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Capítulo 3.

El psicoanálisis busca hacer consciente lo inconsciente para resolver conflictos del pasado que causan síntomas en el presente, promoviendo un mayor autoconocimiento y adaptación. Las técnicas incluyen la regla de la abstinencia, atención flotante, asociación libre, análisis de la transferencia y resistencia, y la interpretación, que ayudan a descubrir y trabajar con el material inconsciente del paciente. El objetivo final es facilitar el insight y el cambio en la vida del paciente, aunque no todos los conflictos se resolverán por completo.

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Capítulo 3.

El psicoanálisis busca hacer consciente lo inconsciente para resolver conflictos del pasado que causan síntomas en el presente, promoviendo un mayor autoconocimiento y adaptación. Las técnicas incluyen la regla de la abstinencia, atención flotante, asociación libre, análisis de la transferencia y resistencia, y la interpretación, que ayudan a descubrir y trabajar con el material inconsciente del paciente. El objetivo final es facilitar el insight y el cambio en la vida del paciente, aunque no todos los conflictos se resolverán por completo.

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4.

Tratamiento

4.1. Objetivos
Las metas del psicoanálisis se resumen en dos famosas frases de Freud que definen los
objetivos de trabajo tal y como los entiende en dos periodos diferentes de su teorización:
«Hacer consciente lo inconsciente» (Breuer y Freud, 1895) y «donde era el Ello sea el
Yo» (Freud, 1920). La cuestión es que el psicoanálisis aspira a que la persona se dé
cuenta de que los síntomas que experimenta en la actualidad son causados por un
conflicto no resuelto de su pasado que está reprimido en el inconsciente.
Lo deseable es que se produzca un insight que permita que la persona entienda sus
propias reacciones desde otra perspectiva. El resultado esperado es que los conflictos se
disuelvan y se desactiven las defensas para que desaparezcan los síntomas. Se busca que
las personas aumenten el conocimiento que tienen de sí mismas y superen sus conflictos,
para que tengan un funcionamiento más adaptado, una forma más satisfactoria de
enfrentar sus problemas y de relacionarse con otras personas. Sin embargo, no es
esperable que todos los conflictos se resuelvan definitivamente, el triste objetivo que
Freud sugiere en sus Estudios sobre la histeria es únicamente: convertir la miseria
histérica en infelicidad común (Breuer y Freud, 1895).

4.2. Técnicas
En un capítulo inicial se discutió que lo que entendemos como técnicas posee en realidad
una naturaleza diferente en cada modelo de psicoterapia. Las técnicas psicoanalíticas son
destrezas que el terapeuta maneja y aplica durante todo el tratamiento, más que
herramientas específicas para utilizar en una sesión concreta. Para hacer más fácil la
comprensión voy a diferenciar entre:

Posiciones del terapeuta: regla de la abstinencia y de la atención flotante.


Métodos para obtener material para el análisis: asociación libre,
transferencia y resistencia.
Técnicas de cambio: interpretación, confrontación y clarificación.

4.2.1. Regla de la abstinencia

El psicoanalista se mantiene en una posición de neutralidad absoluta con respecto al


paciente, no le da nada. Incluso físicamente, está sentado fuera de la vista de este, que se
encuentra tumbado en un diván. Esta posición se plantea para facilitar que el paciente se
sumerja en su mundo interior, al tiempo que el terapeuta se queda al margen, sin ofrecer

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ningún tipo de apoyo al paciente ni responder a sus demandas. Y solo hará comentarios
cuando llegue el momento oportuno de aclarar o interpretar la información que recibe. El
terapeuta es un espejo en el que el usuario se refleja, pero no está como persona, «no
deja ver quién es». Es una posición difícil para un clínico, de ahí que para hacer
psicoanálisis se requiera que el propio terapeuta haga un análisis didáctico y resuelva sus
propios conflictos para evitar que estos interfieran durante la situación terapéutica.

4.2.2. Regla de la atención flotante

El terapeuta debe prestar atención a todo el material, sin privilegiar ningún tipo de
información. Es la contrapartida a la técnica de asociación libre, que más tarde se
explicará. El analista debe dejar funcionar libremente su propia actividad inconsciente,
suspendiendo sus censuras, para no dar especial relevancia a algunas informaciones del
paciente en función de sus propias inhibiciones. Debe mantener en mente todas las
informaciones que recibe del cliente esperando que en algún momento le den la pista que
le ayude a encontrar las relaciones entre el pasado y el presente, entre el material
consciente que se le ofrece y las represiones inconscientes que debe descubrir.
Para encontrar una entrada al material inconsciente, el terapeuta obtiene información a
partir de tres tipos de fuentes: la asociación libre, el análisis de la transferencia y el
análisis de la resistencia.

4.2.3. Asociación libre

La consigna para el cliente es que puede decir cualquier cosa que se le venga a la mente,
no importa lo trivial, ridícula o dolorosa que le parezca. Tampoco importa el contenido
de lo que hablen: pueden ser sensaciones, o recuerdos, fantasías, pensamientos o
comentarios sobre el propio análisis. Cuanto más espontánea y libre sea la conversación
del cliente menos sujeta a censuras estará. Y más fácil será que el terapeuta descubra en
ese material los significados que producen ansiedad y las defensas que evidencian la
presencia de represiones. Otra posibilidad es asociar a partir de un elemento dado: una
palabra, un número, una imagen o un sueño (Laplanche y Pontallis, 1967).
El terapeuta, respetando la regla de la abstinencia y manteniendo una atención
flotante, va observando y aprendiendo cómo funciona la mente de su paciente. Va
descubriendo sus defensas contra la ansiedad real o temida y va estableciendo posibles
relaciones entre lo que observa y el contenido que se oculta en el inconsciente del
individuo. Cualquier información puede ser relevante en este proceso, y algunas de las
demostraciones de la existencia del inconsciente que antes adelanté pueden ser
especialmente interesantes: el contenido de los sueños, los lapsus linguae, los actos
fallidos.
La interpretación de los sueños merece una mención especial en este apartado. Para
Freud (1900) los sueños son la vía regia de acceso al inconsciente. Es fácil entender por

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qué. Cuando dormimos los mecanismos de defensa están menos activos, por lo que en
nuestra actividad onírica se cuelan con mayor facilidad deseos inconscientes, miedos o
necesidades. Eso sí, todavía deformados por la acción de las defensas, así que los deseos
se expresan a través de símbolos.
El contenido manifiesto del sueño es lo que el paciente recuerda («caía por un
precipicio que parecía no tener fin»). El contenido latente es lo que significan los
símbolos que aparecen en el sueño. El trabajo del terapeuta consiste en buscar en el
contenido latente las pistas que le lleven al entendimiento de los deseos inconscientes de
su paciente. Para ello, solicita que le cuente todo lo que le viene a la cabeza en relación
con algunos contenidos concretos de sus sueños. Un terapeuta, después de analizar
minuciosamente toda la información con su cliente, podría interpretar el sueño del
ejemplo anterior como: «Te sientes desvalido, necesitas encontrar el apoyo y la base que
hasta ahora nadie ha sabido darte».

