privilegiando la
abstinencia como condición. Las acciones más usuales en materia preventiva son
charlas de especialistas en drogas.
En cuanto al tratamiento, la única posibilidad es el aislamiento. Si la persona no se aísla
contagia y a su vez tiene que estar lejos de lo que la enfermó, para poder sanar. El
modelo sigue estos pasos con respecto a la persona que consume: identificación,
aislamiento y posible expulsión.
Existen algunas representaciones sociales muy arraigadas en la comunidad, a las que
podemos asociar a las concepciones que enmarca este modelo, como la idea de que el
problema está en “la junta” (las personas que lo pueden “contagiar”). Otra expresión de
este modelo la encontramos en eslóganes tales como “la droga mata” y en discursos en
los que se sostiene que es “la droga” la que entra en una ciudad (o es introducida por
inmigrantes) e infecta a sus habitantes.
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Tanto el ético jurídico como el médico sanitario son los modelos que contribuyen a
sostener el paradigma prohibicionista; el primero desde lo legal y el segundo desde la
ciencia. La realidad es que en la práctica constituyen una dupla solidaria donde
confluyen ambas miradas para crear y sostener un paradigma de exclusión, vía cárcel
o sistemas de tratamiento cerrado.
Modelo psico-social
Este enfoque le asigna más importancia a la persona como agente activo en la
formulación del trío sustancia - sujeto - contexto. Los consumos problemáticos son
una manifestación de un conflicto psíquico del sujeto, como efecto de un trastorno
y no de la sustancia en sí y son entendidos básicamente como algo individual.
Este modelo otorga importancia al significado y la función del uso de drogas como
modo de comportamiento. Al poner el acento en la relación de las personas con las
sustancias, se empiezan a conceptualizar las diferentes relaciones, considerando las
categorías de uso, abuso y dependencia. La adicción, se presenta como consecuencia de
trastornos individuales de la conducta, como una forma de satisfacer alguna necesidad
del individuo o de respuesta a un conflicto, que puede ser vincular o familiar. No
distingue entre tipos de drogas, puesto que lo importante es la relación que el individuo
establece con la sustancia.
No olvidemos que este modelo también incluye la palabra “social”, por lo tanto, le
otorga importancia al contexto microsocial entendido como el entorno inmediato (grupo
familiar, amigos y allegados) el cual puede ser generador de tensiones y presiones sobre
la persona afectada. Se sostiene la necesidad de crear más centros de asistencia y
tratamiento incluyendo la modalidad ambulatoria.
En consonancia, la prevención no apunta exclusivamente a evitar el uso de drogas, sino
que incluye estrategias de prevención inespecíficas, promoviendo acciones tendientes al
autocuidado y al mejoramiento de las relaciones interpersonales. Cuando hablamos de
prevención inespecífica nos referimos a una propuesta que, sostiene que para minimizar
el consumo de drogas se debe hacer eje en las situaciones de conflicto individual y/o
colectivos que se asocian a los consumos problemáticos.
La trasmisión de información sobre los efectos nocivos de las drogas deja de ser una
acción primordial para dar paso a propuestas que tiendan a mejorar la comunicación,
reforzar la valoración personal y relacional adquiriendo habilidades para la vida que
favorezcan capacidades para enfrentar el consumo de sustancias, permitiendo la
asunción de nuevos roles y promoviendo ofertas alternativas al consumo.
Modelo sociocultural
Desde la tríada sujeto - contexto - sustancia, este modelo le asigna una importancia
destacada a la conceptualización de lo macro, es decir: el marco histórico, las
circunstancias sociales y las características culturales. Analiza las relaciones que se dan
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con las sustancias y la significación que le otorga este ámbito macro al fenómeno de los
consumos.
En este modelo, la dimensión subjetiva es leída como un mero reflejo de los problemas
sociales, los conflictos psicológicos se ubican como emergentes de condiciones
socioeconómicas y ambientales: pobreza, vivienda inadecuada, vulnerabilidad social,
etc. El modelo sociocultural sitúa el consumo de sustancias psicoactivas como una
característica sintomática y social contemporánea.
