LA ORIENTACIÓN SOCIOLABORAL.
APUNTES PARA UN
MARCO TEÓRICO DE INTERVENCIÓN 1
Juan Carlos Ceniceros Estévez
Responsable de programas de orientación sociolaboral
con colectivos especiales.
Fundación Tomillo
Hoy, más que nunca, se está hablando de la orientación total o para toda la vida
(lifewide guidance). No podemos sustraernos a esta concepción de la orientación,
donde ésta se concibe no sólo en un momento determinado de la vida del individuo,
sino que se tiene que dar en los momentos críticos del ciclo vital, entendiendo éstos no
sólo como crisis vitales2, sino en todas las situaciones que suponen o incitan un cambio
personal y social.
Sin embargo, tal vez haya dos ámbitos de intervención que tradicionalmente se han
considerado como momentos sensibles y que requieren una intervención de estas
características, de un proceso de orientación. Nos estamos refiriendo al ámbito
educativo, en los cambios de ciclo formativo y en los momentos de tránsito en y hacia
el empleo.
En este apartado vamos a ir desgranando la situación de la que parte la orientación
sociolaboral y los objetivos que, a nuestro entender, deben guiar el diseño de las
actuaciones y recursos que pongamos en marcha. De igual manera, señalaremos los
diferentes grados de compromiso y funciones de nuestra profesión.
SITUANDO UN PUNTO DE PARTIDA
La orientación, en sí misma, tiene un largo proceso de consolidación a lo largo del s.
XX, especialmente en el ámbito educativo. Situando su origen en la orientación
profesional y vocacional, hoy ha tomado el relevo la orientación psicopedagógica con la
legitimidad que le confiere la nueva ley de educación LOGSE.
En la intervención de lo social, la figura del orientador laboral ha sido de implantación
más tardía, aunque no por ello está menos legitimada. Las políticas y actuaciones
comunitarias desde la Unión Europea centran gran esfuerzo en materia de empleo,
innovación, reforma económica y cohesión social. Es en este marco político-social
donde surgen programas de intervención sociolaboral, poniendo el acento en aquellos
grupos de personas con especiales dificultades para su inserción en un puesto de
trabajo.
1 Artículo publicado como parte del capítulo “Consideraciones generales previas” de Orientación Sociolaboral
Basada en Itinerarios: Una Propuesta Metodológica para la Intervención con Personas en Riesgo de
Exclusión (en prensa) de la Fundación Tomillo.
2 Crisis vitales, en el sentido erikssoniano, hace referencia a las crisis que se producen evolutivamente en el ciclo
vital de las personas.
1
Esto no es más que una clara muestra del amplio consenso que, en ambos tipos de
intervención, educativa y sociolaboral, esta figura ha adquirido como agente facilitador
de procesos para el pleno desarrollo de las personas.
A pesar de este amplio consenso, existen diferencias significativas en esta figura, se
hable de un ámbito u otro de actuación.
Así, por un lado, en la educación, con la Ley Orgánica General del Sistema Educativo,
el orientador tiene un rol claramente defin ido, posee herramientas que a lo largo del
tiempo han ido sofisticándose y ganando en validez y fiabilidad para su aplicación,
tiene unas funciones explicitadas y unos objetivos concretos definitivamente implicados
en el diseño de los Proyectos Curriculares de Centro, hay una regulación profesional,
cuenta con recursos y equipos coordinados en apoyo a su actividad y posee itinerarios
estables y comunes en todo el territorio nacional.
En el ámbito sociolaboral, el escenario es muy diferente. Aún en la actualidad no existe
acuerdo en un modelo de intervención común y consensuado, no tiene muy definidas
sus competencias, estableciendo unos límites muy difusos con otros profesionales de lo
social (educadores sociales, intervención en trabajo social, etc,), se desconocen sus
funciones y no existe una regulación profesional que acredite quién puede ejercer
como orientador sociolaboral. Aún, pues, queda mucho camino por recorrer.
Sin embargo, y a pesar de este rápido análisis con cierta tilde negativa para nuestra
profesión, se puede seguir estimulando la concreción de nuevas perspectivas de
intervención, regular muchos aspectos de esta profesión, diseñar y profundizar nuevas
herramientas para los fines que perseguimos, así como realizar un mayor esfuerzo
para integrar y coordinar todas las iniciativas que se están llevando a cabo desde los
diferentes actores sociales.
