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Jesucristo, Los Símbolos, Mitos Y Ritos Indígenas

El documento aborda la preocupación del obispo Felipe Arizmendi Esquivel sobre la relación entre la pastoral indígena y la figura de Jesucristo, destacando que algunos agentes de pastoral se enfocan en los símbolos y ritos indígenas sin mencionar a Cristo, mientras que otros rechazan estas prácticas sin comprender su significado. Se enfatiza la necesidad de una evangelización que integre la cultura indígena con la fe cristiana, y se critica la falta de atención a la espiritualidad y las necesidades religiosas del pueblo indígena. El autor aboga por un diálogo que permita una mejor comprensión y aceptación de la experiencia cristológica indígena dentro de la Iglesia.

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Jesucristo, Los Símbolos, Mitos Y Ritos Indígenas

El documento aborda la preocupación del obispo Felipe Arizmendi Esquivel sobre la relación entre la pastoral indígena y la figura de Jesucristo, destacando que algunos agentes de pastoral se enfocan en los símbolos y ritos indígenas sin mencionar a Cristo, mientras que otros rechazan estas prácticas sin comprender su significado. Se enfatiza la necesidad de una evangelización que integre la cultura indígena con la fe cristiana, y se critica la falta de atención a la espiritualidad y las necesidades religiosas del pueblo indígena. El autor aboga por un diálogo que permita una mejor comprensión y aceptación de la experiencia cristológica indígena dentro de la Iglesia.

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JESUCRISTO, LOS SÍMBOLOS, MITOS Y RITOS INDÍGENAS

+ Felipe Arizmendi Esquivel


Obispo de San Cristóbal de Las Casas
Responsable de la Dimensión de Pastoral Indígena,
en la Conferencia del Episcopado Mexicano

VER

Estoy preocupado por ciertas actitudes que, después de recorrer varios países de
América Latina, he visto en algun@s agentes de pastoral, sobre todo en no indígenas, y que
sinceramente quiero compartir, para dialogar sobre este punto, precisar lo que no corresponda
a la realidad, y ayudarnos unos a otros a crecer en nuestra fe y en nuestro servicio pastoral al
pueblo de Dios. En las afirmaciones que hago, no me refiero a los indígenas en general, sino a
sacerdotes, religios@s y laic@s que trabajan entre ellos.

1. Algun@s, quizá deslumbrados por los elementos de espiritualidad que descubren en


comunidades indígenas, sobre todo en las personas mayores de edad, se apasionan por sus
símbolos, mitos y ritos, y los quieren no sólo conservar y defender, sino también difundir,
incluso en las culturas mestizas. Esto es muy laudable, pero advierto que casi no mencionan a
Jesucristo. No afirmo que no creen en Él, o que no son cristianos ni católicos, sino que no
aparece explícitamente su fe en Jesucristo. En cambio, los indígenas lo nombran a todas horas
y lo sienten muy cercano1, aunque les falta más conciencia del Espíritu Santo, cosa que no
sucede sólo entre ellos.

2. Otros, por lo contrario, quizá con el sincero deseo de conservar la ortodoxia y


respetar las rúbricas oficiales, cosa también muy laudable, se oponen a todo lo indígena y lo
condenan, muchas veces sin conocerlo. No aceptan sus ritos, rechazan sus símbolos,
descalifican sus mitos, no hacen el esfuerzo por comprender lo que significan para ellos. Por
una sola vez que ven algún rito, sin haberse encarnado por un buen tiempo en su cultura,
juzgan y anatematizan. Algunos no preguntan, sino que de inmediato hacen llegar sus dudas y
quejas a autoridades superiores, generando desconfianzas internas en nuestra Iglesia.
1
Antes de presentar esta ponencia en la Asamblea Nacional de Pastoral Indígena, la compartí con dos sacerdotes
expertos del Centro Nacional de Ayuda a las Misiones Indígenas (CENAMI), Eleazar López y Clodomiro
Siller, quienes me escribieron sus comentarios, de los cuales comparto aquí algunos. Sobre este punto, el P.
Eleazar me dice: “Jesucristo es central en la experiencia religiosa indígena actual y Él ha entrado a este mundo
cultural de una manera profunda y seria. Para quienes ya somos discípulos de Jesucristo, Él ya está en nuestros
símbolos, mitos y ritos indígenas. El problema es cómo dar razón de este modo de tener a Jesucristo en nuestra
experiencia religiosa, sin traicionar nuestros esquemas ni ofender a la integridad de la fe celosamente cuidada
por la Iglesia de la que somos parte importante… Existe un serio problema cristológico con los pueblos
indígenas, no porque Cristo esté ausente o se le esté negando su lugar, sino por la manera en que los indígenas
hemos incluido a Jesucristo en nuestras vidas, es decir, envuelto en los pañales de nuestra cultura e identidad
particular. Y es precisamente esto lo que a algunos miembros directivos de la Iglesia no les satisface todavía.
Quisieran vernos más apegados a las categorías establecidos en la Iglesia que a nuestras creencias ancestrales,
que forman parte de nuestra identidad-alteridad. Y ahí está el impase actual: ni nosotros hemos podido explicar
nuestra experiencia cristológica, ni nos han convencido de nuestros supuestos errores cristológicos”.
3. He participado en algunos ritos organizados por agentes de pastoral, en que
recuperan ritos indígenas a los elementos de la naturaleza, pero sin ninguna relación explícita
con la fe cristiana. Por ejemplo, se hace el “altar maya”, se encienden las 13 candelas, se
danza ritualmente, pero algunos refieren estos ritos sólo a la madre tierra, al sol, a los cuatro
puntos cardinales2, a los estratos del mundo, a un Dios impersonal, y no hacen ninguna
referencia al misterio cristiano, a la encarnación de Cristo, a su muerte y resurrección, a los
sacramentos. Parecen quedarse en la “religión natural”, en las “Semillas del Verbo”.

