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Lecturas 1 - 6to

El relato narra la aventura de un grupo de chicos que descubren un pozo escondido debajo de las vías del tren, donde experimentan la emoción y el miedo mientras esperan que pase un tren. A medida que la historia avanza, uno de los chicos, Juan, se enfrenta a un dilema moral al encontrar una bolsa con libros en el pozo, que pertenecen a Ojeda, un maquinista que le confía su secreto. La historia explora temas de amistad, responsabilidad y el amor por la lectura en un contexto de infancia y descubrimiento.

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Lecturas 1 - 6to

El relato narra la aventura de un grupo de chicos que descubren un pozo escondido debajo de las vías del tren, donde experimentan la emoción y el miedo mientras esperan que pase un tren. A medida que la historia avanza, uno de los chicos, Juan, se enfrenta a un dilema moral al encontrar una bolsa con libros en el pozo, que pertenecen a Ojeda, un maquinista que le confía su secreto. La historia explora temas de amistad, responsabilidad y el amor por la lectura en un contexto de infancia y descubrimiento.

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NUESTRAS

LECTURAS

ALUMNO/A:
6° GRADO
El pozo
JUAN SEBASTIÁN RONCHETTI
Ilustraciones de VIRGINIA PIÑÓN

1
PROVINCIA DE BUENOS AIRES

GOBERNADOR
Axel Kicillof

VICEGOBERNADORA
Verónica Magario

DIRECTOR GENERAL DE CULTURA Y EDUCACIÓN


Alberto Sileoni

JEFE DE GABINETE
Gustavo Alcaraz

SUBSECRETARIO DE EDUCACIÓN
Pablo Urquiza

DIRECTORA PROVINCIAL DE EDUCACIÓN PRIMARIA


Mirta Torres

DIRECTORA PROVINCIAL DE COMUNICACIÓN


Carla Tous

2
El pozo
Juan Sebastián Ronchetti

-1-

Era el mediodía y el barrio a esa hora estaba desierto.


Habíamos decidido buscar el escondite que Ojeda tenía debajo
de las vías del Roca.

–Si mi viejo llega a enterarse nos mata -dijo Cury.

Caminamos los dos atrás del Chueco porque siempre


andábamos así, siguiéndole los pasos, aunque caminara
torcido. Bordeamos los monoblocks por la calle que
llamábamos Ruta 2 y salimos a la esquina de Alsina y Cordero.
Mientras pasábamos por la cancha de Independiente, paramos
un rato bajo la galería de la tribuna alta y tomamos agua de
un pico que había en el piso debajo de una tapa de Obras
Sanitarias. También nos mojamos la cabeza y la cara. El sol
estaba inaguantable.

Antes de seguir, Cury, que era de Racing, como yo, se bajó la


bragueta e hizo pis contra las boleterías de la Doble Visera
gritando contra todos los del rojo.

–Callate, mufa –contestó el Chueco enseguida y le tiró una


piña que a mí me pareció en broma pero que a Cury no le
gustó. Me di cuenta de que podían agarrarse en serio y
me metí.

2 33
–Termínenla -les grité.

Seguimos camino hasta el final de la calle donde había un


portón que nos llevaba a los terrenos del ferrocarril. La puerta
estaba abierta. El descampado era enorme. Apenas pasamos
vimos la casa de madera abandonada y dijimos que otro día
íbamos a volver a explorarla pero que no debíamos desviarnos
del plan.

La bocina del tren que pasó hacia estación Avellaneda nos


impulsó a correr. Las primeras vías eran las del tren de carga,
donde había vagones parados. Algunos estaban llenos de
sal gruesa y la mayoría de girasol. El Chueco me pidió que le
hiciera pata, se subió al que tenía pipas y nos dio un puñado a
cada uno.

–Sigamos -dijo.

Caminamos hasta el terraplén, subimos la barranca y


empezamos a buscar a lo largo de la vía. No sabíamos cuánto
tiempo teníamos antes de que pasara de nuevo el tren y
tratamos de apurarnos. Cury buscó en una parte donde los
yuyos y las cañas estaban muy crecidos. Con el Chueco fuimos
por el lado de los Siete Puentes.

Al rato Cury nos llamó.

–Miren -dijo y señaló un lugar donde había muchas piedras


entre los durmientes. Empezamos a sacarlas y encontramos
debajo unas maderas que las sostenían. Cuando casi habíamos
terminado de removerlas no supimos qué hacer.

–¿Y ahora qué? -preguntó Cury que siempre esperaba la orden


del Chueco.

4 55
–Entramos -dijo.

Sacó la última tabla y dejó el pozo al descubierto.

Era profundo, pero no muy ancho, un poco menos que el


ancho de la vía. Lo que sí era bastante largo: ocupaba la
distancia entre cuatro durmientes. Había lugar suficiente para
los tres. Para mí era más grande que el baño de casa y eso que
mamá siempre decía que teníamos un baño enorme.

Apenas entramos, nos juntamos y nos dimos un abrazo como


hacen los equipos antes de salir a la cancha. Cury y yo nos
sentamos cada uno en una punta, enfrentados y el Chueco se
acostó en el medio del pozo y puso las manos atrás de la cabeza.

