En una parrillada de un fin de semana, como cualquier otra, entre amigos de la universidad, se
celebraba el pase de ciclo con la típica reunión donde los compañeros de curso festejaban.
Entre risas, bromas y el aroma de la carne asada, un desconocido se colaba entre la multitud,
como suele suceder en estas reuniones. Y ahí estaba él, en medio de desconocidos, hablando
solo con los pocos conocidos que tenía.
Entre el bullicio, la vio. Una chica completamente desconocida, con una mirada tierna y tímida
a la vez. Su rostro enrojecido por el calor o quizá por la vergüenza captó su atención. Se
preguntó: ¿quién es ella?
Ella estaba en la cocina, preparando los platos para la carne, cuando sus miradas se cruzaron.
Por un instante, pareció frágil y dulce, pero en un segundo su expresión cambió. Le lanzó una
mirada gélida, casi desafiante, como si quisiera decirle: "¿Qué putas me ves?" Sintió cómo su
corazón dio un vuelco y, sin saber por qué, se alejó rápidamente.
El resto de la tarde transcurrió con esa sensación latente. No podía sacársela de la mente.
Finalmente, reunió el valor y se acercó. Le preguntó su nombre entre risas nerviosas.
Conversaron sobre sus carreras: ella estudiaba medicina y él, psicología. Aquel encuentro
quedó grabado en su memoria.
A la mañana siguiente, despertó con una extraña sensación de arrepentimiento. Se dio cuenta
de que no había pedido su número y, peor aún, había olvidado su nombre. Durante días, e
incluso meses, intentó buscarla en redes sociales, revisando etiquetas y comentarios en las
fotos de la fiesta, pero era como si el universo lo desafiara a esforzarse más.
Finalmente, recurrió a su amiga Yadira. —Oye, ¿te acuerdas de tu amiga que estudia medicina?
Yadira levantó una ceja con picardía. —¿Te refieres a Samira? ¿Por qué preguntas?
Dudó por un momento, pero finalmente soltó la verdad: —Ella me llamó la atención… ¿Podrías
pasarme su número?
Yadira sonrió y respondió: —Espera, le voy a preguntar si te lo puedo pasar.
Minutos después, su teléfono vibró. Era un mensaje con su contacto. Respiró hondo y escribió:
“Hola, no sé si me recuerdas, pero nos vimos en la parrillada…”
Las primeras conversaciones con Samira fueron tímidas, llenas de silencios incómodos donde
ambos buscaban las palabras adecuadas. Pero, poco a poco, la comunicación fluyó con
naturalidad. Una noche, en medio de una de esas charlas interminables, ella lo sorprendió con
una propuesta inesperada: —Oye, ¿juegas PUBG?
Con confianza respondió que sí. Ella sonrió y dijo: —Descárgatelo y jugamos juntos.
Así comenzó una nueva etapa entre ellos. Lo que antes eran mensajes esporádicos se
transformó en largas partidas, horas de risas, bromas y estrategias fallidas. Entre juego y juego,
su conexión creció. Sin darse cuenta, Samira se convirtió en su “Dua”, la amiga especial Samilis
como se hacía llamar en el juego, quien compartía cada momento.
Con el tiempo, sus conversaciones se volvieron más profundas. Hablaban de todo: miedos,
sueños, frustraciones. Ella le contaba lo difícil que era estudiar medicina y cómo, en ocasiones,
sentía que el mundo la sobrepasaba. Él le confiaba los temores que ocultaba tras su aparente
tranquilidad. Entre consejos y bromas, se molestaban mutuamente, creando un vínculo único.
La química entre ellos aumentaba con cada conversación. Sus indirectas eran señales claras de
que algo más estaba surgiendo. Pero él, aferrado a la resistencia, nunca le confesó lo que
sentía. En cambio, observaba la bandeja de entrada de su teléfono con una sonrisa cada vez
que veía su nombre reflejado en la pantalla.
Y así, sin darse cuenta, estaban construyendo algo especial…
Una noche, mientras conversaban como de costumbre, Samira cambió el rumbo de la
conversación. —Oye, dime algo… ¿cómo sería tu cita perfecta?