4. En una reunión para preparar un evento comunitario, un sacerdote presentó el


proyecto de la letra y melodía de un canto alusivo. Todo bien, salvo que en ninguna parte se
mencionaba a Dios, a Jesús, al Espíritu. Sugerí que se mencionaran. Dos religiosas se
opusieron, diciendo que no hace falta mencionarlos, porque el pueblo entendería que se trataba
de contenidos conformes con la Palabra de Dios. Intervinieron en la discusión tres laicos (dos
indígenas y uno de CEBs), para pedir que se mencionara claramente el nombre de Jesús y del
Espíritu Santo, porque dijeron que sus culturas son muy concretas y necesitan que se pongan
explícitamente los nombres, para saber a quién se refiere el canto. Se aceptó la moción.

5. Las estadísticas nos dicen que siguen alejándose católicos hacia otras religiones, en
particular hacia confesiones y sectas protestantes. Hay muchas razones, desde luego, y no
podemos simplificar el hecho. Sin embargo, muchos dicen que, hasta que se cambiaron,
encontraron a Jesucristo. La predicación protestante empieza por lo más sencillo: “Acepta a
Jesucristo como tu Salvador personal, y serás salvo”. Esto es también católico, pero dicen no
haberlo escuchado de muchos sacerdotes y religiosas. Lo mismo dicen quienes se adhieren con
pasión a movimientos de renovación católica en el Espíritu Santo, o a grupos parecidos.
Encontrarse con Cristo, cambia sus vidas.

6. En la visita pastoral a una parroquia, los jóvenes me dijeron: “Le pedimos que diga a
los sacerdotes y religiosas que ya no nos pongan tantas dinámicas, sino que nos hablen más de
Jesucristo”. En Aparecida, una laica colombiana, en nombre de laicos y laicas participantes en
la V Conferencia, nos dijo en el plenario: “Les pedimos a nuestros pastores que, ante el
amenazante reto de la sociedad actual que quiere vivir sin Dios, nos hablen de Dios”. El
pueblo tiene hambre de Dios, y quizá nosotros gastamos muchas energías en análisis de la
realidad social, económica y política, y no saciamos su hambre. Con razón, se dice en Ecclesia
in America: “Hay que preguntarse si una pastoral orientada de modo casi exclusivo a las
necesidades materiales de los destinatarios no haya terminado por defraudar el hambre de
Dios que tienen estos pueblos, dejándolos así en una situación vulnerable ante cualquier
oferta supuestamente espiritual”3.

2
Al respecto, el P. Clodomiro Siller me escribe: “He notado que las referencias que se hacen en esos rituales, no
son muy acordes al contenido original que esos símbolos y ritos tienen. Por ejemplo: en los pueblos indígenas
no había mención a los “cuatro puntos cardinales”. Ellos tenían rumbos: el rumbo de la vida de Dios, el rumbo
del sacrificio de Dios, el rumbo de la vida humana, y el rumbo del servicio y del sacrificio que tenemos que
hacer los humanos. Esos cuatro rumbos se encontraban en el centro, en la quinta dirección, logrando así el
equilibrio entre lo humano y lo divino, sintetizándose todo en una realidad histórico teologal llamada la jícara
verde (tierra) y la jícara azul (cielo)”.
3
Exhortación Apostólica Postsinodal, del Papa Juan Pablo II (22 enero 1999), No. 73.
7. A algun@s agentes de pastoral no parece importarles mucho la celebración diaria de
la Eucaristía, ni la comunión eucarística diaria, ni la confesión frecuente, ni la Liturgia de las
Horas, y por lo mismo tampoco las promueven mucho entre los indígenas. Se remarcan como
dos espiritualidades y liturgias: la indígena, que se considera como la buena, y la romana u
occidental, que sería la negativa y extraña, de la cual hay que deshacerse, para estar
encarnados y avanzar en la inculturación. Como si todo lo indígena fuera santo, perfecto,
admirable y sin pecado.

8. Algun@s insisten duramente en las faltas de inculturación de muchos misioneros de


los primeros siglos, en los atropellos que hicieron contra la religión de los primeros pobladores
de estas tierras. Para no cometer el mismo error, ahora no quieren tocar nada de las costumbres
y de los ritos indígenas. Se critica acremente la piedad popular mestiza, por su falta de
proyección social, pero no se analiza qué ritos y mitos indígenas son conformes o no con el
Evangelio. Como si el Evangelio no fuera una luz que ayuda a encontrar verdad y vida. A
algunos ritos, indígenas y mestizos, se les da un efecto casi mágico, por la repetición de
palabras y oraciones, por los detalles y objetos que se utilizan: ninguno puede faltar, so pena
de que no funcione el efecto querido. No se puede cambiar ni el más pequeño detalle, porque
esto es lo que les da identidad y les permite conservarse y resistir como pueblos. Hay
costumbres, mestizas e indígenas, que no dan vida. También hay incoherencias entre religión
popular indígena y experiencia cotidiana.

9. He participado en diálogos con la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la


Teología India. Hay apertura para escuchar sus propuestas, pero también serias inquietudes
sobre su metodología y algunas expresiones de sus autores, que espero no lleven a una
condenación de la misma. Es necesario precisar puntos teológicos no suficientemente
esclarecidos, en relación a la Cristología, la Creación, la Iglesia, los Sacramentos, la
Escatología. Algunos defendemos la Teología India, y con razón, porque descubrimos en ella
una gran riqueza, pero falta una sistematización según la Teología común de la Iglesia, para
avanzar en un diálogo más fructuoso4. Se han dado pasos para abordar temas delicados, y se ha
empezado a crear un clima fraterno, de apertura y comprensión, que debemos seguir
fortaleciendo. Hay que superar ya la insistencia repetitiva de resentimientos y de
culpabilización a Roma y a la jerarquía, “porque no nos entienden”.

