En Chile
I. ÁLBUM PORTEÑO
I. EN BUSCA DE CUADROS
Sin pinceles, sin paleta, sin papel, sin lápiz, Ricardo, poeta lírico
incorregible, huyendo de las agitaciones y turbulencias, de las máquinas
y de los fardos, del ruido monótono de los tranvías y el chocar de los
caballos con su repiqueteo de caracoles sobre las piedras; de las
carreras de los corredores frente a la Bolsa; del tropel de los
comerciantes; del grito de los vendedores de diarios; del incesante
bullicio e inacabable hervor de este puerto; en busca de impresiones y
cuadros, subió al cerro Alegre, que, gallardo como una gran roca
florecida, luce sus flancos verdes, sus montículos coronados de casas
risueñas escalonadas en la altura, rodeadas de jardines, con ondeantes
cortinas de enredaderas, jaulas de pájaros, jarras de flores, rejas
vistosas y niños rubios de caras angélicas.
Abajo estaban las techumbres del Valparaíso que hace transacciones,
que anda a pie como una ráfaga, que puebla los almacenes e invade los
bancos, que viste por la mañana terno crema o plomizo, a cuadros, con
sombrero de paño, y por la noche bulle en la calle del Cabo con lustroso
sombrero de copa, abrigo al brazo y guantes amarillos, viendo a la luz
que brota en las vidrieras, los lindos rostros de las mujeres que pasan.
Más allá, el mar, acerado, brumoso, los barcos en grupo, el horizonte
azul y lejano. Arriba, entre opacidades, el sol.
Donde estaba el soñador empedernido, casi en lo más alto del cerro,
apenas si se sentían los estremecimientos de abajo. Erraba él a lo largo
del Camino de la Cintura, e iba pensando en idilios, con toda la augusta
desfachatez de un poeta que fuera millonario.
Había allí aire fresco para sus pulmones, cosas sobre cumbres, como
nidos al viento, donde bien podía darse el gusto de colocar parejas
enamoradas; y tenía además el inmenso espacio azul, del cual –él lo
sabía perfectamente–, los que hacen los salmos y los himnos pueden
disponer como les venga en antojo.
De pronto escuchó:–«Mary, Mary.» Y él, que andaba a caza de
impresiones y en busca de cuadros, volvió la vista.
II. ACUARELA
Había cerca un bello jardín, con más rosas que azaleas y más violetas
que rosas. Un bello y pequeño jardín con jarrones, pero sin estatuas: con
una pila blanca, pero sin surtidores, cerca de una casita como hecha
para un cuento dulce y feliz. En la pila un cisne chapuzaba revolviendo el
agua, sacudiendo las alas de un blancor de nieve, enarcando el cuello en
la forma del brazo de una lira o del ansa de un ánfora y moviendo el pico
húmedo y con tal lustre como si fuese labrado en un ágata de color de
rosa.
En la puerta de la casa, como extraída de una novela de Dickens, estaba
una de esas viejas inglesas, únicas, solas, clásicas, con la cofia
encintada, los anteojos sobre la nariz, el cuerpo encorvado, las mejillas
arrugadas, mas con color de manzana madura y salud rica. Sobre la
saya oscura, el delantal.
Llamaba:
–¡Mary!
El poeta vio llegar una joven de un rincón del jardín, hermosa, triunfal,
sonriente; y no quiso tener tiempo sino para meditar en que son
adorables los cabellos dorados cuando flotan sobre las nucas marmóreas
y en que hay rostros que bien valen un alba.
Luego todo era delicioso. Aquellos quince años entre las rosas –quince
años, sí, los estaban pregonando unas pupilas serenas de niña, un seno
apenas erguido, una frescura primaveral, y una falda hasta el tobillo,
que dejaba ver el comienzo turbador de una media de color de carne;
aquellos rosales temblorosos que hacían ondular sus arcos verdes,
aquellos durazneros con sus ramilletes alegres donde se detenían al
paso las mariposas errantes llenas de polvos de oro, y las libélulas de
alas cristalinas e irisadas; aquel cisne en la ancha taza, esponjando el
alabastro de sus plumas, y zambulléndose entre espumajeos y burbujas,
con voluptuosidad, en la transparencia del agua; la casita limpia,
pintada, apacible, de donde emergía como una onda de felicidad; y en la
puerta la anciana, un invierno, en medio de toda aquella vida, cerca de
Mary, una virginidad en flor.