Así, en ese intento por estimular la concreción del rol del orientador y el fin de su
intervención, queremos, si acaso sucintamente, detenernos en tres aspectos
fundamentales que nos permitirán situar aún más la perspectiva desde la que parte
nuestro trabajo de orientación sociolaboral en la actualidad:
§ Por un lado, partimos de la inexistencia de una perspectiva teórica única
y convenida por todos los agentes de lo social que posibilite pensar y analizar
las situaciones sobre las que trabajamos y enfoque la perspectiva de nuestra
intervención. Esta carencia puede dar un cierto barniz de inconsistencia a
nuestro trabajo. Aún así, los distintos enfoques existentes que surgen de
diferentes disciplinas (antropología, economía, pedagogía, psicoanálisis,
sociología o psicología, entre otras) enriquecen y facilitan un análisis más
profundo de la realidad de las personas con las que intervenimos y del entorno
social sobre el que actuamos.
§ Por otro lado, contamos con una carencia de herramientas y técnicas
propias3. Esto supone que debemos continuar adecuando a nuestro ámbito
aquellas que existen aplicadas a otros campos de intervención (orientación
psicopedagógic a, selección de personal, psicología clínica, orientación
vocacional y profesional, trabajo social,…), así como un mayor esfuerzo por
desarrollar y profundizar herramientas propias. Estas aportaciones desde
ámbitos profesionales próximos a la orientación sociolaboral enriquecen nuestro
3 Queremos resaltar los esfuerzos con relación a herramientas de diagnóstico y a la sistematización de
procedimientos realizados por Cáritas (1999), Equipo Promocions (1999) y Secretariado General Gitano (1999). A
estas propuestas nos sumamos y de ellas partimos para construir nuestro procedimiento.
2
trabajo y permiten adaptar la intervención a las distintas necesidades de los
grupos de personas con las que trabajamos, a la vez que exige de una
compleja formación por parte del orientador.
§ Estamos destinados a trabajar sobre una realidad sometida a constantes
cambios socioeconómicos y laborales, todo ello atravesado por la crisis de
la modernidad, una pérdida de legitimidad y representación por parte de los
gobiernos en un mundo de economía globalizada que, a su vez, traerá nuevos
cambios. Por ello, debemos desarrollar una capacidad mayor para intervenir
con más ahínco y más rapidez para detectar y adaptarnos a la emergencia de
estos escenarios y nuevas realidades.
Este panorama general, lejos de ser desalentador, debe estim ular el esfuerzo a realizar
por nuestra parte para apoyarnos en otras disciplinas y entablar un diálogo más fluido
y sereno con distintos campos del saber y modelos teóricos que sin duda enriquecerán
el trabajo de la orientación sociolaboral. Ser subsidiario de otras disciplinas no significa
constituirse en ciencia menor; la complejidad de lo social exige, sin embargo, a modo
de imperativo, situarse en el límite de esas otras disciplinas.
DEFINIENDO OBJETIVOS
La orientación sociolaboral está inmersa en la intervención social. Nuestros objetivos
no pueden separarnos de los fines que persigue esa intervención social. En este
apartado, partiendo del objetivo general de la intervención social, vamos a intentar
reconstruir los objetivos que a modo general deben guiar nuestras actuaciones como
orientadores sociolaborales.
q EL OBJETIVO GENERAL DE LA INTERVENCIÓN SOCIAL
En la actualidad se va configurando un común denominador para definir los objetivos
de intervención de todos los agentes de lo social. Es en el concepto de ciudadanía
donde hay mayor confluencia entre estos agentes y sobre el que pivota la
reconsideración de este objetivo, concepto que ha cobrado en los últimos años un
protagonismo especial a la hora de detectar situaciones especiales de exclusión y la
forma de abordarlos. Quizá, lo más difícil en este punto sea llegar a un común acuerdo
sobre lo que significa ciudadanía y la amplitud de este concepto en sus vertientes
legal, política y social4.
Durante la última década del siglo XX se ha ido reconsiderando la idea de ciudadanía.
