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Documento Sin Título-1

En 'Indiana Jones y el legado maya', el profesor Indiana Jones se enfrenta a una nueva aventura en 1936, cuando su amigo Marcus Brody le presenta un mapa que podría llevar a un templo maya desconocido. A medida que Indiana investiga las inscripciones del mapa, se da cuenta de que podría estar relacionado con un antiguo culto y un artefacto poderoso llamado 'El Corazón del Sol'. Junto a Marion Ravenwood, Indy se prepara para una expedición que promete desvelar secretos ocultos de la civilización maya.

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En 'Indiana Jones y el legado maya', el profesor Indiana Jones se enfrenta a una nueva aventura en 1936, cuando su amigo Marcus Brody le presenta un mapa que podría llevar a un templo maya desconocido. A medida que Indiana investiga las inscripciones del mapa, se da cuenta de que podría estar relacionado con un antiguo culto y un artefacto poderoso llamado 'El Corazón del Sol'. Junto a Marion Ravenwood, Indy se prepara para una expedición que promete desvelar secretos ocultos de la civilización maya.

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INDIANA JONES Y EL LEGADO MAYA

INDIANA JONES Y EL LEGADO DE LOS MAYAS

Capítulo 1: Un aliciente mas

Otoño de 1936 - Universidad Marshall, Connecticut

El aula estaba llena de estudiantes atentos, algunos con los codos sobre las mesas de madera,
otros garabateando notas apresuradas intentando seguir el ritmo del profesor Henry
"Indiana" Jones, mientras este recorría el estrado con pasos medidos. Su voz, firme y
cautivadora, llenaba la sala con historias de reyes, templos y civilizaciones perdidas.

"La arquitectura mesopotámica es una de las primeras manifestaciones de la grandeza de la


humanidad. Sus imponentes zigurats no solo servían como templos religiosos, sino también
como centros administrativos y comerciales. Estos colosos de ladrillo cocido se erguían como
un testamento al ingenio y la devoción de sus constructores." Relataba mientras cogía una
tiza y dibujaba bocetos en la pizarra de estas antiguas edificaciones

Indy hizo una pausa, observando a sus alumnos. Notó cómo algunas jóvenes en la primera
fila lo miraban con fascinación, una constante en sus clases como en su mesa que al final de
cada clase tenia mas notas de amor que trabajos de arqueología.

"Tomemos como ejemplo el zigurat de Ur," continuó, deslizándose con naturalidad por la
sala. "Construido por orden del rey Ur-Nammu alrededor del 2100 a.C., esta maravilla se
alzaba en el centro de la ciudad como una escalera hacia los cielos, simbolizando la conexión
entre los dioses y los mortales. Y a pesar del paso de milenios, sus ruinas aún nos hablan de
la grandeza de su pueblo."

Un estudiante alzó la mano, interrumpiendo su discurso. "Profesor Jones, si los zigurats eran
templos religiosos, ¿quiere decir que la gente común no podía entrar?"

Indy asintió. "Buena pregunta, Sr. Collins. En su mayoría, el acceso estaba restringido a los
sacerdotes y a la élite gobernante. Se creía que la cima del zigurat era el lugar donde los
dioses descendían para comunicarse con los humanos. Para la gente común, la vida giraba en
torno a los mercados y templos menores a nivel del suelo."

Otro estudiante, un joven de gafas gruesas, levantó la mano. "¿Se sabe si tenían cámaras
secretas o pasajes ocultos?"

Indiana sonrió con complicidad. "La idea del misterio siempre es tentadora, ¿verdad? Hay
registros de algunas estructuras con cámaras internas, pero en su mayoría eran utilizadas
para almacenar ofrendas o inscripciones conmemorativas. Aunque, claro, siempre existe la
posibilidad de que aún haya secretos ocultos bajo las arenas del tiempo."
El murmullo de un reloj al fondo del aula le indicó que su tiempo estaba por terminar.
Consultó su propio reloj de pulsera y, tras un instante de reflexión, cerró su carpeta de notas
con un golpe seco.

"Bien, por hoy es suficiente. Para la próxima clase, lean los capítulos tres y cuatro sobre la
influencia acadia en la arquitectura sumeria, prestad especial a las anotaciones de
Carppenter, hablaremos de ellas en la próxima clase. Y recuerden: la arqueología no se basa
en encontrar tesoros, sino en trabajar la historia."

Los estudiantes comenzaron a recoger sus cosas y abandonar el aula, pero antes de que Indy
pudiera dirigirse a su escritorio, un hombre de mediana edad, con un bigote bien recortado y
una chaqueta de tweed impecable, se acercó con su característica sonrisa afable.

"Indy, viejo amigo," dijo Marcus Brody, con un brillo entusiasta en los ojos. "Debemos
hablar."

Indiana se quitó las gafas y suspiró. "¿Esto es sobre otra fiesta inaugural en el museo,
Marcus? Porque si es así, me temo que estaré demasiado ocupado..."

Marcus negó con la cabeza y puso una mano sobre el hombro de Indy. "No, no, esto es algo
mucho más grande. Una posible aventura fascinante, de esas que solo a ti te podrían
interesar." Se inclinó un poco y bajó la voz. "Las reliquias mayas."

El arqueólogo arqueó una ceja escéptico y cruzó los brazos. "Vamos, Marcus, dame algo más.
Intrígame."

"Hace unas semanas, adquirimos en el museo un cargamento de artefactos traídos por una
expedición británica. Tallados, tablillas, una serie de máscaras funerarias... Pero hay algo
más. Entre los objetos hay un mapa, Indy. Un mapa que parece indicar la ubicación de un
templo desconocido en las profundidades de la selva de Guatemala."

Indiana frunció el ceño. "Los mayas construyeron miles de templos. ¿Qué tiene este de
especial?"

Marcus sonrió. "Según las inscripciones, podría estar vinculado a un antiguo culto olvidado.
Un lugar de sacrificios... y de algo más. Algo que la expedición no logró descifrar."

Indiana masajeó su barbilla. Aunque trataba de resistirse, sentía el cosquilleo de la


curiosidad trepando por su espina dorsal. La arqueología era su pasión, pero la aventura... la
aventura era su verdadera razón de ser.

"Bien," dijo finalmente, esbozando una media sonrisa. "Muéstrame ese mapa."

Marcus rápidamente sacó un sobre de su chaqueta y se lo entregó. "Ven a mi oficina. Lo


discutiremos allí con más detalle."

Indiana tomó su maletín y asintió. Mientras se encaminaban por los pasillos de la


universidad, no podía evitar preguntarse ¿Estaba dispuesto a sumergirse en otra peligrosa
aventura cuando apenas había terminado la última con vida?
Capítulo 2: La senda de los dioses

Universidad Marshall, Despacho de Marcus Brody - Otoño de 1936


La oficina de Marcus Brody era un santuario, una oda a la historia y la cultura. Estanterías
repletas de tomos antiguos cubrían las paredes, bustos de filósofos griegos se alineaban en
las vitrinas, y mapas antiguos yacían desenrollados sobre su amplio escritorio de madera
maciza. La habitación desprendía el inconfundible olor a pergamino viejo y cuero envejecido.

Indiana se desaflojo la pajarita y quitó el sombrero colocándolo sobre una silla, mientras
Marcus abría un sobre con sumo cuidado sacando un pergamino raído y amarillento cubierto
de símbolos mayas difusos.

Indy lo cogió con delicadeza y lo desplegó sobre la mesa, sacando su diario de cuero
desgastado. Examinó las inscripciones, comparándolas con los apuntes que había recabado
con el tiempo. Sus dedos trazaron los caracteres con cautela, sintiendo las fibras de la
historia en la yema de sus dedos, murmurando fragmentos de traducciones mientras su
mente intentaba descifrar la información, encajando las piezas.

Marcus lo observaba con una mezcla de impaciencia "¿Algo familiar?"

Indiana frunció el ceño y tomó un trozo de tiza, acercándose a la pizarra que colgaba en la
pared. Dibujó algunos de los símbolos y comenzó a analizar las posibles traducciones.

"Este glifo aquí... podría referirse a un 'camino sagrado', una pasarela directa a los Dioses,
pero eso es muy ambiguo en esa época los ritos y los templos eran un canal de comunicación
con los dioses, pero esta estructura ciertamente es inusual. No es común dentro de los
registros mayas descubiertos hasta ahora, nunca han expresado un significado igual."

Se giró y revisó sus notas anteriores, hojeando frenéticamente páginas llenas de anotaciones
escritas a mano. Finalmente, golpeó una de ellas con el dedo.

"Aquí está. Hace años encontré una inscripción similar en una estela en Copán, pero estaba
muy erosionada por las lluvias torrenciales, solo se podía atisbar una forma abstracta.
Parecía hablar de un 'lugar donde los dioses dormían'. Si estos símbolos coinciden, entonces
este templo podría ser más que un simple sitio ceremonial."

Marcus se inclinó sobre la mesa, visiblemente intrigado. "¿Crees que pueda tratarse de un
santuario perdido?"

Antes de que Indiana pudiera responder, la puerta del despacho se abrió con suavidad y una
figura familiar se asomó por el umbral.