Centralmente, apunta a cuestionar las condiciones materiales de existencia que pueden
llevar a los consumos problemáticos. Busca cambiar las condiciones estructurales que
pueden favorecerlos (mejoras laborales, ambientales, habitacionales).
Algunas de las acciones que este enfoque desarrolla son las intervenciones con la
comunidad, tendientes a deconstruir prejuicios sobre las drogas y las personas que la
consumen.
El modelo de abordaje integral comunitario
Hemos dado cuenta de la existencia de diferentes modelos de abordaje de los consumos
de sustancias, reflexionado acerca de las prácticas y dispositivo que cada uno promueve.
Proponemos trabajar desde el modelo de abordaje integral comunitario cuyo enfoque
es relacional, integral y multidimensional. Planteamos poner en el centro a las
personas con sus trayectorias de vida, con sus historias personales y también
colectivas, desde una perspectiva de derechos donde el consumo problemático es
puesto en relación con el contexto económico, político y cultural en el cual se da.
Este modelo de abordaje integral comunitario considera los consumos como procesos
complejos en los que interaccionan las sustancias, las personas y los contextos a partir
del cual se producen los vínculos entre los dos elementos anteriores, atravesados por
dimensiones políticas y culturales. Dicho de otro modo: qué se consume, quién, cómo,
cuándo, dónde y por qué, son variables contempladas en este modelo.
Este modelo de abordaje integral comunitario considera los consumos como procesos
complejos en los que interaccionan las sustancias, las personas y los contextos a partir
del cual se producen los vínculos entre los dos elementos anteriores, atravesados por
dimensiones políticas y culturales. Dicho de otro modo: qué se consume, quién, cómo,
cuándo, dónde y por qué, son variables contempladas en este modelo.
A su vez, este modelo de abordaje le otorga un carácter central al trabajo en red,
entendiendo que no hay una sola institución que pueda intervenir en todos los planos.
En este sentido, las instituciones, las organizaciones de la sociedad civil, los clubes, las
iglesias, son actores territoriales que componen el entramado social y también quienes
participan, junto con el Estado en sus distintos niveles, en la construcción de estrategias
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preventivas y asistenciales. Los consumos varían según el tiempo y el espacio donde se
desarrollan. Considerar la variable temporal es importante teniendo en cuenta que no
hablamos de un tiempo lineal, sino que, contemplando los consumos problemáticos en
el marco de un proceso, este puede tener momentos de detenimiento, reversibilidad,
avances, etc. Al considerar dinámicamente este proceso temporal, podemos pensar en
estrategias que no se trazan de una vez y para siempre, sino que se van repensando a
partir de las diferentes condiciones que presentan las personas.
La temporalidad, nos lleva a repensar una representación social muy frecuente en
relación a las personas con problemáticas de consumos, que es la idea de la cronicidad.
Esta creencia se manifiesta a partir de percibir a quienes consumen dentro de un proceso
que avanza de modo inevitable, hacia un estado de enfermedad crónica en una
trayectoria recta, ascendente y sin retorno.
Un posicionamiento diferente a este es pensar que los consumos expresan una coyuntura
en la vida de las personas que pueden acotarse, variar y superarse. En este sentido, es
apostar a que las situaciones pueden modificarse, trabajando por transformar ese
padecimiento desde un lugar de participación y en la medida de las posibilidades de
cada uno.
Para esto es imprescindible abordar el acompañamiento de las personas a través del
intercambio de saberes, lo que incluye la voz de los consumidores, su red subjetiva, el
aporte interdisciplinario e intersectorial. También comprende a las redes territoriales y
todos los actores comunitarios, desde una dimensión colectiva, implicándolos y
comprometiéndolos en la elaboración de respuestas preventivas y asistenciales. Este
modelo concibe la cultura de los cuidados como la base del abordaje integral.
de la cronicidad. Esta creencia se manifiesta a partir de percibir a quienes consumen
dentro de un proceso que avanza de modo inevitable, hacia un estado de enfermedad
crónica en una trayectoria recta, ascendente y sin retorno.