Ricardo, poeta lírico que andaba a caza de cuadros, estaba allí con la
satisfacción de un goloso que paladea cosas exquisitas.
Y la anciana y la joven:
–¿Qué traes?
–Flores.
Mostraba Mary su falda llena como de iris hechos trizas, que revolvía con
una de sus manos gráciles de ninfa, mientras sonriendo su linda boca
purpurada, sus ojos abiertos en redondo dejaban ver un color de
lapislázuli y una humedad radiosa.
El poeta siguió adelante.
III. PAISAJE
A poco de andar se detuvo.
El sol había roto el velo de las nubes Y bañaba de claridad áurea y
perlada un recodo del camino. Allí unos cuantos sauces inclinaban sus
cabelleras verdes hasta rozar el césped. En el fondo se divisaban altos
barrancos y en ellos tierra negra, tierra roja, pedruscos brillantes como
vidrios. Bajo los sauces agobiados ramoneaban sacudiendo sus testas
filosóficas –¡oh, gran maestro Hugo!– unos asnos; y cerca de ellos un
buey, gordo, con sus grandes ojos melancólicos y pensativos donde
ruedan miradas y ternuras de éxtasis supremos y desconocidos,
mascaba despacioso y con cierta pereza la pastura. Sobre todo flotaba
un vaho cálido, y el grato olor campestre de las hierbas chafadas. Veíase
en lo profundo un trozo de azul. Un huaso robusto, uno de esos fuertes
campesinos, toscos hércules que detienen un toro, apareció de pronto
en lo más alto de los barrancos. Tenía tras de sí el vasto cielo. Las
piernas, todas músculos, las llevaba desnudas. En uno de sus brazos
traía una cuerda gruesa y arrollada. Sobre su cabeza, como un gorro de
nutria, sus cabellos enmarañados, tupidos, salvajes.
Llegóse al buey enseguida y le echó el lazo a los cuernos. Cerca de él,
un perro con la lengua de fuera, acezando, movía el rabo y daba brincos:
–¡Bien!, dijo Ricardo. Y pasó.
IV. AGUAFUERTE
Pero ¿para dónde diablos iba?
Y se encontró en una casa cercana de donde salía un ruido metálico y
acompasado.
En un recinto estrecho, entre paredes llenas de hollín, negras, muy
negras, trabajaban unos hombres en la forja. Uno movía el fuelle que
resoplaba, haciendo crepitar el carbón, lanzando torbellinos de chispas y
llamas como lenguas pálidas, áureas, azulejas, resplandecientes. Al brillo
del fuego en que se enrojecían largas barras de hierro, se miraban los
rostros de los obreros con un reflejo trémulo. Tres yunques ensamblados
en toscas armazones resistían el batir de los machos que aplastaban el
metal candente, haciendo saltar una lluvia enrojecida. Los forjadores
vestían camisas de cuellos abiertos, y largos delantales de cuero.
Alcanzábaseles a ver el pescuezo gordo y el principio del pecho velludo;
y salían de las mangas holgadas los brazos gigantescos, donde, como
los de Amico, parecían los músculos redondas piedras de las que
deslavan y pulen los torrentes. En aquella negrura de caverna, al
resplandor de las llamaradas, tenían tallas de cíclopes. A un lado, una
ventanilla dejaba pasar apenas un haz de rayos de sol. A la entrada de
la forja, como en un marco oscuro, una muchacha blanca comía uvas. Y
sobre aquel fondo de hollín y de carbón, sus hombros delicados y tersos
que estaban desnudos, hacían resaltar su bello color de lis, con un casi
imperceptible tono dorado.