"Así que aquí estabas," dijo Marion Ravenwood con un tono casual. "Fui a buscarte para ir a
casa y me dijeron que estabas con Marcus. Hola Marcus"

Indiana levantó la vista y la observó por un instante, sorprendido. "Ma..ma..rion, Marion


cariño" tartamudeo, dejando la tiza en el borde de la pizarra. Ella entró con paso seguro,
cruzando los brazos. "¿Otra trepidante locura, Jones?"

Marcus, con una sonrisa cómplice, recogió un libro del escritorio y se lo pasó a Indiana.
"Digamos que está a punto de embarcarse en algo que sin duda captará su interés."
Marion arqueó una ceja. Indiana suspiró. "Es un mapa. Un templo maya desconocido. Y
puede que haya algo ahí que valga la pena investigar."

Marion lo miró por un momento antes de sacudir la cabeza con una sonrisa irónica. "No
puedes evitarlo, ¿verdad?"

Indiana sonrió de medio lado. "No sería divertido si lo hiciera."

Capítulo 3: Preparación en curso

Otoño de 1936 - Casa de Indiana Jones, Connecticut


La noche se cernía tranquila sobre Connecticut, con el suave murmullo de las hojas
meciéndose con la brisa otoñal. La casa de Indiana Jones en las inmediaciones del campus
universitario, una modesta pero acogedora residencia de ladrillo rojo y madera reflejaba la
personalidad de su dueño: un caos organizado de libros apilados, artefactos esparcidos sobre
las mesas, exámenes sin corregir mezclados con mapas de civilizaciones que habían dejado
de existir siglos atrás.

Marion se dejó caer en el sofá, cruzó las piernas y observó a Indy con una mezcla de burla y
curiosidad. "Bien, Dr. Jones, ¿Qué tesoro inestimable te ha atrapado esta vez? Ilumíname"

Indy encendió una lámpara de escritorio y extendió sobre la mesa el mapa que Marcus le
había mostrado. "Este mapa es diferente a los que he visto antes. Tiene inscripciones en un
dialecto maya que no es común. Algunas de estas marcas hacen referencia a un 'camino
sagrado', pero las estructuras no coinciden con los registros conocidos."

Marion se inclinó hacia adelante, observando los trazos gastados del pergamino. "Eso suena
como otra de tus geniales aventuras, ¿Te recuerdo como acabo la última?

Indy sonrió mientras pasaba las yemas de los dedos sobre las inscripciones. "¿Lo
conseguimos no? No lo negaré cariño. Pero mira esto." Tomó su diario de cuero y lo hojeó
hasta una página llena de bocetos y glifos. "Hace años, en Copán, encontré una inscripción
similar, pero estaba erosionada. Hablaba de un 'lugar donde los dioses dormían'. Si estos
símbolos coinciden, podría ser más que un simple templo ceremonial, un tesoro"

Marion arqueó una ceja y sonrió con ironía. "¿Y qué exactamente encontrarás allí, Indy? ¿Un
grupo de dioses durmientes esperando que los despiertes?"

“Marion, sabes lo que puede significar encontrar esta cultura desconocida, el avance que
haríamos sobre los mayas, nos situaríamos años luz de lo que ahora sabemos” Indy se apoyó
en la mesa, pensativo. "Podría tratarse de un santuario olvidado, un sitio de gran
importancia para la civilización maya, quizá incluso relacionado con un mito aún no
documentado. Y si el mapa es exacto, podría guiarnos a él."

Marion suspiró y se reclinó en el sofá. "Entonces supongo que pronto estaré empacando mi
equipaje otra vez."

Indy se giró hacia ella con una sonrisa ladeada. "¿Tú? Pensé que habías tenido suficiente de
mis aventuras."

Marion rodó los ojos. "Oh, vamos. ¿De verdad crees que voy a dejarte ir solo a otra de estas
locuras? Alguien tiene que asegurarse de que vuelvas vivo."

Indy soló una risa baja mientras enrollaba el mapa y lo guardaba en su estante. "Bueno, en
ese caso, supongo que intentare hacerte un hueco."

Marion le lanzó una mirada de advertencia. "Y también podrías intentar no meternos en
problemas desde el primer día."

Indiana se encogió de hombros con una sonrisa traviesa. "Lo intentaré... pero no prometo
nada."
Se sentó junto a su escritorio, abrió una carpeta llena de documentos y sacó un informe de la
expedición británica a Yucatán. "Mira esto. Hace cinco meses, un grupo de arqueólogos
ingleses dirigido por el Dr. William Lockwood exploró las ruinas de un sitio no catalogado en
la selva de Guatemala. Encontraron tablillas y fragmentos de piedra con glifos extraños."

Marion frunció el ceño. "¿Lockwood? Mi padre lo menciono alguna vez. Se especializa en


mitos y leyendas mesoamericanas."

Indy asintió. "Según su informe, hallaron un altar decorado con glifos que mencionan un
artefacto llamado 'El Corazón del Sol'. Pero antes de poder continuar, un derrumbe bloqueó
su acceso y abandonaron la excavación."

Marion se cruzó de brazos. "¿Y tú crees que este artefacto sigue allí, esperando a que un
aventurero con sombrero y látigo lo encuentre?"

Indy se reclinó en su silla. "Si Lockwood tuvo razón, este templo podría ser el último vestigio
de una civilización maya desconocida. Y si los mayas construyeron templos para ocultar sus
mayores tesoros, este 'Corazón del Sol' podría valer la pena."

La noche avanzaba, y mientras Indy revisaba documentos y anotaciones, alguna vez echaba
un vistazo fugaz a la figura que dormitaba en el sofá, una sombra de preocupación cruzó su
rostro. Había algo en ese mapa que no terminaba de encajar. Una pieza faltante en el
rompecabezas, su mente divago hacia la última expedición que había hecho sobre territorio
maya en Copan, como ayudante del famoso arqueólogo Abner Ravenwood. La última
excavación que realizo con su mentor.

Verano de 1926 - Asentamiento arqueológico de Copán, México

La selva mexicana era un universo de sonidos y colores, donde el calor y la humedad se


fundían en un abrazo ineludible. En un campamento improvisado, formado por tiendas
raídas y toldos polvorientos, el ambiente vibraba con la emoción de la exploración y el
murmullo constante de la naturaleza. Era verano, y la noche se acercaba con la promesa de
revelar secretos ocultos entre las sombras de la jungla.

Un joven Indiana Jones se encontraba absorto en sus estudios, sentado bajo la sombra de un
robusto árbol. Con un cuaderno de tapas gastadas en mano, registraba con entusiasmo cada
glifo y cada símbolo que encontraba en las ruinas cercanas. Su mirada, llena de
determinación y curiosidad, parecía decir que cada trazo era un mensaje del pasado, una
pista hacia misterios por desvelar. A su alrededor, el campamento bullía de actividad, pero
para él, el tiempo se detenía cuando se sumergía en las páginas de sus notas.

Sentado a cierta distancia, con la vista fija en su propio mundo de descubrimientos, Abner
Ravenwood —un hombre de porte sereno y mirada aguda— observaba al joven arqueólogo.
Con una taza de metal llena de café amargo en mano. Abner se concentraba en la
planificación de la siguiente jornada, discutiendo con otros miembros del equipo sobre rutas
y estrategias. Para él, la expedición era la prioridad; los artefactos y las inscripciones eran el
verdadero tesoro. No prestaba atención a las miradas furtivas ni a los silencios cargados que,
sin querer, se escapaban entre el resto de los exploradores.
“Indiana, mañana nos espera un día duro. Procura descansar hoy por la noche, no quiero
verte cerca de la hoguera con el resto del equipo” advirtió el hombre mayor, mientras se
pasaba la mano por la incipiente barba de varios días en un intento de escapar del cansancio.

“Vamos Abner, sin un poco de diversión para aliviar la tensión perderás la cabeza entre
ruinas y glifos abstractos” respondió el chico sin apartar la mirada de sus notas

“Henry Jones, te he advertido, desde luego eres el holgazan con mayor talento que ha pasado
por mis manos” dijo el arqueologo mientras se levantaba abandonando la tienda dejando que
el peso de las palabras quedara en el aire.

En ese mismo campamento, una figura se deslizaba entre las sombras con una timidez
determinada. Marion, una joven de 17 años, cuyos ojos destilaban tanta curiosidad como
rebeldía, se negaba a dejarse atrapar por las estrictas órdenes de su padre. Aunque se le
había advertido que debía permanecer en la tienda enfrascada en sus tareas, su espíritu libre
la impulsaba a recorrer los senderos, a escuchar las voces de quienes se aventuraban en el
mundo de lo desconocido. Su corazón latía con fuerza cada vez que veía a Indiana inclinarse
sobre sus cuadernos, su mirada se desvía hacia el joven arqueólogo con frecuencia, tenia una
belleza ruda y tosca acompañado de ojos verdes brillantes y apasionados que te atrapaban.
Pero lo que mas intrigaba a Marion era su forma de ver el mundo, su deje de arrogancia y el
desenfreno por saltar a la siguiente aventura.