Un posicionamiento diferente a este es pensar que los consumos expresan una coyuntura
en la vida de las personas que pueden acotarse, variar y superarse. En este sentido, es
apostar a que las situaciones pueden modificarse, trabajando por transformar ese
padecimiento desde un lugar de participación y en la medida de las posibilidades de
cada uno.
Para esto es imprescindible abordar el acompañamiento de las personas a través del
intercambio de saberes, lo que incluye la voz de los consumidores, su red subjetiva, el
aporte interdisciplinario e intersectorial. También comprende a las redes territoriales y
todos los actores comunitarios, desde una dimensión colectiva, implicándolos y
comprometiéndolos en la elaboración de respuestas preventivas y asistenciales. Este
modelo concibe la cultura de los cuidados como la base del abordaje integral.
En síntesis, podemos considerar que el modelo de abordaje integral comunitario
propone ubicar las problemáticas asociadas al consumo de drogas desde la
complejidad que implican el territorio, las personas y sus trayectorias de vida.
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Abordajes Preventivos:
Es crucial considerar la prevención teniendo en cuenta las condiciones epocales,
pensarla situada en nuestro tiempo y en una sociedad que empuja al consumo de todo
tipo, incluyendo el consumo de drogas.
Frente a la problemática del consumo, es necesario diseñar estrategias de prevención y
cuidado conjuntamente desde el Estado, las organizaciones sociales, políticas y
eclesiales, las de la sociedad civil, las de madres y familiares, escuelas, sindicatos,
centros culturales, en suma: todas las instituciones que conforman la comunidad. Las
acciones, entonces, apuntan al fortalecimiento de esas redes existentes para acompañar
la promoción de proyectos personales y colectivos, el acceso a derechos y la inclusión
social.
Prevenir supone conocer el territorio, las causas de las problemáticas que tiene una
comunidad, las representaciones sociales, culturales, económicas y políticas que allí se
dan y a la población que se busca contener y darle participación activa. Pensar y
construir en conjunto nuevas respuestas que permitan otras alternativas al consumo
como único modo o recurso para relacionarse. Es decir, se trata de elaborar tácticas y
acciones de acompañamiento que construyan nuevos sentidos y motivaciones para
desarrollar la vida con autonomía y libertad.
Prevenir no se trata solo de llegar antes, sino de estar ahí. Desde aquí, nos encontramos
con la idea de acompañamiento, de estar presente como Estado, como comunidad
organizada con las instituciones y organizaciones sociales para poder, colectivamente,
interrogarnos sobre cómo queremos vivir, interpelar las representaciones sobre el
consumo y desarrollar las estrategias adecuadas.
El abordaje integral, diferentes poblaciones y ámbitos de
prevención:
Un aspecto importante a tener en cuenta y es que las estrategias de prevención, en sus
diferentes niveles y enfocadas en determinadas poblaciones siempre son
complementarias, ya que el abordaje tanto en prevención como en asistencia de los
consumos es integral e intersectorial.
Una política de prevención debería ofrecer una amplia gama de todos sus elementos
operativos basados en la evidencia, y estar dirigida a la población en general
(prevención universal), pero también intervenciones que favorezcan el apoyo y el
acompañamiento de las personas y comunidades particularmente en riesgo (prevención
selectiva), como así mismo, llegar a las personas que usan sustancias o con algún tipo
de consumo problemático (prevención indicada).
Resulta relevante considerar estrategias de prevención específicas, entendidas como el
conjunto de acciones que se enfocan directamente en el problema de manera explícita,
abordando el consumo de drogas de modo directo.
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Cuando hablamos de prevención inespecífica, nos referimos a las actividades no
relacionadas directamente con el consumo de drogas. Algunas propuestas trabajan en
torno a generar mejores condiciones de vida, el acceso a derechos, al trabajo, la
educación, a las actividades deportivas, la ocupación del tiempo libre, todas ellas
instancias que impulsan el desarrollo de la autonomía en la construcción de un proyecto
individual y colectivo.
