Carlos y Susana son una pareja que nació en Oruro, Bolivia.
Decidieron irse a
vivir a Argentina a principios del año 2000 porque la situación en su país estaba
muy difícil. La economía en Bolivia estaba muy mal: había mucha inflación, casi
no había trabajo y los sueldos no alcanzaban para nada. Carlos trabajaba
como albañil y Susana como maestra, pero el dinero que ganaban no era
suficiente para mantener a sus dos hijos pequeños, Mateo y Valentina.
Entonces, pensaron que irse a Argentina sería una buena oportunidad para
tener una vida mejor.
El viaje no fue fácil. Decidieron ir por tierra en colectivo, un largo trayecto que
duró varios días. Durante el viaje, hicieron varias paradas en el camino, pero a
pesar de lo cansado y difícil que fue, la familia estaba unida y con esperanza.
Finalmente, llegaron a Buenos Aires en enero de 2001, una ciudad gigante y
muy distinta a lo que conocían. Al principio, se quedaron en una pensión en el
barrio de Once, que es famoso por tener mucha gente de Bolivia. Allí se
sintieron un poco más tranquilos porque había muchas tiendas y restaurantes
con productos de Bolivia, y pudieron hablar en su idioma, el quechua, con otros
bolivianos.
Cuando llegaron, Carlos consiguió trabajo rápidamente como albañil, un trabajo
que ya conocía. En Argentina, había mucha demanda de albañiles, por lo que
no le costó encontrar empleo. Susana, en cambio, no pudo trabajar de maestra
de inmediato porque su título de Bolivia no era reconocido en Argentina. Así
que empezó a trabajar en tareas de limpieza en edificios, pero nunca dejó de
soñar con enseñar en una escuela. Con el tiempo, logró conseguir trabajo en
una escuela boliviana, donde podía enseñar a los niños de la comunidad
boliviana. Carlos, por su parte, también mejoró su situación: con el tiempo,
empezó a trabajar por su cuenta y creó una pequeña empresa de construcción,
lo que les permitió tener una vida más estable.
Cuando se mudaron a Argentina, Carlos y Susana esperaban mejorar
económicamente y darle un futuro mejor a sus hijos. Aunque los primeros años
fueron difíciles, con el tiempo consiguieron todo lo que se propusieron. Carlos
logró tener su propia empresa y, finalmente, pudieron comprar su propia casa
en el conurbano bonaerense. Susana, aunque no pudo ser maestra en las
escuelas argentinas al principio, encontró su lugar en la comunidad boliviana, y
pudo trabajar como profesora en la escuela que atendía a los niños bolivianos.
Aunque al principio parecía todo muy complicado, con los años vieron que todo
valió la pena.
La integración en Argentina no fue fácil. Por un lado, la comunidad boliviana en
Buenos Aires les ayudó mucho. Al principio, el hecho de que hubiera tantos
bolivianos en el barrio de Once les facilitó las cosas. Podían hablar en quechua
y español, y encontrar apoyo entre ellos les dio seguridad. Pero también
tuvieron problemas. Aunque hablaban español, el acento porteño y las
costumbres eran diferentes, y eso a veces los confundía. Además, el hecho de
que Susana no pudiera enseñar en el sistema educativo argentino de inmediato
fue frustrante para ella, porque no podía hacer lo que realmente le gustaba. A
veces también sentían discriminación, especialmente en el trabajo, donde los
miraban con prejuicios solo por ser inmigrantes.
A pesar de todo, nunca dejaron de lado sus costumbres. Cada año, celebraban
el Carnaval de Oruro con otros bolivianos, lo que les recordaba su país natal.
En casa, preparaban platos típicos de Bolivia, como sopa de maní y llajwa, y se
los compartían con amigos y familiares para no perder la conexión con su
tierra. Sus hijos, Mateo y Valentina, aunque nacidos en Argentina, crecieron
aprendiendo quechua y conociendo las tradiciones de Bolivia. Susana siempre
se encargó de contarles historias sobre su país y enseñarles las costumbres de
Bolivia, para que nunca olvidaran de dónde venían.
La historia de Carlos y Susana es parecida a la de muchos inmigrantes
bolivianos que llegaron a Argentina. Aunque al principio todo fue difícil, con el
tiempo lograron adaptarse, mejorar su vida y seguir adelante. La comunidad
boliviana en Buenos Aires jugó un papel muy importante en su proceso de
adaptación, y a pesar de las dificultades, nunca dejaron de ser ellos mismos ni
de lado su cultura. Gracias al esfuerzo de los dos, pudieron darle a sus hijos
una vida mejor, sin perder su identidad boliviana.