Él sonrió, sorprendido por la pregunta. Se tomó un momento para pensar y respondió: —Creo
que sería algo sencillo. Tal vez una cena tranquila, una caminata por la ciudad de noche o
incluso pasar el rato viendo películas. Lo importante no es el lugar, sino la compañía.
Ella río suavemente. —Eso suena lindo. ¿Y cómo te gustan las chicas?
Él sintió un leve nerviosismo ante la pregunta, pero decidió ser sincero. —Me gustan las chicas
que sean auténticas, con quienes pueda hablar de cualquier cosa sin sentirme juzgado. Que
tengan sus propias metas y sueños, pero que también disfruten de las pequeñas cosas de la
vida.
Samira guardó silencio por un momento y luego comentó con tono juguetón: —Vaya, parece
que tienes expectativas altas…
Él río. —No lo sé, solo quiero a alguien con quien pueda ser yo mismo.
Las indirectas continuaban, y con cada una, el lazo entre ellos se hacía más fuerte. Lo que
comenzó como una amistad basada en juegos y conversaciones nocturnas estaba
evolucionando en algo más profundo, más real. Y aunque ninguno de los dos lo decía en voz
alta, ambos lo sentían: estaban acercándose al punto donde ya no podrían negar lo que estaba
ocurriendo entre ellos.
Con cada historia que él subía a sus redes, lanzaba una indirecta para que ella se diera cuenta
de su interés. No era casualidad que los mensajes entre ellos se hicieran cada vez más
constantes, ni que la idea de verla en persona se convirtiera en lo único que realmente
deseaba. Cada palabra suya, cada respuesta, iba derrumbando ese muro que había construido
por miedo o, tal vez, por la falta de confianza en abrir su corazón.
Por su parte, Samira no se quedaba atrás. Respondía a sus historias con un toque de coquetería
y picardía, dejando entrever que también le interesaba. Comentaba sus fotos con frases
ambiguas, acompañadas de emojis sugerentes, como si jugara con la idea de acercarse más a él
sin dar el primer paso abiertamente.
—¿Y adónde tan guapo? —le escribió un día, respondiendo a una foto donde él salía elegante
—Donde decía: "¡Qué elegancia la de Francia, qué belleza la de Grecia y qué finura la de
Honduras!" Y yo aquí, mirando la foto de mi tentación con si fuera un chocolate, reservando
para algo más dulce... como un beso
—él sonrió, pero no sabía qué responder al ver el mensaje.
Miró fijamente la pantalla y, con un tono juguetón, pensó en voz alta: "Uy, ¿y ahora qué le
digo?". Era la primera vez que se sentía tan nervioso. Con la voz temblorosa y un ligero
tartamudeo, respondió el mensaje de ella con un audio:
—Eh, eh… e-este… ay, y-ya… yaaa… ya m-meee… me e-emocioné…
Ella no tardó en responder:
—Vaya, ya te pusiste nervioso. Me gusta ponerte nervioso y escucharte cuando te trabas las
palabras.
Las indirectas continuaban y, con cada una, el lazo entre ellos se hacía más fuerte. Lo que
comenzó como una amistad basada en juegos y conversaciones nocturnas estaba
evolucionando en algo más profundo, más real. Y aunque ninguno de los dos lo decía en voz
alta, ambos lo sentían: estaban acercándose al punto en el que ya no podrían negar lo que
estaba ocurriendo entre ellos.
Con el paso de los días, Samira comenzó a abrirse emocionalmente. Le contó sobre sus
experiencias pasadas en el amor, sobre cómo muchas veces sintió que solo la buscaban para
salir a beber y divertirse, pero nunca para algo serio. Le confesó que, hasta el momento, no
había tenido su primera relación sexual y que, aunque no sabía mucho sobre el tema, había
aprendido algunas cosas gracias a sus amigas.
Él la escuchaba con atención, respondiendo con un tono empático y cariñoso. No la juzgaba ni
la presionaba, solo estaba ahí, brindándole el espacio para hablar con libertad. En esos
momentos, la confianza entre ellos se hacía cada vez más fuerte, y con cada palabra
compartida, el vínculo se volvía aún más irrompible.
Al pasar los días, en una madrugada, ella mencionó que sí podrían hablar por llamada, a lo que
él contestó que sí, muy emocionado por escuchar esa voz cálida que, hasta el mismo frío del
Ártico, se disiparía entre esa llamada. Risas y preguntas muy raras que él le hacía a ella
llenaban la conversación, hasta que algo cambió con una pregunta que ella hizo:
—¿Crees en el amor?