Por la noche cuando el campamento estaba sumido en un silencio casi sagrado y la mayoría
de los presentes descansaban, Indiana sintió la necesidad de salir a despejarse, a pesar de
hacer caso a su mentor de no reunirse en la hoguera con el resto no pudo evitar desvelarse
revisando una y otra vez sus hallazgos mas recientes. Su pobre mente no aguantaba más
tiempo cerca de la incesante maestría de Abner, alcanzo la pitillera del bolsillo de su camisa y
se llevó un cigarro a los labios prendiéndolo, suspirando con placer tras la primera bocanada.
Con pasos cuidadosos, se adentró en la espesura, guiado por la tenue luz de una lámpara de
aceite y el murmullo constante de la selva. Mientras caminaba por un sendero poco
transitado, notó el movimiento sutil de una sombra entre los árboles. Siguiendo su instinto,
se detuvo y avanzó con cautela hasta que, en un pequeño claro bañado por la luz plateada de
la luna, descubrió la silueta de una joven, Marion la hija de Ravenwood.

Allí, la joven se encontró apoyada contra el tronco de un árbol, mirando hacia el oscuro
horizonte, como si la selva le susurrara secretos. Su postura era a la vez frágil y decidida, y en
sus ojos se vislumbraba una mezcla de asombro y anhelo.

“¿Qué haces aquí sola?” preguntó Indiana, su voz cargada de genuina preocupación y
curiosidad. No había reproches en sus palabras, solo la intención de comprender.

Marion se sobresaltó y se giró rápidamente para conocer al intruso, encontrándose con la


mirada del joven arqueólogo. Durante unos instantes, el tiempo pareció detenerse: la brisa
acarició sus cabellos y el murmullo de la selva se transformó en un acompañamiento
silencioso. Con una leve sonrisa y un toque de timidez, respondió:

“No pude dormir” Indiana sonrió con complicidad y se acercó un poco más sentándose en el
mismo tronco que ella, dejando que la calidez de la noche y el brillo de la luna suavizaran la
distancia entre ellos.
“A tu padre no le va a hacer gracia que te alejes del campamento” dijo él, con un tono que
mezcla de seriedad y ternura

“¿Se lo vas a decir Indiana?. Jones dame un cigarrillo” Señalando el que se había prendido
hace unos minutos. “Marion, nos vas a meter en problemas, a los dos” Dice a pesar de
entregarle uno, cuando la joven se lo coloca en los labios acerca su mechero para
prendérselo, no puede evitar observar lo hermosa que es bajo la luz tenue de la llama. Sabe
que todavía es una niña, pero esta a años luz de las chicas de su edad. Sus ojos azules y los
hoyuelos que se le forman cuando le sonríe hacen que los pelos de la nuca se le ericen.

Ambos se quedaron unos momentos en silencio, compartiendo una mirada que parecía
traspasar la superficie del tiempo. Sin embargo, ese instante fue interrumpido bruscamente
por el crujido de unas ramas cercanas. La voz de Abner, autoritaria y distante se alzó en la
penumbra:

“¡Marión! Regresa al campamento. Es peligroso andar sola por la noche, y tú, Indiana, no
debes distraerte.”

Con una mezcla de fastidio y resignación, Marion esbozó una leve sonrisa mientras se
separaba escondiendo el cigarrillo disimuladamente en un agujero del tocón rugoso, dejando
a Indiana con una sensación de agridulce. El joven arqueólogo observó cómo la figura de la
mujer se desvanecía entre los árboles, sintiendo que algo se estaba quedando en el aire.
Abner, sin mirarlos, volvió a sus conversaciones sobre la expedición, dejando la escena sin
inmutarse, concentrada únicamente en los detalles arqueológicos.

Aquella noche, de regreso en su tienda, Indiana no pudo evitar repasar mentalmente el breve
encuentro. Mientras registraba sus notas, su mente se llenaba de imágenes: el brillo en los
ojos de Marion, la cadencia de su voz, y las pequeñas pecas que destacaban en su piel de
porcelana. Sin embargo, no se atrevió a darle mayor importancia, concentrándose en la labor
que tenía por delante. Para Abner y para el resto del equipo, la prioridad era el hallazgo de
antiguas inscripciones y artefactos, y cualquier otra cosa quedaba relegada al margen.
Capítulo 4: La Sombra del Pasado

Otoño de 1936 - Casa de Indiana Jones, Connecticut

La noche se había asentado con un manto de silencio en la modesta residencia de Indiana


Jones. A pesar de la calma exterior, en la sala de estar el ambiente estaba cargado de
inquietud. Tras horas de revisión minuciosa de documentos y mapas, Indy se quedó mirando
fijamente el viejo pergamino, tratando de encajar las piezas del rompecabezas. La luz tenue
de la lámpara iluminaba el rostro del arqueólogo, mostrando una mezcla de determinación y
duda.

Marion, que había mantenido un sueño ligero entrecerró los ojos intentando adaptarse a la
leve luminosidad de la habitación. Observo desde su posición privilegiada al hombre que
estaba de espaldas a ella, la tensión en sus hombros hacia que se le marcaran los músculos
del bíceps dándole una imagen deliciosa, se mordió el labio pensando en lo bien que se sentía
estar entre sus brazos. Se levantó del sofá sigilosamente y con pasos lentos se dirigió a la
ventana, donde las sombras danzaban en el cristal siendo lo único que se distinguía entre la
penumbra. Durante un momento, se quedó en silencio manteniendo su mirada fija, como si
buscara en la oscuridad las palabras. Cuando aparto la vista, encamino sus pasos
acercándose a Indy, oteando en lo que trabajaba por encima del hombre. Su mirada, a la vez
burlona y melancólica, se posó en el mapa extendido sobre la mesa.

“Jones, es tarde vamos a la cama” susurro en su oreja con suavidad intentando no


perturbarle, mientras le abrazaba por la espalda descansado el peso de su cuerpo sobre sus
hombros. Indiana sobresaltado por su voz y su toque levantó la mirada para observarla,
memorizando en silencio sus rasgos somnolientos pero definitivamente hermosos

“Marion, cada símbolo, cada inscripción... “empezó, pasando la mano con frustración por el
cabello despeinado “Son parte de un rompecabezas mayor que se extiende a través del
tiempo. Esta búsqueda no es solo por un tesoro perdido, sino por entender la esencia de una
civilización que dejó su huella en el mundo”
Levanta la cabeza que hasta hace un momento había estado reposando en su hombro, en una
posición ciertamente incomoda, dejando por el camino un beso con la boca abierta en su
cuello erizando los pelos de la nuca del arqueologo

“Déjame echar un vistazo, unos ojos frescos te ayudaran” susurro con un deje de ternura en
su voz mientras tomaba un antiguo dossier amarillento, cubierto de anotaciones y sellos de la
expedición británica. “Lockwood y su equipo se adentraron en la selva de Yucatán el 12 de
noviembre de 1936” relato Marion de manera banal asimilando los datos “Encontraron un
altar adornado con glifos y referencias a "El Corazón del Sol", un artefacto que
supuestamente garantizaba la prosperidad de un pueblo. Pero justo cuando estaban a punto
de profundizar la excavación, recogieron sus cosas y regresaron a Inglaterra. ¿Qué
arqueólogo que se precie abandona un descubrimiento así? Es raro Indiana”

Indiana asintió lentamente mientras hojeaba el dossier. “Cualquier cosa Marion, problemas
en el equipo o de egos, material insuficiente…El informe de Lockwood menciona que el altar
data aproximadamente del año 750 d.C., durante el apogeo del periodo Clásico. Se cree que
los gobernantes mayas utilizaban este lugar para comunicarse con el sol, buscando la
bendición divina para sus cosechas y su pueblo. Pero lo que me intriga es la mención de una
inscripción que habla de un “camino sagrado” que une este templo con otras estructuras
dispersas por la selva.”

Marion se alejo de él recostandose nuevamente en el sofá y cruzando las piernas, dejando


que su mirada se perdiera en un puto fijo lejos de allí mientras hablaba. “No me convence
Henry, hay algo que no huele bien en todo esto”

El hombre la observo fijamente desde su posición, nunca bajo ningún concepto lo llama
Henry, a menos que realmente quiera captar su atención. Vale es importante esta
preocupada de verdad pensó. Se levanta de su asiento y se sienta en el sofá junta a ella
dejando el brazo extendido para que se acurruque junto a su pecho, esta no desaprovecha la
oportunidad y se deja caer contra su cuerpo solido dejándose abrazar. “Mare, vamos, lo
resolveremos, sabes que por mucho que improvise sobre la marcha todo acaba saliendo bien.
Si quieres dar marcha atrás puedes quedarte aquí, prometo volver de una pieza” “ Hasta que
deje de salir bien Jones, no eres un maldito gato, no tienes siete vidas” exclamo ciertamente
enfadada pero sin separarse de él, Indiana no abrió la boca dejo que el silencio les invadiera
mientras dejaba que la yema de sus dedos vagara sobre la piel desnuda de sus brazos
calmandola.

“No me estoy echando atrás, únicamente algo no me cuadra y contigo nunca nada es
simplemente habitual” rompió el silencio sosteniendole la mirada dejando desvelar un
destello de miedo, Jones le intento tranquilizar otorgándole su mejor sonrisa ladeada antes
de coger su barbilla entre sus dedos obligándola a mirarle a los ojos, intentando transmitirle
con la mirada todo el amor que sentía por ella. Fue cerrando la distancia que les separaba
hasta posar sus labios contra los suyos en una leve caricia. “Vamos cariño, vámonos a la
cama” dijo casi sin separar sus labios, la recogió en sus brazos y la lleva a su dormitorio.

