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8 Hemos Creido en El Amor de Dios

El documento explora la relación del hombre con Dios, comenzando con la experiencia del amor en el Paraíso y la posterior caída debido al pecado. A pesar de la pérdida de la felicidad, la fe se convierte en un medio para relacionarse con Dios, ya que la experiencia directa se ve afectada por las heridas del pecado original. La fe es presentada como una parte natural de la condición humana, necesaria para mantener la conexión con lo divino en medio de la incertidumbre y el sufrimiento.

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8 Hemos Creido en El Amor de Dios

El documento explora la relación del hombre con Dios, comenzando con la experiencia del amor en el Paraíso y la posterior caída debido al pecado. A pesar de la pérdida de la felicidad, la fe se convierte en un medio para relacionarse con Dios, ya que la experiencia directa se ve afectada por las heridas del pecado original. La fe es presentada como una parte natural de la condición humana, necesaria para mantener la conexión con lo divino en medio de la incertidumbre y el sufrimiento.

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2.2.

- Lo segundo fue el pecado

La primera experiencia del hombre fue la del amor, fue la del Paraíso. Porque una vez, hace
muchos miles de años, gustamos la felicidad la seguimos buscando. Porque una vez supimos lo que
era la paz, la verdadera alegría, el gozo pleno, es por lo que lo añoramos. Incluso los que nunca han
tenido un momento de felicidad en su vida, saben lo que es o al menos lo intuyen y no cesan en su
deseo de alcanzar esa meta.

Sin embargo, la segunda experiencia del hombre fue la del pecado. No logró ni destruir
completamente la obra de Dios en nosotros –que nos había hecho a su imagen y semejanza-, ni
conseguir que el Señor dejara de querernos. Pero nos hirió profundamente y, por culpa nuestra,
perdimos la felicidad, perdimos el Paraíso.

Este segundo libro de formación en la Fe está dedicado a la relación del hombre con Dios (el
anterior lo estuvo a la relación de Dios con el hombre), a la experiencia de Dios que tiene el hombre.
Por eso, tras haber visto en el capítulo anterior como fue esa experiencia en los momentos iniciales,
vamos a ver ahora, en este capítulo, cómo fue a partir del momento en que nuestro pecado nos
expulsó del Paraíso. Hemos conocido el amor de Dios y lo añoramos y lo añoraremos siempre. Pero
porque existe esa añoranza es por lo que podemos afirmar que a veces no lo experimentamos –y no
por culpa de Dios precisamente-. ¿Cómo tiene que ser la experiencia de Dios del hombre sujeto al
dominio del pecado, de aquel que por su soberbia perdió el Paraíso? ¿Puede, incluso, aspirar a
tenerla o, aunque Dios le siga amando, él ya no puede entablar un diálogo con su Creador debido a
las heridas mortales que tiene en el alma?

8.- Hemos creído en el amor de Dios


Adán y Eva no tenían Fe. No al menos en el sentido que damos a esa palabra y no desde
luego mientras vivieron en el Paraíso. Ellos no “creían” en la existencia de Dios, porque vivían
continuamente en su presencia, lo “tocaban” con sus manos. Ellos no “creían” en el amor de Dios,
porque, del mismo modo, lo experimentaban de una manera tan natural como respiraban.

Sin embargo, llegó un momento en que empezaron a tener fe. No en la existencia de Dios,
puesto que esa existencia siguió siendo toda su vida una certeza, pero sí en su amor. Antes del
primer pecado, lo habían experimentado. Después, cuando su soberbia les hizo perder los dones
que Él les había regalado, entraron en una relación con el Señor que no fue, ciertamente, de
permanente noche oscura, pero en la que ya no brillaba el sol a todas horas. Empezaron a tener fe,
a conocer la fe, a vivir la fe.

Esa fe fue la que transmitieron a su descendencia, la que hizo que los hombres de todas las
generaciones hayan intuido la existencia de Dios, su poder creador y su preocupación por el hombre.
Esa fe fue la que llevó a las siguientes generaciones, que peregrinaban ya fuera del Paraíso, a
buscar relacionarse con Dios, en medio de la confusión de su inteligencia dañada por el pecado,
pero siguiendo la línea luminosa que brillaba en la bruma y que les decía que podían tener a Dios de
su parte. Primero creyeron que lo conseguirían con ritos, a veces sangrientos. Luego, cuando Dios
intervino la primera vez para arrojar un generoso cubo de luz sobre las tinieblas de nuestra
ignorancia –como Abraham- algunos comprendieron que no bastaba el rito, el culto, sino que era
necesaria la ética, el cumplimiento de la ley natural, de esa ley que Moisés dejó escrita en las Tablas
de la Ley, en los diez mandamientos.