4.2.4. El análisis de la transferencia

Se entiende por transferencia la relación que el paciente establece con su terapeuta. La


idea de Freud es que las personas repiten con el analista relaciones problemáticas de su
infancia, sobre todo las que vivieron con sus progenitores. Por ejemplo, buscan el padre
represor que tuvieron, o una persona que les dé la aprobación que no les dio su madre.
La cuestión es que los pacientes transfieren sus deseos inconscientes a la relación actual
con el terapeuta y eso se convierte en material de trabajo para el análisis. Se distingue
entre una transferencia positiva (los sentimientos desplazados son de amor o ternura) y
una negativa (sentimientos de hostilidad). Las dos pueden ser informativas para el
clínico.
La reacción de transferencia se manifiesta en sentimientos, actitudes, fantasías o
impulsos que resultan inapropiados en la situación clínica. Como por ejemplo reacciones
emocionales intensas (o ausencia de reacción emocional), conductas seductoras o
caprichosas. Cuando aparecen, dan la oportunidad al terapeuta de sondear las relaciones
pasadas y traer a la luz los conflictos inconscientes asociados a ellas.
El psicoanálisis entiende que este tipo de transferencia de actitudes relacionales puede
ser habitual en la vida cotidiana. Es muy probable que algunas personas repitan con sus
parejas la relación que tuvieron con sus padres. Un ejemplo sería el de la mujer que
busca en su pareja el padre protector que tuvo en la infancia. Lo que diferencia la
transferencia que ocurre en el contexto clínico es que esta ofrece al terapeuta una
oportunidad para traer al presente las relaciones del pasado, para poder analizarlas y
desvelarlas en el contexto seguro de la terapia.
El fenómeno homólogo a la transferencia del cliente es la contratransferencia del
terapeuta. Este concepto hace referencia a las reacciones que el terapeuta tiene ante la
transferencia del cliente. Supongamos que la reacción transferencial de una paciente en
terapia consiste en mostrarse seductora con su terapeuta, y que eso conmueve a este y a
su vez empieza a sentirse atraído por ella. Esa atracción que siente el terapeuta es un

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fenómeno contratransferencial. Este tipo de reacciones del clínico evidencian sus propios
deseos inconscientes y pueden ser peligrosas para el tratamiento; pero también
beneficiosas si el terapeuta aprende a controlarlas y saca la información útil que hay en
ellas. De ahí la importancia que tiene para el terapeuta conocerse, a fin de ser capaz de
administrar las propias reacciones, uno de los objetivos fundamentales del análisis
didáctico, la terapia que todos los psicoanalistas hacen como parte de su proceso de
formación.

4.2.5. El análisis de la resistencia

En un tratamiento psicoanalítico se denomina resistencia a todo lo que el analizado hace


o dice para tratar de impedir el acceso a sus contenidos inconscientes. Dicho de otra
manera, «todos los obstáculos que el cliente pone al esclarecimiento de los síntomas y el
progreso de la cura» (Laplanche y Pontalis, 1967, pág. 384). La resistencia proviene, en
principio, de los mismos mecanismos de defensa que provocaron la represión, por lo que
sería un producto del Yo. Su cometido es evitar la ansiedad que produciría el acceso del
material reprimido a la conciencia.
La resistencia se puede manifestar en la consulta con una actitud negativa del paciente
hacia el tratamiento: cancelando citas, manteniendo el silencio o un comportamiento
apático o desafiante contra el terapeuta. Pero, en realidad, casi cualquier aspecto del
tratamiento puede ser entendido como una resistencia: hablar siempre de lo mismo o
evitar temas, hablar rápido o lento, recordar demasiados detalles de algo u olvidar datos
importantes de otra cosa. La resistencia también se puede reflejar en acciones
problemáticas fuera del tratamiento: empezar a beber o mostrarse agresivo con alguien.
Incluso una mejoría repentina puede ser interpretada como una «huida hacia la salud»
para evitar que el terapeuta siga buscando en una dirección que parecía prometedora.
Algunos ejemplos de resistencias serían: un hombre elude sistemáticamente hablar de
su padre, con el que ha tenido siempre una mala relación; una persona se siente
incómoda hablando de una hermana que apenas conoció; el terapeuta percibe que el
hombre con el que está trabajando se muestra excesivamente insensible ante la muerte de
un familiar cercano.
La psicoanalista interpreta las resistencias para hacer consciente al paciente de cómo
funcionan y buscar el motivo de su presencia. El objetivo final no es que renuncie a
ellas, sino que se dé cuenta de cómo estas afectan a su vida y le impiden cambiar. El
trabajo de la terapeuta es ayudar al paciente a reemplazar las defensas inmaduras y
limitantes por otras que permitan su crecimiento.

4.2.6. La interpretación

El método de asociaciones libres, el análisis de la transferencia o de la resistencia


proveen al psicoanalista de material en el que buscar los conflictos inconscientes. Para

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ello, el terapeuta busca el significado subyacente a los temas aparentemente triviales que
el cliente introduce en sesión, a la relación que establece con él o a las resistencias que
localiza en su conversación. Interpretar supone que el terapeuta deduce el significado
latente de todos esos comportamientos y se lo comunica al cliente para tratar de explicar
su experiencia actual. La técnica se usa para que la paciente entienda los motivos
inconscientes de su conducta presente; o, lo que es lo mismo, para que comprenda que lo
que le ocurre en la actualidad está determinado por sus experiencias pasadas.
El concepto, según Laplanche y Pontalis (1967), proviene de la época en que Freud
basaba gran parte de su intervención en la interpretación de los significados de los
sueños. Pero Freud amplía la utilización de la idea trasladándola a todos los materiales
que son objeto de análisis.
Una interpretación puede ser un comentario puntual con el que la terapeuta informa
sobre el significado posible de un material aportado por el cliente: «Creo que el niño
desvalido que aparece en su sueño es usted mismo». O puede ser una intervención más
elaborada en la que la psicoanalista vincula el presente del paciente con los motivos
inconscientes, buscando siempre dar un sentido nuevo al síntoma desde la propia historia
de la persona. En cualquier caso, el objeto de interpretar es buscar el insight y este no
tiene por qué ser algo puntual; es más bien un proceso continuo en el que las
interpretaciones de la terapeuta ayudan a que el paciente vaya elaborando poco a poco la
información y ampliando su campo de conciencia.
Veamos un ejemplo de este tipo de intervenciones. Una interpretación relativa a la
transferencia tendrá habitualmente tres componentes: una referencia a la relación que el
cliente tiene con el terapeuta; una comparación con la forma que el analizado tiene de
relacionarse en la actualidad con otras personas; y, por último, una explicación del
sentido que todo ello tiene atribuyéndolo a un conflicto relacional no resuelto del pasado
(Messer y Gurman, 2011). Un ejemplo de interpretación:
Puedo notar su enfado cada vez que digo algo para intentar ayudarle. Ya hemos hablado de lo mucho que le
molesta que su mujer o sus amigos intenten echarle una mano para vencer su tristeza. Da la impresión de que
usted se empeña en que todos nos comportemos con usted de la misma forma en que su padre lo hizo en el
pasado, abandonándole a su suerte para que se hiciera duro a pesar de que solo era un niño. Pareciera como si
quisiera convencernos a todos de que no necesita a nadie, de la misma forma que trató de hacerlo con él en el
pasado, sin conseguirlo.

Las interpretaciones pueden estar dirigidas a las defensas: «Tengo la sensación de que le
molesta mucho la falta de implicación de sus hermanos en el cuidado de su padre, les
echa a ellos la culpa de su estado y, sin embargo, usted también está bastante despegado
de él» (el terapeuta interpreta una proyección de la culpa). Pero las interpretaciones más
profundas van dirigidas a los impulsos inconscientes: «Tal vez no está dispuesto a cuidar
de su padre porque él no hizo lo propio con usted durante su niñez, cuando su madre
murió. Usted era el pequeño y necesitaba más que nadie de sus cuidados y parece que no
se lo ha perdonado». La norma a la hora de interpretar es ir de lo más superficial (las
defensas) a lo más profundo (los impulsos inconscientes).

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Interpretar es una práctica arriesgada y Freud se dio cuenta de ello enseguida y así lo
expuso en su artículo «Sobre el psicoanálisis silvestre» (1910). En él hacía referencia al
riesgo de que cualquier persona con unos conocimientos mínimos de psicoanálisis se
dedicara a interpretar el significado oculto de la conducta de otros. Efectivamente,
interpretar implica ir mucho más allá de lo observable, y solo puede hacerlo con garantía
un terapeuta con una sólida formación teórica en psicoanálisis, que además haya pasado
por un análisis didáctico en el que haya puesto en orden su propia actividad inconsciente.

