EL SABIO
ste hombre flaquísimo, vestido sólo con turbante y taparrabo, de barba tan larga
que se la tira sobre el hombro, se llama Macanapur Panchapán Aparatopo Chantalapir.
Dice que es sabio, faquir, brujo, manosanta, adivino y domador de arañas. Va de aquí
para allá, de un pueblo a otro, y también dice que habla con los animales, los insectos, las
piedras y el granizo. Lo que no sabemos es qué le contestan.
Duerme sobre una tabla con clavos, toca la ocarina y... olvidé contarles lo principal:
este hombre vive en la India.
Hoy está ofreciendo sus servicios cerca de la estación del tren, que trae pasajeros hasta
en el techo y varios monos colgados de las ventanillas.
En ese tren llega nuestra amiga Marlene, maestra del jardín “La Buena Mandarina”, de
Mar del Plata. Se recibió en la Universidad y le dieron una beca para ir a estudiar a la
India un curso de Paciencia Yoga aplicada al preescolar.
Baja del tren con un grupo de amigos y colegas, cargando bolsos, mochilas y
colchonetas.
Todos quieren conocer a algún sabio. Les dijeron que los caminos de la India estaban
plagados de sabios, sabihondos y sabelotodos.
Marlene le pregunta a una estatua bailarina:
—Señora, ¿sabe dónde queda el Instituto de Paciencia Yoga para maestras jardineras?
La estatua tiene tantos brazos que parece señalar en distintas direcciones, y además la
mira muy fijo, con enormes ojos redondos.
Marlene igual le da las gracias pero no sabe hacia dónde ir.
Pregunta en una comisaría, pero están todos entretenidos en cobrarle una multa a un
elefante por entorpecer el tráfico y pisar hormigas transportadoras de pétalos de loto.
Le pregunta a una vaca, pero en la India las vacas no hablan. Son personas muy serias
y respetadas, nadie las molesta ni las mata.
—No les hables que no les gusta —le aconsejan los amigos.
Les pregunta a unos chicos, pero ellos le piden limosna con un griterío tal que le
recuerda a su querido Jardín. Les regala sus últimos caramelos, hechos un pegote
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