Obra reproducida sin responsabilidad editorial
León Tolstoi
RESURRECCIÓN
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Entonces se le acercó Pedro y le
preguntó: « Señor, ¿cuántas ve-
ces he de perdonar a mi hermano
si peca contra mí? ¿Hasta siete
veces? » Dícele Jesús: «No digo
yo hasta siete veces, sino hasta
setenta veces siete.»
SAN MATEO, 18, 21-22.
¿Cómo ves la paja en el ojo de
tu hermano y no ves la viga en
el tuyo?
SAN MATEO, 7, 3.
El que de vosotros esté sin pe-
cado, arrójele la piedra el pri-
mero.
SAN JUAN, 8, 7.
Ningún discípulo está sobre su
maestro; para ser perfecto ha de
ser como su maestro.
SAN LUCAS, 6, 40.
PRIMERA PARTE
En vano los hombres, amontonados por cen-
tenares y miles sobre una estrecha extensión,
procuraban mutilar la tierra sobre la cual se
apretujaban; en vano la cubrían de piedras a fin
de que nada pudiese germinar en ella; en vano
arrancaban todas las briznas de hierba y ensu-
ciaban el aire con el carbón y el petróleo; en
vano cortaban los árboles y ponían en fuga a
los animales ya los pájaros; la primavera era la
primavera, incluso en la ciudad. El sol calenta-
ba, brotaba la hierba y verdeaba en todos los
sitios donde no la habían arrancado, tanto en
los céspedes de los jardines como entre las grie-
tas del pavimento; los chopos, los álamos y los
cerezos desplegaban sus brillantes y perfuma-
das hojas; los tilos hinchaban sus botones a
punto de abrirse; las chovas, los gorriones y las
palomas trabajaban gozosamente en sus nidos,
y las moscas, calentadas .por el sol, bordonea-
ban en las paredes. Todo estaba radiante. Úni-
camente los hombres, los adultos, continuaban
atormentándose y tendiéndose trampas mu-
tuamente. Consideraban que no era aquella
mañana de primavera, aquella belleza divina
del mundo creado para la felicidad de todos los
seres vivientes, belleza que predisponía a la
paz, a la unión y al amor, lo que era sagrado e
importante; lo importante para ellos era imagi-
nar el mayor número posible de medios para
convertirse en amos los unos de los otros.
Así, en la oficina de la prisión de una cabeza
de partido se consideraba como sagrado e im-
portante no el hecho de que la primavera rego-
cijase y encantase a todos los hombres ya todos
los animales, sino el de. haber recibido la víspe-
ra una hoja timbrada y numerada que contenía
la orden de conducir aquel mismo día, 28 de
abril, a las nueve de la mañana, al Palacio de
Justicia a tres detenidos: dos mujeres y un
hombre. Una de esas mujeres, considerada la
más culpable, debía ser conducida por separa-
do. Y he aquí que, de conformidad con seme-
jante aviso, el 28 de abril, ,a las ocho de la ma-
ñana, el vigilante jefe entró en el sombrío e in-
fecto coorredor del departamento de mujeres.
Iba seguido por la vigilanta, mujer de aspecto
cansado, de cabellera gris, vestida con una ca-
misola cuyas mangas estaban adornadas de
galones y la cintura recamada de azul.
-¿Viene usted a buscar a Maslova? -preguntó,
acercándose con el guardián a una de las celdas
que daban al corredor.
El vigilante, con un ruido de chatarra, hizo
funcionar. a cerradura y abrió la puerta, por la
que se escapó un aire más nauseabundo aún
que el del pasillo.
-¡Maslova! ¡Al tribunal! -gritó.
Luego cerró la puerta y aguardó.
Incluso en el patio de la prisión, el aire que
llegaba de los campos era fresco y vivificante.
Pero en .aquel corredor, la atmósfera se man-
tenía pesada y malsana, infectada de estiércol,
de podredumbre y de brea, lo que hacía que
todo recién llegado, desde el mismo momento
de su entrada, se pusiera tríste y taciturno. La
vigilanta lo notó también, por muy acostum-
brada que estuviese a aquel aire viciado. Ape-
nas entró en el comedor experimentó una espe-
cie de fatiga y somnolencia. .
En la celda común de las presas se oían
voces y el ruido de pasos producidos por pies
descalzos.
-¡Vamos! ¡Más aprisa! ¡Te digo que te apresu-
res, Maslova! -gritó el vigilante jefe por la ren-
dija de la puerta entornada.
Dos minutos después apareció una mujer jo-
ven, bajita, de pecho amplio, vestida con un
capotón de tela gris puesto encima de una ca-
misola y de una saya blanca.
Con paso seguro se acercó al vigilante y se
detuvo a su lado. Llevaba medias de tela y,
como calzado, unos trapos bastos arreglados en
la misma cárcel a manera de zapatos; se cubría
la cabeza con una pañoleta blanca que coque-
tamente dejaba escapar los bucles de una
abundante cabellera negra. Su rostro tenía esa
palidez particular que sigue a un largo enclaus-
tramiento y que recuerda el tinte de las simien-
tes de patatas guardadas en los sótanos. La
misma palidez había invadido igualmente sus
manos, pequeñas y anchas, y su cuello lleno,
que emergía de la gran abertura del capotón. y
en aquel color mate del rostro se destacaban
unos ojos negros, brillantes y vivos, uno de los
cuales bizqueaba ligeramente.
La joven se mantenía erguida, adelantando su
amplio busto. Al llegar al corredor levantó la
cabeza, miró directamente al vigilante a la cara
y se detuvo en una actitud que daba a entender
que estaba dispuesta a hacer todo lo que se le
mandase. La puerta de la celda iba a cerrarse
cuando apareció el rostro pálido, arrugado y
severo de una anciana que se puso a hablarle a
Maslova. Pero el vigilante rechazó con el ba-
tiente de la puerta la cabeza de la presa, que
desapareció. Una risa de mujeres resonó en el
interior. Maslova sonrió igualmente y se acercó
a la mirilla enrejada. Desde el otro lado la vieja
le gritó con voz ronca: ,
-¡Sobre todo, procura no decir demasia-
do! ¡Repite siempre lo mismo y nada más!
-¡Bah! -dijo Maslova sacudiendo la cabeza-.
Me pase lo que me pase, nada podrá ser peor
de lo que es. Todo es una misma cosa.
-Desde luego que todo es una cosa, y no dos
-dijo el vigilante jefe, convencido de haber
hecho un brillante juego de palabras -.¡Vamos,
en marcha!
El ojo de la vieja, pegado tras la mirilla de la
puerta desapareció y .Maslova siguió al guar-
dián con cortos y precipitados pasos. Bajaron la
ancha escalera de piedra, pasaron ante las cel-
das de los hombres, más malolientes aún y más
ruiidosas que las de las mujeres, y, bajo las mi-
radas de los inquilinos de las celdas, llegaron
así a la oficina de la cárcel, donde aguardaban
dos soldados con el fusil en bandolera. El escri-
biente que se encontraba allí dio a uno de los
soldados una hoja impregnada de olor a tabaco
y dijo, señalando a la detenida:
-Hazte cargo.
El soldado, un campesino de Nijni-Novgorod,
de cara marcada por la viruela, se puso el papel
en la vuelta de la manga, sonrió y guiñó mali-
ciosamente los ojos a su camarada, un chuvaco
de anchos pómulos prominentes. Los soldados
y la presa salieron de la oficina y luego fran-
quearon la gran verja
de la cárcel.
El grupo caminó por la ciudad por el centro
de la calzada. Los cocheros, los tenderos, las
cocineras, los obreros y los empleados se deten-
ían, examinando con curiosidad a la presa. Al-
gunos sacudían la cabeza y pensaban: «He ahí
adónde lleva una mala conducta, que afortuna-
damente no se parece a la nuestra.» Los niños
miraban con espanto a «aquella criminab>, pe-
ro se tranquilizaban a la vista de los soldados
que la ponían en la imposibilidad de hacer da-
ño. Un campesino que acababa de tomar té en
la posada y vendía carbón se acercó a ella, hizo
la señal de la cruz y le entregó un copec. La
joven enrojeció, bajó la cabeza y murmuró al-
gunas palabras.
Sintiendo miradas fijas en ella, observaba sin
volver la cabeza a quienes se quedaban con-
templándola al pasar, divertida por verse obje-
to de tanta atención. Gozaba también de la dul-
zura del aire primaveral al salir de la atmósfera
malsana de la cárcel.
Pero, habiendo perdido la costumbre de ca-
minar, con sus zapatos de trapo se lastimaba al
pisar sobre las piedras, esforzándose por no
apoyarse demasiado en el suelo. Al pasar ante
la tienda de un vendedor de harina en cuyo
umbral picoteaban algunas palomas, la presa
estuvo a punto de pisar a una de ellas. Ésta
levantó el vuelo y, con un batido de alas, casi
rozó la oreja de MasIova. Ella sonrió; luego, al
recordar su situación lanzó un profundo suspi-
ro.
II
La historia de la acusada Maslova era de las
más triviales.
Maslova era hija natural de una guardiana de
ganado en la finca de dos viejas señoritas.
Aquella mujer, soltera, traía un niño al mundo
cada año. Como sucede ordinariamente, los
pobres pequeños, nada más nacer, eran bauti-
zados, y luego no tardaban en morir. La madre
en efecto no quería alimentar a aquellos niños
venidos sin que ella los pidiese, de los que no
tenía necesidad y que la impedían trabajar.
Hasta el número de cinco, todos se habían
ido así. El sexto, nacido de un gitano de paso,
era una niña, y su suerte habría sido la misma
si el azar no hubiese llevado a una de las dos
viejas señoritas a entrar en el establo para hacer
reproches con motivo de una cierta nata que
tenía gusto a vaca. Encontró allí a la parturienta
tendida en tierra, con una niña muy hermosa a
su lado que no pedía más que vivir. La vieja
señorita reprochó a las sirvientas, además de la
nata, haber dejado en aquel lugar a una mujer
en ese estado. Luego, cuando se disponía a sa-
lir, percibió a la niña, se enterneció e incluso
expresó el deseo de ser su madrina. Hizo, pues,
bautizar a la pequeñuela y, apiadándose de su
ahijada, mandó dar a la madre leche y un poco
de dinero. Así, la niña pudo vivir.
Tenía tres años cuando su madre cayó enfer-
ma y murió. y como su abuela, también guar-
diana de ganado, no sabía qué hacer de ella, las
dos viejas señoritas la acogieron en su casa.
Con sus grandes ojos negros, era una niñita
extraordinariamente viva y graciosa, y las dos
ancianas se divertían viéndola. La más joven, y
también la más indulgente, se llamaba Sofía
Ivanovna; era la madrina de la niña. La mayor,
María Ivanovna, se inclinaba más bien a la se-
veridad. Sofía Ivanovna vestía a la niña, la en-
señaba a leer y soñaba con hacer de ella una
hija adoptiva. María Ivanovna, por el contrario,
pretendía hacer de ella una sirvienta, una com-
placiente doncella. Partiendo de este principio,
se mostraba exigente, daba órdenes a la niña y,
en sus accesos de mal humor, incluso llegaba a
pegarla. Cuando la niña creció, resultó que,
debido a estas dos influencias .divergentes, se
encontró siendo a medias una doncella ya med-
las una señorita. Así, le daban un nombre co-
rrespondiente a esta situación intermedia: en
efecto, no la llamaban ni Katka ni Kategnka,
sino Katucha. Ella cosía, arreglaba las habitacio-
nes, limpiaba el icono, servía el café y hacía
lavados pequeños. De vez en cuando acompa-
ñaba a las señoritas y les leía.
Varias veces la habían solicitado en matrimo-
nio, pero siempre se había negado: mimada por
el contacto con la existencia regañona de las
dueñas, comprendía cuán difícil le resultaría
vivir con un rudo trabajador.
Hasta la edad de dieciocho años había vivido
de esta manera. Por aquella época llegó a casa
de las viejas señoritas su sobrino, entonces es-
tudiante y rico príncipe además; y Katucha lo
había amado, sin osar confesárselo ni a él ni a sí
misma. Dos años después, el joven, en camino
para la guerra contra los turcos, se detuvo du-
rante cuatro días en casa de sus tías. Pero antes
de su partida sedujo a Katucha; en el último
instante le deslizó rápidamente un billete de
cien rublos y partió. Cinco meses después, la
muchacha no podía ya dudar de que estaba en
cinta.
A partir de ese momento, todo le pesaba, y su
único pensamiento era conjurar la vergüenza
que la amenazaba; servía a las ancianas señori-
tas, pero negligentemente y de mala gana: era
algo más fuerte que ella. Se insolentaba con las
ancianas y se arrepentía después. Finalmente,
ella misma solicitó marcharse y nadie se opuso.
Después que hubo abandonado a sus protec-
toras, entró como doncella en casa de un comi-
sario de policía rural; pero el comisario, un vie-
jo de más de cincuenta años, se apresuró a
hacerle la corte, de forma que no pudo quedar-
se en casa de él más de tres meses. Como un día
se hubiera mostrado más audaz aún, ella lo
trató de imbécil y de viejo verde, y él la despi-
dió por su impertinencia. Ya no podía pensar
en buscar otro puesto, porque se acercaba el
término de su embarazo. Entonces entró en
pensión en casa de una viuda que tenía una
taberna y era al mismo tiempo comadrona. El
parto se realizó sin que tuviese que sufrir de-
masiado. Pero la comadrona, habiendo tenido
que dirigirse al pueblo a asistir a una aldeana,
pegó la fiebre puerperal a Katucha. El niño de
ésta cayó igualmente enfermo. Hubo que en-
viarlo a un hospicio, donde murió en presencia
de la mujer que lo condujo allí.
Por toda riqueza, Katucha estaba en posesión
de ciento veintisiete rublos: veintisiete ganados
por ella y cien rublos que le había entregado su
seductor. Pero al salir de casa de la comadrona
no le quedaban más que seis. El dinero se le
derretía en los dedos, bien por culpa de ella,
bien sobre todo por culpa de los demás: se lo
daba a quien lo quería. Sus dos meses de pen-
sión en casa de la comadrona le habían costado
cuarenta rublos; veinticinco se habían emplea-
do para enviar al niño al hospicio; luego, en
forma de préstamo y pretextando la compra de
una vaca, la comadrona le había sacado cuaren-
ta rublos más; quedaban veinte rublos y Katu-
cha los había gastado sin saber cómo, en adqui-
siciones inútiles o en regalos; así, cuando estu-
vo curada, no tenía ya dinero y se encontraba
en la obligación de buscar un puesto. Aceptó
uno en casa de un guardia forestal, que estaba
casado. Pero, lo mismo que el comisario, éste se
puso, desde el primer día, a perseguirla con sus
asiduidades. A la joven sirvienta le repugnaba,
y procuraba defenderse de sus tentativas. Pero
su amo la sobrepasaba en experiencia y en as-
tucia y, justamente porque era el amo, podía
darle las órdenes que convenían a sus propósi-
tos; habiendo, pues, acechado el momento pro-
picio, consiguió poseerla. Sin embargo, su mu-
jer, que no tardó en saberlo, sorprendió un día
a su marido en una habitación hablando a solas
con Katucha, y golpeó a esta última en la cara.
Se originó entonces una pelea, y esto fue el pre-
texto para despedir a la sirvienta sin pagarle su
salario.
Entonces, Katucha se dirigió a la ciudad, a ca-
sa de una tía suya casada con un encuaderna-
dor. En otros tiempos, éste había estado en
buena situación, pero sus clientes lo habían
abandonado; se había entregado a la embria-
guez y se gastaba en la taberna todo el dinero
que podía procurarse.
Los magros beneficios de un pequeño esta-
blecimiento de lavandería explotado por la tía
permitían a ésta proveer a la alimentación de
sus hijos y al sostenimiento de su borracho ma-
rido. Ofreció a Katucha enseñarle su oficio. Pe-
ro la existencia de las obreras empleadas en
casa de su tía pareció tan penosa a la mucha-
cha, que su sola vista la hizo vacilar y prefirió
recurrir a una oficina de colocación y pedir alli
un empleo de sirvienta. En efecto, encontró uno
en casa de una dama viuda que vivía con sus
dos hijos, todavía en el colegio. El mayor era
alumno de sexto año, de bigote incipiente, y no
llevaba una semana en la casa la bonita criada,
cuando él descuidaba sus estudios para hacerle
la corte. Pero la madre se dio cuenta y la despi-
dió. No había otro empleo a la vista.
No obstante, Katucha entabló conocimiento
un día en la oficina de colocaciones con una
dama cuyas carnosas manos estaban sobrecar-
gadas de sortijas y brazaletes. Puesta al co-
rriente de la situación de la joven, la dama le
dio su direcci6n y la invitó a ir a verla, cosa que
hizo Katucha. Recibió de la dama la acogida
más afable, fue colmada de pastelillos y de vino
azucarado y retenida hasta la noche, no sin que,
en el intervalo, una doncella portadora de una
esquela hubiese sido enviada afuera. Llegada la
noche, un hombre de alta estatura, con barba y
largos cabellos grises, penetró en la habitación
y con ojos brillantes y labios risueños fue a sen-
tarse cerca de Katucha y se puso a examinarla
ya bromear con ella. La dama lo llamó un mo-
mento a la habitación contigua y algunas pala-
bras llegaron a oídos de Katucha: «Completa-
mente fresca, viene directamente del campo.» A
continuación, la dama la hizo venir a ella y le
dijo que aquel anciano señor era un escritor que
tenía mucho dinero: dependía de ella saber
agradarle y, en en ese caso, él le daría mucho.
En efecto, ella le agradó, y el escritor le dio
veinticinco rublos y prometió que vendría a
verla con frecuencia. Katucha se dio prisa en
gastar el dinero, empleando una parte en pagar
la pensión que debía a su tía y el resto en com-
prarse un vestido, un sombrero y cintas. Al
cabo de algunos días recibió un aviso del escri-
tor para una nueva cita; y, como la primera vez,
él le dio veinticinco rublos y la animó a insta-
larse en una habitación amueblada.
Habiéndole alquilado el escritor un aparta-
mento, Katucha conoció alli a un dependiente,
muchacho divertido que vivía en una habita-
ción que daba al mismo patio. Habiéndose ena-
morado de él, fue abandonada por el escritor, a
quien le había contado lo que ocurría; y el de-
pendiente no tardó en abandonarla igualmente,
aunque le había prometido casarse con ella.
Encontraba agradable vivir así, sola, en una
habitación amueblada y se proponía continuar;
pero la informaron de que eso no le estaba
permitido: para obtener la autorización opor-
tuna, si querla vlvlr de aquella manera, tendría
que proveerse en la comisaría de policía de un
billete amarillo y someterse al examen médico.
Katucha volvió a casa de su tía, y cuando ésta
la vio con un vestido a la moda, con un hermo-
so sombrero y un abrigo, la recibió con respeto
y no se atrevió ya a renovarle su proposición de
tomarla en su taller; a sus ojos se había elevado
ahora a una categoría superior en la sociedad.
Por lo demás, la misma Maslova no podía ya
pensar en convertirse en lavandera. Provisio-
nalmente, podía desde luego consentir aún en
residir en casa de su tía; pero a su piedad se
mezclaba un poco de desprecio cuando consi-
deraba la vida de trabajos forzados que lleva-
ban en el taller las lavanderas, pá1idas y delga-
das en su mayoría, algunas ya roídas por la
tuberculosis, agotadas por el lavado y el plan-
chado y sometidas a treinta grados de calor con
la ventana abierta en invierno y en verano.
Maslova entonces se encontraba completamen-
te sin dinero y en la imposibilidad de hallar un
solo protector, y por esta época se encontró en
su camino con una alcahueta encargada de re-
coger muchachas para las casas de tolerancia.
Desde hacía ya mucho tiempo, Maslova había
contraído la costumbre de fumar; además se
había dedicado a beber, sobre todo al final de
sus relaciones con el dependiente. El aguar-
diente la atraía; en primer lugar porque le en-
contraba un gusto agradable, pero más aún
porque le permitía olvidar todas las miserias
del pasado y le daba un aplomo, una superiori-
dad que ella no tenía de otro modo; por el con-
trario, sin beber, experimentaba fastidio y el
sentimiento de su vergüenza. Antes que nada,
la alcahueta empezó, pues, invitándola a una
comida donde la emborrachó; después de lo
cual, le ofreció hacerla entrar en la casa más
hermosa y mejor de la ciudad, resaltándole
todas las ventajas y todos los privilegios de la
existencia que la aguardaba alli. Maslova, por
tanto, tenía que elegir; por un lado, la humilla-
ción de ser criada y probablemente objeto de
las persecuciones de los hombres, con la sola
perspectiva de una prostitución clandestina y
sin provecho; por el otro, una situación segura
y tranquila, una prostitución declarada, muy
lucrativa, bajo la protección de la ley. Se deci-
dió, pues, por el segundo partido, que le daba
además la ilusión de una especie de venganza
contra el príncipe que la había seducido, contra
el dependiente y contra todos los hombres a los
que tenía motivos para detestar. Sin embargo,
había para decidirla una tentación más podero-
sa; era la promesa hecha por la alcahueta de
que tendría libertad para elegir todos los vesti-
dos que le agradaran: de terciopelo, de broca-
do, de seda, y vestidos de baile que dejan al
descubierto los hombros y los brazos. Maslova
se vio ya, con el pensamiento, con un vestido
de seda, de color amarillo claro; escotado y
adornado con vueltas de terciopelo negro; en-
tonces, no pudo resistir y firmó su compromiso.
Inmediatamente fue pedido un coche y la alca-
hueta condujo a Maslova a una casa conocida y
bien reputada en toda la ciudad: la casa de la
señora Kitaieva. Aquel día marcó para Maslova
el principio de una existencia que consiste en
violar sin descanso las léyes divinas y hu-
manas, esa vida a la que actualmente están
condenadas centenares de miles de mujeres, no
solamente con la autorización del poder legal,
cuidadoso del bienestar de sus administrados,
sino bajo su protección efectiva: vida degrada-
da, monstruosa, que tiene por consecuencia, en
nueve de cada diez casos, la decrepitud y la
muerte prematura, después de horribles sufri-
mientos.
Por la mañana, luego durante la mayor parte
del día, es un sueño pesado, después de las
orgías nocturnas. Hacia las tres o las cuatro de
la tarde, un despertar extenuado, entre sábanas
llenas de manchas; tomas, a sorbos, de café y de
agua de Seltz; luego, en camisa, en peinador, en
camisola, vagar ociosamente por las habitacio-
nes, echando de cuando en cuando alguna mi-
rada hacia la calle, por la ventana con las corti-
nas corridas; luego, aburridas, las mujeres se
querellan; hay que lavarse, maquillarse el ros-
tro, comprimir hasta el ahogo el cuerpo en un
corsé, elegir un nuevo vestido y disputar para
eso con la patrona, estudiar ante el espejo pos-
turas sugestivas, cubrirse las mejillas de colore-
te y pintarse las cejas con khol, ingerir comidas
grasas y almibaradas, endosarse un vestido de
seda bajo el cual el cuerpo está medio desnudo,
bajar a un salón donde los adornos chispean a
las luces y, por último, recibir a los clientes:
música, bailes, bombones, vino, tabaco. Des-
pués de eso, el comercio carnal con hombres
jóvenes o maduros, adolescentes y viejos que
renquean; solteros y casados; comerciantes,
dependientes, armenios, judíos y tártaros; ricos
y pobres; hombres sanos y enfermos; borrachos
y sobrios; brutos y mundanos; soldados, fun-
cionarios, estudiantes, colegiales; con gente de
todas las clases, de todas las edades, de todos
los temperamentos. Gritos, burlas y risas, y
música, y tabaco, y vino, y otra vez vino y taba-
co, y otra vez música, y así desde el crepúsculo
al amanecer. y solamente llegada la mañana, la
liberación y el sueño pesado. y todos los días
así, desde el comienzo al final de la semana.
Luego, al cabo de cada semana, la visita im-
puesta por la ley a la comisaría de policía. Los
médicos y los funcionarios [Link] se mues-
tran un día graves y rudos. otro día su distrac-
ción consiste en humillar el pudor natural que
debería proteger tanto a las criaturas humanas
como a las bestias. Es la inspección de las muje-
res, devueltas con licencia de continuar, duran-
te toda la semana. que va a seguir, cometiendo
los crímenes de lesa humanidad realizados con
sus cómplices la semana anterior. Y así todos
!os. días, los laborables como los festivos, en
verano como en invierno.
Durante siete años, Maslova vivió esta vida.
Con el intervalo de una estancia en un hospital,
cambió dos veces de casa. Tenía veintiséis años
cuando se produjo el acontecimiento por el cual
la habían detenido y que la llevaba, en. prisión
preventiva ya desde hacía seis meses, ante el
tribunal de la Audiencia.
III
En el mismo momento en que Maslova, fati-
gada por una larga marcha, se acercaba con sus
guardas a los edificios del tribunal, el sobrino
de sus antiguas amas, el príncipe Dmitri Ivano-
vitch Nejludov, su seductor de antaño, estaba
aún acostado sobre el blando colchón de plu-
mas, en su gran cama de muelles. Vestido con
un camisón de dormir de tela de Holanda, con
una pechera finamente plisada, fumaba un ci-
garrillo y, con los ojos en el vacio, reflexionaba
sobre lo que había hecho la víspera y sobre lo
que tendría que hacer aquel día.
Recordó que la víspera había. pasado la vela-
da en casa de los Kortchaguin. Eran gentes muy
ricas, muy honorables y, según opinión general,
él debía casarse con su hija. Al recordar esto,
suspiró; luego tiró su cigarrillo y alargó el bra-
zo para coger otro de una pitillera de plata.
Pero bruscamente cambió de idea y se decidió a
incorporar su pesado cuerpo para echar fuera
de la cama sus blancos y lisos pies y calzarlos
con pantuflas. Recubrió seguidamente sus an-
chos hombros con un peinador de seda y, con
paso pesado pero vivo, abandonó su alcoba
para pasar al lado, a un gabinete de tocador
impregnado de olor a elixires, agua de Colonia
y perfumes. En varios sitios, sus dientes esta-
ban rellenos o sujetos con plomo: empezó por
cepillárselos con cuidado, con un polvo espe-
cial, y en seguida se los enjuagó con un agua
perfumada; luego, con un jabón oloroso, se lavó
las manos en un lavabo de mármol y puso gran
cuidado en limpiar y pulir sus uñas, que con-
servaba muy largas. Terminado esto, abrió del
todo el grifo del lavabo y se lavó la cara, las
orejas y el cuello. En una tercera pieza, adonde
pasó seguidamente, había instalado un aparato
de duchas, cuyo surtidor de agua fría accionó a
fin de refrescarse su musculoso y blanco cuer-
po, ya pesado por la grasa. Se secó con un tra-
po-esponja, se puso ropa blanca bien plancha-
da, se ca1zó sus botines brillantes como espejos,
se sentó delante de la luna del tocador y, sir-
viéndose de un doble juego de cepillos, se
peinó primero los bucles de su corta barba ne-
gra, y luego los cabellos, que ya le clareaban en
la coronilla.
Para su vestimenta no empleaba nunca nada -
ropa blanca, trajes, calzados, corbatas, alfileres,
pasadores- que no fuese a la vez de primera
calidad, simple y poco llamativo, pero sólido y
caro.
Habiendo cogido, entre una docena de corba-
tas y otros tantos alfileres, los que le vinieron
más a mano (en otros tiempos le habría diverti-
do elegir, pero ya hoy esto no le decía nada),
Nejludov se puso el traje que encontró cepilla-
do y preparado sobre una silla y, aunque in-
completamente refrescado, pero limpio y per-
fumado, entró en el largo comedor cuyo entari-
mado había sido encerado la víspera por tres
mujiks. Este comedor estaba amueblado con un
enorme aparador de roble y una mesa extensi-
ble, igualmente de roble, con las patas esculpi-
das en forma de garras de león y ampliamente
separadas, lo que daba a aquel mueble un as-
pecto imponente. La mesa estaba recubierta por
un mantel fino, y sobre ella había una cafetera
de plata llena de oloroso café, un azucarero
también de plata, una ponchera llena de nata, y
panecillos frescos, así como bizcochos, en una
cesti1la. El correo de la mañana había sido co-
locado cerca de! cubierto: cartas, periódicos y
un ejemplar de la Revue Jes Deux Mondes.
Cuando Nejludov iba a abrir las cartas, la puer-
ta que daba acceso al corredor se abrió para dar
paso a una mujer alta, ya de edad, vestida de
negro y tocada con una pañoleta de encajes. Era
Agrafena Petrovna, doncella de la difunta prin-
cesa, la madre de Nejludov, ésta muerta recien-
temente en la misma casa. La doncella de la
madre ejercía ahora con el hijo las funciones de
ama de llaves.
Durante un período de diez años, Agrafena
Petrovna había hecho, con la madre de Nejlu-
dov, estancias prolongadas en el extranjero, y
esto le había dado el porte y los modales de una
dama. Estaba desde su infancia en la casa de los
Nejludov, y así había conocido a Dmitri Ivano-
vitch cuando éste era solamente «Mitegnka».
-Buenos días, Dmitri Ivanovitch -dijo ella.
-Buenos días, Agrafena Petrovna. ¿ Qué hay
de nuevo? –preguntó Nejludov.
-Es una carta de la princesa -respondió ella -
.No sé si es de la señora o de la señorita. La
doncella de los Kort chaguin la ha traído hace
ya bastante tiempo y espera en mi habitación.
Y tendiendo la misiva, Agrafena Pe-
trovna sonrió significativa.
Nejludov cogió la carta y respondió: -Está
bien; que espere un momento.
Pero al mismo tiempo había visto la
sonrisa de Agrafena Petrovna y se había en-
sombrecido, a causa del significado de aquella
sonrisa: evidentemente, Agrafena Petrovna no
ignoraba que la carta procedía de la joven prin-
cesa Kortchaguin, con quien, probablemente,
iba a casarse su amo. y esta suposición le resul-
taba desagradable a Nejludov.
-Entonces -dijo Agrafena Petrovna -, voy
a avisar a la doncella que siga esperando.
Previamente volvió a colocar en el sitio
que le estaba asignado un cepillo de mesa que
alguien había movido y abandonó la estancia.
Nejludov abrió el sobre perfumado entregado
por Agrafena Petrovna; la carta que abrió esta-
ba escrita sobre un papel gris y grueso, con una
letra suelta de rasgos puntiagudos. Y leyó:
«Habiéndome encargado voluntariamente de
recordarle las cosas, le traigo a la memoria que
hoy, 28 de abril, debe usted formar parte de!
jurado en el tribunal de la Audiencia y que por
consiguiente no le será posible en absoluto
acompañarnos, con Kolossov, a visitar la galer-
ía de cuadros, según la promesa hecha por us-
ted ayer con su habitual falta de reflexión; à
moins que vous ne soyez disposé à payer a la cour
d'assises les 300 roulbles d'amende que vous vous
refusez pour votre cheval. Pensé en esto ayer, in-
mediatamente después que se marchó. ¡Piense
usted ahora por su parte!
»Princesa M. Kortchaguin.»
La otra página llevaba escrito:
«Maman vous fait dire que votre couvert vous at-
tendra jusqu'à la nuit. Venez absolument à quelle
heure que ce soit.
»M.K.»
Nejludov, fruncidas las cejas, vio en este bille-
te una nueva tentativa de la campaña iniciada
hacía justamente dos meses por la princesa, con
la intención de encerrarlo en lazos cada vez
menos fáciles de romper. Por diversas razones,
independientes de ese estado de espíritu que
hace vacilar, en el umbral del casamiento, a los
hombres de edad madura acostumbrados al
celibato, y, por otra parte, medianamente ena-
morado, no [Link] apenas en declararse en
aquellos momentos, aunque estuviera decidido
a casarse. El motivo que se lo impedía no tenía
nada que ver en absoluto con la seducción y el
abandono, sobrevenidos diez años antes, de
Katucha por Nejludov; esto él lo había olvidado
totalmente y no tenía por qué encontrar en ello
un obstáculo para su casamiento. El motivo era,
pues, completamente distinto y consistía en
relaciones mantenidas con una mujer casada y
que ésta no quería en modo alguno romper,
aunque él se hubiese decidido recientemente a
hacerlo.
Nejludov era muy tímido con las mujeres, y
esta misma timidez había incitado precisamen-
te a la dama en cuestión a plegarlo bajo su yu-
go. Estaba casada con un mariscal de la nobleza
del distrito en el que Nejludov participara en
las elecciones. Nejludov se había sentido arras-
trado poco a poco aun amorío, que por días
resultaba más envolvente y, al mismo tiempo,
más penoso. Al principio no había podido re-
sistir a la seduccion; pero luego se reconocía
culpable para con su amante, Sin por eso resol-
verse a romper contra la voluntad de ella los
vínculos existestes. He ahí por qué Nejludov
creía no poder declararse a la señorita Kortcha-
guin, ni siquiera aunque él lo hubiese querido.
Justamente en el correo del príncipe había
una carta. del marido de su amante. Al recono-
cer la letra y el sello, enrojeció y se sintió fusti-
gadó por una oleada de energía, como ocurre a
la aproximación de un peligro. Pero, una vez
que hubo abierto la carta, recuperó su calma. El
mariscal de la nobleza del distrito donde se
encontraban las principales propiedades de
Nejludov escribía al príncipe para informarlo
de que a finales de mayo se iba a inaugurar una
sesión extraordinaria del Consejo general, y le
rogaba que acudiese sin falta a fin de «echarle
una mano»; se debía, en efecto, deliberar allí
sobre dos cuestiones de gran importancia: la de
las escuelas y la de los caminos vecinales, des-
tinadas las dos a levantar, por parte de los reac-
cionarios, una violenta oposición.
Este mariscal de la nobleza, liberal él mismo,
luchaba, con el apoyo de algunos otros liberales
del mismo matiz, contra la reacción que se hab-
ía producido bajo Alejandro III; dedicado ente-
ramente a esa tarea, no encontraba ya tiempo
para darse cuenta de que lo engañaba su mujer
A propósito de esto, Nejludov repasó en su
memoria las angustias que ya lo habían asalta-
do varias veces, como por ejemplo aquel día en
que había creído que todo estaba descubierto, y
el duelo que juzgaba inevitable con aquel mari-
do, aunque él se proponía tirar al aire; luego,
una escena terrible con su amante: ésta, en un
acceso de desesperación, corriendo para aho-
garse en el estanque del parque, y cómo él la
buscó.
Y pensó: «No puedo ir allí en estos momentos
ni puedo hacer nada mientras no haya recibido
su respuesta.» En efecto, ocho días antes había
escrito a la dama una carta categórica en la que
reconocía su falta y se declaraba dispuesto a
todo para redimirla, pero insistía al final en la
necesidad, por interés de ella misma, de rom-
per para siempre sus relaciones. Y la respuesta
a aquella carta no llegaba, lo que, sin embargo,
era para él un buen augurio. Porque si, en efec-
to, ella estuviese resuelta a no romper, habría
respondido hace ya tiempo, mejor aún, habría
acudido ella misma, como ya lo había hecho
otras veces. Nejludov se había enterado de que
cierto oficial le hacía la corte y, aunque experi-
mentaba un sufrimiento causado por los celos,
se alegraba por la esperanza de haberse libera-
do de una mentira que le pesaba.
En su correo, Nejludov encontró una segunda
carta que le llegaba del intendente pnncipal de
sus bienes. Éste insistía en que el príncipe se
dirigiese a su finca, a fin de ver confirmar allí
los derechos sucesorios que tenía de su madre y
para decidir al mismo tiempo el tipo de geren-
cia que quería aplicar en lo sucesivo a sus bie-
nes. La cuestión se planteaba de dos modos: ¿se
debía continuar administrando aquellos bienes
como se había en vida de la princesa difunta? O
bien, siguiendo los consejos dados antaño por
el intendente a la princesa y renovados al joven
príncipe, ¿no convendría más aumentar el in-
ventario y cultivar directamente las tierras que
se habían arrendado a los campesinos? En este
último caso, el rendimiento de la explotación
sería superior. El intendente se excusaba
además, del ligero retraso sufrido en el envío al
príncipe de una suma de tres mil rublos de ren-
ta la cual le sería expedida por el próximo co-
rreo. La, culpa era de los colonos, tan poco es-
crupulosos en la ejecución de sus pagos, que el
intendente había tenido que pasar lo suyo para
conseguir recaudar aquel dinero, y con algunos
incluso había tenido que recurrir a la fuerza.
Esta misiva le resultó a Nejludov a la vez agra-
dable y desagradable. Le complacía verse a la
cabeza de una fortuna mas considerable que en
el pasado; pero se acordaba, por otra parte, de.
que en los tiempos de su primera juventud,
partidano entusiasta de las teorías sociologistas
de Spencer, y siendo él mismo gran terratenien-
te, había quedado impresionado tras la lectura
de Social statics, por su situación y por el hecho
de que la equidad no admite la propiedad
rústica individual. Con la franqueza y la deci-
sión de la juventud, no solamente había dicho
entonces que la tierra no puede ser objeto de
una propiedad pnvada; no solo había escrito a
la universidad un estudio sobre este tema, sino
que además había distribuido realmente entre
los mujiks la parcela de terreno que su padre le
había dejado, no queriendo poseer esa tierra en
contra de sus convicciones. Ahora que había
heredado de su madre grandes propiedades,
debía: o bien renunciar a su tierra, como lo hab-
ía hecho diez años antes respecto a las doscien-
tas deciatinas ( una deciatina vale aproxima-
damente una hectarea –nota del traductor.) de
la tierra de su padre, o bien considerar como
erróneas sus antiguas teorías sobre esta cues-
tión.
El primero de estos dos partidos era de hecho
inaceptable, ya que las rentas de sus propieda-
des constituían sus únicos medios de vida. No
se sentía con valor para volver a entrar en el
ejército; y la costumbre de una vida de ocío y
de lujo no era cosa que le pudiera hacer pensar
en renunciar: sacrificio que sin duda por otra
parte sería inútil, ya que Nejludov no se sentía
ni con la fuerte convicción ni con el amor pro-
pio y el deseo de asombrar que había tenido en
su juventud. En cuanto al segundo partido,
consistente en olvidar la argumentación clara y
bien trabada que prueba la ilegitimidad de la
posesión individual de la tierra, argumentación
que había extraído del Social statics de Spencer
y cuya brillante confirmación había encontrado
posteriormente en las obras de Henry George,
no podía ya adoptarlo.
Por eso la carta de su intendente le resultaba
desagradable.
IV
Habiendo acabado de tomar su café, Nejlu-
dov pasó a su despacho para asegurarse, por la
citaci6n oficial, de la hora en que debía presen-
tarse en el Palacio de Justicia y para responder
a la princesa. Para dirigirse a ese gabinete atra-
vesó su estudio, donde, sobre un caballete, se
alzaba un cuadro empezado, en tanto que di-
versos bosquejos colgaban de las paredes. Des-
de hacía dos años trabajaba en aquel cuadro sin
conseguir acabarlo nunca; viéndolo, así como
todos aquellos bosquejos y el estudio entero,
experimentó más fuertemente que nunca la
sensación de su incapacidad para progresar en
la pintura y se convenció de que carecía de ta-
lento. En verdad, esta sensación podía provenir
de una delicadeza exagerada de su gusto artís-
tico; con todo, la comprobación le resultó desa-
gradable.
Siete años antes había abandonado el ejército
porque se había descubierto talento de pintor, y
desde lo alto de su carrera artística había consi-
derado con desdén todas las demás ocupacio-
nes. Ahora se daba cuenta de que ya no tenía
derecho para proceder así. Incluso el solo re-
cuerdo de sus tentativas de artista le resultaba
desagradable. Estaba, pues, en un estado de
espíritu más bien melancólico cuando penetró
en su inmenso despacho, tan adomado y
cómodo como era posible.
Se acercó a una enorme mesa de escritorio
provista de cajones etiquetados y abrió el que
llevaba la indicaci6n Urgente, donde encontró
en seguida la citación que buscaba. Se le in-
formaba en ella que debería encontrarse a las
once en el Palacio de Justicia. Nejludov se sentó
y empezó su carta dando las gracias a la prince-
sa por su invitación y diciéndole que trataría de
llegar para la cena. Pero rompió el billete que
acababa de escribir, encontrándolo demasiado
íntimo. Escribió otro; lo halló demasiado frío,
casi descortés, y lo rompió igualmente. Llamó,
y un lacayo, hombre de edad, de aspecto grave,
mentón rasurado y patillas, con un delantal de
indiana gris, se presentó en la habitación.
-Haga venir un coche, por favor.
-A sus órdenes.
-y diga a la enviada de los Kortchaguin que
está bien, que doy las gracias y que haré todo lo
posible por ir.
-A sus órdenes.
Nejludov pensó: «No es lo más educado, pero
no puedo de cidirme a escribir. Por lo demás,
hoy la veré.»
Seguidamente se vistió y salió a la escalinata.
En la calle lo esperaba ya un elegante coche, el
que utilizaba de costumbre, con ruedas de cau-
cho.
-Anoche -le dijo el cochero, volviendo a me-
dias su moreno y poderoso cuello, embutido en
el blanco cuello de su camisa -llegué a casa del
príncipe Kortchaguin cuando usted acababa de
salir. El portero me dijo: «Se acaba de marchar.»
Nejludov pensó: «¡Hasta los cocheros están
enterados de mis rdaciones con los Kortcha-
guin!» y de nuevo afrontó la cuestión de casar-
se o no con la joven princesa. Y, como en la
mayoría de las cuestiones que se le planteaban
en aquellos momentos, seguía sin conseguir
resolver ésta en un sentido o en otro.
El casamiento, desde un punto de vista gene-
ral, se presentaba con dos bazas favorables.
Primeramente, además de la calma del hogar
doméstico, había la posibilidad de una vida
honesta que suprimiría los inconvenientes de
una vida sexual irregular; por otra parte, y éste
era un punto importante, Nejludov tenía la
esperanza de dar, con una familia e hijos, un
sentido a su vida, ahora sin objeto. Por el con-
trario, reacio al matrimonio en general, había
en él ese tipo de temor profesado por los solte-
ros de una cierta edad, relativo [Link] pérdida de
su libertad, y también el miedo irrazonable que
inspira siempre el misterio de la naturaleza
femenina.
Favorable en el caso particular del casamiento
con Missy ( como ocurre en todas las familias
de la alta sociedad, Missy era el sobrenombre
usado en la intimidad por la joven princesa
Kortchaguin: su verdadero nombre de pila era
María), el argumento perentorio se basaba en la
excelente familia a la que pertenecía la mucha-
cha y también en que, en todas partes, en sus
vestidos su manera de hablar, de caminar, de
reír, se diferenciaba del común de las mujeres,
no por una virtud particular, sino por su «dis-
tinción». Él tenía esta cualidad en alta estima y
no encontraba otra palabra para definlrla. Se-
gundo argumento: la joven princesa lo aprecia-
ba más que. nadie y, consiguientemente, según
él, ella lo comprendía mejor; ahora bien, por el
hecho de que ella lo comprendiera y por tanto
reconociese sus brillantes cualidades, Nejludov
sacaba la conclusión de que ella era inteligente
y de juicio acertado. Pero esto no impedía que
hubiese, contra d casamiento con Missy en par-
ticular, argumentos igualmente sólidos: prime-
ro, no era imposible que Nejludov conociese a
una muchacha que tuvlese más cualidades aún
que Missy y que, por tanto, fuera más digna de
él; en segundo lugar, puesto que ella tenía vei-
nitisiete años, sin duda había querido a otros
hombres, y Nejludov encontraba en este pen-
samiento motivo para atormentarse. Que en el
pasado ella hubiese querido a alguien que no
fuera. él, era una cosa inadmisible para su va-
nidad. En buena logica, ¿cómo habría podido
exigir de ella el presentimiento de que un día lo
encontraría en la vida? y sin embargo, coriside-
raba como una ofensa que ella hubiese podido
amar a otro hombre antes que a él.
Así los argumentos adversos eran de fuerza
igual; y Nejludov, riéndose de sí mismo, se
comparaba sin molestia con el asno de Buridán.
Pero le era preciso resignarse a hacer como el
asno, puesto que no sabía hacia cuál de los dos
haces de heno dirigirse.
«Por lo demás -pensó-, antes de poder com-
prometerme, me haría falta haber recibido la
respuesta de la mujer del mariscal de la nobleza
y que no se interpusiese ya este asunto.
Así, le resultó agradable verse obligado a re-
trasar su decisión.
Y mientras su coche corría silenciosamente
sobre el asfalto, en el patio del Palacio de Justi-
cia se dijo aún: «Pensaré en todo eso más tarde.
Lo que me importa ahora es cumplir un deber
social, poniendo en eso el mismo cuidado que
en todo lo que hago. Estas sesiones, a la larga,
son frecuentemente muy interesantes.»
Y , pasando ante el portero, entró en el vestí-
bulo del tribunal.
Cuando Nejludov entro en el Palacio de Justi-
cia, los corredores ofrecían ya una gran anima-
ción.
Corrían guardias, portadores de papelotes;
los ujieres, los abogados y los procuradores se
paseaban de arriba abajo; los demandantes y
los procesados en libertad se pegaban humil-
demente a las paredes o aguardaban sentados
en los bancos.
_¿El tribunal? -preguntó Nejludov a un guar-
dián. -¿Qué tribunal? ¿Es la sala de lo civil o la
sala de lo criminal?
-Soy jurado.
-Entonces, es la sala de lo criminal. Es lo pri-
mero que tenía que haber dicho. Vaya a la de-
recha y luego a la izquierda, segunda puerta.
Nejludov siguió las indicaciones.
Ante la puerta designada había dos hombres
en pie, conversando. Uno de ellos, un grueso
comerciante, se había preparado sin duda para
su tarea bebiendo y comiendo copiosamente,
porque parecía estar en una disposición de
ánimo de lo mas gozoso; el segundo era un
dependiente de origen judío.
Los dos estaban hablando de la cotización de
las lanas; Nejludov se acercó y les preguntó si
era efectivamente allí el lugar de reunión de los
jurados.
-Aquí, caballero, aquí, desde luego. ¿Un jura-
do también, sin duda, uno de nuestros colegas?
-añadió el buen comerciante con una sonrisa y
un regocijado guiño de los ojos -. Pues bien,
vamos a trabajar juntos -continuó en cuanto
Nejludov hubo respondido de manera afirma-
tiva. y añadió -: Baklachov, del segundo gremio
-tendiendo su ancha mano al príncipe -.¿ Ya
quién tengo el gusto de hablar?
Nejludov dijo su nombre y pasó a la sala del
jurado. En aquella salita se habían reunido
unos diez hombres de todas las condiciones.
Acababan de llegar, y unos estaban sentados en
tanto que los otros paseaban de arriba abajo. Se
examinaban mutuamente y entablaban cono-
cimiento. Se veía alli a un coronel retirado, ves-
tido con su uniforme; otros miembros del jura-
do iban con redingote o chaqueta; sólo uno ten-
ía una blusa de mijik. Algunos de ellos habían
tenido que abandonar sus asuntos para cumplir
con su deber de jurados y se quejaban de ello
en voz alta, lo que, por otra parte, no impedía
leer en sus rostros una satisfacción mezclada de
orgullo y la conciencia que tenían de cumplir
un gran deber social.
