Capítulo 3.
Capítulo 3.
Tratamiento
4.1. Objetivos
Las metas del psicoanálisis se resumen en dos famosas frases de Freud que definen los
objetivos de trabajo tal y como los entiende en dos periodos diferentes de su teorización:
«Hacer consciente lo inconsciente» (Breuer y Freud, 1895) y «donde era el Ello sea el
Yo» (Freud, 1920). La cuestión es que el psicoanálisis aspira a que la persona se dé
cuenta de que los síntomas que experimenta en la actualidad son causados por un
conflicto no resuelto de su pasado que está reprimido en el inconsciente.
Lo deseable es que se produzca un insight que permita que la persona entienda sus
propias reacciones desde otra perspectiva. El resultado esperado es que los conflictos se
disuelvan y se desactiven las defensas para que desaparezcan los síntomas. Se busca que
las personas aumenten el conocimiento que tienen de sí mismas y superen sus conflictos,
para que tengan un funcionamiento más adaptado, una forma más satisfactoria de
enfrentar sus problemas y de relacionarse con otras personas. Sin embargo, no es
esperable que todos los conflictos se resuelvan definitivamente, el triste objetivo que
Freud sugiere en sus Estudios sobre la histeria es únicamente: convertir la miseria
histérica en infelicidad común (Breuer y Freud, 1895).
4.2. Técnicas
En un capítulo inicial se discutió que lo que entendemos como técnicas posee en realidad
una naturaleza diferente en cada modelo de psicoterapia. Las técnicas psicoanalíticas son
destrezas que el terapeuta maneja y aplica durante todo el tratamiento, más que
herramientas específicas para utilizar en una sesión concreta. Para hacer más fácil la
comprensión voy a diferenciar entre:
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ningún tipo de apoyo al paciente ni responder a sus demandas. Y solo hará comentarios
cuando llegue el momento oportuno de aclarar o interpretar la información que recibe. El
terapeuta es un espejo en el que el usuario se refleja, pero no está como persona, «no
deja ver quién es». Es una posición difícil para un clínico, de ahí que para hacer
psicoanálisis se requiera que el propio terapeuta haga un análisis didáctico y resuelva sus
propios conflictos para evitar que estos interfieran durante la situación terapéutica.
El terapeuta debe prestar atención a todo el material, sin privilegiar ningún tipo de
información. Es la contrapartida a la técnica de asociación libre, que más tarde se
explicará. El analista debe dejar funcionar libremente su propia actividad inconsciente,
suspendiendo sus censuras, para no dar especial relevancia a algunas informaciones del
paciente en función de sus propias inhibiciones. Debe mantener en mente todas las
informaciones que recibe del cliente esperando que en algún momento le den la pista que
le ayude a encontrar las relaciones entre el pasado y el presente, entre el material
consciente que se le ofrece y las represiones inconscientes que debe descubrir.
Para encontrar una entrada al material inconsciente, el terapeuta obtiene información a
partir de tres tipos de fuentes: la asociación libre, el análisis de la transferencia y el
análisis de la resistencia.
La consigna para el cliente es que puede decir cualquier cosa que se le venga a la mente,
no importa lo trivial, ridícula o dolorosa que le parezca. Tampoco importa el contenido
de lo que hablen: pueden ser sensaciones, o recuerdos, fantasías, pensamientos o
comentarios sobre el propio análisis. Cuanto más espontánea y libre sea la conversación
del cliente menos sujeta a censuras estará. Y más fácil será que el terapeuta descubra en
ese material los significados que producen ansiedad y las defensas que evidencian la
presencia de represiones. Otra posibilidad es asociar a partir de un elemento dado: una
palabra, un número, una imagen o un sueño (Laplanche y Pontallis, 1967).
El terapeuta, respetando la regla de la abstinencia y manteniendo una atención
flotante, va observando y aprendiendo cómo funciona la mente de su paciente. Va
descubriendo sus defensas contra la ansiedad real o temida y va estableciendo posibles
relaciones entre lo que observa y el contenido que se oculta en el inconsciente del
individuo. Cualquier información puede ser relevante en este proceso, y algunas de las
demostraciones de la existencia del inconsciente que antes adelanté pueden ser
especialmente interesantes: el contenido de los sueños, los lapsus linguae, los actos
fallidos.
La interpretación de los sueños merece una mención especial en este apartado. Para
Freud (1900) los sueños son la vía regia de acceso al inconsciente. Es fácil entender por
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qué. Cuando dormimos los mecanismos de defensa están menos activos, por lo que en
nuestra actividad onírica se cuelan con mayor facilidad deseos inconscientes, miedos o
necesidades. Eso sí, todavía deformados por la acción de las defensas, así que los deseos
se expresan a través de símbolos.
