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La función del falo en Lacan y el deseo

Lacan explora la función del complejo de castración como un nudo que permite al sujeto alcanzar su condición humana al promover el falo como significante, lo que da lugar al deseo y a la falta en el Otro. A través de la articulación de necesidades en el lenguaje, se produce una escisión entre necesidad y demanda, generando un deseo insaciable que se manifiesta en la relación con el Otro. La noción del falo como significante es central en la estructura del deseo y en la identificación del sujeto con su imagen y su relación con los padres.

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La función del falo en Lacan y el deseo

Lacan explora la función del complejo de castración como un nudo que permite al sujeto alcanzar su condición humana al promover el falo como significante, lo que da lugar al deseo y a la falta en el Otro. A través de la articulación de necesidades en el lenguaje, se produce una escisión entre necesidad y demanda, generando un deseo insaciable que se manifiesta en la relación con el Otro. La noción del falo como significante es central en la estructura del deseo y en la identificación del sujeto con su imagen y su relación con los padres.

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LA SEGUNDA TÓPICA, CLASES PARTICULARES, 3413918814

Lacan, “La significación del falo”

Lacan empieza el texto afirmando que el complejo de castración tiene una función de nudo. Podemos
pesquisarlo analíticamente tanto en las neurosis, como en las perversiones y las psicosis. Además, regula
el desarrollo que instala en el sujeto una posición inconsciente sin la cual no podría identificarse con el
tipo ideal de su sexo -en el sentido de la "genitalización", pero no la biológica sino la que se entrama con
el Edipo-, ni siquiera responder sin grandes problemas a las necesidades de su partenaire sexual o de un
posible hijo.
Lacan menciona una antinomia o contradicción, ¿por qué el hombre sólo puede asumir sus
atributos a través de una amenaza, de una privación? Remitirse a tres tiempos.
¿Cuál es el nexo del asesinato del padre con el pacto de la ley primordial, si está incluido en
dicho pacto que la castración sea el castigo del incesto?
Los hechos clínicos demuestran una relación del sujeto con el falo que se establece
independientemente de la diferencia anatómica de los sexos, y que es por eso de interpretación espinosa
en la mujer, si tenemos en cuenta la polaridad masculino o castrado que invisibiliza a la vagina. La niña,
aunque fuese sólo por un momento, se considera a sí misma como castrada. La madre, por su parte,
aparece como madre fálica. La castración sólo toma su alcance eficiente, en cuanto a la formación de
síntomas, a partir de su descubrimiento como castración de la madre. De ahí que no podamos reducir lo
psíquico a lo biológico, más si atendemos al hecho de que en la fase fálica la vagina está invisibilizada.
Lacan estudiará la relación de la castración con el deseo.
Para comentar la obra de Freud, Lacan trae la noción de significante, en cuanto se opone a la de
significado en el análisis lingüístico moderno.
El significante tiene función activa en la determinación de los efectos en que lo significable
aparece como sufriendo su marca, convirtiéndose por medio de esa pasión en el significado. En otras
palabras, la significación se produce a partir del significante.
Esta noción de significante viene a mostrarnos que no es únicamente el hombre quien habla,
sino que en el hombre y por el hombre "ello" habla, a la vez que su naturaleza resulta tejida por la
estructura del lenguaje.
No hablamos, vale aclarar, de la relación del hombre con el lenguaje en cuanto fenómeno social,
de comunicación.
Nos referimos al hecho de que, precisamente, el inconsciente está estructurado como un
lenguaje. En dicha estructura, encontramos efectos determinantes para la institución del sujeto; estos
efectos están determinados por el doble juego de la combinación y de la sustitución en el significante,
según las dos vertientes generadoras del significado que son la metonimia y la metáfora.
Es en el Otro, donde "Ello" habla, en el lugar mismo que evoca el recurso a la palabra, que el
sujeto encuentra su lugar significante, por una anterioridad lógica a todo despertar del significado.
A partir de esto, Lacan dice que el falo se esclarece por su función. No es una fantasía, no es un
objeto parcial o interno, ni mucho menos el órgano. El falo es, en realidad, un significante. Es el
significante destinado a designar en su conjunto los efectos del significado, es, en otras palabras, el
significante de los significantes.
¿Y cuáles son los efectos de esa presencia significante del falo?
Son, en primer lugar, los de una desviación de las necesidades del hombre por el hecho de que
habla, en el sentido de que en la medida en que sus necesidades están sujetas a la demanda, retornan a él
alienadas.
Esto significa que para satisfacer sus necesidades, el infante tiene que articularlas en el lenguaje;
tiene que expresar sus necesidades en una demanda. Pero, al hacerlo se introduce otra cosa que causa
una escisión entre la necesidad y la demanda; se trata de que toda demanda no es sólo la articulación de
una necesidad, sino también una demanda de amor.
Entonces, la demanda en sí se refiere a otra cosa que a las satisfacciones que reclama. Lo vemos
en la relación primordial con la madre. Ella lo constituye, a ese Otro del que está preñada, ya como
provisto del "privilegio" de satisfacer las necesidades. Ese privilegio del Otro dibuja así la forma radical
del don de lo que no tiene, o sea, lo que se llama su amor.
Con esto se quiere decir que aunque el otro al que se dirige la demanda sepa y pueda
proporcionar el objeto que satisface la necesidad del infante, nunca está en una posición que le permita
LA SEGUNDA TÓPICA, CLASES PARTICULARES, 3413918814

responder incondicionalmente a la demanda de amor, porque ella también está dividida.