JUZGAR
4
Dice el P. Eleazar: “Desde mi punto de vista, dos son las modalidades de la sistematización que hacen falta en
la Teología india actual: Una de cara a las mismas comunidades indígenas, que requieren tomar conciencia y
saber dar razón del valor de sus símbolos, mitos y ritos; y otra de cara a la institución eclesiástica para expresar
nuestra pertenencia a ella y nuestra real fraternidad con los demás miembros de la Iglesia. La primera se tiene
que hacer con parámetros y esquemas indígenas, que hemos mamado de nuestros procesos de endoculturación
dentro de la familia y de la comunidad autóctona; y la segunda con la herramienta que tiene la Iglesia para dar
razón la fe en Cristo. Aquí no basta con que los indígenas aprendamos y repitamos ese código de la “Teología
común” (en ello hemos hecho mucho avance, no siempre reconocido); es necesario también que los demás
miembros de la Iglesia se abran a la comprensión de nuestra identidad-alteridad (y aquí es donde no vemos
muchos avances, pues se sigue actuando como si sólo nosotros los indígenas tuviéramos que ajustarnos a las
exigencias de fuera)”.
1. Jesús vivió 30 años participando en los símbolos y ritos judíos, para darles
cumplimiento, discernirlos y llevarlos a su pleno desarrollo. Nunca negó “la Ley y los
Profetas”, las tradiciones de su pueblo, en el que se encarnó, acampó. Sin embargo, relativiza
el culto, las costumbres, el templo, el sábado, cuando éstos se apartan de su finalidad primera
querida por Dios, que es la vida del pueblo, la fraternidad. Critica el cumplimiento hipócrita,
que no lleva a la justicia, a la verdad, al amor a los pobres 5. Por esta actitud ante los que
defendían las minucias de la tradición, y por su enfrentamiento contra actitudes interesadas de
la estructura oficial, lo llevaron a la muerte.

2. Jesús es el camino, la verdad, la vida, la luz, la salvación, la revelación definitiva. Es


el Verbo encarnado, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero. Es el centro, el cimiento y el
culmen de la humanidad. Es el punto de referencia para saber qué da vida y qué da muerte 6. Es
quien ha creado y quien sostiene todo lo visible y lo invisible, en el cielo y en la tierra. Es la
encarnación del amor misericordioso del Padre. Es quien nos amó hasta el extremo de dar su
vida para que tengamos vida. Quiso quedarse entre nosotros para siempre, sobre todo en la
Eucaristía.

3. ¿Por qué, entonces, no darle el lugar que le corresponde? ¿Por qué quedarnos con las
“Semillas del Verbo”, y no confesar nuestra fe explícitamente en el Verbo Encarnado? ¿Por
qué dejar a los indígenas en una religión natural, y no ofrecerles la plenitud de la Revelación
en Cristo? La mayoría de ellos ya han aceptado a Jesucristo de todo corazón y lo manifiestan
en sus expresiones rituales7; ¿por qué algun@s agentes de pastoral quieren dar pasos atrás? El
Verbo se ha encarnado de muchas formas en sus culturas; ¿por qué no colaborar a su
desarrollo y madurez, con el anuncio explícito de Jesucristo? Si no somos misioneros
explícitos de Jesús, quizá es porque no nos hemos encontrado vivencialmente con Él; quizá
porque no somos en verdad sus discípulos8.

5
Comenta el P. Eleazar: “De la actitud de Jesús aprendemos a ir al espíritu (sentido profundo) de la Ley (y de
toda cultura) y no quedarnos en la letra o expresión habitual y cotidiana de la Ley. En ese sentido toda
costumbre, tradición o práctica social está sujeta al escrutinio de los valores que le dieron origen. Cuando esta
práctica ya no es cauce adecuado de dichos valores o ya se ha degenerado por el tiempo o por las
manipulaciones ideológicas, hace falta purificarla o renovarla por completo. Y el sujeto de este proceso es el
dueño de esas tradiciones y costumbres”.
6
Dice el P. Clodomiro Siller: “Todo lo que guía a los pueblos, todo lo que los libera, todo lo que les da vida,
todo lo que los ilumina, es presencia y acción de Dios en esos pueblos. Son Logói spermatikói, Cristos
diseminados en los pueblos (San Ireneo. Vaticano II). Parece ser que en esto nos ha faltado perspicacia en la
Iglesia. Él ha creado todo, también a los pueblos que nos precedieron en este continente. Como Jesús es el
culmen de la revelación, nuestra labor pastoral tendrá que encaminarse a plenificar, a la luz del Evangelio, lo
que Él ya hizo en nuestros pueblos”.
7
De lo que he conocido de América Latina, he escuchado testimonios directos de quienes trabajan en algunas
regiones de Panamá, de Venezuela y de toda la zona amazónica, en el sentido de que todavía hay etnias que no
han recibido el mensaje evangélico.
8
El apóstol Andrés, después de haber convivido una tarde con Jesús, al amanecer siguiente encontró a su
hermano Pedro y lo llevó hacia Jesús: Jn 1,40-42. Lo mismo hizo Felipe con Natanael: Jn 1,43-46. Al respecto,
dice el P. Clodomiro Siller: “Cuando los indígenas, por nuestra evangelización, entiendan bien a Jesús y
perciban el dinamismo plenificador de Cristo, estoy convencido que lo confesarán explícitamente en sus
símbolos y rituales. La experiencia vital de Cristo es sumamente entusiasmante y dinamizadora de la persona,
de los pueblos, de la humanidad”.
4. El apóstol Juan es muy claro: “Hermanos míos, no se dejen llevar de cualquier
espíritu, sino examinen toda inspiración para ver si viene de Dios, pues han surgido por el
mundo muchos falsos profetas. La presencia del Espíritu de Dios la pueden conocer en esto:
Todo aquel que reconoce a Jesucristo, Palabra de Dios, hecha hombre, es de Dios. Todo
aquel que no reconoce a Jesús, no es de Dios, sino que su espíritu es del anticristo. De éste
han oído decir que ha de venir; pues bien, ya está en el mundo” (1 Jn 4,1-3). “¿Quién es el
que vence al mundo? Sólo el que cree que Jesús es el Hijo de Dios… Dios nos ha dado la vida
eterna y esa vida está en su Hijo. Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo, no
tiene la vida” (1 Jn 5,5.11-12).

5. Es la misma convicción de los apóstoles: “Él es la piedra angular. No hay bajo el


cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos… No podemos
nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hech 4,11-12.20)9. “No cesaban de
enseñar y anunciar la Buena Nueva de Cristo Jesús cada día en el Templo y por las casas”
(Hech 5,42).