El contenido manifiesto del sueño es lo que el paciente recuerda («caía por un
precipicio que parecía no tener fin»). El contenido latente es lo que significan los
símbolos que aparecen en el sueño. El trabajo del terapeuta consiste en buscar en el
contenido latente las pistas que le lleven al entendimiento de los deseos inconscientes de
su paciente. Para ello, solicita que le cuente todo lo que le viene a la cabeza en relación
con algunos contenidos concretos de sus sueños. Un terapeuta, después de analizar
minuciosamente toda la información con su cliente, podría interpretar el sueño del
ejemplo anterior como: «Te sientes desvalido, necesitas encontrar el apoyo y la base que
hasta ahora nadie ha sabido darte».
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fenómeno contratransferencial. Este tipo de reacciones del clínico evidencian sus propios
deseos inconscientes y pueden ser peligrosas para el tratamiento; pero también
beneficiosas si el terapeuta aprende a controlarlas y saca la información útil que hay en
ellas. De ahí la importancia que tiene para el terapeuta conocerse, a fin de ser capaz de
administrar las propias reacciones, uno de los objetivos fundamentales del análisis
didáctico, la terapia que todos los psicoanalistas hacen como parte de su proceso de
formación.
4.2.6. La interpretación
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ello, el terapeuta busca el significado subyacente a los temas aparentemente triviales que
el cliente introduce en sesión, a la relación que establece con él o a las resistencias que
localiza en su conversación. Interpretar supone que el terapeuta deduce el significado
latente de todos esos comportamientos y se lo comunica al cliente para tratar de explicar
su experiencia actual. La técnica se usa para que la paciente entienda los motivos
inconscientes de su conducta presente; o, lo que es lo mismo, para que comprenda que lo
que le ocurre en la actualidad está determinado por sus experiencias pasadas.
El concepto, según Laplanche y Pontalis (1967), proviene de la época en que Freud
basaba gran parte de su intervención en la interpretación de los significados de los
sueños. Pero Freud amplía la utilización de la idea trasladándola a todos los materiales
que son objeto de análisis.
Una interpretación puede ser un comentario puntual con el que la terapeuta informa
sobre el significado posible de un material aportado por el cliente: «Creo que el niño
desvalido que aparece en su sueño es usted mismo». O puede ser una intervención más
elaborada en la que la psicoanalista vincula el presente del paciente con los motivos
inconscientes, buscando siempre dar un sentido nuevo al síntoma desde la propia historia
de la persona. En cualquier caso, el objeto de interpretar es buscar el insight y este no
tiene por qué ser algo puntual; es más bien un proceso continuo en el que las
interpretaciones de la terapeuta ayudan a que el paciente vaya elaborando poco a poco la
información y ampliando su campo de conciencia.
Veamos un ejemplo de este tipo de intervenciones. Una interpretación relativa a la
transferencia tendrá habitualmente tres componentes: una referencia a la relación que el
cliente tiene con el terapeuta; una comparación con la forma que el analizado tiene de
relacionarse en la actualidad con otras personas; y, por último, una explicación del
sentido que todo ello tiene atribuyéndolo a un conflicto relacional no resuelto del pasado
(Messer y Gurman, 2011). Un ejemplo de interpretación:
Puedo notar su enfado cada vez que digo algo para intentar ayudarle. Ya hemos hablado de lo mucho que le
molesta que su mujer o sus amigos intenten echarle una mano para vencer su tristeza. Da la impresión de que
usted se empeña en que todos nos comportemos con usted de la misma forma en que su padre lo hizo en el
pasado, abandonándole a su suerte para que se hiciera duro a pesar de que solo era un niño. Pareciera como si
quisiera convencernos a todos de que no necesita a nadie, de la misma forma que trató de hacerlo con él en el
pasado, sin conseguirlo.
Las interpretaciones pueden estar dirigidas a las defensas: «Tengo la sensación de que le
molesta mucho la falta de implicación de sus hermanos en el cuidado de su padre, les
echa a ellos la culpa de su estado y, sin embargo, usted también está bastante despegado
de él» (el terapeuta interpreta una proyección de la culpa). Pero las interpretaciones más
profundas van dirigidas a los impulsos inconscientes: «Tal vez no está dispuesto a cuidar
de su padre porque él no hizo lo propio con usted durante su niñez, cuando su madre
murió. Usted era el pequeño y necesitaba más que nadie de sus cuidados y parece que no
se lo ha perdonado». La norma a la hora de interpretar es ir de lo más superficial (las
defensas) a lo más profundo (los impulsos inconscientes).
