Hilaire Belloc
Esteban Trento
Curso virtual
Como enanos en hombros de gigantes
19 de junio de 2024
Nuestro personaje de hoy es HILAIRE BELLOC, ilár belló en francés, jílar béloc en
inglés, o “Hilary”, como lo llamaban su familia y amigos más íntimos.
Intentaremos exponer en menos de una hora lo principal de su vida y de su obra,
tratando de explicar por qué creemos que fue un gigante sobre cuyos hombros hoy
intentamos ver más lejos, y —de paso— trataremos de aclarar un poco algunos
equívocos sobre su personalidad que han llegado hasta nosotros, incluso a quienes nos
consideramos sus discípulos.
Se quejaba el Padre Castellani, en un artículo que publicó a poco de morir Belloc1, de
los errores contenidos en la necrológica que apareció entonces en el diario La Nación.
Hablaba el diario de “la leyenda de los cien libros”, calificaba al fallecido de
“antisemita, nacionalista y católico” y declaraba que “su mayor gloria era la de
polemista”. Rectificaba el Padre que los libros publicados por Belloc eran bastante más
de cien, que “antisemita no fue”, que “nacionalista en inglés no tiene sentido” y que si
bien fue un “glorioso” polemista, “su gloria es mucho más amplia que eso”. Me
detengo en este artículo de Castellani porque este equívoco, con algunas variantes, se
ha repetido al hartazgo y es una de las “leyendas negras” a las que me refiero más
arriba y de la que hablaremos más adelante.
HILAIRE BELLOC vivió entre 1870 y 1953. Nació en Francia, aunque vivió casi toda su
vida en Inglaterra. Hijo menor de Louis-Marie Belloc, un abogado francés retirado por
problemas de salud, y de Elizabeth Rayner Parkes, una feminista inglesa conversa al
catolicismo. Nació días después de estallar la Guerra Franco-Prusiana, en un pueblito
de los alrededores de París —La Celle Saint Cloud— que será devastado durante
aquella contienda. Quedó huérfano de padre a los 2 ½ años, y fue criado por su madre
en Sussex, el “País del Sur”, que él considerará siempre su patria chica. Los veranos los
pasaba en su pueblito natal, junto a su abuela paterna —la franco irlandesa Louise
Swanton, “Madame Belloc”—, adquiriendo así el dominio de ambos idiomas.
1
Leonardo Castellani, “El óbito de un gigante moderno: Hilaire Belloc, 1870-1953”, Dinámica Social, nº
36 (Buenos Aires: VIII/1953), recopilado en L.C., Lugones, Esencia del liberalismo y Nueva crítica literaria
(Buenos Aires: Dictio, 1976), pp. 206-209, y también en L.C., La Otra Argentina (Buenos Aires: Vórtice,
2019).
1
También será importante la influencia de su hermana mayor, Marie-Adelaïde Belloc
(Belloc-Lowndes después de casada, “Mary” para la familia), que será una precoz y
exitosa novelista.
Habría que hablar quizá del contexto en que se crió Belloc, la Inglaterra victoriana,
donde la religión oficial era un anglicanismo formalista y de poco contenido teológico,
y en medio de eso, un catolicismo autorizado sólo 40 años antes, pero que no paraba de
producir conversiones, como la de su propia madre. Aunque había algunos conversos
notables como el cardenal John Henry Newman y el arzobispo de Westminster,
Edward Manning, el público general veía a los católicos con gran sospecha, a los que se
toleraba siempre y cuando se guardasen su catolicismo como una excentricidad
privada.
Quedémonos con este dato porque será importante en la vida de Belloc, influirá en la
forma en que muchos se van a referir a él y ayudará a formar cierta “leyenda negra”
que también busca teñir su obra historiográfica y ensayística con el mote de sesgada y
poco objetiva. Pero también, como lo recordarán historiadores prestigiosos de
generaciones posteriores, fue gracias a él que el mundo de la academia inglesa se abrirá
para los católicos.
Volviendo a la vida de Belloc, decíamos que, tras morir su padre, “Madame Elisabeth”,
Bessie Parkes, dejó Francia y se radicó con sus hijos en Inglaterra. La viudez no fue su
único problema puesto que, al poco de llegar, los problemas económicos la obligaron a
radicarse en el campo, en un pueblo rural en realidad, donde “Mary” y —sobre todo—
“Hilary” serán muy felices. Desde su casa en Slindon, Belloc comenzará sus caminatas,
que llegarán a cobrar tamaño épico. Será un gran caminante y marcará verdaderos
récords de velocidad y distancia.
Por invitación del anciano cardenal Newman, ingresó al secundario del Oratorio de
Birmingham, modelado por éste según los estándares de los mejores colegios pupilos
británicos, como Eton o Harrow.