4.2.7. Señalamiento y clarificación

La interpretación es el mecanismo fundamental para promover el insight, pero no es la


única técnica de cambio que emplean los psicoanalistas. El señalamiento y la
clarificación son dos procedimientos de feedback que sirven para preparar el terreno para
que las interpretaciones sean eficaces.
Mediante el señalamiento la terapeuta indica al paciente el material que en ese
momento es de interés para el análisis, con la idea de enfrentarle a él. Por ejemplo, le
hace consciente de una resistencia que ha localizado: «Cada vez que hablamos de tener
hijos usted cambia de tema»; o de una información transferencial concreta: «En las
últimas semanas le noto enfadado conmigo».
La clarificación se usa para solicitar más información al cliente sobre el material
analizado y continuar con la búsqueda de la conexión inconsciente. Por ejemplo: «¿El
tema de la paternidad le preocupa especialmente en este momento, o siempre le ha
causado ansiedad pensar en tener hijos?».
Ambas son técnicas para focalizar la conversación y así ampliar información sobre un
tema específico. Ayudan al terapeuta a ir construyendo las hipótesis que más tarde le
servirán para hacer interpretaciones. Pero también sirven para ir preparando al cliente
para aceptar un nuevo punto de vista. En este sentido, el momento de formular una
interpretación es clave. Si el terapeuta se precipita y el paciente no está listo para la
nueva información, la resistencia al cambio será más grande. El señalamiento y las
clarificaciones «preparan» al cliente para la interpretación. Las preguntas del terapeuta
dirigen la atención del paciente hacia los contenidos clave de su historia, y así, poco a
poco, se consigue que la información reprimida sea accesible para el consciente de la
persona en análisis.

4.3. Proceso terapéutico


El psicoanalista establece desde el comienzo un contrato terapéutico con su paciente. En
él se especifican todas las condiciones de la terapia: número de sesiones, periodicidad,
coste y cómo pagarlo, importancia de la puntualidad, consecuencias de no acudir a una
sesión, etc. Un psicoanálisis clásico puede prolongarse durante años en los que paciente
y terapeuta se citan dos o tres veces por semana. En una relación tan prolongada pueden

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ocurrir muchas cosas, y los contratos terapéuticos tratan de prever las más importantes.
El propio Freud, en Esquema de psicoanálisis (1938), explica el proceso terapéutico
como una alianza del terapeuta con el Yo debilitado del paciente, para frenar las
exigencias del Ello y las demandas morales del Superyó. La cuestión es que en la
intervención psicoanalítica no hay un proceso claro, una persona y su analista se
encuentran para realizar un trabajo que ninguno de los dos sabe cuánto tiempo va a
durar. Hay dos fases más diferenciadas, la apertura y la terminación, y luego una fase
intermedia en la que se realiza el grueso del trabajo. Para explicarlo Freud lo comparaba
con el juego de ajedrez: hay estrategias de apertura y un final claro, pero no hay normas
para jugar la fase intermedia.

4.3.1. Apertura: creación de la alianza de trabajo

El objetivo de esta fase es que se cree una buena relación entre el psicoanalista y su
cliente. Básicamente se trata de conseguir que el cliente se sienta seguro y aceptado, para
que empiece a comunicar sus pensamientos y emociones
Esta primera relación terapéutica es entendida por el psicoanálisis como no-
transferencial, porque el cliente no ha podido aún, por la falta de tiempo, repetir con el
terapeuta estilos de relación previos.
Es una fase de aprendizaje y adaptación para la persona en análisis. Debe
familiarizarse con las reglas de trabajo, con el método de asociación libre en el que él
lleva todo el peso de la conversación, con la posición alejada del terapeuta que puede
estar mucho tiempo sin intervenir a pesar de que él se lo demande. También es una
época de tanteo para el terapeuta, de familiarizarse con el estilo del paciente y de
identificar sus propias reacciones contratransferenciales.
El resultado de progresar adecuadamente por esta fase es que ambos van ajustando sus
expectativas sobre lo que hay que conseguir y cómo hacerlo. Si esto sucede, el
tratamiento sigue adelante, en caso contrario se pensará en suspender la terapia y el
cliente podrá ser derivado a otro terapeuta.

4.3.2. La fase intermedia

En ella se ponen en marcha todas las técnicas expuestas anteriormente. El cliente es


invitado a hacer asociaciones libres y el terapeuta está atento a las relaciones
transferenciales y a analizar las resistencias. El analista va tratando de aumentar el
autoconocimiento del analizado usando el señalamiento, las clarificaciones y,
finalmente, las interpretaciones. Pero no hay un criterio preestablecido de cuándo hacer
cada cosa, el terapeuta lo va decidiendo en cada momento. Las interpretaciones van
haciendo su efecto, pero si las resistencias son poderosas, se esperará un cambio lento,
con mejorías y pasos atrás. Según Greenson (1967), el proceso evoluciona a través de
una secuencia que se repite una y otra vez: 1) el cliente muestra su resistencia, 2) el

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terapeuta la interpreta y 3) el paciente responde a la interpretación.

4.3.3. La terminación

¿Cuándo terminar el análisis? Freud se plantea esta cuestión en uno de sus últimos
escritos: Análisis terminable e interminable (1937). Dos son los criterios que deben
cumplirse para declarar el fin del tratamiento: a) deben haber desaparecido los síntomas;
y b) el psicoanalista valora que se ha hecho consciente el material reprimido que los
causaba y que no hay riesgo de que vuelvan a aparecer.
Según Prochaska y Norcroos (2010), estos serían los detalles que indicarían que la
terapia ha sido exitosa:

Los pacientes se han hecho conscientes de sus maniobras defensivas y se han


dado cuenta del significado de sus síntomas.
Reconocen los impulsos contra los que están luchando y las conductas en los
que estos se expresan.
Aprenden a no tener miedo de sus impulsos porque los han expresado ante el
terapeuta sin ser castigados por ello.
Encuentran nuevas formas para controlar sus instintos que les permiten mayor
gratificación y menos culpa o ansiedad.
Canalizan sus instintos a través de esas nuevas formas de control y suspenden
las defensas inmaduras terminando con los síntomas.

La cuestión que preocupa a los psicoanalistas es que un final rápido puede desencadenar
ansiedad de separación en el paciente y volver a activar fantasías de abandono del
pasado. En algunos casos, con una vuelta a los síntomas. Por eso, la terminación se
programa y puede convertirse en material de trabajo; la terapeuta ayudará a elaborar esa
ansiedad y las fantasías, emociones y cogniciones que despierta. Para ello, la analista
puede revisar las experiencias de separaciones anteriores y alistar los recursos que la
persona ha adquirido durante el tratamiento (Ávila, Rojí y Saúl, 2004).

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Lecturas recomendadas
ÁVILA, A.; ROJÍ, B. y SAÚL, L. A. (2004), Introducción a los tratamientos
psicodinámicos, Madrid, UNED.
CODERCH, J. (2002), Teoría y técnica de la psicoterapia psicoanalítica, Barcelona,
Herder.
FERNÁNDEZ-VILLAMARZO, P. (1997), Psicoanálisis aplicado: manual teórico y práctico,
Salamanca, Amaru.
FREUD, S. (2004), Psicoanálisis aplicado y técnica psicoanalítica, Madrid, Alianza.
GARCÍA DE LA HOZ, A. (2010), Teoría psicoanalítica, Madrid, Biblioteca Nueva.
GREENSON, R. (1967), Técnica y práctica del psicoanálisis, México, Siglo XXI, 2004.
TALARN, A. (2009), Psicoanálisis al alcance de todos, Barcelona, Herder.