–Desde acá voy a verlo bien -dijo.

Después de unos minutos me quería ir, recién ahí adentro


comprendí que nos iba a pasar el tren por arriba, pero traté de
bancármela y no dije nada. El tiempo no pasaba más, me comí
los girasoles que tenía en el bolsillo, pero apenas podía tragar.

Calculaba la distancia entre mi cara y el riel y pensaba a qué


velocidad vendría el tren, si haría chispas, si produciría calor, si
arrastraría las piedras.

–¿Viene muy rápido? -pregunté.

–Volando -contestó Cury.

Después hablamos de fútbol, del descenso de Racing;


hablamos de Analía, la hermana de Tato, que para Cury
era un camión; también de Alfonsín y de Herminio. Yo los
escuchaba, mientras hundía las uñas en la tierra y escarbaba.
Era una forma de pasar el tiempo y tranquilizarme. Pero duró

6 7
6 7
poco. Lo de tranquilizarme digo. Apenas unos minutos, hasta me asomé entre los durmientes para ver el último vagón que
que toqué algo sólido, rígido, pero no era una piedra, de eso iba camino a Sarandí, pero me quedé un poco más en el pozo,
estaba seguro. Saqué un poco más de tierra y sentí en mis todavía me duraba la conmoción, me tiré en el piso y traté
dedos lo que claramente era una bolsa de nylon. de tranquilizarme.

Los pibes seguían en otra. Apenas había recuperado la respiración cuando reconocí la voz
de Ojeda.
–¿Para qué tiene tu papá un escondite? -le pregunté de repente
a Cury, mientras pensaba si debía compartir el hallazgo. –¡Qué hacen acá! -gritó, parado sobre una vía.

Pero no hubo tiempo. Cury me iba a contestar cuando No sé cómo supo que estábamos ahí, pero el viejo nos encontró.
comenzamos a sentir la vibración y, en un instante, el ruido –Dejen todo como estaba -dijo.
era ensordecedor. El tren venía a toda velocidad. La tierra se
Agarramos las tablas y las piedras y dejamos todo como antes.
nos metía en los ojos. Las piedras repiqueteaban en las vías.
Cury estaba rojo. El Chueco empezó a silbar. Yo me guardé
Los durmientes se movían y las ruedas golpeaban al pasar por
una piedra engrasada en el bolsillo. Bajamos el terraplén y
el pozo y era como si pegaran en nuestras cabezas. Durante
caminamos hacia el barrio.
unos segundos pensé que estaba en el mismísimo infierno.
Los pibes se adelantaron. Antes de llegar, lo alcancé a Ojeda
Pero al final el ruido empezó a menguar. El tren ya había
y le pedí que no le contara nada a mis padres.
pasado por arriba nuestro. Los pibes salieron gritando y
comenzaron a tirarle piedras a la formación que se alejaba. Yo

8 99
–Por favor -le insistí.

Lo miré y abrí la boca como para volver a hablar, estaba


pensando en lo que escondía en el pozo, en preguntarle,
pero no pude decir palabra, creo que esos segundos mi cara
me delató. Ojeda no dijo nada y siguió caminando en silencio
hasta el monoblock.

Con los pibes ni nos despedimos. Yo subí rápido los dos pisos
hasta mi casa. Entré, me tiré en la cama, miré la piedra, la
acerqué a mi nariz y respiré hondo.

La escuché llegar a mi mamá. Me apuré a guardar la piedra en


mi cajón y hundí la cabeza en la almohada.

-2-

Tardé unos días en aparecer, pero en algún momento iba a


tener que bajar, eso lo sabía, acababan de terminar las clases
y no me iba a quedar todo diciembre, ni todo el verano
encerrado en el departamento. Estaba asustado, pero sobre
todo no quería cruzarme con Ojeda. Lo que nunca pensé es
que apenas bajara lo iba a ver y menos que me iba a decir lo
que me dijo.

–Nosotros tenemos un secreto -dijo y siguió mirando para


afuera por una de las ventanas del palier.

Me habré puesto pálido porque enseguida cambió de tono.

–No te preocupes.
10 11
10
–¿No le va a decir a mis viejos? –¿Ahora quiere que vayamos?

–No, no es eso. –Sí, eso había pensado.

–¿Qué dice Ojeda? Salimos por la puerta de atrás del palier, la que daba a la playa
de estacionamiento para que no nos viera nadie, en realidad,
–Al pozo no vas a ir más solo, ya lo juraste.
para que no nos vieran Cury y el Chueco que estaban jugando
–Sí, claro. adelante.
–Confío en vos.

–¿Me puedo ir entonces?

–Es por lo otro Juan.

Nunca me había llamado por mi nombre, siempre me decía


pichón o cuando me veía con mi mamá, me decía jefecito,
pero nunca Juan.

–Los secretos tienen reglas.

–Yo no hice nada, se lo juro.

–No jures más que parecés un cura.

–¿Qué dice Ojeda?- repetí-. Me está mareando.

–Vas a venir conmigo al pozo, eso digo.

–¿Quiere que devuelva la piedra?