La posa sobre las sábanas dejando que la tenue luz revelara cada curva de su figura; Aquella
mujer que había vivido mil batallas, pero que aún sabía encender el fuego del deseo con tan
solo una mirada. Indiana avanzó con pasos decididos, y en un instante se unió a ella en la
cama disfrutando del simple hecho de abrazarla.
Sin mediar palabras, Marion tomó la iniciativa: sus manos recorrieron el rostro curtido de
Indy, rozando suavemente la piel mientras sus labios se encontraron en un beso profundo y
cargado de pasión, despertando en ambos una sed de intimidad reprimida. La atmósfera se
volvió densa, saturada de un deseo que crecía con cada segundo.

Con la premura de quien ya no puede contenerse, Marion se soltó de la ropa que hasta
entonces había sido su armadura. Cada prenda removida se convirtió en un acto de desafío:
la camisa que caía al suelo dejaba ver la firmeza de su torso, mientras la falda se deslizó
dejando al descubierto unas piernas que parecían esculpidas para la lujuria. Indiana,
hipnotizado por cada detalle, desabrochó lentamente su camisa, dejando al descubierto
músculos trabajados en mil aventuras y una piel curtida con los años.

Los dos cuerpos se encontraron en una danza de caricias y susurros. Marion, recostada sobre
la superficie de la cama, extendiendo sus brazos, invitando a Indy a recorrer cada centímetro
de su piel. Con manos temblorosas de ansia, Indiana comenzó a trazar el contorno de su
espalda, descubriendo cicatrices y huellas de aventuras pasadas que ahora se transformaban
en signos de una belleza indómita. Cada toque, cada roce, era un lenguaje silencioso en el
que se contaban secretos y se liberaban deseos olvidados.

La habitación se llenó de un aroma embriagador: la mezcla de la piel caliente, el sudor del


esfuerzo acumulado y el perfume sutil de Marion, que parecía invitar a perderse en un
torbellino de placer. Con un gemido ahogado, Marion arqueó su espalda y dejó que las
manos de Indiana se adentraran por el interior de sus muslos, recorriendo la piel suave y
húmeda que respondía al roce con un sutil estremecimiento. Cada caricia era una pincelada
en el lienzo de la pasión, y los gemidos que brotaban de sus labios se fundían con el
murmullo del viento que se colaba por la ventana entreabierta. Marion deslizó sus dedos por
la nuca de Indiana, atrayéndolo hacia ella. Sus labios se unieron de nuevo, esta vez con una
ferocidad contenida, mientras las manos se convertían en mensajeras de un deseo sin
límites. Indiana, sintiendo el calor y la humedad que recorrían el cuerpo de Marion, bajó la
mirada hacia la curva de sus pechos, observando la manera en que su piel se erizaba al tacto.
Con delicadeza, besó cada centímetro, desde la base del cuello hasta la sutil pendiente de sus
senos, marcando el camino hacia un placer inminente.

La tensión sexual se volvió casi tangible, y en un movimiento lleno de complicidad, Marion


apartó la cabellera que caía en cascada sobre sus hombros, dejando al descubierto un cuerpo
que hablaba de fuerza y ​vulnerabilidad a partes iguales. Ella se ofreció a Indiana sin reservas,
y él respondió con una intensidad que parecía desafiar la lógica del tiempo. La fuerza de su
abrazo, la firmeza de sus caricias, y el ritmo acelerado de sus respiraciones se unieron en una
coreografía de placer que se volvió cada vez más intensa.

Marion, sintiendo que cada latido del corazón marcaba el compás de su deseo, tomó el
control del momento. Con una mirada que combinaba determinación y pasión, invitó a
Indiana a posicionarse entre sus piernas, mientras ella se deslizaba lentamente sobre él, cada
movimiento orquestado para intensificar la conexión. Sus cuerpos se alinearon en una
perfecta armonía, y en ese instante, el mundo exterior desapareció: solo existían los
susurros, los gemidos y el calor compartido de dos almas que se reencontraban.

Indiana, con la experiencia de un hombre que había atravesado incontables peligros, se


entregó con una suavidad que desmentía su aspecto rudo. Con movimientos medidos y
apasionados, se adentró en Marion, sintiendo cómo el encuentro se transformaba en una
comunión perfecta de placer y pasión. La intensidad del momento crecía con cada
embestida, cada roce, y la sinfonía de sus cuerpos en movimiento llenaba la habitación.
Marion arqueaba la espalda, sus gemidos eran una mezcla de placer y súplica, y sus manos se
aferraban a la cabellera de Indiana, como si de esa manera pudiera retener el instante eterno
de su unión.

El vaivén se volvió casi hipnótico. Las sábanas, ahora arrugadas y enredadas, eran testigos de
una pasión que no se detenía ante nada. Indiana marcaba un ritmo firme, guiada tanto por el
deseo como por la ternura, mientras Marion se abandonaba a cada sensación, dejándose
llevar por la corriente de placer que la envolvía. El calor de sus cuerpos se combinaba con el
aroma de la piel mojada, creando una atmósfera en la que el tiempo parecía haber sido
detenido.

En un instante de cumbre, cuando las respiraciones se hicieron entrecortadas y los gemidos


alcanzaron una intensidad casi ensordecedora, Marion se entregó por completo a la
sensación. Con un grito suave y casi imperceptible, su cuerpo alcanzó el clímax, vibrando al
unísono con cada caricia de Indiana. Él, sintiendo la fuerza del placer que la recorría, se unió
al éxtasis, y en ese preciso momento, ambos parecieron trascender la realidad, fundiéndose
en un instante que era tan breve como infinito.

La explosión de placer dejó tras de sí un silencio cargado de complicidad. Los cuerpos, aún
entrelazados en un abrazo tierno, se mecieron lentamente en el remanso de la calma
placentera. Marion, con el cabello desordenado y la piel perlada de sudor, posó su mano
sobre el pecho de Indiana, sintiendo el palpitar constante de un corazón que había
encontrado, al menos por un instante, la paz en medio del caos.

En esa calma, las palabras sobraban. Solo se comunicaban con miradas intensas y susurros
apagados que prometían que, aunque la aventura llamara a la puerta, ellos siempre tendrían
ese refugio secreto donde el deseo y la pasión eran absolutos. La habitación, impregnada de
la fragancia del placer, parecía guardar el eco de cada gemido, cada caricia, como un relicario
de un momento irrepetible.

Marion acarició suavemente el rostro de Indiana mientras el sueño la invadía, dejando que el
ritmo de la respiración y latido de su pareja le adormeciera. Indiana siguió recorriendo con
caricias ligeras su espalda, memorizando cada lunar y muesca en su piel de porcelana
mientras el sueño también le iba invadiendo no antes de cubrirles con la ligera tela.

Consiguió dormir un par de horas seguidas antes de que la expectación y la incertidumbre le


invadiera, miro a Marion que dormitaba a su lado acurrucada sobre las sábanas dejando
fuera de la imaginación la figura perfecta de sus curvas, se aseguró de que estuviera dormida
antes de dejar su cálido cuerpo a su pesar para volver a su escritorio.

El silencio se hizo largo, y el único sonido era el leve crujir de los papeles y el murmullo
distante de la ciudad invernal. Indiana volvió a concentrarse en los documentos, trazando
con el dedo una línea en el mapa que parecía conectar varios puntos, un símbolo que no
encajaba con el resto de las inscripciones. El glifo parece marcar una ubicación que se
superpone con datos históricos que registran la existencia de pequeños asentamientos mayas
en la región del Petén, en lo que hoy es Guatemala. Si sus suposiciones son correctas, este
templo podría haber servido como un nexo ceremonial entre varias de estas comunidades
dispersas.

La noche se alargó, y entre documentos, fotografías y viejos diarios pasaron por sus manos al
igual que las horas. Cuando las luces del alba empezaron a rayar las paredes de la
habitación, la mujer que dormía volvió a recuperar la consciencia por segunda vez en una
noche, se estiro disfrutando de las protestas de algunos músculos de sus músculos, unas
agujetas ciertamente placenteras. Palpo la cama en busca de un cuerpo cálido, pero las
sábanas estaban frías, hacia horas que se había ido “Genial” murmuro “¿Indy?” Se levanto
con mucho esfuerzo de la cama recogiendo la camisa de Indiana por el camino y
poniéndosela por encima para recorrer los pocos metros hacia el baño.

Algo le decía que no era un buen día para levantarse de la cama, se sentía exhausta, unas
pocas horas de sueño repartidas en un sofá y en una cama juntado con actividades
extenuantes desde luego no era lo que se dice reparador para su cuerpo. Se apoyo en el
lavababo haciendo acopio de fuerzas para mirarse el espejo, el reflejo que le devolvía
definitivamente era peor de lo que imaginaba, parecía enfermizo, la piel pálida no le
favorecía.

Se lavo la cara para despejarse mientras sentía como un incesante dolor de cabeza
amenazaba con aparecer en cualquier momento, decidió que a pesar de ello su día ya había
empezado y había mucho trabajo que hacer. Bajo las escaleras en busca de su hombre,
pasando primero por la cocina poniendo a hervir la cafetera para hacer un café bien cargado
para ambos.

Indy lo primero que noto fue el aroma a café que inundaba la casa, Mare estaba despierta, se
lamentó en silencio, tenía la esperanza de regresar a su lado en la cama antes de que se
despertara, miro la hora en su reloj de pulsera, apenas eran las seis de la mañana, los
pequeños ruidos que venían de su cocina cesaron y fueron sustituidos por pequeños pasos
recorriendo el pasillo. Marion apareció con dos tazas de café, pero su rostro dibujaba una
expresión fatigada y la piel pálida combinaba con unas profundas ojeras. Indiana lo notó, a
pesar de que había conseguido dormir no parecía que hubiera descansado y se sintió
culpable “¿Estás bien, Marion?”

