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César Manrique: Arte y Naturaleza en Lanzarote

César Manrique (1919-1992) fue un destacado artista y defensor del patrimonio natural de Lanzarote, donde desarrolló un estilo único que fusionó arte y naturaleza. Tras estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, regresó a Lanzarote en 1966, donde impulsó proyectos artísticos innovadores que integraron el paisaje volcánico en su obra. Su legado perdura a través de los Centros de Arte, Cultura y Turismo de Lanzarote, que reflejan su compromiso con la preservación del entorno natural y la cultura local.

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César Manrique: Arte y Naturaleza en Lanzarote

César Manrique (1919-1992) fue un destacado artista y defensor del patrimonio natural de Lanzarote, donde desarrolló un estilo único que fusionó arte y naturaleza. Tras estudiar en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, regresó a Lanzarote en 1966, donde impulsó proyectos artísticos innovadores que integraron el paisaje volcánico en su obra. Su legado perdura a través de los Centros de Arte, Cultura y Turismo de Lanzarote, que reflejan su compromiso con la preservación del entorno natural y la cultura local.

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Biografía

Nació el 24 de abril de 1919 en Arrecife, en el seno de una familia de clase


media. Desde muy temprana edad evidenció su facilidad para el dibujo y su
admiración por autores como Picasso, Matisse y Braque,
Su infancia transcurrió entre el Charco de San Ginés zona de Arrecife cercana al
puerto y núcleo original de la población y la Caleta de Famara, lugar que inspiró
su posterior vinculación con la defensa del patrimonio natural de la isla de
Lanzarote.
Tras el golpe de Estado de 1936, se alistó como voluntario en el bando
franquista, sirviendo en el cuerpo de artillería de Ceuta y combatiendo más
tarde en distintos frentes peninsulares. Nunca quiso hablar de su experiencia
en la guerra civil española. Al regresar a casa en 1939, aún vistiendo el
uniforme, se despojó de la ropa y le prendió fuego.23
Concluida la guerra, entró en la Universidad de La Laguna para estudiar
arquitectura técnica, pero después de dos años abandonó la carrera para
trasladarse a Madrid. Gracias a una beca concedida por la Capitanía General de
Canarias, ingresó en la Escuela Superior de Bellas Artes de San
Fernando donde se graduó como profesor de arte y pintura en 1945. Ya en
1942 tuvo lugar su primera exposición individual en Arrecife, y con el auge
del surrealismo en la década de 1950 fundó la galería Fernando Fe, la primera
galería no figurativa de España. Durante esa época realizó murales
en Lanzarote, como el del Aeropuerto de Guacimeta y el parador de Turismo de
Arrecife, en la península, y expone su trabajo en varios países.
En 1964 se trasladó a Nueva York donde expuso, entre otras, en la Galería
Catherine Viviano y tuvo contacto con las corrientes
artísticas estadounidenses.
En 1966 se instaló definitivamente en Lanzarote, donde comenzaba a
desarrollarse el sector turístico. A partir de 1973 comenzó su estrecha
colaboración con el arquitecto Fernando Higueras, quien en 1962 había
proyectado la casa de César Manrique en Camorritos, en las afueras de Madrid.
Ambos acometieron diversos proyectos dentro de la isla lanzaroteña,
comenzando por las obras del Mirador del Río. Durante las décadas de los 1970
y 1980 tuvo lugar una importante actividad como creador de espacios
perfectamente integrados en el entorno natural. También participó en
proyectos en otras islas del archipiélago y otros lugares de España, como
el Centro Comercial La Vaguada 1983 en Madrid.
En 1988 trasladó su residencia a su nueva casa de Haría, construida y
decorada por Manrique y publica Escrito en el fuego.
Murió en un accidente de tráfico el 25 de septiembre de 1992, cerca de la sede
de la fundación que lleva su nombre, inaugurada en marzo de ese mismo año.5
La Fundación, ubicada en la antigua residencia del artista en Taro Tahíche,
acoge hoy en día sus obras (esculturas, dibujos, pinturas...) y las de otros
artistas.

César Manrique (1919-1992) nació en Arrecife, Lanzarote, isla en la


que su trayectoria artística ha dejado huellas imborrables.
Tras finalizar sus estudios en la Academia de Bellas Artes de San
Fernando en Madrid (donde vivió entre 1945 y 1964), expone con
frecuencia su pintura tanto dentro como fuera de España. En la
primera mitad de los cincuenta, se adentra en el arte no figurativo e
investiga las cualidades de la materia hasta convertirla en la
protagonista esencial de sus composiciones, vinculándose así al
movimiento informalista español de esos años.
Formalizado con una expresión matérica y abstracta, el imaginario
plástico de su producción pictórica procede de las impresiones del
paisaje volcánico de Lanzarote, que el artista trasmuta en una suerte
de naturalismo no realista que no nace de la copia del natural sino de
su comprensión emocional: «Yo trato de ser la mano libre que forma a
la geología”, escribió.
En 1964, se traslada a vivir a Nueva York, donde expuso
individualmente en tres ocasiones en la galería Catherine Viviano. El
conocimiento directo del expresionismo abstracto americano, del arte
pop, la nueva escultura y el arte cinético, le proporcionó una cultura
visual fundamental para su trayectoria creativa posterior.
A mediados de los años sesenta, coincidiendo con su traslado de
residencia a Lanzarote, César Manrique impulsa en la Isla una serie de
proyectos artísticos de carácter espacial y paisajístico, novedosos para
la época, donde plasma su pensamiento plástico y ético. Se trata de
un conjunto de acciones e intervenciones dirigidas a poner en valor el
paisaje y los atractivos naturales de la Isla, que configurarán su nueva
faz y su proyección internacional, y que forma parte de la
transformación paisajística y la adaptación de Lanzarote a la economía
del turismo.
Así, elaboró un nuevo ideario estético, que denominó arte-naturaleza/
naturaleza-arte, en el que integra distintas manifestaciones artísticas,
que pudo concretar en sus obras paisajísticas, un ejemplo singular de
arte público en España: Jameos del Agua, Mirador del Río, Jardín de
Cactus, Timanfaya, etc. Son fundamentalmente intervenciones
vinculadas a la industria turística, a las que Manrique imprime un
funcionalismo económico y social inédito en la cultura artística
española. Obras de este carácter las realizó también Manrique en
otras islas y fuera del archipiélago canario, —miradores, jardines,
acondicionamientos de espacios degradados, reformas del litoral…—,
en las que mantiene sus rasgos característicos básicos: diálogo
respetuoso con el medio natural y entre los valores arquitectónicos de
la tradición local con concepciones modernas.
ésar Manrique fue el artista, pintor, escultor, paisajista y creador universal
que desarrolló en Lanzarote, su isla natal, la máxima expresión de la unión
del arte, la mano del hombre y la naturaleza.
Nació el 24 de abril de 1919 en Arrecife, y desde muy temprana edad,