Ricardo pensaba:
«Decididamente, una excursión feliz al país del arte.»
V. LA VIRGEN DE LA PALOMA
Anduvo, anduvo.
Volvió ya a su morada. Dirigíase al ascensor cuando oyó una risa infantil,
armónica, y él, poeta incorregible, buscó los labios de donde brotaba
aquella risa.
Bajo un cortinaje de madreselvas, entre plantas olorosas y maceteros
floridos, estaba una mujer pálida, augusta, madre, con un niño tierno y
risueño. Sosteníale en uno de sus brazos, el otro lo tenía en alto, y en la
mano una paloma, una de esas palomas albísimas que arrullan a sus
pichones de alas tornasoladas, inflando el buche como un seno de
virgen, y abriendo el pico de donde brota la dulce música de su caricia.
La madre mostraba al niño la paloma, y el niño en su afán de cogerla,
abría los ojos, estiraba los bracitos, reía gozoso; y su rostro al sol tenía
como un nimbo; y la madre con la tierna beatitud de sus miradas, con su
esbeltez solemne y gentil, con la aurora en las pupilas y la bendición y el
beso en los labios, era como una azucena sagrada, como una María llena
de gracia, irradiando la luz de un calor inefable. El niño Jesús, real como
un Dios infante, precioso como un querubín paradisíaco, quería asir
aquella paloma blanca, bajo la cúpula inmensa del cielo azul.
Ricardo descendió, y tomó el camino de su casa.
VI. LA CABEZA
Por la noche, sonando aún en sus oídos la música del Odeón, y los
parlamentos de Astol; de vuelta de las calles donde escuchara el ruido
de los coches y la triste melopea de los tortilleros, aquel soñador se
encontraba en su mesa de trabajo, donde las cuartillas inmaculadas
estaban esperando las silvas y los sonetos de costumbre, a las mujeres
de los ojos ardientes.
¡Uf!...
¡Qué silvas! ¡Qué sonetos! La cabeza del poeta lírico era una orgía de
colores y de sonidos. Resonaban en las concavidades de aquel cerebro
martilleos de cíclopes, himnos al son de tímpanos sonoros, fanfarrias
bárbaras, risas cristalinas, gorjeos de pájaros, batir de alas y estallar de
besos, todo como en ritmos locos y revueltos. Y los colores agrupados,
estaban como pétalos de capullos distintos confundidos en una bandeja,
o como la endiablada mezcla de tintas que llena la paleta de un pintor…
Además…
II. ÁLBUM SANTIAGUÉS
I. ACUARELA
Primavera. Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus
cálices pálidos bajo el sol. Ya los gorriones tornasolados, esos amantes
acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas opulentas y purpuradas
emperatrices; ya el jazmín, flor sencilla, tachona los tupidos ramajes,
como una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las damas elegantes
visten sus trajes claros, dando al olvido las pieles y los abrigos
invernales. Y mientras el sol se pone, sonrosando las nieves con una
claridad suave, junto a los árboles de la Alameda que lucen sus cumbres
resplandecientes en un polvo de luz, su esbeltez solemne y sus hojas
nuevas, bulle un enjambre humano, a ruido de música, de cuchicheos
vagos y de palabras fugaces.
He aquí el cuadro. En primer término está la negrura de los coches que
esplende y quiebra los últimos reflejos solares; los caballos orgullosos
con el brillo de sus arneses, con sus cuellos estirados e inmóviles de
brutos heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de indiferentes,
luciendo sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes; y en el
fondo de los carruajes, reclinadas como odaliscas, erguidas como reinas,
las mujeres rubias de los ojos soñadores, las que tienen cabelleras
negras y rostros pálidos, las rosadas adolescentes que ríen con alegría
de pájaro primaveral; bellezas lánguidas, hermosuras audaces, castos
lirios albos y tentaciones ardientes.