Ella sonrió, pero a media asta, su sonrisa no llego a sus ojos, pero no desperdicio la
oportunidad de burlarse de él “Claro, si alguien no desapareciera de mi cama tan pronto a lo
mejor descansaría mejor” dijo mientras se acercaba a él y depositaba un beso suave en sus
labios y le entregaba la taza cargada hasta arriba de café, se tomó la libertad de echarle un
chorrito de Bourbon “¿Segura que solo es eso?” dijo agarrándola del brazo antes de que se
alejara preocupado por ella “Indy, no son los años es el kilometraje y créeme vaquero que de
eso tengo mucho”

Indiana la observó en silencio, pero decidió no insistir, respetando el silencio que ella había
elegido. La madrugada fue testigo de nuevos descubrimientos. Indiana, revisando una vez
más el dossier de Lockwood y se enfrasco en un intenso dialogo plegado de teorías y
hallazgos con la joven que estaba a su lado. Mientras la conversación se intensificaba, la
primera luz del alba comenzó a colarse por las ventanas. El ambiente en la casa de Indiana,
impregnado de conocimiento y emoción, parecía estar a punto de dar un giro decisivo
Capítulo 5: Rumbo a la Selva

Otoño de 1936- Residencia del Dr. Jones, Connecticut

El alba asomaba con tímidos rayos de luz sobre la modesta casa en Connecticut, marcando el
inicio de un día que prometía tanto emoción como peligro. En la cocina, el aroma penetrante
del café recién hecho se mezclaba con el leve murmullo del viento otoñal que se colaba por la
ventana. Marion, aún con evidentes señales de cansancio y una palidez sutil que se hacía
notar en su rostro, se movía con una mezcla de determinación y reserva. Sus manos
temblorosas, al rellenar con el líquido caliente las dos tazas de porcelana que habían vaciado
con avidez, denunciaban un malestar que ella misma intentaba minimizar.

Indiana que había regresado a la habitación para asearse y cambiarse, se sentía un hombre
nuevo. Una ducha, un buen café y un cambio de vestuario era todo lo que necesitaba, se
colocó su compañero de aventuras, calándose sobre la cabeza su inconfundible sombrero
fedora, la chaqueta de cuero raída por el uso pedía un cambio urgente pero la comodidad de
la tela le hacían reticente a cambiarla, la camisa caqui se adaptaba a su cuerpo dándole un
toque rudo al remarcar estratégicamente todos sus músculos y los pantalones cargo
acompañados por un látigo complementaban su vestimenta. Acepto con gratitud la taza que
le ofrecía Marion mientras la veía alejarse para subir las escaleras, mirando con deseo sus
largas piernas desnudas al descubierto ya que solo vestía su camisa, únicamente… su camisa.
Dios esta mujer iba a ser su muerte.

Indy volvió a la sala y con gesto sereno, repasó una y otra vez el antiguo pergamino en el que
se esbozaban los signos de un templo maya desconocido.

“Marion, la selva es tan caprichosa como la historia misma. Lo que hemos visto en los
documentos, las inscripciones y en nuestros recuerdos, nos habla de algo más grande que un
simple tesoro. Es la oportunidad de desentrañar un secreto milenario” dijo Indy, con la voz
grave y pausada cuando la vio reaparecer a su lado ocultado sus rasgos en el borde de la taza
mientras le daba un largo sorbo.

Marion esbozó una leve sonrisa, aunque sus ojos, de un verde intenso, dejaban entrever una
sombra de inquietud. Sin embargo, el tiempo era implacable y el destino no esperaba. Con el
desayuno finalizado y la lista de provisiones verificada (entre machetes, brújulas, cuadernos
de notas y unas cuantas reliquias que Marcus Brody había gestionado con esmero), la pareja
se dispuso a abandonar la seguridad de su hogar. La jornada de hoy no era menos que el
primer tramo de un viaje que los llevaría, a través del Caribe, hasta la densa e impenetrable
jungla de Guatemala.

“Vamos, Marion, no te retrases o perderemos el vuelo” dijo Indiana mientras se aseguraba


que la casa quedara cerrada y que no se olvidaran nada. Recolocándose su sombrero metió el
valioso pergamino en el bolsillo interior de su chaqueta cuanto más cerca suyo mejor.

La caminata hasta el viejo Ford que aguardaba en la acera se convirtió en un breve pero
significativo ritual. Cada paso parecía resonar con la memoria de expediciones pasadas,
aquellas en las que el peligro y la maravilla se entrelazaban de forma inseparable. Una vez en
el vehículo, se acomodaron en los asientos de cuero blanco, mientras el motor del Ford rugía
suavemente mientras avanzaban por carreteras de tierra y asfalto. La conversación era
escasa; un silencio placentero se apodero de ellos. Marion se apoyó en el asiento, intentando
reprimir la sensación punzante en su cabeza dejando que su cabeza cayera hacia atrás
cerrando los ojos. Indiana, al volante, se concentraba en la ruta, pero no pudo evitar lanzar
una mirada preocupada de reojo hacia ella.

“Marion, sino te sientes bien podemos retrasar la expedición” inquirió con tono suave,
sabiendo que en ocasiones ella tendía a subestimar su propio bienestar con tal de no
decepcionarlo, nada mas lejos de la realidad, le había costado asumirlo pero Marion era su
prioridad.

“Estoy bien, Indy. No te preocupes” respondió ella con una leve sonrisa, aunque en sus ojos
se notaba la lucha interna por mantener la compostura. La ruta los condujo hasta un
pequeño aeródromo en la costa, un lugar modesto pero lleno de vida, donde el bullicio de los
viajeros y el traqueteo de las maletas anunciaba un nuevo viaje. Allí, un viejo biplano, que
había surcado los cielos durante años, esperaba para embarcarlos en un vuelo a través del
Caribe. La estructura del avión, algo desgastada pero robusta aguantaría los envites del viaje.

El piloto, un hombre de mediana edad con un inconfundible bigote y un brillo pícaro en los
ojos, los recibió con un cordial “¡Buenos días, señores!” mientras se aseguraba de hacer las
ultimas comprobaciones y puestas a punto para que todo estuviera en orden para el
despegue. Indiana dejo su equipaje en el suelo y se acercó a dar la mano al entusiasta piloto.

“Soy el Dr. Jones, y esta es mi compañera, Marion Ravenwood. ¿Todo listo para partir?”

El piloto, con una risa breve y sincera, asintió “Por supuesto doctor, este biplano está
preparado y aguantara lo que le eches, es fuerte” finalmente embarcaron acomodándose en
sus asientos, antes de que los motores rugieran Marion ya estaba durmiendo apoyada sobre
el hombro de Indiana.

Mientras el avión se desplazaba lentamente por la pista, la cabina se llenaba de un ambiente


casi ceremonial. Los instrumentos, medidores y velocímetros tomaban vida anunciando el
inminente despegue. Indiana se acomodó en su asiento sin molestar a la mujer que dormía
sobre él, desde la ventanilla, contempló el horizonte un momento antes de calarse el sombre
tapándose los ojos y dejando que el sueño finalmente le alcanzara. Abajo, la tierra se abría en
un mosaico de campos y caminos; arriba, el cielo ofrecía un lienzo azul salpicado de nubes
blancas,

A las pocas horas de vuelo la joven despertó sobresaltada, una pesadilla, esta vez Indiana no
llegaba a tiempo y las llamas y el humo la consumían en la cabina de ese avión. Giro la cabeza
y vio que el hombre a su lado dormía, por lo que decidió limitarse a observar el paso de las
islas y el incesante océano que rodeaba el Caribe. Cada tanto, su mano se llevaba a la sien,
como intentando sofocar un dolor que crecía imperceptible.

Otoño de 1936- Oficinas de las Schutzstaffel, Prinz-Albrecht-Straße Berlin

En una sala distante, en el corazón mismo del Tercer Reich, un despacho lúgubre asociado en
un rotulo pintado en el cristal de la puerta, Dr. Klaus Adler, un arqueólogo muy cercano al
Führer, encargado de seguir sus máximos deseos en los artefactos ocultistas de la
antigüedad. Un hombre alto, con el pelo pajizo y quebradizo, de porte altivo y mirada gélida,
repasaba con minuciosidad una serie de documentos y mapas antiguos que había arrebatado
a ese estúpido inglés, en el momento que vio que su expedición interfería con los deseos del
dictador dejo todo atrás. Con voz medida y cargada de ambición, susurró:

“Este pergamino… contiene la clave para desvelar el misterio del “Corazón del Sol”. Ya nos
quitamos de en medio a unos inútiles para que ahora aparezcan otros, debemos seguir de
cerca a los americanos. El artefacto debe ser nuestro, para el glorioso Führer”

Hizo un gesto con su mano enguantada en cuerno negro, llamando a uno de sus
lugartenientes

“Prepara a nuestros agentes y coordina la intercepción. Que la selva se convierta en la trampa


perfecta para Jones y su equipo. El destino de este tesoro ancestral está en juego, y yo no
aceptaré un error. El [Link] es escurridizo, un ladrón de tumbas de fama mundial por lo
que espero que estéis a la altura que requiere la misión y si es necesario aplastar a la
amenaza. ¿Entendido?”