Después de examinarse previamente, los ju-
rados habían formado grupos, sin ligazón más
completa. Se hablaba del tiempo, de la prima-
vera precoz, de los asuntos escritos en el regis-
tro de los pleitos. Muchos de entre ellos mos-
traban un gran interés en entablar conocimien-
to con el príncipe Nejludov, cuya presencia en
medio de aquella asamblea constituía eviden-
temente, a los ojos de aquéllos, un honor excep-
cional. y Nejludov, como le pasaba siempre en
circunstancias parecidas, encontraba eso natu-
ral y legítimo. Si le hubiesen preguntado qué
razón podría invocar que justificase su superio-
ridad sobre el común de los hombres, se habría
visto muy apurado para responder: su vida,
durante estos últimos tiempos sobre todo, no
había tenido nada de muy meritorio. A decir
verdad, sabía hablar fluidamente el inglés, el
francés y el alemán; su ropa blanca, sus trajes,
sus corbatas y sus pasadores procedían siempre
de los primeros proveedores; pero, incluso a
sus propios ojos, eso no podía constituir la
prueba evidente de una superioridad manifies-
ta. Y sin embargo, tenía el convencimiento pro-
fundo de esta superioridad; consideraba todos
los homenajes recibidos como cosa que se le
debía, y habría tenido como afrenta no recibir-
los. Justamente una afrenta de este tipo le
aguardaba en la sala de los jurados. Entre éstos
se encontraba un tal Peter Guerassimovitch
(Nejludov nunca había sabido su nombre de
familia y poco le importaba), al que conocía
porque aquel hombre había sido en otros tiem-
pos preceptor de los hijos de su hermana. Des-
pués, había terminado sus estudios y actual-
mente era profesor en el liceo. Nejludov lo hab-
ía encontrado siempre insoportable, a causa de
su familiaridad, de su risa llena de suficiencla y
sobre todo de su «vulgaridad», según la pala-
bra empleada por la hermana de Nejludov.
-¡Ah, también la suerte lo ha designado a us-
ted! -dijo el otro, avanzando hacia él con una
risa espesa -.¿ y no se ha hecho usted dispen-
sar?
-Nunca he pensado en obtener una dispensa -
replicó secamente Nejludov.
-¡Ah...! ¡Es verdaderamente un hermoso rasgo
de valor cívico. Pero ya verá usted el hambre
que va a pasar sin tener tampoco la posibilidad
de dormir -replicó el profesor acentuando su
risa.
«He aquí- pensó Nejludov -un hijo de pope
que pronto me va a tutear.» y le dio a su rostro
una expresión tan sombría como si acabara de
enterarse de la muerte de todos sus parientes;
tras lo cual volvió la espalda a Peter Guerassi-
movitch y se dirigió hacia un grupo formado
alrededor de un personaje de alta estatura, ra-
surado, de lo más representativo, y que pe-
roraba con animación. Este personaje refería un
proceso que se juzgaba actualmente en la sala
de lo civil, y hablaba de él como si conociese
todos los entresijos del asunto, designando por
sus nombres de pila a jueces y abogados. Se
empeñaba particularmente en demostrar la
dirección maravillosa dada a los debates por un
abogado famoso, tanto que la parte contraria,
una anciana. señora, perdería su causa con toda
seguridad, aun teniendo cien veces razón.
-¡Un abogado de genio! -exclamó.
Se le escuchaba con respeto, y algunos jura-
dos que trataban de decir algo se veían inte-
rrumpidos en seguida, ya que sólo él tenía la
pretensión de saber con certeza lo que se venti-
laba.
Aunque había llegado con retraso al Palacio
de Justicia, Nejludov tuvo que resignarse a una
espera prolongada en la sala del jurado. Se
aguardaba, para abrir la vista, la llegada de uno
de los miembros del tribunal que faltaba.
VI
El presidente del tribunal de la Audiencia,
por su parte, había llegado muy temprano al
Palacio. Era un hombre alto y grueso que lleva-
ba largas patillas grisáceas. Aun que estaba
casado, hacía una vida muy disipada, y su mu-
jer obraba de igual manera: el principio de am-
bos era no molestarse el uno al otro. Ahora
bien, aquella misma mañana, el presidente hab-
ía recibido de un aya suiza que en tiempos hab-
ía vivido en casa de él un billete en el que le
daba cuenta de que pasaba por la ciudad para
dirigirse a Petersburgo, y que lo esperaría en el
hotel de Italia, entre las tres y las seis horas de
la tarde. Se comprenderá la prisa del "residente
en querer empezar la vista del día y, sobre to-
do, terminarla, para poder reunirse antes de las
seis con la pelirroja Clara Vassilievna, con la
que el verano precedente había esbozado una
novela.
Nada más entrar en su despacho, echó el ce-
rrojo a la puerta, cogió dos pesas de un cajón de
su armario y ejecutó veinte movimientos hacia
arriba, hacia abajo, al frente, detrás y de costa-
do; hecho esto tres veces, flexionó las rodillas
con agilidad, elevando las pesas por encima de
la cabeza.
«La hidroterapia y la gimnasia; no hay nada
como eso para dar agilidad», pensaba, pe-
llizcándose los prominentes bíceps del brazo
derecho con la mano izquierda, en la que bri-
llaba un anillo de oro. Se disponía además a
hacer el molinete, ya que siempre se preparaba
para las vistas largas con este doble ejercicio,
cuando la puerta se movió bajo el empuje de
una mano que intentaba abrirla. A toda prisa, el
presidente hizo desaparecer sus pesas y abrió la
puerta.
-Excúseme -murmuró.
Uno de los jueces del tribunal, hombre bajito
de hombros angulosos, de cara triste y que lle-
vaba gafas con montura de oro, entró en el
despacho.
-¿También hoy se ha retrasado Matvei Niki-
titch? –dijo el juez con aire descontento.
-Desde luego -dijo el presidente, poniéndose
su uniforme-. Siempre se atrasa.
-Es de una frescura inaudita-dijo el otro,
quien se sentó y cogió un cigarrillo.
Este juez era, por su parte, de una escrupulo-
sa exactitud. Por la mañana había tenido con su
mujer una escena muy desagradable, a causa
de que ella había gastado demasiado rá-
pidamente el dinero que él le había entregado
para el mes. Él le había negado un anticipo que
ella le pedía, y así se había formado la escena.
La mujer había declarado entonces que supri-
miría la cena y que por tanto que no contase
con cenar en casa. Seguidamente él se había
marchado y, sabiendo que su mujer era capaz
de todo, temía que llegase a ejecutar su ame-
naza. «¿Qué ventaja tiene vivir de una manera
honrada e irreprochable?», pensaba, mirando al
grueso presidente, rebosante de salud y de
buen humor, quien, con los codos separados,
alisaba con sus hermosas y blancas manos los
abundantes y sedosos pelos de sus grandes
patillas y los extendía a continuación por los
dos lados de su galoneado cuello. «Éste está
siempre contento y satisfecho. Yo, por el con-
trario, no tengo más que disgustos.»
En aquel momento, el escribano vino a traerle
al presidente los papeles que éste había pedido.
El presidente encendió también un cigarrillo.
-Gracias -dijo -.Bueno, ¿por qué asunto vamos
a empezar?
-Pues por el envenenamiento -respondió el
escribano con semblante de indiferencia.
-Está bien; sea entonces el envenenamiento -
replicó el presidente, calculando que aquel
asunto bastante simple estaría acabado a eso de
las cuatro y que así podría marcharse.
-¿Todavía no ha llegado Matvei Nikititch? -
pregunt6.
-Todavía no.
¿Y Breve?
-Está ahí.
-Dígale, si lo ve, que empezaremos por el en-
[Link] En aquella temporada judicial,
Breve era el fiscal interino encargado de soste-
ner la acusación.
Efectivamente el escribano, al salir, se cruzo
con el por el encargado de sostener la acusa-
ción.
Efectivamente el escribano, al salir, se cruzo
con él por el corredor. La cabeza echada hacia
delante, el uniforme desabrochado, su cartera
bajo la axila, el fiscal marchaba a grandes zan-
cadas, casi corriendo, haciendo sonar sus taco-
nes y gesticulando con el brazo.
-Mijail Petrovitch pregunta si está usted pre-
parado –le dijo el escribano.
-Desde luego. Siempre estoy preparado. ¿Por
qué se empieza?
-El envenenamiento.
-Perfectamente-respondió el fiscal.
En realidad, era menos perfector de lo quería
dar a entender: una parte de la noche se la hab-
ía pasado juzgado a las cartas en el café con
algunos jóvenes; luego, despedida de un cama-
rada y libaciones numerosas; habían jugado
hasta las dos de la madrugada, tras de lo cual
habían ido a ver mujeres, justamente en la casa
donde, seis meses antes, vivía Maslova. Así, el
joven fiscal ni siquiera había tenido tiempo pa-
ra echar un vistazo al sumario de aquel caso de
envenenamtento que se iba a juzgar. El escriba-
no no lo ignoraba; precisamente por eso le hab-
ía sugerido al presidente empezar por aquel
asunto del que el fiscal no había estudiado aún
una palabra. El escrlbano era liberal, casi podría
decirse un radical. Breve, por el contrario, era
conservador, ortodoxo lleno de celo, como
buen funcionario alemán que ejercía en Rusia.
Además de que le tenía antipatía y envidiaba
su puesto, el escribano lo detestaba personal-
mente.
-¿Y el asunto de los Skoptsy? (Secta religiosa
cuyos adeptos formulan voto de castidad y,
como garantía preventiva, se hacen castrar)-
preguntó el escribano.
-Es imposible faltando los testigos -replicó el
fiscal-. Así lo he declarado y lo confirmaré en el
tribunal.
-¿Qué importancia: tiene eso?
-Imposible -reiteró Breve. Y corrió a su des-
pacho agitando el brazo.
No era tanto la ausencia de algunos testigos
insignificantes lo que lo impulsaba a diferir
aquel asunto de los Skoptsy como su suposición
de que, juzgado en una gran ciudad y por jura-
dos pertenecientes en su mayor parte a clases
instruidas, terminaría sin duda con una absolu-
ción. De acuerdo con el presidente, preferiría
que esa causa fuera trasladada a la audiencia de
una cabeza de partido; habría así más posibili-
dades de obtener una condena por parte de un
jurado compuesto casi exclusivamente de cam-
pesinos.
Sin embargo, la animación aumentaba en el
corredor. La concurrencia se amontonaba sobre
todo ante la sala del tribunal de lo civil, donde
se celebraba la vista del caso del que había ha-
blado, en medio de los jurados, el personaje
representativo, aficionado a los procesos «inte-
resantes».
Durante una interrupción se había visto salir
de la sala a aquella anciana señora a la que el
«genial abogado» había sabido desposeer de
todos sus bienes, en provecho de un hombre de
negocios que no tenía a ellos el menor derecho;
esto lo sabía los jueces y, mejor aún, el deman-
dante abogado. Pero los argumentos de este
último eran tan sutiles que resultaba imposible
no despojar a la anciana señora de sus bienes
para dárselos al hombre de negocios. La pleite-
ante era una mujer fuerte, envuelta en un vesti-
do nuevo, con grandes flores en el sombrero. Al
salir al corredor se detuvo y agitó sus cortas y
gordezuelas manos, repitiendo a su abogado;
-¿Qué vamos a hacer ahora? ¡Se lo suplico!
Dígame lo que hay.
El abogado miraba las flores del sombrero, no
escuchaba y reflexionaba, el espíritu en otra
parte.
Detrás de la anciana señora salió de la sala de
audiencia el abogado famoso que había sabido
arreglar las cosas de forma que la mujer de las
flores quedase tan bien expoliada, en tanto que
el hombre de negocios, del que había recibido
diez mil rublos, obtuvo de aquello más de cien
mil. Pasó rápidamente con aire satisfecho,
bombeando su reluciente pechera en la ancha
escotadura de su chaleco. Todos los ojos se vol-
vieron hacia él y, ante esas miradas, todo su
porte parecía decir: «¡Por favor, señores, estos
testimonios de admiración son exagerados!»
Luego se alejó con paso rápido.
VII
Matvei Nikititch, el juez al que aguardaban,
llegó por fin. Imediatamente después, el porte-
ro de estrados, hombre bajito y enjuto, de cue-
llo largo, de paso desigual, entró en la sala del
jurado. Era un buen hombre, que había hecho
sus estudios en la universidad; pero, debido a
su afición por la bebida, lo habían despedido de
todos los puestos que había ocupado. Obtuvo el
empleo de portero de estrados tres meses antes,
gracias ala recomendación de una condesa que
estaba encariñada con su mujer; y él, por su
parte, se alegraba, como de una cosa extraordi-
naria, de haberse mantenido allí hasta entonces.
-Bien, señores, ¿están aquí todos? -preguntó,
poniéndose su binóculo para mirar a los jura-
dos.
-Me parece que sí -respondió el festivo co-
merciante. -Vamos a comprobarlo- dijo el por-
tero de estrados.
Según una lista que se sacó del bolsillo, fue
diciendo los nombres y mirando a los jurados,
bien a través de su binóculo bien por encima de
éste.
-¿El consejero de Estado I. M. Nikiforov?
-Heme aquí- respondió el personaje represen-
tativo que conocía tan a fondo los procesos.
-¿El coronel retirado Iván Semenovitch Iva-
nov?
-Aquí estoy -respondió el hombre del uni-
forme. -¿El comerciante del segundo gremio
Peter Baklachov? -iPresente! -exclamó el jovial
comerciante, paseando su ancha sonnsa por
toda la concurrencia -.Estamos listos. -¿El te-
niente de la Guardia, príncipe Dmitri Nejlu-
dov? -Yo soy-dijo Nejludov.
El portero de estrados se inclinó, pareciendo
así, con esta muestra, de deferencia y de amabi-
lidad, querer establecer una distinción entre
Ne¡ludov y los demás jurados.
.-¿El capitán Yuri Dmietrivitch Dantchenko?
¿El comerciante Grigory Efimovitch Kulechov?
Etcétera, etcétera.
Excepto dos, todos los jurados estaban allí.
-Y ahora, señores -dijo el portero con un
ademán de invitación hacia la puerta -, tómense
la molestia de entrar en la sala de audiencia.
Se produjo un movimiento de conjunto, pero
al salir de la sala, cada cual se apartaba con
cortesía a la puerta para dejar pasar a su colega.
Luego, desde el corredor, los jurados penetra-
ron en la sala de audiencia.
Ésta era una pieza larga y grande, una de cu-
yas extremidades estaba ocupada por un estra-
do realzado con tres escalones. En el centro de
aquel estrado se alzaba una mesa, cubierta por
un tapete verde con bordes de verde más oscu-
ro; tres sillones, con altos respaldos de roble
esculpido, estaban alineados detrás de la mesa;
colgado de la pared, detrás de los sillones, un
retrato de colores llamativos, con marco dora-
do, representaba al emperador de uniforme,
con el gran cordón en forma de collar cayendo
en punta sobre el pecho, las piernas separadas
y la mano sobre el pomo de la espada. En el
ángulo de la derecha, una imagen del Cristo
coronado de espinas estaba empotrada en un
retablo ante el cual había un pupitre; una pe-
queña tarima estaba reservada al fiscal igual-
mente a la derecha del estrado. En el fondo de
la izquierda se alzaba la mesa del escribano; y
delante, más cerca del público, el banco de los
detenidos, desocupado aún como el estrado,
estaba rodeado de una barandilla de madera. A
la derecha, y frente al banquillo de los deteni-
dos, había una serie de asientos de altos respal-
dos para los jurados, y, por debajo de ellos,
mesas dispuestas para los abogados. Una reja
de madera separaba el estrado del resto de la
sala, donde bancos en forma de gradas se ele-
vaban hasta la pared del fondo. En las primeras
filas de esos bancos estaban sentados cuatro
mujeres y dos hombres: aquéllas, vestidas como
obreras o sirvientas; éstos, sin duda obreros
también. Seguramente aquel grupo estaba muy
impresionado por la decoración imponente de
la sala, porque no hablaban más que en voz
baja, con timidez.
Después de haber introducido y colocado a
los jurados, el portero avanzó hacia el centro
del estrado y, para impresionar a la concurren-
cia, anunció con voz retumbante:
-jEl tribunal!
Todo el mundo se puso en pie, y los jueces
subieron al estrado. Primero el presidente, con
sus bíceps y sus hermosas patillas; luego el juez
tristón de gafas con montura de oro, que parec-
ía más enfurruñado aún, porque precisamente
cuando iba a entrar en la sala se había encon-
trado con su cuñado, candidato a la magistratu-
ra, el cual le advirtió que volvía de casa de su
hermana y que no habría cena
-Así es que tendremos que irnos a comer a un
restaurante -había dicho el cuñado riéndose.
-No veo motivo alguno de risa -había res-
pondido el juez, cada vez más melancólico.
Iba seguido por el segundo juez del tribunal,
aquel mismo Matvei Nikititch que siempre se
retrasaba. Era un hombre barbudo, con grandes
ojos bondadosos de bolsas hinchadas. Pero
sufría de una dolencia y estómago, y aquella
misma mañana el doctor lo había sometido a
un nuevo régimen que lo obligaba a permane-
cer en casa hasta mucho más tarde que antes.
Llegaba al estrado con aire muy preocupado, y
lo estaba, en efecto. Tenía la manía de querer
adivinar, por diferentes procedimientos basa-
dos en el azar, la respuesta a enigmas que él
mismo se planteaba. Esta vez se había dicho
que si, para recorrer el trayccto de su despacho
a su sillón, el número de pasos resultaba divisi-
ble por tres, es que se curaría de su dolencia
con el nuevo régimen; si no, resultado nulo.
Pero como en total sólo había veintiséis pasos,
el juez, en el último momento, hizo trampa
dando un pasito más; y así pudo contar el vige-
simoséptimo al llegar a su sillón.
El presidente y los dos jueces, erguidos sobre
el estrado con sus uniformes de cuello galonea-
do de oro, ofrecían un espectáculo imponente.
Ellos mismos, por lo demás, tenían conciencia
de eso, y, casi confusos por su grandeza, los
tres se apresuraron a sentarse, bajados los ojos
con modestia, sobre sus asientos esculpidos,
ante la gran mesa verde sobre la cual estaban
depositados un objeto triangular coronado por
el águila imperial, recipientes de cristal pareci-
dos a los que se ven, llenos de bombones, en los
escaparates de las confiterías, tinteros, plumas,
hojas de papel en blanco y una gran cantidad
de diversos lápices recién afilados.
El sustituto del fiscal entró detrás de los jue-
ces. También él se dirigió lo más rápidamente
posible a su asiento, con su iruceparable cartera
bajo la axila y agitando el brazo. Inme-
diatamente que se acomodó, no teniendo un
minuto que perder para preparar su requisito-
ria, se sumergió en el estudio de los autos. Hay
que decir que, nombrado recientemente fiscal
interino, era sólo la cuarta vez que actuaba en el
tribunal de la Audiencia. Su gran ambición le
dejaba esperar una brillante carrera, con la
condición esencial de obtener condenas en to-
dos los procesos en que interviniera. Del asunto
del envenenamiento no conocía más que las
líneas generales, y ya habia montado el plan de
su requisitoria; no le quedaba más que profun-
dizar los detalles, cosa en la que trabajaba acti-
vamente en aquellos momentos, tomando no-
tas, en sus papeles.
En cuanto al escribano, sentado al extremo
opuesto del estrado, y habiendo desplegado
ante él todos los folios que tendría que leer,
daba un vistazo a un articulo de un periódico
prohibido que había recibido la vispera, pues se
proponía hablar de eso al juez de la gran barba,
que tenía las mismas opiniones políticas que él.
VIII
Habiendo consultado sus papeles y hecho al-
gunas preguntas al portero de estrados y al
escribano, que respondieron afirmativamente,
el presidente ordenó introducír a los acusados.
Al punto, detrás de la reja de madera, la puer-
ta se abrió y entraron dos guardias con la gorra
en la cabeza y el sable desenvainado. Detrás de
ellos aparecieron los tres detenidos, primera-
mente el hombre, pelirrojo, pecoso, y luego las
dos mujeres. El primero llevaba un capote de
preso, demasiado largo y demasiado ancho
para él. Mantenía sus grandes dedos alargados
sobre la costura del capote para sujetar así sus
mangas demasiado largas, que le caían sobre
las manos. Ni los jueces ni el público atraían en
absoluto sus miradas, que fijaba obstmadamen-
te en el banco junto al cual estaba pasando.
Después de haberle dado la vuelta, se sentó,
elevó los ojos hacia el presidente y se puso a
agitar sus músculos maxilares como si hubiese
murmurado algo. Iba seguido por una mujer de
cierta edad, vestida igualmente con un capote
carcelario. Un pañuelo de lana le cubría la ca-
beza; su rostro era de una palidez mate; sus
ojos, enrojecidos, sin cejas ni pestañas. Parecía
perfectamente tranquila. Al llegar a su sitio,
habiéndosele enganchado el vestido, lo desen-
ganchó cuidadosamente, sin apresurarse, y se
lo alisó antes de tomar asiento.
La otra mujer era Maslova.
Desde su entrada, atrajo sobre ella las mira-
das de todos los hombres presentes en la sala,
que se volvieron para examinar intensamente
su dulce rostro, su fino talle, su robusto pecho,
que se combaba bajo el capote. Incluso el guar-
dia ante el cual tuvo que pasar la siguió con los
ojos hasta el momento en que se sentó; y, como
si hubiera cometido una falta al hacer eso vol-
vió bruscamente la cara, se sacudió y miró con
fijeza la ventana que se hallaba delante de él.
Sentados los detenidos y Maslova ya en su si-
tio, el presidente se volvió hacia el escribano.
Empezaron los trámites habituales: lista de
los jurados, juicio contra los ausentes, condena
a una multa, examen de las excusas presenta-
das por algunos, sustitución de los ausentes por
suplentes. Luego el presidente enrolló unos
papelitos, los colocó en la vasija de crlstal y,
después de haber estirado hacia arriba ligera-
mente las bordadas mangas de su uniforme
dejando ver su antebrazo fuertemente velludo,
se puso con ademanes de prestidigitador a reti-
rar los papelitos uno tras otro, a desenrollarlos
ya leerlos. Luuego se bajó las mangas e invitó al
pope a que prcocediera a obtener por parte de
los jurados la prestación del juramento.
Este pope era un viejecillo de cara amarilla y
biliosa, de sotana pardusca; llevaba alrededor
del cuello una cruz de oro, y, prendida en la
pechera, una pequeña condecoración. Arras-
trando penosamente sus hinchadas piernas, se
acercó al pupitre colocado ante el icono.
Los jurados se pusieron en pie y lo siguieron
en masa.
-Os lo ruego -dijo el pope, haciendo mover
con su regordeta mano, mientras esperaba la
llegada de todos los jurados, la cruz suspendi-
da sobre su pecho.
Ordenado desde hacía cuarenta y seis años,
se preparaba, como lo había hecho últimamente
el arcipreste de la catedral, a celebrar dentro de
cuatro años sus bodas de oro. Sus funciones en
el tribunal databan de la inauguraci6n de ]a
jurisdicción de audiencia territorial. Se enorgu-
llecía de haber hecho prestar juramento a más
de diez mil personas y de emplear su vejez en
bien de la Iglesia, del Estado y de su familia; a
esta última calculaba poder legarle cómoda-
mente, además de su casa, unos treinta mil ru-
blos en títulos seguros. Nunca se le había ocu-
rrido pensar que hacía mal obligando a la gente
a jurar sobre aquel evangelio que prohibe ex-
presamente todo juramento; y, lejos de pesarle,
esta función le agradaba, por. que le proporcio-
naba ocasión de entablar conocimiento con per-
sonajes de categoría. Así, aquel día se había
sentido encantado por sus relaciones con el
abogado célebre y le había respetado doble-
mente al enterarse de que el juicio contra la an-
ciana señora del sombrero de grandes flores le
había reportado diez mil rublos.
Cuando los jurados subieron los escalones del
estrado el pope, inclinando a un lado su calva
cabeza, coronada de cabellos grises, la hizo pa-
sar por la abertura grasienta de la estola volvió
a poner en orden sus ralos cabellos y, volvién-
dose hacia los jurados, dijo con su lenta voz de
anciano al mismo tiempo que su regordeta ma-
no, con roscas, se levantaba. plegados los dedos
como para tomar una pulgarada de rapé:
-Levantaréis la mano derecha y colocaréis
vuestros dedos así. Ahoha, repetid conmigo. -
Empezó-: Prometo y Juro, ante Dios todopode-
roso, ante el Santo Evangelio y la cruz vivifi-
cante de nuestro Señor... -dijo, deteniéndose
tras cada miembro de la frase. -¡No bajéis la
mano! ¡Mantenedla así!-reprochó a un joven
que había dejado caer ]a suya- que el asunto en
el cual...
El personaje representativo de ]as patillas, el
coronel, el comerciante y otros jurados manten-
ían con un placer particular la mano alta y fija;
los demás, por el contrario, lo hacían con pocas
ganas, si no con negligencia. Algunos proferían
muy alto la fórmu]a del juramento, con un aire
que parecía decir: «¡Hablaré, hablaré bien!» Los
otros hablaban en voz muy baja, se retrasaban
y, asustándose luego, se apresuraban a recupe-
rar el compás. Y algunos, como si temiesen sol-
tar algo. Mantenfan firmemente su pulgarada
con un gesto provocativo; otros apartaban los
dedos y volvían a juntarlos. Pero todos parec-
ían molestos, excepto el pope, convencido de
que realizaba una obra grave y útil.
Después del juramento, el presidente invitó a
los jurados a escogerse un jefe. Se levantaron de
nuevo, pasaron a la sala de deliberaciones y
casi todos se pusieron a fumar cigarrillos. Hubo
quien propuso dar la presidencia al personaje
representativo, y todos consintieron en ello.
Luego tiraron sus cigarrillos y volvieron a en-
trar en la sala. El jefe del jurado declaró al pre-
sidente que él era el elegido, y todos se volvie-
ron a sentar en sus sillas de altos respaldos.
A continuación, todo transcurrió sin inciden-
tes, y también con una cierta solemnidad; y esta
solemnidad, esta regularidad hacían pensar a
los magistrados ya los jurados que cumplían un
deber social grave e importante. y éste era tam-
bién el sentimiento experimentado por Nejlu-
dov.
Habiéndose sentado los jurados, el presidente
les dirigió un discurso sobre sus derechos, obli-
gaciones y responsabilidades. Hablando, cam-
biaba sin cesar de postura: se acodaba, bien
sobre el brazo izquierdo, bien sobre el derecho;
ora se adosaba al fondo de su sillón, ora se
apoyaba en el brazo del mismo; o también api-
laba ordenadamente las hojas de papel que
tenía sobre la mesa, levantaba la plegadera o
jugaba con un lápiz.
Hizo conocer seguidamente a los jurados sus
derechos: hacer preguntas a los detenidos por
conducto del presidente, tener un lápiz y papel,
examinar las piezas de convicción; sus obliga-
ciones eran: juzgar según la justicia, no según la
injusticia; su responsabilidad consistía en ob-
servar el secreto de sus deliberaciones; por tan-
to, si en el ejercicio de sus funciones de jurados
se comunicaban con terceros, se harían acree-
dores a una pena severa.
Toda la concurrencia escuchó aquello con re-
cogimiento. El comerciante, que expandía en
torno de él un tufo a aguardiente y reprimía
ruidosos hipidos, inclinaba la cabeza a cada
frase del presidente en señal de aprobación.
IX
Después de su alocución, el presidente se
volvió hacia los acusados:
-Simón Kartinkin, levántese usted - dijo.
-Simón se levantó bruscamente; sus músculos
faciales se movieron aún más aprisa.
-¿Su nombre?
-Simón Petrov Kartinkin - respondió de una
sola tirada, con una voz seca, el acusado, que
de antemano habla preparado sus respuestas.
-Profesión?
-Nos somos campesino.
-¿Qué gobierno? ¿Qué distrito?
-Gobierno de Tula, distrito de Kaprivino, co-
muna de Kupianskkkoie, pueblo de Borki.
-¿Qué edad tiene usted?
-Año trigésimo cuarto, nacido en mil ocho-
cientos...
-¿Qué religión?
-Nos somos de la religión rusa, ortodoxa.
-¿Casado?
-De ninguna manera.
-¿En qué trabajaba usted?
-Nos trabajábamos en los corredores del Hotel
de Mauritania.
-¿Ha comparecido ya alguna vez ante la justi-
cia?
-Nos no hemos comparecido nunca ante la
justicia, porque como nos vivíamos antes...
-¿Nunca ha comparecido usted ante la justi-
cia?
-¡Dios me libre! ¡Nunca!
-¿Ha recibido usted una copia del acta de
acusación?
-Nos la hemos recibido.
-Siéntese usted... Eufemia Ivanovna Botchko-
va- prosiguió el presidente dirigiéndose a una
de las mujeres.
Pero Simón seguía estando en pie y tapaba a
Botchkova.
-¡Kartinkin, siéntese usted!
Kartinkin persistía en quedarse de pie.
-¡Kartinkin, siéntese usted!
El portero de estrados, adelantando la cabeza
y poniendo ojos feroces, lo intimó, con voz se-
vera, a que se sentase. Solo entonces se sentó;
pero puso en ello la misma brusquedad que
había puesto en levantarse y, envolviéndose en
su capote, continuó moviendo las mejillas.
-¿Cómo se llama usted?
El presidente se dirigía así a una de las acu-
sadas, sin ni siquiera mirarla, sin dejar de con-
sultar un papel que tenía en la mano. Acostum-
brado a este procedimiento, y para ir más apri-
sa, le era fácil hacer dos cosas a la vez.
Botchkova tenía cuarenta y tres años. Estado
social: aldeana de Koloma. Profesión: sirvienta
en el mismo Hotel de Mauritania. Nunca había
comparecido ante la justicia. Había recibido
copia del acta de acusación. Pero había una
especie de provocación atrevida en sus respues-
tas, como si hubiese querido decir: «Sí, es muy
cierto que soy Eufemia Botchkova, y he recibi-
do la copia, y me enorgullezco de ello, y no
concedo a nadie el derecho a reírse de eso.» No
hubo que decirle que se sentara: lo hizo en
cuanto su interrogatorio acabó.
-¿Cómo se llama usted? -dijo el galante presi-
dente con una dulzura muy particular a la otra
acusada. Y añadió de una manera afable, vien-
do que Maslova se quedaba sentada -: Tiene
usted que levantarse.
Maslova se puso en pie con aire sumiso; la
cabeza derecha, el pecho adelantado, sin res-
ponder, clavando en el presidente sus ojos ne-
gros y risueños que bizqueaban ligeramente.
-¿Cómo la llaman a usted? -¡Lubov! –
respondió ella vivamente.
Mientras tanto, a cada interrogatorio de los
detenidos, Nejludov, provisto de sus imperti-
nentes, examinaba al interrogado. y fijos los
ojos en el rostro de esta acusada, pensaba: «Es
imposible. ¿Cómo Lubov?», se decía al oír la
respuesta.
El presidente quería hacer otra pregunta. Pe-
ro el juez de gafas le había dicho humorística-
mente algunas palabras que lo detuvieron.
Asintió con una inclinación de cabeza y se vol-
vió hacia la detenida:
-¿Cómo Lubov? -preguntó-. Está usted inscri-
ta con nombre.
La acusada guardaba silencio.
-Le pregunto cuál es su verdadero nombre.
-Su nombre de pila -intervino el juez escrupu-
loso. -En otros tiempos me llamaban Catalina.
Y Nejludov seguía diciéndose: «¡Es imposi-
ble!» Sin embargo, ya no dudaba: era desde
luego la ahijada-doncella por la que había teni-
do un acceso de pasión, a la que había sedu-
cido, en un momento de locura, y abandonado
luego. Desde entonces, es verdad, había evitado
traer a la memoria aquel recuerdo desagrada-
ble, humillante para él, porque él, tan orgulloso
de su lealtad, tenía conciencia de haberse con-
ducido cobardemente con aquella mujer.
Y era ella, en verdad. Él reconocía en sus ras-
gos ese no sé qué de misterioso que caracteriza
cada rostro, lo singulariza entre todos y lo hace
único, sin sosias... A pesar de la palidez enfer-
miza y del abotagamiento, volvía a encontrar
aquella singularidad en todo el conjunto del
rostro, desde la boca, los ojos que bizqueaban
un poco, el timbre de la voz, sobre todo la mi-
rada sumisa y tentadora, en fin, en la persona
toda.
-Debería usted haber respondido todo eso
inmediatamente -dijo el presidente, siempre
con el mismo tono benévolo-. ¿y el nombre de
su padre?
-Soy hija natural- respondió Maslova.
-Eso es indiferente; ¿cómo la han llamado,
por el nombre de su padrino?
-Mijailovna.
«Pero, ¿qué crimen ha podido cometer?», se
preguntaba Nejludov, todo anhelante.
-¿Su nombre de familia, su apellido? -siguió
preguntando el presidente.
-Por el nombre de mi madre se me llamó
Maslova.
-¿Clase social?
-Mestchanka. (Clase intermedia entre campe-
sinos V burgueses, con residencia en una ciu-
dad)
-¿De religión ortodoxa?
-Ortodoxa.
-¿Qué profesión tenía usted? ¿Qué oficio?
Maslova se quedó callada. El presidente insis-
tió:
-¿Qué oficio?
-Yo estaba en una casa -dijo ella.
¿En qué casa? -preguntó severamente el juez
de gafas.
-Ustedes lo saben muy bien -replicó Maslova
con una sonrisa. y después de haber lanzado
rápidamente una mirada hacia la sala, volvió a
clavar los ojos en el presidente.
En la expresión de sus rasgos había algo tan
extraño como la había. de tan trágico y lastime-
ro en sus palabras, y también en la mirada
rápida que había paseado por la concurrencia,
que el presiden:e bajó la cabeza, al mismo
tiempo que se hacía un gran silencio en la sala.
Pero, desde el sitio donde estaba el público se
alzó una risa. Alguien dijo «chist» para impo-
ner silencio. El presidente levantó la cabeza y
continuó su interrogatorio.
-¿Ha sido procesada alguna vez?
Maslova lanzó un suspiro y respondió en voz
muy baja:
-Nunca.
-¿Ha recibido copia del acta de acusación?
-La he recibido -respondió ella.
-Siéntese usted.
La acusada levantó los bajos de su saya con la
gracia que ponen las damas de gran atuendo en
levantar la cola de su vestido, y se sentó. Luego,
escondió las manos en las mangas de su capote
y continuó mirando al presidente.
Se llamó seguidamente a los testigos, a los
que se hizo salir luego. A continuación se invitó
al médico perito a venir a la sala de audiencias.
Finalmente, el escribano se levantó y leyo el
acta de acusación con voz fuerte y clara. Pero
como pronunciaba mal las eles y las erres y
además leía rápidamente, el sonsonete continuo
de su voz daba ganas de dormir.
Los jueces se apoyaban ora sobre un brazo,
ora sobre el otro de su sillón, sobre la mesa,
sobre sus papeles; cerraban y abrían alternati-
vamente los ojos y hablaban en voz baja. Un
guardia ahogó un bostezo nervioso.
En el banco de los detenidos, Kartinkin no de-
jaba de mover sus maxilares; Botchkova, senta-
da, no perdía nada de su calma y de vez en
cuando se rascaba con un dedo los cabellos bajo
el pañolón, Maslova, ora permanecía inmóvil,
los ojos clavados en el lector, ora se agitaba,
como si hubiese querido protestar; enrojecía,
luego suspiraba penosamente , cambiaba la
posición de sus brazos, lanzaba una mirada
hacia el fondo de la sala y la volvía luego hacia
el escribano.
Nejludov, sentado en la segunda silla de la
primera fila de los jurados, sin abandonar sus
impertinentes, continuaba examinando a Mas-
lova: un trabajo profundo y doloroso se llevaba
a cabo en su alma.
El acta de acusación estaba formulada así:
«El 17 de enero de 188..., la policía fue infor-
mada por el gerente del Hotel de Mauritania,.
sito en esta ciudad, de la muerte repentina, en
su establecimiento, de un comerciante de paso
del segundo gremio, procedente. de Sliberia:
Feraponte Smielkov. Según la declaraclon del
médico del cuarto distrito, la muerte de Smiel-
kov fue causada por una congestión cardíaca
provocada por el uso excesivo de licores; y el
cuerpo de Smielkov fue enterrado al tercer día
despues de su muerte. Pero al cuarto día que
siguio al fallecimiento, al volver de Petersburgo
uno de sus camaradas, comerciante de Siberia,
Timojin, habiéndose enterado de la muerte de
su compañero Smielkov y de las circunstancias
en que se había producido, la declaró sospe-
chosa y poco natural. Estaba convencido de que
Smielkov había sido envanenado por crimma-
les que le habían robado su [Link] y un anillo
de brillantes que no se había encontrado en el
inventario de su equipaje.
»En consecuencia, se ordenó un atestado que
reveló lo que sigue:
»Primero. -Que tanto el gerente del Hotel de
Maurztania como el empleado del comerciante
Starikov, con quien Smielkov tenía negocios en
la ciudad, sabvan que Smielkov debía poseer
3.800 rublos, que había retirado del banco, sien-
do así que en la maleta y en la cartera de Smiel-
kov, selladas inmediatamente después de su
muerte, no se encontraron más que 312 rublos y
16 copeques.
»Segundo. -Que la víspera de su muerte,
Smielkov pasó todo el día y toda la noche en
compañía de la prostltuta Lubka, que había ido
en dos ocasiones a su ,habitación del hotel.
»Tercero. -Que esta prostituta vendío a su pa-
trona el anillo de brillantes que había pertene-
cido a Smielkov.
»Cuarto. -Que la sirvienta del hotel, Eufemia
Botchkova, al día siguiente de la muerte del
comerciante Smielkov, puso en su cuenta co-
rriente en el Banco del Comercio 1.800 rublos.
»Quinto. -Que según declaración de la prosti-
tuta Lubka, el sirviente de corredor Simón Kar-
tinkin le entregó un paquete de polvos, incitán-
dola a verter este polvo en vino ya darlo al co-
merciante Smielkov, lo que la prostituta Lubka
reconoció por su parte haber hecho.
»En su interrogatorio, la prostituta Lubka de-
claró que durante la visita del comerciante
Smielkov a la casa de tolerancia donde ella
“trabajaba”, como ella dice, fue en efecto en-
viada por él a la habitación que él ocupaba en el
Hotel de Mauritania, para coger dinero y llevár-
selo al comerciante, y que habiendo abierto la
maleta con la llave que él le entregó, ella cogió
cuarenta rublos, según la orden que le habían
dado, pero que no cogió más, de lo que pueden
testimoniar Simón Kartinkin y Eufemia Botch-
kova, en presencia de los cuales había abierto y
vuelto a cerrar la maleta tras recoger el dinero.
»En lo que concierne al envenenamiento de
Smielkov, la prostituta Lubka ha declarado que
durante su tercera visita a la habitación de
Smielkov, impulsada por Simón Kartinkin,
efectivamente dio a beber al comerciante, dilui-
dos en aguardiente, ciertos polvos que ella creía
simplemente que eran un soporífero, a fin de
que se durmiese y ella pudiera quedar libre
más pronto; pero que no cogió ningún dinero y
que la sortija se la dio el mismo Smielkov, por-
que le había pegado y ella había querido irse.
»Interrogados por el juez de instrucción, en
concepto de acusados, Eufemia Botchkova y
Simón Kartinkin, han declarado lo que sigue:
»Eufemia Botchkova ha declarado que no sa-
be nada sobre el dinero robado, que ella no
entró en la habitación del comerciante y que
Lubka hacía allí lo que quería. y que si le han
robado algo al comerciante, no podía haberlo
hecho más que Lubka cuando vino a buscar
dinero con la llave dada por Smielkov .»
Al llegar a este pasaje del acta de acusación,
Maslova se estremeció y, boquiabierta, se
quedó mirando a Botchkova.
»Cuando se le mostró a Eufemia Botchkova
su recibo de! banco de 1.800 rublos -continuó
leyendo el escribano- y se le preguntó de dónde
había sacado tanto dinero, declaró que lo había
ganado, durante dieciocho años de servicio, en
común con Simón, con quien tenía el propósito
de casarse.
»Interrogado en concepto de acusado, Simón
Kartinkin confesó, en un primer interrogatorio,
que él y Botchkova fueron incitados por Maslo-
va, venida de la casa de toleranaa con la llave,
que él robó el dinero y lo repartió con Maslova
y Botchkova; igualmente confesó haber dado a
Maslova los polvos para dormir al comerciante.
Pero, en su segundo interrogatorio, negó su
participación en el robo y el hecho de haber en-
tregado los polvos a Maslova, echando la culpa
de todo sobre esta última. En cuanto al dinero
depositado en el banco por Botchkova declaró
como ella que lo habían ganado juntos, durante
sus servicios de dieciocho años en el hotel, gra-
cias a las propinas dadas por los clientes.
»Al fin de dilucidar las circunstancias de!
asunto, se juzgó necesario hacer la autopsia de!
cadáver de Smielkov y examinar tanto el conte-
nido de sus vísceras como las modificaciones
sobrevenidas en el organismo. El examen de las
vísceras ha demostrado, en efecto, que la muer-
te de! comerciante Smielkov fue causada por
envenenamiento.»
Seguía el enunciado de los careos e interroga-
torios de testigos, y el acta de acusación conclu-
ía así:
«El comerciante de segundo gremio Smiel-
kov, dado a la embriaguez y al desenfreno,
había entrado en relaciones con la prostituta
llamada Lubka, en la casa de tolerancia de Ki-
taieva. Encontrándose en la dicha casa de tole-
rancia el día 17 de enero de 188..., envió a la
mencionada prostituta Lubka, provista de la
llave de su maleta, a la habitación que él ocu-
paba en el hotel, para que ella retirase de esa
maleta una suma de cuarenta rublos de la que
tenía necesidad para sus liberalidades. Habien-
do llegado a la habitación de! hotel y habiendo
retirado el dinero, Maslova se puso en conni-
vencia con Botchkova y Kartinkin, a fin de ro-
bar todo el dinero y los objetos preciosos del
comerciante Smielkov y repartírselos entre
ellos. Y eso es lo que ocurrió (en este punto, de
nuevo Maslova se estremeció tuvo un sobresal-
to y se puso toda roja): Maslova recibió una
sortija de brillantes y probablemente una pe-
queña suma de dinero que, o bien la ha escon-
dido, o bien la ha perdido, ya que aquella mis-
ma noche se hallaba en estado de embriaguez.
A fin de disimular los rastros del robo, los
cómplices resolvieron atraer de nuevo al co-
merciante Smielkov a su habitación y envene-
narlo con arsénico que se encontraba en poder
de Kartinkin. Con este objeto, Maslova regresó
a la casa de tolerancia y persuadió al comer-
ciante Smielkov para que volviese con ella al
Hotel de Mauritania. En cuanto éste regresó,
Maslova, quien había recibido los polvos de
manos de Kartinkin, los vertió en el aguardien-
te que dio a beber a Smielkov, y de ello resultó
la muerte de este último.
»Por lo expuesto en estos resultandos, el
campesino del pueblo de Borki, Simón Kartin-
kin, de treinta y tres años; la mestchanka Eufe-
mia Ivanovna Botchkova, de cuarenta y tres
años, y la mestchanka Catalina Mijailovna Mas-
lova, de veintisiete años, son acusados de
haber, el 17 de enero de 188..., siendo cómpli-
ces, robado al comerciante Smielkov su dinero,
que se elevaba a la suma de 2.500 rublos, y, con
el fin de ocultar las huellas de su crimen, de
haber hecho beber veneno al comerciante
Smielkov y de haber así ocasionado su muerte.
»Este crimen está previsto en el artículo 1.455
del código penal.»
En virtud de tales y cuales artículos de la ju-
risdicción penal, Simón Kartinkin, Eufemia
Botchkova y Catalina Maslova comparecen
ante el tribunal de la Audiencia que se reúne
con participación de los jurados.
Habiendo terminado así la larga lectura de!
acta de acusación, el escribano alineó las hojas
delante de él, se sentó y se alisó con las dos
manos sus largos cabellos negros. Toda la con-
currencia lanzó un suspiro de alivio, cada cual
teniendo la agradable convicción de que el de-
bate estaba ya abierto y que todo iba a esclare-
cerse para satisfacción de la justicia. Nejludov
fue el único que no experimentó aquel senti-
miento: continuaba pensando con angustia en
el crimen que había podido cometer aquella
Maslova, a quien, diez años antes, él había co-
nocido jovencita, inocente y graciosa.
XI
Terminada la lectura del acta de acusación, el
presidente, después de haber recogido el pare-
cer de sus asesores, se volvió hacia Kartinkin
con un aire que quería decir: «Ahora, de un
modo cierto, vamos a enterarnos de todo en sus
menores deta1les. »
-¡El campesino Simón Kartinkin! -dijo, in-
clinándose hacia su izquierda.
Simón Kartinkin se levantó, alargados los
brazos sobre la costura de su capote, en una
actitud militar, e inclinó todo el cuerpo hacia
delante, sin cesar de agitar sus maxilares.
-Se le acusa a usted de haber robado el 17 de
enero de 188..., con complicidad de Eufemia
Botchkova y Catalina Maslova, de la maleta del
comerciante Smielkov, una suma de dinero que
era propiedad de éste; luego, de haberse procu-
rado arsérnco y de haber aconsejado a Catalina
Maslova que lo vertiera en el aguadiente del
comerciante Smielkov, cosa que ella hizo y que
ocasionó la muerte del mencionado Smielkov.
¿Se reconoce usted culpable? -concluyó el pre-
sidente inclinándose hacia la derecha.
-Es absolutamente imposible, porque nuestro
oficio es servir a los clientes.
-Ya dirá usted eso más tarde. ¿Se reconoce us-
ted culpable?
-De ninguna manera... Yo solamente...
-¡Ya nos dirá usted eso más tarde! ¿Se recono-
ce usted culpable? -reiteró el presidente con voz
tranquila pero firme.
-No puedo hacerlo, porque...
-Bruscamente, el portero de estrados se volvió
de nuevo hacIi Simón Kartinkin y lo hizo callar
con un «¡chist!» enérgico.
Con un aire que quería decir que esta parte
del asunto estaba liquidada, el presidente, suje-
tando un papel en una mano alzada en alto,
cambió el codo de sitio y se dirigió a Eufemia
Botchkova:
-Eufemia Botchkova, se la acusa de que el 17
de enero de 188..., en complicidad con Simón
Kartinkin y Catalina Maslova, robó una suma
de dinero y una sortija de la maleta del comer-
ciante Smielkov; luego, habiéndose repartido
ustedes el producto del robo, de haber hecho
tragar al comerciante Smielkov, para que no
descubriera el latrocinio, veneno, a resultas del
cual murió. ¿Se reconoce usted culpable?
-¡No soy culpable de nada! -respondió la acu-
sada con voz firme y atrevida -.Ni siquiera
entré en la habitación, y, puesto que entró esta
basura, ella es la que hizo todo.
Ya nos dirá usted eso más tarde –dijo de
nuevo el presidente con su voz tranquila y fir-
me -.Entonces, ¿no se reconoce usted culpable?
-No cogí dinero ninguno, no di nada a beber,
ni siquiera entré en la habitación. Si hubiese
entrado, la habría echado a ella afuera.