Este viejo concepto adquiere nuevas significaciones con los cambios sociales y políticos
que han ido surgiendo en los últimos años: globalización de la economía,
universalización de la información a través de las plataformas de comunicaciones
(aspecto que ha creado nuevas exclusiones virtuales), la idea de una Europa cada día
más grande, etc. Sin embargo, se pueden constatar algunos fenómenos sociales que
cuestionan especialmente este viejo concepto y conmueven los cimientos de muchas
de las políticas sociales y económicas de la era del Bienestar. Algunas de estas
realidades, siguiendo el esquema que J. Borja nos propone, son:
4Para una crítica de esta concepción de ciudadanía propuesta por T. H. Marshall y que impera en cierto modo en la
actualidad, acudir a Fernando Bárcena (1997, 1999, 2002)
3
• La irreductibilidad de las tasas de desempleo en épocas de desarrollo
económico en nuestro país.
• La cris is de los Estados del Bienestar y la pérdida de poder administrativo por
parte de nuestros gobernantes (crisis de la modernidad).
• El fenómeno de la inmigración, relativamente reciente en nuestro país, y las
diferentes realidades administrativas que cautivan la posibilidad de ejercer
prácticas sociales y culturales de participación plena en lo social5.
• La pertinaz diferencia de género y sus consecuencias para la participación social
y el empleo.
• El definitivo despoblamiento de nuestras zonas rurales a favor de modelos de
grandes urbes, con la consiguiente suburbanización de las mismas.
No es nuestro interés profundizar en estas páginas sobre la idea de ciudadanía que se
está configurando. Apuntar, tan sólo, que las nuevas connotaciones que adquiere el
concepto de ciudadanía hace que lo situemos en el centro del quehacer político, social
y cultural de nuestras sociedades. Esta actual contextualización y resignificación de
ciudadanía, supone una dimensión tan amplia que difícilmente se puede separar del
desarrollo de nuestro propio sistema democrático; J. Borja (1998) señala que “la
ciudadanía es para la gente lo que la democracia es para la organización política, no es
posible separar progreso democrático de desarrollo de la ciudadanía ”6.
A pesar de que aún falte por aportar una definición amplia de ciudadanía que englobe
estas realidades que la cuestionan, en lo que a la orientación sociolaboral y la
intervención social conviene este concepto es porque puede desvelar nuevas
realidades en las que intervenir, permite redefinir los problemas sociales
desde otra óptica y puede facilitar la unificación de criterios para la
intervención7 .
Tomando este concepto de ciudadanía, sin profundizar en sus raíces y en el calado de
su significado actual, pues rebasaría el objetivo de estas páginas, debemos tener
presentes varias dimensiones en su configuración tales como la política, la
intercultural, la social, etc... Algunos de los elementos que debe incluir una nueva
definición de ciudadanía serían: la definición del concepto desde la dimensión de
género, su ampliación a nuevas realidades de identidad sociocultural, etc.
5 J. Borja señala que existen gran número de términos como los de nacionales, extranjeros comunitarios, extranjeros
extracomunitario, ilegales o sin papeles, forma de hablar que denota la importancia y la necesidad de extender este
concepto de ciudadanía hacia la residencia real.
6 “Ciudadanía y Globalización: el Caso de la Unión Europea” LA FACTORÍA, nº7, octubre 1998.
7 J. Borja (2000, 2001, 2002) señala que los derechos simples heredados de otros siglos son insuficientes para dar
respuestas a las necesidades de hoy, de ahí la idea de los derechos complejos. Para entender los que es el paso
del derecho simple a los derechos complejos, este autor expone varios: del derecho a la vivienda al derecho a la
ciudad; del derecho a la educación al derecho a la formación continuada; del derecho a la asistencia sanitaria al
derecho a la salud y la seguridad; del derecho al trabajo al derecho al salario ciudadano; del derecho al medio
ambiente al derecho a la calidad de vida; del derecho a un status jurídico igualitario al derecho a la inserción social,
cultural y política; de los derechos electorales al derecho a una participación política múltiple, deliberativa,
diferenciada territorialmente, con diversidad de procedimientos y mediante actores e instrumentos diversos; del
derecho a la información política al derecho a la comunicación y acceso a las tecnologías de información y
comunicación; del derecho a la libertad de expresión y asociación al derecho a constituir y a que sean reconocidas
redes transnacionales o transfronterizas, a acceder a las informaciones sociales y económicas ‘globales’, a plantear
conflictos y establecer negociaciones a escalas supraestatales; del derecho a la lengua y cultura propias al derecho
a la identidad colectiva y la autodeterminación en nuevos marcos políticos complejos.
4
Estos elementos, si bien tienen un carácter muy general, nos sitúa ante la ciudadanía
entendida como un ejercicio y no como estatus que se adquiere o se da y, a la vez,
nos facilita tres elementos integradores básicos:
• La identidad (pertenencia).-
• La participación cívica y democrática en todas sus manifestaciones
(cultural).
