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Amistad de Laforet y Linka Babecka

El documento presenta una introducción a 'Nada', la novela de Carmen Laforet, destacando la influencia de su amiga Linka Babecka y el pintor Pedro Borrel en su vida y obra. Laforet describe su llegada a Barcelona, la sensación de libertad y asombro, y su encuentro con su familia, que resulta ser una experiencia angustiante y desconcertante. A través de sus descripciones, se establece un ambiente de nostalgia y melancolía que caracteriza la obra.
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Amistad de Laforet y Linka Babecka

El documento presenta una introducción a 'Nada', la novela de Carmen Laforet, destacando la influencia de su amiga Linka Babecka y el pintor Pedro Borrel en su vida y obra. Laforet describe su llegada a Barcelona, la sensación de libertad y asombro, y su encuentro con su familia, que resulta ser una experiencia angustiante y desconcertante. A través de sus descripciones, se establece un ambiente de nostalgia y melancolía que caracteriza la obra.
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Nada

A mis amigos Linka Babecka de Borrel


y el pintor Pedro Borrel 1

1
Carolina («Linka») Babecka Pons (¿1922?-2009) fue una amiga ín-
tima y fiel de Carmen Laforet desde su llegada a Barcelona hasta el final
de su vida (véase el artículo de Roberta Johnson, «Carmen Laforet y la
amistad», Caleta, núm. 14, 2008, págs. 195-200) y es también el origen
de la elaboración literaria del personaje Ena. Linka Babecka trabajó en
los años de su juventud como funcionaria de la Legión polaca en el exilio
y dirigió la revista Poloniaa en España: «había llegado a Barcelona por
primera vez al mismo tiempo que yo; pero ella huyendo con su familia
de la invasión alemana y rusa en Polonia. La familia de Linka fue desde
el primer momento mi segunda familia, mi familia de adopción mutua»
(Carmen Laforet, «Con Nada, por fin hice algo», ABC, 11-2-2007, pág.
80). Linka tuvo un papel fundamental en la salida a la luz de Nada, ya que
actuó como intermediaria de su primer lector, el periodista y editor Ma-
nuel Cerezales, futuro cónyuge de Carmen Laforet y quien la animó viva-
mente a presentarla a la convocatoria del primer premio Eugenio Nadal.
Del marido de Linka Babecka, el pintor catalán Pedro Borrell (1905-1950),
escribe Carmen Laforet a raíz de su temprana muerte: «si las ciudades no
solo son para nosotros las piedras y las calles, sino las personas con las que
las vimos y que nos enseñaron a quererlas, Barcelona se me ha muerto un
poco también con este pintor suyo» («La vuelta», Destino, 20 de mayo
de 1950, núm. 667, pág. 13). También dedicó una reseña a la exposición
antológica sobre su obra celebrada en Madrid, en noviembre-diciembre
de 1952, en el Palacio de Bibliotecas y Museos («Homenaje a un artista»,
Destino, núm. 803, 27 de diciembre de 1952, pág. 11).
Nada
(Fragmento)
A veces un gusto amargo,
Un olor malo, una rara
Luz, un tono desacorde,
Un contacto que desgana,
Como realidades fijas
Nuestros sentidos alcanzan
Y nos parece que son
La verdad no sospechada...2
J. R. J.

2
Carmen Laforet cita este romance de Juan Ramón Jiménez de la anto-
logía Canción 1898-1935 5 (Madrid, Signo, 1936). Desde la edición de Do-
mingo Ródenas de Moya (2001) se ha corregido la errata parecen que figu-
raba en el mecanoescrito y en todas las ediciones anteriores. JRJ en la «Car-
ta a Carmen Laforet», fechada en Washington, en marzo de 1946, comenta:
«Me sentí muy contento de ver al frente de su novela el trozo de un roman-
ce mío, reacción también contra una cosa fea, una nada de la vida» (Ínsula,
núm. 25, 15 de enero de 1948, pág. 1). JRJ se ofreció en ayudar a Laforet
para traducir y publicar su novela en inglés. Lamentablemente la esperada
traducción de Zenobia Camprubí, con quien JRJ leyó la novela en voz alta,
no llegó. En 1947, Ramón J. Sender también se brinda para mediar en la
traducción al inglés con sus editores (véase Carmen Laforet / Ramón J.
Sender, Puedo contar contigo, ed. de Israel Rolón-Barada, Barcelona, Desti-
no, 2003, págs. 34 y 57, y 257-261). La primera traducción al inglés fue la
de Inés Muñoz (Londres, Weidenfeld and Nicolson, 1958) y en Estados
Unidos la de Charles F. Payne (Andrea, Nueva York, Vantage, 1964).

