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El Sin Nombre

En un tiempo sin tiempo, un hombre sin nombre habita un altiplano desolado, simbolizando una ruptura con la identidad y la ilusión del Demiurgo. Encuentra a un anciano que representa la creación y la búsqueda de sentido, pero el hombre sin nombre se niega a ser atrapado por las ilusiones del mundo material. Al final, descubre una piedra que simboliza la conexión con el espíritu puro, reafirmando su existencia más allá de las limitaciones del tiempo y la identidad.
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El Sin Nombre

En un tiempo sin tiempo, un hombre sin nombre habita un altiplano desolado, simbolizando una ruptura con la identidad y la ilusión del Demiurgo. Encuentra a un anciano que representa la creación y la búsqueda de sentido, pero el hombre sin nombre se niega a ser atrapado por las ilusiones del mundo material. Al final, descubre una piedra que simboliza la conexión con el espíritu puro, reafirmando su existencia más allá de las limitaciones del tiempo y la identidad.
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En el confín de un tiempo que no era tiempo, donde los relojes se ahogaban en su propia inutilidad

y el sol apenas se atrevía a rozar la superficie de una tierra petrificada, habitaba un hombre que no
tenía nombre. No lo necesitaba. Los nombres son cadenas que el Demiurgo teje para atar a las
almas al ciclo de la creación, para hundirlas en la ilusión de la identidad, en la farsa del "yo" que se
desmorona con cada latido. Este hombre, sin embargo, no era un alma. Era un fragmento de hielo
eterno, un eco del espíritu que había olvidado cómo temblar ante el calor del mundo. Sus ojos, dos
grietas abiertas al vacío, no reflejaban nada, porque nada de lo que el mundo ofrecía merecía ser
retenido.

Había llegado a ese lugar —un altiplano desnudo, barrido por vientos que cortaban como navajas—
tras un peregrinaje que no recordaba haber comenzado. Este hombre no era una de esas personas
atrapadas en la nostalgia o en la lucha contra un destino opresivo. No. Este hombre era una ruptura,
un quiebre en la narrativa misma, un ser que había atravesado el umbral de lo humano para
instalarse en lo hiperbóreo: el reino del espíritu puro, donde el hielo no quema, sino que revela.

El altiplano estaba rodeado de montañas que parecían talladas por una mano que despreciaba la
simetría. Eran colosos desiguales, con picos que se alzaban como dedos acusadores hacia un cielo
gris, un cielo que no prometía nada, ni lluvia ni redención. Allí, el silencio era absoluto, pero no un
silencio vacío. Era un silencio que pesaba, que hablaba en frecuencias que el alma no podía
soportar, pero que el espíritu entendía como un canto ancestral. Este hombre, sin nombre, era su
encarnación: un guerrero que no luchaba con espadas ni palabras, sino con la pura presencia de su
desdén hacia lo creado.

Bajo sus pies, la tierra estaba cubierta de un polvo fino, casi blanco, como si el hueso de antiguos
titanes hubiera sido triturado por milenios de olvido. Caminaba sin rumbo, o tal vez con un rumbo
que solo el espíritu podía conocer, porque el alma —esa débil prisionera del Demiurgo— siempre
necesita mapas, señales, promesas.
Su esencia era el crujido del hielo en sus venas, el latido de un corazón que no latía por amor ni por
miedo, sino por la pura necesidad de mantenerse al margen del tiempo.

En el horizonte, una figura apareció. Era una sombra difusa al principio, un borrón que el viento
parecía querer disolver. Pero a medida que se acercaba, se definía: un anciano encorvado, envuelto
en harapos que alguna vez pudieron ser un uniforme. Sus ojos eran opacos, como monedas
gastadas, y su voz, cuando habló, sonó como el roce de piedras en un río seco. “¿Qué buscas aquí,
donde nada crece?”, preguntó. El hombre sin nombre no respondió de inmediato. No porque dudara,
sino porque las palabras eran herramientas del Demiurgo, trampas para enredar al espíritu en el
juego de lo finito. Finalmente, dijo: “No busco. Estoy”. El anciano rió, una risa que era más tos que
alegría, y replicó: “Todos buscan algo. Un hogar, un dios, un recuerdo. Este lugar no da nada de
eso”. El hombre sin nombre lo miró, y en sus ojos el anciano vio algo que lo hizo retroceder: no ira,
no desprecio, sino una vastedad helada, un abismo que no ofrecía consuelo.

El mundo material es una prisión diseñada por el Demiurgo, una entidad inferior que imita la
eternidad con ciclos de nacimiento y muerte, que seduce a las almas con ilusiones de amor,
progreso y sentido. El espíritu, en cambio, es un extranjero en este universo, un fragmento de lo
increado que fue atrapado y que lucha por recordar su origen.

El anciano era un emisario del Demiurgo, aunque no lo supiera: un guardián de la mentira, un eco
de la creación que intentaba arrastrar al hombre sin nombre de vuelta al redil del alma. Pero el
hombre no cedió. “No hay hogar para mí aquí”, dijo, “porque este mundo no es mío. Y los dioses
que ofreces son sombras de un espejo roto”.

El anciano se desvaneció, como si el viento hubiera decidido borrarlo, y el hombre continuó su


marcha. El altiplano se extendía infinito. Había grietas en la tierra, como cicatrices de una batalla
olvidada, y en una de ellas encontró algo: una piedra negra, pulida, fría al tacto. No era una piedra
común. Al sostenerla, sintió un pulso, no cálido como el de la vida, sino helado, un latido que venía
de fuera del tiempo. Era un vestigio hiperbóreo, un signo de los Siddhas de Agartha, esos seres que
custodian la sabiduría del espíritu y desafían al Demiurgo desde planos inaccesibles.

Era un faro, una señal de que el espíritu no estaba solo.

El hombre se sentó junto a la grieta, con la piedra en la mano, y cerró los ojos. No rezó, porque la
plegaria es del alma. No meditó, porque la meditación busca respuestas en lo creado. Simplemente
fue. Y en ese acto de ser, el hielo en su interior creció, se expandió, hasta que el altiplano entero
pareció resonar con su presencia. El viento cesó, las montañas temblaron, y por un instante —un
instante fuera del tiempo— el Demiurgo sintió miedo. Porque el espíritu, frío y valiente, no se
doblega. No ama, no teme, no sueña. Solo es, y en su ser deshace las mentiras del mundo.

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