• El ejercicio de nuestros derechos y deberes en la convivencia de la
comunidad (social).
Estas nuevas reflexiones, cuestionamientos y retos planteados, así como una visión
más amplia de lo social, llevan a reformular hoy el objetivo general de nuestra
intervención en términos de ciudadanía.
No son pocos los autores que en este momento aportan una reflexión serena en
cuanto al objetivo de esta intervención en dichos términos. Con ellos, podemos decir
que hoy “se busca un nuevo modelo que base la lucha contra la exclusión, no sólo en
la mera supervivencia y en la ansiada inserción laboral, sino en el más completo
objetivo de la recuperación de la ciudadanía” (L.M. López-Aranguren, 2002), es
decir, debemos huir del exceso de instrumentalización en la intervención de lo social
(proporcionar exclusivamente atenciones sociales, promocionando el asistencialismo).
Esto significa, por ejemplo, que la atención sanitaria, el empleo, la educación, etc., no
son obligaciones del estado para con los ciudadanos con el fin de fomentar la cohesión
y la participación social, sino que son derechos de los ciudadanos porque en sí mismas
son buenas para el desarrollo y la vida de las personas.
Es, pues, en estos términos en los que tenemos que redefinir todos los objetivos de la
intervención en lo social. La intervención sociosanitaria, jurídica y social (trabajo social)
adoptan de manera más o menos consensuada este objetivo común, aunque aún en la
actualidad se sigan resolviendo de forma fragmentaria, asistencial y disgregadora. La
orientación sociolaboral no puede estar ajena a estos objetivos, es más, debe situarse
cada vez con más sentido y mayor compromiso en el centro de esa intervención donde
la recuperación de la ciudadanía y la participación plena en ella son el telón de fondo
de nuestra intervención, si bien que desde un elemento mediador concreto: el
empleo8.
q EL ESPECÍFICO OBJETIVO DE LA ORIENTACIÓN SOCIOLABORAL
Para llegar a una definición amplia del fin último de la intervención en orientación
sociolaboral, y tomando en cuenta lo desarrollado en el apartado precedente, debemos
considerar tres objetivos distintos que confluyen en nuestro quehacer:
§ Por un lado, un OBJETIVO GENERAL que haga referencia a lo que es
orientación en sí misma. Entre las múltiples definiciones que existen tomamos
la que consideramos más amplia y generalizable. Orientación es, pues, un
“proceso de ayuda profesionalizada hacia la consecución de
promoción personal y de madurez social” (A. Pérez, 1985)9.
Algunos elementos que pueden ayudarnos a perfilar aún más este objetivo son:
8 Aún hoy estamos impregnados del principio Keynesiano por el cual vinculamos necesariamente la ciudadanía con
el acceso a un puesto de trabajo (A. J. Carballeda, 2002).
9 Tomada de Rodríguez, M. L., Orientación e Intervención Psicopedagógica, ediciones CEAC, Barcelona 1995.
5
1) Apoyando una creciente autonomía personal. Desenvolvimiento social,
gestión de información y de búsqueda de oportunidades, resolución de
conflictos, autonomía económica,...
2) Estimulando a la persona a que asuma paulatinamente la responsabilidad
sobre su propio proceso de desarrollo personal y promoción social,
asumiendo lo derechos y obligaciones en la relación social y ciudadanía.
3) Apoyando el desarrollo en las personas de la capacidad para desenvolverse
socialmente y ‘situarse en medio de la complejidad sin ansiedad’, esto es lo
que D. J. Torregrosa llama la “promoción cultural” 10 y participación
cívica.
4) Facilitando los recursos necesarios para que las personas puedan
reconstruir su identidad profesional sobre la base de su proceso de
maduración personal y promoción social.
§ Por otro lado, debemos hacer referencia al aspecto SOCIAL de nuestro trabajo
y sumarnos, inevitablemente, a aquel objetivo general de la intervención en lo
social, que podríamos definir como el proceso que permite adquirir
plenamente a la persona todos los “derechos y deberes referentes al
bienestar del ciudadano en sentido amplio: salud, protección, calidad
de vida, trabajo y educación” (L. M. López-Aranguren, 2002). Podemos
enumerar algunos aspectos que son básicos para esa recuperación de la
ciudadanía y que pueden servir para seguir profundizando en el sentido de este
concepto. Algunos de estos elementos, que se pueden resumir en el apoyo a la
fragilidad y ayudar a las personas a posicionarse favorablemente en lo social,
pueden ser:
1) Incentivar la participación cultural y la promoción cívica y
democrática: participar en las decisiones políticas, adquisición de medios
para el consumo, acceso a la formación y a disfrutar de la cultura, etc.