En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de
un querubín; por aquella ha salido una mano enguantada que se dijera
de niño, y es de morena tal que llama los corazones; más allá, se
alcanza a ver un pie de Cenicienta con zapatito oscuro y media fila, y
acullá, gentil con sus gestos de diosa, bella con su color de marfil
amapolado, su cuello real y la corona de su cabellera, está la Venus de
Milo, no manca, sino con dos brazos, gruesos como los muslos de un
querubín de Murillo, y vestida a la última moda de París, con ricas telas
de Para.
Más allá está el oleaje de los que van y vienen; parejas de enamorados,
hermanos y hermanas, grupos de caballeritos irreprochables; todo en la
confusión de rostros, de las miradas, de los colorines, de los vestidos, de
las capotas; resaltando a veces en el fondo negro y aceitoso de los
elegantes Dumas, una cara blanca de mujer, un sombrero de paja
adornado de colibríes, de cintas o de plumas, o el inflado globo rojo, de
goma, que, pendiente de un hilo, lleva un niño risueño, de medias
azules, zapatos charolados y holgado cuello a la marinera.
En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en
las que los álamos erguidos rayan columnas hojosas entre el abejeo
trémulo y desfalleciente de la tarde fugitiva.
II. UN RETRATO DE WATTEAU
Estáis en los misterios de un tocador. Estáis viendo ese brazo de ninfa,
esas manos diminutas que empolvan el haz de rizos rubios de la
cabellera espléndida. La araña de luces opaca derrama la languidez de
su girándula por todo el recinto. Y he aquí que, al volverse ese rostro,
soñamos con los buenos tiempos pasados. Una marquesa
contemporánea de madama de Maintenon, solitaria en su gabinete, da
las últimas manos a su tocado.
Todo está correcto; los cabellos, que tienen todo el Oriente en sus
hebras, empolvados y crespos; el cuello del corpiño, ancho y en forma
de corazón hasta dejar ver el principio del seno firme y pulido; las
mangas abiertas que muestran blancuras incitantes; el talle ceñido que
se balancea, y el rico faldellín de largos vuelos, y el pie pequeño en el
zapato de tacones rojos.
Mirad las pupilas azules y húmedas, la boca de dibujo maravilloso, con
una sonrisa enigmática de esfinge, quizá un recuerdo de un amor
galante, del madrigal recitado junto al tapiz de figuras pastoriles o
mitológicas, o del beso a furto, tras la estatua de algún silvano, en la
penumbra.
Vese la dama de pies a cabeza, entre dos grandes espejos; calcula el
efecto de la mirada, del andar, de la sonrisa, del vello casi impalpable
que agita el viento de la danza en su nuca fragrante y sonrosada. Y
piensa, y suspira; y flota aquel suspiro en ese aire impregnado de aroma
femenino que hay en un tocador de mujer.
Entretanto la contempla con sus ojos de mármol una Diana que se alza
irresistible y desnuda sobre su plinto; y le ríe con audacia un sátiro de
bronce que sostiene entre los pámpanos de su cabeza un candelabro; y
en el ansa de un jarrón de Rouen lleno de agua perfumada, le tiende los
brazos y los pechos una sirena con la cola corva y llena de escamas
argentinas, mientras en el plafond de forma de óvalo va por el fondo
inmenso y azulado, sobre el lomo de un toro robusto y divino, la bella
Europa, entre delfines áureos y tritones corpulentos, que sobre el vasto
ruido de las ondas hacen vibrar el ronco estrépito de sus resonantes
caracoles.
La hermosa está satisfecha; ya pone perlas en la garganta y calza las
manos en seda; ya se dirige a la puerta donde el carruaje espera y el
tronco piafa. Y hela aquí, vanidosa y gentil, a esta aristocracia
santiaguesa que se dirige a un baile de fantasía de manera que el gran
Watteau le dedicaría sus pinceles.
III. NATURALEZA MUERTA
He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas pálidas,
sobre un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes amarillos y
opulentos que hacen pensar en los mantos de los príncipes orientales.