Él, con un tono medio nervioso y triste, con su garganta a punto de estallar y una voz suave,
respondió:
—No, porque las chicas se interesan por el físico. Si eres alto y tienes pinta, te voltean a ver;
pero si eres pequeño y no eres muy pintoso, no te paran bola. Por eso no creo en nada ni en
nadie. Más aún por los engaños que existen. Por eso no creo… —afirmó, agregando que le
hubiera gustado vivir en los años 40 y 50, cuando el amor se construía a través de cartas
escritas a mano.
Hubo un silencio. Sus ojos comenzaron a ponerse brillosos, y la voz de ella se hizo más
pequeña. Con un suspiro leve y lento, respondió:
—No digas eso, que me pongo triste...
Los días pasaron y él comenzó a notar algo diferente dentro de sí mismo. Cada vez que hablaba
con Samira, una sensación extraña lo invadía, como un hormigueo recorriendo su cuerpo. Se
dio cuenta de que empezaba a sentir algo más por ella; por más que intentaba negra lo que
estaba empezando a sentir, repitiendo la típica frase,
—solo es una amiga, ella te ve como una amistad, te estas ilusionando
Negando y evitando sentir un sentimiento por ella; por mas que el intentaba lo podía dejar de
pensar en ella
— Y ella en el
Ambos formaron un vínculo, uno que ya no solo se basaba en la amistad, era algo profundo,
algo que lo hacía sonreír sin razón y esperar ansioso cada mensaje suyo. Y aunque aún no se
atrevía a admitirlo en voz alta, en su corazón lo sabía: estaba enamorándose de Samira.
Con el paso del tiempo, la química entre ellos se hacía más fuerte, más evidente. Los
sentimientos crecían sin que pudieran ignorarlo. Fue entonces cuando él comenzó a abrirse, a
contarle todo lo que había estado reteniendo. Le habló de sus miedos, de sus inseguridades, de
sus errores del pasado. No sabía exactamente por qué, pero con ella se sentía seguro, como si
cada palabra que dijera estuviera protegida dentro de su vínculo.
Samira, por su parte, también comenzó a compartir más sobre su vida. Le contó sobre sus
experiencias en el amor, sobre cómo nunca había sentido que alguien la quisiera de verdad.
Confesó que, en el pasado, sintió que solo la utilizaban, que hasta el momento no había tenido
su primera relación sexual y que, aunque no sabía mucho sobre el tema, sus amigas le habían
contado algunas cosas. Él la escuchó con atención, con un tono empático y cariñoso,
asegurándole que no había prisa para nada, que ella tenía derecho a vivir las cosas a su propio
ritmo.
Y así, con cada conversación, con cada confesión, sus corazones seguían acercándose más y
más.
Hasta llegar al punto donde un 13 de septiembre de 2022, él, al terminar de sustentar su tesis y
al recibir su nota de egresado, publicó una historia. A lo que ella respondió que se alegraba
mucho y se sentía feliz por ver que la persona que quiere y aprecia está cumpliendo sus metas
y sueños. Él, al ver ese mensaje, se emocionó, su corazón latía al 100, no sabía qué hacer, pero
una sonrisa se le dibujaba. A lo que él contestó ese mensaje:
—Ooww, gracias, Samilis. Me costó mucho, pero al final se logró. Sabes que gracias a ti y a lo
que me decías, que no me rindiera y que siga luchando por mis sueños, pude llegar a donde
estoy. Había días que ya quería renunciar, pero gracias a tus palabras y tu apoyo, ahora ya soy
psicólogo.
Ella respondió: —Sabía que lo lograrías, tuve toda la fe en que sí pasabas tu sustentación. Sigue
así, usando sus dos nombres, aunque a él no le gustaba que le dijesen de esa manera, se
acostumbró a que ella lo llamara así.
Él, sin darse cuenta, empezó a pensar mucho en ella. Todos los días esperaba con ansias un
mensaje suyo, y cada vez que lo recibía, se ponía feliz. En su mente, ella siempre estaba
presente en todo momento.
Finalmente, llegó ese día que lo cambiaría todo: el 14 de octubre de 2022. Días antes...