-¿No se reconoce usted culpable? –
iJamás!
-Está bien.
-Catalina Maslova -dijo en seguida el presi-
dente, dirigiendose a la otra detenida-, se la
acusa a usted de haber ido desde la casa públi-
ca a una habitación del Hotel de Mauritania, con
la llave de la maleta del comerciante Smielkov
de haber robado de esta maleta dinero y una
sortija...
Decía esto como si recitase una lección
aprendida, inclinando al mismo tiempo el oído
hacia el asesor de la izquierda, quien le hacía
notar que, en la enumeración de las piezas de
convicción, faltaba un bote.
Robó usted de la maleta el dinero y la sortija-
repitió el presidente-, y, después de haber re-
partido los objetos robados, después de haber
vuelto con el comerciante Smielkov al Hotel de
Mauritania, dio usted a beber a Smielkov vene-
no en su aguardiente, causándole así la muerte.
¿Se reconoce usted culpable?
-¡No soy culpable de nada! -respondió viva-
mente la acusada Como lo dije desde el princi-
pio, lo sigo diciendo: «No cogí nada, nada, na-
da. y fue él quien me dio el anillo.»
-¿No se reconoce usted culpable de haber co-
gido los dos mil seiscientos rublos de plata? -
preguntó el presidente.
-No cogí nada, nada más que los cuarenta ru-
blos.
-¿Y de haber vertido los polvos en el vaso del
comerciante Smielkov, se reconoce usted cul-
pable?
-Eso, lo confieso. Pero me habían dicho, y yo
lo creía, que esos polvos eran para dormir y
que no producirían ningún mal. No pensé en
eso ni lo quise. ¡Juro ante Dios que no lo quise! -
dijo ella
-Así, pues, no se reconoce usted culpable de
haber robado el dinero y la sortija del comer-
ciante Smielkov- dijo el presidente -; pero, por
el contrario, confiesa usted que echó los polvos,
¿ no es así?
-Eso, lo confieso; pero yo creía que eran unos
polvos para dormir. Se los di solamente para
que se durmiese. Yo no quería que pasase aque-
llo, y no lo pensé.
-Muy bien -dijo el presidente, visiblemente
satisfecho por los resultados obtenidos -
.Cuéntenos usted ahora cómo ocurrió la cosa -
prosiguió adosándose a su sillón y poniendo las
manos sobre la mesa -Diga todo lo que sabe.
Puede usted aliviar su situación mediante una
confesión sincera.
Maslova continuaba mirando con fijeza al
presidente, pero guardaba silencio.
-Vamos, díganos cómo ocurrieron las cosas.
-¿Qué cómo ocurrieron?- dijo bruscamente
Maslova-. Yo había llegado al hotel. Me condu-
jeron a la habitación donde él se encontraba, ya
muy cargado de bebida. –Pronunció la palabra
él con los grandes ojos abiertos de par en par y
una expresión significativa de terror -.Yo quería
irme, y él se opuso...
Se calló de nuevo, como si hubiese perdido el
hilo de su relato, o bien como si otro recuerdo
le hubiese atravesado la memoria.
-¿y después?
-¿Después? Pues me quedé y luego me
marché.
En aquel momento, el fiscal interino se le-
vantó a medias, apoyandose con afectación
sobre los codos.
-¿Desea usted hacer una pregunta? -preguntó
el presidente.
Y, a la respuesta afirmativa del fiscal, el pre-
sidente le hizo comprender con un ademán que
podía hablar.
-He aquí la pregunta que querría hacer: ¿co-
nocía con anterioridad la detenida a Simón Kar-
tinkin? -preguntó el fiscal con énfasis y sin mi-
rar a Maslova.
Y, hecha la pregunta, contrajo los labios y
frunció las cejas. Habiendo repetido la pregun-
ta el presidente, Maslova lanzó sobre el fiscal
miradas de espanto.
-¿A Simón? -dijo ella -.Sí, lo conocía.
-Me haría falta saber además cuáles eran las
relaciones de la acusada y de Kartinkin. ¿Se
veían a menudo?
-¿Que cuáles eran nuestras relaciones? Él me
recomendaba a los viajeros del hotel, pero eso
no eran relaciones -respondió Maslova, pasan-
do alternativamente sus miradas del presidente
al fiscal.
-Quisiera saber por qué Kartinkin recomen-
daba solamente a Maslova a los viajeros, exclu-
yendo a otras muchachas -dijo el fiscal, con los
ojos semicerrados y una ligera sonrisa mefis-
tofélica.
-No lo sé. ¿Cómo podría saberlo? -respondió
Maslova, quien detuvo un instante su mirada
sobre Nejludov -Él recomendaba a las que
quería.
«¿Me habrá reconocido?», pensaba Nejludov,
sintiendo que toda la sangre le subía al rostro.
Pero Maslova no lo había distinguido en el
grupo de los jurados, y en seguida volvió a cla-
var en el fiscal sus miradas despavoridas.
-Así, pues, la detenida niega haber tenido re-
laciones íntimas con Kartinkin. Está bien. No
tengo más que preguntar.
Y el fiscal, retirando prestamente su codo del
pupitre, se puso a escribir. En realidad, no es-
cribía nada y se limitaba a pasar su pluma so-
bre las letras de sus notas; pero había visto que
después de haber hecho una pregunta, los fisca-
les y los abogados anotaban para sus discursos
puntos de referencia destinados seguidamente
a aplastar al respectivo adversario.
El presidente no se dirigió a continuación a la
detenida, porque en aquel momento le pedía al
juez de gafas su aprobación sobre el orden de
las preguntas preparadas y anotadas con anti-
cipación:
Y prosiguiendo su interrogatorio, preguntó:
-¿Qué pasó después?
-Volví a casa- continuó Maslova, ya con un
poco más de valor y mirando sólo al presidente
-; di el dinero a la patrona y me acosté. Apenas
me había quedado dormida, la muchacha Berta
me despertó diciéndome: «iBaja, tu comerciante
ha vuelto!» Yo no quería bajar, pero mi patrona
me dio la orden de que lo hiciera. y él estaba
allí, en el salón, ofreciendo bebidas a todas las
señoritas; y luego quiso pedir más vino, pero ya
no tenía dinero. (La palabra él la había pronun-
ciado con un terror evidente.) La «señora» no
quiso fiarle. Entonces él me envió a su habita-
ci6n del hotel, habiéndome dicho dónde tenía el
dinero y la cantidad que debía coger. y me
marché.
El presidente proseguía en voz baja su con-
versación con el de la izquierda y no había oído
nada de lo que había dicho Maslova; mas, para
hacer creer que lo había escuchado todo, creyó
que era su deber repetir las últimas palabras:
-Usted se marchó. ¿ y qué pasó después?
-Llegué al hotel e hice exactamente lo que el
comerciante me había ordenado- dijo Maslova -
. Entré en la habitaci6n, pero no entré sola;
llamé a Simón Mijailovitch ya ésa también-
añadió señalando a Botchkova.
-¡Mentira! ¡Lo que se dice entrar, no entré...! -
empezó a decir Botchkova; pero le cortaron la
palabra.
En presencia de ellos cogí los cuatro billetes
rojos ( los billetes rojos eran los de diez rublos-
N del T.) -contmuó Maslova con aire sombrío y
sin mirar a Botchkova.
-Al coger esos cuarenta rublos- intervino de
nuevo el fiscal- , ¿no vio la acusada cuánto di-
nero había en la maleta?
A esta pregunta del fiscal, Maslova se estre-
meció de nuevo. No sabía cómo ni por qué,
pero sentía que aquel hombre quería hacerle
daño.
-No conté- dijo Maslova -; vi que no había
más que billetes de cien rublos.
-Por tanto, la acusada vio billetes de cien ru-
blos. No tengo más que preguntar.
-Y luego -continuó el presidente, consultando
su reloj-, llevó usted el dinero, ¿no?
-Lo llevé.
-¿Y después?
-Después, el comerciante me hizo ir de nuevo
a su habitación- dijo Maslova.
-Y bien, ¿como le hizo usted tomar los pol-
vos? -preguntó el presidente.
-Los eché en el aguardiente y se lo di.
-¿ Y por qué se los dio usted?
Ella no respondió en seguida y dejó escapar
un profundo suspiro.
-Él no me dejaba nunca. En fin, yo estaba can-
sada. Entonces salí al corredor y le dije a Simón
Mijailovitch: «¡Si quisiese dejarme marchar!
¡Estoy tan cansada!» y Simón Mijailovitch me
dijo: «También a nosotros nos fastidia. Démosle
unos polvos para hacerlo dormir y podrás irte.»
Yo dije: «Bien», y pensé que eran unos polvos
que no causaban daño. Me dio un papel, volví a
entrar en la habitación, y él, que estaba acos-
tado detrás del biombo, me mandó que le diese
aguardiente. Entonces cogí la botella que estaba
sobre la mesa; llené dos vasos, uno para él y
otro para mí, eché los polvos en su vaso y se lo
di. ¿Cómo iba a dárselos si hubiese sabido lo
que era?
-Bueno, ¿y cómo entró usted en posesión del
anillo? -preguntó el presidente.
Él mismo me lo dio.
-¿Cuándo se lo dio?
-En cuanto llegué a su habitación, quise irme;
entonces me dio un golpe en la cabeza y me
rompió el peine. Me enfadé y quería marchar-
me; para que no me fuese se quitó la sortija del
dedo y me la dio.
En aquel momento, el fiscal interino se le-
vantó de nuevo y, con el mlsmo aire de falsa
bonachonería, pidió autorización para hacer
unas nuevas preguntas. Habiendo recibido el
permiso, inclinó la cabeza sobre el cuello bor-
dado de oro de su uniforme y preguntó:
-Quisiera saber cuánto tiempo permaneció la
acusada en la habitación del comerciante
Smielkov.
Un espanto súbito se apoderó de nuevo de
Maslova. Paseó del. fiscal al presidente una
mirada inquieta y respondió muy aprisa:
-No me acuerdo cuánto tiempo.
-Está bien. Pero, ¿no ha olvidado igualmente
la acusada si, a su salida de la habitación del
comerciante Smielkov entró en algún otro sitio
del hotel?
Maslova reflexion6 un momento:
-Entré en la habitación contigua, que estaba
vacía –respondió.
-¿Y para qué entró usted alli? -preguntó el
fiscal, que se olvidó de dirigirse a ella indirec-
tamente.
-Para arreglarme un poco mientras esperaba
un coche.
-¿Kartinkin entró no entro en esa habitación
con la acusada?
-Entró también.
-¿Y para qué entró?
-Todavía quedaba en la botella aguardiente,
que bebimos juntos.
-¡Ah! Bebieron ustedes juntos. Muy bien. ¿y la
detenida habló de algo con Simón?
Maslova, de súbito, se ensombreció, se puso
púrpura y respondió vivamente:
-No hablé de nada. Todo lo que hubo, lo he
dicho; y no sé nada más. ¡Hagan de mí lo que
quieran: no soy mentirosa, eso es todo!
-No tengo nada más que preguntar- dijo el
fiscal al presidente, con un encogimiento de
hombros, y se apresuró a anotar en el boceto de
su discurso que la detenida misma confesaba
haber entrado con Simón en una habitación
vacía.
Hubo un silencio.
-¿No tiene usted nada que añadir?
-Lo he dicho todo -repitió Maslova. Luego
lanzó un suspiro y se sentó.
El presidente anotó entonces algo en sus pa-
peles. Escuchó una comunicación que le fue
hecha al oído por el juez de la izquierda y de-
claró suspendida la vista durante veinte minu-
tos; luego se levantó a toda prisa y abandonó la
sala.
El asesor que le había hablado era el juez de
luenga barba y grandes ojos bondadosos; ese
juez se sentía el estómago un poco revuelto y
había expresado el deseo de darse un masaje y
tomar alguna medicina. Es lo que había dicho
al presidente y por lo que éste había suspendi-
do la vista.
Después de los jueces, se levantaron igual-
mente los juraos, los abogados y los procurado-
res, con la conciencia de haber cumplido ya en
gran parte una obra importante, y se dispersa-
ron por todos lados.
En cuanto entró en la sala del jurado, Nejlu-
dov se sentó ante la ventana y se puso a pensar.
XII
Sí, desde luego era Katucha.
Y las relaciones entre Nejludov y ella habían
sido las siguientes:
Él la había visto por primera vez cuando, en
su tercer año de universidad se había instalado
en casa de sus tías para preparar allí cómoda-
mente su tesis sobre la propiedad de la tierra.
Pasaba ordinariamente los veranos con su ma-
dre y su hermana, en la finca que la primera
poseía en los alrededores de Moscú. Pero,
habiéndose casado su hermana aquel año mis-
mo, su madre había partido al extranjero. Ne-
jludov, teniendo que escribir su tesis, se había
decidido a pasar el verano en casa de sus tías.
Sabía que en aquel retiro encontraría una calma
propicia para su trabajo, sin que nada viniera a
distraerlo. Las viejas señoritas querían mucho a
su sobrino y heredero, y él también las quería y
le gustaba la simplicidad de aquella vida a la
antigua usanza.
Se encontraba entonces en aquella disposición
de ánimo entusiasta propia del joven que por
primera vez reconoce por si mismo y no por
indicación de los demás toda la belleza y todo
el precio de la vida; que concibe la posibilidad
de una perfección continua, tanto para él como
para el mundo entero, y que se entrega a ella no
solamente con la esperanza, sino con la comple-
ta certidumbre de alcanzar la perfección con
que sueña. Aquel mismo año, en la universi-
dad, había leído la Social statics de Spencer, y la
argumentación de éste sobre la propiedad
rústica le había causado una impresión muy
fuerte, sobre todo en su condición de hijo de
una propietaria de grandes fincas. Su padre no
había tenido fortuna; pero su madre había
aportado como dote diez mil deciatinas de tie-
rras. y por primera vez comprendía él la cruel-
dad y la injusticia del régimen de la propiedad
rústica privada. Siendo, por naturaleza, de esos
que extraen del sacrificio, realizado en vista de
una necesidad social, un alto gozo moral, había
decidido inmediatamente renunciar por su par-
te al derecho de propiedad sobre su tierra y dar
a los campesinos todo lo que le correspondía de
su padre. Sobre ese tema estaba concebida su
tesis.
En casa de sus tías, en el campo, llevaba una
vida de las más regulares. Se levantaba muy
temprano, a veces a las tres de la madrugada, y,
antes de la salida del sol, a menudo incluso
entre la neblina del alba, iba a bañarse al ria-
chuelo que corría al pie de la colina; luego volv-
ía a la vieja casona, a través de los prados
húmedos todavía de rocío. Después de haber
tomado café, trabajaba en compulsar documen-
tos para sus tesis; pero con más frecuencia aún,
en lugar de leer o de escribir, salía de nuevo y
erraba a través de campos y bosques. Antes del
almuerzo descabezaba un sueñecito en un
rincón del jardín; durante la comida, divertía y
encantaba a sus tías con su alegría comunicati-
va; seguidamente montaba a caballo o se pa-
seaba en barca; por la noche se ponía a leer, o
bien, en el salón, charlaba con las viejas señori-
tas. y como frecuentemente, en las noches de
luna sobre todo, no podía dormir, hasta tal
punto la alegría de vivir tenía en vela a su ju-
ventud, bajaba al jardín y caminaba por él hasta
el alba, dando rienda suelta a sus fantasías.
Así, apacible y gozosa, había sido su vida du-
rante su primer mes de estancia en casa de sus
tías; y durante ese mes, ni una sola vez había
parado la atención en la muchacha, semipupila
y semidoncella, en aquella viva y ligera Katu-
cha de ojos negros que convivía con él.
Habiéndose criado bajo las alas de su madre,
era todavía, a los diecinueve años, tan ingenuo
como un niño. La mujer no evocaba en él otra
idea que la del matrimonio; y todas las que,
desde su punto de vista, no podían casarse con
él, eran a sus ojos «gentes» y no mujeres.
Ahora bien, aquel mismo verano, el día de la
Ascensión, las viejas señoritas recibieron la visi-
ta de una dama vecina, acompañada por sus
hijos: dos muchachas y un colegial; además, un
pintor joven, de origen campesino, que estaba
en casa de ella. Después del té, la gente joven se
divirtió persiguiéndose por un prado cuya
hierba había sido segada recientemente y que
se extendía delante de la casa. Habiendo roga-
do a Katucha que toma se parte en el juego,
llegó un momento en que Nejludov tuvo que
correr con ella. Le gustaba ver a Katucha, pero
no se le ocurría que entre ella y él pudiera esta-
blecerse alguna relación particular .
-A esos dos -dijo el alegre pintor -será impo-
sible alcanzarlos -.Y sin embargo él corría muy
bien, con sus piernas de mujik, cortas y un poco
zambas, pero poderosas -.A menos que no tro-
piecen.
-¡Y no nos alcanzaréis nunca!
-¡Uno, dos, tres!
Dieron la señal con palmadas. Katucha, rete-
niendo apenas su risa, cambió de sitio con Ne-
jludov, le agarró la mano con su nerviosa ma-
necita y se lanzó ligeramente hacia la izquierda,
haciendo oír el frufrú de su falda almidonada.
También Nejludov corría bien. Pero como le
interesaba no dejarse alcanzar por el pintor, se
puso a correr con toda la velocidad que podía.
Cuando se volvió, vio que el pintor perseguía a
Katucha y que ésta, que corría rápidamente,
con sus jóvenes y ágiles piernas, lo esquivaba y
seguía alejándose ala izquierda. Había allí un
bosquecillo de lilas tras el cual no se había
aventurado nadie. Ahora bien, Katucha miró a
Nejludov y le hizo una señal con la cabeza para
que viniese detrás del macizo, adonde él la si-
guió en cuanto hubo comprendido. Pero detrás
del bosquecillo de lilas se encontraba una zanja
cubierta de ortigas y de cuya existencia él no
tenía idea. Tropezó, se pinchó las manos, se
mojó con el rocío que la proximidad de la no-
che había puesto ya en las hojas, y cayó en la
zanja. Pero se levantó muy pronto, riéndose, y
de un salto volvió a encontrarse en terreno lla-
no.
Katucha, cuyos grandes ojos negros resplan-
decían como casis húmedos, se 1anzó a su en-
cuentro. Se abordaron y se tendieron la mano.
-¿Qué ha sido? ¿Se ha pinchado usted? -le
preguntó ella, sonriendo y mirándole a los ojos
mientras con una mano se arreglaba la trenza
deshecha.
-No sabía que hubiera una zanja - respondió
Nejludov, sonriendo igualmente y sin soltar la
mano de Katucha.
Y como ella se le había acercado, él, sin saber
cómo, acercó su rostro al de la muchacha. Ella
no se apartó y él le estrechó más fuertemente la
mano y la besó en la boca.
-¡Vaya una ocurrencia! -dijo ella, y con un
rápido movimiento se soltó la mano y se alejó
de Nejludov.
La muchacha cogió dos ramas de lilas, se gol-
peó con ellas las ardientes mejillas, lanzó hacia
atrás una mirada a Nejludov y, balanceando
vigorosamente el brazo, corrió a reunirse con
los demás jugadores.
A partir de aquel momento, las relaciones en-
tre Nejlúdov y Katucha se modificaron. En lo
sucesivo, la situación de ambos pasó a ser la de
un muchacho y una muchacha, los dos inocen-
tes e ingenuos y que se sienten atraídos el uno
hacia eo otro.
Todo se llenaba de sol para Nejludov si Katu-
cha penetraba en la habitación donde él se en-
contraba o si distinguía a lo lejos su delantal
blanco; todo le parecía lleno de interés, gozoso,
importante: la vida para él se transformaba en
embriaguez. Por su parte, ella experimentaba
una impresión semejante. y no solamente la
presencia o el acercamiento de Katucha produc-
ían este efecto sobre Nejludov, sino que el solo
pensamiento de que ella existía lo colmaba de
felicidad; y también en ella, el pensamiento de
que existía él. y si, por casualidad, recibía él de
su madre una carta que lo entristecía; si estaba
descontento de su trabajo o sentía uno de esos
accesos de vaga tristeza frecuentes entre los
jóvenes, Nejludov pensaba en Katucha, y su
pena se desvanecía inmediatamente.
Katucha estaba muy ocupada en la casa, pero
era diligente; le gustaba leer en sus momentos
de ocio. Nejludov le prestó obras de Dostoievs-
ki y de Turgueniev que él mismo acababa de
leer; el Remanso de paz, de Turgueniev, tuvo
sobre todo la virtud de encantarla. Varias veces
al día, cuando se encontraban en el corredor, en
el balcón, en el patio, cambiaban algunas pala-
bras; y a veces, Katucha, que vivía con la ancia-
na Matrena Pavlovna, camarera de las dos se-
ñoritas, era acompañada por Nejludov a la
habitación que ocupaban las dos sirvientas, y
allí tomaban el té. y los dos extraían un encanto
delicioso de esas conversaciones en presencia
de Matrena Pavlovna. Pero cuando se encon-
traban solos, sus conversaciones languidecían:
Sus ojos inmediatamente se ponían en des-
acuerdo con sus labios y mantenían un lenguaje
más grave: entonces sus bocas se callaban; sent-
ían que los invadía la desazón y se apartaban
inmediatamente.
Todo el tiempo que Nejludov pasó en casa de
sus tías se deslizaron así las nuevas relaciones
entre los dos jóvenes. Pero las señoritas se die-
ron cuenta; se inquietaron por ello y creyeron
que era su deber informar por carta a la prince-
sa Elena Ivanovna, madre de Nejludov. La tía
María Ivanovna temía [Link]ón galante en-
tre Dmitri y Katucha: ¡temor muy quimérico!
Desde luego, Sin darse cuenta, Nejludov amaba
a Katucha, pero como aman los inocentes; y su
amor era la principal salvaguardia contra una
caída de uno u otro. No sólo no tenía deseo de
poseerla físicamente, sino que una especie de
terror lo invadía ante el solo pensamiento de
que eso fuera posible. La otra tía, Sofía Ivanov-
na, tenía un temor diferente. De espíntu más
poético y conociendo el carácter entero y re-
suelto de su sobrino, tenía miedo de que se le
ocurriese el pensamiento de casarse con la mu-
chacha a pesar del origen y de la condición so-
cial de ésta. y este temor no dejaba de tener sus
fundamentos.
Si Nejludov mismo hubiese tenido conciencia
de su amor por Katucha y hubiesen tratado de
persuadirlo de la imposibilidad en que se en-
contraba de unir su destino con el de la joven,
seguraemente, con su franqueza habitual, habr-
ía decidido que nada impediría su casamiento
con cualquier muchacha que fuese, con tal que
él la amase. Pero sus tías no le participaron sus
temores, y se marchó sin darse cuenta de su
amor por Katucha.
Estaba convencido de que el amor que sentía
por ella era más que una manifestación de la
alegría de vivir que llenaba todo su ser y que
era compartida por aquella muchacha gozosa y
encantadora. Pero cuando, el día de su partida
la vio de pie en la escalinata, al lado de sus tías,
cuando vio los grandes ojos negros llenos de
lágrimas, clavados tiemamente en él, tuvo sin
embargo la impresión de que aquel día aban-
donaba algo muy bello que no volvería a en-
contrar jamás. y una dolorosa tristeza lo inva-
dió.
-¡Adiós, Katucha, y gracias por todo! -le
murmuró tras el gorrito de Sofía Ivanovna, an-
tes de subir en el coche que iba a llevárselo.
-¡Adiós, Dimitri Ivanovitch!- dijo ella con su
voz acariciadora.
Luego, esforzándose en reprimir las lágrimas
que empezaban a correrle de los ojos, huyó a la
antecámara para llorrar allí a sus anchas.
XIII
Tres años pasaron antes de que Nejludov
volviese a ver a Katucha. y cuando volvió a
verla, durante un alto que hizo en casa de sus
tías, cuando iba a incorporarse a su regimiento,
pues acababa de ser nombrado oficial, era ya
un hombre muy diferente del que había pasado
el verano, tres años antes, en casa de las ancia-
nas señoritas.
En otros tiempos había sido un muchacho leal
y desinteresado, siempre dispuesto a entregarse
de todo corazón a lo que pensaba que era el
bien; hoy no era más que un egoísta refinado,
un libertino que no amaba más que su placer.
En otros tiempos, el mundo divino se le apare-
cia como un enigma que él se esforzaba en des-
cifrar con un gozoso entusiasmo; ahora, todo en
esta vida era para él simple y claro, todo le pa-
recia subordinado a las condiciones del medio
ambiente. En otros tiempos consideraba im-
portante y necesario la comunión con la natura-
leza, con los hombres que habían vivido, pensa-
do y sentido antes que él (filósofos y poetas);
ahora consideraba necesarias e importantes las
instituciones humanas y la compenetración con
sus camaradas. En otros tiempos, la mujer era a
sus ojos una criatura misteriosa y encantadora,
que extraía su encanto de su misterio mismo;
ahora, la mujer, cualquier mujer, exceptuando a
sus parientes o a las mujeres de sus amigos,
tenía según él un sentido muy definido: era
únicamente el instrumento de un goce ya apre-
ciado y que era el que más le agradaba. En
otros tiempos no tenía necesidad alguna de di-
nero; apenas gastaba la tercera parte de la asig-
nación que le entregaba su madre; podía re-
nunciar a la herencia paterna y dársela a los
campesinos; ahora hallaba insuficientes los mil
quinientos rublos mensuales dados por su ma-
dre y ya había tenido con ella desagradablés
explicaciones sobre asuntos de dinero. En otros
tiempos consideraba que su ser espiritual era
su verdadero yo; ahora consideraba como su yo
su ser bestial, sano y vigoroso.
Y la transformación tan profunda que se hab-
ía operado en él provenía simplemente de que
había abandonado su creencia en sí mismo en
provecho de su creencia en los demás. y la cau-
sa de este cambio de creencia se fundaba en que
vivir creyendo en sí mismo le parecia demasia-
do difícil, porque para vivir creyendo en sí
mismo tenía que decidirse no en favor de su yo
animal, únicamente preocupado por el placer,
sino casi siempre en contra de él; mientras que
al vivir creyendo en los demás se ahorraba te-
ner que decidir nada, pues todo se encontraba
decidido de antemano contra su yo moral, en
beneficio de su yo animal. Más aún, su creencia
en sí mismo lo exponía sin cesar a la desapro-
bación de los hombres; creyendo por el contra-
rio en los demás, estaba seguro de merecer el
elogio de quienes lo rodeaban.
Así., cuando los pensamientos, las aventuras
o las palabras de Nejludov versaban sobre
Dios, la verdad, la riqueza o la pobreza, todos
los que él frecuentaba juzgaban sus preocupa-
ciones irrazonables, a menudo ridículas; con
una benévola ironía, su madre y sus tías lo lla-
maban «nuestro querido filósofo»; y cuando,
por el contrario, leía novelas, contaba anécdotas
escabrosas o citaba detalles sobre el vodevil
representado en el Teatro Francés, todo el
mundo lo aplaudía y lo encontraba encantador.
Si, creyendo que era su deber limitar sus necesi-
dades, llevaba un abrigo usado o se abstenía de
beber vino, todo el [Link] lo tachaba de origi-
nalidad que tenía por móvil la vanagloria y el
deseo de singularizarse; pero, por el contrario,
cuando el dinero gastado en sus placeres exced-
ía de sus recursos, bien en las cacerías, bien en
el lujo con que había adornado su despacho,
todos alababan su buen gusto y le daban obje-
tos de valor. Cuando era casto y experimentaba
el deseo de seguir siéndolo hasta su casamien-
to, su familia entera temblaba por su salud; por
el contrario lejos de entristecerse su madre casi
se había alegrado al enterarse de que ya se
ha:bía convertido en hombre y que acababa de
quitarle a uno de sus camaradas una cierta da-
ma francesa. En cuanto al episodio de lo que
había podido pasar con Katucha y en las velei-
dades que había tenido Nejludov de casarse
con ella, la princesa no podía pensar en eso sin
terror.
Igualmente, cuando Nejludov había dado a
los campesinos la pequeña finca que había
heredado de su padre, porque la posesión de la
tierra le parecía una injusticia, su decisión había
dejado estupefactos a todos sus familiares y
conocidos, que acudieron a hacerle reproches y
a gastarle bromas sin cuento. Le habían repeti-
do hasta la saciedad que, lejos de enriquecerlos,
el regalo hecho por él a los campesinos los hab-
ía empobrecido, que habían montado tres ta-
bernas en su pueblo y habían dejado en absolu-
to de trabajar. Por el contrario, cuando su en-
trada en el regimiento de la Guardia le había
abierto las puertas de la alta aristocracia y había
empezado a gastar tanto dinero, que su madre
había tenido que tomar un anticipo Sobre su
capital, la princesa Elena Ivanovna apenas se
había contristado, considerando que era natural
e incluso conveniente para él vacunarse así con-
tra la enfermedad de la locura de la juventud, y
eso en buena con'tpañía.
Al principio, Nejludov había presentado cier-
ta resistencia a aquel nuevo género de vida;
pero la lucha le resultaba muy difícil, porque
todo lo que él tenía por bueno, cuando creía en
sí mismo, era tenido por malo por los demás,
en tanto que, a la inversa, lo que le parecía malo
lo declaraba excelente la gente que lo rodeaba.
Por eso acabó cediendo: había dejado de creer
en sí mismo para empezar a creer en los demás.
Muy al principio, esta capitulación ante sí mis-
mo le había resultado desagradable; pero esta
primera impresión fue pasajera; había comen-
zado a fumar y a beber vino, y como aquel sen-
timiento penoso había desaparecido por sí
mismo, se sintió como aliviado de un peso.
Desde entonces, con su naturaleza apasiona-
da, Nejludov se había entregado por entero a
aquella vida nueva que era la de su medio am-
biente y había ahogado por completo en él la
voz que reclamaba otra cosa. Su llegada a Pe-
tersburgo marcó el principio de ese cambio que
cu1minó al ser admitido en el regimiento de la
Guardia.
En general, el servicio militar es disolvente,
desde el momento en que pone a los hombres
en condiciones de completa ociosidad. El honor
especial del regimiento, del uniforme, de la
bandera, al mismo tiempo que el poder discre-
cional de los jefes y la sumisión de los subordi-
nados, ocupan el lugar del trabajo útil y de los
deberes impuestos a todos los hombres.
Pero cuando, a este disolvente contenido en el
servicio militar mismo, desde el punto de vista
general, con su honor del regimiento, del uni-
forme y de la bandera y la autorización de la
violencia y del asesinato, viene a añadirse el de
la riqueza y el del contacto con la familia impe-
rial ( como sucede en los regimientos de la
Guardia, donde sirven solamente los oficiales
ricos y nobles), resulta de ello un estado de
egoísmo insensato. y en este estado se encon-
traba Nejludov después que se había hecho
oficial y que vivía como sus camaradas.
No había más que hacer sino ponerse un bo-
nito uniforme bien confeccionado por otros; un
casco y armas, igualmente hechos, limpiados y
servidos por otros; caracolear sobre un soberbio
caballo, nutrido y educado también por otros;
galopar con sus camaradas, blandir el sable,
disparar tiros y enseñar este oficio a otros hom-
bres. Ésa era toda la tarea, y los colocados en
más altos lugares: jóvenes y viejos, el zar, su
camarilla, todos, no solamente aprobaban esta
ocupación, sino que la alababan y se mostraban
agradecidos por la misma. Se consideraba,
además, bueno e importante gastar el dinero
sin profundizar en sus orígenes, comer y sobre
todo beber en los círculos de oficiales o en los
establecimientos más caros; luego, los teatros,
los bailes, las mujeres; de nuevo la galopada y
el molinete del sable; y una vez más el dinero
tirado a manos llenas, el vino, las cartas y las
mujeres.
Un paisano que llevase una vida semejante
no podría menos de sentir vergüenza en el fon-
do. Los militares, por el contrario, consideran
esa vida como absolutamente indispensable y
se glorían de ella, sobre todo durante la guerra,
como le ocurría a Nejludov, que había entrado
en el servicio después del comienzo de las hos-
tilidades contra Turquía.
«¡Estamos dispuestos a sacrificar nuestra vi-
da!, y, por consiguiente, esta vida despreocu-
pada y alegre que llevamos es no solamente
excusable, sino incluso indispensable para no-
sotros. Por eso es la que llevamos.»
Tal era el razonalniento inconsciente de Ne-
jludov en este período de su vida; y gozaba
viéndose liberado de todos los frenos morales a
los que se había atenido en su juventud, con lo
que no cesaba de dejar que se consumase en él
un verdadero estado de locura egoísta.
Y en ese estado se hallaba cuando, después de
tres años, volvió junto a sus tías.
XIV
Nejludov se había parado en casa de sus tías
primeramente porque la finca de éstas se en-
contraba en la ruta que él tenía que seguir para
incorporarse a su regimiento; después, porque
las dos viejas señoritas se lo habían suplicado
encarecidamente; pero a él mismo lo que le
interesaba sobre todo era volver a ver a Katu-
cha. Quizá llevaba de antemano, en el fondo de
su alma, respecto a la muchacha, un mal desig-
nio dictado por el instinto animal predo-
minante en él; en cualquier caso, no se lo confe-
saba, y lo único que
se confesaba era su deseo de volver a encon-
trarse en los lugares testigos de la felicidad que
había experimentado con ellas, y volverla a ver,
y volver a ver a sus tías, personas un poco ridí-
culas, pero amables y buenas y que siempre lo
habían envuelto en ternura y admiración.
Llegó a finales de marzo, un Viernes Santo,
en pleno deshielo, con una lluvia torrencial,
tanto que al acercarse a la casa se sentía mojado
y empapado, pero valiente y muy en forma,
como lo estaba siempre en aquel período de su
vida.
«Con tal que ella siga todavía aquí!», pensaba
al penetrar en el patio, todo lleno de nieve fun-
dida, y al distinguir la vieja morada y el muro
de ladrillos que rodeaba el recinto y que él co-
nocía tan bien. Se había forjado la esperanza de
que, en cuanto ella oyese la campanilla, correría
a recibirlo en la escalinata, pero en su lugar
aparecieron dos mujeres, con los pies descalzos
y las faldas arremangadas, que llevaban cubos
y estaban ocupadas sin duda alguna en fregar
el suelo. Ni el menor rastro de Katucha. y Ne-
jludov vio solamente avanzar a su encuentro al
viejo lacayo Tijon, él también con delantal, y
que evidentemente acababa de suspender al-
guna operación de limpieza. En la antecámara
fue recibido por Sofía Ivanovna, con vestido de
seda y sombrero.
-¡Qué amable has sido viniendo! -exclamó
Sofía Ivanovna besándolo -.Machegnka ( dimi-
nuto de María, N del T.) está un poco malucha;
esta mañana se ha cansado en la iglesia. Nos
hemos confesado.
-Tía Sonia (diminuto de Sofía, N del T.), le de-
seo unas felices fiestas -dijo Nejludov, besándo-
le la mano -.¡Perdóneme, la he mojado!
-¡Ve ahora mismo a cambiarte a tu habitación!
Estás empapado. ¡Si ya tienes bigote...! ¡Katu-
cha, pronto, Katucha, que le preparen café!
-¡Inmediatamente! -respondió, desde el co-
rredor, una voz, tan agradablemente conocida
por Nejludov. y el corazón de éste latió gozo-
samente. ¡Ella aún seguía allí!
Y era como si el sol se hubiese mostrado entre
las nubes, Alegremente, Nejludov siguió a Ti-
jon, quien lo condujo a la misma habitación
donde se había alojado en otros tiempos.
Le habría gustado preguntar al sirviente
cómo estaba Katucha, lo que hacía, si tenía no-
vio. Pero Tijon se mostraba a la vez tan respe-
tuoso y tan digno, insistía tanto para echar él
mismo agua de la jarra sobre las manos de Ne-
jludov, que éste no se atrevió a hacerle pregun-
tas sobre la muchacha, y se limitó a interesarse
por los nietecitos del criado, por el viejo caballo
de su hermano, por el perro guardián Polkan.
Todo el mundo estaba con vida y con buena
salud, excepto Polkan, afectado por la rabia el
año anterior.
Mientras Nejludov se cambiaba de traje, oyó
unos pasos rápidos en el corredor y luego lla-
mar a la puerta. Nejludov reconoció los pasos y
la forma de llamar: sólo ella andaba y llamaba
de esta forma.
Se echó a toda prisa sobre los hombros su
abrigo completamente empapado; luego se
acercó a la puerta y gritó:
-¡Entre!
Era ella, Katucha, siempre la misma, pero
más encantadora que en otros tiempos. Como
antes, sus negros ojos bizqueaban ligeramente,
brillaban y reían; y, como antes, llevaba un de
lantal blanco de una limpieza incomparable.
Venía a traerle, de parte de su tía, un jabón per-
fumado al que hacía un momento le habían
desgarrado la envultura; una toalla esponja y
otra mayor, de tela, con bordados rusos. y el
jabón, acabado de salir de su envoltura, con sus
letras en relieve, y las toallas, y la misma Katu-
cha, todo estaba igualmente limpio, fresco, in-
tacto y delicioso. Los labios de la muchacha,
rojos, fuertes, encantadores, se plegaban como
antes, con una alegría desbordante, a la vista de
Nejludov.
-¡Bienvenido, Dmitri Ivanovitch! -dijo ella con
un ligero esfuerzo, y su rostro se ruborizó.
-¡Te saludo...! ¡La saludo...! -No sabía si debía
hablarle de «tú» o de «usted», y también él sin-
tió que se ruborizaba -.¿Cómo está usted?
-Bien, a Dios gracias. Su tía le manda su jabón
preferido, el de rosa -dijo ella dejando el jabón
en la mesa y colocando después las toallas so-
bre el respaldo de una silla.
-Ellos tienen los suyos ( Por deferencia, los
sirvientes rusos hablan de sus amos en tercera
persona y en plural ) -protestó solemnemente
Tijon, señalando con el dedo un gran neceser
con cerraduras de plata lleno de frascos, bro-
chas, polvos, perfumes y de instrumentos de
aseo.
-Déle las gracias a mi tía. ¡ Y qué contento es-
toy de haber venido! -añadió Nejludov, sin-
tiendo que en el fondo de su alma todo volvía a
ser dulce y luminoso como en otros tiempos.
Katucha sonrió, y ésa fue su respuesta; luego
abandonó la habitación.
La acogida que hicieron a Nejludov sus tías,
quienes siempre lo habían adorado, fue esta
vez más solícita aún que de costumbre. ¡Dmitri,
que se iba a la guerra, podía resultar herido,
muerto! Esto las emocionaba.
La primera intención de Nejludov había sido
detenerse allí solamente un día; pero, al volver
a ver a Katucha se decidió a quedarse junto a
ella hasta el día de Pascua, y como había que-
dado citado con su camarada Schönbok en
Odessa, le telegrafió que sería mejor que vinie-
ra a reunirse con él en casa de sus tías.
Desde el primer instante en que volvió a ver a
la muchacha, Nejludov sintió renacer en él el
sentimiento de antes. Como en otros tiempos,
no podía impedir una sincera emoción cuando
veía el delantal blanco de Katucha; ni oír sin
placer su voz, su risa, el ruido de sus pasos; ni
soportar con indiferencia, sobre todo cuando
ella sonreía, la mirada de sus ojos negros como
casis humedecidos; igualmente, y aún más que
antaño, no podía, sin turbarse, verla ruborizar-
se en su presencia. Se sentía enamorado, pero
no ya como en los tiempos en que su amor era
para él un misterio, cuando no osaba confe-
sárselo a sí mismo, cuando tenía la convicción
de que no se podía amar más que una vez; aho-
ra sabía que estaba enamorado y se alegraba de
ello y, siempre tratando de no pensar en eso,
sabía también en qué consistía este amor y sus
resultados posibles.
Como en todos los seres humanos, en Nejlu-
dov había dos hombres: uno, el hombre moral
que buscaba su bien en el bien de los demás;
otro, el hombre animal, que busca tan sólo su
bien personal a costa del de todos los demás. y
en el período de locura egoísta provocado en él
por la vida en Petersburgo y por la vida militar,
el hombre animal había adquirido suficiente
ventaja para ahogar las necesidades del alma.
Sin embargo, cuando volvió a ver a Katucha y
sus antiguos sentimientos respecto a ella se
despertaron, el hombre moral alzó de nuevo la
cabeza y reclamó sus derechos. Esto fue la cau-
sa de una lucha inconsciente, pero sin tregua,
que se libró en él durante estas dos jornadas
que precedieron a las Pascuas.
En lo íntimo de su alma, él sabía que su obli-
gación era marcharse y que obraba mal al pro-
longar su estancia en casa de sus tías; sabía que
nada bueno podría salir de ello; pero en vista
del placer y la alegría experimentados, imponía
silencio a su conciencia y permanecía allí.
El sábado por la tarde, víspera de Pascuas, el
sacerdote, acompañado del diácono y del sa-
cristán, vinieron para celebrar maitines; habla-
ron de todas las fatigas que habían tenido que
soportar para franquear en trineo las charcas
producidas por el deshielo durante el camino
de tres verstas que separaba la iglesia de la casa
de las ancianas señoritas.
Nejludov, con sus tías y todos los sirvientes,
asistió a la ceremonia. No dejó de examinar a
Katucha, quien permanecía junto a la puerta, el
incensario en la mano. y cuando, siguiendo la
costumbre, hubo cambiado con el pope, y luego
con sus tías, los tres besos, y cuando estaba a
punto de regresar a su habitación, oyó en el
corredor la voz de Matrena Pavlovna, la vieja
camarera; y ésta decía que se preparaba a ir a la
iglesia con Katucha para asistir a la bendición
del pan pascual. «¡También yo iré!», se dijo Ne-
jludov.
El camino estaba tan intransitable, que no se
podía soñar siquiera en ir a la iglesia ni en co-
che ni en trineo. Por eso Nejludov hizo ensillar
el viejo caballo, aquel al que llamaban «el potro
del hermano», y, en lugar de irse a acostar, se
puso su brillante uniforme, se colocó su capote
de oficial y, sobre el viejo caballo demasiado
nutrido, pesado, relinchando sin cesar en me-
dio de la noche, a través de la nieve y del fango,
se dirigió a la iglesia del pueblo.
XV
Aquella misa nocturna debía marcar uno de
los recuerdos más duraderos y radiantes en la
vida de Nejludov.
Cuando, después de una larga carrera a
través de las tinieblas, alumbradas solamente, a
trechos, por el reflejo blanco de la nieve, pe-
netró por fin, cabalgando el potro, que movía
las orejas al ver las lamparitas encendidas alre-
dedor de la iglesia, en el patio de ésta, el servi-
cio había comenzado ya.
Al reconocer en el jinete al sobrino de María
Ivanovna, los campesinos lo condujeron a un
sitio seco, donde pudo apearse, le recogieron el
caballo y le abrieron las puertas. de la iglesia,
ya llena de gente.
A la derecha estaban los mujiks. Los viejos,
con caftanes confeccionados en casa, los pies
rodeados de tiras de tela blanca y calzados con
alpargatas hechas de corteza de tilo nuevo. Los
jovenes, con caftanes de paño nuevo, ceñidos
los riñones con una faja clara, y en los pies
grandes botas. A la izquierda estaban las muje-
res, tocadas con pañolones de seda vestidas con
justillos de terciopelo de mangas rojo vivo fal-
das azules verdes, rojas, y calzadas con zapatos
herrados: Las de más edad, modestas, con sus
pañolones blancos y sus caftanes grises, se hab-
ían colocado en el fondo. Entre ellas y las muje-
res mejor vestidas se alineaban los niños, muy
arregladitos, con los cabellos untados de aceite.
Los mujiks se santiguaban haciendo grandes
ademanes y ceremoniosos saludos, echando
hacia atrás su cabellera cuando se incorpora-
ban; las mujeres, sobre todo las viejas, miraban
obstinadamente el icono rodeado de cirios,
apoyaban vigorosamente sus dedos cruzados
por turnos sobre la frente, los hombros y el
vientre, mascullando oraciones, se inclinaban y
se ponían de rodillas. Imitando a las personas
mayores, los niños rezaban con fervor, sobre
todo cuando las miradas se posaban en ellos. El
iconostasio o biombo de oro lanzaba un raudal
de luz en medio de los cirios envueltos en oro.
De la misma manera el gran candelabro estaba
todo guarnecido de velas. Cantores de buena
voluntad formaban dos coros en que el mugido
de los bajos se acompasaba con el soprano agu-
do de las voces infantiles.
Nejludov avanzó hasta la primera fija. La
aristocracia ocupaba el centro, representada por
un propietario rural del país, con su mujer y su
hijo, este último vestido de marinero; luego el
comisario de policía rural, el telegrafista, un
comerciante calzado con botas altas y el alcalde
del pueblo con su medalla al cuello; ya la dere-
cha de la tribuna-púlpito, detrás de la mujer del
propietario, Matrena Pavlovna, con un vestido
de colores cambiantes, cubiertos los hombros
con un chal ribeteado por una banda blanca.
Cerca de ella, Katucha, con vestido blanco pli-
sado, ceñido el talle por un cinturón azul, y con
un lazo rojo en sus negros cabellos.
Todo tenía aire de fiesta; todo era solemne,
alegre y encantador: los sacerdotes, con su ca-
sulla de plata, cortada por una cruz de oro; el
diácono y el sacristán, con sus estolas bordadas
de oro y de plata; los cantos de alegría de los
sochantres aficionados, de relucientes cabellos;
las bendiciones repetidas del sacerdote, que
elevaba el cirio por encima de los fieles; la ma-
nera como todo el mundo salmodiaba muchas
veces: «¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha resuci-
tado!» Todo eso era bello, pero más bella aún
era Katucha, con su vestido blanco, su cinturón
azul, su lazo rojo en sus negros cabellos y sus
ojos encendidos de alegría.
Nejludov comprendió que ella lo veía sin
volverse. Vio eso al pasar muy cerca de ella
para ir hacia el altar. No teniendo por qué
hablarle, se las compuso sin embargo para de-
cirle:
-Mi tía la avisa que se comerá después de la
misa final. Como siempre, en cuanto Katucha
divisó a Nejludov, su joven sangre le afluyó al
rostro y sus negros ojos se detuvieron en él ri-
sueños, dichosos, en una mirada ingenua de
arriba abajo.
-Sí, ya lo sé- respondió ella.
En aquel momento, el sacristán, que atrave-
saba por entre la muchedumbre con un jarrón
de cobre, pasó cerca de la muchacha y, sin ver-
la, la rozó con su estola. Por deferencia había
querido borrarse ante Nejludov y así había ro-
zado a Katucha. Pero Nejludov se quedó estu-
pefacto al ver que el sacristán no comprendía
que todo lo que existía en la iglesia, en el mun-
do, no existía más que para Katucha y que ella
sola, centro del universo entero, no debía pasar
inadvertida. Para ella brillaba el oro del iconos-
tasio, ardían los cirios del candelabro; para ella
subían todos aquellos cantos de alegría: «¡La
Pascua del Señor! ¡Humanos, alegraos!». Y todo
lo que era hermoso y bueno en la tierra era para
Katucha, y Katucha debía comprenderlo así,
porque Nejludov lo sentía al ver las formas es-
beltas de la joven, moldeadas en su vestido
blanco plisado, y su rostro lleno de alegría re-
cogida, diciéndole que todo lo que cantaba en
él debía también cantar en ella.