Las lilas recién cortadas resaltan con su lindo color apacible, junto a los
pétalos esponjados de las rosas té.
Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustados,
incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla
de la fruta nueva y la sabrosa carne hinchada que toca el deseo; peras
doradas y apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo y como
esperando el cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y
un ramillete de uvas negras, hasta con el polvillo ceniciento de los
racimos acabados de arrancar de la viña.
Acerquéme, vílo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera y las
perlas de mármol pintado, y las uvas de cristal.
¡Naturaleza muerta!
IV. AL CARBÓN
Vibraba el órgano con sus voces trémulas, vibraba acompañando la
antífona, llenando la nave con su armonía gloriosa. Los cirios goteando
sus lágrimas de cera entre la nube de incienso que inundaba los ámbitos
del templo con su aroma sagrado; y allá en el altar el sacerdote, todo
resplandeciente de oro, alzaba la custodia cubierta de pedrería,
bendiciendo a la muchedumbre arrodillada.
De pronto, volví la vista cerca de mí, al lado de un ángulo de sombra.
Había una mujer que oraba. Vestida de negro, envuelta en un manto, su
rostro se destacaba severo, sublime, teniendo por fondo la vaga
oscuridad de un confesionario. Era una bella faz de ángel, con la plegaria
en los ojos y en los labios. Había en su frente una palidez de flor de lis, y
en la negrura de su manto resaltaban juntas, pequeñas, las manos
blancas y adorables. Las luces se iban extinguiendo, y a cada momento
aumentaba lo oscuro del fondo, y entonces por un ofuscamiento, me
parecía ver aquella faz iluminarse con una luz blanca y misteriosa, como
la que debe de haber en la región de los coros prosternados y de los
querubines ardientes; luz alba, polvo de nieve, claridad celeste, onda
santa que baña los ramos de lirio de los bienaventurados.
Y aquel pálido rostro de virgen, envuelta ella en el manto y en la noche,
en aquel rincón de sombra, habría sido un tema admirable para un
estudio al carbón.
V. PAISAJE
Hay allá, en las orillas de la laguna de La Quinta, un sauce melancólico
que moja de continuo su cabellera verde en el agua que refleja el cielo y
los ramajes, como si tuviese en su fondo un país encantado.
Al viejo sauce llegan aparejados los pájaros y los amantes. Allí es donde
escuché una tarde –cuando del sol apenas quedaba en el cielo un tinte
violeta que se esfumaba por ondas, y sobre el gran Andes nevado un
decreciente color de rosa que era como una tímida caricia de la luz
enamorada– un rumor de besos cerca del tronco agobiado y un aleteo de
la cumbre.
Estaban los dos, la amada y el amado, en un banco rústico, bajo el toldo
del sauce. Al frente, se extendía la laguna tranquila, con su puente
enarcado y los árboles temblorosos de la ribera; y más allá se alzaba
entre el verdor de las hojas, la fachada del palacio de la Exposición, con
sus cóndores de bronce en actitud de volar.
La dama era hermosa; él era un gentil muchacho, que le acariciaba con
los dedos y los labios los cabellos negros y las manos gráciles de ninfa.
Y sobre las dos almas ardientes y sobre los dos cuerpos juntos,
cuchicheaban en lengua rítmica y alada las dos aves. Y arriba el cielo
con su inmensidad y con su fiesta de nubes, plumas de oro, alas de
fuego, vellones de púrpura, fondos azules, flordelisados de ópalo,
derramaba la magnificencia de su pompa, la soberbia de su grandeza
augusta.
Bajo las aguas se agitaban, como en un remolino de sangre viva, los
peces veloces de aletas doradas.
Al resplandor crepuscular, todo el paisaje se veía como envuelto en una
polvareda de sol tamizado, y eran el alma del cuadro aquellos dos
amantes, él moreno, gallardo, vigoroso, con una barba fina y sedosa, de
esa que gustan de tocar las mujeres; ella rubia –¡un verso de Goethe!–
vestida con un traje gris, lustroso, y en el pecho una rosa fresca, como
su boca roja que pedía el beso.