88
4. Autores psicodinámicos

Freud fue el gran maestro y un líder poderoso entre los suyos. La historia del
psicoanálisis, sobre todo en los primeros tiempos, está llena de grandes amistades, pero
también de traumáticas rupturas. El eros y el thanatos que la teoría psicoanalítica
predica, en acción. Desde los primeros momentos del movimiento psicoanalítico Freud
fue muy consciente de las resistencias que sus ideas iban a producir en la sociedad
conservadora de la época. Así que se hizo inmune a casi cualquier propuesta de cambio
para no desvirtuar su planteamiento original. El resultado es que casi todos los primeros
discípulos acabaron ganándose la enemistad del maestro por proponer nuevas ideas. En
los años siguientes, el psicoanálisis fue evolucionando tanto en la visión de la persona,
para admitir la importancia que tienen en la conducta las relaciones actuales de los
pacientes, como de la intervención, progresando hacia terapias más cortas en las que los
analistas son más activos. En este apartado presentaré algunas de las figuras
fundamentales que han contribuido a esta evolución, y para ello asumo un esquema
basado en Ávila, Rojí y Saúl (2004) que clasifica a los autores en:

Los disidentes: se trata de autores en un principio muy próximos a Freud que


acaban por separarse y proponer sus propios modelos terapéuticos. Los más
importantes son Alfred Adler y Carl Gustav Jung.
Las variaciones: también personas pertenecientes al entorno más próximo del
maestro, que permanecieron fieles al cuerpo central del psicoanálisis, pero que
terminaron siendo expulsados del grupo original por hacer propuestas que el
resto de los pioneros del psicoanálisis consideraron inconvenientes. Hablaré
de Otto Rank, Sándor Ferenczi y Wilhelm Reich.
Los continuistas: son los autores que, permaneciendo fieles al corpus teórico
fundamental del psicoanálisis, se dedicaron a desarrollar algunos aspectos de
este. Aquí hay que diferenciar entre:

1. La psicología del Yo:


Anna Freud, Heinz Hartman y Erik Erikson.
Los culturalistas: Karen Horney y Erich Fromm.
El psicoanálisis interpersonal de Harry S. Sullivan.
La psicología del self de Heinz Kohut.
2. La Escuela Inglesa: Melanie Klein, Ronald Fairbairn y Donald
Winnicott.
3. Los neofreudianos: Jacques Lacan.
4. Los enfoques modernos:
El psicoanálisis relacional de Stephen Mitchell.
La teoría intersubjetiva de Robert Stolorow.

89
5. La psicoterapia dinámica breve.

90
LA PSICOLOGÍA INDIVIDUAL DE ALFRED ADLER

1. Historia
Alfred Adler es un médico vienés nacido en 1870 en el seno de una familia judía de
clase media. Su biografía es determinante a la hora de entender su teoría psicológica. Es
el segundo de seis hermanos y mantiene una fuerte relación de competencia con su
hermano mayor. Durante su infancia se siente muy desapegado de su madre y muy
cercano a su padre. Es un niño débil y enfermizo, padece raquitismo y neumonía, así que
sus primeros años están marcados por la lucha contra la enfermedad. Su afán de
superación y el apoyo de su padre le llevan a estudiar Medicina.
Empieza su carrera profesional como oftalmólogo y, más tarde, se especializa en
Psiquiatría. Adler quiere ser un médico cercano a sus pacientes y comprometido con la
sociedad en la que vive. En su primera consulta como oftalmólogo atiende a personas de
un sector desfavorecido de Viena y durante la Primera Guerra Mundial sirve como
médico en el frente. Este contacto con la miseria, la enfermedad y las crueldades de la
guerra le lleva a reflexionar sobre la naturaleza humana y sobre nuestra capacidad para
sobreponernos y salir adelante en las peores situaciones.
Freud es el psiquiatra más reconocido de la época y ambos viven en la misma ciudad,
así que la relación es inevitable. Adler se interesa por el psicoanálisis y Freud le invita a
su famosa «reunión de los miércoles», donde solo los más allegados al fundador acuden.
Después de un tiempo de intercambio de ideas, surgen las desavenencias. Adler no
comparte la idea de que las pulsiones básicas sean solo sexuales. De hecho, es el primero
en proponer la existencia de un instinto de agresión que, curiosamente, Freud descarta
inicialmente para acabar incorporándolo más tarde a su teoría. Adler tampoco cree en la
universalidad del complejo de Edipo; él mismo es un ejemplo de todo lo contrario: una
mala relación con la madre y un padre que durante su niñez resulta su mejor apoyo.
Finalmente, la diferencia más importante entre ambos autores se concreta en la visión de
la persona: a Adler le interesa más el consciente que el inconsciente, el futuro que el
pasado. Para este autor somos ante todo seres sociales en contacto con el ambiente y
nuestra conducta está más determinada por las expectativas de cómo ha de ser el futuro
que por nuestras debilidades del pasado (Adler, 1931, 1927, 1938).
Sus últimos años los dedica a la creación de proyectos, muy en consonancia con su
idea de que las personas necesitamos comprometernos con la sociedad en que vivimos.
Crea centros para el tratamiento de niños y familias —las famosas Child Guidance
Clinics— y se dedica a enseñar a los padres y maestros pautas para educar niños
saludables psicológicamente (Adler, 1930). En 1934 se traslada a vivir a Estados Unidos,
huyendo de la Viena en la que Hitler triunfaba. Muere en Escocia en 1937 mientras daba
un ciclo de conferencias. Para un análisis más exhaustivo de la vida y obra de Adler el
lector interesado puede consultar el libro de Hoffman (1994): The drive for self [El

91
impulso hacia la individualidad].
Adler es un escritor prolífico, algunas de sus obras más conocidas son El sentido de la
vida (1931) o La educación de los niños (1930), pero sus escritos se cuentan por cientos.
Este psiquiatra vienés es, en muchos aspectos, el padre de la psicología moderna: su
visión del ser humano como un ente dirigido a la consecución de metas es una
inspiración para los humanistas, su trabajo con niños y familias lo convierte en un
pionero de la terapia familiar, y su visión de que la patología aparece como producto de
creencias erróneas inspirará a autores cognitivos como Ellis (Mosak, 1973). La
psicología adleriana sigue muy viva en el siglo XXI. Un ejemplo de cómo ha ido
evolucionando se puede encontrar en la obra de Carlson, Watts y Maniacci (2006).

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2. Visión de la persona

2.1. La psicología individual


Adler llama a su enfoque Psicología individual para hacer énfasis en su deseo de
entender a la persona como un todo que está en contacto con el contexto en el que habita.
Recordemos que la persona, según Freud, es esclava de unas pulsiones que la atan al
pasado y que la personalidad es el resultado de una lucha entre las partes que gobiernan
la vida intrapsíquica. Adler, en cambio, entiende al ser humano como un ente unitario
que mira hacia afuera, hacia la comunidad en la que habita. Además, está proyectado al
futuro, guiado por su instinto de superación, que lo lleva a mantenerse en marcha
tratando de alcanzar sus objetivos.
Dos son las ideas centrales de las que parte esta teoría: el sentido de comunidad y el
afán de superioridad. Para Adler los humanos somos innatamente sociales porque
nuestra supervivencia depende de ello. Por eso, desde pequeños debemos desarrollar un
compromiso con la sociedad y nuestra vida es más perfecta en la medida que
contribuimos a mejorar el mundo que habitamos (Prochaska y Norcroos, 2010).
A continuación describo los principales conceptos de la compleja teoría de la
personalidad de Adler basándome en los escritos de Adler (1931), Ansbacher y
Ansbacher (1956) y Mosak y Maniacci (2011).