Durante sus años en el colegio del Oratorio, obtuvo casi todos los premios por
desempeño. El anciano Cardenal, en persona, le regaló un ejemplar de El Sueño de
Geroncio, dedicado y firmado. Parecía que su destino era Oxford. Y lo será, pero ya
veremos que no sin algunos desvíos anteriores.
Fue en el Oratorio que Belloc hizo una de sus grandes amistades, el honorable James
Fitzalan Hope, nieto del Duque de Norfolk. Hope va a invitar a Belloc varias veces a su
casa y allí conocerá a sus hermanas, quedando enamoradísimo de Mina Margaret, ¡que
le llevaba nada más que 8 años! “Realmente espero y creo que días mejores y más luminosos
están esperándote”, fue la cortés respuesta final a los avances del jovencito.
2
Con el corazón roto de ese amor no correspondido e impulsado por la lectura de los
diarios nacionalistas franceses en el verano, al terminar el secundario, Belloc se
inscribió en el Colegio Stanislas en Francia. Ése era un colegio llevado por los
hermanos maristas pero con un régimen de liceo militar que, de hecho, preparaba para
el ingreso a la Escuela Naval de Brest. Sin embargo, aparentemente no aguantó y
pronto se escapó.
Regresó a Inglaterra y trabajó en una granja y, luego, gracias a su hermana, consiguió
un puesto como “corresponsal en bicicleta” en Francia para el Pall Mall Gazette.
Fue entonces que una viuda irlandesa —Ellen Barrett—, con sus dos hijas
estadounidenses —Elodie y Elizabeth Hogan—, que estaban de visita en Inglaterra,
conocieron a la joven Marie Belloc y a su madre Bessie, quien había sido amiga de
“George Eliot” (seudónimo de la novelista Mary Ann Evans), como anota una de las
chicas en su diario. Debiendo partir de urgencia a California, la viuda deja a sus hijas al
cuidado de las Belloc. Es así que, poco después de regresar Belloc de Francia, conoce y
se enamora de Elodie.
Al enterarse, la madre de ésta, Ellen, que quería que su hija siguiera una supuesta
vocación religiosa que había manifestado de niña, pondrá distancia del Atlántico Norte
y de toda América del Norte, regresando con sus hijas a San Francisco.
Pero la correspondencia entre ambos no cesó, a pesar de las constantes y entendibles
dudas de Elodie en cuanto su vocación. Temiendo los efectos de la distancia, Belloc
vendió todos sus libros, consiguió un préstamo de su hermana y partió a los Estados
Unidos. Viajó en tren y caminó largas distancias, pero al llegar a la residencia de los
Hogan en San Francisco, la madre de Elodie no les permitió verse. Entonces, Belloc
debió emprender el regreso, aprovechando a visitar el Oeste norteamericano. Y
queriendo probar la vida del Far West, jugó al póker con tramposos profesionales que
rápidamente lo desplumaron y se quedó sin dinero. Así que debió regresar caminando,
vendiendo bocetos a lápiz para comer.
De regreso en Inglaterra, le llegó la notificación del servicio militar en Francia. Y
aunque podría haberse negado, decidió servir en la artillería en Toul. Y fue durante
unas maniobras en el campo francés, en donde descubrió que su verdadera patria era
Inglaterra, como le dijo a su madre, pues extrañaba mucho su infancia en Sussex. “Y me
sentí a mí mismo en el exilio”.
Fue así que, terminado el servicio militar, regresó junto a su madre y ésta le propuso
estudiar en Oxford. Con esa determinación que lo caracterizaba, aprobó el ingreso con
sobresaliente y se destacó en la célebre universidad inglesa orgullosa de su pasado
medieval. Siendo un poco mayor que el resto, con una historia ya tan rica y por su
carácter, enseguida enamoró a sus compañeros. Fue invitado a debatir en la Oxford
3
Union y arrasó. De allí en más, se destacaría como orador y polemista implacable,
jamás derrotado en un debate.
El diario universitario Isis se hizo eco de este primer éxito y profetizó éxitos futuros
abundantes. Pero también señaló, con evidente molestia, que por francés y católico, no
entendía a Inglaterra ni a su forma “tolerante” de vivir la religión, a diferencia de los
católicos ingleses, que —como señalamos— vivían su fe en la intimidad.
Y he aquí otra leyenda negra, quizá la más extendida: Belloc “el francés, el católico
intransigente”. Veremos que, incluso entre los nuestros, se va adoptar esta leyenda,
¡incluso para contraponerlo a su gran amigo Chesterton!
Ya uno de sus mejores amigos, Maurice Baring, cuando estaba destinado como
diplomático en París, había observado que era “muy poco francés cuando lo ves en
Francia”. Joseph Pearce, en la que es la biografía más completa y documentada2,
rechaza decididamente el carácter francés de Belloc, señalando que era simplemente
“un inglés con padre francés, más que un francés con madre inglesa”.