107
Primera parte
I

Por dificultades en el último momento para adquirir bi-


lletes, llegué a Barcelona a medianoche, en un tren distinto
del que había anunciado, y no me esperaba nadie.
Era la primera vez que viajaba sola, pero no estaba asus-
tada; por el contrario, me parecía una aventura agradable y
excitante aquella profunda libertad en la noche. La sangre,
después del viaje largo y cansado, me empezaba a circular
en las piernas entumecidas y con una sonrisa de asombro
miraba la gran Estación de Francia y los grupos que se for-
maban entre las personas que estaban aguardando el expre-
so y los que llegábamos con tres horas de retraso.
El olor especial, el gran rumor de la gente, las luces siempre
tristes tenían para mí un gran encanto, ya que envolvían to-
das mis impresiones en la maravilla de haber llegado por fin a
una ciudad grande, adorada en mis sueños por desconocida.
Empecé a seguir —una gota entre la corriente— el rum-
bo de la masa humana que, cargada de maletas, se volcaba en
la salida. Mi equipaje era un maletón muy pesado —porque
estaba casi lleno de libros— y lo llevaba yo misma con toda
la fuerza de mi juventud y de mi ansiosa expectación.
Un aire marino, pesado y fresco, entró en mis pulmones
con la primera sensación confusa de la ciudad: una masa de
casas dormidas; de establecimientos cerrados; de faroles
como centinelas borrachos de soledad. Una respiración
grande, dificultosa, venía con el cuchicheo de la madruga-

111
da. Muy cerca, a mi espalda, enfrente de las callejuelas mis-
teriosas que conducen al Borne, sobre mi corazón excitado,
estaba el mar.
Debía parecer una figura extraña con mi aspecto risueño
y mi viejo abrigo que, a impulsos de la brisa, me azotaba las
piernas, defendiendo mi maleta3, desconfiada de los obse-
quiosos camàlicss4.
Recuerdo que, en pocos minutos, me quedé sola en la
gran acera, porque la gente corría a coger los escasos taxis o
luchaba por arracimarse en el tranvía.
Uno de esos viejos coches de caballos que han vuelto a
surgir después de la guerra5 se detuvo delante de mí y lo

3
En el capítulo VI veremos el contenido de esta maleta «amarrada
con cuerdas», como «el recinto de mis cosas íntimas», pero en el que
hurgarán algunos de sus parientes: fundamentalmente ropa interior, ob-
jetos cargados de recuerdos y libros «amarillos y mohosos», procedentes de
la biblioteca de su padre y cuyos títulos tampoco conoceremos. En un tem-
prano artículo, Carmen Laforet argumenta y narra sobre la capacidad de
figuración de una maleta: «De todos los objetos que tengo en casa la maleta
es uno de los preferidos [...]. Agradezco al destino esta profunda, indescrip-
tible sensación de vida intensa, que me produce preparar mi maleta. En el
fondo de mi conciencia yo sé que no es verdad esta idea que llevo metida en
la sangre de que soy una vagabunda, de que no quiero pararme nunca en mi
vagar de un sitio a otro. Yo sé que, por uno u otro motivo, mi maleta duerme
y descansa muchísimo. Pero el solo hecho de tenerla entre las manos des-
pierta en mí ese personaje de los sueños de mi adolescencia, cuando encerra-
da entre los límites terriblemente precisos de una isla, yo me iba al puerto, a
ver los barcos y a respirar su olor, y con la imaginación subía en todos, oía
las sirenas de despedida, y llegaba a bordo de ellos, a todos los puertos» («La
maleta», Destino, 13 de mayo de 1950, núm. 666, pág. 7).
4
‘porteadores’.
5
viejos coches de caballoss [...] después de la guerra: la reaparición de es-
tos coches de caballo es una evidencia de las restricciones y la escasez de
la inmediata posguerra. En los primeros años de la década de 1940 la
gasolina era insuficiente (en el capítulo XII hay una referencia a los gasó-
genos) y no se encontraban recambios para poner en marcha la mayoría
de los automóviles que habían quedado inservibles durante la contienda
civil. Los indicadores después de la guerra y más abajo octubree permiten
datar el comienzo de la novela en octubre de 1939, nueve meses después