–¡Dejá de hacerte el pavo!

Era verdad, me estaba haciendo el pavo, pero no me había


dado cuenta, era mi cabeza, digamos, la que se estaba
haciendo la que no entendía, porque en ningún momento
pensé en la bolsa que había descubierto en el pozo.

–¿Ahora le parece? -le pregunté.

–¿Ahora qué?

12 13
–¿Estás apurado? –Sacala dale.

–No, para nada. –¿Le parece?

–Aflojá, entonces. –Sí, dale.

Creo que de los nervios había salido casi corriendo y además Tiré del nudo de la bolsa pero no pude ni moverla. Ojeda se
Ojeda caminaba despacio, nunca le había prestado demasiada levantó. La cara le había cambiado, estaba sonriendo. Entre
atención, pero parecía más viejo de lo que realmente era. los dos terminamos de desenterrar la bolsa. Me pidió que la
Aunque no debía ser mucho más grande que mi papá, todo abriera. Estaba llena de libros y revistas.
parecía costarle el doble.

Caminamos en silencio hasta el portón que dividía el barrio de


las vías. Ojeda parecía estar juntando fuerzas para hablar.

–¿Sabés que trabajo en el tren, no?

–Sí, me contó Cury.

–Soy maquinista. Es difícil, hace unos años que me mandaron


al tren de carga. Pero antes llevaba pasajeros, el tren es muy
grande y viaja mucha gente, y uno es responsable por la gente.

A Ojeda se le quebró la voz en la última frase y me dio


vergüenza mirarlo.

–De eso se trata, entendés, Juan, de la responsabilidad.

Le dije que sí, aunque no entendí del todo a qué se refería.


Volvió a quedarse callado. Llegamos al pozo.

Me dijo que bajara primero y me dio la mano para ayudarme.

–Este pozo ya no hace falta, se terminó.

Ojeda me señaló el lugar donde me había sentado con los


pibes el otro día. Me debo haber puesto colorado, porque no
necesitó aclararme nada.

14
14 15
15
Empezó a sacar. Había de todo. Algunos yo los conocía de No entendía por qué a mí, por qué me quería dar esos libros
la biblioteca de casa, pero otros ni los había escuchado tan importantes, por qué me confiaba su secreto.
nombrar y eso que a mí me gustaba mucho leer. Ojeda estaba
–Vamos a tener algunas reglas. Te vas a ir llevando los libros de
entusiasmado.
a uno o de a dos y a medida que los vayas leyendo venimos a
–Los guardé acá, era peligroso tenerlos en casa, pero no los buscar más, podés elegir o yo te aconsejo.
iba a quemar. Hay cosas de otros compañeros también. Uno
–Prefiero elegir -le dije.
se siente responsable por los compañeros -dijo y ahora sí me
animé a mirarlo. –Como quieras pero la regla más importante es que por ahora
nadie, ni siquiera mi hijo debe saber de esto.
–Tu papá me dijo un día que él no iba a quemar los libros
ni a esconderlos. Tuvo suerte. Ahora se terminó, pero igual
no hay que descuidarse. Las cosas van a quedarse acá, por el
momento, pero quiero que algunos los tengas vos. A mi hijo
no le importan.

16 17
Le dije que no le iba a fallar. Sonó raro escucharme, pero me
parecieron las palabras justas para ese momento. Me sentí
orgulloso.

Elegí dos libros. Por los títulos pensé que iban a ser los más
divertidos, El juguete rabioso fue el primero y Mascaró, el
cazador americano, el segundo.

–Seguro son de superhéroes.

–Ya veremos. Tu mamá me contó que leés muy rápido.

–Pero ella no me cree y me pide que le cuente.

–Entonces, cuando termines me vas a contar.

–No sea así, Ojeda -le dije.

Salimos del pozo y lo volvimos a tapar. Me puse los libros


debajo de la remera y los ajusté con el elástico del pantalón.
Me resultó obvio que no podía llegar al monoblock con los libros
en la mano.

No sé si me pareció a mí, pero la vuelta la hicimos más rápido.


Estaba ansioso por llegar y Ojeda no me pidió que fuera más
lento.

En el camino hablamos de fútbol. También era de Racing,


como yo, pero no estaba triste por el descenso, me dijo que no
me preocupe, que las cosas a veces pasan por una razón.

–No nos derrotaron -me dijo-, ya vas a ver.

En la puerta del monoblock nos despedimos, Ojeda se quedó


abajo y yo subí, feliz, guardando bajo mi remera, aquellos
libros y aquel secreto.

18 19
Dirección General de Cultura y Educación
El pozo Juan Sebastián Ronchetti; Ilustrado por Virginia Piñon. -1a ed.- La Plata:
Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires. Subsecretaría
de Educación, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2024.
20 p. : il. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-676-137-6

1. Cuentos. I. Piñon, Virginia, ilus. II. Título.


CDD A860.9282

Este material ha sido elaborado por la Dirección General de Cultura y


Educación de la Provincia de Buenos Aires.

Textos: Juan Sebastián Ronchetti


Ilustración y edición: Virginia Piñón

Ejemplar de distribución gratuita. Prohibida su venta.