Y, en cuanto a su supuesta intransigencia, hablaremos más adelante, pero adelantemos
que Belloc se destacaba por su cantidad de buenos amigos, muchos de ellos no
católicos, al punto de que el programa especial que hizo la BBC tras su muerte se llamó
“Belloc, la risa y el amor de los amigos”.
En Oxford hará gran cantidad de amigos, entre los que nos interesan, E.C. Bentley y
Lucian Oldershaw, que serán muy importantes en su vida, especialmente porque a
través de ellos conocerá años después al más importante de sus amigos: Gilbert Keith
Chesterton.
Habiendo sido presidente de la Oxford Union —centro de estudiantes y club de
debates—, graduado con el mejor promedio y con todos los premios, como era común
se presenta al examen para la beca de investigador del All Souls College, lo que le
aseguraría un futuro como profesor de Oxford. Sorpresivamente para todo el mundo,
incluso para el master (algo así como el decano) del Balliol College y para la revista Isis,
no obtiene la beca. Belloc siempre sospechará que fue por su condición de católico.
Algunos biógrafos maliciosos lo pusieron en duda. Pearce recoge testimonios que
parecen darle la razón a Belloc.
Para empeorar el panorama, más o menos por la misma época, Elodie rompía su
relación por correo con Belloc e ingresaba como novicia de las Hermanas de la Caridad
en Baltimore.
2
Joseph Pearce, Old Thunder: A life of Hilaire Belloc (London: Harper Collins, 2002). Hay excelente
traducción de Bruno Moreno Ramos, El Viejo Trueno: Biografía de Hilaire Belloc (Madrid: Palabra, 2016).
4
En un primer momento, Belloc quiere dedicarse a la policía y publica su primer libro,
de los más de 150 que va a escribir en su vida. Versos y Sonetos se llamará, pero fue
entonces ignorado por el público y por la crítica —aunque hoy, muchos de esos versos,
son considerados “clásicos” y entre los mejores de la poesía eduardiana—.
Llega pocos meses después una carta de Elodie, desde San Francisco, contándole que
descubrió que no tenía vocación y que todavía lo quiere. Belloc, acompañado por su
madre que deseaba visitar a unos primos en Filadelfia, cruza el Atlántico y, luego, solo
todo el continente norteamericano. Al llegar al Pacífico, descubre que Elodie está muy
mal de salud, al cuidado de su hermana Elizabeth. Al verla en ese estado y
probablemente cansado de tanto viaje, sufre un colapso; el primero de muchos
“colapsos” que tendrá durante su vida. Apenas se recupera ella, Elodie y Hilaire se
casan en una iglesita católica de Napa, atendida por un simpático sacerdote irlandés
viejo. Pasan una corta luna de miel junto a los viñedos del valle de Napa y luego
regresan a Filadelfia, recogen a “Bessie” y continúan hasta Inglaterra.
Tendrán 5 hijos: 3 varones (Louis, Peter y Hilary) y 2 mujeres (Eleanor y Elizabeth).
Belloc trabajará por un tiempo más todavía en Oxford como tutor y como profesor de
Extensión, dando conferencias sobre los más diversos temas. Pero la familia seguía
creciendo y el sueldo apenas le servía para un muy pequeño departamento. Así es que
tuvieron que tomar la decisión de dejar Oxford y la vida académica.
Un poco antes de esto fue que, como dijimos, se conocieron Gilbert K. Chesterton y
Hilaire Belloc. Forjaron una amistad tan fuerte y tan emparentada que George Bernard
Shaw, amigo de ambos, acuñó en broma el término de Chesterbelloc para referirse a
ellos, puesto que —decía— era difícil saber en cualquier opinión dónde empezaba o
terminaba la opinión de uno o del otro.
Los Belloc se mudaron entonces a Londres —para alegría de Chesterton y su mujer
Frances— y Belloc decidirá dedicarse a la política. Por amistad y por herencia —su
abuelo materno había sido apoderado del Partido Liberal—, se presentó como
candidato por aquel Partido. Pero la jefatura del mismo le asignó la candidatura por un
distrito electoral de marcada tendencia protestante y le recomendaron que ocultara su
condición de católico. Allí, en su primer mitin político, ocurrió un famoso episodio. La
muchedumbre se había enterado de la condición de “papista” de Belloc y no dejaba de
quejarse. Entonces, apenas subir al podio, dijo: “Señores, soy católico. Cuando me es
posible, oigo misa diariamente. Esto —sacando un rosario del bolsillo— es un rosario.
Cuando me es posible, me arrodillo y recorro estas cuentas diariamente. Si ustedes me
rechazan por mi religión, daré gracias a Dios por evitarme la indignidad de ser su
representante.” Hubo un silencio y luego estalló la multitud en aplausos.