Entonces, cuando hablamos de prevención trascendemos ampliamente la idea de salud
individual, para trabajar en un entramado de derechos y responsabilidades compartidas.
La prevención en poblaciones jóvenes:
Es importante recordar que el consumo problemático de sustancias psicoactivas
atraviesa a todas las edades. Cuando hablamos del tema es necesario ubicar los
consumos como un síntoma de la época sin invisibilizar el consumo en adultos. En esta
etapa vital resulta central pensar propuestas de intervención que nos acerquen a las
juventudes, y generar acuerdos entre adultos para cuidar a los jóvenes y no dejarlos
solos con lo que piensan y sienten en relación al consumo.
Para ello, es fundamental que los adultos se sitúen desde una perspectiva que esté libre
de la nostalgia y de la idealización de las generaciones pasadas, entendiendo que los
jóvenes son mucho más parecidos a su época que a la juventud que experimentaron los
adultos. El uso de las tecnologías de la información y la comunicación y los entornos
digitales asociados a ellas son un ejemplo de esta brecha generacional.
En la actualidad, la juventud está asociada al “peligro”, especialmente si se trata de
sectores vulnerados, de algún modo, esta última representación plantea una juventud
amenazante o amenazada. Este tipo de identificación de las juventudes pierde de vista
las diversidades, pero también las desigualdades.
Hablar de la juventud implica advertir la diversidad cultural, social y territorial
en la que se desarrolla y, desde ese lugar, pensar acciones concretas que
acompañen y busquen revertir las desigualdades estructurales.
Si pensamos en actividades preventivas para las juventudes, es fundamental tener en
cuenta cuáles son aquellos lugares donde ellas construyen lazos -escuela, barrio, trabajo,
club, familia, grupo de pares, sistema de salud, recitales, nocturnidad, etc.- y quiénes
son los adultos que los escuchan y cuidan.
Es prioritario trabajar con jóvenes en la construcción de una mirada sobre la prevención,
pensada desde el respeto por los otros y por sí mismos, dando lugar a la expresión, la
palabra, la escucha, la inclusión y la construcción de vínculos saludables que
promuevan la importancia de la participación en las acciones que llevamos adelante.
Además, destacamos la centralidad del cuidado entre pares para abordar estrategias
preventivas respetando los sentidos que las mismas juventudes les asignan a sus modos
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de habitar lo cotidiano. Pensar las juventudes en torno a los malestares que las
atraviesan y cuáles son las respuestas que están encontrando; cómo piensan esas
respuestas, y si son individuales o colectivas.
Para pensar políticas preventivas de los consumos de sustancias es necesario abordar el
tema desde las experiencias y los contextos en los que se encuentran los jóvenes que
acompañamos. Observar cómo transitan y significan su tiempo libre, cuáles son sus
espacios de pertenencia y cómo los ocupan, con qué espacios de participación real
cuentan esas juventudes, y también qué estrategias específicas se les ofrecen
relacionadas a los consumos de sustancias para, de este modo, establecer un diálogo
genuino que permita generar políticas que los involucre como actores fundamentales.
La prevención en distintos ámbitos
El ámbito educativo
En el caso de las escuelas, las situaciones vinculadas al consumo problemático irrumpen
al igual que otro tipo de problemáticas que deben ser abordadas por la institución. Éstas
exceden lo estrictamente pedagógico y ponen en tensión los dispositivos con los que la
escuela desarrolla su tarea cotidiana, y dan cuenta de la necesidad de generar nuevas
respuestas frente a situaciones diversas.
• En el marco del proceso de socialización de los niños, niñas y adolescentes, la
escuela se constituye en un espacio privilegiado para desplegar acciones de
prevención. El desafío radica en poder incorporarlas al contexto educativo y
desarrollarlas desde una mirada pedagógica. La escuela tiene algo para hacer y
decir en torno a esta cuestión. El elemento central en este sentido son los
Lineamientos Curriculares para la Prevención de las Adicciones sancionados
por el
Consejo Federal de Educación (Res. CFE 256/15).
