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Análisis del Caso Fuller: Ética y Derecho

El documento analiza el caso de los exploradores de cavernas de Lon L. Fuller, donde cinco miembros de una sociedad espeleológica se ven obligados a tomar decisiones extremas para sobrevivir tras quedar atrapados en una caverna. A través de diferentes posturas de los ministros de la Suprema Corte de Newgarth, se exploran dilemas éticos y jurídicos sobre la culpabilidad de los sobrevivientes, destacando las perspectivas iuspositivista y iusnaturalista. El análisis revela la complejidad de la argumentación jurídica y la necesidad de considerar tanto la ley como las circunstancias excepcionales del caso.

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Análisis del Caso Fuller: Ética y Derecho

El documento analiza el caso de los exploradores de cavernas de Lon L. Fuller, donde cinco miembros de una sociedad espeleológica se ven obligados a tomar decisiones extremas para sobrevivir tras quedar atrapados en una caverna. A través de diferentes posturas de los ministros de la Suprema Corte de Newgarth, se exploran dilemas éticos y jurídicos sobre la culpabilidad de los sobrevivientes, destacando las perspectivas iuspositivista y iusnaturalista. El análisis revela la complejidad de la argumentación jurídica y la necesidad de considerar tanto la ley como las circunstancias excepcionales del caso.

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Análisis del caso de los


exploradores de cavernas de Lon
L. Fuller
HUGOASM@[Link] AGOSTO 25, 2023 UNCATEGORIZED

Através del caso de los exploradores de cavernas, Lon L. Fuller nos plantea uno de
los problemas más complejos e interesantes de cuantos se hayan ideado en el ámbito de
la filosofía jurídica, el cual, entre otras cosas, nos da cuenta de la importancia que
reviste la argumentación jurídica dentro del Derecho, disciplina que –como todas las
cosas pertenecientes a esta realidad cognoscible por virtud de los sentidos– está,
indefectiblemente, afectada por una alta dosis de relatividad epistemológica que
requiere ser reducida a su mínima expresión en manos del propio pensamiento humano.
El caso, de manera telegráfica, versa sobre la infortunada y penosa situación a la que
tuvieron que enfrentarse cinco sujetos, entre ellos Roger Whetmore, miembros de
la Sociedad Espeleológica, organización de aficionados cuya función radicaba en
la exploración de cavernas.
Los hechos a partir de los que se constituye el caso a estudio son los siguientes. A
principios de mayo del año 4299, los referidos cinco sujetos miembros de la Sociedad
Espeleológica penetraron en el interior de una caverna de piedra caliza, siendo el
caso que, al encontrarse lejos de la entrada de dicha caverna, tuvo lugar una avalancha
que los dejó sepultados por un lapso de 36 días. En la medida en que el tiempo se
consumía, las condiciones de sobrevivencia al interior de la caverna, como es lógico, se
hacían cada vez más difíciles, pues el alimento que llevaban consigo los sujetos
sepultados no resultó suficiente para los 36 días que duró la desgracia. Fue precisamente
en atención a estas apremiantes circunstancias como Roger Whetmore planteó la
propuesta de que, según los dictados del azar materializados en un dado, se le privara de
la vida a uno de los cinco sujetos con el objeto de que fuera comido y evitar, de esta
manea, la cada vez más cercana muerte por inanición a que estaban destinados si no se
hacía nada –pues la caverna no contenía sustancia animal ni vegetal que permitiera
subsistir–. Los sujetos convinieron que así se hiciera. Una vez que fue el turno de Roger
Whetmore, éste se desistió de lo que en principio había sido su idea, sin embargo el
resto del grupo lo acusó de transgresor del convenio previamente celebrado y lo
obligaron a cumplirlo, tirando otro sujeto los dados por él. Como consecuencia de esto,
a Roger Whetmore se le concedió la oportunidad de que hiciera las objeciones
necesarias en cuanto a la tirada de los dados, sin embargo éste dijo no tener ninguna. El
tiro le resultó adverso, siendo por ello privado de la vida y comido por sus compañeros
el día vigésimo tercero. Los cuatro sujetos sobrevivientes fueron procesados por el
delito de homicidio y condenados a la horca.
Es a la luz de estos hechos como los cinco ministros de la Suprema Corte de
Newgarth a cuya consideración se sometió el caso –Truepenny, Foster, Tatting, Keen
y Handy– desarrollan, a partir de posiciones iusfilosóficas distintas y valiéndose de
diversos recursos argumentativos, su opinión respecto del mismo, a efecto de apoyar o
controvertir la sentencia condenatoria hecha recaer sobre los cuatro exploradores de
cavernas sobrevivientes.
A continuación se procederá a efectuar un análisis pormenorizado, desde un punto
de vista argumentativo, de las posturas adoptadas por cada uno de los ministros en el
presente caso, con el objeto de conocer su grado de veracidad y, a partir de ahí, estar en
condiciones de emitir una propuesta de cómo solucionar el caso.