2.2. El afán de superioridad


Además del instinto de comunidad, la otra fuerza que mueve al ser humano es el afán de
superioridad: el impulso para mejorar y perfeccionarse que toda persona tiene. Este
impulso para la superación, y todo lo que hacemos en pos de él, se produce en el
contexto de nuestra sociedad y modulado por nuestro sentido de comunidad. Adler tiene
una visión positiva del ser humano, piensa que buscamos prosperar, pero a través de la
cooperación con los otros y para el bien del mundo en el que vivimos.
Nuestro afán de superioridad es producto de un intento de compensar un sentimiento
de inferioridad que los humanos desarrollamos al hacernos conscientes de nuestra
debilidad en contacto con la grandeza del entorno. Así planteado, todas las personas lo
experimentan en alguna medida. Este sentimiento puede ser especialmente potente en
personas que, además, sufren problemas concretos a lo largo de su historia: padecen
algún tipo de limitación física o han sufrido algún problema durante su infancia que les
hace sentirse inseguros.
En la importancia que concede a las experiencias infantiles se constata la influencia de
Freud. Para Adler, la infancia nos deja recuerdos que condicionan nuestra vida, aunque
no sean necesariamente inconscientes. Dedica una especial atención al orden de

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nacimiento porque entiende que influye sobre nuestra personalidad: el primer hijo suele
ser más líder y organizado, el segundo más optimista y competitivo, y el más pequeño
tiende a ser más dependiente. Además, nos influyen los valores que recibimos de nuestra
familia y estamos expuestos a los conflictos que en ella puedan producirse: competencia
entre hermanos o falta de valoración por parte de los padres.

2.3. El estilo de vida


Todo lo que las personas hacemos guiadas por el impulso de superación se organiza en
lo que Adler denomina un estilo de vida. Se entiende por tal, todas las elecciones que
una persona hace para compensar los sentimientos de inferioridad y organizar su vida
buscando darle un sentido y progresar. Mientras que Freud ofrece una visión del hombre
dividido y marcado por el pasado, Adler entiende que la persona funciona como un todo
que busca conseguir un futuro mejor. Ese afán se plasma en un estilo de vida, en una
forma concreta de vivir, de enfrentarse a los problemas y de establecer relaciones.
Veamos el concepto ejemplificado sobre la propia vida del autor vienés: para superar
una infancia de incapacidad física se convierte en médico y, además, en un intelectual
que ofrece al mundo sus reflexiones sobre cómo mejorar a las personas y a la propia
sociedad. Asimismo, hay otras tres ideas centrales en la psicología adleriana que nos
ayudan a comprender cómo funciona el estilo de vida: el finalismo ficticio, el Yo ideal y
el Yo creativo.
Dos ideas se fusionan en el concepto de finalismo ficticio: a) los seres humanos son
finalistas, esto es, están guiados por unos ideales que buscan conseguir; y b) para
mantenernos en marcha todos nos autoengañamos en cierta medida. Las personas eligen
una forma de actuar determinada porque están comprometidas con un futuro concreto,
cada persona establece sus objetivos y se pone en marcha para conseguirlos, pero los
objetivos personales pueden estar basados en una ficción. Por ejemplo, alguien puede
elegir creer que es posible conseguir a corto plazo un planeta sin desigualdades y
ponerse a trabajar para conseguirlo. La cuestión es que necesitamos crear verdades
parciales, ficciones, y actuar «como si» fuesen completamente reales: «Estoy aquí, soy
una persona valiosa y si todos nos ponemos a trabajar, el mundo puede ser más justo,
podemos acabar con el hambre y la injusticia». Una persona puede asumir esa idea y
ponerse a trabajar en ello, aunque la realidad sea que vive con sus padres, no tiene un
empleo y los datos indiquen que en el planeta están aumentando las desigualdades.
Las metas que dan dirección a las personas constituyen el Yo ideal, un proyecto en el
que se incluyen los valores y características que se aspira a tener y que se han ido
copiando de aquellas personas a las que admiramos. Las metas son la base del plan en el
que se plasma el afán de superación, el estilo de vida es el resultado de ponerse a trabajar
para alcanzar los objetivos de superación.
Ya he dicho que Adler tiene una visión positiva de la persona y que esa es una de sus
principales aportaciones frente a la visión más negativa del psicoanálisis. La persona,
según Freud, actúa guiada por motivaciones inconscientes que ni conoce ni controla. La

94
propuesta de Adler es completamente diferente: las personas somos dueñas de nuestra
vida, podemos estar influidos por nuestro pasado, pero somos libres de decidir cuál ha de
ser nuestro futuro. El Yo no es, entonces, el mediador entre conflictos de la segunda
tópica freudiana, es un Yo creativo que establece objetivos y es capaz de dar un sentido
al pasado y utilizarlo para diseñar un futuro mejor al que dirigirse. La conclusión es que
el estilo de vida no es una simple reacción a las circunstancias pasadas, sino la decisión
creativa de una persona que quiere progresar, crea sus propias metas y pone en marcha
sus medios para conseguirlas.

Figura 4.1. Teoría de la persona de Adler

95
3. Patología
La base de la neurosis, según Adler, está en la constelación familiar, en las experiencias
que el niño vive en función del lugar que ocupa entre sus hermanos o el trato que recibe
de sus padres. El entorno familiar debe favorecer que el niño aprenda a confiar en sí
mismo y se sienta capaz de plantearse metas y crear un plan de vida adecuado. La
competencia entre hermanos, los problemas físicos o el comportamiento de los padres
puede impedir el desarrollo adecuado de esta seguridad básica.
Por ejemplo, los padres sobreprotectores que impiden que el niño haga las cosas por sí
mismo dan lugar a hijos inseguros que se sienten incompetentes y buscan
constantemente la atención de los otros. Padres excesivamente dominantes producen en
los hijos sentimientos extremos de falta de poder y reacciones de oposición sistemática a
la autoridad. Padres muy críticos dan lugar a niños muy inseguros que dudan de todo, y
la duda llevada al límite daría lugar a sintomatología obsesivo-compulsiva. Las personas
que en la infancia han pasado por experiencias muy duras (abuso, violencia) pueden
construir un plan de vida basado en la búsqueda de la venganza a través de la violencia.
Recordemos que para Adler el sentimiento de inferioridad es evolutivo y un acicate
para el progreso siempre que las personas consigan construir un estilo de vida que les
permita superarse. Pero a veces eso no es posible, habitualmente porque las
personalidades patológicas, excesivamente dañadas durante la infancia, cometen errores
básicos de interpretación de la realidad: sacan conclusiones sobre las relaciones o sobre
ellos mismos a partir de unas pocas experiencias con personas significativas. El
resultado es que la inseguridad y la sensación de inferioridad les llevan a asumir metas
desadaptativas para compensar; lo que se traduce, por ejemplo, en una necesidad
constante de atención o una búsqueda de poder a toda costa.
Adler describe la neurosis como una búsqueda constante de la seguridad (el neurótico
está atrapado en el «sí, pero»). Los neuróticos ponen en marcha estilos de vida ficticios
para compensar su inseguridad. Denomina arreglo neurótico a convertir la enfermedad
en un modo de vida, los síntomas los eximen de cumplir obligaciones y se concentran en
ellos mismos, utilizando su incapacidad como excusa.

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4. Tratamiento

4.1. Objetivos
La terapia adleriana pretende que las personas se conviertan en miembros constructivos
para su comunidad. Les ayuda a superar sus sentimientos de inferioridad y desánimo.
Trabaja para que cambien su interpretación de la realidad, modifiquen sus objetivos
vitales y su estilo de vida.

4.2. Terapeuta
Para los adlerianos la terapia es un trabajo de colaboración entre paciente y clínico. La
terapeuta es comprensiva, próxima y cálida con sus clientes para ayudarles a recuperar la
confianza en ellos mismos. Actúa como un modelo para los pacientes, como una persona
segura que se siente libre de ser ella misma y de expresar sus opiniones y emociones.
Esta actitud se plasma incluso en la distribución de la sala de consulta: terapeuta y
cliente se sientan frente a frente, a veces prescindiendo hasta de la mesa del despacho.
El trabajo del clínico es de reeducación, de aprendizaje de nuevas formas de vivir. La
visión es muy educativa, el terapeuta enseña y para ello se convierte en un modelo de
cómo comunicarse y actuar. Transmite activamente que las personas somos responsables
de nuestros estados de ánimo y también lo somos de los cambios.