Cuando se piensa en el abordaje de los consumos problemáticos en el ámbito educativo,
no se espera que los docentes asuman el rol de “expertos en adicciones” capaces de
“detectar” situaciones de consumo problemático y resolverlas por sí mismos. Por el
contrario, se trata de encontrar en la institución a adultos disponibles, capaces de
escuchar las preguntas, dudas y necesidades de niños, niñas y adolescentes, articular
con otros y acompañar las trayectorias escolares.
El ámbito laboral
Entendemos al ámbito laboral como nuestro lugar de trabajo en todas sus expresiones,
ya sea que trabajemos en forma independiente o en relación de dependencia, de manera
privada o pública, formal o informal. Si consideramos que el abordaje debe ser
heterogéneo, dinámico y complejo, esto implica considerar la multiplicidad de
escenarios laborales, entendiendo que el contexto donde se desarrollan dichas
actividades no es igual para todos. Es por lo que, a la hora de pensar posibles escenarios
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de intervención, y para realizar un abordaje preventivo con enfoque integral,
proponemos estrategias de prevención diferenciadas según los territorios, sus contextos,
y poblaciones, es decir diferenciadas según los diferentes escenarios laborales, sus
condiciones y medio ambiente de trabajo.
En este sentido, es importante resaltar también que el ámbito laboral puede funcionar de
modo contenedor y ordenador, o ser un espacio hostil que profundiza un malestar o lo
genera.
Así, condiciones y medioambiente de trabajo, se vinculan íntimamente con el contexto
que puede propiciar o no un consumo de sustancias. Discutir las condiciones de
trabajo es también hacer prevención. Cuando hablamos de consumos que se dan en el
ámbito laboral, debemos poder dar cuenta de la complejidad del fenómeno, esto
incluye condiciones de trabajo, tipo de tareas, cantidad de horas dedicadas, si es en
soledad o con otras/os o si se trata de un trabajo repetitivo, entre otras cuestiones a
tener cuenta.
Proponemos la construcción de proyectos integrales preventivos en los lugares
de trabajo.
Para la conformación de una política preventiva en el ámbito laboral, los pasos
sugeridos son:
• Conformación de un equipo operativo de trabajo (dispositivo preventivo laboral):
Creación de un grupo de trabajo de prevención de los consumos problemáticos, con
personas de diferentes áreas de la organización comprometidas con la
implementación de un proyecto preventivo (representantes sindicales y de la
empresa, trabajadores interesados en la propuesta, áreas de RRHH, áreas de salud
laboral). Este grupo de personas organizará, ejecutará y/o coordinará las acciones de
prevención fijadas en el proyecto. Una vez creado este grupo de trabajo, podrán
realizarse acciones para sensibilizar a todos los trabajadores.
• Sensibilización y capacitación: Las sensibilizaciones y capacitaciones se
implementan a partir de instancias sincrónicas de capacitación, tanto de modalidad
virtual como presencial para todos los actores del mundo del trabajo, tanto en
relación a la concepción del problema de los consumos de sustancias, a partir de un
enfoque integral y de derechos humanos, como a la prevención del consumo en el
ámbito laboral.
• Diagnóstico organizacional: Realizar un diagnóstico organizacional o institucional,
implica revisar las políticas y estrategias actuales, y la normativa aplicable; además,
revisar las prácticas existentes; la información que maneja el personal y su
formación, el apoyo y los recursos disponibles, con el objetivo de poder r realizar un
diagnóstico de la situación actual de la organización a través de una encuesta que
tenga en cuenta tanto las condiciones y el medio ambiente de trabajo, como las
representaciones sociales acerca del consumo en el ámbito laboral. Dicho
diagnóstico permite pensar estrategias preventivas acordes y eficaces para cada
organización, tener una buena foto de la realidad, esclarecer las condiciones y
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medio ambiente de trabajo favorables y desfavorables que existen en la
organización laboral.