Argumento del Ministro Presidente Truepenny


(Sentido de la decisión: apelar a la determinación del jefe del
Poder Ejecutivo)
La postura mostrada por este ministro descansa en una
concepción iuspositivista del Derecho, pues se encuentra, en todo momento, dentro
de los límites legalmente establecidos, es decir, se mantiene fiel a la letra de la ley sin
permitir que su apreciación se vea afectada por aspectos de orden moral, los cuales, a
pesar de que en el fondo se presentan, no repercuten en la decisión a la que llega. En
otras palabras, como reza el positivismo, el argumento del presente ministro logra hacer
una correcta separación entre moral y Derecho.
De conformidad con lo expresado por este funcionario, al momento de buscar la
solución del caso debemos enfrentarnos ante el siguiente dilema ético-jurídico: por un
lado se encuentra el imperio de la ley que debe ser reconocido y hecho valer en todo
momento y, por el otro, las circunstancias particulares del caso que impiden considerar
como homicidas a los acusados en el estricto sentido de la palabra, ya que, finalmente,
éstos actuaron conforme a un estado de necesidad que los excusa de su actuar, razón por
la que no es posible darles el mismo tratamiento que reciben aquellos cuya conducta se
dirige, intencionalmente, a privar de la vida a otro. Este dilema es resuelto por el
ministro presidente haciéndose solidario con la petición realizada por el jurado y por el
juez inferior al jefe del Poder Ejecutivo, a efecto de que éste, por virtud de su clemencia
y facultades, de lugar a la conmutación de la pena de muerte por la de seis años de
prisión, pues de esta forma, según aduce, se hará justicia sin menoscabo de la letra ni
del espíritu de la ley y sin ofrecer estimulo a su transgresión. Lo que en el fondo
sostiene el ministro Truepenny –es decir, lo que lo lleva a delegar, en cierta medida, su
responsabilidad– es que, por una parte, las conductas desplegadas por los acusados no
ameritan la pena que les ha sido impuesta –las circunstancias del caso así lo sugieren–,
sin embargo, por otra parte, su fidelidad al orden jurídico le dicta que no es posible
evadir el cumplimiento de la ley cuanto ésta es clara, ya que de hacerlo se establecería
un estado de excepción que, ulteriormente, traería consecuencias negativas para el orden
jurídico. Es decir, la solución propuesta por este ministro, según aduce, evitará cometer
una injusticia y simultáneamente preservará el respeto por la ley.
Se advierte que el ministro presidente Truepenny, se apega a una doctrina de
interpretación y aplicación del derecho racionalista, concretamente logicista, ya que su
razonamiento deriva estrictamente de una lógica formal en donde la premisa mayor está
dada por la redefinición de homicidio que encontramos en la prescripción comprendida
por la ley – la cual, a partir de sus elementos, es una norma con carácter deóntico
prohibición, negativa, categórica e hipotética, impersonal, general y abstracta–, la
premisa menor está representada por el caso concreto y la conclusión no es más que la
subsunción de ésta en aquélla. Es decir, el presente personaje considera que la lógica
formal, llevada a cabo mediante silogismos, es suficiente para la resolución del caso en
cuestión.
En este sentido, el argumento interpretativo empleado por el ministro en comento
es meramente deductivo, pues, como dijimos, su razonamiento se da en función de un
silogismo puro, el cual, en cierta medida, está afectado de una falacia ad
misericordiam toda vez que, a sabiendas de que la ley resulta insuficiente para la
resolución del caso, apela a la compasión, a la misericordia o a la generosidad
comprensiva a efecto de que su apego pleno al texto de la ley sea aprobado,
proponiendo, en todo caso, una salida alterna: la determinación del jefe del Poder
Ejecutivo.
Para el desarrollo de su postura, el funcionario en mérito se valió del empleo de un
uso del lenguaje, primero, descriptivo, concretamente cuando se dedica a narrar los
hechos acontecidos; segundo, trata de incidir en la conducta de sus compañeros al
proponerles que, con el propósito de actuar con justicia sin que se infrinja la ley, sean
solidarios con la petición realizada por el jurado y por el juez inferior al jefe del Poder
Ejecutivo, por lo que se vale de un uso directivo del lenguaje; y, por último, nos
encontramos, sobre todo en las líneas del último párrafo de su intervención, con un
lenguaje emotivo al mencionar que “si así ocurriera (la conmutación de la pena por