2) Favorecer la identidad cultural que faciliten el sentimiento de
pertenencia a un grupo social de referencia.
3) Facilitar el acceso a idénticas oportunidades que el resto de la
población (derecho al consumo, al empleo, etc.).
4) Promover la adquisición y desarrollo de competencias prosociales
que favorezcan el desenvolvimiento relacional con autonomía y el
afrontamiento de las distintas situaciones sociales.
5) Estimular la responsabilidad social hacia las obligaciones
administrativas, jurídicas, económicas y de convivencia cívica como
miembro de una comunidad.
§ Finalmente, no podemos obviar aquel otro aspecto que acota y define el
carácter de nuestra intervención: el aspecto LABORAL. Esto se concreta como
aquel proceso que permite a la persona mejorar sus condiciones para
situarse favorablemente ante el empleo y facilitar su acceso a un
puesto de trabajo.
10 D. J. Torregrosa en “Orientación para el empleo: un enfoque integral del proceso de inserción social y profesional”
6
El empleo no es una meta de nuestra intervención, sino un medio para que la
persona pueda generar sus propios recursos económicos y materiales que les
permita disfrutar del bienestar de nuestra sociedad, adquirir los compromisos y
obligaciones que exige la convivencia social y, finalmente, disfrutar de los
derechos propios que establece el estado.
Situar el empleo como el elemento mediador de nuestra intervención, no debe
mermar la importancia que, aún hoy, tiene éste para la adquisición de
prebendas sociales. Castel (1997)11 señala que la participación en redes de
sociabilidad y en los sistemas de protección social depende del lugar que se
ocupe en la división social del trabajo 12. La reflexión, sin embargo, debe
encaminarse para descentrar la importancia del trabajo como estructurante de
lo social.
Nuestras funciones no deben perder de vista alguno de los tres cometidos definidos
anteriormente.
La pérdida de un puesto de trabajo o la dificultad para acceder a un empleo suele
estar acompañado por la disminución de poder adquisitivo, pérdida de participación y
una devaluación de la valoración de nosotros mismos. Esto significa que el empleo es
una parte muy importante, bien para acceder o bien para mantener el ejercicio de la
ciudadanía.
Por todo ello, en la orientación sociolaboral no debemos centrar nuestra intervención
en el acceso a un puesto de trabajo. Su insistencia nos lleva a perder de vista aspectos
intermedios que son básicos de esos otros objetivos más amplios. Si nuestro empeño
se centra con exclusividad, creemos que erróneamente, en que la persona encuentre
un trabajo, caemos en el error de una intervención que tiene diversas consecuencias, a
nuestro modo de ver, negativas:
1) Vamos a medir el éxito o el fracaso de nuestra actuación por el número de
personas atendidas que han encontrado un empleo, en vez de por el avance
que la persona haga para conquistar cuotas de mejora en la consecución de sus
objetivos en relación con el empleo. Si fuera así, no entenderíamos, por
ejemplo, que el éxito de un grupo de búsqueda activa no está tanto en que la
persona encuentre un puesto de trabajo como que aprenda a gestionar con
autonomía su propia búsqueda de oportunidades de empleo. De esta manera
nos cegaríamos a una evaluación real del impacto de nuestra intervención y de
los programas con los que trabajamos; es decir, debemos incidir en la
evaluación de los procesos y no en los resultados esperados.
2) Centrar todos los esfuerzos en la consecución en un empleo hace que
consideremos que el proceso que ha emprendido la persona y en el que
colaboramos finaliza una vez haya conseguido un puesto de trabajo, dejando
de intervenir en un momento especialmente sensible . Es decir, desde esta
perspectiva se corre el riesgo de no intervenir en el momento, probablemente,
en que la persona requiere de más apoyo a través de acciones para el
mantenimiento del empleo. En muchas ocasiones los más difícil no es que la
persona encuentre un puesto de trabajo, sino que posea la capacidad para
mantenerlo, fomentando su autonomía y responsabilidad.
11Castel, R. (1997) La Metamorfosis de la Cuestión Social Editorial Paidos. Argentina.