VI. EL IDEAL
Y luego, una torre de marfil, una flor mística, una estrella a quien
enamorar… Pasó, la vi como quien viera un alba, huyente, rápida,
implacable.
Era una estatua antigua con un alma que se asomaba a los ojos, ojos
angelicales, todos ternura, todos cielo azul, todos enigma.
Sintió que la besaba con mis miradas y me castigó con la majestad de su
belleza, y me vio como una reina y como una paloma. Pero pasó
arrebatadora, triunfante, como una visión que deslumbra. Y yo, el pobre
pintor de la naturaleza y de Psyquis, hacedor de ritmos y de castillos
aéreos, vi el vestido luminoso del hada, la estrella de su diadema, y
pensé en la promesa ansiada del amor hermoso. Más de aquel rayo
supremo y fatal, sólo quedó en el fondo de mi cerebro un rostro de
mujer, un sueño azul…
LA MUERTE DE LA EMPERATRIZ DE LA CHINA
Al duque Job, de México
Delicada y fina como una joya humana, vivía aquella muchachita de
carne rosada, en la pequeña casa que tenía un saloncito con los tapices
de color azul desfalleciente. Era su estuche.
¿Quién era el dueño de aquel delicioso pájaro alegre, de ojos negros y
boca roja? ¿Para quién cantaba su canción divina, cuando la señorita
Primavera mostraba en el triunfo del sol su bello rostro riente, abría las
flores del campo, y alborotaba la nidada? Susette se llamaba la avecita
que había puesto en jaula de seda, peluches y encajes, un soñador
artista cazador, que la había cazado una mañana de mayo en que había
mucha luz en el aire y muchas rosas abiertas.
Recaredo –¡capricho paternal. Él no tenía la culpa de llamarse
Recaredo!– se había casado hacía año y medio. ¿Me amas? Te amo. ¿Y
tú? Con todo el alma. ¡Hermoso el día dorado, después de lo del cura!
Habían ido luego al campo nuevo; a gozar libres, del gozo del amor.
Murmuraban allá en su ventana de hojas verdes, las campanillas y las
violetas silvestres que olían cerca del riachuelo, cuando pasaban los dos
amantes, el brazo de él en la cintura de ella, el brazo de ella en la
cintura de él, los rojos labios en flor dejando escapar los besos. Después,
fue la vuelta a la gran ciudad, al nido de perfume de juventud y de calor
dichoso.
¿Dije ya que Recaredo era escultor? Pues, si no lo he dicho, sabedlo.
Era escultor. En la pequeña casa tenía su taller, con profusión de
mármoles, yesos, bronces y terracotas. A veces, los que pasaban oían a
través de las rejas y persianas una voz que cantaba y un martilleo
vibrante y metálico. Susette, Recaredo; la boca que emergía el cántico, y
el golpe del cincel.
Luego el incesante idilio nupcial. En puntillas, llegar donde él trabajaba,
e inundándole de cabellos la nuca, besarle rápidamente. Quieto,
quietecito, llegar donde ella duerme en su chaise-longue, los piececitos
calzados y con medias negras, uno sobre otro, el libro abierto sobre el
regazo, medio dormida; y allí el beso es en los labios, beso que sorbe el
aliento y hace que se abran los ojos, inefablemente luminosos. Y a todo
esto, las carcajadas del mirlo, un mirlo enjaulado que cuando Susette
toca de Chopin, se pone triste y no canta. ¡Las carcajadas del mirlo! No
era poca cosa. –¿Me quieres? –¿No lo sabes? –¿Me amas? –¡Te adoro! Ya
estaba el animalucho echando toda la risa del pico. Se le sacaba de la
jaula, revolaba por el saloncito azulado, se detenía en la cabeza de un
Apolo de yeso, o en la frámea de un viejo germano de bronce oscuro.
