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6° Mandamiento

El sexto mandamiento prohíbe los actos impuros, enfatizando la importancia de la castidad y el amor verdadero en la sexualidad humana. La castidad es vista como una virtud que requiere dominio personal y es esencial para la dignidad del ser humano, mientras que las ofensas a la castidad, como la fornicación y la pornografía, son consideradas gravemente desordenadas. Además, se aborda la homosexualidad, destacando que aunque la atracción puede ser una prueba, se llama a las personas homosexuales a vivir en castidad y buscar la voluntad de Dios.

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6° Mandamiento

El sexto mandamiento prohíbe los actos impuros, enfatizando la importancia de la castidad y el amor verdadero en la sexualidad humana. La castidad es vista como una virtud que requiere dominio personal y es esencial para la dignidad del ser humano, mientras que las ofensas a la castidad, como la fornicación y la pornografía, son consideradas gravemente desordenadas. Además, se aborda la homosexualidad, destacando que aunque la atracción puede ser una prueba, se llama a las personas homosexuales a vivir en castidad y buscar la voluntad de Dios.

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EL SEXTO MANDAMIENTO

No cometerás actos impuros


¿Qué dice la Biblia?

«No cometerás adulterio» (Ex 20, 14; Dt 5, 17).

«Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”. Pues yo os digo: Todo el que mira
a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón» (Mt 5, 27-28).

Vocación al amor

“Dios es amor y vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor.


Creándola a su imagen [...] Dios inscribe en la humanidad del hombre y de la mujer
la vocación, y consiguientemente la capacidad y la responsabilidad del amor y de la
comunión” (FC 11).

El libro del Génesis narra cuando Dios creó al hombre: “Dios creó el hombre a imagen
suya; [...] hombre y mujer los creó” (Gn 1, 27). “Creced y multiplicaos” (Gn 1, 28); “el
día en que Dios creó al hombre, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y hembra,
los bendijo, y los llamó “Hombre” en el día de su creación” (Gn 5, 1-2).

Sexualidad ordenada en el amor verdadero

La sexualidad abraza todos los aspectos de la persona humana, en la unidad de su


cuerpo y de su alma. Concierne particularmente a la afectividad, a la capacidad de
amar y de procrear y, de manera más general, a la aptitud para establecer vínculos de
comunión con otro.

Corresponde a cada uno, hombre y mujer, reconocer y aceptar su identidad sexual.


La diferencia y la complementariedad físicas, morales y espirituales, están
orientadas a los bienes del matrimonio y al desarrollo de la vida familiar. La armonía
de la pareja humana y de la sociedad depende en parte de la manera en que son
vividas entre los sexos la complementariedad, la necesidad y el apoyo mutuos.

«Creando al hombre “varón y mujer”, Dios da la dignidad personal de igual modo al


hombre y a la mujer» (FC 22; cf GS 49, 2). “El hombre es una persona, y esto se aplica
en la misma medida al hombre y a la mujer, porque los dos fueron creados a imagen y
semejanza de un Dios personal” (MD 6).

Cada uno de los dos sexos es, con una dignidad igual, aunque de manera distinta,
imagen del poder y de la ternura de Dios. La unión del hombre y de la mujer en el
matrimonio es una manera de imitar en la carne la generosidad y la fecundidad del
Creador: “El hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen
una sola carne” (Gn 2, 24). De esta unión proceden todas las generaciones humanas
(cf Gn 4, 1-2.25-26; 5, 1).

La vocación a la castidad

1-La integridad de la persona

La castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la


libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene
la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado (cf Si 1, 22). “La dignidad del
hombre requiere, en efecto, que actúe según una elección consciente y libre, es decir,
movido e inducido personalmente desde dentro y no bajo la presión de un ciego
impulso interior o de la mera coacción externa. El hombre logra esta dignidad cuando,
liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del
bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados”.

La virtud de la castidad forma parte de la virtud cardinal de la templanza, que tiende a


impregnar de racionalidad las pasiones y los apetitos de la sensibilidad humana.

El dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considerará adquirida
de una vez para siempre. Supone un esfuerzo reiterado en todas las edades de la vida
(cf Tt 2, 1-6). El esfuerzo requerido puede ser más intenso en ciertas épocas, como
cuando se forma la personalidad, durante la infancia y la adolescencia.

La castidad es una virtud moral. Es también un don de Dios, una gracia, un fruto del
trabajo espiritual (cf Ga 5, 22). El Espíritu Santo concede, al que ha sido regenerado
por el agua del bautismo, imitar la pureza de Cristo (cf 1 Jn 3, 3).