El resultado de esta escisión entre la necesidad y la demanda es un resto insaciable, el deseo.
Se constituye el deseo, que no es ni satisfacción de apetito ni demanda de amor, es una
sustracción de la primera respeto de la segunda.
De modo que la necesidad es una tensión intermitente que surge por razones puramente
orgánicas y se descarga totalmente en la acción específica que le corresponde, pero el deseo es una
fuerza constante que nunca puede ser satisfecha.
El hombre ya no puede aspirar a ser íntegro.
El falo se constituye como el significante privilegiado que se une al advenimiento del deseo, de
la falta en el Otro. Se convierte en la barra significante que recae sobre el significado, que lo escinde en
tanto instaura al sujeto. El hombre sólo puede alcanzar su estado plenamente humano a condición de
castrarse, de hacer que el falo sea promovido al estado significante.
Que el falo sea un significante es algo que impone que sea en el lugar del Otro donde el sujeto
tenga acceso a él. Pero como ese significante no está allí sino velado y como razón del deseo del Otro, es
ese deseo del Otro como tal lo que al sujeto se le impone reconocer.
Si el deseo de la madre es el falo, el niño quiere ser el falo para satisfacerlo. Así la división
inmanente al deseo se hace sentir ya por ser experimentada en el deseo del Otro.
Ese deseo del Otro es decisivo en cuanto el sujeto se entera de que la madre no tiene el falo. Ahí
se sella la conjunción del deseo. Y es la ley introducida por el padre de la que depende su porvenir.
Las relacione entre los sexos están sometidas a estructuras, que girarán alrededor de un ser y de
un tener. La mujer querrá ser el falo, el significante del deseo del Otro. Es por lo que no es por lo que
pretende ser deseada al mismo tiempo que amada, así, enmascara la falta –la mascarada tiene el efecto
de proyectar enteramente en la comedia las manifestaciones ideales o típicas del comportamiento de
cada uno de los sexos–. Pero el significante de su deseo propio lo encuentra en el cuerpo de aquel a
quien se dirige su demanda de amor. La mujer es privada idealmente de lo que da. El hombre, en
cambio, se situará, no como el que se el falo, sino como el que lo tiene.
Resumen del resumen de este texto a continuación.
El complejo de castración tiene una función de nudo, lo que significa que el ser humano sólo
puede alcanzar su condición humana a condición de castrarse, de promover el falo al estado
significante.
Veremos, a lo largo del texto, que el falo, como significante, hace al advenimiento del deseo, en
tanto se constituye como el significante de la falta en el Otro.
Para explicar esto, hay que hablar de la necesidad, la demanda y el deseo.
Con el fin de satisfacer sus necesidades, el niño las articulará en el lenguaje. Es decir, las
expresará en una demanda.
Ahora bien, la demanda, como demanda de amor, se refiere a otra cosa que las necesidades que
reclama. Se producirá una escisión entre ambas.
Sucede que el Otro nunca está en una posición que le permita responder incondicionalmente a
la demanda de amor –justamente, el amor se presenta como el don de dar lo que no se tiene–.
Esto produce esa escisión que mencionábamos, un resto insaciable que es el deseo, una
sustracción.
Cuando el sujeto se entera que la madre no tiene falo, por medio de la ley simbólica, es que se
sella la conjunción que hace al deseo. Por eso, es en el Otro, donde ello habla que se tiene acceso al
falo.
Ahora entendemos cómo el falo, en tanto da lugar al deseo, en la castración simbólica, es le
significante del a falta en el Otro.
Es la barra significante que recae sobre el significado e instaura al sujeto.

Lacan, “Clases 14, 15 y 16 del Seminario 5”

Clase 14, el deseo y el goce.