4.3. Técnicas
El adleriano concede mucha importancia al proceso de crear una buena relación de
trabajo. Utiliza tres técnicas básicas para obtener información sobre la vida de los
clientes: análisis de la constelación familiar, de los recuerdos tempranos y de los sueños.
Además, aplica una serie de técnicas para producir cambios: interpretación y
prescripción de tareas. Veamos cada uno de estos aspectos resumidamente (Carlson,
Watts y Maniacci, 2006; Mosak y Maniacci, 2011):

Relación terapéutica: el terapeuta, desde una posición de respeto, trabaja


para devolver la confianza y la esperanza a la persona, valorando sus recursos
y ayudándole a convertirse en un miembro útil de la comunidad. Al mismo
tiempo, el profesional es activo ayudando a aclarar metas y empezando a
interpretar posibles funciones del síntoma.
Análisis de la constelación familiar: Adler piensa que es en la infancia
cuando la persona desarrolla una idea sobre sí mismo, los otros y la vida. Las
relaciones que vivió en la familia, los roles y los valores que le transmitieron

97
son determinantes. Así que obtiene información del orden que ocupaban los
hermanos, los roles de género, las relaciones entre los familiares (preferencias,
proximidad, parecidos) y, especialmente, de la actitud de los padres hacia cada
hijo y los valores que les transmitían.
Análisis de los recuerdos tempranos: con el objetivo de identificar los
objetivos de compensación que el paciente estableció en la infancia, el
terapeuta invita al cliente a contarle los tres recuerdos más vívidos que tiene
de su niñez, con el mayor detalle posible y tratando de establecer la época. Su
idea es que, si el adulto recuerda eso y no otra cosa, hay que suponer que en
ellos están las claves para entender su problema actual. Y en esos recuerdos se
deben buscar las ideas que la persona tiene sobre sí misma y la vida, sus
metas, sus motivaciones, valores y expectativas.

El proceso se aprovecha para identificar también los errores básicos que han dado
lugar a sus actuales percepciones: sobregeneralizaciones (nadie me ha querido
nunca), objetivos de búsqueda de seguridad falsos o imposibles (uno tiene que
gustarle a todo el mundo), falsas concepciones sobre la vida (es demasiado dura),
desconfianza de la propia valía (soy estúpido), valores defectuosos (si no ganas
dinero no eres nadie).

Análisis de los sueños: los sueños traen informaciones sobre los problemas
presentes que afronta la persona. Al contrario que Freud, Adler no cree que
existan significados universales en los sueños, ni que ofrezcan conexiones con
el pasado. Más bien informan sobre el presente y el futuro ofreciendo cursos
de acción posibles para afrontar una dificultad. Si queremos posponer la
opción que nos proponen olvidamos lo que hemos soñado, si queremos
evitarla la convertimos en una pesadilla. Según Adler, son una fábrica de
emociones que crean estados de ánimo que a su vez nos animan a afrontar o
evitar los problemas de la vida diaria.
Interpretaciones y otras intervenciones: para el psicoanálisis el cambio que
se produce a partir de las interpretaciones del terapeuta es un proceso lento. En
cambio, Adler usa el insight con mayor agilidad, buscando cambios rápidos.
El objetivo no es tanto que el cliente entienda por qué se encuentra atascado,
sino que encuentre una alternativa para salir adelante. No se trata de buscar las
causas del presente en el pasado, sino de encontrar nuevos propósitos para
avanzar hacia el futuro. El primer paso es que comprenda cuáles eran hasta el
momento los objetivos de su vida y lo que hacía para intentar conseguirlos, el
segundo es que ponga en marcha nuevos propósitos y formas de actuar
diferentes.

La herramienta básica para producir insight es la interpretación. Se interpretan los


sueños, los patrones de conducta, los síntomas y también lo que el paciente hace en
consulta. A través de ellas el terapeuta construye nuevos propósitos para la vida del

98
cliente y busca nuevos cursos de acción que se proponen siempre con respeto, como
tentativas: «me parece...», «es como si», «tengo la sensación de que».
En esta fase el terapeuta se muestra muy activo, usa el sentido del humor, reta al
paciente o usa metáforas. Le gusta mucho crear imágenes para definir a las personas
y hacerlas conscientes del momento en el que están: «Eres el patito feo, te quejas y
te quejas, pero no haces nada por crecer y sacar al cisne que llevas dentro».
Son famosas dos técnicas de Adler para producir insight en sesión: «pulsar el
botón» y «escupir en la sopa del cliente». «Pulsar el botón» consiste en que le pide
a su paciente que recuerde una situación placentera y las emociones que tenía en ese
momento. Cuando lo consiga debe hacer una foto mental para grabar una imagen
que representa la situación. Luego repite el proceso con un acontecimiento negativo.
Su objetivo es que las personas aprendan que son dueños de sus emociones, que
ellos las desencadenan y que, por lo tanto, son capaces de controlarlas.
Una intervención interesante es la que se conoce como «escupir en la sopa del
cliente». La idea en que se basa la obtiene Adler de un comedor infantil donde los
niños escupían en la sopa del vecino para evitar que se la comiera. Adler hace lo
mismo con sus clientes metafóricamente, les descubre la función que cumplen los
síntomas en su vida para que, al hacerse conscientes de por qué lo hacen, se vean
liberados de la necesidad de repetirlos.

Tareas entre sesiones: Adler es uno de los primeros en adoptar esta práctica
que luego asumirán casi todos los modelos de psicoterapia. El objetivo es
trasladar a la vida diaria los cambios que se producen en las sesiones, para así
ampliar y afianzar los avances. Algunas tareas que usa son:
La prescripción paradójica, que consiste en invitar a la gente
a realizar conscientemente el síntoma que pretenden hacer
desaparecer. «Deprímete más para que averigüemos cómo
funciona tu tristeza», «quiero que practiques todos los días un
rato a hacer voluntariamente los tics». El objetivo es dar a la
gente control sobre sus síntomas como un primer paso para
darles responsabilidad para enfrentarlos.
También usa la tarea de actuar «como si...». Por ejemplo, «haz
como si ya fueses una persona segura». Su idea es que en la
medida que la gente empieza a hacer cosas diferentes y se da
cuenta de las consecuencias que tienen, poco a poco se van
transformando en personas distintas.
Para hacerlos conscientes de sus formas de actuar inadecuadas
les pide que se «cacen a sí mismos» haciendo el
comportamiento negativo. Su idea es que ese es el primer paso
para conseguir que la gente anticipe las conductas que ha de
cambiar y sea capaz de controlarlas.
Usa también muchas tareas para mejorar las relaciones con

99
otras personas: «De aquí a la próxima vez que nos veamos haz
una cosa que le guste a cada persona de tu familia». Y es
pionero en ajustar las tareas a la motivación de la gente: «Si no
te sientes preparado para eso limítate a pensar qué cosas harías
si quisieras agradarles».