Aún con la emoción a flor de piel por haber aprobado su tesis, navegando por los lares del
internet, recibió un correo donde ya constaba como un profesional. Contento y feliz, escribió
rápidamente a Samira para contarle sobre su registro, como tantas veces solía compartirle lo
que le ocurría en el día.
Al cabo de un minuto, ella respondió de manera muy alegre y sorprendida, diciendo:
—¡Oh, oh! Ahora sí eres todo un psicólogo.
Él, feliz y emocionado, exclamó:
—¡Siuuu! Ahora a buscar trabajo.
La conversación siguió de manera normal, como todas las que solían tener.
Al día siguiente, recibió un mensaje donde le preguntaban si quería participar en la ceremonia
de graduación, a lo que él asintió con la cabeza y respondió que sí.
Así, el 14 de octubre finalmente llegó. Aquel día marcaría un antes y un después en su vida...
Muy emocionado por su ceremonia de graduación, asistió acompañado solo de su madre.
Mientras la ceremonia transcurría, él esperaba ansioso recibir su título. Al escuchar su nombre,
con la emoción que lo caracterizaba, subió al podio, pero al caminar tropezó. Sin embargo, no
llegó a caerse. Al finalizar la ceremonia, las fotos y las felicitaciones no se hicieron esperar. Él
aguardaba un mensaje de ella y, finalmente, llegó ese mensaje que lo cambiaría todo: una
felicitación donde ya no solo se reflejaba una amistad, sino también un sentimiento de ella
hacia él.
La tarde transcurría con normalidad hasta que un nuevo mensaje lo cambió todo. En él, ella
aceptaba la salida que él tanto había esperado. Emocionado por verla por primera vez, contaba
los segundos para que llegara la hora de ir a su encuentro.
Con el paso del tiempo, finalmente llegó el momento. Él fue por ella. Justo ese día, después de
una tarde muy soleada, de esas que provocan tomar una cerveza bien fría, comenzó a lloviznar.
Las calles, de repente, se oscurecieron y el granizo pintó el suelo de blanco. Allí estaba ella, con
su paraguas negro, esperando en la calle a que él llegara.
Finalmente, él llegó en una camioneta gris y la esperó. Ella, sin pensarlo, corrió hacia el auto y
subió con su mirada tímida, irradiando dulzura. Con solo verla, los dos supieron que aquel
encuentro era especial. Ella estaba sonrojada, tímida, con las manos temblorosas y una sonrisa
encantadora, tan mágica que hasta la misma lluvia parecía cesar para admirar su delicadeza.
Él, al verla, sonrió, y ella le devolvió la sonrisa. Al percatarse de que estaba nerviosa, exclamó:
—¿Por qué estás rojita? ¿Estás nerviosa?
Ella respondió con un tono suave y sutil:
—No es que esté nerviosa... es que hace mucho calor —dijo, agitando sus manos como si
fueran un abanico.
Luego, suspiró y exclamó:
—Es que aquí hace mucho calor, y más porque está lloviendo.
Sin darse cuenta, él ya había notado que realmente estaba nerviosa y que sus manos le
temblaban.
Al cabo de un rato, ella preguntó si podía poner música, a lo que él, con una sonrisa, asintió y
respondió:
—¡Claro que sí!
Y comenzaron a escuchar todo tipo de música. Poco a poco, ella se sintió más cómoda. No
faltaron las risas ni las bromas de ella hacia él.
La noche no se hizo esperar y él preguntó si tenía ganas de comer algo en específico, a lo que
ella respondió:
—Te voy a llevar a conocer un lugar donde sé que venden unos ricos chuzos (pinchos).
Él exclamó con felicidad:
—Amooo esos chuzos.
Y tomaron rumbo al puesto de los chuzos. Una vez llegando al destino, ella, un poco nerviosa y
con timidez, le dijo que tenía ganas de ir al baño. Él, como todo un caballero, mencionó:
—Vamos al Monte Bianco.
Ahí él preguntó por pasteles con chocolate mientras ella se dirigía al baño. Con toda la
delicadeza y una sonrisa, ella le dijo:
—Gracias.