parte del Poder Ejecutivo), se hará justicia, sin menoscabo de la letra ni del espíritu de
nuestra ley y sin ofrecer estímulo a su transgresión”. En este último caso, como es
natural, nos enfrentamos a ciertos problemas de ambigüedad, pues resulta difícil definir
términos tales como justicia y espíritu.
De lo anterior podemos decir, en suma, que la intervención del ministro
Truepenny fue insuficiente tanto en términos prácticos –pues delegó la responsabilidad
que le correspondía al Poder Ejecutivo– como argumentativos –pues, como se vio, su
argumentación fue exigua– para la solución del caso que nos ocupa.
Argumento del Ministro Foster
(Sentido de la decisión: los acusados son inocentes)
El ministro Foster nos da cuenta, de manera clara, que su postura filosófica del
Derecho descansa en una concepción meramente iusnaturalista, debido a que su
enfoque filosófico del caso se desarrolla bajo la premisa de que los derechos del hombre
–por no decir humanos– se fundan en la naturaleza humana, siendo, además de
universales, anteriores y superiores (o independientes) al ordenamiento jurídico positivo
y al derecho fundado de manera consuetudinaria. Esta premisa la encontramos inmersa
en las siguientes palabras del propio Foster: “… todo el derecho positivo de este
Commonwealth, incluyendo todas sus leyes y todos sus precedentes, es inaplicable a
este caso, y que el mismo se halla regido por lo que los antiguos autores de Europa y
América llamaban «el derecho natural»”.
La conclusión de que los acusados son inocentes de haber asesinado a Roger
Whetmore y que, por lo mismo, la sentencia debe ser revocada, se apoya, según el
ministro en mérito, principalmente en dos fundamentos: primero, dado que el derecho
positivo nace de la necesidad de permitir la convivencia armónica y pacífica entre los
seres humanos, al momento en que dicha finalidad –permitir la coexistencia– se ve
imposibilitada, deja de existir la condición implícita que sustenta la legitimación de las
leyes y precedentes, es decir, del derecho positivo en su conjunto pierde su razón de ser,
de forma tal que cuando dicha condición desaparece nuestro orden positivo queda sin
fuerza y, consecuentemente, no debe ser acatado u obedecido. El hecho de que un caso
pueda sustraerse de la fuerza del orden jurídico, afirma Foster, puede darse con motivo
de circunstancias tanto de orden geográfico –razón por la que hablamos de competencia
en el Derecho– como de orden moral –como pretende demostrar en el presente caso–.
En este orden de ideas es como sostiene que cuando aquellos hombres tomaron su
funesta decisión se hallaban más allá de los límites del orden jurídico, es decir, que en el
momento en que Roger Whetmore perdió su vida a manos de los acusados, éstos se
encontraban no en un estado de “sociedad civil”, sino en un “estado de naturaleza”,
dentro del cual todo es válido en la medida en que no hay Derecho.
El segundo argumento esgrimido por el ministro Foster afirma que si bien los
acusados han cometido un acto que viola el texto literal de la ley, lo cierto es que, según
la máxima “un hombre puede violar la letra de la ley, sin violar la ley misma”, se debe
atender a los fines perseguidos por ella –que en el caso concreto son de carácter
preventivo–, pues sólo de esta manera se estará en condiciones de establecer las
excepciones en virtud de las cuales se podrá decidir con apego a la justicia, tal como se
pensó al momento de crear la figura de la defensa propia y como se debería resolver
el presente caso.
Es evidente que el ministro Foster parte de una doctrina de interpretación y
aplicación del derecho por demás irracionalista, en virtud de que se muestra escéptico a
lo establecido por la ley y, por lo mismo, se niega a resolver el caso a partir de un mero
silogismo, es decir a través de la lógica formal. Por el contrario, decide ir más allá de lo
legalmente reconocido, explorando terrenos como lo son los cánones del derecho
natural y la teleología de la ley, pues, en su concepto, allegándonos de estos elementos
podremos dar lugar a una decisión correcta, tanto desde el punto de vista ético como
jurídico. Para el presente funcionario, la lógica formal no es ni necesaria ni mucho
menos suficiente, por lo que se deben atender todas y cada una de las circunstancias
prevalecientes en el caso concreto, con independencia de lo que la ley pueda prescribir,
pues ésta no es capaz de comprender toda la realidad.