En el intervalo entre la misa nocturna y la mi-
sa de la aurora, Nejludov salió de la iglesia.
Delante de él, la muchedumbre se apartaba y lo
saludaba. Algunos lo reconocían; otros pregun-
taban: «¿Quién es?» Se detuvo en el atrio. Los
mendigos lo rodearon; les distribuyó todo el
dinero menudo que llevaba en el portamonedas
y bajó la escalera del patio.
Ya el alba empezaba a despuntar, pero el sol
no aparecía aún. Los fieles iban a sentarse entre
las tumbas que rodeaban la IglesIa. Katucha se
había quedado en el interior, y Nejludov se
detuvo para aguardarla.
Haciendo resonar los clavos de las botas so-
bre las losas, la multitud continuaba saliendo y
se diseminaba por el patio y por el cementerio
de la iglesia.
Un viejo de cabeza bamboleante, antiguo pas-
telero de María Ivanovna detuvo a Nejludov y
lo besó tres veces; luego su mujer, una viejecita
toda arrugada, cubierta la cabeza con un pa-
ñuelo de seda, le tendió un huevo teñido de
amarillo azafrán. Detrás de ellos, un joven y
vigoroso mjik, vestido con un caftán nuevo con
un cinturón verde, se acerco sonriendo.
-¡Cristo ha resucitado! -dijo con una mirada
risueña y bondadosa; y pasando los brazos por
el cuello de Nejludov, cosquilleándole el rostro
con su. corta barba rizada, mIentras lo impreg-
naba con su olor especial y sano de mujik, lo
besó tres veces en plena boca con sus labios
fuertes y frescos.
Mientras Nejludov se besaba con el mujik y
recibía de él un huevo teñido de color de ladri-
llo, vio salir de la iglesia el vestido tornasolado
de Matrena Pavlovna y la querida cabecita ne-
gra de lazo rojo.
Inmediatamente Katucha lo divisó, a pesar de
la mucheumbre que los separaba; y él vio cómo
se le aclaraba el rostro.
En el atrio, la joven se detuvo para dar unos
céntimos a los mendigos. Uno de ellos, que se
le acercó, tenía una gran llaga roja en lugar de
nariz. Ella cogió algo de su vestido, luego
avanzó hacia él y lo besó tres veces, sin repul-
sión, con el mismo centelleo en los ojos. Al
mismo tiempo sus ojos se encontraron con los
de Nejludov; y era como si le hubiesen pregun-
tado: «¿Está bien lo que estoy haciendo?»
«¡Desde luego, mi bienamada, todo está bien,
todo es hermoso, te amo!»
Las dos mujeres bajaron los escalones, y Ne-
jludov avanzó hacia ellas. Su intención no era
desearles la Pascua, pero no podía impedir
acercarse a Katucha.
-¡Cristo ha resucitado! -dijo Matrena Pavlov-
na con una señal de cabeza, una sonrisa y una
voz que demostraban la igualdad de todos
aquel día; luego se secó la boca con el pañuelo y
se la ofreció a Nejludov.
-¡Verdaderamente resucitado! -respondió él, y
la besó.
Lanzó una mirada a Katucha, que enrojeció y
vino a colcarse muy cerca de él.
-¡Cristo ha resucitado, Dmitri Ivanovitch!
-¡Verdaderamente resucitado! - dijo él. Se be-
saron dos veces y se detuvieron, preguntándo-
se si debían continuar; e inmediatamente,
habiendo decidido que sí debían, se besaron
una tercera vez, y los dos sonrieron.
-¿No van ustedes a casa del sacerdote? -
preguntó Nejludov.
-No, esperaremos aquí, Dmitri Ivanovitch -
dijo ella, haciendo un esfuerzo para hablar.
El pecho se le levantaba febrilmente; ella no
dejaba de mirarlo a los ojos con sus ojos sumi-
sos, vírgenes y amantes.
En el amor entre hombre y mujer sobreviene
siempre el minuto en que este amor alcanza su
apogeo y no tiene ya nada de premeditado ni
de sensual. Nejludov había conocido ese minu-
to en aquella noche de la resurrección de Cristo.
Ahora, sentado en la sala del jurado, si trataba
de rememorar todas las circunstancias en que
había visto a Katucha, se alzaba aquel minuto
único borrando todo el resto: la negra cabecita
cuidadosamente peinada, con su lazo rojo, su
vestido blanco plisado, moldeando su talle vir-
gen y esbelto y su pecho naciente, y aquel ru-
bor, y aquellos ojos negros radiantes y tiernos,
y, en todo su ser, los dos rasgos principales: la
pureza de su amor virginal, no solamente hacia
él, él lo sabía, sino hacia todos y hacia todo; no
solamente hacia lo que había de bueno en el
mundo, sino también hacia aquel mendigo al
que había besado.
Ese amor, él lo sentía aquella noche en ella
como en él mismo; y sentía que ese amor los
fundía a los dos en un ser único.
«¡Ah, si hubiese podido perdurar en el senti-
miento experimentado aquella noche! Sí -
cavilaba, sentado ante una ventana en la sala
del jurado-, todo lo que ocurrió de terrible entre
nosotros no llegó sino después de aquella no-
che aniversario de la resurrección de Cristo.»
XVI
Al regreso de la iglesia, Nejludov comió con
sus tías. Para reaccionar contra la fatiga, si-
guiendo una costumbre contraída en el regi-
miento, bebió varios vasos de aguardiente y de
vino. Luego se retiró a su habitación, se tendió
en la cama sin desnudarse y se quedó dormido
inmediatamente. Lo despertó un golpe dado a
la puerta, y la manera de golpear le indicó que
era ella. Saltó de la cama frotándose los ojos.
-Katucha, ¿eres tú? ¡Entra! -dijo él.
Ella entreabrió la puerta.
-Lo llaman para comer –dijo
Llevaba su mismo vestido blanco, pero no el
lazo en los cabellos.
Ella lo miraba a los ojos, el rostro radiante,
como si le hubiesen anunciado alguna cosa ex-
traordinariamente feliz.
-Ahora mismo voy- respondió, cogiendo un
peine para ponerse en orden los cabellos.
Ella permaneció todavía unos minutos sin de-
cir nada. Él, dándose cuenta, tiró el peine y se
lanzó bruscamente hacia ella. Pero, en el mismo
instante, ella se volvió con un movimiento lige-
ro y se deslizó, con paso rápido, por la alfom-
bra del corredor.
«¿Cómo he podido ser tan imbécil como para
no retenerla?», pensó Nejludov.
Y corrió detrás de ella por el pasillo.
Él mismo no sabía lo que quería de la mucha-
cha. Pero tenía la impresión de no haber hecho,
cuando ella había entrado en su cuarto, lo que
habría hecho todo el mundo.
-¡Katucha, espérate! -le dijo.
Ella se volvió y preguntó, deteniéndose:
-¿Qué pasa?
-No pasa nada; únicamente...
Y, haciendo un esfuerzo. sobre sí mismo, re-
cordando cómo obraban todos en casos pareci-
dos, le pasó el brazo alrededor del talle.
Ella le miró fijamente a los ojos.
-No está bien, Dmitri Ivanovitch, no está bien
–dijo, poniéndose toda roja ya punto de llorar.
Luego, con su nerviosa manecita, apartó el
brazo que la había enlazado..
Nejludov la soltó. Tuvo de pronto una sensa-
ción de malestar y de vergüenza, más aún, de
repugnancia contra sí mismo. En aquel instante
decisivo habría debido creer en él mismo; pero
no comprendió que esa vergüenza y esa repug-
nancia eran el mejor sentimiento de su alma;
por el contrario, se imaginó que sólo su estupi-
dez hablaba en él y que su deber era hacer co-
mo hace todo el mundo.
Persiguió de nuevo a Katucha, la volvió a
agarrar por el talle y le deslizó un beso en el
cuello. Pero ese beso no se parecia en nada a los
dados en dos ocasiones anteriores: el primero,
inconsciente, tras el bosquecillo de lilas; luego,
los de aquella mañana, en la iglesia. En este
momento su beso tenía algo de terrible, y ella lo
comprendió.
-Pero, ¿qué hace usted? -exclamó ella con es-
panto, como si hubiese destruido para siempre
algo infinitamente precioso; y huyó a todo co-
rrer.
Nejludov llegó al comedor. Encontró allí, ya
sentados a la mesa, a sus tías vestidas con sus
mejores galas, al médico y a una vecina. Todo
transcurrla como de ordinario, pero en el alma
de Nejludov rugía la tempestad. No comprend-
ía nada de lo que se le decia, respondía equivo-
cadamente y no pensaba más que en el beso
robado a Katucha, no pudiendo pensar en nin-
guna otra cosa. Cuando ella entró en el come-
dor, él no levantó los ojos hacia ella, pero todo
su ser sentía, aspiraba su presencia, y tenía que
hacer un esfuerzo para no mirarla.
Después de la comida volvió a su habitación.
Muy conmovido, caminó largo rato de arriba
abajo, el oído al acecho de los rumores de la
casa, esperando el paso de Katucha. No sola-
mente el animal que estaba en él había levanta-
do la cabeza, sino que había pisoteado al ser
espiritual que había existido en Nejludov
cuando su primera estancia y todavía aquella
mañana en la iglesia. y esta temible bestia
humana reinaba ahora en su alma. Pero, aun-
que no cesase de espiar a Katucha, no pudo, ni
una sola vez durante el día, encontrarse a solas
con ella. No cabía duda de que ella lo esquiva-
ba. Pero, hacia el anochecer, se vio obligada a
entrar en una habitación contigua a la que él
ocupaba. Habiendo consentido el médico en
quedarse hasta el día siguiente, la joven había
recibido la orden de prepararle una habitación
donde pasar la noche. Al ruido de sus pasos,
Nejludov, caminando quedamente y reteniendo
el aliento, como si fuera a cometer un crimen,
se deslizó en la habitación donde ella estaba.
Ella tenía las manos metidas en una funda a
fin de introducir allí la almohada. Se volvió
hacia Nejludov y sonrió, pero no con aquella
sonrisa gozosa y confiada de otros tiempos,
sino con una sonrisa temerosa, angustiada. Pa-
recía decirle a Nejludov que lo que hacía estaba
mal, y éste se detuvo un instante. En aquel
momento la lucha aún era posible. Muy débil-
mente, él oía la voz de su verdadero amor, que
le hablaba de ella de sus sentimientos para con
ella, de la vida de ella. Pero otra voz le decía:
«¡Ten cuidado, vas a dejar escapar tu felicidad,
tu placer!». Y la última voz ahogó a la primera.
Con paso resuelto, avanzó hacia la joven, obe-
deciendo a un sentimiento bestial, irresistible.
Teniéndola ceñida en un sólido abrazo, sintió
que era necesario hacer algo más; y la sentó en
la cama y él se sentó junto a ella.
-¡Dmitri Ivanovitch, querido, por favor, déje-
me! -murmuró ella con voz suplicante -¡Ahí
viene Matrena Pavlovna! -exclamó despren-
diéndose bruscamente.
En efecto, alguien venía.
-¡Escucha! -le susurró Nejludov -. Iré a re-
unirme contigo por la noche. Estarás sola, ¿ver-
dad?
-¿Qué dice. usted? ¡Nunca en la vida! ¡No está
bien! -decían sus labios; pero toda su persona,
conmovida, turbada, decia otra cosa.
Era, desde luego, Matrena Pavlovna. Entró en
la habitación trayendo cobertores. Lanzó a Ne-
jludov una mirada de reproche y regaño a Ka-
tucha por haberse olvidado de recoger la colcha
que hacía falta.
Silenciosamente, Nejludov salió, sin ni siquie-
ra sentir verguenza. En la mirada de Matrena
Pavlovna había leído una censura, y ella tenía,
bien lo sabía él, derecho a censurarle, porque lo
que él hacia estaba mal; pero es que ya el instin-
to bestial, suplantando su antiguo amor por
Katucha, lo dominaba, reinaba unico en él. Se
sentía obligado a satisfacer ese instinto y no
pensaba más que en los medios de conseguirlo.
No pudo estarse quieto en un sitio durante la
velada, y unas veces entraba en la sala de sus
tías y otras iba a su habitación o salía a la esca-
linata. Su solo pensamiento era volver a ver a
Katucha; pero ésta lo esquivaba, vigilada
además por Matrena Pavlovna.
XVII
Transcurrida así la velada, vino la noche. El
médico fue a acostarse y las tías se retiraron a
sus habitaciones. Nejludov sabía que en aque-
llos momentos Matrena Pavlovna ayudaba a
desnudarse a las viejas señoritas. Katucha debía
de estar sola en la cocina. De nuevo Nejludov
salió a la escalinata. La noche era sombría,
húmeda, pegajosa; una neblina blanca, produ-
cida en primavera por la fusión de la nieve,
llenaba el aire. Del río, a cien pasos de la casa,
llegaban ruidos extraños: era el hielo que se
rompía.
Nejludov bajó la escalinata, franqueó los
charcos de agua para poner los pies en nieve
dura y avanzó hasta la ventana de la cocina. El
corazón le latía con tanta fuerza en el pecho,
que llegaba a oír los latidos; ora se le paraba la
respiración, ora le salía jadeante en un soplo
penoso. Una lamparilla alumbraba la cocina.
Katucha estaba alli sola, sentada cerca de la
mesa, los ojos fijos en el vacío, la expresión
pensativa. Y, durante largo rato, Nejludov se
quedó observándola, con la curiosidad de saber
qué haría ella a continuación. La muchacha
conservó la misma postura durante algunos
minutos, alzó los ojos, sonrió, hizo una señal de
cabeza como si se hubiese dirigido un reproche
a sí misma; luego, con ademán convulso, posó
las manos sobre la mesa y volvió de nuevo a
mirar el vacío.
Él seguía alli mirándola, escuchando a pesar
suyo los latidos de su propio corazón y los rui-
dos extraños que llegaban del río. Allá. lejos, en
medio de la bruma, se proseguía un trabajo
incesante y lento; algo parecía roncar, partirse,
hundirse, y delgados témpanos resonaban co-
mo cristal.
Nejludov, inmóvil, seguía en el fatigado y
pensativo rostro de Katucha las fases de un
trabajo interior igualmente penoso; y tenía
lástima de ella, pero era una lástima singular
que le aumentaba su deseo de poseerla.
A partir de aquel instante, el deseo lo invadió
por entero. Llamó a la ventana. Como movida
por un choque eléctrico, todo su cuerpo se es-
tremeció y su rostro adquirió una expresión de
terror. Luego se levantó sobresaltada, corrió a
la ventana y pegó la cara al cristal. La expresión
de susto se mantuvo cuando, con las dos manos
colocadas por encima de los ojos para ver me-
jor, reconoció a Nejludov. Éste nunca le había
visto un semblante tan serio. Ella sonrió des-
pués que él le hubo sonreído, pero por sumi-
sión a él, pues Nejludov notó claramente que
en el alma de la muchacha persistia el espanto
en lugar de la sonrisa. Con la mano le hizo se-
ñas para que viniese a reunirse con él en el pa-
tio. Ella sacudió la cabeza: ¡no, no saldría!, y se
quedó cerca de la ventana. Él volvió a pegar la
cara al cristal, dispuesto a gritarle que saliera;
pero ella se volvió en el mismo instante hacia la
puerta. Sin duda, alguien la había llamado. Él
se alejó de la ventana. La neblina era tan inten-
sa, que a cinco pasos de la casa no se distingu-
ían ya las ventanas, sino solamente una gran
masa sombría, agujereada por el resplandor
rojo de una lámpara. En el río, siempre el mis-
mo ronquido, el mismo frotamiento el mismo,
crujir, el. mismo tintineo de los témpanos. De
pronto, a traves de la niebla, cantó un gallo, y
otros respondieron en el. corral; otros, más le-
jos, en el campo, lanzaron sus llamamientos
alternados, que pronto fueron fundiéndose en
un único gran ruido. Era ya el canto de los ga-
llos anunciando el alba. El silencio planeaba
por los alrededores de donde sólo subía el tu-
multo del río.
Habiendo dado algunos pasos de arriba abajo
delante de la casa y habiéndose mojado varias
veces los pies en los charcos de agua, Nejludov
se acercó de nuevo a las ventanas de la cocina.
A la luz de la lámpara volvió a ver a Katucha,
sentada cerca de la mesa, en una actitud indeci-
sa. Pero apenas se hu~ acercado a la ventana,
ella levantó los ojos hacia él. Él llamó. Inmedia-
tamente, sin ni siquiera mirar quién llamaba,
salió de la cocina; él oyó el rechinar de la puerta
al abrirse y luego, al cerrarse. Corrió a esperarla
delante de la escalinata y, sin decir palabra, la
enlazó entre sus brazos. Apretada contra él, ella
alzó la cabeza y ofreció sus labios al beso. y se
mantuvieron de pie, en la esquina de la casa, en
un sitio seco. y cada vez mas crecía en Nejlu-
dov el deseo de poseerla. Pero la puerta rechinó
de nuevo, y, en la noche, la. voz irritada de Ma-
trena Pavlovna gritó:
-¡Katucha!-
Ésta se arrancó de los brazos de Nejludov y se
lanzó hacia la cocina. Él oyó echar el cerrojo;
luego, en el silencio que se hizo de nuevo, el
resplandor rojo de la lámpara desapareció. No
quedó nada más que la bruma y el estruendo
del río.
Nejludov se acercó a la ventana y no pudo
ver nada. Llamó y no recibió respuesta. Volvió
a entrar en la casa por la escalinata grande y se
dirigió a su habitación, pero no se acostó. Un
rato más tarde, se quitó las botas y avanzó por
el pasillo hasta la habitación donde se acostaba
Katucha. Al pasar ante la de Matrena Pavlovna,
oyó que ésta roncaba apaciblemente. Siguió
andando, pero de pronto Matrena Pavlovna
tosió y se removió en su lecho. Nejludov quedó
inmóvil durante cinco minutos. Luego todo se
calló y él oyó de nuevo el ronquido de la ancia-
na.
Prosiguió su camino, evitando con cuidado
hacer crujir el suelo. Por fin se encontró ante la
puerta de Katucha. Ni un soplo en el interior;
con toda seguridad, ella no dormía, porque él
habría oído el murmullo de su respiración. Pe-
ro, apenas susurró: «¡Katucha!», ésta se lanzó
hacia la puerta y, con un tono que parecía de
enfado, lo intimó a que se márchase.
-Pero, ¿qué hace usted ahí? ¿Es posible? ¡Van
a despertarse sus tías! -decían sus labios. Pero
todo su ser decía: «¡Soy toda tuya!» Y eso fue lo
único que oyó Nejludov.
-Te lo ruego, ábreme solamente un momento,
te lo suplico- Hablaba sin pensar en lo que de-
cía.
Se hizo un silencio; luego Nejludov oyó pal-
par una mano que en las tinieblas buscaba el
cerrojillo de la puerta. Ésta se abrió y Nejludov
penetró en la habitación. Agarró a Katucha,
vestida solamente con un camisón de tela grue-
sa, con los brazos desnudos, la alzó en vilo y se
la llevó.
-¡Oh!, ¿qué hace usted? -murmuraba ella.
Pero, sin escuchar sus palabras, se la llevaba a
su habitación. -¡Oh, no está bien! ¡Déjeme! -
decía ella; y, sin embargo, se apretaba contra él.
. . . . . . .
. . . . . .
.
Cuando la hubo abandonado, toda tembloro-
sa y callada, él salió a la escalinata y se quedó
allí de pie, buscando el sentido de lo que aca-
baba de ocurrir.
Fuera había más claridad. Abajo, el crujido, el
derrumbamiento, el tintineo de los témpanos
aumentaban cada vez más ya aquellos ruidos se
añadía además el murmullo del agua. Detrás de
la cortina de bruma que empezaba a desvane-
cerse transparecía vagamente la media luna,
alumbrando en semitinieblas algo sombrío y
trágico.
«¿Qué es todo esto? ¿Me ha sucedido una
gran dicha o una gran desgracia? -se pregunta-
ba Nejludov -.¡Bah, todo el mundo se comporta
así», concluyó; y fue a acostarse.
XVIII
Al día siguiente, Schönbok, amigo de Nejlu-
dov, vino a recogerlo a casa de sus tías. Guapo,
brillante, jovial, encantó literalmente a las seño-
ritas con su elegancia, su cortesía, su generosi-
dad y su afecto hacia Dmitri. Pero aun gustán-
doles mucho, su generosidad les parecía exage-
rada. Se asombraron al verle dar un rublo aun
mendigo ciego, distribuir quince como propi-
nas a la servidumbre y desgarrar sin vacilación
un pañuelo de batista bordado para vendar la
pata de Suzette, la perrita de Sofía Ivanovna.
Ahora bien, ésta sabía que semejantes pañuelos
no pueden costar menos de quince rublos la
docena. Nunca las dignas tías habían visto na-
da parecido; ignoraban igualmente que ese
Schonbok tenía 200.000 rublos de deudas y que
estaba bien resuelto a no pagarlos jamás; por
eso veinticinco rublos más o menos apenas ten-
ían importancia para él.
No pasó más que un día en casa de las señori-
tas ya la noche siguiente volvió a ponerse en
camino con Nejludov. Llegados al límite extre-
mo del plazo que les habían concedido para
incorporarse a su regimiento, no podían pro-
longar su estancia.
Durante este primer día, el alma de Nejludov
no podía librarse del recuerdo de la noche ante-
rior. Dos sentimientos opuestos combatían en
ella: uno, el recuerdo ardiente de un amor bes-
tial que, aun no habiendo dado todo lo que
prometía, dejaba sin embargo la satisfacci6n de
un deseo realizado; el otro, la conciencia de
haber cometido un acto malo, con obligación de
repararlo, y esto no por ella, sino por él.
Porque, en el estado de locura egoísta en que
se encontraba, Nejludov no podía pensar más
que en él. Se inquietaba por la manera como se
podría considerar su conducta respecto a la
muchacha, y no pensaba en modo alguno en lo
que ésta podría sentir ni en lo que a ella le su-
cedería.
Creía desde luego que Schonbok había adivi-
nado sus relaciones con Katucha, y eso halaga-
ba su amor propio.
-He aquí -le dijo este último desde que hubo
visto a la muchacha -la causa de tu repentino
afecto por tus tías y el porqué estás aquí desde
hace cuatro días. La verdad es que en tu lugar
yo habría hecho otro tanto: es encantadora.
Y Nejludov pensaba que, a despecho de sus
deseos no saciados, era más ventajoso aún par-
tir y romper de un solo golpe relaciones difíci-
les de continuar. Pensaba también que era de-
ber suyo dar dinero a Katucha, no por ella ni
porque tuviera necesidad, sino porque eso es lo
que se hace siempre y porque lo habrían consi-
derado como un hombre sin honor si no le
hubiese pagado por haberla poseído. Y, en efec-
to, resolvió darle una suma adecuada a la res-
pectiva situación de ambos.
El día de la partida, después del almuerzo, la
esperó en la antecámara. Al verlo, ella se puso
toda roja y quiso pasar, señalando con una mi-
rada la puerta abierta de la cocina. Pero él la
retuvo.
-Quería decirte adiós -le dijo, tratando de me-
terle en la mano un sobre donde había puesto
un billete de cien rublos -. Toma..
Ella comprendió, frunció las cejas, sacudió la
cabeza y rechazó la mano tendida de Nejludov.
-¡Vamos, toma! -murmuró él. Le hundió el
sobre en la abertura del corpiño. Y, como si se
hubiese quemado los dedos, frunciendo a su
vez las cejas y gimiendo, corrió a encerrarse en
su habitación.
Allí, caminando de arriba abajo, se retorcía, se
sobresaltaba, lanzaba exclamaciones, como tor-
turado por un dolor físico al recuerdo de su
última entrevista con Katucha.
Pero, ¿qué hacer? ¿No obraba todo el mundo
así? ¿No era así como había obrado Schonbok
con aquella institutriz cuya historia le había
referido? ¿y su tío Gricha? ¿y su propio padre,
cuando había tenido de una campesina de sus
tierras aquel hijo natural, Mitegnka, que vivía
aún? Y puesto que todo el mundo obraba así,
así era como él tenía que obrar. Basándose en
todo aquello, procuraba tranquilizarse, pero sin
conseguirlo completamente.
En lo más profundo de su alma juzgaba su
acción tan fea, tan baja, tan cruel, que no sola-
mente había perdido el derecho de juzgar a los
demás, sino incluso de mirarlos a la cara. Y sin
embargo, estaba obligado a considerarse a sí
mismo como un hombre lleno de nobleza, de
honor y de generosidad: solamente a ese precio
podía continuar viviendo la vida que vivía. No
tenía para eso más que un solo medio: no pen-
sar en lo que acababa de hacer. Empleó ese me-
dio.
La existencia que le aguardaba. el ambiente,
los camaradas, la guerra, eran propicios a ese
olvido. y cuanto más vivía, más olvidaba; tanto,
que había olvidado del todo.
Sin embargo, una vez, a su regreso de la gue-
rra, habiéndose detenido en casa de sus tías con
la esperanza de volver a ver allí a Katucha, hab-
ía sentido que se le oprimía el corazón al ente-
rarse de que ya no estaba allí, que había aban-
donado la casa poco después de haberse él
marchado, para dar a luz, y que luego, según
las ancianas señoritas, se había degradado
completamente.
A juzgar por las fechas, el niño nacido de ella
podría ser de él; pero también podía no ser de
él. Al contarle aquello, sus tías habían añadido
que incluso antes de abandonarlas, Katucha se
había desenfrenado completamente: era una
naturaleza viciosa como su madre. Este juicio
de sus tías agradaba a Nejludov, quien se en-
contraba así absuelto en cierto modo. Tuvo al
principio la intención de buscar a Katucha y al
niño; pero en el fondo de su alma le resultaba
penoso y humillante el recuerdo de su conduc-
ta, y no realizó esfuerzo alguno para encontrar-
la; más aún, olvidó su falta y cesó completa-
mente de pensar en aquello.
Y he aquí que ahora un azar extraordinario le
recordaba todo eso, lo obligaba a condenar el
egoísmo, la crueldad y la bajeza gracias a los
cuales. durante. diez años, había podido vivir
tranquilamente con una falta semejante sobre la
conciencia. Pero estaba aún lejos de consentir
en una confesión sincera de su indignidad; y,
todavía en aquel momento, pensaba únicamen-
te en evitar que todo fuera descubierto y que
las revelaciones de Katucha, o de su defensor,
no lo mostrasen ante todos tal como había sido.
XIX
Tal era la disposición de espíritu de Nejludov
mientras, en la sala del jurado, aguardaba que
se reanudase la vista. Sentado cerca de la ven-
tana, ola el ruido de las conversaciones de sus
colegas y fumaba sin cesar.
Sin duda alguna, el comerciante jovial apre-
ciaba mucho la manera de matar el tiempo em-
pleada por Smielkov.
La verdad es que las francachelas del indivi-
duo eran bárbaras, a lo siberiano. y no tenía
pelo de tonto: había elegido una agradable jo-
vencita.
El jefe del jurado exponía consideraciones
tendentes a colocar todo el nervio del asunto en
los expertos. Peter Guerassimovitch bromeaba
y se reía a carcajadas con el dependiente judío.
Nejludov respondía con monosílabos a las pre-
guntas que le hacían y deseaba solamente que
lo dejasen tranquilo.
Cuando, con su pasito saltarín, el portero de
estrados entró en la sala para volver a llamar a
los jurados, Nejludov experimentó un senti-
miento de espanto, como si fuese, no a juzgar,
sino a ser juzgado él mismo. En el fondo de su
alma, a partir de entonces, se encontraba mise-
rable, indigno de mirar a los demás hombres a
la cara, y, sin embargo, la fuerza de la costum-
bre lo llevó, con un paso muy seguro, al estra-
do, donde volvió a ocupar su asiento, en prime-
ra fila, muy cerca del asiento del jefe del jurado;
tras lo cual cruzó con desenvoltura las piernas
y se puso a jugar con sus lentes.
Traían en aquel momento a los detenidos, a
los que también habían llevado fuera de la sala.
Habían introducido a nuevas figuras: los tes-
tigos. Nejludov observó que Katucha lanzaba
ojeadas frecuentes a una gruesa dama chillo-
namente vestida de seda y de terciopelo y toca-
da con un enorme sombrero adornado con un
gran lazo. Sentada en primera fila detrás de la
rejilla, tenía sobre el brazo desnudo hasta el
codo un elegante ridículo. Nejludov se enteró
pronto de que era la patrona de la casa donde
Maslova había vivido en último lugar.
Inmediatamente se procedió a la audición de
los testigos: nombres, religión, etcétera. Des-
pués que les preguntaron si querían o no decla-
rar bajo juramento, el pope reapareció sobre d
estrado arrastrando penosamente las piernas;
de nuevo, ajustando la cruz de oro que le col-
gaba sobre el pecho, se dirigió hacia el icono,
para hacer prestar allí el juramento a los testi-
gos y al perito, con la misma serenidad y la
misma seguridad de cumplir una función esen-
cialmente importante y útil. Acabada esta for-
malidad, el presidente hizo salir a todos los
testigos, con excepción de la dama gruesa, Ki-
taieva, patrona de la casa de tolerancia. La invi-
taron a que dijese lo que sabía sobre el envene-
namiento. Con una sonrisa afectada, la cabeza
escondida en su sombrero y cada una de sus
frases pronunciada con acento alemán, expuso,
con minuciosidad y método, todo lo que sabía.
Primeramente, el mozo del hotel, Simón, hab-
ía venido a su establecimiento para buscar en él
a una de sus señoritas y llevársela al comercian-
te siberiano. Ella había enviado a Lubacha, esto
es, Lubov. Algún tiempo después aquélla había
vuelto con el comerciante.
Estaba ya en éxtasis -añadió Kitaieva con una
ligera sonrisa - Luego había continuado be-
biendo y convidando a todas las mujeres hasta
que, no teniendo ya más dinero encima, había
enviado, al hotel donde se alojaba, a esa misma
Lubacha, por la que sentía una verdadera predi-
lección -añ[Link]ó, volviendo los ojos hacia la de-
tenida.
A estas palabras, Nejludov creyó ver sonreír a
Maslova y eso le hizo sentir disgusto. Un sen-
timiento extraño, impreciso, de repulsión y de
sufrimiento, le invadió el corazón.
-¿Querría la testigo damos a conocer su opi-
nión sobre Maslova? -preguntó, tímido y rubo-
rizándose, el defensor de signado de oficio para
la muchacha.
Mi opinión no puede ser mejor -respondió Ki-
taieva -. Es una joven de excelentes modales y
llena de elegancia. Se ha criado en una noble
familia y sabe incluso francés. Quizás alguna
vez haya bebido con cierto exceso, pero jamás
hasta el punto de perder la cabeza. ¡Es una mu-
chacha excelente!
Katucha, que había tenido los ojos clavados
en la patrona, los volvió en seguida a los jura-
dos y los detuvo en Nejludov. El rostro de la
joven se puso grave, rígido. Bizqueando, uno
de sus ojos tenía una expresión severa y, duran-
te un rato bastante largo, aquella extraña mira-
da pesó sobre Nejludov; y, a pesar del espanto
de éste, le era imposible despegar su vista de
aquellos ojos que bizqueaban y cuyo blanco
despedía chispas. Se acordó de la espantosa
noche, del crujido del hielo en el río, de la nie-
bla y sobre todo de aquella luna escotada y
tumbada que, habiendo salido hacia el amane-
cer, había alumbrado algo sombrío y terrible. y
esos dos ojos negros, atornillados a los suyos, le
recordaban vagamente aquella cosa negra y
terrible.
«iMe ha reconocido!», pensaba. Y, maquinal-
mente, se retrepó en su asiento, aguardando el
choque.
Pero ella no lo había reconocido. Tranquila-
mente lanzó un suspiro, y de nuevo se quedó
mirando con fijeza al presidente. y Nejludov
suspiró también: «¡Ah! -pensó-. ¡Que acabe esto
de una vez!» Experimentaba una impresión a
menudo sentida ya en las cacerías, cuando se
trataba de rematar a un pájaro herido: mezcla
de repulsión, de lástima y de pena. El pájaro
herido se debate en el morral: se vacila y se
siente al mismo tiempo disgusto y lástima, y
uno querría acabar lo antes posible y olvidar.
Sentimientos idénticos llenaban por aquel en-
tonces el alma de Nejludov al escuchar las res-
puestas de los testigos.
XX
Ahora bien, como hecho a posta, el asunto se
iba alargando. Cuando, uno a uno, fueron in-
terrogados los testigos y el perito; cuando,
según la costumbre, el fiscal y los abogados
hubieron hecho, con aire muy importante, nu-
merosas preguntas perfectamente inútiles, el
presidente invitó a los jurados a tomar conoci-
miento de las piezas de convicción, consistentes
en un anillo enorme con una rosa de brillantes,
hecho para un índice de grosor extraordinario,
y un filtro que había servido para analizar el
veneno. Tales objetos estaban sellados y etique-
tados.
Los jurados iban a levantarse de sus asientos
para examinar esos objetos, cuando el fiscal se
puso en pie para pedir que antes de mostrar las
piezas de convicción se diese lectura de los re-
sultados de la autopsia practicada en el cadá-
ver. El presidente, metiendo prisa al asunto
para ir lo más pronto posible a reunirse con su
suiza, no ignoraba que el único efecto de esta
lectura sería aburrir a todo el mundo y retardar
la hora de comer, ni que el fiscal exigía esa lec-
tura únicamente porque tenía derecho para
ello. No pudiendo oponerse, tuvo que consen-
tir. El escribano exhibió unos papeles y, con voz
monótona, hablando con media lengua al llegar
a las eles ya les erres, se puso a leer.
Del examen exterior del cadáver resulta que:
1.º La estatura de Feraponte Smielkov era de
2 archines y 12 verchoks. (aproximadamente 1.90
m. N de T).
2.º La edad, por lo que era posible juzgar a
resultas del examen exterior, era de unos cua-
renta años.
3.º En el momento del examen, el cadáver es-
taba hinchado.
4.º La epidermis era de color verdoso y esta-
ba cubierto de manchas negras.
5.º La piel estaba levantada con ampollas de
diversos tamaños, en algunos sitios reventadas
y colgantes.
6.º Los cabellos, de un rubio oscuro, muy es-
pesos, se separaban de la piel al menor contacto
del dedo.
7.º Los ojos estaban fuera de sus órbitas, y la
córnea turbia.
8.º De las ventanillas de la nariz, de las orejas
y de la boca entreabierta fluía un pus pegajoso
y fétido.
9.º El cuello del cadáver había casi desapare-
cido a consecuencia de la hinchazón de la cara
y del busto.
Etcétera, etcétera.
En cuatro páginas, en veintisiete puntos, se
alargaba así la descripción detallada resultante
del examen exterior del espantoso, del corpu-
lento, del gran cadáver hinchado y descom-
puesto del jovial comerciante que tanto se había
divertido en la ciudad. Y esta lectura macabra
aumentó aún más el indefinible sentimiento de
disgusto experimentado por Nejludov. La exis-
tencia de Katucha, el pus que fluía de las ven-
tanillas de la nariz del comerciante, los ojos
salidos de sus órbitas, y su propia conducta
pasada con relación a la muchacha, eran otros
tantos hechos que le pareclan del mismo tipo y
que le daban la impresión de apretarlo y sofo-
carlo.
Terminada esta lectura del examen exterior,
el presidente, creyendo que ya se había acaba-
do, lanzó un suspiro de alivio y levantó la ca-
beza, pero a continuación el escribano pasó a
un segundo documento: el examen interior del
cadáver.
El presidente volvió a dejar caer la cabeza, se
acodó en la mesa y cerró los ojos. El comercian-
te, vecino de Nejludov, esforzándose en escapar
al sueño, no por ello dejaba de perder algunas
veces el equilibrio; los acusados mismos y los
guardias que los custodiaban se habían inmovi-
lizado.
El examen interior del cadáver había demos-
trado que:
1 La piel que envolvía el cráneo estaba li-
geramente se parada de los huesos, pero
sin huella alguna de hemorragia.
2 Los huesos del cráneo eran de dimen-
siones normales y estaban intactos.
3 En la envoltura cervical se veían man-
chitas pigmentarias de un matiz mate
pálido.
Etcétera, etcétera. Y así 13 puntos más del
mismo género.
Seguían los nombres de los testigos de la en-
cuesta, sus firmas y por fin las conclusiones del
médico perito afirmando que por los accidentes
comprobados en el estómago, en los intestinos
y en los riñones del comerciante Smielkov se
podía deducir, con un cierto grado de verosimili-
tud, que Smielkov había muerto por la absor-
ción de un veneno, tragado por él con el aguar-
diente. En cuanto a juzgar con exactitud, por las
modificaciones sufridas en el estómago y en los
intestinos, sobre la naturaleza misma del vene-
no, eso era imposible; y en cuanto a la hipótesis
de la absorción del veneno junto con el aguar-
diente, se derivaba de la gran cantidad de
aguardiente encontrada en el estómago del
comerciante.
-Bueno, eso prueba que bebía de lo lindo -
murmuró de nuevo al oído de Nejludov el co-
merciante, su vecino, que se ha bía despertado
de pronto.
La lectura del llamado proceso verbal había
durado casi una hora; pero el fiscal era insacia-
ble. Cuando el. escribano hubo acabado de leer
las conclusiones del médico perito, el presiden-
te dijo, volviéndose hacia el fiscal:
-Creo que no hay utilidad ninguna en leer el
resultado del análisis de las vísceras.
-Perdón; pido que se lleve acabo su lectura -
dijo el fiscal con tono severo, sin mirar al presi-
dente e inclinandose un poco hacia un lado; y el
tono de su voz daba a [Link] que tenía dere-
cho a exigir esta lectura, que no renunciaría a
ella a ningún precio y que la negativa de esta
lectura entrañaría la casación del proceso.
El juez de la gran barba se sentía trabajado de
nuevo por su dolencia de estómago.
-¿Para qué esa lectura? -preguntó al presiden-
te-. No puede ser más que una pérdida de
tiempo. ¡Esta escoba no barre mejor, pero em-
plea más tiempo!
El juez de gafas con montura de oro perma-
necía mudo. Miraba ante él con aire sombrío,
resignado a no esperar nada bueno de su mujer
en particular ni de la vida en general.
Y la lectura del acta empezó:
«Año 188..., día 15 de febrero, nosotros, los
abajo firmantes, a requerimiento de la inspec-
ción médica nº 638... -el escribano se había
puesto de nuevo a leer con tono resuelto, ele-
vando la voz para tratar de vencer su propia
somnolencia y la de todos los asistentes -, en
presencia del inspector médico, hemos proce-
dido al análisis de los objetos que se enuncian
más abajo:
»1.º Del pulmón derecho y del corazón (con-
tenidos en un recipiente de cristal de seis li-
bras);
»2.º del contenido de! estómago (en un reci-
piente de cristal de seis libras);
»3.º del estómago (contenido en un recipiente
de cristal de seis libras);
»4.º del hígado, el bazo y de los riñones (con-
tenido en un recipiente de cristal de tres libras);
»5.º de los intestinos (contenidos en un reci-
piente de greda de seis libras)...»
Al principio de esta lectura, el presidente
murmuró algo al oído de cada uno de sus ase-
sores. Luego, habiendo respondido los dos
afirmativamente, hizo una señal al escribano
para que se detuviera.
- El tribunal – declaró estima inútil la lectura
de esa acta.
Inmediatamente el escribano se calló y reunió
sus folios, en tanto que el fiscal, con aire furi-
bundo, garrapateaba una nota.
- Los señores jurados- dijo el presidente-
pueden desde ahora tomar conocimien-
to de las piezas de convicción.
Muchos se levantaron, visiblemente preocu-
pados por saber cómo pondrían las manos du-
rante esta inspección, y se acercaron a la mesa,
donde sucesivamente examinaron la sortija, los
recipientes y el filtro. El comerciante se aven-
turó a probarse la sortija en uno de sus dedos.
-¡Vaya- dijo al volver a su puesto-, vaya un
dedo! Grueso como un pepino -añadió, visi-
blemente divertido por la talla hercúlea que
atribuía al comerciante envenenado.
XXI
Después del examen por los jurados de las
piezas de convicción, el presidente declaró ce-
rrada la instrucción judicial; y, sin interrupción,
deseando además terminar cuanto antes la vis-
ta, concedió la palabra al fiscal, esperando que
éste, siendo hombre, también tendría deseos de
fumar y de comer y que se apiadaría de la con-
currencia. Pero el fiscal interino no tuvo más
piedad de él mismo que los demás. Tonto por
naturaleza, tenía además la desgracia de haber
salido del instituto con una medalla de oro y,
luego, en la universidad, de haber ganado un
premio por su tesis sobre las servidumbres en
derecho romano; por lo que era vanidoso en el
más alto grado y estaba infatuado de su perso-
na, a lo que habían contribuido además sus
éxitos con las damas; y, como consecuencia, su
estupidez natural era gigantesca. Cuando el
presidente le concedió la palabra, se levantó
majestuosamente, haciendo resaltar, en su uni-
forme bordado, sus elegantes formas; puso las
manos sobre el pupitre y, con la cabeza inclina-
da, paseando una amplia mirada por la concu-
rrencia, exceptuando a los detenidos, empezó:
-El asunto que se les somete, señores del ju-
rado, constituye, si puedo expresarme así, un
hecho de criminalidad esencialmente caracterís-
tica.
Tal fue el comienzo de su discurso, preparado
durante la lectura de los procesos verbales.
En su opinión, su requisitoria debía tener un
alcance social y semejarse así a los famosos dis-
cursos que habían servido de base a la gloria de
los grandes abogados. Su auditorio, a decir
verdad, no estaba formado aquel día más que
por tres mujeres: una costurera, una cocinera,
luego la hermana de Simón y, por fin, un co-
chero; pero esta consideración no podía dete-
nerlo. Las celebridades del foro habían empe-
zado de la misma manera. El principio que él
profesaba consistía en estar siempre a la altura
de su situación, es decir, penetrar hasta lo más
profundo de la psicología del crimen y poner al
desnudo las llagas de la sociedad.
Ven ante ustedes, señores del jurado, un cri-
men absolutamente característico, por decirlo
así, de nuestro fin de siglo y que lleva en él, si
me atrevo a decirlo, los rasgos específicos de
ese proceso especial de descomposición moral
que afecta en nuestros días a los numerosos
elementos de nuestra sociedad y que se encuen-
tra particularmente iluminado, por decido así,
por las ardientes irradiaciones de este proceso...
Habló así mucho tiempo, buscando, por un
lado, acordarse de la agrupación de las frases
que había preparado y, por otra parte y sobre
todo, no detenerse un solo minuto, para que su
discurso fluyese sin interrupción por lo menos
durante una hora y cuarto. Una vez, sin embar-
go, perdió el hilo de su argumentación, y, du-
rante bastante tiempo, tragó saliva; pero recu-
peró su impulso y hasta consiguió, con un to-
rrente de elocuencia exacerbada, redimir su
fallo pasajero. Ora hablaba con una voz blanda
e insinuante, balanceándose sobre uno u otro
pie y mirando fijamente a los jurados, ora con
un tono calmoso y solemne, consultando sus
papeles; o bien con una voz atronadora y exal-
tada, volviéndose hacia el publico y el jurado.
Pero no se dignó honrar con una sola mirada .a
los acusados, cuyos ojos estaban fijos en él. Su
requisitona hormigueaba de fórmulas nuevas,
de moda en su mundo, reputadas entonces, y
todavía hoy, como el último grito de la ciencia.
Hablaba de herencia, de criminalidad nata, de
Lombroso, de Tarde, de evolución, de lucha por
la vida, de hipnotismo y de sugestion, de Char-
cot y de decadentismo.
Según su definición, el comerclante Smlelkov
era el prototipo del ruso poderoso y natural
que, con su naturaleza amplia, confiada y gene-
rosa, se había convertido en la presa de seres
profundamente depravados en cuyo. poder
había caído.
Simón Kartinkin, producto atávico de la anti-
gua servidubre, era el hombre incompleto, ig-
norante, desprovisto de principios e incluso de
religión. Su amante, Eufemia, era una víctima
de la herencia: su aspecto fisico y su carácter
moral estigmatizaban bastante su degenera-
ción. Pero el motor pnncipal del crimen era
Maslova, fruto podrido hasta el corazón de la
decadencia social contemporánea.
- Esa criatura- proseguía él, siempre sin mi-
rarla -, privilegiada entre sus cómplices, fue
llamada a los beneficios de la instrucción. Aca-
bamos de oír hace un rato la declaraclon de su
patrona: nos hemos enterado no solamente de
que la acusada sabe leer y escribir, sino de que
sabe francés. Huerfana, llevando sin duda en
ella el germen del crimen, criada en el seno de
una familia noble e instruida, habría podido
vivir de un trabajo honorable; pero abandonó a
sus bienhechores para entregarse sin freno a
sus instintos perversos; y, para satisfacerlos
mejor, entró en una casa de tolerancia, donde se
distinguía de sus compañeras gracias a su ins-
trucción y, sobre todo, como ustedes mismos
acaban de oírlo afirmar, señores del jurado, por
boca de su misma patrona,. gracias a su, poder
misterioso sobre los clientes, poder estudiado
en estos últimos tiempos por la ciencia, por la
escuela de Charcot sobre todo, y conocido con
el nombre de sugestión. y este poder lo ejerció
ella sobre el honrado e ingenuo gigante ruso
caído entre sus manos; abusó de su confianza
para despojarlo primero de su dinero y, des-
pués, de su vida.
-.Caramba, lleva un poco lejos sus compara-
ciones! –dijo sonriedo el presidente, quien se
inclinó hacia el juez severo.
-¡ Un terrible imbéci1! -respondió este último.
-Señores jurados -proseguía mientras tanto el
fiscal, con un movimiento nervioso de su fino
talle -, la suerte de estas gentes está ahora en
manos de ustedes; y también, en parte, la suerte
de la sociedad, que depende de la forma como
ustedes juzguen. No dudo de que calarán el
sentido fundamental de este crimen; de que se
convencerán del peligro que hacen correr a la
sociedad estos fenómenos patológicos, estas
individualidades como la de Maslova; y uste-
des preservarán a la sociedad de su contagio;
ustedes salvarán a los elementos sanos y robus-
tos de esta contaminación que engendra la
muerte.
Y como aplastado él mismo por la importan-
cia social del veredicto que habría de dictarse,
encantadísimo con su discurso, el fiscal se dejó
caer sobre su asiento.
El sentido de su requisitoria, despojado de las
flores de elocuencia, consistía en sostener que
Maslova había hipnotizado al comerciante; que
había monopolizado su confianza y que, una
vez llegada, provista de la llave, a la habitación
del hotel, para buscar alli una parte del dinero,
había querido apoderarse de todo; pero que,
sorprendida por Eufemia y Simón, había tenido
que repartir con ellos. Luego, para borrar las
huellas de su latrocinio, había obligado al co-
merciante a volver con ella al hotel, y alli lo
había envenenado.
Terminada la requisitoria, se vio como en el
banco de los abogados se levantaba un hom-
brecito de edad madura, con levita y una am-
plia pechera almidonada, que inició inmediata-
mente un discurso para defender a Kartinkin
ya Botchkova. Este abogado había recibido de
ellos 300 rublos por su defensa, y, para hacerlos
parecer inocentes, no descuidó nada en lo que
se refería a echar todas las culpas sobre Maslo-
va.