Tiiiiirit… rrrrrrtch fiii… ¡Vaya que a veces era malcriado e insolente en su
algarabía! Pero era lindo sobre la mano de Susette que le mimaba, le
apretaba el pico entre sus dientes hasta hacerlo desesperar, y le decía a
veces con una voz severa que temblaba de terneza: Señor Mirlo, ¡es
usted un picarón!
Cuando los dos amados estaban juntos se arreglaban uno a otro el
cabello. «Canta», decía él. Y ella cantaba, lentamente; y aunque no eran
sino pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y
reales; él la miraba como a una Elsa y ella le miraba como a un
Lohengrin. Porque el Amor, ¡oh jóvenes llenos de sangre y de sueños!,
pone un azul cristal ante los ojos, y da las alegrías infinitas.
¡Cómo se amaban! Él la contemplaba sobre las estrellas de Dios; su
amor recorría toda la escala de la pasión, y era ya contenido, ya
tempestuoso en su querer, a veces casi místico. En ocasiones dijérase
aquel artista un theósofo, que veía en la amada mujer algo supremo y
extrahumano, como la Ayesha de Rider Haggardl; la aspiraba como una
flor, le sonreía como a un astro, y se sentía soberbiamente vencedor al
estrechar contra su pecho aquella adorable cabeza, que cuando estaba
pensativa y quieta, era comparable al perfil hierático de la medalla de
una emperatriz bizantina. *
Recaredo amaba su arte. Tenía la pasión de la forma; hacía brotar del
mármol gallardas diosas desnudas de ojos blancos, serenos y sin
pupilas; su taller estaba poblado de un pueblo de estatuas silenciosas,
animales de metal, gárgolas terroríficas, grifos de largas colas vegetales,
creaciones góticas inspiradas por el ocultismo. Y sobre todo, ¡la gran
afición!, japonerías y chinerías. Recaredo era en esto un original. No sé
qué habría dado por hablar chino o japonés. Conocía los mejores
álbumes; había leído buenos exotistas, adoraba a Loti y a Judith Gautier,
y hacía sacrificios para adquirir trabajos legítimos, de Yokohama, de
Nagasaki, de Kioto, o de Nankin o Pekín: los cuchillos, las pipas, las
máscaras feas y misteriosas como las caras de los sueños hípnicos, los
mandarinitos enanos con panzas de cucurbitáceos y ojos circunflejos, los
monstruos de grandes bocas de batracios, abiertas y dentadas, y
diminutos soldados de Tartaria, con faces foscas.
–¡Oh!, le decía Susette: aborrezco tu casa de brujo, ese terrible taller,
arca extraña que te roba a mis caricias. El sonreía, dejaba su lugar de
labor, su templo de raras chucherías, y corría al pequeño salón azul, a
ver y mirar su gracioso dije vivo, y oír cantar al loco mirlo jovial.
Aquella mañana, cuando entró, vio que estaba su dulce Susette,
soñolienta y tendida, cerca de un tazón de rosas que sostenía un
trípode. ¿Era la Bella del bosque durmiente? Medio dormida, el delicado
cuerpo modelado bajo una bata blanca, la cabellera castaña
apelotonada sobre uno de los hombros, toda ella exhalando su suave
olor femenino, era como una deliciosa figura de los amables cuentos que
empiezan: Este era un rey… La despertó:
–¡Susette, mi bella!
Traía la cara alegre; le brillaban los ojos negros bajo su fez rojo de labor;
llevaba una carta en la mano.
Carta de Robert, Susette. ¡El bribonazo está en la China! Hong Kong, 18
de enero.
Susette, un tanto amodorrada le había quitado el papel. ¡Conque aquel
andariego había llegado tan lejos! Hong Kong, 18 de enero… Era
gracioso. Un excelente muchacho el tal Robert, con la manía de viajar.
Llegaría al fin del mundo. Robert, un grande amigo. Le veían como de la
familia. Había partido hacía dos años para San Francisco de California.
¡Habráse visto loco igual! Comenzó a leer.