Para ello, a lo largo de su intervención, el ministro Foster se valió de distintos


argumentos interpretativos. En un primer momento, podemos decir que partió de una
combinación argumentativa entre un argumento sedes materiae y un argumento
de autoridad, toda vez que en atención a la sede topográfica que, dentro del orden
jurídico, guarda el enunciado normativo que redefine al homicidio –destinado a
solucionar los casos que no se sustraen de la fuerza del derecho positivo por razones
éticas o territoriales–, comienza a hablar de las excepciones que correlativamente a toda
regla deben existir, invocando al derecho natural –aquí es donde entra el argumento de
autoridad– como el orden universal, anterior, superior e independiente del derecho
positivo, como la vía para resolver todo conflicto que a la luz del derecho positivo no
encuentre solución. Posteriormente, a fin de seguir su línea de pensamiento según la
cual se debe tomar en cuenta el propósito de la ley, se vale de un
argumento psicológico-teleológico en el momento en que desentraña el sentido que
el edictor de la norma pretendió plasmar en la misma, a efecto de conocer la finalidad a
que fue destinada y así poder resolver de manera justa y conforme a derecho.
Finalmente, continúa robusteciendo su dicho en función de una combinación entre un
argumento mediante ejemplos y un argumento diacrónico –podemos decir que
se vale de ejemplos históricos–, puesto que se dedica a poner de manifiesto, a través de
tres casos (Commonwealth c/ Staymore, Fehler c/ Neegas y el caso de la
defensa propia), las excepciones que en distintas ocasiones se han hecho a la ley, por lo
que, procediendo de manera inductiva, concluye en forma general que es admisible, en
atención a las circunstancias, hacer excepciones a la ley.
Para desarrollar sus argumentos, el funcionario a estudio empleó, principalmente,
un uso descriptivo, emotivo y directivo del lenguaje. El primer uso se observa al
principio de su intervención en donde, ciertamente, se dedica a criticar la decisión
adoptada por su colega Truepenny mediante la descripción de lo que éste en su
momento dijo. El uso emotivo del lenguaje se aprecia a lo largo de todo el texto, pues,
como se dijo, Foster recurre a argumentos que podrían ser tildados, incluso, de
fantásticos dado el fuerte sabor emotivo que en ellos se percibe. Hipérboles como: “Si
esta Corte llega a declarar que de acuerdo con nuestro derecho estos hombres han
cometido un crimen, entonces nuestro derecho mismo resultará condenado ante el
tribunal del sentido común”; “Como el aire que respiramos, está en nuestra
circunstancia de manera tal que nos olvidamos que existe hasta que, de repente, nos
vemos privado de ella”; “Si, pues, nuestros verdugos tienen el poder de poner fin a la
vida de los hombres; si nuestros oficiales de justicia tienen el poder de lanzar a
inquilinos morosos; si nuestros agentes de policía tienen el poder de arrestar a ebrios
escandalosos, tales poderes hallan su justificación moral en aquel convenio originario de
nuestros antepasados”, etc. Estas aseveraciones, como es evidente, nos dan cuenta de la
intencionalidad de su autor: mover ciertas cuerdas sensibles de los interlocutores para
ganarse su aceptación. Sin embargo, claro está, el empleo de este tipo de lenguaje –al
menos en el Derecho– da lugar a una serie de ambigüedades y vaguedades que impiden
un correcto entendimiento por parte de quienes buscamos solucionar un problema
netamente jurídico, pues, al ser impreciso, deja abierta la posibilidad a la interpretación
y, con ello, a la incertidumbre jurídica. En todo caso, un exceso en el uso de este tipo
de lenguaje, como sucede en este caso, podrá ser buena literatura, verborrea, retórica
hueca, pero jamás Derecho.
Por su parte, el uso directivo del lenguaje puede advertirse en el elemento volitivo
que hay detrás de este argumento, ya que mediante una comunicación indirecta y la
exaltación de las emociones de los interlocutores, busca incidir directamente en la
conducta de quienes prestan atención al mismo.

En síntesis, se trata de un argumento, el del ministro Foster, demasiado rico en


términos lingüísticos, pero deficiente desde el punto de vista jurídico, motivo por el que,
según pensamos, no es propicio para llegar a la solución del problema de los
exploradores de cavernas que nos ocupa.