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Interpretar es una práctica arriesgada y Freud se dio cuenta de ello enseguida y así lo
expuso en su artículo «Sobre el psicoanálisis silvestre» (1910). En él hacía referencia al
riesgo de que cualquier persona con unos conocimientos mínimos de psicoanálisis se
dedicara a interpretar el significado oculto de la conducta de otros. Efectivamente,
interpretar implica ir mucho más allá de lo observable, y solo puede hacerlo con garantía
un terapeuta con una sólida formación teórica en psicoanálisis, que además haya pasado
por un análisis didáctico en el que haya puesto en orden su propia actividad inconsciente.
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ocurrir muchas cosas, y los contratos terapéuticos tratan de prever las más importantes.
El propio Freud, en Esquema de psicoanálisis (1938), explica el proceso terapéutico
como una alianza del terapeuta con el Yo debilitado del paciente, para frenar las
exigencias del Ello y las demandas morales del Superyó. La cuestión es que en la
intervención psicoanalítica no hay un proceso claro, una persona y su analista se
encuentran para realizar un trabajo que ninguno de los dos sabe cuánto tiempo va a
durar. Hay dos fases más diferenciadas, la apertura y la terminación, y luego una fase
intermedia en la que se realiza el grueso del trabajo. Para explicarlo Freud lo comparaba
con el juego de ajedrez: hay estrategias de apertura y un final claro, pero no hay normas
para jugar la fase intermedia.
El objetivo de esta fase es que se cree una buena relación entre el psicoanalista y su
cliente. Básicamente se trata de conseguir que el cliente se sienta seguro y aceptado, para
que empiece a comunicar sus pensamientos y emociones
Esta primera relación terapéutica es entendida por el psicoanálisis como no-
transferencial, porque el cliente no ha podido aún, por la falta de tiempo, repetir con el
terapeuta estilos de relación previos.
Es una fase de aprendizaje y adaptación para la persona en análisis. Debe
familiarizarse con las reglas de trabajo, con el método de asociación libre en el que él
lleva todo el peso de la conversación, con la posición alejada del terapeuta que puede
estar mucho tiempo sin intervenir a pesar de que él se lo demande. También es una
época de tanteo para el terapeuta, de familiarizarse con el estilo del paciente y de
identificar sus propias reacciones contratransferenciales.
El resultado de progresar adecuadamente por esta fase es que ambos van ajustando sus
expectativas sobre lo que hay que conseguir y cómo hacerlo. Si esto sucede, el
tratamiento sigue adelante, en caso contrario se pensará en suspender la terapia y el
cliente podrá ser derivado a otro terapeuta.
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terapeuta la interpreta y 3) el paciente responde a la interpretación.
4.3.3. La terminación
¿Cuándo terminar el análisis? Freud se plantea esta cuestión en uno de sus últimos
escritos: Análisis terminable e interminable (1937). Dos son los criterios que deben
cumplirse para declarar el fin del tratamiento: a) deben haber desaparecido los síntomas;
y b) el psicoanalista valora que se ha hecho consciente el material reprimido que los
causaba y que no hay riesgo de que vuelvan a aparecer.
Según Prochaska y Norcroos (2010), estos serían los detalles que indicarían que la
terapia ha sido exitosa:
La cuestión que preocupa a los psicoanalistas es que un final rápido puede desencadenar
ansiedad de separación en el paciente y volver a activar fantasías de abandono del
pasado. En algunos casos, con una vuelta a los síntomas. Por eso, la terminación se
programa y puede convertirse en material de trabajo; la terapeuta ayudará a elaborar esa
ansiedad y las fantasías, emociones y cogniciones que despierta. Para ello, la analista
puede revisar las experiencias de separaciones anteriores y alistar los recursos que la
persona ha adquirido durante el tratamiento (Ávila, Rojí y Saúl, 2004).
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Lecturas recomendadas
ÁVILA, A.; ROJÍ, B. y SAÚL, L. A. (2004), Introducción a los tratamientos
psicodinámicos, Madrid, UNED.
CODERCH, J. (2002), Teoría y técnica de la psicoterapia psicoanalítica, Barcelona,
Herder.
FERNÁNDEZ-VILLAMARZO, P. (1997), Psicoanálisis aplicado: manual teórico y práctico,
Salamanca, Amaru.
FREUD, S. (2004), Psicoanálisis aplicado y técnica psicoanalítica, Madrid, Alianza.
GARCÍA DE LA HOZ, A. (2010), Teoría psicoanalítica, Madrid, Biblioteca Nueva.
GREENSON, R. (1967), Técnica y práctica del psicoanálisis, México, Siglo XXI, 2004.
TALARN, A. (2009), Psicoanálisis al alcance de todos, Barcelona, Herder.