• Diseño de un proyecto preventivo y un plan de acción:
Implementar un proyecto preventivo de consumos problemáticos, implica el diseño
de una estrategia de abordaje integral de la problemática en el ámbito del trabajo .
El armado de un proyecto preventivo se constituye como el
primer acercamiento a la posibilidad del tratamiento, y en muchos casos constituye una
motivación para el mismo. A la hora de pensar un proyecto preventivo es importante
contemplar el diagnóstico antes mencionado, una fundamentación, las alternativas de
abordaje y los objetivos y las acciones que se quieren implementar.
• Monitoreo y evaluación: Esta etapa incluye el seguimiento de la consecución de los
objetivos operativos, el cumplimiento del cronograma y la aplicación del protocolo
de evaluación de resultados.
Los contextos de encierro
Cuando hablamos de contextos de encierro, consideramos necesario poder trabajar
desde una perspectiva integral y participativa, considerando a todos los actores que
intervienen, sea de manera directa o indirecta. Además de las personas en conflicto con
la ley penal, que incluye: personas que están o han estado privadas de su libertad, que se
encuentran con o sin condena y en cualquiera de las modalidades de cumplimiento de la
pena que dispone la Ley de Ejecución Penal nro. 24.660 (Prisión Preventiva,
Discontinua, Domiciliaria, Semilibertad, Libertad Asistida, Libertad Condicional,
Cumplimiento de Pena), debemos tener en cuenta a todas las personas atravesadas
por los contextos de encierro, considerando a los trabajadores, asistentes, personal de
seguridad, docentes, talleristas y familiares, entre otros.
No olvidemos que el ambiente carcelario implica una vida de conexión tal que, aun
quienes tienen la posibilidad de ir a su casa, o sea los empleados del sistema, dada su
función suelen tener características ligadas a ese ámbito, persistiendo en sus
condicionamientos.
Lo que prima en estos contextos es la regulación de la vida cotidiana estructurada en
rutinas esquemáticas, que muchas veces neutralizan a las personas a partir de
políticas penitenciarias bajo un régimen de control de tiempos y espacios de
circulación y recreación, donde las normas establecen pautas y actividades prohibidas
y permitidas, tiempos de ocio o tiempo muerto, y que se erigen como herramientas
para la gobernabilidad intramuros.
En muchas ocasiones, se asiste a la prescripción de sustancias farmacológicas por parte
de los profesionales de la salud del servicio penitenciario, que responde en algunos
casos a demandas de las personas y otras veces es un modo de mantener el “orden”
establecido. En este sentido, los efectos de los fármacos ayudarían a “pasar los días de
las personas detenidas a otra velocidad” o atravesados con la supuesta reducción del
padecimiento propio del contexto. La persona privada de libertad experimenta el vacío
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y muchas veces, la ausencia de propuestas en un espacio con esas características, el
consumo se vuelve una alternativa posible, que permite “pasar el tiempo” y la
“abstracción mental” adquiriendo así un alto valor como mercancía de intercambio,
siendo una lógica propia y específica del mismo.
A la hora de pensar estrategias de prevención, se visibiliza la potencia del trabajo
intersectorial e interministerial, basado en el sostenimiento de actividades que
fortalezcan el cuidado integral de quienes se encuentran detenidos, garantizando el
acceso a tratamientos, a servicios de salud, educación y a mantener una relación con sus
familias.
Teniendo en cuenta que el paso por la cárcel deja huellas indelebles en las personas que
la transitan, es importante poder identificar cada una de las etapas que atraviesan. En
este sentido, si se pone el foco en la persona (más que en el contexto de encierro) se
puede pensar en términos del proceso que vivencian las personas, que contiene
diferentes momentos: la instancia del encierro y la etapa postpenitenciaria.
Desde esta óptica, se puede pensar una línea más abarcativa e interesante de abordaje
integral de cuidados, para facilitar el acceso a derechos de las personas atravesadas
por los contextos de encierro con consumo problemático de sustancias.
Asimismo, correr el foco de los ámbitos carcelarios posibilita ampliar el universo a las
personas que se encuentran en conflicto con la ley penal, que no necesariamente han
atravesado una experiencia de encierro.