5
Pero su tiempo en la política de partidos, primero como liberal y luego como
independiente, fue un fiasco. Y en 1910 decidió no volver a presentarse como
candidato a parlamentario.
Por esa época, empezó a colaborar en un periódico dirigido por Cecil Chesterton,
hermano menor de Gilbert, que se llamaba The Eye Witness (El testigo ocular). Allí
denunciaron el famoso “escándalo Marconi”. Un intento de algunos miembros del
gobierno liberal de enriquecerse con información confidencial sobre la compañía de
telégrafos sin hilos Marconi. Todo terminó con un juicio por calumnias y una condena
simbólica por sólo 100 libras, pero una victoria moral para Belloc y Cecil Chesterton.
Así, tras su paso por la política y el escándalo Marconi, Belloc fue comprendiendo lo
intrincado que el Estado y la política estaba vinculados a las altas finanzas y a las
grandes empresa, hasta el punto de que se confundían en lo que Belloc llamará el
“Estado Servil” —un Estado siervo de unos pocos plutócratas—. Al mismo tiempo, de
sus infinitas charlas con Chesterton, surgirá la doctrina que creían podía poner
remedio a esa situación y que tomará el nombre de “Distributismo” —la distribución
de la propiedad a las familias para lograr su verdadera libertad política—.
Comenzará así Belloc su carrera de escritor de los “cien libros” —muchos más en
realidad— e infinidad de artículos periodísticos. Su amigo Blackwood ilustrará sus
“Bestiarios”, una serie de libros de poesías para niños, cómicas a la vez que
aleccionadoras con títulos como “Matilda, que contaba mentiras y murió quemada”,
que todavía hoy a niños de todo el mundo angloparlante les encanta aprender de
memoria. Chesterton, con su estilo tan característico, ilustrará varias de sus novelas y
las tapas de algunos de sus libros polémicos y satíricos.
Como dice Pearce en su biografía de Chesterton, a éste le seducía verdaderamente que
Belloc “era un hombre de acción. […] Admiraba a Belloc no sólo porque creía en aventuras
románticas, sino porque las vivía hasta el final. Chesterton soñaba con la aventura, Belloc era el
aventurero. Chesterton imaginaba la emoción de navergar en alta mar, Belloc era un navegante
consumado. […] Chesterton fantaseaba con el júbilo de explorar fronteras salvajes, Belloc se
había pateado los Estados Unidos recorriéndolos de costa a costa, descubriendo el Salvaje Oeste
en la década de los noventa del siglo XIX. […] Belloc dio cuerpo literalmente a las ideas que
bullían en la cabeza de Chesterton: les dio sustancia.”3
Por algo, Chesterton, poco tiempo después de encontrarse por primera vez con Belloc,
le dedica su disparatada novela El Napoleón de Notting Hill.
Otro amigo importante en esta época es Maurice Baring. Éste era uno de los hijos
menores de Lord Revelstoke y de la familia fundadora de la financiera Barings.
Durante sus estudios para ingresar al cuerpo diplomático, estudia idiomas en Oxford,
3
Joseph Pearce, Chesterton: Sabiduría e inocencia (Madrid: Encuentro, 1998), p. 76.
6
donde conoce a Belloc. Aunque lo admiraba profundamente, le parecía pueril su
catolicismo. Pero antes de que se dé cuenta, será él quien se convertirá en católico.
Por este tiempo, sin embargo, la casa de Londres les empieza a quedar chica, además
tanto Elodie que había vivido en la California rural, como Hilaire, que se había criado
en Sussex, deseaban mudarse allí, también cerca de la abuela de los niños. Así que, con
lo que Belloc había ahorrado como parlamentario, se compraron una casa que había
sido un viejo depósito medieval, con un pequeño terreno y un antiguo molino en un
extremo: King’s Land.
King’s Land será el “castillo” de Belloc y él el “rey” de Sussex, del País del Sur. De
alguna manera, al regresar a Sussex definitivamente, Belloc terminó su peregrinar en
busca de casa. Pero, al mismo tiempo, comienza el “peregrinar” de su obra.
Desde King’s Land visitará cada colina, cada quebrada, recorrerá los cursos de los ríos
y se conocerá de memoria todos los pubs de Sussex. Emprenderá de un momento para
otro una peregrinación o una caminata para probar un punto histórico. Se aprenderá
todas las costumbres y tradiciones del lugar, y se animará a componer canciones que
todavía se cantan en los pubs de la región, cuyas distintas versiones pueden buscar en
YouTube.
Y luego va a reproducir eso mismo recorriendo a pie la frontera entre Escocia e
Inglaterra, o peregrinando desde Francia hasta Roma, atravesando los Alpes a pie.