Una vez que salieron del local, fueron a retirar sus pedidos del puesto de chuzos. Una vez
retirada la comida, los dos subieron y emprendieron un recorrido hacia un mirador. Aquel lugar
lo cambió todo.
Mientras estaban en ese recorrido, ella hacía preguntas sobre sus experiencias en relaciones
pasadas.
Él, firme, con un tono suave, respondió:
—Tuve una relación que casi duró un año. Por diferencias o quizá por falta de comunicación,
nunca nos entendimos. Ella tenía desconfianza en mí y, cuando salía con mi primo, se ponía
celosa y se molestaba.
A lo que ella respondió:
—Por algo, ¿no crees, que se ponía así de celosa?
Él, con la paciencia que lo caracterizaba, contestó:
—Te voy a contar la verdad... Sabes, con la chica con la que estuve hace cinco años sí tuve una
relación, pero la verdad yo no estaba enamorado. Estaba con ella, sí, pero jamás le fui infiel. Tal
vez ella sí o tal vez no, quién sabe... Pero lo que sí te puedo decir con toda la confianza y
sinceridad es que, en el tiempo que estuvimos juntos, no la engañé. Siempre fui fiel a mis
principios y valores. Pero la relación terminó. Yo estaba en mi primer ciclo en la universidad y
ella a punto de salir del colegio. Todo fue una bomba de tiempo que explotó, y al final se
terminó. Yo asumí el papel del malo. Desde entonces, no he estado en una relación.
Ella suspiró, muy empática y comprensiva, y respondió:
—Me imagino cómo debiste haber pasado esos meses... Pero dime, si no la querías, ¿por qué
estabas con ella? Se supone que, para estar en una relación, debes sentir algo por la otra
persona. No entiendo por qué estabas con esa chica si no sentías nada.
Él, por un momento, se quedó en silencio, tragó saliva y le contó:
—No sabía lo que hacía en ese momento. Era un joven de 19 años que no sabía qué quería.
Pero de esas experiencias aprendí a ser una mejor persona, a ser un mejor hombre que ahora
sabe lo que quiere.
Ella, con un tono suave, dijo:
—Espero que esa sea la verdad... Lo que a mí no me gusta es que me mientan.
Al llegar a ese mirador, desde donde se podían admirar las luces de toda la ciudad, empezaron
a notar algo especial. Los dos hablaron de muchas cosas, románticas y no tan románticas. Cabe
mencionar que los dos usan lentes. Él, en ese momento, se quitó los lentes y ella, en un tono
burlón, dijo:
—Ponte los lentes, que te ves muy ojón sin ellos.
Él, con un tono cálido y coqueto, respondió:
—Es para verte mejor... ¡Grrraaaww! —agitando la mano como un león.
Ella no paraba de reír por las tonterías que él decía.
Mientras el tiempo transcurría, ella, de manera chistosa y coqueta, dijo:
—¿Y si nos besamos para romper el hielo?
Esa frase lo cambió todo. Mientras los dos se miraban fijamente, ella le tomó las manos y
ambos conversaban sobre cómo sería una relación perfecta...
A lo que los dos comentaban, que las relaciones actuales se basan más en las salidas a tomar,
puro WhatsApp. Lo que los dos mencionaron: "¿Te imaginas vivir donde las personas se
enamoraban a puras cartas hechas a mano, donde el romanticismo era muy lindo?" Mientras,
las manos de él y de ella se acercaban mutuamente hasta llegar a entrelazarse el uno con el
otro.
Mientras ella sostenía la mano de él, hizo una pregunta: —¿Cómo te sentiste al momento de tu
graduación?
Él, con una voz suave, muy delicada y entrecortada, respondió: —Fue muy rara, pero lo malo es
que mi papá no estaba en mi graduación. Me hubiese encantado que él hubiera podido estar
ahí, pero no estuvo. Está internado ya casi un mes.
Él, con los ojos brillosos y ella con el corazón de pollo chiquito, respondió y dijo: —No te
pongas así.
Respondió ella con un tono suave, donde las miradas de los dos se cruzaron y con el impulso de
darse su primer beso, pero algo pasó. Un guardia les pidió que se retiraran de ahí, a lo que él
dijo: —Disculpe, mi body, ya nos retiramos.