Argumento del Ministro Tatting


(Sentido de la decisión: abstención)
Se trata de un argumento, el del ministro Tatting, que yace sobre los principios de
un iuspositivismo moderado, toda vez que reconoce la necesidad de la lógica
formal al momento de tomar una decisión jurídica, pero admitiendo su insuficiencia
frente a las manifestaciones de la realidad, razón por la que resulta necesario allegarnos
de otros elementos –incluso auxiliarnos de otras ramas del conocimiento humano– para
actuar correctamente. En otras palabras, la concepción de este personaje estriba en
comprender al Derecho y a la moral, no como órdenes antagónicos, excluyentes,
irreconciliables entre sí, sino que, por el contrario, como órdenes coactivos
complementarios, simbióticos. Es precisamente esta ruptura de la dicotomía defendida
por el positivismo clásico, la que hace que al final el ministro Tatting se abstenga de
emitir su opinión sobre el caso.
El ministro Tatting sostiene que los individuos destinados a impartir justicia deben
ser capaces de disociar los aspectos emotivos de los intelectuales, a efecto de tomar las
decisiones jurídicas únicamente con apego a éstos últimos. Sin embargo, en el caso en
comento se declara –con toda sinceridad– incapaz de llevar esta afirmación a la práctica.
De suerte que centra su atención en analizar el voto emitido por el ministro Foster, el
cual, según menciona, se halla plagado de contradicciones y falacias. Se comienza a
plantear preguntas –sólo eso, pues se muestra incapaz de darles respuesta– como ¿por
qué Foster afirma que los acusados no estaban sujetos a la ley porque no se encontraban
en un estado de sociedad civil, sino en un estado de naturaleza? “¿En qué
momento ocurrió eso?” “¿Fue cuando la entrada a la caverna se bloqueó por las rocas, o
cuando la amenaza de morir por inanición llegó a un cierto grado indefinido de
intensidad, o cuando se acordó la tirada de los dados?”. De manera acertada, como se
dijo en su momento, Tatting afirma que estas imprecisiones de que adolece la opinión
de Foster son aptas para producir dificultades en la realidad, es decir, más allá de la
estética lingüística. De igual forma, continuando con la crítica hacia su colega Foster, a
partir de una demostración por reducción al absurdo desacredita la teoría de que los
acusados, al momento de quitarle la vida a Roger Whetmore, se encontraban en
un estado de naturaleza, pues –aduce– suponiendo que los acusados se
encontraran en un estado de naturaleza y que, por consiguiente, las normas aplicables
son las determinadas por el derecho natural, ¿quién faculta a la Suprema Corte de
Newgarth para que juzgue estos hechos a la luz del derecho natural? En otras
palabras, ¿en virtud de que autoridad se convierte en un tribunal de la naturaleza?
Otro argumento que es lanzado en contra de su colega –el ministro Foster– estriba
en criticar el salvajismo que impera en el llamado estado de naturaleza, un estado
en el que el derecho de los contratos se encuentra por encima de los bienes más
preciados por el hombre, como lo es la vida; un estado bajo el cual cualquier hombre
puede autorizar válidamente a sus congéneres a comerse su propio cuerpo; un estado en
el que si un contrato se incumple, se obliga a que la parte que debía cumplirlo lo haga
por la fuerza. En resumen, un estado en el que la regla es precisamente que no hay
reglas.
Por cuanto hace a la máxima según la cual “ninguna ley, sea cual fuere su letra,
deberá aplicarse de una manera que contradiga su propósito”, el
ministro Tatting sostiene que uno de los propósitos de cualquier ley penal es prevenir,
de ahí que, en el caso concreto, la aplicación de una ley que sanciona como delito el
hecho de privar a otro de la vida contradiría sus propósitos, toda vez que resulta
imposible creer que el contenido de un código criminal operaria de manera preventiva
respecto de hombres enfrentados con una alternativa de vida o muerte. Aunado a lo
anterior, el funcionario en mérito señala que las leyes penales no sólo tienen como fin la
prevención, sino que persiguen otros objetivos como lo es la retribución –por no
decir venganza–. De esto se sigue la dificultad presente al momento de tratar
desentrañar el elemento teleológico de una determinada norma jurídica; luego entonces