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4. Autores psicodinámicos
Freud fue el gran maestro y un líder poderoso entre los suyos. La historia del
psicoanálisis, sobre todo en los primeros tiempos, está llena de grandes amistades, pero
también de traumáticas rupturas. El eros y el thanatos que la teoría psicoanalítica
predica, en acción. Desde los primeros momentos del movimiento psicoanalítico Freud
fue muy consciente de las resistencias que sus ideas iban a producir en la sociedad
conservadora de la época. Así que se hizo inmune a casi cualquier propuesta de cambio
para no desvirtuar su planteamiento original. El resultado es que casi todos los primeros
discípulos acabaron ganándose la enemistad del maestro por proponer nuevas ideas. En
los años siguientes, el psicoanálisis fue evolucionando tanto en la visión de la persona,
para admitir la importancia que tienen en la conducta las relaciones actuales de los
pacientes, como de la intervención, progresando hacia terapias más cortas en las que los
analistas son más activos. En este apartado presentaré algunas de las figuras
fundamentales que han contribuido a esta evolución, y para ello asumo un esquema
basado en Ávila, Rojí y Saúl (2004) que clasifica a los autores en:
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5. La psicoterapia dinámica breve.
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LA PSICOLOGÍA INDIVIDUAL DE ALFRED ADLER
1. Historia
Alfred Adler es un médico vienés nacido en 1870 en el seno de una familia judía de
clase media. Su biografía es determinante a la hora de entender su teoría psicológica. Es
el segundo de seis hermanos y mantiene una fuerte relación de competencia con su
hermano mayor. Durante su infancia se siente muy desapegado de su madre y muy
cercano a su padre. Es un niño débil y enfermizo, padece raquitismo y neumonía, así que
sus primeros años están marcados por la lucha contra la enfermedad. Su afán de
superación y el apoyo de su padre le llevan a estudiar Medicina.
Empieza su carrera profesional como oftalmólogo y, más tarde, se especializa en
Psiquiatría. Adler quiere ser un médico cercano a sus pacientes y comprometido con la
sociedad en la que vive. En su primera consulta como oftalmólogo atiende a personas de
un sector desfavorecido de Viena y durante la Primera Guerra Mundial sirve como
médico en el frente. Este contacto con la miseria, la enfermedad y las crueldades de la
guerra le lleva a reflexionar sobre la naturaleza humana y sobre nuestra capacidad para
sobreponernos y salir adelante en las peores situaciones.
Freud es el psiquiatra más reconocido de la época y ambos viven en la misma ciudad,
así que la relación es inevitable. Adler se interesa por el psicoanálisis y Freud le invita a
su famosa «reunión de los miércoles», donde solo los más allegados al fundador acuden.
Después de un tiempo de intercambio de ideas, surgen las desavenencias. Adler no
comparte la idea de que las pulsiones básicas sean solo sexuales. De hecho, es el primero
en proponer la existencia de un instinto de agresión que, curiosamente, Freud descarta
inicialmente para acabar incorporándolo más tarde a su teoría. Adler tampoco cree en la
universalidad del complejo de Edipo; él mismo es un ejemplo de todo lo contrario: una
mala relación con la madre y un padre que durante su niñez resulta su mejor apoyo.
Finalmente, la diferencia más importante entre ambos autores se concreta en la visión de
la persona: a Adler le interesa más el consciente que el inconsciente, el futuro que el
pasado. Para este autor somos ante todo seres sociales en contacto con el ambiente y
nuestra conducta está más determinada por las expectativas de cómo ha de ser el futuro
que por nuestras debilidades del pasado (Adler, 1931, 1927, 1938).
Sus últimos años los dedica a la creación de proyectos, muy en consonancia con su
idea de que las personas necesitamos comprometernos con la sociedad en que vivimos.
Crea centros para el tratamiento de niños y familias —las famosas Child Guidance
Clinics— y se dedica a enseñar a los padres y maestros pautas para educar niños
saludables psicológicamente (Adler, 1930). En 1934 se traslada a vivir a Estados Unidos,
huyendo de la Viena en la que Hitler triunfaba. Muere en Escocia en 1937 mientras daba
un ciclo de conferencias. Para un análisis más exhaustivo de la vida y obra de Adler el
lector interesado puede consultar el libro de Hoffman (1994): The drive for self [El
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impulso hacia la individualidad].
Adler es un escritor prolífico, algunas de sus obras más conocidas son El sentido de la
vida (1931) o La educación de los niños (1930), pero sus escritos se cuentan por cientos.
Este psiquiatra vienés es, en muchos aspectos, el padre de la psicología moderna: su
visión del ser humano como un ente dirigido a la consecución de metas es una
inspiración para los humanistas, su trabajo con niños y familias lo convierte en un
pionero de la terapia familiar, y su visión de que la patología aparece como producto de
creencias erróneas inspirará a autores cognitivos como Ellis (Mosak, 1973). La
psicología adleriana sigue muy viva en el siglo XXI. Un ejemplo de cómo ha ido
evolucionando se puede encontrar en la obra de Carlson, Watts y Maniacci (2006).