112
tomé sin titubear, causando la envidia de un señor que se
lanzaba detrás de él desesperado, agitando el sombrero.
Corrí aquella noche en el desvencijado vehículo por an-
chas calles vacías y atravesé el corazón de la ciudad lleno de
luz a toda hora, como yo quería que estuviese, en un viaje
que me pareció corto y que para mí se cargaba de belleza.
El coche dio la vuelta a la Plaza de la Universidad y re-
cuerdo que el bello edificio me conmovió como un grave
saludo de bienvenida.
Enfilamos la calle de Aribau, donde vivían mis parien-
tes, con sus plátanos llenos aquel octubre de espeso verdor
y su silencio vívido de la respiración de mil almas detrás de
los balcones apagados. Las ruedas del coche levantaban una
estela de ruido, que repercutía en mi cerebro. De improviso
sentí crujir y balancearse todo el armatoste. Luego quedó
inmóvil.
—Aquí es —dijo el cochero.
Levanté la cabeza hacia la casa frente a la cual estábamos.
Filas de balcones se sucedían iguales con su hierro oscuro,
guardando el secreto de las viviendas. Los miré y no pude
adivinar cuáles serían aquellos a los que en adelante yo me
asomaría. Con la mano un poco temblorosa di unas mone-
das al vigilante y cuando él cerró el portal detrás de mí, con
gran temblor de hierro y cristales, comencé a subir muy
despacio la escalera, cargada con mi maleta.
Todo empezaba a ser extraño a mi imaginación; los es-
trechos y desgastados escalones de mosaico, iluminados
por la luz eléctrica, no tenían cabida en mi recuerdo.
Ante la puerta del piso me acometió un súbito temor de
despertar a aquellas personas desconocidas que eran para
mí, al fin y al cabo, mis parientes y estuve un rato titubean-
do antes de iniciar una tímida llamada a la que nadie con-

de que las tropas del general Franco ocuparan la ciudad de Barcelona,


el 26 de enero de 1939.

113
testó. Se empezaron a apretar los latidos de mi corazón y
oprimí de nuevo el timbre. Oí una voz temblona:
«¡Ya va! ¡Ya va!».
Unos pies arrastrándose y unas manos torpes descorrien-
do cerrojos.
Luego me pareció todo una pesadilla6.
Lo que estaba delante de mí era un recibidor alumbrado
por la única y débil bombilla que quedaba sujeta a uno de
los brazos de la lámpara, magnífica y sucia de telarañas, que
colgaba del techo. Un fondo oscuro de muebles colocados
unos sobre otros como en las mudanzas. Y en primer tér-
mino la mancha blanquinegra de una viejecita decrépita,
en camisón, con una toquilla echada sobre los hombros.
Quise pensar que me había equivocado de piso, pero aque-
lla infeliz viejecilla conservaba una sonrisa de bondad tan
dulce, que tuve la seguridad de que era mi abuela.
—¿Eres tú, Gloria? —dijo cuchicheando.
Yo negué con la cabeza, incapaz de hablar, pero ella no
podía verme en la sombra.
—Pasa, pasa, hija mía. ¿Qué haces ahí? ¡Por Dios! ¡Que
no se dé cuenta Angustias de que vuelves a estas horas!

6
Léase el inicio de un libro nonato de Elena Fortún, Celia bibliotecaria, que
es también un relato de llegada de una muchacha a un mundo que no es el
suyo: «Capítulo I. // Llegada a Barcelona. // Aunque ya era de noche aún no
estaba encendida la luz de la escalera. Por eso me pareció todo tan feo y negro...
Todavía fue peor cuando se abrió la puerta del piso con aquella luz mortecina
y el perchero oscuro y la señora espantada...» (Biblioteca Regional Joaquín Le-
guina. EF Arc. 3/4. Carpeta con título manuscrito: «Capítulos sin utilizar que
pueden servir». Mi agradecimiento a Inmaculada García Carretero quien me
ha facilitado este dato. Véase también Nuria Capdevila-Argüelles,
«Queridas lejanas», en Carmen Laforet y Elena Fortún, De corazón y alma,
op. cit., pág. 24). Este comienzo de capítulo se escribió después de la publica-
ción de Nada, que Elena Fortún recibe en abril de 1946; por tanto, puede in-
terpretarse como un generoso gesto de reconocimiento literario, en este caso, de
la escritora veterana con la joven. Siempre he pensado que existía una estrecha
parentela literaria entre la Celia de Encarnación Aragoneses y la Andrea de
Carmen Laforet.