¿cómo aplicar una ley en función de su fin, si ni siquiera se conoce cuál sea?
Finalmente, en lo referente a la excepción de que hablaba su homólogo Foster, el
ministro Tatting nos hace sabedores de la peligrosidad que entraña esta afirmación,
pues los problemas jurídicos no deben resolverse pensando que sus implicaciones sólo
serán inmediatas, sino que también debemos prever las consecuencias que en mediano o
largo plazo pueden presentarse; es en tal virtud como se pregunta lo siguiente: “¿cuál
debería ser el alcance de esa excepción?”.
Del pensamiento del ministro en mérito, se advierte la presencia de una doctrina de
interpretación y aplicación del derecho racionalista, concretamente no logicista, debido
a que, como se mencionó líneas más arriba, considera a la lógica formal expresada a
través de silogismos un elemento necesario pero insuficiente. Es decir, consideramos –
siguiendo el pensamiento de Manuel Atienza– que Tatting se percata de que la lógica
deductiva no tiene en realidad un carácter deductivo, pues el paso de las premisas a la
conclusión en el silogismo no es necesario, aunque si altamente probable, de ahí que
esté abierto a considerar otro tipo de cuestiones que no sean estrictamente racionales.
Durante el desarrollo del voto del ministro Tatting, es posible observar que éste se
sirvió de distintos tipos de argumentos interpretativos: dada su posición iusfilosófica
emplea un argumento deductivo para señalar que, partiendo de lo dispuesto por la
redefinición de homicidio establecida en la ley, los acusados no sólo actuaron
intencionalmente sino también con gran deliberación, por lo que, en términos
estrictamente jurídicos, son culpables. También se advierte este tipo de argumento
cuando se dedica a refutar lo dicho por su colega Foster, pues, como es claro, sus
críticas se construyen a partir de un elemento apegado a la lógica formal del silogismo.
Un argumento sedes materiae se aprecia en la parte del voto que refiere a la
inconsistencia que reviste la afirmación de Foster cuando arguye que los sujetos se
encontraban en un estado de naturaleza, ya que Tatting, tomado el cuenta el lugar
topográfico de la norma, sostiene que no es posible afirmar, al mismo tiempo, que los
exploradores se encontraban sujetos al derecho natural y que debían ser juzgados por un
Tribunal creado con arreglo al derecho positivo. Asimismo, nos percatamos como
Tatting se vale de una combinación argumentativa conformada por un
argumento mediante ejemplos y un argumento histórico o diacrónico, al
momento en que emite, inductivamente, conclusiones generales a partir de ejemplos
históricos. Finalmente se sirve de un argumento psicológico-teleológico cuando
entra al estudio de los fines a que fue destinada la ley, llegando a la determinación de
que el conocimiento sobre la voluntad del edictor y el propósito de la norma es por
demás relativo y, por lo mismo, incierto.
La tipología del lenguaje de Tatting no es unívoca. Cada que emprende la crítica
hacia la postura defendida por Foster se vale de un uso descriptivo del lenguaje, dando
cuenta de lo que su compañero afirmó para posteriormente proceder a expresar su punto
de vista. De igual manera, en varias partes de su voto es posible notar un uso emotivo
del lenguaje, sobre todo en aquellas partes en las que emplea figuras retóricas, creando
un ambiente de gran vaguedad que le permite al lector inferir o especular sobre el
verdadero sentido de lo que quiso transmitir. Por último, como sucede con los votos
hasta aquí analizados, encontramos cierto uso directivo del lenguaje toda vez que
pretende incidir en la conducta de los interlocutores a efecto de reparar, en el caso
particular, en el hecho de que nos encontramos frente a un relativismo epistemológico
prácticamente insuperable.
En vista de lo anteriormente dicho es dable concluir que el voto del ministro
Tatting es apropiado desde una óptica argumentativa, ya que emplea de manera
armónica los distintos recursos lingüísticos y argumentativos sin incurrir en excesos,
pero ineficaz como medio de solución al caso concreto, pues si bien nos da luz de
muchos razonamientos que contribuyen a enriquecer las ideas vertidas, lo cierto es que
no rebasa los límites necesarios –y esperados– para resolver un asunto de tal
envergadura.