4.4. Proceso terapéutico


El tratamiento se divide en cuatro fases (Corey, 2009):

1. Establecimiento de la relación terapéutica: el terapeuta crea una alianza de


trabajo sobre las bases que antes comenté, al tiempo que establece las metas de
la intervención. Hay que tener cuidado con los objetivos que el cliente trae a la
terapia porque pueden ser la plasmación del estilo de vida compensatorio en el
que está atrapado. Por ello, el terapeuta puede cuestionar los objetivos vitales
actuales para así conseguir que el cliente proponga unos nuevos. El paciente
recibirá el
apoyo del terapeuta para resolver las quejas iniciales y para alcanzar el segundo
tipo de objetivos vitales que ya se consideran adaptados.
2. Exploración de la dinámica psicológica: en una entrevista subjetiva se anima a
la persona a contar su vida, mientras el terapeuta aprovecha para ser empático y
para ir haciendo hipótesis sobre los problemas e intereses de la persona.
Normalmente, terminan con lo que los adlerianos llaman «la pregunta»: ¿qué
sería diferente en tu vida o qué estarías haciendo diferente si no tuvieses los
síntomas? La usan para averiguar la función que tienen los síntomas y qué están
ayudando a evitar.
A partir de ahí, se va evaluando y trabajando con las diferentes técnicas que
antes presenté: análisis de la constelación familiar, recuerdos tempranos y
análisis de los sueños. El trabajo en sesión puede ser completado con tareas
para casa.
3. Clarificación: toda la información se va interpretando para conseguir que la
persona entienda sus propias motivaciones.
4. Reorientación: el último escalón del proceso es persuadir al cliente de que
necesita cambiar, ya que su vida con los síntomas es segura, pero no feliz. Así
que ha llegado el momento de llevar los insights a la práctica. El terapeuta actúa
como un educador que orienta a la gente hacia un estilo de vida más útil, en el
que tenga sentido de comunidad, se sienta útil para los demás y acepte sus
imperfecciones.

100
LA PSICOLOGÍA ANALÍTICA DE CARL G. JUNG

1. Historia
Carl G. Jung nació en 1875, cerca de Basilea (Suiza), en el seno de una familia de
pastores protestantes. Su padre es clérigo, al igual que su abuelo materno y algunos de
sus tíos. Es un niño introvertido y solitario que se cría jugando en iglesias y escuchando
los sermones de su padre. En la suiza de la época, el espiritismo es una práctica habitual,
su abuelo materno contactaba en el mundo de los espíritus con su mujer fallecida y una
de sus primas es médium. Todo este ambiente marca profundamente su vida y su
concepción de la terapia.
Se especializa en Psiquiatría porque en esta ciencia encuentra la unión entre sus dos
intereses: el mundo de la medicina y el de la espiritualidad. En su primer trabajo en una
clínica psiquiátrica en Zúrich colabora con Joseph Bleuler, otro de los grandes
psiquiatras del momento. Bleuler es uno de los precursores de la psicopatología, con él
Jung trata a pacientes diagnosticados de lo que entonces conocían como demencia
precoz, lo que hoy llamamos esquizofrenia. Además, se interesa por la experimentación
con el test de asociación de palabras, una técnica paralela a las asociaciones libres de
Freud. Guiado por su curiosidad y el deseo de ayudar a su prima médium asiste a las
sesiones en las que ella contacta con su abuelo materno muerto, adoptando diferentes
personalidades a lo largo del trance. El contacto con las psicosis y el estudio de su prima
le llevan a concebir la mente humana como un conjunto de personalidades potenciales.
Pronto toma contacto con el psicoanálisis, llegando a convertirse en uno de los autores
de referencia en este modelo. Freud, en los primeros momentos, le reconocía como su
discípulo favorito y su sucesor indiscutible. Luego, surgieron las desavenencias. La
principal es que Jung no reconoce el carácter exclusivamente sexual de la libido, que
entiende como una energía general que alimenta el aparato psíquico. Tampoco compartía
la universalidad del complejo de Edipo, no creía que todas las personas pasaran
necesariamente por ese conflicto con el padre del mismo sexo. Además, las teorías
freudianas eran incapaces de explicar los síntomas de los pacientes psicóticos y Jung no
acababa de creer plenamente en las posibilidades terapéutica del método propuesto por
Freud. Al final, Jung termina abandonando la Asociación Psicoanalítica y recibiendo el
rechazo de Freud.
Después de eso, Jung desapareció de la vida pública y se dedicó a su consulta y a la
reflexión sobre sus ideas y su propia personalidad. De ese periodo sale la mayoría de sus
propuestas, que culminan en los Tipos psicológicos, su gran obra para explicar la
personalidad, publicada en 1921. A partir de esa fecha, los viajes marcan su vida, visita
África y la India. Empieza su interés por la cultura oriental, que marcará muchas de sus
ideas sobre los contenidos de su gran aportación: los arquetipos del inconsciente
colectivo.

101
2. Visión de la persona
Para Jung, el aparato psíquico es un sistema autorregulado. Al contrario que Freud, está
muy interesado por teorizar sobre la parte consciente y, además, completa la teoría del
maestro sobre el inconsciente dividiéndolo en personal y colectivo (Jung, 1954, 1963).

2.1. Un sistema autorregulado


Jung, al igual que Freud, considera que nuestra psique está conformada por una
estructura y por una energía que la mantiene en movimiento. Llama también «libido» a
la energía del sistema, aunque la entienda como algo universal y no específicamente
sexual. Su concepción de la dinámica psíquica es también algo distinta a la freudiana,
para Jung toda nuestra psicología se basa en la lucha entre fuerzas enfrentadas que
generan tensiones. La energía psíquica discurre de un polo al otro, la psique siempre
busca un equilibrio entre los opuestos, y el desarrollo de la persona es producto de la
consecución de ese equilibrio.
La polaridad principal se produce entre el consciente y el inconsciente. Si una persona
vive una vida muy racional, defendiéndose estrictamente de sus deseos ocultos, el
inconsciente reaccionará en forma de sueños o fantasías que invaden la conciencia. Y al
contrario, si el inconsciente pugna por controlar la vida psíquica de la persona, el
consciente aumentará sus mecanismos de defensa. A estas reacciones para tratar de
mantener el equilibrio Jung las llama compensaciones, y serían un mecanismo de la
misma categoría que la represión freudiana. La misma tensión entre opuestos se da entre
otras entidades en diferentes niveles del aparato psíquico: persona-sombra, introversión-
extraversión, pensamiento-sentimiento, etc.

2.2. El consciente
Si la psicología freudiana pone su énfasis en comprender el inconsciente, la junguiana es
una psicología de la conciencia. El consciente es el centro de la vida psíquica y el Yo es
su máximo representante. El Yo aparece de forma temprana en el desarrollo infantil y es
la primera manifestación consciente de un arquetipo del que luego hablaré: el Sí mismo.
El Yo se encarga de gobernar las relaciones de la persona tanto con el mundo exterior
como con el interior (el inconsciente). Para esta regulación, el Yo utiliza dispositivos
diferentes: exopsique y endopsique (García de la Hoz, 2010). La parte de la conciencia
que nos permite relacionarnos con el medio externo es la exopsique, y sus mecanismos
de actuación se conocen como las funciones psíquicas: pensamiento, sentimiento,
sensación e intuición. Los mecanismos de relación con nuestro mundo interior
constituyen la endopsique, y algunas de sus funciones son la memoria y las emociones.

102
Toda la teoría de los tipos psicológicos de Jung (1921) es un esfuerzo por categorizar
a las personas en función de las características dominantes en su actividad consciente. El
autor suizo recoge toda la tradición filosófica de crear perfiles psicológicos para
catalogar a los seres humanos. Ha quedado dicho que la función del Yo es gobernar tanto
la vida interna (el inconsciente) como las relaciones con el exterior (el mundo). De
acuerdo con esta idea, habrá personas que tiendan a dirigir los propios intereses y la
atención más hacia la vida interior, mientras que otras lo harán más hacia el mundo
exterior. A la primera tendencia la denomina introversión y a la segunda extroversión.
Jung cree que se pueden clasificar a las personas en función de la dirección que toma su
actividad psíquica en este continuo introversión-extroversión. Para dar un poco de mayor
complejidad al asunto, este eje lo combina con las cuatro funciones psíquicas que antes
expliqué. Las personas en las que predomina el pensamiento serían individuos
reflexivos, si predominan los sentimientos tendríamos personas afectivas, si priman las
sensaciones tendríamos personas sensitivas y si son las intuiciones las que gobiernan la
psique, tendríamos individuos intuitivos. Cada uno de estos cuatro componentes puede
combinarse con introversión y extraversión, dando lugar a ocho categorías: reflexivos-
extrovertidos (o introvertidos), afectivos-extrovertidos (o introvertidos); sensitivos-
extrovertidos (o introvertidos) e intuitivos-extrovertidos (o introvertidos). Jung define
cuidadosamente cada una de estas categorías creando una elaborada teoría de la
personalidad.