manifestó su facilidad para el dibujo y su admiración por autores como

Picasso, Matisse o Braque. Su infancia transcurrió entre El Charco de San

Ginés y La Caleta de Famara, lugar que inspiró su posterior vínculo con la

defensa del patrimonio natural de la isla.

Siendo muy joven participó en la guerra civil española, donde vivió una

experiencia atroz de la que nunca quiso hablar. Posteriormente empezó a

estudiar Arquitectura Técnica en la Universidad de La Laguna, pero después de

dos años abandonó la carrera para trasladarse a Madrid, donde gracias a una

beca, ingresó en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando.

Se graduó como Profesor de Arte y Pintura en 1945, haciendo entonces

sus primeras intervenciones en Lanzarote y exponiendo su pintura con

frecuencia, tanto dentro como fuera de España.

En 1964 se trasladó a Nueva York, la meca del Arte Moderno por entonces,

donde pudo enriquecerse de las corrientes artísticas del momento,

exponiendo, entre otras, en la Galería Catherine Viviano. El conocimiento

directo del expresionismo abstracto americano, del arte pop, de la nueva

escultura y del arte cinético le proporcionaron una cultura visual que sería

fundamental para su trayectoria creativa posterior.


Sin embargo, Manrique comienza a añorar la exultante naturaleza

volcánica de Lanzarote, así como la pureza y la bondad de sus habitantes

en comparación con la sociedad de Nueva York, a la que percibía frívola y

artificial, dándose cuenta de la imperiosa necesidad del ser humano de volver

a la tierra, palparla y olerla.

En 1966 decide regresar a la isla para instalarse definitivamente en

ella. Es entonces, coincidiendo con los comienzos de la proyección de

Lanzarote en la industria turística, que en colaboración al Cabildo de

Lanzarote, presidido por José Ramírez, César Manrique impulsa una serie de

proyectos artísticos dirigidos a poner en valor el paisaje y la belleza

natural de la isla, plasmando su filosofía ética a través de rompedoras

intervenciones para la época que sólo un genio podría idear.

De esta forma se elaboró un nuevo ideario estético que Manrique

denominó Arte-Naturaleza, integrando distintas manifestaciones artísticas

para dar lugar a singulares obras de arte sin antecedentes en España. Y junto

a sus colaboradores Antonio Álvarez, Luis Morales, Jesús Soto y valiosos

operarios de contrastada maestría en distintos oficios, puso en marcha

un ambicioso proyecto creativo de intervención en el territorio cuyo eje

principal era la preservación y el embellecimiento del propio entorno

natural.

Así es como nacen los CACT: los Centros de Arte, Cultura y Turismo del

Cabildo de Lanzarote, que hoy en día constituyen el principal referente

turístico en la isla, una combinación perfecta de arte y naturaleza que

protege y enmarca la belleza volcánica lanzaroteña.


El amor que sentía el artista por Lanzarote siempre definió cada una

de sus creaciones. En todas ellas, buscaba un diálogo extremadamente

respetuoso y enriquecedor con el medio ambiente y la naturaleza, y a la vez,

mantenía vivos los valores arquitectónicos de la tradición isleña; remarcando

la personalidad de Lanzarote de forma tal que, sin su obra, sería imposible

imaginar hoy en día la isla, a la que tomaba como referente fundamental

no sólo en su arte, sino también en su propia existencia.

César Manrique falleció el 25 de septiembre de 1992, víctima de un

accidente cuando salía en coche de la fundación que lleva su nombre. A sus 73

años, seguía plenamente activo en el mundo cultural, artístico y

medioambiental de las Islas Canarias; donde su pérdida provocó una

fuertísima y conmovedora sacudida.

La población de Lanzarote lo recuerda desde entonces como una auténtica

explosión de vida; una contagiosa fiesta de entusiasmo que se transmitía a

través de su generoso amor por el arte, por la naturaleza y por su isla.

César Manrique siempre permanecerá vivo gracias a su obra, a través

de la que entregó parte de su alma, su visión de genio y su creativo corazón,

haciendo de Lanzarote entera su lienzo, e impregnando los CACT de su

esencia para que cada visitante, bien sea canario, conejero o viajero, pueda

hoy en día recordarlo, revivirlo o descubrirlo.

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