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2. Visión de la persona
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nacimiento porque entiende que influye sobre nuestra personalidad: el primer hijo suele
ser más líder y organizado, el segundo más optimista y competitivo, y el más pequeño
tiende a ser más dependiente. Además, nos influyen los valores que recibimos de nuestra
familia y estamos expuestos a los conflictos que en ella puedan producirse: competencia
entre hermanos o falta de valoración por parte de los padres.
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propuesta de Adler es completamente diferente: las personas somos dueñas de nuestra
vida, podemos estar influidos por nuestro pasado, pero somos libres de decidir cuál ha de
ser nuestro futuro. El Yo no es, entonces, el mediador entre conflictos de la segunda
tópica freudiana, es un Yo creativo que establece objetivos y es capaz de dar un sentido
al pasado y utilizarlo para diseñar un futuro mejor al que dirigirse. La conclusión es que
el estilo de vida no es una simple reacción a las circunstancias pasadas, sino la decisión
creativa de una persona que quiere progresar, crea sus propias metas y pone en marcha
sus medios para conseguirlas.
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3. Patología
La base de la neurosis, según Adler, está en la constelación familiar, en las experiencias
que el niño vive en función del lugar que ocupa entre sus hermanos o el trato que recibe
de sus padres. El entorno familiar debe favorecer que el niño aprenda a confiar en sí
mismo y se sienta capaz de plantearse metas y crear un plan de vida adecuado. La
competencia entre hermanos, los problemas físicos o el comportamiento de los padres
puede impedir el desarrollo adecuado de esta seguridad básica.
Por ejemplo, los padres sobreprotectores que impiden que el niño haga las cosas por sí
mismo dan lugar a hijos inseguros que se sienten incompetentes y buscan
constantemente la atención de los otros. Padres excesivamente dominantes producen en
los hijos sentimientos extremos de falta de poder y reacciones de oposición sistemática a
la autoridad. Padres muy críticos dan lugar a niños muy inseguros que dudan de todo, y
la duda llevada al límite daría lugar a sintomatología obsesivo-compulsiva. Las personas
que en la infancia han pasado por experiencias muy duras (abuso, violencia) pueden
construir un plan de vida basado en la búsqueda de la venganza a través de la violencia.
Recordemos que para Adler el sentimiento de inferioridad es evolutivo y un acicate
para el progreso siempre que las personas consigan construir un estilo de vida que les
permita superarse. Pero a veces eso no es posible, habitualmente porque las
personalidades patológicas, excesivamente dañadas durante la infancia, cometen errores
básicos de interpretación de la realidad: sacan conclusiones sobre las relaciones o sobre
ellos mismos a partir de unas pocas experiencias con personas significativas. El
resultado es que la inseguridad y la sensación de inferioridad les llevan a asumir metas
desadaptativas para compensar; lo que se traduce, por ejemplo, en una necesidad
constante de atención o una búsqueda de poder a toda costa.
Adler describe la neurosis como una búsqueda constante de la seguridad (el neurótico
está atrapado en el «sí, pero»). Los neuróticos ponen en marcha estilos de vida ficticios
para compensar su inseguridad. Denomina arreglo neurótico a convertir la enfermedad
en un modo de vida, los síntomas los eximen de cumplir obligaciones y se concentran en
ellos mismos, utilizando su incapacidad como excusa.
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4. Tratamiento
4.1. Objetivos
La terapia adleriana pretende que las personas se conviertan en miembros constructivos
para su comunidad. Les ayuda a superar sus sentimientos de inferioridad y desánimo.
Trabaja para que cambien su interpretación de la realidad, modifiquen sus objetivos
vitales y su estilo de vida.
4.2. Terapeuta
Para los adlerianos la terapia es un trabajo de colaboración entre paciente y clínico. La
terapeuta es comprensiva, próxima y cálida con sus clientes para ayudarles a recuperar la
confianza en ellos mismos. Actúa como un modelo para los pacientes, como una persona
segura que se siente libre de ser ella misma y de expresar sus opiniones y emociones.
Esta actitud se plasma incluso en la distribución de la sala de consulta: terapeuta y
cliente se sientan frente a frente, a veces prescindiendo hasta de la mesa del despacho.
El trabajo del clínico es de reeducación, de aprendizaje de nuevas formas de vivir. La
visión es muy educativa, el terapeuta enseña y para ello se convierte en un modelo de
cómo comunicarse y actuar. Transmite activamente que las personas somos responsables
de nuestros estados de ánimo y también lo somos de los cambios.
4.3. Técnicas
El adleriano concede mucha importancia al proceso de crear una buena relación de
trabajo. Utiliza tres técnicas básicas para obtener información sobre la vida de los
clientes: análisis de la constelación familiar, de los recuerdos tempranos y de los sueños.