Argumento del Ministro Keen


(Sentido de la decisión: la sentencia debe ser confirmada)
El pensamiento del presente ministro es encuadrable, sin lugar a dudas, a una
concepción iuspositivista del Derecho, en función de que, por un lado, es capaz de
evitar que su apreciación se vea viciada por aspectos de índole distinta a la jurídica, es
decir, logra hacer una correcta separación entre moral y Derecho. Y por otro lado, tras
sopesar los aspectos implicados en el caso en cuestión –los cuales en términos generales
son de orden particular, por una parte, y de orden público, por la otra–, llega a la
determinación de que debemos constreñirnos de manera necesaria a lo establecido por el
ordenamiento jurídico, so pena de sufrir las consecuencias perniciosas provenientes de
las excepciones, aún cuando la norma jurídica –y en general el Derecho– sea incapaz de
prever todos los aspectos de la realidad cognoscible. En resumidas palabras, debemos
preferir, según el ministro Keen, la seguridad jurídica que a todos interesa en lugar de
las situaciones particulares que pueden alterar el orden jurídico y, consecuentemente, el
orden social de manera grave.
La línea argumentativa del ministro Keen, comienza por sostener que es incorrecto
aludir a la determinación de otros poderes públicos –refiriéndose al Poder Ejecutivo–
como la vía para solucionar el presente caso, ya que eso, además de implicar una
confusión respecto a las funciones gubernamentales, implicaría delegar la
responsabilidad que los decisores jurídicos deben asumir con motivo de su cargo. Sin
embargo, de manera absurda –y con una intencionalidad de fondo que deja entrever su
aspecto emotivo–, manifiesta, en calidad de ciudadano, que si él fuera jefe del Poder
Ejecutivo concedería a los acusados un perdón total, ya que han sufrido bastante por
cualquier ofensa que pudieran haber cometido. De igual forma, considera pertinente
dejar a un lado de manera completa –aún cuando, creemos, él mismo no lo logra hacer–
todas aquellas consideraciones de corte moral o ético, no tildando de “justo” o “injusto”
el comportamiento que observaron los acusados, pues, como afirma con firmeza él ha
jurado aplicar no sus concepciones de moralidad, sino el derecho del país.

Ulteriormente, aborda de manera concreta el asunto a estudio, mencionando, para


tal efecto, que la primera cuestión por resolver consiste en saber si a la luz del texto de
la ley –“quienquiera privare intencionalmente de la vida a otro será castigado con la
muerte”– los exploradores sobrevivientes privaron intencionalmente de la vida a
Roger Whetmore, a lo que concluye, deductivamente, que no hay lugar a dudas, los
acusados intencionalmente privaron de la vida a su compañero para posteriormente
comérselo. De suerte que –se pregunta– “¿de dónde pues surgen todas las dificultades
del caso y la necesidad de tantas páginas de discusión acerca de lo que debería ser tan
obvio?”, ¿por qué mostrarse reacio ante la sanción que se les impondrá a los acusados?
Continúa afirmando que el motivo por el que el caso ha adquirido tanta complejidad
radica en que a sus compañeros no les agrada la severidad de la ley, situación que al
propio Keen tampoco le complace, sin embargo, a diferencia de sus compañeros, él
respeta las obligaciones de un cargo que exige descartar de la mente las preferencias
personales. Es en este sentido como lanza una crítica a su colega Foster, diciendo que la
repulsión que éste siente hacia la ley lo lleva a generar criterios, además de fantásticos,
falaces, toda vez que se vale de ese tan acostumbrado recurso que es empleado no en
pocas ocasiones por los intérpretes del derecho para adecuar las prescripciones
establecidas en la ley a sus propios intereses: la teleología de la ley.
Asimismo, mediante un rápido repaso histórico, el ministro Keen recuerda a sus
colegas el hecho de que los tiempos han cambiado y que la supremacía que el Poder
Judicial revestía con anterioridad ha cedido a la circunstancia de que ahora sea el Poder
Legislativo el que tiene la última palabra, motivo por el que es insostenible la
afirmación según la cual el texto de la ley debe interpretarse en atención a nuestros
deseos personales o a nuestras concepciones individuales de justicia, pues hay que
aplicar fielmente la ley para generar un ambiente en el que impere la certeza jurídica. En
este sentido, también pone en tela de juicio aquellos argumentos que pretenden
sustentarse sobre la finalidad o propósito que se desentraña de las leyes, aduciendo que
nadie, por razones lógicas, conoce a plenitud el verdadero propósito que estaba presente
en la mente del edictor al momento de redactar la norma, por lo que cabe preguntarse: si
no conocemos el propósito de la ley, “¿como podemos llegar a decir que tiene una
laguna?”.
Finalmente, el ministro a estudio nos explica las razones por las que, aún cuando
una ley no sea completamente “justa”, debemos respetarla y no hacer excepciones, pues
de hacerlo conllevaría a poner en riesgo, no sólo el sistema jurídico –sobre todo su
legitimidad y creencia–, sino también el orden social. En otras palabras, dado que las
excepciones judiciales a la larga causan más perjuicio que las sentencias rigurosas,
debemos aplicar fielmente la ley, tal como ésta se encuentra conformada y si advertimos
una dolencia en la misma, esto debe ser materia de reformas o modificaciones y no de
inaplicabilidad o inobservancia. En síntesis, podemos decir que la postura del ministro
Keen reza lo siguiente: cuando la seguridad jurídica privada y la seguridad jurídica
colectiva chocan entre sí, debemos, en todo caso, velar porque esta última prevalezca.

