JULIA Y ALEJANDRO: EL RESCATE FANTÁSTICO
Julia y Alejandro eran dos hermanos que vivían en un mundo lleno de imaginación.
A ellos les encantaba jugar a ser superhéroes. Julia tenía el increíble poder de
crear agua con solo mover sus manos, como si fuera una maga. Alejandro, por
otro lado, podía encender un fuego en un instante, sin necesidad de cerillos o
leña.
Un día, en el corazón de su emocionante juego, su perro peludo de peluche había
sido atrapado por un terrible monstruo de juguete. El perro estaba en una jaula de
plástico, y el monstruo tenía la única llave.
Pero a Julia y Alejandro no les asustaba nada, ni siquiera un monstruo. Ambos se
miraron y decidieron rescatar a su perro. Julia alzó sus manos y, con un
movimiento suave, imaginó una ola que se dirigía hacia el monstruo. Alejandro,
con un chasquido de sus dedos, fingió lanzar bolas de fuego al monstruo.
El juego continuó, y juntos imaginaron que habían vencido al monstruo, que había
caído y dejado la llave. Rápidamente, corrieron a la jaula, desbloquearon la
cerradura y “liberaron” a su perro. Abrazaron a su perro de peluche, contentos y
orgullosos de su valiente rescate.
Justo cuando estaban celebrando, la voz de su madre los llamó desde la cocina.
Era hora de cenar. Guardaron sus juguetes, dejaron a su perro en un lugar seguro
y corrieron hacia la cocina para cenar, sabiendo que mañana tendrían otra gran
aventura.
EL PASTORCITO MENTIROSO
Un pequeño pastor apacentaba sus ovejas en una montaña rodeado de
labradores dispuestos a ayudarlo cuando lo necesitara.
En repetidas ocasiones, el pastor se aprovechó de esta situación y pidió socorro,
gritando: "Auxilio, auxilio, ya viene el lobo y nos va a comer". Los labradores salían
En una ocasión, el pastor empezó a pedir auxilio a gritos, pero los labradores, que
conocian las mentiras del pastor, pensaron que nuevamente se burlaba de ellos y
lo ignoraron. Esta vez, era verdad y fue así como el lobo acabó con el rebaño del
pastor.
Esopo.
corriendo a socorrer al pastor, pero luego notaban que era un engaño y volvían a
trabajar mientras el pastor se reía.
LA ESTATUA DEL PAYASO
María Luisa llegó a la casa del doctor Reyes y su esposa a eso de las 7 de la
noche. Había sido contratada para cuidar los dos hijos de la pareja mientras ellos
cenaban en un lujoso restaurante de la ciudad.
El doctor Reyes abrió la puerta y le dejó saber que los niños se encontraban
dormidos. Igualmente, la señora Reyes le pidió permanecer en la sala de estar,
cerca de la habitación de los niños, en caso de que alguno de ellos se despertara.
La pareja se despidió y María Luisa se dirigió a la sala y se sentó a jugar en su
celular. Al cabo de un rato, se aburrió y llamó a los padres para saber si era
posible ver televisión.
—Por supuesto —respondió el doctor Reyes.
Sin embargo, María Luisa tenía una solicitud final; les preguntó si podía cubrir con
una manta la estatua del payaso que permanecía en una esquina de la sala,
porque cada vez que miraba la enorme estatua de ojos espeluznantes, tenía la
sensación de que la estatua se estaba moviendo lentamente.
Por unos cuantos segundos hubo un silencio incómodo. Con voz de terror, el
doctor Reyes dijo:
—¡Despierta a los niños y salgan inmediatamente de la casa! NO TENEMOS
NINGUNA ESTATUA DE UN PAYASO.