La fría determinación de Klaus Adler se esparcía, convirtiéndose en una amenaza latente


que, aunque lejana, ya se filtraba en cada rincón del destino de Indiana Jones.
Octubre de 1936, Océano Pacifico

De vuelta en el biplano, las horas se deslizaron en medio de turbulencias ocasionales. Cada


sacudida hacía vibrar la estructura del avión despertando a Indy, que mantuvo la atmosfera
silenciosa viendo el perfil de Marion que parecía abstraída en sus pensamientos. Decidió
dejarla tranquila cuando fuera necesario ya vendría a él, siempre lo hacía. Las turbulencias
se hicieron más intensas, Indiana, acostumbrado a estos sobresaltos, mantenía la calma,
pero entrelazo sus dedos con Marion. La mujer se concentró en la sensación de calidez que le
daba tener su mano apretando la suya, reprimiendo su inquietud.

“¿Te acuerdas de aquella vez en el Templo de la Serpiente” comentó Indy en voz baja, casi en
un murmullo íntimo, mientras observaba el incesante paso de las nubes?

Marion asintió, dejando escapar una leve risa. “Sí, fue un día lleno de peligros y sorpresas…
aunque tus métodos, Jones, siempre lograban sacarnos de los embrollos”

Verano de 1926 - Asentamiento arqueológico de Copán, México

La madrugada había cedido el paso a un alba pálida y brumosa en la selva mexicana. Los
primeros rayos de sol se colaban entre las hojas, dibujando patrones dorados en el suelo
húmedo, mientras la expedición aún dormitaba en un silencio inquietante. Indiana, envuelto
en el eco de la noche seguía dando vueltas en su catre, se levantó sobresaltado con gotas de
sudor frio bajándole por la espalda los recuerdos de Marion asaltaban su mente. Con el
cuaderno de notas aún en su regazo y el humo del cigarro impregnando el aire frío de la
madrugada, sus pensamientos divagaban entre enigmas sin resolver y la ineludible atracción
que sentía por la niña de mirada inquieta.

Mientras se ponía en pie, su mente repasó cada palabra y cada gesto de la noche anterior. La
imagen de Marion, apoyada contra aquel árbol centenario, con la luz lunar delineando su
silueta, se mezclaba con la voz autoritaria de Abner, definitivamente recordar que la joven
con la que había hablado ayer era la niñita de Abner, su mentor y como su segundo padre era
aliciente suficiente para alejarse de ella como si fuera la peste, pero había algo en esa
mirada… que nada, la obligación lo llamaba: la expedición no podía detenerse por emociones
absurdas y sin sentido ¡Por Dios es una cría de 17 años! el hallazgo de las inscripciones
antiguas era la prioridad.

Con paso decidido, Indiana salió de su tienda y se dirigió hacia un pequeño fogón ya
apagado, donde unos pocos compañeros se preparaban para la jornada. A lo lejos, se divisaba
la silueta de Abner Ravenwood, que seguía su rutina diaria, se levantaba leía un capítulo de
las memorias de su referente Howard Carter mientras paseaba por el campamento en lo que
él llamaba su “ejercicio vespertino” para estirar las piernas y se disponía a preparar una olla
de café bien cargado.

“Jones” sentenció Abner al notar la presencia del joven arqueólogo “Hoy nos espera una
jornada de arduo trabajo. Los glifos que encontraste anoche podrían ser la clave para
descifrar el templo desconocido debemos movernos con cautela. No basta con descubrir, hay
que comprender la esencia que desprende”
Indiana asintió, sabiendo que cada palabra de Abner era un consejo forjado en la
experiencia. Sin embargo, su mente divagaba en la imagen de Marion, y una extraña
incertidumbre se apoderaba de su ser, pero volvió a fijar su mirada en su mentor borrando
de golpe cualquier imagen de la niña.

Después de prepararse y vestirse adecuadamente para ello, con el cuaderno en mano, se


encaminó hacia el norte del campamento donde se vislumbraba un sendero que conducía a
antiguas estructuras se abría en una pequeña explanada que había investigado días atrás. Los
restos de una civilización olvidada emergían de entre la maleza, columnas erosionadas,
esculturas que alguna vez representaron dioses y criaturas míticas, y jeroglíficos dispersos
contaban la historia de un pueblo que había dejado su huella en la tierra. Indiana se agachó
junto a una de las columnas, pasando sus dedos por las inscripciones talladas en la piedra.
Cada trazo era un eco del pasado, una ventana a ritos y creencias que se perdían en la
inmensidad del tiempo.

“Estos símbolos hablan de un sacrificio, de una ofrenda a fuerzas que trascienden la


comprensión humana” murmuró para sí mismo, intentando enlazar las pistas que
encontraba con las crónicas de antiguos exploradores y místicos. La tensión se hacía
palpable, y cada instante parecía encerrar un misterio a punto de desvelarse.

Mientras Indiana se sumergía en sus estudios, el murmullo de la selva se transformaba en un


concierto de sonidos: el trino de los pájaros, el susurro de las hojas y el lejano retumbar de
un río. En ese instante, sintió una presencia a su espalda. Giró con rapidez, encontrándose
cara a cara con Marion, cuyos ojos brillaban con determinación.

“Hola Jones” dijo la niña tranquilamente cuando vio que el hombre noto su presencia. El
arqueólogo se quedó paralizado en el sitio, encontrarse con ella no entraba en sus planes,
menos a más de 1 hora de camino del campamento y solos.

“Marion, ¿Qué demonios? ¿Qué haces aquí?” pregunto mientras se levantaba de un salto, la
cara se le puso roja de la ira “¡Tu padre tiene que estar buscándote!” exclamo antes de que
pudiera contestar “Vamos, nos vamos otra vez al campamento” dijo mientras la agarraba del
brazo tirando de ella

“Jones, para, ¿Qué haces? Soy mayorcita para saber dónde quiero estar y Abner es mi
problema no el tuyo” grito la niña mientras intentaba zafarse del agarre férreo de Indiana
“Además ¿Qué hay? Una hora de camino hasta el asentamiento, entre que me llevas, das
explicaciones a mi padre y vuelves perderás todo el día, vamos Indy déjame quedarme no
aguanto ni un día más encerrada en mi tienda mientras el resto hacéis cosas interesantes”
protesto la joven mientras clavaba su mirada en la del hombre, poco a poco este fue soltando
su agarre y se alejó un par de pasos manteniendo una distancia prudencial. La escruto
silenciosamente durante un par de minutos, dejando reflejar su ira con la mirada, aunque
sabía que debía regresar al campamento, la niña tenía razón perdería todo el día. Con un
suspiro, guardó el cuaderno

“ Quédate conmigo, pero por lo que más quieras ten cuidado y no toques nada” Exhalo Indy
con impaciencia y frustración mientras se quitaba el sombrero y se revolvía el pelo, aunque
no pudo evitar que una pequeña sonrisa tirara de la comisura de sus labios cuando vio que
los ojos de la niña brillaban y asentía emocionada “ Si, sí lo que tu digas, gracias Indy”
exclamo efusivamente, tanto que Indiana pensó que le iba a abrazar y retrocedió un par de
pasos más aunque en contra de su mejor juicio pensó como se sentiría tenerla entre sus
brazos.

Ambos se internaron en la espesura, alejándose cada vez más de la seguridad del


campamento y adentrándose más en la profundidad de la selva. Caminaban en silencio,
dejando que la naturaleza los guiara. La vegetación se volvía más densa y los sonidos se
transformaban en una melodía hipnótica que parecía marcar el paso del tiempo. La
atmósfera estaba cargada de una tensión palpable, una expectativa que se respiraba en cada
brizna de aire.

Poco después, llegaron a una pequeña laguna oculta, cuyos reflejos plateados mostraban el
cielo y los árboles en un espejismo encantado. En el centro de la laguna, medio sumergida
entre la maleza, se podía distinguir la silueta de lo que parecía ser una estructura tallada en
piedra. Indiana sintió cómo su corazón se aceleraba al comprender que ese podría ser el
templo del que hablaban las inscripciones. Una mezcla de emoción y temor lo invadió

“Mira, Marion” susurró Indiana señalando hacia la estructura “Si mis cálculos son correctos,
este templo podría ser la clave para descifrar la enigmática ofrenda. Se dice que aquellos que
se atreven a acercarse demasiado, a veces, desatan la furia de los antiguos dioses.”

La niña asintió con determinación absorbiendo y relacionando los conocimientos que el


arqueólogo había ido relatándole por el camino, ella podía interpretar algún glifo, pero no al
nivel de Indy y menos al de su padre. Su espíritu rebelde y su inquebrantable curiosidad la
impulsaban a ir más allá de lo permitido, a desafiar tanto las normas del campamento como
los límites impuestos por el miedo. Con pasos firmes, se dirigieron hacia la orilla de la
laguna, dejando que el agua fría acariciara sus pies

“Marion, ¿Dónde vas? Espérame puede haber más de una trampa” grito Indy corriendo
detrás de ella, cuando vio que la niña ya iba varios metros por delante de el metida ya en la
orilla

Al llegar a la base de la estructura, notaron que la piedra, aunque erosionada por el tiempo,
conservaba un aura de majestuosidad y enigmática solemnidad. Inscripciones casi ilegibles
se mezclaban con relieves que representaban figuras mitológicas, guerreros y deidades
olvidadas. Indiana sacó su cuaderno y comenzó a esbozar los trazos, intentando descifrar el
mensaje oculto en aquellas marcas. Cada símbolo parecía contar una historia, un relato de fe,
poder y sacrificio.