114
Intrigada, arrastré la maleta y cerré la puerta detrás de
mí. Entonces la pobre vieja empezó a balbucear algo, des-
concertada.
—¿No me conoces, abuela? Soy Andrea.
—¿Andrea?
Vacilaba. Hacía esfuerzos por recordar. Aquello era lasti-
moso.
—Sí, querida, tu nieta... no pude llegar esta mañana
como había escrito.
La anciana seguía sin comprender gran cosa, cuando de
una de las puertas del recibidor salió en pijama un tipo
descarnado y alto que se hizo cargo de la situación. Era uno
de mis tíos, Juan. Tenía la cara llena de concavidades, como
una calavera a la luz de la única bombilla de la lámpara.
En cuanto él me dio unos golpecitos en el hombro y me
llamó sobrina, la abuelita me echó los brazos al cuello con los
ojos claros llenos de lágrimas y dijo «pobrecita» muchas veces...
En toda aquella escena había algo angustioso, y en el
piso un calor sofocante como si el aire estuviera estancado
y podrido. Al levantar los ojos vi que habían aparecido va-
rias mujeres fantasmales. Casi sentí erizarse mi piel al vis-
lumbrar a una de ellas, vestida con un traje negro que tenía
trazas de camisón de dormir. Todo en aquella mujer parecía
horrible y desastrado, hasta la verdosa dentadura que me
sonreía. La seguía un perro, que bostezaba ruidosamente,
negro también el animal, como una prolongación de su
luto. Luego me dijeron que era la criada, pero nunca otra
criatura me ha producido impresión más desagradable.
Detrás de tío Juan había aparecido otra mujer flaca y
joven con los cabellos revueltos, rojizos, sobre la aguda cara
blanca y una languidez de sábana colgada, que aumentaba
la penosa sensación del conjunto.
Yo estaba aún, sintiendo la cabeza de la abuela sobre mi
hombro, apretada por su abrazo y todas aquellas figuras me
parecían igualmente alargadas y sombrías. Alargadas, quie-
tas y tristes, como luces de un velatorio de pueblo.
115
—Bueno, ya está bien, mamá, ya está bien —dijo una
voz seca y como resentida.
Entonces supe que aún había otra mujer a mi espalda.
Sentí una mano sobre mi hombro y otra en mi barbilla. Yo
soy alta, pero mi tía Angustias lo era más y me obligó a
mirarla así. Ella manifestó cierto desprecio en su gesto. Te-
nía los cabellos entrecanos que le bajaban a los hombros y
cierta belleza en su cara oscura y estrecha.
—¡Vaya un plantón que me hiciste dar esta mañana,
hija!...7 ¿Cómo me podía yo imaginar que ibas a llegar de
madrugada?
Había soltado mi barbilla y estaba delante de mí con
toda la altura de su camisón blanco y de su bata azul.
—Señor, Señor, ¡qué trastorno! Una criatura así, sola...
Oí gruñir a Juan.
—¡Ya está la bruja de Angustias estropeándolo todo!
Angustias aparentó no oírlo.
—Bueno, tú estarás cansada. Antonia —ahora se dirigía
a la mujer enfundada de negro—, tiene usted que preparar
una cama para la señorita.
Yo estaba cansada y, además, en aquel momento, me
sentía espantosamente sucia. Aquellas gentes moviéndose o
mirándome en un ambiente que la aglomeración de cosas

7
¡Vaya un plantón que me hiciste dar [...]!: la frase de Angustias no
quiere decir que me has dado o me diste un plantón, se refiere al plantón
que ella tuvo que darle a su jefe y amante, don Jerónimo Sanz, por ir a
esperar a Andrea a la estación. El lector se dará cuenta de este sentido en
un momento posterior, el capítulo IX: Gloria me dijo que don Jerónimo y
Angustias se veían todas las mañanas en la iglesia, que ella lo sabía bien. Es
un ejemplo inicial y sintomático de la estrategia narrativa de Nada: la
elipsis y la suspensión, ya que es una novela que nos cuenta la vida de
Andrea haciéndose, en su fluir, y el lector sabe (o intuye) exactamente lo
mismo que el personaje. Sobre esta frase, véase el precioso artículo de
Patrizia Prati, «¡Vaya
« un plantón que me hiciste dar esta mañana, hija!
Spunti di riflessione traduttiva», Quaderni di filologia e lingue romanze,
núm. 27, marzo de 2014, págs. 165-178.