Cruzando el paso de Grimsel, desde Suiza hacia Italia, en medio de una ventisca que,
según Pearce, inspiró a Tolkien a escribir el paso de Caradhras. Fruto de lo cual será su
libro Camino de Roma, que no sólo es la descripción del viaje, sino también una reflexión
teológica sobre el peregrinar y nuestro paso por este mundo.
Antes entonces de explorar su obra, vamos a mencionar unos pocos hechos de una
vida por lo demás monótona a partir de la compra de la mudanza a Sussex.
En II/1914 muere su mujer, Elodie, de cáncer, con sólo 45 años. Belloc queda
destrozado, el padre dominico Vincent McNabb se instala en King’s Land para
ocuparse de su amigo y sus niños. Su amigo, Lord Lucas, lo sube en un automóvil con
chofer y, junto a su secretaria y niñera Miss Goldsmith, parte a una recorrida por
Inglaterra y Gales.
Unos meses después estalla la Primera Guerra Mundial. Un vecino, Murray Allison,
funda la revista Land & Water con el fin de informar al público británico acerca de los
pormenores de la guerra. Y éste contrata a Belloc, quien se avocará como pocos a este
cometido y se destacará por su mirada táctica, estratégica y geopolítica en este
conflicto, recibiendo invitaciones de generales y almirantes, británicos y franceses, para
visitar el frente en numerosas ocasiones.
7
También durante la guerra comienzan a llegar las malas noticias. Mueren muchos
amigos, incluyendo el hermano menor de Chesterton. Y, ya casi al final de la guerra, su
propio hijo Louis Belloc, que era piloto, es derribado cerca de Cambrai; su cuerpo no
será recuperado del avión hecho cenizas. Esperanzado de que hubiese sido tomado
prisionero, Belloc mismo viajará a Bélgica para enterarse al llegar que no había
sobrevivido.
La muerte relativamente temprana de su gran amigo Chesterton es un duro golpe. Y
no sólo eso, sino que, a pesar de ya contar con más de 65 años, debe hacerse
responsable de la revista de aquel, G.K.’s Weekly y de la presidencia de la Liga
Distributista.
A fines de la década del ’30, su segundo hijo varón, Hilary Belloc, es expulsado de
Oxford, por motivos que no me quedan claros y se radica en Norteamérica, primero en
Canadá y luego en los Estados Unidos, casándose con una prima materna y viviendo
los últimos años de su vida en San Francisco.
Y el menor de los hijos, Peter Belloc, recién salido del secundario y siendo oficial de los
Royal Marines, morirá tras enfermar de neumonía después de una misión comando en
el Mar del Norte durante la Segunda Guerra Mundial.
La muerte de su hijo menor, fiel acompañante en caminatas y navegaciones, provoca
en Hilaire Belloc un colapso fuerte, quizá lo que hoy llamaríamos un ACV. Con más de
70 años, su voluntad sigue tan inquebrantable como de joven y a pesar de no estar
recuperado, pide que lo lleven a la misa de funeral de su gran amigo el P. McNabb. Y
tiempo después, tras sufrir una larga enfermedad de Parkinson, fallece su gran amigo
Maurice Baring.
Sobre estos últimos 10 años de Belloc, tenemos el inestimable testimonio de Jim
Morton, amigo de Peter y luego amigo de Hilaire, al que acompañó en sus caminatas,
charlas y navegaciones en barco. Morton, que había sufrido mucho durante la Primera
Guerra Mundial y que sufría de lo que hoy llamaríamos síndrome de estrés
postraumático, será especialmente cuidado por Belloc.
Cuenta Morton que en aquellos años descubrió que el mito de la alegría de Belloc no
era más que eso, un mito, pero que “cuando no se hallaba en medio del bullicio de sus
amigos, con risas y animada charla, la expresión de su cara no sólo denotaba reflexión sino
además melancolía, y sus ojos, que podían arder con indignación o iluminarse con regocijo, eran
los ojos de un hombre que ha sufrido”4.
4
J. B. Morton, Hilaire Belloc: Una memoria, trad. Sebastián Randle (Buenos Aires: Vórtice, 2010), pp.
158-159.
8
Un domingo de julio de 1953, mientras intentaba avivar el fuego de la chimenea, sufre
un accidente y termina en el piso, con su ropa quemada. El médico del pueblo
recomienda que lo lleven al hogar Mount Alvernia, en Guildford, bajo el cuidado de las
Misioneras Franciscanas. Entra y sale de coma.
Finalmente, el jueves 16 ya no se despierta y llaman a su familia. Concurren sus hijas,
el yerno Rex, su nuera Stella, Jim Morton, su nieto monje benedictino Philip Jeb y otros
amigos. En el piso de arriba, las monjas Misioneras Franciscanas cantaban el
himno que Belloc les había dicho que más amaba entre todos. Poco antes del
anochecer, murió.
Al conocer la noticia, la BBC interrumpió todos sus programas para anunciar el
fallecimiento de “uno de los literatos más grandes de Inglaterra”. Obituarios
como los que aquí reproducimos, no tuvieron dudas de que era un gigante.