Refutó primeramente la afirmación de esta
última de que había requerido la presencia de
Botchkova y de Kartinkin en la habitación
cuando ella cogió el dinero. Esta afirmación,
declaraba el abogado, no podía tener ningún
valor por cuanto emanaba de una persona con-
victa de envenenamiento. Los 2.500 rublos in-
gresados en el Banco por Simón podían ser per-
fectamente el producto de las ganancias de dos
criados laboriosos y probos, que recibían cada
día de los clientes de tres a cinco rublos de pro-
pina. Pero el dinero del comerciante lo había
robado, sin duda, Maslova, quien se lo había
dado a álguien o lo había perdido, ya que el
sumario demostraba que aquella noche ella se
había hallado en un estado anormal. En cuanto
al envenenamiento, ella sola lo había cometido.
Consiguientemente, el abogado rogaba a los
jurados que declarasen inocente a Kartinkin y a
Botchkova del robo del dinero; añadía que en
cualquier caso, si los jurados los reconocían
culpables de robo, les rogaba que descartasen la
participación en el envenenamiento y la pre-
meditación.
Para concluir y fastidiar al fiscal, el abogado
hizo notar que «las consideraciones brillantes
del señor fiscal sobre la herencia», a pesar de su
importancia desde el punto de vista científico,
no eran de tener en cuenta, ya que Botchkova
había nacido de padre y madre desconocidos.
Con expresión de enfado, el fiscal garrapateó
rápidamente algo en un papel y se encogió
desdeñosamente de hombros.
El defensor de Maslova se levantó a conti-
nuación y, tímidamente, vacilante, expuso su
defensa.
Sin negar la participación de Maslova en el
robo del dinero, insistió en desmentir que ésta
tuviera intención de envenenar a Smielkov,
arguyendo que no le había dado los polvos más
que para dormirlo. Ensayó a su vez hacer una
muestra de elocuencia, exponiendo el modo
como su clinte había sido arrastrada al vicio por
un seductor que quedó sin castigo y que, en
cambio, todo el peso de la falta había recaído
sobre ella. Pero esta incursión en el dominio de
la psicologia no tuvo ningún éxito; todos com-
prendieron que el efecto había fallado y expe-
rimentaron una especie de malestar. En el mo-
mento en que el defensor insistía con torpeza
sobre la crueldad de los hombres y la debilidad
de la mujer, el presidente, para sacarlo de apu-
ros, lo invitó a no apartarse de la discusión de
los hechos.
Después del abogado se levantó de nuevo el
fiscal. Tenía que defender contra el primer abo-
gado su teoría de la herencia y demostrar que
aunque Botchkova fuese hija de padres desco-
nocidos, no resultaba de ello una disminución
del valor científico de sus argumentos. Porque
esta ley de la herencia, está tan só1idamente
establecida por la ciencia, que no solo se puede
deducir el crimen de la herencia, sino también
la herencia del crimen. En cuanto a la suposi-
ción emitida por el otro defensor, según el cual
Maslova habría sido pervertida por un seductor
imaginario (el fiscal recalcó con ironía especial
esta palabra «imaginario»), todo llevaba más
bien a creer que la acusada, por el contrario,
había sido siempre la seductora de las víctimas
caídas entre sus manos. Después de exponer
esto, volvió a sentarse con aire triunfal.
El presidente preguntó entonces a los deteni-
dos qué tenían que añadir en su propia defensa.
Eufemia Botchkova reiteró por última vez
que no sabía nada ni había participado en nada
y afirmó con energía que Maslova era culpable
de todo.
Simón se limitó a repetir:
-Será lo que ustedes quieran, pero yo soy ino-
cente.
Maslova no dijo nada. Habiéndole pregunta-
do el presidente si tenía que añadir algo en su
defensa se limitó a alzar los ojos sobre él, y lue-
go, como un animal acorralado, los paseó por
toda la sala, los bajó por fin y estalló en sollo-
zos.
-¿Qué tiene usted? -preguntó el comerciante a
su vecino Nejludov, quien acababa de emitir
bruscamente un sonido extraño, como un sollo-
zo reprimido.
Pero Nejludov seguía sin darse cuenta de su
nueva situación, y atribuyó a la tensión de sus
nervios tanto aquel sollozo imprevlsto como las
lágrimas que inundaban sus ojos. Se puso sus
lentes para ocultarlas, luego sacó el pañuelo y
se sonó.
El temor al oprobio en que incurriría si todas
las personas presentes en el tribunal se entera-
sen de su conducta para con Maslova le impe-
pedía tener conciencia del trabajo interior que
se operaba en el. Y este temor era, desde el
principio, más potente que todo lo demás.
XXII
Habiendo terminado de decir los detenidos lo
que tenían que alegar en su defensa, se redacta-
ron las preguntas que había que hacer a los
jurados. El presidente empezó a continuación
su resumen de los debates.
Antes de entrar en el fondo del asunto explicó
a los jurados, en el tono familiar de una charla
íntima, que un robo con fractura es un robo con
fractura; que un hurto es un hurto; que un robo
en un sitio cerrado con llave es un robo en un
sitio cerrado con llave, y que un robo en un
sitio no cerrado con llave es un robo en un sitio
no cerrado con llave. Explicando esto, miraba
preferentemente a Nejludov, como si estas ex-
plicaciones se dirigiesen a él con la esperanza
de que las comprendería y las haría compren-
der a sus colegas del jurado. Luego, pensando
que los jurados ya estaban suficientemente pe-
netrados de estas importantes verdades, pasó a
desarrollar otro tema. Explicó que el asesinato
es un acto que ocasiona la muerte de un hom-
bre y que por tanto el envenenamiento constu-
tuía desde luego un asesinato. Y cuando le pa-
reció que los jurados estaban suficientemente
imbuidos de esta verdad, les explicó que, en el
caso en que robo y asesinato se hallasen reuni-
dos, se daba lo que se llama un asesinato
acompañado de robo.
Aunque tuviese prisa en acabar el asunto lo
antes posible, a fin de ir a reunirse con su suiza,
el presidente tenía hasta tal punto la rutina del
oficio, que una vez que había empezado a
hablar, ya no se detenía. Por eso explicó proli-
jamente a los jurados que tenían derecho a de-
clarar a los acusados culpables, si les parecían
culpables; a declararlos inocentes, si les pare-
dan inocentes; que si los reconocían culpables
en un punto de la acusación e inocentes en el
otro, tenían derecho a declararlos culpables en
uno e inocentes en otro. Les dijo seguidamente
que este derecho se les otorgaba en toda su ex-
tensión, pero que el deber de ellos era hacer un
uso razonable de este derecho. Y cuando iba a
explicarles que una respuesta afirmativa dada a
las preguntas hechas se aplicaría al conjunto de
la pregunta y que si querían que se aplicase
únicamente sobre tal o cual fracción de la pre-
gunta deberían especificarlo, se le ocurrió la
idea de consultar su reloj y vio que eran ya las
tres menos cinco. Así, pues, abordó inmedia-
tamente el fondo del asunto.
-Las circunstancias de este asunto son las si-
guientes - empezó él; y repitió todo lo que ya se
había dicho muchas veces por los abogados,
por el fiscal y por los testigos.
Hablaba y, a sus costados, los dos asesores lo
escuchaban con recogimiento, mirando sus
relojes a hurtadillas; encontraban el discurso
excelente, tal como debía ser, pero un poco lar-
go. El fiscal era de la misma opinión, así como
todo el personal del tribunal y la sala entera.
Habiendo terminado el presidente su resu-
men, todo parecía dicho. Pero él no podía deci-
dirse a dejar de hablar, tanto le agradaba oír las
entonaciones acariciantes de su voz, por lo que
juzgó oportuno repetir una vez más a los jura-
dos la importancia del derecho conferido a ellos
por la ley, con qué prudencia y circunspección
debían usar de ese derecho, usar y no abusar, y
cómo estaban ligados por su juramento. Les
dijo que representaban la conciencia de la so-
ciedad y que el secreto de sus deliberaciones
era sagrado, etcétera, etcétera.
Desde el comienzo de su discurso, Maslova
había clavado sus miradas en él, como con el
temor de perderse una sola palabra. Así, Nejlu-
dov pudo examinarla largo rato sin temor a
tropezar con su mirada. Sintió pasar entonces
en él lo que ocurre en cada uno de nosotros
cuando volvemos a encontrar un rostro familiar
en otros tiempos.
Primeramente nos impresionan los cambios
sobrevenidos desde la separación; luego, poco a
poco, la impresión de estos cambios se borra, el
rostro vuelve a ser tal como era varios años
antes. y ante los ojos del alma aparece sola la
personalidad espiritual, exclusiva, de ese ser
único. Eso era lo que experimentaba Nejludov.
Sí; a pesar del capote de encarcelada, a pesar
de todo el conjunto del cuerpo que se había
hecho más ancho, el pecho ampliamente des-
arrollado, el espesamiento de la parte baja del
rostro, las arrugas de la frente y de las sienes y
la hinchazón de los párpados, era desde luego
la misma Katucha que, en la noche aniversario
de la resurrección de Cristo, había levantado
hacia él su mirada tan inocente, lo había mirado
con sus ojos llenos de amor y de felicidad y
resplandecientes de vida.
«¡Qué casualidad tan prodigíosa! ¡Este caso
juzgado precisamente en esta vista en la que
soy jurado, y yo, que no había vuelto a ver a
Katucha desde hace diez años, la encuentro
ahora aquí, en el banquillo de los acusados!
¿Cómo va a acabar todo esto? ¡Ah, si pudiera
terminar pronto!»
No cedía sin embargo al sentimiento de arre-
pentimiento que empezaba a hablar en él. Creía
ver en aquello algo imprevisto, temporal, que
pasaría sin modificar su vida. Se sentía en la
situación de un perrito que habiéndose portado
mal ha sido cogido por su dueño y le mete la
nariz en su inmundicia. El perrito habría chi-
llado y habría intentado alejarse lo más posible
para escapar a las consecuencias de su acto;
pero su dueño, implacable, no lo había soltado.
Del mismo modo, Nejludov sentía la bajeza que
había cometido, y también el brazo poderoso
del dueño; pero no comprendía aún toda la
gravedad de su acto, ni tampoco reconocia al
dueño. Se. empeñaba en creer que la obra que
estaba ante él no era la suya; pero brazos invi-
sibles, aunque implacables, lo sujetaban de tal
modo que él presentía no poder escaparse.
Se esforzaba en aparecer valiente; cruzaba
con aire desenvuelto las piernas una sobra otra,
jugaba con sus lentes y, sentado en la segunda
silla de la primera fila de los jurados, se com-
portaba con abandono y naturalidad. Sin em-
bargo, en d fondo de su alma se daba ya cuenta
de toda la crueldad, de la ignominia y de la
bajeza, no sólo de su acto, sino de toda aquella
vida ociosa, libertina, licenciosa y cruel que,
desde hacia doce años, era la suya. y el terrible
telón caído, durante esos doce últimos años,
entre su crimen y los años que iban a seguir,
empezaba a levantarse ya, permitiéndole por
instantes echar una mirada hacia atrás.
XXIII
Por fin el presidente terminó su discurso; le-
vantó, con un ademán elegante, la lista de las
preguntas y entregó la hoja al jefe del jurado.
Los jurados se levantaron y, sin saber qué hacer
con las manos, felices por poder abandonar sus
asientos, pasaron en fila a su sala de delibera-
ciones. Habiéndose cerrado la puerta detrás de
ellos, fue custodiada por un guardia, quien, con
el sable desenvainado, se quedó alli de centine-
na
Los jueces se levantaron y salieron a su vez;
igualmente fueron sacados los acusados.
Apenas llegaron a la sala de deliberaciones,
los jurados, como ya habían hecho antes, em-
pezaron a encender cigarrillos.
El sentimiento de lo que había en su situación
de artificial y de falso, la impresión experimen-
tada más o menos profundamente por todos
durante su permanencia ante el tribunal, se
borró de sus almas en cuanto se sintieron libres,
con el cigarrillo en los labios; así, aliviados y
puestos a sus anchas, se instalaron con como-
didad e inmediatamente empezaron las conver-
saciones más animadas.
-La pequeña se ha dejado enredar; no es cul-
pable- opinó el buen comerciante -. Hay que
tener lástima de ella.
-Ahora examinaremos todo eso -respondió el
jefe del jurado-. Guardémonos bien de ceder a
nuestras opiniones personales.
-El presidente ha hecho una excelente exposi-
ción- dijo el coronel.
-Sí, puede ser; yo estaba a punto de dormir-
me.
-Lo que está claro es que si Maslova no
hubiese estado de acuerdo con ellos, los dos
criados habrían ignorado que el comerciante
tenía tanto dinero -dijo el dependiente de tipo
judío.
-Entonces, según usted, ¿es ella la que ha ro-
bado? - preguntó un jurado.
-¡Nunca adrnitiré eso! -exclamó el gordo co-
merciante -. La que dio el golpe fue esa canalla
de sirvienta de ojos encarnados.
-Todos estaban en el ajo- interrumpió el coro-
nel-.
Pero esa mujer afirma no haber entrado en la
habitación.
-Sí, sí, vaya usted a creerla. En toda mi vida
creeré a semejante carroña.
-Que usted la crea o no la crea, no significa
nada –dijo el dependiente, con ironía -. Maslo-
va era la que tenía la llave.
-¿Y qué importancia tiene eso? -replicó el co-
merciante.
- ¿ Y la sortija?
-Pero si ella lo ha explicado muy bien- reiteró
el comerciante -.El buen comerciante siberiano
era un hombre de carácter; y además, había
bebido mucho, y entonces le pegó. Después,
eso se comprende, sintió lástima: «Vamos, to-
ma, no llores más.» No olviden ustedes qué
tipo de hombre era: dos archines y doce vers-
choks de altura y ciento treinta kilos de peso.
-La cuestión no radica en eso -intervino Peter
Guerassimovitch -.Lo que hay que saber es si
ella premeditó y cometió el crimen o si fueron
los criados.
-Pero los criados no habrían podido actuar
sin ella, puesto que era ella la que tenía la llave.
Así, desordenadamente, la discusión prosi-
guió bastante tiempo.
-Permitan ustedes, señores- opinó por fin el
jefe dd jurado –
Sentémonos a la mesa y deliberemos, se lo
ruego -añadió, sentándose en su sillón presi-
dencial.
-jSon una plaga esas muchachas! -dijo enton-
ces el dependiente.
Y para confirmar su opinión de que Maslova
era la principal culpable, contó cómo un día,
una de esas muchachas, en el bulevar, había
robado el reloj a uno de sus colegas. A conti-
nuación, el coronel contó algo más raro y más
concluyente todavía: el robo de un samovar de
plata.
-Por favor, señores, pasemos a las preguntas -
dijo el jefe del jurado, golpeando en la mesa con
su lápiz.
Todos se callaron.
Las preguntas estaban propuestas así al jura-
do:
1.º ¿ El campesino Simón Petrovitch Kartin-
kin, del pue blo de Borki, distrito de Krapivino,
de treinta y tres años, es culpable de haber, el
17 de enero de 188..., en la ciudad de N..., con la
intención de quitar la vida al comerciante
Smielkov, con objeto de robarlo, en complici-
dad con otras personas, puesto veneno en el
aguardiente, causando así la muerte de Smiel-
kov, tras de la cual le habría robado una suma
de cerca de 2.500 rublos y una sortija de brillan-
tes?
2.º ¿La mestchanka Eufemia Ivanovna Botch-
kova, de 43 años, es culpable del crimen defini-
do en la primera pregunta?
3.º ¿La mestchanka Catalina Mijailovna Maslo-
va, de 27 años, es culpable del crimen definido
en la primera pregunta?
4.º Si la acusada Eufemia Botchkova no es
culpable en lo que se refiere a la primera pre-
gunta, ¿lo sería por el hecho de haber, el 17 de
enero de 188..., en la ciudad de..., estando de
servicio en el Hotel de Mauritania, robado de la
maleta cerrada con llave de un viajero de ese
hotel, el comcrciante Smielkov, la suma de
2.500 rublos y, a este fin, de haber abierto, en
aquel sitio, la maleta con una llave que se había
procurado a este efecto?
El jefe del jurado leyó la primera pregunta. -
¿Qué dicen ustedes, señores?
La respuesta no se hizo esperar. Todos opina-
ron en sentido afirmativo, tanto en lo referente
al robo como al envenenamiento. Un solo jura-
do se negó a declarar a Kartinkin culpable: un
viejo artelstchik (De la palabra Artel, asociación
de artesanos, de obreros, etcétera, que trabajan
en común y se reparten seguidamente las ga-
nancias.-N del T.)que, por lo demás, respondía
negativamente a todas las preguntas.
El jefe del jurado pensó al principio que aquel
hombre no comprendía y empezó a explicarle
que Kartinkin y Botchkova eran desde luego
culpables; pero el artelstchik afirmó haber com-
prendido muy bien y que, según él, lo mejor era
tener piedad.
-Tampoco nosotros -añadió -somos santos. y
nada pudo hacerlo desistir de aquella idea.
La respuesta a la segunda pregunta, relativa a
la Botchkova, fue: «No, no es culpable.» Se
juzgó que faltaban las pruebas de su complici-
dad en el envenenamiento, como, por lo demás,
había dicho con tanta insistencia su abogado.
El comerciante, empeñado en que se conside-
rase inocente a Maslova, insistió en sostener
que Botchkova era el eje de todo el asunto. Va-
rios jurados fueron de su opinión; pero el jefe
del jurado, deseoso de permanecer en una lega-
lidad estricta, hizo notar que no existía de eso
ninguna prueba material.
Después de una larga discusión, prevaleció
su parecer. Por el contrario, en la cuarta pre-
gunta se declaró a Botchkova cúllpable de
haber robado el dinero. A petición del artelschik,
se añadió: «Pero merece circunstancias ate-
nuantes.»
La pregunta concerniente a Maslova provocó
un debate muy vivo. El jefe del jurado afirmaba
que era culpable tanto del envenenamiento
como del robo. El comerciante sostenía lo con-
trario; el coronel, el dependiente y el artelstchik
eran de esta opinión. Los demás jurados vacila-
ban, pero se inclinaban más bien hacia la opi-
nión de su jefe: la principal razón de ello era la
fatiga general, y la opinión preferida sería
aquella que pusiese antes de acuerdo a todo el
mundo y liberase a los jurados.
Por los interrogatorios y por lo que él sabía de
Maslova, Nejludov albergaba la convicción de
que ella no era culpable ni del robo ni del en-
venenamiento. Había creído al principio que
ése sería el parecer de todo el mundo; pero tu-
vo que reconocer su error. A consecuencia de la
oposición provocada por el jefe del jurado, del
cansancio de todos y del hecho de que el buen
comerciante no sabía disimular que Maslova le
agradaba físicamente y ponía mucha torpeza en
defenderla, la mayoría, respecto a aquella pre-
gunta, se inclinaba en un sentido afirmativo.
Nejludov, viendo eso, pensó en tomar la pala-
bra; pero se llenó de miedo ante la idea de in-
terceder en favor de Maslova, como si todo el
mundo fuera a adivinar sus relaciones con ella.
Se decía, sin embargo, que no podía consentir
en dejar pasar así las cosas y que su deber era
intervenir. Enrojecía, palidecía luego; y por fin
iba a decidirse a hablar, cuando Peter Gueras-
simovitch, silencioso hasta entonces, pero evi-
dentemente irritado por el tono autoritario del
jefe del jurado, intervino para decir precisa-
mente lo que quería decir Nejludov.
-Permítame -dijo -.Afirma usted que ella es
culpable del robo porque tenía la llave de la
maleta; pero ¿es que los criados no podían,
también, abrir la maleta con otra llave?
-¡Claro, naturalmente! -apoyaba el comercian-
te. -En realidad, es imposible que ella haya co-
gido el dinero. En su situación, ¿qué habría
podido hacer con él?
-¡Exactamente, es lo mismo que yo digo! -
insistía el comerciante.
-Soy más bien de la opinión de que su llegada
al hotel con la llave inspiró la idea del robo a
los criados, quienes aprovecharon la ocasión y
luego le echaron todas las culpas a ella.
Peter Guerassimovitch hablaba con voz irri-
tada, irritación que se transmitió al jefe del ju-
rado y que lo incitó a aferrarse con más fuerza a
su propio parecer. Pero Peter Guerassimovitch
habló con tanta convicción, que la mayoría se
puso de su parte; se reconoció que Maslova no
había robado el dinero ni la sortija, y que ésta le
había sido dada como regalo.
Quedaba por determinar su culpabilidad en
el envenenamiento. El comerciante, su ardiente
defensor, declaró que se la debía declarar ino-
cente, puesto que ella no tenía motivo alguno
para envenenar a Smielkov; a lo que el jefe del
jurado respondió que era imposible declararla
inocente toda vez que ella misma confesaba
haber echado los polvos.
Los echó, es verdad -dijo el comerciante -, pe-
ro creyendo que era opio.
-También el opio puede causar la muerte -
interrumpió el coronel, al que le gustaban las
digresiones. A propósito de eso, contó !a aven-
tura de la mujer de su cuñado, que había toma-
do opio por accidente y habría muerto si opor-
tunamente no se [Link]. encontrado un médi-
co. Hablaba con tanta dignidad y dominio, que
nadie se atrevía a interrumpirlo. Sólo el depen-
diente, siguiendo el ejemplo, se arriesgó a cor-
tar el hilo de su relato.
-Uno puede muy bien acostumbrarse al ve-
neno -dijo y tomarlo sin peligro hasta cuarenta
gotas... Un pariente mío...
Pero el coronel. no era hombre que se dejase
interrumpir; prosiguio su historia y todo el
mundo tuvo que enterarse detalladamente del
papel que el opio había representado en la vIda
de la mujer de su cuñado.
-Pero, ¡señores! ¡Son ya más de las cuatro! –
exclamó un Jurado.
-Bueno, señores -propuso el jefe del jurado-,
¿qué les parece si la reconocemos culpable sin
intención de robar? ¿Les parece bien?
Satisfecho por su éxito, Peter Guerassimo-
vitch consintió.
-Pido que se añada: «pero merece circunstan-
cias atenuantes» -exclamó el comerciante.
Inmediatamente todos consintieron en eso.
Sólo el artelstchik insistió de nuevo en declararla
no culpable.
-Pues a eso es a lo que llegamos -le explicó el
jurado -. Es como si dijéramos: ella no es culpa-
ble.
-¡Vaya, pues! Pero añdiendo: « y merece cir-
cunstancias atenuantes.» Eso borrará lo que
queda -dijo gozosamente el comerciante.
Estaban todos tan fatigados, se habían embro-
llado tanto en todas aquellas discusiones, que a
nadie se le ocurrió la idea de añadir a la res-
puesta. «Sí, pero sin intención de causar la muer-
te.»
Nejludov estaba tan conmovido, que tampoco
él cayó en la cuenta. Las respuestas, pues, se
redactaron y se entregaron en esta forma al
tribunal.
Rabelais cuenta que un jurista, llamado a di-
rimír un proceso, después de haber enumerado
una multitud de artículos y de leyes y leído
veinte páginas de galimatías latino-jurídico,
propuso a los pleiteantes dictar el juicio a la
suerte. Si los dados arrojaban un número par, el
acusador tendría razón; si el número era impar,
la tendría el acusado.
En este caso ocurrió lo mismo. Se tomó tal de-
cisión, y no otra, no porque todos los jurados
fuesen de la misma opinión, sino porque el pre-
sidente del tribunal había prolongado tanto su
resumen, que se le había olvidado decir, si-
guiendo la costumbre en casos parecidos, que
los jurados podían responder: «Sí, pero sin in-
tención de causar la muerte.» Además, las res-
puestas fueron adoptadas porque el coronel
había contado demasiado prolijamente la aven-
tura de la mujer de su cuñado; en tercer lugar,
porque Nejludov estaba tan conmovido, que no
se había dado cuenta de que las palabras «sin
intención de robar» deberían haber ido acom-
pañadas de las otras palabras: «sin intención de
causar la muerte»; en cuarto lugar, porque Pe-
ter Guerassimovitch había salido de la sala
momentáneamente mientras el jefe del jurado
releía las respuestas. Principalmente, estas res-
puestas fueron adoptadas porque los jurados,
fatigados y deseosos de recobrar su libertad,
habían atrapado al vuelo el primer parecer que
se les había propuesto.
El jefe del jurado llam6. El guardia, que se
había mantenido ante la puerta con el sable
desenvainado, volvió a meter la hoja en la vai-
na y se apartó. Los jueces volvieron a sentarse
en sus sillones, y los jurados entraron en la gran
sala.
El jefe del jurado llamó. El guardia, que se
había mantenido ante la puerta con el sable
desenvainado, volvió a meter la hoja en la vai-
na y se apartó. Los jueces volvieron a sentarse
en sus sillones, y los jurados entraron en la gran
sala.
¡Vea usted la estupidez que han hecho!-dijo el
presidente a su asesor de la izquierda -.Esto
significa .trabajos forzados y, sin embargo, ella
es inocente.
-¿Y por qué habría de ser inocente? -dijo el
juez severo. -Es algo que salta a la vista. Creo
que sería ocasión de aplicar el artículo ocho-
cientos diecisiete.
(El artículo 817 establece que el tribunal tiene
derecho a módificar la decisión del jurado si la
juzga mal fundamentada.)
-¿Y usted, qué piensa usted de esto? -
preguntó el presidente al juez benévolo.
Este no respondió inmediatamente. Miró el
número del papel que tenía delante de él, sumó
las cifras y vio que la suma no era divisible por
tres. Se había dicho que si el total era divisible,
daría su consentimiento, y, aunque no era así,
se decidió, por bondad, a dar su aquiescencia.
-Creo también -respondió -que se debería
proceder así.
-¿Y usted? -preguntó el presidente al juez es-
crupuloso.
-Bastante hablan ya los periódicos -respondió
éste con tono resuelto -de que- los jurados ab-
suelven a los culpables. ¿Qué dirían si es el tri-
bunal mismo quien se pone a absolver?
No doy mi consentimiento.
El presidente sacó su reloj.
«Lo siento, pero, ¿qué puedo hacer?», pensó.
Luego devolvió las respuestas al jefe del jurado
para que las leyese.
Todos los jurados se levantaron, y su jefe,
después de haber cargado el peso del cuerpo,
ora sobre un pie, ora sobre otro, leyó las pre-
guntas y las respuestas. Ninguno de los fun-
cionarios: el escribano, los abogados y hasta el
fiscal, pudo ocultar su asombro.
Unicamente los detenidos, que no comprend-
ían el sentido de las respuestas, permanecían
inmóviles en su banquillo. Luego todo el mun-
do volvió a sentarse y el presidente preguntó al
fiscal qué penas proponía contra los acusados.
Este, encantado por el inesperado éxito de su
requisitoria contra Maslova, éxito que atribuyó
a su elocuencia, consultó un volumen, se le-
vantó y dijo:
-Pido, para Simón Kartinkin, la aplicación
del, artícu1o 1.452 y del 4.º párrafo del artículo
1.453; para Eufemia Botchkova, la aplicación
del artículo 1.659; y para Catalina Maslova, la
aplicación del artículo 1.454.
Todos estos artículos enunciaban las penas
más severas, -El tribunal va a retirarse para
deliberar sobre la aplica ción de la pena -dijo el
presidente, levantándose.
Todos se levantaron después de él y, con el
sentimiento de haber cumplido una obra bue-
na, salieron y se dispersaron por la sala.
-Pues bien, padrecito, hemos metido la pata
dijo Peter Guerassimovitch acercándose a Ne-
jludov, a quien el jefe del jurado daba algunas
explicaciones -, He aquí que hemos despachado
a la desgraciada a trabajos forzados.
-¿Cómo? ¿Qué dice usted? -exclamó Nejlu-
dov, sin darse cuenta, esta vez, de la chocante
familiaridad del profesor.
-Sin duda alguna -respondió éste -. Se nos ol-
vidó anadir en nuestras respuestas... «Culpable,
pero sin intención de causar la muerte.» El es-
cribano acaba de decirme que el fiscal pide
contra ella quince años de trabajos forzados.
-Pues todos estuvimos de acuerdo- dijo el jefe
del jurado.
Peter Guerassimovitch protestó, declarando
que era evidente que, puesto que Maslova no
había cogido el dinero, no podía haber tenido la
intención de causar la muerte.
-Pero -replicaba el jefe del jurado para justifi-
carse- yo releí las respuestas antes de que
entráramos en la sala.
-No tuve más remedio que salir unos momen-
tos durante esa lectura -dijo Peter Guerassimo-
vitch, quien se dirigió luego a Nejludov -:Pero
usted, ¿cómo ha podido dejar pasar eso?
-No me di cuenta de nada -dijo Nejludov.
-¡Vaya, usted no ha visto nada!
-Pero se puede reparar el error -dijo Nejlu-
dov, -No, ahora ya todo está acabado,
Nejludov dirigió los ojos hacia los detenidos,
Mientras se decidía el destino de éstos, ellos
continuaban sentados e inmóviles entre la reja
de madera y los guardias, Maslova sonreía,
Entonces, un mal pensamiento se deslizó en el
alma de Nejludov. Cuando hacía unos momen-
tos preveía la absolución y la puesta en libertad
de Maslova, se había inquietado por el modo
con que tendría que conducirse respecto a ella.
Ahora, la deportación a Siberia iba a suprimir
tajantemente la posibilidad de reanudar las
relaciones. El pájaro herido iba a dejar pronto
de debatirse en el morral y de evocar el recuer-
do.
XXIV
Se confirmaron las previsiones de Peter Gue-
rassimovitch.
Cuando los tres jueces volvieron de la sala de
deliberaciones, el presidente sacó un papel y
leyó:
«El 28 de abril de 188.,., por orden de Su Ma-
jestad Imperial, la sección criminal del tribunal
del distrito de N..., en virtud de la decisión de
los señores miembros del jurado, conforme al
tercer párrafo del artículo 771, al tercer párrafo
de los artículos 776 y 777 del código de proce-
dimiento criminal, ha condenado al campesino
Simón Kartinkin, de 33 años de edad, y a la
mestchanka Catalina Maslova, de 27 años de
edad, a la privación de todos sus derechos civi-
les e individuales y a trabajos forzados: Kartin-
kin, por un plazo de ocho años; Maslova, por
un plazo de cuatro años, con, para los dos, las
consecuencias del artículo 25 del código penal.
»A la mestchanka Eufemia Botchkova, de 44
años de edad, ala privación de sus derechos
individuales y del uso de sus bienes ya un en-
carcelamiento de tres años, con las consecuen-
cias del artículo 48 del código penal.
»Ha condenado además a los tres detenidos,
conjunta y solidariamente, a pagar todos los
gastos del proceso, debiendo a cargo de la
Hacienda dichos gastos en caso de insolvencia,
la cual procederá a la venta de las piezas de
convicción, a la restitución de la sortija ya la
destrucción de los recipientes. de cristal.
Kartinkin permanecía inmóvil, en la misma
actitud militar, los brazos rígidos a lo largo dd
cuerpo y las mejillas en movimiento; Botchkova
aparecía absolutamente tranquila; Maslova, al
leerse la sentencia, enrojeció.
-¡No soy culpable! ¡No soy culpable! -
exclamó, con una voz que resonó en toda la
sala -.¡Es pecado! ¡No soy culpable! ¡Yo no
quería eso; no lo pensaba! ¡Es verdad lo que
digo!
Y, dejándose caer en el banquillo, estalló en
violentos sollozos.
Cuando Kartinkin y Botchkova se levantaron
para salir, ella se quedó sentada, sin dejar de
sollozar; para obligarla a levantarse fue necesa-
rio que uno de los guardias le tirase de la man-
ga del capote.
.«No, no se puede dejar que las cosas queden
así», se dijo Nejludov, olvidando su mal pen-
samiento de hacía unos instantes. Y, sin re-
flexionar, se precipitó hacia el corredor para ver
una vez más a Maslova.
Ante la puerta se apretujaba la muchedumbre
animada de los jurados y de los abogados, di-
chosos por haber concluido; Nejludov tuvo que
esperar algunos minutos antes de poder aban-
donar la sala. Cuando llegó al corredor, Maslo-
va estaba ya lejos. Corrió hacia ella, sin preocu-
parse de la extrañeza que provocaba, y no se
detuvo hasta haber llegado a su altura. Ya ella
no lloraba, pero dejaba escapar grandes sollo-
zos entrecortados, mientras se enjugaba con la
punta de su pañolón el enrojecido rostro. Pasó
ante él sin verlo, y él la dejó pasar para luego
reemprender su carrera a través del corredor
con objeto de buscar al presidente del tribunal.
Cuando Nejludov lo al. canzó, el presidente
estaba ya en el vestíbulo y dispuesto a mar-
charse. Acercándose a él, que en aquel momen-
to se ponía un elegante abrigo claro y recibía de
manos del portero su bastón con puño de plata,
Nejludov le dijo:
-Señor presidente, ¿Podría hablarle un mo-
mento del asunto que se acaba de juzgar? Soy
miembro del jurado.
-Pero, ¡cómo! ¿No es usted el príncipe Nejlu-
dov? Tengo mucho gusto en volverlo a ver -
respondió el presidente, con un apretón de ma-
nos.
Se acordaba con placer del baile en que se
habían conocido y donde él mismo había baila-
do con más encanto y viveza que los jóvenes.
-¿En qué puedo servirle?
-Nuestra respuesta referente a Maslova se ba-
sa en una equivocación. Inocente del envene-
namiento, he aquí que se la condena a trabajos
forzados -dijo Nejludov con aire sombrío.
-Pero el tribunal ha dictado su sentencia
según las respuestas de ustedes -dijo el presi-
dente, avanzando hacia la puerta -, aunque en
modo alguno hayamos encontrado relación en
esas respuestas con las preguntas.
El presidente se acordó entonces de que había
tenido la intención de explicar a los jurados que
la respuesta: «Sí, culpable., no haciendo constar
la salvedad: «sin intención de matar afirmaba el
asesinato con premeditación; pero que, con la
prisa de acabar, no lo había dicho.
-Pero, ¿no se podría reparar este error?
-Siempre se encuentran motivos de casación.
Hay que dirigirse a los abogados -dijo el presi-
dente, ladeándose el sombrero sobre la oreja y
acercándose a la puerta.
-¡Pero es espantoso!
-Mire usted, para Maslova no había más que
dos soluciones posibles...
Haabiéndose sacado las patillas sobre el bor-
de del traje, agarró ligeramente a Nejludov pa-
ra arrastrarlo hacia la salida, pues el presidente
parecía sin duda deseoso de ser agradable al
príncipe.
¿Sale usted también? -le dijo.
-Sí- respondió Nejludov, quien se puso con
rapidez su abrigo y siguió al presidente.
Fuera brillaba un sol radiante, y las calles es-
taban llenas de ruido y de animación. A causa
del estrépito que formaban sobre d pavimento
las ruedas de los vehículos, el presidente tuvo
que levantar la voz:
-Mire usted- dijo -, la situación era un poco
rara. Para este asunto no había más que dos
soluciones posibles. Maslova podía ser casi
absuelta, es decir, condenada a algunos meses
de carcel, condena de la que se habría deducido
su prisión preventiva; la pena que quedara ser-
ía insignificante. O bien había que condenarla a
trabajos forzados. Nada de términos medios. Si
ustedes hubiesen añadido las palabras: «pero
sin intención de causar la muerte», habría sido
absuelta.
-¡Es imperdonable en mí no haber pensado en
eso! -dijo Nejludov.
-Pues bien, ahí está el quid de la cuestión -
replicó el presidente, sonriendo y mirando su
reloj. El último plazo de la cita fijada por Clara
iba a expirar dentro de tres cuartos de hora -.Y
ahora, si usted lo desea, diríjase a un abogado.
No se trata más que de encontrar una motivo
de casación: eso se encuentra siempre. Calle
Dvorianskaia- dijo a un cochero -. Treinta co-
peques por la carrera; nunca doy más.
-¡Dígnese subir su excelencia!
-Mis mejores saludos -terminó el presidente,
despidiéndose de Nejludov -.Y si puedo serle
útil: casa Dvornikov, calle Dvorianskaia: ¡es
fácil de retener!
Luego saludó a Nejludov con una última in-
clinación con descendiente de cabeza y se alejó.
XXV
Su conversación con el presidente y el contac-
to con el aire fresco del exterior habían calmado
un poco a Nejludov. Atribuyó en gran parte a
la fatiga la extraña emoción que acababa de
experimentar y que habían exagerado las cir-
cunstancias anormales en que se encontraba
desde por la mañana.
«Desde luego- pensó -, he aquí un encuentro
asombroso y extraño. Mi deber es suavizar lo
antes posible la suerte de esa infortunada. Por
tanto, ahora mismo voy a enterarme de la di-
rección de Fanarin, o de Nikichin.»
Se trataba de dos abogados famosos cuyos
nombres le acudieron a la memoria.
Deshizo el camino andado, volvió a entrar en
el Palacio de Justicia, se quitó el abrigo y subió
la escalera. En el primer corredor encontró a
Fanarin y lo abordó diciéndole que tenía que
hablar con él. El abogado, que lo conocía de
vista y de nombre, se apresuró a dispensarle
una buena acogida.
Estoy un poco cansado; pero si no es cosa de
mucho tiempo, cuénteme su asunto. Pasemos
por aquí.
Hizo pasar a Nejludov a una sala, sin duda el
despacho de algún juez, donde se sentaron cer-
ca de la mesa.
-Bueno, ¿de qué se trata?
Ante todo -dijo Nejludov -, debo rogarle que
no diga a nadie la participación que tomo en el
asunto del que quiero hablarle.
Naturalmente, ni que decir tiene. ¿Y bien...?
Soy jurado. y hoy hemos condenado a traba-
jos forzados a una mujer que no es culpable.
Eso me atormenta.
A pesar suyo, enrojeció y se turbó. Fanarin
lanzó sobre él una rápida mirada, bajó los ojos
y escuchó.
-Dígame -instó.
-Hemos condenado a una inocente. Quisiera
que se presentara recurso contra la sentencia,
llevando el juicio a una jurisdicción superior.
-Al Senado- precisó el abogado.
Y he venido a pedirIe a usted que se encargue
de este asunto.
Nejludov tenía prisa sobre todo de zanjar un
punto delicado, y añadió ruborizándose:
-Sus honorarios y todos los gastos, por consi-
derables que sean, corren de mi cuenta.
-Sí, sí, no discutiremos sobre eso -replicó el
abogado, sonriendo complacidamente al ver la
inexperiencia de Nejludov -. Bueno, ¿en qué
consiste ese asunto?
Nejludov sé lo resumió brevemente.
-Muy bien. Mañana mismo pediré los autos y
los examinaré. y pasado mañana... No, más
bien el jueves... El jueves, pues, si usted quiere
venir a mi casa a eso de las seis de la tarde, le
daré una respuesta. Estamos de acuerdo, ¿no es
así? Tengo todavía varias cosas que hacer en el
Palacio antes de volver a casa.
Nejludov se despidió de él y abandonó el Pa-
lacio de Justicia.
Aquella nueva conversación había aumenta-
do su calma; se estimaba dichoso por haber
emprendido ya algunas medidas en defensa de
Maslova. Gozaba del hermoso tiempo y aspira-
ba deliciosamente los efluvio primaverales.
Conductores de coches de punto parados de-
lante de él le ofrecían sus servicios, pero él pre-
fería caminar. Todo un enjambre de pensa-
mientos y recuerdos relativos a Katucha y a su
conducta para con ella ocupaban su mente. y se
sintió lleno de tristeza. «N- se dijo-, ya pensaré
en eso más tarde. Ahora tengo que distraerme
de tantas impresiones penosas.»
Recordó la cena de los Kortchaguin y con-
sultó su reloj. No era tan tarde que no pudiese
llegar para cenar. Las campanas de un tranvía
resonaron detrás de él; echó a correr, llegó al
vehículo y subió. Descendió más lejos, en la
plaza, escogió un coche. bien enjaezado y, diez
minutos después, se vio ante la escalinata de la
gran casa de los Kortchaguin.
XXVI
Que su señoría se digne entrar; lo esperan
arriba- dijo con una complaciente sonrisa el
grueso portero de los Kortchaguin, avanzando
hasta la escalinata al encuentro de Nejludov -.
Están a la mesa y han dado orden de no recibir
a nadie más que a usted.
Luego, el portero fue hacia la escalera y tiró
del cordón de una campanilla.
-¿Hay gente? -preguntó Nejludov, quitándose
el abrigo.
-Aparte la familia, están los señores Kolossov
y Mijai Sergueievitch -respondió el portero.
En el rellano de la escalera apareció la elegan-
te silueta de un lacayo con librea y con guantes
blancos.
-Que su señoría se digne subir. Le ruegan que
entre.
Nejludov subió la escalera, atravesó el grande
y magnífico salón que le era tan conocido y
penetró en el comedor. Toda la familia Kort-
chaguin estaba reunida alrededor de la mesa,
con excepción de la princesa Sofía Vassilievna,
la madre de Missy, que comía siempre en su
habitación. La cabecera de la mesa estaba ocu-
pada por el viejo Kortchaguin, quien tenía a su
izquierda al médico de la casa ya su derecha a
Iván Iva novitch Kolossov, ex mariscal de la
nobleza, actualmente miembro del consejo de
administración de un banco y colega de opi-
nión liberal de Kortchaguin. A la izquierda,
miss Rader, institutriz de la hermanita de Mis-
sy; luego, esta hermana, de cuatro años de
edad; a la derecha, frente a ella, Petia, el her-
mano de Missy, colegial de sexto año, que pre-
paraba sus exámenes, prolongando así la estan-
cia de toda la familia en la ciudad, y un estu-
diante, su repetidor. Más lejos, uno frente a
otro, Catalina Alexeievna, madura señorita de
cuarenta años, eslavófila, y Mijail Sergueievitch
o Micha Teleguin, primo de Missy; finalmente,
al otro extremo de la mesa, Missy, y cerca de
ella un cubierto no utilizado.
-¡Ah, esto sí que es magnífico! ¡Dése prisa; no
estamos más que en el pescado! -exclamó el
viejo Kortchaguin, alzando los ojos sobre Ne-
jludov y masticando con precaución con sus
dientes postizos.
-¡Esteban! -gritó en seguida al majestuoso
camarero principal, con la boca llena y seña-
lando con los ojos el cubierto vacío.
Nejludov conocía al viejo Kortchaguin desde
hacía mucho tiempo, y lo había visto muy a
menudo a la mesa. Pero aquella noche quedó
desagradablemente impresionado por su rostro
sanguíneo y congestionado, por su boca sen-
sual, por su grueso cuello, por el conjunto de su
semblante, además de la manera como se metía
un pico de la servilleta en el escote de su cha-
leco. y por toda aquella corpulencia de general
obeso.
A pesar suyo, se acordó de haber oído hablar
de la dureza de aquel hombre .en los tiempos
en que, siendo gobernador de provincia, había
hecho fusilar y ahorcar a numerosos desgra-
ciados, Dios sabe por qué, puesto que, rico y
bien emparentado, no tenía motivo alguno para
mostrar tanto celo.
-¡En seguida van a servir a su señoría! -dijo
Esteban, sacando de un cajón del aparador un
cucharón, mientras el elegante lacayo ponía en
orden el cubierto colocado junto a Missy en el
que la servilleta almidonada y artísticamente
plegada dejaba ver en una de las esquinas un
escudo de armas bordado.
Primeramente, Nejludov dio la vuelta alrede-
dor de la mesa v estrechó las manos de los co-
mensales. Todos, con excepción del viejo Kort-
chaguin y de las damas, se levantaron para ten
derle la suya. Aquel paseo y aquellos apretones
de mano, dados a gentes en su mayor parte
desconocidas, le parecieron aquella noche par-
ticularmente ridículos y desagradables. Se ex-
cusó de su retraso e iba a sentarse en el sitio
vacante entre Missy y Catalina Alexeievna,
cuando el viejo Kortchaguin exigió que tomase
al menos entremeses, si no un vasito de aguar-
diente. Le fue preciso, pues, acercarse a la mesi-
ta donde estaban la langosta, el caviar, el queso
y los arenques. Creía no tener hambre; pero,
habiendo probado el queso, se puso a devorar
con avidez.
-Bueno, qué, ¿ha socavado usted los cimien-
tos? -le preguntó Kolossov, empleando con
ironía la expresión reciente de cierto periódico
reaccionario que hacía campaña contra la insti-
tución del jurado -. Habrá usted absuelto a cul-
pables y condenado a inocentes, ¿no es así?
¿Qué me dice?
-¡Socavado los cimientos! ¡Socavado los ci-
mientos! -repitió el viejo príncipe con una risita.
Su confianza en el ingenio y en la ciencia de su
amigo, cuyas ideas compartía, no tenía límites.
A riesgo de parecer descortés, Nejludov no
respondió a Kolossov. Se sentó ante su plato, se
sirvió sopa y continuó comiendo con un apetito
feroz.
-¡Déjenlo que se fortalezca!- dijo Missy, son-
riendo y mostrando con el empleo de aquella
frase la familiaridad de sus relaciones.
Kolossov, con un tono desenvuelto y en voz
alta, siguió discutiendo el artículo del periódico
reaccionario sobre la institución del jurado.
Miguel Sergueievitch replicaba contraponiendo
los errores groseros que se contenían en otro
artículo reciente del mismo periódico.
Como siempre, Missy se mostraba totalmente
distinguida y llevaba un atuendo de una elegan-
cia discreta y sobria.
-Sin duda estará usted agotado de hambre y
de cansancio, ¿no?- le dijo a Nejludov cuando
éste hubo acabado su sopa.
-Pues no, no demasiado. ¿ y usted? ¿Han ido
ustedes a ver esos cuadros?
-No; nuestra visita se ha diferido para más
adelante. Hemos ido a jugar al lawn-tennis en
casa de los Salamatov. Y, mire usted, la verdad
es que míster Crooks juega de una manera ad-
mirable.
Nejludov había venido a casa de los Kortcha-
guin para distraerse. El lujo y la riqueza de la
casa, de acuerdo con sus gustos refinados, hab-
ían hecho siempre que le resultaran agradables
esas visitas, así como la atmósfera de halago
acariciante con que se le envolvía allí. Pero
aquella noche, por una casualidad singular,
todo lo encontraba desagradable: desde el por-
tero, la ancha escalera, las flores, los lacayos y
los adornos de la mesa, hasta Missy, a la que no
tuvo más remedio que juzgar afectada y poco
seductora. Le molestaba el tono de suficiencia y
grosería de Kolossov, su liberalismo, y la silue-
ta bovina y sensual del viejo Kortchaguin, y las
citas francesas de la madura señorita eslavófila,
y los rostros enfurruñados de la institutriz y del
repetidor; y más aún aquella frase de tono fa-
miliar con que había hablado de él Missy.