6. San Pablo es un apasionado por Cristo: “¿Quién nos apartará del amor de Cristo?
Estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni
lo futuro, ni las potestades, ni la altura ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá
separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,35.38-39).
Por eso, dice en forma tan tajante y definitiva: “Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y
crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo” (Ib 10,9).
“Nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los
gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y
sabiduría de Dios… No quise saber entre ustedes sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Cor
1,23-24; 2,2). “¡Ay de mí, si no predicara el Evangelio!” (Ib 9,16). “No nos predicamos a
nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos de ustedes por
Jesús” (2 Cor 4,5). “Somos embajadores de Cristo, como si Dios mismo los exhortara por
medio de nosotros” (Ib 5,20). “Vivo, pero no soy yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gál
2,20). “Sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en ustedes” (Ib 4,19).
“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda
clase de bienes espirituales, en los cielos, en Cristo” (Ef 1,3). “A mí, el menor de todos los
santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de
Cristo” (Ib 3,8)… “hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno
del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud en Cristo” (Ib
4,13). “Para mí la vida es Cristo” (Filp 1,21). “Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado
una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del
conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por
basura con tal de ganar a Cristo” (Ib 3,7-8). “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Ib
4,13). “Él es imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación… Él es también la
Cabeza del Cuerpo que es la Iglesia… Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud”
(Col 1,15.18-19). “Hay un sólo Dios, y también un sólo mediador entre Dios y los hombres,

9
Comenta el P. Clodomiro Siller: “La única manera de lograr la inculturación es mostrando con agudeza cómo,
en todo lo que existe (mundo, historia, personas, comunidades, culturas, religiones), Jesús es la piedra angular
(el amarre, el sostén, el sentido, la razón de ser). Eso es lo que en la Biblia significa “piedra angular”.
Cristo Jesús” (1 Tim 2,5). “Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo” (2 Tim
4,2).

7. Es verdad que la presencia generosa y sacrificada de l@s agentes de pastoral entre


los indígenas tiene su raíz y motivación profunda en Cristo, en su fe y en su amor por Él y por
los pobres. Jesús es su inspiración, la fuente de su fortaleza y de su entrega. De no ser así, no
durarían mucho tiempo entre ellos. Sin embargo, pareciera que el mayor esfuerzo de algunos
es impulsar acciones de promoción humana, siempre tan necesaria, y menos el predicar
explícitamente a Jesucristo, o celebrar los sacramentos de la Iglesia. Jesús nos insistió tanto en
hacer cuanto podamos por los enfermos, por quienes tienen hambre, por los excluidos, por los
migrantes y los encarcelados, que si nada hacemos por ellos, no le seríamos fieles, no seríamos
de los suyos, no nos reconocerá como sus discípulos (cf Mt 25,31-46). Sin embargo, se pasaba
largos tiempos en oración y nos dijo que si alguien se avergüenza de Él y no da testimonio
claro de su fe, también lo desconocerá ante su Padre (cf Mt 10,32-33).

8. El Papa Pablo VI, en Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), dijo: “Con demasiada
frecuencia y bajo formas diversas se oye decir que imponer una verdad, por ejemplo el
Evangelio; que imponer una vida aunque sea la de la salvación, no es sino una violencia
cometida contra la libertad religiosa. Además, se añade: ¿Para qué anunciar el Evangelio, ya
que todo hombre se salva por la rectitud del corazón? Por otra parte, es bien sabido que el
mundo y la historia están llenos de “semillas del Verbo”. ¿No es, pues, una ilusión pretender
llevar el Evangelio donde ya está presente a través de esas semillas que el mismo Señor ha
esparcido?

Cualquiera que haga un esfuerzo por examinar a fondo las cuestiones que tales y tan
superficiales razonamientos plantean, encontrará una bien distinta visión de la realidad.
Sería ciertamente un error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos.
Pero proponer a esa conciencia la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Jesucristo,
con plena claridad y con absoluto respeto hacia las opciones libres que luego pueda hacer, -
sin coacciones, solicitaciones menos rectas o estímulos indebidos- lejos de ser un atentado
contra la libertad religiosa es un homenaje a esta libertad, a la cual se ofrece la elección de
un camino que incluso los no creyentes juzgan noble y exaltante. ¿O puede ser un crimen
contra la libertad ajena proclamar con alegría la Buena Nueva conocida gracias a la
misericordia del Señor?... Este modo respetuoso de proponer la verdad de Cristo y de su
reino, más que un derecho es un deber del evangelizador. Y es a la vez un derecho de sus
hermanos recibir a través de él el anuncio de la Buena Nueva de la salvación. Esta salvación
viene realizada por Dios en quien Él lo desea y por caminos extraordinarios que sólo Él
conoce. En realidad, si su Hijo ha venido al mundo ha sido precisamente para revelarnos,
mediante su palabra y su vida, los caminos ordinarios de la salvación. Y Él nos ha ordenado
transmitir a los demás, con su misma autoridad, esta revelación… Los hombres podrán
salvarse por otros caminos, gracias a la misericordia de Dios, si nosotros no les anunciamos
el Evangelio; pero ¿podremos nosotros salvarnos si por negligencia, por miedo, por
vergüenza, o por ideas falsas, omitimos anunciarlo? Porque eso significaría ser infieles a la
llamada de Dios, que, a través de los ministros del Evangelio, quiere hacer germinar la
semilla; y de nosotros depende el que esa semilla se convierta en árbol y produzca fruto” (No.
80).
9. En la misma Exhortación, el Papa Pablo VI expresó: “No hay evangelización
verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el
misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios” (No. 22). Y más adelante: “El que ha sido
evangelizado, evangeliza a su vez. He ahí la prueba de la verdad, la piedra de toque de la
evangelización: es impensable que un hombre haya acogido la Palabra y se haya entregado al
reino, sin convertirse en alguien que a su vez da testimonio y anuncia” (No. 24). Por tanto,
quien no anuncia a Jesús, demuestra no haberlo conocido, no haber tenido una experiencia de
encuentro vital con Él. Quien lo encuentra, se vuelve un apasionado por que otros lo conozcan
y se acerquen a Él.

10. En el Documento de Santo Domingo, al hablar de los ministros ordenados, se pedía


“una permanente y profunda renovación espiritual para que en los labios, en el corazón y en
la vida de cada uno de nosotros, esté siempre presente Jesucristo” (No. 71). Sólo así se podrá
trabajar decididamente en la promoción humana integral, “que debe llevar al hombre y a la
mujer a pasar de condiciones menos humanas a condiciones cada vez más humanas, hasta
llegar al pleno conocimiento de Jesucristo” (No. 162).

