En lo más profundo de una vasta y misteriosa tierra, donde el tiempo parece haberse
detenido y la naturaleza se despliega en su forma más pura, se extiende un bosque
encantado que parece sacado de un sueño. Sus árboles, altísimos y antiguos, se alzan
como guardianes de un mundo oculto, con troncos cubiertos de musgo y raíces retorcidas
que emergen del suelo como dedos petrificados. Sus hojas, de un verde tan intenso que
casi parecen brillar en la penumbra, susurran suavemente con la brisa, contando historias
olvidadas de tiempos pasados.
El aire, cargado con el aroma de la tierra húmeda y las flores silvestres, está impregnado de
una extraña energía que hace que la piel se erice con una sensación de asombro.
Pequeñas luces titilantes, que algunos dicen que son luciérnagas y otros insisten en que
son hadas juguetonas, flotan entre las ramas, iluminando senderos secretos y revelando la
presencia de criaturas que se mueven entre las sombras.
En el centro del bosque, escondido tras una cortina de enredaderas y helechos, hay un
claro donde reina una tranquilidad absoluta. Un arroyo cristalino serpentea entre las piedras
cubiertas de musgo, reflejando el cielo como si fuera un espejo líquido. Sus aguas, frías y
puras, susurran una melodía hipnótica mientras fluyen suavemente, alimentando la vida de
todo el bosque. Aquí, entre los susurros del agua y el canto lejano de los pájaros, se dice
que habita la esencia misma de la magia del bosque, un espíritu antiguo que vela por cada
criatura que habita entre los árboles.
Las flores que crecen en este rincón son únicas en el mundo: algunas brillan con un fulgor
tenue en la oscuridad, otras cambian de color según la hora del día, y unas pocas exhalan
un aroma tan embriagador que basta con aspirarlo para sentir una sensación de paz
absoluta. Mariposas de alas traslúcidas revolotean entre ellas, dejando un rastro de polvo
dorado en el aire, como si cada aleteo fuese un suspiro de un sueño olvidado.
Pero no todo en este bosque es serenidad. Más allá del claro, en las zonas donde la luz
apenas se atreve a entrar, el ambiente se vuelve más denso y misterioso. Árboles con
ramas nudosas se entrelazan formando túneles naturales, y los sonidos se vuelven más
tenues, como si el propio bosque estuviera conteniendo el aliento. Se dice que en estas
partes habitan criaturas que rara vez se dejan ver, seres de sombra y silencio que observan
con ojos brillantes desde la penumbra. No son necesariamente peligrosos, pero tampoco
amistosos: son parte del equilibrio del bosque, testigos silenciosos de sus secretos más
oscuros.
A veces, cuando la luna está en su punto más alto, el bosque entero parece transformarse.
La luz plateada se filtra entre las hojas como un manto de estrellas derramado sobre la
tierra, y los sonidos nocturnos se entrelazan en una sinfonía hipnótica. Los viajeros que han
tenido el privilegio de presenciar este espectáculo cuentan que, por un instante, el tiempo
parece detenerse, y el alma de quien observa se llena de una sensación inexplicable de
conexión con algo más grande, más antiguo y más sabio que la humanidad misma.
Así es este bosque encantado: un refugio de magia y misterio, un rincón del mundo donde
lo imposible se vuelve real y donde cada brisa, cada hoja caída y cada rayo de luz parecen
tener una historia que contar.