20
La historia
de Kwaheri Andrea Ferrari

Ilustraciones de Leicia Gotlibowski


Ferrari, Andrea
La historia de Kwaheri / Andrea Ferrari ; Ilustrado por Leicia Gotlibowski. -
1a ed - La Plata : Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de
Buenos Aires. Subsecretaría de Educación. Dirección Provincial de Educación
Primaria, 2024.
32 p. : il. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-676-146-8 PROVINCIA DE BUENOS AIRES
1. Literatura Infantil y Juvenil Argentina. 2. Cuentos. 3. Narrativa Infantil y
Juvenil Argentina. I. Gotlibowski, Leicia, ilus. II. Título.
GOBERNADOR
CDD A863.9283
Axel Kicillof

VICEGOBERNADORA
Este material ha sido elaborado por la Dirección General
de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires.
Verónica Magario

La historia de Kwaheri fue incluida originalmente en DIRECTOR GENERAL DE CULTURA Y EDUCACIÓN


Cuentos con sorpresas y malentendidos (Colección Leer es Alberto Sileoni
genial, Editorial Santillana, Buenos Aires, 2004) y reproducida
en Las palabras pueden (Unicef, Colombia, 2007).
JEFE DE GABINETE
Autora: Andrea Ferrari Gustavo Alcaraz
Ilustración y edición: Leicia Gotlibowski
SUBSECRETARIO DE EDUCACIÓN
Ejemplar de distribución gratuita. Prohibida su venta.
Pablo Urquiza

DIRECTORA PROVINCIAL DE EDUCACIÓN PRIMARIA


Mirta Torres

DIRECTORA PROVINCIAL DE COMUNICACIÓN


Carla Tous
La historia
de Kwaheri
Andrea Ferrari

Ilustraciones de Leicia Gotlibowski


Aunque para todo el
mundo José Luis Pedriel
era un escritor, él prefería
considerarse a sí mismo un
escuchador. Porque eso,
decía, era lo que mejor hacía:
escuchar historias. Cuando
empezó el año 2000 ya había
publicado cuatro novelas y
dos libros de cuentos, con los
que había alcanzado un cierto
renombre. Sin embargo, nunca
le había confesado a nadie la
verdad: era absolutamente
incapaz de imaginar una
historia. Pedriel dependía de
los relatos de otras personas
como del agua para vivir.

4 5
Luego les agregaba
detalles, torcía el rumbo
de los acontecimientos e
inventaba finales más felices
o espectaculares que los de
la vida real. Pero sin esas
historias ajenas era incapaz
de escribir una línea.

Muchas veces, las personas


que le proporcionaban la
materia prima ni siquiera
se enteraban que habían
sido la fuente de sus libros.
Fue en un colectivo que
iba de Constitución a Tigre,
por ejemplo, donde Pedriel
escuchó cómo una mujer le
contaba a otra la apasionante
historia de las hermanas que
se leían la mente, convertida
en su primera novela.

6 7
Y al año siguiente oyó relatar
en el consultorio de su dentista
las desventuras del hombre que
se creía pescado, en verdad el
cuñado loco de la recepcionista.
Su más exitoso cuento infantil,
el de la niña con dos ombligos,
surgió en una plaza, del relato
de una mujer que cuidaba a
su hijo junto al tobogán.

Para el año 2000, sin embargo,


Pedriel sufría una espantosa
sequía de historias. Ya hacía
quince meses que no escribía
por falta de material. Había
tomado como rutina salir cada
día en busca de algún relato:
subía a colectivos y subtes,
se sentaba en los bancos de
las plazas, paseaba por los
mercados y se detenía al ver
a un grupo conversando.

8 9
Pero nada. Ni una historia que valiera la pena ser
contada. Pedriel se hundió en la depresión, convencido
de que sus días como escritor estaban terminados.

Fue después de una jornada especialmente agotadora,


en la que escuchó cientos de aburridas conversaciones
ajenas con la vana esperanza de pescar algún relato
interesante, cuando, de regreso a su casa, algo llamó
su atención. En la puerta de la verdulería unas cinco
personas discutían acaloradamente. Entre ellos había un
muchacho de unos 16 o 17 años, negro como el carbón,
a quien el verdulero tenía agarrado de un brazo.

Pedriel reconoció en el grupo a una de sus vecinas, quien


rápidamente lo puso al tanto de los hechos: el chico
había intentado robar una manzana y el vendedor lo
había atrapado. Una de las mujeres presentes le gritaba
que lo dejara ir, porque no tenía sentido entregar al
pobre chico a la policía por tan poca cosa como una
manzana, pero el verdulero sostenía irritado que ese
muchacho debía ser un peligro. Y en el medio de todo
ese caos, el chico aullaba en un idioma incomprensible.

