Lecturas 1 - 6to
Lecturas 1 - 6to
LECTURAS
ALUMNO/A:
6° GRADO
El pozo
JUAN SEBASTIÁN RONCHETTI
Ilustraciones de VIRGINIA PIÑÓN
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PROVINCIA DE BUENOS AIRES
GOBERNADOR
Axel Kicillof
VICEGOBERNADORA
Verónica Magario
JEFE DE GABINETE
Gustavo Alcaraz
SUBSECRETARIO DE EDUCACIÓN
Pablo Urquiza
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El pozo
Juan Sebastián Ronchetti
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–Termínenla -les grité.
–Sigamos -dijo.
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–Entramos -dijo.
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poco. Lo de tranquilizarme digo. Apenas unos minutos, hasta me asomé entre los durmientes para ver el último vagón que
que toqué algo sólido, rígido, pero no era una piedra, de eso iba camino a Sarandí, pero me quedé un poco más en el pozo,
estaba seguro. Saqué un poco más de tierra y sentí en mis todavía me duraba la conmoción, me tiré en el piso y traté
dedos lo que claramente era una bolsa de nylon. de tranquilizarme.
Los pibes seguían en otra. Apenas había recuperado la respiración cuando reconocí la voz
de Ojeda.
–¿Para qué tiene tu papá un escondite? -le pregunté de repente
a Cury, mientras pensaba si debía compartir el hallazgo. –¡Qué hacen acá! -gritó, parado sobre una vía.
Pero no hubo tiempo. Cury me iba a contestar cuando No sé cómo supo que estábamos ahí, pero el viejo nos encontró.
comenzamos a sentir la vibración y, en un instante, el ruido –Dejen todo como estaba -dijo.
era ensordecedor. El tren venía a toda velocidad. La tierra se
Agarramos las tablas y las piedras y dejamos todo como antes.
nos metía en los ojos. Las piedras repiqueteaban en las vías.
Cury estaba rojo. El Chueco empezó a silbar. Yo me guardé
Los durmientes se movían y las ruedas golpeaban al pasar por
una piedra engrasada en el bolsillo. Bajamos el terraplén y
el pozo y era como si pegaran en nuestras cabezas. Durante
caminamos hacia el barrio.
unos segundos pensé que estaba en el mismísimo infierno.
Los pibes se adelantaron. Antes de llegar, lo alcancé a Ojeda
Pero al final el ruido empezó a menguar. El tren ya había
y le pedí que no le contara nada a mis padres.
pasado por arriba nuestro. Los pibes salieron gritando y
comenzaron a tirarle piedras a la formación que se alejaba. Yo
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–Por favor -le insistí.
Con los pibes ni nos despedimos. Yo subí rápido los dos pisos
hasta mi casa. Entré, me tiré en la cama, miré la piedra, la
acerqué a mi nariz y respiré hondo.
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–No te preocupes.
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–¿No le va a decir a mis viejos? –¿Ahora quiere que vayamos?
–¿Qué dice Ojeda? Salimos por la puerta de atrás del palier, la que daba a la playa
de estacionamiento para que no nos viera nadie, en realidad,
–Al pozo no vas a ir más solo, ya lo juraste.
para que no nos vieran Cury y el Chueco que estaban jugando
–Sí, claro. adelante.
–Confío en vos.
–¿Ahora qué?
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–¿Estás apurado? –Sacala dale.
Creo que de los nervios había salido casi corriendo y además Tiré del nudo de la bolsa pero no pude ni moverla. Ojeda se
Ojeda caminaba despacio, nunca le había prestado demasiada levantó. La cara le había cambiado, estaba sonriendo. Entre
atención, pero parecía más viejo de lo que realmente era. los dos terminamos de desenterrar la bolsa. Me pidió que la
Aunque no debía ser mucho más grande que mi papá, todo abriera. Estaba llena de libros y revistas.
parecía costarle el doble.
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Empezó a sacar. Había de todo. Algunos yo los conocía de No entendía por qué a mí, por qué me quería dar esos libros
la biblioteca de casa, pero otros ni los había escuchado tan importantes, por qué me confiaba su secreto.
nombrar y eso que a mí me gustaba mucho leer. Ojeda estaba
–Vamos a tener algunas reglas. Te vas a ir llevando los libros de
entusiasmado.
a uno o de a dos y a medida que los vayas leyendo venimos a
–Los guardé acá, era peligroso tenerlos en casa, pero no los buscar más, podés elegir o yo te aconsejo.
iba a quemar. Hay cosas de otros compañeros también. Uno
–Prefiero elegir -le dije.
se siente responsable por los compañeros -dijo y ahora sí me
animé a mirarlo. –Como quieras pero la regla más importante es que por ahora
nadie, ni siquiera mi hijo debe saber de esto.