11. En el mismo sentido, el Papa Juan Pablo II recogió las proposiciones del Sínodo de
América (octubre 1997): “La Iglesia en América Latina debe hablar cada vez más de
Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre. Este anuncio es el que
realmente sacude a los hombres, despierta y transforma los ánimos, es decir, convierte. Cristo
ha de ser anunciado con gozo, con fuerza, pero principalmente con el testimonio de la propia
vida” (Exhortación Ecclesia in America, 67), pues “el núcleo vital de la nueva evangelización
ha de ser el anuncio claro e inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio de su
nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino que Él nos ha conquistado a
través de su misterio pascual” (Ib 66). “La Iglesia tiene como centro de su misión llevar a
todos los hombres al encuentro con Jesucristo… El ardiente deseo de invitar a los demás a
encontrar a Aquél a quien nosotros hemos encontrado, está en la raíz de la misión
evangelizadora” (Ib 68).

12. El Papa Benedicto XVI, al inicio de su pontificado, haciéndose eco de su


predecesor, nos dijo: “¡No teman! ¡Abran, más todavía, abran de par en par las puertas a
Cristo!…quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente nada– de lo que
hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida.
Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición
humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera… ¡No
tengan miedo de Cristo! Él no quita nada y lo da todo. Quien se da a Él, recibe el ciento por
uno. Sí, abran, abran de par en par las puertas a Cristo y encontrarán la verdadera vida”.

13. En su discurso de apertura a la V Conferencia General del Episcopado de nuestro


subcontinente, nos expresó verdades muy profundas y una inquietud: “¿Qué ha significado la
aceptación de la fe cristiana para los pueblos de América Latina y del Caribe? Para ellos ha
significado conocer y acoger a Cristo, el Dios desconocido que sus antepasados, sin saberlo,
buscaban en sus ricas tradiciones religiosas. Cristo era el Salvador que anhelaban
silenciosamente. Ha significado… haber recibido el Espíritu Santo que ha venido a fecundar
sus culturas, purificándolas y desarrollando los numerosos gérmenes y semillas que el Verbo
encarnado había puesto en ellas, orientándolas así por los caminos del Evangelio. En efecto,
el anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las
culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña… Cristo no es ajeno a
cultura alguna ni a ninguna persona; por el contrario, la respuesta anhelada en el corazón…
La utopía de volver a dar vida a las religiones precolombinas, separándolas de Cristo y de la
Iglesia universal, no sería un progreso, sino un retroceso. En realidad sería una involución
hacia un momento histórico anclado en el pasado. La sabiduría de los pueblos originarios les
llevó afortunadamente a formar una síntesis entre sus culturas y la fe cristiana que los
misioneros les ofrecían. De allí ha nacido la rica y profunda religiosidad popular, en la cual
aparece el alma de los pueblos latinoamericanos”10.

14. En el documento de Aparecida, decimos: “Aquí está el reto fundamental que


afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y
misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de
gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste. No
tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia,
para que Jesucristo sea encontrado, seguido, amado, adorado, anunciado y comunicado a
todos, no obstante todas las dificultades y resistencias. Éste es el mejor servicio –¡su
servicio!– que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones” (No. 14). “Conocer a
Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es
lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es
nuestro gozo” (No. 29). “Conocer a Jesucristo por la fe es nuestro gozo; seguirlo es una
gracia, y transmitir este tesoro a los demás es un encargo que el Señor, al llamarnos y
elegirnos, nos ha confiado” (No. 18).

15. En octubre de 2006, en Guatemala, el CELAM organizó el III Simposio


Latinoamericano de Teología India, sobre Cristo y las culturas indígenas. Los indígenas
participantes remarcaron que creen en Cristo, y lo mismo los pueblos indígenas allí
representados. Son católicos y quieren seguirlo siendo. Aceptan a Cristo plenamente, sobre
todo en su encarnación y pasión, pues se sienten identificados con Él, pobre y sufriente; falta
un poco de más conciencia de la resurrección11.
10
En cuanto a la utopía de que habla el Papa, he conocido algunos casos: Unos profesores en el Istmo de
Tehuantepec, que intentaban resucitar el culto al rayo. Unos sacerdotes católicos de Guatemala, que dejaron el
ministerio y la fe, y ahora son sacerdotes del antiguo culto maya. El sacrificio de animales, que se hace en
algunas culturas, dedicado a los elementos de la naturaleza, no como ofrenda a Dios. Ritos en la zona
amazónica de Brasil, sin ninguna referencia a Dios.
11
Dice el P. Eleazar López: La mayoría de “los indígenas ya hemos incorporado a Cristo en nuestras vidas y en
nuestra perspectiva teológica fundamental. El problema no es si está o no está Cristo asumido, sino cómo está;
y ahí es donde no nos hemos podido dar a entender, pues ciertamente Cristo está, pero vinculado
necesariamente a las creencias ancestrales indígenas. Estas creencias ancestrales son las que ahora llamamos
"Semillas del Verbo" en un esfuerzo teológico por ser fieles tanto a la Iglesia como a la herencia recibida. A mi
parecer, todavía no se entiende adecuadamente en la Iglesia nuestra problemática indígena de fondo. No son
solamente cuestiones de complejos de culpa o de víctimas. Habrá que profundizar el análisis. Cristo no es
problema para nosotros, pero sí algunos esquemas teológicos de la institución eclesiástica que siguen actuando
frente a nuestras creencias heredadas, como si fueran basura que debemos desechar y no como verdaderas
“Semillas del Verbo”. La institución fácilmente pide que nosotros explicitemos más a Cristo en nuestra vida;
pero ella no da pasos serios de valoración de lo nuestro, de conversión hacia nuestras creencias; si para
16. El escudo de mi servicio episcopal es muy sencillo: una cruz grande en el centro, y
a sus pies el báculo, con el lema: ¡Cristo, único camino! Es mi convicción más profunda: mi
ministerio es, a ejemplo del apóstol Felipe que llevó ante Jesús a unos griegos que lo
buscaban, llevar a todo el pueblo, indígenas y mestizos, al encuentro con Cristo. Como decía
el Bautista: “Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya” (Jn 3,30).