—Usted que es escritor –le dijo a Pedriel su vecina–


debe saber idiomas. Cuéntenos qué dice.
10 11
En verdad, Pedriel apenas
hablaba un poco de inglés y
no entendió ni una palabra.
Parecía una lengua africana.
Pero estaba seguro de que
ese muchacho de mirada
asustada y ropas rotas debía
tener una buena historia. Ese
chico podía ser su salvación.
De modo que decidió hacerse
cargo: dijo que lo iba a llevar a
una confitería para ofrecerle
algo de comer y que tal
vez, cuando estuviera más
calmado, podrían entenderse.
El chico siguió resistiéndose
hasta que captó por señas
que se trataba de ir a comer.
Recién entonces empezó a
caminar junto al escritor.

Tres sándwiches y una


porción de torta después,
Pedriel seguía sin saber nada
de su vida. El muchacho
agradecía con gestos
y cada tanto largaba
extensas e incomprensibles
frases en su idioma.

12 13
El escritor probó primero
con algunas palabras básicas
en inglés y francés, y luego
un estilo Tarzán que lo hizo
sentirse levemente ridículo.
—Yo –dijo poniéndose
la mano en el pecho–,
yo, José Luis. ¿Vos?

El chico esbozó una sonrisa


de compromiso, como si le
hablara del tiempo, y siguió
comiendo. Pedriel sabía que
tenía que recurrir a algún
otro método si pretendía
conocer la historia.

Pero para eso debía prolongar


el encuentro. Entonces lo
invitó, mediante señas, a
descansar en su casa.
—Dormir –repitió varias veces
mientras hacía la mímica
de apoyar la cabeza en sus
manos y cerraba los ojos.
El chico pareció entender. Siguió a Pedriel con pasos tímidos hasta su departamento,
Se veía asustado, pero era donde el escritor le entregó ropa limpia y unas mantas.
evidente que su cuerpo Luego abrió ante él un atlas y señaló uno de los mapas.
le pedía un descanso. —¿De dónde sos? ¿África?
14 15
El dedo del chico se movió
por el continente africano
hasta que se detuvo en
un punto: Burundi.
—Bujumbura –dijo
señalando la capital.
Pedriel tomó un papel y
una lapicera y dibujó un
rudimentario avión.
—¿Cómo viniste? ¿En avión?
El chico negó. Agarró la
lapicera y tachó el avión.
Después hizo un dibujo en el
que Pedriel creyó reconocer
un barco. Entonces pareció
recordar algo: sacó una bolsa
de plástico de su bolsillo y
de ahí un papel arrugado,
que le extendió al escritor.

16 17
Durmió dieciocho horas seguidas. En ese tiempo, Pedriel
recurrió a todos los medios a su alcance para descubrir
alguna parte de la historia. Al fin encontró una pequeña
información en un diario que lo iluminó: decía que
el capitán de un buque de bandera filipina que venía
de África había hallado un polizón cuando estaba en
alta mar y lo había encerrado en la bodega. Pensaba
entregarlo a la policía al tocar el puerto de Buenos Aires,
pero entonces descubrió que el chico se había fugado.
—Un polizón –se dijo a sí mismo
Pedriel—. Esa es mi novela.

Había un nombre escrito: Adelin Ntamawana


y una dirección en Río de Janeiro, Brasil.
—Querés ir a Brasil –dijo Pedriel hablando más
bien para sí mismo. Volvió a acercar el atlas y le
señaló un punto. —Nosotros aquí, en Buenos
Aires. Río de Janeiro, acá– y marcó la distancia.
El chico se agarró la cabeza con las manos y soltó una
retahíla de frases en las que se adivinaba un lamento.
—No te preocupes, yo te voy a ayudar –le
dijo Pedriel aunque sabía que no le entendía
una palabra. Después lo dejó dormir.
18 19
Ya era sábado por la mañana
cuando llamó por teléfono a
Luisa, una amiga que hablaba
a la perfección seis lenguas
y bastante bien otras tres.
—Si viene de la capital de
Burundi probablemente hable
swahili –le respondió–. Hay
pocos traductores de esa
lengua aquí. Puedo ayudarte
a encontrar uno, pero no
va a ser hasta el lunes.
Pedriel se dijo que tenía que
encontrar la mejor manera
posible de pasar ese fin de
semana con un chico con el
que no podían intercambiar
palabra. Cuando despertó le
dio un abundante desayuno,
un block de hojas y una
caja de lápices de colores.
Pretendía que el muchacho
le dibujara su historia.

Pero tampoco eso fue fácil: era un pésimo dibujante.


Por momentos hacía unos círculos con patas que bien
podían ser personas como arañas, y les agregaba
rayas y flechas. Terminaron abandonando el intento.
20 21
A lo largo de esos dos días en
que compartieron comidas,
un par de caminatas y el inútil
intento de comunicarse, el
escritor empezó a distinguir
algunas palabras o sonidos
que se repetían. Creyó que tal
vez una de esas palabras podía
ser su nombre: Kwaheri. O tal
vez simplemente fue el deseo
de encontrarle un nombre,
porque estaba cansado
de llamarlo por gestos.
—Vos –le dijo señalándolo–,
Kwaheri. El chico sonrió,
como divertido.
—Kwaheri –repitió–, Brasil.
Era evidente que le urgía
irse a Brasil. Pedriel quería
ayudarlo, pero necesitaba
con desesperación que antes
le contara su historia. A
cada momento estaba más
convencido de que la vida de
Kwaheri sería una gran novela.
Lo veía en sus ojos, en el dolor
con que se doblaba su voz
cuando recordaba algo. Pedriel
tenía que escribir esa novela.