Por último, Dios intervino definitivamente mandándonos al Hijo, que nos dio la luz plena y nos
mostró el verdadero rostro de Dios y, por lo tanto, el verdadero rostro del hombre, pues estamos
hechos a su imagen y semejanza.

Pero en todo este tiempo, en este larguísimo itinerario, sin que haya faltado la “experiencia de
Dios”, lo que ha predominado es la Fe. Desde que nuestros primeros padres fueron expulsados del
Paraíso, vivimos en el tiempo de la Fe, vivimos en una noche que iluminan las estrellas de los
“momentos de Dios”, los cuales permiten que el camino no sea tan pesado, tan duro.

Hay, pues, dos formas de situarnos ante el amor de Dios: Con la experiencia o con la fe (o
con ambas a la vez). Hemos conocido el amor de Dios –lo conocieron Adán y Eva y nos dejaron su
intuición, su añoranza-, lo hemos conocido también nosotros en tantos momentos de nuestra vida,
cuando hemos escuchado la invitación de Cristo a acudir a su lado en tiempos de agobio y hemos
encontrado un alivio que nos ha permitido seguir adelante. Sí, hemos conocido el amor de Dios.
Pero no siempre estamos experimentándolo. Por eso podemos decir que también hemos creído en
ese amor y que es esa fe la que nos ha sostenido cuando la memoria de la experiencia se diluía y se
olvidaba. Cada uno de nosotros, católicos, podemos y debemos decir: Yo he conocido y creído en el
amor de Dios. La fe forma parte de nuestra experiencia de Dios, es otra manera de vivirla, de
relacionarnos con Él.
No debe asustarnos la fe. No debemos pensar que por tener necesidad de creer, por no ver y
no tocar, estamos lejos de Dios. Lo mismo que no debemos pensar que sufrir sea algo que nos pasa
a nosotros solos y que no les sucede a los demás. Tenemos que asumir nuestra condición humana,
la herencia que Adán y Eva nos dejaron. Además de conocer el dolor y la muerte, además de tener
que ganar el pan con el sudor de la frente, también tenemos que relacionarnos con Dios con el
instrumento de la intuición y no con la certeza, con la fe y no con la seguridad. Somos seres
humanos heridos por el pecado original, enfermamos y morimos como consecuencia de ello;
también, como consecuencia, necesitamos relacionarnos con Dios desde la fe.

Conviene, pues, no engañarnos. Porque del mismo modo que hay personas que se extrañan
de que existan los problemas en la vida y que les parece que estos son una injusticia –además de
una molestia-, también hay personas que no aceptan la necesidad de tener fe para relacionarse con
Dios. Lo quieren ver todo claro, quieren seguridad, quieren pruebas, quieren “cortar medir y pesar” al
Creador en una báscula y luego observarlo al microscopio como si fuera una bacteria. No aceptar la
necesidad de la fe es como no aceptar la existencia de las enfermedades, de la muerte, de los
problemas, de la naturaleza humana en definitiva. La fe es natural en el doble sentido de la palabra;
lo es porque es propia de la naturaleza humana –herida por el pecado- y se aplica a toda relación
personal y no sólo a la relación con Dios, y es natural porque, precisamente por eso, lo “natural”, lo
normal es tener fe, como demuestra el hecho de que la práctica totalidad de los hombres haya
creído en Dios desde los orígenes y que seamos incapaces de vivir sin “confiar” en alguien, que es
una forma de vivir la fe.

Tenemos que tener fe y nos gustaría no tenerla, porque nos gustaría tener seguridades.
También nos gustaría no enfermar y vivir sin trabajar, pero esto es lo que hay. Así somos. Así
tenemos que acostumbrarnos a ser. Tenemos que tener fe y, gracias a Dios, la tenemos.

Propósito: Ser conscientes de que tener fe es algo normal en el ser humano; no podemos vivir sin
confiar en algunas personas y no podemos demostrarlo todo con respecto a Dios –de hecho, los que
dicen no tenerla, tampoco pueden demostrar su no existencia-. No extrañarnos, pues, de la
necesidad de la fe. Al contrario, acostumbrarnos a ella, acostumbrarnos a no tener todo claro, y darle
gracias a Dios porque la tenemos.

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