Mientras él manejaba, ella seguía poniendo música y cantando a todo pulmón, hasta que llegó
a la casa de ella. Las ganas de que el tiempo se congelara era lo único que él esperaba. Se
miraron fijamente, pero el beso nunca ocurrió. En ese momento, él se dio cuenta de que era
ella, la chica con la que quería formar una relación especial. Ese día 14, ese bendito y maldito
día, quedaría grabado en su mente.
Al momento que él se regresaba a casa, ella mandó un mensaje donde decía: —Gracias por esa
salida, me encantó verte después de un año. Me gustó mucho.
Él respondió: —Gracias a ti por aceptar mi salida, me encantó verte, me gustó salir contigo. Ten
una linda noche, descansa.
Al día siguiente, él despertó con una sonrisa muy agradable y una felicidad inmensa. Le escribió
un "buenos días" y empezaron a hablar de una manera muy romántica, como si los dos
estuvieran comenzando a formar una relación. Las palabras bonitas iban y venían.
Ese mismo día, ya en la noche, ella y él empezaron a jugar parchís. Ella ganaba todas las
partidas y él decía: —Haces trampa, haces trampa.
Ya cuando no querían jugar, empezaron a platicar de cómo se conocieron, a lo que ella dijo: —
Cuando me viste por primera vez, ¿qué pensaste?
Él respondió: —¿Quién es esa chica guapa con las mejillas coloradas, con una mirada que te va
a mandar a la casita de buena aventura?
Ella dijo: —Sí, porque muchos me estaban viendo.
Él dijo: —Sí, es que me llamaste la atención y cuando pusiste tu cara de enojada, salí corriendo
por miedo.
Ella se rio y dijo: —Sí —respondió con una carcajada—. Yo dije: "¿Qué le pasa a ese chico? Es
raro". Me reí porque saliste corriendo y yo pensé: "Es que tenía miedo de que me mandaras al
miércoles".
Ella, con un tono molestoso, dijo: —Si te hubiera pegado una buena hablada...
Mientras la conversación fluía, en un momento ella mencionó que estaba empezando a sentir
cosas por un chico que comenzó a describir y eran las mismas características que él tenía. Y ella
preguntó: —¿Hay alguna chica que te guste o de la que estés enamorado?
A lo que él dijo que sí: —Ella es única, una chica que no se rinde, ha pasado por momentos
muy difíciles. Cuando está nerviosa, dice que es porque tiene calor y se pone muy colorada.
Ambos se daban muchas indirectas, hasta que llegaron al punto de abrir sus corazones y
confesar sus sentimientos. Ella, al principio, dudaba de que el chico que le gustaba quisiera
algo serio con ella, a lo que él contestó: —Sabes, él se muere por estar contigo. Eres la única
que pasea en su mente. Créeme que si le das la oportunidad, él te va a valorar mucho y te va a
dar un amor verdadero, basado en la confianza. Él sí te va a querer mucho, porque siente un
sentimiento fuerte por ti.
A lo que ella respondió: —Yo solo quiero que él siempre me diga la verdad, que no me falle.
Algunas cosas que me ha dicho siento que no son verdad, pero intento creerle. Sé que ha
pasado por cosas malas, no quiero salir lastimada. Solo quiero que me lo prometa, que no me
va a dejar cuando las cosas se pongan difíciles.
Él dijo con una voz muy suave y delicada: —Sabes, él no te va a hacer daño. Te quiere de una
forma que nadie sabe, porque nunca había experimentado esta sensación de un primer amor.
Solo quiere demostrarte que eres especial para él, algo que ha venido haciendo.
Ella respondió: —Sí, es verdad, lo reconozco, pero no quiero sentirme presionada. Solo quiero
un amor bonito.
A lo que él dijo: —No me importa cuántos días pasen, meses... Él siempre te va a esperar.
Ella respondió: —Lo sé, sé que él me va a esperar, sé que es un chico muy lindo conmigo.
Créeme, si él me promete que no me va a fallar ni hacer daño, yo me arriesgo con él.
Él, con una voz tímida y un suspiro, le dijo: —Créeme, él no te va a hacer daño, va a estar
contigo y te va a esperar.
Ella respondió: —Le voy a dar la segunda oportunidad, porque sé que él se lo merece.
Él respondió: —Gracias, no te voy a defraudar.
Ella respondió: —Espero que no lo hagas, por favor.