Ésta seguía inspirándole dos sentimientos
contrarios. Unas veces era perfecta, porque la
veía a través de un velo o como al claro de luna,
y le parecía fresca, bella, inteligente, natural;
otras veces, como bajo los rayos deslumbrantes
del sol, le era imposible no darse cuenta de sus
imperfecciones. y aquel día él estaba en esta
última disposición. Distinguía las arrugas de su
frente, la señal de las tenacillas rizadoras en sus
cabellos, y los huesos salientes de sus codos; le
impresionaba sobre todo la anchura de las uñas
de sus grandes dedos, que le recordaban los
dedos macizos del padre de la joven.
-¡Qué juego tan aburrido ese lawn-tennis! -
opinó Kolossov -. En nuestros tiempos, el juego
de la pelota era mucho más divertido.
-Pues no -exclamó Missy -.No sabe usted lo
que es. No hay nada más locamente fascinante.
Nejludov tuvo la impresión de que ella había
dicho aquella palabra «locamente» con una
afectación insoportable.
Se entabló una discusión. Intervinieron en
ella Mijail Sergueievitch y Catalina Alexeievna.
Únicamente la institutriz, el repetidor y los ni-
ños permanecieron mudos y aburridos.
-Vamos, siempre están disputando! -dijo con
una risa exagerada el príncipe Kortchaguin,
quitándose la servilleta de! escote del chaleco.
Cuando se levantaba, un lacayo se apresuró a
retirarle la silla. Después de él, todo el mundo
se levantó para dirigirse hacia una mesita don-
de había vasos de agua tibia perfumada. Los
comensales se enjuagaron la boca y continua-
ron una conversación que no interesaba a na-
die.
-¿No es verdad que no hay nada como el jue-
go que revele tanto el carácter de la gente? -
preguntó Missy a Nejludov, invitándolo así a
corroborar su propia opinión.
Había visto en el rostro del príncipe una ex-
presión concentrada y severa, que ya le había
notado otras veces, y quería conocer la causa de
la misma.
-A decir verdad, no sé nada de eso y nunca he
pensado sobre esa cuestión- respondió Nejlu-
dov.
-¿Quiere usted que subamos a la habitación
de mamá? -preguntó ella entonces.
-Sí, sí- respondió él, y encendió un cigarrillo.
Pero el tono de su respuesta indicaba con bas-
tante claridad que no tenía grandes deseos de
hacer eso.
La joven se calló y le lanzó una mirada inqui-
sitiva que lo puso de mal humor.
«Verdaderamente -se dijo-, parece que he ve-
nido aquí para propagar el aburrimiento.» Y ,
esforzándose en parecer amable, dijo que iría
con gusto a presentar sus homenajes a la prin-
cesa, si es que ella quería recibirlo.
-Mamá estará encantada. Podrá usted fumar
en su habitación como aquí. Iván Ivanovitch ya
está allí sin duda.
Sofía Vassilievna, la señora de la casa, no se
dejaba ver más que acostada. Desde hacia ya
ocho años recibía a sus visitantes tendida en un
canapé, envuelta en encajes y cintas, entre los
terciopelos, los dorados, los marfiles, los bron-
ces, las lacas y las flores. No veía, y lo repetía
frecuentemente, más que a «sus amigos», es
decir, a aquellos que a su juicio se destacaban
sobre el común de los mortales. Nejludov era
uno de ésos, porque pasaba por inteligente,
porque su madre había hecho buenas migas
con los Kortchaguin y porque la princesa de-
seaba que Missy se casara con él.
La habitaci6n de Sofía Vassilievna estaba pre-
cedida de un salón grande y de otro pequeño.
En el grande, Missy, que caminaba delante de
Nejludov, se detuvo de pronto y se quedó
mirándolo, agarrando nerviosamente el respal-
do dorado de una silla baja.
Ella tenía el más vivo deseo de casarse; Ne-
jludov era para ella un buen partido. Además,
le agradaba y se había hecho a la idea, no de
que ella le pertenecería, sino de que él sería de
ella. Perseguía su objetivo con esa astucia in-
consciente y tenaz que ponen en ello las neuro-
ticas. Queriendo, pues, obligar a Nejludov a
explicarse, le dijo a quemarropa:
-A usted le ha pasado algo; lo veo. Dígame
qué es.
Él se acordó de su aventura en la Audiencia
frunció las cejas y enrojeci6.
-Sí -respondió, negándose a mentir -, me ha
ocurrido algo extraño, inesperado y grave.
-¿Qué es? ¿No puede usted decirmelo?
-Por ahora, no. Permítame que no le diga na-
da. Me ha pasado una cosa sobre la cual es pre-
ciso que siga reflexionando- añadió, ruborizán-
dose aún más.
-¿Y no me lo dirá usted?
Se le contrajo un músculo del rostro, y la jo-
ven soltó el respaldo de la silla.
-No, no puedo- replicó Nejludov, compren-
diendo que, con aquella respuesta suya a la
joven, se respondía a sí mismo y reconocía la
gravedad de lo que le había pasado.
-Como usted quiera. Entonces, venga conmi-
go.
Sacudió la cabeza, como para alejar un pen-
samiento inoportuno, y reanudó más rápida-
mente su marcha.
Nejludov creyó notar que ella hacia un es-
fuerzo para reprimir las lágrimas. Le dio ver-
güenza y se reprochó la pena que le estaba cau-
sando; pero la menor debilidad lo habría per-
dido, o ligado para siempre, y, aquella noche
sobre todo, eso era lo que más temía. Así, pues,
silencioso, la acompañó hasta la habitación de
la princesa.
XXVII
La princesa Sofía Vassilievna acababa de ter-
minar su cena, muy delicada pero muy recon-
fortante y que ella siempre tomaba sola, por
temor a que la vieran en aquella ocupación po-
co poética. El café lo servían sobre un velador
cerca de su canapé, y ella fumaba cigarrillos.
Era morena, delgada y larguirucha, con largos
dientes y grandes ojos negros, y se esforzaba en
darse aún aires de jovencita.
Se chismorreaba sobre sus relaciones con su
médico. Nejludov, hasta entonces no interesado
por aquellas hablillas, no tuvo más remedio
que acordarse de ellas al entrar en la ha-
bitación, cuando distinguió, sentado muy cerca
del canapé, al médico de barba untada de bri-
llantina y elegantemente recortada. Al verlo,
experimentó una impresión de desagrado.
En una butaca blanda y baja estaba sentado
Kolossov, agitando con su cuchara el azúcar de
su café, cerca de un vasito de licor colocado en
el velador.
Missy, habiendo entrado en la habitación con
Nejludov, no permaneció más que un instante.
-Cuando mamá se canse y los despida,
vendrán ustedes a verme, ¿no es así? -dijo ella a
Kolossov ya Nejludov, con un tono como si
nada anormal hubiese ocurrido entre ella y este
último.
Salió de la habitación alegremente y con un
paso deslizante sobre la blanda alfombra.
-Hola, ¿cómo está usted, querido amigo?
Siéntese y cuente -dijo la princesa Sofía Vassi-
lievna, con la sonrisa afectada y que quería pa-
recer natural de su boca surtida de hermosos y
largos dientes muy bien imitados -. Ha vuelto
usted de la Audiencia, decían estos señores, de
muy mal humor. ¡Tales sesiones deben resultar
tan penosas para hombres de corazón...! -
añadió ella en francés.
-Sí, es verdad -replicó Nejludov -. Alli uno
siente muy a menudo su... uno siente, quiero
decir, que no tiene derecho a juzgar...
-Comme c'est vrai! -exclamó la princesa, fin-
giéndose impresionada por lo acertado de
aquella reflexión; porque poseía el arte de adu-
lar siempre a sus interlocutores.
-Bueno, ¿cómo va su cuadro? -continuó -. Me
interesa enormemente. Si no fuera por mi debi-
lidad, hace ya mucho que habría ido a verlo a
su casa.
-Lo he abandonado por completo -respondió
secamente Nejludov, asqueado por la falsedad
de aquellas adulaciones, tan visible, aquella
noche, como por el disimulo de la vejez. Y, a
pesar de sus esfuerzos, ya no podía ser amable.
-¡Qué lástima! ¿Sabe usted que el mismo Re-
pin me ha afirmado que nuestro amigo tiene un
gran talento? -dijo ella, volviéndose hacia Ko-
lossov.
«¿Cómo no le da vergüenza mentir de esa
manera?», pensaba Nejludov, indignado.
Sin embargo, dándose cuenta de que Nejlu-
dov no estaba verdaderamente en forma y que
una conversación agradable con él era imposi-
ble, Sofía Vassilievna se volvió hacia Kolossov
y le pidió su opinión sobre un nuevo drama
que se acababa de representar; eso con un tono
que hacía prever la aceptación, como de un
oráculo, de la opinión que él emitiera: Kolossov
se mostró muy duro en su juicio y aprovechó la
ocasión para exponer sus teorías sobre el arte.
Como siempre, la princesa se mostraba impre-
sionada por lo acertado de los comentarios de
su amigo y no se arriesgaba a defender al autor
del drama más que para capitular al instante o
encontrar un término medio. Nejludov miraba
y escuchaba, pero veía y oía otra cosa.
Escuchando ora a Sofía Vassilievna, ora a Ko-
lossov, comprobaba que ninguno de los dos
tenía el menor interés por el drama, como no lo
tenían el uno por el otro, y que el solo objeto de
su conversación era satisfacer una necesidad
física: activar la digestión por la agitación mus-
cular de la lengua y de la garganta. Comproba-
ba además que Kolossov, habiendo bebido
aguardiente, vino y licores, estaba un poco
ebrio; no con esa embriaguez de los mujiks que
beben de cuando en cuando, sino con la de la
gente que está acostumbrada a beber. No ti-
tubeaba y no decía estupideces, pero su estado
de excitación y de contento de sí mismo era
anormal. Además, Nejludov se daba cuenta de
que en lo más animado de la conversación, la
princesa, inquieta, no apartaba los ojos de la
ventana, por la que se deslizaba un oblicuo
rayo de sol capaz de alumbrar demasiado cru-
damente su propio ocaso.
-¡Qué verdad es eso! -respondió ella a un co-
mentario de Kolossov, al mismo tiempo que
apretaba el botón de un timbre eléctrico.
En aquel momento, sin decir nada, como fa-
miliar de la casa, el médico se levantó y salió. y
Sofía Vassilievna lo siguió con los ojos, sin inte-
rrumpir la conversación.
-¡Felipe! Tenga usted la bondad de bajar esa
cortina -dijo al guapo lacayo que había entrado
a la llamada de! timbre -. No; por mucho que
usted diga, hay algo místico; y no existe poesía
sin misticismo -continuó, dirigiéndose a Kolos-
sov, mientras uno de sus negros ojos espiaba
con mal humor los movimientos del lacayo,
ocupado en bajar la cortina -. Sin poesía, el mis-
ticismo es superstición; y la poesía sin misti-
cismo es prosa -prosiguió ella con una sonrisa
contrita y el ojo clavado en el lacayo -. Pero,
no, Felipe! No es esa cortina. Es la de la ventana
grande -dijo al fin con un aire de sufrimiento y
como si hubiese quedado agotada por el es-
fuerzo que le habían costado tantas palabras.
Para calmarse, se llevó a la boca, con su mano
cargada de sortijas, el perfumado cigarrillo.
Silencioso y sumiso, caminando ligeramente
sobre la alfombra, con sus piernas musculosas y
sus pantorrillas salientes, el guapo lacayo se
acercó a la otra ventana y, mirando a la prince-
sa, se puso a bajar cuidadosamente la cortina, a
fin de que ni el menor rayo pudiese caer sobre
ella. Pero tampoco esta vez estaba haciendo lo
que quería Sofía Vassilievna, quien de nuevo
tuvo que interrumpir su disertación sobre el
misticisimo para aleccionar al implacable y tor-
pe Felipe que tanto la fatigaba. Por un momen-
to, un relámpago pasó por los ojos de lacayo.
«El pobre debe de estarse diciendo: ¿qué dia-
blos es lo que quieres en definitiva?», pensó
Nejludov ante aquella escena.
El guapo y robusto Felipe reprimió inmedia-
tamente su movimiento de impaciencia y se
puso a ejecutar las órdenes de la indolente,
débil y sofisticada princesa.
-Desde luego, hay mucho de verdad en la
doctrina de Darwin, pero a veces va demasiado
lejos -continuó Kolossov, agitándose en su bu-
taca y mirando a la princesa con ojos so-
ñolientos.
-Y usted, ¿cree usted en la herencia? -
preguntó a Nejludov, cuyo silencio la tenía de-
sazonada.
-¿La herencia? No, no creo en ella- respondió
sin desprenderse de las visiones extrañas que
obsesionaban su imaginación.
Se figuraba posando como modelo, al lado
del robusto y guapo Felipe, a Kolossov desnu-
do, con su vientre en forma de calabaza, su ca-
beza calva y sus brazos esqueléticos, caídos
como cuerdas. Y, vagamente también, entrevió
los hombros de Sofía Vassilievna, recubiertos
ahora de seda y de terciopelo, tal como debían
de ser. Pero esa imagen resultaba realmente
demasiado repugnante, y la rechazó.
Sofía Vassilievna se quedó mirándolo con fi-
jeza.
-Pero -dijo ella -me olvido de que Missy le
está esperando. Vaya a reunirse con ella; creo
que tiene intención de interpretarle un trozo de
Grieg. Es muy interesante.
«¡No tiene que interpretarme nada! ¿A qué
vienen todas estas mentiras?», pensó Nejludov,
levantándose y estrechando la mano transpa-
rente, huesuda y cargada de anillos de Sofía
Vassilievna.
En el salón se encontró con Catalina Alexei-
evna, quien lo detuvo al pasar.
-Lo cierto es -le dijo ella en francés, siguiendo
su costumbre -que las funciones de jurado, ya
lo veo, le deprimen a usted un poco.
-Sí, excúseme. Esta noche no me siento en
forma, y no tengo derecho a imponer mi mal-
humor a los demás -respondió Nejludov.
¿Y por qué no está usted en forma?
-Eso, permítame que no se lo diga- replicó él,
buscando su sombrero.
-¿Se olvida usted, pues, de que nos dijo que
había que decir siempre la verdad y que incluso
se aprovechó de eso para decirnos a todos ver-
dades crueles? ¿Por qué hoy no quiere usted
decir la verdad? ¿Te acuerdas, Missy? -añadió
Catalina Alexeievna, volviéndose hacia la jo-
ven, que acababa de entrar.
-Es que entonces era un juego - respondió
gravemente Nejludov -.El juego permite esas
cosas. Pero en la vida real, somos tan malos... o
yo soy tan malo..., que no me es posible pensar
en decir la verdad.
-No se retenga usted. Diga más bien que to-
dos somos malos -replicó alegremente la madu-
ra muchacha, sin fijarse en la gravedad de Ne-
jludov.
-No hay nada peor que decirse que no se está
en forma- interrumpió Missy -.Por mi parte,
nunca me lo confieso a mí misma; por eso
siempre estoy en forma. Vamos, sígame, vamos
a tratar de disipar su mauvaise humeur.
Nejludov experimentó el sentimiento que de-
ben de experimentar los caballos en el momen-
to de ser embridados y enjaezados. Nunca has-
ta entonces había experimentado tanto miedo a
dejarse enjaezar. Se excusó diciendo que tenía
necesidad de volver a su casa, y se preparó a
despedirse. Missy le retuvo la mano más tiem-
po que de costumbre.
Recuerde que lo que es grave para usted lo es
al mismo tiempo para sus amigos -dijo ella -
.¿Vendrá usted mañana?
-No lo creo- respondió Nejludov, y sintiendo
que el rubor le subía al rostro, se apresuró a
salir.
-¿Qué significa todo esto? Comme cela
m’intrigue! -dijo Catalina Alexeievna cuando él
hubo abandonado el salón -. Es preciso que me
entere. Quelque affaire d'amour-propre. Il est tres
susceptible, notre cher Mitia !
«Plutôt une affaire d'amour sale», pensó Missy,
pero sin decirlo. Miraba delante de ella con aire
sombrío, muy distinto del que tenía en presen-
cia de Nejludov. Sin embargo, ni siquiera de-
lante de Catalina Alexeievna se habría atrevido
a formular aquel juego de palabras de mal gus-
to, y se limitó a decir:
-Todos tenemos nuestros días buenos y nues-
tros días malos.
«¿También se escapará éste? -pensó Missy -
.Estaría muy mal por su parte, después de todo
lo que ha pasado.»
Si le hubiesen preguntado a Missy lo que
quería decir con aquellas palabras «todo lo que
ha pasado», no habría podido alegar nada pre-
ciso. Tenía, sin embargo, una impresión absolu-
tamente clara de las esperanzas despertadas en
ella por Nejludov y casi una promesa de casa-
miento. Desde luego, ninguna palabra precisa
los había ligado, pero miradas, sonrisas, alusio-
nes y silencios bastaban, a juicio de ella, para.
que lo considerase como si le perteneciese. Por
eso el pensamiento de perderlo le resultaban
tan penoso.
XXVIII
Vergüensa y disgusto, disgusto y vergüenza!
», pensaba Nejludov, volviendo a pie a su casa.
por un camino recorrido a menudo. La penosa
lmpresión nacida en el de su conversación con
Missy no se disipaba. Se sentía «formalmente»
al abrigo de los reproches de la joven, en cuanto
se trataba de declaración que hubiera podido
comprometerlo; y sin embargo, no estaba me-
nos ligado a ella. Lo compr:ndía, y con todas las
fuerzas de su ser comprendía también la impo-
sibilidad de casarse con ella.
¡Vergüenza y disgusto, disgusto y vergüen-
za!», se repetía ante el pensamiento no sólo de
sus relaciones con Missy, sino de todo lo que lo
rodeaba. «¡Todo es disgusto y vergüenza!»,
repitió, ubiendo la escalinata de su casa.
-No cenaré -le dijo a su criado Kornei, quien
lo esperaba en el comedor dispuesto a servirle-.
Puede usted retirarse.
-A sus órdenes -respondió el criado, que, en
lugar de marcharse, quitó la mesa.
Nejludov no pudo abstenerse de creer que el
otro obraba así para contrariarlo. Miraba a
Kornei con malhumor; habría querido que todo
el mundo lo dejase en paz, y todo el mundo se
ponía de acuerdo para llevarle la contraria.
Cuando Kornei salió, Nejludov se acercó al
samovar paraprepararse su té; pero oyó en la
antecámara los pasos de Agrafena Petrovna, y,
para no verla, salió precipitadamente y pasó al
salón, cuya puerta cerró tras él. Tres meses an-
tes, su madre había muerto en aquel salón. Dos
lámparas de reflectores lo alumbraban, ilumi-
nando los dos grandes retratos del padre y de
la madre de Nejludov colgados en la pared. Y
éste se acordó de sus últimas relaciones con su
madre. Falsas también, y, también allí, ver-
güenza y disgusto. Se acordaba de que en los
últimos tiempos de la enfermedad de su madre
había deseado positivamente su muerte. Era,
había pensado entonces, para que se librase de
sus sufrimientos; hoy comprendía que la había
deseado para librarse él mismo de la vista de
sus sufrimientos.
Con el deseo de evocar en él recuerdos mejo-
res, se acercó al retrato, firmado por un pintor
célebre y por el que se pagó en tiempos cinco
mil rublos. La madre de Nejludov estaba re-
presentada con vestido de terciopelo negro,
descubierta la garganta. El artista, eso se nota-
ba, había puesto el mayor cuidado en pintar
bien el nacimiento de los senos, su separación,
el cuello y los hombros, que su modelo tenía
muy bellos. A él le pareció esta vez que era ab-
solutamente vergonzoso y desagradable. Se
espantó de lo que había de repulsivo y de sacrí-
lego en aquella figura de su madre bajo el as-
pecto de una belleza semidesnuda. La cosa re-
sultaba tanto más chocante cuanto que hacía
tres meses, allí mismo, la misma mujer se había
tendido sobre un diván, seca como una momia,
exhalando un olor que infectaba toda la casa. Se
acordó de que, la víspera de su muerte, ella le
había cogido una mano entre sus pobres manos
descarnadas, lo había mirado a los ojos y le
había dicho: «¡No me juzgues, Mitia, si no he
hecho lo que era preciso! » Y que de sus ojos
enturbiados por el sufrimiento habían salido lá-
grimas.
«¡Qué disgusto!», se dijo una vez más frente
al retrato donde su madre, con una sonrisa
triunfante, desplegaba sus magníficos hombros
y sus brazos de mármol. y la desnudez de aquel
pecho lo hizo pensar en otra joven, vista por él
aquellos últimos días e igualmente escotada.
Era Missy, quien, una noche de baile, le había
rogado que viniese a verla con su nuevo vesti-
do. Con verdadera repugnancia se acordó del
placer que había experimentado al ver los boni-
tos hombros y los bellos brazos de Missy. «¡Y
delante de ese padre grosero y sensual, con su
pasado de crueldad, y esa madre bel esprit, de
reputación sospechosa!», pensaba. Todo aque-
llo era repugnante y vergonzoso. ¡Vergüenza y
disgusto, disgusto y vergüenza!
«No, no -se dijo -, ¡Es preciso que me libere,
que rompa todas estas relaciones mentirosas
con los Kortchaguin, con María Vassilievna,
con la herencia y con todo lo demás...! Sí, esca-
parme, respirar en paz. Ir al extranjero, trabajar
en mi cuadro en Roma.»
Y se acordó de sus propias dudas sobre su ta-
lento.
Bah, ¿qué importa eso? Lo importante es res-
pirar en libertad. Iré a Constantinopla y luego a
Roma. Me iré en cuanto cierren los tribunales y
quede arreglado este asunto con el abogado.»
De nuevo se irguió ante él la imagen viviente
de la condenada, con sus negros ojos que biz-
queaban un poco. ¡Ah, cómo había llorado ella
al gritar aquellas últimas palabras! Con un ges-
to brusco, tiró el cigarrillo que acababa de en-
cender, encendió otro y se puso a caminar de
arriba abajo por la habitación. Luego, con el
pensamiento, volvió a ver los minutos sucesi-
vos pasados con Katucha: la escena de la habi-
tacioncita, el desencadenamiento de su pasión
bestial, su desilusión una vez satisfecha aqué-
lla. Volvió a ver el vestido blanco y el cinturón
azul, y la misa nocturna.
«Sí, aquella noche la amé, la amé verdadera-
mente, con un amor fuerte y puro; y la había
amado antes, ¡oh, cuantísimo!, cuando residía
en casa de mis tías para escribir mi tesis.»
Volvió a verse a sí mismo tal como era enton-
ces, y eso lo inundó con un perfume de frescor,
de juventud, de vida dichosa; y se agravo aun
mas su tristeza.
Le pareció enorme la diferencia existente en-
tre el hombre de entonces y el de ahora: tanta y
quizá más aún que la que existía entre la Katu-
cha de la iglesia y la prostituta, la amante del
comerciante siberiano, juzgada por él hacía
poco. Valeroso y libre entonces, nada le parecía
imposible; ahora, sepultado en una existencia
inútil y vacía, miserable y estúpida, sin salida y
de la cual muy a menudo se negaba a salir. Re-
cordó que orgullo extraía entonces de su fran-
queza y de su principio de decir siempre la
verdad, y de su manera de decirla; en tanto que
ahora estaba sumido en la más espantosa men-
tira, considerada verdad por quienes lo rodea-
ban.
Y tampoco había salida de aquella mentira en
la que se hundía por la fuerza de la costumbre,
en la que se pavoneaba.
¿C6mo liberarse en sus relaciones con María
Vassilievna? ¿Cómo resolverse a poder mirar
cara a cara al marido y a los hijos de aquella
mujer? ¿Cómo romper su trato con Missy?
¿Cómo poner de acuerdo el hecho de haber
proclamado él mismo la injusticia de la propie-
dad rústica y el de poseer la herencia de su
madre, indispensable para su existencia?
¿Cómo redimir su falta para con Katucha? Y,
sin embargo, las cosas no podían quedar así.
«No puedo -se decía él- abandonar a una mujer
amada en otros tiempos, pagando solamente a
un abogado para arrancarla de esa cárcel que
no ha merecido. ¡Querer lavar mi falta con di-
nero es lo que yo creía suficiente cuando daba
cien rublos a Katucha!»
Volvió a ver el momento en que, en el vestí-
bulo de la casa de sus tías, se había acercado a
la joven, le había deslizado el dinero y había
huido. «¡Ah, ese maldito dinero, ah, ah, qué
asco!», se dijo en voz alta, como lo había dicho
entonces. «Solamente un miserable, un canalla,
podía obrar así. ¿ Y soy yo ese canalla, ese mi-
serable? –exclamó- ¿Pues quién sino yo?», se
respondió. y continuó denunciándose a sí mis-
mo: «Y además, no es eso todo. ¿No es una ba-
jeza tus relaciones con Maria Vassilievna, tu
amistad con su marido? ¿Y tu actitud en lo que
se refiere a tus bienes? So pretexto de que el
dinero procede de tu madre, ¿no disfrutas de la
riqueza que consideras ilegítima? ¿Y toda tu
vida, ociosa e inútil? Y, como coronamiento de
todo eso, ¿qué puedes decir de tu conducta
respecto a Katucha? ¡Eres un miserable! ¿Qué
importa el juicio de los demas? Tú puedes en-
gañados, pero no puedes engañarte a ti mis-
mo.»
Y comprendió que el objeto de una aversión
que él sentía desde hacía algún tiempo, y sobre
todo aquella noche no eran ni los hombres ni el
viejo príncipe, ni Sofía Vassilievnna, ni Missy,
ni Kornei, sino él mismo, y, ¡cosa extraña!,
aquel reconocimiento de su indignidad, aunque
penoso, contenía algo de calmante y de conso-
lador.
Varias veces en el curso de su existencia había
ya procedido a lo que él llamaba «limpiados de
conciencia»; crisis morales en las que el decai-
miento, casi la detención de su vida in. terior, lo
habían obligado a barrer las porquerias que
manchaban su alma.
Hecho eso, no dejaba nunca de imponerse re-
glas jurándose seguirlas. Escribía un diario,
volvía a empezar una nueva vida «turning a
new leaf», como él decía. Pero la seducción del
mundo volvía de nuevo a atrapado, y volvía
otra vez al punto de partida, si no más bajo.
El verano en que pasó las vacaciones en casa
de sus tías había marcado la primera de aque-
llas «limpiezas». Fue su despertar más vivo y
más entusiasta. Sus consecuencias habían du-
rado bastante tiempo. El segundo despertar
ocurrió cuando, habiendo abandonado su em-
pleo de funcionario, soñó con sacrificar su vida
y había partido a guerrear contra los turcos. En
aquella ocasión, la recaída tuvo lugar antes que
otras veces. Un nuevo despertar había ocurrido
cuando abandonó el ejército y partió al extran-
jero para dedicarse a la pintura.
Desde entonces, y hasta el día de hoy, había
transcurrido un largo período sin que «limpiase
su conciencia». Por eso nunca había llegado a
una suciedad tal, a un tal desacuerdo entre lo
que exigía su conciencia y la vida que llevaba.
Se quedó aterrado. El abismo era tan grande, y
la suciedad tan fuerte, que en el primer mo-
mento desesperaba de poder desprenderse de
ella.
«Más de una vez has tratado de corregirte, de
hacerte mejor, y has fracasado -le decía una voz
tentadora -.¿Vale la pena empezar una vez
más? ¿Es que eres tú el único que estás en ese
caso? Todo el mundo es como tú. ¡Es la vida!»
Pero el ser libre, el ser moral, y que es en no-
sotros el único verdadero, el único poderoso, el
único eterno, ese ser, en aquel momento, se
había despertado en él. Le era imposible no
creer en él. Por colosal que fuera la distancia
entre lo que era y lo que habría querido ser,
aquel ser interior afirmaba que todo le era po-
sible aún.
«Romperé, por mucho que me cueste, los la-
zos de mentira en los que me revuelco, y confe-
saré todo; diré y haré la verdad -se dijo con
decisión en voz alta -. Diré la verdad a Missy:
que soy un libertino, que no puedo casarme con
ella y que le pido perdón por haberla turbado.
Diré a Maria Vassilievna..., o mejor, no a ella,
sino a su marido, le diré que soy un miserable,
que lo he engañado. Dispondré de la herencia
conforme a la verdad. Diré también a Katucha
que soy un miserable, que pequé contra ella. y
haré todo lo posible por suavizar su suerte. Iré
a verla y le pediré que me perdone. Sí, le pediré
perdón como hacen los niños... Me casaré con
ella si es preciso...»
Se detuvo, juntó las manos como hacía en su
infancia, elevó los ojos y dijo:
-¡Señor, ven en mi ayuda, instrúyeme, pene-
tra en mí para purificarme!
Rezaba. Pedía a Dios que penetrara en él para
purificarlo; y ese milagro, pedido en su oración,
se había, sin embargo, cumplido ya en él. Dios,
viviendo en su conciencia, había vuelto a tomar
posesión de ella. Y no solamente sentía Nejlu-
dov la libertad, la bondad, la alegría de la vida;
sentía también la fuerza del bien, y todo el bien
posible que un hombre pudiera hacer, él se sab-
ía capaz de hacerlo también.
Sus ojos estaban bañados de lágrimas. Bue-
nas, en tanto que lágrimas de felicidad, nacidas
del despertar del ser moral dormido en él des-
de hacía años; pero malas también, porque eran
lágrimas de enternecimiento por sí mismo y
por su bondad de alma.
Se ahogaba. Avanzó y abrió la ventana que
daba al jardín. La noche era fresca, blanca de
luna. A lo lejos resonó un ruido de ruedas, y
luego todo volvió a quedar en silencio. Bajo la
ventana, sobre la arena de la alameda y sobre el
césped, se perfilaba la sombra de un gran ála-
mo desnudo. A la izquierda, bajo los diáfanos
rayos de la luna, el techo de la cochera parecía
todo blanco. Al fondo se entrecruzaban las ra-
mas de los árboles y transversalmente la línea
negra del seto. Y Nejludov contemplaba el
jardín, lleno de una dulce luz argentada, y la
cochera, y la sombra del álamo; escuchaba y
aspiraba el soplo vivificante de la noche.
-¡Qué hermoso es todo! ¡Qué hermoso es to-
do, Dios mío! -decía.
Y estas palabras eran la expresión de lo que
pasaba en su alma
XIX
Maslova no fue llevada a la cárcel hasta las
seis, doloridos los pies después de quince vers-
tas ( medidas itineraria equivalente a 1.067 me-
tros) de marcha desacostumbrada por una cal-
zada de piedra. Aunque aniquilada por la seve-
ridad imprevista de la sentencia, tenía hambre.
Durante una suspensión de la vista, los guar-
dianes habían comido en su presencia pan y
huevos duros; la boca se le hizo agua y se dio
cuenta de que tenía hambre, pero le habría pa-
recido humillante pedirles algo. y la vista re-
comenzó y duró todavía más de tres horas, y
había acabado por no sentir ya hambre, sino
únicamente debilidad. La lectura de la senten-
cia la había encontrado en esta disposición de
espíritu, y al escucharla creyó estar soñando. La
idea de los trabajos forzados no consiguió im-
plantarse fácilmente en su espritu. Pero la aco-
gida que se le dio a la lectura de su condnna
por los magIstrados y los jurados le hizo ver
pronto la realidad de la misma. Entonces, sub-
levada, había gritado su inocencia con todas
sus fuerzas, pero también su grito fue acogido
como una cosa natural, prevista y sin alcance
en su situación. Se había deshecho en lágrimas,
fatalmente resignada a soportar hasta el fin la
extraña y cruel injusticia que se había realizado
en detrimento de ella. Una cosa sobre todo la
asombraba: que aquella dura sentencia le fuese
infligida por hombres, por hombres jóvenes y
no viejos, los mismos que de ordinario la mira-
ban con tanta complacencia. Únicamente el
fiscal era la excepción. En la sala de los presos,
aguardando el comienzo de la vista, y luego,
durante las suspensiones, había visto que aque-
llos hombres, so pretexto de que tenían que
hacer algo alli, pasaban por delante de la puerta
de la estancia donde se encontraba e incluso
entraban para tener ocasión de mirarla. ¡Y estos
mismos hombres la habían condenado a la
cárcel, aunque ella fuese inocente de lo que se
la acusaba! Había comenzado a llorar, hasta
quedar, poco a poco, sin lágrimas y completa-
mente postrada. [Link], despues de la vista,
la encerraron en el calabozo del Palacio de Jus-
ticia en espera de su traslado a la cárcel, no ten-
ía más que un pensamiento: fumar.
En este estado la encontraron Botchkova y
Kartinkin, llevados igualmente después de la
sentencia al mismo calabozo. Botchkova se hab-
ía puesto a insultarla, diciéndole que era un
«piojo carcelario».
-Qué, ¿has ganado, te has justificado? ¡No te
has escapado, pendón! ¡No tienes más que lo
que mereces! ¡En la cárcel no te darás ya aires
de princesa!
Maslova permanecía impasible, con las ma-
nos hundidas en las mangas de su capote, la
cabeza baja, mirando obstinadamente a dos
pasos delante de ella; se limitó a decir:
-Yo no me ocupo de usted; déjeme tranquila.
No me ocupo de usted -repitió varias veces.
Luego se calló.
Se animó un poco cuando se llevaron a
Botchkova ya Kartinkin, y un guardia entró a
traerle un envío de tres rublos.
-¿Eres tú Maslova? -preguntó. Y añadió, ten-
diéndole el dinero -: Esto te lo envía una seño-
ra.
-¿Qué señora?
-¡Vamos, toma! No tenemos por qué daros
conversación.
El dinero le era enviado a Maslova por Ki-
taieva, la patrona de la casa de tolerancia. Ésta,
al salir de la Audiencia, había preguntado al
portero de estrados si podía dar un poco de
dinero a Maslova. Al escuchar la respuesta
afirmativa, se quitó con precaución el guante de
piel de Suecia que recubría su blanca y gorde-
zuela mano y sacó del bolsillo de detrás de su
falda de seda una cartera de última moda ati-
borrada de billetes. Entre una gran cantidad de
cupones y de títulos ganados por ella, eligió un
billete de dos rublos cincuenta, añadió cincuen-
ta copeques en plata y entregó todo al portero
de estrados. Éste llamó al guardia y le entregó
la suma en presencia de la señora.
-Se lo ruego, le entregará eso, ¿verdad? -dijo
Karolina Albertovna al guardia.
Este último se sintió vejado por semejante
desconfianza; de ahí su malhumor contra Mas-
lova.
Ésta no dejó de sentirse encantada al recibir
tal dinero, que le iba a permtir realizar su de-
seo.
«¡Con tal que pueda procurarme pronto ciga-
rrillos...!», se dijo; y en este único deseo de fu-
mar se concentraban todos sus pensamientos.
Tenía tantas ganas, que aspiraba con avidez el
olor de tabaco que entraba, a bocanadas, en su
celda. Pero tuvo que aguardar mucho tiempo
para satisfacer su deseo. El escribano, encarga-
do de ordenar el traslado de los condenados
desde la Audiencia a la cárcel se habia en efecto
olvidado de ellos y se había retrasado discu-
tiendo con un abogado el articulo del periódico
prohibido
Por fin, a eso de las cinco se hizo partir a Mas-
lova entre sus dos guardias, el de Nijni-
Novgorod y el chuvaco, que la hicieron salir
por una puerta trasera del palacio. En el vestí-
bulo del tribunal ella les había dado veinte co-
peques rogándoles que fuesen a comprarle dos
panes blancos y cigarrillos.
El chuvaco se había echado a reír:
-Está bien, te lo compraré- había dicho.
Honradamente, había ido a comprar los pa-
nes y los cigarrillos y le había devuelto lo que
quedaba. Pero estaba prohibido fumar en ruta;
así, pues, Maslova había llegado hasta la cárcel
sin haber podido satisfacer sus ganas de fumar.
En el momento de llegar entraba un convoy
de un centenar de presos y se había cruzado
con ellos a la puerta. Los había viejos y jóvenes,
barbudos o afeitados, rusos y de otras razas.
Algunos llevaban rapada la mitad de la cabeza
y tenian hierros en los pies. Llenaban el vestí-
bulo de polvo, del ruido de sus pasos y de sus
conversaciones y de un acre tufo a sudor. To-
dos, al pasar cerca de Maslova, la habían mira-
do; algunos se habían acercado a ella para re-
quebrarla.
-iVaya, vaya, la hermosa muchacha! -había
dicho uno.
¡Mis respetos a la madrecita!- había dicho
otro, guiñando un ojo.
Y uno de ellos, moreno, con la cabeza rapada
y enormes bigotes, haciendo resonar sus hie-
rros, se le había acercado para agarrarla del
talle.
-¿Es que no reconoces a tu amiguito? ¡Vamos,
no tengas tantos escrúpulos! -le dijo, enseñando
los dientes y con los ojos brillantes cuando ella
lo rechazó.
-¿Qué haces tú ahí, bribón?- gritó el subdirec-
tor de la cárcel, apareciendo de improviso.
Inmediatamente, el forzado se retiró, aga-
chando la espalda. y el subdirector se volvió
hacia Maslova.
-¿ Y tú, qué vienes a hacer aquí?
Maslova estaba tan cansada, que le faltaron
fuerzas para decir que volvía del tribunal.
-Llega de la Audiencia, señoría -respondió
uno de los soldados, llevándose la mano a la
garra.
-Hay que entregársela al guardián jefe. ¿Qué
significa este desorden?
-A sus órdenes. señoría.
-jSokolov! ¡Hazte cargo de ella! -gritó el sub-
director. El guardián jefe se acercó, la agarró
por un hombro con malhumor y, haciéndole
una señal con la cabeza, la condujo él mismo
por el corredor de las mujeres. Allí la registra-
ron por todas partes sin encontrar nada (el pa-
quete de cigarrillos lo había escondido dentro
del pan) y la hicieron entrar de nuevo en la sala
de donde había partido por la mañana.
XXX
Esta sala a la que llevaban de nuevo a Maslo-
va era una gran pieza de nueve archines ( medi-
da de longitud = 0.71m.- [Link] T.) de largo por
siete de ancho con dos ventanas; por todo mo-
biliario, una vieja estufa blanca en sus tiempos
y una veintena de camas de tablas desunidas y
que ocupaban los dos tercios de la superficie de
la sala. Hacia el centro, frente a la puerta, ardía
un cirio ante un icono ennegrecido de grasa y
adornado con un viejo ramillete de siemprevi-
vas. A la izquierda, detrás de la puerta, el cubo
de las basuras.
Acababan de pasar la lista de retreta y de en-
cerrar alas presas para la noche.
Quince personas ocupaban la sala: doce mu-
jeres y tres niños.
Había aún claridad y sólo dos mujeres esta-
ban acostadas. Una de ellas dormía, tapada la
cabeza con su capote: era una idiota, encarcela-
da por vagabunda, y que dormía día y noche.
La otra, condenada por robo, era tísica. Sin
dormir, permanecía extendida, abiertos los
grandes ojos, posada la cabeza sobre su capote;
un hilo de saliva corría de sus labios, apretada
la garganta en un duro esfuerzo para no toser.
Entre las demás mujeres, vestidas la mayoría
solamente con camisas de tela gruesa, unas
cosían, sentadas en sus camastros; otras, de pie
junto a las ventanas, miraban pasar por el paño
el convoy de los presos. De las tres mujeres que
cosían, una era la vieja Korableva, quien por la
mañana había hablado a Maslova por la mirilla
de la puerta. Era una mujer alta y fuerte, de
cara enfurruñada, con grandes cejas fruncidas,
carrillos que le caían bajo el mentón, cabellos
ralos y amarillentos, griseando ya en las sienes,
y una verruga cubierta de pelos en la mejilla.
Había sido condenada a prisión por haber ma-
tado a su marido, al que encontró a punto de
violar a su hija. Decana de la sala, gozaba del
privilegio de vender aguardiente. En aquellos
momentos cosía, provista de gafas y sostenien-
do la aguja al modo campesino, esto es, con tres
dedos de su gran mano callosa. Cerca de ella,
cosiendo igualmente, estaba una mujercita mo-
rena de nariz roma, con ojillos negros, aire bo-
nachón y, además, muy charlatana. Guardaba-
rrera de ferrocarril, había sido condenada a tres
meses de cárcel por haber causado un accidente
al olvidar, una noche, agitar su bandera al paso
de un tren. La tercera era Fedosia, o Fenitchka,
como la denominaban sus compañeras, joven
aún, toda blanca y toda rosa, con claros ojos de
niña y, alrededor de su cabecita, dos largas
trenzas enrolladas de rubios cabellos. Estaba en
la cárcel por tentativa de envenenamiento con-
tra su marido, al día siguiente de casarse, sin
motivo aparente; tenía entonces apenas diecis-
éis años. Ahora bien, durante sus ocho meses
de prisión preventiva no sólo se había reconci-
liado con su marido, sino, más aún, se había
enamorado de él. Cuando se celebró el juicio,
ella le pertenecía en cuerpo y alma, lo que no
había impedido que el tribunal la condenase a
trabajos forzados en Siberia, a pesar de las
súplicas de su marido, de su suegro y sobre
todo de su suegra, que sentían por ella una
verdadera ternura y que habían hecho toda
clase de esfuerzos para que la absolvieran.
Buena, alegre, siempre risueña, era vecina de
cama de Maslova y había congeniado pronto
con ella, y la colmaba de cumplidos y de aten-
ciones.
Cerca de allí, en una cama, estaban sentadas
otras dos mujeres. Una, de unos cuarenta años,
delgada y pálida, con algunos restos de belleza
marchita, amamantaba a un niño. Era una
campesina condenada por rebelión contra la
autoridad. Habiendo ido un día a su pueblo la
policía para llevarse por la fuerza al regimiento
a uno de sus sobrinos, los campesinos, juzgan-
do ese acto ilegal, se habían rebelado, avasa-
llando al comisario de policía rural, y la mujer
había saltado a los belfos del caballo sobre el
cual habían hecho subir a su sobrino, a fin de
liberar a éste. Una viejecilla, jorobada, de cabe-
llos ya grises, estaba sentada cerca de la joven
madre. Fingía querer atrapar a un grueso niñito
de cuatro años, ventrudo, que corría alrededor
de ella lanzando carcajadas. Y, en camisa, el
niño corría, repitiendo sin cesar:
-¡No me coges! ¡No me coges!
El hijo de aquella vieja había sido condenado
por tentativa de incendio, y ella había sido re-
conocida cómplice. Resignándose, en cuanto a
ella, a su pena, no dejaba de gemir por su hijo,
encarcelado igualmente, y sobre todo por su
viejo marido; pues ella temía que su nuera se
hubiese ido y que el viejo no tuviera a nadie
para lavarlo y quitarle los piojos.
Además de estas siete mujeres, otras cuatro.
en pie ante una ventana abierta, se agarraban a
los barrotes de hierro; hablaban con los presos
que pasaban por el patio, los mismos que Mas-
lova había encontrado en el vestíbulo. Una de
esas mujeres, que expiaba un robo, era una alta
pelirroja de cuerpo desmalazado, con pecas en
todo su joven rostro. Con voz aguardentosa,
lanzaba a través de la ventana gran cantidad de
palabras chocarreras. A su lado había una mu-
jercita morena a la que su largo tronco y sus
cortas piernas daban el aire de tener diez años.
Su rostro, de color de ladrillo, estaba lleno de
manchas; sus ojos eran grandes y negros, con
gruesos labios recortados, levantados sobre una
fila de blancos y prominentes dientes. Soltaba
risotadas al escuchar las respuestas de su veci-
na a los presos del patio. Su coquetería le había
merecido el apodo de la Hermosa. Estaba con-
denada por robo e incendio. Delgada, huesuda,
lastimosa, se erguía detrás de ella otra mujer,
condenada por ocultación de objetos robados;
inmóvil, con una camisa de tela gris muy sucia,
pesada con su vientre fecundado, permanecía
en pie, muda, sonriendo a veces, con aire apro-
bador y enternecido, a lo que ocurría en el pa-
tio. La cuarta detenida, de pequeña estatura,
fuerte, de ojos salientes y aire bonachón, había
sido condenada por venta fraudulenta de
aguardiente. Era la madre del niño que jugaba
con la jorobada y de una niñita de siete años,
autorizados a compartir su prisión porque no
habían sabido a quién confiárselos. La madre,
como las demás mujeres, miraba por la venta-
na, pero sin dejar de hacer punto de media, y
cerraba los ojos, pareciendo desaprobar lo que
decían los presos que pasaban por el patio. En
cuanto ala niñita de siete años, tenía cabellos de
un rubio casi blanco, en desorden; agarrada con
su delgada manecita a la falda de la pelirroja,
fija la mirada, escuchaba atentamente los jura-
mentos cruzados entre las mujeres y los presos
y los repetía en voz baja, como si se los hubiese
aprendido de memoria.
Por último, la duodécima detenida era la hija
de un sacristán; había ahogado a su hijo recién
nacido en un pozo. Era una muchacha alta,
larguirucha, rubia, con una trenza gruesa y cor-
ta, dorada y mal peinada, y ojos salientes y fi-
jos. Descalza y en camisa de tela gris, caminaba
sin tregua de arriba abajo por el estrecho espa-
cio que dejaban las camas, sin ver a nadie ni
hablar con nadie, y, cuando llegaba a la pared,
daba una brusca media vuelta.
XXXI
Cuando la puerta se abrió para dejar paso a
Maslova, todas se volvieron hacia ella; incluso
la hija del sacristán detuvo su paseo, levantó las
cejas al examinar a la recién llegada y luego, sin
decir palabra, reemprendió su marcha de
autómata. Korableva pinchó su aguja en el saco
que estaba cosiendo, y, por encima de sus ga-
fas, interrogó a Maslova con la mirada:
-¡Perra suerte! -exclamó con su voz de bajo -
.¡Ha vuelto! ¡Yo que pensaba que la iban a dejar
en libertad!
Se quitó las gafas y las depositó sobre la ca-
ma, juntamente con su labor.
-Precisamente estábamos diciendo con la ma-
drecita que quizá te habrían soltado ya. Parece
que de vez en cuando ocurre eso. Y hay veces
en que incluso le dan a una dinero -dijo la
guardabarrera con voz cantarina -. Y he aquí lo
que te ocurre; no hemos adivinado. ¡Estamos en
las manos de Dios, cariño! -añadió ella con voz
enternecida y continuando su costura.
-Entonces, ¿de verdad te han condenado? -
preguntó Fedosia con compasión, mirando a
Maslova con sus azules ojos infantiles. y todo
su rostro joven y alegre pareció a punto de
inundarse de lágrimas.
Maslova no respondió nada. Se acercó a su
cama, vecina a la de Korableva, y se sentó.
-Y quizá ni siquiera has comido, ¿verdad? -
dijo Fedosia, sentándose al lado de ella.
Maslova, sin responder, depositó los panes
sobre la cabecera y se desnudó; se quitó su pol-
voriento capote, deshizo el pañolón que recubr-
ía los bucles de sus negros cabellos y volvió a
sentarse.
La vieja jorobada, que, al extremo de la sala,
jugaba con el niño, se acercó a su vez:
-¡Ts!, ¡ts!, ¡ts! -dijo con un chasquido de la
lengua e inclinando compasivamente la cabeza.
El niño acudió detrás de ella. Boquiabierto y
con ojos como platos, se quedó mirando los
panes traídos por Maslova. esta, después de
todo lo que le había pasado, al volver a ver
aquellos rostros llenos de compasión, sintió
ganas de llorar y le temblaron los labios; sin
embargo, se contuvo hasta el momento en que
la vieja y el niño se le acercaron. Pero ante las
exclamaciones de la primera y las miradas se-
rias del niño que iban desde los panes a ella, no
pudo dominarse. Todos sus rasgos se estreme-
cieron y estalló en sollozos.
