EN EL DESIERTO
El ciclo liberal de postguerra, que se representó bajo las formas del mito
popperiano de la sociedad abierta, terminó hace mucho tiempo. El viraje
que se anuncia y no se ha producido todavía, pese a los muchos signos de
su próximo advenimiento, será profundamente doloroso. Habrá quien lo
conciba como una traición a los principios de aquella sociedad abierta,
habrá quien lo conciba como conclusión natural de los mismos principios. En
cualquier caso, habrá que buscar bajo la sombría tormenta la simiente de un
mundo nuevo.
En el entreacto el dictador venezolano escupe sobre las urnas. Tan
aplaudido por el de la ceja y su discípulo aventajado que recuerdan, sin
empacho, que ganó muchas elecciones… siempre antes de perder la última
sobre la que vierten un ominoso manto de silencio. No quieren recordar que
muchos de sus denostados dictadores de otro tiempo también las ganaron,
incluso las ganaron todas.
Ganaron también más de una guerra, como habría que ganar una guerra
para echar al usurpador. ¿Cómo podrían olvidar algo así todos los que
asumen que la guerra es el último criterio de legitimidad y la política
únicamente su continuación idéntica? No debiera sorprendernos que se
anuncien truenos marciales tras las décadas de neoliberalismo posthistórico
que siguieron a la última gran victoria, la victoria en la larga guerra fría.
Asumida esa posición de la guerra como principio de legitimidad, la lucha
por la hegemonía en la opinión no tiene otro objetivo que alistar afines para
el frente de batalla. La opinión se disfraza de verdad y la verdad se arrastra
escarnecida y violada. Se habla sin empacho de “batalla cultural” porque
sabemos que hoy la verdad se difunde por otros medios que su propia luz.
La verdad se construye a través del dominio de las redes sociales y los
medios de comunicación, de la educación y la prensa, de la determinación
de la historia o de su sistemático olvido. Se ha programado y ejecutado la
demolición de la disciplina académica mientras se extendía el poderoso
sistema tecnocientífico como si fuera autosuficiente: como si de su actividad
emanara espontáneamente la única filosofía válida. El progreso tecno-
económico se presenta independiente y sustantivo, al margen de toda
estructura filosófica o humanística capaz de definirlo y acotarlo. En el mismo
orden de cosas, ninguna institución es capaz de someter a una razón de
Estado que busca alianzas continentales como medio de ejecución de
proyectos de depredación planetaria.
No admitimos ninguna fuente independiente de la verdad, ningún criterio
indudable de realidad. No admitimos ningún sentido inviolable en el curso
de un mundo que definen los vencedores. Todos parecen dispuestos a
vencer o a morir en una guerra sin mañana.
Todos salvo esta Europa que parece, más bien, haber concedido su propia
aniquilación como expiación de unas culpas arcanas, tan entrañadas en su
historia que la hacen irrecuperable. Esa civilización cristiana y patriarcal –
dicen los necios – no tiene otra solución que su disolución. Doblamos la
cerviz y clamamos por un pronto degüello que expíe la culpa
asombrosamente manifiesta en la misma existencia de los degolladores. No
son ellos los responsables de nuestra ejecución, sino que es esa vieja
Europa – dispuesta a morir – la responsable de la acción que sobre ella se
realiza. Nuestros asesinos no son responsables, nosotros los creamos y su
acción ejecutora limpia nuestra culpa. Los buenos europeos son los que
contribuyen a su propia negación, los buenos europeos se reducen a las
fuerzas del autoproclamado frente antifascista.
Hay algunos movimientos de respuesta que, si no triunfan, otorgan al
menos una dignidad al viejo estilo. Moriremos de pie y clamando sobre la
roca firme de la verdad, con la esperanza de que no asfixie nuestra voz la
muchedumbre de larvas que amenazan la vieja condición humana. Vendrán
tiempos muy oscuros, pero conservamos la esperanza de que bajo esa larga
sombra se conserve el eco audible de la voz que defiende la vieja Europa.
La vieja Europa en cuyo seno se definió verdaderamente el elemento
inamovible de la realidad humana. El resto es sólo progreso interminable
hacia la nada.