22 23
Pero también quería mostrar
su sincero interés por ayudarlo,
y por eso el domingo fue
hasta la terminal de ómnibus
y compró un pasaje hasta
Río de Janeiro. Luego en su
casa se lo mostró a Kwaheri.
—Sale el martes –le dijo
mostrándole el trayecto en el
mapa– y son dos días de viaje.
El chico observó durante un
rato el pasaje y tocó con un
dedo las cuatro únicas palabras
que parecía entender: Río de
Janeiro, Brasil. Después lo
dejó apoyado en la biblioteca,
por donde cada tanto pasaba
para volver a mirarlo.
—Brasil –repitió–, Kwaheri.

24 25
El lunes, al fin, Luisa llamó
con noticias: le habían pasado
el dato de un profesor que
hablaba swahili. Esa misma
tarde daría clase en la
universidad, a las cuatro.
-—Andá a esperarlo a la
salida –le sugirió a Pedriel–,
ahí podés proponerle que
entreviste al chico.
Aunque suponía que era inútil,
el escritor intentó explicarle
todo esto a Kwaheri.
—Traigo al traductor. Aquí.
Conversamos. Vos y yo. Me
contás tu historia –dijo Pedriel
mientras se preguntaba
porqué diablos seguía
hablando como Tarzán.
El chico lo miró con ojos
de incomprensión.

El trámite demoró más de lo esperado, sobre


todo por la reticencia del profesor, que pretendía
postergar la entrevista hasta la semana
siguiente. Al fin Pedriel logró arrastrarlo hasta
su casa, a donde llegaron pasadas las siete.
26 27
Cuando abrió la puerta, le sorprendió notar que
Kwaheri no había encendido ninguna luz. Lo llamó
en voz alta, pero no obtuvo respuesta. Un mal
presentimiento golpeó a Pedriel y miró hacia el
sitio donde había quedado el pasaje. No estaba.
En su lugar había un papel con una palabra.
—Asante –leyó en voz alta.
—Quiere decir gracias –le dijo a su espalda el profesor.
La depresión que fulminó a Pedriel duró dos días
enteros. No podía entender que Kwaheri se hubiera
ido sin despedirse, sobre todo porque con él había
desaparecido la que iba a ser su gran novela. Su última
posibilidad de escribir una gran novela. Así lo creía.

La tercera mañana, sin embargo, se levantó con la


sensación de haber soñado el horrible viaje en barco
de Kwaheri. Buscó los extraños dibujos que había
hecho el chico y creyó empezar a entenderlos: allí
donde antes había visto una araña ahora veía al
capitán del barco, encerrándolo en la bodega.
28 29
Y esa flecha al aire era el propio
Kwaheri cuando se arrojó por
la borda al acercarse al puerto
de Buenos Aires. El resto se lo
imaginó: la llegada a Brasil, el
encuentro con sus familiares
y hasta un posterior regreso a
Burundi en busca de un hermano.
La novela fue publicada un
año después. Allí Pedriel ANDREA FERRARI
escribió una dedicatoria. “Para Biografía
Kwaheri. Asante (gracias)”.
Nacida en Buenos Aires, Andrea Ferrari es periodista y
escritora. Trabajó durante más de veinte años en medios gráficos
argentinos hasta que se volcó a la literatura.
En 2003 obtuvo el Premio Barco de Vapor en España por
El complot de Las Flores y, en 2007, el Premio Jaén de Narrativa
Juvenil por El camino de Sherlock.
Ha publicado desde entonces más de veinticinco libros.
Varios son parte de la selección White Ravens de la Biblioteca
Internacional de la Juventud de Munich, los Destacados de la
Asociación de Literatura Infantil y Juvenil de Argentina (Alija) y
los Premios Cuatrogatos.
Ha sido traducida al portugués, francés, coreano, búlgaro,
ruso e italiano. Fue dos veces nominada para el Astrid Lindgren
Memorial Award (ALMA), premio mundial de literatura infantil y
juvenil. En 2024 recibió el Premio Konex de Letras. Algunos de
Recién años más tarde supo que kwaheri quiere decir sus títulos son: La rebelión de las palabras, Las iguales, También
adiós. Al fin y al cabo, pensó, Kwaheri se había despedido. las estatuas tienen miedo, Detrás de la máscara, Zoom, Una
Había empezado a despedirse desde que llegó. amistad imposible.
30 31
El narrador de historias

El narrador de historias
Saki1

Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente
parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes
del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño
también pequeño. Una tía, que acompañaba a los niños, ocupaba un asiento
de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado
por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas
pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento.

Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente,
recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La
mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de
los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta.

—No, Cyril, no –exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los cojines
del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe–. Ven a mirar por
la ventanilla –añadió.

El niño se desplazó hacia la ventanilla con desgano.

—¿Por qué sacan a esas ovejas fuera de ese campo? –preguntó.

—Supongo que las llevan a otro campo en el que hay más hierba –respondió
la tía débilmente.