-Siempre te lo dije: ¡escoge un abogado ladi-
no! -dijo Korableva-. Bueno, ¿qué ha pasado?
¿Deportación?
Las lágrimas le impidieron a Maslova res-
ponder. Recogió el pan y tendió a Korableva el
paquete de cigarrillos, donde estaba represen-
tada una dama toda rosa de alto pescuezo y
escotada en triángulo. Korableva miró la ima-
gen y meneó la cabeza, pareciendo desaprobar
a Maslova por haber gastado tan tontamente su
dinero; luego sacó un cigarrillo, lo encendió en
la lámpara y, habiendo dado una chupada, se
lo tendió a Maslova, quien, todavía llorando, se
puso a fumar con avidez.
-¡Trabajos forzados! -gimió ella por fin entre
dos sollozos.
-¡No sienten temor de Dios esos malditos
vampiros! -exclamó Korableva -¡Han condena-
do a esta muchacha por nada!
En aquel momento, las cuatro mujeres, en pie
ante la otra ventana, lanzaron una gran risota-
da. Se oyó también la risa fresca de la niña
mezclada a las risas enronquecidas y agudas de
las mujeres. Sin duda, uno de los presos había
provocado aquel estallido de alegría chocarrera
con un gesto equívoco.
-¡Vaya, el perro rapado! ¿Habéis visto lo que
ha hecho? -clamó la mujer pelirroja, moviendo
su desmalazado cuerpo.
-¡Vaya una piel de tambor! ¡Pues sí que hay
mucho de qué reír!- dijo Korableva, señalando
con la cabeza a la mujer pelirroja. Y, dirigién-
dose a Maslova -: ¿ y por cuántos años?
-Por cuatro -respondió Maslova, con una
abundancia tal de lágrimas, que una de ellas
cayó sobre su cigarrillo.
Maslova lo miró con malhumor, lo tiró y co-
gió otro.
Aunque ella no fumaba, la guardabarrera re-
cogió inmedia tamente la colilla y dijo a su vez:
-¡Ay, hermosa mía, qué verdad cuando dicen
que nos comen los puercos! Hacen lo que les da
la gana. ¡Y nosotras que habíamos creído que te
pondrían en libertad! Matveievna aseguraba
que te absolverían. Y yo le respondí: «No, cari-
ño, mi corazón presiente que la van a devorar.»
Y he aquí que es cierto- proseguía la guardaba-
rrera, escuchando con un placer visible el soni-
do de su propia voz.
Durante este tiempo, los presos habían aca-
bado de atravesar el patio. Las mujeres que
habían cruzado con ellos groseras pullas aban-
donaron la ventana para acercarse a Maslova.
Llegó primeramente la tabernera con su hijita.
-Qué, ¿han sido muy severos?- preguntó
sentándose al lado de Maslova y sin dejar de
hacer punto apresuradamente.
-¡La han condenado porque no tenía dinero! -
replicó Korableva -.Si lo hubiese tenido, habría
podido pagar a un abogado astuto y ladino que
habría hecho que la absolvieran. Hay uno (no
me acuerdo ya de su nombre), uno peludo, con
una gran nariz; ése, muchacha, te sacaría com-
pletamente seca del fondo del agua. Había que
haber cogido a ése.
-¡Ah, sí, cogerlo! -dijo la Hermosa mostrando
sus dientes -.¡Ese no pediría menos de mil ru-
blos!
-Sin duda,. es tu estrella- interrumpió la bue-
na vieja condenada por incendio -. No es por-
que yo lo diga. El miserable que le quitó la mu-
jer a mi hijo y que le hizo poner a él entre rejas
para que alimentase a los piojos y que me ha
hecho encerrar a mí en mi vejez... -continuó,
recomenzando su historia por centésima vez.
-No hay medio de evitar la cárcel ni la pobre-
za. Si no es la una, es la otra. Son todos lo mis-
mo -dijo la tabernera. Y de repente, mirando la
cabeza de su hija, soltó la media que estaba
tejiendo cogió a la niña entre sus rodillas y, con
gran destreza, se puso a buscarle entre los cabe-
llos -.¿Por qué te dedicaste a vender aguardien-
te? -y se respondió -:¿Con qué, si no, habría
dado de comer a mis hijos?
Esta palabra de «aguardiente» dio a Maslova
ganas de beberlo.
Me gustaría beber un vaso -dijo a Korableva.
Se enjugó las lágrimas con la manga de la cami-
sa y no dejó escapar un sollozo más que de tar-
de en tarde.
-Entonces, dame- dijo Korableva.
XXXII
Maslova había escondido también su dinero
en el pan. Lo retiró y tendió el billete a Kora-
bleva. Ésta no sabía leer; se lo enseñó a la Her-
mosa, quien le dijo que aquel cuadradito de
papel valia dos rublos cincuenta. La vieja fue
entonces a la estufa, abrió la puerta del tiro y
sacó un frasco de aguardiente. Al ver aquello,
las mujeres que no eran vecinas suyas regresa-
ron a sus puestos. Esperando el aguardiente,
Maslova sacudió el polvo de su capote y de su
pañolon, subió a su camastro y se puso a comer
su pan:
-Te había dejado té, pero ahora está frío -le di-
jo Fedosia, quien tomó de una plancha una te-
tera y un vaso de hierro fundido envueltos en
un trapo.
La bebida estaba en efecto completamente
fría y sabía más a hierro que a té. Sin embargo,
Maslova la bebió comiendo su pan.
-¡Toma, Finaschka! -le gritó al niño, partiendo
un pedazo de pan, que le dio.
Korableva tendió el frasco de aguardiente y el
vaso, y Maslova le ofreció un poco, igual que a
la Hermosa. Ellas tres componían la aristocracia
del lugar , siendo las únicas que de vez en
cuando tenían dinero, y compartían siempre
entre ellas lo que tenían.
Maslova, pronto toda animada, contó lo que
le había impresionado en la Audiencia y re-
medó los ademanes y el tono del fiscal. Dijo el
interés que habían mostrado todo el día los
hombres por acercársele. En la vista, todo el
mundo la había estado mirando, y aun después
del juicio, en la habitación donde la habían en-
cerrado, no dejaba de venir gente a verla.
-Uno de los guardias me decía: «Es a ti a
quien vienen a ver.» Entonces llegaba alguien:
«¿Dónde está tal papel?, Y yo veía que él no
tenía necesidad de papel alguno, pero que me
comía con los ojos. ¡Vaya unos farsantes! -
contaba ella, sonriendo, con un movimiento de
cabeza en el que se transparentaba un reproche.
-Siempre ocurre así- aprobó la guardabarrera,
quien de nuevo empezó a perorar con su voz
cantarina -.Caen como moscas sobre el azúcar.
Para otra cosa, no se les ve venir; mas para eso,
siempre están dispuestos.
-Y aquí -continuó Maslova, sonriendo -
también tuve una buena acogida. Al entrar en
la cárcel, el paso estaba cortado por una banda-
da de presos a los que traían de la estación.
Menos mal que el subditector acudió a librar-
me. Había uno sobre todo que estaba rabioso:
tuve que pegarle para que me soltase.
-¿ Y cómo era? -preguntó la Hermosa.
-Uno moreno, con grandes bigotes.
-Seguro que era él.
¿Quién?
-Pues Stcheglov. Acaba de pasar por el patio.
–
¿Qué Stcheglov es ése?
-¿Cómo, no conoces a Stcheglov? Se ha esca-
pado ya dos veces de Siberia. Lo han vuelto a
coger, pero se evadirá una vez más. Los guar-
dias le tienen miedo -añadió la Hermosa, que a
menudo transmitía clandestinamente cartitas a
los presos y conocía todos los líos de la cárcel-.
Seguro que se escapará de nuevo.
-Es posible. Pero no nos llevará con él -
comentó Korableva Escucha -continuó, vol-
viendose hacia Maslova -, será mejor que nos
cuentes lo que te ha dicho tu abogado para tu
instancia. ¿Tienes que firmarla ahora?
Maslova respondi que no sabía nada de eso.
Entonces la mujer pelirroja, con los brazos
manchados de pecas hundidos en su espesa
cabellera y rascándose furiosamente la cabeza
con las uñas, se acercó a las tres mujeres, que
continuaban saboreando su aguardiente.
-¿Quieres que te diga lo que tienes que hacer,
Catalina? -le dijo a Maslova -.Es preciso que
digas: «Estoy descontenta del juicio», y de-
clarárselo así al fiscal.
-¿Qué tonterías vienes a decir? -le preguntó
Korableva con su voz irritada de bajo -.¡Tiene
que ver esta fulana que ha comerciado con
aguardiente! ¡No hace falta que vengas a damos
consejos! Sabemos lo que hay que hacer; no se
te necesita.
-¿ Es que te estoy hablando a ti? ¿ A qué te
metes en esto?
- Lo que te tienta es el aguardiente, ¿ver-
dad? Por eso vienes a dártelas de sabia.
- Vamos, sírvele un vaso- dijo Maslova,
siempre generosa.
- Espera, tú verás qué es lo que le voy a
servir.
- ¿Cómo? Has de saber que no te tengo
miedo- exclamó la mujer pelirroja avan-
zando hacia Korableva- ¡ Basura!
- ¿Basura yo? ¡ Piojo de carcel!- gritó la
pelirroja.
Y como ésta hubiera dado un paso al frente,
Korableva le dio un golpe en el pecho desnudo
y graso.
Como si no hubiera esperado más que aque-
lla provocación la pelirroja hundió bruscamen-
te los dedos de una de sus manos en los cabe-
llos de Korableva, tratando con la otra mano de
golpearla en la cara, mientras su adversaria le
agarraba el brazo. Maslova y la Hermosa inten-
taron apartarlas, pero la pelirroja había agarra-
do tan sólidamente los cabellos de la vieja, que
no se podía conseguir que los soltara. Korable-
va, bajada la cabeza, golpeaba al azar sobre el
cuerpo de su enemiga y se esforzaba en mor-
derle el brazo. Alrededor de ellas se habían
amontonado las mujeres, que gesticulaban y
gritaban. Incluso la tísica se había levantado
para ver la pelea. Los niños se apretaban uno
contra otro y lloraban. Y el estrépito se hizo de
tal magnitud, que acudieron la vigilanta y el
vigilante.
Separaron a las dos adversarias. Korableva
deshizo su trenza gris, de la que cayeron puña-
dos de cabellos arrancados por la pelirroja.
Ésta, por otra parte, trataba de arreglarse sobre
el pecho amarillento los jirones de su camisa
desgarrada. Y a coro se pusieron a gritar, a vo-
cear sus agravios y sus explicaciones.
-Sí, sí, ya sé- dijo la vigilanta -; el aguardiente
es la causa de todo esto. Mañana por la mañana
se lo diré al director, que va a ajustaros las
cuentas. Huelo muy bien el aguardiente. Bue-
no, calladas ya, o, si no, ¡ay de vosotras! No
tengo tiempo de poneros de acuerdo. Cada una
a su sitio y silencio.
Pero no era cosa fácil lograr el silencio. Du-
rante mucho tlempo, las mujeres disputaron
entre ellas, en desacuerdo sobre el origen de la
pelea. Por último, el vigilante y la vigilanta se
marcharon y las mujeres se dispusieron a acos-
tarse para pasar la noche. La vieja jorobada fue
a rezar delante del icono.
-¡Vaya dos piojos carcela:ios que querían da-
mos una lección. -dijo de repente la pehrroja
desde el otro extremo de la sala, con su voz
aguardentosa y añadiendo los juramentos más
soeces de su repertorio.
-Tú- replicó Korableva usando vocablos pare-
cidos ten culdado de que no vaya a dejarte
tuerta esta noche.
Se callaron un instante.
-Si no me hubieran sujetado, te habría arran-
cado todos los pelos -gritó de nuevo la pelirro-
ja.
A lo que no se hizo esperar una respuesta
apropiada de Korableva. Y, de cuando en
cuando, el silencio de la sala se veía cortado por
una nueva explosión de amenazas y de invec-
tlvas.
Las presas estaban todas acostadas y algunas
roncaban ya. Únicamente la vieja jorobada y la
hija del sacristán seguían en pie. La primera,.
en sus largos rezos, continuaba sus salutacio-
nes. delante del icono; la segunda, después de
la marcha de los vlgilantes, se había levantado
para reanudar sus idas y venidas.
Maslova no dormía tampoco, no dejando de
pensar que ahora era «un piojo carcelario». Dos
veces ya, en pocas horas, le habían aplicado
aquel epíteto: primero Botchkova y luego la
pelirroja. No podía acostumbrarse a. aquella
idea.
Al principio, Korableva le había vuelto la es-
palda para dormir; luego se volvió bruscamen-
te.
-Era algo en lo que no había pensado, que no
había previsto en absoluto. ¡Yo, que no he
hecho nada! -gimió Maslova en voz muy baja -.
A los demás que hacen daño, no les dicen nada,
y yo, sin haberlo hecho, me veo perdida.
-¡No te atormentes, muchacha! También se
vive en Siberia. No morirás aí.
-No moriré, ya lo sé; pero, ¿y la vergüenza?
¿Era ésa la suerte que me esperaba a mí, que
estaba acostumbrada a vivir con el mayor des-
ahogo?
-Contra Dios no puede ir nadie -respondió
Korableva, suspirando -. Contra El, nadie pue-
de ir.
-Es verdad, madrecita, pero de cualquier ma-
nera es duro.
Se callaron.
-Escucha a la llorona esa -dijo Korableva,
haciendo observar a Maslova un ruido extraño
que llegaba desde el fondo de la sala.
Era la mujer pelirroja que lloraba porque la
habían insultado, la habían pegado y le habían
negado aquel aguardiente del que tenía tantas
ganas. Lloraba también porque en toda su vida
no había sufrido más que injurias, afrentas,
humillaciones y golpes. Había creído poder
consolarse con el recuerdo de su primer amor,
de sus relaciones con un joven obrero. Se había
acordado bien del comienzo, pero también del
fin, cuando su amante, ebrio, le había rociado
con vitriolo el sitio más sensible y se había re-
gocijado, con sus camaradas, viéndola retor-
cerse de dolor. y llena de tristeza, creyendo no
ser oída, se había puesto a llorar, como los ni-
ños, resollando y bebiéndose las saladas lágri-
mas.
-Es una lástima -murmuró Maslova.
-Desde luego, es una lástima- respondió Ko-
rableva -; pero, ¿por qué se mete en líos?
XXXIII
A la mañana siguiente, al despertar, Nejludov
experimentó al punto la sensación vaga de que
la víspera le había ocurrido algo muy hermoso
y muy importante. y sus recuerdos se precisa-
ron. «Katucha, el tribunal.» Sí, y su resolución
de repudiar la mentira, de decir en lo sucesivo
toda la verdad. Y, por una extraña coincidencia,
encontró en su correo la carta tanto tiempo es-
perada de María Vassilievna, la mujer del ma-
riscal de la nobleza. Ella le devolvía su libertad
y le expresaba sus mejores deseos de felicidad
en su próximo casamiento.
«¡Mi casamiento! -pensó él con ironía -. ¡Cuán
lejos está eso!»
Se acordó de su proyecto de la víspera de de-
cir todo al marido, de pedirle perdón y de ofre-
cerle la reparación que exigiera. Aquella maña-
na eso no le parecía ya tan fácil de cumplir.
¿Para qué hacer la desdicha de un hombre con
la revelación de una verdad que lo haría sufrir?
«Si me lo pregunta se lo diré; es inútil ir a decír-
selo yo mismo.»
Al reflexionar, vio que tampoco era nada fácil
decirle toda la verdad a Missy. También en ese
caso, si hablaba, resultaría ofensivo para ella.
Más valía dejar la cosa en un sobrentendido.
Decidió solamente no ir más a casa de los Kort-
chaguin excepto para decirles la verdad si se la
pedían.
Por el contrario, en lo concerniente a sus rela-
ciones con Katucha, no había por qué recurrir a
ningún sobrentendido. «Iré a verla a la cárcel,
se lo diré todo, le pediré que me perdone. Y, si
es necesario, me casaré con ella.»
La idea de sacrificarlo todo por satisfacer su
conciencia y de casarse con Katucha en caso
necesario lo enternecía particularmente aquella
mañana.
Su jornada empezaba con una energía a la
que no estaba habituado desde hacía mucho
tiempo. Cuando acudió al comedor Agrafena
Petrovna a recibir sus órdenes, él le declaró
inmediatamente, sorprendido él mismo de su
firmeza, que iba a cambiar de alojamiento y que
se veía obligado a renunciar a sus servicios.
Desde la muerte de su madre, nunca había ha-
blado con el ama de llaves de lo que pensaba
hacer con sucasa. Por un convenio tácito, estaba
reconocido que, hallándose a punto de casarse,
continuaría habitando la grande y lujosa mora-
da. Su proyecto de abandonar aquel aparta-
mento indicaba, pues, algo imprevisto. Agrafe-
na Petrovna lo miró con sorpresa.
-Le estoy muy agradecido, Agrafena Petrov-
na, por su solicitud para conmigo, pero en lo
sucesivo no tengo necesidad ni de una residen-
cia tan grande ni de un personal tan numeroso.
Mientras pueda usted seguir ayudándome, le
pediré que se cuide de que embalen todas mis
cosas, como se hacía en vida de mi madre.
Cuando Natacha venga -Natacha era la herma-
na de. Nejludov -, ya verá ella lo que convenga
hacer con esas cosas.
Agrafena Petrovna meneó la cabeza.
-¿Cómo lo que convenga hacer? -dijo -. Usted
las necesitará.
-No, Agrafena Petrovna, no las necesitaré -
dijo Nejludov, respondiendo a los pensamien-
tos secretos del ama de llaves -. Y luego, haga el
favor de decirle a Kornei que le pagaré dos me-
ses anticipados y que desde hoy vaya pensando
en colocarse en otra parte.
-Hace usted mal al obrar así, Dmitri Ivano-
vitch. Aunque vaya usted al extranjero, siempre
le hará falta un apartamento.
-No es lo que usted piensa, Agrafena Petrciv-
na -respondió Nejludov -. No voy al extranjero,
o, si voy a alguna parte, no será allí.
Al decir estas palabras se le empurpuraron
las mejillas. «Vamos -pensó -, hay que decírselo
todo. Aquí, nada me obliga a callarme y debo
empezar inmediatamente diciendo la verdad.»
Ayer me ocurrió una aventura muy rara y
muy grave. ¿Se acuerda usted de Katucha, que
servía en casa de mi tía María Ivanovna?
-¿Cómo no? Fui yo quien la enseñé a coser.
-Pues bien, ayer la condenaron en la Audien-
cia en un juicio donde yo era jurado.
-¡Oh, señor, qué lástima! -exclamó Agrafena
Petrovna-. y ¿por qué crimen la han condena-
do?
-Por asesinato. y yo me siento responsable.
-¿Cómo es posible? He ahí una cosa blen ex-
traña, en efecto- dijo Agrafena Petrovna; y una
llama paso por sus apagados ojos.
Ella conocía toda la historia de Katucha.
Sí, soy yo quien tiene la culpa de todo. Y to-
dos rnis planes han quedado trastornados por
este encuentro.
-¿Qué cambio puede resultar de eso para us-
ted? -dijo Agrafena Petrovna reteniendo una
sonrisa.
-Puesto que yo tengo la culpa de que ella to-
mase ese camino, ¿no soy yo quien debo llevar-
le socorro?
-Demuestra usted que tiene muy buen cora-
zon. Pero ¿qué culpa tiene en todo eso? La
misma aventura ocurre a todo el mundo; con
una persona de juicio todo se arregla, todo se
olvida, y la vida continúa- dijo Agrafena Pe-
trovna con tono grave -.y usted no tiene por
qué acusarse. Me enteré de que después ella se
había salido dd buen camino: ¿de quén es la
culpa?
-Mía. Y soy yo quien tiene que repararla.
-¡Oh, con lo difícil que será reparar eso!
-Es una cuestión que me incumbe. Pero si esta
usted preocupada por su propia situación,
Agrafena Petrovna, me apresuro a decirle que
lo que mi madre dejó dicho...
-¡Oh, no, no me preocupo por mí! La difunta
me colmó de tantos favores, que no tengo nece-
sidades. Mi sobrina Lizegnka está casada y me
invita a irme con ella: iré cuando tenga la certi-
dumbre de que ya no puedo servirle a usted.
Pero hace usted mal al tomar ese asunto tan a
pecho: cosas parecidas le ocurren a todo d
mundo.
-Pues bien, yo pienso de otra manera. Y, se lo
vuelvo a rogar, disponga todo lo necesario para
que pueda marcharme de aquí. y no me guarde
rencor. Le estoy muy agradecido por todo lo
que ha hecho.
Cosa sorprendente: desde que se había des-
cubierto así mismo malvado y egoísta, Nejlu-
dov había cesado de despreciar a los demás.
Por el contrario, experimentaba hacia Agrafena
Petrovna y Kornei los más afectuosos senti-
mientos. Sintió el deseo de arrepentirse tam-
bién ante Kornei; pero éste tenía un aire tan
gravemente respetuoso, que no se atrevió a
hacerlo.
Al dirigirse al Palacio de Justicia, en el mismo
coche y por las mismas calles que la víspera,
Nejludov se asombraba de! cambio sobreveni-
do en él desde el día anterior. Se sentía un
hombre completamente distinto.
Su casamiento con Missy, tan próximo el día
anterior, por lo que él creía, se le aparecía ahora
como irrealizable. La víspera estaba persuadido
de que ella se sentiría feliz casándose con él;
hoy, no sólo se sentía indigno de desposarla,
sino incluso de tratarla. «Si ella me conociera tal
como soy, por nada en el mundo me recibiría. ¡
Y yo era lo bastante inconsciente como para
reprocharle sus coqueterías con aquel otro jo-
ven! E incluso, unido a ella, ¿Podría yo tener un
solo instante de felicidad o simplemente de
reposo sabiendo que la otra, la desgraciada
cuya perdición causé, está en la cárcel y que
uno de estos días saldría para Siberia, por eta-
pas, en tanto que yo, aquí, recibiría felicitacio-
nes o haría visitas con mi joven esposa? O bien
estando sentado en la asamblea, al lado del
mariscal de la nobleza al que he engañado in-
dignamente, contaría los votos a favor o en con-
tra del nuevo reglamento de inspección de es-
cuelas, etcétera, y me iría seguidamente a reu-
nirme en secreto con la mujer de ese mismo
amigo. ¡Qué vergüenza! O bien, reemprendería
ese maldito cuadro que no acabaré jamás, por-
que no tengo por qué ocuparme con tales pue-
rilidades. No, en lo sucesivo, nada de eso me es
ya posible», se decía, alegrándose cada vez más
de! cambio interior sobrevenido en él.
«Ante todo -seguía pensando -, volver a ver al
abogado, saber el resultado de su gestión; y
luego, después de eso..., después de eso, ir a
verla a la cárcel, y decírselo todo.»
Y cada vez que, con el pensamiento, se repre-
sentaba el modo como la abordaría, cómo le
diría todo, cómo expondría ante ella la confe-
si6n de su falta, cómo le declararía que él solo
tenía la culpa de todo y que se casaría con ella
para reparar su falta, cada vez que pensaba en
eso, se extasiaba con su resolución y los ojos se
le llenaban de lágrimas.
XXXIV
En el corredor del Palacio de Justicia, Nejlu-
dov encontró al portero de estrados de la sala
de lo criminal. Le preguntó a qué sitio llevaban
a los condenados después del juicio y qué per-
sona podía dar la autorización para verlos. El
portero le informó de que estaban repartidos
por diversos lugares y que sólo al fiscal corres-
pondía dar esa autorización.
-Después de la vista -añadió -vendré a bus-
carlo a usted para conducirlo al despacho del
fiscal, quien, de momento, no ha llegado aún.
Ahora, le ruego que se dirija lo antes posible a
la sala del jurado: la vista va a comenzar.
Nejludov dio las gracias al portero, que hoy le
pareció particularmente digno de lástima, y se
dirigió hacia la sala del jurado.
En el momento en que se acercaba a ella, los
jurados salían para pasar a la sala de audien-
cias. El comerciante estaba tan alegre como la
víspera y parecía haber bebido y comido copio-
samente antes de venir. Acogió a Nejludov co-
mo a un viejo amigo; Peter Guerassimovitch,
por su parte, a pesar de su familiaridad, no
produjo en Nejludov la misma impresión des-
agradable.
Este se preguntó si no debía revelar a los ju-
rados sus pasadas relaciones con la mujer con-
denada la víspera. «Para hacer bien las cosas -
pensaba -, habría debido levantarme ayer, en
plena sesión, y confesar públicamente mi falta.»
Pero, al volver a entrar en la sala de audiencias,
cuando vio renovarse el procedimiento de la
víspera: el anuncio del tribunal, los tres jueces
de cuello bordado reaparecidos sobre el estra-
do, el silencio, el llamamiento a los jurados, el
viejo pope, comprendió que, la víspera, no
habría tenido. nunca el valor necesario para
perturbar aquel aparato imponente.
Los preparativos del juicio fueron los mismos
que en la primera sesión, excepto que se supri-
mió el juramento de los jurados y la alocución
del presidente dirigida a los mismos.
Se juzgaba aquel día un robo con fractura. El
acusado era un muchacho de veinte años, del-
gado, de hombros estrechos, la cara exangüe y
vestido con un capote gris. Custodiado por dos
guardias con el sable desenvainado, lanzaba
una mirada a todo el que llegaba. Con un ca-
marada, este muchacho había forzado la puerta
de una cochera y se había apoderado de un
paquete de viejas alfombras que valía en total
tres rublos sesenta y siete copeques. El acta de
acusación mencionaba que un agente había
detenido a los ladrones en el momento en que
emprendían la fuga con las alfombras a la es-
palda. Habían confesado completamente y los
habían metido en la cárcel. El compañero del
muchacho, un cerrajero, había muerto; por eso
éste comparecía solo ante el jurado. Las alfom-
bras figuraban sobre la mesa de las piezas de
convicción.
El proceso siguió las mismas fases que el de
Maslova: el mismo aparato de interrogatorios,
de declaraciones de testigos, de peritos. El
agente que había detenido al acusado respond-
ía a todas las preguntas del presidente, del fis-
cal, del abogado:
-¡Perfectamente! ¡Yo no puedo saberlo! ¡Per-
fectamente!
Pero, a pesar de su embrutecimiento y de su
automatismo militar, se veía que sentía lástima
del acusado y que no estaba muy orgulloso de
su captura.
Un segundo testigo, un viejecillo, propietario
de la casa donde se había cometido el robo y
propietario asimismo de las alfombras, hombre
indudablemente bilioso, respondió, con visible
malhumor, que reconocía desde luego el cuer-
po del delito. y cuando el fiscal le preguntó si
aquellas alfombras le eran de gran utilidad,
respondió con tono irritado:
-¡Que el diablo se lleve esas malditas alfom-
bras! No me servían para nada. Dada gustosa-
mente diez rublos más, e incluso veinte, por
haberme evitado tantas molestias. Sólo en co-
ches ya me he gastado cinco rublos. Y, además,
estoy enfermo. Tengo una hernia y reúma.
Así hablaron los testigos. En cuanto al acusa-
do, confesó y contó todo lo que había pasado.
Como un animal cogido en el cepo, los ojos
huraños, volviendo la cabeza en todas las di-
recciones, refería todo sin malicia.
El asunto era de los más claros; pero, lo mis-
mo que la víspera, el fiscal se encogía de hom-
bros y se ingeniaba en hacer preguntas insidio-
sas, como para desmontar la astucia del acu-
sado y rebatirla.
Estableció, en su requisitoria, que el robo se
había cometido en una habitación cerrada, con
fractura, y merecía, por consiguiente, el castigo
mas severo.
Por su parte, el abogado, designado de oficio,
afirmó que el robo se había realizado en un
anexo de edificio no cerrado; y, aunque no
hubiera por qué negar el delito, el acusado no
era tan peligroso para la sociedad como decía el
fiscal.
.Luego el presidente, esforzándose en mos-
trarse tan imparcial como la vispera, explico
punto por punto a los jurados lo que ellos sab-
ían del asunto y no tenían derecho a ignorar .
Como. la víspera, se suspendió la vista; los ju-
rados fumaron cigarrillos; el portero de estra-
dos anunció: «¡El tribunal!» Como la víspera,
los guardias, que parecían amenazar al reo con
sus sables, resistieron lo mejor que pudieron al
sueño.
Se supo por los debates que el acusado había
sido colocado por su. Padre en una fábrica de
tabaco, donde había permanecido cinco años y
que, en el año en curso, había sido despedido
como consecuencia de una disputa entre el di-
rector de la fábrica y sus obreros. Entonces se
halló sin trabajo. Errando por las calles a la ven-
tura, había entablado conocimiento con un
obrero cerrajero, igualmente sin trabajo y bebe-
dor. Una noche en que los dos estaban ebrios,
habían violentado la puerta de una cochera y se
habían apoderado del primer objeto que les
cayó en las manos. Los cogieron. Habían confe-
sado todo. El cerrajero había muerto en la
cárcel, y sólo su cómplice era presentado ante el
jurado como un ser peligroso que amenazaba a
la sociedad.
«¡Tan peligroso como la condenada de ayer! -
pensaba Nejludov siguiendo las fases del pro-
ceso -.¡Los dos son [Link]! ¡Sea! Pero
nosotros que los juzgamos, ¿no somos peligro-
sos...? ¿ Yo, por ejemplo, el libertino, el menti-
roso? ¿ Y los que, no conociéndome tal como yo
era en lugar de despreciarme, me estimaban?
»Con toda seguridad, este muchacho no es un
gran criminal, sino un hombre como los demás.
Todo el mundo se da cuenta de eso; todos lo
ven, desde luego; no se ha convertido en lo que
es, más que en virtud de condiciones propicias
para hacerlo así. Parece, pues, claro que hay
que suprimir primeramente las condiciones que
producen tales seres.
»Habría bastado con que hubiese un hombre -
seguía pensando Nejludov mirando el rostro
enfermizo y asustado del muchacho -, un hom-
bre que lo hubiera socorrido en el momento en
que, por necesidad, lo trasladaron del campo a
la ciudad, o bien en la ciudad misma, cuando
después de sus doce horas de trabajo en la
fábrica iba a la taberna, arrastrado por camara-
das de más edad. Si hubiese habido entonces
alguien que le hubiera dicho: “¡No vayas ahí,
Vania, no está bien!", no habría ido y no habría
hecho daño.
»Pero ni un solo hombre tuvo piedad de él
durante todo el tiempo que vivió en su fábrica
como un animalito. Todo el mundo, por el con-
trario: capataces, camaradas, durante esos cinco
años le enseñaron que, para un muchacho de su
edad, la sabiduría consiste en mentir, en beber,
en jurar, en pelearse y en correr detrás de las
muchachas.
»Cuando luego, agotado, gangrenado por un
trabajo mal sano, por el alcoholismo y la disi-
pación, habiendo errado a la ventura por las
calles, se deja arrastrar a introducirse en una
cochera para robar allí unas viejas alfombras
fuera de uso, entonces, nosotros que no nos
hemos cuidado de hacer desaparecer las causas
que han traído a este niño a su estado actual,
pretendemos remediar el mal castigándolo a
é1... ¡Es horrible!»
Así pensaba Nejludov, sin atender a nada de
lo que le rodeaba. Se preguntaba cómo ni él ni
los demás se habían dado cuenta de todo aque-
llo.
XXXV
Durante la primera suspensión, Nejludov se
levantó y salió al corredor, con la intención de
abandonar el Palacio de Justicia para no volver
más a él. «¡Que hagan lo que quieran con ese
desgraciado!- se dijo -. Por mi parte, no quiero
participar más tiempo en esta comedia.»
Preguntó dónde estaba el despacho del fiscal
y se dirigió allí inmediatamente. El escribiente
se negó al principio a dejarlo pasar, alegando
que el fiscal estaba ocupado; pero Nejludov
siguió adelante, abrió la puerta de la antecáma-
ra, se dirigió al empleado que estaba allí senta-
do y le rogó que avisase al fiscal que un jurado
deseaba hablarle por un asunto urgente. Su
título de príncipe y su porte elegante impresio-
naron al empleado, que lo anunció al fiscal, y
Nejludov pudo pasar en seguida.
Visiblemente disgustado por su insistencia, el
fiscal lo recibió de pie.
-¿En qué puedo servirle? -le preguntó con to-
no severo.
-Soy jurado, me llamo Nejludov y tengo abso-
luta precisión de ver a la condenada Maslova
en la cárcel donde se encuentre -respondió Ne-
jludov de un tirón, enrojeciendo al pensar que
aquel paso tendría sobre toda su vida una in-
fluencia decisiva.
El fiscal era un hombre bajito, delgado y seco,
de cabellos cortos, grisáceos ya, con ojos muy
vivos y una barbita puntiaguda sobre un
mentón prominente.
-¿Maslova? Sí, ya sé. Acusada de envenena-
miento, ¿no es así? Mas, ¿para qué tiene usted
necesidad de verla?
Luego, con un tono más amable:
-Disculpe mi pregunta, pero no puedo autori-
zarle sin estar enterado del motivo.
-Tengo necesidad de ver a esa mujer; es para
mí un asunto de la mayor importancia -dijo
Nejludov, enrojeciendo de nuevo.
-Bien -dijo el fiscal, que a1zó los ojos para fijar
sobre NeJludov una mirada penetrante -.¿Ha
venido ya su proceso, o no?
-Fue juzgada y condenada irregularmente
ayer a cuatro años de trabajos forzados. ¡Es
inocente!
-Bien -replicó d fiscal sin parecer escandali-
zarse por aquella afirmación de inocencia -.
Juzgada ayer, debe de encontrarse todavía, an-
tes de que expire el plazo para recurrir, en la
perutenciaría de detención preventiva. Hay
días señalados para ver a los presos. Le sugiero
que se dirija allí.
-Es que tengo necesidad de verla inmediata-
mente -dijo Nejludov con un temblor de su
mandíbula inferior y comprendiendo que había
llegado el momento decisivo.
-Pero ¿por qué tiene usted necesidad de verla
inmediatamente? -preguntó el fiscal, un poco
inquieto y con las cejas fruncidas.
-Porque ella es inocente y la han condenado a
trabajos forzados. ¡Soy yo quien tiene la culpa
de todo, y no ella! -añadió Nejludov con voz
temblorosa y comprendiendo que no expresaba
bien su pensamiento.
-¿ y cómo es eso?
-Fui yo quien la sedujo y la colocó en la situa-
ción donde se encuentra. Si yo no hubiese
obrado así, ella no habría tenido que responder
de la acusación que se le ha hecho.
-No comprendo cómo justifica eso su deseo
de verla. -Es que quiero seguirla... ¡Y casarme
con ella! -declaró Nejludov.
Y, como siempre, cuando se afirmaba en esa
resolución, le subieron lágrimas a los ojos.
-¡Ah, se trata de eso! -dijo el fiscal-. El caso es
curioso, en efecto. ¿No es usted el mismo que
fue miembro de! Zemstvo ( Asamblea electiva
de provincia o de distrito- [Link] T.) de Krasno-
persk? -continuó, como acordándose de haber
oído hablar ya de este Nejludov que venía a
comunicarle una resolución tan extraña.
-Perdóneme, pero, que yo sepa, eso no se re-
laciona en lo más mínimo con mi petición -
replicó Nejludov con tono molesto.
-No, desde luego- respondió el fiscal con una
imperceptible sonrisa y sin desconcertarse -;
pero ese proyecto de usted es tan singular y tan
diferente de las formas ordinarias...
-Bueno, ¿Puedo conseguir esa autorización?
-¿La autorización? Desde luego. Voy a en-
tregársela ahora mismo. Tenga la bondad de
sentarse.
Él se sentó a su mesa y se puso a escribir.
-¡Siéntese, se lo ruego!
Nejludov permaneció en pie.
Cuando el fiscal acabó de escribir, se levantó
y, sin dejar de observar con curiosidad a Nejlu-
dov, le alargó el pase.
-Debo decirle todavía otra cosa -explicó este
último -, y es que, en lo sucesivo, me será im-
posible participar como jurado en esta serie de
vistas.
-Como usted sabe, tendrá entonces que alegar
sus motivos ante el tribunal, que le otorgará
dispensa.
-Considero que todos sus juicios son inútiles e
inmorarales: ¡he ahí mis motivos!
-Está bien -dijo el fiscal con aquella misma
imperceptible sonrisa, que equivalía a decir que
esos principios ya le eran conocidos y que lo
habían regocijado más de una vez -. No le cos-
tará trabajo comprender, ¿verdad? , que en mi
calidad de fiscal no pueda ser de su opinión
sobre este punto. Pero donde hay que explicar
eso es ante el tribunal. Apreciará sus argumen-
tos, los declarará aceptables o no, y, en este
último caso, le impondrá una multa. Diríjase
usted al tribunal.
-Ya he dicho lo que tenía que decir y no iré a
ninguna parte -replicó Nejludov con mal-
humor.
-Reciba usted mis saludos -dijo entonces el
fiscal, mostrando impacientemente sus deseos
de verse libre de su extraño visitante.
-¿A quien acaba usted de recibir?- le preguntó
algunos instantes después un juez que se había
cruzado con Nejludov en la puerta.
-Es Nejludov, ya usted sabe, el que hace
algún tiempo, en el Zemtsvo de Krasnopersk, se
hizo notar por sus propuestas excéntricas.
Imagínese que, siendo jurado, ha vuelto a en-
contrar, en el banquillo de los acusados, a una
muchacha seducida por él, según dice. ¡Y quie-
re casarse con ella!
-¿Es posible?
-Acaba de decírmelo. Y no puede usted ima-
ginarse con qué exaltación extravagante.
-Se diría verdaderamente que ocurre algo de
anormal en el cerebro de la gente joven de hoy
día.
-Pero es que éste no tiene un aire muy joven
que digamos... Dígame, padrecito, ¿ha dicho ya
todo lo que tenía que decir su famoso Ivanche-
kov? ¡Ese animal se ha propuesto matamos de
aburrimiento! ¡Habla y habla hasta el infinito!
-Simplemente, debería retirársele la palabra.
Hablar hasta tal punto significa una verdadera
obstrucción.
XXXVI
Al abandonar al fiscal, Nejludov se dirigió
derechamente a la penitenciaría de detención
preventiva. Pero no encontró allí a Maslova. El
director le explicó que debía de estar, provisio-
nalmente, en la vieja prisión de los deportados,
adonde Nejludov se hizo llevar en seguida.
En efecto, Catalina Maslova se encontraba
allí.
La distancia entre las dos cárceles era muy
grande, por lo que Nejludov no llegó sino al
caer la noche. Cuando se disoponía a entrar, el
centinela lo detuvo, y luego llamó; se abrió la
puerta, y un vigilante avanzó al encuentro de
Nejludov. Habiendo exihibido éste su pase, el
otro le declaró que no podía dejado entrar sin
autorización de! director.
Nejludov se dirigió, pues, a la vivienda de di-
cho funcionario. En la escalera que llevaba a su
apartamento oyó al piano los sonidos apagados
de un trozo de música complicado y arre-
batador. Una criada hosca, con un parche en un
ojo, le abrió la puerta del apartamento, y los
sonidos del piano, escapando de una habitación
contigua, resonaron en sus oídos. Era la más
conocida de las Rapsodias de Liszt, muy bien
tocada, pero con la singularidad de que el eje-
cutante no pasaba nunca de un determinado
pasaje, al llegar al cual se detenía y volvía a em-
pezar.
Nejludov preguntó a la criada de! parche si el
director estaba en casa. La criada dijo que no.
En aquel momento, la rapsodia se detuvo de
nuevo y, tan ruidosa y retumbante como las
veces pasadas, recomenzó hasta el punto fatídi-
co.
-¿Volverá pronto?
-Voy a preguntar.
Y la criada se alejó.
La rapsodia se lanzaba ya en su carrera,
cuando se detuvo, esta vez sin haber alcanzado
su término habitual, y se dejó oír una voz de
mujer:
-Dile que no está ni estará hoy. Está de visita.
¿Para qué vienen a molestado aquí? -dijo la voz
femenina detrás de la puerta.
Y la rapsodia recomenzó, mas para interrum-
pirse después de algunas compases. Y Nejlu-
dov oyó el ruido de una silla movida por al-
guien. Sin duda alguna, la pianista, irritada, ha-
bía tomado la decisión de acudir en persona a
despedir al importuno capaz de atreverse a
molestada.
-¡Mi padre ha salido! -declaró ella, en efecto,
con tono de malhumor.
Era una muchacha pálida, con cabellos rubios
en desorden y grandes ojeras.
A la vista de un joven elegantemente vestido,
cambió de tono.
-Entre, si quiere. ¿Qué desea usted?
-Quisiera ver a una mujer, detenida aquí.
–Sin duda una detenida política, ¿verdad?
-No, no política. Tengo un pase del fiscal.
-Lo siento muchísimo. Mi padre ha salido y
no puedo hacer nada sin él. Pero, entre, se lo
ruego, siéntese unos momentos -continuó -.O
bien, dirijase al subdirector. Debe de estar en el
despacho y le dirá lo que haya... ¿Cómo se lla-
ma usted?
-Muchísimas gracias -dijo Nejludov, eludien-
do la pregunta.
Y salió.
Apenas había cerrado la puerta tras él, cuan-
do resonaton los mismos sonidos brillantes,
ruidosos y alegres, poco en armonía con el lu-
gar y con el aspecto lastimoso de la joven que
se empeñaba en repetidos con tanta terquedad.
En el patio, Nejludov encontró a un joven fun-
cionario de bigotes retorcidos y le preguntó
dónde podría encontrar al subdirector. Preci-
samente era él. Cogió el permiso, lo examinó y
declaró que alli se mencionaba únicamente la
penitenciaría de detención preventiva, pero que
no valía para aquella cárcel.
-Por lo demás, es una hora muy avanzada.
Vuelva mañana, si quiere. A las diez, todo el
mundo puede visitar a los presos. El director
estatá aquí. Podrá ver usted a la presa en el
locutorio común o en la oficina, si el director lo
consiente.
Frustrado así su esperanza de verla aquel día,
Nejludov regresó a su casa. Caminaba por las
calles conmovido ante el pensamiento de aque-
lla entrevista, y los detalles de aquella jornada
se amontonaban en su memoria. Se acordaba
no del juicio, sino de su conversación con el
fiscal y con los funcionarios de las cárceles. Y el
hecho de haber buscado una entrevista con
Katucha, de haber manifestado su intención al
fiscal y de haber ido a las dos cárceles para ver-
la lo trastornaba hasta tal punto, que tardó mu-
cho tiempo en recuperar su calma.
Una vez en su casa, sacó de un cajón su diario
íntimo, abandonado desde hacía tanto tiempo,
releyó algunos pasajes y añadió las líneas si-
guientes:
«Desde hace dos años no he escrito nada en
este diario y estaba convencido de que jamás
volvería a entregarme a esta niñería. ¿Niñería?
Nada de eso, sino una conversación conmigo
mismo, con ese yo verdadero y divino que vive
en cada hombre. Durante todo este tiempo, ese
yo estaba dormido en el fondo de mi alma y yo
no tenía a nadie con quien hablar. Pero brus-
camente.. el 28 de abril, un acontecimiento ex-
traordinario, que ha tenido como teatro la Au-
diencia donde yo era jurado, lo ha despertado.
En el banquillo de los acusados vestida con el
capotón de las presas, volví a encontrar a aque-
lla Katucha a la que en otros tiempos seduje y
abandoné. Una extraña equivocación, que era
deber mío haber evitado ha tenido como conse-
cuencia su condena a trabajos forzados. Hoy
me he dirigido al fiscal y a la cárcel donde está
detenida. No he podido hablar con ella, pero mi
firme resolución es hacer todo lo posible por
volver a verla, pedirle perdón y reparar mi fal-
ta, aunque para eso tuviera que casarme con
ella. ¡Señor, ayúdame! ¡Qué alegría y qué bien-
estar llena mi alma!
XXXVII
Aquella noche de su condena, Maslova tardó
mucho tiempo en dormirse. Acostada, abiertos
los ojos y pensativa, miraba hacia la puerta,
tapada de cuando en cuando por la hija del
sacritán que seguía caminando por la sala.
Pensaba que por nada en el mundo, cuando
estuviese en la isla Sajalín, consentiría en casar-
se con un forzado y que se arreglaría de otra
manera. Trataría de colocarse con algunas de
las autoridades: un escribiente. un vigilante o
incluso un simple guardián. Esas gentes son
fáciles de seducir. «Con tal que no adelgace
demasiado, porque entonces estaría perdida.»
Se acordaba del modo como la habían mirado
el abogado y el presidente y cómo la habían
mirado también en la Audiencia todos aquellos
con los que se había cruzado o que se habían
acercado a ella de propio intento. Berta, su
amiga, que había venido a verla a la cárcel, le
había contado hasta qué punto su cliente prefe-
rido, un estudiante, estaba desolado por no
encontrarla ya en casa de la Kitaieva. Se acordó
de la pelea con la pelirroja y sintió lástima de
ella; se acordó del panadero, que le había en-
viado un pan de más, y se acordó de muchos
otros, excepto de Nejludov.
En su infancia y en su juventud, pero sobre
todo en su amor por Nejludov, no pensaba
nunca. Eran para ella recuerdos demasiado
penosos; los había sepultado en lo más profun-
do de su corazón para no tocarlos nunca más.
En el curso de las sesiones de la Audiencia, ella
no lo había reconocido no solo porque, cuando
lo vio la última vez, iba de uniforme, sin barba,
con un breve bigote y cabellos cortos pero
abundantes, y sin embargo ahora había enveje-
cido y llevaba toda su barba, sino, sobre todo,
porque ella no había pensado jamás en él. To-
dos los recuerdos de su encuentro con él habían
quedado sepultados en aquella terrible noche
negra en que él pasó, a su regreso de la guerra,
sin detenerse en casa de sus tías.
En aquel momento, Katucha sabía ya que es-
taba encinta. Mientras había esperado volver a
ver a Nejludov, el pensamiento del niño que iba
a nacer, lejos de apenarla, la ponía por el con-
trario contenta y la enternecían los movimien-
tos que a veces notaba en su vientre. Pero desde
aquella noche había cambiado. y el niño que iba
a nacer no sería en lo sucesivo más que un es-
torbo.
Sabiendo que Nejludov debía pasar cerca de
su casa, las dos ancianas tías le habían rogado
que se detuviese con ellas; pero él había telegra-
fiado que no podría hacerlo, pues tenía la obli-
gación de llegar cuanto antes a San Petersbur-
go. Katucha formó entonces el proyecto de ir a
la estación para verlo pasar .
El tren la atravesaba de noche, a las dos de la
madrugada. Después de haber ayudado a las
señoritas a acostarse, Katucha se calzó una bo-
tas altas, se cubrió la cabeza con un pañuelo y
partió en compañía de Machka, la hijita de la
cocinera.