Además, aplica una serie de técnicas para producir cambios: interpretación y
prescripción de tareas. Veamos cada uno de estos aspectos resumidamente (Carlson,
Watts y Maniacci, 2006; Mosak y Maniacci, 2011):
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son determinantes. Así que obtiene información del orden que ocupaban los
hermanos, los roles de género, las relaciones entre los familiares (preferencias,
proximidad, parecidos) y, especialmente, de la actitud de los padres hacia cada
hijo y los valores que les transmitían.
Análisis de los recuerdos tempranos: con el objetivo de identificar los
objetivos de compensación que el paciente estableció en la infancia, el
terapeuta invita al cliente a contarle los tres recuerdos más vívidos que tiene
de su niñez, con el mayor detalle posible y tratando de establecer la época. Su
idea es que, si el adulto recuerda eso y no otra cosa, hay que suponer que en
ellos están las claves para entender su problema actual. Y en esos recuerdos se
deben buscar las ideas que la persona tiene sobre sí misma y la vida, sus
metas, sus motivaciones, valores y expectativas.
El proceso se aprovecha para identificar también los errores básicos que han dado
lugar a sus actuales percepciones: sobregeneralizaciones (nadie me ha querido
nunca), objetivos de búsqueda de seguridad falsos o imposibles (uno tiene que
gustarle a todo el mundo), falsas concepciones sobre la vida (es demasiado dura),
desconfianza de la propia valía (soy estúpido), valores defectuosos (si no ganas
dinero no eres nadie).
Análisis de los sueños: los sueños traen informaciones sobre los problemas
presentes que afronta la persona. Al contrario que Freud, Adler no cree que
existan significados universales en los sueños, ni que ofrezcan conexiones con
el pasado. Más bien informan sobre el presente y el futuro ofreciendo cursos
de acción posibles para afrontar una dificultad. Si queremos posponer la
opción que nos proponen olvidamos lo que hemos soñado, si queremos
evitarla la convertimos en una pesadilla. Según Adler, son una fábrica de
emociones que crean estados de ánimo que a su vez nos animan a afrontar o
evitar los problemas de la vida diaria.
Interpretaciones y otras intervenciones: para el psicoanálisis el cambio que
se produce a partir de las interpretaciones del terapeuta es un proceso lento. En
cambio, Adler usa el insight con mayor agilidad, buscando cambios rápidos.
El objetivo no es tanto que el cliente entienda por qué se encuentra atascado,
sino que encuentre una alternativa para salir adelante. No se trata de buscar las
causas del presente en el pasado, sino de encontrar nuevos propósitos para
avanzar hacia el futuro. El primer paso es que comprenda cuáles eran hasta el
momento los objetivos de su vida y lo que hacía para intentar conseguirlos, el
segundo es que ponga en marcha nuevos propósitos y formas de actuar
diferentes.
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cliente y busca nuevos cursos de acción que se proponen siempre con respeto, como
tentativas: «me parece...», «es como si», «tengo la sensación de que».
En esta fase el terapeuta se muestra muy activo, usa el sentido del humor, reta al
paciente o usa metáforas. Le gusta mucho crear imágenes para definir a las personas
y hacerlas conscientes del momento en el que están: «Eres el patito feo, te quejas y
te quejas, pero no haces nada por crecer y sacar al cisne que llevas dentro».
Son famosas dos técnicas de Adler para producir insight en sesión: «pulsar el
botón» y «escupir en la sopa del cliente». «Pulsar el botón» consiste en que le pide
a su paciente que recuerde una situación placentera y las emociones que tenía en ese
momento. Cuando lo consiga debe hacer una foto mental para grabar una imagen
que representa la situación. Luego repite el proceso con un acontecimiento negativo.
Su objetivo es que las personas aprendan que son dueños de sus emociones, que
ellos las desencadenan y que, por lo tanto, son capaces de controlarlas.
Una intervención interesante es la que se conoce como «escupir en la sopa del
cliente». La idea en que se basa la obtiene Adler de un comedor infantil donde los
niños escupían en la sopa del vecino para evitar que se la comiera. Adler hace lo
mismo con sus clientes metafóricamente, les descubre la función que cumplen los
síntomas en su vida para que, al hacerse conscientes de por qué lo hacen, se vean
liberados de la necesidad de repetirlos.
Tareas entre sesiones: Adler es uno de los primeros en adoptar esta práctica
que luego asumirán casi todos los modelos de psicoterapia. El objetivo es
trasladar a la vida diaria los cambios que se producen en las sesiones, para así
ampliar y afianzar los avances. Algunas tareas que usa son:
La prescripción paradójica, que consiste en invitar a la gente
a realizar conscientemente el síntoma que pretenden hacer
desaparecer. «Deprímete más para que averigüemos cómo
funciona tu tristeza», «quiero que practiques todos los días un
rato a hacer voluntariamente los tics». El objetivo es dar a la
gente control sobre sus síntomas como un primer paso para
darles responsabilidad para enfrentarlos.