–Tu papá me dijo un día que él no iba a quemar los libros
ni a esconderlos. Tuvo suerte. Ahora se terminó, pero igual
no hay que descuidarse. Las cosas van a quedarse acá, por el
momento, pero quiero que algunos los tengas vos. A mi hijo
no le importan.
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Le dije que no le iba a fallar. Sonó raro escucharme, pero me
parecieron las palabras justas para ese momento. Me sentí
orgulloso.
Elegí dos libros. Por los títulos pensé que iban a ser los más
divertidos, El juguete rabioso fue el primero y Mascaró, el
cazador americano, el segundo.
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Dirección General de Cultura y Educación
El pozo Juan Sebastián Ronchetti; Ilustrado por Virginia Piñon. -1a ed.- La Plata:
Dirección General de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires. Subsecretaría
de Educación, Dirección Provincial de Educación Primaria, 2024.
20 p. : il. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-676-137-6
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La historia
de Kwaheri Andrea Ferrari
VICEGOBERNADORA
Este material ha sido elaborado por la Dirección General
de Cultura y Educación de la Provincia de Buenos Aires.
Verónica Magario
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Luego les agregaba
detalles, torcía el rumbo
de los acontecimientos e
inventaba finales más felices
o espectaculares que los de
la vida real. Pero sin esas
historias ajenas era incapaz
de escribir una línea.
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Y al año siguiente oyó relatar
en el consultorio de su dentista
las desventuras del hombre que
se creía pescado, en verdad el
cuñado loco de la recepcionista.
Su más exitoso cuento infantil,
el de la niña con dos ombligos,
surgió en una plaza, del relato
de una mujer que cuidaba a
su hijo junto al tobogán.
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Pero nada. Ni una historia que valiera la pena ser
contada. Pedriel se hundió en la depresión, convencido
de que sus días como escritor estaban terminados.
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El escritor probó primero
con algunas palabras básicas
en inglés y francés, y luego
un estilo Tarzán que lo hizo
sentirse levemente ridículo.
—Yo –dijo poniéndose
la mano en el pecho–,
yo, José Luis. ¿Vos?
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Durmió dieciocho horas seguidas. En ese tiempo, Pedriel
recurrió a todos los medios a su alcance para descubrir
alguna parte de la historia. Al fin encontró una pequeña
información en un diario que lo iluminó: decía que
el capitán de un buque de bandera filipina que venía
de África había hallado un polizón cuando estaba en
alta mar y lo había encerrado en la bodega. Pensaba
entregarlo a la policía al tocar el puerto de Buenos Aires,
pero entonces descubrió que el chico se había fugado.
—Un polizón –se dijo a sí mismo
Pedriel—. Esa es mi novela.
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Pero también quería mostrar
su sincero interés por ayudarlo,
y por eso el domingo fue
hasta la terminal de ómnibus
y compró un pasaje hasta
Río de Janeiro. Luego en su
casa se lo mostró a Kwaheri.
—Sale el martes –le dijo
mostrándole el trayecto en el
mapa– y son dos días de viaje.
El chico observó durante un
rato el pasaje y tocó con un
dedo las cuatro únicas palabras
que parecía entender: Río de
Janeiro, Brasil. Después lo
dejó apoyado en la biblioteca,
por donde cada tanto pasaba
para volver a mirarlo.
—Brasil –repitió–, Kwaheri.
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El lunes, al fin, Luisa llamó
con noticias: le habían pasado
el dato de un profesor que
hablaba swahili. Esa misma
tarde daría clase en la
universidad, a las cuatro.
-—Andá a esperarlo a la
salida –le sugirió a Pedriel–,
ahí podés proponerle que
entreviste al chico.
Aunque suponía que era inútil,
el escritor intentó explicarle
todo esto a Kwaheri.
—Traigo al traductor. Aquí.
Conversamos. Vos y yo. Me
contás tu historia –dijo Pedriel
mientras se preguntaba
porqué diablos seguía
hablando como Tarzán.
El chico lo miró con ojos
de incomprensión.
El narrador de historias
Saki1
Era una tarde calurosa y el vagón del tren también estaba caliente; la siguiente
parada, Templecombe, estaba casi a una hora de distancia. Los ocupantes
del vagón eran una niña pequeña, otra niña aún más pequeña y un niño
también pequeño. Una tía, que acompañaba a los niños, ocupaba un asiento
de la esquina; el otro asiento de la esquina, del lado opuesto, estaba ocupado
por un hombre soltero que era un extraño ante aquella fiesta, pero las niñas
pequeñas y el niño pequeño ocupaban, enfáticamente, el compartimiento.
Tanto la tía como los niños conversaban de manera limitada pero persistente,
recordando las atenciones de una mosca que se niega a ser rechazada. La
mayoría de los comentarios de la tía empezaban por «No», y casi todos los de
los niños por «¿Por qué?». El hombre soltero no decía nada en voz alta.
—No, Cyril, no –exclamó la tía cuando el niño empezó a golpear los cojines
del asiento, provocando una nube de polvo con cada golpe–. Ven a mirar por
la ventanilla –añadió.