—Pero en ese campo hay montones de hierba –protestó el niño–; no hay otra
cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de hierba.

—Quizá la hierba de otro campo es mejor –sugirió la tía neciamente.

—¿Por qué es mejor? –fue la inevitable y rápida pregunta.

—¡Oh, mira esas vacas! –exclamó la tía.

Casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren tenían vacas o toros,
pero ella lo dijo como si estuviera llamando la atención ante una novedad.

—¿Por qué es mejor la hierba del otro campo? –persistió Cyril.

1 Cuento adaptado por el equipo de la Dirección Provincial de Educación Primaria. Ilustraciones de


Leicia Gotlibowski.

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El narrador de historias

El ceño fruncido del soltero se iba acentuando hasta estar ceñudo. La tía
decidió, mentalmente, que era un hombre duro y hostil. Ella era incapaz por
completo de tomar una decisión satisfactoria sobre la hierba del otro campo.

La niña más pequeña creó una forma de distracción al empezar a recitar «De
camino hacia Mandalay». Solo sabía la primera línea, pero utilizó al máximo su
limitado conocimiento. Repetía la línea una y otra vez con una voz soñadora,
pero decidida y muy audible; al soltero le pareció como si alguien hubiera
hecho una apuesta con ella a que no era capaz de repetir la línea en voz alta
dos mil veces seguidas y sin detenerse. Quienquiera que fuera que hubiera
hecho la apuesta, probablemente la perdería.

—Acérquense aquí y escuchen mi historia –dijo la tía cuando el soltero la


había mirado dos veces a ella y una al timbre de alarma.

Los niños se desplazaron apáticamente hacia el final del compartimiento


donde estaba la tía. Evidentemente, su reputación como contadora de
historias no ocupaba una alta posición, según la estimación de los niños.

Con voz baja y confidencial, interrumpida


a intervalos frecuentes por preguntas
malhumoradas y en voz alta de los oyentes,
comenzó una historia poco animada y con
una deplorable carencia de interés sobre una
niña que era buena, que se hacía amiga de
todos a causa de su bondad y que, al final, fue
salvada de un toro enloquecido por numerosos
rescatadores que admiraban su carácter moral.

—¿No la habrían salvado si no hubiera sido


buena? –preguntó la mayor de las niñas.

Esa era exactamente la pregunta que había


querido hacer el soltero.

—Bueno, sí –admitió la tía sin convicción–. Pero no creo que la hubieran


socorrido muy de prisa si ella no les hubiera gustado mucho.

—Es la historia más tonta que he oído nunca –dijo la mayor de las niñas con
una inmensa convicción.

—Después de la segunda parte no he escuchado, era demasiado tonta –dijo


Cyril.

La niña más pequeña no hizo ningún comentario, pero hacía rato que había
vuelto a comenzar a murmurar la repetición de su verso favorito.

—No parece que tenga éxito como contadora de historias –dijo de repente el
soltero desde su esquina.

La tía se ofendió como defensa instantánea ante aquel ataque inesperado.

—Es muy difícil contar historias que los niños puedan entender y apreciar
–dijo fríamente.

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El narrador de historias

—No estoy de acuerdo con usted –dijo el soltero.

—Quizá le gustaría a usted contarles una historia –contestó la tía.

—Cuéntenos un cuento –pidió la mayor de las niñas.

—Érase una vez –comenzó el soltero– una niña pequeña llamada Berta que
era extremadamente buena.

El interés suscitado en los niños momentáneamente comenzó a vacilar en


seguida; todas las historias se parecían terriblemente, no importaba quién
las contara.

—Hacía todo lo que le mandaban, siempre decía la verdad, mantenía la ropa


limpia, comía budín de leche como si fuera tarta de mermelada, aprendía sus
lecciones perfectamente y tenía buenos modales.

—¿Era bonita? –preguntó la mayor de las niñas.

—No tanto como cualquiera de ustedes –respondió el soltero-, pero era


terriblemente buena.

Se produjo una ola de reacción en favor de la historia; la palabra terrible unida


a bondad fue una novedad que la favorecía. Parecía introducir un círculo de
verdad que faltaba en los cuentos sobre la vida infantil que narraba la tía.

—Era tan buena –continuó el soltero– que ganó varias


medallas por su bondad, que siempre llevaba puestas
en su vestido. Tenía una medalla por obediencia,
otra por puntualidad y una tercera por buen
comportamiento. Eran medallas grandes de metal y
chocaban las unas con las otras cuando caminaba.
Ningún otro niño de la ciudad en la que vivía tenía
esas tres medallas, así que todos sabían que debía de
ser una niña extraordinariamente buena.

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CULTURA Y EDUCACIÓN
El narrador de historias

—Terriblemente buena –citó Cyril.

—Todos hablaban de su bondad y el príncipe de aquel país se enteró de


aquello y dijo que, ya que era tan buena, debería tener permiso para pasear,
una vez a la semana, por su parque, que estaba justo afuera de la ciudad. Era
un parque muy bonito y nunca se había permitido la entrada a niños, por eso
fue un gran honor para Berta tener permiso para poder entrar.