2.3. El inconsciente colectivo y los arquetipos


Según Jung (1954), habría dos tipos de inconsciente: un inconsciente personal y un
inconsciente colectivo. El primero sería más superficial, más próximo al Yo, y el
colectivo sería más profundo y se manifestaría a través de material que emerge al
inconsciente personal (imágenes, fantasías).
Jung deduce la existencia del inconsciente colectivo del estudio de diferentes culturas,
de sus mitos, de sus símbolos. Concluye que hay símbolos y conceptos que son
universales y que en ellos se resumen los aprendizajes básicos de la especie. Su idea es
que las personas nacemos ya con todo un bagaje cultural que reside en el inconsciente
colectivo. Los contenidos que dan estructura a este son los arquetipos: modelos de
conducta con los que nacemos y que son únicamente potencialidades; como si nuestra
mente estuviera dotada de una serie de temas generales, de receptáculos temáticos que
nos preparan para vivir situaciones especiales. Habrá, por ejemplo, una caja para
nuestras vivencias como hijos o hijas, otra para nuestro comportamiento como esposos o
esposas y otra para nuestra actuación como padres o madres. Roles todos ellos que puede
acabar desempeñando cualquier ser humano. Pero digo que son únicamente
potencialidades, los contenidos que llenarán esas cajas son específicos de cada persona si
es que acaba pasando por una de esas situaciones. Por ejemplo, hay una idea arquetípica
de maternidad que se acabará realizando en las vivencias concretas de cada mujer en el
momento en que sea madre. Y si nunca llega a serlo el arquetipo se quedará en una

103
potencialidad que nunca se llegó a materializar, y esa caja se quedará vacía en la vida de
la persona.
Los arquetipos determinan lo que percibimos y cómo nos comportamos.
Teóricamente, hay tantos arquetipos como situaciones posibles en la vida humana. Hay
arquetipos abstractos (dios, sabiduría), arquetipos sobre situaciones (nacimiento, muerte,
casamiento) o sobre objetos (sol, serpientes, fuego) (García de la Hoz, 2010). Su
finalidad es ofrecernos recursos para enfrentarnos a situaciones vitales importantes. Nos
informan, por ejemplo, sobre en qué consiste la maternidad y qué significa para nuestra
especie, cómo debemos comportarnos en caso de ser madres o cómo debemos reaccionar
ante situaciones vitales importantes relacionadas con este aspecto de nuestra existencia.
Otro arquetipo es la sombra, que representa lo desconocido, el héroe, que representa la
valentía, el viejo sabio, que es el conocimiento, u otros como la divinidad o el salvaje.
Los arquetipos se representan en símbolos a través de los que se expresa el inconsciente
colectivo y que en ocasiones invaden el inconsciente personal y se manifiestan en
nuestros sueños. A Jung le interesaba mucho el estudio de las religiones y de las culturas
y sus mitos, precisamente porque pensaba que en estos productos se manifestaban con
mayor claridad los arquetipos del inconsciente.

2.4. El inconsciente personal y los complejos


El inconsciente personal coincide básicamente con el inconsciente freudiano con leves
matizaciones. Las diferencias son que para Jung (1954): a) parte del material del
inconsciente personal no está reprimido, únicamente tiene un bajo nivel de activación y
ha caído en el olvido; b) el inconsciente es una parte positiva de la personalidad, es una
realidad natural que está ahí, que no hay por qué negar, ya que cumple una función
importante.
Así como los arquetipos son el contenido del inconsciente colectivo, lo que da
estructura al inconsciente personal son los complejos: la imagen de una situación
psíquica (una escena relacional del pasado) compuesta por un conjunto de recuerdos
(ideas, imágenes) muy cargados emocionalmente que funcionan de una forma autónoma,
apenas controlados por la consciencia. Los complejos tienen un núcleo arquetípico, esto
es, están conectados con una de esas situaciones potenciales que describen los
arquetipos, y se pueden activar ante situaciones de la vida real. A Jung se le ocurre esta
idea mientras experimentaba con el test de asociaciones de palabras. En esa época
describe cómo determinadas palabras producen «perturbaciones en la conciencia» de
algunas de las personas que las leían y que se manifestaban en reacciones emocionales o
aumentos del tiempo de recuerdo. Su idea es que las palabras provocan asociaciones
inconscientes con sucesos traumáticos olvidados del pasado. Una idea, por lo demás,
muy similar a la de las defensas de Freud. La diferencia es que para Jung no se trata de
informaciones aisladas, sino de aspectos de la personalidad que constituyen entidades en
sí mismos, que se comportan como si fueran seres independientes, con un deseo propio.
Tampoco son necesariamente aspectos patológicos, forman parte de la personalidad

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humana «normal». Los complejos se expresan en el consciente a través de los síntomas
(las alucinaciones, por ejemplo) o los sueños.
La idea es complicada y requiere de una mayor profundización. Para entenderla hace
falta un apunte previo sobre la naturaleza de los complejos. He dicho que según Jung la
personalidad es un sistema autorregulado y con un constante intercambio de energía
entre los polos. Ese intercambio también se produce entre el inconsciente colectivo y el
personal. Los complejos del inconsciente personal hacen referencia a recuerdos de
eventos traumáticos reprimidos en el inconsciente. Pero los complejos tienen también
asociada una huella de los arquetipos del inconsciente colectivo. Esta asociación ocurre
de la siguiente manera: cuando una persona pasa por una situación vital importante (su
primer enamoramiento), se puede activar un arquetipo del inconsciente colectivo que
coincida con las características de ese evento (amor), en ese momento se producen una
serie de emociones, ideas y sensaciones que se asocian con la situación y hacen que se
constituya el complejo en inconsciente personal cuando la vivencia es negativa (por
ejemplo: es rechazado y humillado). La idea es que los arquetipos son solo
potencialidades que se convierten en realidades psíquicas (complejos) cuando una
situación vital las desencadena, y hace que se establezca este enlace emocional entre
arquetipos y complejos.

2.5. Entidades de la personalidad


Algunas de las partes de la personalidad que Jung (1954) propone son: la sombra, la
persona, el ánima, el Yo y el Sí mismo.

Ya adelanté que la sombra es el arquetipo de lo desconocido, de lo peligroso


y del mal. Incluye todo lo que el Yo podría llegar a ser pero se niega a
desarrollar, incluyendo aspectos negativos (agresión, tendencias negativas) y
también dimensiones positivas, pero negadas por el individuo (ser más
hedonista, por ejemplo).
Otro contenido esencial es la persona: nuestra cara al exterior, lo que
elegimos que los demás vean de nosotros mismos, la máscara (de ahí viene el
nombre) con la que decidimos presentarnos ante la sociedad. Hay muchos
egos posibles y elegimos uno, y ese es otro contenido que se debe revisar en
psicoterapia, ¿por qué ese?, ¿qué otros dejamos ocultos? Sombra y persona
son dos de los polos opuestos que tanto gustan a Jung, la primera es nuestra
cara al exterior y la segunda lo que mantenemos oculto porque no sería
aceptado.
Otro de los personajes que habita nuestra psique es el ánima. Básicamente es
la imagen del otro sexo que tiene cada persona. De nuevo es un arquetipo y,
por lo tanto, algo innato, pero en cada uno de nosotros se construye de manera
diferente en función de nuestras experiencias con personas del otro sexo. El
ánima sería la parte femenina de los hombres y el ánimus el arquetipo

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