OBRA
Se quejaba Castellani que de Hilaire Belloc sólo se había traducido y publicado una
ínfima cantidad de sus obras, no siempre las mejores y, además, únicamente las
históricas y polémicas. Así, nos perdíamos al Belloc poeta, compositor, explorador,
cronista, navegante, peregrino y ensayista sobre temas tan diversos como las
variedades de las rosas inglesas o la correcta pronunciación de viejos apellidos
normandos, el vecino de Sussex que cantaba en los pubs de los pueblos y que recorría a
pie viejos caminos rurales.
Como dijimos la obra es grandísima. Al momento de morir, según The Times contaba
de 143 títulos, de los cuales se van a publicar más de una quincena de inéditos después.
Además hay un número casi infinito de artículos y notas periodísticas publicadas en
diarios, periódicos, revistas y boletines, tanto de Inglaterra como de América del Norte,
Oceanía, Sudáfrica y Europa continental. Como le comentó en una carta a su amiga
Emma Pescatore, hubiera preferido deambular y cantar, pero le tocó “escribir, escribir,
escribir” para vivir y dar de comer a sus hijos.
Como ya dijimos, su primera publicación fue el libro de poesía Versos y sonetos. Luego
vinieron sus “bestiarios para niños” que tuvieron considerable éxito. Escribió, además,
numerosas biografías, muchas de las cuales escritas por encargo y que, por su apellido,
se referían a personajes históricos franceses. Publicó obras sobre la Revolución
francesa, las Cruzadas, la Reforma protestante y los 4 tomos de su Historia de Inglaterra.
Escribió también libros de viajes y lo que hoy llamaríamos libros de turismo. Mantuvo
polémicas por escrito con sus amigos Bernard Shaw y H. G. Wells, y también con sus
enemigos como el teólogo protestante racionalista Coulton. Escribió algunas novelas,
no tan conocidas, generalmente de tono satírico o romántico —como Belinda, donde los
personajes están inspirados en su mujer e hijos—. Publicó también ensayos religiosos
9
de defensa de la Iglesia Católica frente a determinados ataques comunes en su tiempo.
Por encargo escribió también una serie de libros sobre batallas históricas que tuvieron
bastante éxito. Incluso realizó un mapa del escenario europeo de la Primera Guerra
Mundial, anotado por él mismo y que hoy es considerado un tesoro por los
coleccionistas. Además, aparecieron de él una serie de libros que recopilaban artículos
inclasificables como la equitación, Shakespeare, la historia del colleges de Oxford, el
vino de Borgoña, el tabaco, la música, la poesía, los pordioseros, los irlandeses, las
lámparas de gas, la arquitectura gótica, el clima, el Imperio Alemán, la modernidad, el
Banco (central) de Inglaterra y la oligarquía británica.
Fue tal vez uno de los primeros en hacer del libro de viajes y turismo un género
literario, donde no sólo daba consejos sobre dónde comer o dónde alojarse, sino
también aprovechaba para volcar las reflexiones que los paisajes, la cultura, los
edificios y las gentes le producían. Entre éstos, se destacan:
+ Camino de Roma donde narra el viaje que hizo Belloc desde París hasta Roma, en
parte en tren y en gran parte a pie, incluso al cruzar los Alpes. Con un estilo divertido a
la vez que profundo, satírico a la vez que sapiencial, nos relata sus experiencias e,
incluso, su “segunda conversión” en la aldea suiza de Undervelien al ver todo el
pueblo al unísono participar en las vísperas.
+ Los cuatro hombres, escrito como obra de teatro de ficción, no es el relato de cuatro
borrachos que vuelven a casa después de una noche de farra, como parecería a primera
vista, sino un canto a la amistad, a la cerveza, a las canciones alegres y sencillas, a lo
poco que nos queda de un mundo que se va y que Belloc nos dice que vale la pena
recordar con alegría. En esta deliciosa pieza, vuelca el fruto de sus recorridos y
observaciones del campo de Sussex.
+ El crucero del Nona es la historia de esta balandra vieja, comprada gracias a la
generosidad de su amigo Lord Stanley, con la que Belloc navegó, con más valentía y
maña que con conocimiento marinero, por todo el Mar del Norte, sorteando todo tipo
de peligros marinos, climáticos y humanos, mientras experimentaba la soledad y la
inmensidad de Dios.
Finalmente, hay una categoría que, siguiendo a Aníbal D’Angelo Rodríguez5,
podríamos llamar de “Filosofía Teológica de la Historia” y que es, quizá, la más
significativa para nosotros en este curso en que hablamos de “gigantes católicos” sobre
cuyos hombros pretendemos pararnos para ver mejor. Entre éstos, se destacan: Europa
y la Fe (1920), Sobrevivientes y recién llegados (1929), La crisis de nuestra civilización (1937) y
Las grandes herejías (1938).