Hasta aquí hicimos un recorrido por diferentes ámbitos para poder pensar desde la
especificidad de cada uno, posibles estrategias preventivas. El consumo de sustancias
psicoactivas está invisibilizado en las mujeres y cuando piden ayuda lo hacen para
otros y en muy menor medida para sí mismas (recordemos que de cada diez personas
que llaman al 141, siete son mujeres que se comunican para pedir ayuda para sus
familiares u otras personas).
Algunas de las causas las encontramos en el doble estigma que pesa sobre ellas: por
ser mujeres se las culpa por consumir y porque esto es incompatible con los
mandatos hegemónicos que las ubican en el lugar del cuidado a otras personas. El
consumo de los varones, en cambio, está muchas veces naturalizado, asociado
incluso a estereotipos de género de la masculinidad hegemónica, que lo ubican como
deseable, vinculado a la “cultura del aguante”, a rituales de iniciación y a la
agresividad. A su vez es importante no perder la oportunidad de complejizar los
diversos tipos de violencias que sufren las mujeres y el colectivo LGBTI+.
Los consumos problemáticos son, en general, socialmente entendidos como una
problemática de varones. El consumo de sustancias, muchas veces, es parte de la
construcción de identidad masculina dominante, en tanto está vinculado a los roles
tradicionalmente asignados a los varones y sus mandatos (ejercicio del poder, asunción
de riesgos, conductas agresivas y violentas para tramitar emociones).
En definitiva, el género condiciona nuestras prácticas de consumo, como así también las
estrategias que se implementan para su abordaje. Su centralidad radica en poder
interpelar las prácticas y estereotipos de género en torno a las situaciones de consumo,
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tanto problemático como no, siendo una mirada indispensable para el diseño e
implementación de formas de intervención y cuidado.
Consumos digitales y apuestas en línea
Nos encontramos frente al desarrollo de un fenómeno social, como signo de época,
vinculado a los consumos digitales que, por su gran expansión, está generando una
mirada social que indaga y requiere orientaciones para comprenderla.
Dentro de este escenario se identifica el desarrollo de una problemática que involucra la
participación de niños, niñas y adolescentes en apuestas en entornos digitales -o
apuestas en línea- y juegos electrónicos (que incluyen dinámicas de monetización como
parte de ellos).
Para analizar este emergente, proponemos continuar con el modelo de abordaje integral
de los consumos problemáticos y desde ese enfoque pensar la especificidad en torno a
las apuestas en línea; situar las nuevas prácticas de consumos originadas en los procesos
de digitalización de la vida cotidiana (vincularidad, socialización, trabajo, ocio,
entretenimiento, recreación, divertimento, formación, etc.), como objeto de intervención
de una política de cuidado integral de la salud. Observamos que se señala especialmente
a niños, niñas y adolescentes como protagonistas de la población en riesgo, y las
apuestas online -sean deportivas o de casino- como el caso más urgente y preocupante.
Los entornos digitales y las dinámicas de consumo propias de esos entornos, ponen a la
persona en un entramado en el que el juego, la digitalización de la vida cotidiana, la
monetización del ocio, la industria del entretenimiento, la mediación algorítmica, la
hiperestimulación, la hiperconectividad, el extractivismo de datos, la difusión de valores
asociados al éxito veloz y a la competitividad por las ganancias; convergen no sólo en
nuevas dinámicas de consumos, sino también en tipos de vínculos y rasgos
problemáticos para la salud y el bienestar de las personas y las comunidades.
De acuerdo con el modelo de abordaje en cuestión, ponemos en el centro del análisis las
trayectorias vitales de las personas que usan tecnologías digitales, concibiéndolas dentro
de una trama socio-comunitaria situada y atravesada por una multiplicidad de
dimensiones de vida que se interseccionan e interactúan.