De la lectura del voto del ministro en comento, se desprende que éste se apega a
una doctrina de interpretación y aplicación del derecho racionalista, específicamente
logicista, toda vez que comparte la idea de que las decisiones jurídicas se lleven a cabo
por virtud de los cánones de la lógica formal, donde se infiere de manera lógica y
necesaria las conclusiones a partir de las disposiciones normativas, las cuales fungen
como premisas mayores. Dicho de otra forma, a través del razonamiento lógico
deductivo se somete a las diversas normas generales y abstractas (premisa mayor) a
distintos casos concretos (premisa menor), a efecto de obtener, mediante una simple
subsunción, la conclusión que da cuenta de la consecuencia jurídica a que se hará
acreedor el agente de la conducta (sentido de la decisión). Es decir, el presente
personaje considera que la lógica formal, llevada a cabo mediante silogismos, es
suficiente para la resolución del caso en cuestión.

En cuanto a los argumentos interpretativos empleados por el ministro Keen para


sostener su dicho, encontramos que, en primer término, se valió de un
argumento sedes materiae puesto que resalta la sede topográfica del enunciado
normativo en donde se prevé el delito de homicidio como parte del ordenamiento
jurídico, el cual, en todo momento, debe ser observado, motivo por el que llega a la
conclusión de que en aras de conservar la estabilidad del sistema jurídico en su conjunto
no es viable dar lugar a excepciones en la aplicación de la ley. Consecuentemente, se
sirve de un argumento deductivo, pues, como se dijo, su posición iusfilofófica estriba
en defender a la razón (lógica formal) como elemento necesario y suficiente para emitir
una decisión jurídica. Este tipo de razonamiento es visible cuando, tras citar el texto de
la ley, declara: “no me cabe sino suponer que cualquier observador sin prejuicios,
deseoso de extraer el natural sentido de estas palabras, concederá inmediatamente que
estos acusados privaron intencionalmente de la vida a Roger Whetmore”. Por último, se
vale de una composición argumentativa integrada por un argumento histórico, un
argumento teleológico y un argumento de autoridad, al señalar que con motivo de
la evolución de que ha sido objeto del orden jurídico, el propósito del mismo consiste en
brindar mayor seguridad jurídica a los gobernados a través de las leyes, es decir,
dándole mayor preponderancia al Poder Legislativo y no así al Poder Judicial, por lo
cual se deben acatar los mandatos legales a como de lugar.
En la exposición de su pensamiento, el funcionario en mérito partió de un uso
tanto descriptivo como directivo del lenguaje. El primer uso se puede observar
tanto en los momentos en que su atención se centra en criticar la postura adoptada por
sus compañeros, ya que parte de la enunciación de lo que dijeron para posteriormente
disentir, como en el caso en que a partir del texto de la ley llega a la determinación de
que los acusados con culpables delito que se les imputó. El segundo uso del lenguaje, se
advierte a lo largo de todo el voto, pues por virtud de éste pretende incidir en la
conducta de sus interlocutores a efecto de que éstos se desprendan de toda concepción
personal y se ciñan a lo establecido por la ley sin más.
En síntesis, el voto del ministro Keen resulta ser de gran ayuda para la resolución
del caso, ya que, con independencia de que le asista o no la razón, no deja lugar a dudas,
como otros ministros lo hacen, por cuanto refiere a su opinión respecto de este asunto,
sometiendo a discusión, por añadidura, otros elementos por demás importantes que no
habían sido tocados por sus colegas que le precedieron.

Argumento del Ministro Handy


(Sentido de la decisión: los acusados son inocentes)
La posición ideológica que se percibe en el voto del presente ministro descansa
sobre una concepción iussociologista–también llamada realismo sociológico– del
Derecho, según la cual el derecho nace por y para la sociedad, es decir del empirismo
social, no así por determinación del Estado o de la naturaleza, de suerte que siempre se
buscará la justificación y comprensión del Derecho a la luz de los

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