—¿Había alguna oveja en el parque? –preguntó Cyril.

—No –dijo el soltero–, no había ovejas.

—¿Por qué no había ovejas? –llegó la inevitable pregunta que surgió de la


respuesta anterior.

La tía se permitió una sonrisa que casi podría haber sido descrita como una
mueca.

—En el parque no había ovejas –dijo el soltero– porque, una vez, la madre del
príncipe tuvo un sueño en el que su hijo era asesinado tanto por una oveja
como por un reloj de pared que le caía encima. Por esa razón, el príncipe no
tenía ovejas en el parque ni relojes de pared en su palacio.

La tía contuvo un grito de admiración.

—¿El príncipe fue asesinado por una oveja o por un reloj? –preguntó Cyril.

—Todavía está vivo, así que no podemos decir si el sueño se hará realidad
–dijo el soltero despreocupadamente–. De todos modos, aunque no había
ovejas en el parque, sí había muchos cerditos corriendo por todas partes.

—¿De qué color eran?

—Negros con la cara blanca, blancos con manchas negras, totalmente negros,
grises con manchas blancas y algunos eran totalmente blancos.

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El narrador de historias

El contador de historias se detuvo para que los niños crearan en su imagi-


nación una idea completa de los tesoros del parque; después prosiguió:

—Berta sintió mucho que no hubiera flores en el parque. Había prometido a


sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del
príncipe y tenía intención de mantener su promesa por lo que, naturalmente,
se sintió tonta al ver que no había flores para recoger.

—¿Por qué no había flores?

—Porque los cerdos se las habían comido todas –contestó el soltero


rápidamente–. Los jardineros le habían dicho al príncipe que no podía tener
cerdos y flores, así que decidió tener cerdos y no tener flores.

Hubo un murmullo de aprobación por la excelente decisión del príncipe;


mucha gente habría decidido lo contrario.

—En el parque había muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con
peces dorados, azules y verdes, y árboles con hermosos loros que decían cosas
inteligentes sin previo aviso, y colibríes que cantaban todas las melodías
populares del día. Berta caminó arriba y abajo, disfrutando inmensamente, y
pensó: “Si no fuera tan extraordinariamente buena no me habrían permitido
venir a este maravilloso parque y disfrutar de todo lo que hay en él para ver”,
y sus tres medallas chocaban unas contra las otras al caminar y la ayudaban
a recordar lo buenísima que era realmente. Justo en aquel momento, iba
merodeando por allí un enorme lobo para ver si podía atrapar algún cerdito
gordo para su cena.

—¿De qué color era? –preguntaron los niños, con un inmediato aumento de
interés.

—Era completamente del color


del barro, con una lengua negra
y unos ojos de un gris pálido
que brillaban con inexplicable
ferocidad. Lo primero que vio en
el parque fue a Berta; su delantal
estaba tan inmaculadamente
blanco y limpio que podía ser
visto desde una gran distancia.
Berta vio al lobo, vio que se
dirigía hacia ella y empezó a
desear que nunca le hubieran
permitido entrar en el parque.
Corrió todo lo que pudo y el lobo
la siguió dando enormes saltos
y brincos. Ella consiguió llegar a unos matorrales de mirto y se escondió
en uno de los arbustos más espesos. El lobo se acercó olfateando entre las
ramas, su negra lengua le colgaba de la boca y sus ojos gris pálido brillaban
de rabia. Berta estaba terriblemente asustada y pensó: “Si no hubiera sido tan
extraordinariamente buena ahora estaría segura en la ciudad”. Sin embargo,
el olor del mirto era tan fuerte que el lobo no pudo olfatear dónde estaba
escondida Berta, y los arbustos eran tan espesos que podría haber estado

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El narrador de historias

buscándola entre ellos durante mucho rato, sin verla, así que pensó que era
mejor salir de allí y cazar un cerdito. Berta temblaba tanto al tener al lobo
merodeando y olfateando tan cerca de ella que la medalla de obediencia
chocaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo acababa de irse
cuando oyó el sonido que producían las medallas y se detuvo para escuchar;
volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se lanzó dentro de
él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a Berta de
allí y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de ella fueron sus
zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres medallas de la bondad.

—¿Mató a alguno de los cerditos?

—No, todos escaparon.

—La historia empezó mal –dijo la más pequeña de las niñas–, pero ha tenido
un final bonito.

—Es la historia más bonita que he escuchado nunca –dijo la mayor de las
niñas, muy decidida.

—Es la única historia bonita que he oído nunca –dijo Cyril.

La tía expresó su desacuerdo.

—¡Una historia de lo menos apropiada para contar a niños pequeños! Ha


socavado el efecto de años de cuidadosa enseñanza.

—De todos modos –dijo el soltero, reuniendo sus pertenencias y dispuesto


a abandonar el tren–, los he mantenido tranquilos durante diez minutos,
mucho más de lo que usted pudo.

“¡Infeliz! –se dijo mientras bajaba al andén de la estación de Templecombe–.


¡Durante los próximos seis meses esos niños la asaltarán en público pidiéndole
una historia impropia!”.

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