La castidad se expresa especialmente en la amistad con el prójimo. Desarrollada entre


personas del mismo sexo o de sexos distintos, la amistad representa un gran bien
para todos. Conduce a la comunión espiritual.

2-Los diversos regímenes de la castidad

Todo bautizado es llamado a la castidad. El cristiano se ha “revestido de Cristo” (Ga 3,


27), modelo de toda castidad. Todos los fieles de Cristo son llamados a una vida casta
según su estado de vida particular. En el momento de su Bautismo, el cristiano se
compromete a dirigir su afectividad en la castidad.

La castidad “debe calificar a las personas según los diferentes estados de vida: a
unas, en la virginidad o en el celibato consagrado, manera eminente de dedicarse más
fácilmente a Dios solo con corazón indiviso; a otras, de la manera que determina para
ellas la ley moral, según sean casadas o célibes” (Congregación para la Doctrina de la
Fe, Decl. Persona humana, 11). Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad
conyugal; las otras practican la castidad en la continencia.
«Se nos enseña que hay tres formas de la virtud de la castidad: una de los esposos,
otra de las viudas, la tercera de la virginidad. No alabamos a una con exclusión de las
otras. [...] En esto la disciplina de la Iglesia es rica» (San Ambrosio, De viduis 23).

Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de
ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la
esperanza de recibirse el uno y el otro de Dios. Reservarán para el tiempo del
matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben
ayudarse mutuamente a crecer en la castidad.

3-Las ofensas a la castidad

La lujuria es un deseo o un goce desordenados del placer venéreo. El placer sexual es


moralmente desordenado cuando es buscado por sí mismo, separado de las
finalidades de procreación y de unión.

Por masturbación se ha de entender la excitación voluntaria de los órganos genitales


a fin de obtener un placer venéreo. “Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con
una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna
duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado”. “El uso
deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales
contradice a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine”. Así, el goce
sexual es buscado aquí al margen de “la relación sexual requerida por el orden moral;
aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación
humana en el contexto de un amor verdadero”

La fornicación es la unión carnal entre un hombre y una mujer fuera del matrimonio.
Es gravemente contraria a la dignidad de las personas y de la sexualidad humana,
naturalmente ordenada al bien de los esposos, así como a la generación y educación
de los hijos. Además, es un escándalo grave cuando hay de por medio corrupción de
menores.

La pornografía consiste en sacar de la intimidad de los protagonistas actos sexuales,


reales o simulados, para exhibirlos ante terceras personas de manera deliberada.
Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta
gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes,
público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de
una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio. Es
una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución
de material pornográfico.

La prostitución atenta contra la dignidad de la persona que se prostituye, puesto que


queda reducida al placer venéreo que se saca de ella. El que paga peca gravemente
contra sí mismo: quebranta la castidad a la que lo comprometió su bautismo y
mancha su cuerpo, templo del Espíritu Santo (cf 1 Co 6, 15-20). La prostitución
constituye una lacra social. Habitualmente afecta a las mujeres, pero también a los
hombres, los niños y los adolescentes (en estos dos últimos casos el pecado entraña
también un escándalo). Es siempre gravemente pecaminoso dedicarse a la
prostitución, pero la miseria, el chantaje, y la presión social pueden atenuar la
imputabilidad de la falta.

La violación es forzar o agredir con violencia la intimidad sexual de una persona.


Atenta contra la justicia y la caridad. La violación lesiona profundamente el derecho
de cada uno al respeto, a la libertad, a la integridad física y moral. Produce un daño
grave que puede marcar a la víctima para toda la vida. Es siempre un acto
intrínsecamente malo. Más grave todavía es la violación cometida por parte de los
padres (cf. incesto) o de educadores con los niños que les están confiados.

Castidad y homosexualidad

La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan


una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo.
Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico
permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los
presenta como depravaciones graves (cf Gn 19, 1-29; Rm 1, 24-27; 1 Co 6, 10; 1 Tm 1,
10), la Tradición ha declarado siempre que “los actos homosexuales son
intrínsecamente desordenados” (Congregación para la Doctrina de la Fe,
Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don
de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No
pueden recibir aprobación en ningún caso.

Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales


profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye
para la mayoría de ellos una auténtica prueba. Deben ser acogidos con respeto,
compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación
injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si
son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden
encontrar a causa de su condición.

Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de


dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de
una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben
acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana

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