12Tomado de Sebastián T. Plut en “Duelo y Trauma del Desempleo”. Foro temático de Trabajo y Psicoanálisis en
PSICONET.
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3) Centrarnos en el empleo significa que en ocasiones vamos a sacrificar la
demanda de la persona a favor del discurso institucional y administrativo. Esto
es, Vamos a perder de vista la demanda real (muchas veces encubierta bajo un
discurso impecable de empleo), empecinándonos en nuestro propio objetivo
que consistirá en que encuentre un puesto de trabajo. Este es un error que
nos privará de realizar una intervención más progresiva e insistir sin querer en
la sensación de frustración de muchas de las personas que atendemos. Así,
todos tenemos en nuestro haber muchas personas que cuando han encontrado
un trabajo, finalmente no formalizan el contrato o, en el mejor de los casos,
dejan el empleo a los pocos días, por no hablar de los que son despedidos por
falta, no ya de habilidades, sino de hábitos básicos (puntualidad, higiene,…).
4) Si el único objetivo que persigue la orientación sociolaboral fuera el acceso a un
empleo, las intervenciones y actividades realizadas caen en la absurda
transmisión única de contenidos y destrezas o en la instrucción de herramientas
a veces inservibles para algunas personas con intereses laborales muy
específicos. ¿Cuántas veces nos sorprendemos haciendo un currículum vitae o
entrenando en la entrevista a personas que no tienen experiencia y que el
sector al que se dirigen es informal en los procesos de selección?
Desde esta perspectiva no podemos situar nuestro último objetivo sólo en la
consecución de un puesto de trabajo, sino en la capacidad para conseguirlo
y mantenerlo. Así, el aprendizaje de la gestión de búsqueda de
oportunidades de empleo, el desarrollo de competencias para el
desenvolvimiento social y el afrontamiento de un puesto de trabajo, la
mejora de la empleabilidad y el mantenimiento del empleo son aspectos
básicos a desarrollar con las personas en orientación sociolaboral, con el fin
de que ésta consiga mayores cuotas de autonomía y participación en lo
social. Pero sobre todo, debemos fomentar, desde nuestra intervención, el
encuentro consigo mismas, con su biografía personal y profesional, y el
descubrimiento del entorno en el que quieren participar.
La diferencia entre la orientación sociolaboral y otro tipo de intervenciones
exclusivamente laborales (orientación profesional y vocacional, orientación para el
empleo en la universidad o centros profesionales, intervención en consultoría de
outplacement, etc.) lo establece el aspecto social. Es por ello, que hacemos hincapié
en tener siempre presente los tres objetivos propuestos más arriba (el general de la
orientación, el social y el laboral).
Vamos a intentar unir esos tres objetivos, que van a definir nuestro trabajo, definiendo
la orientación sociolaboral como un PROCESO DE AYUDA Y ACOMPAÑAMIENTO
EN EL DESARROLLO DE COMPETENCIAS PERSONALES, SOCIALES Y
LABORALES QUE SITÚEN A LA PERSONA EN UNA POSICIÓN FAVORABLE
ANTE EL EMPLEO Y POSIBILITEN EL ACCESO Y MANTENIMIENTO DE UN
PUESTO DE TRABAJO.
CONCLUSIONES
La validez de los marcos teóricos desde los que se interviene no son importantes si no
son útiles. El eclecticismo teórico en el que nos vemos forzados a trabajar en
ocasiones puede ser una dificultad para entendernos, pero siempre va a ser una
valiosa perspectiva desde la que abordar fenómenos tan complejos como los
sociales.
8
Además, creemos que estamos en un buen momento para establecer planteamientos
concretos y construir modelos de intervención para todas aquellas personas que se
tropiezan con especiales dificultades para integrarse y desarrollarse con todos sus
derechos y deberes en una sociedad de futuro.
Somos conscientes, que estamos en una situación definida por realidades emergentes
engalanadas con nuevas sensibilidades hacia lo económico, lo social, lo ecológico, etc.
Nuevas realidades con necesidades diversas que exigen por nuestra parte un esfuerzo
aún mayor por sistematizar métodos, consensuar procedimientos, repensar lo social
para intervenir en estos nuevos escenarios.
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Socio-Consultor y Director de formación de Equipo Promocions.
“Tendencias y Ambivalencias de la Orientación para el Empleo: Reflexiones y
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Socio-Consultor y Director de Formación de Equipo Promocions.