—Supongo que las llevan a otro campo en el que hay más hierba –respondió
la tía débilmente.
—Pero en ese campo hay montones de hierba –protestó el niño–; no hay otra
cosa que no sea hierba. Tía, en ese campo hay montones de hierba.
Casi todos los campos por los que pasaba la línea de tren tenían vacas o toros,
pero ella lo dijo como si estuviera llamando la atención ante una novedad.
1~ DIRECCIÓN GENERAL DE
CULTURA Y EDUCACIÓN
El narrador de historias
El ceño fruncido del soltero se iba acentuando hasta estar ceñudo. La tía
decidió, mentalmente, que era un hombre duro y hostil. Ella era incapaz por
completo de tomar una decisión satisfactoria sobre la hierba del otro campo.
La niña más pequeña creó una forma de distracción al empezar a recitar «De
camino hacia Mandalay». Solo sabía la primera línea, pero utilizó al máximo su
limitado conocimiento. Repetía la línea una y otra vez con una voz soñadora,
pero decidida y muy audible; al soltero le pareció como si alguien hubiera
hecho una apuesta con ella a que no era capaz de repetir la línea en voz alta
dos mil veces seguidas y sin detenerse. Quienquiera que fuera que hubiera
hecho la apuesta, probablemente la perdería.
—Es la historia más tonta que he oído nunca –dijo la mayor de las niñas con
una inmensa convicción.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario, pero hacía rato que había
vuelto a comenzar a murmurar la repetición de su verso favorito.
—No parece que tenga éxito como contadora de historias –dijo de repente el
soltero desde su esquina.
—Es muy difícil contar historias que los niños puedan entender y apreciar
–dijo fríamente.
2~ DIRECCIÓN GENERAL DE
CULTURA Y EDUCACIÓN
El narrador de historias
—Érase una vez –comenzó el soltero– una niña pequeña llamada Berta que
era extremadamente buena.
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CULTURA Y EDUCACIÓN
El narrador de historias
La tía se permitió una sonrisa que casi podría haber sido descrita como una
mueca.
—En el parque no había ovejas –dijo el soltero– porque, una vez, la madre del
príncipe tuvo un sueño en el que su hijo era asesinado tanto por una oveja
como por un reloj de pared que le caía encima. Por esa razón, el príncipe no
tenía ovejas en el parque ni relojes de pared en su palacio.
—¿El príncipe fue asesinado por una oveja o por un reloj? –preguntó Cyril.
—Todavía está vivo, así que no podemos decir si el sueño se hará realidad
–dijo el soltero despreocupadamente–. De todos modos, aunque no había
ovejas en el parque, sí había muchos cerditos corriendo por todas partes.
—Negros con la cara blanca, blancos con manchas negras, totalmente negros,
grises con manchas blancas y algunos eran totalmente blancos.
4~ DIRECCIÓN GENERAL DE
CULTURA Y EDUCACIÓN
El narrador de historias
—En el parque había muchas otras cosas deliciosas. Había estanques con
peces dorados, azules y verdes, y árboles con hermosos loros que decían cosas
inteligentes sin previo aviso, y colibríes que cantaban todas las melodías
populares del día. Berta caminó arriba y abajo, disfrutando inmensamente, y
pensó: “Si no fuera tan extraordinariamente buena no me habrían permitido
venir a este maravilloso parque y disfrutar de todo lo que hay en él para ver”,
y sus tres medallas chocaban unas contra las otras al caminar y la ayudaban
a recordar lo buenísima que era realmente. Justo en aquel momento, iba
merodeando por allí un enorme lobo para ver si podía atrapar algún cerdito
gordo para su cena.
—¿De qué color era? –preguntaron los niños, con un inmediato aumento de
interés.
5~ DIRECCIÓN GENERAL DE
CULTURA Y EDUCACIÓN
El narrador de historias
buscándola entre ellos durante mucho rato, sin verla, así que pensó que era
mejor salir de allí y cazar un cerdito. Berta temblaba tanto al tener al lobo
merodeando y olfateando tan cerca de ella que la medalla de obediencia
chocaba contra las de buena conducta y puntualidad. El lobo acababa de irse
cuando oyó el sonido que producían las medallas y se detuvo para escuchar;
volvieron a sonar en un arbusto que estaba cerca de él. Se lanzó dentro de
él, con los ojos gris pálido brillando de ferocidad y triunfo, sacó a Berta de
allí y la devoró hasta el último bocado. Todo lo que quedó de ella fueron sus
zapatos, algunos pedazos de ropa y las tres medallas de la bondad.
—La historia empezó mal –dijo la más pequeña de las niñas–, pero ha tenido
un final bonito.
—Es la historia más bonita que he escuchado nunca –dijo la mayor de las
niñas, muy decidida.
6~ DIRECCIÓN GENERAL DE
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