En el deseo humano vemos su profunda subducción por el significante.
Por su parte, el goce es una noción que debe ser diferenciada del deseo.
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Trabajemos con La feminidad como mascarada, de Joan Riviere. Se trata, decimos, de una mujer
difícil de clasificar, ya que, si bien responde a todos los criterios de una feminidad realizada, al mismo tiempo
es capaz de asumir las responsabilidades de su vida profesional tan bien como cualquier hombre. Por lo que
aspiraría a una cierta masculinidad. La hipótesis es que este tipo de mujeres adoptan, después, una máscara de
feminidad para alejar su angustia y evitar la venganza de parte de los hombres por aspirar a dicha
masculinidad y potencia. Entonces, se ponen coquetas, modestas, ansiosas, “vean ustedes, no lo tengo al
falo”. Lo mismo en el hombre, proyectándose como tipo ideal, no llorar, ir al gym. Lo que se oculta y
confunde en la mascarada es la satisfacción de una supremacía sobre los personajes parentales, lo contrario a
la penisneid. Esta necesidad de reconocimiento es inconsciente y responde a una alteridad, al signo del ser
como en un otro lugar.
Lacan nos presenta un ángulo de tres polos, N, P y M. Son los cimientos que significan al sujeto. La
madre es el primer objeto simbolizado, hará de él un niño deseado o no deseado. El término niño deseado
corresponde a la constitución de la madre como sede del deseo, mediación del mismo, en tanto primer objeto
simbolizado. Por su parte, P es esencialmente creador del significante.
Ser o no deseado, hecho anterior a su nacimiento, confluye en la relación del sujeto con su propia
imagen. Lo vemos en La juventud de André Gide. Él, niño desgraciado, no deseado, sólo conseguía, ya de
adulto, el orgasmo en su identificación con situaciones catastróficas. El punto en que la vida de Gide recupera
sentido y constitución humana es en el recuerdo de la identificación con su joven prima. Subiendo las
escaleras, en el primer piso se encontró a su tía besando a un amante; ella lo tocó, o al menos eso entendió él;
luego, más arriba, a su primita llorando triste. En el momento de la seducción, se había convertido, por
primera vez, en el niño deseado, pero, por no haber mediación, se fija en una posición traumática. Se
identifica, para siempre, con el niño deseado que su tía abrazó y acarició. Su deseo, ahora, depende de eso. Y
por eso disfruta tocando a niñitos. La perversión de Gide no reside tanto en el hecho de que solo pueda desear
a chicos, sino al chico que él había sido. Hay una subducción del deseo por el significante.
El balcón es una comedia de Jean Genet. “El balcón” es el nombre de un burdel. Allí, muchos
hombres acuden para poner en escena sus fantasías eróticas, como, por ejemplo, el bancario que se viste de
obispo. Se representan allí las tres figuras convencionales del poder, tres funciones simbólicas, el obispo, el
juez, y el general, asumir roles simbólicos. La tragedia representa la relación de hombre con la palabra en
tanto ella lo atrapa en la fatalidad, por su parte, la comedia aparece en el momento en que el sujeto trata de
adoptar una relación con la palabra diferente de la adoptada en su tragedia. Pone de manifiesto la relación del
sujeto con su propio significado como resultado de la relación significante, el significante fálico. Respecto del
prefecto de policía, él llega y se encuentra, siempre, con que nadie ha pedido sus prendas. No ha sido elevado
a la dignidad de los personajes dentro de cuyo pellejo se puede gozar. Para que ello ocurra ha de darse la
castración, es necesario que el pene se pierda para que funcione fálicamente. El hombre sólo puede alcanzar
su estado plenamente humano a condición de castrarse, de hacer que el falo sea promovido al estado
significante. Cuando el objeto entra en el lenguaje, el instinto se pierde. No tengo el falo, pero sí la
proporción de lo que me falta, y a partir de ahí puedo buscarlo. Sólo así puedo gozar de mi condición, en una
erotización de la relación simbólica. El prefecto puede dar el paso al estado del símbolo sólo después de que
el fontanero, vestido de policía, se castra y le arroja sus atributos a la prostituta. En el tercer tiempo, el sujeto
renuncia a un cierto goce que nunca se recupera, pero que puede ser alcanzado en la escala invertida de la
ley del deseo.
Clase 15, la niña y el falo.
Freud nos dice que también en la mujer y no sólo en el hombre el falo está en el centro. Puede hacer
asumir la virilidad, sí, pero también lo femenino.
La niña, igual que el niño, también desea primero a la madre. Ella se cree dotada de un falo, y lo
mismo piensa sobre su mamá. Así, en su clítoris, al comienzo se posiciona masculinamente. En la decepción
ve Freud el motor de la entrada de la niña en su posición femenina.
El penisneid se nos aparece: primero, como el afán de que el clítoris sea la vagina; en otro momento,
lo deseado es el pene de padre; finalmente, tener un niño del padre, es decir, un pene simbólico. Tenemos,
respectivamente, castración, frustración y privación, lo que se asocia a las tres formas de la falta. La
castración amputa simbólicamente de algo imaginario, el falo. Una frustración es imaginaria, pero afecta a un
objeto perfectamente real. Por eso el hecho de que la niña no obtenga el pene del padre se vive como una
frustración. Una privación es real, aunque afecta a un objeto simbólico, pues el hijo del padre es simbólico,
símbolo precisamente de aquello frustrado.
Se alcanza lo femenino en la medida en que la decepción da lugar en el sujeto a una demanda con
respecto al padre, en el sentido de obtener algo que colme su deseo.
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Como sea, el falo interviene como significante. ¿De qué? De la falta. De la distancia entre la
demanda del sujeto y su deseo.
Clase 16, las insignias del ideal.
Introducirá la cuestión de las identificaciones.
La salida del Edipo da lugar al Ideal del yo, lo que nos permitirá entender la función del falo como
significante.
La estructura del yo descansa en la relación del sujeto con la imagen del semejante.
En cambio, el Ideal del yo surge de una identificación tardía, vinculada con la relación tercera del
Edipo. El padre, como poseedor de pene real, interviene en el tercer tiempo. En la privación se da un viraje,
pasamos del amor a la identificación.
Cuando el niño deja de ser el falo, deja de estar identificado al Yo Ideal, la imagen de perfección
narcisista de la fase del espejo, y pasa a identificarse con el Ideal del yo. En el tercer tiempo del Edipo se
produce la identificación con ciertos elementos o rasgos significantes de los que el padre es soporte, las
insignias del padre, que le permiten al sujeto responder a la pregunta, ¿qué es un hombre?, ¿qué es una mujer?
El Ideal del yo desempeña una función tipificante en el deseo del sujeto, moldeará sus relaciones con el
objeto. Está vinculado, entre otras cosas, a la asunción del tipo sexual. Se constituye en la relación con el
tercer término, el padre, e implica siempre el falo, como factor central de la instancia del significante.

