Título: Hasta que la muerte nos separe
Escena: Una noche fría en la ciudad.
Sara camina sola por una calle desierta. Las luces parpadean y el eco de sus pasos resuena
entre los edificios. No nota que la están observando.
Desde la sombra de un callejón, Zac sonríe para sí mismo. Ha estado siguiéndola desde hace
un rato, esperando el momento perfecto. No se trata solo del acto, sino del juego. El miedo, la
tensión… eso es lo que realmente lo emociona.
De repente, su voz rompe el silencio:
—Sara… —dice con un tono suave, casi melódico—. ¿No sientes que alguien te sigue?
Sara comienza a sentir una presencia oscura detrás de ella, por lo que decide caminar con más
prisa. Sin embargo, las luces de la calle comienzan a fallar y el ambiente se torna más frío.
Zac observa con diversión cómo Sara acelera el paso. Es un instinto natural, casi primitivo: el
miedo la hace moverse más rápido, pero él sabe que no tiene salida.
Da un par de pasos más, dejando que el sonido de sus botas resuene en la calle vacía. Luego,
con voz calmada y burlona, dice:
—Correr no siempre te salvará, Sara… a veces, solo hace que el juego sea más divertido.
De repente, las luces parpadean una última vez antes de apagarse por completo. La oscuridad
envuelve la calle.
El silencio se vuelve opresivo. Un escalofrío recorre la espalda de Sara.
Y entonces, justo detrás de ella… un susurro helado en su oído:
—¿A dónde crees que vas?
Pero en lugar de gritar, Sara simplemente se gira con una sonrisa ladeada y responde:
—Voy al mercado a realizar compras, ¿y tú?
Zac se queda en silencio por un momento, sorprendido por la respuesta. Luego, suelta una risa
baja y responde con ironía:
—¿El mercado? Qué interesante… Yo, en cambio, solo estaba buscando un poco de diversión
nocturna.
Da un paso más cerca, inclinando ligeramente la cabeza.
—¿No te da miedo hablar con extraños en la oscuridad?
Sara, sin titubear, se acerca a Zac y, de la nada, le da un beso.
Zac, acostumbrado a que sus víctimas tiemblen de miedo, se queda completamente
desconcertado. La frialdad calculada en sus ojos se quiebra por un instante cuando siente los
labios de Sara sobre los suyos.
—Vaya… no esperaba eso. —murmura, entrecerrando los ojos.
Sara sonríe con picardía. Tal vez el miedo no era la mejor opción… tal vez jugar con fuego era
más interesante.
Zac la observa con una mezcla de curiosidad y desconcierto. Por primera vez en mucho tiempo,
el cazador no está seguro de quién está cazando a quién.
—¿Quién eres realmente, Sara? —pregunta.
Sara responde con una sonrisa llena de picardía:
—Ahora comienza el juego. Tu cabeza en mis manos será el juego principal. ¿Comenzamos?
Zac sonríe de lado, divertido, y da un paso atrás, como si le concediera a Sara la primera jugada.
—Entonces… empieza el juego.
Sin dudarlo, Sara saca un cuchillo y, con un movimiento certero, le arranca un ojo a Zac. Luego,
lo sostiene entre sus dedos y, con una calma espeluznante, se lo come.
Zac jadea por el dolor mientras la sangre caliente le corre por la mejilla, pero en lugar de gritar,
comienza a reír.
—Joder… —susurra entre risas roncas—. Creo que me estoy enamorando.
Sara lo mira con una sonrisa retorcida.
—Entonces, ¿quieres ver quién aguanta más?
Sin esperar respuesta, Sara se corta los pies y empieza a devorar sus propios dedos.
Zac la observa, fascinado. Su risa se mezcla con una emoción enfermiza.
—Sara… —susurra—. Tal vez… solo tal vez… hemos estado buscando lo mismo todo este
tiempo.
Se arrodilla frente a ella, con su único ojo restante brillando de euforia, y saca un anillo
ensangrentado de su bolsillo.
—Sí, mi amor. Hasta que la muerte nos separe… o hasta que decidamos matarnos
mutuamente.
Sara lo mira fijamente, con una sonrisa dulce y maníaca.
—¿Cuándo hacemos la boda?