5
A. D’Angelo Rodríguez, “Hilaire Belloc: Su mundo y su obra setenta y cinco años después”, en H. Belloc,
Sobrevivientes y recién llegados: Los viejos y los nuevos enemigos de la Iglesia Católica (Buenos Aires:
Pórtico, 2004), pp. 56-57.
10
Belloc escribió Europa y la Fe después del fin de la I G.M. ante el panorama de
desolación que se vivía en aquel momento al derrumbarse las promesas del liberalismo
optimista del siglo XIX.
Niega que el cristianismo haya contribuido a la decadencia de Roma como decían los
historiadores de su tiempo, sino que demuestra que la Fe fue aceptada por Roma en su
madurez y que la Iglesia no fue causa del declive de la Antigüedad Clásico sino la
conservadora de todo aquello que merecía ser conservado.
También expone el peligro para Europa de abandonar la Fe dando a entender que ha
sido ésa la principal causa de aquella terrible guerra fratricida que provocó casi 20
millones de muertos. Se suele citar con dureza y reprobación la oración final de este
libro que tuvo gran éxito en su tiempo donde dice: “La Fe es Europa. Y Europa es la Fe.”
Pero se omite lo que viene antes:
“La autoridad, que es el principio mismo de la vida, pierde su significado, y el tremendo edificio
de la civilización que hemos heredado y que es aún nuestro crédito tiembla y amenaza caer. Está
claro que es inseguro. Puede caer en cualquier momento.
Los que aún vivimos podemos ver el derrumbe. Pero cuando sobreviene el derrumbe, no sólo es
repentino, sino también final. Y en ese enigma permanece la verdad histórica: el de que nuestra
estructura europea, construida sobre los nobles cimientos de la antigüedad clásica, fue formada
por medio, existe por, consuena con y sólo perdurará en el molde de la Iglesia Católica. Europa
volverá a la Fe, o perecerá.
La Fe es Europa. Y Europa es la Fe.”6
En Supervivientes y recién llegados, Belloc analiza los ataques históricos a la Iglesia
(protestantismo, materialismo, economicismo, historicismo y cientificismo) que todavía
sobreviven, y los ataques nuevos de “los recién llegados” (el nacionalismo, el
anticlericalismo y la mentalidad modernista). Y prevé las dificultades del mañana a
partir del surgimiento en aquellos años del neopaganismo y del espiritismo, que —
sumados a la mentalidad moderna— eventualmente pueden terminar en una
persecución revivida contra la Fe católica.
La crisis de nuestra civilización es el fruto de 2 conferencias ofrecidas en los [Link]. en
1937. Afirma Belloc que tras la Reforma protestante, la civilización cristiana se ha ido
rompiendo. Desde que el calvinismo abrió las puertas a la usura, la civilización cayó en
la competencia desenfrenada, la dominación del dinero y, en última instancia, el
regreso de la esclavitud bajo la apariencia del trabajo en relación de dependencia.
Concluye que sólo tenemos dos opciones: recuperar el catolicismo o el caos. Y explica
6
H. Belloc, Europa y la Fe, trad. E. Lanús (Buenos Aires: Sudamericana, 1967), pp. 269-270.
11
cómo a partir de la restauración de la propiedad esto se puede lograr. Castellani llamó
a este libro “compendio de la Doctrina Social de la Iglesia”.
Las grandes herejías es un conciso análisis de las 5 grandes herejías que pusieron en
peligro a la Iglesia: el arrianismo, el mahometanismo, el catarismo (Albigensism), el
protestantismo y el modernismo. En los últimos 30 años analistas internacionales y
expertos en geopolítica han desenpolvado este libro para recordar que allí Belloc
advertía que la cultura musulmana podía tranquilamente ponerse al día en las
aplicaciones materiales, mientras que Occidente estaba lejos de restaurar la fuerza de
nuestra Fe. Preveía así que, de proseguir esta tendencia, los nietos de sus
contemporáneos podrían vérselas con una resurrección política del Islam.
Sin embargo, creo que lo más importante de este libro es su concepción de la última
herejía, el modernismo —o la “fase moderna” como la llama—:
“La Fe no está ahora en la presencia de una herejía particular —como lo estuvo en el pasado
ante la herejía arriana, la maniquea, la albigense o la mahometana— ni tampoco está en
presencia de una especie de herejía generalizada como lo estuvo cuando tuvo que enfrentar a la
revolución protestante hace trescientos o cuatrocientos años atrás. El enemigo al cual la Fe tiene
que enfrentar ahora, y que podría ser llamado ‘el Ataque Moderno’, constituye un asalto
integral a lo fundamental de la Fe – a la existencia misma de la Fe. Y el enemigo que ahora
avanza sobre nosotros está cada vez más consciente de que no existe la posibilidad de ser
neutrales. Las fuerzas que ahora se oponen a la Fe están diseñadas para destruir. De aquí en más
la batalla se librará sobre una bien definida línea divisoria y lo que está en juego es la
supervivencia o la destrucción de la Iglesia Católica. Y toda su filosofía; no una parte de ella.