También usa la tarea de actuar «como si...». Por ejemplo, «haz
como si ya fueses una persona segura». Su idea es que en la
medida que la gente empieza a hacer cosas diferentes y se da
cuenta de las consecuencias que tienen, poco a poco se van
transformando en personas distintas.
Para hacerlos conscientes de sus formas de actuar inadecuadas
les pide que se «cacen a sí mismos» haciendo el
comportamiento negativo. Su idea es que ese es el primer paso
para conseguir que la gente anticipe las conductas que ha de
cambiar y sea capaz de controlarlas.
Usa también muchas tareas para mejorar las relaciones con
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otras personas: «De aquí a la próxima vez que nos veamos haz
una cosa que le guste a cada persona de tu familia». Y es
pionero en ajustar las tareas a la motivación de la gente: «Si no
te sientes preparado para eso limítate a pensar qué cosas harías
si quisieras agradarles».
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LA PSICOLOGÍA ANALÍTICA DE CARL G. JUNG
1. Historia
Carl G. Jung nació en 1875, cerca de Basilea (Suiza), en el seno de una familia de
pastores protestantes. Su padre es clérigo, al igual que su abuelo materno y algunos de
sus tíos. Es un niño introvertido y solitario que se cría jugando en iglesias y escuchando
los sermones de su padre. En la suiza de la época, el espiritismo es una práctica habitual,
su abuelo materno contactaba en el mundo de los espíritus con su mujer fallecida y una
de sus primas es médium. Todo este ambiente marca profundamente su vida y su
concepción de la terapia.
Se especializa en Psiquiatría porque en esta ciencia encuentra la unión entre sus dos
intereses: el mundo de la medicina y el de la espiritualidad. En su primer trabajo en una
clínica psiquiátrica en Zúrich colabora con Joseph Bleuler, otro de los grandes
psiquiatras del momento. Bleuler es uno de los precursores de la psicopatología, con él
Jung trata a pacientes diagnosticados de lo que entonces conocían como demencia
precoz, lo que hoy llamamos esquizofrenia. Además, se interesa por la experimentación
con el test de asociación de palabras, una técnica paralela a las asociaciones libres de
Freud. Guiado por su curiosidad y el deseo de ayudar a su prima médium asiste a las
sesiones en las que ella contacta con su abuelo materno muerto, adoptando diferentes
personalidades a lo largo del trance. El contacto con las psicosis y el estudio de su prima
le llevan a concebir la mente humana como un conjunto de personalidades potenciales.
Pronto toma contacto con el psicoanálisis, llegando a convertirse en uno de los autores
de referencia en este modelo. Freud, en los primeros momentos, le reconocía como su
discípulo favorito y su sucesor indiscutible. Luego, surgieron las desavenencias. La
principal es que Jung no reconoce el carácter exclusivamente sexual de la libido, que
entiende como una energía general que alimenta el aparato psíquico. Tampoco compartía
la universalidad del complejo de Edipo, no creía que todas las personas pasaran
necesariamente por ese conflicto con el padre del mismo sexo. Además, las teorías
freudianas eran incapaces de explicar los síntomas de los pacientes psicóticos y Jung no
acababa de creer plenamente en las posibilidades terapéutica del método propuesto por
Freud. Al final, Jung termina abandonando la Asociación Psicoanalítica y recibiendo el
rechazo de Freud.
Después de eso, Jung desapareció de la vida pública y se dedicó a su consulta y a la
reflexión sobre sus ideas y su propia personalidad. De ese periodo sale la mayoría de sus
propuestas, que culminan en los Tipos psicológicos, su gran obra para explicar la
personalidad, publicada en 1921. A partir de esa fecha, los viajes marcan su vida, visita
África y la India. Empieza su interés por la cultura oriental, que marcará muchas de sus
ideas sobre los contenidos de su gran aportación: los arquetipos del inconsciente
colectivo.
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2. Visión de la persona
Para Jung, el aparato psíquico es un sistema autorregulado. Al contrario que Freud, está
muy interesado por teorizar sobre la parte consciente y, además, completa la teoría del
maestro sobre el inconsciente dividiéndolo en personal y colectivo (Jung, 1954, 1963).
2.2. El consciente
Si la psicología freudiana pone su énfasis en comprender el inconsciente, la junguiana es
una psicología de la conciencia. El consciente es el centro de la vida psíquica y el Yo es
su máximo representante. El Yo aparece de forma temprana en el desarrollo infantil y es
la primera manifestación consciente de un arquetipo del que luego hablaré: el Sí mismo.
