repugnante.
Entonces se acerca Macanapur Panchapán, etcétera, y los saluda con una reverencia,
llevándose las manos juntas a la nariz.
El truchimán, que habla en 34 idiomas pero por señas, los invita a seguirlo. Al rato
largo, con las zapatillas hechas puré y las mochilas zaparrastrosas, se sientan bajo un
árbol a comer un dátil entre todos.
El sabio les dice que no hace falta ir a ningún instituto. Lo que necesitan aprender está
escrito en los dibujos que adornan a algunos animales o insectos: alas de mariposa, o
caparazones de tortuga, o manchas de jirafa, o lunares de langosta: sólo hay que descifrar
el mensaje.
Marlene y sus amigos están cansados y ya les parece que el anciano es un charlatán,
pero igual lo siguen escuchando respetuosamente.
No ven animales con dibujos por ningún lado, y Marlene piensa qué bueno hubiera
sido meter en el equipaje a la tortuga del Jardín, pero se quedó allá en Mar del Plata.
Entonces oyen una voz cantarina que dice:
—Manuelita, presente.
Qué casualidad, Manuelita ha viajado a la India en ese mismo tren, para visitar a la
Madre Teresa, y justo justito se topa con Marlene y sus amigos, que le presentan al sabio.
El anciano les dice que estudien el caparazón de Manuelita muy atentamente. Entre
todos, a fuerza de mucha saliva, la limpian de tierra, briznas, pelusas, abrojos y hasta un
piojo adquiridos en tan largo viaje.
Se acuclillan alrededor de Manuelita como si fuera un mapa o un rompecabezas,
mientras el sabio sigue con su flaco dedo los dibujos del caparazón.
Una semana después, el anciano les revela su descubrimiento:
—Estos dibujos quieren decir... que el sol brilla y la lluvia moja.
—¡Pero miren qué pavada! —dice Manuelita—. Tenerme aquí una semana para
semejante tontería.
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