Hong Kong, 18 de enero de 1888
Mi buen Recaredo:
Vine, y vi. No he vencido aún.
En San Francisco supe vuestro matrimonio y me alegré. Di un salto y caí
en la China. He venido como agente de una casa californiana,
importadora de sedas, lacas, marfiles y demás chinerías. Junto con esta
carta debes recibir un regalo mío que, dada tu afición por las cosas de
este país amarillo, te llegará de perlas. Ponme a los pies de Susette, y
conserva el obsequio en memoria de tu
ROBERT.
Ni más ni menos. Ambos soltaron la carcajada. El mirlo a su vez hizo
estallar la jaula en una explosión de gritos musicales.
La caja había llegado, una caja de regular tamaño, llena de marchamos,
de números y letras negras que decían y daban a entender que el
contenido era muy frágil. Cuando la caja se abrió, apareció el misterio.
Era un fino busto de porcelana, un admirable busto de mujer sonriente,
pálido y encantador. En la base tenía tres inscripciones, una de
caracteres chinescos, otra en inglés y otra en francés: La emperatriz de
la China. ¡La emperatriz de la China! ¿Qué manos de artista asiático
habían modelado aquellas formas atrayentes de misterio? Era una
cabellera recogida y apretada, una faz enigmática, ojos bajos y extraños,
de princesa celeste, sonrisa de esfinge, cuello erguido sobre los hombros
columbinos, cubiertos por una onda de seda bordada de dragones; todo
dando magia a la porcelana blanca, con tonos de cera, inmaculada y
cándida. ¡La emperatriz de la China! Susette pasaba sus dedos de rosa
sobre los ojos de aquella graciosa soberana, un tanto inclinados, con sus
curvos epicantus bajo los puros y nobles arcos de las cejas. Estaba
contenta. Y Recaredo sentía orgullo de poseer su porcelana. –Le haría un
gabinete especial, para que viviese y reinase sola, como en el Louvre la
Venus de Milo, triunfadora, cobijada imperialmente por el plafond de su
cuarto azul.
Así lo hizo. En un extremo del taller, formó un gabinete minúsculo, con
biombos cubiertos de arrozales y de grullas.
Predominaba la nota amarilla. Toda la gama, oro, fuego, ocre de oriente,
hoja de otoño, hasta el pálido que agoniza fundido en la blancura. En el
centro, sobre un pedestal dorado y negro, se alzaba sonriendo la exótica
imperial. Alrededor de ella había colocado Recaredo todas sus japonerías
y curiosidades chinas. La cubría un gran quitasol nipón, pintado de
camelias y de anchas rosas sangrientas. Era cosa de risa, cuando el
artista soñador, después de dejar la pipa y los pinceles, llegaba frente a
la emperatriz, con las manos cruzadas sobre el pecho, a hacer zalemas.
Una, dos, diez, veinte veces la visitaba. Era una pasión. En un plato de
laca yokoanesa le ponía flores frescas, todos los días. Tenía en
momentos, verdaderos arrobos delante del busto asiático que le
conmovía en su deleitable e inmóvil majestad. Estudiaba sus menores
detalles, el caracol de la oreja, el arco del labio, la nariz pulida, el
epicantus del párpado. ¡Un ídolo, la famosa emperatriz! Susette le
llamaba de lejos: –¡Recaredo! –¡Voy! Y seguía en la contemplación de su
obra de arte. Hasta que Susette llegaba a llevárselo a rastras y a besos.
Un día, las flores del plato de laca desaparecieron como por encanto.
–¿Quién ha quitado las flores? –gritó el artista desde el taller.
–Yo –dijo una voz Vibradora.
Era Susette que entreabría una cortina, toda sonrosada y haciendo
relampaguear sus ojos negros.
Allá en lo hondo de su cerebro, se decía el señor Recaredo, artista
escultor: –¿Qué tendrá mi mujercita? –¿Qué tendrá mi mujercita? No
comía casi. Aquellos buenos libros desflorados por la espátula de marfil,
estaban en el