El Yo se encarga de gobernar las relaciones de la persona tanto con el mundo exterior
como con el interior (el inconsciente). Para esta regulación, el Yo utiliza dispositivos
diferentes: exopsique y endopsique (García de la Hoz, 2010). La parte de la conciencia
que nos permite relacionarnos con el medio externo es la exopsique, y sus mecanismos
de actuación se conocen como las funciones psíquicas: pensamiento, sentimiento,
sensación e intuición. Los mecanismos de relación con nuestro mundo interior
constituyen la endopsique, y algunas de sus funciones son la memoria y las emociones.
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Toda la teoría de los tipos psicológicos de Jung (1921) es un esfuerzo por categorizar
a las personas en función de las características dominantes en su actividad consciente. El
autor suizo recoge toda la tradición filosófica de crear perfiles psicológicos para
catalogar a los seres humanos. Ha quedado dicho que la función del Yo es gobernar tanto
la vida interna (el inconsciente) como las relaciones con el exterior (el mundo). De
acuerdo con esta idea, habrá personas que tiendan a dirigir los propios intereses y la
atención más hacia la vida interior, mientras que otras lo harán más hacia el mundo
exterior. A la primera tendencia la denomina introversión y a la segunda extroversión.
Jung cree que se pueden clasificar a las personas en función de la dirección que toma su
actividad psíquica en este continuo introversión-extroversión. Para dar un poco de mayor
complejidad al asunto, este eje lo combina con las cuatro funciones psíquicas que antes
expliqué. Las personas en las que predomina el pensamiento serían individuos
reflexivos, si predominan los sentimientos tendríamos personas afectivas, si priman las
sensaciones tendríamos personas sensitivas y si son las intuiciones las que gobiernan la
psique, tendríamos individuos intuitivos. Cada uno de estos cuatro componentes puede
combinarse con introversión y extraversión, dando lugar a ocho categorías: reflexivos-
extrovertidos (o introvertidos), afectivos-extrovertidos (o introvertidos); sensitivos-
extrovertidos (o introvertidos) e intuitivos-extrovertidos (o introvertidos). Jung define
cuidadosamente cada una de estas categorías creando una elaborada teoría de la
personalidad.
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potencialidad que nunca se llegó a materializar, y esa caja se quedará vacía en la vida de
la persona.
Los arquetipos determinan lo que percibimos y cómo nos comportamos.
Teóricamente, hay tantos arquetipos como situaciones posibles en la vida humana. Hay
arquetipos abstractos (dios, sabiduría), arquetipos sobre situaciones (nacimiento, muerte,
casamiento) o sobre objetos (sol, serpientes, fuego) (García de la Hoz, 2010). Su
finalidad es ofrecernos recursos para enfrentarnos a situaciones vitales importantes. Nos
informan, por ejemplo, sobre en qué consiste la maternidad y qué significa para nuestra
especie, cómo debemos comportarnos en caso de ser madres o cómo debemos reaccionar
ante situaciones vitales importantes relacionadas con este aspecto de nuestra existencia.
Otro arquetipo es la sombra, que representa lo desconocido, el héroe, que representa la
valentía, el viejo sabio, que es el conocimiento, u otros como la divinidad o el salvaje.
Los arquetipos se representan en símbolos a través de los que se expresa el inconsciente
colectivo y que en ocasiones invaden el inconsciente personal y se manifiestan en
nuestros sueños. A Jung le interesaba mucho el estudio de las religiones y de las culturas
y sus mitos, precisamente porque pensaba que en estos productos se manifestaban con
mayor claridad los arquetipos del inconsciente.
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humana «normal». Los complejos se expresan en el consciente a través de los síntomas
(las alucinaciones, por ejemplo) o los sueños.
La idea es complicada y requiere de una mayor profundización. Para entenderla hace
falta un apunte previo sobre la naturaleza de los complejos. He dicho que según Jung la
personalidad es un sistema autorregulado y con un constante intercambio de energía
entre los polos. Ese intercambio también se produce entre el inconsciente colectivo y el
personal. Los complejos del inconsciente personal hacen referencia a recuerdos de
eventos traumáticos reprimidos en el inconsciente. Pero los complejos tienen también
asociada una huella de los arquetipos del inconsciente colectivo. Esta asociación ocurre
de la siguiente manera: cuando una persona pasa por una situación vital importante (su
primer enamoramiento), se puede activar un arquetipo del inconsciente colectivo que
coincida con las características de ese evento (amor), en ese momento se producen una
serie de emociones, ideas y sensaciones que se asocian con la situación y hacen que se
constituya el complejo en inconsciente personal cuando la vivencia es negativa (por
ejemplo: es rechazado y humillado). La idea es que los arquetipos son solo
potencialidades que se convierten en realidades psíquicas (complejos) cuando una
situación vital las desencadena, y hace que se establezca este enlace emocional entre
arquetipos y complejos.
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