Mientras tanto, la brisa se intensificó y un murmullo surgió del interior del templo. Los dos
se miraron, conscientes de que estaban a punto de adentrarse en lo desconocido. Marion,
con la mirada fija en la entrada oscura, murmuró el emblema escrito en los marcos de la
entrada

“Dicen que este lugar fue consagrado a un dios del inframundo, el gran Kukulcán, y que
aquellos que osan perturbar su descanso, son perseguidos por sombras de otro mundo”

“¿Kukulcán? El dios del viento, la legendaria…serpiente humana” maldijo Indy con la voz
entrecortada. Serpientes, siempre tienen que ser serpientes, relee la inscripción que había
traducido Marion momentos antes esperando que se hubiera equivocado. No efectivamente
Kukulcán era el Dios al que supuestamente iban a perturbar el día de hoy, genial,
simplemente genial.

“¿Qué pasa Jones? ¿Tienes miedo a las serpientes? El valiente arqueólogo, brillante alumno
de Abner Ravenwood, el futuro de la arqueología tiene miedo de unos reptiles sin patas” se
burló Marion cuando el hombre tartamudeo y vio su piel palidecer visiblemente, se dio
cuenta de lo que pasaba.

“Cállate, vamos” gruño, tomó una profunda bocanada de aire y, encendiendo otra linterna de
aceite, condujo a Marion por los estrechos pasadizos que se abrían ante ellos. El interior del
templo era un laberinto de galerías y cámaras, iluminadas tenuemente por la luz que se
colaba a través de rendijas en el techo. El ambiente era denso y cargado de una energía casi
palpable, como si cada piedra, cada relieve, guardase el eco de un ritual olvidado.

Avanzaron con cautela, y en una de las cámaras principales se detuvieron ante un altar
imponente, en cuyo centro reposaba una figura de gran tamaño esculpida en piedra. La
estatua presentaba un cuerpo alargado y sinuoso, cuidadosamente tallado para emular tanto
la piel de una serpiente como el delicado entramado de plumas. Pero lo que más imponía era
la cabeza, de un tamaño prominente, una forma triangular y alargada, con una nariz
ligeramente truncada y unos ojos profundos, tallados con precisión que transmitía una
mirada penetrante y enigmática.

La base de la estatua exhibe motivos geométricos propios del simbolismo maya, integrando
de forma armónica elementos calendáricos y astronómicos. Indiana se acercó lentamente a la
base, con el cuaderno en la mano, comenzó a trazar paralelos entre las inscripciones del altar
y las de las ruinas exteriores.

“Mira, Marion, estas marcas parecen aludir a una ofrenda que trasciende la muerte” comentó
Indiana, con la voz entrecortada por la emoción. Se dice que aquel que logre descifrar el
enigma del altar, podrá comunicarse con los espíritus de los antiguos y, quizá, obtener
respuestas sobre secretos largamente olvidados”

La tensión crecía con cada instante. En ese preciso momento, un leve sonido resonó en el
fondo de la cámara, como si alguien o algo se moviera entre las sombras. Ambos se quedaron
inmóviles, intercambiando miradas que reflejaban tanto el asombro como el temor. La
linterna temblaba en la mano de Indiana, y la penumbra parecía cobrar vida propia.

Un sutil susurro parecía provenir de las paredes mismas. Marion dio un paso atrás, sus ojos
brillando con una mezcla de desafío, pero no podía disimular el temor

“Quizá sean los espíritus de aquellos que aún protegen este lugar” se burló Indiana
susurrando, pese a casi que todos sus hallazgos se basaban en lo espiritual no podía evitar ser
escéptico ante ello. Siguió recorriendo con sus dedos la inscripción delicadamente tallada en
el borde del altar.

Indiana sintió cómo un escalofrío recorría su espina dorsal ante la traducción, “Los dignos
poseedores del viento y la creación hallaran el camino”

“¿Qué significa eso?” pregunto la joven mientras se acercaba más al joven “ Kukulcán
era considerado por los mayas como la deidad del viento y la creación, a grandes rasgos
debes ser digno de él para encontrar el…” relataba Indy mientras un estruendo mas fuerte
que el anterior resonaba por toda la sala, una losa de piedra se deslizaba por donde habían
entrado sellándola antes de que pudieran reaccionar “ camino de salida al parecer” termino
Indiana tras ver como su única posibilidad de salir seguros había desaparecido. Marion trago
saliva y miro al hombre fijamente esperando una solución a su problema “ No queda otra,
debemos continuar hacia adelante” dijo con voz grave y sentenciosa, se acerco a Marion
posando sus manos en sus hombros, una corriente eléctrica les recorrió a ambos, pero
Indiana la ignoro, espero a que la niña le miro a los ojos “ Marion ahora es muy importante
que no te separes de mi ni un segundo” dijo solemne, no pudo evitar quedar hechizado por
los ojos de la chica como tampoco pudo evitar alzar su mano lentamente y colocar un
mechón suelto detrás de su oreja, decidió ignorar lo suave que era su piel cuando
accidentalmente la punta de sus dedos rozo su mejilla. Pero rápidamente se apartó como si
su tacto quemara y empezó a avanzar por la sala sacando su látigo, tenerlo en la mano le
daba seguridad y podía significar estar vivo o muerto en cuestión de segundos.

Marion sin palabras asintió, y con la cabeza gacha para evitar que el viera sus mejillas
sonrojadas, de repente tenía mucho calor, siguió al hombre y juntos, se adentraron aún más
en el corazón del templo. Mientras descendían por una escalera de piedra, la atmósfera se
volvía más opresiva, las paredes estaban cubiertas de símbolos que brillaban bajo la llama de
la linterna de aceite que poco a poco se iba extinguiendo.

En medio del estrecho corredor, mientras Indiana y Marion avanzaban con cautela, el eco de
sus pasos se detuvo abruptamente al pisar una losa oculta. Un estruendo sordo resonó en las
paredes de piedra, y en cuestión de segundos, se escuchó el deslizar de la piedra dejando a la
vista pequeñas ranuras. De ellas, emergieron víboras y cascabeles, con escamas relucientes
en la escasa luz de la antorcha, y ojos fijos en los intrusos.

El siseo amenazante llenó el pasillo, mientras centenares de serpientes se deslizaban


rápidamente hacia ellos, sus cuerpos ondulando con una ferocidad que helaba la sangre.
Indiana retrocedió instintivamente, tanteando el suelo en busca de una salida o un
mecanismo de contención. Marion, con el corazón acelerado, sostuvo su linterna intentando
alumbrar al hombre, consciente de que cada segunda era vital.

Con rapidez, Indiana encendió una pequeña antorcha improvisada a partir de un trozo de
tela empapada en aceite y encendida con su cerilla. La lanzó hacia las serpientes, provocando
una reacción inmediata: el fuego comenzó a asustar a algunas de las criaturas, que se
retiraron momentáneamente, abanicando su furia en un revuelo caótico. Sin embargo, no
bastaba para detener por completo el avance del enjambre.

Marion procedió a quitarse el grueso chal que llevaba, rápidamente lo desplegó y, utilizando
su cuerpo para abanicarlo, creó una corriente de aire que, junto con el resplandor del fuego,
obligó a las serpientes a retroceder hacia las ranuras de donde habían emergido. Mientras
tanto, Indiana palpaba la pared hasta hallar un mecanismo oculto, aparentemente diseñado
para sellar la entrada de la trampa. Con determinación, golpeó el interruptor con su látigo,
activando un pesado panel de piedra que se precipitó sobre la abertura, atrapando a varias de
las serpientes en su interior.

La sala se inundó de un siseo ensordecedor, y por un momento, el peligro pareció no haber


terminado, pues algunas serpientes aún se movían en la penumbra, buscando una salida.
Con el esfuerzo combinado de ambos y gracias al empuje del fuego y la rápida acción del
mecanismo, finalmente lograron despejar el pasaje. Exhaustos y con el pulso acelerado,
Indiana y Marion se miraron, sabiendo que habían escapado por un pelo de un destino fatal.

La trampa, concebida para disuadir a los intrusos, había mostrado su letal eficacia,
recordándoles que, en las ruinas ancestrales, la muerte acecha en cada sombra

En lo más profundo, llegaron a una cámara oculta en la que reposaba un relicario cubierto de
musgo y polvo. Sobre un pedestal de piedra, descansaba un objeto que parecía ser el corazón
de toda la expedición: una estatua del tamaño de un puño, finamente esculpida y adornada
con gemas que capturaban la luz de manera casi sobrenatural. Indiana se arrodilló, con el
cuaderno olvidado a un lado, y susurró:

“Esta es la ofrenda… el vínculo entre lo terrenal y lo divino. Su forma es sutil, pero su


significado es inmenso”

Jones con cuidado procedió a retirar el musgo de la estatuilla con la mano cuando la cámara
tembló ligeramente desprendiéndose casquillos de piedras. Las grietas empezaban a
aparecer rápidamente bajo sus pies. Él templo se desmoronaba en un estruendo
ensordecedor “Marion, corre” grito Indy tirando de ella con una mano mientras que con la
otra se aferraba a la estatuilla que había terminado arrancando del pedestal. Un abismo se
abrió ante ellos, Indiana retrocedió dos pasos y se lanzó hacia el otro lado, cuando se giró
para ayudar a Marion vio como el suelo que ella pisaba cedía, un grito ahogado se escapó de
su garganta, había quedado colgando de un estrecho saliente, aferrada a una raíz apenas
visible, mientras el suelo temblaba y se abrían grietas a su alrededor. Trato de alcanzarla,
pero necesitaba las dos manos, la estatuilla resplandecía, símbolo de un misterio milenario,
pero en ese instante, la vida de Marion era lo único que importaba.