Foucault, “Sexualidad y poder”

Emprender una historia de la sexualidad.


El punto de partida del psicoanálisis es el desconocimiento por parte del sujeto de su deseo, como
vemos en la histeria.
Hay una superproducción del saber social y cultural sobre la sexualidad, sin embargo, el sujeto como
tal la desconoce.
Sería interesante abordar un estudio comparativo sobre el arte erótico en las sociedades orientales y
el nacimiento de una ciencia de la sexualidad en occidente. ¿Por qué los europeos hemos querido saber la
verdad científica sobre lo sexual –Freud, por ejemplo– y no conseguir la intensidad en el placer, como hacen
en Oriente?
El esquema histórico que suele utilizarse se desarrolla en tres tiempos. En un primer movimiento,
tenemos la antigüedad griega, donde la sexualidad era libre. Después interviene el cristianismo, se da una gran
prohibición del placer y el sexo. La burguesía hace lo propio. Finalmente, Freud comienza a destapar el velo.
Ahora bien, este esquema no es exacto, critica Foucault. Es más potable hacer una historia de la
sexualidad partiendo de lo que la ha incitado, no de lo que la ha prohibido. Además, como muestra Wayne,
fue la moral de los estoicos y el imperio romano, incluso antes del cristianismo, la que empezó a descalificar
el placer sexual, y reducirlo a la monogamia, y al fin meramente reproductivo. El cristianismo sólo fortaleció
esto.
Se debe construir la historia de la sexualidad desde los mecanismos de poder, más que desde las
ideas morales y las prohibiciones éticas. Esto implica reconocer en los mecanismos de poder no sólo a la
función negativa de prohibir, de decir “no”, sino, además, la función positiva de ser creadores de subjetividad.
Así, quedan vinculados sexualidad y poder.
Pese a no ser ni el responsable ni el creador de las reglas de la moral sexual y las prohibiciones
implicadas en ellas, el cristianismo introduce un nuevo mecanismo de poder, la pastoría.
El pastor puede obligar a la gente a hacer todo lo necesario para su salvación, es un sistema de
obediencia, de producción de verdades. El cristianismo logró encontrar un tipo de poder que controlaba a los
individuos a través de la sexualidad, concibiéndola como algo de lo que hay que desconfiar, pues lleva a la
tentación. Desde esta perspectiva, la aportación fundamental del cristianismo en relación con la historia de la
sexualidad es precisamente una técnica de vigilancia del sí mismo, técnica que permitiría encontrar cierto
estado de perfección.
No se trata, entonces, de prohibiciones y rechazos, sino la puesta en marcha de un mecanismo de
poder y de control, técnicas para asumir, vigilar, y controlar el comportamiento de los individuos.
Los movimientos gay y lesbianos, y las culturas o subculturas que ellos generan, podrían ser el lugar
de despliegue de un arte erótico, de una nueva forma de placer, de lazos y amores. Ser gay significaría
rechazar los modos de vida propuestos y convertir la elección sexual en un operador para el cambio de la
existencia misma.
Este texto se puede articular con Buttler y la heteronormatividad.

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