ACTUAR

¿Qué propongo, concretamente en nuestra pastoral indígena, para ser fieles a esta
vocación y misión de anunciar a Jesucristo, en los símbolos, mitos y ritos indígenas?

1. Ante todo, una actitud de respeto, aprecio y casi veneración, ante tantas “Semillas
del Verbo” que se encuentran en nuestros pueblos indígenas, antes y después de la
evangelización hecha por nuestra Iglesia. No estoy de acuerdo con quien ha afirmado que “los
símbolos, mitos y ritos indígenas están llenos de supersticiones, son fruto de la ignorancia,
contienen muchos errores, son pura costumbre”, y que, por tanto, había que “dejar todas esas
cosas que apartan de la experiencia de Jesús, o al menos la dejan a un lado y ponen en riesgo
nuestra pertenencia a la Iglesia”. Afirmar esto es no conocer a fondo la fe de nuestros
pueblos, exponerse a condenar lo que no se conoce. Puede haber algo de eso en varios casos,
pero en general hay una espiritualidad muy profunda, aunque en moldes culturales distintos,
que muchas veces no conocemos y por eso rechazamos.

2. Tampoco estoy de acuerdo con quien afirma que “cuando los misioneros van a
tierra de misión, no llevan a Cristo, sino que lo descubren en las culturas y tradiciones de los
pueblos, y lo hacen crecer con la fuerza del Evangelio hasta que alcance su plenitud”. La
evangelización tiene como cuatro dimensiones: descubrir a Cristo en las culturas, anunciarlo
explícitamente, ayudar a madurar la fe cristiana y purificar lo que no es conforme con el
Evangelio. Son los indígenas evangelizados quienes mejor han de hacer esta purificación, para
no condenar nosotros como contrario a Cristo lo que es sólo una forma cultural distinta de su
fe en Él. El Evangelio es el criterio válido y definitivo de discernimiento, fuente de vida para
nuestros pueblos.

3. Hemos de participar con un corazón abierto en los símbolos, mitos y ritos indígenas,
comulgando con la fe de nuestros pueblos, tratando de comprender el significado real de lo
que hacen y piensan12. Pero también presentarles a Jesucristo, Hijo del Padre, vivo entre
nosotros Cristo esta presente en nuestras semillas del Verbo, eso tendría que ser también para el resto de la
Iglesia”.
12
Comenta el P. Eleazar: “Es necesario reconocer que han existido y existen, en la Iglesia, muchas maneras de
acceder a Cristo, muchas formas de asumir y expresar su mensaje. Esta diversidad no es fruto de la
multiplicidad del objeto último de la Cristología, sino de la diversidad humana y espiritual, que recibe a Cristo.
Dicha diversidad no necesariamente es dañina, ni conduce a la disgregación y ruptura de la unidad de la fe. Lo
verdaderamente negativo es la utilización o manipulación ideológica que se ha hecho y se hace de cualquier
teología para fines contrarios a los designios de Dios; y eso lamentablemente se ha dado en miembros de
muchas religiones e incluso respecto a algunas cristologías de la Iglesia. De manera que, si no nos despojamos
de los condicionamientos negativos que nos han impedido dialogar nuestras legítimas diferencias en la Iglesia,
nosotros por su Espíritu, por la mediación de María. Ellos no lo rechazan, sino que lo aceptan
con gozo, como fuente de liberación. Cuando descubren la Eucaristía, lugar privilegiado de
encuentro con Él, le dan un gran valor y realce. Le tienen sumo respeto y lo tratan con
exquisita delicadeza.

4. Por dar unos ejemplos concretos, sugiero que, cuando se pone el “altar maya”, se
coloque en el centro un crucifijo grande, una Biblia, el cirio pascual, un cuadro de la Virgen de
Guadalupe, de San Juan Diego o de otros santos, para significar que Cristo es el corazón del
cielo y de la tierra, quien une la jícara azul y la jícara verde, el verdadero Sol que destierra
las tinieblas y da calor de vida. Se puede organizar una Hora Santa, colocando el Santísimo
Sacramento en el centro de dicho altar.

5. Cuando se hace oración hacia los cuatro puntos cardinales, no dejar de mencionar a
Cristo: Al oriente: agradecemos la luz que Dios Padre nos envía en Cristo, sol de vida eterna.
Al poniente: Cristo murió, bajó a la tumba, al inframundo, pero resucitó y nunca más volverá a
morir. Al Norte: Cristo nos libera del hielo del pecado y de la muerte. Al Sur: Cristo es la
semilla que nos alimenta y nos da vida eterna. Al Centro: Cristo es el centro, el que sostiene el
mundo, a los hombres y mujeres; el que une el cielo con la tierra13.

6. Al danzar ritualmente, no sólo estar en contacto con la tierra, en la que Dios nos da
vida, sino también alabar y agradecer al Señor, dueño de la tierra, y sembrar en ella nuestras
peticiones, para que lleguen al corazón de Dios. En algunas partes, la oración de los fieles se
hace con una danza ritual, sin palabras. En otras, se hace como ofertorio, para presentar al
Señor lo que Él nos ha dado de la tierra. En otras, después de la comunión, o antes de la
bendición final, como formas de oración contemplativa14.