Soltó el ídolo y con un salto que desafiaba la física, Indiana extendió sus brazos. La distancia
entre ellos parecía insalvable, y cada segundo contaba. Con el temblor del templo marcando
el pulso de la muerte, la mirada de Marion se llenó de terror, y en ese momento, el hombre
estiro sus dedos con toda la fuerza que le quedaba.

En un salto final y angustioso, casi suspendido en el aire, sus manos se encontraron con las
de Marion. Con un esfuerzo titánico, la arrastró hacia un saliente más seguro, justo cuando la
raíz que la sostenía comenzó a ceder. El estruendo del templo colapsando y el siseo
amenazador de las trampas activadas se mezclaron en un caos inhumano hundiéndose en las
profundidades de la tierra junto con el ídolo, pero no se detuvo a lamentarse hasta
asegurarla.

Una vez a salvo, mientras los escombros seguían cayendo a su alrededor, Marion se aferró a
Indiana con lágrimas de terror y gratitud. En ese instante, la estatuilla perdida se volvió
irrelevante. Tras la angustiosa huida del templo en ruinas, Indiana y Marion se encontraron
bajo el cielo abierto, con el eco de los escombros aún resonando en sus oídos. La adrenalina
corría por sus venas, y el peligro inminente había dejado una huella palpable en el aire. Se
miraron, y en ese instante, el mundo pareció detenerse.

La respiración de Marion era entrecortada aun recuperándose de la emoción, y su pecho


subía y bajaba rápidamente mientras intentaba recuperar el aliento. Sus ojos, aún dilatados
por el miedo, se encontraron con los de Indiana, que reflejaban una mezcla de alivio y
preocupación. El sudor y el polvo cubrían sus rostros y ropas, pero no les importo. Indiana
dio un paso hacia ella, y Marion, sin apartar la mirada, hizo lo mismo. La distancia entre
ellos se redujo, y la tensión en el aire era casi tangible. Ambos eran conscientes de lo cerca
que habían estado del desastre, y esa proximidad a la muerte hacía que cada segundo juntos
fuera aún más preciado.

Sin mediar palabra, como si una fuerza invisible los atrajera, Indiana acerco su rostro al suyo
lentamente, dando la oportunidad a la chica de apartarse sino lo deseaba. El sonido de sus
respiraciones se mezclaba con el murmullo lejano de la jungla. En ese beso, el tiempo pareció
detenerse. El mundo exterior, con sus peligros y desafíos, se desvaneció, dejando solo a dos
almas atrapadas en una tensión febril. La respiración de Marion aún era entrecortada, su
pecho subía y bajaba con cada latido acelerado, mientras los dedos de Indiana se deslizaban
con firmeza por su cintura, atrayéndola más hacia él. Sus labios, ardientes y hambrientos, se
encontraron en un choque de deseo contenido demasiado tiempo.

El contacto fue primero suave, como una caricia temblorosa, pero pronto la pasión los
arrastró con la fuerza de una tormenta. Los dedos de Marion se enredaron en el cabello
húmedo de Indiana, aferrándolo con desesperación, mientras sus bocas se exploraban con
una urgencia casi salvaje. El calor entre ellos era sofocante, una mezcla de sudor, polvo y el
inconfundible aroma del peligro recién sorteado.

Indiana deslizó sus labios por la línea de su mandíbula, dejando un rastro ardiente hasta el
hueco de su cuello, donde sintió su pulso desbocado contra su lengua. Marion se estremeció,
aferrándose a sus hombros con un suspiro entrecortado. En ese instante, nada más existía.
Ni templos derrumbándose, ni reliquias perdidas. Solo el fuego abrasador que amenazaba
con consumirlos por completo.

Pero de pronto, como si un cubo de agua fría cayera sobre él, Indiana se separó
abruptamente, respirando con dificultad. Su mente, nublada por el deseo, se despejó de
golpe cuando la realidad lo golpeó como un latigazo. Era la hija de Abner. Su mentor. Su
amigo. Maldijo en silencio, apartándose un paso más.

Marion lo miró con desconcierto, con los labios aún hinchados por el beso, con la respiración
entrecortada. Quiso alcanzarlo, pero él ya se había apartado por completo, pasando una
mano por su cabello, enredado en un torbellino de pensamientos encontrados.

"Tenemos que volver al campamento", dijo al fin, con voz áspera.

El camino de regreso estuvo cargado de un silencio espeso. Marion caminaba con los brazos
cruzados, sin ocultar su enojo, mientras Indiana intentaba no pensar en el ardor que aún
sentía en su piel. Cuando finalmente atravesaron la última línea de árboles y vieron las luces
del campamento, el alivio duró apenas unos segundos.

Abner Ravenwood los esperaba de pie junto a la hoguera, con el ceño fruncido y la
mandíbula tensa. En cuanto vio a Marion, su expresión se tornó en pura ira.

"¿Dónde demonios estabas?" rugió, avanzando hacia ella con pasos pesados. "¡Te di órdenes
claras, Marion! ¡Este no es un maldito juego! ¿Cuál fue mi sorpresa al ver que mi hija se
había ido?"
Marion abrió la boca para responder, pero su padre no le dio tregua “Eres una niña
impertinente, desaparece de mi vista” simplemente dio media vuelta y salió corriendo,
desapareciendo entre la espesura

Indiana observó la escena con el ceño fruncido. Algo dentro de él se revolvió al ver la forma
en que Abner había tratado a Marion. Y entonces, sin pensarlo demasiado abrió la boca antes
de que su cabeza filtrara sus palabras, avanzó un paso al frente encarando a Abner

"Si quieres culpar a alguien, cúlpame a mí", dijo con firmeza. Abner giró lentamente el cuello
hacia él como un búho apuntando a su presa, su mirada oscura fija él. "¿Qué dijiste?"

"Fue mi culpa", insistió Indiana con demasiado fervor. "Ayer me estuvo ayudando en unas
traducciones y pensé que podía interesarle a donde me dirigía hoy. No pensé tardar tanto,
pretendía llegar antes de que volvieras. Si buscas un responsable, mírame a mí."

El silencio se hizo pesado. Abner lo observó con los ojos entrecerrados, escrutándolo como si
tratara de ver a través de sus palabras. No era un hombre ingenuo, y el tono con el que
Indiana hablaba, la forma en la que la defendía encendió algo en su interior. Un
presentimiento. Una sospecha que no podía identificar con claridad ahora mismo.

"Ya veo", murmuró con voz tensa. "Será mejor que te vayas a descansar, Jones. Mañana
hablaremos."

Indiana sostuvo su mirada por un instante antes de asentir y alejarse, sintiendo el peso de la
sospecha de Abner sobre su espalda. Pero eso ya no le importaba. Tenía algo más urgente
que hacer, cuando vio a Ravenwood desaparecer en su tienda, se volvió a adentrar en la selva
llegando al claro de la noche anterior, la encontró sentada en el mismo tocón con los brazos
rodeando sus rodillas. Al notar una presencia, alzó la vista con enojo en los ojos.

"Vete Jones", espetó, pero este no hizo ningún movimiento de irse. Marion apretó los labios,
evaluándolo. Por un momento, pareció querer seguir discutiendo, pero en su lugar, suspiró y
dejó caer la cabeza sobre sus rodillas.

"Odio cuando me trata así", murmuró con voz ahogada. Indiana se acercó, dudó por un
instante, pero le pesaba más el dolor que irradiaba la niña, y luego se sentó a su lado. "Lo sé",
dijo en voz baja.

Ella giró el rostro hacia él, sus ojos brillando a la luz de la luna. Por un instante, parecieron
volver a aquel momento en el templo, a la intensidad de su beso. Pero esta vez, Marion no se
movió, solo se apoyó en su hombro, cerrando los ojos. Indiana dejó escapar un suspiro,
sintiendo la calidez de su cuerpo junto al suyo. No sabía en qué lío se estaba metiendo, pero
lo cierto era que se sentía bien.

Octubre de 1936, Guatemala, Mexico

El aire en la cabina se impregnó de una tensión silenciosa. Indiana sabía que cada aventura
traía consigo el riesgo de lo inesperado, y que el camino hacia el templo no sería la excepción.
Con cada kilómetro sobrevolado, la promesa de un descubrimiento monumental se mezclaba
con el inminente peligro de lo desconocido.
Finalmente, después de un vuelo que pareció eterno, el biplano comenzó su descenso hacia el
pequeño aeródromo de la ciudad de Guatemala. La transición del cielo abierto al calor
sofocante y húmedo del trópico fue abrupta. Al aterrizar, el ruido del motor se fundió con el
murmullo caótico.

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