La noche era negra y helada. A intervalos, la
lluvia caía en grandes gotas apretadas y se inte-
rrumpía. A través de los campos no se podía
distinguir el sendero a dos pasos, y en el bos-
que había la misma oscuridad que en un sóta-
no. Katucha, aun conociendo muy bien el ca-
mino, estuvo a punto de extraviarse y llegó a la
estación, donde el tren no se detenía más que
tres minutos, cuando ya habían dado el segun-
do toque de campana. Corrió al andén y reco-
noció inmediatamente, en un coche de primera
clase, a Nejludov sentado junto a la ventana. El
vagón estaba vivamente alumbrado. Sentados
frente a frente en las butacas de terciopelo, dos
oficiales jugaban a las cartas. Sobre la mesita
estaban encendidas dos grandes bujías; y Ne-
jludov, con pantalón bombacho y en mangas de
camisa, se mantenía apoyado sobre el brazo en
el respaldo de un sillón y reía.
En cuanto lo vio, ella, con sus dedos entume-
cidos, golpeó en el cristal. Pero, en el mismo
instante, se dejó oír la señal de partida; el tren
se movió lentamente y los vagones empezaron
a desfilar con topetazos sucesivos.
Uno de los jugadores se levantó, con las car-
tas en la mano, y miró por el cristal. Ella golpeó
de nuevo y acercó su rostro a la ventanilla. Pe-
ro, en aquel momento, el vagón junto al cual se
encontraba se puso en movimiento y ella se
dedicó a seguirlo, los ojos siempre fijos en la
ventanilla. Habiendo intentado el oficial bajar
el cristal sin conseguirlo, Nejludov se levantó a
su vez, apartó a su camarada y empezó a bajar
el cristal. El tren, entonces, aceleró su veloci-
dad, y Katucha tuvo que apretar el paso. Las
ruedas giraban más rápidamente aún cuando,
estando ya el cristal completamente bajado, el
revisor apartó a la joven y saltó al vagón. Ella
echó a correr sobre las mojadas losas de! andén,
llegó hasta el final y estuvo a punto de caerse
en los escalones que enlazaban el andén con el
suelo. Siguió corriendo cuando ya estaba lejos
el coche de primera clase. Los de segunda, y
luego, más rápidamente, los vagones de tercera
clase, pasaron ante la muchacha sin que ésta
interrumpiese su carrera; por fin, el último
vagón se alejó, con sus farolillos rojos, y Katu-
cha sobrepasó el depósito de agua. El viento,
que, en aquel lugar, no encontraba ya obstácu-
los, le arrancó el pañuelo de la cabeza y le pegó
las faldas a las piernas. Aun habiéndosele vola-
do el pañuelo, Katucha seguía corriendo.
-¡Tita Mijailovna! -le gritó la niña, que tenía
dificultad para seguirla -. Se le ha caído el pa-
ñuelo.
Katucha se detuvo, se cogió con las dos ma-
nos la cabeza echada hacia atrás y estalló en
sollozos.
-¡Se ha ido! -exclamó.
«Así, pues, él va ahí, en ese vagón bien ilumi-
nado, en una butaca de terciopelo, y se divierte
y bebe -se había dicho ella -, y yo, yo estoy sola
aquí, en el fango, en las tinieblas, bajo la lluvia
y el viento, y lloro por mi suerte.» Se había sen-
tado en el suelo, estallando en sollozos tan vio-
lentos, que la niña, asustada, no había podido
menos que decirle para consolarla:
-¡Tita, vamos a casa!
«Va a pasar otro tren: tirarme debajo y todo
habrá acabado», pensaba Katucha, sin respon-
der a la niña. Iba a poner en ejecución ese pro-
yecto, cuando, en un momento de calma que
siempre sucede a una viva emoción, su hijo, el
niño que llevaba en su ser, se había estremecido
de pronto, chocando contra las paredes de su
vientre, estirándose dulcemente, haciéndole
sentir algo de menudo, de tierno y de lancinan-
te. Inmediatamente, toda su desesperación des-
apareció. Todo lo que unos momentos antes la
había angustiado, el sentimiento de la vida que
se le había hecho imposible, su odio hacia Ne-
jludov, su deseo de vengarse de él mediante el
suicidio, todo eso se había desvanecido. Se
calmó, se levantó y volvió a ponerse el pañuelo
a la cabeza, y se fue. Extenuada, completamen-
te mojada y llena de fango, volvió a casa.
Y desde aquel día se había producido en ella
aquel trastorno de su alma que la llevó a aque-
llo en que se había convertido. En aquella no-
che terrible había dejado de creer en Dios. Has-
ta entonces había creído en Dios y en el bien, y
había creído que los otros también creían lo
mismo; pero aquella noche se dijo que no había
Dios, que nadie creía en Él, y que todos los que
hablaban de Él, así como de su Ley, no tenían
otro objeto que engañarla. Aquel hombre al que
ella amaba, que la había amado, ella lo sabía, la
había abandonado y pisoteado sus sentimien-
tos. ¡Y él era el mejor de los hombres entre los
que ella había conocido! ¡Los otros eran peores
aún! Todo lo que le pasó a Katucha a continua-
ción había fortificado en ella esa convicción.
Las tías de Nejludov, aquellas viejas señoritas
devotas, la habían expulsado el día en que ya
no le fue posible trabajar como en el pasado. De
las diversas personas con las que tuvo tratos a
raíz de aquello, algunas, las mujeres, no vieron
en ella más que dinero a ganar; las otras, los
bombres, desde el comisario de la policía rural
hasta los guardianes de la cárcel, la considera-
ron únicamente como carne para el placer. No
había nadie en el mundo que buscase otra cosa
que la satisfacción de sus instintos. Y el viejo
escritor del que Katucha fue amante en tiempos
había acabado de hacérselo comprender al de-
clararle abiertamente que la satisfacción de los
instintos sensuales es la única sabiduría, la úni-
ca belleza de la vida. Él llamaba a eso la poesía,
la estética.
Nadie en el mundo vivía más que para sí, pa-
ra su placer, y todo lo que se decía de Dios y
del bien no era más que engaño. Y cuando, por
casualidad, se planteaba la cuestión de saber
por qué, en este mundo, todo estaba tan mal
organizado y por qué los hombres no hacían
más que atormentarse unos a otros y sufrir, ella
se apresuraba a eludir esta pregunta impor-
tuna. Un cigarrillo, un vaso de aguardiente,
una hora de amor, ¡Y todo se desvanecía!
XXXVIII
El día siguiente era domingo. A las cinco de
la mañana, desde que resonó en el corredor de
la sección de mujeres el sonido del silbato del
vigilante, Korableva, ya despierta, despertó a
Maslova.
«¡Forzada!», se dijo Maslova con espanto
mientras se frotaba los ojos y aspiraba a su pe-
sar la hediondez infecta de la sala. Le entraron
ganas de volver a dormirse, para encontrar de
nuevo un refugio en la inconsciencia. Pero la
costumbre y el espanto le habían ahuyentado el
sueño, por lo que se incorporó, se sentó sobre el
camastro, cruzando las piernas por debajo de
ella, y se puso a mirar en torno.
Todas las mujeres estaban ya despiertas; solo
los niños dormían aún. La tabernera de ojos
saltones retiraba con precaución el capote sobre
el cual estaban acostadas las criaturas. La
«amotinada» extendía, ante la estufa los trapa-
jos que servían de panales a su reclen nacido,
mientras éste en brazos de Fedosia, se retorcía,
lloraba y lanzaba gritos contra los cuales resul-
taban impotentes las caricias de la joven. La
tísica, el rostro todo inyectado de sangre y su-
jetándose el pecho con las dos manos, sufría su
ataque de tos matinal y, en los intervalos de
respiro, exhalaba profundos suspiros, casi gri-
tos. La pelirroja, tendlda de espaldas, extendía
sobre la cama sus gruesas piernas desnudas; en
voz alta y rasposa, contaba un sueño embro-
llado que la tenía obsesionada. La vieja incen-
diaria, en pie ante el icono, farfullaba sin tregua
las mismas palabras y hacía señales de la cruz y
salutaciones. La hija del sacristán sentada en su
cama, fijaba ante ella sus grandes ojos, agota-
dos de insomnio. La Hermosa rizaba entre sus
dedos sus negros cabellos gracientos.
Pesados pasos de hombre retumbaron en el
corredor; la puerta dejó paso a dos presos de
expresión adusta y huraña, vestldos. con cha-
quetas y pantalones grises arremangados hasta
por encIma de la pantorrilla. Levantaron el pes-
tilente cubo y se lo llevaron. Una a una, las mu-
jeres salieron al pasillo para ir a lavarse al grifo.
Esperando su turno, la pelirroja tuvo un alter-
cado con. otra mujer salida de una sala vecina,
y también con ella cambió injurias, gritos y vo-
ciferaciones.
Por lo visto, estáis empeñadas en ir al calabo-
zo -gritó el vlgliante, quien se acercó a la peli-
rroja y le aplicó en su espalda grasa y desnuda
un golpe tan violento, que resonó en todo el
corredor.
-Que no te oiga más -añadió, alejándose.
-.Verdareramente, el viejo tiene un puño sóli-
do –dijo la pelirroja sin enfadarse por aquella
dura caricia.
-¡Darse prisa!- continuó el vigilante-. Es hora
de ir a misa.
Maslova no había acabado de peinarse cuan-
do el director llegó con su séquito.
En fila para la lista -gritó el vigilante.
Salieron mujeres igualmente de otras salas;
todas las presas se alinearon a lo largo del co-
rredor en dos filas, las de la se gunda colocando
las manos sobre los hombros de las mujeres
situadas delante de ellas, y así se las contó.
Después de la lista apareció la vigilanta,
quien conducía a las detenidas a la misa. Mas-
lova y Fedosia se encontraban en el centro de la
columna, compuesta por más de cien mujures
salidas de todas las celdas. Estaban uniforme-
mente vestidas con camisolas y sayas blancas y
la cabeza cubierta. con pañuelos igualmente
blancos. Solamente algunas tenían vestidos de
color: eran mujeres a las que se admitía a com-
partir la suerte de sus maridos. La larga colum-
na cogía toda la escalera. Se oian los pasos
amortiguados de los pies con calzados de fiel-
tro, y un murmullo de voces, mezclado a veces
con risas.. En un recodo, Maslova entrevió la
figura malvada de su enemiga Botchkova,
quien caminaba a la cabeza de la columna, y se
la mostro a Fedosia.
Al final de los escalones se estableció el silen-
cio entre las mujeres que con señales de la cruz
y profundos saludos, entraron dos a dos en la
capilla todavía vacía y resplandeciente de do-
rados. En apretado tropel, fueron a colocarse a
la derecha. Inmediatamente después, los hom-
bres, con capote de tela gris, vinieron a colocar-
se a la izquierda y en el. centro de la capilla.
Eran detenidos condenados a la deportación a,
Siberia por decisión de sus comunidades rura-
les y presos alli provisionalmente. En lo alto de
la nave se encontraban ya, a un lado, los forza-
dos, con la mitad de la cabeza afeitada y cuya
presencia revelaba un ruido de cadenas; al otro
lado, los presos preventivos, no rapados y sin
cadenas.
La capilla de la prisión había sido edificada
recientemente, gracias a la generosidad de un
rico comerciante que habia gastado en eso va-
rias docenas de millares de rublos. Chorreaba
dorados y colores vivos.
La capilla permaneció cierto tiempo silencio-
sa: no se oía más que los ruidos de narices que
se sonaban, de toses, de gritos de niños y, de
cuando en cuando, el chirrido de cadenas re-
movidas. Pero pronto los presos del centro se
apartaron para dejar paso al director de la pri-
sión, quien avanzó hasta la primera fila.
XXXIX
Comenzó el oficio divino.
Este oficio se desarrollaba como sigue: el sa-
cerdote, llevando un vestido especial, de bro-
cado, extraño y muy incómodo, rompía y colo-
caba menudos trozos de pan sobre un plato y
luego los metía en una copa llena de vino, sin
dejar de mascullar frases y plegarias. Durante
este tiempo, el sacristán primeramente leía, y
luego cantaba, alternando con el coro de los
presos, diversas plegarias en eslavón ( antigua
fórma, comparable al latín medieval, de la len-
gua rusa, empleda en el ritual de la iglesia or-
todoxa. N. del T.), ya casi incomprensibles de
por sí y que se hacían completamente ininteli-
gibles a causa de la rapidez de la lectura y del
canto... Su fin principal era desear la felicidad
del emperador y de su familia. Se repetían va-
rias veces, con otras o por separado, y de rodi-
llas. El sacristán leía seguidamente algunos
versículos de los Hechos de los Apóstoles, mas-
cullando tan bien, que no se comprendía pala-
bra. El sacerdote leía por el contrario muy cla-
ramente el pasaje del evangelio de San Marcos
donde se dice que habiendo resucitado Cristo,
y antes de subir al cielo y de sentarse a la dere-
cha de su Padre, se apareció primero a María
Magdalena y la exorcizó de los siete demonios;
luego se apareció a sus once discípulos y les
enseñó la manera de predicar d evangelio a
todo ser viviente, declarando que el que no crea
perecerá, en tanto que el que crea y sea bauti-
zado, se salvará; y también que podrá exorcizar
los demonios, curar a los hombres de la enfer-
medad por la imposición de manos, hablar nue-
vas lenguas, fascinar serpientes y, si bebe vene-
no, ser preservado de la muerte.
El oficio consistía en transformar el trozo de
pan cortado por el sacerdote y mojado en vino,
gracias a manipulaciones y oraciones, en carne
y sangre de Dios. Estas manipulaciones consist-
ían en que el sacerdote elevaba los brazos ca-
denciosamente, aunque la túnica de brocado
molestase sus movimientos, luego los bajaba
hacia sus rodillas y tocaba la mesa o lo que allí
se encontraba. El punto más importante era
cuando el sacerdote, teniendo con sus dos ma-
nos una servilleta, la agitase según el rito por
encima del plato y del cáliz de oro. En aquel
momento, el pan y el vino se transformaban en
carne y en sangre de Dios. Así, toda esta parte
del oficio divino estaba rodeada por una espe-
cie de solemnidad particular.
-¡Roguemos mucho a la santa, pura, bien-
aventurada Virgen María! -gritaba en voz muy
alta el sacerdote desde detrás de un tabique; y
el coro cantaba solemnemente la alabanza de la
que, sin que su virginidad fuera manchada,
puso en el mundo a Cristo: la Virgen María,
más honrada a causa de eso que los querubines,
más gloriosa que los serafines. Después de eso,
la transubstanciación se había realizado; y el
sacerdote quitó la servilleta que cubría el plato,
rompió en cuatro el pedazo de pan del medio,
lo mojó previamente en el vino y se lo metió en
la boca. Había comido un trozo de la carne de
Dios y bebido un sorbo de su sangre. El sacer-
dote descorrió seguidamente una cortina y
abrió una puerta por la que iba a pa-
sar,.después de haberse provisto de una taza
dorada, para invitar a los fieles a comer igual-
mente la carne y a beber la sangre de Dios, con-
tenidas en la taza.
Únicamente se acercaron algunos niños.
Después de haberles preguntado sus nom-
bres, el sacerdote cogió con precaución de la
taza, con la ayuda de una cucharilla, trozos de
pan mojados en el vino y los hundió profunda-
mente en la boca de cada uno de aquellos ni-
ños. Y el sacristán, después de haberles enjuga-
do los labios, cantó con alegría un cántico en el
que se decía que aquellos niños habían comido
la carne de Dios y bebido su sangre. El sacerdo-
te se llevó después la taza detrás del tabique y
bebió toda la sangre y comió todo el trozo de la
carne de Dios que quedaban; luego secó cuida-
dosamente sus bigotes con los labios, se en-
juagó la boca, enjuagó la taza y volvió a salir
todo contento, con paso firme, haciendo crujir
las finas sudas de sus botas.
Allí terminaba la parte principal del oficio
cristiano. Pero, deseoso de consolar a los des-
graciados presos, el sacerdote añadió al servicio
ordinario una ceremonia particular. Se colocó
ante la imagen de aquel Dios, de rostro negro y
negras manos, que acababa de comer y que
estaba alumbrado por una docena de cirios, y
empezó a declamar, con voz de falsete, en un
tono entre recitado y cantado, la serie de pala-
bras siguientes:
-¡Dulce Jesús, gloria de los apóstoles! ¡Jesús,
alabanza de los mártires! ¡Señor todopoderoso,
sálvame! .¡Jesús, sálvame! ¡Jesús, a ti recurro!
¡Sálvame, Jesús! ¡Ten piedad de mí! ¡Por las
plegarias de tu nacimiento, Jesús; por todos tus
santos, Profeta de todos, sálvame, Jesús! ¡Y
concédeme las dulzuras del paraíso, Jesús,
amante de la humanidad!
Aquí se detuvo, respiró, hizo la señal de la
cruz y se inclinó hasta el suelo; y todos lo imita-
ron. El director, los vigilantes, los presos, todos
se inclinaron; y en lo alto de la nave se oyó re-
sonar más fuerte las cadenas.
-¡Creador de los ángeles y dueño de las fuer-
zas! -continuó el sacerdote -.¡Jesús maravilloso,
sorpresa de los ángeles! ¡Jesús todopoderoso,
salvador de nuestros primeros padres! ¡Dulce
Jesús, grandeza de los patriarcas! ¡Jesús el glo-
rioso, Rey de reyes! ¡Jesús el bienaventurado,
voluntad de los profetas! ¡Jesús espléndido,
firmeza de los mártires! ¡Jesús el resignado,
alegría de los monjes! ¡Jesús misericordioso,
dulzura de los sacerdotes! ¡Jesús magnánimo,
abstinencia de los que ayunan! ¡Jesús, el más
dulce, felicidad de los santos! ¡Jesús el puro,
castidad de las vírgenes! ¡Jesús eterno, salva-
ción de los pecadores! ¡Jesús, hijo de Dios, ten
piedad de nosotros!
Era el punto de detención y la palabra «Jesús»
se pronunciaba con un silbido estridente. Con
la mano, el sacerdote se levantó entonces su
sotana recamada de seda, hincó una rodilla y se
inclinó hasta el suelo mientras el coro cantaba
las últimas palabras: «¡Jesús, hijo de Dios, ten
piedad de nosotros!» Los presos cayeron de
rodillas y se levantaron a su vez, sacudiendo
los cabellos que les quedaban en la mitad de la
cabeza y haciendo resonar los hierros que lace-
raban sus piernas enflaquecidas.
Eso continuó todavía mucho tiempo. Eran
primero alabanzas que acababan con las pala-
bras: «¡Ten piedad de nosotros!»; luego, otras
alabanzas terminadas con aleluyas. Al princi-
pio, los prisioneros se santiguaban y prosterna-
ban a cada invocación; luego empezaron a no
inclinarse más que a cada dos invocaciones, y
por fin a cada tres, y se sintieron muy dichosos
cuando aquello acabó. Después de un suspiro
de alivio, el sacerdote recogió su breviario y
regresó detrás del tabique.
Pero quedaba un último acto: el sacerdote co-
gió de encima de la gran mesa una cruz dorada
cuyas extremidades estaban adornadas de me-
dallones esmaltados y avanzó hasta el centro de
la iglesia. Todos empezaron a desfilar y a besar
la cruz: el director primeramente, y luego los
vigilantes; a continuación, apretándose e inter-
cambiando juramentos en voz baja, pasaron
todos los presos. El sacerdote, charlando con el
director tendía la cruz o la mano, ya hacia las
bocas, ya hacia las narices de los presos, quie-
nes se esforzaban en besar la cruz y la mano.
Así terminó el oficio cristiano, celebrado para
consuelo y enseñanza de las ovejas extraviadas.
XV
Nadie en la concurrencia, desde los sacerdo-
tes y el director hasta Maslova, habían pensado
un instante que ese mismo Jesús, cuyo nombre
acababa de repetirse tantas veces con un silbi-
do, había prohibido no solo juzgar a los hom-
bres, encarcelarlos, martirizarlos, degradarlos e
infligirles toda clase de suplicios, como se hacía
aquí, sino además todas las violencias, diciendo
que había venido para liberar a todos los pre-
sos.
Nadie, entre los asistentes, había pensado que
lo que se cometía allí era la más enorme blas-
femia y una burla sangrienta contra aquel mis-
mo Cristo, en el nombre del cual se cometían
todos aquellos actos. Nadie había pensado que
la cruz dorada con sus medallones esmaltados,
traída por el sacerdote y besada por los fieles,
no era otra cosa que la reproducción de la cruz
sobre la cual Cristo fue ajusticiado precisamen-
te porque había prohibido esos mismos actos
que se cometían aquí en su nombre.
El sacerdote procedía a ejecutar estas cere-
monias con una conciencia tranquila, porque
desde la infancia le habían inculcado que eran
la verdadera y única creencia, profesada por to-
dos los santos y adoptada hoy por todas las
autoridades espirituales y temporales. Y lo que
lo confirmaba particularmente en esta creencia
era el hecho de haber, desde hacía dieciocho
anos, extraído beneficios del cumplimiento de
su sacerdocio de haber podido asegurar la exis-
tencia de su familia, pagar el colegío para su
hijo y enviar a su hija a la escue]a eclesiástica.
Idéntica y más firme aún era la creencia del
sacristán; porque el había olvidado completa-
mente la esencia de los dogmas de su fe y solo
sabía que la plegaria por los muertos, las horas
eclesiásticas, las misas simples y las misas can-
tadas en fin todos los servicios tenían un precio
fijo, pagado gustosamente por los verdaderos
cristlanos. Por eso clamaba sus «misereres» y
leía y cantaba todo lo que comportaba la regla
con aquella misma tranquila seguridad que
caracteriza para otros hombres la necesidad de
vender madera, harina o patatas.
El director de la cárcel y los vigilantes, aun-
que nunca se hubiesen planteado dudas ni
hubiesen jamás tratado de saber en qué consist-
ían los dogmas de aquella creencia ni lo que
sigrnficaban esas ceremonias de iglesia, creían
que era absolutamente preciso creer en aquella
creencia, porque la autoridad Superior, y el zar
mismo, creían en ella.
Además, muy vagamente, porque no podían
explicárselo, tenían la sensación de que aquella
creencia justificaba sus funciones crueles. En
cuanto a los presos, salvo un pequeño número
que se burlaba de aquella religión, la mayoría
creía que los iconos dorados, los cirios, las co-
pas, las casullas, las cruces y las incomprensi-
bles letanías contenían una fuerza misteriosa
gracias a la cual se podían adquirir grandes
comodidades en esta vida y en la vida futura.
Aunque la mayoría, en diversas ocasiones y
sin ningún resultado, había intentado conseguir
esa adquisición de comodidades terrestres por
medio de oraciones, de misas y de cirios, sin
que sus plegarias hubiesen sido oídas, todos
estaban firmemente convencidos de que esa
falta de éxito se debía al azar y que esta institu-
ción, aprobada por los sabios y por los obispos,
era una institución muy grave, importante y
útil, si no en esta vida, al menos en la vida futu-
ra.
Maslova creía lo mismo. Como los demás,
experimentaba durante el oficio un sentimiento
de recogimiento mezclado de fastidio.
De pie en medio de la multitud de las presas,
no podía ver más que las espaldas de las muje-
res colocadas delante de ella. Pero cuando los
asistentes se pusieron en movimiento para ir a
besar la cruz y la mano del sacerdote, distin-
guió al director y a los vigilantes y reconoció
detrás de ellos a un hombre de barbita y de
cabellos rubios, el marido de Fedosia, que tenía
los ojos tiernamente clavados en su mujer. En-
tonces Maslova, aun rezando, santiguándose y
saludando como los demás, se absorbió en su
conversación con Fedosia y en la contempla-
ción de su marido.
XLI
Nejludov se había levantado temprano. En la
ciudad, cuando salió de su casa, todo el mundo
parecía dormir aún. Por la callejuela únicamen-
te pasaba un campesino que gritaba con una
voz especial:
-¡Leche! ¡Leche! ¡Leche !
La primera lluvia cálida de la primavera hab-
ía caído la víspera. La hierba verdecía en las
junturas de los adoquines. En los parques, los
abedules se habían adornado con frondas ver-
deantes; los cerezos de monte y los álamos esti-
raban sus hojas alargadas y olorosas. En las
casas y en las tiendas limpiaban los cristales.
Pero en el baratillo de los ropavejeros, que Ne-
jludov tuvo que atravesar, había ya una mu-
chedumbre que se apretaba alrededor de las
barracas, en tanto que hombres cubiertos de
harapos deambulaban con botas bajo el brazo y
pantalones y chalecos remendados echados al
hombro.
Había mucha gente también en las tabernas.
Se veía penetrar en ellas a obreros con blusas
limpias y botas relucientes, felices de verse li-
bres por un día de los trabajos de las fábricas, y
mujeres que llevaban a la cabeza pañolones de
seda de vistosos matices y chaquetillas adorna-
das de abalorios. Agentes de policía con uni-
forme de gala, sujetas sus pistolas al cinto por
cordones amarillos, se inmovilizaban en las
esquinas de las calles, esperando poder distra-
erse reprimiendo algún desorden. En las ala-
medas de los bulevares, sobre la hierba de los
céspedes, húmeda aún, corrían y jugaban niños
y perros mientras las nodrizas, para charlar
alegremente, se sentaban por grupos en los
bancos. En las calles, todavía frescas y húmedas
por la parte izquirda, a la sombra, y secas en el
centro, retumbaba el ruido de pesadas carretas
y de ligeros coches de punto y el sonido de los
tranvías. En el aire tintineaban ruidos diversos,
y el repique de campanas convocaba a los fieles
a asistir a un oficio parecido al que se celebraba
en la capilla de la cárcel. Por grupos, la gente
endomingada se dirigía a las parroquias.
El cochero de Nejludov no fue hasta la cárcel,
sino que se detuvo en el recodo del camino que
conducía hasta allí. Cerca de aquel recodo, a
cien pasos de la cárcel, había un grupo de
hombres y de mujeres, la mayoría con paquetes
en las manos. A la derecha se extendían unas
construcciones bajas, de madera, y a la izquier-
da se alzaba un edificio de dos pisos con un
cartel. Al fondo se destacaba la enorme cons-
trucción de la cárcel, defendida por un soldado
con el fusil al hombro.
Ante la puertecita de las casas de madera es-
taba sentado un vigilante, con uniforme galo-
neado y con un libro registro sobre las rodillas.
Era el encargado de inscribir los nombres de los
presos que los visitantes solicitaban ver.
Nejludov se le acercó y dijo:
-Catalina Maslova.
El vigilante anotó aquel nombre.
-¿Por qué no se permite entrar? -preguntó
Nejludov.
-Están diciendo misa. En cuanto acabe podrá
usted entrar.
Nejludov se acercó al grupo de visitantes, del
cual se destacó, para deslizarse hacia la puerta
de la cárcel, un individuo cubierto de harapos,
con un sombrero muy ajado, los pies envueltos
en unas bandas de tela, sin más calzado, y la
cara toda surcada en líneas rojas.
-¡Eh, tú!, ¿adónde vas? -le gritó el soldado,
empuñando el fusil.
-¿Y tú por qué tienes que gritar así -respondió
el hombre retrocediendo lentamente y sin im-
presionarse por los gritos del soldado -.¿No
quieres dejarme entrar? Está bien, esperaré.
Pero, ¿dónde se ha visto gritar así? ¡Ni que fue-
ra un general!
Una risa aprobadora acogió aquella broma.
Casi todos los visitantes eran pobres diablos.
Iban míseramente vestidos, y algunos comple-
tamente andrajosos; sólo unos pocos, hombres
y mujeres, tenían un porte más cuidado. Cerca
de Nejludov había un hombre bien trajeado,
recién afeitado, gordo y sonrosado, que llevaba
en la mano un pesado paquete que parecía es-
tar lleno de ropa blanca. Nejludov le preguntó
si venía a la cárcel por primera vez. El hombre
respondió que ya había venido muchas veces,
todos los domingos. Portero en un Banco, venía
a ver a su hermano, condenado por falsifica-
ción; le contó a Nejludov toda su historia, y se
preparaba a interrogarlo a su vez cuando su
atención fue atraída por una calesa de ruedas
cauchutadas, tirada por un buen caballo, de la
que descendieron un joven estudiante y una
dama con velo. El estudiante llevaba en la ma-
no un gran paquete. Avanzó hacia Nejludov y
le preguntó si creía que lo autorizarían a distri-
buir entre los presos una ración de pan blanco
contenida en su paquete.
-Es por deseo de mi novia, que me acompaña.
Sus padres nos han permitido traer esto a los
presos.
-Vengo aquí por primera vez e ignoro las cos-
tumbres; pero haría usted bien dirigiéndose a
aquel hombre- respondió Nejludov mostrando
con el dedo al galoneado guardián sentado ante
su registro.
En aquel momento, la puerta principal, hora-
dada por una ventanilla en el centro, se abrió
para dejar paso a un funcionario con uniforme
de gala, escoltado por un vigilante que cambió
en voz muy baja algunas palabras con él y
anunció luego que los visitantes podían entrar.
El centinela se echó a un lado, y todo el mundo
se precipitó por la puerta de la cárcel como te-
miendo llegar con retraso. Detrás de la puerta
había un guardián que contaba en voz alta los
visitantes al pasar: 16, 17, etcétera... Más lejos,
en el interior del edificio, otro guardián les to-
caba el brazo, antes de dejarlos franqucar una
puertecita, y los recontaba. De esta manera
podía asegurarse, a la salida, de que ningún
visitante había quedado dentro de la prisión y
que ninguno de los presos había salido de ella.
Demasiado ocupado con su cálculo para exa-
minar las figuras de quienes entraban, aquel
guardián tocó bruscamente el hombro de Ne-
jludov, lo que no dejó de irritar a éste un poco,
a pesar de sus buenas intenciones. Pero inme-
diatamente se acordó de para qué había venido
y le dio vergüenza de su descontento.
La puertecita daba a una gran sala aboveda-
da, con estrechas ventanas guarnecidas con
barras de hierro. En aquella sala había un nicho
donde Nejludov divisó con sorpresa un gran
crucifijo.
«¿A qué viene eso aquí?», pensó, uniendo in-
voluntariamente en su pensamiento la imagen
del Cristo con hombres libres y no con presos.
Caminó con paso lento, dejando fluir delante
de él la oleada apresurada de los visitantes.
Experimentaba a la vez un sentimtento de
horror hacia los malhechores encerrados en
aquella cárcel y un sentimiento de compasión
hacia los inocentes como el acusado de la víspe-
ra y Katucha, que estaban encerrados allí en
compañía de aquéllos, y un sentimiénto de ti-
midez y de emoción ante la idea de la entrevis-
ta que iba a celebrar.
Al otro extremo de la gran sala, un guardián
anunció a]go. Pero, sumido en sus reflexiones,
Nejludov no lo oyó y siguió en pos del grupo
más numeroso. Así se encontró llevado al locu-
torio de los hombres, cuando habría debido
dirigirse al de las mujeres.
En el momento en que, el último de todos
entró en el locutorio, se sintió impresionado
meramente por un ruido ensordecedor, mezcla
de voces numerosas que gritaban todas al
mlsmo tiempo. Sólo comprendió la causa de
aquella barahúnda al llegar al centro de la sala,
donde, a semejanza de un enjambre de moscas
sobre un trozo de azúcar, la muchedumbre de
los visltantes se apretaba ante un enrejado.
Ese enrejado era doble; iba desde el techo
hasta el suelo y dividía la sala en dos mitades.
Por el pasillo intermedio se paseaban los vigi-
lantes. A un lado estaban los presos; al otro, los
visitantes. Estaban separados por dos enrejados
y un espacio vacío de tres archines, lo que impo-
sibilitaba a los visitantes no solo entregar cual-
quier cosa a los presos, sino incluso verlos bien.
Y no resultaba menos difícil hablar a través de
ese espacio; para hacerse oír había que gritar
con todas las fuerzas A ambos lados de la divi-
sión, las caras se apretaban contra ei enrejado:
mujeres, maridos, padres, madres e hijos trata-
ban de verse y de decirse lo que querían. Y co-
mo todos deseaban hacerse oír y las voces se
cubrían recíprocamente pronto cada cual se
creía obligado a gritar más fuerte que sus veci-
nos. De ahí la barahúnda que había impresio-
nado a Nejludov al entrar en la sala.
No había que pensar en aprehender el sentido
de las palabras. La única cosa posible era adivi-
nar en los rostros de qué se trataba y las rela-
ciones existentes entre los intelocutores.
Muy cerca de Nejludov, pegada al enrejado,
había una viejecita con un pañuelo a la cabeza
que interpelaba a un joven, un forzado, cuya
cabeza estaba semirrapada; y el preso, con las
cejas fruncidas, parecía escucharla con la más
viva atención. Al lado de la vieja, un hombre
joven, con blusa, hacía señas con la cabeza a un
preso que se le parecía, de barba gris, de rostro
fatigado. Más lejos aún estaba el hombre hara-
piento, que gesticulaba mucho, gritaba y reía a
carcajadas. Luego, sentada en el suelo, una jo-
ven de porte decoroso con un niño en brazos
lloraba y sollozaba al volver a ver, sin duda por
primera vez a un hombre de edad que estaba
frente a ella, al otro lado del enrejado, con uni-
forme carcelario, cabeza rapada y hierros en los
pies. Más allá de esta mujer, el portero de Ban-
co que había hablado con Nejludov elevaba
mucho la voz para ser oído por un preso calvo,
de ojos chispeantes.
Ante la perspectiva de tener que hablar con
Katucha en semejantes condiciones, Nejludov
se llenó de indignación contra los hombres que
habían podido inventar y autorizar semejante
suplicio. Se quedó estupefacto al pensar que
nadie antes que él nunca, se había indignado
ante una institución tan espantosa, ante una
violación tan cruel de los sentimientos más sa-
grados. Lo escandalizó ver que soldados y vigi-
lantes, visitantes y presos aceptaban como cosa
natural e inevitable esta manera de conversar.
Nejludov permaneció así, inmóvil, durante
varios minutos, bajo el peso de una extraña
impresión de tristeza, consciente de su propia
debilidad y de su desacuerdo con todo lo que le
rodeaba. Sintió algo parecido a un mareo en el
mar.
No importa -se dijo Nejludov, volviendo a
hacer acopio de valor -.Es necesario que haga lo
que he venido a hacer. Pero, ¿cómo conseguir-
lo?»
Buscó con los ojos una autoridad cualquiera,
y vio, detrás de la multitud, al subdirector con
el que había hablado la noche anterior. Nejlu-
dov avanzó hacia él.
-Perdón, señor -le dijo con una deferencia
exagerada -, ¿no podría usted indicarme la sec-
ción de las mujeres y dónde se autoriza a ver-
las?
-O sea, que usted quería ir a la sección de las
mujeres, ¿no?
-Sí, deseo ver a una presa-respondió Nejlu-
dov, siempre con la misma cortesía afectada.
-¿Por qué no lo dijo usted hace un momento,
cuando se le indicó en la primera sala? ¿ Ya
quién desea usted ver?
-A Catalina Maslova.
-¿Una detenida política? -preguntó el subdi-
rector. -No, es simplemente...
-Entonces, ¿una condenada?
-Eso es, condenada desde anteayer -
respondió dulcemente Nejludov, temiendo, por
una palabra demasiado viva, enajenarse la
buena disposición que percibía en el subdirec-
tor.
Por el aspecto exterior de Nejludov, el fun-
cionario juzgó que merecía una consideración
particular y llamó a un funcionario subalterno
todo cubierto de medallas.
-Sidorov, lleve al señor a la sección de las mu-
jeres -dijo. -¡A sus órdenes!
En aquel momento, unos sollozos que desga-
rraban el alma se dejoron oír cerca del enrejado.
Todo aquel espectáculo pareció extraño a Ne-
jludov, y más extraño aún resultó para él la
necesidad de dar las gracias al subdirector y al
vigilante jefe y de sentirse agradecido a aque-
llas gentes, instrumentos de una obra tan cruel
como la que se desarrollaba en aquella casa.
Desde el locutorio de los hombres, el funcio-
nario subalterno hizo pasar a Nejludov por el
corredor, y por una puerta que estaba enfrente
lo condujo al locutorio de las mujeres.
Exactamente igual que el otro, este locutorio
estaba dividido, mediante dos enrejados, en
tres partes; aunque fuese sensiblemente más
pequeño y los visitantes menos numerosos, los
gritos y el ruido eran allí lo mismo de violentos.
Igualmente allí la autoridad velaba entre los
dos enrejados, pero esta vez en la persona de
una vigilanta también de uniforme: galones en
las mangas, ribetes azules y cinturón del mismo
color. Y, como en la sección de los hombres, los
visitantes, con los trajes más variados, se afe-
rraban al enrejado; al otro lado estaban las pre-
sas, en su mayoría con uniforme carcelario; las
demás, con sus vestidos de ciudad. No había ni
siquiera un sitio libre en toda la extensión del
enrejado. y el amontonamiento era tal, que va-
rias personas se vieron obligadas a ponerse de
puntillas para gritar por encima de la cabeza de
las que se encontraban delante de ellas; tam-
bién otras estaban sentadas en el suelo.
La atención de Nejludov fue atraída por la al-
ta y delgada figura de una gitana cuyos rizados
cabellos se escapaban de un pañolon; cerca de
la columna del enrejado, por la parte de las
presas, ella explicaba algo con voz chillona y
gesticulando con viveza a un visitante de traje
azul ceñido por un cinturón, un gitano tam-
bién, en pie al otro lado. Cerca del gitano, un
soldado, sentado en el suelo, hablaba con una
presa. Luego, asido al enrejado, un mujik bajito
calzado con almadreñas de corteza, de barba
rubia y rostro todo rojo, no hacía ningún es-
fuerzo por reprimir sus lágrimas. Escuchaba lo
que le decía frente a él una presa rubia y bonita
que, mientras le hablaba, lo miraba tiernamente
con sus azules ojos. Eran Fedosia y su marido.
Cerca de ellos había un hombre harapiento que
hablaba con una mujer de pómulos salientes y
de rala cabellera; luego, dos mujeres, un hom-
bre y de nuevo una mujer; y, frente a cada visi-
tante, una presa.
Maslova no se dejaba ver. Pero, oculta detrás
de la primera fila, estaba en pie una mujer; y
Nejludov, adivinando que era ella, sintió redo-
blar los latidos de su corazón y que se le paraba
el aliento.
Se iba acercando el momento decisivo.
Se aproximó al enrejado; penosamente logró
hacerse un sitio y clavó su mirada en Maslova.
Colocada detrás de Fedosia, ella parecía escu-
char sonriendo la conversaci6n de ésta con su
marido. En lugar del capotón gris de la ante-
víspera, llevaba, ceñida al talle por un cinturón,
una camisola blanca que se le abombaba por el
pecho. De su pañolón se escapaban los bucles
de sus cabellos negros.
«Vamos, el momento se acerca- pensó Nejlu-
dov-. Pero, ¿cómo llamarla? ¿No se le ocurrirá
acudir a ella?»
Pero ella no venía. Esperaba la visita de Berta
y no podía sospechar que aquel hombre estu-
viese allí por ella.
-¿A quién desea usted ver? -preguntó la vigi-
lanta a Nejludov, parándose delante de él.
-A Catalina Maslova -respondió Nejludov,
hablando con esfuerzo.
-¡Eh, tú, Maslova- gritó la vigilanta -, gente
que viene a verte!
Maslova se volvió, levantó la cabeza, sacó el
pecho, con aquella expresión de apresuramien-
to que Nejludov le había conocido antaño, y,
deslizándose entre dos presas, se acercó al enre-
jado. Se puso a mirar a Nejludov con una mez-
cla de asombro y de interrogación, sin recono-
cedo. Pero muy pronto, por su porte, reconoció
a un hombre rico y le sonrió.
-¿Ha venido usted por mí? -preguntó, pegan-
do al enrejado sus ojos risueños, bizqueando un
poco.
-Sí, he querido...
Se detuvo, no sabiendo si debía hablarle de
«usted» o de«tú». Se decidió por el «usted».
-He querido verla... Yo...
-¡No me hagas faenas! -gritaba, cerca de él, un
visitante harapiento -.¿La cogiste o no?
-¡Te digo que se muere! -gritaban del otro la-
do.
Maslova no pudo entender nada de las pala-
bras de Nejludov. Pero por la expresi6n del
rostro de éste, mientras hablaba, creyó recono-
cerlo. Pero todavía dudaba. Se borró la sonrisa
de sus labios, y un pliegue de sufrimiento le
surcó la frente.
-No se oye lo que usted dice -gritó ella, entor-
nando los párpados para ver mejor, y la frente
cada vez más arrugada.
-He venido...
«jSí, cumplo mi deber, expío », pensaba Ne-
jludov.
Ante este pensamiento, las lágrimas le llena-
ron los ojos y la garganta, y, aferrándose con los
dedos al enrejado, se calló. Sentía que a la pri-
mera palabra estallaría en sollozos.
Al lado de él gritaban:
-Yo me dije: ¿por qué ibas adonde no debías
ir?
-¡Tan verdad como que Dios me oye que no
sé nada de eso! -respondió una presa al otro
lado.
La emoción había impreso en el rostro de Ne-
jludov una expresión que Maslova reconoció
inmediatamente.
-No estoy muy segura de reconocerlo -creyó
ella, sin embargo, que era su deber decir, sin
mirarlo.
Y las mejillas se le empurpuraron; su rostro se
ensombreció aún más.
-He venido a pedirte perdón- dijo entonces
Nejludov, con la voz más alta que pudo, monó-
tonamente, como una lección aprendida.
Tras decir a gritos estas palabras, se llenó de
vergüenza y miró en torno de él. Pero juzgó
que esa vergüenza era saludable y que su deber
consistía en exponerse a ella. Con todas sus
fuerzas gritó:
-¡Perdóname! ¡Tengo una gran culpa para
con...! Inmóvil, ella no dejaba de mirarlo con
sus bizqueadores ojos.
Él no tuvo fuerzas para acabar su frase y,
haciendo un esofuerzo para reprimir los sollo-
zos que le sacudían el pecho, se alejó del enre-
jado.
El subdirector, evidentemente interesado por
aquel visitante, se había dirigido al locutorio
donde estaba Nejludov. Al verlo apartarse del
enrejado, le preguntó por qué interrumpía su
conversación con la mujer que había venido a
ver. Nejludov se sonó, se esforzó en dominarse
y respondió:
-Es imposible entenderse a través de ese enre-
jado.
El subdirector reflexionó un instante.
-Bueno -dijo -, se podría hacer venir aquí a la
detenida algunos momentos. ¡María Karlovna! -
gritó a la vigilanta -, haga venir aquí a Maslova.
XLIII
Pronto por una puerta lateral, entró Maslova.
Acercándose suavemente a Nejludov, se detu-
vo y lo miró de arriba abajo. Como la ante-
víspera, sus negros cabellos se escapaban en
bucles del pañolón. Su rostro enfermizo, abota-
gado, exangüe, sin embargo siempre agradable
de ver, respiraba calma; sólo los negros ojos
bajo los párpados hinchados resplandecían con
un brillo particular.
-Pueden ustedes hablar aquí -dijo el subdirec-
tor, alejándose.
Nejludov estaba sentado en un banco pegado
al muro. Maslova miró primeramente al subdi-
rector con aire interrogativo. Cuando éste se
hubo apartado, ella tuvo un encogimiento de
hombros que denotaba su sorpresa y, decidién-
dose a acercarse a Nejludov, se levantó la falda
y se sentó junto a él sobre el banco.
-Le será a usted difícil perdonarme, lo sé-
empezó a decir Nejludov. Se detuvo, sintiendo
que de nuevo las lágrimas le subían a los ojos;
luego continuó -: Pero si no está en mis manos
reparar el pasado, a lo menos estoy resuelto a
hacer todo lo que pueda. Dígame usted...
-¿Cómo se las ha arreglado usted para encon-
trarme? -preguntó ella eludiendo su pregunta.
y ora su mirada se clavaba en él, ora la apartaba
hacia el suelo.
«¡Dios mío, ayúdame! ¡Enséñame lo que debo
hacer!», se decía a sí mismo Nejludov, conster-
nado por el cambio sobrevenido en el rostro
ahora tan enfermizo de la joven.
Fue anteayer- dijo él-; yo era jurado cuando la
juzgaron en la Audiencia... ¿No me reconoció
usted?
No, en absoluto. No era momento de recono-
cer a nadie.
-Así, pues, ¿hubo un niño? -preguntó Nejlu-
dov, sintiéndose enrojecer.
Murió inmediatamente, a Dios gracias -
respondió Maslova con voz seca y maligna,
apartando los ojos.
-¿Y de qué? ¿y cómo?
-Yo misma me encontraba enferma y estuve a
punto de morir -prosiguió ella sin levantar los
ojos.
-¿Cómo fue que mis tías la despidieron?
-¿Es que se conserva a una criada con un ni-
ño? En cuanto me vieron encinta, me despidie-
ron... Pero, ¿de qué sirve hablar de todo eso? Ya
no me acuerdo de nada, lo he olvidado todo.
Está bien acabado.
-¡No, no está acabado! ¡No sabría resolverme
a eso! ¡Quiero al menos redimir mi falta!
-No hay nada que redimir: lo que se hizo,
hecho está, y todo eso pasó -insistió ella.
Y, con gran sorpresa por parte de él, Katucha
lo miró de pronto con una sonrisa seductora y
lastimosa.
Maslova no había soñado nunca con volver a
ver a Nejludov, sobre todo en aquellos momen-
tos y en aquel sitio. Su vista, pues, la había sor-
prendido al principio; luego la había hecho
acordarse de cosas resueltamente enterradas en
el fondo de ella misma. En los primeros mo-
mentos, al volver a ver a Nejludov, había re-
cordado el mundo espléndido de sentimientos
y de sueños suscitado en otros tiempos por el
encantador adolescente que la había amado y al
que ella había amado a su vez. Después recordó
la crueldad de su incomprensible abandono y
la larga serie de humillaciones y de sufrimien-
tos que siguió a tales instantes de felicidad.
Pero, sin fuerzas para ahondar en aquello, hab-
ía recurrido al medio de rechazar los recuerdos
dolorosos y ahogarlos en las brumas de su vida
de disipación. Una vez más, acababa de hacer
lo mismo. Al volver a ver a Nejludov, lo había
identificado al principio con el adolescente
amado en otros tiempos; pero resultándole
aquello penoso, había renunciado a los pocos
instantes. Y, desde entonces, aquel señor vesti-
do con elegancia, con su barba perfumada, no
era para ella más que uno de esos «clientes»
acostumbrados, cuando tenían necesidad, a
servirse de criaturas como ella y de los que cria-
turas como ella tenían el deber de servirse
mientras podían hacerlo. De ahí su sonrisa aca-
riciadora.
Muda, reflexionaba, pues, sobre la manera
como mejor podría servirse de él.
-Sí -insistió ella -, todo eso acabó. ¡Y ahora re-
sulta que me condenan a trabajos forzados!
Estas terribles palabras llevaron un estreme-
cimiento a sus labios.
-Yo sabia que usted no era culpable, estaba
seguro -dijo Nejludov.
-Desde luego que no era culpable. ¿Es que
soy quizás una ladrona? Aquí dicen que todo es
culpa del abogado -continuó -; y que habría que
firmar una instancia. Pero aseguran que eso
cuesta muy caro..
-Sí, sin -duda -dijo Nejlu