no va a ser posible avanzar hacia la pluralidad teológica que hoy se necesita... Estas cristologías indígenas son,
en parte, fruto de la apropiación que nuestros abuelos y abuelas hicieron de lo que los misioneros les enseñaron
sobre Jesucristo. Pero también tenemos que reconocer que, al igual que en el caso de los discípulos del Señor,
la mayor parte de lo que los pueblos indígenas afirman del Hijo de Dios no se lo ha revelado la carne ni la
sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Esta revelación divina tiene que ver con la siembra hecha por
Dios en el corazón de nuestra historia y culturas milenarias. Y que, para expresarse, echa mano de los mejores
canales o instrumentos de comunicación elaborados en dichas culturas… Por la búsqueda religiosa de los
pueblos y sobre todo por la revelación de Dios en las culturas, se han ido configurando los cimientos de una
cristología indígena que debe ser ahora tomada en serio para la nueva evangelización y para el diálogo
interreligioso con los pueblos indios”.
13
El P. Clodomiro Siller explica: “Significado de los rumbos cósmicos en lo que algunos llaman ahora la cruz
maya, pero que la encontramos en toda Mesoamérica: Oriente: Dios que nos da la vida. Poniente: Dios que se
sacrifica con nosotros y vence a la muerte para resucitar. Sur: vida de la humanidad. Norte: servicio y sacrificio
de la humanidad hasta poder a llegar a ofrecer la propia vida. Centro: encuentro de Dios con la humanidad (ese
centro, armonía y equilibrio es Cristo). El equilibrio y la armonía que se logran cuando la jícara verde y la
jícara azul hacen un todo, es el universo”.
14
El mismo P. Clodomiro nos ilustra: “La danza es un ritual muy completo. En primer lugar, mientras se danzaba
se iban cantando las grandes mitos de esas religiones. Eso se juntaba con otros muchos símbolos:
sonaja=fecundidad; flor=verdad; pluma=servicio; tambor=tierra vital; flauta=intermediación; girar a la
izquierda=identificación con el corazón de Dios y de los demás; girar a la derecha=desacuerdo, falta de
vitalidad; pisar fuerte sobre la tierra=estar en la historia, responsabilizarse con la historia, identificarse con la
vida de la tierra”.
7. Al encender las candelas, sean trece u otra cantidad, hay que agradecer a Cristo, luz
del mundo, quien nos trae la luz de la fe. Encomendarle que lleve al Padre nuestras plegarias
por todas las intenciones que traemos a sus plantas. En algunos lugares, me han dicho que las
trece velas representan a los doce apóstoles y a Cristo en medio de ellos. En otros, que son los
trece escalones para llegar al cielo.
8. A la luz del Evangelio, cuando en verdad algunos símbolos, mitos y ritos sean
esclavizantes, ataduras que no dejan vivir en la libertad y en el amor a los hijos del Padre
misericordioso, hay que denunciarlos y anunciar la libertad que nos ha traído Jesucristo. Esto
nos provocará persecución; nos atacarán porque vamos contra “la costumbre”. Pero nuestros
pueblos necesitan la liberación también de cadenas religiosas, que no los dejan gozar de la
libertad de Cristo. Ciertamente, antes de denunciar y condenar, hay que dialogar mucho con
los indígenas, no sea que condenemos algo por no conocerlo.

9. Insistir tanto en el encuentro con Cristo y en el anuncio explícito de su Nombre,


puede hacer pensar a algunos que estamos cayendo en un espiritualismo alienante, en una
enajenación que nos lleva a olvidar lo que pasa a nuestro alrededor, en un fideísmo que nos
haga prescindir de los sufrimientos del pueblo. Nada de eso, sino todo lo contrario. Cuando
alguien descubre a Jesús, no puede menos que poner todo su empeño en que otros lo conozcan
y, con la luz y la fortaleza de su Espíritu, hacer cuanto esté de su parte para que la realidad se
transforme, como Él lo hizo: “Los seguidores de Jesús deben dejarse guiar constantemente
por el Espíritu, y hacer propia la pasión por el Padre y el Reino: anunciar la Buena Nueva a
los pobres, curar a los enfermos, consolar a los tristes, liberar a los cautivos y anunciar a
todos el año de gracia del Señor” (Aparecida, 152).

No tengamos miedo ni prevenciones. En la medida en que nos empapamos de Cristo,


Él nos proyecta indefectiblemente hacia los demás. Él no nos llama sólo para estar con Él, sino
para enviarnos a continuar su servicio evangelizador, que es integral: “Cuando el discípulo
está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva. En
efecto, el discípulo sabe que sin Cristo no hay luz, no hay esperanza, no hay amor, no hay
futuro. Ésta es la tarea esencial de la evangelización, que incluye la opción preferencial por
los pobres, la promoción humana integral y la auténtica liberación cristiana” (Ib, 146). “El
discípulo misionero ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso
del Padre, especialmente a los pobres y pecadores” (Ib, 147)15.

10. No podemos dejar pasar más tiempo sólo en lamentos, en celebraciones al margen
de lo establecido, sino dar pasos firmes para lograr la inculturación de la liturgia, que nos pide
nuestra misma Iglesia, para vivir los ritos en espíritu de comunión eclesial. Es muy lamentable

15
Con toda razón comenta el P. Eleazar López: “Tenemos que ponernos más la camiseta de “cristianos”. Pero eso
no es garantía de nada. Occidente durante mucho tiempo ha tenido explícitamente el nombre de Cristo, ha
celebrado infinidad de ritos cristianos, ha puesto a Cristo por delante en todo, pero su vida y sus acciones no
han reflejado esa fe en Él; todo lo contrario: lo peor de la historia de estos dos milenios, no sólo respecto a
indígenas, lo han hecho gente que se llama cristiana. No es cuestión de explicitar tanto a Cristo, sino de vivir
por Él, con Él y en Él. “No todo el que dice Señor, Señor, sino el que hace la voluntad del Padre”. “Por los
frutos se reconoce el árbol”. Reivindiquemos la necesidad institucional de que no se pierda la identidad católica
de nuestros pueblos; pero igualmente demos cauce efectivo también al anhelo de muchos indígenas de
mantener sus identidades particulares dentro de la sociedad y de la Iglesia”.
que hayamos hecho muy poco en inculturar la liturgia en los pueblos indígenas, pues son muy
escasos los ritos y las traducciones debidamente reconocidos por la autoridad de la Iglesia.

No olvidemos lo que, desde 1963, pidió el Concilio Vaticano II: “La Iglesia no
pretende imponer una rígida uniformidad en aquello que no afecta a la fe o al bien de toda la
comunidad, ni siquiera en la liturgia; por el contrario, respeta y promueve el genio y las
cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos. Estudia con simpatía y, si puede,
conserva íntegro lo que en las costumbres de los pueblos encuentra que no esté
indisolublemente vinculado a supersticiones y errores, y aun a veces los acepta en la misma
liturgia, con tal de que se pueda armonizar con el verdadero y auténtico espíritu litúrgico. Al
revisar los libros litúrgicos, salvada la unidad sustancial del Rito romano, se admitirán
variaciones y adaptaciones legítimas a los diversos grupos, regiones, pueblos, especialmente
en las misiones, y se tendrá esto en cuenta oportunamente al establecer la estructura de los
ritos y las rúbricas” (Constitución Sacrosanctum Concilium, 37-38). “En ciertos lugares y
circunstancias, urge una adaptación más profunda de la liturgia, lo cual implica mayores
dificultades… Las adaptaciones que se consideren útiles o necesarias, se propondrán a la
Sede Apostólica para introducirlas con su consentimiento” (Ib, 40,1).