Este posicionamiento procura recuperar, restituir y promover el derecho a jugar que
tienen los niños y adolescentes en primer lugar, y la población adulta en general, como
parte de un ejercicio lúdico que otorgue vitalidad a los procesos de construcción
subjetiva, comunitaria, cultural y de ciudadanía. Para ello resulta inexorable
problematizar la indistinción naturalizada entre juego, apuesta y consumo que
notamos entre los diversos enunciados, pronunciamientos y perspectivas que pretenden
intervenir sobre la temática.
Siguiendo con estas indagaciones, una de las primeras dificultades de esta temática es
cómo y desde dónde enunciarla. Nos situamos desde una mirada crítica que considera
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que el problema no es el juego ni la acción de jugar, sino la confusión vigente entre
jugar y apostar, entre jugar y consumir.
Por ejemplo, al ver a una persona desplegando una escena lúdica, o sea,
alguien que está jugando ¿diríamos que está enferma, padece o sufre?
Creemos necesario invertir el planteo y considerar que lo que nos provoca
padecimiento, lo que nos hace sufrir, lo que nos lastima, lo que nos duele es
no tener dónde ni con quiénes jugar, estar forzados a vivir, cada vez más, una
vida sin territorios lúdicos, sin derecho a jugar. No se trata de que no podamos
parar de jugar, sino de la situación contraria: cada vez jugamos menos y
apostamos más, y consumimos más.
Desde un enfoque integral, y en el marco histórico de la expansión acelerada de la
cultura digital, nos importa pensar cuándo y cómo el juego deja de ser un juego, para
pasar a ser un problema de consumo, y de qué manera inciden los entornos digitales en
la producción de este fenómeno.
Hacemos referencia a las formas de usar las tecnologías en las que la interacción de los
elementos -persona, tecnologías, contexto- puede devenir o no en un problema, de
acuerdo al tipo de vínculo que las personas establezcan con las tecnologías y de acuerdo
también al contexto en el que se da esa relación, pudiendo afectar la salud de forma
esporádica o transitoria.
Por eso es clave poder leer la heterogeneidad de estos usos en función de la relación
que las personas tienen con la tecnología y de qué manera afecta su salud.
Desde una mirada integral podemos afirmar que las tecnologías no son ni buenas ni
malas en sí mismas, sin embargo, los entornos digitales, son territorios donde se
disputan intereses y conflictos, y que suponen determinados principios y valores, y
jerarquizan algunos modos de ser por sobre otros. Para corrernos de perspectivas
apocalípticas o de aquellas que contemplan una integración acrítica de la tecnología a
nuestras vidas, es que ponemos el foco en las relaciones que tenemos con la tecnología
desde una mirada consciente.
Por otro lado, se vuelve necesario rastrear la dimensión política de esta problemática, es
decir, transformar en algo común, lo que usualmente se describe desde problemáticas
individuales. Cuando los consumos se transforman en un problema, trascienden el
ámbito personal convirtiéndose
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en una problemática social, por eso es que debe ser tratado como un tema de salud
pública.
Esto nos advierte sobre la tendencia a patologizar aquellas prácticas arraigadas en una
época, por lo tanto, sobre el término “ludopatía” podemos decir que responsabiliza al
sujeto excluyendo la posibilidad de una mirada social y contextual.
Es decir que, para abordar el problema de los consumos digitales es necesario
entenderlos como un malestar general de esta época que nos exige construir nuevos
marcos regulatorios y nuevas estrategias de prevención y abordaje en los entornos
digitales que nos permitan cuidar a las personas que lo habitan.
En este sentido, el abordaje toma como ejes la corresponsabilidad y la
intersectorialidad, fomentando la colaboración entre el sector salud y otros ámbitos.
Desde este encuadre, se pueden implementar estrategias efectivas para la identificación
temprana de problemas y ofrecer intervenciones adecuadas, promoviendo así un trabajo
más participativo y centrado en las necesidades de la comunidad. En conjunto, estos
enfoques son esenciales para desarrollar un sistema de abordaje que no solo trate los
síntomas del consumo problemático, sino que también aborde sus causas subyacentes y
promueva la inclusión social, garantizando el bienestar integral de las personas.
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