[…]
Al ataque moderno no le he puesto la denominación de ‘Anticristo’, aunque en mi fuero interno
creo que ése sería el término adecuado. No le he puesto ese nombre porque, por el momento,
parecería exagerado. Pero el nombre no importa. Sea que lo llamemos ‘Ataque Moderno’ o
‘Anticristo’, es la misma cosa: hay una clara cuestión establecida entre el mantenimiento de la
moral, la tradición y la autoridad católicas por un lado, y el esfuerzo activo orientado a
destruirlas por el otro. El ataque moderno no nos tolerará. Tenemos que intentar destruirlo
porque es el enemigo, totalmente equipado y apasionado, de la Verdad por la cual viven los seres
humanos. El duelo es a muerte.”7
Sobre hombros de gigantes.
Como podemos ver en éstos y otros muchos textos, Hilaire Belloc fue un verdadero
gigante.
7
H. Belloc, Las Grandes Herejías, trad. Pedro de Olazábal (Buenos Aires: Espiga de Oro, 1943), pp. 209 y
211-212.
12
En el panegírico que predicó Mons. Ronald Knox en la misa de funeral que tuvo lugar
en la catedral de Westminster8, dijo, sin lugar a dudas, que Belloc era un profeta. No
porque predijera eventos futuros, sino porque podía ver claramente los males de
nuestro tiempo y encontrar su raíz histórica. Y como todo profeta, habló claro sin temer
el desprecio de los hombres. Aun cuando uno pueda estar en desacuerdo en algún
detalle pequeño, no se puede negar que señaló con precisión los orígenes de los males
modernos y las consecuencias que, de no revertirse la tendencia, vendrían a posteriori.
Tal vez no hizo conversos, como sí su amigo Chesterton, pero como señala Knox, sus
escritos polémicos presionaron sobre el “anillo de autosatisfacción” que mantenía al
anglicanismo victoriano apartado de la Iglesia.
El filósofo estadounidense Frederick Wilhelmsen escribió, poco después de la muerte
de Belloc, que
“Hilaire Belloc, siempre asociado en la memoria a su gran amigo G. K. Chesterton, hizo de la
defensa de su Fe, el principal negocio de su vida. Esgrimió una espada poderosa. Gigantes
autem erant in terram in diebus illis (En aquellos días había gigantes sobre la tierra, Gn.
6,4). Mas la espada de Belloc fue enterrada con él. En verdad, dudo mucho que veamos
nuevamente a los de su tipo.”9
Pero eso no obsta a que podamos pararnos sobre los hombros de estos gigantes y así
intentar ver mejor.
Muchas gracias.-
MISCELÁNEA:
- Placa de información turística inaugurada hace pocos años en el pueblo de
Shipley, cerca de donde vivía Belloc en King’s Land.
- Balada de Nuestra Señora de Czestochowa de Hilaire Belloc, escrita a mano por
J. R. R. Tolkien a pedido de un amigo.
- Disco del National Trust que conmemora a Hilaire Belloc en King’s Land.
- Imagen de San Cristóbal donada por Belloc a la iglesia de Nuestra Señora de la
Consolación y San Francisco en West Grinstead, en memoria de su hijo mayor
muerto en la I G.M., Louis Belloc.
- Última fotografía de H. Belloc sentado frente al hogar de su casa.
8
Panegírico predicado por Mons. Ronald Knox en la Misa de Réquiem por H. Belloc en la Catedral de
Westminster (Londres) el 5 de agosto de 1953. Traducción de E. Trento del texto publicado en The
Tablet, 8 de agosto de 1953, publicada en [Link]
9
Frederick D. Wilhelmsen, “Hilaire Belloc: Defensor de la Fe”, traducción de S. Randle, publicada en
[Link]
13
- Condecoración de Caballero Comendador con Estrella de la Orden Pontificia de
San Gregorio Magno, otorgada por S. S. Pío XI a él junto con G. K. Chesterton.
- Belloc en el “Nona” junto a Philip Kershaw, a quien dedicó su libro.
- Publicidad de las lapiceras a fuente Waterman’s reproduciendo palabras de
Belloc acerca de la suya.
- Vino de la cepa Moulin-à-Vent del Beaujolais, como la que Belloc y Chesterton
bebieron en su primer encuentro a solas, y que Hilaire recordaría hasta su
muerte.
- Tumba de Elodie, Hilaire, Peter y su mujer Stella en el cementerio de la iglesia
de West Grinstead.
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