La fe de nuestros pueblos merece respeto, para no estar introduciendo cambios al gusto


del celebrante y de su equipo pastoral. No somos dueños de la liturgia de la Iglesia, sino sus
servidores. Por eso, hay que tomar muy en cuenta la IV Instrucción de la Congregación para el
Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (25 enero 1994), titulada La Liturgia Romana
y la Inculturación, que indica el camino a seguir en las diócesis hasta lograr que la Santa Sede
dé la recognitio, el reconocimiento de los ritos indígenas como liturgia de la Iglesia Católica 16.

Entre otras cosas, este documento dice que “la diversidad no perjudica su unidad, sino
que la enriquece” (No. 1). “La liturgia de la Iglesia debe ser capaz de expresarse en toda
cultura humana, conservando al mismo tiempo su identidad por la fidelidad a la tradición
recibida del Señor” (No. 18). “La liturgia, como el Evangelio, debe respetar las culturas,
pero al mismo tiempo invita a purificarlas y santificarlas… Los cristianos venidos del
paganismo, al adherirse a Cristo, tuvieron que renunciar a los ídolos, a las mitologías, a las
supersticiones… Conciliar las renuncias exigidas por la fe en Cristo con la fidelidad a la
cultura y a las tradiciones del pueblo al que pertenecen, fue el reto de los primeros
cristianos… Y lo mismo será para los cristianos de todos los tiempos” (Nos. 19-20). “La
diversidad en algunos elementos de las celebraciones litúrgicas es fuente de enriquecimiento,
respetando siempre la unidad sustancial del Rito romano, la unidad de toda la Iglesia y la
integridad de la fe que ha sido transmitida a los santos de una vez para siempre” (No. 70).

11. En los Seminarios y Casas de formación para la Vida consagrada, así como se
dedica tiempo a estudiar la filosofía y la teología europeas, habría que acercarse a las filosofías
y teologías de nuestros pueblos indígenas, para descubrir su riqueza y sus limitaciones, y no

16
Es la misma aspiración que expresamos en Aparecida: “Como Iglesia, que asume la causa de los pobres,
alentamos la participación de los indígenas y afroamericanos en la vida eclesial. Vemos con esperanza el
proceso de inculturación discernido a la luz del Magisterio. Es prioritario hacer traducciones católicas de la
Biblia y de los textos litúrgicos a sus idiomas”.
llegar al servicio pastoral con un total desconocimiento de estas culturas, con actitudes de
rechazo y de condena.

12. Es necesario empezar a sistematizar los temas de la Teología India, combinando la


metodología y los contenidos de la Teología de la Iglesia, con los símbolos, mitos y ritos de
los pueblos indígenas. Por ejemplo: analizar la compatibilidad y las diferencias entre los
nombres que se le dan a Dios en estas culturas, con la teología clásica; los mitos sobre la
creación del mundo, del hombre y la mujer, y la revelación bíblica; la Iglesia fundada por
Cristo y las vivencias comunitarias indígenas; los sacramentos de la Iglesia y los ritos
indígenas; la revelación bíblica y las “Semillas del Verbo”; la soteriología y la escatología, etc.
Ya hay que superar las quejas de no ser comprendidos, y dar señales de madurez eclesial
dándonos a comprender en las categorías que utiliza la teología clásica. Los indígenas que han
sido formados en la teología común, sirvan de puente en la Iglesia, aunque, como todo puente,
para servir, debe ser pisado de una parte y de otra; sólo así se logra unir dos orillas, dos
extremos17.

Nos anima lo dicho por el Papa Juan Pablo II: “Al entrar en contacto con las culturas,
la Iglesia debe acoger todo lo que, en las tradiciones de los pueblos, es compatible con el
Evangelio, a fin de comunicarles las riquezas de Cristo y enriquecerse ella misma con la
sabiduría multiforme de las naciones de la tierra”18.

Conclusión

He presentado algunas preocupaciones, unos elementos de discernimiento y unas


sencillas propuestas. Dialoguemos sobre esto, escuchándonos con un corazón abierto,
respetándonos unos a otros en nuestras diferentes posturas y mentalidades, teniendo siempre
como punto de referencia a Jesucristo, con la ayuda del Magisterio de su Iglesia. Y que la
Virgen de Guadalupe y San Juan Diego intercedan por nosotros y por nuestros pueblos a los
que tratamos de servir.

México, D. F., 16 de enero de 2008


Asamblea Nacional de Pastoral Indígena
17
Al respecto, dice el P. Eleazar López: “Mi gran preocupación es armonizar la doble fidelidad que me
caracteriza y que creo que es también preocupación de muchos otros miembros indígenas de la Iglesia:
fidelidad a la fe en Cristo (con la pertenencia a su Iglesia) y fidelidad a la herencia teológica y espiritual que
recibimos de nuestros antepasados. Yo sigo sosteniendo que ambas fidelidades son compatibles y hace falta
explicitar más esa compatibilidad sin menoscabo de ninguna...Pienso que más que un cristianismo salpicado de
elementos indígenas, o una perspectiva indígena salpicada de cristianismo, hace falta un abrazo profundo de
ambas vertientes que dé como resultado una nueva síntesis vital, donde ni lo indígena ni lo cristiano sufran
ningún detrimento en lo bueno y noble que tienen, sino que lleguen a su realización plena según el plan de Dios
y según los anhelos legítimos de nuestros pueblos. Esa tarea ingente puede emprenderse ahora con éxito, pues
existen los puentes de comunicación que lo harán viable: agentes de pastoral comprometidos visceralmente con
los indígenas, e indígenas comprometidos visceralmente con la Iglesia y con Cristo”.
18
Discurso a la asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para la Cultura, 5 (17 enero 1987).

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