116
ensombrecía, parecían haberme cargado con todo el calor
y el hollín del viaje, del que antes me había olvidado. Ade-
más deseaba angustiosamente respirar un soplo de aire
puro.
Observé que la mujer desgreñada me miraba sonriendo,
abobada por el sueño, y miraba también mi maleta con la
misma sonrisa. Me obligó a volver la vista en aquella direc-
ción y mi compañera de viaje me pareció un poco conmo-
vedora en su desamparo de pueblerina. Pardusca, amarrada
con cuerdas, siendo, a mi lado, el centro de aquella extraña
reunión.
Juan se acercó a mí:
—¿No conoces a mi mujer, Andrea?
Y empujó por los hombros a la mujer despeinada.
—Me llamo Gloria —dijo ella.
Vi que la abuelita nos estaba mirando con una ansiosa
sonrisa.
—¡Bah, bah!... ¿qué es eso de daros la mano? Abrazaos,
niñas... ¡así, así!
Gloria me susurró al oído:
—¿Tienes miedo?
Y entonces casi lo sentí, porque vi la cara de Juan que
hacía muecas nerviosas mordiéndose las mejillas. Era que tra-
taba de sonreír.
Volvió tía Angustias autoritaria.
—¡Vamos!, a dormir, que es tarde.
—Quisiera lavarme un poco —dije.
—¿Cómo? ¡Habla más fuerte! ¿Lavarte?
Los ojos se abrían asombrados sobre mí. Los ojos de An-
gustias y de todos los demás.
—Aquí no hay agua caliente —dijo al fin Angustias.
—No importa...
—¿Te atreverás a tomar una ducha a estas horas?
—Sí —dije—, sí.
¡Qué alivio el agua helada sobre mi cuerpo! ¡Qué alivio
estar fuera de las miradas de aquellos seres originales! Pensé
117
que allí, el cuarto de baño no se debía utilizar nunca. En el
manchado espejo del lavabo —¡qué luces macilentas, ver-
dosas, había en toda la casa!— se reflejaba el bajo techo car-
gado de telas de arañas, y mi propio cuerpo entre los hilos
brillantes del agua, procurando no tocar aquellas paredes
sucias, de puntillas sobre la roñosa bañera de porcelana.
Parecía una casa de brujas aquel cuarto de baño. Las pa-
redes tiznadas conservaban la huella de manos ganchudas,
de gritos de desesperanza. Por todas partes los desconcha-
dos abrían sus bocas desdentadas rezumantes de humedad.
Sobre el espejo, porque no cabía en otro sitio, habían colo-
cado un bodegón macabro de besugos pálidos y cebollas
sobre fondo negro. La locura sonreía en los grifos torcidos.
Empecé a ver cosas extrañas como los que están borra-
chos. Bruscamente cerré la ducha, el cristalino y protector
hechizo, y quedé sola entre la suciedad de las cosas.
No sé cómo pude llegar a dormir aquella noche. En la
habitación que me habían destinado se veía un gran piano
con las teclas al descubierto. Numerosas cornucopias —al-
gunas de gran valor— en las paredes. Un escritorio chino,
cuadros, muebles abigarrados. Parecía la guardilla de un
palacio abandonado, y era, según supe, el salón de la casa.
En el centro, como un túmulo funerario rodeado por do-
lientes seres —aquella doble fila de sillones destripados—,
una cama turca, cubierta por una manta negra, donde yo
debía dormir. Sobre el piano habían colocado una vela, por-
que la gran lámpara del techo no tenía bombillas.
Angustias se despidió de mí haciendo en mi frente la
señal de la cruz, y la abuela me abrazó con ternura. Sentí
palpitar su corazón como un animalillo contra mi pecho.
—Si te despiertas asustada, llámame, hija mía —dijo
con su vocecilla temblona.
Y luego, en un misterioso susurro a mi oído:
—Yo nunca duermo, hijita, siempre estoy haciendo algo
en la casa por las noches. Nunca, nunca duermo.
Al fin se fueron dejándome con la sombra de los mue-
118
bles que la luz de la vela hinchaba llenando de palpitacio-
nes y profunda vida. El hedor que se advertía en toda la
casa llegó en una ráfaga más fuerte. Era un olor a porquería
de gato. Sentí que me ahogaba y trepé en peligroso alpinis-
mo sobre el respaldo de un sillón, para abrir una puerta que
aparecía entre cortinas de terciopelo y polvo. Pude lograr
mi intento en la medida que los muebles lo permitían y vi
que comunicaba con una de esas galerías abiertas que dan
tanta luz a las casas barcelonesas. Tres estrellas temblaban
en la suave negrura de arriba y al verlas tuve unas ganas
súbitas de llorar, como si viera amigos antiguos, brusca-
mente recobrados.
Aquel iluminado palpitar de las estrellas me trajo en un
tropel toda mi ilusión a través de Barcelona, hasta el mo-
mento de entrar en este ambiente de gentes y de muebles
endiablados. Tenía miedo de meterme en aquella cama pa-
recida a un ataúd. Creo que estuve temblando de indefini-
bles terrores cuando apagué la vela.

119

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